Finalmente y luego de pasar varios días aislada, Yuko Inoue se enfermó y acabó, como Ricardo Liukin, en el piso cinco del hospital San Marco Della Pietà. Ciertamente, nadie esperaba verla y su presencia se sentía algo ajena y distante, aunque Ricardo le cedió su catre con la inquietud de saber que sus hijos Andreas y Adrien se habían quedado solos en el Hotel Florida con cierto resfriado.
-¿El doctor dijo que están bien? - preguntó.
-No se enferemaron mucho - contestó Yuko.
-No puede ser ¿Cómo sabré si algo les pasó?
-No se pereocupe, Miguel san llegó hace unos días.
-¿Miguel? No me avisaron.
-Él está sano ya, lo dejaron volver y se quedó cuidando a sus hermanos.
-¿Cómo lo vio, Yuko?
-¿A él? Furioso, aunque se contenía mucho con nosotoros ¿Es verdad que Katarina se casó? Nos enteramos viendo a Carlota en el patinaje.
Ricardo llevó la mano a su boca. Se suponía que Miguel debía enterarse de todo pasada la influenza, cuando se pudiera hablar con calma.
-¿Qué más han sabido?
-No, mucho, Ricardo san. Miguel llamó a Maragaglio para aclarar muchas cosas, no supe lo que se dijeron pero discutieron mucho tiempo.
-¿Cómo lo tomaron Andreas y Adrien?
-¿Lo de Katarina? Andereas san se sorprendió mucho; Aidierien chan se la pasaba mirando a Miguel.
-¿Hay otra cosa que deba conocer?
-Carlota chan nos llamó diario. La última vez dijo que estará en París el miércoles.
-¿No habló de regresar con la familia?
-La ciudad sigue clausurada.
-No la veré en semanas.
-Porometió avisar de todo.
-Hay un desastre que tengo que levantar.
-Señor, hay otra cosa: El recepcionista nos dijo que le llegó a usted un mensaje de un hotel de Lido.
-¿Qué cosa, Yuko?
-Es un cargo de servicio, no supimos de qué estaba hablando. Miguel guarda la nota.
-¿Miguel se comunicó a ese lugar?
-No sé qué le habrán dicho, pero se tuvo que hacer pasar por usted y luego se encerró en su cuarto casi todo el día.
-¿Cuándo pasó?
-El sábado.
-¿Algo más?
-Creo que tendará que platicar con él porque se quedó muy serio después.
Ricardo no necesitaba una explicación más obvia y pasó saliva antes de mirar a Tennant, quien tampoco requería palabras extra.
-Toma... Katarina, creo que Miguel te cachó - dijo el chico desde su cama.
-¿Miguel, qué? - respondió la chica somnolienta.
-Miguel sabe de todo: lo de tu boda y lo que hiciste con papá.
-Ah, bien por él. Me ahorró un discurso.
-¡Te metiste con nuestro papá! ¡No me jodas, Katarina, no tiraste un vaso ni robaste dinero!
-No sé qué esperas, Tennant, pero no voy a ir a gritarle a Miguel. Lo que nos tengamos que aclarar no será hoy.
-¡Eres una araña!
-Déjala en paz, Tennant. Yo seré quien charle con tu hermano - intervino Marco.
-¿Por qué tú y no ella que se metió en el lío?
-Porque hice una promesa y no la voy a deshacer.
-¿Cuál?
-Arreglarlo todo.
Tennant no podía creer en lo que escuchaba y regresó su mirada hacia Ricardo, quien parecía prevenir a Yuko para que ninguna palabra al respecto llegara a oídos de Maeva, quien estaba a punto de sucumbir a la curiosidad desde su lugar.
-Iré con ella, le encargo ser discreta, Yuko - pidió el señor Liukin, quien no podía actuar como si estuviera tranquilo y se recostó junto a Maeva, misma que se quedó intranquila al momento.
-Mis hijos tienen influenza.
-Lo siento, Ricardo.
-No podemos salir.
-¿Tu oxigenación sigue mal?
-No he vuelto a subir a noventa.
-Si te consuela poco, estoy igual.
Ricardo abrazó a la mujer y besó sus cabellos, recordando que había hecho lo mismo con Katarina al seducirla. Pero ahora que su secreto era la verdad revelada a quien más derecho tenía de molestarse, lo que menos tenía en la cabeza eran ganas de volver a escabullirse como un amante.
Sin embargo, su charla reciente pronto fue de conocimiento para Susanna Maragaglio, quien al volver de un examen, se topó con Yuko en el catre de al lado. Susanna miró fijamente a Katarina y por una vez, estuvo segura de que debía conversar seriamente con ella.
-Yo no lo haría - sugirió Alessandro Gatell en voz baja.
-¿Puedo saber por qué?
-Susanna, usted sabe mejor que yo que una palabra más hará que alguien comience a pelear.
-¿Qué sugiere?
-Lo que hemos estado haciendo: Negar lo que sabemos. Es eso o escuchar los gritos de los Liukin.
Susanna inclinó la cabeza hacia el suelo, convencida de que debía hacer algo al respecto, pero iba a ser hipócrita regañar a Katarina luego de apoyarla con su boda y respaldar a Marco en el hospital.
-Entonces ¿Miguel se enteró de lo del hotel y lo de la boda al mismo tiempo? ¡Qué desastre! Todos le debemos una explicación a ese muchacho.
-¿No cree que lo mejor es que Katarina y Marco se responsabilicen de sus actos? ¿Es necesario que usted le cuente su versión de los hechos a ese chico? Señora Maragaglio, entiendo que se sienta mal, pero ese problema no le corresponde y no tiene que meterse.
-Siento como si todos lo hubiéramos engañado.
-Pero él no querrá escuchar a nadie, salvo a Katarina y honestamente, nadie desea estar en el lugar de Ricardo Liukin.
Susanna guardó silencio, pero no por ello se quedó quieta. Caminando en círculos entre pacientes, descubrió que el grupo ni siquiera había tenido la oportunidad de dramatizar sin testigos directos. Sí, en una especie de sillón escondido al fondo, se hallaba Karin Lorenz, debilitada, pálida, con un tanque de oxígeno y la mirada de derrota.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí? - curioseó Susanna.
-El suficiente.
-¿Llegaste hace mucho?
-¡No quiero que se me acerque ningún Leoncavallo y eso te incluye a ti, víbora!
-Nunca te he hecho algo malo, Karin.
-No te preocupaste por mí cuando te dijeron que Maurizio espera un bebé con otra mujer.
Susanna no replicó.
-Tardaste mucho en descubrirme.
-No te acercaste, Karin.
-¿Para qué? ¿Viste a Juulia? ¡Nada le ha salido mal en la vida!
-¿Qué te hizo Maurizio?
-Embarazar a una mujer más joven, no seas tonta.
-¿Te fue infiel?
-Ofendes con esa pregunta.
-Es que no entiendo.
-¿Qué buscas comprenderle a un tipo que llevaba meses saliendo con su plan B y me lo restregaba en la cara? ¡Harta quedé de disimular que Maurizio y yo estábamos bien! ¿Juulia no lo mencionó? ¡Competíamos por un hijo! Quien lo lograra, se quedaba con el hombre, con el apellido de la familia, con todo lo que él y yo habíamos construido por años.
-Es la parte que no me queda clara.
-¿Perdona? ¿No te hicieron lo mismo? ¿No te presionaban los Leoncavallo para que tuvieras niños? ¡Pasé años soportando a Federico y Cristina Leoncavallo pidiéndome nietos! ¡Los tratamientos no funcionaron y de pronto esa estúpida rubia se ofrece a ser incubadora! Maurizio no lo pensó y se acostó con ella.
-Te habría ayudado.
-¿A qué? ¿A buscarme otro médico? Susanna, nadie necesita tu ayuda, sólo dedícate a tu marido y su amante y piérdete con él.
Susanna tenía la opción de permanecer pasmada, pero en su lugar, le propinó una bofetada a Karin, extrañamente contenta de que esa mujer se fuera de la familia. Pero no identificaba el malestar que le quedaba, así que caminó de regreso a su catre y luego, a donde Juulia Töivonen descansaba. Era la primera vez que se dirigían la una a la otra.
-Buongiorno, lamento que no nos hayan presentado todavía. Soy Susanna Maragaglio, prima de Maurizio, aunque política. El primo es mi esposo.
-Juulia Töivonen, prima política supongo.
-¿Cuánto llevas de embarazo? Si quieres decirme, claro.
-Diecisiete semanas según el pediatra.
-Es bastante.
-¿Pensaba escuchar menos?
-No mentiré.
-¿Vino por Maurizio?
-Es que no imaginaba nada de esto, planeábamos una boda en familia con Karin.
-Los planes son diferentes.
-¿Es cierto que compitieron por tener un bebé?
-¿Quién le dijo?
-¿Es verdad?
-Maurizio y yo hablamos en alguna ocasión sobre niños y enseguida trazamos planes.
-¿Y Karin?
-Hablé con ella alguna vez; me contó de un último tratamiento para tener un hijo y lo canceló.
-¿Sabes por qué?
-No era mi asunto, Maurizio y yo acordamos que pasara lo que pasara, él estaría presente con nuestra familia.
-No entiendo.
-Que terminara con Karin no estaba previsto, pero él lo hizo en cuanto le conté que sospechaba lo del embarazo. Debió escucharlo cuando se lo confirmaron, estaba emocionado.
Susanna no lograba darle forma al encuentro, así que no le quedó de otra que admitir la verdad:
-Acabo de toparme a Karin internada aquí.
-¿Tiene influenza como todos?
-Ha estado observándonos.
-¿Usted teme por mí?
-Un poco.
-Sé que está situación es un poco rara, pero fue una decisión de Maurizio, yo hice mi parte.
-¿Van a casarse?
-En marzo.
-Qué locura.
-Los Leoncavallo son así, incluida usted.
Juulia sonrió y giró su cabeza hacia Katarina y Marco, quienes se habían casado impulsivamente y habían contado con el apoyo moral de Susanna.
-Esa es una gran verdad. Bienvenida a la familia, Juulia.
-Gracias, Susanna.
-Vigilaré que nadie la moleste, con su permiso.
-Adelante.
Susanna, sin embargo, se angustió más que antes y llamó a Katarina con inusual energía, apartándola de todos ante la vista de desaprobación de Alessandro Gatell, que no podía creer que los Leoncavallo y los Liukin fueran adictos al drama. Las dos mujeres atravesaron la puerta hacia la escalera de servicio y una vez asegurada, Susanna procedió a hablar.
-Miguel supo del hotel.
-Ya lo resolveré.
-Katarina: Ese muchacho sabe que estuviste con su padre ¿Te das cuenta de lo que eso significa?
-Que va a gritarme.
-¿Por qué parece que no te importa?
-Los Liukin me querían lejos y cumplí con eso.
-Miguel te esperó afuera de la casa una vez, siempre se portó bien contigo, él no te ha hecho nada.
-Pero he sido mala. Susanna, déjame en paz.
-¿Disculpa?
-Marco y yo resolveremos todo, no te preocupes.
-No es tan simple, señorita.
-Pero no eres tú la del problema. Me equivoqué con Ricardo Liukin, acordé terminar con Miguel y afortunadamente ya no tengo que explicarle a ese chico por qué.
-Ricardo es su padre.
-Y él tendrá que aceptar lo que hizo. Susanna, sé lo que va a pasar, esto se resolverá pronto.
Katarina respiró hondo y volvió al pasillo, topándose con cierto alboroto frente a la habitación ocho y a Ricardo Liukin impidiendo el paso de Karin Lorenz, a quien había sacado de ahí.
-Katarina, ve a tu esposo, que se agitó mucho - dijo Ricardo y la chica enseguida entró a reconfortar a su marido, que respiraba por la boca para recuperarse. Juulia Töivonen también se encontraba alterada y el monitor de signos vitales delataba una tensión arterial mayor a la que debía.
-Karin, usted debe irse - alzaba la voz Ricardo.
-¿Con qué derecho me aparta usted?
-Hay una mujer embarazada, no necesito permiso para cuidarla si otra persona viene a perturbarla.
-¿Usted se atreve a meterse en un asunto que no le incumbe?
-¿Qué quiere provocar? ¡A nadie le importa que la abandonó Maurizio Leoncavallo! ¡Su mujer embarazada está allí y usted no va a molestarla! Arregle sus problemas, pero no usando un bebé.
-¡Jajajaja! Yo no uso a un bebé para quedarme con un hombre.
-¿A qué vino? Si busca una pelea, búsquela con Maurizio ¡Pero con una mujer y su bebé, jamás!
Susanna se aproximó boquiabierta y apartó a Karin enseguida. La otra mujer rompió a llorar y fue cuando Yuko, que no había logrado actuar antes, la llevó a otro rincón para hablar en privado.
-¿Y ahora? - preguntó Susanna.
-Hay que calmar a Marco y a Juulia, el doctor Gatell ya había entrado a revisarlos.
-¿Y Pelletier?
-Ordenando una placa urgente para Marco y un electrocardiograma.
-Ricardo ¿Por qué defendió a Juulia?
-No lo sé.
Ricardo Liukin talló un poco sus ojos y fue donde Maeva, quien lo miraba fríamente y se negaba a recibirlo en la cama.
-¿Te acostaste con Katarina? ¡Contesta! ¿Por eso tú la trajiste aquí cuando se enfermó?
-¿Cómo te enteraste?
-¿No lo estás negando?
-Maeva, lo siento mucho, fue un error.
-¿Por qué?
-Estábamos solos en Lido.
-¿Qué fuiste a hacer ahí?
-Llevé a Katarina porque estaba triste.
-Así que la consolaste.
-Maeva, perdóname, no lo hice por lastimarte.
-No eres el primer hombre que me engaña, Ricardo, pero ¿Te importó más tener sexo con Katarina que tu propio hijo?
-Miguel no es mi hijo.
-¡Sabes de lo que estoy hablando! ¡Eres igual que mi ex marido! ¡Lárgate! ¡Eres una porquería de ser humano y de padre!
-¡No te metas con eso!
-¡Traicionaste a Miguel por una noche de sexo! ¡Infeliz!
Maeva echó a Ricardo y este no sabía dónde meterse.
-¿Quién le dijo a Maeva lo de Lido? - le preguntó a Tennant, sin entrar con él.
-Fue Yuko.
-¡Le pedí que no lo hiciera!
-Creo que ella tomó bando con Miguel.
-¿La sabrá alguien más?
-Sí, Andreas.
-¿Cómo?
-Yuko no te platicó todo, papá. Andreas encontró la maleta de Katarina en el hotel y el botones le dijo que estuviste con ella en un cuarto.
-No hicimos nada ahí.
-Pero luego de la llamada de Lido, es difícil que no piense mal.
-¿Qué haré ahora?
-Hacerse cargo - contestó el doctor Pelletier, quien iba llegando y sólo había escuchado los gritos de Maeva. El quinto piso quedó en silencio y Juulia y Marco fueron trasladados poco más tarde a sus estudios urgentes.
La llovizna había dejado charcos brillantes en las calles de Dorsoduro, y el aire traía un olor a sal mezclado con el dulzor de las castañas asadas cuando Maurizio Leoncavallo, "Maragaglio", caminaba con las manos hundidas en su chaqueta de cuero, los lentes empañados y el corazón todavía latiéndole fuerte por la estupidez del día anterior. Tenía dieciocho años y había intentado impresionar a Anna Berton robando un gelato de "Il dolce d’oro", corriendo como si fuera un héroe de película barata. Anna lo había alcanzado, lo llamó "cretino" y lo dejó ir, pero la vergüenza lo había traído de vuelta. No sabía bien por qué regresaba, pero ahí estaba, empujando la puerta del local con un tintineo suave de la campana.
Adentro, el calor lo recibió como un abrazo y el aroma a vainilla y chocolate flotaba en el aire. El lugar estaba tranquilo: un par de ancianos jugaban cartas en una esquina y detrás del mostrador, una chica joven removía crema en un cuenco con una cucharita de madera. Susanna Berton, un año menor que él, tenía el cabello recogido en una trenza floja, mechones sueltos cayéndole sobre las mejillas y un delantal blanco que le colgaba como una sábana sobre su figura delgada. Sus ojos verdes brillaban con una dulzura tímida, y cuando levantó la vista hacia él, una sonrisa pequeña pero cálida se dibujó en su rostro.
-Buongiorno ¿En qué puedo ayudarte?
Maurizio se detuvo en seco, ajustándose los lentes para verla mejor. No era Anna, con su energía cortante y su lengua afilada. Esta chica era diferente: más suave, más accesible. No sabía quién era él, ni parecía esperarlo. Eso lo descolocó, pero también lo alivió.
-Eh… Ciao. Quiero un café y algo dulce, si tienes.
Ella asintió, limpiándose las manos en el delantal con un gesto rápido y encantador.
-¡Claro! El café está recién hecho y tenemos gelato de vainilla casi listo. O hay pastel de chocolate si prefieres ¿Qué te gustaría?
Sus ojos se iluminaron mientras hablaba, como si recomendar postres fuera lo más emocionante del día y Maurizio la miró, sorprendido por su entusiasmo. Había esperado un regaño, o al menos una mirada desconfiada, pero Susanna no parecía tener idea de quién era. Anna debía haberle mencionado "un zoquete molestando", pero no lo había relacionado con él. Eso le dio una oportunidad que no esperaba.
-El pastel suena bien.
-¡Perfecto! Siéntate donde quieras, te lo traigo en un momento - respondió ella, girándose hacia la máquina de café con un saltito, como si estuviera feliz de tener compañía.
Él eligió una mesa cerca del mostrador, quitándose la chaqueta mojada y observándola mientras trabajaba. Susanna tarareaba una melodía suave, moviendo los hombros al ritmo y cada tanto miraba hacia él con una curiosidad infantil. Cuando trajo el café y un plato con un trozo de pastel cubierto, lo dejó frente a él con cuidado, como si fuera un regalo.
-Aquí tienes. Este pastel es mi favorito. Espero que te guste - dijo ella, sonriendo.
Maurizio tomó la taza y el calor le reconfortó las manos frías. Ella se quedó cerca, apoyándose en el respaldo de una silla, mirándolo con esa ternura que lo hacía sentir un poco menos perdido.
-Está bueno, mejor de lo que esperaba.
-¡Me alegra tanto! Mi papá dice que exagero con el chocolate, pero yo creo que nunca es demasiado. ¿Tú qué piensas?
Él rió, una risa corta pero sincera, sorprendido por lo fácil que era hablar con ella.
-No sé mucho de pasteles, pero este está perfecto.
Susanna se sonrojó, bajando la vista un instante antes de volver a mirarlo.
-Gracias. Me gusta hacer cosas ricas para la gente. Mi hermana Anna dice que soy demasiado azucarada, pero me gusta ver sonreír a cada persona que pasa por aquí.
Maurizio sintió un nudo en el estómago. Esa dulzura, esa forma de hablar como si el mundo fuera un lugar simple, lo impresionó más de lo que quería admitir. Era tan distinta a las chicas de Milán, con sus juegos y sus burlas; tan distinta a Anna, que lo había puesto en su lugar sin dudar.
-¿Siempre eres así de amable con los desconocidos? - preguntó, inclinándose un poco hacia ella, intrigado. Susanna rió con un sonido suave y se encogió de hombros.
-Supongo. No me gusta pelear. Anna dice que ayer vino un zoquete a molestar, pero no lo vi. Si hubieras sido tú, te habría dado un gelato gratis para que no te fueras enojado.
Él tragó saliva, agradeciendo que no lo reconociera como el "zoquete", pero ella no lo sabía, y eso lo hacía sentir extrañamente aliviado.
-Eres diferente - dijo sin pensar, y cuando ella ladeó la cabeza, confundida, añadió rápido:
-Digo, diferente a la gente que conozco. En Milán no hay tiempo de conversar. -
-¿Eres de Milán? ¡Qué lindo! Nunca he ido, pero Anna dice que es enorme. ¿Qué haces ahí? - preguntó la chica, sentándose frente a él sin pedir permiso, con las manos cruzadas en la mesa.
Maurizio dudó. No quería hablar de su abuelo, de las noches huyendo de casa o de sus amigas especiales. En cambio, se ajustó los lentes y dijo lo primero que se le ocurrió.
-Estudio y viajo un poco. Vine a Venecia a ver algo nuevo.
-¡Eso es tan valiente! Yo no me atrevería a irme tan lejos sola ¿Te gusta aquí?
-Más de lo que esperaba.
La campana sonó y el señor Berton bajó las escaleras, su bigote frunciéndose al ver a Maurizio. Susanna se levantó de un salto, como un gatito asustado, pero su sonrisa no se borró.
-Un cliente, papá, ya lo atendí - dijo yendo al mostrador.
El señor Berton gruñó, lanzó una mirada desconfiada a Maurizio y subió de nuevo, murmurando algo. Susanna volvió a la mesa, sus mejillas rosadas.
-No le hagas caso. Es gruñón, pero no muerde... Bueno, casi nunca - comentó la joven.
Maurizio rió, y ella rió con él, un sonido que llenó el local como luz en un día gris. Hablaron un rato más de gelatos, de Venecia, de nada importante y cuando la lluvia paró y él se levantó para irse, ella lo acompañó a la puerta.
-Vuelve cuando quieras - invitó Susanna - Me gustó charlar contigo. -Lo haré - respondió él, poniéndose la chaqueta - Traeré más liras, como pediste.
Ella asintió y él salió al aire fresco. No lo sabían aún, pero ese martes en "Il dolce d’oro", sería el comienzo del resto de sus vidas.
Helsinki, Finlandia. Lunes, 25 de noviembre de 2002.
-Estaban pateando a Marat - dijo Carlota Liukin mientras veía un juego de la final de la Copa Davis en una de las salas del hotel. A su lado, Katrina bebía un chocolate caliente y no dejaba de tiritar.
-No soporto este frío - mencionó.
-Ese Nalbandián es bueno, a Marat le van a doler las rodillas.
-Lo primero que haré será cubrirme con una enorme manta y beberme una jarra de sopa cuando llegue a mi cama ¡Esto es horrible!
-¡Davay, Marat! ¡Así se hace!
-¡No sé cómo no sufres, Carlota!
-¡Sí, ganó el punto!
-Ah, es por eso.
Katrina no entendía nada de tenis ni reparaba en que la joven Liukin la había ignorado, así que creía que seguían juntas. Pero mientras Carlota se había dedicado a sus actividades de patinadora, ella había ido de compras, a una galería donde no entendió nada y a un paseo guiado aburrido porque no hablaba inglés ni comprendía los letreros de la calle. Lo poco que ambas veían de Helsinki no era suficiente para declarar que su estadía era placentera.
Maurizio Leoncavallo, sin embargo, aprendió que Katrina era intocable y mientras estuviera en cualquier lugar, no podía conversar con nadie. Merecido lo tenía por patán y por idiota ¿Cómo le había parecido una buena idea intentar meterse con una pareja de su primo Maragaglio? Y encima debía cuidarla, aunque esto último no era molesto. El joven Leoncavallo no sabía cómo calmar su creciente inquietud, así que intentaba recurrir a cualquier cosa que no fuera heroína porque se lo había prometido a su padre.
-¡Marat! ¡Marat está ganando otra vez! - gritó Carlota, aunque fuera el empate a dos sets que forzaba al quinto y el chico se viera fundido. Las caras de los demás integrantes del equipo ruso era de pocos amigos y casi seguro le habían reclamado a su compañero por las "vacaciones" y otros aparentes descansos. La hermana del chico estaba en las tribunas, alentándolo sí, pero seguramente preocupada por la posibilidad de que todo saliera mal.
-Ay, se me había olvidado que no hay empates en esta cosa - expresó Carlota y pronto, se percató de que otros patinadoras la rondaban con sus eternos murmullos.
-Parecen grabadoras - se quejó.
-¿Porque no paran de hablar? - preguntó Katrina.
-¡Katarina no tuvo que ver con Marat! ¡Qué fastidio!
-¿Qué hicieron?
-¡Marat la ignoró! ¡La ignoró!
-Deberías comer un panecillo.
-¡Ella andaba detrás de él, pero nadie le hizo caso! ¡Marat nunca se fijaría en esa... Araña!
Maurizio Leoncavallo volteó en ese instante hacia la chica Liukin, interrogante y sin que el calificativo le hiciera gracia.
-¡Ay, perdón!
-Ese comentario fue grosero, Carlota.
-Disculpa, Maurizio.
-Burlarte de mi hermana no es algo que te permita.
-No vuelve a pasar.
-Ahora me vas a hablar de qué pasó con Marat.
-¿Cuál de todas las cosas?
-Lo de Katarina.
-¿Te vas a sentar?
-¿Qué te dijo de ella?
Carlota no iba a mencionar lo del apartamento en Mónaco, ni que había visto a Maragaglio regañando a la joven Leoncavallo en Bèrcy por ser coqueta, así que se limitó a contar algo inofensivo, relacionado con la primera vez que Katarina y Marat se habían visto y el chico no había vuelto a dirigirle la palabra más allá de los saludos de cortesía.
-Me alegra, pensé que mi hermana se había fijado en él - mintió Maurizio.
-Eh, no, nada pasó, sólo rumores que alguien inventó.
-Carlota, ser chismosa no te queda.
-Gracias, Maurizio.
-¿Y cómo va Marat en el partido?
Así, Carlota volvió a posar su mirada en el televisor y rezar porque su amigo obtuviera el triunfo. La final de la Copa Davis se jugaba en Moscú y se había cumplido la predicción de que, bajando del avión, Marat Safin sería el primero en salir a la duela como castigo.
-¡Oh! ¿Vieron eso? ¡Casi le destroza la muñeca a Nalbandián! - comentó Carlota y la atención regresó al juego, aunque las patinadoras prestaran más atención a lo que Maurizio Leoncavallo hacía. Katrina llamaba su atención, pero porque a pesar de su parecido con Katarina, en nada se asemejaba a su talante: Más bien era graciosa, extrovertida y si llegaba a verlas, lo hacía sin malicia. Nadie averiguaba si era hermana, prima, amiga o novia, sólo era una decoración del entorno o una anónima encargada de llevar bolsos.
-Woah, no sabía que Marat era tan rápido... ¡Ay, por Dios! ¡Le pegó durísimo a esa bola! - continuó Carlota mientras su amigo festejaba un punto complejo ante un Nalbandián que no actuaba desconcertado ante la adrenalina del rival. Maurizio suspiró abrumado y se retiró rumbo a la recepción, en dónde tenía un mensaje. Juulia Töivonen pasaría por un examen adicional para determinar el estado de sus pulmones y había pasado el día tranquilamente. El doctor Luc Pelletier no era muy expresivo al respecto y de hecho, se había limitado a ser breve, sobretodo porque no estaba preparado para darle explicaciones al hermano de Katarina Leoncavallo. Pero esa falta de drama motivó que Maurizio quisiera caminar por ahí.
Salir del hotel se sintió tranquilizador. El hombre se dirigió hacia la cercana plaza del Museo Nacional de Arte Finlandés y sin pensarlo, decidió que volvería a ese lugar para terminar una caminata sin rumbo. De acuerdo al pronóstico del clima, estaría nevando hasta la mañana siguiente, así que el retorno a París sería el miércoles temprano y al menos, la federación finlandesa había tenido la sensibilidad de invitarles a ver auroras boreales más tarde, razón por la que él mismo llevaba ya puesta ropa muy abrigadora y calentadores debajo de sus pantalones.
-Qué bonita ciudad - pensó conforme iba avanzando hacia las afueras, sorprendido de que Helsinki le pareciera tan pequeño. Entonces tomó el metro para poder perderse.
La estación de Vuosaari se encontraba en la parte este, casi junto al mar. Ese día, el suelo estaba cubierto de blanco, pero el agua lucía azul oscuro y el viento era ligero, aunque helado. Nevaba tenuemente, pero no le fastidiaba como en París. Aunque el clima era más frío, a él le gustaba sentir la humedad de su rostro y la neblina que poco a poco llegaba desde el mar, misma que le marcaba el camino hacia Uutela, un sendero boscoso donde se podía caminar.
-Pero no quiero ir - dijo Maurizio y entonces, la neblina acabó por envolverlo. Él no veía cosa alguna, pero asumió que debía pasar por el sendero si quería continuar solo y reanudó sus pasos con poco interés, aunque el hielo comenzara a marcar figuras lindas en las hojas y las ramas de varios árboles. No parecía haber animales alrededor, ni maleza u otra cosa que no fuera un lugar con toques de verdor por encima de la cabeza.
-"Al fin hay silencio. Supongo que es hora de pensar" - se dijo a sí mismo y se detuvo junto a un árbol próximo al agua. Viendo su aliento y frotando sus manos, su mente se detuvo en Katarina.
-Estoy furioso con ella ¿Cómo voy a reaccionar cuando la vea? ¡Ese ridículo gondolero! ¡Le voy a destrozar la cara!... Se van a divorciar pronto, esperaré.
Y recargándose en el tronco, sacó un encendedor para prenderlo y apagarlo, fingiendo que tenía un cigarrillo. Aquello lo tranquilizó.
-Fue mi culpa, decepcioné a mi hermana y le mentí. Sí prefiero a Carlota, no sé cómo decírselo sin hacerla llorar. Es que no pensé que alguien patinaría mejor en poco tiempo y teniendo tanto futuro por delante... No me acostumbro a que Katarina no sea la mejor en algo y cada vez tengo menos tiempo para hablar con ella. Lo de la rutina de Black Swan era para intentar arreglar las cosas y sólo confirmó lo que no podía aceptar.
Con las manos ahora en los bolsillos, Maurizio Leoncavallo observó el agua, aliviado de no reflejarse. Estaba siendo un año exitoso y preocupante, con esa presión que revienta un lápiz apenas lo toca quien la sufre. Por ahí rondaba el recuerdo de Jyri Cassavettes, pero pronto fue sustituido por el recuerdo en Salt Lake con las lágrimas tristes de su hermana porque se llevaría una medalla que no representaba su actuación. Un llanto mezclado con una sonrisa porque estaban juntos y él actuaba como si no supiera de la injusticia que habían sufrido como entrenador y pupila. Tan magistral había sido, que incluso interpretaba a un enfiestado hermano alcoholizado que la hacía reír para que el rechazo no doliera tanto.
Pero la memoria que siguió lo hizo caminar de nuevo, a paso veloz. Su respiración se agitó, su pecho se adormeció y su cabeza punzó por la única imagen que lo mantenía sobrio, pero lamentándose: Él y Katarina solos en esa maldita habitación de la villa olímpica, ella desnuda, el manteniendo el pantalón en su lugar por la fascinación y el asco. El grito de Kati Winkler, la urgencia de beber al rechazar los besos, el cuerpo y la posible entrega de Katarina sólo porque no se sentía lo suficientemente bueno como amante de una mujer que seguramente se había reservado para él. Ser tan poco, tan bajo, para Katarina. Mejor ser su hermano y no decepcionarla.
-¿Cuándo empecé a sentir esto? ¿Fue cuando me volví su entrenador? ¿O por que el gondolero idiota amenazó con llegar a la cena familiar alguna ocasión? No recuerdo estar así hasta antes de eso ¡Pensé que Katarina era cariñosa y me quería mucho! No había nada.
Los árboles, sin embargo, crujían y el viento los movía lo suficiente para tirarles la nieve sobre Maurizio, que sacudía sus hombros con frecuencia.
Sí, si era la aparición de Marco Antonioni el detonador de su conducta tan rara y su extraordinaria represión en público o su negación natural de las cosas. Estaba confundido y aterrado ¿Katarina en verdad le era deseable de una manera tan íntima? Y esa fachada de hermano normal, que le creían todos menos su padres y cualquier Leoncavallo que rebasara los cincuenta años de edad... Ellos, que reaccionaban con un pánico que no buscaba entender y mucho menos indagar ¿Qué diablos le ocurría? Pero estaba seguro de que sus sentimientos no eran añejos.
-La niebla empeora - caviló, pero en lugar de detenerse, siguió caminando por la orilla, asegurándose de que el agua no llegara a sus pies. Aunque creía que acabaría adormilado, el temblor que le hacía chocar los dientes le recordaba que no debía caer y cuando el sendero se volvió más ancho, un lobo se apareció a escasos metros.
Maurizio y el animal se contemplaron con desconcierto, pero como ambos estaban perdiéndose, optaron por caminar, desde la distancia, en paralelo. Uno contaba con que el otro le llevaría por el camino seguro a casa y el otro confiaba en que no sería dañado, pero mientras más se miraban, más parecían entablar una conversación silenciosa sobre lo que pasaba en sus vidas. Pero el lobo no tenía otra respuesta que no fuera la de estar protegiendo a su familia. Tenía tres lobeznos y una hembra, a la que por entendimiento llamaba "esposa", que había estado muy enferma.
-Perdí la cabeza, ahora platico con un lobo - suspiró Maurizio, pero le sirvió para acordarse de Juulia Töivonen y su bebé en camino.
-Voy a ser padre, no sé qué tanto cambiará mi vida con eso. Pasé muchos años buscando un hijo y ahora que tendré uno, no estoy feliz. Quiero al niño o niña, no importa... Es que me enfoqué en embarazar a alguien y no fue el momento correcto, debí esperar. Lastimé a otra novia porque no podía hacer posible ese cuento de la casita que huele a dulces y tiene a los papás con sus niños y el perro. No me he disculpado con Karin por utilizarla y por intentar hacerle creer que esa familia era nuestro objetivo. Ahora voy a casarme con Juulia y no hay vuelta atrás. Lo hago porque con ella no escondo que la unión me parece conveniente. Me gusta mucho esa mujer, puedo desearla enfrente de cualquiera sin consecuencias. Sé qué estoy eligiendo. Y no tengo idea de cómo demostrarle a Katarina que lo siento muchísimo.
Al llegar a una parte del sendero cubierto por troncos caídos, el lobo encontró su madriguera. Los lobeznos retozaban en la nieve, aunque con la llegada de su padre, detenían los juegos para introducirse en un agujero oscuro y confortable. La hembra, una loba de mayor estatura que el macho, de pelaje blanco y que se notaba de temperamento fuerte, revisó a Maurizio con interés. Ella no se acercó, pero advertía con su gesto que no toleraría un paso extra. El lobo se colocó junto a ella y pareció expresar un "vuelve a casa" como consejo. Nevó un poco más fuerte y la niebla hizo que ambas partes se perdieran de vista.
Al llegar las cuatro de la tarde y con ello, la oscuridad de la noche prematura, el partido Safin-Nabaldian concluía. Carlota Liukin agitaba una banderita del equipo ruso, aunque alguna patinadora le aconsejara que la guardara para no ofender al personal.
-"Los rusos no son bienvenidos aquí" - le dijo algún empleado con cortesía y ella, en lugar de hacer caso, la colocó sobre la mesa. Katrina se reía porque también se le había ocurrido hacer lo mismo.
-Davay, Marat! - gritó la joven Liukin mientras se desarrollaba algo llamado "rally" donde ambos tenistas intercambiaban la pelota sin que ninguno consiguiera anotar. Ambos eran agresivos en el juego, aunque Marat fuera menos frío en sus expresiones. Aquel duelo se terminó cuando Marat decidió cruzar la devolución, pero lo hizo con tanta fuerza, que un trozo de duela quedó marcado del impacto.
-¡Ay, ganó mi Marat! ¡Voy a llamarlo! - externó Carlota con su celular en la mano y aguardó pacientemente a que le dieran una silla al chico. Por alguna razón, Marat ignoraba a cualquiera, pero nunca a la chica Liukin cuando le marcaba.
-¡Marat! Te acabo de ver en televisión, jugaste muy bien! - inició ella.
-"Quiero dormir".
-Ojalá te sirva la almohadilla que encontramos en el aeropuerto.
-"Aquí la tengo".
Marat se fijó en una cámara y mostró el objeto. Carlota sonrió.
-Recuerda que primero pones el agua fría y se va a ir calentando.
-"¿Sufriste viéndome, Carlota?"
-No, no, no... No sufrí, lloré ¿No te duelen las manos?
-"Todavía no".
-¿Cuándo vuelves a jugar?
-"Pasado mañana en el dobles".
-Regresaré a París, ojalá sea a tiempo.
-"¿Cuándo te vas de Helsinki?"
-El miércoles porque va a dejar de nevar.
-"¿Qué día es el Grand Prix Final?"
-Patino el día siete de diciembre.
-"Te veré."
-¿Irás a Japón, Marat?
-"Me refiero a que estaré atento en el canal deportivo."
-Oh, eso.
-"Voy a iniciar el próximo año en un pequeño torneo en Mónaco y adivina quién irá a Venecia a prepararse unas semanas antes."
-¡No es cierto!
-"Nos veremos de nuevo en Navidad, Carlota".
Carlota se contuvo de gritar por la emoción y continuó con la conversación de lo más contenta. Pero cerca, los federativos finlandeses se estaban reuniendo para la tan prometida excursión y Maurizio Leoncavallo no respondía sus mensajes. Katrina se dió cuenta, pero se encogió de hombros.
-Nada se pierde si ese idiota no va.
-¿Qué idiota? - preguntó Carlota sin dejar de atender el teléfono.
-Uno que se fue hace rato. Tal vez se perdió y nadie lo va a extrañar.
La joven Liukin no entendía y continuaba distraída, pero Katrina respiró hondo y se levantó para confirmar el problema. Algunas patinadoras y otros más llegaban a preguntarle si sabía algo.
-No lo ví después de un rato, quizás está en su habitación, búsquenlo - replicó, pero nadie se atrevió a moverse.
-¡Ay, ya voy! ¡Si tanto les interesa su paseo, se podrían ir sin él! - gritó furiosa y subió al primer piso, a tocar la puerta de la habitación diecisiete. Katrina suplicaba porque nadie abriera.
-¡Oye, idiota, te están buscando! ¿Vienes ya? ¿Te dormiste?
Pero luego de la ausente respuesta, intentó de nuevo. Nada. Una tercera vez comenzó a ser molesta y al cuarto intento, Katrina supo que Maurizio no se encontraba allí.
-Bueno, nadie lo va a extrañar - exclamó, pero al volver con Carlota, se encontró con que Irina Astrovskaya y Susanna Pöykio estaban sentadas a la mesa con ella.
-¿Qué pasó con Maurizio, ya viene? - preguntó Carlota.
-Creo que se fue, lo llamé varias veces.
-¿De verdad? ¿No se quedó dormido?
-¿Por qué no le llamas?
-Es que tampoco me contesta y a nadie. Katrina ¿Crees que ande por ahí?
-Ya está oscuro, no creo que vaya lejos.
-¡Hay que buscarlo!
-Carlota, no voy a salir con este frío.
-¡Pero yo sí!
Carlota Liukin tomó su abrigo y un gorro y enseguida le anunció a los federativos lo que planeaba. Pronto, se armaron grupos entre los patinadores y mientras Carlota y Katrina irían al este, los demás caminarían hacia el centro de Helsinki y alguien más dió aviso a la policía. Una vez en la calle, Katrina comenzó a preguntarse qué estaba haciendo y sobretodo, por qué las dos iban solas si no tenían idea del lugar en el que estaban. Ambas preguntaban por Maurizio como podían, pero solo la chica Liukin recibía alguna respuesta.
-Alguien dijo que entró al metro... ¿Vamos?
-¿Estás loca?
-¡Katrina!
-¿Dónde crees que haya ido?
-Lejos.
-No te entiendo.
-Maurizio es un Liukin como yo, así que sólo hay dos opciones: el bar o el bosque.
-¡No voy a ir a helarme con los pinos!
-Si estuviera bebiendo, ya habría aparecido.
Katrina guardó silencio y pensó que aquello tenía sentido si era Carlota quien lo decía. Aunque odiaba al hombre perdido, no iba a abandonar a la otra en su nueva cruzada y luego de que ambas consultaran un mapa al interior de una estación, supieron que debían ir a la terminal de Vuosaari y tener suerte. Para Carlota, que siempre detestó el metro, viajar sin certeza era lo único que la mantenía atenta.
-Si le cuento a mi papá todo lo que ha pasado desde París, me va a matar - dijo la joven de pronto.
-¿Por qué?
-Cosas que hice, incluyendo esta.
-El idiota de Maurizio se largó.
-Oye, Katrina, tampoco voy a decirle nada de ti.
-¿Qué tengo de malo?
-Maragaglio tiene una esposa.
Katrina abrió más los ojos y sonrió incómoda, entendiendo en parte lo que Carlota quería decir. Ahora estaban los dos hundidas en sus asientos del vagón, leyendo como podían los nombres de las estaciones y tratando de pensar en qué parte encontrarían a Maurizio Leoncavallo, aunque sólo una de ellas imaginaba cómo llegar.
-No volveré a quejarme del frío en París - susurró Katrina, sin imaginar que al salir del subterráneo, una nevada fuerte la frenaría en definitiva. El paisaje de Vuosaari, con el cielo oscuro y las lámparas del alumbrado público, más parecía la entrada al polo norte que a una zona normal de Helsinki que sólo estaba más cerca del bosque.
-Carlota ¡No voy a salir con este clima odioso! Si Maurizio quiere, que se congele solo... ¡Carlota! ¡Ay, por Dios! ¡Carlota! ¿Dónde estás?
Al mismo tiempo que Katrina entraba en pánico en Vuosaari, Carlota Liukin corría hacia donde lograba entender que se encontraba el sendero boscoso. La taquilla, por la hora, estaba cerrada, pero las rejas no eran obstáculo para ella, que todavía podía atravesarlas luego de rezar por no atorarse. Al principio, la chica había tenido la intención de buscar algún guardabosques o usar alguno de los teléfonos rojos de emergencia, pero le pareció más sencillo buscar por sí misma y caminó por la orilla cuando pudo verla. El plan era seguir la línea del agua para volver si las cosas empezaban a complicarse. La nive caía y Carlota se quitaba la nieve de los ojos con frecuencia.
Maurizio Leoncavallo había intentado regresar sin éxito y daba vueltas sobre sus pasos, terminando cerca de la madriguera del lobo una y otra vez. Su ropa estaba helada, pero algo lo mantenía sin claudicar e identificó qué era. No lo admitía, pero era el miedo.
-Si paso la noche, para la mañana seré un cadáver - concluyó e intentó juntar un par de ramas secas y pequeñas para hacerse de una fogata que prolongara su agonía potencial; pero estaban tan congeladas, que no lo consiguió.
-Debería tener pelo, mínimo moriría peleando - ironizó y se sentó sobre una roca, sobresaltándose al oír un crujido.
-¡Ay, qué horrible encontrarme una rana congelada! ¡Tenía que ser aquí! - gritaba Carlota Liukin mientras pateaba la nieve y tropezaba sin caerse. Ni un solo copo le caía encima, aunque nadie lo notaría ni en esa circunstancia.
-¿Maurizio? ¿Es un indigente o eres tú? - preguntó al encontrarse a una figura masculina con la cabeza baja.
-Llevo un rato aquí.
-¡Mauri! ¡Te busqué por la ciudad, tomé el metro por ti!
-¿Tú qué?
-¿Estás bien? ¡Toma de mi té, traje un termo por si tenía que caminar toda la noche!
Carlota abrazó a Maurizio y enseguida le dió de beber. La nieve de los guantes de él, se derritió al instante.
-¿Tienes frío?
-Algo... Carlota ¿Viniste sola?
- Si te refieres a Katrina, yo la dejé en la estación del metro.
-Más ¿Tú qué?
-Es que cae mucha nieve y a ella no le gusta y no me quise esperar.
-¿Cómo llegaste aquí?
-Atravesé una reja y me fui por el agua.
-¡Hay lobos cerca!
-¡Y a mí me aterró una mugrosa rana muerta y eso estoy soportando para llevarte a casa! ¡Te buscamos todos!
-¿Traes teléfono? Porque olvidé el mío.
-Sí, quizás contesten, agárralo.
-Muy bien... No hay señal.
-Es una broma.
-Es en serio.
-¡Trae acá, Maurizio! ¡Tienes que moverte! Aquí hay un poquito de señal y si voy para...
La gran loba salió de su refugio y enseguida gruñió en advertencia, pero Carlota Liukin no se intimidó.
-¡Tú cállate!
-¡Carlota, le estás gritando a un animal salvaje!
-¡Por mí que se aviente! Ni que no supiera qué hacer con ella, estoy buscando cómo llamar y no me interesa que lo quiera impedir.
Y entonces, la joven se dirigió a la loba:
-¡Métete a tu casa calientita y déjame en paz! ¡Nos iremos en cuánto me contesten y te aviso que soy Carlota Liukin en estado enojada!
-No deberías pelearte con animales - recordó Maurizio, pero la loba y Carlota se miraron mutuamente y comenzaron a regañarlo: una por tener que encontrarlo y la otra porque no se había ido de ahí. Una gritaba y la otra ladraba.
-¿Me dejan morir tranquilo? - pidió Maurizio.
-¡Ya te dijimos que no! - declaró Carlota, quien terminó en el piso junto a la loba, frotándose mutuamente.
-¿Ahora son amigas?
-Nos enfadamos contigo, así que ahora nos caemos bien.
Maurizio se quedó de pie, mirando al horizonte. No sabía que día era, pero el cielo comenzaba a colorearse de verde.
-Al menos hay algo bueno qué ver - susurró.
-Yo quería ir al paseo con un trineo y chocolate - lamentó Carlota.
-Pero no negarás que es hermoso.
Carlota imaginó entonces que la aurora boreal se coloreaba y formaba figuras y deseó con todas sus fuerzas que se volviera azul; pero en lugar de ello, la aurora se volvió más luminosa que de costumbre y un bello color dorado alumbró todo Helsinki. La chica, boquiabierta, se levantó y de la alegría, tomó a la loba de las patas delanteras y comenzó a saltar y celebrar con ella.
Maurizio Leoncavallo, en cambio, respiró hondo, comenzó a reírse por la absurda imprudencia de Carlota Liukin y miró al cielo para olvidarse de sus problemas por un instante. La nieve cesó su caída.
Venecia, Italia. Domingo, 24 de noviembre de 2002.
Los organizadores del Grand Prix de Helsinki estaban conscientes de que Carlota Liukin no era la patinadora elegida por la familia de Jyri Cassavettes para llevar la corona de flores que se colocaría al centro de la pista como homenaje póstumo y de todas maneras, decidieron mantenerla en el papel por considerarla "adecuada y bonita" para lucir bien en la transmisión televisiva y en las fotos de la prensa. Además, al ser la ganadora de la prueba individual femenina, parecía lógico que se encargara del momento más importante. En la Helsinki Ice Arena se colgaría un banderín con el nombre de la homenajeada y su palmarés más importante, así que a las catorce horas, Carlota Liukin ya portaba una pesada corona de rosas blancas, tan grande que ni ella pensaba en lucirla un segundo extra de lo necesario.
Eso último era apreciado por Katarina Leoncavallo desde un televisor en la estancia del hospital, encendido pese a la oposición del doctor Pelletier. Susanna Maragaglio se hallaba a su lado y guardaba silencio, procurando no rozar su brazo izquierdo para evitar que su enojo se tornara explosivo. Desde la puerta de su habitación, Marco Antonioni no sabía qué hacer ni como reaccionar; Tennant Lutz sólo levantaba la ceja con interés y Ricardo Liukin aprovechaba la oportunidad de ver a su hija luego de dos semanas complicadas.
-"Carlota Liukin ha patinado maravillosamente estos días y hoy rinde homenaje a la memoria de la magnífica, la extraordinaria Jyri Cassavettes, medallista de plata y oro en dos oportunidades en los Juegos Olímpicos... Hoy se ha inaugurado un memorial en la pista olímpica de Lillehammer en Noruega y se abrió una exposición fotográfica aquí en la Helsinki Ice Arena... Aquí viene Carlota Liukin, contemplemos su número en honor de la bailarina finlandesa".
Mientras el comentarista guardaba silencio y una melodía comenzaba cuando Katarina Leoncavallo comenzó a llorar intensamente. Permanecía de pie, inmóvil, pero la mirada fija en esas imágenes de una Carlota vestida de gris con degradados en blanco, a quien el reflejo azul de las luces le daba un aspecto de ángel del hielo, así emulara a Jyri en su vieja actuación de sirena con unas cuentas azules en el rostro.
-¿Estás bien? - preguntó Susanna en un susurro temeroso.
-Perdón, pero me alegra que Jyri haya muerto - dijo Katarina y enseguida recibió un fuerte abrazo. Ricardo Liukin se desconcertó y comenzó a pensar en lo que Carlota le había dicho, en la confusión que ella tenía de si Katarina comía o no helado y en lo que le habían contado sobre la muerte de Jyri Cassavettes, sin atreverse a sospechar de forma profunda. Pero le llamaba la atención que Susanna tomara una actitud tan protectora, que su rostro se volviera defensivo. Marco continuaba sin saber cómo intervenir y Juulia Töivonen lo llamó.
-Ven acá, no creo que Katarina te diga.
-¿Qué cosa?
-De Jyri, siéntate.
-Juulia, supe lo que pasó.
-Claro que no ¿Hablas del accidente? Eso no es un secreto.
-¿Qué quieres?
-¿Katarina nunca te dijo que Jyri le pegó?
-¿Cómo te enteraste?
-¿Ella te...?
-También le robaba sus cosas, la molestaba y mandaba a sus amigas a hacerle de todo ¿Pensabas que Katarina me lo ocultaba? ¡No sé cómo acercarme hoy y ya!
Juulia parecía fulminada y Tennant prefirió no burlarse. Esta vez, era claro que Katarina sí había delatado a Jyri, pero nadie del circuito del patinaje le había creído y con el tiempo y el funeral, iba a ser difícil probarlo todo.
Sin embargo, Katarina seguía sintiendo la culpa de haber quemado a esa mujer. Pero no era la culpa de una carga. Hasta para ella, cuyo código moral podía ser extremo y retorcido, el sufrimiento y la agonía eran precios injustos. Por eso su conflicto interno no la llevaba a condenar el resultado. Una almohada sobre el rostro de su abuelo no había dejado un desastre. Pero el incendio del sótano había condenado a Jyri a tener lesiones permanentes y vivir de deseos de fallecer cada que respiraba. Si Katarina hubiera tenido una dosis letal de morfina y la oportunidad, habría acabado con todo, incluyendo sus lágrimas y remordimientos.
-Tranquila, Katy, ya se fue - la consolaba Susanna, su única testigo del maltrato y también quién no había podido ayudarla como hubiera deseado. Jyri Cassavettes había hipnotizado a la familia Leoncavallo y a sus espaldas, le daba drogas inyectables a Maurizio además de alejar y golpear a Katarina cada vez.
-Pero sus amigas siguen patinando ¡Y yo las tengo que ver siempre! - dijo la joven Leoncavallo, quizás recordando cada cosa que hacían en su contra desde la primera vez. Y a Ricardo Liukin le dió por intervenir.
-¿Qué pasó con la señorita Cassavettes? ¿Algo tan malo?
-Jyri era una pesadilla, pero terminó - respondió Susanna mientras Katarina se aferraba más a ella.
-Lo poco que sé es que bastante gente la quería mucho.
-Nosotras nunca, a Maragaglio le dije que no nos agradaba esa mujer. Esta familia no enfrenta que hicimos mal aceptándola y como siempre, Katarina pagó el error.
-¿Qué le hizo?
-Le daba palizas a mi niña.
Ricardo Liukin se confundió más y de pronto, contemplar a su hija honrando a Jyri dejó de parecerle agradable. Estaba conociendo la versión de la historia donde la heroína se transformaba en un ser deleznable y dada la habitual sinceridad de Susanna, no le pareció correcto indagar. Otra vez le pasó por la cabeza la frase de "¡Katarina no come helado!" y los episodios donde la había visto en "Il Dolce d'Oro" disfrutando de las copas de gelato con salsa de chocolate y esferas de fruta, entendiendo menos.
-Disculpe la imprudencia.
-No se preocupe, Ricardo. Sólo no permita que las patinadoras se le acerquen a Carlota, ellas nunca son buenas amigas.
-La he prevenido varias veces, no crea que no estoy familiarizado con las trampas y otros detalles que ocurren en las competencias.
-Ojalá su hija le escuche.
-Susanna, gracias por prevenirme sobre lo que siempre pasa.
-De nada.
-Y en verdad lo siento, Katarina.
Ricardo Liukin fijó sus ojos en la pantalla y vio cómo se desplegaba el banderín de Jyri y escuchó los aplausos crecientes del público de la arena, ignorantes de las manchas de una figura tan carismática. Carlota continuaba con su número y alistaba su corona para dejarla sobre la pista mientras las luces de su vestido se encendían. Era innegable que la chica Liukin patinaba desde cierta inocencia, con la intención genuina de honrar.
-"¿Qué habrá visto Susanna para que se esté portando así?" - pensó y concluida la actuación de su hija, regresó con un mal sabor de boca a su lecho compartido con Maeva Nicholas.
Pero el que no contuvo su curiosidad fue Tennant Lutz, que aprovechando que Marco al fin decidía sentarse junto a Susanna, volteó hacia Juulia, interrogante.
-¿Qué necesitas, Tennant?
-¿Cómo te enteraste de que Jyri era una desgraciada? ¿Lo viste?
-La padecí.
-¿Tú también?
-Con las chicas de danza no fue amable.
-¿Te jaló el cabello?
-Me rompía el vestuario y siempre me arrojaba al hielo en las prácticas.
-¿Por qué?
-Porque dominé unas técnicas antes que ella.
-Y ahora te vas a casar con su ex novio.
-A Maurizio siempre le escondió sus maldades... Oye ¿La entrenadora de Carlota no era Tamara Didier?
-¿Importa?
-Pregúntenle por el día que se juntó con Jyri y entre las dos le jugaron una broma a Katarina que la mandó a un hospital en Dresden.
-¿Qué broma?
-Le robaron una muñeca patinadora y un oso de peluche y luego de mandarle notas de rescate, le quemaron sus cosas en la cara. Katarina se deshidrató de tanto llorar y se desmayó. Y una mejor: Antes de que Jyri se quemara, a Tamara se le ocurrió hacerle creer a Katarina que Maurizio se había accidentado en un entrenamiento. Katarina no cayó y entre las dos la aventaron a un lago en deshielo. Katarina se rescató sola, llegó mojada y desquiciada a la competencia y los jueces la expulsaron el resto de la temporada.
-¿Qué?
-A Katarina la había contratado una joyería y pensaban que si la hacían reventar, perdería el patrocinio.
-¿Todos sabían?
-Jyri convenció a otras patinadoras de que Katarina les iba a quitar el trabajo y entre todas taparon lo del lago.
-¿Por qué no hiciste nada?
-Porque no tuve valor.
-Eres un monstruo.
-Jyri era la más famosa y la más bonita, ella obtenía lo que quería y cuando se encaprichó con Maurizio, empezó a meterle drogas en las bebidas. Katarina se dió cuenta y quiso avisar, así que Jyri comenzó a propinarle palizas en los vestidores y a las demás nos aterraba con hacer llamadas para quitarnos nuestras becas y sacarnos del radar de los jueces. Muchas nos habríamos quedado sin nada, Tennant.
-¿Por qué esa mujer tenía tanto poder?
-Porque su hermano era delegado de la Federación Internacional de Patinaje y luego lo nombraron presidente ¿Quién se mete con alguien que sí puede destruirte? Y el tipo enseguida borró todo el archivo negativo de Jyri.
-¿Y por qué le lloran tanto a esa arpía?
-Porque a todos sus amigos les hizo favores y les consiguió giras con compañías de espectáculos sobre hielo. Cuando Jyri se quemó, todos se pusieron de acuerdo en hacerle la vida imposible a Katarina hasta que la hartaron y comenzó a devolverles sus porquerías. Luego empezaron de hipócritas con Maurizio y ella se volvió una persona horrible, pero nadie se atrevió a meterse más con él.
-Sigo pensando que eres un monstruo.
-Pero también te alegrarías de que Jyri muriera.
-No me da gusto la muerte de nadie.
-Algún día lo hará, sólo espera.
Tennant selló sus labios, abrumado de cada revelación que se daba en ese hospital. Entonces volteó hacia Marco Antonioni, que por fin lograba estrechar a su esposa mientras le aseguraba que lo arreglaría todo. Katarina lagrimeaba con menor intensidad y asentaba a todo lo que él decía, acabando por disculparse de sus acciones tan extrañas luego de la noche de bodas.
-Lo malo se ha ido - repetía Marco.
-Fue el funeral de Jyri, tenía que verlo.
-Tranquila, chica bonita.
-Es que tardó demasiado en irse al infierno.
Aunque todos pensaron que Katarina externaba esa conclusión por la violencia de Jyri Cassavettes, la realidad era que repasaba en su mente el incidente del sótano. La vela, la discusión, la llama en el cabello, los celos que la habían llevado a expandir el fuego por la tela del vestido a cuadros. Años y años de dolor inhumano, de secuelas inmundas. Pero el final era lo deseado. Al fin, Jyri estaba muerta y su homenaje era el inicio del descenso a la nada.
-"Hasta nunca jamás, maldita infeliz"- pasó por la mente de la joven, quien aprovechó que su rostro estaba oculto para repetir su gesto de sonreír por la extrema felicidad que le ocasionaba el haberse deshecho de una abominación más sin tener que volver a experimentar culpa. El trofeo esta vez era el alma de Jyri Cassavettes y junto a la del abuelo Leoncavallo, adornaba ahora la galería de la justicia en la mente de Katarina Leoncavallo.
Cuando Katarina Leoncavallo le pidió al doctor Pelletier que le averiguara los resultados del Grand Prix de Helsinki pasadas las seis de la tarde, se sorprendió demasiado de saber que Carlota Liukin había obtenido la medalla de oro. Su hermano Maurizio no mencionó en París la competencia, ni siquiera ella recordaba haberse enterado de tal evento en la agenda de su compañera. De repente, la Katarina competidora resurgía en una recaída e incluso su cabello, indisciplinado por días, volvía a la rigidez previa de un entrenamiento.
-¡Nadie me avisó! ¡Ahora me tengo que enfrentar a esa mujer! - le contó furiosa a un Marco Antonioni que comprendía que la luna de miel estaba terminada y la resaca por la influenza y la boda no tardaba en comenzar. Afuera no habían cambiado las cosas, sólo se habían aplazado.
-¿Vas a ir al torneo? - preguntó él en voz calmada.
-¡No trabaje tanto para darme de baja! - replicó ella con un grito y se miró en un espejo con la frustración de llevar todavía un tanque de oxígeno. En la habitación de junto, Ricardo Liukin contempló a Maeva con un suspiro resignado, aunque aliviado de enterarse dónde estaba Carlota, a quien por supuesto, iba a reprender por apenas informarle del viaje a Helsinki, como si se mandara sola.
Alessandro Gatell sin embargo, supo que debía retomar su improvisado papel de terapeuta de Katarina inmediatamente y aunque no quiso, recordó el drama inicial con el que se habían conocido y la promesa de atenderla, así que se levantó, esperó a que Katarina terminara con su rabieta y la llamó con un gesto nada sutil. Marco no entendía nada, pero su esposa prácticamente le exigió quedarse en su lugar con un enérgico "no te metas".
-Katarina está de vuelta. Felicidades, Marco - se burló Tennant Lutz y le sugirió a Juulia Töivonen correr su cortina y no hacer ruido para evitar otro altercado. La otra hizo caso y respiró hondo.
En el pasillo, los pacientes curiosos esperaban que algo sucediera para al fin llegar a sus casas y poder hablar libremente sobre la joven más hermosa del mundo. Gatell lo intuía y llevó a Katarina hacia el corredor donde se había casado, seguro de que nadie escucharía media palabra.
-¡Estás a punto de correr detrás de tu hermano! ¿Eso harás, Katarina? - inició sin amabilidad.
-¡Tengo que entrenar!
-¡Con esa neumonía te vas a morir!
-Estoy bien.
-¿Para qué quieres arriesgarte? ¿Cuándo es ese torneo?
-Diciembre.
-No estás en forma y se te inició tratamiento por desnutrición.
-Voy a tomar las vitaminas y ya.
-Eso no se arregla con pastillas.
-Puse todo mi esfuerzo en llegar al Grand Prix Final, no lo voy a echar a perder.
-¡Lo que tú planeas es ver a tu hermano!
-Es mi entrenador.
-¡Te acabas de casar!
-¡Voy a patinar! - gritó Katarina con tanta fuerza, que se escuchó por todos lados y un crujido parecido al de la nieve, anunció la aparición de un agrietamiento de la pared transparente del lugar. Gatell tomó a la chica del brazo y la llevó al corredor de la escalera.
-¿Qué pasa contigo? - prosiguió él.
-Me urge salir de aquí.
-Katarina, hace nada decías que debiste decidirte por Marco antes.
-¿No tiene diagnósticos qué hacer?
-Prometí ayudarte.
-Yo no lo pedí.
-Piensa en la Katarina que llegó aquí llorando.
-Me sentía mal.
-Maurizio es tu hermano.
-Hay una competencia que tengo que atender.
-¡Maurizio es tu hermano!
Katarina se llevó las manos al rostro y mordió sus labios una vez, al punto de sangrar.
-Me traicionó otra vez - dijo ella.
-¿Por qué quieres verlo?
-No es eso, es que en serio deseo ganar, hace mucho que no tengo un título, los jueces me van a perjudicar si no lo logro ahora.
-Dime la verdad.
-Es esa.
-Katarina...
-No me mire así.
-Sabes que tu hermano está esperando que lo busques.
-Si no consigo un oro, mi carrera se acabó.
-¿Estás segura?
-Oí a los jueces en Nueva York.
Katarina tomó asiento en un escalón y respiró muy hondo, abrazando luego sus rodillas.
-No hay un remedio mágico para la neumonía.
-Doctor ¿Qué debo hacer ahora?
-¿Cuál es el plan, Katarina?
-¿Cuál? Salir, ir a Sapporo, patinar, ganar. No hay otra cosa que me importe en esta parte de la temporada.
-Hablo del otro plan, del real.
-No tengo uno.
-¿Es verte con Maurizio y fingir que nada pasó, verdad?
-No.
-¿Por qué con la cabeza dices que sí?
Ella sintió escalofríos, miró sus pies y continuó.
-Me casé ¿En qué estaba pensando?
-¿Quieres a Marco?
-¡Claro que no!
-La cabeza dice lo contrario otra vez.
-Él es sólo un chico que me persigue a todos lados y nunca le hablo.
-Lo conocías perfectamente hasta ayer.
-¡Hasta ayer yo estaba creyendo tonterías, hoy he cambiado de opinión!
-Porque tu hermano te traicionó nuevamente.
Katarina se levantó de golpe, abrió la puerta y la cerró de una patada. La gente la miraba sorprendida y ella se detuvo ante la máquina de café, contemplando el bote de azúcar y un paquete de galletas, sintiéndose culpable por tener ganas de llevar algo a su boca. Gatell intentó tranquilizarla, pero el doctor Pelletier fue quien la llevó de regreso a su habitación, no sin antes detenerse a hablarle delante de Susanna Maragaglio.
-Esto no es un consejo, es un recordatorio: No desprecies a Marco Antonioni.
-No le importa.
-Es hora de tomar las cosas en serio. Es una advertencia.
-¡Usted se calla!
Katarina se recostó enseguida, corrió su cortina y se cubrió hasta la cabeza, llorando en el acto. Su esposo intentó consolarla, pero ella le gritó que le dejara en paz y le arrojó su sandalia para demostrar que no estaba dispuesta a recibir sus abrazos ni sus palabras. Ricardo Liukin, quien se asomaba burlón, prefirió anunciar la situación con un "bienvenido a la vida real, Marco" y alejarse riendo. Tennant no ocultaba que le divertía un poco.
-Te lo mereces.
-Cállate, Tennant.
-Eso pasa cuando no entiendes que todo es demasiado bueno para ser verdad.
-No seas hipócrita.
-Marco, míralo así: Te casaste con una chica que acaba de recordar que no te quiere.
-Katarina me adora.
-Afuera la espera su hermano.
Tennant fue rotundo, algo sonriente como Ricardo, pero la presencia de Katarina Leoncavallo dejó de molestarle en ese momento.
-¿La dejo llorar? - preguntó Marco.
-No lo sé, no es mi esposa.
-Se me olvida que vives para ser un imbécil.
-¿Vas a pelear conmigo?
-No lo vales, Tennant.
Marco también cerró su espacio y el silencio se apoderó de cada rincón, pero esta vez no venía acompañado de descanso, sino de las lágrimas incontenibles de una Katarina que debía asimilar una nueva decepción con una sensación de abandono frío que no se ahogaba nunca.
-Ese matrimonio fue un error - declaró Ricardo al colocarse junto a una Susanna que no decidía qué hacer. Estaban frente a un colapso.
-Llevan un día de casados.
-La relación se terminó.
-¡Ricardo!
-Marco fue muy ingenuo.
-¿No puede ver feliz a nadie? ¡Los felicitó ayer!
-No me malinterprete, Susanna. Es que no se puede ignorar un asunto pendiente.
-¿Satisfecho?
-¿De qué?
-Ahora entiendo por qué Katarina prefirió deshacerse de un amante como usted.
Susanna se separó del señor Liukin y fue donde Marco, quien confundido, miraba a la cortina de su esposa sin atreverse a hacerla a un lado.
-¿Qué hago? - le consultó el chico
-Esperar a que ella abra.
-¡Sabía que haría esto!
-No, Marco, no lo tomes así.
-Katy no deja de pensar en Maurizio.
-Verás que no es grave.
-Sólo fui su distracción aquí dentro.
-Marco, necesitas paciencia.
-¿Qué va a pasar cuando nos den de alta?
-Confirmarás que ella te ama.
-Le prometí arreglarlo todo.
-Su corazón ha estado roto mucho tiempo.
Susanna frotó la espalda de Marco para confortarlo y luego de unos minutos, Katarina, que había escuchado todo, abrió su cortina. El joven se incorporó y se sentó en la cama de ella. Susanna entendió que debían estar a solas y volvió a su sitio en la silla del pasillo. El doctor Pelletier y Gatell, apenas intercambiaron unas frases cortas, pero definían que Katarina Leoncavallo era una paciente fuera de sus campos y su sanación requería de algo más que las terapias que los médicos pudieran brindarle.
En su habitación, Katarina y Marco se contemplaron unos minutos hasta que ella tuvo ganas de expresar algo.
-No entiendo por qué Maurizio no me dice la verdad y por qué necesito verlo y perdonarle todo y actuar como si no me lastimara. Siempre me desplaza por algo o por alguien, él huye de mí.
-Eso no es tu culpa, chica bonita.
-¡Pudo contarme lo de Helsinki y nunca lo hizo!
-¿Qué te molesta de eso?
-¡Que lo podía apoyar!
-Maurizio sabe que siempre estás con él.
-Nunca es suficiente y no puedo aceptar que siempre elija a alguien más... Él escogió a Carlota Liukin y yo me aferro en lugar de irme.
-Katarina, yo me haré cargo.
-¡Lo amo, Marco!
-Lo sé.
-No entiendo por qué mi hermano no me quiere.
Marco se descolocó un momento. Él estaba acostumbrado a la obsesión incestuosa de Katarina, a las manipulaciones, algunas involuntarias y sutiles; otras frontales de Maurizio. Pero esto era diferente: Un ir y venir de atención y desprecio, una ilusión y desilusión constante, un desplazamiento disfrazado de cercanía y a momentos, de complicidad fraterna. Era el peso de un asfixiante y nunca admitido desamor.
-No entiendo por qué no me quiere - repitió Katarina y Marco la cubrió y abrazó, la protegió del mundo con sus largos brazos. Al fin la joven había dicho la verdad, el origen de esa espiral que la atrapaba en la órbita de Maurizio Leoncavallo, su hermano , ese hombre que amaba con todo su ser.
Marco permaneció allí, acompañando a su esposa, desestrañando ese misterio que eran los Leoncavallo, preguntándose cómo los enfrentaría y vencería con su corazón frágil y su escoliosis por Marfan. Cómo destrozar todo para al fin curar a su amada Katarina y llenarla de afecto y devoción. Hacía tanto frío, había tanta nieve al exterior y aún así, Katarina traía el invierno adentro y la calidez apenas había llegado para tratar de derretir los cristales de hielo que le habían clavado en el alma. El remedio podía ocupar toda una vida en hacer efecto.
Pero por el momento, Marco Antonioni sólo tenía que estar.
En Tell no Tales, el invierno había sido más crudo que de costumbre. La nieve, que generalmente cubría la tierra con finas mantas, esta vez se acumulaba inmisericorde en cada rincón, forzando a la limpieza dos o tres veces al día en los techos y las banquetas. En la campiña ni siquiera se podía calentar algo a menos que estuviera junto al fuego y Goran Liukin era el único que no temblaba ni tenía miedo ante la catástrofe.
Justo esa característica lo había empujado a bajar a la ciudad para ver la situación desde una perspectiva más clara. La larga calzada que conectaba a la campiña estaba a medio construir, pero estaba cubierta por completo. El bosque de cerezos parecía un páramo muerto y los acantilados asemejaban glaciares desde los cuales, parecía el fin del mundo.
-El periódico, por favor - pidió Goran en una esquina, pero el vendedor le señaló el letrero de la pared:
-"¿Sólo hable francés?" Ah... Le journal, s'il vous plaît.
-Van a multar a los hablantes de lysak.
-Algo he sabido.
-Son 5¢.
-Claro.
-Espero que le sirva para calentarse.
-Yo lo busco para leer.
Goran pagó y enseguida leyó el titular.
-¿Pasa algo, señor?
-¿Tiene otros periódicos? Quizás sí los necesite para la estufa.
-Ojalá le sirvan.
Goran caminó rápidamente hasta una calle solitaria y sentándose en un tronco, leyó algo que lo dejó con una sensación de calentarse por dentro: El zar Nikolay II de Rusia había sido obligado a abdicar definitivamente y también había revocado los derechos de su hijo Alexey al trono. Los rebeldes sublevados habían triunfado y un gobierno provisional se establecería. De acuerdo al diario, ninguna casa europea había ofrecido auxilio inmediato, excepto Inglaterra, que enviaba invitaciones de asilo por petición personal del rey George.
-Qué mal momento para dejar de ser poderoso - rió Goran Liukin. A nadie le quería decir que le simpatizaba cualquier persona que se opusiera a la monarquía, a las noches de encanto de nobles y candelabros o espejos pulcros. Pero además, recordaba que Nikolay era su primo directo y lo mejor que le había pasado en la vida, había sido alejarse de los deseos del molesto tío Alexander y sus pretensiones imperiales. Lo matarían, seguro.
-Separarme de Morisi no fue una mala idea... Espero que esta noticia lo alivie como a mí - dijo en ruso para sí mismo y luego decidió entrar a un bar a beber algo de whisky caliente ante la mirada discriminadora de los habitantes de Tell no Tales. Si una historia se había salvado por el momento, era la de los Liukin.
Milán, Italia. Diciembre de 1918.
Había pasado un año desde la Revolución Bolchevique y Maurizio Leoncavallo padre continuaba siendo el zapatero gruñón y callado del barrio obrero de la ciudad. No leía las noticias, no le interesaban los comunistas ni los anarquistas, veía a los líderes sindicales como futuros payasos y con cierta suerte, había logrado que su único hijo se metiera a una fábrica de ladrillos con un sueldo fijo. Después de la tragedia de la gripe, había quedado un hombre que multiplicaba su distancia y carácter reservado, que echaba a quien quisiera avisarle de algo. Sólo toleraba al panadero y su mujer por algún favor del pasado que merecía gratitud.
Pero las noticias de cualquier forma, llegaron. Y lo hicieron con la forma de Mikhail Ilyanov Maizuradze, hijo único del también único amigo de su fallecido padre. Este no llevaba insignas imperiales, sino un traje gris que se confundía con el de cualquiera y además, se notaba cierta pobreza en su semblante. Por supuesto, ninguno se conocía y Mikhail tuvo que preguntar como podía por un zapatero. Como lucía igual a un oficinista recién llegado, el señor Leoncavallo apenas levantó la mirada, pidió que se dejara el calzado sobre una tabla y preguntó por el problema a resolver.
-He viajado mucho y debí preguntarle a mi muy anciano padre cómo encontrar a un Lazukhin. Me sorprende que uno se haya quedado en Milán - dijo el desconocido en ruso, pero el señor Leoncavallo ni siquiera se inmutó. En otro tiempo se habría sobresaltado, pero ahora pensaba que era mejor mentir a toda costa.
-Los bolcheviques ganaron y el zar Nikolay fue asesinado junto a su familia. Esto último es algo que pocos sabemos - continuó Mikhail - Los Maizuradze nos volvimos rojos, estamos al servicio de Lenin ahora.
-No conozco a ese rey - recibió en réplica.
-No es un rey, es un comunista.
-No me interesa.
-Mi padre me ha pedido perder el rastro. Él logró perder el de Goran.
Ese último comentario hizo que Leoncavallo leventara la cara y luego de observar al visitante, se colocó su saco raído y salió.
Ambos recorrieron apenas el barrio, no entraron a ningún lugar, pero nadie podía escucharlos hablar.
-¿Cuándo murió mi primo? - se animó finalmente a preguntar Maurizio Leoncavallo con severidad.
-En agosto.
-¿Dónde está enterrado?
-En una fosa. Los Maizuradze nunca diremos dónde.
-¿Lo vio?
-Le he contado que somos rojos ahora. Nuestra lealtad nunca le correspondió a un Romanov; nosotros sólo somos fieles a los Lazukhin y he venido a despedir a mi linaje para siempre.
-Algo así le dijeron a mi padre.
-Con el zar muerto, muchas cosas se acabarán.
-Un Maizuradze me habría sido útil hace unos meses, no ahora.
-Vine a dar el mensaje. Ningún obrero entiende de sangre pura, ni siquiera los que fueron a fusilar al emperador. Pero yo no dudé en apretar ese gatillo cuando quiso vender a su familia. Los Romanov nunca entendieron que un Maizuradze no deja que un Lazukhin sea perseguido.
-¿Mataron a todos los Romanov?
-La duquesa Olga se quedó en París y no volverá a Moscú. De todas formas, ella no puede entregar a quienes no conoce.
-¿Y los ingleses?
-Creí que usted no sabría de ellos.
-Escuchaba a mi padre con sus delirios.
-Esos piratas fracasaron nuevamente.
-¿Y estoy a salvo?
-¿Hay algún "Leoncavallo" del que deba saber?
-No - contestó Maurizio immediatamente.
-Entonces la pesadilla terminó.
Maurizio Leoncavallo respiró hondo, mirando al piso.
-¿Alguna vez supo de Goran?
-Mi padre perdió el rastro, recuérdelo.
-Entonces fue todo.
-Concluida la misión, sólo queda despedirme.
-Grazie?
-Adiós, amigo.
Un apretón tímido de manos marcó la despedida entre los Maizuradze y los Lazukhin y por alguna razón, ese peso que Morisi Lazukhin, ahora convertido en Maurizio Leoncavallo sentía, se esfumó. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero lo siguió una extraña sensación de paz. Buscó a su hijo a la salida de la fábrica, lo llevó a casa con una sonrisa sutil. El perseguidor se había ido y sólo quedaba una familia pequeña.
Tel no Tales, 1968.
La noticia de la muerte del zar llegó a Goran Liukin como un presentimiento lleno de certeza. Cada mañana prestaba atención a las noticias sobre los bolcheviques, las tierras que requisaban, los nobles que escapaban... Y llegaban los rumores sobre Anastasia, su sobrina, prima o lo que fuera, perdida. Las historias eran disparatadas y la duquesa Olga ofrecía grandes recompensas por localizarla. Pero Goran no era tonto. Sabía que la mujer no buscaba a su sobrina, sino a cualquier Lazukhin, por eso rechazaba a las impostoras. Y así leyó por décadas sobre la búsqueda de Anastasia. Nunca un Liukin volvió a necesitar de una foto, un rumor, un mensajero, para saber que alguien había muerto. Sólo requería pensar un poco, la verdad llegaba sola.
Pero Goran también intuía que la duquesa se hallaba desesperada porque los parientes ingleses mantenían un trato en pie. Por eso, al morir Olga y quedar el primo Boris en la miseria - noticia impresa en cualquier revista de 1968 - uno de los últimos períodos de lucidez y vitalidad llegaron al señor Liukin. Lía había fallecido años antes, sus nietos Lorenzo y Ricardo crecían sin historias de maldiciones y coronas y como un último acto de celebración, bajó a la ciudad. La gente le observaba curiosa al momento de embriagarse con vodka y carcajear sin perder el aliento. Ricardo Liukin tuvo que llevarlo a rastras a casa, todos sintiendo lástima del niño de diez años cuyo padre y hermano mayor habían abandonado con ese anciano cansado.
Pero sólo Goran Liukin entendía que nunca había llegado la liberación de su familia ¿Qué más daba? Con Olga en la tumba, nadie podía reconocer a un Liukin, así como nunca habían encontrado a su hermano con tan escandalosa descendencia de apellido Leoncavallo. Si podía declarar una pírrica victoria, era esa. Y al día siguiente, con resaca, volvió a ser el mismo abuelo regañón que separaba a Ricardo de sus peleas en la plaza. Apenas notó que portaba una herida en la mano y había sangrado la noche anterior. Pero ya no le asustó. Por un tiempo breve, los Liukin podían respirar.