lunes, 15 de octubre de 2018

Katarina y Maurizio (Primera parte)


Venecia, Italia.

La discusión entre Anna Berton y Susanna Maragaglio continuaba y los Liukin la contemplaban desde el interior de "Il dolce d'oro" mientras comían pastel de gelato de chocolate sin decir nada. Estaban incómodos pero eran buenos espectadores y luego de un enorme rato, Ricardo Liukin resolvió acabar con ello. Maeva se cruzó de brazos pero se entendía que lo apoyaba.

-Ya niñas, sepárense - dijo Ricardo interponiéndose entre Anna y Susanna y las dos callaron enseguida.

-Hay curiosos ¿no sienten pena?
-Siento pena por Susanna.
-Anna...
-¿Qué quieres Riccardo? Mi padre de seguro está furioso ¿Por qué la trajiste?
-Porque me lo pidió. Dijo que no iría con la competencia.
-Tiene prohibido acercarse.
-¿Por qué no me dijiste que la señora Susanna es tu hermana?

Anna no contestó.

-Oigan, entiendo que no soy bienvenida - intervino Susanna.
-Pudo explicarme antes - reclamó Ricardo.
-No creí que mi hermana estaría aquí; yo pensaba ver a mi padre.

La voz de Susanna era apagada pero conciliadora.

-Traeré a tus hijos. No te preocupes por la cuenta - terminó Anna y se introdujo al local a llamar a sus sobrinos disimulando la tensión del ambiente. Afuera, Ricardo y Susanna continuaban con la conversación.

-No pensé que causaría problemas, lo siento tanto.
-Comprendo, señora Maragaglio.
-Ricardo, en serio lo lamento. Quizás me permita invitarle un café.
-No es necesario.
-¿Podría pasar por mi casa más tarde? Quiero compensarlo.
-No se disculpe.
-Es que lo metí en este lío y me gustaría dejar claro que no pretendía importunar
-No se preocupe, no soy agraviado.

Susanna Maragaglio se mordía el labio inferior y rascaba su cabello con la mano izquierda para disimular su vergüenza. Sus niños corrieron hacia ella.

-Díganle adiós a su tía Anna - decía la mujer y miraba a su hermana como si supiera que acabaría con una cachetada si volvía a mencionar cualquier disculpa.

-¿No te despides de mi bebé? - preguntó ingenuamente.
-Sí. Déjame abrazarlo - pidió Anna y besó al pequeño sin evitar mencionar que era una desgracia que se pareciera a Maurizio Maragaglio.

-Eh, basta - pronunció Ricardo Liukin y Susanna recibió de regreso a su hijo para enseguida retirarse con un escueto "ciao" y la cabeza baja. Anna la veía caminar rumbo al embarcadero de San Marco sin intención de detenerla y no le interesó agregar nada. El viejo Berton estaba asomado y Ricardo sentía que había cometido un error.

-No es tu culpa - le murmuró Maeva y él tomó sus manos para centrarse.

-¿Qué habrá pasado?
-Maragaglio... Eso escuché.
-Tienes razón, Maeva.
-Ese hombre se hace querer.
-Es un tipo simpático.
-Jajaja ¿No te agrada, Ricardo?
-Quiso impresionarte.
-No lo consiguió.
-Pero supe que nunca seremos amigos.

Maeva sonrió y besó a Ricardo satisfecha por aquella respuesta antes de que Anna Berton entrara y saliera velozmente de la gelateria.

-Riccardo ¿tienes tiempo?
-¿Qué necesitas, Anna?
-¿Podemos hablar? Esto no puede repetirse.
-De acuerdo.
-En privado.
-Ah... Bien, voy a avisarle a los chicos.
-Maeva, te lo robo.

El señor Liukin tomó un par de minutos para encargarle a Miguel el cuidar de los demás y luego fue con Anna rumbo al vecindario de San Polo, próximo a Mercato Rialto. Cuando la mujer se deprimía, iba a una terraza japonesa por sake. Ricardo pensó que era otra indirecta para obligarlo a decidir sobre escribir un libro de cocina.

-Traigan la selección de sashimi, el platón de sushi especial, el takoyaki con aderazo extra, sake en vaso de madera y dos copas con vino blanco - ordenó Anna apenas le asignaron mesa y tomó asiento en un cojín grande y cómodo sin dejar de tocarse la frente.

-¿Estás bien?
-¡Claro que no, Riccardo!
-No te enojes conmigo.
-¡Llevaste a mi hermana al negocio!
-No sabía... Olvidaste explicarme detalles.
-Es mi culpa ¿En serio te pidió llevarla a la gelateria?
-¿Qué tiene de malo?
-Creí que estaría en el aeropuerto con el idiota de su marido.
-Vinimos de allí.
-¿De verdad?
-Fui a dejar a mi hija para que tome su vuelo a París.
-Susanna dijo que Maurizio viaja hoy.
-Es el escolta de Carlota.
-¿Esa es la misión? ¡Pobre niña!
-¿Hay algo de lo que no me enterado?
-¿Que Maurizio Maragaglio es un idiota?
-Anna, estás molesta y a lo mejor no me incumbe pero me arrastraste aquí.
-¿Qué te digo?
-Lo que está pasando. Mis hijos y yo no teníamos que ver tu pelea.

Ricardo respiró desconcertado y sorbió un poco de agua mineral para calmarse más.

-Discúlpame, es que ese Maragaglio me pone de malas - contestó Anna.
-¿A quién no?
-A Alondra Alonso.
-¿También lo sabes?
-¿Quién te contó?
-Son muy obvios.
-Yo los he visto en Giudecca. Susanna no me cree.
-Tómales una foto.
-He tratado de convencerla de que me acompañe al hotel donde esos dos van después del trabajo.
-¿Tan descarado?
-También lo he visto salir de la casa de esa mujer.
-Creí que era una aventura de oficina.
-Cuatro años no son para una aventura de oficina.

Ricardo exhaló con la boca.

-Tu hermana lo ha de saber.
-No conoces a Susanna y no es la única infidelidad que le sé a ese imbécil.
-¿De veras?
-Cuando eran novios, él iba y venía de Milán y siempre con perfumes de mujeres diferentes en la camisa.
-Entonces así se arreglaron tu hermana y Maragaglio, déjalos en paz.
-No puedo meterme eso en la cabeza.
-Susanna es consciente lo que hace.
-Tiene cuarenta y dos años y sigue pensando en príncipes azules.
-Anna...
-Siempre decía "Maurizio regresará, ya verás".
-No sé cómo lo tomaría si mi hija dijera algo así.
-Mi padre y yo nos cansamos de advertirle a Susanna.
-Dudo que les haga caso.
-¿Sabías que el tipo vino primero por mí? ¡Una hermana no debe recoger lo que la otra tira!
-No lo culpo.
-Gracias pero no me pones de buenas.

La expresión tiburonesca de Anna delataba una pequeña sonrisa por el halago recibido.

-El tal Maragaglio insistió en que tuviéramos una cita y me tenía harta.
-¿Hace cuánto fue eso?
-Veinticinco años.
-Acabas de decirme tu edad.
-No importa, estoy furiosa.
-¿Cómo lo conociste, Anna?
-El cretino me vio en Milán y me siguió durante las vacaciones por Fieles Difuntos. Quiso pasarse de listo en la gelateria.
-¿Qué hizo?
-Pensó que podía impresionar a una chica si escapaban sin pagar.
-Eso es una niñería.
-¡El tipo era un pobre idiota!
-Tranquila.
-Era la primera vez que Maragaglio viajaba sin su abuelo.
-¿Cómo dio con tu hermana?
-Susanna cubría el turno de los martes y él fue a buscarme. En mi defensa, ella sabía que había un zoquete molestando.

Anna Berton no paraba de mirar al exterior y al recibir la comida, se apresuró a probar el salmón junto con una salsa de ciruela.

-No imagino a Maragaglio de joven.
-Se parecía mucho a su primo- dijo la mujer con la comida en la boca.
-Eso explica todo.
-Siempre ha usado lentes. Juro que con más aumento cada que los cambia.
-Eso lo frustra.
-¿Cómo sabes?
-Hoy le costó trabajo leer el itinerario de vuelos cuando llevó a Carlota a la sala de espera.
-Si este imbécil quería una prueba más de que su familia son los Leoncavallo, ahí la tiene.
-¿De qué estás hablando? - preguntó Ricardo Liukin mientras probaba con timidez un poco de sushi con camarón.

-Maragaglio ni siquiera es su apellido. Él es Maurizio Leoncavallo, como el primo - replicó Anna con desdén.
-¿Por qué usaría un nombre diferente?
-Te diría que es para que no lo confundan pero no es cierto.
-No he visto su firma.
-Maragaglio era el apellido del hippie que se casó con su madre.
-¿Es ironía?
-Fue el primer padrastro. El segundo era un carcelero.
-Eso tiene más coherencia.
-Pero el abuelo era una pesadilla. Maragaglio le tenía terror.

El señor Liukin abrió un poco más los ojos y recordó que en la cena familiar de los Leoncavallo prácticamente santificaban al heroico abuelo y el propio Maragaglio dirigía el homenaje.

-El señor era partigiano. Con eso tenía para que su palabra fuera ley - proseguía Anna Berton.
-Los Leoncavallo lo extrañan.
-Porque era espléndido con sus nietos pero con Maragaglio era el demonio.
-¿Por qué?
-El viejo Leoncavallo se creyó eso de que era un héroe de Italia y se volvió muy duro con su familia. Su hija Carolina se escapó porque no lo soportó más.
-Me sorprende escucharlo.
-Que no te engañe el altar en el que pusieron a ese tipo.
-¿Lo conocías, Anna?
-Para mi desgracia.
-¿Era malo?
-El viejo Leoncavallo odiaba a Maragaglio. Le prohibió usar el apellido familiar.
-¿Razón?
-Porque su madre Carolina, era una borracha en Bari y un día fue a botar al niño en casa de los Leoncavallo en Milán.
-No esperaba saber esto.
-La mujer ni siquiera supo quien la embarazó de Maragaglio.

Ricardo Liukin se contuvo de permanecer con la boca abierta y bebió de golpe un trago de sake.

-El abuelo Leoncavallo tuvo que criar al nieto pero todo el tiempo lo llamaba "bastardo" y lo humillaba delante de quien fuera diciéndole que era el hijo de una puta.
-Me cuesta creer lo que me cuentas, Anna.
-Los Leoncavallo son una familia de hombres. El abuelo decidía con quienes se casaban y cuántos hijos iban a tener, qué carrera iban a estudiar o que trabajo iban a conseguir. Imagínate cómo se volvieron con las mujeres cuando Carolina Leoncavallo se descarrió.
-No quiero pensarlo.
-El tipo le dijo a Maragaglio que no merecía ser un Leoncavallo y más de una vez lo negó como nieto. Incluso llegó a golpearlo en público si se presentaba con su apellido real.

Ricardo notó que Anna intentaba no llorar.

-Maragaglio debió cansarse.
-Cuando el viejo Leoncavallo supo que este imbécil tenía sexo con mi hermana, nos armó un escándalo en la gelateria.
-Qué prepotencia.
-Eso no fue lo peor, Riccardo. Maragaglio estaba paralizado de miedo y permitió que insultaran a Susanna llamándola "puta de mierda". Mi padre quiso defenderla y ella no lo dejó.
-¿Es una broma?
-También vimos cómo Leoncavallo la golpeó en el rostro.
-Qué cobardía.
-Susanna no quiso abandonar a Maragaglio y papá la corrió. Luego supimos que se había casado con él y vivían con ese viejo desgraciado en Milán. Fue tan humillante.
-Motivo suficiente para no recibirla más.
-Riccardo, yo sé que matarías a cualquiera que toque a tu hija ¿nos entiendes ahora?
-Susanna no vuelve, entendido.
-Ojalá ella hubiera sido Katarina para que Maragaglio tuviera los pantalones de darle su lugar.
-¿Katarina?

Ricardo Liukin no supo qué sentir cuando oyó aquel nombre y si no se hubiera tratado de la novia de su hijo Miguel, la conversación habría terminado.

-A Katarina le fue terrible con el abuelo también - añadió Anna.
-¿El tipo tuvo tiempo de esconderle el diario o qué?
-Cuando nació esa niña, fue una tragedia. Nunca había visto un bebé tan abandonado ni suplicando.
-¿Suplicando?
-Los Leoncavallo esperaban otro niño y habían comprado cosas para recibirlo. Lo sé por qué Susanna consiguió un cochecito y había encargado ropa en el taller Bassani aquí en Venecia.
-¿Qué les hizo pensar eso?
-Si un Leoncavallo se pone a engendrar, casi seguro saldrán varones.
-Son tan iguales...
-¿Escalofriante, no?
-Parecen calca exacta, hasta Maragaglio.
-El caso es que tenían la fiesta preparada y de repente sale el médico a decir que felicita a la familia por la llegada de una niña.
-No puedo imaginarme el momento.
-El abuelo se puso a maldecir y los padres de Katarina no estaban dispuestos a llevarla con ellos.
-Pero la quieren. La familia le dio un regalo y felicitaciones por su cumpleaños.
-Por favor, Riccardo. No conoces a esa familia de misóginos idiotas.
-No la abandonaron en el hospital.
-Porque el hermano se derritió de amor cuando la vio.
-¿El entrenador de mi hija?
-Ese mismo. Supe que cambiaba los pañales, la bañaba, le daba de comer y la abrazaba mucho pero si él no estaba, Katarina se la pasaba gritando sin que nadie la atendiera.
-No suena creíble, Anna.
-Pregúntale cuando vuelva de París.
-No concibo algo así.
-El abuelo la trataba muy mal. La hacía llorar por todo o jalaba su cabello. También le quitaba los juguetes o le hablaba con groserías.
-¿Nadie le ponía un alto al anciano?
-Katarina tenía miedo y en la escuela no podía pasar un día sin acabar en un rincón deshecha en lágrimas. El único que estaba con ella y la hacía reír era su hermano.
-Eso explica tantas cosas...
-Cuando Katarina cumplió diez años fue horrible.
-¿Qué pasó?
-El hermano le regaló una muñeca y Susanna un peluche de conejo. La niña se puso a jugar a la boda y el abuelo la vio cuando la muñeca le daba un beso al conejo. El viejo cacheteó a Katarina y le destrozó la muñeca.
-No puede ser.
-El hermano enseguida la abrazó pero el tipo ese dijo que la iba a enderezar porque no iba a aceptar a otra puta en su casa.
-¿Ese cobarde no sabía otra palabra?
-Le arrebató el conejo a Katarina con el pretexto de que le iba enseñar respeto por los varones y Maragaglio le reventó la cara por fin.
-Debió ser un gran momento, Anna.
-Maragaglio le dijo al abuelo que nunca volviera a meterse con Katarina y le advirtió a los demás que si le pegaban o se burlaban de ella, correrían con peor suerte.
-Es que...
-Susanna me contó que su marido se sintió muy ofendido porque la familia se refirió a su madre como "la puta" y tuvo pánico de que así empezaran a llamarle a Katarina. El abuelo se rió después del puñetazo y le dijo a Maragaglio que al fin se había vuelto un hombre, tenía el derecho de ser un Leoncavallo y era el nuevo líder de la familia.
-Esta historia me da asco.
-Para consuelo de Katarina y Maragaglio, el viejo se murió al día siguiente y la niña consiguió dos muñecas.
-El final parece guión de Les Luthiers.

Ricardo Liukin lanzó una carcajada contagiosa para luego mirar a Anna y preguntarse por qué le contaría esas cosas. Por supuesto, la mujer continuaba furiosa pero desahogar aquellos secretos parecía sentarle bien y brindó mientras una sensación de ligereza recorría su cuerpo.

-Deberías escribir un libro Riccardo.
-¿De qué serviría?
-Te acabo de dar material.
-Preferiría hacer el recetario.
-Es una lástima. Tienes talento y creo que los Leoncavallo merecen un escarmiento.
-¿Por qué no se los das?
-Porque tengo una hermana y además sospecho que tú sabes algo que yo no.
-No tengo idea.
-Si Maurizio Leoncavallo no fuera el entrenador de tu hija, me dirías qué explica tantas cosas.

Ricardo Liukin optó por seguir la comida sin mencionar cosa alguna y se limitó a pensar qué clase de familia eran los Leoncavallo y si habían fingido que Carlota les simpatizaba el día de la cena. No le daba igual. Por algo Katarina había dicho que su familia "venía de una fábrica" y esos hombres Leoncavallo, tan iguales, tan parecidos a una pintura, daban terror si se observaba con atención. En la imaginación de Ricardo, los diferentes, es decir, Katarina, Maurizio y el propio Maragaglio parecían rogar auxilio si se colocaban junto a ellos.
 

martes, 9 de octubre de 2018

El Trofeo Bompard (Primera parte)


Aunque habría preferido quedarse un rato en la gelateria Il dolce d'Oro o dar un pequeño paseo por Cannaregio, Carlota Liukin navegó por la Laguna di Venezia rumbo a Tessera apenas salió de la escuela. Su padre, sus hermanos, una gran maleta y Maeva Nicholas le acompañaban en aquella travesía al tiempo que Romain Haguenauer aguardaba por ella en el aeropuerto mientras le informaban que la Federación Francesa les tenía un anuncio a su llegada a París.

-¿Estás bien, hija? - preguntó Ricardo Liukin.
-Estoy revisando la lista con la tarea.
-Me parece bien.
-Tendré examen de biología cuando vuelva.
-¿Te dieron tus horarios?
-Maurizio dijo que no los ha recibido pero guardé una hojita con los que me dio Haguenauer.
-Esperemos que sean los mismos.
-Ojalá.
 -Cielo, no quiero locuras.
-¿Cuáles?
-No quiero que te vayas con Guillaume ni con nadie de paseo, no corras persiguiendo a alguien, cero peleas y por favor, si te topas a Trankov o a Joubert, pasa de largo.
-¿A Trankov?
-Quise decir, al señor Safin.
-Marat no es un señor.
-¿Pero entiendes a qué me refiero?
-Voy a verlo a la Copa Davis.
-No quiero que te quedes cerca de él. Te lo pido encarecidamente.

Carlota sabía que no obedecería ningún punto y su padre creía estarla viendo tomando el tour con Marat por Montmartre cuando Maurizio Leoncavallo se quitó los audífonos y tomó la palabra. Hasta ese momento, los Liukin habían olvidado que venían con él.

-Debimos tomar el tren.
-Geronimo nos trae gratis - replicó Ricardo Liukin y ambos notaron que Carlota tomaba muchas fotografías y molestaba a su hermano Andreas con una dona de limón.

-Hizo lo mismo cuando fuimos a Burano - dijo Ricardo.
-¿Nunca está quieta?
-En los viajes jamás.
-¿Debo preocuparme?
-Tienes mucho que aprender, Maurizio.

El puerto de Tessera recibió a los Liukin en medio de una gran actividad y atracaron cerca de un estacionamiento luego de que la capitanía de puerto les asignara lugar junto a un bote aun más grande.

-Grazie, Geronimo! Ti voglio bene! - exclamó Carlota abrazando a su amigo.
-Prego, mi piace aiutarti. Me saludas a Marat cuando lo veas.
-Hecho.
-Buona fortuna! Trae la medalla a casa.
-Haré lo que pueda.
-Buen viaje.

El resto agradecían a Geronimo dándole la mano y en un momento, Maurizio Leoncavallo se apartó un poco para contestar una llamada que parecía ponerlo de buen humor.

-Seguro es Katarina - murmuró Ricardo y optó por adelantarse junto con su hija algunos metros, ambos contentos de que la entrada al aeropuerto fuera tan cercana. Una cantidad inmensa de turistas iban y venían y la fila para el tren se extendía por el lugar. Cada fin de semana se repetía la escena, ocasionando que los carabinieri resguardaran las entradas celosamente para contener tumultos. De acuerdo al boleto de Carlota, la sala de espera de salidas internacionales se hallaba al costado izquierdo y el módulo de documentación se encontraba aun vacío, quizás porque faltaban dos horas para el vuelo y los futuros pasajeros iban llegando poco a poco.

-¿Llevas el pasaporte, la credencial de la federación y tus patines? - preguntó Ricardo.
-Llevo todo, papá.
-¿Los vestidos?
-En la maleta.
-Hará frío en París ¿tienes abrigos suficientes?
-Con paraguas y botas.
-Judy te recibirá en su bistro y estarán tus amigos ¿los llevarás a todos lados contigo, verdad?
-Le prometí a Amy que iríamos de compras.
-Carlota, cuídate.
-Claro que sí, papá.

Ricardo Liukin abrazó a su hija mientras atravesaban la puerta.

-Hazle caso a Maragaglio, por favor.
-No me dejará hacer nada.
-No te separes de él, hija.
-¿Es necesario que vaya?
-Solicitaron asignarte escolta en Francia y con Trankov suelto...
-Papá...
-Maragaglio es tu amigo.
-¿Qué quieres decir?
-Si cometes fechorías, lo más seguro es que él te las cubra y me vean la cara.

Carlota se rió mientras intentaba leer las indicaciones en un gran corredor y veía varias puertas que dirigían a tiendas duty free, cafeterías u oficinas de todo tipo.

-El aeropuerto de Hammersmith es más chico - comentó Andreas al alcanzarlos.
-¿De dónde sale tanta gente? Ni siquiera en el tren fue molesto - se quejó Ricardo y siguiendo unas señales de flecha, dio con una enorme sala de color blanco, custodiada por varios módulos de documentación pertenecientes a diversas aerolíneas y vigilantes estrictos que escudriñaban cada maleta, bolsa y bolsillo con minuciosidad. Sabía que si Carlota atravesaba los filtros, no volvería a abrazarla por días. La sensación de perderla, la que lo recorría cada mañana cuando no lograba identificar algún momento con ella en su niñez, le producía cosquilleo en la espalda y la abrazó fuertemente.

-Por una vez hazme caso, cielo. No des lata - suplicó Ricardo.
-Maragaglio no me dará permiso de ir a ningún lado.
-No hablo de lo que él diga. Carlota, hablo por mí.
-Papá...
-Tuvimos muchas dificultades en París. No quiero que esta vez tengas consecuencias.

La joven estrechó aun más fuerte a su padre y aunque no hacía promesas, iba a intentar meterse en la menor cantidad de problemas posibles. De entrada, Joubert Bessette anhelaba encontrarse con ella y sabía que debía enfrentarlo.

-Iré a cambiarme. No puedo llegar a París con el uniforme del hockey - notó Carlota y Ricardo no le soltó la mano hasta que Maeva Nicholas se les aproximó junto al resto de la familia.

-¿Podrías ayudar a mi hija con su ropa? No es seguro que vaya al tocador con tanta gente aquí.
-Por supuesto, Ricardo. Volveremos pronto - dijo la mujer alegremente y con resistencia, Carlota la siguió hasta una puerta azul próxima. No había nadie dentro.

-¿Le has dicho a papá qué clase de actriz eres? - preguntó Carlota reprochante al encerrarse en uno de los toilet.
-Aun no. Sólo sabe de las otras películas.
-¿Cuándo piensas hacerlo?
-No lo sé, es complicado.

La joven Liukin salió rápidamente con su nuevo atuendo impecable.

-Si le haces daño a mi papá, estás muerta.
-Tu padre es un hombre decente.
-Se merece la verdad sólo por eso.
-¿Entenderá?
-¡Claro que no!
-Ricardo tiene razón. Eres como él.
-No cambies el tema.
-Tampoco tú me entiendes.

Carlota respiró hondo y procedió a levantar su cabello frente a un gran espejo

-Mis hermanos te han visto, mi entrenador te ha visto, Yuko y Tamara te han visto ¡hasta Maragaglio se sabe tus películas!
-Pero Ricardo no y tengo miedo. Así como tú que tienes miedo de no estar con Marat.
-No es lo mismo... ¿Quién te dijo de Marat?
-Quizás pensé en cómo deshacerte de Maragaglio.
-Tengo un plan.
-¿Sabías que no tiene equipo de apoyo?

Carlota volteó hacia Eva.

-¿Será mi guardaespaldas?
-¿Qué esperabas? ¿Un dispositivo de seguridad? No estás en una cinta con Statham, Carlota.
-Maragaglio es súper atento, no te lo quitas de encima.
-Pero hay dos lugares que él no puede controlar.
-¿Cuáles?
-Tu habitación y la pista de hielo.
-¿Qué tienes pensado?
-Tu hermano Andreas me contó que eres rápida y que tienes una amiga llamada Adelina de la que Maragaglio no sabe nada. Tal vez le llamé.
-Adelina es molesta.
-Te organizó una cita con Marat a solas.
-Es sospechoso.
-Marat y tú se verán en Montmartre el lunes a las cinco de la tarde.
-Él me habría avisado.
-Tengo el mensaje de voz.

Eva sacó su celular y enseguida lo extendió a Carlota para que ésta pudiera escuchar los detalles de la cita. Aunque Marat fuera invitado al Trofeo Bompard y pudieran salir en cualquier momento, el burlar a Maragaglio iba a hacerlo mucho más divertido.

-Maeva ¿por qué haces esto?
-Después de la práctica, Adelina pasará por ti al vestidor. Afuera te esperará una motocicleta.
-¿Quién conducirá?
-Tu amigo Guillaume.

Carlota abrió la boca asombrada.

-En serio ¿por qué?
-Porque Andreas y yo no somos tus únicos cómplices en Venecia, chica.

Maeva sonrió mucho y ayudó a Carlota a doblar su ropa de hockey antes de abandonar el tocador y comentarle que sus botines y chaqueta mostaza estaban de moda, así que causaría revuelo en París. Las mallas, la falda sobre las rodillas y una blusa con transparencias, todo en negro, hacían que la joven Liukin luciera como modelo de revista.

-¡Te ves muy bonita, Carlota! - exclamó Shanetta James al verla en el corredor y luego de saludarse con un par de besos en las mejillas, ambas notaron que el grupo estaba completo. Morgan Loussier saludaba a los Liukin amablemente y Yuko Inoue había llegado corriendo a despedirse.

-¡Déjame abarazarte, Carlota! - exclamó Yuko.
-Te voy a extrañar.
-Mantendré nuestra habitación muy limpia.
-Muchas gracias.
-Trankov te ve el martes.
-¿A qué hora?
-A las nueve de la noche, en el jardín de la Torre Mélies.
-¿Dónde es eso?
-Así se llama el edificio donde vive tu amiga Judy.
-Arigato, Yuko san!
-De Maragaglio ni te pereocupes. No podrá entrar al jardín aunque quiera.
-¿Por qué pensamos que es tonto?
-Porque no conoce algunos de tus secretos.

Carlota y Yuko volvieron a apretarse al mismo tiempo que Maurizio Leoncavallo concluía su charla telefónica y no podía ocultar que había escuchado buenas noticias. Todos lo miraban expectantes.

-Me llamaron de Milán porque no pudieron contactar a Karin - comentó.
-¿Es importante? - preguntó Ricardo.
-Es algo que sólo puedo hablar con ella.
-La verás en París.
-Trataré de tranquilizarme.
-Carlota te hará enfadar pronto, seguro.

Los Liukin trataban de adivinar qué clase de avisos pondrían a Leoncavallo feliz cuando sintieron una punzada en la boca del estómago de forma simultánea: Maurizio Maragaglio caminaba hacia ellos de la mano de su esposa y sus tres hijos, formando una imagen familiar muy sana. De no haberse enterado de la aventura de éste con Alondra Alonso, no se habrían cruzado de brazos y menos se hubiesen permitido recibirle con caras largas.

-Señor Liukin, buenas tardes - dijo Maragaglio extendiendo la mano.
-¿Cómo le va? Un gusto con su mujer.
-¿Los he presentado?
-En la cena de la semana pasada.
-Es cierto.
-Un placer verla.
-Mi dispiaccio por este retraso. Había papeles en la oficina que requerían mi firma.
-No se preocupe.
-¿Carlota está lista?

La joven Liukin superó su malestar un momento y abrazó a Maragaglio por saludo además de repetir el gesto con su mujer.

-Te ves preciosa, Carlota- añadió él sin una intención en particular.
-Se lo agradezco.
-Tengo que hablar contigo. Diseñé un plan para tu seguridad y tu padre lo aprobó.
-¿Puede ser más tarde?
-Por supuesto. Lo que sugiero es que te despidas ahora.
-Pero falta mucho.
-Debes documentar tu equipaje, pasar una revisión y encontrarte con Haguenauer en la próxima sala. Son las reglas desde el año pasado.
-No podré hablar con papá.
-Me temo que no.
-No quiero irme.
-Es el protocolo estándar de vuelos internacionales. Despídete.

Ricardo Liukin iba a abrir la boca pero en vez de eso, estrechó a su hija con fuerza. El no querer separársele era evidente y los demás se limitaron a decir adiós, con la lógica excepción de Maragaglio, a quien sus hijos apretaban con mucho cariño y su esposa le permitía tomar en brazos al más pequeño para luego besarle y pedirle que se cuidara. Shanetta y Morgan, creyendo que sobraban, se adelantaron, no obstante, arribara el profesor Scarpa de último momento para despedirse.

-Maestro, no lo esperábamos - dijo Maurizio Leoncavallo y Morgan Loussier miró a su tío con enorme sorpresa.

-Carlota, mucha suerte en París - deseó Scarpa.
-Gracias y prometo entregar mi reporte de los etruscos a mi vuelta - aseguró ella.
-Lo leeré con interés hasta entonces. Diviértete.

Morgan eligió no acercarse e hizo un ademán para indicar que se marchaba mientras su mente ataba cabos. Era obvio que sólo Shanetta y él sabían que Scarpa era el marido de Kati Winkler, así que el ingenuo Maurizio Leoncavallo respiraba tranquilo sin sospechar que su secreto erótico con su hermana había traspasado las paredes de un cuarto de escobas en Salt Lake City.

Al mismo tiempo, Carlota Liukin abrazaba a sus hermanos y cuando llegó el turno de Andreas, no dudó en susurrarle al oído que ya sabía lo que ocurriría durante su viaje.

-Pero no abras la boca, cucaracha. Haz lo que Adelina te diga.
-No me llames cucaracha, Andreas.
-Marat te va a estar esperando en Sacré Coeur, no llegues tarde.
-¿Por qué me ayudas?
-Maragaglio me cae mal.
-En serio.
-Oye cuca, estás enamorada de Marat.
-No estoy enamorada.
-No quiero que el idiota de Joubert te haga llorar y Marat te defendió una vez.
-Joubert me quiere.
-Lo sé, cucaracha.
-Me siento mal.
-Ni siquiera Trankov pudo con Marat.
-¿Qué quieres decir?
-Me lo saludas en París. Adrien y yo queremos cuñado.

Carlota rió mucho y pronto, se dio cuenta de que Miguel no se atrevía a pedir nada.

-Le mandaré besos a Katarina de tu parte.
-Señorita Liukin, no es necesario.
-Le haré un regalo por ti ¡Ella te extraña mucho!
-¿De verdad?
-Te llamó en la madrugada para contarte lo que pasó con su programa corto ¡Katarina te quiere, Miguel!

Maurizio Maragaglio volteó hacia los Liukin al oír mencionar a su prima y decidió, mirando severamente a Miguel Louvier, que era momento de marcharse.

-¡Nos vemos en una semana, papá! - señaló Carlota y su padre le ayudó a llevar su maleta al módulo de documentación. Ninguno quería soltarse.

-Me asusta que regreses a París.
-Estaré bien.
-Carlota, llama cuando llegues y me mantendré al pendiente. Tengo el número de Judy, la madre de tu amigo Anton dijo que irán a recibirte y Maragaglio tiene todo preparado para que vayas al tenis y a tus compromisos sin retrasos.
-Papá, no estés triste.
-Es la primera vez que te vas.
-Me escapé antes.
-Te regresaron al día siguiente, no cuenta.
-¿Era mi otro comodín?
-¿Cuántos crees que te quedan?
-Jajaja... Ninguno.
-Te irá bien en Bompard.
-Gracias.
-Sigues las indicaciones de tu coach.
-Es un trato.
-Toma tus patines.
-Papá, te amo.
-También te amo, Carlota.

Maurizio Maragaglio aguardó a que aquel momento concluyera para sostener los hombros de Carlota y se dirigieron a una fila para pasar una revisión. Ella no dejaba de mirar a su padre y luego de que le devolvieran el bolso con sus botines, atravesó el umbral hacia la sala de espera. Romain Haguenauer la recibió enseguida con un abrazo y Maragaglio le ofreció cortésmente un asiento para exponerle su plan de escolta. Maurizio Leoncavallo continuaba en el exterior y mirando fijamente al señor Liukin, pronunció:

-Mi primo y yo cuidaremos bien de Carlota. Confíe en mí. Lo veremos el próximo domingo - y dio la mano para cerrar el pacto. Acto seguido, pasó el filtro y se reunió con sus estudiantes para iniciar el trabajo.

-Siempre lloro cuando mi esposo se va - confesó Susanna Maragaglio mientras se asomaba como podía para verlo por el cristal - De inmediato se pone a organizar su llegada y lo que hará. Él no descansa aunque tenga tiempo libre.
-¿Qué tan buen vigilante es? - curioseó Ricardo Liukin.
-Es el mejor. Llegó a Intelligenza porque tarde o temprano atrapará a Sergei Trankov. Es muy tenaz y ahora le importa que no le hagan daño a Carlota.
-¿Daño?
-Maurizio sospecha que Trankov intentará acercarse de nuevo. Me alegra que insistiera en ser un guardia personal en esta misión.

A Ricardo no le gustó escuchar aquello a pesar de que se lo habían informado durante la semana y deseó aproximarse a Carlota para advertirle sobre no dar un solo paso en falso.

-Señor Liukin ¿Es cierto que trabaja en "Il dolce d'oro"? - prosiguió Susanna.
-Así es ¿se le ofrece algo?
-Llevaré a los niños por gelati y no quiero pasar con la competencia.
-Tenemos de sabor mantequilla.
-¿Vamos?
-¿En este momento?
-La polizia está por pedirnos que nos marchemos.

La familia Liukin notó que la seguridad del aeropuerto retiraba a los acompañantes del corredor y por suerte para Ricardo, Carlota giró su cabeza al exterior, agitando su mano en un adiós breve y con una sonrisa hermosa y amplia.

-Niños, es hora de irnos - anunció Ricardo y el grupo lo siguió al exterior sin decir palabra; acaso Miguel que anhelaba saber qué tipo de obsequio podría conseguir Carlota y si éste le gustaría a Katarina. En el bote de Geronimo, el grupo se limitaba a comentar de lo terrible del tráfico en viernes y de los cruceros que atracaban en San Marco descaradamente.

Luego de navegar un largo rato, Ricardo Liukin ayudó a Susanna Maragaglio a descender y vio a dos de sus hijos adelantarse a la gelateria. Los demás seguían a los niños pensando que eran traviesos cuando Anna Berton salió furiosa del local. Maeva y Yuko se hicieron a un lado y Susanna sujetó más fuerte a su bebé.

-¿Qué haces aquí? - gritó Anna.
-Vine por gelati para mis hijos.
-¡Sabes que no puedes venir!
-Quiero que los niños vean a su abuelo.
-¡Estás vetada de este negocio! 
-Sólo quiero que nuestro padre vea que sus nietos están bien.
-Atenderemos a los niños pero te vas enseguida.
-Anna, no puedo seguir peleada con ustedes.
-¡Tienes prohibido acercarte!
-Han pasado muchos años.
-¡No puedes volver mientras sigas casada con ese idiota de Maragaglio, Susanna!

Ricardo Liukin se apartó lentamente y resolvió entrar a la gelateria a servirle a los niños algún postre que los mantuviera ocupados mientras Anna y Susanna discutían fuertemente pero dentro, la escena no era mejor.

El viejo Berton había reconocido a sus nietos y reprimiendo su enfado, llenaba unas copas con gelato de chocolate y de stracciatella. Los Liukin optaron por cerrar la boca y seguir la corriente digiriendo sus propias copas mientras Ricardo y Maeva contemplaban a Anna sin entender que ocurría. Todos habrían preferido quedarse en el aeropuerto aunque, considerando el gentío que arribaba a Venecia, era lamentable que nadie hubiera podido acompañar a Carlota a París.

lunes, 1 de octubre de 2018

Esto es Skate America (Primera parte)


Venecia. Viernes, ocho de noviembre de 2002.

Maurizio Maragaglio se despertó poco antes de las cuatro mañana y abandonó su lugar en la cama de Alondra Alonso mientras se preguntaba cuánto tiempo más gozaría de la tolerancia de su esposa o podría engañar a sus hijos sobre su trabajo. Recoger del piso su camisa o colocarse el pantalón luego de una ducha rápida no le resultaba cómodo e hizo el menor ruido para no perturbar el sueño de la pequeña Ariana en el cuarto de junto. La niña se había puesto muy contenta por recibir un hada de peluche de manos de él y la tenía abrazada con una gran sonrisa en el rostro.

-Tengo algo que hacer - dijo Maragaglio antes de que Alondra preguntara por qué se iba y descendió las escaleras sin voltear. Conservó la misma actitud cuando pisó la calle y en medio de la fría madrugada veneciana, caminó por la Fondamenta del Nani del barrio Dorsoduro hasta un bacaro de mala muerte llamado Osteria al Squero, junto al Squero di San Trovaso, es decir, un taller donde se fabricaban góndolas.

-¡Maurizio! No habías venido - saludó alegremente la chica de la barra y él enseguida tomó sitio al lado de un tipo que abría una gran botella de alcohol de hierbas.

-Agente Maragaglio, qué gusto verlo - dijo aquél.
-¿Bebiendo antes del trabajo? ¿No es malo para un buzo?
-Estuve cubriendo doble turno durante Fieles Difuntos, vete al diablo.
-Jajaja, eres el mismo de siempre, Giampiero.
-¿A qué viniste?
-No quiero molestar en casa.

La joven encargada enseguida colocó una cerveza frente a Maragaglio y a petición de éste, cambió el canal de televisión sin chistar.

-Grazie di cuore, bella - agradeció Maragaglio y Giampiero comenzó a reírse antes de proseguir la conversación.

-Oye Maurizio ¿Vas a ver a la Katarina?
-No quise despertar a mis hijos.
-¿Con qué pretexto te saliste de la casa?
-Ni siquiera llegué.
-¿Dónde estabas?
-Por ahí.
-¿Con tu amiga Alondra?
-Tal vez.
-La única ventaja es que esa mujer no puede pedirte explicaciones.

Giampiero decidió ordenar su propia cerveza y luego de darle el trago, le preguntó a Maurizio Maragaglio cómo iba el caso de Elena Martelli.

-No puedo hablar de eso.
-Sé que no tienen evidencia para avanzar.
-He dejado el asunto en manos de la Polizia. Lamento no ser de ayuda, Giampiero.
¿Qué hace Intelligenza entonces?
-Guardamos lo que hay... ¿Aún tomas ese licor que huele igual al perfume que hallamos en la niña?
-Lo dejé. Ahora bebo éste - Giampiero sostuvo su botella y añadió - Es más amargo, deberías probarlo.

Maragaglio sintió la curiosidad y colocó un vaso pequeño frente a su amigo. El aroma de aquél líquido se parecía a la albahaca y al beberlo, el amargor adormecía la lengua y quemaba la garganta.

-Es corriente... Giampiero ¿desde cuándo bebes basura?
-Desde que quiero ser un mal alcohólico.
-¿Para qué?
-Tengo el cerebro de un terminal ¿qué más da?
-Brindemos por eso.

A Giampiero Boccherini le causaba gracia que Maragaglio ingiriera más licor y despreciara un poco la cerveza para recargar los codos sobre la barra mientras prestaba atención a la pantalla. Por la hora, no había comentaristas y un grupo de seis patinadoras sobre hielo salían en medio de los gritos ensordecedores del público que abarrotaba el Madison Square Garden.

-¿Cómo le está yendo a tu prima? - preguntó Giampiero.
-Bien, está de estreno.
-¿De qué?
-Su hermano le cambió una rutina.
-No entiendo.
-No hace falta, Katarina ha entrenado mucho.
-La reconocí el otro día en Santa Croce con Miguel Louvier ¿Son novios, no?
-No me recuerdes a Miguel, por favor.
-Es un buen tipo.
-No le conviene a Katy.
-Tú no le convienes a tu mujer.
-¿Por qué somos amigos?
-Porque no te volteo la cara luego de que me trataste como perro en interrogatorio.
-Giampiero, sabes que el caso de Elena me tenía nervioso. El fiscal Caresi no sabe hacer preguntas.
-¿No fue el que te ayudó cuando se perdió la niña Liukin?
-Cualquiera tiene un buen día.
-¿Esa Liukin entrena con tu prima, verdad?
-¿Quién te contó?
-Las vi juntas en Grigolina.

Maurizio Maragaglio sonrió y posó sus ojos en la pantalla cuando la imagen de Katarina, con su vestido azul oscuro y su pañoleta en el cuello apareció varias ocasiones en los seis minutos de calentamiento en pista y se escuchaba al público eufórico a las menciones de Sasha Cohen y Michelle Kwan.

-¿Todavía es jueves en América? - consultó Giampiero.
-Son las nueve de la noche en Nueva York.
-Katarina no te deja dormir.
-Me molesta que Mauri no haya ido con ella.
-¿Por qué no fuiste en su lugar?
-Tengo trabajo.
-La última vez que te vi feliz fue cuando la trajiste aquí hace ¿seis meses? Pensé que te habías decidido.

Maragaglio miró risueño a Giampiero y luego volvió a atender el evento de patinaje. No sabía quien se hallaba actuando pero no era lo suficientemente buena para dar una sorpresa.

-Quiero que me digas algo, Giampiero ¿Es cierto que Elena Martelli te dijo que se casaría contigo?

Ambos soltaron una sonora carcajada y dieron grandes tragos a sus cervezas para poder acabarlas y concentrarse en el otro licor.

-Esa niña tenía cada disparate.
-No respondes mi pregunta.
-¿Para qué, Maragaglio? ¿Cambia algo?
-Lo supieron en toda la ciudad.
-También te tiró las cartas y descubrió lo que no querías.
-Eso es diferente.
-¿Tu mujer sospecha?
-¿De Alondra? Sí.
-De Katarina.
-¿Quieres que acabemos a trompadas en el canal de Giudecca?
-Nada que no ocurriera antes.

Ambos compartieron un tercer trago de alcohol mientras oían las notas de otra jovencita que parecía tener potencial.

-¿Cómo van las cosas con tu primo? - siguió Giampiero.
-Mauri no me ha dicho si seré su padrino.
-¿Se casa?
-Por fin.
-Cada quien se ahorca como quiere.
-Aunque mandó a su novia a Nueva York y estoy esperando que me digan que se peleó con Katy.
-¿Eso te agradaría?
-No... En realidad, no sé. Karin Lorenz no me simpatiza.
-¿Es una mujer vieja, verdad?
-¿Cómo sabes?
-Tu primo no comparte la costumbre de esconder sus amores.

Maragaglio brindó consigo mismo luego de aquella sentencia y pensó. Se veía estúpido aguardando por Katarina en televisión y no era la primera vez que la chica de la barra y el mismo Giampiero creían lo mismo. Respirando hondo, ajustó un poco sus molestos anteojos, notando que se hallaba enfadado desde hacía días y había anticipado tantas respuestas, que las tenía olvidadas.

-Me estoy volviendo ciego - mencionó.
-Al fin hay algo que mata más rápido que mi cáncer - rió Giampiero.
-Esta miopía no tiene remedio.
-¿Te resignas?
-Mi destino siempre ha sido ver nada.
-Dicen que sin los ojos, uno siente más.
-No tardaré en dejarme los lentes cuando quiera tocar a alguien.
-¡No vale la pena, Maurizio! No haces el amor con la única mujer que quieres.

Sasha Cohen era presentada en televisión y luego de una ronda de licor más, Maurizio Maragaglio debió admitir que era una rival demasiado buena. El público se veía extasiado y con Michelle Kwan en la espera, se preveía que a Katarina Leoncavallo le tocaba el escenario más difícil.

-"5.9, 5.9, 5, 9...... Sasha Cohen, from the United States of America, is in first place" - daban a conocer el sonido local y el gráfico de la pantalla, dejando a Giampiero impresionado.

-¿Quién supera eso?
-Mi Katy.
-Claro... Oye Maragaglio ¿recuerdas que apostamos a que ella ganaría medalla olímpica?
-No.
-Qué extraño. Fue una madrugada como ésta, tú y yo bebimos una botella de vodka sin etiqueta.
-¿Hice tal barbaridad?
-Te pregunté por qué te quedaste en casa en lugar de acompañarla.
-¿Qué contesté?
-Que eras un idiota.
-¿Cuántas veces he dicho lo mismo?
-Tienes cuatro años haciéndolo, perdí la cuenta.
-¿Tanto?

A Maragaglio le sorprendió saberlo y consumió de golpe un par de vasitos de ese alcohol insoportable y cada vez más turbio.

-Nunca te dije que ganaste la apuesta. Te debo un vino de esos caros - concluyó Giampiero y se quedó como hipnotizado mientras Michelle Kwan inducía al público al delirio y el jurado parecía en lágrimas.

-Esto va a ser malo - declaró Maragaglio mientras intentaba negarse que aquel performance le había encantado. Las marcas de Kwan oscilaban entre 5.9 y 6.0, que, por la experiencia de contemplar tantos torneos, indicaban que eran casi inalcanzables.

-Ya va la Katarina - mencionó Giampiero.
-Estoy preocupado - aceptó Maurizio Maragaglio.
-Dile de mi parte que se ve bien.
-Siempre ha sido bonita.

El bar quedaba en silencio y esa frase de "Next skater, representing Italy: 2002 olympic bronze medalist" alegraba mucho a Maragaglio pero oír "Katarina Leoncavallo" llegaba a sonrojarlo un poco. No importaba que el público neoyorquino aplaudiera apenas o que los parroquianos de ese hoyo atendieran el espectáculo porque los obligaba la gentil joven encargada: Katarina se había puesto un coqueto tono de labial rojo y unos elegantes guantes para lucir como una sofisticada parisina. Aquello le hizo recordar a Maragaglio que tenía una misión encomendada a iniciar por la tarde y había cometido el error de no descansar lo suficiente. De cualquier manera, estar en ese bacaro maloliente y oscuro le hacía sentir menos solo.

-Forza Katy, sé que puedes - susurró al escuchar los primeros acordes de una canción que se había aprendido a pesar de no entender una palabra y de que los acordeones le molestaran cuando se desvelaba.

-Oh la là, mademoiselle! - gritó Giampiero.
-Espera, va a saltar el triple flip - triple toe ¡ahí está!
-Maragaglio, no entiendo.
-Cállate.
-Uy, se iba a tropezar.
-¡Cálmate Katy! Vamos por otro salto... Respira, tranquila ¡qué lutz! Mucho mejor que en el torneo pasado.
-¿Te sabes todas esas cosas del patinaje?
-No, sólo las básicas. No conozco el nombre de esas piruetas que está haciendo.

Katarina se percibía muy contenta y lograba que el público aplaudiera o callara conforme se iba desarrollando su coreografía. A Giampiero Boccherini le fascinaba el desplante aquel y acabó cantando junto a Maurizio Maragaglio aun cuando el ejercicio terminaba.

-Viva Katarina! - gritó alguien por ahí mientras se festejaba en el bacaro y Maragaglio brindaba de nuevo en silencio.

-Como que no se ven peleadas tu prima y Karin - señaló Giampiero.
-Ocurrirá ¿vuelves a apostar?
-¿Una pasta en tu casa?
-¿Quieres que mi esposa me asesine?
-¿Y no lo mereces?

Ambos no pudieron contener una nueva risotada y la chica de la barra les retiró las botellas de cerveza y licor para dejarles enfrente un par de copas de vino y algunas croquetas de pollo y mozzarella rebozada con tal de que alargaran su estancia un poco. Maurizio Maragaglio besó a aquella mujer en la mejilla y como siempre, le diría "sei la migliore, bella mia".

-"The marks for Katarina Leoncavallo from Italy are:..." - se escuchó fuerte y claro.

-"5.9, 5.9, 5.9, 5.9, 5.9, 5.8, 5.9, 5.9, 5.9, 5.9" - Hasta el ignorante Giampiero podía saber que la nota técnica no era la mejor de la noche a pesar de ser extraordinaria. Ese descuido de Katarina después de un salto aparentaba tener un pequeño costo.

-"Artistic impression marks are: "6.0, 6.0, 6.0, 5.9, 6.0, 5.8, 6.0, 5.9, 5.9, 5.9. Katarina Leoncavallo from Italy is placing first after the Ladies Short Program. Thank you".

En la Osteria al Squero hubo felicitaciones a Maragaglio y él se apresuró a tomar el vino cuando Giampiero se levantó en medio de ese pequeño festejo para repetir "¡Maurizio, eres un idiota!" pero su voz parecía un amargo reproche. El silencio se hizo en el lugar.

-Eso ya lo sé, Giampiero. Siéntate y déjanos brindar un poco más porque le fue bien a Katy - respondió Maurizio Maragaglio segundos más tarde sin sobresaltarse, creyendo que su amigo estaba ebrio y daba señales de que lo sacaran para llevarlo a casa.

-Llevo cuatro malditos años viéndote beber tus miserias.
-Giampiero ¿estás bien?
-¿Qué se siente ser tan imbécil, Maurizio? - susurró.
-¿Qué se siente ser un alcohólico?
-Me da resaca y ya está ¿pero tú? Sentado ahí, siendo miserable.
-Creí que el miserable eras tú.
-No he perdido veinticinco años de mi vida con una esposa y una amante que me aburren.
-¡No te metas con mi familia!

Maragaglio se levantó enojado.

-Mírate, Maurizio. Tienes mujeres y todavía le coqueteas a la ragazza de esta pocilga - murmuró Giampero sin olvidar la voz baja.
-Vámonos.
-¿Sabes? No pondría un pie aquí para lamentarme por Katarina. Yo estaría alcanzándola en América.
-Cierra la boca y larguémonos.
-¡Vienes aquí desde hace cuatro jodidos años!
-Cierra la boca o lárgate.
-¡La Katarina está en América! ¡Ve por ella!
-¿A qué?
-A decirle que la familia, la amante, los hijos, su estúpido hermano se pueden ir al demonio ¡Que se jodan!
-¡Que te callas!
-Lo que pasa es que eres un cobarde, Maragaglio.
-Repítelo y te reviento antes que el tumor de la cabeza.
-¿Qué? ¿No puedes tomar el vuelo a Nueva York pero piensas en la prima como la mujer que nunca has tenido?
-Eres hombre muerto.
-¡Que se te van los ojos! No paras de mirarle el pecho cuando la tienes de frente.

Maurizio Maragaglio respondió con un fuerte puñetazo y Giampiero se defendió con otro certero golpe. La joven de la barra gritaba asustada mientras la clientela esquivaba a aquel par de bravucones que destrozaban lo que había cerca, al tiempo que el amanecer comenzaba a manifestarse y el ruido de la riña llegaba hasta un grupo de buzos que iniciarían el turno matutino en la Fondamenta del Nani. A las cinco, la Osteria del Squero era su parada obligatoria para enterarse de las novedades acontecidas durante la noche. Giampiero Boccherini, como compañero suyo, contaba con su incondicional lealtad, a costa del aprecio que pudieran sentir por Maurizio Maragaglio. Aunque nadie les contara el motivo de ese pleito o se confundiera con pugna de borrachos, el jefe de aquella cuadrilla ordenó la separación de esos dos amigos y los buzos más jóvenes procedieron, llevándose a cada uno por lados opuestos de la calle.

El frío matinal iba cediendo a la frescura del otoño cuando Maurizio Maragaglio notó que le había tocado la mala suerte de que Miguel Ángel Louvier fuera el encomendado de llevarlo a casa. Tal y como cabría esperar, el chico no le hacía preguntas y se limitaba a contenerle las fuerzas mientras improvisaba un camino para evitar navegar en un canal. En ese instante, en las estaciones de buzos ya se sabía de la pelea y en la de Dorsoduro era Giampiero quien relataba cómo Maragaglio le había destrozado la nariz luego de discutir sobre patinaje. Ni una sola palabra acerca de Katarina Leoncavallo fue dicha y es que, a pesar de detestar su indecisión, Boccherini no era un tipo que traicionara los secretos del único confidente que tenía.

Luego de caminar mucho y de forcejear un larguísimo tramo, Maurizio Maragaglio acabó contemplando a Miguel llamando a la puerta de la familia Leoncavallo en la Calle del Pignater. Previsiblemente, fue Susanna Maragaglio, quien, angustiada pero acostumbrada, abrió la puerta y abrazó a su marido luego de verle las señales de la golpiza.

-¿Qué pasó? - preguntó mientras se contenía de empezar a cuidarlo.
-Un incidente de copas, señora. Nada grave - replicó Miguel.
-¿Con quién?

El joven Louvier iba a decir algo cuando Maragaglio se adelantó y de mala gana lo admitió.

-Con Giampiero ¿con quién más?
-¿Otra vez? - se exaltaba la mujer.
-Bebimos licor corriente. Mucho licor corriente. Lo haremos de nuevo cuando vuelva de la misión y esté tan agotado que lo último que quiera sea venir a mi casa. Dormiré. Me voy a París a las tres.

Maragaglio entró con enorme enfado a su domicilio y azotó la puerta de su recámara sin importar que su esposa y Miguel no dieran crédito a su actitud. Seguía oscuro afuera así que los chismosos se quedarían con la intriga de los gritos.

Por otro lado y recargado justo en la entrada para que nadie pudiera acompañarlo, Maurizio Maragaglio miró su cama, sus cortinas, el escritorio que usaba cuando tenía que revisar algún documento pendiente de la oficina.... Se quitó al fin los lentes, comprobando que a distancias cortas su vista era buena todavía y por primera vez en veinticinco años, unas saladas y frías lágrimas rodaban por su rostro y podía probarlas con su reseca boca. Sufría. Lamentaba. Se culpaba. Se acobardaba. La cobardía causa más dolor que la traición.

Intuyendo que Susanna iba a querer entrar a la habitación, se apartó del umbral y ella, sin estar molesta, le contempló con una sonrisa enorme, una que había permanecido veinticinco años con ellos.

-Fui a ver cómo le iba a Katarina, perdóname - dijo él.
-Lo imaginé. No llegas a casa cuando patina de madrugada ¿Cómo salió?
-Es primera del programa corto, habrá que esperar a mañana.
-Estarás en París y no podrás verla.
-Alisté mi equipaje ayer.
-Te voy a extrañar.
-También yo a ti... Es una semana.
-¿Irás solo?
-No me despegaré de la niña Liukin ni de mi primo.
-Ten cuidado.
-Cuenta con ello.
-¿Vas a descansar?
-Duerme conmigo, Susanna.
-¿Qué?
-¿Quieres hacer el amor?

Susanna Maragaglio miró los ojos de Maurizio, renunció a sus dudas sobre la pelea y se despojó de la bata creyendo que su cuerpo desnudo, a pesar de la cicatriz por una cesárea y sus incontables estrías en las piernas, aun seducía, atraía. Él, sin embargo, era diferente desde la última vez: había perdido algo de peso, sus brazos eran más fuertes, sus canas eran más cortas. Su forma de besar era más prolongada y estremecía a su esposa posando los labios en su cadera, en sus muslos, en sus dedos. Maurizio Maragaglio no quiso colocarse los lentes pero tampoco quería abrir los ojos: En su mente, la mujer extasiada era Katarina Leoncavallo y aquella era una escena hermosa, llena de amor, por encima de la lujuria o el placer.

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿Qué es ser un hermano?


No fue sorprendente que Maurizio Leoncavallo enfermara de náuseas durante su sesión de entrenamiento y ese lunes por la mañana batallaba con un fuerte mareo mientras su estómago amenazaba con rebelarse. Luego de pasar revisión en la enfermería, llamó a Carlota Liukin para suspender su entrenamiento vespertino y se escuchaba tan mal que Ricardo Liukin se compadeció, decidió ir por él al club de hielo y en lugar de llevarlo a su casa, lo metió a una habitación en el hotel Florida para que sacara aquello que le hacía daño. Maeva Nicholas reía nerviosa.

-¿Qué le ocurre? - preguntó la mujer a pesar de saberlo.
-Le apliqué el remedio Liukin contra los nervios - replicó Ricardo.
-¿Cuál es?
-Un golpe seco en la boca del estómago. Infalible.
-Me gusta.
-Maurizio se sentirá bien en un rato más... ¿Quieres que prepare arroz?
-¿No tienes que volver al trabajo?
-Estoy cuidando a un amigo.
-¿De verdad?
-Lo que tiene Maurizio es una confusión.
-¿Cuál es la causa?
-Algo que no hizo.
-¿Cómo lo sabes?
-Su cuerpo lo rechaza fácilmente.

Ricardo no cerró la puerta del cuarto aquel y fue con Maeva a la cocina sin preocuparse gran cosa. Por otro lado, Carlota Liukin había llegado al hotel con varios litros de suero y la acompañaba Morgan Loussier, que simulaba interés sincero y en su lugar, se había imaginado un arrepentimiento de Maurizio Leoncavallo por erotizar a su hermana.

-Suena muy enfermo - advirtió Morgan.
-Pobre Maurizio ¿crees que se le pase?
-Mañana estará sano.
-El que va a morir es Tennant.
-No lo conozco.
-Es un... Es adoptado.
-Hermano tuyo.
-Maurizio está ocupando su baño.

Morgan carcajeó al instante y depositó la caja de suero junto a una cama pequeña. En aquel instante, el agotado Maurizio salió de su lugar y se recostó con enorme cansancio.

-Te trajimos bebidas - declaró Carlota.
-Se ve terrible - saludó Morgan y su entrenador apenas los miró luego de cubrirse con las sábanas y llorar en silencio.

-Te dejamos solo. Si quieres algo... Descansa - terminó la chica y se dio la media vuelta junto a su compañero. Ricardo los llamaba para que lo ayudaran con la comida y de paso vigilar a Morgan, que se sentía como en jardín de niños por tener que obedecer.

En esa tarde libre, los Liukin aprovecharon para hacer varias cosas: ir a la lavandería, limpiar sus habitaciones, ordenar sus documentos, realizar llamadas y pagar algunas cuentas. Todo lo veía Maurizio desde la cama y su dolor en el cuerpo que no le permitía dormir, preguntándose si de verdad se trataba de una familia como cualquier otra. A los Liukin les habían pasado tantas cosas y se habían rodeado de personas tan conocidas que era revelador saber que se trataba de siete individuos con jerarquía clara y rutinas aburridas, que lo mismo reían juntos de una tontería como un tropiezo o jugaban un poco rudo mientras se recriminaban los apodos. Adrien Liukin era "Nosferatu", Andreas Liukin "cabeza de dona" y Carlota Liukin, bueno, era una "cucaracha" y cada que se lo decían, ella respondía dando un golpe en el antebrazo sin importar quien fuera y exclamando "cállate". Por otro lado, Yuko Inoue, Miguel Ángel Louvier y Ricardo Liukin carecían de apelativos, lo que aumentaba el contraste con Tennant Lutz, a quien llamaban "idiota" con cierto afecto y que se podía percibir como el menos apreciado al mismo tiempo.

-Voy a revisar mis patines - anunció Carlota Liukin luego de acomodar un cesto con ropa limpia en su cuarto y tomar su bolsa de peluche rosa. A Maurizio Leoncavallo le sorprendió que ella entrara a visitarlo y se sentara en el suelo, recargándose en el colchón y dándole la espalda, aunque volteaba a verlo con una gran sonrisa.

-¿Cómo sigues, Maurizio?
-Me duele todo.
-Lo imaginé ¿Bebiste mucho?
-No.
-Tal vez comiste muchos cicchetti.
-Tengo hambre desde ayer.
-¿En serio?
-Carlota ¿por qué dejas que te digan "cucaracha"?
-Así me llevo con el "cabeza de dona".
-¿Quién?
-Andreas, es que le gustan mucho las donas.
-¿Cómo lo notaste?
-Va por una caja una vez por semana y está prohibido tocarla. Siempre lo acompaño.
-¿Por qué?
-Porque alguien tiene que comerse la dona de limón. Esa no le gusta a nadie pero no se desperdicia.
-Tu familia y los cítricos no se llevan bien.
-No.
-Yo no sé qué compra Katarina ni qué le da por comer.
-¿De verdad?
-Me enteré de que le agradan los bolsos negros porque mi primo me lo dijo. Propuse regalarle uno a Katy este año porque me acordé.
-Estás todos los días con ella, algo debes saber.
-Me hace reír.
-Katarina debe conocerte bien.

Carlota aplicaba abundante crema a sus patines y los cubría con cinta adhesiva. De paso, revisaba si tenía marcador blanco.

-¿Limpias tus patines, Carlota?
-Les pasé un poco de jabón hace rato pero como no hubo quien fuera a la lavandería, los dejé. Tengo remordimientos.
-¿Katarina te enseñó?
-La vi hacerlo ayer, antes de que se fuera a Nueva York.
-Le mostré ese truco cuando era niña.
-Lo aprendió bien.
-Carlota ¿puedo sugerirte algo?
-Sí.
-Tállalos como si no hubiera mañana.
-¿Funciona?
-Házlo así para quitarles todas las marcas.
-Oh, gracias.
-Te ayudaré.
-¿Seguro?
-No le digas a Katy.
-¿Por qué?
-Se enfadaría, es celosa.
-¿Por qué no fuiste con ella a Nueva York?

Maurizio suspiró luego de sujetar un botín de Carlota.

-Karin sabe qué hacer, es bailarina.
-¿Y tú?
-Katarina no me entendió.
-¿Es la primera vez que les pasa?
-No recuerdo otra pelea.
-¿Están enojados?
-Ella nunca me ha contradicho.
-Pero no la conoces.
-¿Qué música oyen tus hermanos?
-Andreas ama cosas como Def Leppard y Skid Row; Adrien oye bossa nova y samba.
-¿Qué?
-Tennant es súper fan de unos tal Blur y a Miguel le gusta el piano.
-¿Cómo te diste cuenta?
-Los escucho escogiendo discos todo el tiempo.
-Ni siquiera eso sé de Katarina.
-¿Por qué?
-Con ella me limito a hablar de patinaje y últimamente de mi boda.
-¿Antes?
-Cuando viví en Moscú, ella me decía que prefería que yo hablara. Sé cosas. Katarina no tuvo novio hasta que conoció a Miguel y nunca ha podido hacer amigas. Alucina los gelati pero los come porque cree que yo lo haría.
-¿No le gustan los helados?
-No pero le hacen pensar que puede compartirlos conmigo así que compra dos cuando estamos juntos. Si está sola, ni de chiste.
-Te quiere mucho.
-Le tengo miedo.

Carlota miró a Maurizio como si le sorprendiera estar de acuerdo con él y decidió no añadir comentarios; si acaso un "vuelvo en un momento" antes de salir de prisa. Se notaba que ese comentario no le había caído bien.

Maurizio empezaba a sentir que había sido demasiado confiado cuando pasó Andreas Liukin a la habitación junto con un plato de sopa de cebolla. El chico inclusive tenía la atención de acomodarle la almohada.

-¿Y Carlota?
-En un momento viene, recibió correo.
-Dejó sus patines aquí.
-Yo me encargo.
-Dile que los asée por ella.
-A mi hermana le quedan más brillantes.
-¿En serio?
-Todo le sale mejor que a cualquiera, excepto cocinar.
-¿No sabe?
-Si un día te ofrece un sándwich, dile que no.

Andreas parecía vigilar que Maurizio comiera.

-Temo vomitar.
-No lo harás, te aplicaron un remedio Liukin.
-¿Sirve?
-Mañana serás un tipo nuevo.
-Eso espero, tengo que trabajar.
-Carlota me dijo que estás atrasado.
-¿Ella te cuenta todo?
-Claro que no.
-Andreas ¿puedo preguntarte qué sientes por Carlota?
-¿Qué cosa?
-¿Amas a Carlota? ¿La quieres? ¿La estimas?
-Es mi mejor amiga.
-No se nota.
-La cucaracha me cubre así que yo hago lo mismo por ella.
-¿Te ayuda a ocultarle cosas a tu padre?
-Si le quieres decir así. Si alguien distrae bien a Ricardo es su "niñita".
-¿Qué ha hecho por ti?
-Ha inventado que hay bichos, me ha sacado por las ventanas, dice que la acompaño de compras y una vez se aventó enfrente de mis padres para hacerles creer que se cayó y se lastimó.
-¿Y tú por ella?
-La escondía de mamá cuando iba a patinar en Tell no Tales y a veces con sus novios pero dan mucho trabajo.
-¿Carlota es noviera?
-¿No se nota, verdad?
-Sabía de Marat y de un tal Joubert.
-No conociste a Edwin, ni a Guillaume. De Trankov ni hablamos.
-¿Tantos?
-Edwin no cuenta pero fue su primer amor, Guillaume es gay; Trankov... Bueno, lo conoces.

Maurizio Leoncavallo se sorprendió mucho. Era como ver a Carlota transformarse en otra persona.

-¿Nunca has escondido algo de Katarina? - preguntó Andreas.
-Una vez me comí una pasta que no le gustó.
-Algo de verdad, como un examen reprobado.
-Yo estaba en otro país cuando tuvo problemas en la escuela.
-¿Cuáles?
-No se adaptó, creo.
-¿Nunca te habló de eso?
-No le gusta que conversemos sobre lo que hace.
-Empieza a preguntarle.

Andreas no escondía que aquella escena le era extraña y al ver a Tennant llegar, lo hizo pasar.

-Estás a cargo.
-¿Qué?... ¿Por qué hay alguien en mi cuarto?
-Nos fastidies, Tennant.
-¿Por qué nadie me avisó?
-No te importa, idiota.

Tennant reconoció a Maurizio y supuso que debía verlo terminarse el plato. Al igual que Carlota, tomó lugar en el piso pero recargándose en la pared y viendo de frente.

-Perdona, Tennant - dijo Maurizio sin dejar de comer.
-Lo siento, vengo cansado.
-El señor Liukin iba a darme su habitación pero Maeva llegó.
-Dormiré con Miguel.
-Te compensaré.
-Déjalo así ¿Carlota trajo esa caja? Apuesto a que son sueros de mora.
-Ganaste.
-Son sus favoritos.
-¿Por qué lo supiste?
-Yo se los sugerí, luego le gustaron.
-¿Cómo la conociste?
-¿Por qué te interesa?
-Será que me da curiosidad. Entre ustedes se saben muchas cosas.
-No tantas.
-Oí que eres adoptado.
-A veces me llaman de esa manera; el resto del tiempo soy un idiota.
-¿Cómo llegaste con los Liukin?
-Me encontré a Carlota en un tren y no me despegué.
-¿De dónde vienes?
-De Jamal en Tell no Tales.
-¿Tienes más familia?
-Mis padres y mis hermanos.
-¿Por qué no estás con ellos?
-Dos están en prisión; mis hermanos por ahí.
-Perdona.
-Hace mucho que no veo a Emma ni a Stuart.
-¿Quiénes?
-Miguel es más mi hermano que mi hermano.
-No he podido hablar con él.
-¿Por Katarina?
-Justamente.
-Miguel puede ser muy serio y de pronto parecer mi papá.
-¿Es como el señor Liukin?
-Sin las locuras pero sí.
-¿Por qué le llamas "papá"?
-¿A Ricardo? No lo he pensado pero sin él no habría venido a esta ciudad.
-Dile que golpea fuerte.
-No es necesario, ya pasé por eso.
-¿Te aplicó el remedio Liukin, Tennant?
-¡Ja ja ja! Eso explica tu cara ¿Qué hiciste?
-Estuve tenso.
-Carlota dijo que te enfermaste ayer.
-Sólo no me sentí bien.
-Nos contaron que no te despediste de Katarina en el aeropuerto.
-¿Quién?
-Papá y Miguel.
-Le dije adiós antes. Comienzo a pensar que enviarla con Karin fue una mala idea.
-Esa si fue una sorpresa.

Tennant no sabía qué agregar y Maurizio ya le había prestado atención así que fingió leer un mensaje para al fin irse. Miguel charlaba con Andreas en el pasillo y Carlota revisaba sus cartas cuando a Ricardo Liukin se le ocurrió anunciar que después de un gran retraso, había arroz para todos y la comida/cena sería en la azotea del hotel, porque el aroma era fuerte.

-Señor Leoncavallo ¿cómo sigue? - consultó al pasar.
-Mejor, muchas gracias.
-Morgan se fue hace rato, sólo pasó a ver si usted estaba bien.
-Lo noté.
-¿Terminó la sopa?
-Ahora entiendo por qué sus hijos la adoran.
-Vamos por arroz.
-¿Más comida para mí?
-Será fuerte mañana, vamos.

Maurizio se levantó con inesperada energía y se dejó guiar por unas escaleras de madera vieja. A diferencia del piso en el que los Liukin se hospedaban, en los otros tres restantes había paredes descascaradas, fuertes olores a sal y humedad y escasos turistas que rara vez se dejaban ver en otros niveles.

-¿Le gusta este agujero, señor Leoncavallo? - rió Ricardo al abrir la puerta y se descubriera una parrilla, sillas y una Maeva Nicholas que no decidía entre abandonar el fuego o beber algo de jugo.

-Bienvenido al restaurante Liukin, único lugar en Venecia en el que se come de primera con invitación personal. Tome asiento, Leoncavallo, esto va por cuenta nuestra.

Maurizio eligió un lugar en el centro y vio llegar al resto de la familia, uno a uno, cada uno situándose en un punto fijo, con esa inquebrantable jerarquía que los hacía funcionar de alguna manera porque se notaba que era nueva y algunos no estaban de acuerdo. Carlota siempre estaba al lado de su padre; sorprendentemente Yuko Inoue parecía parte de la autoridad; luego Miguel y Andreas Liukin, Adrien al lado izquierdo de su hermana pero con cierta distancia y Tennant aun más lejos. Era como ver una asamblea desorganizada de algún grupo disidente improvisado. Maeva se colocaba detrás del líder, quedando claro que tenía cierta preferencia.

-¿Les molesta un plato un poco quemado? No me importa - confesó Ricardo y con ayuda de Maeva, sirvió un arroz similar al que había probado en Gentile Bellini, con una capa de camarón encima. Los chicos parecían encantados y compartían sus vasos de jugo de pera mientras se establecía una plática en la que Miguel relataba haber sacado restos de comida y una bolsa enorme de desperdicios del Gran Canale, así como la consistencia de sopa de ostión del contenido. Todos carcajeaban luego de imaginárselo y mientras daban ejemplos de lo más repugnante que se podía hallar en las profundidades, Ricardo se aproximó a su invitado. Los demás, salvo Maeva, no se fijaban en ellos.

-Arroz sin mariscos para que no recaigas.
-Gracias, señor Liukin.
-Llámame Ricardo.
-Qué bien, me gusta tutear.
-Maurizio, ten confianza.
-Me voy a sentir avergonzado.
-¿Qué va? Cumpliste la regla de molestar a Tennant.
-¿Qué tienen en su contra?
-Intentamos corregir su bocaza. No es fácil.
-¿Cómo ayudé?
-Entraste a su habitación, con eso te tendrá resentimiento unos dos días.

Maurizio sonrió y consumió un poco de arroz, asombrándose por el sabor fuerte pero agradable.

-Debió quedar un poco más seco. Lo mejoraré enseguida - agregó Ricardo y observó fijamente a un Maurizio que se abstenía de decir "¿qué?"

-Le preguntaste a mis hijos sobre cómo se llevan ¿puedo conocer el motivo? - consultó Ricardo y Maurizio bajó la cabeza.

-Quise saber cómo actúa Carlota con sus hermanos, es todo.
-¿Problemas con Katarina?
-Sí.
-¿Tiene que ver con el viaje a Nueva York?
-¿Fui tan obvio?
-Es una sorpresa.
-No estoy seguro de esa decisión.
-¿Nunca la has dejado sola?
-Jamás le había dicho que no.
-¿Qué te puso tan nervioso?

Maurizio apartó el arroz y Ricardo lo hizo mirar a la calle.

-Una amiga me visitó ayer y no fue algo que quiera recordar.
-¿Tan malo?
-Me ha hecho dudar sobre mi papel de hermano, Ricardo.
-Rayos...
-No toqué a mi hermana, lo juro.
-¿De qué hablas?
-La idea me ha causado asco desde ayer.
-¿Qué te dijo tu amiga?
-¿Puedo reservármelo?
-Claro.
-Es sólo que me he puesto a pensar si realmente conozco a mi hermana.
-¿Sabes qué comida le gusta, su color favorito, tiene mascotas?
-No, no y sí.
-¿En serio?
-Le regalé un sapo.
-Que Carlota no lo sepa, por favor. No quieres que se asuste y te mate de risa.
-Jajaja. A Katarina le dan miedo las cadenas.
-Qué extraño.
-Trabajó como asistente de un mago y no pudo quitarse una que le rodeaba el cuello en un acto con agua.
-Ahora tiene lógica.
-Pero sé muy poco de ella. La escuela nunca le gustó, no me enteré si al menos estimaba una clase o un maestro le caía mal. Escucha música todo el tiempo y no me he detenido a curiosear ¿Alergias? Desconozco si tiene alguna. No me detenía a pensarlo.
-Se arregla con una charla.
-Katarina y yo sólo hablamos de prácticas y cómo puede ganarle a Sasha Cohen. Cuando mucho, me pregunta por Karin.
-¿Por qué la dejas?
-A mi hermana no le gusta hablar de sus cosas... Mis padres tampoco saben mucho.
-No te ofendas pero tu primo la conoce mejor.
-¿Maragaglio? La investigó. No le rompí la cara, me la debe.
-No es eso. Él la cuida.
-También yo.
-¿Te sientes obligado?
-Ahora no pero yo era lo único que Katarina tenía.
-Creo que eres un buen hombre, Maurizio. Tu dilema no es si eres hermano o no; tu dilema es si quieres separarte.
-¿Qué quiere decir?
-Te sientes culpable... Como hermano menor, puedo decir algunas cosas.

Maurizio se apartó un poco más y Ricardo Liukin fue franco:

-Ser el mayor es un fastidio; al diablo.
-No es tan malo, Ricardo.
-Te haces cargo de las idioteces de los más pequeños y cuando quieres respirar, te asfixian. Si no sales corriendo, ellos se van trepando sobre ti.
-¿A dónde quiere llegar?
-Mi hermano Lorenzo es diez años mayor que yo y vaya que le di trabajo.
-¿En serio?
-Mi padre se fue. A los once años ¿quién tiene carácter para estar al pendiente de un bebé?
-Nadie, creo.
-Le arruinaba la vida a ese buen muchacho.
-¿Cómo?
-Nada de fiestas ni chicas, sin descanso porque tenía que trabajar y llevarme al colegio... Él no tenía que hacerlo pero era el encargado.
-No llegué a tanto.
-Lorenzo escapó cuando se dio cuenta de que su vida no era la mía. Me dolió pero entendí. Ahora tengo tres hijos y aunque Andreas no tiene muchas responsabilidades, sé que hay razón en molestarse por ocultar o reparar los ridículos de Carlota y Adrien.
-¿Perdón?
-Los tres piensan que no me entero. Andreas tiene una exhibición de surf de la que no me quiere decir. Lo planearon todo. Carlota me distrae con lo del viaje a París mientras Andreas pide permiso de pasar la noche en casa de su novia para presentarse en Lido el sábado temprano y Adrien aprovecha para pedirme dinero que seguramente le daré porque mi ánimo no será el mejor.
-¿Qué tiene que ver conmigo?
-Que estoy seguro de que has actuado igual que mis hijos alguna vez.
-No lo recuerdo.
-Bien ¿Cuántos años le llevas a Katarina?
-Ocho.
-¿Por qué te fuiste a Moscú, Maurizio? Carlota me dijo.
-Entrenar.
-¿Nada más?
-En Italia no había clubes como ahora.
-¿En dónde aprendiste a patinar?
-En el Agorà Milano.
-¿Cuándo te impusieron a Katarina? Apuesto a que inició con "lleva a tu hermana un rato y si le gusta la metemos a un grupo".
-Sonó a mi madre.
-Muy inocente el discurso. Es un sucio truco.
-A los trece.
-Esperaba otra edad.
-Los niños le daban miedo a Katarina así que yo la llevé de la mano.
-¿Cuándo tuvo el primer problema en la escuela?
-A los nueve.
-¿Con qué salió el angelito?
-Se puso a llorar en un examen oral de ciencias y se cubrió con el suéter luego de quedarse en un rincón.
-¿Qué hicieron tus padres?
-La llevaron a Agorà y me encargaron verla en su clase de ballet.
-¿Sólo la dejaron allí?
-Sí.
-¿Sucedió otra vez?
-Varias.
-¿Cuándo te hartó?
-¡No me molestaba!
-La verdad.
-Conocí a Jyri Cassavettes.
-¿Tu primera novia?
-No deseaba lastimar a Katarina diciéndole que amaba a una mujer.
-¿Por qué?
-Era una niña muy sensible. Cuando cumplí veinte, recibí la llamada de una entrenadora en Rusia que me ofreció una carrera y Katarina me hizo saber a mi regreso que la dejaron sola.
-¿Qué tan sola?
-Su entrenador de entonces era como su padre y mi primo me sustituyó. Me sentí culpable.
-Entiendo.
-Nadie quiere a Katarina en la familia.
-No es cierto, Maurizio.
-Mis padres nunca han sabido qué hacer con ella y los demás nunca han tratado a una mujer cercana. Usted nos vio, los Leoncavallo somos una familia de hombres y de repente ¿una niña? Si eran rudos, Katarina se escondía, si le exigían, se la pasaba disculpándose por fallar; los mimos la volvían gritona y las reglas estrictas la ponían triste. Sólo se llevaba bien con Jyri y supimos que le habría encantado tener una hermana.
-¿Tus padres no lo intentaron?
-No podían. Mi madre tenía cuarenta y cinco cuando nació Katy.
-¿Por qué no adoptaron?
-No sabría qué responder.
-¿Temes que Katarina vuelva estar sola?
-Seré ingrato. Gracias a ella, me volví entrenador, yo no tenía un centavo y me dio un contrato. Mis alumnos de danza llegaron porque Katarina les insistió; Carlota nunca habría aparecido en el club si mi hermana no hubiera sido generosa conmigo y me hubiese conseguido la plaza de head coach aquí en Venecia.... Me voy a casar, Karin tomará un tratamiento para volvernos padres lo más pronto posible y con la llegada de Shanetta y Morgan, estaré más ocupado que nunca.
-¿Buscas concentrarte en tu vida?
-Dejaré de ser el entrenador de Katarina cuando acabe la temporada.
-¿Se lo has dicho?
-Lo que sucedió ayer aceleró mi decisión.
-Ser el mayor es un fastidio.
-¿Ha charlado con su hermano, señor Liukin?
-Estamos acostumbrados a estar separados.
-Katarina no imagina que voy a romperle el corazón.
-Madurará.
-Tiene que olvidarme. Me dolerá obligarla a dejarme ir.

Ricardo Liukin le dio una palmada a Maurizio y al girar para volver con el grupo, halló a Carlota de pie, sonrojada y sin hacer ruido.

-¿Cuánto tiempo llevas ahí parada? - susurró Ricardo en su oído.
-¿Tal vez supe todo?
-Te voy a castigar.
-No.
-¿Cuál es tu excusa?

Carlota separó a su padre luego de asegurarse que el despistado Maurizio continuara sin saber qué ocurría a sus espaldas. El resto continuaba con su charla, ahora sobre películas de terror malas.

-¿Recuerdas que te dije que Katarina fue por un helado cuando Jyri se accidentó en ese sótano de los Leoncavallo? - murmuró la chica.
-Todavía lo tengo.
-Papá, algo anda mal.
-¿Por qué?
-Katarina no come helado.
-¿De dónde sacaste eso?
-Maurizio me lo platicó.
-¿Estás segura?
-Me di cuenta cuando mencionó a Jyri.
-¿Por qué te acercaste?
-Es que ...
-Si tienes respeto por Maurizio, volverás a tu lugar.
-¡A Katarina no le gusta el helado!

Ricardo tapó la boca de Carlota y la abrazó con fuerza.

-No lo digas, hija. No me hagas pensar lo que todos saben que no pasó - le sugirió y la hizo volver a su lugar. Maurizio Leoncavallo creyó que era una escena fraterna.


jueves, 6 de septiembre de 2018

Una revelación oscura


Domingo, 4 de noviembre de 2002. Murano, Italia. 3:00 a.m.

Luca Scarpa y su esposa no podían dormir luego de que ella sufriera un ataque de pánico y después de abrir la puerta de su habitación, él regresó a la cama a confortarla. Desde hacía días, el tema de Katarina Leoncavallo había rondado en la conversación entre los dos y finalmente él se atrevió a preguntar qué había ocurrido con aquella joven durante una competencia. Como él le contara sobre Carlota Liukin y su incidente en un torneo con aquella chica, la mujer decidió revelar lo sucedido nueve meses atrás.

-En Salt Lake nadie quería compartir habitación con Katarina y Barbara Fusar Poli dijo "bene, me quedo con ella", entonces yo iba a verla y todo normal. El día que compitió con Maurizio y él se cayó, Barbara lloró toda la noche y abiertamente me confesó que estaba harta de que le fallara.
-¿Katarina estaba ahí?
-No, nos habría matado. Se metió en muchos problemas por el hermano.
-¿Qué hizo?
-Katarina se peleó con Elena Sokolova porque saludó a Maurizio en un elevador, se hizo de palabras con Sasha Cohen por un favor que pidió y Marina Anissina la cacheteó porque le reclamó sobre un entrenamiento con él. Katarina no quería a nadie cerca de Maurizio y estaba imposible calmarla.
-¿En qué parte entras tú?
-Ay Luca... Cuando Katarina ganó su medalla, todos estábamos como en shock y Maurizio quiso festejarlo, lógicamente. Barbara me llama para decirme que en la Casa d'Italia en la villa olímpica iban a hacer fiesta y que fuera. Llegué tarde, como a las once de la noche y Katarina ya no estaba, se había ido a dormir y punto. Maurizio se quedó cantando y tontería y media; no sé cuánto tiempo pasó y se acabó la bebida. Barbara me dijo que en la habitación de Maurizio había una caja con botellas de vino y me ofrecí a ir porque todos se estaban divirtiendo. Me puse nerviosa pero subí por el ascensor, abrí, la caja estaba sobre un mueble pero tenía que pasar al tocador y cuando salgo, Maurizio sostenía a Katarina. Yo...
-Estoy aquí, calma.

La mujer ahogaba apenas sus sollozos e intentaba controlar su pánico apretando una pelota.

-Luca, nadie me creería.
-Yo sí.
-Es que me da asco ¿sabes?
-¿Qué presenciaste en ese cuarto?
-Por Dios, Luca. Casi me vuelvo loca de miedo por esto.
-Pero tienes que dar el paso, no podemos vivir despertando a cada hora porque tienes una pesadilla o sientes que estamos encerrados.
-Perdóname.
-Tampoco puedo salirme del trabajo porque te pusiste mal en el mercado o en un vaporetto.
-Es que te entiendo.
-Kati, tenemos que ponerle un alto a Katarina Leoncavallo ¡Va a destrozarle la vida a su hermano!
-No estoy segura de que sea capaz.
-Investigué y Katarina le ahuyenta a potenciales alumnas o las lastima. A Carlota Liukin le ha querido hacer daño y la amenazó; además, se hizo novia de uno de sus hermanos... Kati, reacciona. Esa arpía se está metiendo con una familia y son mis amigos.
-Ni tú quieres que lo vi sea verdad.
-Pero es mejor que seguir sufriendo. No voy a aguantar más.

Luca Scarpa se puso los zapatos y su esposa comprendió que él se iría a un hotel a pasar el resto de la madrugada.

-No te vayas.
-Mi paciencia se está agotando.
-Luca, tienes que comprender....
-¿Qué cosa?
-Esa mujer es peligrosa.
-Si no la detienes, con mayor razón me puedo ir.
-¡Luca!

El agotado hombre ajustó sus zapatos y se dispuso a marcharse a toda prisa. Su esposa lo siguió a la sala.

-¡Espera! No puedo estar sola ¡me siento muy asustada!
-Morgan te puede acompañar.
-No lo metas en esto.
-¡Tú no lo arriesgues con los Leoncavallo!
-Shanetta y Morgan vinieron a pasar unos días.
-Morgan no puede volver a Tell no Tales.
-¿Por qué no?
-Tu sobrino golpeó a su entrenador y lo echaron.
-No sé nada.
-¡Porque sólo me lo dijo a mí!
-¿Qué va a hacer ahora?
-Consiguió lugar con Maurizio Leoncavallo.
-¿Qué dices?
-Tienes que confiarme lo que sucedió en Salt Lake.
-¿Morgan va a entrenar con Katarina?
-La que más me preocupa es Shanetta. Esto no depende más de ti.

Kati Winkler Scarpa sentía que le faltaba el aire y corrió a la cocina a abrir una ventana y servirse un poco de jugo mientras su marido se aseguraba de que Morgan y Shanetta no estuviesen despiertos antes de tomar asiento junto a ella.

-No podemos gritar esta noche.
-Lo siento, Luca.
-Lamento presionarte, es que pienso en nosotros.
-No debí ir por ese vino.
-No podías saberlo.
-Lo sospechaba ¿sabes? ¡Todos lo sospechábamos!
-¿Qué Katarina Leoncavallo está mal de la cabeza?
-Que está enamorada de su hermano.

Luca Scarpa sacó un poco de ginebra y lo bebió de golpe.

-Kati, responde: ¿Maurizio lo sabe?
-Sí pero no lo admite.
-¿Cómo?
-Él la adora y odia que le insinúen lo que está ocurriendo. Ella lo abraza, lo besa, lo sorprende, lo aparta, juega con él y Maurizio no tiene el valor de separarla.
-¿Qué sabes al respecto?
-Él no quiere herirla ¡Katarina se moriría!
-No tiene sentido, él se va a casar.
-No pasará. Si su hermana se lo pide, se cancela.
-¿A tanto llegan?
-¡Ella me encerró porque los descubrí quitándose la ropa!

Luca Scarpa consumió otro trago mientras intentaba imaginar qué clase de hermanos eran esos dos.

-Salí del baño y Katarina se fingía ebria, Maurizio se reía de todo lo que le decía. Estaba completamente borracho.
-¿Estás segura?
-No quiero justificarlo pero se ahogaba en alcohol.
-¿Qué pasó ahí?
-Ella de repente le dijo que era un hombre muy guapo y que se casaría con él; Maurizio contestó que era una buena hermana y que fuera a dormir. Katarina preguntó si podían estar juntos y él no se negó, le dijo que ocupara la cama y que tenía una playera que podía usar de pijama.
-¿Por qué te quedaste tanto tiempo ahí dentro?
-No quería que se dieran cuenta. Yo iba a entrar otra vez al tocador cuando ella abrazó a Maurizio y lo besó cerca de la boca. Él la quiso quitar, te lo juro.
-Kati, respira.
-Vi que ella bajó el cierre de su vestido, luego comenzó a darle besos a su hermano en los oídos y en el cuello. Pensé que él iba a aventarla pero ella desabrochó su brassiere y Maurizio se encendió.
-¿Qué?
-Él la desnudó y ella le quitó la camisa. Me dieron náuseas.
-Eso es serio.
-Maurizio paró de golpe y empezó a carcajear, ella preguntó si estaba bien y oí algo como "Katarina, creo que bebimos demasiado. Te veo mañana". Pensé que había terminado pero ella se le colgó del cuello y le pidió que no se marchara.
-Dime que ese idiota reaccionó.
-Katarina le dijo que quería hacer el amor con él y Maurizio miró alrededor y le respondió que no porque es su hermana.

Luca Scarpa creyó que le dolían las sienes.

-¿Cómo te descubrieron, Kati?
-Grité.
-Por Dios.
-Ambos voltearon a verme y sólo pude pedir perdón. Maurizio dijo que ya se iba y corrió deprisa. Me salí y lo vi vomitando sobre unas plantas afuera del edificio.
-¿Qué hizo Katarina?
-Me fui de ahí a caminar, no sabía qué hacer; se me ocurrió volver a la fiesta y entonces Katarina me encontró cerca de unos autos y me sujetó por detrás, me metió un pañuelo a la boca y me puso cinta para que no lo escupiera, luego me ató las manos y me arrastró a un depósito de escobas para encerrarme. Quitó el foco y puso un trapo debajo de la puerta para dejarme a oscuras cuando amaneciera. Ese lugar era muy pequeño, no me podía mover y más de una vez pensé que me estaba asfixiando.
-¿Quién te encontró?
-El de la limpieza por la mañana.
-¿Por qué no me dijiste que Katarina Leoncavallo te quiso matar?
-¿Para qué? Cuando me destaparon la boca, estaba muy aterrada e inventé que me habían hecho una broma.
-¿Por qué no la delataste?
-¡Porque Maurizio no se acuerda de nada!
-¿Cómo va a olvidar a su hermana desnuda?
-¡Le iba a contar lo que Katarina hizo pero él estaba preguntándole a todos qué había pasado durante su borrachera!
-No lo creo.
-Supe que Maurizio regresó a la fiesta y bebió de una botella de tequila antes de quedarse tirado en el piso junto a sus amigos. Realmente perdió esa noche.

Kati Winkler estrechó a su esposo en medio de un llanto enorme y el temor que arrastraba desde esa breve reclusión que agudizaba su eterna claustrofobia. El silencio en la calle y en la casa era profundo.

Sin embargo, en el pasillo cercano a la cocina, Morgan Loussier parecía muy serio ¿Se acababa de enterar del secreto de los Leoncavallo? Por supuesto y le excitaba tanto pensarlo que se recostó en su cama a estimularse un poco. Esos hermanos eran un motivo más para presentarse al entrenamiento de las siete de la mañana todos los días sin chistar.

Transcurrió la madrugada y el sol comenzaba a iluminar Venecia cuando el equipo Leoncavallo se presentó al último entrenamiento intensivo previo a la partida de Katarina y Maurizio a Nueva York. El vuelo estaba programado a las veintiún horas con una breve escala en Londres y hasta donde se sabía, la chica había pasado la noche en su prueba de vestuario en el taller Bassani junto a Carlota Liukin y ambas repasarían sus rutinas con la indumentaria nueva. Las dos llevaban caras terribles.

-Buenos días ¿gustan chocolate caliente? Traje para todos- les preguntó Morgan Loussier en la banqueta de la calle Grigolina.
-Qué detalle, ¡gracias! - le replicó Carlota Liukin y sus compañeros Cecilia Torn y Jussiville Partanen, así como Juulia Toivonen y Matthias Versluis aceptaron la invitación. Shanetta James llevaba el suyo desde hacía unos minutos atrás y sólo quedaban los de los Leoncavallo.

-Katarina, tengo uno para ti - mencionó Morgan pero ella ni siquiera lo volteó a ver.

-Se pone así porque Maurizio no ha llegado - susurró Cecilia a los demás y Shanetta comentó espontáneamente que aquello era una grosería. Iba a decir otra cosa, pero pasó un bote por el canal de la Calle Fabbri y al detenerse en la esquina con Grigolina, saltó un chico con una gran sonrisa, un ramo de flores y otro vaso con chocolate.

-¡Katarina!
-¡Miguel!
-Vine a desearte un bonito día.
-Muchas gracias.
-Te compré un chocolate.
-Muy bien.
-Espeso, quemante y con un toque de vainilla.
-¡Justo lo que quería!

Katarina abrazó a Miguel y él correspondió con un pequeño beso en los labios. El grupo sufría de escalofríos.

-¿Ella tiene novio y yo no? - se quejó Cecilia Torn.
-¿Ese es tu hermano, Carlota? - preguntó Morgan socarrón.
-Se llama Miguel - añadió la joven Liukin.

Los presentes notaron que Carlota sentía poco menos que pena ajena al respecto y estimaba tanto al tal Miguel que no deseaba una discusión con él. Suficiente tenía con que Andreas y Tennant alucinaran a Katarina abiertamente.

-Son tan raros - susurró Morgan y Carlota supo que se lo decía a ella.
-Es la tercera vez que lo escucho.
-Porque no es mentira ¿cuándo empezaron?
-Hace una semana.
-¡Pensé que llevaban más tiempo!
-Lo he sentido como una eternidad.
-Él no es su tipo.
-No te metas, Morgan.
-Disculpa, es que un novio de Katarina es como un unicornio en la sala ¿Maurizio no se molesta?
-¿Por qué? Él le dice que pase tiempo con mi hermano.
-¿No está celoso?
-Al contrario. Creo que descansa cuando ella se va con Miguel.

Carlota acabó con su vaso y se aproximó a saludar a su hermano. A Morgan le sorprendía ver que Katarina parecía muy feliz y mientras el grupo pensaba que era excesiva, él podía notar la fascinación de esa chica por los abrazos, por las miradas y por decir "novio" porque no dudaba en presentar a Miguel anteponiendo ese título cada dos frases.

-¡No quiero que te vayas! - exclamaba Katarina.
-Tengo que cubrir mi turno - contestaba Miguel.
-Me voy a Nueva York, quédate conmigo hoy.
-No puedo faltar.
-¿A qué hora te puedo ver?
-Salgo a las cuatro.
-¿Vendrás aquí?
-¿A qué hora acabas?
-A las seis.
-¿Quieres que te vea practicar?
-¡Tienes que ver el vestido que Maurizio me escogió! ¡Es precioso!
-¿De verdad?
-Arregló mi rutina también y todo te gustará.

Morgan Loussier pasó saliva a su distancia.

-Yo le dije cómo moverse - recordó.
-No importa lo que hagas, siempre dirá que fue Maurizio - replicó Cecilia Torn.
-Interesante.
-¿No te enoja?
-Nunca me enfadaré por esto.

Nadie entendía por qué Morgan estaba con la sonrisa a flor de piel y al dar las siete y media vio a Maurizio Leoncavallo arribando acompañado.

-Prepárense, habrá sangre - dijo Jussiville Partanen.
-Katarina odia a esa mujer - añadió Cecilia.
-¿De qué hablan, nerds? - intervino Morgan.
-Maurizio viene con Karin Lorenz y se lleva horrible con  Katarina - respondió Jussiville.
-¿Por qué?
-Es la novia de su hermano.

Morgan no reprimió su carcajada y se emocionó por su entrenamiento. Su compañera Shanetta le pedía calma y los demás se desconcertaban por esa actitud mientras Katarina ponía mala cara y se enteraba de que pasaría gran parte de su sesión en el salón de danza reafirmando sus figuras de cisne mientras Maurizio se dedicaría a ejercitar los saltos de Carlota y Shanetta, Morgan iría a gimnasio y los chicos de danza practicarían sus elevados al lado de la pista. A cada uno se le daba un organigrama con sus horarios del día.

-¿Cuándo probaré mi vestuario? - preguntó Katarina.
-A las tres - le aseguró Maurizio.
-¿Y luego me regresarás con Karin?
-Reforzaremos tu avance con la coreografía.
-Necesito más trabajo de pista.
-En Nueva York.
-¡Miguel quiere verme arreglada y no podrá!
-Lo hará en Skate America.
-Mauri...
-A trabajar.
-Oye ¿por qué llegaste tarde?
-Me llamó Kati Winkler porque le urgía verme.
-¿Para qué?
-No supe, quizás sea nada.

Maurizio abrió la puerta y encendió las luces de la pista y el grupo lo siguió para iniciar sin tardanza los ejercicios de calentamiento. Katarina, además de inconforme, lucía inquieta. No le gustaba la idea de que su hermano intercambiara palabras con Winkler y trató de averiguar el número de aquella mujer sustrayendo el teléfono de su hermano. Miguel por su lado, buscaba despedirse de ella y la abrazó inesperadamente por la cintura, ocasionando que ella se asustara.

-¡No vuelvas a hacer eso, Miguel!
-Perdóname, es que tengo que irme y quiero besarte.
-Lo siento, no quería enfadarme.
-Está bien, no se repetirá.
-¡No es eso! ¡Te espero a las cuatro!
-¿De verdad?
-¡Te quiero mucho, Miguel!

La muchacha juntó sus labios apasionadamente a los de su novio y le dijo adiós mientras Maurizio parecía aprobar aquello desde su distancia y daba las primeras instrucciones a sus alumnos. Tan ocupado estaba que no advirtió que su hermana hurgó en sus llamadas en cuanto Miguel atravesó la entrada y se enlazaba con Winkler para intimidarla.

-¿Kati?... Sé que estás ahí ¿Quieres acercarte a Mauri o buscas que te arranque los ojos? ¿Necesitas otro cuarto de escobas?
-"Qué bueno que quien habla es usted. Significa que no sabe que ya está hecho".
-¿Quién es?
-"Es bueno que no me reconozca, señorita Leoncavallo, pero sus planes cambian hoy. Hasta nunca".

El interlocutor terminó con la conversación y Katarina observó por todo el club, poniéndose a buscar a Kati Winkler en cada rincón, creyendo que no podía ser posible. Tal era su desesperación que no atendía las indicaciones de integrarse a las actividades.

-¡Katarina Leoncavallo! ¿Quieres la baja de Skate America? - gritó su hermano - ¡Un paso más hacia donde vas y suspendo hasta enero!
-¡No lo hagas!
-¿Qué te pasa?

La chica miró a Maurizio con vergüenza y confundida, se aproximó con la cabeza baja.

-Karin, llévala contigo. Que ensaye lo que sea necesario y no quiero verla por aquí en todo el día - ordenó Maurizio y su hermana no siguió resistiéndose.

-¡Los demás sigan trabajando! - exhortó Maurizio y por vez primera, Morgan Loussier decidió hacer caso. Al igual que todos, intentaba no sentirse como invasor en un espacio privado y supo entonces que existía una tensión latente entre los Leoncavallo que, en el caso de su entrenador, era apenas perceptible y no correspondía al apasionado talante de Katarina ni a las intenciones de ésta ¿De qué se trataba esa relación en realidad?

El disgusto de Maurizio duró más de la cuenta y al finalizar la dinámica grupal, salió a respirar mientras Carlota y Shanetta se colocaban los patines y los equipos de danza cambiaban su calzado. En la banqueta no había ni un alma y Venecia parecía muy vacía; lógico después de la gran fiesta de difuntos. Él no deseaba volver porque el ambiente era terrible y consideraba dejar la puerta abierta cuando Kati Winkler decidió pedirle unos minutos. No había nadie.

-Maurizio...
-¡Ciao! Quedamos en vernos a mediodía, no tengo a quien encargarle los entrenamientos.
-Es importante.
-No tengo tiempo, estoy atrasado y no he hecho nada.
-Debo hacer esto. Toda la noche le di vueltas pero es hora de que lo sepas.
-¿Te sientes bien?
-No.
-Ve a casa, cuando vuelva a la mía te llamo.
-¡No!
-Kati, no es bueno verte aquí ¿Te puedo visitar cuando acabe mi sesión?
-Si no hablo ahora, no podré atreverme y yo creo que eres un hombre bueno.
-¿A qué te refieres?

Kati Winkler tomó un calmante enseguida.

-Los nervios me van a matar.
-¿Tomas pastillas, Kati?
-Sin ellas no puedo funcionar.
-¿Todo bien?
-Te contaré lo que sucedió en Salt Lake cuando te embriagaste.
-Jajaja ¿la fiesta de Katy? Me contaron.
-No todo.
-No tiene importancia, tomé más tequila del que podía soportar.
-Katarina no me encerró por nada.
-Confesó la broma y se disculpó.

La señora Winkler aspiró hondo.

-¡Katarina no me encerró por nada! - alzó la voz.
-No te entiendo y honestamente, no voy a platicar de eso.
-¿Lo recuerdas?
-¿Qué?
-¡Sabes qué hiciste en Salt Lake!
-¿Hice qué?
-¿Cómo puedes dormir? ¡Es tu hermana!
-¿Qué tiene qué ver Katarina?
-¡Eres tan cínico! ¡Casi muero en ese cubo de escobas por tu culpa!
-¿Perdón? Yo no te dejé ahí ¡estaba en la fiesta que hice por la medalla de mi hermana! ¿De dónde sacaste eso?
-¡De qué los vi!
-¿De qué estás hablando?
-¡Ibas a tener sexo con ella!

Maurizio hizo gesto de rechazo y su estómago se revolvió enseguida pero resistió. No era posible concebir tal locura y en todo caso, Kati Winkler parecía corroborar los rumores de que sufría alucinaciones. Lo que él recordaba del festejo en Salt Lake era lo que habían dicho de quedarse abusando del karaoke, haciendo competencias con shots de tequila y su terrible resaca de casi dos días.

-¿Cómo puedes decir algo tan sucio, Winkler?
-Porque juro que pasó.
-Yo no haría eso, nunca con mi hermana ¡es un asco!
-Sabía que no me creerías, estabas borracho cuando entraste con ella a tu cuarto ¡Yo desearía no ser testigo!
-Largo.
-Maurizio, puedo probártelo.
-¡Fuera de mi vista!
-¿Perdiste la camisa esa noche, verdad?
-¡Cállate!
-¡Ella la tiene! ¡Se la vi puesta cuando me atacó!
-¡Cierra la maldita boca!
-¡Katarina está enamorada de ti!
-¡Vete porque siento que voy a partirte la cara, Winkler!
-Lo que me da tristeza es que tengas terror de decirle que no la amas.
-Déjame en paz.
-Ocultarle la verdad te está lastimando
-¡Aléjate de mí!
-Tal vez me equivoco y la amas igual que ella a ti.
-No.
-¿Por qué no la puedes enfrentar?

Kati Winkler se sintió liberada y Maurizio tuvo que deshacerse del nudo en sus entrañas sobre el canal. En ese instante, sus discípulos aparecieron con preocupación.

-Maurizio ¿te sientes bien? - pronunció Carlota Liukin.
-¿Por qué dejaron el entrenamiento?
-Tardaste mucho.
-Tienes razón.

Él se incorporó y se asustó de ver a su hermana delante suyo. Un poco agitado, la miró a los ojos.

-Perdóname, Katarina, pero no te acompañaré a Skate America, no me necesitas.
-Eres mi coach, debemos asistir y estar juntos - dijo ella.
-Tus saltos son excelentes pero lo demás es un desastre. Karin irá contigo porque va a ajustar más detalles de los que yo puedo notar.
-¡Quiero vencer a Sasha Cohen, no lo haré sin ti, el programa no está listo!
-Irás con una coreógrafa, saldrá bien.
-¿Por qué me vas a abandonar?
-No...
-¿Hice algo mal? No me he portado bien pero lo puedo compensar ¡haré lo que me digas!
-Viajarás con Karin.
-¿Qué vas a hacer aquí? ¡Nunca nos hemos separado en un torneo!
-Shanetta y Morgan requieren que me ocupe de ellos y Cecilia y Jussiville no andan bien. Con Matthias y Juulia estoy atrasado, entiéndeme.
-¡Me prometiste que iríamos a Nueva York!
-La lamento bastante.
-¡Mauri!
-¡No iré contigo, es todo!
-¡Quiero ganar!
-¡Lo harás! Yo festejaré porque vas a calificar al Grand Prix Final y te daré un abrazo a tu vuelta.

Los demás no daban crédito y Katarina lloraba como si viviera una tragedia.

-Katy, es necesario ¿comprendes? Tenemos que separarnos de vez en cuando. Eres profesional, aplica lo que te enseñé y tendremos una celebración; en París es posible...
-¿Si obtengo medalla me llevarás a París?
-Katarina, te veré...
-¡Siempre he querido conocer Francia! ¡Grazie, Maurizio!
-¡No he terminado...!
-¡Haré todo por ir contigo a París! ¡Ti amo, Maurizio, ti amo tantissimo!
-Eres mi hermana.... Mi hermana.

Los demás se atisbaron entre sí con la seguridad de que no podían dejar ese sitio a pesar de lo inoportunos que sentían y Karin Lorenz decidió que no seguirían en aquella situación. La mujer tomó los hombros de Katarina y le ordenó regresar a la lección de ballet sin hallar una mala cara. El resto del grupo se introdujo lentamente al club de hielo y Carlota Liukin permaneció cerca de Maurizio, dándose cuenta de que él lagrimeaba un poco.

-¿Ya se fue Kati Winkler?
-¿Estuvo aquí?
-Carlota ¿debí negarme a premiar a Katarina con unos días en París?
-No puedo saberlo.
-Es mi hermana y no puedo creer que haya gente que quiera ver otra cosa.
-¿Cómo qué?
-¿No dudas de mí?
-No.
-Katarina es mi hermana solamente, te lo juro.
-Lo sé.

Carlota Liukin abrazó a su entrenador sin querer comprender de qué le estaba hablando. Asomado, a Morgan Loussier sólo le quedó la duda sobre lo que había presenciado y suspiró pensando en Katarina Leoncavallo, ese cisne salvaje y negro que toda la vida había estado presente, aguardando por el día en que no pudiera contenerse más.