viernes, 3 de mayo de 2019

Un hombre de apellido Leoncavallo



Italia. Años treinta.

"-Lía Nathalie Liukin.
-Puede llamarme Lía.
-No veo experiencia en oficinas o tiendas.
-Sé escribir a máquina y hablo francés.
-¿Fue arqueóloga?
-También actriz y costurera.
-¿Puedo preguntarle por su edad sin caer en la descortesía?
-Acabo de cumplir treinta y seis.
-¿Es casada?
-Ni siquiera he tenido hijos.
-¿Cómo podría ayudarme como secretaria si desconoce de administración?
-Se equivoca. He venido por la vacante de gerente de producción.
-Es muy atrevido.
-Tengo un título en Ciencias."

Con aquella conversación, Lía Liukin obtuvo un puesto en una empresa llamada Breda que se dedicaba a producir y distribuir acero para la fabricación de armamento y aviones en la ciudad de Milán. No tardó en descubrir en su primer día que la habían engañado y en realidad, se encargaría de coordinar a los obreros en las cortadoras de acero, mismos que eran señalados como los más incompetentes de Italia y eran famosos por sus retrasos, paralizando las actividades de sus compañeros de la recién fundada área de ensamblaje y también de Fiat, la única empresa que continuaba adquiriendo materiales con lealtad.

-Bienvenida al infierno - le diría por bienvenida el contador que gestionaba la plantilla laboral, sin ocultar que le daba risa.

-¿Es horrible estar aquí?
-Suerte con esos salvajes.
-Iré a conocerlos.
-El casco es obligatorio en las áreas de producción.
-Lo sé.
-¿Sabía que nunca ha entrado una mujer al taller?
-No será la primera vez que se vean cosas nuevas.

Así, un soleado miércoles se convirtió en la primera visita femenina para los trabajadores de Breda, mismos que pararon las máquinas al escuchar unos tacones por las escaleras metálicas y tomaron formación para ver andar a una Lía Liukin que con su vestido beige con flores y botones dorados parecía notar algunos problemas como falta de luz o cableado en mal estado. A partir de entonces, se acostumbrarían a su imagen, sosteniendo papeles y tomando notas; sonriendo por las láminas de acero de todos tamaños y grosores, contando la asistencia y preguntando a los que tosían si se hallaban bien de salud.

Con las semanas, algunas ideas como una segunda sección de cortado para pedidos de gran volumen o dotación de caretas de seguridad se concretaron y Lía fue ordenando tan caótica división por medio de asignaciones grupales e individuales a cada trabajador. Aquella estrategia era para conocer su productividad y pronto, los números arrojaron el nombre del obrero con mejor desempeño: Maurizio Leoncavallo, encargado de la cortadora número siete.

-Leoncavallo es problemático - advertía el contador.
-¿De qué tipo? No me ha dado dificultades.
-Está organizando un sindicato para frenar los despidos.
-Los recortes no han dependido de nosotros.
-Señora Liukin ¿es usted ingenua?
-Sin rodeos.
-Es sabido que sus "gráficas de producción" son las mismas que utiliza la empresa para descartar a quienes no cubren cuotas mínimas o son ancianos.
-No se me ocurrieron con esa intención.
-Usted le ahorra a Breda mucho dinero.
-¿Quiere decir que los trabajadores están enfadados?
-Puede liquidar a Leoncavallo para evitarse problemas, señora.
-Si quiere armar un sindicato, tal vez me dé pelea.
-Tiene la ventaja, Liukin. Ese hombre no sabe leer.
-¿Cómo opera las máquinas?
-Lo desconozco.
-Iré a hablar con él.
-¿Le comunicará su despido?
-Ese Leoncavallo me va a escuchar.

Lía Liukin descendió con prisa y ante la vista de los empleados, aguardó a que Leoncavallo volteara. Él sólo mostró su rostro.

-¿Todo bien con la cortadora? - preguntó ella.
-¿Algún problema?
-Revisé sus registros.
-¿Perdí el trabajo?
-Leoncavallo...
-¿Van a cambiarme?
-No.
-¿Sus dibujos le dicen que yo no sirvo?
-Con todo respeto pero no creo que sepa qué es una gráfica, Leoncavallo.
-Tengo catorce años cortando acero.
-No se apresure.
-¿No le da vergüenza dejar en la calle a gente honrada que no pudo ir a la escuela como usted?
-No quiero decir eso.
-Si yo me voy, los demás también.
-La plantilla se renueva al día siguiente.
-¡Les dije que trajeron a esta señora para fastidiarnos!

Como Leoncavallo elegía hablar a gritos, atrajo al resto de sus colegas, ocasionando que Lía conversara en voz baja.

-Leoncavallo ¿quiere calmarse?
-Usted empezó.
-No me deja explicar.
-Tiene voz de ratón.
-No se ría de mí.
-Estoy despedido así que puedo decirle que se le está cayendo la cara y que usa faja también.
-¡No sea grosero! Y no uso faja.
-Pero se le cuelga el rostro.
-¡Eso no es cierto! ¡Retráctese, majadero!
-La grosería es que usted haga que nos corran.
-¿Quiere guardar silencio por un minuto? No vine a correrlo ni a hablar de si se me nota la edad... ¿Se nota?
-No me haga perder el tiempo, señora. Y quítese de ahí que nos levanta los tubos.
-¿Cuáles tubos?

Leoncavallo y compañía estallaron en risas y Lía demostraba que no entendía la broma.

-¡Ay! Sólo siga en sus labores.
-Dígame a qué bajó porque debo terminar con estas láminas antes de las cuatro - pronunció Leoncavallo más tranquilo y con un volumen más razonable.
-Es que quiero que me enseñe a usar la cortadora.
-¿Usted qué?
-Es por las gráficas, no sé como hace este trabajo.
-Mis lentes sirven.
-No queda duda de ello.
-Mejor vuelva a ordenar papeles, señora.
-Es que no puede tener este empleo ¡no sabe leer!

La expresión de Maurizio Leoncavallo se tornó furiosa.

-Lárguese.
-Leoncavallo, no me malinterprete.
-¿Se acercó para burlarse?
-No.
-Renuncio.
-¡Leoncavallo, espere!
-¡No voy a ser su payaso!
-Las máquinas tienen instructivos ¿cómo trabaja si es...?
-¿Una bestia?
-Es que en las gráficas...
-Guarde silencio.
-¡Quiero que el mejor empleado de la empresa me enseñe a cortar acero y de acuerdo a mis notas, es usted!
-Hasta para humillar a la gente es mala.
-¡Aprenderé sola!
-Suerte cuando pierda la mano.

Lía leyó las indicaciones básicas en la máquina y la encendió, pese a las advertencias de los empleados de que no lo hiciera. Con las fuerzas que tenía, levantó una lámina de gran grosor e intentó hacerla pasar por una cuchilla vertical, cayéndose por la fuerza y ocasionándose un sangrado en los dedos.

-¿Qué estaba haciendo? ¡Esa cuchilla no sirve para ese grosor! - regañó Leoncavallo.
-Yo quiero saber como trabaja - respondió Lía en el suelo, llorando por el dolor.
-¿Se siente bien? ¿Dónde está su uniforme, sus guantes y la protección para sus ojos? ¿Sabe que pudo averiar la cortadora o que a veces hay limadura de acero en el suelo?... Le ayudo a levantarse.

Lía acabaría la jornada en la enfermería, con un pequeño vendaje en la mano y roja como un tomate, sin decir nada. En las jornadas siguientes, no saldría de su oficina y al revisar la lista de asistencia, notaría la ausencia de Maurizio Leoncavallo, así como la cortadora siete sin utilizar. Luego de una semana, mandaría llamar a un par de obreros para pedirles que lo convencieran de regresar, recibiendo en respuesta varias negativas así como el recado de que se fuera al infierno. Por ello, decidió ir a buscarlo durante un desfile de los Camisas Pardas, en las afueras de una oficina de telégrafos y de un taller de soldaduras, en donde le reportaban que le habían visto laborar. No hubo resultados.

Un mediodía, los compañeros administrativos le insistieron a Lía en que dejara el asunto por la paz, sobretodo el contador.

-Él decidió irse y nos ahorramos su último sueldo.
-Fui muy mala.
-Leoncavallo no hace falta.
-¡Claro que sí! Es el más eficiente de este lugar.
-¿No te estás obsesionando con esto? No le dijiste mentiras.
-Sus cuotas son excelentes.
-Era un obrero conflictivo. Se fue y los demás se olvidaron de su sindicato.

Desde ese momento, Lía comenzó a bajar diariamente las escaleras en punto de las trece horas y cada que pasaba cerca de la cortadora siete, la veía con detenimiento. Poco después, le pidió a sus subordinados que le mostraran cómo utilizarla y les prohibió tocarla cuando acabaron las lecciones. Algunos le contaban a Leoncavallo si lo encontraban; otros intentaban molestarlo pero él siguió con su vida hasta que el asunto se enfrió y un nuevo obrero ocupó su puesto, aunque no el mismo lugar en el taller.

Algunos meses más tarde, durante la salida de los trabajadores de las fábricas, Maurizio Leoncavallo halló a Lía Liukin en una banqueta contraria, del brazo de uno de los ingenieros de Breda. Como bien pudo suponer, ella había hallado a un novio y por la compañía de otros directivos, el asunto iba en serio. Leoncavallo pensó que las cosas habían tomado el lugar indicado y recordó cómo detenía la cortadora cuando escuchaba los tacones de esa mujer en la escalera mientras apostaba por el color de su vestido con los amigos. Siempre perdía pero no le molestaba porque al día siguiente ella escogería el tono errado de la tarde anterior.

Después, fue Lía quien distinguió a Leoncavallo caminando, con el rostro bajo, en una calle cercana a un taller automotriz durante una lluvia vespertina, con los bolsillos vacíos. No sabía que él acababa de perder su empleo de soldador y buscaba desesperado algún lugar como albañil o herrero. Tuvo la tentación de aproximársele pero no lo hizo.

Así llegó la primavera de 1935. El ambiente de fiesta se percibía en cada rincón de Milán y las juventudes fascistas marchaban a la menor oportunidad mientras la compañía Breda firmaba convenios con la Regia Aeronautica para proveer de acero a la fuerza aérea italiana. Poco a poco, las leyes comenzaban a cambiar y una mañana llegó, junto al memorándum que establecía el sábado como jornada laboral prácticamente forzosa, una carta para Lía Liukin de parte del servicio migratorio. El dictamen era claro: Tendría que marcharse del país y su límite era el mes de noviembre. No podía siquiera evadirlo en el trabajo porque la notificación también era para los altos mandos de Breda, quienes la mandaron llamar para ratificar la decisión de rescindirle el contrato. Al menos le dejarían quedarse durante el tiempo de gracia para que buscara a dónde ir o en un caso remoto, renovar su permiso de residencia.

-El abogado de la empresa no va a defenderme - le contaba Lía al contador.
-Al gobierno no le gustan los extranjeros.
-¡Conseguí el contrato con la Regia Aeronautica!
-Pero no eres italiana ¿qué remedio?
-La gente de Fiat también negocia conmigo.
-¿Te vas a casar con el ingeniero Fioretti, verdad?
-Fioretti canceló la boda esta mañana.
-¿Por qué?
-Nunca le dije que soy migrante y es todo.
-Lía ¿qué va a hacer?
-Iré a supervisar las cortadoras y haré un par de llamadas a Fiat para revisar el retraso en las entregas.

Lía Liukin secaría sus lágrimas y luego bajaría con sus hojas en blanco a tomar notas. Los obreros la notaban tensa pero ella se detuvo como siempre en la cortadora siete.

-¿Le han dado mantenimiento a esta máquina? Tenemos un encargo de Fiat que no se ha cubierto ¿quién quiere usarla? - preguntó expectante y alguien alzó la mano:

-¿Por qué no va por Maurizio Leoncavallo? Él la maneja bien.
-¿Leoncavallo?
-No tiene trabajo.
-Creí que estaba de soldador.
-Lo corrieron por comunista.
-¿Perdón?
-La última vez que lo vimos, lo despidieron en una construcción por ser anarquista.
-¿Anarquista? Es imposible... ¿Creen que vuelva?
-Es eso o que desentierren a su padre y lo lancen a una fosa común.
-¿Su padre murió?
-Hace poco, sua mamma también.
-¿Dónde puedo encontrarlo?

Lía Liukin saldría temprano de la empresa y tomó un tranvía que atravesaba el oeste de Milán hasta el centro de la ciudad, en un barrio de obreros que siempre estaba lleno. Durante el camino, ella se volcó en recordar a Leoncavallo, dándose cuenta de que había olvidado varias cosas, excepto la impresión recibida cuando las primeras gráficas de producción mostraban su gran desempeño o la vez que vio su rostro, ese fatídico día de su renuncia. Los directivos aun le preguntaban por qué le había importado tanto ese episodio y ella ni siquiera había pensado en él durante meses, así le diera por contemplar la cortadora siete todos los días.

Ella descendió, luego de preguntar, en una calle concurrida. Había mujeres con niños y globos, quizás porque había una primaria cercana. Los pocos negocios eran bares de poca monta y de reparaciones eléctricas sencillas pero a esa hora, la vigilancia de los camisas pardas y la policía se dejaba sentir, ocasionando una inexplicable algarabía y al mismo tiempo, una repartición de panfletos del Partido Comunista que se ocultaban en las canastas y en los zapatos. Lía escondió uno debajo de su blusa luego de doblarlo rápidamente y se apresuró a preguntar por Maurizio Leoncavallo, a quien hallaría saliendo de un bar, con un uniforme azul y botas industriales negras.

-¡Leoncavallo, me alegra tanto verlo! 
-¿Qué se le ofrece?
-Me dijeron que vive por aquí y yo quiero darle un trabajo.
-Claro que no.
-¿Volvería a la fábrica? Puedo hacer que lo readmitan.
-¿Con usted como mi jefa?
-Me cambiarán en noviembre.
-Me dijeron que se casa.
-En realidad, me tendré que ir.
-¿Usted?
-No soy italiana. Me expulsaron del país.

Leoncavallo miró a Lía con cierta sorpresa.

-Acepte la oferta, regrese a la cortadora - evadió ella.
-Lo intentaré cuando usted se vaya.
-¿Es tan orgulloso?
-No la saludé ¿usted qué cree?
-Pasó un año.
-No sé leer ¿de qué le sirve un obrero así?
-Puedo ayudarlo.
-Hizo suficiente por mí, ciao.
-¡No quiero que lo vuelvan a despedir por comunista!

Leoncavallo tapó la boca de Lía y la llevó a un callejón con cierta agresividad.

-¿Quiere que nos maten? ¡Hay camisas pardas por todos lados!
-Disculpe Leoncavallo...
-¿No se cansa de molestar?
-Es que me han relatado sus dificultades.
-Espere.
-Supe que lo han llamado anarquista en otro lado.
-¡Cállese!
-¿Por qué?
-Vamos a mi cuarto ahora.
-¿Dónde?
-Nadie le creerá que viene conmigo si no se quita los guantes.
-¿Qué pasa?
-La policía... También quítese el collar.
-Listo pero no sé qué ocurre.
-Camine.

Leoncavallo sujetó la mano de Lía para abandonar el lugar y confundirse entre la gente. Él procuraba sonreír y ella, sonrojada, peleaba con sus tacones y sacudía su cabello, haciéndole pensar a más de un oficial que era una pareja que iba comenzando.

-Qué buena actriz resultó, señora.
-Trabajé en el teatro.
-¿Saben eso en Breda?
-También he sido maestra, patinadora sobre hielo, asistente de laboratorio, escribí artículos de arqueología y...
-No presuma tanto, por favor.
-Me entusiasma, no puedo evitarlo.
-¿Qué se siente saber tanto?
-En realidad, he aprendido poco. No somos tan diferentes, Leoncavallo.
-Usted fue a la escuela. Yo no puedo entender lo que está escrito en nada.
-¿Por qué no lo intenta?
-Las letras se me mueven y enciman.
-¿Qué?
-Es en serio, me ha dolido la cabeza muchas veces y siempre veo un punto al final.
-Eso es raro.
-Sin estos lentes soy prácticamente ciego.
-Existe el braille.
-¿El qué?
-Un modo de lectura que podría enseñarle. Usaría sus dedos.
-¿Aprender a leer? ¿A mi edad?
-¿Por qué no? Le aseguro que no querrá dejar los libros.
-¿Sabría cosas?
-Si es ambicioso, terminaría la universidad.

El incrédulo Leoncavallo comenzó a sentir una vergüenza enorme. Aunque su sentido común le aconsejaba alejarse de los camisas pardas, hacer entrar a Lía a un edificio descuidado, con goteras, de barandales frágiles, no era algo que hubiera querido dejarle de recuerdo. Notó enseguida la diferencia con sus vecinas, la energía y el buen aspecto, la hipócrita admiración de otros hombres y la vecindad expectante que podía ser insoportable.

-Es aquí - indicó Leoncavallo y Lía Liukin se impresionó de que realmente fuera una habitación en un tercer piso.

-Adelante, tengo una silla ¿gusta un café?
-No, gracias.
-¿Tiene algo que echar al fuego? Encenderé la estufa para que no pase frío.

A Lía se le ocurrió entregarle el folleto que le habían dado en la calle.

-Diario reparten estas cosas aquí - mencionó Leoncavallo.
-Me han dicho que ha perdido trabajos porque lo acusan de comunista.
-No sé de qué hablan.
-¿Pero es cierto?
-¿Qué?
-Lo del empleo.
-Una vez me entregaron un papel y cuando entré al taller, me echaron.
-Lo siento mucho.
-Eso pasa, señora.
-¿En que está ahora?
-En nada. Pinté la pared de un bar en la mañana, gané unas liras.

Leoncavallo echó el folleto al fuego y Lía advirtió sus cambios, como su cabello más largo o su rostro más delgado pero no se había afeitado por un par de días. Examinando más, la ausencia de una cama o de una mesa daba un aspecto triste.

-¿Se siente cómoda? ¿Necesita algo?
-En absoluto.
-¿Siempre es tan...? - Leoncavallo rió un poco.
-¿Tan qué?
-Ceremoniosa.
-¿Dónde escuchó esa palabra?
-Los vecinos a veces me leen cosas.
-¿Cómo qué?
-Los carteles de la calle o los precios en el bar. Luego viene una niña que me pregunta mi opinión sobre los cuentos que le dejan de tarea en la escuela y su madre me trae galletas.
-¿A usted le gusta esa mujer?
-¿Quién?
-La mamá de esa chiquilla.
-No. En realidad, no lo he pensado.
-¿Usted ha tenido novia o una esposa?
-Me agradan algunas muchachas pero nunca he estado con alguien.
-¿Por qué?
-Antes porque tuve que cuidar a mis padres y ahora porque tengo que sobrevivir.... ¿Usted se casó con el ingeniero Fioretti, verdad? Los vi hace tiempo juntos.

A Lía le sorprendió aquella pregunta.

-No habrá boda - contestó ella.
-¿Él la dejó?
-Le dije que me están pidiendo que me vaya del país.
-¿A dónde irá?
-Me han dicho que Provenza es hermoso en invierno. Tal vez trabaje de secretaria.
-¿Dónde es Provenza?
-Francia.
-¿Por qué no regresa a su tierra, señora?
-Queda muy lejos y no tengo a nadie.
-¿Es de España o de Grecia...?
-Tell no Tales.
-Parece un viaje muy largo.
-Está en África.
-Me han contado que allá la gente es oscura, baila alrededor del fuego y hay leones en todos lados.
-Eso no es cierto. No toda la gente es oscura, pocos tienen rituales con fuego y Tell no Tales es una isla sin leones.
-¿Me mintieron?
-África es muy grande y hay ruinas romanas en algunos lugares y animales feroces en otros.

Leoncavallo no paraba de mirar a Lía.

-¿Y ahora?
-Si estuviera en la cortadora y apostara por el color de su vestido, hoy habría ganado por primera vez - agregó él, sonriente.
-¿Qué dice?
-Era un juego que teníamos. El que adivinaba se ganaba llevarle una flor a su escritorio, señora.
-Le aviso que todavía lo hacen.
-Me habría encantado equivocarme siempre.
-¿Qué?
-Yo decía un color y al día siguiente usted lo usaba.
-¿En serio?
-Le debo una flor... Varias, es que todos los días se ve hermosa.
-Gracias.

Lía sonrió y creyó caer en cuenta. Leoncavallo acababa de decirle que ella era la mujer que le atraía.

-Lamento haberme portado mal con usted.
-Lo he olvidado.
-Insiste en no volver.
-La llamé vieja arrugada enfrente de todos.
-No es lo mismo.
-Tal vez no sé leer pero sabía que me echarían de la fábrica. Sólo no quise creer que usted les ahorraría el discurso.
-Leoncavallo, es un trabajador valioso.
-Quería un sindicato incluso antes de su llegada, señora Liukin.
-¿Cómo se le ocurrió formarlo?
-De la radio. Dicen que es para defendernos del patrón.
-Es algo noble.
-Ingenuo.
-¿Quién quiso despedirlo antes?
-Hay camisas pardas en Breda.
-¿No le agradan, verdad?
-No.

Maurizio Leoncavallo sacó dos tazas y sirvió café mientras Lía procuraba no recordarle que había declinado la invitación minutos atrás y lo observó tomar asiento en el piso.

-Disculpe si no tengo galletas con fruta.
-¿Cómo sabe que me gustan, Leoncavallo?
-La veía comerlas cuando volteaba a su oficina. También sé que canta y habla sola.
-¿Me espiaba? ¿Cómo cubría sus cuotas?
-Se ponía en la ventana ¿qué culpa tenía yo?
-Casualmente miraba desde la cortadora siete.
-¿Qué era lo primero que le aparecía cuando se asomaba?

Lía se abstuvo de responder porque Leoncavallo tenía razón. Desde las oficinas de aquella división de Breda, esa máquina era casi omnipresente.

-Me sentaré junto a usted.
-Señora, va a ensuciar su vestido.
-No importa, me siento incómoda.
-No tengo cojines ni nada.
-No es eso. Es que no me agrada que esté aquí y yo en la silla.
-Es una atención con usted.
-Leonvacallo, es mejor que yo tome lugar a su lado, así no me siento como en la empresa.
-Me gustaba verla desde la cortadora, así en lo alto.
-¿Es un halago?
-¿Puedo saber algo?
-Adelante.
-¿Es cierto que me ha extrañado?
-¿Quién le dijo?
-Algunos obreros son mis vecinos.
-Jajaja, supongo que no puedo negarlo. Su estación ha estado clausurada desde hace un año, Leoncavallo.
-Me cuentan que usted se para enfrente de la máquina cuando hace la inspección.
-Porque puedo recargarme.
-¿Tan bueno era con la cortadora?
-Nadie rinde igual.
-¿Sabe que noto ahora que estamos cerca?
-Diga.
-Que me acordaba mucho de usted.

Lía Liukin sonrió y bebió su café, decidiendo entre insistir con el trabajo o marcharse cuando él se incorporó y sacó de una caja algunas mantas, cubriéndola sin pedir permiso.

-El frío en primavera es molesto - declaró él.
-Hoy está soleado.
-¿Por qué está tiritando?
-Tiene razón pero ¿usted no se cubre?
-Estoy bien.

Pero Lía no era tonta y supo que Leoncavallo le había dado lo que tenía.

-La estufa necesita más papel pero no tengo.
-Leoncavallo, venga a taparse.
-No quiero faltarle al respeto, señora.
-No le conviene resfriarse.
-Cuando era niño, caminaba descalzo en la nieve.
-Lo mismo hice de chica.
-No se preocupe.

Ella decidió acercársele otra vez y lo cobijó, transformando ese gesto en un abrazo y luego en una mirada mutua, prolongada.

-Lía, eres tan bella.
-Leoncavallo, yo...
-Perdone, no quise decirlo.

Pero ella eligió besarlo, descubriendo que Maurizio Leoncavallo jamás había sentido algo similar y nunca había tenido una mujer en sus brazos.

-¿Qué debo hacer? - dudó él pero juntó su labios por segunda vez, fascinado porque ella lo rodeaba y ambos se recostaban en el suelo como si necesitaran más espacio.

Durante esa tarde y esa noche, Lía Liukin y Maurizio Leoncavallo eligieron entregarse mutuamente, escuchar sus latidos, contemplarse para conocer cualquier lunar o pata de gallo, tocarse para memorizar cada detalle. El fuego de la estufa se apagó cuando ella decidió que se iría el lunes por la mañana, sin mediar una explicación. Prefería recordar a Maurizio como un lindo imprevisto y permanecer en la mente de él, siendo siempre la primera. Leoncavallo despertaría sin entender por qué Lía se había marchado y los vecinos le alcanzarían a decir que había tomado el tranvía de las cinco de la mañana.

La renuncia anticipada de Lía Liukin a Breda se regó como pólvora entre los obreros ese mismo lunes y Maurizio Leoncavallo se enteraría al salir a la calle, sin estar seguro de donde ir. Le atravesó por la cabeza que ella podía estar esperando el tren.

-Se fue, olvídala - oyó decir a sus amigos y por una suerte que tal vez se presenta por tener esperanzas, le dio por ir a la fábrica, en donde se le informaría que Lía había pedido como último favor que el trabajo le fuera devuelto.

De nuevo, el tiempo se encargó de correr con cierta libertad. Pasó el resto de la primavera, se agotó el verano y en noviembre, Maurizio Leoncavallo fue mandado llamar por el ingeniero Fioretti a su oficina. Pronto reconoció en otro escritorio al contador de la compañía, ese que solía laborar con Lía Liukin.

-Leoncavallo, tengo que agradecer sus servicios - inició Fioretti.
-¿Me despiden otra vez? Me estaba portando bien.
-No es grato que entre aquí.
-Como sea.
-Recibimos una carta de Fiat. Le ofrecen un puesto.
-¿De verdad?
-Recibió una recomendación hace tiempo por parte de esta compañía.
-No entiendo.
-Al parecer, lo quieren para supervisar un equipo de ensamblaje.
-¿Cuándo tengo que presentarme?
-¿Acepta la oferta? Empiece mañana, lo recibirán en el taller del Campo Vittorio Emmanuelle y corte su cabello.
-Gracias.
-Me retiro. Termine con sus láminas.

Fioretti miró a Leoncavallo con desdén y abandonó el lugar, dejándolo con el contador. Este último se animó a hablar.

-Antes de que se vaya, Leoncavallo, permítame decirle algo.
-Hágalo.
-Lía Liukin habló bien de usted con nuestros socios en Fiat.
-¿Lía?
-Usted conoce nuestros materiales y qué hacer con ellos. Suerte.

De aquella conversación se enteraría más tarde Lía Liukin en su casa, mientras batallaba con un ataque de náuseas. Cerca de la puerta se hallaban sus maletas.

-Por Dios, mujer ¿fuiste al médico?
-Contador, me disculpo por esta escena horrible.
-Me dijeron que te vas la próxima semana.
-Aparté hotel en Provenza.
-¿Estás cansada?
-¿Cómo van las cosas en Breda?
-Regresamos a nuestros peores tiempos como proveedores.
-¿Nadie trabaja?
-Le avisaron a Leoncavallo de la oferta en la armadora de Fiat.
-¿La aceptó?
-Se presentará mañana.
-Entonces no tengo asuntos pendientes.
-Lía ¿no piensas avisarle?
-No. Leoncavallo debe trabajar y estará bien.
-¿Qué pasará cuando su hijo pregunte por un padre?
-Sólo me tendrá a mí.
-Puedo respetar eso pero no creas que Leoncavallo no hace preguntas.
-¿Él?
-¿Crees que en Breda nadie adivinaba que entre ese obrero y tú, había algo?
-No le hablé en la fábrica más que una vez.
-Por favor, Lía. Las flores en la mesa, las galletas o el día que te regalaron una tarjeta musical ¿quién era capaz de tantos detalles?
-No fue él. Los trabajadores hacían apuestas tontas.
-Leoncavallo era el de la idea.
-¿En serio?
-Algunos creen que lo despediste para evitarte peleas con el ingeniero Fioretti y la prueba es que lo reinstalamos cuando abandonaste la compañía. Además, lo fuiste a buscar.
-¿Por qué nunca me dijo, contador?
-Pensé que te habías dado cuenta porque pasabas el tiempo mirando a la cortadora.
-No conocí a Leoncavallo hasta el día que lo eché sin querer.
-¿Él es más que el padre de tu hijo, verdad Lía?

Ella nunca supo si había contestado afirmativa o negativamente.

Conforme se acercaba el día de la partida de Lía Liukin, la ciudad de Milán se volvía asfixiante. En la radio o en la calle, la propaganda fascista se expandía y la multitud imitaba el saludo de las tropas cuando las miraban pasar o los discursos de Mussolini se transmitían por radio. En Fiat no era la excepción y Maurizio Leoncavallo era cuidadoso de no sumarse a la corriente, normalmente ocultándose detrás de algún vehículo hasta que las manos volvían a su lugar. La compañía había comenzado a vender autos al régimen y como en otros lugares, era difícil no involucrarse con los camisas pardas o ver a los colegas adherirse al Partido Fascista. En ese viernes en particular, la armadora recibía no sólo la visita de un coronel y pilotos de la Regia Aeronautica, también la de dos directivos de Breda que presumían con cierto orgullo el acero utilizado para un modelo que aun estaba en pruebas para sustituir el nuevo Fiat 6.

-Por cierto, Breda nos cedió a un trabajador talentoso. Leoncavallo ¿viene con nosotros? Él corrige el mal trabajo de nuestro proveedor - mencionó un ejecutivo de Fiat en broma. Maurizio se aproximó y extendió su mano en cortesía a los invitados a pesar de su resistencia. Pronto reconoció al contador de Breda y al saludar al ingeniero Fioretti, se pudo notar que eran adversarios.

-Cuentan que nunca se han llevado bien - susurró un directivo de Fiat.
-Cherchez la femme! - rió el coronel antes de que aquellos dos se tomaran distancia y el recorrido continuara. Leoncavallo explicaba como podía qué tipo de metal se utilizaba, la verificación de los cortes o el tiempo para realizar alguna soldadura. No le agradaba usar la palabra pero quería evitar tantas preguntas como fuera posible y enseñaba diseños de puertas o descapotables para terminar la exposición rápidamente. El grupo se iba concentrando en los bocetos cuando Leoncavallo sintió que lo apartaban un poco.

-Leoncavallo ¿tiene un minuto?
-¡Contador! ¿que se le ofrece?
-Es Lía.
-¿Lía?
-Me he tomado esta licencia porque ella será deportada.
-¿Le ha pasado algo?
-Leoncavallo, hable con ella. Está embarazada.

El propio Leoncavallo se sorprendió enseguida.

¿Su hijo también es mío? - preguntó nervioso.
-Le anoté la dirección en este papel - prosiguió el contador.
-No puedo leer.
-Entonces, lo llevo.
-¡Rápido!
-¿Va a dejar el trabajo?
-Tengo que verla.
-¡Leoncavallo, no se apresure!
-Si ese niño es mío, que ella me lo diga.
-¿Está seguro de esto?
-Lía no se puede ir.

Maurizio Leoncavallo siguió al contador sin excusarse con nadie, desairando al coronel y al ingeniero Fioretti que pretendían pedir más detalles sobre los acabados y el ensamblaje.

Así fue como Maurizio Leoncavallo se dejó conducir hasta una calle limpia y bonita, donde había una casa de gran portón verde y rejas, con abundantes macetas. Lía Liukin entraba en ella después de realizar unas compras y su gran vientre hacía que su vestido luciera un poco más corto de lo que era en realidad. Él no sabía cómo acercarse.

-Depende de usted - dijo el contador.
-¿Se va?
-Leoncavallo ¿recuerda que le comenté que esa mujer era inalcanzable cuando llegó a la acerera?
-Contador, yo no creía que estaría aquí.
-¿Sigue dudando?
-No es eso.
-Le dije que los obreros que miran alto no tienen futuro.
-Lía lleva a mi hijo.
-Si no va por ella, entonces no la merece, Leoncavallo.
-No sé cómo iniciar.
-De la misma forma en que empezó a dejarle regalos en su escritorio. Además, su niño le espera.

El contador subió a su auto y fingió marcharse, dejando a Maurizio Leoncavallo tratando de calmarse luego de que en un arrebato, presionara el timbre y descubriera que Lía descansaba sobre una piedra mientras lo miraba, entre atónita y cansada a través de la reja.

-Está abierto - afirmó ella y Leoncavallo se atrevió a pasar, tropezando un poco y cerrando con cuidado.

-¿No te lastimaste?
-Lía, me avisaron de tu embarazo en Fiat. Debí venir antes.
-Leoncavallo, no tenías que hacerlo.
-¿Por qué no me contaste?
-No te quiero atar.
-¿De qué hablas?
-No te puedo obligar a reconocer una paternidad.
-¿No es mi bebé?
-No me malinterpretes, Leoncavallo. Tú y yo estuvimos juntos una vez.
-¿Por qué te fuiste?
-Es que ni siquiera hemos tenido un comienzo o una cita.
-¿Por qué no ahora?
-Sigue sin mí.
-Lía, no te vayas con mi hijo.
-Estarás bien y conocerás a alguien que se quede.
-¿Por qué tú no?
-¡Tengo casi cuarenta, Leoncavallo!
-Aun falta.
-¿Por qué querrías intentarlo si estoy vieja?
-Quiero educar a mi hijo.
-Pero tú...
-No tengo qué darle, lo sé. Tampoco puedo soñar con una casa como ésta.
-Leoncavallo, eres joven, vete.
-¡Quiero hacerme cargo!

Lía Liukin no sabía cómo continuar y él se colocó a su lado.

-Te llevarán lejos de aquí.
-Leoncavallo...
-Maurizio, por favor.
-De acuerdo.
-¿No quieres que te visite de vez en cuando?
-Eso sería bonito.
-Lía ¿podrías escribirme?
-Te enviaré fotos ¿Sigues viviendo en...?
-No. Bueno sí pero busco otro lugar, he estado ahorrando.
-Pensaba rentar esto pero puedes quedarte.
-Es muy grande, mujer, ¿qué haría con tanto espacio? No lo puedo mantener.
-Exageré cuando la compré.
-¿Por qué lo hiciste?
-Creí que me casaría y el jardín estaría lleno de niños y quizás un perro grande.
-El ingeniero Fioretti es un tonto.
-Es fascista, déjalo.
-¿Aun quieres tener un montón de niños?
-¿Es una táctica para que me quede?
-Lía dime... Perdón.
-Maurizio ¿qué se te metió en la cabeza?
-Nada.
-¿Estás insinuando algo?
-No te cruces de brazos.
-¿Estás diciéndome que te ofreces para darme hijos?
-¿Por qué no?
-Chistosito.
-Pero hablo en serio.
-Maurizio, me van a deportar.
-Vámonos a donde quieras entonces.
-Estás loco.
-Serán seis niños.
-¡Oye!
-Ya tenemos uno.
-¿Quién te dijo que pienso en más?
-¿No te gustaría que el chico tuviera hermanos?
-¿Seis chiquillos entre tú y yo? ¿Tienes idea de lo que pides?
-¿Quieres el patio lleno?
-Es una fantasía.
-El mayor se llamará Gianluca.
-¡No, no, no, señor Leoncavallo! No puedo permitirle eso ¿Qué le hace pensar que el primero es varón?
-Que todos en la familia hemos sido hombres.
-Es una niña.
-Eso se sabe cuando nace.
-He soñado con sus vestidos y sus coletas.
-Será la primera de la familia.
-Le pondremos Amelia.
-No.
-Maurizio...
-Carolina Leoncavallo.
-¿Alguna razón?
-Me gusta como se oye.
-Carolina... Tienes razón, Maurizio.
-Ella será tan bella como tú, Lía.
-¿Estás emocionado?
-Voy a ser papá.

Maurizio Leoncavallo apretó la mano de Lía Liukin y ella sonrió como si algo se arreglara.

-En dos días vendrá alguien de migración para asegurarse de que tome camino a Francia.
-Iremos.
-Maurizio ¿crees que en esta casa sería posible estar con nuestros retoños?
-¿Aquí?
-Me ofrecieron un buen trabajo.
-¿Dónde?
-En Fiat. Quieren que me encargue de sus adquisiciones de materiales.
-¿Serías mi jefa otra vez?
-No pero iría al taller de ensamblaje de pruebas con frecuencia.
-Yo trabajo ahí ¿Cómo sabes?
-Tal vez mandé una carta...
-¿Tú me recomendaste?
-Lo mereces.
-Me pondrás a adivinar el color de tu vestido otra vez.
-Cásate conmigo.
-Lía, yo tenía que pedírtelo.
-Mandaré por tus papeles.
-¿Estás segura?
-Nos faltan cinco hijos para jugar en el patio.

Lía Liukin y Maurizio Leoncavallo se quedaron conversando, sentados en la piedra de la entrada, sin evitar risas y la certeza de que tenían mucho en común. Continuaba siendo un día soleado y la pareja ignoró el ruido de los autos, el canto de los pájaros y el nuevo discurso de Mussolini con tal soñar un poco, de respirar, de disfrutar un poco de libertad.

sábado, 20 de abril de 2019

Un día libre


13 de noviembre, 2002. Día previo al comienzo del Trofeo Bompard. París, Francia.

-Las instrucciones para que Carlota Liukin pueda visitar Versalles son claras. Si hay dificultades, tienen mi número. Estoy confiando en ustedes - decía Maurizio Maragaglio a un grupo de oficiales encubiertos que le habían enviado para coordinar la visita de la chica Liukin a un palacio. Durante la mañana, él había trabajado junto al Comisionado de Policía de París e incluso, tenido una charla con el Director de Inteligencia Francesa sobre Sergei Trankov y algunos reportes un tanto ambiguos sobre sus actividades de las últimas setenta y dos horas.

-¿Qué hacen aquí? Esperen a Carlota afuera, yo me encargo de las prácticas - dijo el propio Maragaglio amigablemente y aquello atrajo a Katarina Leoncavallo, que se rehidrataba durante la práctica.

-¿Por qué estás tan contento? - preguntó ingenua.
-No puedo vivir molesto.
-Maurizio dijo que no llegaste a dormir.
-Estuve en Les Halles.

Como Maragaglio sonrió, Katarina decidió no añadir más y se alejó para continuar corrigiendo detalles en sus rutinas mientras su hermano y la joven Liukin charlaban en otro extremo de la pista luego de que ella sintiera un dolor punzante en su pie izquierdo. Ambos procuraban que nadie escuchara.

-Los lentes que trae tu primo son nuevos - comentaba Carlota.
-Le notaba algo raro.
-Pero está tan feliz...
-¿Hay algo que quieras contarme?
-No.
-¿Él debe decirme?
-Algo así.
-Verlo contento se ha vuelto extraño.
-Se parece mucho a ti, Maurizio.
-Ahora sé como estaré de viejo. Gracias, Carlota.
-Perdón.
-¿Cómo vas con la inflamación?
-Ya no siento el pie.
-Perfecto.

Carlota se retiró una bolsa de hielo y enseguida se aplicó un ungüento mientras Maurizio le revisaba sus botines sin hallar novedades.

-Estaba haciendo el lutz cuando sentí como si me golpeara el pie con algo - prosiguió Carlota.
-Que el médico revise eso ¿te había pasado antes?
-No.
-Caíste horrible ¿no te duelen las costillas?
-Sólo el arco del pie.

Ambos iban a platicar sobre otra cosa cuando un gran ramo de rosas rojas y un regalo enorme llegaron a ella. El escuadrón anti bombas había revisado la caja y la prensa se preparaba para tomar las imágenes.

-¿Qué es? - curioseó Maurizio.
-¡Es un baúl Chanel!
-¿Qué? No juegues.
-No sólo son cosas para mí ¡hay obsequios para todo el team Leoncavallo!
-¿Todos?
-Bueno, el baúl es mío.

Maurizio Leoncavallo haría que su grupo se acercara y enseguida inició una repartición que provocaba la envidia de otras patinadoras. Shanetta James recibía un vestido negro, Morgan Loussier una chaqueta gris larga al igual que Maurizio Leoncavallo y Katarina Leoncavallo quedaba impresionada por un par de zapatos y un bolso negro. Para el resto del equipo, es decir, los que se habían quedado en Venecia, había obsequios similares y pronto, Carlota descubrió uno para Maragaglio.

-Cuando volvamos a Venecia podremos presumir - declaró Maurizio.
-Yo veré los míos con Amy en casa.
-Lo imaginé, Carlota.
-Le daré a Maragaglio el suyo.
-¿Quieres aprovechar que sonríe?
-Voy a preguntarle por qué no me va a acompañar a Versailles.
-Suerte. Ojalá no se enoje.
-¡Maurizio!
-Mi primo se enfada fácil.

Carlota Liukin iba a carcajear cuando el propio Maragaglio se aproximó para curiosear. Lucía tan descansado, satisfecho y relajado que los contagió de tal ánimo e incluso terminaron compartiendo sueros mientras Katarina practicaba con insistencia sus spins.

-Te dejaron esta caja, Maragaglio - entregó Carlota casi aplaudiendo.
-Grazie, supongo que la veré en casa.
-¡Ay, no! Ábrela.
-¿Por qué? Podría maltratar lo que trae.
-Maurizio se puso la chaqueta que le mandaron.
-No has abierto tu baúl, tramposa.
-Está muy grande pero ya vi lo que tiene.

Maragaglio se encogió de hombros y sucumbió a la tentación.

-Creo que es un traje.
-¿Deveras?
-Sí, Carlota. Dudo que me sea de mi talla.
-"Para que lo use en Bompard".
-¡Hey! Dame la tarjeta.
-Perdón.
-¿Cuándo te volviste la niña consentida de Chanel?

La joven Liukin se encogió de hombros y poco después, recibió un par de peticiones de autógrafos que le permitieron a Maragaglio conversar con su primo por su lado.

-¿Irás a Versailles?
-Le prometí a Katarina que conoceríamos Notre Dame y las riberas del río - contestó Maurizio.
-Justo pensaba hacer lo mismo.
-¿Vas a venir?
-Hace mucho que no doy un paseo con la familia.
-Maragaglio, no creo que Katarina quiera.
-¿Por qué no?
-Porque me invitó.
-Le dije esta mañana que no pensaba acompañar a Carlota a Versailles.
-¿Te ha mencionado otra cosa?
-No.
-Bueno, veremos qué decide. El entrenamiento está por terminar.

Maragaglio captó que su primo intentaba apartarlo pero Katarina no tardó en aproximarse de nuevo. Estaba muy cansada y se quejaba de que otras patinadoras habían querido echarla. Era la práctica oficial del Trofeo Bompard.

-No les hagas caso, Katy.
-Lo siento, primo. Creo que nadie entendió que me habían dado permiso.
-Sabes que te envidian desde hace mucho.
-Nunca me han querido.
-No digas eso.
-Al menos acabé de ajustar unos detalles ¿Cómo sigue Carlota?
-No sé, supongo que bien si puede estar de pie.
-Patina tan lindo...
-Tú lo haces mejor.
-Maragaglio, no quieras engañarme.

Katarina salió de la pista y pronto, bebió su suero de golpe. Estaba de buen humor y sonreía a las cámaras sin problema.

-¿Tienes algo planeado para esta tarde, Katy? - prosiguió Maragaglio.
-¡Oh sí! Iré con Mauri a caminar.
-Suena bien.
-Quería visitar Versailles pero Carlota va a estar con un montón de gente y no me dejarán ver nada.
-Eso es cierto. Podríamos dar una vuelta el sábado, tengo pase del Gobierno Mundial.
-No quería perderme la gala del torneo... Pero prefiero ir contigo a Versailles.
-¿De verdad?

Katarina abrazó a su primo en agradecimiento.

-Maragaglio, ¿vendrías con nosotros a andar por ahí?
-¿Contigo y con Maurizio?
-No me quiero perder.
-Katy ¡me encantaría!
-Espérame entonces.

Era prácticamente imposible borrar del rostro de Maragaglio una enorme sonrisa y a Carlota Liukin le llamaba la atención pero no hizo preguntas y al igual que Katarina, fue al vestidor. En cualquier momento sonaría un timbre que le indicaría a las demás que el tiempo de la práctica oficial se había agotado.

Mientras la prensa pretendía abordar a la joven Liukin en cuánto fuera posible, era Maurizio Leoncavallo quien concedía las entrevistas que le pedían. Él apenas concebía aquello y aunque trataba de centrarse, le era inevitable hablar de cómo trabajaba Carlota en Venecia y cómo solía portarse cuando no entendía alguna indicación. Así, Francia se enteró de que la chica Liukin había jugado a ponerse galletas sobre los ojos e imitaba las risas de Homero Simpson cada tarde.

-También me gusta ese personaje- comentó Maragaglio para sí mismo antes de reírse por querer ver la reacción de Carlota cuando le comentaran sobre eso. Para confirmar que habría un sonrojo, ella abandonaría las regaderas con un vestido de semejante estampado replicado como un collage junto a su chamarra y botines negros.

-Bonjour ¿qué pasa? - preguntó ella al llegar con Maurizio.
-¿Podrías sonreírnos como si estuvieras en Los Simpson, Carlota? - replicó un reportero.
-¿Hacer qué? Maurizio ¿qué les dijiste? - la prensa carcajeaba ante el rostro apenado de la joven Liukin y acabaron preguntándole sobre frivolidades, como su marca de maquillaje, revistas y los regalos de sus admiradores. Ella parecía feliz.

-¿Qué se sentirá ser así de popular? - curioseaba Katarina mientras sorprendía al personal con un short negro y un vestido azul marino de botones al frente, con delgados tirantes de coqueto escote en v. El estilo neoyorquino le sentaba muy bien.

-¡Qué linda te ves! - halagó Maragaglio.
-¿Te gusta mi boina?
-Katy, estás cambiando tan rápido...
-¿Crees que le guste a Mauri?
-¿A quién?
-A mi hermano.
-El casi siempre te dice que sí.
-¿Crees que piense que soy bonita?
-¿Por qué no? ¿Por qué querrías saberlo?
-Es que a él le encantó mi ropa ayer ¿y si este vestido no?
-Despreocúpate.
-¿Estás seguro?

Katarina no pudo ocultar que aguardaba por su hermano y se le aproximó a pesar de la prensa, estrechándolo por la cintura.

-Me haces cosquillas, Katy - aceptó Maurizio Leoncavallo y aquello despertó en Maragaglio cierta inquietud. Por alguna razón, siempre le había disgustado que los hermanos estuvieran juntos y al contemplarlos tan sonrientes, envidió ese abrazo que se daban frente a las cámaras cuando les preguntaban qué se sentía tener un equipo más grande y en especial a ella sobre tener una rutina inspirada en París que, irónicamente, no se patinaría en la ciudad en ninguna competencia de la temporada.

En el Palais Bércy aun quedaba la práctica oficial de varones y Carlota se percató de que el grupo de prensa sería un estorbo, así que decidió terminar con las declaraciones pronto. A unos metros se hallaba Guillaume Cizeron contemplándola en medio de risas y lo saludó agitando su mano. Maragaglio aprovecharía ese momento para acercarse y apartar a los reporteros porque no quería perder el tiempo y juzgó bien al observar a Romain Haguenauer aproximarse para darle un anuncio a Maurizio Leoncavallo. Atras de él, se hallaban Shanetta James y Morgan Loussier.

-¿Lista para Versailles? - preguntó Maragaglio a Carlota cuando logró llevarla a otro extremo y ella asentó muy feliz para proceder poco después a saludar a sus compañeros con un fuerte abrazo. Katarina se acercó también y entonces, algo se hizo evidente: Maurizio Leoncavallo tendría que dejar el paseo con su hermana para después. La federación francesa quería hacer del recorrido de Carlota una publicidad extra y el equipo entero, con su cuerpo de entrenadores, estaban convocados. Aun había entradas por vender y era sabido que Carlota estaría presente como público en algunas pruebas

"Katy, lo siento. Me piden ir a Versailles de último minuto" escucharon todos alrededor de Katarina Leoncavallo cuando su hermano dejó a Haguenauer para ir de prisa a ducharse. La joven no supo qué responder y lo apretó contra sí un momento.

-Perdóname - remató él y ella lo miró alejarse mientras se sonrojaba.

-Parece que Versailles era nuestro destino - suspiró resignado Maragaglio y Katarina sonrió con la esperanza de ver hermosos salones junto a su hermano y mirar flores en los jardines aunque los rodeara una multitud de cámaras. Shanetta y Carlota se dieron cuenta de esas expectativas y deseaban que se concretaran, sin saber por qué.

-Carlota, Shanetta, Morgan, al auto - ordenó Haguenauer.
-¿Y Maurizio? - preguntaron.
-Irá en un momento. Guillaume nos alcanzará cuando acabe su entrenamiento.

El grupo se fue en cuanto Carlota se despidió de Maragaglio con un abrazo y Katarina permaneció de brazos cruzados un largo rato, expectante. Como acabara recargada en el hombro de su primo mientras miraba el pasillo, varios fotógrafos le tomaron placas como si de una modelo se tratara.

-No te preocupes, Katy.
-Maurizio prometió que conoceríamos la ciudad juntos.
-Aun hay tiempo para eso.
-Va a estar muy ocupado.
-Tienen el domingo por la mañana.
-Te vas a llevar a Carlota a otro lado ¿verdad?
-De compras.
-Muchas gracias.

Katarina Leoncavallo se miraba los zapatos con pesimismo y pronto, su hermano apareció al lado de Haguenauer, con su chaqueta nueva y revisando su teléfono.

-Katy, perdona ¿te puedo compensar llevándote a donde quieras el domingo? Y te prometo que iremos a cenar a donde gustes el sábado - dijo Maurizio Leoncavallo al pasar junto a ella.
-¿Estarás con Carlota?
-Es un asunto de trabajo, te veo en casa.
-¿Si vamos juntos...?
-Katy, me disculpo... Maragaglio ¿irías de paseo con ella? Te lo agradeceré bastante.

Maragaglio no tuvo tiempo de contestar porque su primo se marchó con prisa. Aun había mucha gente viendo el inicio del entrenamiento varonil y existían dos opciones: permanecer o abandonar Bércy antes de que alguien se diera cuenta de que Katarina había sido plantada. Las patinadoras rivales gozaban burlarse de ella.

-Katy...
-Ni siquiera intentó invitarme a Versailles.
-Va por trabajo.
-Quería estar con Mauri.
-Prometió ir a donde desees en unos días.

Katarina volvió a bajar la cabeza y se dirigió a la salida, siendo ignorada por casi cualquiera mientras Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo complacían a los medios con la invitación a Versailles y arribaba Marat Safin a la escena. En aquel instante, la joven Leoncavallo sintió como si algo fuera a detonar en su estómago.

-¿Estás bien, Katy? No lo tomes personal - le decía Maragaglio pero ella sintió una furia enorme, mezclada con algo que no era capaz de describir. Veía a Carlota y anhelaba hacerla enojar, al mismo tiempo que ajustaba sus brazos en Marat y atraía a Maurizio para rodearlo también. Odiaba la idea de desear algo así y se preguntó por qué llegaba a su mente si era absurdo, si no podía hacerlo, si se había dado cuenta de que a Marat no le gustaba tenerla cerca.

-¡Vámonos! - pareció ordenar Katarina y Maragaglio la tomó del brazo, sin saber qué decirle mientras ambos apreciaban como el equipo francés de patinaje sobre hielo abordaba sus vehículos para ir a Versailles.

-¿Por qué Maurizio no me llevó con él? - se torturaba Katarina.
-Tiene trabajo, no fue su decisión.
-Conocer París era mi premio por ganar una medalla en Skate America.
-Estará contigo el fin de semana, te lo prometió.
-Maragaglio ¿crees que lo haga?

Katarina apretó a su primo y él no supo como reaccionar por un instante. No era la primera vez que estaba obligado a responder que Maurizio cumpliría su palabra y estaba más que acostumbrado a consolarla.

-Necesito cambiarme - dijo ella.
-¿Por qué?
-Quiero ir a casa.
-¿Y nuestro tour?
-Hoy no. Perdona, Maragaglio.

Él comprendió y la hizo abordar un auto azul marino para luego notar que lloraba y se despojaba de su ropa para enfundarse en otra blusa súeter con gran nudo en la espalda.

-Tranquila, Katy.
-¡Quiero estar sola!
-No nos iremos hasta que te calmes.
-¡Mauri siempre me hace lo mismo!
-No es con mala intención, lo sabes.
-¡Me duele mucho que se vaya!

Maragaglio conocía a Katarina tan bien que prefirió conducir hasta una pâtisserie en el Quai de Bèrcy a conseguirle algún panecillo o pastel cubierto con crema de fresas. Ella solía aferrarse a los bocadillos cada que su hermano la ponía triste y aun se recordaba en casa cómo había comido canapés hasta enfermar el día que Maurizio Leoncavallo se había marchado a Moscú.

-¿Quieres chocolate también? - preguntó él antes de descender, sin recibir palabra pero si una mirada que parecía perdida.

-No sé que hacer por ti, Katy - mencionó Maragaglio para finalmente salir y ser tan breve en su compra como fuera posible. Ella continuó en su asiento hasta ver a su primo volver con un vaso y una bolsa de papel.

-Te conseguí un pan relleno - anunció él y apenas tomó asiento, ella lo envolvió en sus brazos.

-Katy...
-Ojalá mi hermano fuera más como tú.
-No digas eso.
-Es que siempre estás conmigo.
-Maurizio tiene nuevas responsabilidades, perdónalo.
-Jamás te habrías ido a Moscú.
-Me mudé a Venecia antes que tú.
-Nunca dejaste de llamar ni de enviar paquetes.
-Te extrañaba mucho, Katy.
-Mi hermanito se olvida de mí.

Katarina apretó más a Maragaglio y luego de un rato, le besó la mejilla. Él reaccionó entregándole su panecillo.

-Te habría amado mucho - comentó ella como si sintiera lástima.
-Claro y me odiarías por jalarte el cabello.
-¡Eso no pasó!
-Cuando Maurizio lo hacía, tú lo abrazabas.
-Obvio, yo lo amo.
-El sábado es su cumpleaños.
-No sé qué regalarle.
-¿Le hornearás un pastel, Katy?
-¿El de chocolate que te gusta?
-Él come más que todos.
-Pero siempre te apartas una rebanada grande, Maragaglio.

Katarina fijó su mirada en el parabrisas y mordió su bizcocho, provocando que el relleno saliera por un lado y lo recogiera con uno de sus dedos para no manchar.

-¿No me equivoqué con el pan?
-Está rico ¿lo pruebas?
-Gracias, Katy, hoy paso.
-¿Sigues a dieta?
-¿Cómo sabes?
-Tú me dijiste.
-No me acordaba. De todas formas la rompí el lunes.
-Gracias por quedarte conmigo.
-¿Quieres que vayamos al Edificio Méliès?
-Mejor no.
-¿Segura?
-¿Podemos caminar por las riberas del río?
-¿Todavía estás triste?
-Estaré con Maurizio el domingo. Puedo esperarlo.

La joven arrugó la comisura de sus ojos y Maragaglio la imitó, creyendo que le estaba cambiando el ánimo otra vez y se resignaría hasta volver a estar contenta.

-Te pareces mucho a mi Maurizio - añadió ella.
-¿Tú crees?
-Bueno, él tiene el cabello más largo.
-No le han salido canas y estoy seguro de que no será calvo pronto.
-Se te está marcando una arruga en la frente.
-En lo que te fijas, Katarina.
-Dame tus lentes.
-¡Oye! Me los quitaste.
-Eres igual a mi hermano.
-Si no fuera por mi mala vista, nos confundirían en la calle.
-Maragaglio, eres todo un Leoncavallo.
-¿A qué te refieres?
-Eres alto, fuerte y guapo. Cuando mi hermano tenga cuarenta, se verá tan lindo como tú.

Maragaglio se colocó nuevamente sus anteojos, un poco nervioso por oír a aquella chica sin saber si lo halagaba o lo comparaba.

-¿Quieres chocolate?
-Gracias, Katy.
-¿Es un no?
-De todas formas, lo traje para ti.

Maragaglio respiró hondo y decidió manejar hasta el Pont des Arts, lugar que le parecía adecuado para iniciar una alegre caminata. El día lucía nublado y el tránsito regular. Había un estacionamiento en alguna calle aledaña y turistas interminables pero las orillas del Sena estaban vacías y Katarina observaba impresionada como su primo resolvía las dificultades para hallar lugar con la simple identificación del Gobierno Mundial, como si fuera una persona importante.

-¿Es cierto que te hospedaste en la Torre Eiffel? - inquirió ella cuando descendieron del vehículo.
-¿Cómo supiste?
-Mi hermano.
-Katy, si quieres te llevo.
-¿Puedes hacerlo, Maragaglio?
-Lo que pidas.
-¿No tendrás problemas?
-Tengo bastantes favores que cobrar.
-¿Cómo se ve París?
-¿Quieres ir esta noche?

Katarina asentó y enseguida sujetó a Maragaglio por la cintura. Él sentía una gran comodidad y colocó su mano derecha alrededor de los hombros de ella.

-Bueno ¿Qué haremos?
-Dar un paseo, Katy.
-¿Veremos patos?
-No lo sé.
-Carlota dice que colgó un candado con Marat en un puente.
-¿Quieres hacer lo mismo?
-¿Qué le pondría? ¿"Katarina y Maragaglio" porque vengo contigo?
-Maurizio, dime Maurizio.

Katarina se quedó callada y luego creyó que había recibido una orden.

-Lo he pensado y "Maragaglio" no me agrada más.
-¿Qué tiene de malo?
-Katarina, me importa que me llames por mi nombre.
-¿Pasa algo?
-Sé que va a costar trabajo pero "Maragaglio" es un apodo que a veces me duele un poco.
-¿Porque te lo puso el abuelo?
-No quiero que mis hijos aprendan esa historia.
-¿Le has dicho a tu esposa?
-Hoy he tomado esa decisión.
-¿Qué harás con el resto de la familia?
-Se acostumbrarán.
-Te confundirán con mi hermano.
-No.
-¿Tú crees?
-Estoy determinado.

Katarina miró a su primo a los ojos, comprendiendo que algo se le tenía que ocurrir para que su hermano supiera cuando lo llamaba a él y no tuviera una confusión en Venecia.

-Entonces te diré Maurizio.
-Gracias, Katy.
-Compraré un candado muy lindo y le pondré nuestros nombres.
-Yo pago, elige el que quieras.
-Es que también quiero colgar uno para mi hermanito.
-Vamos.

Ambos atravesaban el Pont des Arts cuando vieron el gran candado de corazón azul con dorado con la leyenda "Marat et Charlotte" resaltando entre una infinidad de listones y promesas que en muchos casos se habían roto u oxidado y pronto serían removidas.

-Katarina ¿a ti te gusta Marat? - preguntó Maurizio.
-¿Por qué lo dices?
-¿Qué hay de Miguel?
-Son dos preguntas.
-Necesito respuestas.
-Miguel es mi novio.
-¿Por qué lo escogiste, Katy?
-Él es lindo.
-No sabes quién es.
-Sigues con eso.
-Insistiré.
-Quisiste arrestarlo y te salió mal.
-Te cuido.

La chica se quedó en silencio un instante.

-Ahora puedes confiarme lo que te pasa con Marat.
-Nada.
-Lo miras como si fuera comida o algo así.
-¡Maragaglio!... Perdón, Maurizio.
-Confiesa.
-¿Qué voy a admitir? ¿Que Marat me gusta?
-Lo sabía.
-Es que no sé, es muy raro.
-No quiero que te le acerques, Katy.
-No le caigo bien, quédate tranquilo.
-Tuve miedo de que hicieras una tontería.
-¿Cómo cuál?
-Prefiero que no la imagines.

Maurizio Maragaglio se cruzó de brazos y ella pensó que se hallaba enfadado.

-No tengo idea de qué me pasa, sólo siento algo.
-¿Algo como qué?
-Marag... ¡Maurizio! ¿por qué te metes?
-¿Perdón?
-¡Me tienes harta! ¡Déjame en paz!
-¡No vas a hablarme así!
-¡Que te importe un demonio lo que hago con Marat o con Miguel o en Nueva York con unos tragos encima!
-¿De qué estás...?
-¡De cosas que no son tu asunto!

Katarina se había puesto muy nerviosa y prefería dar por hecho que su primo la había mandado a investigar como siempre. Era menos vergonzoso enojarlo a conversar sobre esas sensaciones excitantes que en gran medida la mantenían de mal talante o manifestando deseos de más.

-¿Bebiste en Nueva York? ¿Hay algo más que te puede meter en problemas?
-Maragaglio ¿nunca entiendes un "no te importa"?
-Soy Maurizio.
-¡Ese es el nombre de mi hermano!

Katarina se adelantó mientras un pequeño alivio le confortaba. El kiosko próximo estaba a reventar por tanta gente pero el tema del candado se había vuelto irrelevante y por ende, el interrogatorio también. A Maragaglio le fastidiaba que lo sacaran de la jugada y ahora le entraban tantas dudas que no podía distinguir cuántas eran estúpidas.

-¿Quieres dejar de correr, Katy?
-Cállate.
-¿Qué?
-Maragaglio ¡eres odioso!
-¡Y tú una.. una!
-No te esfuerces.
-¡Eres una araña!
-Repítelo.
-Una araña.
-¿No te cansas de ser tan imbécil?

Katarina continuó atravesando el Pont des Arts mientras respiraba por la boca y su primo la sujetaba por la mano, forcejeando.

-¡Suéltame de una vez!
-¡Estás castigada, jovencita!
-Ay, no te pases.
-¡Katarina!
-Piérdete ¿quieres?
-¿Qué te ocurre?
-¡Deja de actuar como un idiota!
-¡Tú deja de portarte como si fueras una tonta!
-¡Quizás lo soy!
-Mejor guarda silencio que estás diciendo cosas que no son.
-Oye, tengo veinte años, puedo hacer lo que quiera, adiós.
-¡Katy! ¿Qué crees que haces?
-Voy a caminar junto al río.
-Sin mí.
-Empezaste a molestarme, no puedo aguantarlo.
-¿Por qué?
-¿Esa pregunta es una broma?

Maurizio Maragaglio no podía contestar.

-Mi suéter, mi short, mis botas y yo nos vamos.
-No conoces París, señorita.
-Me las arreglaré sola.
-No habrá hospedaje en la Torre Eiffel.
-Regresaré al Edificio Méliès.
-Quiero ver eso.
-Mi hermano ya estará ahí a la hora de mi vuelta.
-¿Y si no? ¿Qué hay si te pierdes?
-Maragaglio, basta.

Katarina descendió del puente y de unas escaleras de piedra mientras sentía que su primo continuaba detrás, tomando apenas un metro o poco más de distancia. No se desharía de él y tampoco le daría tiempo de pensar en un pretexto o quizás en una manera de quitarle ese interés por enterarse de detalles que ella ahora consideraba propios. Era un momento en que recordaba lo ocurrido en Nueva York con Tommy Gunn y ese temor de que Maragaglio lo supiera. A nadie le complace escuchar que un pariente querido se ha exhibido en ropa interior dentro de un bar ilegal, atacando a un hombre y quedando en ridículo. El pensamiento sobre Marat Safin también la consumía y había pasado la noche frente a su puerta, reprimiendo el ansia de abrirla para desvestirse y tentarlo mientras lloraba porque la habitación de su hermano estaba junto y porque le estaban atrayendo otras personas que aparecían en sus fantasías más íntimas y espontáneas, sin alterar ni terminar en momento alguno con su placer, como antes.

-Katarina, detente un momento - pidió Maragaglio.
-¿Ahora qué?
-Discúlpame.
-Mejor dime qué quieres.
-¿Puedes parar un segundo?
-Bien.
-Katy, perdóname por entrometerme.
-Hecho, ciao.
-No sólo es eso.
-¿Entonces?
-Sé que estás molesta pero creí que podríamos pasarla bien ¿Me estoy portando como idiota, verdad?
-Sí.
-Es que he tenido unos días malos y nunca pude hablar contigo cuando fuiste a Nueva York.
-¿De qué conversarías conmigo?
-De los Lemonheads, de cómo te estaban tratando las chicas ¡O de cualquier cosa! Te vi en el programa libre y sé que estás furiosa con Mauri y yo...
-¿Y tú?
-Déjame apoyarte.
-No te entiendo.
-Estás dolida.
-Mis enojos con Mauri no duran mucho.
-Te oigo llorar cada noche, Katy.
-¿Qué?
-Desde que te enteraste de que patinarías Black Swan.
-¡Eres un mentiroso!
-También estás triste por la boda de tu hermano y no lo has perdonado por irse a Moscú o haber estado con esa chica de Senegal.
-¿Por qué dices eso?
-Sólo lo sé.
-¿Me mandaste a espiar?
-Katy, hago lo mejor para cuidarte.
-Eres un....
-¡Te explicaré! - Maragaglio sujetó las manos de ella.
-¡Púdrete, imbécil!
-¡No te atrevas a faltarme al respeto!
-¿Por qué me investigas?
-¡Es por ti!
-¡No te me acerques!
-¡Tú no te vas!
-Maragaglio, me estás lastimando.
-¿Crees que no sé lo de Tommy Gunn?

Katarina se soltó con fuerza y propinó una cachetada a su primo, seguida por otra y una más. Él la detuvo con una sensación de furia contenida que conseguía asustarla.

-Katarina Leoncavallo, no debes hacer eso ¡No puedes irte con un hombre que no te merece!

Ella se debatía entre pedir ayuda o comenzar a lagrimear avergonzada.

-¿Quién me merece, según tú?
-Katy, ibas a cometer un error.
-¿Por qué te metes?
-¡Me importas mucho!
-Me estás apretando las muñecas.
-¡No te vayas, por favor!
-Maragaglio, quiero mover mis manos.
-No me pidas que te suelte.
-Me vas a dejar marcas ¡ouch!
-¿Por qué Tommy Gunn? ¿Por qué Marat?
-No te voy a decir.
-¿Por qué eres novia de Miguel? ¿Por qué estás cambiando así?
-¿Por qué me lastimas?
-Katarina, estábamos bien.
-Comenzaste a meterte conmigo.
-Tú me gritas.
-Maragaglio, no eres mi hermano.
-¿Pretendes matarme?
-¿Qué rayos pasa contigo? Me asustas.

Ella dejó de pelear y sus manos se liberaron enseguida.

-Katarina, yo te amo - creyó Maragaglio haber confesado pero en realidad, lo había imaginado. Supo que su boca se mantenía cerrada porque la joven optaba por emprender la huída por la orilla del río y él iba detrás de nueva cuenta, llamándola con talante iracundo y finalmente alcanzándola frente a una cabina fotográfica que nadie parecía usar a menudo.

-¡Suéltame, idiota! - reaccionaba Katarina cuando su primo la introducía en tan gris espacio y corría la cortina para que nadie viera al pasar.

-¿Por qué? - preguntó ella.
-¡Porque no sé qué hacer!
-No eres Maurizio para darme consejos.
-¡Esto no es un consejo!
-Me estás regañando.
-No, no, no creas eso.
-Maragaglio, me voy ahora. Quítate del paso, por favor.
-No te lo permito.
-Maurizio te...
-Él no está.

Katarina se sentó sin saber si estaba resignada o su primo la intimidaba de verdad, pero le impresionaba verlo tan exaltado, como si le corriera lava por las venas.

-¿Crees que quiero asesinarte? - prosiguió ella al calmarse un poco.
-Me duele el pecho.
-Exageras.
-Cuando me enteré de lo de Tommy Gunn ¿sabes cuánta rabia sentí?
-¿Quién te contó?
-Te mandé seguir.
-¡Eres un...!
-Si hubieras perdido más el control, lo habrías lamentado.
-No era tu problema.
-¡Ese tipo es un proxeneta!
-Pero se me antojó estar con él
-Katarina ¿qué tienes?
-No puedo explicarlo.
-Después te vi con Marat y casi me explota la cabeza. Lo devoras con los ojos.
-Maragaglio, no entiendo nada.
-¿Por qué Marat?
-¡Me encanta!
-¿Por qué estás cambiando así?
-Porque no controlo mi cuerpo.
-Katy...
-Eres un idiota pero supongo que estás satisfecho.
-No.
-Quita esa cara de lástima que no te va.
-No es lástima.
-¡Olvídate de mí!
-¿A qué te refieres?
-¿Crees que no me doy cuenta de lo que sientes?
-Katarina...

La joven le hizo sentir a Maragaglio que tendría que confrontarla.

-¡No soy tu hija! ¡Deja de querer controlarme como si fueras mi padre!
-¿Qué?

Maurizio Maragaglio se desconcertó tanto que alzó la ceja izquierda, sin evitar que le ganara la risa un instante. Se encontraba tan nervioso, que aquello le daba segundos de claridad consigo mismo.

-Te has equivocado, Katy. No trato de protegerte porque me crea lo que jamás he deseado ser.

Katarina pasó saliva.

-Lo intento porque eres importante para mí.
-Es la segunda vez que lo oigo en esta discusión.
-Katy, créelo.
-¡No iba a hablar contigo de mis secretos!
-Me asusté, tú eres...
-¿Soy quién?
-Mi....mi única prima y te quiero.

Maurizio Maragaglio rodeó a Katarina Leoncavallo con sus largos brazos para que esa pelea terminara. Cuando unas palabras de disculpa estaban por ser dichas, fue la propia Katarina quien sujetó el rostro de su primo y él, con la certeza de que no habría otra oportunidad, le besó los labios largamente, con dulzura y cuidado.

-Maragaglio...
-Lo siento, Katy.
-No te preocupes.
-¿Te vas?
-¿Por eso te enoja lo que pasó en Nueva York y no quieres a Marat?
-Yo no diría... Acabo de cometer una estupidez.
-¿Besarme es estúpido?
-¡No! Elegí mal mis palabras, Katy.
-¿Qué estás haciendo?
-No lo sé.
-Estás tocando mi pierna.
-Te ofrezco una disculpa.
-Maragaglio ¿qué te ocurre?

Él probó la boca de Katarina por segunda ocasión y deslizó su mano derecha por aquella juvenil mejilla en la que apenas se trazaba un gesto que no podía descifrarse. Ella no sabía como lidiar con esas tímidas caricias y sintió el aliento de Maragaglio al susurrar su nombre.

-Katarina...
-Me gusta - aceptó ella.
-Me detengo en este punto.
-Maragaglio ¿tú me mereces?
-No lo dije por mí.
-Dame otro beso.
-No.
-Entonces ¿qué hacemos aquí?
-Estás triste y yo sólo soy un imbécil.
-¿Dónde vas?
-Te veo en el Edificio Méliès, Katarina.
-¿Es todo? ¿Dónde vas a estar?
-Voy solo.

Maragaglio no concebía la determinación que tomaba y con una gran impotencia, abandonó la cabina fotográfica y caminó a prisa el largo trecho hacia el estacionamiento para encerrarse y derrumbarse sobre el volante de su auto. Él creía perder todas sus posibilidades y se contemplaba así mismo desarmado. Era un cobarde, un patán, un tonto, era viejo; pero la amaba ¿Qué otra prueba se requería si renunciaba a seducirla, a conocer su cuerpo? Había probado el sabor de Katarina espontáneamente ¿Era suficiente declaración de los sentimientos que lo mantenían atrapado desde hacía cuatro años?

Ahí, aislado, deprimido, no se disponía a imaginar lo que Katarina tendría en mente ni si se había ido de la cabina o no. Quería alcanzarla y esta vez atreverse a irse con ella. Quizás ese impulso lo hizo correr de vuelta o sería la adrenalina que golpeaba su estómago pero el vendedor de candados, el encargado de la estación de botes a los pies de Pont des Arts, alguno que otro turista que descansaba en la orilla del río, mismos que lo recordaban enfadado, le anunciaban que Katarina continuaba dentro del cubo y él, desesperado o entusiasta, no identificaba cómo, corrió la cortina y la encontró de pie, ya por salir.

-¡Katarina Leoncavallo..!
-¿Compraste un candado?
-Lo colgaremos aquí.
-Maragaglio ¿estás loco? Eso va en el puente.
-Este no.

Katarina sonrió y él se inclinó para juntar sus labios pero en lugar de concretar aquel deseo, fue ella quien se enredó en el cuerpo de Maurizio Maragaglio, susurrándole al oído que anhelaba hacer algo con él.

-Katy, pídeme lo que gustes.
-¿Podemos olvidarnos de todo esto?
-Nunca pasó.
-Qué alivio.
-¿Qué idea tienes...?
-Maragaglio ¿juegas conmigo?
-¿A qué?
-Es que nunca me he tomado fotos en una cabina y descubrí que hay sombreros y pelucas.
-No me voy a poner una de pelo rojo.
-Es bonita.
-No sé si traje monedas.
-Mírame con bigote.
-¡Katy, dámelo! ¿Cómo se me ve?
-Mejor pónte un sombrero de la mafia.
-Oye, no me gusta que hables de eso.
-Con corbata eres muy elegante.
-No tengo saco.
-Parezco mosca con los lentes gigantes.
-Pónte en pose.
-¿Pagaste ya? Tengo una idea.
-¿Qué haces?
-Te pongo los lentes oscuros para que te veas muy lindo, Maragaglio.

Katarina sonrió y luego de morderse los labios, besó a su primo delicadamente, provocando que se olvidaran de la cámara. Maragaglio anhelaba encantarse y sonrió al mirarla, sintiendo que lo invadía algo de ilusión, un poco de felicidad. Tanto había soñado con aquel instante que mostrarse tranquilo era lo más inesperado y luego de despojarse de las gafas oscuras, observó cómo la misma Katarina tomaba la sorpresiva iniciativa de deslizar sus prendas por su piel brillante, revelando su carencia de cicatrices, lunares u otras marcas; su hermosa silueta de reloj de arena que pecaba de una perfección que nadie más conocía, sus expresiones de inexperiencia. Maurizio Maragaglio se incorporó sublimado ante tal belleza.

-Eres el primero - murmuró ella pero él no se atrevió a tocarla ni a pronunciar una sola palabra.

Desprendiéndose de su suéter para cubrirla, Maurizio Maragaglio tomó la opción de correr la cortina y alejarse nuevamente, impactado por ello. Apenas giró a verla, sólo suspiró como si al fin se rompiera algo dentro de sí mismo y caminó por las riberas del Sena, con el remordimiento de destrozar igualmente a una Katarina Leoncavallo que torpemente se colocó los zapatos, recogió el resto de su ropa y colapsó en el camino al Edificio Méliès mientras clamaba por obtener alguna respuesta. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Un hilo invisible


Departamento 101 en un edificio de la calle Renoir, Tell no Tales:

-Señora Anissina, ha venido Elliot Cohen - anunció Sandra Izbasa al ver en la puerta a un joven alto y de cabello oscuro con credencial de la Universidad de Humanidades.

-¡Elliot! Creí que me había olvidado. Pase por favor, jovencito.

El alegre Elliot se introdujo sin mirar mucho a Sandra y luego de besar la mano de Agathe Anissina, se sentó en un sillón junto a ella. La televisión estaba encendida y estaba por servirse el té.

-Me da gusto visitarla, Agathe - inició él.
-A mi edad es tan raro ver a un hombre tan apuesto en casa.
-Seguramente no.
-Elliot ¿ha traído lo que le pedí?
-Descatalogar este retrato me costó un mundo.
-Pudo enviarlo por correo.
-No crea que no lo pensé.
-¿Cómo va lo del barco? ¿Ya saben cómo desapareció?
-No han salido los resultados del análisis químico.
-Se han tardado mucho.
-Hay trabas presupuestales y el tsunami de hace dos meses nos hizo temer lo peor. Se perdieron objetos y tenemos buzos buscando.
-Lo imaginé. De todas formas, nada de lo que importaba seguía allí.
-Espero que esto sea lo que busca, señora.
-¿Por qué lo envolvió en este papel tan indigno?
-Preferí que pasara como pescado.
-Elliot, gracias.

La señora Anissina hizo una seña a su nieta y a su cuidadora de que la dejaran sola un momento y Sandra Izbasa pronto fue invitada a un paseo imprevisto por el cercano parque De Gaulle mientras sentía curiosidad por tan singular visita.

-Ver a un Izbasa en la ciudad enfurece a cualquiera. Lo entiendo, Elliot - comentó la señora Agathe al cerrarse la puerta.
-Me sorprendió.
-Sandra no tenía a donde ir. Steliana Izbasa me pidió recibir a su bisnieta.
-¿La señora Izbasa vive?
-Es tan centenaria y cuerda como yo.
-Nadie lo sabe.
-Nadie pregunta, Elliot.
-Debería charlar con ella.
-Nunca ha sido sincera.
-¿Por qué?
-Steliana aun no paga sus cuentas.

Elliot Cohen sonrió y pronto notó que la señora Anissina pretendía observar a Carlota Liukin en el Trofeo Bompard. La transmisión no había iniciado.

-Creí que no seguía a la niña Liukin.
-¡Oh, Elliot! ¿Cómo podría ignorar a esa linda bisnieta de mi amiga Lía? Cada vez se parece menos a ella pero tiene la cara de su padre.
-¿Le ha hablado de la cinta olímpica?
-No me he reunido con ningún Liukin en cuarenta años.
-¿Por qué no?
-Desde que Lía falleció, no tuve más amistad con su familia.
-Quizás yo debería decirle.
-No es tu misión, niño.
-Quiero que me diga una cosa: Encontré un registro de defunción de Lía Liukin en 1932.
-¿Esa mentira?
-Justo de eso iba a preguntarle.
-¿Por qué?
-Hallé un registro de ella en un barco de Trípoli a Nápoles de 1933.
-Ese viaje fue de los últimos que hizo. Le dije que en Europa no convenía vivir pero no escuchó.
-¿Por qué la dieron por muerta un año antes?
-¿Se enteró del escándalo, Elliot?
-¿Es algo que los Liukin saben?
-El hijo de Lía estaba enterado pero no sé si le contó a alguien más.
-Supe que Matthiah Weymouth fue detenido por el asesinato de la señora Liukin.
-Imagino que leyó esa vergüenza de expediente.
-¿Lo que escribieron es verdad?
-¿Qué parte?
-¿Lía Liukin engendró un hijo con su padre?

Agathe Anissina tomó un poco de té y se rió.

-Los jóvenes preguntan siempre por los detalles escandalosos - sentenció y enseguida miró hacia Elliot Cohen con algo de seriedad.

-La policía no sentenció a Weymouth, señora.
-¿Cómo podría ser? Hubo tanto dinero ofrecido para tapar todo esto...
-¿El ingeniero Weymouth era culpable?
-Intentó matar a Lía pero eso no era secreto. La gente lo apoyó y la familia Izbasa gastó un dineral en borrar lo que se pudiera.
-¿Por qué?
-En parte por las murmuraciones.
-¿Qué pasó, Agathe?
-Le dije que Steliana Izbasa no ha pagado sus cuentas.

Agathe sabía que Elliot no podía enterarse de nada que no fuera cierto o conocido desde antes.

-Alguna vez le conté que Lía tuvo un bebé con Matt y este murió de viruela. También le dije que ella hizo tantas cosas buenas después de eso y le conté de su matrimonio con un escocés.
-Joseph Kerr.
-Ese Kerr era un inversionista pero también un estafador. Se casó con Lía porque su padre era propietario de unas tierras en la campiña que daban frutas.
-Imagino que fue todo un negocio.
-Kerr se volvió popular en Tell no Tales porque le hizo ganar millones a unos ganaderos y ayudó a algunas familias a hacerse de los astilleros del barrio Corse ¿sabe a cuánta gente le robaron sus propiedades?
-¿Lía lo toleró?
-En ese momento, ella se obsesionó con la idea de tener hijos. Joseph se los exigía cada noche.
-¿Le habló de eso, Agathe?
-Los niños nunca llegaron y Kerr comenzó a frecuentar la mansión Izbasa. Steliana se embarazó enseguida y Lía concedió el divorcio pero le costó caro. Se dijo que se habían comprometido las tierras de los Liukin en una venta a los Izbasa y cómo se desconoció, se inició un proceso por fraude. Después Joseph apareció con documentos que lo presentaban como apoderado legal de su suegro y aunque se alegó que las firmas eran falsas, el juez embargó a los Liukin y perdieron todo.
-¿Cuándo fue esto, señora?
-En 1928. El señor Liukin se dedicaba a envasar jugo para su venta.
-¿Ya existía la planta de alimentos de la campiña?
-Los legítimos dueños de Industrias Izbasa, son los Liukin. Todo mundo lo sabe.
-¿Por qué no interviene, señora Anissina?
-¿Con qué pruebas? Aquello fue quemado.
-Debió quedar algo.
-¿Por qué cree que el juicio a mi primo, Matthiah Weymouth, es tan inconveniente?
-¿Qué ocurrió en ese proceso?
-El divorcio de Lía fue tan difícil que se metió con varios hombres con tal de demostrar que no era estéril. No funcionó y se recluyó en su casa. La gente decía cosas terribles y en diciembre del treinta y uno bajó a la ciudad del brazo de su padre y el vientre abultado. Recuerdo mi impresión cuando nos encontramos en una banqueta. La gente les arrojaba sopa podrida y los insultaba pero yo los saludé y ella era feliz... Eso se habló en el proceso de Matt, incluso se reveló que Lía compartió la habitación con su padre para concebir y el señor Liukin nunca lo negó. Él defendió tanto lo que hicieron, que creí que los habíamos orillado.
-¿Por qué sería asi?
-Porque permitimos que les robaran, que humillaran a Lía, que les mintieran. Esa mujer había decidido que tendría hijos pero el único que la entendió fue su padre.
-¿Matt quiso matarla por eso?
-Matt volvió de Francia en el treinta y dos. Lo primero que hizo fue buscar a Lía pero nadie sospechó que ese romance iba a renacer. Él hizo arreglos para comprar un departamento en la calle Piaf y acordó con un abogado su propio divorcio y una demanda contra los Izbasa.
-¿Usted le advirtió a Matt de los chismes en la ciudad?
-Claro que le previne, pero me pareció que no debía insistir. Lía tenía el embarazo avanzado.
-¿Cree que ella tuvo el valor de admitir lo de su bebé?
-Por supuesto y por eso Matt estuvo en prisión.
-¿Qué hizo?
-¿Matt? Contó en el juicio que Lía le preguntó si no le importaba ser el padre adoptivo del bebé y él contestó que no. Luego quiso saber si no le molestaría el hombre con el que concibió y Matt lo tomó muy mal.
-¿Qué supo usted, señora?
-Él declaró que sujetó a Lía por el cuello, la arrastró varios metros y la colgó de un árbol... Matt se arrepintió y la bajó enseguida pero del susto y la decepción, se presentó el parto y fue el señor Liukin quien ayudó a su hija junto a mi esposo, Alban Anissina. Ambos hicieron que la policía interviniera y detuvieran a mi primo. Lía no se enteró porque pasó inconsciente unos días y se marchó.
-¿Marcharse?
-De eso nunca conversamos. Ella se levantó de la cama, dejó al bebé en su cuna y tomó el tren y un barco a Sudáfrica.
-Imagino que con eso se decidió el proceso contra Matthiah Weymouth.
-Matt pagó para que declararan a Lía como muerta y después se olvidó de la demanda contra la familia Izbasa, pero en su proceso no paró de acusarlos de ladrones y de mostrar papeles. Los Izbasa sobornaron muy bien al fiscal para quemar las pruebas y dejar los testimonios que ensuciaran a los Liukin.
-¿Cómo lo sabe?
-Steliana se jactaba del robo de Kerr. Al fin y al cabo, siempre envidió a Lía y sus padres codiciaban las tierras del valle.

Elliot Cohen no sabía en qué creer.

-¿Lía sólo desapareció?
-No, jovencito. Un día mandó una carta desde Italia. Alban y yo nos trasladamos enseguida.
-¿Qué les decía?
-Habían pasado seis años ¿Sabe cuántas cosas hizo Lía?
-Supongo que era otra persona.
-Fue arquéologa itinerante, actriz de teatro, trabajó como gerente de una empresa metalúrgica en Milán y consiguió su propia casa.
-Eso es cambiar.
-Firmó documentos de matrimonio en el treinta y cinco e incluso su apellido era otro.
-¿Lía volvió a ver a su padre y a su hijo?
-Pronunciar cualquier cosa de los Liukin estaba prohibido.
-¿Quién contrajo nupcias con ella?
-Todavía no olvido lo mucho que me desagradó ese hombre.
-¿Por qué ríe, Agathe?
-¡Ay, Elliot! Si usted hubiera conocido a Lía...
-¿Fue raro?
-El hombre era un obrero que no sabía leer y más ciego que un topo. Ella se divertía tanto con ese bruto que me alegré.
-Ja ja ja.
-Él sabía que Lía era tan lista, tan inalcanzable. El pobre carecía de modales, su voz era irritante, todo el tiempo estaba cubierto de manchas, era tosco. Un salvaje es más civilizado.
-¿Qué le veía ella?
-¡Una mujer se cansa de la clase de hombres que conoce! En cambio, ese bestia se podía moldear y la llenó de niños con facilidad. Ella no ambicionó otra cosa.
-¿Me dirá cómo se llamaba?
-¿Él? Su apellido le quedaba grande. Un tal Leoncavallo que de distinguido tenía lo que yo de monja.
-¿No sería pariente del compositor de ópera?
-En absoluto, Elliot. Ese hombre se dormía cada que Lía tocaba el piano.
-Nunca entenderé como una mujer como ella prefirió a alguien tan elemental.
-Se lo he dicho, jovencito. Mientras sirviera para hacerla reír y tener descendencia ¿qué más daba? Tuvieron seis niños. La mayor se llamaba Carolina y era una niña tan curiosa como Lía.
-¿Alguien llegó a enterarse de esto?
-¿Aquí en Tell no Tales? Mi primo, Matt.
-¿Qué opinión tuvo al respecto?
-Verlo caído en desgracia fue bastante castigo. Acabó de cantinero de un expendio de esa bebida horrible que está tan de moda ahora.
-¿El salkau?
-En realidad, me gusta. Lo que pasa es que el whisky parece elegante, Elliot.
-¿Por qué no busca a los Liukin y les relata todo esto?
-Porque no pueden reclamar lo que les pertenece y luego de ver cómo crecieron Lorenzo y Ricardo Liukin o lo que ocurrió con Carolina Leoncavallo, lo mejor es no mover el mar.
-¿Qué les pasó?
-Eso no puede saberlo por mí, Elliot.
-¿Y con Lía? ¿Usted supo algo?
-Vino la guerra y su esposo se enroló con los partigianos contra Mussolini mientras ella repartía panfletos y se involucró en varias huelgas anti fascistas. Se volvió locutora de deportes en 1946 y su marido fue sindicalista de los trabajadores metalúrgicos hasta los años ochenta. Lía murió en el sesenta y tres, cuentan que de una neumonía.
-Agathe, ¿asistió al funeral?
-No, jovencito. Sólo me dijeron que Carolina le dio un nieto y estaba vestido con un traje azul marino ese día.
-¿Qué sucedió con el padre de Lía?
-Ese hombre falleció unos quince años más tarde. Contaban que se le había agriado el carácter y no recordaba nada. El hijo con Lía le salió tan irresponsable que se aferró a los nietos.
-¿Lorenzo y Ricardo?
-Supe que tienen un hermano, un tal Gwendal.
-¿Cómo se llamaba el hijo de Lía Liukin?
-Goran, como su padre. Desconozco casi todo de él.
-Supongo que encontraré la tumba de la señora Liukin en Milán.
-Seguro, Elliot. Le pediré que no olvide que en Italia, ella es una Leoncavallo. Nunca los quiso junto a su primera familia.

Elliot Cohen no podía distinguir entre la historia, la anécdota y el chisme pero admitía que le divertía mucho. Alguna vez había escuchado rumores sobre la propiedad de las tierras del valle y también de un escándalo familiar que hasta la fecha, influía en la vida de los habitantes hasta límites insospechados. Pero ver a Agathe Anissina desenvolver su encargo lo devolvió a lo tangible.

-Alban era tan apuesto. Lía y Matt le pidieron este retrato porque pasarían varios meses fuera luego de esa boda que no pudo ser.
-¿La de 1915?
-Le confesaré un secreto, Elliot: Lía creyó que eso fue lo mejor que le pudo haber pasado.
-¿Usted lo piensa también?
-Con Matt era tan feliz que no se esforzaba gran cosa. Sin él, tuvo lo que quiso. Le he dicho, Elliot, que Lía Liukin fue la primera en intentar muchas actividades que en Tell no Tales ninguna otra se atrevía. Pero borrar la memoria es algo que la gente busca y ocurrió, al menos en la historia oficial. En la campiña hay gente que aun cuenta estas vivencias ¿por qué cree que se les aparta todavía?
-Agathe, si usted conoce tanto, podría remediarlo.
-Elliot, suficiente tenemos con que estén cerca.

Agathe Anissina sirvió té para Elliot Cohen y vieron el inicio de la prueba femenil del Trofeo Bompard, con un primer grupo de patinadoras realizando calentamientos. Entre ellas, se distinguía la bella Carlota Liukin con su vestido de rayas rojas y en los bordes, Maurizio Leoncavallo le daba las instrucciones que podía mientras el público gritaba y agitaba sus mantas de apoyo con creciente euforia.

-¿Algún día sabrán Carlota y su entrenador que son familia? - preguntó Elliot al notar que ambos se trataban con enorme simpatía y compartían el mismo gesto al sonreír.

-Si me dieran a elegir, sería un no.
-Lía no está.
-Pero hay que cuidar a los vivos, Elliot. Hay circunstancias que hieren aun sin conocerlas.
-¿Cómo qué?
-No me corresponde remover la cicatriz. Los Leoncavallo y los Liukin tendrán que arreglarse.

Agathe Anissina suspiró con cierto desencanto y al tiempo que Carlota y Maurizio se daban un abrazo, pensó en aquello que podía separarlos.
Existen deudas que se transfieren sin buscarlas y entre los Liukin y los Leoncavallo, existía un vínculo tan fuerte, que el desconocido precio venía acompañado de un dolor extremo, incomprensible y que tocaba a cada uno de sus miembros en lo más profundo de sí mismos, en su identidad, en sus convicciones, en su sangre.

domingo, 10 de marzo de 2019

El álbum de fotos


Tell no Tales.

El 13 de noviembre de 2002, la nieve cubrió la campiña. Era miércoles y Kleofina Lozko se había quedado en casa, tomando té. Por ello se alegró mucho cuando al cesar la tormenta, Courtney Diallo tocó a su puerta.

-Pasa, me has dado una sorpresa ¿Qué traes ahí?
-Vine a verte porque mañana te vas a París. Compré hamburguesas en Mckee.
-Gracias, Courtney.

Kleofina cerró la puerta y enseguida llevó a su amiga a su cuarto.

-Hace frío en la ciudad, me estaba congelando.
-No pude trabajar hoy y mi padre y mi hermano fueron a la carretera a instalar cableado eléctrico.
-Matt se quedó en el hospital. Espero que no le toque un día pesado.
-Courtney ¿estás bien?
-Maurizio Leoncavallo me volvió a llamar.
-¿Qué quiere?
-Preguntó por mí, saludó a Matt...
-¿Por qué insiste?
-Me contó que su ex novia Jyri murió.
-¿Te preocupa?
-Sólo pude darle el pésame.
-¿Cuánto duró la llamada?
-Dos horas.

Kleofina quiso decir "diablos" pero en su lugar, abrió una caja negra y revisó su hamburguesa.

-Le pedí a Maurizio que nunca me hable.
-¿Cómo lo tomó?
-Me pidió que lo perdonara pero creyó que era importante decirme lo de Jyri.
-Ay, Courtney.
-El sábado es su cumpleaños.
-¿De quién?
-De Maurizio... ¿Qué puedo pensar sí trató de hablar conmigo por quince días?
-¡Que está completamente loco! Courtney, dime que cortaste el teléfono.
-Lo hice.
-¿Por qué estás espantada?
-Es que pienso en su hermana, en Katarina ¿y si lo espió?
-¿Su hermana? ¿Por qué lo haría?
-Me golpeó por estar con Maurizio y... Ella me pone nerviosa.
-No va a tomar un vuelo sólo para molestarte.
-No sabes de lo que es capaz.

Courtney dobló la manga de su suéter y le mostró a Kleofina la cicatriz de su antebrazo izquierdo.

-¿Ella te quemó?
-Nunca dije que primero me atacó con un leño ardiente.
-¿Perdón?
-Tengo otras marcas pero son más pequeñas, Kleofina.
-¿Maurizio lo sabe?
-No lo sé, pasó hace tanto que sólo quise que se alejara de mí. De todas formas, nunca le agradé a su familia.
-¿Te importaba mucho lo que pensaran?
-Son muy unidos.
-Rayos.
-Pero basta de cosas tristes.
-Madice nos habló pestes de Katarina también.
-No lo había recordado.
-Esa chica está enamorada de su hermano ¿o qué?
-Conmigo era muy celosa.

Courtney dio sorbo a una malteada de caramelo y luego comenzó a reírse. Odiaba la costumbre de contestarle a Maurizio después de dejarlo expectante por meses incluso y si cambiaba de número, él era de los primeros en averiguarlo a través de alguien que podía ser un ex vecino de Senegal o un primo despistado que aun lo consideraba un amigo.

-¿Estás segura de ir a buscar a Ilya Maizuradze a París? - preguntó para cambiar de tema.
-Sé donde fue - prosiguió Kleofina con el bocado en los dientes.
-¿No tendrás problemas?
-Quiero despedirme, no se va a enojar.
-Tal vez esté con su familia.
-Lo veré en su hotel.
-No sé qué aconsejarte.
-Tu cara parece de regaño.
-¿Él sigue casado?
-Se divorció ayer.
-¿Con firma y todo?
-Sí.
-¿Estás segura, Kleofina?
-Me avisó su hijo Cumber.
-Oh, párate ahí ¿quién llama a su hijo "Cumber"?
-Es un apodo.
-¿Eres feliz?
-¿Con Ilya? Bastante.
-¿Qué le ves?
-Lo amo, es todo.

El rostro de Kleofina reflejaba esa clase de felicidad ciega que se siente cuando se halla a esa persona tan deseada y no volverá a buscarse a nadie más.

-Ojalá que te vaya bien, Kleofina.
-Gracias... Y tú ya deja de pensar en ese Maurizio que te vas a enamorar otra vez.
-¡Ay, no! Jajaja, él ya se quedó en el pasado.
-¿Nunca sentiste que se quedaron a medias?
-Entre más tiempo pasa, más creo que estuvo bien mandarlo al demonio sin ver su cara.
-Tal vez quiere saber si hay oportunidad de que regresen.
-Matt es mi corazón ahora.
-Entonces díselo a Maurizio y ya está.
-Se lo he repetido en sus últimas dos llamadas.
-¿Y si él quisiera saber por qué terminaron?
-Ese tiempo ya pasó.

Courtney llevó una papa a su boca y pronto notó que en la habitación de Kleofina abundaban los objetos rosas: el marco de un espejo, su diario, sus pares de aretes, una enorme chamarra detrás de la puerta, las cortinas... Había un cartel de "¡Felices quince, Kleofina!" en la pared, otro lleno de serpentinas para celebrar sus dieciocho junto a ese y en el armario tenía pegadas abundantes fotografías con sus padres, su hermano, fallecidas mascotas, rodeada de flores o en la playa.

-Tengo la obligación de tomarte una foto, Courtney - decía Kleofina mientras sacaba de su cómoda una cámara instantánea - Es una tradición que tenemos aquí.
-¿Por qué?
-Así nunca se van.
-¿Todos en el campo lo hacen?
-Es muy útil con la policía. No lo digo por ti.
-¿Es cierto que vienen a hostigarlos?
-No es tan malo - Kleofina procedió a sacar dos instantáneas - También conservamos fotos con los oficiales y guardo un gran álbum de respaldo. No me gusta perder ninguna imagen.
-¿Me las muestras?
-Claro. Arriba del refrigerador están nuestros retratos pero en la carpeta rosa del librero tengo los otros.
-¿Éste?
-Sí ¿Es un poco pesado, verdad?
-¿Cuánta gente ha venido aquí?
-Más de la que quisiera, Courtney. A veces recogía los rollos fotográficos y revelaba las fotos que me faltaban.
-Hay fotos desde antes de que nacieras ¿Qué son las marcas rojas?
-La gente que ya murió.
-¿Cómo te enteras?
-Las esquelas del diario.
-Jajaja, parece divertido.
-Este es el oficial Grant y este es el "cuchillero de Corse". Los dos se perseguían a menudo.
-Me han dicho que el cuchillero era un asesino a sueldo.
-Mentira. Era un fanfarrón.
-No es cierto.
-Es mi tío. Murió a los grande cuando le cayó un barco encima en el astillero de Auvergne.
-¿Qué cosa?
-No te miento, salió en el periódico.
-¿Qué hacía ahí metido, Kleofina?
-Obrero.
-Vaya, qué anécdota.
-Hay muchos policías aquí. Puedes revisar.

Kleofina permitió que Courtney escudriñara cada página del álbum mientras saboreaba una hamburguesa cubierta de abundante salsa agridulce y doble queso.

-Tengo un álbum en casa y no he podido llenarlo... Kleofina ¿te sabes el nombre de todos?
-De casi todos. Hay gente que por más que venga no consigue que me acuerde.
-¿Sergei Trankov estuvo aquí?
-Pasó escondido cuatro días.
-Cualquiera confundiría a Matt con él.
-Trankov tiene un tatuaje en el pecho y una cicatriz en la frente ¿Quién no se da cuenta?
-¿Cómo sabes del dibujo?
-Se lo vi. Es un camaleón en una hoja.
-Todos dicen que es un garabato sin forma.
-Nunca han apreciado sus detalles.
-Kleofina ¿qué tan cerca estuvo Trankov de ti?
-No nos aburrimos.

Courtney no supo qué pensar y siguió contemplando todo. Reconocía a algunas personas por haberles visto trabajar arreglando banquetas o yendo a urgencias por una curación, a otros por toparlos a diario y no faltaban los que había encontrado una vez y no sabía que no había olvidado.

-¿Qué álbum tienes? - curioseó Kleofina.
-¿El de fotos?
-¿Es familiar, de amigos, fiestas...?
-De todo. Tengo imágenes de cuando era niña y también de cuando mi padre vivía con nosotros.
-¿Se fue?
-Trabaja en Dubai como plomero. Le envía dinero a mamá cada mes.
-Courtney ¿por qué no me habías dicho?
-No lo sé... Cuando estudiaba medicina, él mandaba muchas cartas y guardo sus fotos.
-Entonces tu álbum es de todo.
-De fiestas, de amigos, del mar y del concurso de belleza.
-¿También te retratas con Matt?
-Sólo he tomado dos fotos.... ¿Él es Ilya Maizuradze?
-Un encanto ¿no?
-Nunca te entenderé.
-Él siempre me gustó. Desde niña supe que lo quería y hacía mil cosas para verlo diario. Me esperé a ser mayor de edad para que no tuviera problemas.
-¿Tus padres no se molestan por esto?
-Ilya es mejor que los hombres que han venido aquí.
-¿Muchos?
-Soy campirana.
-¿Y qué pasa?
-Siempre habrá alguien. A mí me asedian desde los diez años.
-¿Qué?
-¿No lo sabes, Courtney? Los hombres de la ciudad buscan a las mujeres de la campiña para divertirse. No hay chica que llegue virgen a los dieciséis.
-Que no te creo.

Kleofina dejó su comida de lado y tomó su álbum para mostrarle algo a Courtney. La cantidad de recuerdos y caras era impresionante.

-¿Qué te parece? Es policía del Gobierno Mundial. Tuve mi primera vez con él. Mi familia se descuidó, ups.

Si Courtney Diallo pensó que nada podía sorprenderla más que Kleofina señalando una cara, se equivocó rotundamente. De ver quien era, se quedó boquiabierta.

-¿Qué parte te cuento? ¿De cómo irrumpió en mi casa y me interrogó o cómo mi toalla desapareció?
-Kleo ¿cuántos años tenías?
-Quince. A él le dije que tenía dieciocho y se lo creyó.
-¿Por qué hiciste eso?
-Preferí que fuera un policía a que viniera uno de mis primos o algún idiota de la ciudad. Además, se me hizo lindo y estaba buscando a Trankov.
-¿Qué demonios?
-Mamá fue a cortar flores, mi hermano y mi padre estaban vendiendo en Carré y yo salí de la escuela, vine a casa y decidí tomar una ducha. Iba a mi habitación cuando él abrió la puerta y hablar de Trankov era muy entretenido pero lo demás estuvo mucho mejor. Fue tan espontáneo que cuando me di cuenta, él se quedó a dormir y regresó un par de veces.
-¿Vino solo?
-Sí.
-No es verdad...
-¿Estás enojada?
-Contigo no.
-Courtney...
-¿Te dijo que era de Intelligenza Italiana?
-Aguarda ¿lo conoces?
-Sabía que era un imbécil.
-¿De qué hablas?

Courtney sacó su cartera y pronto la colocó frente a Kleofina.

-¿Llevas una foto de Maurizio a todos lados?
-¿Ya entendiste?
-¿Que Matt puede descubrirte?
-Kleo....
-Maurizio se parece.
-El de tu álbum es Maragaglio, primo de Maurizio. Es una vergüenza.
-¿Qué cosa?
-Maragaglio es casado y me di cuenta de que engañaba a su esposa pero no lo desenmascaré. Maurizio decía que él era increíble.
-¿Dormiste con...?
-¡No! Digo, lo intentó pero lo mandé al diablo. Tenía una becaria que no se le despegaba jamás y le hizo una escena porque la araña de Katarina comenzó a pasar los días con él.
-¿Con Maragaglio?
-Quería llevarla a todos lados y era como no sé, su hija.
-¿Sólo eso?
-¡No! Fue diferente. Maragaglio cambió. Cuando yo lo conocí, era manipulador y cínico pero apareció Katarina y él se volvió amable, sobreprotector, comenzó a pedir las cosas por favor e incluso aprendió a cocinar. Por suerte, nunca supe quien era la becaria.
-¿Por qué te acuerdas de todo eso?
-Kleo, no vuelvas a meterte con un agente de inteligencia. Te aseguro que Maragaglio no vino por Trankov y se llevó algo de tu casa, además de tu... inocencia.
-No noté nada y no creo que importe.
-¿Qué quería de Trankov?
-Saber si lo conocía.
-En serio.
-Luego preguntó por Ricardo Liukin pero no lo ubicaba. Fui novia de su hijo Andreas tiempo después.
-¿Liukin?
-Le dijeron a Maragaglio en la ciudad que Ricardo venía mucho por aquí porque su hija se escapaba y tal vez se topaba con Trankov de vez en cuando.
-Qué locura.
-Le hablé de una niña que iba a los cerezos pero se quedaba sola un buen rato y sus padres venían por ella. Me enteré que era Carlota cuando Andreas la tuvo que ir a buscar.
-¿Enviaste a Maragaglio detrás una chiquilla, Kleo?
-Te vas a enojar si te digo que Carlota conoce a tu Maurizio...
-¿Perdóname?
-Quizás sigo siendo amiga de Andreas.
-¿Cómo es posible?
-¿Qué tan malo es?
-Quiere decir que Maragaglio no los soltó ¿Cómo demonios llegaron con Maurizio?
-Carlota necesitaba un entrenador y fue el que había disponible. A Margaglio lo conocieron antes porque ella se había ido de casa y él la regresó.
-Kleofina ¡no te vuelvas a involucrar con un policía!
-Courtney ¿qué hice mal?
-¡Tú no! Es que Maragaglio debió influir para que eso pasara.
-¿Que pasara qué?
-¡Todo! Tengo que averiguar qué quiere ¿Tienes el teléfono de Andreas?
-Te lo anoto.
-Kleo, espero que no le hayas dado a Maragaglio lo que quería.
-Después de mi virginidad, no sé que más le podría interesar.
-Si descubre tu relación con Andreas Liukin, lo más seguro es que te interrogue de nuevo... ¿Uno de los hijos de Ilya es amigo de Carlota, verdad?
-Anton. Nos lo dijo Madice el otro día.
-Adviértele a tu novio.
-¿Dónde vas?
-Kleofina, si un día te topas a Maragaglio, huye.

Courtney salió de prisa de aquella casa y no se detuvo a pensar un momento. Ni siquiera imaginaba por qué esas conjeturas le importaban o por qué le preocupaba una familia que no conocía. Sólo tenía en la cabeza que Maurizio Maragaglio estaba detrás de algo y debía detenerlo o ponerlo en evidencia. Lo había tratado lo suficiente para saber que sus límites podían ser frágiles pero ¿por dónde podía comenzar? Si Kleofina le hacía caso, ¿sería suficiente?

Caminando rumbo a la ciudad, en la pradera, pronto se topó a Madice Hubbell. La chica también había tenido la idea de ver a Kleofina y al igual que Courtney, antes había pasado a Mckee.

-¿Estás bien?
-Sí, Madice.
-¿Por qué no me avisaste?
-Se me ocurrió de último minuto.
-Courtney, te ves pálida.
-¿Eras vecina de los Liukin?
-Sí ¿a qué viene eso?
-¿Alguna vez la policía te preguntó por ellos?
-Hubo un escándalo por una cámara pero nadie me pidió mi opinión.
-¿Antes de eso?
-¿Por qué el interés?
-¿Nadie iba con tu familia a preguntar cosas?
-¿Por los Liukin?.. De hecho, sí.
-¿Quién?
-Andreas fue detenido por disturbios en el parque De Gaulle y un oficial nos informó que lo iban a soltar... Realmente no presté atención. Una vez llegué a casa y venía saliendo un tal Maragaglio. Mi madre le habló de Gabriela Alejandryi.
-¿Ella quién es?
-La mamá de Carlota... ¿Todo está bien?
-¿Sobre qué deseaba saber, Madice?
-¿Maragaglio? Me enteré de que quería saludar pero los Liukin no estaban y creía que la dirección no era la correcta.
-¿Cuándo fue eso?
-Hace cinco años. Maragaglio no se me olvidó porque volví a verlo dos o tres veces y su becaria ahora es la chica Miss Corse Lorphelin.
-¿Por qué no dijiste nada?
-No quise incomodar a nadie. La única ocasión que los vi juntos, ella le hizo un berrinche por su prima. No me quedé para averiguar.
-Maragaglio no tolera algo así.
-¿Sabes quién es, Courtney?
-Madice, la próxima vez que lo veas, corre.
-¡Oye! ¿Qué sucede?
-También le llevé a Kleofina comida de McKee. Le gustan esas cosas, te lo va a agradecer.
-No entiendo nada.
-Luego les explico.

Courtney aceleró el paso y Madice la perdió de vista pronto. Se sentía tan confundida que al llegar a casa de Kleofina, ni siquiera saludó.

-¿Qué tiene Courtney con un tal Maragaglio? - se intrigó mientras entraba.
-Es primo de su ex novio.
-¡No es cierto!
-¿Quiso saber si lo conocías, Madice?
-Maragaglio resultó ser amigo de la señora Liukin.
-¿Estás bromeando?
-¿Tú sabes algo, Kleo?
-Sí. Los Liukin no conocían a Maragaglio hasta hace poco.
-De acuerdo ¿qué?
-Yo tampoco tengo idea pero estoy por advertirle a Ilya sobre él.
-Courtney me dijo que corriera si volvía a verlo.
-A mí también me lo pidió, Madice.
-Es muy extraño.
-El tipo es un agente de inteligencia.
-¿De verdad?
-Dame un momento.

Kleofina suspiró y enseguida realizó una llamada a París mientras Madice miraba por la ventana con un cúmulo de dudas. No quería despejarlas pero tuvo la certeza de que Maragaglio era tan relevante, que no cabía subestimar cada mentira dicha cinco años atrás.