viernes, 25 de julio de 2025

Las pestes también se van (Un recordatorio de amor)


Venecia, Italia. Viernes, 23 de noviembre de 2002.

Maragaglio fue dado de alta a las cinco de la tarde y luego de que le concedieran tomar una ducha, él mismo tomó su ansiolítico recetado sin renegar y preguntando cuando tiempo duraría el tratamiento. Le recomendaban terapia, pero él mismo admitía que no sabía dónde acudir o con quién tomarla y alguien le pasó una lista breve con especialistas que podían atenderle en consultorios alejados de su casa y que procurarían que nadie en Intelligenza Italiana se enterara de su diagnóstico. 
-¿Irás? - le preguntó Edward Hazlewood.
-Va a ser difícil, pero no puedo sufrir otro ataque.
-Apaga ese teléfono.
-Debo retomar el trabajo.

Maragaglio se apartó un poco y luego de revisar sus mensajes, borró todos y cada uno, incluyendo uno de Lleyton Eckhart que era muy importante. Ya habría tiempo de intoxicarse en Tell no Tales de cualquier tema y seguir adelante con sus planes respecto a Marine.

-Hay que llegar a casa y ponerme a ser papá, que los niños han estado solos mucho tiempo - dijo Maragaglio y luego de despedirse del personal y dejar un recado de agradecimiento a la doctora que lo había atendido, abandonó la clínica con una sensación de alivio. Su suegro, el señor Berton, le dió una palmada en la espalda, aunque no pasaba de ser un gesto de presencia y no de afecto genuino o de comprensión. 

-Sólo lo hago por mis nietos - dijo el hombre y Maragaglio atinó a levantar la ceja mientras Hazlewood en silencio pensaba que eso era lo último que se necesitaba escuchar. Los tres tenían que regresar juntos a San Polo y no podía existir ninguna discusión que volviera a alterar el ambiente. 

-Pediré informes de Susanna y Katarina ¿Alguien quiere mandar un saludo? - preguntó Maragaglio y caminó hacia el vecino hospital de San Polo, impresionado de lo solitaria que ahora lucía la entrada. Aunque no podía acceder a la recepción, se había colocado una mesa exterior donde se podían dedicar mensajes a algún paciente, mismos que se colocaban en una caja transparente y eran recogidos por el vigilante de la puerta minutos después.

-Dígale a mi hija que estoy para ella y que vuelva a casa cuando guste.
-Por supuesto, suegro.
-Maragaglio, sólo le recordaré una cosa: Algún día va a pagar todo lo que le ha hecho a Susanna.
-Y seguiré siendo su yerno.

Hazlewood sabía que era momento de mediar, así que se colocó entre ellos mientras aprovechaba para anotar las inquietudes de los tres, aunque Maragaglio optaba por hacer una nota por su cuenta y guardar silencio para poder partir.

La lancha de Giampiero Boccherini se veía mucho más vieja con la luz de la tarde y el señor Berton contempló a éste con un fuerte disgusto. Maragaglio se esforzaba demasiado en no reírse y Hazlewood se quedaba pensando en los secretos personales de sus vecinos, mucho más complicados que cualquiera que tuviera él, aunque tuvo la certeza de que el señor Berton intuía algunas verdades y Giampiero no era de su agrado.

-Tenían que ser amigos, par de canallas. Los dos debieron dejar en paz a mis hijas y ahora los tengo que aguantar - reprochó Berton a Maragaglio y Giampiero y estos dos se miraron mutuamente con la complicidad de siempre.

-Al menos Anna no sufre por un borracho - continuó Berton.
-Yo sí rompí con su hija.
-¡Cállate, Giampiero! Te pasas el día bebiendo y buscándola. Mínimo, el otro desvergonzado nunca ha negado la clase de serpiente que es.
-Me casé con otra.
-Te divorciaste y volviste a mi puerta siendo un fracasado, además. Vaya yernos que me tocaron ¡Un par de despreciables que no valen ni el esfuerzo de matarlos yo mismo!

Maragaglio abandonó el talante alegre y contempló a Giampiero conducir sin ocultar que tomaba jugo de pera. Ese era un ciclo constante, un intento más para consumir menos licor, aunque con el cáncer cerebral, a su amigo ya le daba igual.

-Hazlewood, usted no debería rodearse de escorias. Este par lo meterá en más problemas si empieza a ayudarlos.
-Maragaglio es importante para Katarina, señor.
-No me interesa. Usted es un buen hombre, ponga distancia.

Nadie se atrevió a agregar alguna frase o gesto y la lancha partió hacia San Polo mientras la policía sustituía precariamente la labor de los buzos colocando los banderines de navegación, mismos que en lugar de estar en rojo, se hallaban en amarillo. 

El hielo en los canales era cada vez más denso y el crujido alertó a Giampiero y Hazlewood sobre la posibilidad de quedar varados en el canal. Tendrían que remar y esa posibilidad se acompañaba con el hecho de que habría bloques peligrosos y puntas afiladas que podían ser infranqueables. 

-Terminaremos caminando... No me miren así, ustedes no son los únicos que saben de agua congelada - dijo Maragaglio señalándose a sí mismo y al señor Berton, recordándole a los otros dos que estaban frente a un policía y un gelatero veterano. En un momento dado, Maragaglio deseó que los canales se volvieran sólidos y aquello no tardó en ocurrir.

-¡He perdido la lancha! - gritó Giampiero y trató inutilmente de desprender algo de hielo. Hazlewood no decía palabra alguna.

-Te dije, vamos - continuó Maragaglio.
-Per la mia Madonna! ¡La jodida lancha!
-No le pasará gran cosa, la reportaré y la remolcarán.
-¡Eres un hijo de puta, Maragaglio!
-Yo mismo la reclamaré, lo prometo, Giampiero.
-Desgraciado.
-Sólo vámonos.

Aunque ninguno de los otros tres quería arriesgar su vida pisando el nuevo suelo helado, Maragaglio sintió una comodidad que lo hizo pensar de nuevo en esa coincidencia, primero tan molesta y luego tan práctica, de helarse todo apenas él lo pensara. Detestaba el frío intenso, pero le era útil para llegar a dónde fuera y obligaba al resto a seguirlo naturalmente. El grupo parecía una exitosa jauría de lobos, caótica al final, pero el líder era capaz de ceder el mando y Maragaglio pronto le pidió a Hazlewood que se hiciera cargo. El viento se volvía inclemente a medida que salían del barrio de Dorsoduro y las banquetas alrededor del Gran Canale acumulaban tanta nieve y hielo, que ni siquiera la policía se atrevía a caminar en ellas.

-Ha iniciado la neblina, no creo que nos rescaten - anunció Hazlewood. Alguna vez, por surgerir que Venecia se hiciera de algún rompehielos, le habían llamado ridículo en el Ayuntamiento.

-Las tuberías no tardan en ceder ¿Creen que podamos acercarnos a una con agua caliente? Nos dejará caminar más seguros - siguió diciendo y el señor Berton recordó que nunca había visto los canales en estado sólido durante su vida. 

-Sería más facil con unos patines - concluyó Giampiero, antes de que los cuatro notaran que iban en una especie de cuesta arriba. El Gran Canale presentaba evidentes variaciones de nivel y en los sitios donde l'acqua alta había impactado, era un suplicio caminar. La peor parte venía al aproximarse a la Fondamenta del Vin, dónde el suelo era más resbaloso y Maragaglio cayó, golpeándose la nariz y ocasionándose un sangrado. El ataque de risa de Giampiero y la celebración del señor Berton incomodaron más a un Edward Hazlewood que optó por ayudar y colocar a Maragaglio sobre el borde de la banqueta. 

-Eso dolió - admitió Maragaglio luego de intentar hacerse el duro. 
-Creí que usted sabía de agua congelada.

Hazlewood notó que acababa de burlarse de Maragaglio, aunque sin malicia ni sonrisa y procedió a introducirle trozos de tela provenientes del forro de su suéter para detener la hemorragia.

-Mi padre me enseñó ese truco cuando era niño.
-El agua también moja.
-Él estuvo en el ejército británico, combatió en Dunquerque - siguió Hazlewood y Maragaglio notó que su improvisado enfermero era, hasta cierto punto, joven todavía. 
-¿Por qué me cuenta eso?
-Porque su caída me lo recordó... Gracias.

Hazlewood se animó y continuó revisando a Maragaglio hasta que este dejó de sangrar.

-Más merece - reprochó Berton y Giampiero volvió a carcajear.

-Yo también lo quiero, suegro - comentó Maragaglio, consciente de que cualquier comentario extra, desataría el enfrentamiento. Había evadido esa discusión por veinticinco años y no quería tenerla, al menos no mientras Susanna se hallara enferma. Por otro lado, Katrina lo había llamado un par de ocasiones y aprovechando la pausa forzada, finalmente le contestó, aunque brevemente y conteniendo sus palabras. Giampiero y Hazlewood disimularon al darse cuenta.

-¿Estás mejor? - preguntó Giampiero.
-No me fracturé.
-¿Tu chica nueva va a ser un problema? - curioseó en voz baja.
-Para nada, hay un arreglo.
-¿Cuál?
-Ella se queda en París.

Maragaglio permaneció serio, pensando que era la primera vez que mantenía a una amante a distancia y podía tener las cosas en orden. Durante su reciente espiral, había pensado mucho en Susanna, en Katarina, en casi cualquier cosa y Katrina había desaparecido de su mente durante días, pero tampoco lo veía como algo malo o como el inicio del fin; simplemente era un respiro que reforzaba su decisión de estar con ella.

Hazlewood por su cuenta, optó por intentar entender a los otros tres hombres, a la complicidad de la que estaba formando parte y a su curiosidad por no haber sido infiel; así que se desconcertaba por jurar implícitamente silencio, como si comprendiera la situación ¿Su moral no era tan firme o aún no determinaba cómo intervenir? Pero si pensaba en Katrina y lo que sabía, podía estar seguro de que quien saldría perdiendo, sería ella.

Unos minutos más tarde, el grupo al fin pudo suspirar de alivio. El hielo se hallaba al ras de la banqueta en la calle Paradiso y entonces notaron que las casas de los Berton y los Hazlewood eran un poco más lejanas de lo que recordaban, un poco más pequeñas. Los Hazlewood con su techo gris con verde y la fachada blanca; los Berton con su techo de tejas y su puerta inservible que había vuelto a abrirse.

-Creo que cambiaré el cerrojo - anunció Hazlewood y adelantó sus pasos, tratando de cubrir inútilmente su rostro al soplar el viento. Sus manos quedaron cubiertas por una fina capa de nieve que anunciaba que la tormenta iba a reanudarse, aunque no renunció a sus nuevas intenciones y luego de entrar en su casa, colocarse una chaqueta más adecuada y sacar sus herramientas de una caja junto a una mesita, se enfrentó nuevamente al aire helado y a la novedad de que su hijo Fabrizio se hallaba con Anna Berton. No le dirigió la palabra a nadie y se consagró a atender el desperfecto de sus vecinos, en un intento ingenuo de dejar de pensar en el día tan abrumador que había experimentado. 

Por su parte, Maragaglio tuvo energías para acomodarse enseguida en el sillón y abrazar a sus pequeños hijos, quienes demostraban sentir bastante frío. Aunque el viejo Berton se horrorizaba con la idea de qué la gente durmiera en la sala, no puso objeción a sus nietos en ese instante y su hija, Anna, resolvió enseguida repartir algo de té, aunque le preguntara a su padre en voz baja por cualquier noticia.

-Esa niña, Katarina, se ha casado, pero nadie está contento.
-Sabíamos que Maragaglio lo tomaría muy mal, papá ¿Qué les han dicho en la clínica?
-¿Sobre ese idiota? Que tome medicinas para los nervios.
-¿Es serio?
-En mis tiempos, te curabas de tonteras trabajando.
-¿Te preocupaste?
-No iba a dejar que se muriera aquí.
-En eso tienes razón.
-Anna, ¿Alguien ha llamado? 
-Susanna quería hablar con su marido.
-¿Consiguió un teléfono?
-El doctor Pelletier se lo prestó. Ella sonaba mucho mejor hoy, dice que ya no siente nada malo.
-Avísale a ése.
-A Marabobo le caerá bien saberlo. Descansa, papá, en un momento te serviré café.

Anna Berton sonrió un momento y giró hacia Maragaglio, quien claramente había escuchado todo, pero actuaba tan bien, que la mujer no se dió cuenta de que no tenía que dirigirle la palabra.

-¿Vas a llamarla de una vez?
-Gracias, Anna.
-Maragaglio, algo pasó mientras no estabas.
-¿Es importante?
-Susanna me pidió que buscara esta caja y te la diera.
-¿Qué hace aquí? 
-¿Te acuerdas de esa cosa?
-Es de un regalo que le hice a Susanna.
-¿Le diste zapatos?
-Las balerinas rojas que le envidiabas.

Maragaglio sonrió para sí mismo y aprovechando que sus hijos lo rodeaban, quiso contarles la historia de cómo Susanna había perdido sus zapatos cuando paseaba con él mientras les caía un aguacero veneciano, pero no tardó en quedarse mudo e inmóvil.

Simultáneamente, en el hospital San Marco della Pietà, la alegría y las buenas noticias habían comenzado a cambiar el ánimo de los pacientes. La mayoría se sentía mucho mejor, sin tos y sin fiebre; los que habían experimentado náuseas ahora apetecían cualquier cosa y un buen aspecto caracterizaba a aquellos cuya oxigenación oscilante parecía terminar.

Susanna Berton, sin embargo, podía estar segura de haber sanado ya que su prueba sin el oxígeno auxiliar estaba siendo exitosa. La influenza no volvería a molestarla, pero sabía que en cuarenta y ocho horas estaría de vuelta con sus hijos y con un Maragaglio que seguramente estaría ocupado en algún asunto inconfesable. Sólo anhelaba un momento familiar tranquilo, donde sólo se hablara del cumpleaños del compañerito de lentes, del señor de la tienda que regañaba a los vecinos, de que faltaba café en la despensa y de que no era bueno tomar jugo de naranja en las mañanas. Pensaba en la reacción de alivio de su marido con lo último, que bebía el líquido amarillo sólo por complacerla y darle la ilusión de que así se mantendría con energía.

-Maragaglio debió volver a casa ¿Cree que haya encontrado mi regalo?
-Es seguro - le respondía Alessandro Gatell con la visible molestia de seguir soportando las puntas nasales y cierto dolor de cabeza. Susanna no le mencionó más y se ofreció a llevarle más café, no sin asomarse a las habitaciones que tenía enfrente y ver a Ricardo Liukin abrazado de Maeva Nicholas y claro, a Katarina y Marco conversando entre risas. El doctor Pelletier examinaba algunos papeles y llenaba formas que el Ayuntamiento le había encargado.

-Señora Maragaglio, ¿Se le ofrece algo?
-Sólo estoy inquieta.
-¿Quiere que la revisemos?
-Oh, no se trata de eso.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted?
-Me he quedado angustiada, mi marido no ha estado en casa.
-Es un policía.
-Tengo la sensación de que le ha ocurrido algo.
-Bueno, es un hombre que creo muy ocupado.
-No ha llamado en todo el día.
-¿Quiere que volvamos a contactarlo?
-Me da una pena enorme.
-No entiendo por qué.
-Le había preparado una sorpresa.
-¿Celebra un aniversario?
-El del día que lo conocí.
-¿Se acuerda?
-Son veinticinco años, es tan cursi que ese día se me haya quedado en la mente...

Pelletier, a diferencia de otras personas que sentían conmiseración por Susanna, sonrió genuinamente y comprendió que la fecha no podía pasar sin más.

-Acompáñeme, lo celebraremos.

Susanna sentía había pedido un favor y eso la ruborizaba, aunque no se daba cuenta de que no molestaba a nadie. El doctor entró en una sala pequeña y oscura, donde un joven dj programaba las peticiones variopintas de los pacientes y personal médico, no sin colar canciones que le gustaban con frecuencia porque no podían reclamarle. Al chico no le desconcertaba que Pelletier entrara, pero sí que lo hiciera acompañado.

-¿Podrías hacerme un favor? Mi paciente quiere festejar su aniversario y llamar a casa.
-¿Qué tengo qué hacer? - preguntó el chico.
-Coloca este tema cuando yo te diga.
-Hecho.
-¿Crees que se pueda oír en un celular?
-No hay problema.
-Gracias.

El doctor giró hacia Susanna, cuyas manos temblaban de nervios.

-Llame a casa, Maragaglio estará ahí.
-¿Y si no es así?
-Es sólo un intento.

La mujer sonrió con los ojos brillándole y tomó el teléfono con el corazón palpitándole con fuerza. Tantos recuerdos llegaban a su mente, tantas imágenes: Maragaglio con su chaqueta de cuero, ella con su lazo rojo en su trenza floja, la primera vez que había escapado de casa con él y sus zapatos arruinados por la lluvia que habían ameritado una compra urgente de las balerinas rojas que durante años fueron los favoritos de Maragaglio y ella los atesoraba junto a su caja. A Susanna le ganaban las lágrimas de evocar su boda en un registro civil, con su chamarra top roja, su falda de manta negra, despeinada sí, pero con esas balerinas que en esa época, era todo lo que ambos podían declarar como propio.

-¿Maragaglio? - pronunció ella emocionada.
-Estoy con los niños, llegué hace rato.
-Me tranquiliza mucho, te hemos extrañado.
-Volví, Susanna ¿Cómo te sientes? ¿Te atienden bien?
-Me han cuidado.
-Le diré a tu doctor que te dé una cobija de felpa, no quiero que pases frío, está imposible afuera.
-Ha nevado.
-Todo se congeló.
-Presentí que te había ocurrido algo malo.
-¿Malo? No, nada, sólo trabajo. Estuve gestionando la boda de Katarina y atendiendo unos asuntos de la cuarentena con la policía, lo normal..
-Sentí como si estuvieras triste y no sé por qué, pero soñé contigo llorando.
-¿Estabas preocupada?
-Mucho ¡Me pone feliz saber que estás en casa!
-Tu padre y Anna me recibieron sin ganas de verme.
-Te quieren, no te angusties.
-Susanna, tu hermana me ha dado tu caja de balerinas.
-¿Te ha gustado?
-No creí que las tuvieras todavía.
-Están rotas.
-Encontraremos un zapatero.
-Es que yo... Hoy quería sorprenderte.
-Aun tienes el disco que me regalaste.
-¡Esa canción es especial para nosotros!
-Volví por ti después de oírla.
-Es que... Sólo quería darte una sorpresa.
-Susanna, créeme que me has sacado una sonrisa, me he acordado de cuando te regalé los zapatos, de la galería donde trabajabas y hasta del día que nos conocimos.

Eso último acabó por iluminar el rostro de la señora Maragaglio, quien no creía que él también tuviera presente el primer momento de esos veinticinco años juntos.

-¡Te amo tanto! - gritó ella y enseguida, le hizo el gesto al dj de colocar la canción que quería dedicar. Maragaglio por su cuenta, busco el viejo tocadiscos de la familia Berton y seguro de que funcionaba, colocó un vinilo de 7". De inmediato, Anna y el viejo Berton se llevaron las manos a la cabeza por reconocer la melodía de Abba que detestaban y que había sonado hasta el cansancio en su casa cuando Susanna se había a atrevido a dedicársela a Maragaglio y enviado el single a Milán. 

-Grazie ¡Ti amo! - exclamó él y Susanna no pudo contestar porque el llanto la rebasaba.

En el hospital, la canción sonó en cada rincón con un volumen un poco más alto de lo habitual y en la casa Berton, Maragaglio no dudó en tomar de las manos a sus hijos y sobrinos para bailar con ellos mientras les decía que con esa canción, él y Susanna habían decidido estar juntos y casarse, así como vivir en Milán. 

Pero la felicidad no fue compartida con todos: Ajena a la sonrisa de Susanna e ignorante de lo que Maragaglio hacía, Katarina Leoncavallo permaneció inmóvil y llorando en la orilla de su cama sin ponerse controlar. Marco Antonioni se colocó junto a ella y preguntó qué sucedía, sin obtener una certeza. La cabeza de Katarina se llenaba de memorias sobre su abuelo, quien aprovechaba cuando esa "canción indecente" sonaba en volumen alto para darle palizas atroces, romper sus tareas y obligarla a cambiarse de ropa luego de manchársela de tinta china. Nadie sabía que el anciano era quien colocaba a Katarina sus otrora característicos vestidos blancos, amarillos o rosas y la forzaba a disculparse de rodillas si se atrevía a ponerse pantalones o incluso, cortar su cabello. La joven sentía que aquel infeliz le había hecho algo, pero no podía darse cuenta de qué.

viernes, 4 de julio de 2025

La urgencia

Yulia Polyachikhina, Miss Rusia 2018.

París. Sábado, 23 de noviembre de 2002.

Ilya Maizuradze continuaba con sus actividades personales en París para evadir su llamado a Chechenia. Su límite era próximo y antes de encontrarse con Kleofina Lozko, otra persona lo aguardaba en el Salon Proust del Hotel Ritz y tal como le informaba el portero, la mujer había arribado ese mediodía y tenía pautadas bastantes reuniones ese fin de semana.

El señor Maizuradze portaba uniforme militar, sus lentes gastados de un armazón dorado sutil y una carta oculta, misma que sacó frente a una mujer que lucía una corona cuyas perlas parecían flotar en el aire. Tanta elegancia, lejos de inhibirlo, le pareció excesiva, pero cobraba sentido al distinguir el rostro delicado de Deva Romanova Holstein-Gottorp, única descendiente de la familia imperial rusa y última Gran Duquesa Romanov.

-¡Oh, Ilya, qué alegría verlo! - pronunció la joven de veinticuatro años, sin atreverse a abandonar su asiento, así se notara que había ensayado un abrazo. El hombre tomó asiento y sin pronunciar cosa alguna, entregó la misiva, sorprendido de que no existieran micrófonos, cámaras o espías alrededor. Ni siquiera el personal se hallaba presente.

-¿Los Isbaza no son mi familia? ¡He viajado tanto para el mismo resultado! - se lamentó ella - ¿Cuándo pararán estas malas noticias? ¡Mi familia ha muerto esperando!

Ilya Maizuradze trató de no reírse y luego de mirar al suelo y a la puerta, finalmente decidió corresponder a la conversación por primera vez en años.

-No entiendo por qué quiere hallar a esas personas ¿Qué sentido tendría? 

Pese a la severidad, la joven prosiguió:

-Simplemente, la de no seguir sola. Los Romanov hemos muerto, uno a uno y sin respuestas.
-Victoria de Inglaterra es su prima, señora.
-Que se haya casado mi tío Boris con una hermana del rey Eduardo, no me hace familia.
-El zar Nikolai también era pariente directo de George V; otro primo por cierto.
-¿Es que lo hemos fastidiado, Ilya? ¡Usted es el único guardián de la sangre pura que queda!
-¡Y usted no entiende que no la encontraré!
-¿Ha renunciado?
-He averiguado en cada casa real y con dinastías nobles. Nadie.

Deva Romanova bajó la cabeza.

-¡Tanto esfuerzo y la familia se perdió! - lloró.
-Sigo sin comprender por qué usted se aferra. Hasta donde sé, mi abuelo evitó que Nikolai conociera el paradero del último Romanov campesino y mi padre desapareció después de la Gran Guerra Patria, así que muchas referencias nunca tuve.
-Los Maizuradze han sido siempre los protectores imperiales.
-Mi abuelo se negó.
-¿Hemos sido malos?
-Trataron de vender la sangre pura en varias ocasiones. En cambio, los Maizuradze acompañamos a esa gente desde que Carlomagno lo encomendó. Ni siquiera desde el extravío los voy a traicionar.

Deva secó sus lágrimas.

-Mi familia me contó que la sangre pura se emparentó con la nuestra al escapar de la Revolución Francesa ¿Louis XVI era pariente?
-Otro primo traicionero ¿Por qué la insistencia en preguntarme siempre esa verdad? 
-Es que no entiendo, siempre escondimos a esas personas. Cuentan los campesinos de las afueras de Moscú, que aquellos cosechaban papas.
-¿Por qué no busca entre ellos, señora?
-Lo hice. Ninguno es un Romanov y no sé la razón de mantener mi fe en que podré reunirme con alguien.
-No me citaría si no tuviera un rastro.
-Hace unos meses ví a Sergei Trankov en Rusia, creí distinguir el dije de la sangre pura en su cuello.
-¿Disculpe?
-El corazón de Santa María del Mar, ese que robó Jean Lafitte y luego se perdió en el tiempo. Mi familia guardó el dibujo y quiero que me confirme si es el mismo.

Ilya Maizuradze arrugó el ceño para disimular que conocía esa historia perfectamente. El dije había permitido que Sergei se fuera de Rusia apenas Vladimir Putin lo había contemplado con esa joya puesta y además, sabía perfectamente a quien le pertenecía.

-Lamento decepcionarla.
-Pero el presidente me ha dicho que por eso le liberó de su arresto ¡Le reproché tanto!
-La urgencia nos hace ver cosas que no son.
-¿Soy la que queda?
-Si quiere ser la última Romanov, no la voy a detener.
-Un rastro nos llevó a Chechenia a mi padre y a mí cuando era niña.
-¿A dónde? 
-No se moleste, por favor.
-¿Pretende que yo continúe con su estúpida obsesión?
-Le pedí el favor al presidente...
-¡Si la Gran Duquesa no hubiera estado en este mismo salón en la revolución, todos los Romanov estarían muertos! 
-¡Lo sé, lo comprendo!
-¡Usted es una tonta, señora! Si no fuera por su escaño permanente en la Duma porque Krushev intervino a favor de su famila, usted estaría lavando platos en cualquier bistro de París.

La joven duquesa permaneció callada, sobretodo porque aquello era cierto. En 1968, su abuelo, el Gran Duque Romanov, Boris Romanov Holstein-Gottorp, había recurrido al embajador soviético de aquél entonces para arreglar el retorno luego de una quiebra económica triste. Al negarse la familia real británica a su auxilio, el destrozado Boris había hecho un trato: conservaría sus títulos y su escaño permanente en la Duma, pero sería diplomático a fuerzas y pactaría a nombre de la URSS sin recibir privilegios y perdiendo sus propiedades y joyas europeas, que en el tiempo presente, eran patrimonio del gobierno ruso en el extranjero. La corona que la joven Deva portaba a todos lados, era lo único que quedaba del esplendor imperial.

-Lo que todos desean, es que el heredero reclame el trono. 
-¿No haría usted lo que fuera por recuperar la dignidad, Ilya?
-En este asunto, no la he perdido.
-¿El gobierno francés sabe la cláusula de Carlomagno?
-Se mueren de ganas de que se cumpla, la guillotina brilla... ¿Sabe que los británicos abrirían un frente de guerra contra Francia y Rusia si aparece la sangre? 
-Recurrí a Victoria.
-Y como siempre, tuve que arreglar el desastre ¿Sabe que el MI6 persigue a unos tales Hazlewood por culpa suya, señora? 
-¿Ellos saben algo?
-Lo más gracioso es que no ¿Por qué los Romanov siempre le hacen daño a alguien? Hizo bien mi abuelo en perder a esos campesinos.
-¡Ilya!
-¿Para qué los quiere? 
-Sé que no murieron en los campos de concentración, ni en los gulag. 
-Intente ser feliz con eso.
-Sólo quiero recuperar a mi familia.
-El costo es echarle el Imperio Británico al mundo. Ese precio no se paga, señora.

Deva Romanova Holstein-Gottorp volvió a llorar de nuevo e Ilya Maizuradze se negó a cuidarla como antes. 

-Me preguntaba por qué mi jubilación no llegaba y descubro que prefiero hacerme matar en Chechenia. Cuando mi padre me contó que mi abuelo perdió a los Romanov campesinos, pensé que la misión había terminado. Ahora comprendo que la realeza sigue jugando.
-¿Qué hará Ilya?
-Lo de siempre, sólo soy un guardián. Cuando la bala me atraviese, la partida de todos habrá terminado.
-¿Y si el dije aparece? ¿Si Trankov lo vende?
-Rece porque nadie lo lleve consigo.

Ilya se levantó enojado y pensó en que no se conocía el verdadero camino del linaje puro carolingio. Esa sangre, tan buscada, tan importante, directamente bendecida por Dios... Pero los Maizuradze conocían la historia verídica: La de la familia humilde que, atormentada por un invierno eterno, rogó escapar de la Reina de la Nieves. Un soleado día de aparente fortuna, llegó la historia ante Carlomagno, el conquistador, quien emprendió campaña en su ayuda. Cautivado por la inusual belleza de Regina, la hija mayor de esa familia desgraciada, el rey les tomó como parte de la corte, asegurándoles que estarían a salvo y de la unión nacerían dos hijos. Pero el daño estaba hecho: la Reina de las Nieves había poseído el cuerpo de esa muchacha elegida y había purificado su sangre al extremo para ser especial, para vivir la vida terrenal con comodidades. Pero al ser bautizada, la Reina de la Nieves fue condenada a vivir entre los pobres y con la misma familia, perseguida por la pureza, misma que se había delatado porque una mujer por generación, congelaba todo a su paso. Los Maizuradze, quienes habían recibido la encomienda de Carlomagno de cuidar ese linaje, se habían encariñado genuinamente, asumiendo su protección, incluso cuando la corte francesa los había llevado ante el Rey Sol para emparentar nuevamente. Los Maizuradze, que conocían mejor su ascendencia propia, les habían fugado a Rusia para evitar el fatal sino de sus parientes en la revolución francesa, sin poder evitar que el apellido fuera reconocido por los zares. Al unirse por matrimonio a los Romanov, los miembros de la familia La Cour modificaron su apellido a Lazukhin y optaron por regresar a las actividades del campo, sobretodo al darse cuenta de que su maldición jamás se iría. Pasaron siglos y los Lazukhin continuaron en sus plantíos pequeños, lejos de la opulencia Romanov, hasta que un día, la revelación de la pureza de su sangre llegó a Inglaterra, ocasionando que un Maizuradze se escapara con un niño llamado Goran Lazhukin, mismo que, al ser hijo único, llevo consigo a la Reina de las Nieves a todos lados, hasta juntarse con un pueblo migrante, también ruso, pero despreciado, los dorados, que buscaban dónde vivir hasta que un barco les llevó a la isla de Tell no Tales, ya ocupada por los azules, que no eran más que franceses expatriados que enseguida les relegaron a las afueras y a pasar más pobreza. Los Maizuradze entonces, leales, decidieron extraviar sus huellas y separaron sus caminos, volviendo imposible que descendientes como Ilya Maizuradze, supieran la identidad de la sangre que protegían, salvo por señales inequívocas como un sueño que involucraba a una niña de abrigo rojo y un dije que al tocarlo, hería a quienes no tenían la sangre pura; pero el objeto se había perdido en algún momento, lo había tenido el pirata Jean Laffite hasta el hundimiento de su barco y no se supo más. Luego, al llegar la Revolución Rusa, la familia imperial se había comprometido a rastrear la sangre, pero por mala suerte, los abundantes registros del apellido Lazukhin aparecieron, confundiéndose con los del primo extraviado, quien para entonces, se había nombrado como Liukin.

Sin embargo, la historia siguió y la Reina aguardó y después de desearlo, el joven Goran Liukin se convirtió en padre de Lía, de cuya carne pudo apoderarse. Luego de la tumultuosa vida de aquella mujer y asfixiada por su falta de libertad en Tell no Tales, la Reina viajó por el mundo, hablando un día a Carolina Leoncavallo, de quién se apoderó y se volvió madre de Maragaglio con la esperanza de que este le daría nietas cuando creciera; pero al descubrirse el incesto de Carolina y Goran Liukin Jr., la Reina retornó a Tell no Tales y así, un 2 de agosto de 1988, eligió a una recién nacida Carlota Liukin, una bebé tan bella como la Regina de Carlomagno, irresistible y etérea, perfecta para continuar cumpliendo su condena. Y como siempre, los Maizuradze estaban allí, cuidándola sin conocerlo, hasta que el dije de Santa María del Mar fue distinguible de nuevo. 

Ilya Maizuradze abandonó el salón con cierto enojo y no se detuvo hasta llegar a su propia habitación, habiendo olvidado sus compromisos y tratando de sacar su furia escribiendo rabiosamente el primer informe que presentaría en el campamento militar ochenta y tres de la República de Chechenia, percatándose de que pronto, la inteligencia británica comenzaría a seguir a la Gran Duquesa Romanov y como siempre, el gobierno ruso tendría que intervenir para la seguridad del bando traidor de la familia Romanov.

sábado, 25 de enero de 2025

La puerta abierta (La boda de Marine, cuarta parte)

Tell no Tales. Sábado 23 de noviembre de 2002.

A Lleyton Eckhart le preocupaba la multitud que se dirigía a Corse y pronto, la policía tuvo que colocar vallas a los alrededores del barrio para evitar tumultos. En la desesperada ciudad de Tell no Tales se buscaba comida, así que era una garantía asistir a la boda de Marine Lorraine para recibir una ración de lo que fuera, aunque nadie la conociera y se tuviera que dar algo forzosamente. La gente preparaba cosas de lo más variopintas, incluso se regalaban peluches o flores.

-Le dije que liberara la fruta del valle - dijo Don Weymouth cuando Lleyton quiso tomarse un respiro en su cantina. Bérenice trataba de escuchar la conversación y fingía limpiar la barra.

-La señora Isbaza se opuso.
-¿Cuál de todas?
-Steliana Isbaza.
-¿Es que la víbora todavía vive?
-Sigue siendo la dueña.
-La estafadora. 
-He revisado los papeles y están en orden.
-¿Por qué permite que nos mate de hambre?
-Solicité una intervención extraordinaria.
-¿Y qué dijo el juez?
-Estoy buscando que alguien dé su firma.

Weymouth se rió con rabia y optó por beber un poco de ginebra en otra esquina del local para evitar enfadarse más.

-Tu jefe quiere golpearme- mencionó Lleyton a Bérenice.
-Es que ya no hay forma de hacer salkau.
-Tal vez en la boda obtenga algo, mañana hay una cena en la calle Nautonier y han invitado. 
-¿La boda de quién? 
-La de Marine Lorraine. Su prometido es el apoderado legal de Industrias Isbaza.
-¿Apo.. qué?

Lleyton sonrió.

-Apoderado. Eso quiere decir que puede tomar decisiones por la señora Isbaza sobre algunas cuestiones.
-¡Ah! ¿Crees convencerlo?
-No lo conozco, Bèrenice, pero la familia Ferny es muy querida en Corse, así que trataré de usar eso.
-Saldrá bien.

La joven asentó y miró a su jefe, quien no sabía si debía reír o enfadarse. Fuera de Corse, nadie ubicaba a Laurent Ferny, pero Don Weymouth casi se aseguraba a sí mismo que el tipo diría cosas como "trataré de convencer a la señora Isbaza" o "haré todo lo posible", sin pasar el recado. 

-Este casamiento me va a volver loco - se quejó Lleyton.
-¿Tienes mucho qué hacer?
-No es por eso, Bèrenice. Tú sabes que debo investigar un diamante y al principio creí que era divertido.
-Me contaste algo que no entendí.
-El tal Maragaglio me llamó y me exige que lo deje trabajar solo.
-Ha de ser un idiota.

Bérenice provocó que Lleyton sacara una carcajada finalmente.

-Bueno ¿Y te vas a divertir? - preguntó ella.
-No lo sé, no me gusta ir a Corse.
-¿Por qué?
-Las gaviotas.

La chica pensó que Lleyton hablaba de esas aves que habían comenzado a expandirse por toda la ciudad a raíz del terremoto y que a veces molestaban a quienes se detenían a mirar la cascada de Marchelier o a intentar conseguir algún pescado en el barrio ruso. Pero aquel vocablo tenía doble significado. Las gaviotas eran aquellas mujeres de Corse que buscaban marido y que revisaban constantemente las páginas de sociales para codiciar a quienes aparecieran en ellas.

-Al menos Sophie ha escogido ropa de nieve para una escapada familiar.
-¿Todavía tienes novia?
-¿Hay algo de malo, Bérenice?
-No, nada. 
-No hay problema si te cuento que como parte de la pesquisa, asistiré a un viaje que Laurent Ferny ha organizado para su novia, sus suegros y algunos amigos.
-¿Eres su amigo?
-Repito que no lo conozco.
-¿Y para qué vas?

Bérenice preguntaba seriamente.

-Estoy llevando el caso del diamante de contrabando perdido y no descarto que el de Marine Lorraine no esté limpio.
-¿Te dará tiempo de esquiar?

Lleyton no quería saber si la joven se burlaba o era cierto que no comprendía gran cosa, pero le continuaba irritando mencionar a su novia frente a la chica y esta respondiera como si no fuera la gran cosa. Aunque también se daba cuenta de que el humor de Bérenice acababa por vencerlo y él aún creía que su relación con Sophie era temporal.

-Lo que haré será ir de compras - respondió el hombre.
-¿Qué vas a querer?
-Dicen que en Vichy los hombres usan polo.
-¿Qué cosa?
-Hablo de ropa, Bérenice.
-¡Te ayudo a escoger el color!
-Lo agradezco...
-¡Vamos, vamos! ¡Jefe! ¡Me invitan de compras!

Don Weymouth no quería disimular molestia.

-¡Te doy permiso si dejas que pongan en su lugar a ese idiota?
-¿Cuál?
-¡Eckhart!

Bérenice llevó la mano a su boca y con la otra jaló a Lleyton al exterior. Hacía un poco de calor, pero el viento otoñal anunciaba la lluvia nocturna, aquella que era habitual pero muy molesta en una ciudad que prefería las nevadas o el verano así, sin medias tintas. La gente comenzaba a colocarse suéteres, así que ella imitó el gesto y Lleyton igualmente con su abrigo. Las tiendas del barrio Centre parecían adecuadas, pero él optaría por ir al parque De Gaulle y atravesar hacia Poitiers, al otro extremo de la ciudad, alejándose de quienes fueran al norte, junto al mar, en Corse.

-Sophie está entusiasmada con este viaje - comentó.
-No entiendo por qué estás con ella.
-Ya hablamos de eso, Bérenice.
-Entonces no digas su nombre.
-¿Por qué no? - él sonrió.
-Porque no va a durar.

La chica también mostró su sonrisa.

-Sólo quería decirte que a Sophie le pareció buena idea.
-¿Por qué vas con ella, Lleyton?
-Es mi novia.
-Pero irás a trabajar.
-No significa que no tenga tiempo libre.
-Quieres engañar a todos. 

Lleyton ni siquiera parecía desconcertado por el comentario de Bérenice porque había notado que al enojarse, ella se volvía más perspicaz, más lista. 

-Tal vez no soy tan discreto, pero de verdad quiero pasar unos días con mi novia, no entiendo el problema - remató él. Bérenice bajó la mirada y se preguntó por qué lo estaba siguiendo.

-Si fueras libre, te llevaría - confesó él y luego miró al lado opuesto. 
-¿Te gusta la nieve?
-Tanto como a ti.

Ambos guardaron silencio y al poco tiempo, se separaron. Mientras ella se iba sin despedirse, él se adentró más en el parque, preguntándose qué estaba haciendo, si todo marchaba en orden. Recordar que Bérenice estaba embarazada era un buen freno para evitar pensar en ella con frecuencia o al menos, de engañarse para no ir detrás de sus pasos. Pero entonces, no tenía sentido que se hubieran encontrado en una cita y que compartieran tiempo si se encontraban en la calle. 

Lleyton continuó hasta otro extremo del parque, llegando a la avenida Champollion, en donde había una tienda de ropa en la que lo conocían bien, no necesitaba pedir colores en particular o cruzar más allá de un saludo y alguna palabra, era breve y podía despreocuparse por los detalles. Sin embargo, su semblante le hizo imposible portarse como siempre y al dejar ese lugar, se percató. Descontento y con la cabeza baja, tomó asiento en un café cercano, mirando hacia la puerta del Edificio Roberts, del cual salía una mujer muy mayor acompañada de una posible nieta. 

-"Creí que Agathe Anissina había muerto hace años" - pensó y eligió moverse. Antes de siquiera ordenar algo, Lleyton se levantó, cruzó la calle y se precipitó en tocar el timbre del número nueve con la intención de charlar con Steliana Isbaza. Una voz femenina le indicó que la señora Isbaza se hallaba indispuesta, pero él replicó que investigaba un caso relacionado con Laurent Ferny, así que se le permitió pasar enseguida. El elevador era rápido, pero muy frío y Lleyton descendió con alivio, aunque frotándose las manos antes de toparse con que una puerta estaba abierta y que una joven con muchas pecas y labial cereza le permitía pasar al apartamento de Steliana Isbaza. 

-¿Su abrigo? - preguntó ella.
-No es necesario, no me quedaré - dijo Lleyton y la otra se encogió de hombros antes de desaparecer hacia la cocina. El hombre avanzó hacia la sala y observó a una mujer bastante mayor asomada por su ventana hacia la calle. Parecía increíble que fuera Steliana Isbaza e incluso, pareciera presumir una mascada de color verde seco.

-No lo esperaba, Lleyton - dijo la mujer sin voltear.
-Vengo por un asunto oficial.
-¿Laurent está acusado de algo que deba importarme?
-Trabajo en averiguar el origen de un diamante.
-¿Qué tiene que ver conmigo?
-El señor Ferny es apoderado suyo.
-No debió molestarse.

Steliana volteó y con un gesto, indicó a Lleyton que tomara asiento. Ella igualmente lo hizo, aunque sirvió té sin preguntar.

-Laurent es un joven serio. Se casará dentro de poco y me pidió ayuda para elegir su traje.
-¿Usted asistirá a algún evento en Corse?
-No me revuelvo con la gente desde hace mucho, a mi edad puede ser cansado.
-Claro.
-Aun recuerdo a sus padres, Lleyton ¿Podría enviarle mis saludos?
-Por supuesto.
-Dígame ¿Debo preocuparme? Se trata de mi apoderado y la confianza es delicada.
-Seguramente no.
-¿Sospecha del robo de un diamante, Lleyton?
-Más bien, estoy rastreando uno.
-¿Por qué sospecha de Laurent?
-Más bien de quién o quienes le vendieron el anillo de compromiso de la señorita Marine Lorraine.
-Oh ¡Ja, ja, ja! ¡Lleyton! ¡Me sorprende que no lo sepas!
-No le entiendo, señora.
-Yo misma elegí el diamante de la señorita Lorraine.
-¿Usted?
-En la joyería de junto. Cuando Laurent me comentó que pensaba en proponer matrimonio, compré el anillo y le aseguré que sería un éxito en la propuesta.
-Qué generosa.
-Laurent es un estupendo gestor financiero, usted puede ver este gesto como un incentivo.
-¿No le preocupa perderlo pronto? Me han dicho que aceptó un empleo en un banco.
-El banco donde yo misma gestiono mis cuentas. El señor Ferny se hará cargo a partir del próximo mes de todos mis bienes.
-Qué responsabilidad.
-Por eso no concibo la idea de que se le investigue.
-El señor Ferny no es culpable por recibir un regalo.
-Sólo le faltará indagarme.
-Le he dicho al Gobierno Mundial que todo esto es un malentendido, pero ya ve, encontraron una pista y no querrán soltarla. Verá en unos días que le ofrecerán una disculpa.

Lleyton se sentía incómodo, pero tomó el té y sonrió de saber que una potencial culpa se podía repartir. Aunque no lo acostumbrara, comenzó a sentir que no estaba reparando en detalles y pronto, notó que la señora Isbaza había estado llorando, además de mirar un retrato recién colocado en su mesita de lectura. El hombre no correspondía al recuerdo de Joseph Kerr y tenía anotada la leyenda "Leoncavallo" en la parte inferior.

-Supe que su familia se estableció en Mónaco - continuó él.
-Ha sido lo mejor. Este apartamento era muy ruidoso y Marian me tenía atormentada.
-¿Nunca lo regañó?
-Es mi nieto, no me molestaban las visitas sino esas jovencitas de Corse, las "gaviotas".
-Entiendo.
-Al menos se ha ido comprometido ya.
-¿No le parece prematuro?
-¿Lo dice por la pequeña Raluca? Marian esperará, ya sabe cómo son las familias reales.
-Y de Tell no Tales.
-Lleyton, te casaste muy joven también.
-El divorcio fue un éxito.
-A veces los arreglos no salen bien.
-Steliana ¿Puedo ser indiscreto?
-Por supuesto.
-¿Usted sabe algo sobre la familia Liukin?
-¿Quiénes?
-Los Liukin.
-No les conozco.
-Hay rumores.
-Sé a qué se refiere. Mi fallecido esposo me regaló unas tierras en nuestra boda e Industrias Isbaza nació en una granja del valle que él y yo misma sembramos. Lo demás han sido chismes sin más.
-Conozco esa historia pero no es lo que me hace preguntar.
-Me deja sin palabras, Lleyton.
-Es que el señor Kerr le concedió a mis padres una participación en la compañía y me interesa retomar el control de las acciones ahora que ambos han decidido retirarse.
-Será cuestión de conversarlo con el señor Ferny.
-Los rumores dicen que mis padres las han dejado trabajar solas y han generado algunas utilidades.
-No habrá dificultades para mis amigos.
-Muchas gracias.

Steliana iba a agregar algo cuando la chica de pecas intervino para anunciar una llamada urgente. A pesar de la molestia, la mujer se levantó y se dirigió a su estudio sin voltear. Lleyton de inicio sintió cierto aire de mala educación por parte de la muchacha, pero después se percató de que los descuidos de ésta eran deliberados y le hacía gestos para que se aproximara al estudio. El hombre lo hizo y la chica lo dejó solo. Steliana normalmente utilizaba el altavoz para evitar escuchar erradamente.

-¡Laurent! ¿No es pronto para llamar?
-"Estoy en medio de esta parrillada y sólo quiero que termine, los vecinos son molestos".
-Ten paciencia ¿Le has entregado a Marine su broche de compromiso?
-"Todos aplaudieron".
-¿Cómo está la novia?
-"Marine está bailando con sus hermanas. Seguí tu consejo y le ofrecí la primera mazorca asada. La gente de Corse creyó que era una cortesía y me acaban de felicitar por los mariscos".
-Te dije que los pescadores siguen siendo corrientes.
-"Los Lorraine no son diferentes".
-¿Has conseguido algo de ellos?
-"Aceptaron el viaje familiar a Vichy y tengo la lista de invitados".
-¿En cuánto nos va a salir?
-"Menos de lo que calculamos, sólo invitaron a Goran Liukin Jr. cómo teníamos previsto y a un tal Maragaglio que nos puede causar problemas".
-¿De qué clase?
-"Maragaglio es agente de Intelligenza Italiana así que ingenuo no es".
-Será una dificultad importante.
-"Abuela, debemos tener mucho cuidado. Averigüé que ese tipo es el hermano mayor de Marine".
-¿Hermano? ¿No habíamos investigado a los Lorraine?
-"Nuestra 'querida Lou' fue la que lo incluyó en el viaje. Le pregunté a otras hermanas de Marine y todas dijeron lo mismo". 
-¿Crees que sospechen algo?
-"No me agrada que no lo hayan mencionado en todo este tiempo".
-Lo arreglaremos, pregunta lo que puedas sobre él.
-"Albert Damon me ha dicho que Maragaglio es el invitado de honor".
-¿Honor?
-"Y Lou dice que ese idiota es muy importante para Marine... ¿Será que también nos han vigilado?"
-¿Cuál es el rango de Maragaglio?
-"No lo sé todavía, pero no parece un policía cualquiera por lo que me están platicando".
-¿Cómo está Leonora?
-"No te preocupes, sigue mezclada con estas personas y le pedí que pregunte por Maragaglio si es posible".
-¿No está fastidiada?
-"La contenté con mi tarjeta de crédito".
-Bien hecho, Laurent.
-"Pasaré en la noche a verte, abuela".
-¡Desde luego que lo harás! Yo también tengo unos asuntos qué tratar contigo.
-"¿Algo grave?" 
-Lleyton Eckhart está en la sala y hace unas horas vino Agathe Anissina.
-"¿Qué buscan?"
-Guarda bien los papeles de propiedad del valle, hay algo que no me gusta.
-"Los he colocado en una caja fuerte privada... También debes saber que precisamente Lleyton Eckhart irá al resort de Vichy con nosotros, está rastreando un diamante y sospecha de mí".

Lleyton optó por cerrar la puerta en silencio y volvió a su sitio en la sala, mientras la chica de pecas le observaba.

-En la campiña dicen que el valle es de los Liukin.
-Me han repetido eso en los últimos días - contestó Lleyton.
-¿Y no hará nada?
-No puedo probarlo.
-La caja fuerte de la señora Isbaza está en la calle Piaf.
-¿Cómo lo sabes?
-Me divierto con su nieto cuando Leonora y Marine no están.
-¿Laurent es adoptado?
-Si nombre es Laurent Ferny Isbaza, pero esconde el Isbaza para que la gente le confíe su dinero.
-¿Por qué me dices esto?
-Porque Laurent prometió llevarme a Vichy y en la mañana me dijo que no lo hará. 
-¿Sólo por eso? 
-Y porque hace mucho no me regala cosas.
-¿Eres su amante?
-Soy la que cuida de Laurent.
-Lo estás traicionando.
-Lo estoy salvando.
-¿De qué?

La joven quería contestar, pero reparó en una tardanza y regresó a la cocina inmediatamente. Lleyton estaba confundido y por un momento, deseó que Maragaglio se apareciera de una vez. Consciente de que tenía que disimular, tomó el resto de té y se distrajo con el celular, sobretodo al notar que Sophie Talmann le había enviado un par de mensajes y quería verse esa noche con él.

sábado, 18 de enero de 2025

Dos rivales (La boda de Marine. Tercera parte)


Tell no Tales. Sábado, 23 de noviembre de 2002.

El hecho de que Albert Damon celebrara la boda de su hija Marine había ocasionado expectativas en la ciudad y con ello, la asistencia de invitados que podían ser muy importantes. Agathe Anissina era consciente de ello y prestó atención a la previsible llegada de Goran Liukin Jr.; pero nadie podía prepararla para la sorpresiva asistencia de Lorenzo Liukin.

-¡Dios mío! - exclamó la mujer al leer el periódico de mediodía y enseguida, pidió a su nieta que le llevara a realizar una visita.

Mientras el tránsito hacia el barrio Corse no hacía más que empeorar, en las calles aledañas al parque De Gaulle se sentía cierta soledad. La gente no salía de sus apartamentos con frecuencia y desde varios balcones se contemplaba lo poco de devastación que quedaba mientras el agua cristalina y las gaviotas se apoderaban de las zonas inundadas hasta llegar al mar. La vegetación crecía muy rápido.

En el número 9 del edificio Roberts de la calle Phillippe Caron, a un paso de la estación de metro del mismo nombre y junto a una joyería, vivía Steliana Isbaza, otrora socialité y filántropa local que ahora vivía holgadamente de la generosa pensión que recibía de un nieto y parecía gozar de una salud que no se quebraba nunca. A sus ciento cuatro años, la mujer se preguntaba por qué no había muerto.

-Le visita Agathe Anissina - le informó su mayordomo y la recién llegada tomó su asiento en un sillón frente a Steliana, sin aguardar a que se le diera la bienvenida.

-Me sorprende que te portes como Lía Liukin el día que vino a hacer escándalo cuando se divorció de Joseph - reprochó la señora Isbaza.
-Molestarte es necesario.
-Esa mujer nunca pudo comportarse en mi casa.
-Pero al menos te partió la cara, Steliana.
-Yo acababa de dar a luz.
-Pero eras fuerte para resistir.

Agathe ordenó que se trajera té y mandó a su nieta a la cocina con la orden de no acercarse hasta que se lo ordenara. Al estar en privacidad, prosiguió:

-Steliana, creo que es hora de que devuelvas lo que robaste.
-¿Las tierras del valle?
-¿Sigues tan cínica?
-Eso campesinos no habrían sabido qué hacer con tanto.
-Joseph también despojó a la gente de Corse.
-Esos astilleros se vendieron hace mucho.
-¿Laurent Ferny maneja tus cuentas?
-Ese jovencito se comporta como mi esposo.
-Entonces es un ladrón.
-Rescató las cuentas de mi familia.
-Ese dinero tampoco le pertenece a los tuyos.
-Mis hijos y nietos lo han trabajado.
-El valle y la planta de alimentos no les pertenecen.
-Se hicieron las gestiones, Agathe ¿Quieres seguir hablando de las mentiras de Matt y de los Liukin?
-Quiero saber por qué mandaste a Laurent Ferny a casarse con una inocente ¿Qué le puede interesar de Albert Damon?
-La copropiedad de una extensión de la campiña.
-¿La que no le robaste a Goran Jr.?
-¿Quién te lo contó?
-Bien sabes que Albert le dará la tierra a sus hijas si Goran decide venderle.
-Los prestanombres como el señor Damon van a la cárcel.
-Los estafadores como tu marido nunca pagaron.

Agathe derramó el té sobre la alfombra, sorprendiendo a Steliana.

-¿Cuántos años tienes, vieja amiga?
-Steliana, tú llevas la cuenta que olvidé.
-No te has muerto por algo.
-Y tú porque tienes pendientes ¿Dónde está tu familia?
-Se han marchado a Mónaco para emparentarse con la realeza... ¿A dónde fueron los tuyos, Agathe?
-Sabes que se han quedado aquí.
-Mi bisnieto Marian consiguió compromiso con una princesa.
-A ese proxeneta también hay que darle su escarmiento.
-¿Viniste de juez?
-¡He venido a exigirte que dejes a Albert Damon en paz!

Steliana respiró profundamente y levantó los trozos de la tetera rota sin importar herir su mano.

-Quiero asegurar el futuro, Agathe.
-Tu familia está más que asentada.
-Sabes a qué me refiero. 
-¿Eligieron a la niña sorda porque la creen tonta?
-Marine Lorraine tiene un brillante futuro.
-¿Laurent le hará a ella lo mismo que Joseph a Lía, verdad?
-Laurent es el único nieto que no me abandonó aquí.

Agathe Anissina se desconcertó de enterarse.

-¿Vas a dejarle todo?
-¿Quién lo diría? Ese sí aprendió de la familia, de mi Joseph. 
-Si consigues las tierras de Albert, no necesitarás a esa joven cerca.
-La amante de mi nieto lo vale.
-¿Quién es?
-Leonora de Inglaterra. Laurent será rey.
-¿Y Leonora tiene idea de la clase de sinvergüenza que es tu nieto?
-Laurent le obsequió la propiedad en la campiña que pertenecía a Goran Liukin padre.
-Era su casa.
-Iniciaron las obras para una nueva plantación.
-¡Vas a destruir la tumba del señor Liukin!
-¿No te han dicho que en ese lugar crece el tabaco?

Agathe se preguntó internamente qué más necesitaba Steliana para seguir humillando a los Liukin, sobretodo porque nunca le habían hecho daño.

-¿Vas a impedir la boda, Agathe?
-No te entiendo, Steliana ¿Qué tienes contra Lía que no le perdonas?
-Maurizio Leoncavallo.

La señora Anissina no pudo ocultar que aquello le impactaba de forma inesperada ¿Qué tenía que ver un obrero maleducado y tosco con un problema que había iniciado años atrás con Lía y Joseph Kerr?

-¿Cómo sabes tú de él?
-No soy la única que viajó a Italia, querida.
-¿Cuándo pasó? 
-En el '46. Repetí cada verano hasta que Leoncavallo murió.
-¿Qué hiciste?
-Lía no podía tener un mejor marido que el que tuve yo.
-¿Intentaste robarle a Maurizio?
-¡Ese fue el único hombre que amé!

Steliana adoptó un gesto duro y se mantuvo sin llorar, aunque tuviera ganas.

-¿Por qué le quitaste a Lía todo lo que tenía? - preguntó Agathe con rabia. Hubo un breve silencio.

-Nadie podía ser más que yo.
-¿Más? Si tú eras la millonaria de esta ciudad.
-No lo entiendes, Agathe.
-Steliana ¿Qué poseía Lía que tú no? ¡Le arruinaste la vida antes de que conociera a Leoncavallo!
-¡Todo!

Agathe no contestó.

-Lía siempre me ganó. La más bonita, la de mejores modales, la que asediaban los príncipes y los reyes ¡Yo quería al hijo del Káiser y él se fijó en esa araña! O cuando regresó Matt ¡Tú te ibas a casar con tu primo, Agathe! Y yo logré ignorarlo ¡hasta que le entregó el anillo de compromiso a ella! Siempre fue la más lista, la que fue a la universidad, la que pudo vivir, Agathe. Nosotras no.

Ambas mujeres detuvieron la discusión un instante y la retomaron al observar el reloj marcar las diecisiete horas.

-Sólo pude quitarle dos cosas: Las tierras del valle y Joseph Kerr.
-Lía nunca se metió contigo.
-Por una vez, yo alcancé lo que ella no. A Joseph le di hijos, una posición y las amistades para hacer lo que quisiera. Lía casi se moría de amor, salió de aquí derrotada ¿Acaso no podía tomar el derecho de ganarle en algo? Esa mujer se humilló sola ¿De quién es hijo Goran Jr.? ¿Qué mujer engendra con su padre si no es una perversa? Yo le gané. En Tell no Tales le gané ¿Y de qué sirvió? Tuvo lo que quiso después. Más hijos, más fama ¡Yo no era joven cuando la volví a ver! Y ella... Ella sí.
-Lía era más fuerte que tú.
-Y luego la ví tan bonita, con Maurizio. Él era tan bello, ingenuo, bromista, sincero ¡Esa araña había tenido un hijo con su padre! ¿Por qué ella se merecía a un hombre como Maurizio y yo no?
-A Joseph no le importaba otra cosa además de sus estafas y te empeñaste tanto en robártelo y luego en hacerlo tuyo, que cuando te topaste al hombre que podías amar, estabas seca, Steliana. 
-Maurizio era tan devoto con ella, tan cortés. Una cara perfecta, un porte divino. Cuarenta y siete años tenía yo y también Lía. Pero la que él amaba era ella.
-Leoncavallo no estaba en venta ¡Era partigiano! 
-Cuando enviudó, creí que la oportunidad llegaría ¿Qué me respondió? Que Lía era su única mujer. Me echó de su casa, de su vida ¡A mí! ¡A Steliana Isbaza! Y debí conformarme con verle cada verano desde la acera opuesta a su reja, lamentando no haberle encontrado en mi juventud, aunque fuera lo que tú y los demás decían de él. Soñando con que hubiera sido el padre de mis hijos o de menos, el padrastro. ¡Nunca podré perdonar a Lía por quedarse con lo más sagrado de mi corazón! Yo nunca quise a Joseph, pero él hizo más importante el apellido de mi familia, le dió más poder. Cumplió con creces para ser un simple capricho. Quizás Lía ganó la guerra, pero no la batalla en su casa. Laurent fue el único que sacó el orgullo y mi nieto no sólo nos entregará el último trozo de tierra de los Liukin. Él será importante ¡Él hace lo que se debe!
-Ningún Liukin te ha hecho mal.
-¡Esta es mi última venganza por Maurizio Leoncavallo!

Agathe Anissina jamás había visto a una persona descomponerse y supurar como Steliana Isbaza, aunque en el exterior se viera firme, lúcida y elegante. Las dos mujeres pasaron apenas unos minutos más a solas, retirándose la señora Anissina para evitar saludar a Laurent Ferny, quien tenía agendada una visita a su abuela después de una publicitada parrillada en el barrio Corse, donde la familia Lorraine celebraba sin saber una estrategia de despojo. La amante de Laurent, Leonora, era una vigilante asistente al evento.

jueves, 16 de enero de 2025

Las pestes también se van (Un día amoroso)


Venecia, Italia. Sábado 23 de noviembre de 2002.

Entre Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni hubo una noche de bodas linda y en la mañana, un nuevo ataque de risa los asaltó mientras hacían el amor, prometiéndose esperar a ser dados de alta para repetir esa clase de intimidad en un entorno más privado. Afuera, una enfermera y el doctor Pelletier les esperaban.

-Tenemos que regresar con Juulia y Tennant - recordó Katarina.
-Si pudiéramos quedarnos, te daría el doble de besos.
-Ay, Marco, no me hagas quebrar mis votos y pedirle al doctor unas horas extra.
-Uy, más tiempo para nosotros.
-Nos tiene que dar la medicina... Esto de dormir juntos se siente tan bien.
-Mejor que todo.
-Acabemos pronto para que nos revisen.

Aunque se tomarían treinta minutos más, los dos no se rehusaron a seguir las instrucciones de Pelletier al salir de la habitación nupcial, que en realidad sólo era el depósito de escobas con unas sábanas y almohadas colocadas sobre un catre de algún residente. A Katarina sin embargo, le era adorable y más cómodo que su cama en la habitación regular y le sonrojaba saber que los pacientes no necesitaban un chisme para adivinar qué había pasado después de la ceremonia.

-Nos tienen envidia - aseguró Marco y ella caminó más tranquila por el pasillo. 

-Buenos días, Katy. Hola, Marco - saludó el doctor Pelletier.
-Me gustaría que me dijera "señora Antonioni".
-De acuerdo, señora Antonioni. Debo hacer unas preguntas.

Katarina sonrió y respiró profundamente, aunque la cánula nasal le lastimaba.

-¿Algunos de los dos tuvo fiebre durante la noche?
-No - contestó la pareja al unísono.
-¿Náuseas, mareo... El corazón agitado?

Marco Antonioni tomó con cierto humor la pregunta.

-Nadie tuvo eso - replicó.
-¿Sudoración, hormigueo?
-Quizás un poco de sudor, pero no parábamos de convivir como... ¡No sé si voy a resistir hasta que nos vayamos!

El chico tomó a Katarina por la cintura y ambos se miraron como si estuvieran planeando algo. El doctor Pelletier no sabía si volverse estricto o compartir el entusiasmo, pero tenía claro que recibirían un par de inyecciones con antiviral y se aseguraría de que dedicaran a dormir y descansar, cosa que no habían hecho desde que los había puesto juntos.

-Marco, hay que discutir lo de la sudoración y los triglicéridos - recordó Pelletier en voz baja cuando el chico volvió a andar de la mano de Katarina. 

-¿Necesitas otro electrocardiograma?
-Y una radiografía por lo de tu escoliosis. 
-¿Las cosas no van bien, verdad?
-Marco, estás bajo tratamiento, enfoquémonos en ello. También está pendiente revisar tu oxigenación.
-Me siento mejor.
-Pero aún tienes neumonía... No sé qué tipo de influenza sea esta, pero todos andan como si estuvieran sanos.

Al regresar a su habitación, Katarina y Marco retomaron sus respectivos lugares y luego de su revisión de signos vitales, su medicación y degustar el desayuno, ambos resolvieron descansar y dejar que los demás continuaran con su ambiente festivo. A pesar de las recaídas, muchos pacientes iban recuperándose y a Tennant Lutz y Juulia Töivonen les dió por carcajear una vez que comprobaron que sus vecinos no se despertaban ni a gritos.

-¡Estoy roja como tomate, no puede ser! - decía Juulia.
-Igual yo.
-Oye, Tennant ¿Tú crees que la hayan pasado bien anoche?
-Huele a que sí.
-¡No digas eso!
-Tú preguntaste.
-Pero no por los olores.
-Hablo de lo que capta mi nariz ¿Qué más puedo hacer? ¿O prefieres que imagine?
-Mejor eso.
-Katarina la pasó excelente.
-¿Ella te gusta?
-No has visto sus curvas.
-¡Creí que ella había exagerado cuando dijo que te golpearía! ¡Te lo mereces, Tennant!
-La primera vez fue accidental y después me disculpé.
-Lo bueno es que a mí no me puedes observar.
-Es diferente, estás embarazada.
-¿Me tienes consideración por eso?
-Me caes bien, así que tampoco te molestaré. En realidad, no soy curioso y creo que estoy quedando como un patán.
-Poquito, sí.
-Perdón.
-¿No has disculpado a Katarina por dormir con tu papá, verdad?
-Le soy leal a Ricardo y no entiendo por qué pasó. Quizás le pregunte alguna vez, pero con que Miguel no se entere...
-Todos tendrán que explicarle muchas cosas aunque no quieran.
-Es un buen tipo, no creo que la paciencia le alcance.
-¿Porque Katarina y su papá...?
-Porque todos actuamos a sus espaldas. Katarina como sea, se ha ido. Ricardo y yo nos quedaremos.

Juulia miró a Tennant y asentó para darle la razón.

-También hay algo que quiero saber, Juulia.
-¿Sobre qué?
-Katarina y tú conversaron antes de la boda.
-Ella estaba tensa.
-Estás embarazada de su hermano.
-Maurizio y yo acordamos tener un bebé.
-Katarina no lo tomó bien ¿A qué se refería cuando dijo que "nunca le dió esa alegría"?
-Creo que no es tu asunto, Tennant.
-Prometió desaparecer y le agradeciste.
-Maurizio y yo tenemos mucho por hacer.
-¿Katarina se enamoró de su hermano? 
-Eh... No lo sé, son cercanos.
-Por algo ella te pidió que lo ames.
-No tendrás una respuesta.
-Hay algo que entiendo menos.
-¿Qué será?
-Maurizio tenía otra novia, Karin ¿No se iban a casar?
-Pero no pasará.
-¿Qué ocurrió?
-Maurizio quiere hijos y ella no. Karin rechazó un tratamiento de fertilidad y terminaron.
-Pero tienes ocho semanas de embarazo.
-Si lo que preguntas es sí he estado con Maurizio aún sabiendo de su novia, no puedo negarlo.
-¿A escondidas?
-Karin sabía.
-¿Cómo?
-Nos vió.
-¿No reclamó?
-Eso creo.
-Maurizio parecía muy centrado.
-Me propuso tener hijos si lo suyo con Karin no funcionaba y también me pidió matrimonio.
-Si Karin estuviera como tú ¿Qué habrías hecho?
-Karin misma platicó conmigo, ella decidió que no iba a continuar buscando un bebé y yo supe que seré mamá hace unos días.
-¿Puedo saber por qué aceptaste?

La respuesta fue inaudible para Ricardo Liukin y Susanna Maragaglio, quienes se vieron mutuamente con la confusión por delante. Algo tenían incluso los potenciales miembros de la familia Leoncavallo, que su vida dejaba de ser un secreto entre ellos, excepto por detalles que podían esclarecer sus decisiones. En ese instante Tennant se dió cuenta de por qué no los quería junto a sí:

Los Leoncavallo eran demasiado prácticos. Vínculo que les impedía hacer su voluntad era desechado sin remordimiento. Persona que no se ajustara a sus elecciones y consecuencias, no los volvía a ver y cualquier oposición a alguna convicción de carácter o moral, los hacía buscar alternativas que acabarían imponiéndose tarde o temprano. Eso último era el caso entre Maurizio y Juulia. 

En ese momento de reflexión, Tennant se percató de que Katarina era una Leoncavallo hasta la médula: Había prescindido de Ricardo Liukin luego de su inesperada noche juntos, que era respuesta a su frustrado intento de seducir a Marat. Como el mismo Tennant no podía saberlo por razones de distancia y de confianza, antes de Marat había existido Tommy Gunn, sustituto no cristalizado y fugaz del propio Maurizio Leoncavallo y claro, el rechazo de Maragaglio, quien habría podido convertirse en la compensación del mismo Tommy o en la respuesta para calmar sus deseos por Marat, sin hablar de proyectar años de sentimientos intensos, de nueva cuenta, por su hermano Maurizio. Miguel cabía en la ecuación si se tomaba en cuenta el noviazgo impulsivo y breve, dónde él era una salida para evitar que Katarina perdiera aún más la cabeza por su hermano. Su matrimonio con Marco dejó de tener sentido para todos por carecer de la información, aunque la única pista era el hecho de que Maurizio esperara un hijo con una mujer diferente a Karin. Katarina de seguro se había torturado pensando en que no era posible que no se diera cuenta.

Juulia por su parte, navegaba en pensamientos sobre sus acciones en los últimos meses. Sus coqueteos con Maurizio, tan sutiles durante los entrenamientos, sus encuentros en Ghetto Vecchio, sus citas al finalizar los torneos. Ella era una Leoncavallo hecha y derecha, igual que él. Había bastado expresar en una conversación casual el deseo de formar una familia para acabar definiendo los planes el mismo día y no despertar las sospechas de Katarina era casi un triunfo. La mujer leía los pensamientos de Tennant, no por cuestiones sobrenaturales, sino porque en la enfermedad se logra conocer a la gente.

-Katarina siempre fue novia de ese gondolero - pronunció ella.
-¿Es en serio?
-Ustedes, los Liukin, son tan nuevos en Venecia, que nadie les avisó.
-Sigo sin entender.
-Marco acompaña a Katarina a casa todas las tardes, la defiende y la cuida ¡No sabes cuántas veces los oí hablando a gritos sobre citas que no tendrían! Y cualquiera sabe que esos dos iban a la biblioteca a coquetearse y no a leer.
-No los entiendo.
-A Maurizio le molestaba mucho y a mis suegros más.
-Nadie me explica esa parte.
-Es que Marco no tiene mucho qué ofrecer. La casa no es suya, lo que gana con los turistas no es tanto, es un académico sin premios, su familia tampoco sobresale... No encaja, Tennant.
-¿En qué?
-Los Leoncavallo son exitosos naturales, si quieres verlo así. 
-¿Por qué Maragaglio es diferente? - pensó el chico en voz alta y no compartió sus razones. Si continuaba pensando, menos lógica tenía, pero de nuevo, Tennant todavía no contaba con las novedades. Maragaglio había cambiado de vínculos al igual que sus primos, sustituyendo a Alondra Alonso por un rechazo a seducir a Katarina Leoncavallo y a su vez, hallar a Katrina para volcar sus deseos, incluyendo los que aún tuviera por una desconocida Marine Lorraine que le ocasionaba estrés tal, que junto a sus culpas por serle infiel a su esposa y no cuidar de su prima, tenía como consecuencias los ataques de ansiedad que requerían de atención en una clínica en ese momento. La familia Leoncavallo era demasiado complicada y agotadora.

La conversación dejó a Tennant con una sensación de vacío, de sinsentido. Volteó a ver a Katarina y Marco, quienes habían despertado al escucharlos en la última parte, la que los señalaba a ellos y de nuevo, la risa mutua apareció, ocasionando mayores dudas sobre la realidad.

-Ricardo Liukin se comporta igual - susurró Susanna Maragaglio al terminar finalmente los alegatos y Alessandro Gatell estuvo de acuerdo con ella. El señor Liukin a esa hora había elegido estar en la cama junto a Maeva Nicholas, con cuya compañía evadía los hechos de que Katarina Leoncavallo se hubiera olvidado de él rápidamente y sobretodo, la vergüenza, por escasa que fuera, de haber dormido con ella mientras seguía siendo la novia de Miguel, su hijo. Pero antes, Maeva también había sido un escape, un alivio de cierta soledad que Ricardo padecía desde su viudez. Y por supuesto, Susanna no quiso indagar en otros Liukin, como Carlota o Andreas, porque de seguro encontraría otra historia de evasión y compensación. Al fin y al cabo, los Leoncavallo y los Liukin eran la misma familia.

-Marco - llamó Katarina en voz baja.
-¿Qué necesitas?
-Yo nada, excepto algo caliente ¿No tienes frío?
-Ahora que lo pienso, sí y mucho.
-Las sábanas aquí no sirven, me quejaré.
-Te dirán que no pueden usar otras.
-¿Puedes beber café? 
-Si no es más de una taza.
-Iré a la máquina.
-Te acompaño.
-¡No! Te quiero consentir.
-Señora Antonioni ¿Qué trama usted? 
-Sólo mantenerte sin tiritar.
-Un espresso, por favor y vainilla latte para ti.
-Lo sabes.
-No sería tu marido sino te conociera.
-Uy, esas son confesiones fuertes.
-¿Y esa risita?
-Debí decidirme antes.

Katarina besó a su esposo y se incorporó para ir al pasillo, segura de que cada movimiento suyo atraía la curiosidad de los presentes. Pero Marco, más conciente, optó por cuidarla desde la puerta de su habitación, llevándose la sorpresa de que ella estaba pensando en Tennant, en Juulia, en Susanna, en Gattel, en Maeva y en Ricardo al momento de escoger las bebidas y a él en especial, le elaboraba un café moka con la supervisión del doctor Pelletier, que parecía aconsejar algo que permanecería siendo un misterio, pero uno importante.

Marco supo que lo simple y detallista era lo que Katarina había anhelado toda su vida.