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martes, 27 de enero de 2026

La resaca (La boda de Marine VI)


Tell no Tales. Miércoles, 27 de noviembre de 2002.

Despertar en los brazos de la chica de pecas fue algo placentero para Laurent Ferny. Ella lo llenaba de besos, sus caricias eran intensas y lo hacía reír espontáneamente. Règine jugueteaba y pensaba que ninguna novia que tuviera él iba a ser tan complaciente. Laurent le había confiado los secretos sobre la frialdad de Leonora, la castidad de Marine y antes, el vacío con otras parejas. Ella lo conocía tan bien, que sabía que la buscaría aún estando casado.

-Tengo que trabajar - murmuró ella a las seis y se levantó de la cama, lista para huir al cuarto de servicio y cambiarse de ropa. El mayordomo debía encontrarla limpiando platos o acomodando cubiertos.

-Espera, Régine - dijo él.
-¿Qué pasa?
-Quiero ver tu cuerpo.
-¿Otra vez?
-No estarás cuidando a mi abuela hoy.
-Sí, Laurent, lo que tú digas.
-Hablo en serio. Tómate el día, vamos a Quai de Seychelles o quedémonos aquí encerrados.
-Me van a despedir.
-Te contrato para mi departamento en Crozet.
-Vivirás allí con Marine.
-¿Será un problema?

Règine negó con la cabeza y volvió con Laurent enseguida, consciente de que Steliana Isbaza tendría sospechas de que su nieto se divertía con la "sirvienta". O quizás pensaría que con la fiesta y el estrés que le causaban los pescadores, su nieto había sentido una necesidad de desfogarse.

-Hoy tengo que ir a la cena en Corse con los vecinos de Marine - recordó él.
-Tan libre no estarás entonces.
-Nadie espera que vaya al trabajo y puedo desaparecer hasta las ¿siete? Veamos mi teléfono... El tal Maragaglio ¿Llega mañana?
-¿Te vas a levantar? ¿Y tus planes para los dos? - protestó Règine.
-Perdóname, te traigo flores y el perfume que te gusta cuando vuelva.
-Me debes un collar y los aretes que ví en la joyería de junto, un vestido nuevo, tenemos una escapada pendiente y no me llevarás a Vichy.
-Voy a cubrir todo eso ¿De acuerdo?
-¡Déjame trabajar!

Règine apartó a Laurent y luego de vestirse, se apresuró a estar en la cocina, sin tiempo de disimular que se había levantado apenas. El mayordomo terminó recordándole su obligación de empezar a trabajar primero que nadie y en un momento, acabó llorando frente al espejo del baño para el personal. Sus ojos quedaron rojos y no pudo disimular al llevar el desayuno de té ante Steliana Isbaza en su sala de plantas.

-No seas estúpida - le saludó la mujer al ver su rostro - Puedes aprovecharte de un millonario ¿Pero creer que eres importante?  Mejor comienza a cobrarle a mi nieto. Será deprimente verte marchar de esta casa con las manos vacías, tonta.

Règine no contestó y luego de depositar la tetera y un plato con diminutos emparedados de salmón y de ensalada de maíz, volvió a su atrasada actividad de lavar los platos, así que no vio a Laurent entrar con su abuela ni a su mayordomo llevándole un tazón con avena y fruta.

-Buenos días, abuela, hoy tengo que visitar a Marine desde temprano y ayudar con lo de la cena comunitaria que exigen los pescadores para dejarnos casar.
-¿Qué pasó anoche, Laurent?
-¿Con la fiesta? Todo bien, las hermanas de Marine quedaron encantadas.
-¿Y la novia? 
-Creo que avancé en nuestros planes.
-¿Accedió a firmar algo?
-Sabes que eso depende de su padre.
-¿Qué conseguiste?
-La besé en serio.
-Una novia corsa no permite eso.
-El tal Maragaglio es un problema más grave de lo que pensamos porque Marine le hace más caso a él que a su padre. Me lo confesó ayer en el ataque de vergüenza que le dió. Vamos a tener que convencerlo y lograr que no averigüe nada sobre mí.
-Esas complicaciones no me dan confianza.
-Estoy tan desconfiado como tú ¿Qué me sugieres?
-Hablaré con los superiores de ese jovencito y con el almirante Borsalino. Tú no te vas a despegar de los pescadores y te quiero con la familia de esa mujer sin falta ni distracciones. Harás lo que te digan.
-Empiezo de una vez.
-Primero acaba con tu plato, hace días que no me acompañas en este lugar.
-Lo siento mucho.
-Laurent, sé que llegaste casi de madrugada, apestabas a licor de pera.
-Únicamente tomé vino.
-No soy vieja por idiota. Los corsos te sirvieron de lo que toman ellos, los conozco.
-Marine también bebió.
-Lo diré una vez: No voy a oponerme a tus relaciones con la sirvienta siempre y cuando no salgan de la discreción de este apartamento. Comprendo que eres hombre, que has estado muy ocupado y que necesitas entretenerte, pero ten cautela. No quiero que esa estúpida nos meta en problemas ¡Más te vale cumplirle con los regalos que te pida mientras sea razonable! No quiero chantajes, Laurent. No me obligues a deshacerme de tu novia.
-Règine no es mi novia.
-Tú eres quien la persigue, no al revés.

Laurent pasó saliva y tomó deprisa un vaso con agua antes de darle un beso en la mejilla a su abuela y retirarse. El nuevo plan era llegar "de sorpresa" al barrio Corse y estar en la cocina para impresionar a los Lorraine, así que sólo se detuvo para pasar a ver a Règine y enjugar sus lágrimas. La chica de pecas escuchaba sus disculpas sin saber qué contestar, excepto que no le creía. Él le susurró al oído que lo esperara en la noche y la besó brevemente.

El día comenzó a despuntar muy temprano y pasadas las diez de la mañana, luego de arreglar unos papeles sin importancia en la oficina, Laurent Ferny llegó a la calle Voilier del barrio Corse en el distrito de Lorphelin. Contrario a lo que esperaba, miembros del comité de Miss Corse y Lleyton Eckhart estaban en el edificio Nautonier, ayudando en lo que podían como las decoraciones, las flores, los manteles, los cubiertos y las servilletas. Por supuesto, Laurent había sido inteligente y sus compañeros de trabajo le rodeaban. De acuerdo a algunas tradiciones del vecindario, él no podía estar solo durante los eventos de su boda.

-¡Laurent! Creí que vendría más tarde - le recibía Albert Damon con un apretón de manos.
-Buenos días, señor. He decidido auxiliar en la fiesta y he traído unas manos extras ¿Dónde me necesita?
-La cocina es un desastre, podrían empezar por ahí... Laurent, usted viene conmigo.
-Claro, le acompaño.
-Pasen por favor.

Mientras el grupo se dividía y Laurent se apartaba con su suegro, Marine experimentaba una resaca que la mantenía agotada. Sus hermanas la cuidaban mientras intentaban ocultar su situación y Lou se emocionó al asomarse por la ventana.

-¡Llegó Laurent, se puso a hablar con papá! - anunció.
-¿A esta hora?
-¡Ay, Marine, tu prometido es muy atento! Quizás vino para saber cómo estás.
-Gracias por el suero.
-De nada, hermanita, que se note que soy enfermera. Te voy a quitar el catéter en unos minutos.
-¿Me va a quedar marca?
-Te pondré una bandita y diremos que te golpeaste con la mesita de la sala.
-Ojalá se lo crean.
-¡Vamos a bajar para saludar a Laurent! - intervino otra de las hermanas.
-¡Así me dan tiempo de deshacerme de esta venoclisis! ¡Corran! - exclamó Lou y cuando se quedó sola con Marine, sonrió grandemente.

-Me alegra tanto que te cases, Marine. Es muy difícil encontrar a alguien como Laurent.
-Gracias - respondió su hermana secamente.
-Ayer los ví besarse por fin y pensé que eso era lo que les hacía falta. 
-¿No le has contado a nadie?
-No quiero que te regañen.
-Me escapé de la fiesta.
-¡Debió ser emocionante! 
-Eso no se hace, Lou.

Marine volteó a ver su reflejo y se dió cuenta de que se veía cansada. Su espejo no quiso mentirle con el color de sus ojeras.

-Te voy a retirar la solución, no muevas tu mano.
-Me preocupa que no tengas trabajo.
-Estoy en el centro comunitario.
-Lou ¿Alguna vez te han pagado?
-Necesito quedarme otros seis meses para que me den mi carta de servicio y pueda aplicar para el Hospital General... Va a doler un poco... Ok, ya no hay catéter, aprieta fuerte para que deje de salir la sangre.
-¿Te dieron días libres para ir a Vichy?
-Soy la hermana de Miss Corse Lorphelin ¿Tú qué crees?
-Estarás de guardia en Navidad.
-Pero no me perderé la cena.
-En el banco necesitamos a alguien que asista a nuestro doctor. Piénsalo.

Lou asentó y luego de colocarle una banda alcoholada a su hermana, le presentó su ropa. Marine sintió algo que no pudo describir.

-Playera blanca con rayas magenta, falda short dep mezclilla magenta, sandalias de tacón magenta, prendedor de alcatraz y boina magenta ¡Eres la novia corsa perfecta!
-¿Dónde consiguieron todo esto, Lou?
-Le dijimos a papá que lo encontramos en la tienda de vestidos.
-¿Perdón?
-Es que no queremos que sepa.
-¿Qué cosa?
-Que le pedimos prestada la ropa a las vecinas del frente.
-Lo devolveremos mañana.
-Bueno, el prendedor y los zapatos son tuyos.
-Quería un vestido.
-Pero hoy es nuestra cena con el barrio. Eres la única que no viste de azul.

Marine asentó y comenzó a vestir de prisa, mirándose al espejo otra vez. Su cabello debía recogerse en un chongo que la boina cubriría y su banda como "Miss Corse Lorphelin" también había cambiado sus letras azules por unas magenta.

-Cuando Maragaglio esté aquí, no te va a reconocer.
-Él ha estado enfermo y su esposa también.
-Llega el viernes, pero le dije a Laurent que llega mañana.
-¿Por qué hiciste eso, Lou?
-¡Para que no se pierda la pesca del jueves! Si atrapas un pez ¡El amor verdadero llegará para ustedes!
-¿Crees en esas cosas?
-¿Tú no, Marine?
-Nunca he sido buena pescando.
-¡Papá te ayudará!
-¿Y qué hay de mamá?
-Esto no te lo dije yo pero habló con el tío de Laurent.
-¿El que vive en Sudáfrica?
-¿Tiene otro?
-No.
-Bueno, el punto es que no puede venir a la boda y tu novio lo acaba de saber.
-¿No podrá? ¿Y quién va a ser el padrino en el altar?
-Ahí es donde entro yo porque ¡Sugerí a Maragaglio y él aceptó?
-¿Por qué te metiste en eso, Lou?

Marine parecía enojada.

-¿Hice mal?
-¿Maragaglio de padrino? ¿Por qué no pusiste a nuestro hermano? Damon llegó hace poco.
-Damon no tiene diecisite años, no lo dejarían ser padrino.
-Tengo que hablar con papá.
-¿Te enojaste conmigo?
-Lou, sé que me ayudas mucho, pero Laurent tiene el derecho de escoger a su padrino. Iré allá abajo.
-No te has maquillado.
-Lo haré más tarde.

Marine salió de su habitación sintiéndose más emocionada que nunca, pero también confundida. Si Maragaglio aceptaba su nuevo rol, había una garantía de que pasarían más tiempo juntos, que en las actividades de Vichy y lo que restaba de la boda, se sentarían en lugares consecutivos, él sería el vocero del novio y el encargado de mantenerlo alejado de la novia y sus hermanas hasta la ceremonia y de hecho, iban a tener toda la libertad de hablar sin que nadie pusiera una objeción o una duda ¿Pero si él rechazaba la propuesta al ver todo? ¿Y por qué Lou lo quería a fuerza en todos lados? 

En el jardín, las personas comenzaban a curiosear con los amigos del novio y las famosas "gaviotas" de Corse se aproximaban para intentar conocerlos, así que Albert Damon decidió llevar a Laurent Ferny a la parte posterior del edificio, en dónde también había un jardín, pero mucha menos gente.

-Laurent, disculpe el apartarlo aquí, pero considero necesario hablar con usted.
-Dígame.
-Estoy molesto por lo sucedido anoche con mi hija.

Laurent no logró disimular su sorpresa.

-Seguramente es un malentendido.
-¿Por qué Marine llegó ebria pasada la media noche?
-Ambos bebimos un poco de licor de pera.
-No fue lo que su hermana mayor me contó. 
-Nos divertimos en la fiesta, estuvimos jugando dardos.
-¿Y por qué desapareció con ella?
-¿Desa...? ¿Qué?
-Cuarenta minutos ¿A dónde fueron y qué hicieron?
-Nada, señor Lorraine, conversábamos y se fue un poco el tiempo.
-¿Qué tema tocaron? 
-Eh, la boda y lo de Vichy.
-¿Acordaron algo?
-Sólo rentar tablas de nieve en vez de skies.
-¿Se da cuenta de que su imprudencia podría costarnos sospechas en el barrio? 
-Fue una charla.
-Pero aún importa lo que digan de Marine.

Laurent Ferny no pronunció palabra, pero aquello fue un recordatorio de que debía tener mucho más cuidado y ceñirse al plan con la disciplina que había mantenido. La cabeza fría, siempre.

-¡Marine, buenos días! - exclamó Albert al verla dirigirse hacia él. Ella se acercó con una sonrisa y lo abrazó como si lo hubiera extrañado.

-Ha venido, Laurent, pequeña.
-Buenos días, Laurent  - dijo ella, dándole la mano. Hubo otro silencio incómodo y Albert comprendió que los jóvenes se abstenían de decirse algo más.

-Marine, el señor Ferny me ha dicho que rentarán skies - comentó el hombre.
-Serán tablas, a mí me dan miedo los skies - respondió Marine con la voz tensa y a su padre le sorprendió que los novios concordaran. Laurent se sintió aliviado.

-Eso no quita que estoy disgustado. No los quiero solos otra vez.

Marine pasó saliva y siguió a su padre, haciendo que Laurent caminara detrás. Así, los tres aparecieron en el jardín del frente.

-¡Ahí está la pareja! - señaló alguien y vecinos y amigos aplaudieron al instante. El Comité de Miss Corse había contratado a un fotógrafo y este enseguida fue donde Marine para sacar todas las imágenes que pudiera de ella con su banda magenta. 

-Sin maquillaje, se ve igual de linda - dijo uno de los compañeros de Laurent y este volteó enseguida.

-No hables así de mi prometida.

Ese gesto, que en Corse parecía galante y atractivo, enseguida fue comentado y alabado.

-Tenía la esperanza de que no hubiera sucedido algo comprometedor. Ahora estoy seguro de que no - remató Albert y Laurent optó por beber enseguida un poco de agua para parecer más serio. Las hermanas de su novia comenzaron a sonreír aún más y Lou parecía admirada por la escena.

-"¿Qué está pasando aquí?" - se preguntó Marine así misma, intentando encontrarle sentido a la actitud de Laurent sin relacionarla con el episodio de la noche anterior.

-¡Marine! ¡Al fin te puedo ver! - gritó un chico de cabello rizado, ojos oscuros y opuesto a la belleza canela de las hermanas Lorraine. Su sonrisa era juguetona, vestía con un pantalón rojo y una playera rota, así como sus tenis casi destruidos también en rojo. Ella reaccionó apretándolo mucho.

-¡Damon! ¡Me habría gustado tanto llevarte a la fiesta de ayer! 
-Es una lástima que no le hayan dado permiso - dijo Laurent y el joven se le quedó viendo con desenfado.
-Es mi hermano, Damon, el que estudia en Venecia y tiene una banda de rock con sus amigos - continuó Marine.
-¿Tocará en la fiesta?
-Si el quiere.

Laurent le dió la bienvenida a la boda y enseguida se integró con el chico para desgranar maíz. Marine no sabía cómo tomarlo y sólo contempló cómo nacía una charla que no quiso escuchar.

-Entonces ¿Tú también vienes de Venecia? - inició Laurent.
-Estoy en el liceo, me enseñan pintura y dibujo - siguió el joven Damon.
-Vivir cerca de tu hermano mayor debe ser abrumador.
-¿Hablas de Maragaglio?
-Será mi padrino ahora que Lou lo ha propuesto.
-Maragaglio es genial, tiene la colección de vinilos más grande que conozco y siempre va a verme con mi banda.
 -¿Te apoya mucho?
-A veces me da consejos... Qué bueno que no es cantante o ya habría retirado de los escenarios a papá.
-¿Es tan bueno?
-Ni siquiera me animaría a ser músico, Maragaglio me enseñó a tocar la guitarra.

Laurent sonrió para esconder que no le agradaba que el molesto "hermano" fuera tan admirado y más dudas le surgían respecto a la omisión de los Lorraine ¿Por qué nunca le habían mencionado la existencia de alguien tan importante? ¿Por qué esconder al hermano mayor hasta el último momento? ¿Era una treta o la familia se cuidaba de revelar que uno de los miembros pertenecía a una fuerza de inteligencia? La otra posibilidad era haberse ganado la confianza total o que simplemente Lou le hubiera comentado para saber cómo reaccionaba. Pero Laurent también notó que le irritaba la idea de ver a Marine con él, de saber que los consejos se los pedía a ese todavía extraño y de imaginar que ambos pasarían tiempo juntos, le dolió el cuerpo entero ¿Y si no se agradaban mutuamente? ¿Maragaglio sería capaz de expresar su molestia y afectar la boda?

-Iré a ver qué están haciendo los invitados y volveré para desgranar más mazorcas - dijo con el calor haciéndolo sudar. Damon creyó que su cuñado no se sentía bien y lo llevó a refrescarse lejos de la vista de los vecinos, pero no de sus hermanas y de Albert Damon.

-Laurent, no dude en recostarse si lo requiere - habló el suegro, ofreciendo enseguida un sitio en el sofá cama de la sala. Lou se aproximó enseguida para tomarle la temperatura y contar los latidos de su corazón.

Mientras los Lorraine atendían a un debilitado Laurent, Marine volvió a sentirse mareada y con dolor de cabeza; pero a diferencia de su prometido, ella se encerró en un baño para que nadie le preguntara sobre sus lágrimas. Sentía las excesivas miradas, la obligación de cumplir con todo lo qie le pusieran enfrente y sobretodo, pensaba en Laurent y en Maragaglio, en que se hospedarían juntos, en que charlarían para cumplir con sus roles. Pero también repetía y repetía esos momentos de arrebato con los besos de Laurent, sin definir si eran un recuerdo grato o había rechazado a ese hombre. Los labios suaves, tan seguros de lo que hacían, decididos, de su novio, la hacían temblar apenas. Pero luego su mente recordaba a Maragaglio y toda ella se estremecía.

-Voy a casarme, voy a casarme - se repetía y se recostó en la bañera, consciente de su vestimenta marinera, de su cabello que buscaba soltarse. Su prendedor de alcatraz le lastimaba y se lo quitó, mirándolo un momento. Era un objeto pesado, de oro blanco y ella no sabía si quería seguir luciéndolo. Quería pincharse el dedo como si trabajara con una rueca, pero era innecesario e incómodo. Por media hora, Marine intentó pensar en su anillo de compromiso, en Laurent. Y el rostro masculino se transformaba en el de su antiguo amante. Maragaglio acabó volviéndose el protagonista de los besos del Panorámico.

-Quiero a Laurent, sé que sí - insistía también en pensar y poco a poco, comenzó a calmarse. Cómo no tenía reloj, fue sensato lavar su rostro y salir al encuentro de los invitados, aunque el silencio la alertó y la llevó a buscar a su familia, topándose en su lugar con un Laurent que trataba de sentirse menos tenso.

-¿Dónde están los demás?
-Disimulando en el patio - replicó él.
-¿Y Lou?
-Fue por un suero.
-¿Te sientes mal?
-Fue lo que bebí anoche.
-Te sentirás mejor con el suero.
-¿Cómo te fue de resaca, Marine?
-Mi hermana me ayudó.
-No se nota que tomaste licor de pera.

Marine dejó ver una sonrisa contenida.

-No se verá bien que los dos no estemos en la fiesta, lo pueden malinterpretar - advirtió ella.
-Iré cuando se me pase el dolor de cabeza 
-Te esperaré con mi padre.
-Buena idea.
-Me divertí anoche. Fue lindo todo, Laurent.
-De nada.
-Te daré una manta.
-No es necesario.

Marine abrió el gabinete junto a la pared y escogió una manta esponjosa y suave de color menta. Laurent se limitó a observarla y a aceptar que lo cubriera; pero tenerla cerca volvió a tentarlo. El tocó con sus dedos la boca de esa mujer para luego besarla largamente. Ella no reclamó ni se opuso al inicio, pero pasados unos segundos, su voz salió con el murmullo de "Maragaglio" que desconcertó al hombre.

-Mi hermano no puede vernos hacer esto.
-Claro, Marine.
-Tampoco mis hermanas, intentemos no repetirlo.
-Te ofrezco una disculpa.
-Está bien, Laurent.
-¿No hablaremos en Vichy, verdad?
-Dependerá de tu padrino.
-De acuerdo.
-Iré a la fiesta, no es conveniente que nos vean aquí.
-Te alcanzaré más tarde.

Marine se fue sin voltear, mordiendo su labio inferior por nerviosismo. En cambio, Laurent llevó sus manos al rostro y ahora tenía que arreglar lo que acababa de provocar. Marine no aceptaría su cercanía los siguientes días y eso aumentaría la tensión entre ambos; quizás la suficiente para que concretar la unión no fuera tan difícil. Él no iba a irse sin su noche de bodas, pero comenzaba a preocuparle la posibilidad de que Marine Lorraine le simpatizara en el fondo o comenzara a sentirse atraído por ella.  

domingo, 18 de enero de 2026

La borrachera (La boda de Marine V)


Tell no Tales. Martes 26 de noviembre de 2002.

En Tell no Tales continuaba la escasez de alimentos y  esa mañana, se registró un asalto masivo contra las plantaciones de Industrias Isbaza en los acantilados del valle. Toda la fruta que no se había liberado, ahora llenaba las canastas de los campesinos locales y las carretas de personas que provenían de distintos barrios. También se registraba un saqueo en las bodegas Isbaza del barrio de Avignon y otro más en el barrio Corse, en dónde esa empresa mantenía una pequeña planta de procesamiento de conservas marinas. Una de esas carretas llegó al Panorámico y Don Weymouth y otros cantineros obtuvieron las materias primas para reanudar la producción de sus bebidas caseras y bocadillos.

-Hoy por fin pudimos poner a hervir sémola. No habrá mucho salkau, pero me alivia que el hambre se nos quite - comentaba y brindaba con un poco de agua, aunque no estaba seguro de lo que decía. Al menos agradecía que podría darle dinero a su hijo Evan para que disfrutara un poco del tiempo libre después de su competencia en Sapporo. El chico vigilaba las ollas en la cocina y hablaba de sus rivales y lo que pensaba comprar mientras iniciaba el Grand Prix Final del patinaje artístico a una Bèrenice Mukhin que se preguntaba cómo sería hacer compras y comer fideos con curry en el mismísimo Japón. Pronto, los parroquianos debían ser desalojados y esa mañana, ella misma había decorado con flores que habían enviado desde una tienda de renombre en Poitiers

-¿Vamos a tener mucho trabajo, pequeño jefe? - preguntó.
-Es una fiesta, eso siempre es cansado - respondió Evan, aunque se hallaba contento. Su cantina había sido escogida para la despedida de la soltería de Laurent Ferny y se esperaba que numerosas personas bajaran desde Corse para acabar con las botellas de vodka y de whisky que Don Weymouth había atesorado para algún evento que le redituara más dinero del que solía ganar. El cantante Albert Damon y su yerno habían hecho los arreglos durante el fin de semana.

La ciudad era un hervidero de alegría y un viento frío apenas se dejaba sentir al mismo tiempo que en otro lugar, el número nueve del edificio Roberts, en la calle Philippe Caron, Steliana Isbaza contemplaba con asco las noticias desde su despacho. Las personas del barrio Blanchard repartían fruta sin importar que se les grabara en vivo.

-He hablado con las aseguradoras, las pólizas están corriendo - anunciaba su nieto, Laurent Ferney, depositando unos papeles en el escritorio que requerían algunas firmas. El chico había conseguido una camisa de media manga y un pantalón gris marinero con botones oscuros para seguir confundiéndose con la gente de Corse.

-¡Quítate esa ropa! ¡Tú no eres pobre, Laurent! - reprochó su abuela.
-Jajaja, debo disimular. Hoy tengo una fiesta con los pescadores.
-Qué desgracia ¿Volverás temprano?
-No lo sé, iré a mi despedida de soltero a un bar horrible en el Panorámico.
-Vas a mezclarte con personas vulgares.
-Supongo que es un buen precio a pagar por nuestros negocios, abuela.
-Siéntate, tomaré un trago contigo.
-El doctor dijo que nada de licor para ti.
-Es agua, mi nieto conmigo no bebe venenos.
-Gracias, no me sentará mal antes del alcohol barato.
-¿Quién pagó la fiesta?
-Albert Damon, naturalmente.
-¿Quien eligió el lugar?
-Yo. Me guié por las paredes, el dueño tiene fotografías del hijo por todos lados, pensé que se vería bien escogerlo.
-¿Qué hace ese muchacho? 
-Es patinador artístico. 
-¿Desde cuándo los borrachos le pagan la carrera a cualquiera?
-Le llaman democracia.
-¿Vas a ir sólo con hombres?
-Eh, no. Las despedidas de soltero de Corse incluyen a la novia y su séquito.
-¿La tal Marine llevará a las hermanas?
-Así es.
-¿Y Maragaglio?
-Ese llegará para el viaje a Vichy.
-Tenemos tiempo ¿Qué averiguaste?
-Que es Director Regional de Intelligenza Italiana en el Véneto y tiene muchos contactos.
-¿Alguno en común?
-El almirante Borsalino.
-Puede ser útil.
-Algo más... La hermana de Marine, la tal Lou, me confirmó que Maragaglio sí es su hermano.
-¿Por qué los Lorraine nos tendrían que decir eso?
-Así son los pescadores. Parece que el tal Maragaglio logró que les ayudaran en Italia con una empresa que tenían. De todas formas me iré con cuidado, no quiero levantar sospechas.
-Buena decisión ¿Quien te acompañará a esa bacanal?
-Los compañeros de la oficina. Recuerda que le he dicho a los Lorraine que no tengo más parientes que un tío en Sudáfrica que estará en la ceremonia.
-Es todo por lo que escucho. Cuídate y no tomes, Laurent, te quiero alerta.
-Tenlo por seguro, abuela.
-Dame un abrazo.
-Por supuesto y un beso en la cara... Siempre estaré contigo.
-No seas cursi, Laurent.
-Disculpa..
-Descuida por hoy ¿Verás a Leonora? 
-Ella está de vuelta en Londres. Cuando se concrete lo de las tierras que faltan del valle, iré personalmente a darle las noticias y arreglar lo del registro civil.
-Me parece estupendo.
-Se me olvidaba: El tal Maragaglio tal vez traiga a un invitado. Lleyton Eckhart me confirmó que es un tal Maurizio Leoncavallo y es de Milán. No sé si lo último importe, pero a ti debo decirte todo. Nos vemos, descansa bien y no me esperes despierta.

Laurent sonrió y se retiró enseguida, cerrando la puerta para que su abuela no lo viera despedirse de la chica de servicio, cuyas pecas lucían esplendorosas. Él le prometía darle un collar de brillantes para compensar el no llevarla a la fiesta y le aseguraba que antes de la boda tendrían alguna escapada por ahí. Ella no le creía nada, pero sabía que recibiría algo a cambio muy pronto.
En contraste, Steliana Isbaza permaneció temblando, sosteniéndose de una silla: ¿Maurizio Leoncavallo? ¿Ese nombre otra vez? ¿Esa coincidencia justo en aquel momento, cuando había recordado poco antes al amor de su vida? Quizás se trataba de una persona diferente. No era nadie.

Conforme avanzaba la tarde, el Panorámico se iba llenando de gente de Corse. Las chicas con sus atuendos de falda corta y tacones con sus infaltables pañoletas rojas; los hombres con sus pantalones marineros. Para Evan Weymouth era como ver gaviotas por todas partes, pero más le impresionaba que esa gente fuera tan fuerte y a la vez tan ligera. 

-¿Cuántas personas vamos a recibir? - curioseó el joven.
-Se supone que recibiremos a los que lleguen - contestó Don Weymouth mientras se ponía a limpiar el piso. Bèrenice estaba afuera, colocando jarrones de flores moradas para que la entrada no se viera tan decadente y pronto, divisó a Laurent Ferny caminando al frente de una comitiva más o menos grande. Él parecía saludar a cada vecino, conocido, pescador u oficinista como si los tratara de todos los días, como si los hubiera visto de toda una vida. El hombre aparentaba amabilidad, una sonrisa fácil y un nerviosismo entusiasta que inspiraba muchos deseos de buena suerte.

-Creo que ya comenzó - anunció Evan al asomarse y se frotó las manos porque le esperaba una noche larga. En las otras cantinas, se aguardaba a todos aquellos que no pudieran entrar a la fiesta y la música comenzó a sonar por ahí.

-¿A qué hora llegará la novia? - preguntó Bèrenice.
-No falta mucho, le llamaron a papá para avisar que viene con un grupo de once personas.
-Wow ¿Y con cuántas viene el novio?
-Si te fijas bien, con el barrio entero.

Ambos pasaron saliva y volvieron al interior para recibir sus últimas indicaciones. Al estar Bèrenice embarazada, Don Weymouth decidió que ella se quedaría en la barra, sirviendo los tragos simples. En cada mesa se había colocado la carta y Evan apenas se enteraba de que la cantina tenía una.

-Yo prepararé las órdenes - continuó el señor Weymouth. 
-¿Y qué vamos a hacer con tanta gente?
-Lo mismo de siempre, Evan. No es diferente a un fin de semana.

Evan asentó más tranquilo y segundos después, Laurent Ferny llamó calmadamente a la puerta. Evan y Bèrenice se miraron mutuamente con extrañeza.

-Es una costumbre de Corse. Los pescadores no son de esos patanes que vienen del resto de la ciudad - dijo el señor Weymouth
-¿Y por qué vinieron hasta acá? - replicó Evan.
-Porque no hay bar de Corse que aguante una fiesta grande.
-Nunca habían estado aquí.
-No nos habían escogido para el festejo principal, por eso no lo habías notado.

Don Weymouth sonrió y recibió a Laurent en la puerta, dándole la mano con cordialidad. Los invitados comenzaron a pasar calmadamente, saludando también de forma cortés. Las mesas se iban ocupando una a una en orden y el silencio era la marca inicial de tan inusuales visitantes.

-Buenas tardes a todos, gracias por venir a esta despedida de soltero, significa mucho para mí - pronunció Laurent Ferny cuando los asientos estuvieron ocupados. Los invitados que quedaban afuera no solamente recibían disculpas, también se les dirigía a otros bares y se les prometía compensarles con una gran cena comunitaria al día siguiente. Laurent parecía ocupado en ser un buen anfitrión y él mismo dejaría en la barra un ramo con flores magenta que servirían de obsequio para Marine Lorraine junto con una caja forrada en terciopelo, también magenta.

-Podemos iniciar con esta reunión. Agradezco mucho al señor Don Weymouth y a sus maravillosos empleados por recibirnos hoy. Disfruten la velada - anunció Laurent y luego de unos aplausos, Evan comenzó a entrar y salir de la cocina con bandejas llenas de platos de sopa de pistaches. Los pescadores parecían contentos con lo que se estaba sirviendo.

-Ese tipo no huele a escamas - notó Don Weymouth.
-¿Quién? - preguntó Bèrenice.
-El novio.
-¡Ah! ¿Tiene qué?
-Ese trabaja en oficina... Me pregunto si le habló a esa arpía de Steliana Isbaza sobre la fruta del valle. 
-¿Por qué haría eso?
-¿No te acuerdas, mujer? Tu amigo, ese Lleyton, nos prometió pasarle el recado.
-¿En serio?
-Si no fuera por Albert Damon, yo no habría aceptado la fiesta aquí.

Bèrenice intentaba recordar ese episodio sin éxito, notando que su jefe tenía esa actitud de no confiar en lo que veía, pero era imposible tomarlo en serio porque todos los días alguien le inspiraba su mirada de sospecha.

Contrario a lo que se esperaba de cualquier fiesta, los pescadores de Corsé comían en silencio y de hecho, sólo conversaban o retomaban el tema después de cada tres sorbos de sopa. No comían rápido, no tomaban más de un trozo de pan negro y no estrellaban la cuchara contra el plato. Se sabía que la educación del barrio aquel era singular y Laurent comía también junto sus compañeros del trabajo, pero incluso la risa distaba del escándalo.

-¿Y cuándo empiezan a divertirse? 
-¿Nunca has visto a un pescador tomar alcohol, Evan?
-No que recuerde, papá.
-Hasta nos quedaremos sin ginebra.
-¿Beben fuerte?
-Más de lo que imaginas.

Mientras se terminaba la sopa y se acomodaban modestos canapés de tomate en conserva y queso seco del campo, Laurent supo que debía comenzar con el brindis. Al terminar su sopa y excusarse, fue más evidente que sus amigos no pertenecían a Corse, pero hacían el esfuerzo de no dejarlo mal parado. A Don Weymouth no le hizo la menor gracia.

-No sé cómo iniciar un brindis y además, no bebo alcohol - reveló el joven al cantinero.
-Hay un truco que no falla y es dejarme ese trabajo a mí.
-No quiero que noten que no comparto ese gusto.
-Siempre de puede servir agua en un vaso de vodka.
-Me estaría salvando la vida.
-¿Agua corriente o de botella de cristal?
-De cristal.
-Enseguida.

Bèrenice sirvió discretamente el agua y su jefe confirmó sus sospechas: Laurent Ferny no era pescador. De serlo, nunca habría rechazado el agua común.

-En esta cantina se bebe fuerte - inició el señor Weymouth y el inesperado rugido de los pescadores, sobresaltó a Evan y Bèrenice - ¡Disfruten y tomen lo que gusten! ¡El prometido se beberá la primera copa!

Otro rugido se escuchó y Laurent agarró el vaso, consciente de que debía pasar el líquido de golpe. 

-¡Gracias por venir! - exclamó Laurent por última vez y consumió el agua. Entonces los demás presentes comenzaron a ordenar tragos y a programar música en la rockola. 

-Durante la noche consumiré jugo y agua, por favor - se giró Laurent hacia la barra.
-¿Ni siquiera tomará la champaña? - se sorprendió Bèrenice.
-Quizás la copa a medianoche y nada más.
-¿Alguien sabe que usted no es un ebrio?
-Nadie y pretendo que siga siendo así.

Laurent sonrió y miró a la mujer con agrado.

-Es una lástima.
-¿Qué?
-Que no puedas salir de aquí. Te invitaría a un sitio más privado; las despedidas de soltero no son buenas cuando termino la velada solo.

Bèrenice no entendió, pero algo la hizo quedarse en silencio y llenar vasitos de licor de pera de invierno para que los pescadores los tomaran libremente de la barra. El ruido comenzó a aparecer poco a poco, pero no así los juegos de dardos, en donde Laurent Ferny comenzó a destacar rápidamente. Las apuestas por tragos eran llamativas, pero Don Weymouth decidió atender al novio personalmente, asegurándose de que el jugo de mango pasara por un cóctel tropical con tequila o vodka. Era importante que el anfitrión no probara nada de licor.

Los pescadores comenzaban a soltarse y deshinibirse e improvisaban otros juegos, como uno donde se lanzaban dados y el número más bajo ameritaba una especie de castigo como tomar un vaso de agua, pero Laurent procuraba no perder y a nadie le sorprendía que fuera bueno. Era de esperarse que en un barrio de pescadores tal habilidad existiera y la rivalidad con Poitiers y Crozet obligaba a la práctica cotidiana de un juego que el resto de la ciudad veía con desagrado.

-¡Oye Laurent! ¡Si le atinas a la diana, también le atinas a Marine! - dijo alguien y Laurent fingió reírse. Sabía perfectamente de qué le estaban hablando, pero en sus planes no se encontraban los hijos y de todas formas, parecía que ella tampoco los buscaría de inmediato. Al hombre le habían contado que su prometida había vacilado sobre el tema durante la entrega de regalos y dinero para la boda.

Sin embargo, el tema dejó a Laurent pensando sobre Marine: En dos años nunca la había contemplado desnuda ni tocado su cintura en algún baile. Sus abrazos eran breves, sus besos también. Él era el perfecto novio corso que seguía las reglas, aunque disimulaba frente a Albert Damon cuando decía que no eran necesarias las chaperonas en sus citas, aunque de todas formas las cuñadas iban agregadas en cada salida. Pero como otras veces, se preguntó sobre su noche de bodas y lo que haría con ella por ser hermosa. Iba a actuar como si la amara un tiempo más.

-¡La novia viene llegando! - gritó una mujer que se asomaba por el ventanal del lugar y entonces, Laurent se aproximó a la entrada.

Las hermanas de Marine vestían de negro, portaban boina marinera y en el caso de las menores, pañoletas rojas atadas con un firme nudo al cuello. Iban caminando juntas, dándose las manos y a su paso recogían felicitaciones y sobres con dinero, al igual que en la fiesta de la calle Nautonier. Muchos decían que esos obsequios eran para que la novia no tuviera preocupaciones si se embarazaba pronto.

-Marine ¿Ya viste a Laurent? ¡Se ve guapísimo con su traje de pescador! - dijo su hermana Lou a pocos metros de la cantina. Él la oyó y asentó inmediatamente. 

Marine Lorraine no iba vestida como marinera esa noche. Ella portaba un vestido magenta cuya falda circular resaltaba su cintura y llegaba a su rodilla; su prendedor de alcatraz y una coleta que a pesar de su elegancia, no parecía ajustada. Sus zapatos eran muy altos, aunque en su bolso había escondido unas pantuflas para resistir la velada.

Las hermanas entraron primero, siendo recibidas con corteses "buenas noches" y recibiendo sus asientos frente a la barra. Ellas estaban felices, expectantes del recibimiento a su hermana.

Laurent Ferny se dió cuenta de que no iba a ser educado si no salía unos pasos y así se acercó a Marine, a quien miró a los ojos y le sonrió antes de tomarla de las manos. Ella veía al suelo y luego hacia él, sin saber qué decir y respirando tensa.

-Bueno, esta es la primera vez que podremos bailar - dijo él antes de darle un beso veloz y sutil en los labios.

-¡Marine se sonroja con él! ¡Le gusta mucho! - exclamó Lou desde su sitio y vio a su cuñado extender su mano para invitar a su prometida entrar. Marine asentó, estrechó su mano con la de Laurent y él le cedió el paso. Cuando ambos estuvieron dentro, estallaron los aplausos.

-¡Vivan los novios! - gritó otro pescador.
-¡Aún no se casan! - replicó una hermana de Marine.
-¡De aquí nos vamos al registro civil! - bromeó otro y Laurent carcajeó sin planearlo.

-Sólo se están divirtiendo - comentó para disimular y luego volvió al gesto desenfadado que todos le conocían para luego añadir - El señor Lorraine y yo pensábamos que sería bueno celebrar la ceremonia civil en Vichy, pero Lou nos convenció de seguir con los planes de hacerlo en Corse, como acordamos. El cura nos dijo que le parece bien que firmemos lo civil junto con el acta de la iglesia.

Marine pasó saliva y volvió a mover su cabeza como aprobación. Entonces Laurent finalmente la condujo a su asiento.

Al reanudarse la fiesta, lo primero que hicieron las chicas fue agarrar los vasitos de licor de pera que había servido Bèrenice y un par de canapés. Era claro que querían enfiestarse y las menores ya elegían con quién bailar, dejando a la novia sintiendo que no quería estar allí. Laurent le sugería iniciar con algún trago ligero, aunque ella no estuviera segura por no haber tenido ganas de cenar. Entonces, él examinó de nuevo las bebidas del estante del frente y se dió cuenta de algo.

-Señor ¿Qué tienen esas botellas? - preguntó fingiendo ignorancia.
-Vino tinto, es caro - respondió Don Weymouth.
-¿Qué tanto?
-100€.
-¿Y por copa?
-25€.
-Quiero dos. Las serviremos a mi prometida y sus hermanas, que lo merecen... Mejor tres botellas, un tinto Delobel del '96 no debe quedarse guardado.

A Don Weymouth terminó por desagradarle el flamante Laurent Ferny, pero contempló a las maravilladas chicas Lorraine que se sonrojaban ante semejante detalle sofisticado. Los presentes al percatarse también se impresionaron aunque no sabían nada de vinos, exceptuando lo renombrado de la marca.

-También quiero ese vino Ópalo ¿Quién es su proveedor? No pensaría que en esta zona hallaría algo así - continuó Laurent.
-Le sorprendería qué gente ha venido últimamente.
-¿Ellos se le han pedido?
-"Ellos" pero nunca un pescador.

Laurent se encogió de hombros y Marine apenas lo vió con una sonrisa breve y nada profunda. Ella no estaba segura de beber su copa ni impresionada por el obsequio, pero le sorprendió saber que su novio reservara la botella de Ópalo "para los dos".

-Si no quieres beber, podemos pedir otra cosa - dijo él.
-Está bien, me gusta - sostuvo ella.
-Bueno, brindemos por nuestra boda, por lo que será nuestra vida juntos y porque nos irá bien.
-Claro que sí.
-Nunca te había visto tan feliz.
-Es una fiesta.
-Me refiero a que nunca había contado tantos dientes cuando estás contenta.

A Marine le pareció curioso y volvió a reírse, pero esa vez decidió concederle a Laurent un gesto y también contó sus dientes al carcajear, provocando que él lo encontrara divertido. Chocaron sus copas y el vino comenzó a deslizarse por sus gargantas al mismo tiempo que se miraban detenidamente. Él lo hacía por la conquista, ella por mínimo mirar una vez al hombre con el que iba a casarse y que sentía que estimaba de alguna forma.

-Me da miedo el vino porque me gusta mucho - confesó Marine espontáneamente. Su resistencia alcohólica era baja y pronto, sus mejillas se calentaron. Laurent apenas creía que tuvieran algo en común y sirvió otras copas, a pesar de que también sentía las consecuencias de pasar años en blanco. Ambos comenzaron a reírse de la nada, aunque él recordara que debía concluir la noche con sobriedad.

-¿Te gusta bailar? - consultó el hombre al segundo golpe de la bebida.
-Depende, si me gusta la canción.
-¿Te parece bien si lo intentamos? Hay que practicar para el vals de la boda.
-Quizás me venga bien, Laurent.
-¿Te sientes enferma?

Y en un acto que en sus cinco sentidos nunca habría ocurrido, Marine le confesó al oído que no tomaba nada que no fuera café. Él alcanzó a fingir que hacía lo mismo por el ritmo de la oficina y empezaron a moverse torpemente con la música. Gracias a su movimiento, los demás pensaron que iniciaba el baile y más whisky era solicitado a un Evan que trataba de entender lo que ocurría. 

-Bèrenice, la próxima vez que ese idiota te pida agua, le das licor de pera - ordenó Don Weymouth.
-¿Quién es el idiota, jefe?
-El novio. Vamos a descubrir quién es.
-Pero ¿Si no quiere?
-No lo notará. Cuando termine de dar vueltas con la novia, se terminarán el vino. Pagó 60€ y no los va a tirar. Va a estar un poco mareado y por eso ya no le importará.
-Papá ¿Por qué  lo vas a emborrachar? - quiso saber Evan, conocedor y heredero de semejante práctica con las personas que le causaban repulsión. Laurent hizo exactamente lo que el cantinero predijo con el vino y Marine accedió a la siguiente copa por ser educada.

-Quiero saber de que están hechos los dos, pero él... Es uno de "esos".

Don Weymouth no aclaró de qué hablaba, pero Bérenice obedeció cuando, acabado el trago, Laurent le pidió agua. El tipo se bebió el licor de pera y enseguida pidió lo mismo para Marine, que creyendo que eso la obligaría a ir al tocador a deshacerse del alcohol, accedió. Los novios volteaban a verse y de repente, sus rostros eran las cosas más risibles que habían visto.

-Quiero más, por favor - pidió Laurent, pero Don Weymouth se hizo cargo y sirvió un vodka potente, haciendo que el anfitrión le preguntara porque le había dado esa bebida. Pero aquello lo venció. Laurent comenzó a tomar de los vasitos de licor de pera y Marine, para evitar quedar como una aguafiestas, tomó un par.

Los novios saltaban, jugaban dardos y bromas, aceptaban tragos de whisky y las hermanas de Marine comenzaron a preocuparse hasta terminar en pánico. Laurent y Marine desaparecieron de la fiesta de un momento a otro y eso podría dañar la reputación de la novia si no la encontraban.

Mientras en la cantina Weymouth y otros negocios del Panorámico la fiesta era cada vez más entretenida, los novios caminaron y se detuvieron en el mirador de la siguiente calle. Ambos carcajeaban y Marine atisbaba cada detalle, entendiendo por qué a esa zona del barrio Blanchard se le llamaba Panorámico.

-Es hermoso... Se ve desde la playa de Corse hasta el muelle de Quai de Seychelles.
-¿Por qué el agua brilla de noche?
-No lo sé, Laurent.
-¿Tienes sed? 
-Jajajaja ¿Trajiste más vino?
-Es lo único que a veces bebo.


-Gracias por sacarme de la fiesta, me estaba ahogando.
-¿Tú también?
-¿No te gusta estar con la gente?
-Me estaba dando calor, estoy sudando.
-Es cierto.
-Nunca hemos estado solos, Marine ¿Será  ue al fin podemos hablar?

Un nuevo ataque de risa interrumpió sus incipientes intenciones por varios minutos, hasta que Laurent, reconociendo que no quería pasar la noche solo, besó a Marine intensamente.

-¿Qué haces? - preguntó ella cuando pudo soltarse.
-Llevamos dos años y nunca te había dado un beso de verdad, es todo.
-No es el momento.
-Nadie nos ve.
-No creo que esto sea bueno, regresemos.

Laurent recuperó la sobriedad y optó por ser más inteligente.

-De acuerdo, caminemos.
-Me estaba divirtiendo mucho - reconoció Marine.
-En Vichy nos divertiremos más.
-Es un viaje familiar.
-¿Te gusta la nieve?
-Mucho. 
-Podríamos ir también al pueblo, dicen que es muy bonito.
-¿Nunca has ido a Vichy?
-Tú tampoco.
-Es cierto.
-En el trabajo me sugirieron ir, sobretodo por las actividades familiares. Dicen que el instructor de esquí es agradable.
-No te he preguntado cómo te va en la oficina, Laurent.
-Siempre lo haces.
-Nunca sé qué decirte.

Laurent volteó a ver a Marine y volvió a besarla cuando la resistencia fue menor. Ella también notó que comenzaba a corresponder, pero en lugar de sentirse cómoda ante la sensación de un beso encendido, recordó a Maragaglio y dijo su nombre en sobresalto.

-¿Maragaglio?
-Disculpa, Laurent, es que es mi hermano mayor - replicó ella, impresionada por mentir de forma natural. 
-¿Le tienes miedo a lo que diga?
-Si se enterara de esto, lo decepcionaría. Él es a quien más le hago caso y después a mi papá.

Laurent se congeló un momento. Acababa de recibir información valiosa y al ver la respiración agitada de Marine, supo que un movimiento en falso enfrente de Maragaglio iba a complicarle todo el plan.

-No te preocupes, regresemos con tus hermanas.
-Sí.
-Me va a gustar ser cuñado de Maragaglio. Debe ser un hombre corso honor si lo respetas de esa forma.

Laurent le dió un beso en la frente y la tomó de la mano. Caminaban a buen paso, pero la impresión de los besos los había desconcertado, así que se miraron mutuamente y recargándose en un poste, juntaron sus labios de nuevo. Sin embargo, ese tercer momento no fue lo que esperaban. La mente de Marine viajó hacia los impulsos arrojados de Maragaglio y la de Laurent, si bien contemplaba a la mujer que estaba estrechando, le recordaba que la fiesta debía concluir para llegar con su abuela, aunque no quería pasar la oscuridad en soledad. 

-Ay, pensé que ustedes no eran de Corse pero al fin hay pasión aquí - comentó Lou Lorraine al encontrarlos.
-Disculpa, Lou. Si te parece irrespetuoso, yo hablaré con tu padre.
-Laurent, no te asustes, no le diré a papá. Además, ustedes son novios ¡Qué bueno que se gusten tanto!

Lou no ocultaba que se había emocionado.

-¿Por qué estás sola? - tembló Marine.
-Me separé de las demás para buscarlos, es que ya sabes que la gente piensa mal.
-Íbamos de regreso.
-Qué alivio me da encontrarte, no hemos hablado en toda la noche...
-Entonces me adelanto para que nadie haga insinuaciones - intervino Laurent y posó sus labios en la mejilla de Marine antes de irse. Ella se detuvo y Lou comprendió que la diversión había terminado.

-Vamos a casa - dijo Marine y caminó para reunirse con sus hermanas luego de que el flamante novio llamara un radiotaxi para que llevara a las mujeres a su destino.

Entretanto, Laurent ingresaba en la cantina nuevamente con su botella de vino y se colocó frente a Don Weymouth con visible molestia.

-¿La novia no quiso estar con usted? - preguntó el cantinero.
-¡Le pagué por no servirme alcohol!
-Un descuido, cualquiera lo tiene.
-¿Qué me dió?
-Vodka... ¿Le remuerde la consciencia?
-Deme uno más.

Don Weymouth, sin embargo, le sirvió agua y Laurent, alterado, la bebió con toda consciencia.

-Que beban lo que quieran, igual se paga - remató Laurent y se alejó a prisa, tomando otro radiotaxi frente a un bar más alejado. Los pescadores continuaban festejando y la resaca llegaría en la madrugada, pero no importaba mucho. La fiesta era divertida, los corsos sabían reírse y descontrolarse con educación y sin caerse o pelearse.

Cuando Laurent llegó al edificio Roberts, no estaba cansado, sino confundido ¿Qué rayos había pasado en esa fiesta? Marine... Marine era hermosa y la idea de pasar una noche de bodas de pronto no era un trámite engorroso. Le quitaría las tierras a su familia ¿Y qué? No iba a pasar por ese matrimonio sin recibir su parte, aquella que sólo un esposo debía tener.

-Tu abuela duerme, Laurent - lo recibió la chica de pecas.
-Ella se acuesta tarde.
-Son las diez, le di sus pastillas y mañana la veremos.
-No sé cómo sigue confiando en ti.
-Trajiste vino ¿La fiesta fue tan buena?
-Es un Ópalo, irá a la cava.
-El mayordomo la pondrá en su lugar.

Laurent se quedó callado y ella se acercó, colocando sus pequeñas manos sobre el pecho masculino y luego deslizándolas hacia el pantalón. Él no puso resistencia.

-Te conozco, te estoy sintiendo ¿Marine te provocó? Déjame calmarte.
-Me siento solo.
-Siempre lo estás. Vamos, te cuidaré.

La chica de pecas iba a llevarlo donde siempre, a su habitación en el cuarto de servicio, pero Laurent no quiso y en su lugar, entraron al dormitorio de él, asegurando la puerta.

-Tú siempre estás conmigo, Règine - susurró el hombre, despojándose de su ropa y cediendo por completo. La chica de pecas se hizo dueña de sus deseos, de su urgencia ¿Qué más daba si recibía el brazalete o no? Laurent al fin la había llamado por su nombre y suspiraba repitiéndolo. Y cualquier obsequio le importó menos cuando él, cansado pero aún con la sangre hirviéndole, colapsó para llorar.

Règine lo recibió en su pecho, lo mimó el resto de la noche. A diferencia de sus momentos de diversión, esta vez, Laurent había hecho el amor con ella. Esas lágrimas eran la prueba. 

miércoles, 7 de enero de 2026

La tormenta de París o el Cuento por la navidad ortodoxa (Los momentos felices, última parte)


París, Francia. Miércoles, 27 de noviembre de 2002.

Una nevada feroz y un cielo oscuro recibieron a Carlota Liukin al momento de descender del avión proveniente de Helsinki. La nieve cubrió su abrigo, su gorro ushanka y sus guantes y al llegar a la sala de equipaje del aeropuerto Charles de Gaulle, se miró en un cristal para constatar que se parecía a los protagonistas de las películas luego de bajar la montaña. A su lado, Katrina también pensaba lo mismo.

-No siquiera vimos al Yeti.
-Pero no vive en Finlandia - contestó Carlota.
-Ojalá nunca regresemos.
-¡A mí me gustó!
-Porque te trataron bien.
-¡Las auroras boreales son preciosas!
-Eso sí.
-¡La próxima vez me tomaré las mañanas para recorrer lo que me faltó de Helsinki! ¡Y tenemos que ir de compras!
-¡Qué bien! ¿Se te olvida que no me vas a llevar?

Carlota recordó que Katrina era la "amiga especial" de Maragaglio y que quizás el encanto de la Cenicienta se estaba terminando. La otra, en cambio, se sacudía como podía la ropa y por primera vez, sacaba su celular, mismo que sonaba estridente como cualquier otro.

-¡Maragaglio! Hemos llegado por fin a París, me muero por una taza de chocolate caliente - saludaba Katrina aliviada - ¿Carlota? Aquí, queriendo irse a Helsinki de nuevo, no sé cómo no está loca... Nieva aquí, yo tengo frío y mi maleta acaba de aparecer, voy a tomarla... ¿También está nevando en Venecia? ¡Qué horror! ¿Cómo sigue Susanna?... ¡Qué bien! Saldrá pronto de ahí ¿Y tus niños?... ¿Cocinas? ¡Entonces me debes una cena deliciosa! ¿Cuándo vienes?... ¿Cuando acabe tu misión en Tell no Tales? ¿Qué es Tell no Tales? 

Carlota no disimulaba su asombro por la naturalidad de la conversación de Maragaglio y Katrina y mucho más con semejante pregunta sobre su país isleño en África. Se suponía que todo mundo sabía de él y dónde estaba, sobretodo porque exportaba cosas que eran muy solicitadas, como sucursales de tiendas como las de Industrias Isbaza. En el aeropuerto mismo existía una y se tomaba el mejor chocolate caliente de París, así que Carlota planeaba entrar por un vaso para sacudirse las nostalgias de cuando visitaba el local de su ciudad natal.

-Maragaglio no es nada discreto con su amante - recordó Maurizio Leoncavallo, rompiendo el encanto y agarrando el equipaje de Carlota. Lucía agotado y con señales de haber dormido poco, aunque también se hallaba pendiente del teléfono, actitud inusual que acabó intrigando a una Carlota que hacía no mucho había conseguido hablar por su cuenta al hospital San Marco Della Pietà sólo para enterarse de que su padre no abandonaba el tanque de oxígeno, pero su semblante mejoraba.

-Me estoy poniendo nerviosa, ojalá nos vayamos ya - suplicó la chica Liukin y se preparó para salir de la sala de equipaje, sintiendo que la ignoraban. 

-Mademoiselle Liukin, tenga cuidado, la espera una multitud afuera - anunció un oficial.
-¿Una qué?
-Muchos admiradores.
-A nadie le dije que regresaba.
-Fue la prensa.
-Merci? ¿Van a ayudarme a salir, verdad?
-Siempre estaremos a su servicio - terminó el policía y Carlota suspiró, entre contenta y alarmada por lo que iba a ver apenas se abriera la puerta.

-¿Va a pasar lo mismo de cuando llegamos la primera vez? - curioseó Maurizio.
-¿Sí?
-Yo estoy preguntando.
-Ah, pensé que no.
-Carlota ¿Te incomodan los fans?
-No... ¿Te molestan si te gritan en las orejas?

Maurizio rió y ella comenzó a caminar.

Cuando los franceses se enamoran de alguna persona, las multitudes suelen ser apasionadas e incondicionales y justo eso había ocasionado que se colocaran vallas, mismas que se presumían firmes y disuasivas. Por recomendación de alguien más, Maurizio reservó un taxi gracias a una máquina y luego de maravillarse por la tecnología, se encargó de separar los dos cristales que formaban la salida. Entonces, las voces eufóricas lo aturdieron y los flashes lo cegaron por varios segundos. Carlota Liukin era una estrella y disfrutaba de la atención mientras levantaba las manos para decir "hola" y agradecer el apoyo al verla patinar por televisión. La presencia de algunos reporteros obligaba a la entrevista y Katrina aprovechaba para modelar su abrigo con cuadros de colores ante cámaras que le hacían caso por estar junto a la celebridad del momento. Todo tenía sentido y entre autógrafos y una charla veloz con el periodista del noticiero nacional, el camino se volvió menos pesado. Las pancartas hechas de cartulina con letras de diamantina de colores formaban una postal agradable a la vista y posar junto a las niñas más pequeñas le daba a Carlota puntos extra con personas que se imaginaban cómo era su vida, que le gritaban que la amaban sin conocerla.

-Le vas a causar problemas a Maragaglio - dijo Maurizio a Katrina mientras tanto.
-No te importa.
-¿Crees que su esposa no te va a ver en algún momento?
-Susanna conoce bien a su marido, nada cambiará por mí.
-No puedes saberlo.
-Claro que sí, no es la primera vez que un hombre casado me busca.
-No creo que te regalen cosas.
-Maragaglio no cambiará su vida por venir a visitarme de vez en cuando.

Katrina continuó siendo retratada y cuando alguien le preguntó a Carlota quien era ella, la chica mintió sobre tener una coreógrafa.

-Y por eso a Maragaglio nunca lo deja su mujer - murmuró Katrina.
-¿Porque le mienten? - reprochó Maurizio.
-Todos los Leoncavallo son cómplices.

Maurizio no agregó palabra y se limitó a seguir detrás de Carlota, deseando irse de ahí. En casa de Judy Becaud los esperaban para cenar y darles una bienvenida cálida, así que más valía no retrasarse. Carlota corrió al dar el último autógrafo.

-¡Nos deja el auto! - gritó al ver la hora.
-¡Me alegra que te dieras cuenta! - sonrió el joven Leoncavallo y junto a Katrina, recorrieron largos pasillos hasta la salida, dónde los esperaba un taxista ansioso por terminar su turno. 

-¡Ya no pasé por un chocolate a Isbaza! - se lamentó Carlota.
-Pero Judy te servirá una bebida casera. Vamos a verla.
-Cierto ¡Gracias, Maurizio!
-¡No te vayas a tropezar!

Carlota Liukin iba tan rápido, que cayó de frente, encima de su maleta. Katrina y Maurizio no pudieron contener la risa.

-¡Ayúdenme que me atoré! - se enfadó Carlota y Maurizio enseguida le dió la mano y deshizo el nudo que se había hecho en la maleta. 

-¡No tenían que reírse de mí! - protestó la chica y siguió su camino con enorme enfado, aunque los otros dos no entendían el motivo de su reacción. De tan contenta, ahora se le notaba irritada y con cara de pocos amigos, llevando su equipaje como si pesara en exceso.

-Deja eso, te ayudo. Discúlpame, no sabía que te molestaría.
-¡Para la próxima ni se te ocurra reírte, Maurizio!
-Entendido.
-¿Nos vamos a casa ya?

Maurizio asentó y sintió como si recibiera una reprimenda, así que enseguida buscó el vehículo marcado con la placa 098027, que le recordaba algo, pero no sabía qué. Para Carlota, era una coincidencia que los números fueran iguales al del celular de su abuelo, así que lo tomó como una señal. Con el boleto en mano, el chófer descendió para ayudar a colocar el equipaje en la cajuela y las dos chicas abordaron con prisa, dándose cuenta de que el interior era cálido y agradable, así que podían al fin descubrir sus cabezas. El tráfico se reportaba paralizado desde el aeropuerto hasta el periférico y llegar a la Rue de Poinsette iba a ser una misión agotadora debido a la espesa nieve que se acumulaba en la ciudad.

-No entiendo bien el francés, pero parece que nos tardaremos dos horas o más si nos vamos en este momento - declaró Maurizio al tomar asiento y el conductor, sin mediar palabra, inició el trayecto. Katrina aprovechó para acomodar su cabeza en una almohada de cortesía y enseguida se quedó dormida.

-No tomamos el tren porque hay mucha nieve en las vías ¿Te habrías enojado por esperar en la estación, Carlota?
-No me gustan los trenes.
-¿Por qué?
-No lo sé, pasan cosas.
-¿Cómo cuáles?
-¿No te conté que una vez me quedé varada en un pueblo porque se congeló todo? ¡Ojalá nunca te toque algo así de horrible, Maurizio!

Él estuvo a punto de preguntar para enterarse de la anécdota, pero notó que ella tomaba su celular con premura y llamaba enseguida. Al principio creyó que era para anunciarle a sus amigos que iba rumbo a su encuentro; pero pronto supo que era alguien más importante que no respondía.

-¡Siempre es lo mismo con ese señor! - gritó Carlota.
-¿Qué pasa?
-¡Nada! Voy a insistir.
-¿Con quién quieres hablar?
-¡Con alguien con quien no me puedes molestar!
-¿Marat?

La joven Liukin lo negó y siguió insistiendo un par de veces, rindiéndose cuando no recibió respuesta.

-¡Me colgó! ¡Ese viejo...! ¡Es un idiota! - protestó ella.
-¿Estás bien? 
-Maurizio ¿Qué haces cuando en tu familia hay un cretino?
-¿Quién se ganó ese halago?
-¡Maurizio!
-Mejor me callo.

Carlota miró a la ventana y se dió cuenta de que el embotellamiento la había atrapado a los escasos minutos de abandonar el aeropuerto. El camino sería más largo y el paisaje mucho más blanco de lo planeado, pero no parecía ser relevante al momento en que el celular comenzó a timbrar. La joven contestó enseguida.

-Acabo de llegar a París, por eso te marqué... ¿Cómo que estás en la playa? ¿Te fuiste a Jamal? ¿En Tell no Tales no hay frío?... ¿Apenas va a cambiar el clima?... Papá sigue en el hospital ¿Has hablado con alguien en Venecia?... Andreas y Adrien se enfermaron también ¿Por qué nadie me avisa de nada?... ¿Cómo que me enviaste un mensaje?... No estaba en París, me fui a un torneo en Finlandia... Disculpa, abuelo ¿Qué es un telegrama?

Maurizio Leoncavallo volteó hacia Carlota con una sonrisa incrédula y luego se quedó pensando en que sólo las personas mayores mandarían mensajes de una forma que distaba mucho de ser inmediata. 

-¿Fuiste a una boda, abuelo? ¿La de quien?... ¿Marine Lorraine?... Apenas conozco a Albert Damon... No entiendo la mitad de lo que dices.

Maurizio recordó la prueba de vestidos de novia en el restaurante de Judy Becaud y entendió que era más importante de lo que aparentaba. De recordar a Maragaglio ofreciéndose a obsequiar un ajuar, tuvo cierta sospecha que no anhelaba confirmar.

-¿Vas a ser padrino? - continuó Carlota.
-¿De anillos? ¿No compraste unos de latón?... Menos mal... ¡Ay, abuelo! Es que me acuerdo que me hiciste uno con una tapa... ¡Ya sé que era el adorno de una botella y estaba bonito!... ¿Cuándo se casa?... ¿Por qué en Corse harán tantas fiestas antes de la boda?... ¿Hay mariscos gratis? ¿Por qué me mudé?

Carlota hizo un gesto alegre y escuchó a su abuelo describir los planes de un paseo a Vichy, cómo lo acompañaba Lorenzo Liukin a las recepciones de la familia Lorraine y sobretodo, le contaba del mar y de cómo la ciudad iba recuperándose luego del sismo de septiembre. En las calles, las puertas y marcos de las ventanas se estaban pintando en verde oscuro, menos en el barrio Corse, donde unos barcos enormes se estaban adaptando para convertirse en departamentos y los Lorraine disfrutaban de ver a los trabajadores en tan singular labor.

-Qué divertido... ¿Me saludas al tío Lorenzo?... ¿Cómo que no?... ¿Llamarme a mí? ¿No debería preguntar por mi papá?... Ah, ya llamó... Voy con Judy y descansaré un día más... Voy a competir la próxima semana en Japón... ¡Me encantaría ir a la ceremonia contigo!... Es que, califiqué a la final de un torneo y es importante... ¿Por qué no vas a Sapporo a verme? Está mejor que la boda... Lo prometiste, de acuerdo... ¿Cuándo nos vas a visitar a Venecia?... ¿Te vas a dónde? ¿No estabas jugando?

Maurizio miró a Carlota preocuparse y llevar una mano a su frente.

-¿Cómo que vas a terminar con tus pendientes?... Abuelo ¿Todo está bien?... ¿Tienes que hablar con la familia? La otra vez me dijiste lo mismo... ¿Ahora es en serio? ¡Claro que vamos a estar todos!... ¿Cómo que verás a Maragaglio en Tell no Tales?... ¿Vas a tener una charla con él primero?... ¿Cómo que le darás la bienvenida a la familia...? ¿Qué papeles tienes que ver?... Abuelo, me estás asustando... ¿Sí te vas a ir a Bangladesh?... ¿Cómo que no vas a volver?... ¿Cómo que no tienes casa? ¿Te vas de gira también? Abuelo ¿Cuándo te veré de nuevo?... ¿Abuelo? ¡No me cuelgues a mí!... ¡Que no me cuel... gues!

Carlota agitó el teléfono para que se le pasaran las ganas de azotarlo. Se cruzó de brazos y no sabía si quería llorar o sentirse afortunada de que su abuelo tomara su llamada y le diera unos minutos.

-¿Estás bien? - preguntó Maurizio.
-¡Ese señor me hace enfadar! Pero lo quiero mucho.
-¿Tu abuelo viaja demasiado, verdad?
-Me mandó un telegrama a casa de Judy porque olvidó que fui a Helsinki. Un telegrama ¿Quién hace eso teniendo celular? ¿Un telegrama? ¿Qué diablos es eso?
-Carlota, no creo que él lo haya hecho a propósito.
-¡Nunca asiste a nuestros cumpleaños, nos deja plantados, ni siquiera se molestó en ir al funeral de mi mamá y de pronto me visita y se va así nada más! ¡Ay, pero no fueran Albert Damon, sus perfumes de no sé qué madrigueras del mundo o sus viajes de mochilero porque nunca falta! ¡Mi abuelo no es una estrella de rock!
-¿Por qué lo llamaste?
-Porque el número del coche es casi igual al de su teléfono.
-¿Qué querías que te dijera?
-¡Quiero que se quede con nosotros!
-¿Por qué? Tal vez él no lo desea.
-¡Está enfermo de los pulmones! ¡La última vez mi papá y mi tío fueron a hacer papeleo para sacarlo de un hospital de Cuba! ¿Y si muere en una de sus excursiones? ¡Él sólo lleva una mochila! ¿Por qué le gusta ser hippie?
-Yo no lo llamaría hippie.
-¡Ahora le dicen "espíritu libre"! Sólo eso falta.
-Carlota, odio decirlo, pero eso lo tienen que arreglar tu abuelo y sus hijos.
-¡No quiero perderlo en medio de la nada!
-¿Le has dicho eso a tu abuelo?
-Que se va a quedar tirado en la nieve.
-¿Él se la vive viajando?

Carlota asentó y Maurizio no supo más que añadir. Ambos se preguntaron porque Goran Liukin Jr. era capaz de ser tan importante, si era hiriente su ausencia. Aunque ella tenía más claro que así era y normalmente los Liukin no se tomaban un instante para conversar sobre ello. Si el abuelo vivía a medio  millón de millas de casa, ellos siempre lo aguardaban en ese un millón y medio y quizás, era la única forma de amarse.