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miércoles, 7 de enero de 2026

La tormenta de París o el Cuento por la navidad ortodoxa (Los momentos felices, última parte)


París, Francia. Miércoles, 27 de noviembre de 2002.

Una nevada feroz y un cielo oscuro recibieron a Carlota Liukin al momento de descender del avión proveniente de Helsinki. La nieve cubrió su abrigo, su gorro ushanka y sus guantes y al llegar a la sala de equipaje del aeropuerto Charles de Gaulle, se miró en un cristal para constatar que se parecía a los protagonistas de las películas luego de bajar la montaña. A su lado, Katrina también pensaba lo mismo.

-No siquiera vimos al Yeti.
-Pero no vive en Finlandia - contestó Carlota.
-Ojalá nunca regresemos.
-¡A mí me gustó!
-Porque te trataron bien.
-¡Las auroras boreales son preciosas!
-Eso sí.
-¡La próxima vez me tomaré las mañanas para recorrer lo que me faltó de Helsinki! ¡Y tenemos que ir de compras!
-¡Qué bien! ¿Se te olvida que no me vas a llevar?

Carlota recordó que Katrina era la "amiga especial" de Maragaglio y que quizás el encanto de la Cenicienta se estaba terminando. La otra, en cambio, se sacudía como podía la ropa y por primera vez, sacaba su celular, mismo que sonaba estridente como cualquier otro.

-¡Maragaglio! Hemos llegado por fin a París, me muero por una taza de chocolate caliente - saludaba Katrina aliviada - ¿Carlota? Aquí, queriendo irse a Helsinki de nuevo, no sé cómo no está loca... Nieva aquí, yo tengo frío y mi maleta acaba de aparecer, voy a tomarla... ¿También está nevando en Venecia? ¡Qué horror! ¿Cómo sigue Susanna?... ¡Qué bien! Saldrá pronto de ahí ¿Y tus niños?... ¿Cocinas? ¡Entonces me debes una cena deliciosa! ¿Cuándo vienes?... ¿Cuando acabe tu misión en Tell no Tales? ¿Qué es Tell no Tales? 

Carlota no disimulaba su asombro por la naturalidad de la conversación de Maragaglio y Katrina y mucho más con semejante pregunta sobre su país isleño en África. Se suponía que todo mundo sabía de él y dónde estaba, sobretodo porque exportaba cosas que eran muy solicitadas, como sucursales de tiendas como las de Industrias Isbaza. En el aeropuerto mismo existía una y se tomaba el mejor chocolate caliente de París, así que Carlota planeaba entrar por un vaso para sacudirse las nostalgias de cuando visitaba el local de su ciudad natal.

-Maragaglio no es nada discreto con su amante - recordó Maurizio Leoncavallo, rompiendo el encanto y agarrando el equipaje de Carlota. Lucía agotado y con señales de haber dormido poco, aunque también se hallaba pendiente del teléfono, actitud inusual que acabó intrigando a una Carlota que hacía no mucho había conseguido hablar por su cuenta al hospital San Marco Della Pietà sólo para enterarse de que su padre no abandonaba el tanque de oxígeno, pero su semblante mejoraba.

-Me estoy poniendo nerviosa, ojalá nos vayamos ya - suplicó la chica Liukin y se preparó para salir de la sala de equipaje, sintiendo que la ignoraban. 

-Mademoiselle Liukin, tenga cuidado, la espera una multitud afuera - anunció un oficial.
-¿Una qué?
-Muchos admiradores.
-A nadie le dije que regresaba.
-Fue la prensa.
-Merci? ¿Van a ayudarme a salir, verdad?
-Siempre estaremos a su servicio - terminó el policía y Carlota suspiró, entre contenta y alarmada por lo que iba a ver apenas se abriera la puerta.

-¿Va a pasar lo mismo de cuando llegamos la primera vez? - curioseó Maurizio.
-¿Sí?
-Yo estoy preguntando.
-Ah, pensé que no.
-Carlota ¿Te incomodan los fans?
-No... ¿Te molestan si te gritan en las orejas?

Maurizio rió y ella comenzó a caminar.

Cuando los franceses se enamoran de alguna persona, las multitudes suelen ser apasionadas e incondicionales y justo eso había ocasionado que se colocaran vallas, mismas que se presumían firmes y disuasivas. Por recomendación de alguien más, Maurizio reservó un taxi gracias a una máquina y luego de maravillarse por la tecnología, se encargó de separar los dos cristales que formaban la salida. Entonces, las voces eufóricas lo aturdieron y los flashes lo cegaron por varios segundos. Carlota Liukin era una estrella y disfrutaba de la atención mientras levantaba las manos para decir "hola" y agradecer el apoyo al verla patinar por televisión. La presencia de algunos reporteros obligaba a la entrevista y Katrina aprovechaba para modelar su abrigo con cuadros de colores ante cámaras que le hacían caso por estar junto a la celebridad del momento. Todo tenía sentido y entre autógrafos y una charla veloz con el periodista del noticiero nacional, el camino se volvió menos pesado. Las pancartas hechas de cartulina con letras de diamantina de colores formaban una postal agradable a la vista y posar junto a las niñas más pequeñas le daba a Carlota puntos extra con personas que se imaginaban cómo era su vida, que le gritaban que la amaban sin conocerla.

-Le vas a causar problemas a Maragaglio - dijo Maurizio a Katrina mientras tanto.
-No te importa.
-¿Crees que su esposa no te va a ver en algún momento?
-Susanna conoce bien a su marido, nada cambiará por mí.
-No puedes saberlo.
-Claro que sí, no es la primera vez que un hombre casado me busca.
-No creo que te regalen cosas.
-Maragaglio no cambiará su vida por venir a visitarme de vez en cuando.

Katrina continuó siendo retratada y cuando alguien le preguntó a Carlota quien era ella, la chica mintió sobre tener una coreógrafa.

-Y por eso a Maragaglio nunca lo deja su mujer - murmuró Katrina.
-¿Porque le mienten? - reprochó Maurizio.
-Todos los Leoncavallo son cómplices.

Maurizio no agregó palabra y se limitó a seguir detrás de Carlota, deseando irse de ahí. En casa de Judy Becaud los esperaban para cenar y darles una bienvenida cálida, así que más valía no retrasarse. Carlota corrió al dar el último autógrafo.

-¡Nos deja el auto! - gritó al ver la hora.
-¡Me alegra que te dieras cuenta! - sonrió el joven Leoncavallo y junto a Katrina, recorrieron largos pasillos hasta la salida, dónde los esperaba un taxista ansioso por terminar su turno. 

-¡Ya no pasé por un chocolate a Isbaza! - se lamentó Carlota.
-Pero Judy te servirá una bebida casera. Vamos a verla.
-Cierto ¡Gracias, Maurizio!
-¡No te vayas a tropezar!

Carlota Liukin iba tan rápido, que cayó de frente, encima de su maleta. Katrina y Maurizio no pudieron contener la risa.

-¡Ayúdenme que me atoré! - se enfadó Carlota y Maurizio enseguida le dió la mano y deshizo el nudo que se había hecho en la maleta. 

-¡No tenían que reírse de mí! - protestó la chica y siguió su camino con enorme enfado, aunque los otros dos no entendían el motivo de su reacción. De tan contenta, ahora se le notaba irritada y con cara de pocos amigos, llevando su equipaje como si pesara en exceso.

-Deja eso, te ayudo. Discúlpame, no sabía que te molestaría.
-¡Para la próxima ni se te ocurra reírte, Maurizio!
-Entendido.
-¿Nos vamos a casa ya?

Maurizio asentó y sintió como si recibiera una reprimenda, así que enseguida buscó el vehículo marcado con la placa 098027, que le recordaba algo, pero no sabía qué. Para Carlota, era una coincidencia que los números fueran iguales al del celular de su abuelo, así que lo tomó como una señal. Con el boleto en mano, el chófer descendió para ayudar a colocar el equipaje en la cajuela y las dos chicas abordaron con prisa, dándose cuenta de que el interior era cálido y agradable, así que podían al fin descubrir sus cabezas. El tráfico se reportaba paralizado desde el aeropuerto hasta el periférico y llegar a la Rue de Poinsette iba a ser una misión agotadora debido a la espesa nieve que se acumulaba en la ciudad.

-No entiendo bien el francés, pero parece que nos tardaremos dos horas o más si nos vamos en este momento - declaró Maurizio al tomar asiento y el conductor, sin mediar palabra, inició el trayecto. Katrina aprovechó para acomodar su cabeza en una almohada de cortesía y enseguida se quedó dormida.

-No tomamos el tren porque hay mucha nieve en las vías ¿Te habrías enojado por esperar en la estación, Carlota?
-No me gustan los trenes.
-¿Por qué?
-No lo sé, pasan cosas.
-¿Cómo cuáles?
-¿No te conté que una vez me quedé varada en un pueblo porque se congeló todo? ¡Ojalá nunca te toque algo así de horrible, Maurizio!

Él estuvo a punto de preguntar para enterarse de la anécdota, pero notó que ella tomaba su celular con premura y llamaba enseguida. Al principio creyó que era para anunciarle a sus amigos que iba rumbo a su encuentro; pero pronto supo que era alguien más importante que no respondía.

-¡Siempre es lo mismo con ese señor! - gritó Carlota.
-¿Qué pasa?
-¡Nada! Voy a insistir.
-¿Con quién quieres hablar?
-¡Con alguien con quien no me puedes molestar!
-¿Marat?

La joven Liukin lo negó y siguió insistiendo un par de veces, rindiéndose cuando no recibió respuesta.

-¡Me colgó! ¡Ese viejo...! ¡Es un idiota! - protestó ella.
-¿Estás bien? 
-Maurizio ¿Qué haces cuando en tu familia hay un cretino?
-¿Quién se ganó ese halago?
-¡Maurizio!
-Mejor me callo.

Carlota miró a la ventana y se dió cuenta de que el embotellamiento la había atrapado a los escasos minutos de abandonar el aeropuerto. El camino sería más largo y el paisaje mucho más blanco de lo planeado, pero no parecía ser relevante al momento en que el celular comenzó a timbrar. La joven contestó enseguida.

-Acabo de llegar a París, por eso te marqué... ¿Cómo que estás en la playa? ¿Te fuiste a Jamal? ¿En Tell no Tales no hay frío?... ¿Apenas va a cambiar el clima?... Papá sigue en el hospital ¿Has hablado con alguien en Venecia?... Andreas y Adrien se enfermaron también ¿Por qué nadie me avisa de nada?... ¿Cómo que me enviaste un mensaje?... No estaba en París, me fui a un torneo en Finlandia... Disculpa, abuelo ¿Qué es un telegrama?

Maurizio Leoncavallo volteó hacia Carlota con una sonrisa incrédula y luego se quedó pensando en que sólo las personas mayores mandarían mensajes de una forma que distaba mucho de ser inmediata. 

-¿Fuiste a una boda, abuelo? ¿La de quien?... ¿Marine Lorraine?... Apenas conozco a Albert Damon... No entiendo la mitad de lo que dices.

Maurizio recordó la prueba de vestidos de novia en el restaurante de Judy Becaud y entendió que era más importante de lo que aparentaba. De recordar a Maragaglio ofreciéndose a obsequiar un ajuar, tuvo cierta sospecha que no anhelaba confirmar.

-¿Vas a ser padrino? - continuó Carlota.
-¿De anillos? ¿No compraste unos de latón?... Menos mal... ¡Ay, abuelo! Es que me acuerdo que me hiciste uno con una tapa... ¡Ya sé que era el adorno de una botella y estaba bonito!... ¿Cuándo se casa?... ¿Por qué en Corse harán tantas fiestas antes de la boda?... ¿Hay mariscos gratis? ¿Por qué me mudé?

Carlota hizo un gesto alegre y escuchó a su abuelo describir los planes de un paseo a Vichy, cómo lo acompañaba Lorenzo Liukin a las recepciones de la familia Lorraine y sobretodo, le contaba del mar y de cómo la ciudad iba recuperándose luego del sismo de septiembre. En las calles, las puertas y marcos de las ventanas se estaban pintando en verde oscuro, menos en el barrio Corse, donde unos barcos enormes se estaban adaptando para convertirse en departamentos y los Lorraine disfrutaban de ver a los trabajadores en tan singular labor.

-Qué divertido... ¿Me saludas al tío Lorenzo?... ¿Cómo que no?... ¿Llamarme a mí? ¿No debería preguntar por mi papá?... Ah, ya llamó... Voy con Judy y descansaré un día más... Voy a competir la próxima semana en Japón... ¡Me encantaría ir a la ceremonia contigo!... Es que, califiqué a la final de un torneo y es importante... ¿Por qué no vas a Sapporo a verme? Está mejor que la boda... Lo prometiste, de acuerdo... ¿Cuándo nos vas a visitar a Venecia?... ¿Te vas a dónde? ¿No estabas jugando?

Maurizio miró a Carlota preocuparse y llevar una mano a su frente.

-¿Cómo que vas a terminar con tus pendientes?... Abuelo ¿Todo está bien?... ¿Tienes que hablar con la familia? La otra vez me dijiste lo mismo... ¿Ahora es en serio? ¡Claro que vamos a estar todos!... ¿Cómo que verás a Maragaglio en Tell no Tales?... ¿Vas a tener una charla con él primero?... ¿Cómo que le darás la bienvenida a la familia...? ¿Qué papeles tienes que ver?... Abuelo, me estás asustando... ¿Sí te vas a ir a Bangladesh?... ¿Cómo que no vas a volver?... ¿Cómo que no tienes casa? ¿Te vas de gira también? Abuelo ¿Cuándo te veré de nuevo?... ¿Abuelo? ¡No me cuelgues a mí!... ¡Que no me cuel... gues!

Carlota agitó el teléfono para que se le pasaran las ganas de azotarlo. Se cruzó de brazos y no sabía si quería llorar o sentirse afortunada de que su abuelo tomara su llamada y le diera unos minutos.

-¿Estás bien? - preguntó Maurizio.
-¡Ese señor me hace enfadar! Pero lo quiero mucho.
-¿Tu abuelo viaja demasiado, verdad?
-Me mandó un telegrama a casa de Judy porque olvidó que fui a Helsinki. Un telegrama ¿Quién hace eso teniendo celular? ¿Un telegrama? ¿Qué diablos es eso?
-Carlota, no creo que él lo haya hecho a propósito.
-¡Nunca asiste a nuestros cumpleaños, nos deja plantados, ni siquiera se molestó en ir al funeral de mi mamá y de pronto me visita y se va así nada más! ¡Ay, pero no fueran Albert Damon, sus perfumes de no sé qué madrigueras del mundo o sus viajes de mochilero porque nunca falta! ¡Mi abuelo no es una estrella de rock!
-¿Por qué lo llamaste?
-Porque el número del coche es casi igual al de su teléfono.
-¿Qué querías que te dijera?
-¡Quiero que se quede con nosotros!
-¿Por qué? Tal vez él no lo desea.
-¡Está enfermo de los pulmones! ¡La última vez mi papá y mi tío fueron a hacer papeleo para sacarlo de un hospital de Cuba! ¿Y si muere en una de sus excursiones? ¡Él sólo lleva una mochila! ¿Por qué le gusta ser hippie?
-Yo no lo llamaría hippie.
-¡Ahora le dicen "espíritu libre"! Sólo eso falta.
-Carlota, odio decirlo, pero eso lo tienen que arreglar tu abuelo y sus hijos.
-¡No quiero perderlo en medio de la nada!
-¿Le has dicho eso a tu abuelo?
-Que se va a quedar tirado en la nieve.
-¿Él se la vive viajando?

Carlota asentó y Maurizio no supo más que añadir. Ambos se preguntaron porque Goran Liukin Jr. era capaz de ser tan importante, si era hiriente su ausencia. Aunque ella tenía más claro que así era y normalmente los Liukin no se tomaban un instante para conversar sobre ello. Si el abuelo vivía a medio  millón de millas de casa, ellos siempre lo aguardaban en ese un millón y medio y quizás, era la única forma de amarse.

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