Páginas

domingo, 18 de enero de 2026

La borrachera (La boda de Marine V)


Tell no Tales. Martes 26 de noviembre de 2002.

En Tell no Tales continuaba la escasez de alimentos y  esa mañana, se registró un asalto masivo contra las plantaciones de Industrias Isbaza en los acantilados del valle. Toda la fruta que no se había liberado, ahora llenaba las canastas de los campesinos locales y las carretas de personas que provenían de distintos barrios. También se registraba un saqueo en las bodegas Isbaza del barrio de Avignon y otro más en el barrio Corse, en dónde esa empresa mantenía una pequeña planta de procesamiento de conservas marinas. Una de esas carretas llegó al Panorámico y Don Weymouth y otros cantineros obtuvieron las materias primas para reanudar la producción de sus bebidas caseras y bocadillos.

-Hoy por fin pudimos poner a hervir sémola. No habrá mucho salkau, pero me alivia que el hambre se nos quite - comentaba y brindaba con un poco de agua, aunque no estaba seguro de lo que decía. Al menos agradecía que podría darle dinero a su hijo Evan para que disfrutara un poco del tiempo libre después de su competencia en Sapporo. El chico vigilaba las ollas en la cocina y hablaba de sus rivales y lo que pensaba comprar mientras iniciaba el Grand Prix Final del patinaje artístico a una Bèrenice Mukhin que se preguntaba cómo sería hacer compras y comer fideos con curry en el mismísimo Japón. Pronto, los parroquianos debían ser desalojados y esa mañana, ella misma había decorado con flores que habían enviado desde una tienda de renombre en Poitiers

-¿Vamos a tener mucho trabajo, pequeño jefe? - preguntó.
-Es una fiesta, eso siempre es cansado - respondió Evan, aunque se hallaba contento. Su cantina había sido escogida para la despedida de la soltería de Laurent Ferny y se esperaba que numerosas personas bajaran desde Corse para acabar con las botellas de vodka y de whisky que Don Weymouth había atesorado para algún evento que le redituara más dinero del que solía ganar. El cantante Albert Damon y su yerno habían hecho los arreglos durante el fin de semana.

La ciudad era un hervidero de alegría y un viento frío apenas se dejaba sentir al mismo tiempo que en otro lugar, el número nueve del edificio Roberts, en la calle Philippe Caron, Steliana Isbaza contemplaba con asco las noticias desde su despacho. Las personas del barrio Blanchard repartían fruta sin importar que se les grabara en vivo.

-He hablado con las aseguradoras, las pólizas están corriendo - anunciaba su nieto, Laurent Ferney, depositando unos papeles en el escritorio que requerían algunas firmas. El chico había conseguido una camisa de media manga y un pantalón gris marinero con botones oscuros para seguir confundiéndose con la gente de Corse.

-¡Quítate esa ropa! ¡Tú no eres pobre, Laurent! - reprochó su abuela.
-Jajaja, debo disimular. Hoy tengo una fiesta con los pescadores.
-Qué desgracia ¿Volverás temprano?
-No lo sé, iré a mi despedida de soltero a un bar horrible en el Panorámico.
-Vas a mezclarte con personas vulgares.
-Supongo que es un buen precio a pagar por nuestros negocios, abuela.
-Siéntate, tomaré un trago contigo.
-El doctor dijo que nada de licor para ti.
-Es agua, mi nieto conmigo no bebe venenos.
-Gracias, no me sentará mal antes del alcohol barato.
-¿Quién pagó la fiesta?
-Albert Damon, naturalmente.
-¿Quien eligió el lugar?
-Yo. Me guié por las paredes, el dueño tiene fotografías del hijo por todos lados, pensé que se vería bien escogerlo.
-¿Qué hace ese muchacho? 
-Es patinador artístico. 
-¿Desde cuándo los borrachos le pagan la carrera a cualquiera?
-Le llaman democracia.
-¿Vas a ir sólo con hombres?
-Eh, no. Las despedidas de soltero de Corse incluyen a la novia y su séquito.
-¿La tal Marine llevará a las hermanas?
-Así es.
-¿Y Maragaglio?
-Ese llegará para el viaje a Vichy.
-Tenemos tiempo ¿Qué averiguaste?
-Que es Director Regional de Intelligenza Italiana en el Véneto y tiene muchos contactos.
-¿Alguno en común?
-El almirante Borsalino.
-Puede ser útil.
-Algo más... La hermana de Marine, la tal Lou, me confirmó que Maragaglio sí es su hermano.
-¿Por qué los Lorraine nos tendrían que decir eso?
-Así son los pescadores. Parece que el tal Maragaglio logró que les ayudaran en Italia con una empresa que tenían. De todas formas me iré con cuidado, no quiero levantar sospechas.
-Buena decisión ¿Quien te acompañará a esa bacanal?
-Los compañeros de la oficina. Recuerda que le he dicho a los Lorraine que no tengo más parientes que un tío en Sudáfrica que estará en la ceremonia.
-Es todo por lo que escucho. Cuídate y no tomes, Laurent, te quiero alerta.
-Tenlo por seguro, abuela.
-Dame un abrazo.
-Por supuesto y un beso en la cara... Siempre estaré contigo.
-No seas cursi, Laurent.
-Disculpa..
-Descuida por hoy ¿Verás a Leonora? 
-Ella está de vuelta en Londres. Cuando se concrete lo de las tierras que faltan del valle, iré personalmente a darle las noticias y arreglar lo del registro civil.
-Me parece estupendo.
-Se me olvidaba: El tal Maragaglio tal vez traiga a un invitado. Lleyton Eckhart me confirmó que es un tal Maurizio Leoncavallo y es de Milán. No sé si lo último importe, pero a ti debo decirte todo. Nos vemos, descansa bien y no me esperes despierta.

Laurent sonrió y se retiró enseguida, cerrando la puerta para que su abuela no lo viera despedirse de la chica de servicio, cuyas pecas lucían esplendorosas. Él le prometía darle un collar de brillantes para compensar el no llevarla a la fiesta y le aseguraba que antes de la boda tendrían alguna escapada por ahí. Ella no le creía nada, pero sabía que recibiría algo a cambio muy pronto.
En contraste, Steliana Isbaza permaneció temblando, sosteniéndose de una silla: ¿Maurizio Leoncavallo? ¿Ese nombre otra vez? ¿Esa coincidencia justo en aquel momento, cuando había recordado poco antes al amor de su vida? Quizás se trataba de una persona diferente. No era nadie.

Conforme avanzaba la tarde, el Panorámico se iba llenando de gente de Corse. Las chicas con sus atuendos de falda corta y tacones con sus infaltables pañoletas rojas; los hombres con sus pantalones marineros. Para Evan Weymouth era como ver gaviotas por todas partes, pero más le impresionaba que esa gente fuera tan fuerte y a la vez tan ligera. 

-¿Cuántas personas vamos a recibir? - curioseó el joven.
-Se supone que recibiremos a los que lleguen - contestó Don Weymouth mientras se ponía a limpiar el piso. Bèrenice estaba afuera, colocando jarrones de flores moradas para que la entrada no se viera tan decadente y pronto, divisó a Laurent Ferny caminando al frente de una comitiva más o menos grande. Él parecía saludar a cada vecino, conocido, pescador u oficinista como si los tratara de todos los días, como si los hubiera visto de toda una vida. El hombre aparentaba amabilidad, una sonrisa fácil y un nerviosismo entusiasta que inspiraba muchos deseos de buena suerte.

-Creo que ya comenzó - anunció Evan al asomarse y se frotó las manos porque le esperaba una noche larga. En las otras cantinas, se aguardaba a todos aquellos que no pudieran entrar a la fiesta y la música comenzó a sonar por ahí.

-¿A qué hora llegará la novia? - preguntó Bèrenice.
-No falta mucho, le llamaron a papá para avisar que viene con un grupo de once personas.
-Wow ¿Y con cuántas viene el novio?
-Si te fijas bien, con el barrio entero.

Ambos pasaron saliva y volvieron al interior para recibir sus últimas indicaciones. Al estar Bèrenice embarazada, Don Weymouth decidió que ella se quedaría en la barra, sirviendo los tragos simples. En cada mesa se había colocado la carta y Evan apenas se enteraba de que la cantina tenía una.

-Yo prepararé las órdenes - continuó el señor Weymouth. 
-¿Y qué vamos a hacer con tanta gente?
-Lo mismo de siempre, Evan. No es diferente a un fin de semana.

Evan asentó más tranquilo y segundos después, Laurent Ferny llamó calmadamente a la puerta. Evan y Bèrenice se miraron mutuamente con extrañeza.

-Es una costumbre de Corse. Los pescadores no son de esos patanes que vienen del resto de la ciudad - dijo el señor Weymouth
-¿Y por qué vinieron hasta acá? - replicó Evan.
-Porque no hay bar de Corse que aguante una fiesta grande.
-Nunca habían estado aquí.
-No nos habían escogido para el festejo principal, por eso no lo habías notado.

Don Weymouth sonrió y recibió a Laurent en la puerta, dándole la mano con cordialidad. Los invitados comenzaron a pasar calmadamente, saludando también de forma cortés. Las mesas se iban ocupando una a una en orden y el silencio era la marca inicial de tan inusuales visitantes.

-Buenas tardes a todos, gracias por venir a esta despedida de soltero, significa mucho para mí - pronunció Laurent Ferny cuando los asientos estuvieron ocupados. Los invitados que quedaban afuera no solamente recibían disculpas, también se les dirigía a otros bares y se les prometía compensarles con una gran cena comunitaria al día siguiente. Laurent parecía ocupado en ser un buen anfitrión y él mismo dejaría en la barra un ramo con flores magenta que servirían de obsequio para Marine Lorraine junto con una caja forrada en terciopelo, también magenta.

-Podemos iniciar con esta reunión. Agradezco mucho al señor Don Weymouth y a sus maravillosos empleados por recibirnos hoy. Disfruten la velada - anunció Laurent y luego de unos aplausos, Evan comenzó a entrar y salir de la cocina con bandejas llenas de platos de sopa de pistaches. Los pescadores parecían contentos con lo que se estaba sirviendo.

-Ese tipo no huele a escamas - notó Don Weymouth.
-¿Quién? - preguntó Bèrenice.
-El novio.
-¡Ah! ¿Tiene qué?
-Ese trabaja en oficina... Me pregunto si le habló a esa arpía de Steliana Isbaza sobre la fruta del valle. 
-¿Por qué haría eso?
-¿No te acuerdas, mujer? Tu amigo, ese Lleyton, nos prometió pasarle el recado.
-¿En serio?
-Si no fuera por Albert Damon, yo no habría aceptado la fiesta aquí.

Bèrenice intentaba recordar ese episodio sin éxito, notando que su jefe tenía esa actitud de no confiar en lo que veía, pero era imposible tomarlo en serio porque todos los días alguien le inspiraba su mirada de sospecha.

Contrario a lo que se esperaba de cualquier fiesta, los pescadores de Corsé comían en silencio y de hecho, sólo conversaban o retomaban el tema después de cada tres sorbos de sopa. No comían rápido, no tomaban más de un trozo de pan negro y no estrellaban la cuchara contra el plato. Se sabía que la educación del barrio aquel era singular y Laurent comía también junto sus compañeros del trabajo, pero incluso la risa distaba del escándalo.

-¿Y cuándo empiezan a divertirse? 
-¿Nunca has visto a un pescador tomar alcohol, Evan?
-No que recuerde, papá.
-Hasta nos quedaremos sin ginebra.
-¿Beben fuerte?
-Más de lo que imaginas.

Mientras se terminaba la sopa y se acomodaban modestos canapés de tomate en conserva y queso seco del campo, Laurent supo que debía comenzar con el brindis. Al terminar su sopa y excusarse, fue más evidente que sus amigos no pertenecían a Corse, pero hacían el esfuerzo de no dejarlo mal parado. A Don Weymouth no le hizo la menor gracia.

-No sé cómo iniciar un brindis y además, no bebo alcohol - reveló el joven al cantinero.
-Hay un truco que no falla y es dejarme ese trabajo a mí.
-No quiero que noten que no comparto ese gusto.
-Siempre de puede servir agua en un vaso de vodka.
-Me estaría salvando la vida.
-¿Agua corriente o de botella de cristal?
-De cristal.
-Enseguida.

Bèrenice sirvió discretamente el agua y su jefe confirmó sus sospechas: Laurent Ferny no era pescador. De serlo, nunca habría rechazado el agua común.

-En esta cantina se bebe fuerte - inició el señor Weymouth y el inesperado rugido de los pescadores, sobresaltó a Evan y Bèrenice - ¡Disfruten y tomen lo que gusten! ¡El prometido se beberá la primera copa!

Otro rugido se escuchó y Laurent agarró el vaso, consciente de que debía pasar el líquido de golpe. 

-¡Gracias por venir! - exclamó Laurent por última vez y consumió el agua. Entonces los demás presentes comenzaron a ordenar tragos y a programar música en la rockola. 

-Durante la noche consumiré jugo y agua, por favor - se giró Laurent hacia la barra.
-¿Ni siquiera tomará la champaña? - se sorprendió Bèrenice.
-Quizás la copa a medianoche y nada más.
-¿Alguien sabe que usted no es un ebrio?
-Nadie y pretendo que siga siendo así.

Laurent sonrió y miró a la mujer con agrado.

-Es una lástima.
-¿Qué?
-Que no puedas salir de aquí. Te invitaría a un sitio más privado; las despedidas de soltero no son buenas cuando termino la velada solo.

Bèrenice no entendió, pero algo la hizo quedarse en silencio y llenar vasitos de licor de pera de invierno para que los pescadores los tomaran libremente de la barra. El ruido comenzó a aparecer poco a poco, pero no así los juegos de dardos, en donde Laurent Ferny comenzó a destacar rápidamente. Las apuestas por tragos eran llamativas, pero Don Weymouth decidió atender al novio personalmente, asegurándose de que el jugo de mango pasara por un cóctel tropical con tequila o vodka. Era importante que el anfitrión no probara nada de licor.

Los pescadores comenzaban a soltarse y deshinibirse e improvisaban otros juegos, como uno donde se lanzaban dados y el número más bajo ameritaba una especie de castigo como tomar un vaso de agua, pero Laurent procuraba no perder y a nadie le sorprendía que fuera bueno. Era de esperarse que en un barrio de pescadores tal habilidad existiera y la rivalidad con Poitiers y Crozet obligaba a la práctica cotidiana de un juego que el resto de la ciudad veía con desagrado.

-¡Oye Laurent! ¡Si le atinas a la diana, también le atinas a Marine! - dijo alguien y Laurent fingió reírse. Sabía perfectamente de qué le estaban hablando, pero en sus planes no se encontraban los hijos y de todas formas, parecía que ella tampoco los buscaría de inmediato. Al hombre le habían contado que su prometida había vacilado sobre el tema durante la entrega de regalos y dinero para la boda.

Sin embargo, el tema dejó a Laurent pensando sobre Marine: En dos años nunca la había contemplado desnuda ni tocado su cintura en algún baile. Sus abrazos eran breves, sus besos también. Él era el perfecto novio corso que seguía las reglas, aunque disimulaba frente a Albert Damon cuando decía que no eran necesarias las chaperonas en sus citas, aunque de todas formas las cuñadas iban agregadas en cada salida. Pero como otras veces, se preguntó sobre su noche de bodas y lo que haría con ella por ser hermosa. Iba a actuar como si la amara un tiempo más.

-¡La novia viene llegando! - gritó una mujer que se asomaba por el ventanal del lugar y entonces, Laurent se aproximó a la entrada.

Las hermanas de Marine vestían de negro, portaban boina marinera y en el caso de las menores, pañoletas rojas atadas con un firme nudo al cuello. Iban caminando juntas, dándose las manos y a su paso recogían felicitaciones y sobres con dinero, al igual que en la fiesta de la calle Nautonier. Muchos decían que esos obsequios eran para que la novia no tuviera preocupaciones si se embarazaba pronto.

-Marine ¿Ya viste a Laurent? ¡Se ve guapísimo con su traje de pescador! - dijo su hermana Lou a pocos metros de la cantina. Él la oyó y asentó inmediatamente. 

Marine Lorraine no iba vestida como marinera esa noche. Ella portaba un vestido magenta cuya falda circular resaltaba su cintura y llegaba a su rodilla; su prendedor de alcatraz y una coleta que a pesar de su elegancia, no parecía ajustada. Sus zapatos eran muy altos, aunque en su bolso había escondido unas pantuflas para resistir la velada.

Las hermanas entraron primero, siendo recibidas con corteses "buenas noches" y recibiendo sus asientos frente a la barra. Ellas estaban felices, expectantes del recibimiento a su hermana.

Laurent Ferny se dió cuenta de que no iba a ser educado si no salía unos pasos y así se acercó a Marine, a quien miró a los ojos y le sonrió antes de tomarla de las manos. Ella veía al suelo y luego hacia él, sin saber qué decir y respirando tensa.

-Bueno, esta es la primera vez que podremos bailar - dijo él antes de darle un beso veloz y sutil en los labios.

-¡Marine se sonroja con él! ¡Le gusta mucho! - exclamó Lou desde su sitio y vio a su cuñado extender su mano para invitar a su prometida entrar. Marine asentó, estrechó su mano con la de Laurent y él le cedió el paso. Cuando ambos estuvieron dentro, estallaron los aplausos.

-¡Vivan los novios! - gritó otro pescador.
-¡Aún no se casan! - replicó una hermana de Marine.
-¡De aquí nos vamos al registro civil! - bromeó otro y Laurent carcajeó sin planearlo.

-Sólo se están divirtiendo - comentó para disimular y luego volvió al gesto desenfadado que todos le conocían para luego añadir - El señor Lorraine y yo pensábamos que sería bueno celebrar la ceremonia civil en Vichy, pero Lou nos convenció de seguir con los planes de hacerlo en Corse, como acordamos. El cura nos dijo que le parece bien que firmemos lo civil junto con el acta de la iglesia.

Marine pasó saliva y volvió a mover su cabeza como aprobación. Entonces Laurent finalmente la condujo a su asiento.

Al reanudarse la fiesta, lo primero que hicieron las chicas fue agarrar los vasitos de licor de pera que había servido Bèrenice y un par de canapés. Era claro que querían enfiestarse y las menores ya elegían con quién bailar, dejando a la novia sintiendo que no quería estar allí. Laurent le sugería iniciar con algún trago ligero, aunque ella no estuviera segura por no haber tenido ganas de cenar. Entonces, él examinó de nuevo las bebidas del estante del frente y se dió cuenta de algo.

-Señor ¿Qué tienen esas botellas? - preguntó fingiendo ignorancia.
-Vino tinto, es caro - respondió Don Weymouth.
-¿Qué tanto?
-100€.
-¿Y por copa?
-25€.
-Quiero dos. Las serviremos a mi prometida y sus hermanas, que lo merecen... Mejor tres botellas, un tinto Delobel del '96 no debe quedarse guardado.

A Don Weymouth terminó por desagradarle el flamante Laurent Ferny, pero contempló a las maravilladas chicas Lorraine que se sonrojaban ante semejante detalle sofisticado. Los presentes al percatarse también se impresionaron aunque no sabían nada de vinos, exceptuando lo renombrado de la marca.

-También quiero ese vino Ópalo ¿Quién es su proveedor? No pensaría que en esta zona hallaría algo así - continuó Laurent.
-Le sorprendería qué gente ha venido últimamente.
-¿Ellos se le han pedido?
-"Ellos" pero nunca un pescador.

Laurent se encogió de hombros y Marine apenas lo vió con una sonrisa breve y nada profunda. Ella no estaba segura de beber su copa ni impresionada por el obsequio, pero le sorprendió saber que su novio reservara la botella de Ópalo "para los dos".

-Si no quieres beber, podemos pedir otra cosa - dijo él.
-Está bien, me gusta - sostuvo ella.
-Bueno, brindemos por nuestra boda, por lo que será nuestra vida juntos y porque nos irá bien.
-Claro que sí.
-Nunca te había visto tan feliz.
-Es una fiesta.
-Me refiero a que nunca había contado tantos dientes cuando estás contenta.

A Marine le pareció curioso y volvió a reírse, pero esa vez decidió concederle a Laurent un gesto y también contó sus dientes al carcajear, provocando que él lo encontrara divertido. Chocaron sus copas y el vino comenzó a deslizarse por sus gargantas al mismo tiempo que se miraban detenidamente. Él lo hacía por la conquista, ella por mínimo mirar una vez al hombre con el que iba a casarse y que sentía que estimaba de alguna forma.

-Me da miedo el vino porque me gusta mucho - confesó Marine espontáneamente. Su resistencia alcohólica era baja y pronto, sus mejillas se calentaron. Laurent apenas creía que tuvieran algo en común y sirvió otras copas, a pesar de que también sentía las consecuencias de pasar años en blanco. Ambos comenzaron a reírse de la nada, aunque él recordara que debía concluir la noche con sobriedad.

-¿Te gusta bailar? - consultó el hombre al segundo golpe de la bebida.
-Depende, si me gusta la canción.
-¿Te parece bien si lo intentamos? Hay que practicar para el vals de la boda.
-Quizás me venga bien, Laurent.
-¿Te sientes enferma?

Y en un acto que en sus cinco sentidos nunca habría ocurrido, Marine le confesó al oído que no tomaba nada que no fuera café. Él alcanzó a fingir que hacía lo mismo por el ritmo de la oficina y empezaron a moverse torpemente con la música. Gracias a su movimiento, los demás pensaron que iniciaba el baile y más whisky era solicitado a un Evan que trataba de entender lo que ocurría. 

-Bèrenice, la próxima vez que ese idiota te pida agua, le das licor de pera - ordenó Don Weymouth.
-¿Quién es el idiota, jefe?
-El novio. Vamos a descubrir quién es.
-Pero ¿Si no quiere?
-No lo notará. Cuando termine de dar vueltas con la novia, se terminarán el vino. Pagó 60€ y no los va a tirar. Va a estar un poco mareado y por eso ya no le importará.
-Papá ¿Por qué  lo vas a emborrachar? - quiso saber Evan, conocedor y heredero de semejante práctica con las personas que le causaban repulsión. Laurent hizo exactamente lo que el cantinero predijo con el vino y Marine accedió a la siguiente copa por ser educada.

-Quiero saber de que están hechos los dos, pero él... Es uno de "esos".

Don Weymouth no aclaró de qué hablaba, pero Bérenice obedeció cuando, acabado el trago, Laurent le pidió agua. El tipo se bebió el licor de pera y enseguida pidió lo mismo para Marine, que creyendo que eso la obligaría a ir al tocador a deshacerse del alcohol, accedió. Los novios volteaban a verse y de repente, sus rostros eran las cosas más risibles que habían visto.

-Quiero más, por favor - pidió Laurent, pero Don Weymouth se hizo cargo y sirvió un vodka potente, haciendo que el anfitrión le preguntara porque le había dado esa bebida. Pero aquello lo venció. Laurent comenzó a tomar de los vasitos de licor de pera y Marine, para evitar quedar como una aguafiestas, tomó un par.

Los novios saltaban, jugaban dardos y bromas, aceptaban tragos de whisky y las hermanas de Marine comenzaron a preocuparse hasta terminar en pánico. Laurent y Marine desaparecieron de la fiesta de un momento a otro y eso podría dañar la reputación de la novia si no la encontraban.

Mientras en la cantina Weymouth y otros negocios del Panorámico la fiesta era cada vez más entretenida, los novios caminaron y se detuvieron en el mirador de la siguiente calle. Ambos carcajeaban y Marine atisbaba cada detalle, entendiendo por qué a esa zona del barrio Blanchard se le llamaba Panorámico.

-Es hermoso... Se ve desde la playa de Corse hasta el muelle de Quai de Seychelles.
-¿Por qué el agua brilla de noche?
-No lo sé, Laurent.
-¿Tienes sed? 
-Jajajaja ¿Trajiste más vino?
-Es lo único que a veces bebo.


-Gracias por sacarme de la fiesta, me estaba ahogando.
-¿Tú también?
-¿No te gusta estar con la gente?
-Me estaba dando calor, estoy sudando.
-Es cierto.
-Nunca hemos estado solos, Marine ¿Será  ue al fin podemos hablar?

Un nuevo ataque de risa interrumpió sus incipientes intenciones por varios minutos, hasta que Laurent, reconociendo que no quería pasar la noche solo, besó a Marine intensamente.

-¿Qué haces? - preguntó ella cuando pudo soltarse.
-Llevamos dos años y nunca te había dado un beso de verdad, es todo.
-No es el momento.
-Nadie nos ve.
-No creo que esto sea bueno, regresemos.

Laurent recuperó la sobriedad y optó por ser más inteligente.

-De acuerdo, caminemos.
-Me estaba divirtiendo mucho - reconoció Marine.
-En Vichy nos divertiremos más.
-Es un viaje familiar.
-¿Te gusta la nieve?
-Mucho. 
-Podríamos ir también al pueblo, dicen que es muy bonito.
-¿Nunca has ido a Vichy?
-Tú tampoco.
-Es cierto.
-En el trabajo me sugirieron ir, sobretodo por las actividades familiares. Dicen que el instructor de esquí es agradable.
-No te he preguntado cómo te va en la oficina, Laurent.
-Siempre lo haces.
-Nunca sé qué decirte.

Laurent volteó a ver a Marine y volvió a besarla cuando la resistencia fue menor. Ella también notó que comenzaba a corresponder, pero en lugar de sentirse cómoda ante la sensación de un beso encendido, recordó a Maragaglio y dijo su nombre en sobresalto.

-¿Maragaglio?
-Disculpa, Laurent, es que es mi hermano mayor - replicó ella, impresionada por mentir de forma natural. 
-¿Le tienes miedo a lo que diga?
-Si se enterara de esto, lo decepcionaría. Él es a quien más le hago caso y después a mi papá.

Laurent se congeló un momento. Acababa de recibir información valiosa y al ver la respiración agitada de Marine, supo que un movimiento en falso enfrente de Maragaglio iba a complicarle todo el plan.

-No te preocupes, regresemos con tus hermanas.
-Sí.
-Me va a gustar ser cuñado de Maragaglio. Debe ser un hombre corso honor si lo respetas de esa forma.

Laurent le dió un beso en la frente y la tomó de la mano. Caminaban a buen paso, pero la impresión de los besos los había desconcertado, así que se miraron mutuamente y recargándose en un poste, juntaron sus labios de nuevo. Sin embargo, ese tercer momento no fue lo que esperaban. La mente de Marine viajó hacia los impulsos arrojados de Maragaglio y la de Laurent, si bien contemplaba a la mujer que estaba estrechando, le recordaba que la fiesta debía concluir para llegar con su abuela, aunque no quería pasar la oscuridad en soledad. 

-Ay, pensé que ustedes no eran de Corse pero al fin hay pasión aquí - comentó Lou Lorraine al encontrarlos.
-Disculpa, Lou. Si te parece irrespetuoso, yo hablaré con tu padre.
-Laurent, no te asustes, no le diré a papá. Además, ustedes son novios ¡Qué bueno que se gusten tanto!

Lou no ocultaba que se había emocionado.

-¿Por qué estás sola? - tembló Marine.
-Me separé de las demás para buscarlos, es que ya sabes que la gente piensa mal.
-Íbamos de regreso.
-Qué alivio me da encontrarte, no hemos hablado en toda la noche...
-Entonces me adelanto para que nadie haga insinuaciones - intervino Laurent y posó sus labios en la mejilla de Marine antes de irse. Ella se detuvo y Lou comprendió que la diversión había terminado.

-Vamos a casa - dijo Marine y caminó para reunirse con sus hermanas luego de que el flamante novio llamara un radiotaxi para que llevara a las mujeres a su destino.

Entretanto, Laurent ingresaba en la cantina nuevamente con su botella de vino y se colocó frente a Don Weymouth con visible molestia.

-¿La novia no quiso estar con usted? - preguntó el cantinero.
-¡Le pagué por no servirme alcohol!
-Un descuido, cualquiera lo tiene.
-¿Qué me dió?
-Vodka... ¿Le remuerde la consciencia?
-Deme uno más.

Don Weymouth, sin embargo, le sirvió agua y Laurent, alterado, la bebió con toda consciencia.

-Que beban lo que quieran, igual se paga - remató Laurent y se alejó a prisa, tomando otro radiotaxi frente a un bar más alejado. Los pescadores continuaban festejando y la resaca llegaría en la madrugada, pero no importaba mucho. La fiesta era divertida, los corsos sabían reírse y descontrolarse con educación y sin caerse o pelearse.

Cuando Laurent llegó al edificio Roberts, no estaba cansado, sino confundido ¿Qué rayos había pasado en esa fiesta? Marine... Marine era hermosa y la idea de pasar una noche de bodas de pronto no era un trámite engorroso. Le quitaría las tierras a su familia ¿Y qué? No iba a pasar por ese matrimonio sin recibir su parte, aquella que sólo un esposo debía tener.

-Tu abuela duerme, Laurent - lo recibió la chica de pecas.
-Ella se acuesta tarde.
-Son las diez, le di sus pastillas y mañana la veremos.
-No sé cómo sigue confiando en ti.
-Trajiste vino ¿La fiesta fue tan buena?
-Es un Ópalo, irá a la cava.
-El mayordomo la pondrá en su lugar.

Laurent se quedó callado y ella se acercó, colocando sus pequeñas manos sobre el pecho masculino y luego deslizándolas hacia el pantalón. Él no puso resistencia.

-Te conozco, te estoy sintiendo ¿Marine te provocó? Déjame calmarte.
-Me siento solo.
-Siempre lo estás. Vamos, te cuidaré.

La chica de pecas iba a llevarlo donde siempre, a su habitación en el cuarto de servicio, pero Laurent no quiso y en su lugar, entraron al dormitorio de él, asegurando la puerta.

-Tú siempre estás conmigo, Règine - susurró el hombre, despojándose de su ropa y cediendo por completo. La chica de pecas se hizo dueña de sus deseos, de su urgencia ¿Qué más daba si recibía el brazalete o no? Laurent al fin la había llamado por su nombre y suspiraba repitiéndolo. Y cualquier obsequio le importó menos cuando él, cansado pero aún con la sangre hirviéndole, colapsó para llorar.

Règine lo recibió en su pecho, lo mimó el resto de la noche. A diferencia de sus momentos de diversión, esta vez, Laurent había hecho el amor con ella. Esas lágrimas eran la prueba. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario