Bérenice estaba en el trabajo y no paraba de llorar. Según ella, la película que había visto con Luiz la conmovió mucho y aunque no sabía gran cosa de la trama, la escena de un beso bajo la lluvia le provocaba más lágrimas y era suficiente para que Evan Weymouth la apartara y le hiciera notar que espantaba a los borrachos.
-Lo siento, pequeño jefe ¡es que estuvo tan bonito!
-Pues parece que se te acaba de morir alguien.
-Es que me acuerdo y me acuerdo y me parece más romántico; Luiz y yo también tuvimos un momento así.
-Ajá ¿y por eso tienes cuatro días a moco tendido? Lávate la cara, la clientela se queja.
La joven asentó y reanudó sus labores después de asearse, pensando que Evan estaba de pésimo humor o agotado. Era más probable la segunda ya que se había ido a entrenar y sus patines estaban colgados en el perchero de la barra.
-¡Ya me animé, pequeño jefe! - gritó ella al notar que un grupo entraba y pedía a gritos varias jarras con salkau de galleta de chocolate, el nuevo sabor que parecía agradar a los recientes adeptos del local.
-Oye, chica, avísales que cerraremos temprano - sugirió Evan.
-¿Por qué?
-Hoy es la fiesta por el inicio del verano, habrá mariscos asados y un concierto en la playa ¿quieres venir?
-Luiz y yo iremos a comprar pan para cenar.
-Invítalo, son 5€ la entrada, pero si nos cae la fiscalía dices que es gratis.
-¿Por qué tendría que mentir?
-Es una fiesta ilegal.
-¿Don jefe sabe de esto?
-¿Quién crees que surte la cerveza a discreción?
Evan sonrió tal y como imaginaba Bérenice que harían los gatos de poder hacerlo para festejar sus fechorías.
-Ve a atender por allá, no te distraigas.
-Lo siento, ¡a la orden, pequeño jefe!
-Lo siento, pequeño jefe ¡es que estuvo tan bonito!
-Pues parece que se te acaba de morir alguien.
-Es que me acuerdo y me acuerdo y me parece más romántico; Luiz y yo también tuvimos un momento así.
-Ajá ¿y por eso tienes cuatro días a moco tendido? Lávate la cara, la clientela se queja.
La joven asentó y reanudó sus labores después de asearse, pensando que Evan estaba de pésimo humor o agotado. Era más probable la segunda ya que se había ido a entrenar y sus patines estaban colgados en el perchero de la barra.
-¡Ya me animé, pequeño jefe! - gritó ella al notar que un grupo entraba y pedía a gritos varias jarras con salkau de galleta de chocolate, el nuevo sabor que parecía agradar a los recientes adeptos del local.
-Oye, chica, avísales que cerraremos temprano - sugirió Evan.
-¿Por qué?
-Hoy es la fiesta por el inicio del verano, habrá mariscos asados y un concierto en la playa ¿quieres venir?
-Luiz y yo iremos a comprar pan para cenar.
-Invítalo, son 5€ la entrada, pero si nos cae la fiscalía dices que es gratis.
-¿Por qué tendría que mentir?
-Es una fiesta ilegal.
-¿Don jefe sabe de esto?
-¿Quién crees que surte la cerveza a discreción?
Evan sonrió tal y como imaginaba Bérenice que harían los gatos de poder hacerlo para festejar sus fechorías.
-Ve a atender por allá, no te distraigas.
-Lo siento, ¡a la orden, pequeño jefe!
-¡Ay no, no puedo! ¡Eres igualito al muñeco! - expresó el joven Weymouth, contagiando con sus carcajadas al desconocido, mismo que aclaró que aquel juguete no era suyo.
-Se lo regalaron a mi novia en el cine.
-En serio, que aquí había visto de todo pero esto es muy divertido, ja, ja.
-Yo pienso lo mismo ¿a quién se le ocurriría hacer un peluche parecido a mí?
-Ese personaje tiene como quince años, no sé.
Evan quiso contener su charla, apareciéndose Bérenice para abrazar al muchacho de la barra y llenarlo de besos.
-¡Hola, mi amor! - dijo ella antes de darle un beso de bienvenida, agitarle el pelo y tomar el peluche.
-Hola, mi chica.
-Tenía ganas de verte.
-Pensé en visitarte después del trabajo.
-Yo todavía no acabo.
La joven agitó el pelo de él y después volteó hacia Evan, indicándole qué iba a servir.
-Cobra 10€ y recuérdale a todo mundo que cerramos a las nueve.
-Por supuesto, pequeño jefe.
-Ah, te aconsejo que ja, ja, dejes ese muñeco aquí, yo te lo cuido.
-Gracias.
Al quedarse Evan solo, sintió la confianza para conversar un poco con el desconocido.
-¿Entonces, eres Luiz?
-Así me llamo.
-Bérenice habla mucho sobre ti.
-¿De verdad?
-No le creí cuando dijo que tenías la cabeza de palmera, es más, tampoco que eres su novio.
-¿Por qué?
-Bérenice es muy ... Déjalo así.
Luiz no preguntó más y determinó esperar a que su chica terminara de atender. Como Evan sabía que los pescadores se pondrían agresivos si a la mesera le daba por ser recatada, se le ocurrió llevar al muchacho a la cocina y pedirle de favor que lavara lo que se había acumulado en el fregadero, garantizándole un pago pequeño. Al cerrar la puerta, el joven Weymouth se encontró con que Lleyton Eckhart estaba sentado cerca del centro de la barra y Bérenice le colocaba una copa de vino.
-Chica, yo tengo que hablar con este caballero, mejor ve a limpiar las mesas.
Ella se dio la media vuelta muy sonriente y comenzó a tararear una cancioncilla que nadie conocía, Eckhart sólo la seguía con la mirada.
-¿No quiso salkau? - interrumpió Evan.
-Paso ¿dónde está tu padre?
-Salió, ¿beber en serio lo asusta?
-Por supuesto que no.
-A diferencia del vino, aquello sí es de hombres.
-De hombres que te pondrán una multa si sigues aquí, dile a tu padre que le enviaré una advertencia.
-Oiga, conozco la ley.
-Servirle a menores es un delito.
-Casarse con quinceañeras también, a lo mejor no con la policía, pero moral sí.
-Claro, en esta ciudad se creen los chismes que les convienen.
-Lo de Sandra Izbasa solo me hace sentir pena por ella, tener que aguantar a alguien como usted la va a convertir en clienta mía.
-No voy a firmar los papeles.
-No, pues qué vergüenza, usted tiene como cuarenta y seis años.
-¡Treinta ...! Treinta y dos.
-Da igual, ya está senil.
-Evan...
-No se enoje, mejor tome salkau.
-Declino, vine rápidamente, hay rumores de que habrá algo en la playa.
-Doble nada.
-Los cantineros dicen que no saben nada al respecto y como tu padre fue arrestado la última vez, pensé mal.
-¿Y si hubiera una fiesta, qué le importa?
-Los traficantes me tienen en jaque.
-A los quince años uno se puede matrimoniar, independizar, tomar alcohol, inyectarse solvente si se quiere ... Deje vivir a los demás, estábamos mejor sin usted.
Evan prosiguió con sus labores mientras Eckhart daba algunos sorbos al vino y regresaba a su feliz contemplación de una Bérenice que aprovechaba para continuar con su show de baile a ritmo de salsa.
-Ella se divierte mucho - comentó él.
-La chica es así todo el día, yo perdí el interés - contestó el joven Weymouth.
-¿Te ha dicho dónde vive?
-No, sólo a donde va.
-¿Qué lugar?
-El parque De Gaulle, creo que es su sitio favorito.
-Tal vez su departamento está cerca.
-Allí va a pasar el rato.
-Tal vez la encuentre algún día.
-Sí, cómo no.
Evan puso el peluche de Bérenice de nuevo en la barra para limpiar un entrepaño y Lleyton Eckhart soltó una pequeña risa.
-¿El vino le sentó tan rápido?
-No, el muñeco es curioso.
-Está chistoso ¿ya terminó de beber?
-¿Me creerás que vi a un chico muy parecido cuando venía para acá?
-No me diga.
-¿El personaje se llama Bob Patiño, verdad?
-Sí.
-Ese muchacho tenía el pelo igual.
-Cómo hay coincidencias.
-¿El peluche es tuyo?
-Es de Bérenice.
Justo en ese instante, la aludida reanudó su conmovido llanto y Evan aprovechó para echar a Eckhart de una vez.
-¿Ella se encuentra bien?
-Perfecta la ve, es que fue a ... Se murió un pariente suyo, adiós.
-¡Evan, no me corras!
-¡Cerramos! Damos servicio mañana, desde las nueve.
-¡Abre!
-¡A las nueve!
Evan bajó la persiana y se precipitó en sostener a una llorosa Bérenice que desalentaba a los parroquianos a continuar con su consumo.
-¿Otra vez estás llorando por la película?
-Perdóname, pequeño jefe.
-Bérenice, mejor vete a cambiar, te veo mañana y espero que llegues más tranquila.
-Lo haré, descuida.
-Sal por el callejón, así nadie te verá.
-¿Y Luiz?
-Lo puse a lavar, yo le aviso que ya se van.
La chica se dirigió al vestidor mientras el joven Weymouth se disculpaba con los presentes y les anunciaba que podían continuar la farra en la playa, en el stand de cervezas cercano a un templete que serviría de escenario; la cantina terminaba su servicio.
-Luiz, deja eso, Bérenice ya acabó - dijo cuando el muchacho salió a acomodar algunos tarros.
-Me faltan algunas cosas.
-Así está bien.
-Me gusta este local.
-Hacemos lo que podemos.
-Pensé que la cantina sería más pequeña.
-¿No te habían hablado de ella?
-No sabía ni que era hasta que Bérenice me contó.
-Creí que nos volvíamos famosos.
-La primera vez que estuve afuera de aquí fue por encontrarme con mi chica.
-Por cierto ¿la llevaste a ver una película?
-Cinema Paradiso en un cine que pasa cintas viejas.
-Con razón, mi novia también se puso chillona con esa.
-¿Qué?
-Lleva a Bérenice a distraerse un rato.
-Vamos a una panadería.
-Le comenté que habrá algo en la playa que a lo mejor les gusta, 5€ y pueden comer, beber y hacer lo que quieran.
-Eso suena bien.
-Habrá música y ya sabes que a ella le encanta bailar.
-Lo más seguro es que me diga que sí.
-Bueno, dile que la veo allá, estaré ayudando a mi papá.
-Cuenta con ello.
-Y el peluche, lo devuelvo, ja ja.
Luiz recibió dicho muñeco acompañado de unos cuantos billetes que le servirían para asistir al evento que Evan le mencionaba y vio a Bérenice abandonando el vestidor con algunas molestias.
-¿Te sientes bien?
-Me dio un cólico pero ya se quitó.
-De acuerdo, ¿te llevo a casa para que descanses?
-¿Podemos caminar por ahí antes?
-¿Y si nos divertimos un poco?
-Me gustaría.
-¿Quieres cenar en la playa?
-Iba a proponerte lo mismo.
-Pues, andando.
-Te veo mañana, pequeño jefe - se despidió ella de Evan Weymouth y salió por una estrechísima puerta hacia un callejón en donde Luiz pudo abrazarla efusivamente y decirle que la había extrañado.
-Yo también - contestó la chica - ¿cómo te fue?
-Bastante bien, pasé la tarde con tu padre, me pidió que lo llevara a ver como pintamos la plaza.
-Qué lindo.
-¿Y tú qué hiciste?
-Fui al mercado muchas veces, encargué fruta .. Sí, fruta y compré pollo.
-Oye, esa cantina es un sitio loquísimo, nunca vi tantas botellas juntas.
-Me acostumbré a eso.
Ambos se rieron y marcharon hacia el festival en medio de besos en la mejilla en cada esquina.
Al mismo tiempo, frente al mar había mucho bullicio y luces, como en cualquier celebración a la que se ha dado importancia. Polvos multicolores eran arrojados de los múltiples stands con artículos para bromistas y las parrillas ofrecían desde ya un festín de brochetas, ofreciendo la distracción perfecta para que Don Weymouth disfrazara su puesto como venta de banderillas aunque la amenaza de redada no era fuerte. Se corría la voz de que la policía había sido sobornada y era creíble porque ningún oficial se aparecía por ahí y en cambio, los vendedores de cocaína paseaban libremente o se sentaban a comer algo antes de ir a trabajar en los clubes o en los hoteles.
En su camino, Bérenice y Luiz se preguntaron varias cosas: qué les agradaba saborear, cuáles eran sus pasatiempos favoritos, si tenían amigos o qué hacían antes de la revolución en la Tell no Tales del espejo. Por su edad, el chico apenas sabía algo de la vida, aspecto notorio cuando afirmaba que el Gobierno Mundial le había asignado trabajo en el taller de carpintería donde su padre laboraba, le prohibían a menudo jugar fútbol por estar reservado a los niños de la escuela de deportes y sentía que no había perdido ni ganado nada con los cambios políticos porque su hambre y carencias seguían siendo las mismas. El chico no notaba lo que Bérenice percibía a cada instante dentro de su mente limitada, como su mayor libertad, su falta de presiones para ser lo que se esperaba de ellos, su oportunidad de ser personas nuevas ... O al menos las intenciones de no repetir ese pasado reciente y guardar secretos. Ella sabía que tarde o temprano, la inmadurez acabaría pasándole factura al muchacho y a ella que tampoco conocía mucho pero si relataba la verdad sobre cómo obtenía privilegios dentro del régimen, él se iría ofendido, máxime porque en el apartamento de los Mukhin existía una regadera con agua corriente y además caliente, al igual que un lavavajillas averiado, en los demás, no se encontraba algo parecido.
-Antes tenía otra novia - dijo él para detallar un poco más su vida - Me gustaba cuidarle a sus niños, pensé que me casaría con ella.
-¿Por qué no lo hiciste?
-Ella pensó que yo estaba muy joven.
-Poquito.
-Bueno ¿y a qué te dedicabas, por cierto?
-Era gimnasta... De las muy malas.
-¡Fuiste al colegio!
-Pero nunca gané nada, por eso me corrieron.
Ella no deseaba mentirle a Luiz, pero notaba que ante él podía esconderse y estaba libre de sospechas.
-¿A qué fábrica te mandaron cuando no pudiste seguir en la gimnasia?
-¿Fábrica?
-Es que a la carpintería llegaban los chicos que no podían con los deportes.
-A mí no me pusieron a trabajar, me dijeron que en casa estaría bien.
-A lo mejor no sabían donde meterte.
-Puede ser ... ¿Entonces te gustan los niños?
-Me agrada jugar con ellos, siempre les caigo bien.
-¿Por qué estabas con una madre soltera?
-Me pasaba algo raro: entre más pasaban los días, más quería a los chiquillos.
-¿Entonces, tú aceptarías a los hijos de otro hombre, de nuevo?
-No es problema.
Bérenice no quiso preguntar más al respecto, pero sujetó su vientre que no cesaba de doler con una discreción admirable.
-"En cuánto lleguemos a la playa se me pasará, tengo que tranquilizarme" - suponía ella con preocupación y el sudor frío comenzando, pero a unas cuadras de arribar a la fiesta, la chica se aferró a su suéter para calmar unos escalofríos y miraba al lado opuesto para ocultar unas involuntarias lagrimillas de las que Luiz no se percataba. En un momento dado, Bérenice posó su mano izquierda sobre el interior de uno de sus muslos y al sentir humedad, se detuvo en seco. Su cabeza era como un remolino, uno que acomodaba en su lugar los hechos más o menos recientes, todos con detalle, con número. La cifra clave era once. Once días de distancia entre un encuentro íntimo con Edwin Bonheur y aquella moda del sertanejo, su último período menstrual y esa espiral de acciones torpes que derivarían después en el festival brasileño y la noche con Teló, la ruptura con Matt Rostov, jornadas deambulando en las calles, la cena con Gwendal Liukin, la kermés de galletas, la visita a Hammersmith, su regreso a casa y la obtención de su empleo. En total, eran cinco semanas exactas, pero con once días de separación respecto a esa aventura que cobraba extrema importancia en el presente y ese amante no la dejaría en paz jamás si por descuido, coincidencia o fatalidad llegaba a enterarse.
-¿Qué sucede?
-Luiz ...
-¿Necesitas algo?
-Creo que no llegaremos al concierto.
-¿Te sientes bien?
-No.
-Tu pequeño jefe me dijo que llorabas mucho por la película que...
-Pero hoy no es por eso.
-Bérenice...
-Estoy embarazada, me di cuenta esta mañana.
Luiz mostró una cara de sorpresa y ella se sostuvo de él, manchándole el rostro.
-Voy a perder a mi bebé, perdóname chico lindo.
Bérenice se desvaneció y el muchacho se apresuró a sostenerla, advirtiendo de una fiebre súbita. Sin un teléfono cercano, sin nadie que le prestara auxilio y sin conocer del todo la ciudad, él gritó lo más que pudo y corrió hasta las luces de la playa, suplicando por una ambulancia. Tras de sí, quedaba un gran rastro de sangre.
-"En cuánto lleguemos a la playa se me pasará, tengo que tranquilizarme" - suponía ella con preocupación y el sudor frío comenzando, pero a unas cuadras de arribar a la fiesta, la chica se aferró a su suéter para calmar unos escalofríos y miraba al lado opuesto para ocultar unas involuntarias lagrimillas de las que Luiz no se percataba. En un momento dado, Bérenice posó su mano izquierda sobre el interior de uno de sus muslos y al sentir humedad, se detuvo en seco. Su cabeza era como un remolino, uno que acomodaba en su lugar los hechos más o menos recientes, todos con detalle, con número. La cifra clave era once. Once días de distancia entre un encuentro íntimo con Edwin Bonheur y aquella moda del sertanejo, su último período menstrual y esa espiral de acciones torpes que derivarían después en el festival brasileño y la noche con Teló, la ruptura con Matt Rostov, jornadas deambulando en las calles, la cena con Gwendal Liukin, la kermés de galletas, la visita a Hammersmith, su regreso a casa y la obtención de su empleo. En total, eran cinco semanas exactas, pero con once días de separación respecto a esa aventura que cobraba extrema importancia en el presente y ese amante no la dejaría en paz jamás si por descuido, coincidencia o fatalidad llegaba a enterarse.
-¿Qué sucede?
-Luiz ...
-¿Necesitas algo?
-Creo que no llegaremos al concierto.
-¿Te sientes bien?
-No.
-Tu pequeño jefe me dijo que llorabas mucho por la película que...
-Pero hoy no es por eso.
-Bérenice...
-Estoy embarazada, me di cuenta esta mañana.
Luiz mostró una cara de sorpresa y ella se sostuvo de él, manchándole el rostro.
-Voy a perder a mi bebé, perdóname chico lindo.
Bérenice se desvaneció y el muchacho se apresuró a sostenerla, advirtiendo de una fiebre súbita. Sin un teléfono cercano, sin nadie que le prestara auxilio y sin conocer del todo la ciudad, él gritó lo más que pudo y corrió hasta las luces de la playa, suplicando por una ambulancia. Tras de sí, quedaba un gran rastro de sangre.
Jesse & Joy - Adiós from Esteban Madrazo on Vimeo.