A las once de la mañana, en la puerta del hospital San Marco Della Pietà, sucedió una escena hermosa que pronto se convertiría en la comidilla al interior: Maurizio Leoncavallo "Maragaglio" y su esposa, Susanna Maragaglio, se habían reencontrado con un fuerte abrazo y un beso apasionado y él además, le había colocado un abrigo café para protegerla del frío. La sonrisa de la mujer y su mirada iluminada llenaron de alegría a los testigos que la vieron marchar, mismos que no sólo la habían saludado a ella y a su marido, sino que también les deseaban suerte.
A unos metros y detrás de la puerta de cristal, el doctor Pelletier contempló la escena fijamente, con un malestar en el pecho y tocando la cucharilla que había guardado en su bata. Ciertamente, él no esperaba nada, sólo que ella se fuera; pero Susanna se percató de su presencia y se despidió de él a la distancia, agitando su mano. El hombre correspondió el gesto apenas y esperó hasta perderla de vista.
En el quinto piso, el frío estaba desapareciendo y al regresar y ver el lugar de Susanna vacío, Pelletier no resistió sentarse ahí nuevamente y retomó la sábana decorada, resolviendo quedarse con ella. Tenía que aprovechar que ni Ricardo Liukin ni Alessandro Gattel estaban presentes; quizás Marco Antonioni le miraba vagamente, pero nadie notó ni se interesó en el hecho de que pasados unos minutos, Luc Pelletier dobló la tela y se la llevó a su refugio, una habitación con litera, estantes negros, paredes grises oscuras, una planta con maceta oscura y una persiana también negra en la puerta. La poca luz del sol se colaba justo por esa entrada y le daba en el rostro al quedarse de pie, pensativo. Sin Susanna, el hospital volvía a ser el lugar de la rutina de siempre, con pacientes anónimos, enfermeras ignotas, desconocidos, trabajadores con papeles y el ambiente frío. Le quedaba como alternativa mantenerse con su "equipo de supervivencia", aunque sólo Katarina y Marco pudieran acogerle unos días más.
-¿Alguien ha visto al doctor Pelletier? Necesito que revise esto - preguntaba Wendy Bacchini, aunque fuera él mismo a presentarse luego de oírla. Esta vez, él delataba su semblante agotado y sus ojos vidriosos, pero nadie conocía la razón de lo segundo y pronto, tomó los papeles. Tampoco podía ser extraño que se ubicara en ese sitio que había sido de Susanna mientras Ricardo Liukin tomaba asiento y le miraba con seriedad.
-¿Por qué en el laboratorio quieren repetir el estudio del paciente de la cama veintidós? ¿Por qué no está lista la serología que pedí? ¿Por qué me están regresando las solicitudes?
-Disculpe, doctor, es que las llenó el pasante de ayer.
-Wendy, usted sabe que nada se va si no lo redacto yo.
-Pensamos que podíamos hacernos cargo.
-No.
Pelletier corrigió lo que pudo, firmó lo que faltaba y luego comprometió a Wendy a entregar las formas antes que el lugar cerrara. Y entonces, él por fin pudo recostarse.
-Su oxigenación sigue baja, señor Liukin ¿Cómo diablos no ha muerto? - preguntó con irritación.
-Los Liukin nos moriremos de todo, menos de gripe.
-Entre los Leoncavallo y lo que conozco de usted, no encuentro diferencias.
Ricardo frunció el seño y entonces notó por fin el aspecto de Pelletier.
-Entre usted y los Leoncavallo, tampoco noto diferencias - replicó Liukin.
-Porque usted no me conoce.
-Es al revés.
-No, señor Liukin, yo no estoy dándole mi opinión. Es un hecho: sé quién es. Pero de mí no ha logrado saber nada. No lo culpo, no le intereso.
-Todos los doctores me dan igual.
-Excepto el neurólogo.
Ricardo guardó silencio y Pelletier le miró examinándolo.
-Encefalitis.
-¿Qué dice?
-Encefalitis autoinmune, señor Ricardo. Aún se investiga sobre el tema, pero su cuadro corresponde a la sintomatología.
-¿Perdone?
-Se trabaja en identificar su enfermedad. Los bajos niveles de sodio en su sangre me hicieron sospechar y luego pedí una copia de su expediente clínico. Quiero que me explique algo.
-No entiendo.
-¿Su familia practica la endogamia?
-¿Perdón?
-Es por lo que leí. Usted es Rh nulo y sorprendentemente, Katarina también.
-¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
-¿De qué murieron sus padres?
-No hablaré de eso.
-Podría darme la respuesta para tratar su pérdida de memoria.
Ricardo miró seriamente hacia la nada y no contuvo su molestia al exhalar una vez.
-Mi padre está vivo, siguiente pregunta.
-¿Está bien de salud?
-Tiene más energía que yo.
-¿Y su madre?
-Doctor Pelletier, no creo que usted deba hacer esas preguntas.
-En este momento actuo como médico general. Autorización sí tengo.
-Mi madre murió en un parto. En el mío, por cierto.
Pelletier giró su mirada hacia Ricardo sin aparentar gesto alguno.
-¿Alguien más de su familia presenta o experimentó pérdida de memoria?
-Quizás mi abuelo.
-¿Demencia? La encefalitis no suele ser genética hasta donde sé.
-Mi abuelo nunca recordaba ni en qué día vivía. Pero no me pregunte cómo se acordaba de todas mis estupideces.
Pelletier rió apenas.
-Me niego a pensar a que así son los ancianos.
-Mi abuelo era muy amable cuando yo era niño y un día sólo cambió. Se volvió exigente, huraño, me reprendía. Al final era muy agresivo, pero parecía desesperado. El último día que vivió, se disculpó conmigo.
-Si es un tema muy sensible, lo lamento.
-Es que no he olvidado que me dijo que no podía recordar como caminar, que no recordaba su infancia... Me dijo que había perdido a alguien importante en su adolescencia, pero no recordaba a quien, sólo que se preocupaba por esa persona y ahora me da miedo porque lo entiendo... Yo estoy olvidando a mi hija.
Pelletier dejó de mirar a Ricardo y asentó por la certeza de que su diagnóstico era el correcto.
-Le pediré al neurólogo de este hospital que vuelva a revisar su caso, señor Liukin.
-¿Cree que él encuentre esa solución?
-No.
-¿Por qué iría entonces?
-Porque lo estoy diagnosticando.
Pelletier se levantó sin decir nada y fue al módulo de enfermería a buscar él mismo el documento que Ricardo necesitaba para que el neurólogo lo atendiera a la brevedad. Pero comprendió entonces que la otra verdad que había descubierto no era prudente de exponer.
-"Katarina y Ricardo están relacionados ¿Cómo es posible?" - recordó haber pensado al ver los análisis de sangre de ambos y entendió, antes que cualquier Liukin, que el abuelo del propio Ricardo quizás había intentado revelar algo de su familia sin éxito. Era la única razón lógica para explicar esa coincidencia sanguínea. Y luego se detuvo. Recordó el expediente de Maragaglio.
-"Otro RH nulo ¿Qué está pasando aquí?" - se intrigó. Deseó revisar en ese instante, pero supo que era momento de ceder. Todo el cansancio acumulado le llegó de golpe y de repente comenzó a sudar y marearse.
-¡Wendy! ¡Traiga electrolitos ahora! - gritó y consiguió una silla.
-Lo canalizo, doctor.
-Lo haré yo mismo.
-¡Está temblando!
-¡Páseme la solución ya!
Pelletier introdujo un catéter en su vena más visible y Wendy conectó una solución que poco a poco fue haciendo efecto. Los pacientes vieron como el médico respiró hondo luego de un momento y prosiguió con su trabajo como si nada pasara. A Marco Antonioni, a Ricardo Liukin y a Alessandro Gatell les preocupó el episodio, pero sólo Katarina creyó reconocer lo que sucedía.
-Debería comer.
-Y tú, descansar.
-Doctor, nadie vive de café.
-¿Te das cuenta de la ironía en tus palabras, señorita?
-No me pude comer este pan.
-¿Cuánta comida has ocultado y cómo has logrado que Marco no la descubra?
-¿Qué hará al respecto?
-Te vigilaré directamente.
-¿No quiere...?
-Ese pan es más necesario para ti, Katarina.
-¿Seguro?
-Vuelve a mentirle a Marco y te voy a delatar ¡No estoy jugando! ¡Cómete esa cosa y termínate lo demás!
Katarina se alejó rápido y Pelletier continuó como si nada, revisando otra vez los análisis sanguíneos de ese Rh tan peculiar por el que ahora tenía más preguntas y quiso respuestas para sí mismo.
-Debes irte - sugirió Gatell desde su lugar.
-Mi turno acaba a las dos.
-A ti no te importa vivir aquí, pero a tu cerebro sí. No seré un brillante especialista como tú lo has sido, pero soy internista y viendo tu evolución, las lagunas de memoria no tardan en llegar. Vas a alucinar dentro de poco y la solución no te servirá de nada. Ve a casa, Pelletier, come y descansa. El mundo no se acaba hoy.
Pelletier reaccionó acelerando el paso del líquido en su cuerpo y más tarde retirándose el catéter sin ayuda. Wendy Bacchini intentó preguntarle algo, pero él sólo le tocó el hombro, ordenó los documentos y no miró atrás. Volvió a su refugio, se retiró la bata, se colocó la gabardina, tomó la sábana de Susanna y guardó su cucharilla en el bolsillo de su playera. No quiso contemplar nada más ahí dentro y salió del hospital usando la escalera de emergencia. Nada más sentir el viento frío en la cara y algo de nieve, Pelletier no pudo seguir fingiendo consigo mismo. El llanto que siguió lo desconcertaba sobremanera mientras caminaba a casa, lo mismo que ese dolor maldito en el pecho que para su mayor desgracia, no era un ataque. Pelletier no alcanzó a refugiarse y se quedó sentado en un tronco en medio de la tormenta, que aunque fuera calma, seguía siendo importante. La nieve se acumulaba alrededor y el mismo sentía cristales de hielo escurriendo en su rostro.
Pero Pelletier no iba a derrumbarse. Lo único que tenía que hacer era recordar que era un médico competente y hacerse cargo de ello. Se tentó con volver al hospital, pero luego pensó. Necesitaba sopa y una manta luego de resolver el asunto que formaba un rompecabezas en su mente. Si alguien conocía esa explicación, iba a dársela de inmediato.
Pelletier se levantó con una motivación particular y el misterio que lo rondaba le tranquilizó la mente. Caminó, lento y reflexivo, ocultando la sábana en la gabardina y asegurándose de que no se notara su intento de colapso. La crisis había terminado, punto.
-"¿Pignater o San Polo? Y una de esas direcciones es un error ¿A dónde iría? Con quién le llevó al hospital en primer lugar" - pensó y recordó la dirección a la que había ido una vez. Las respuestas estaban en el barrio de San Polo y había manera de evitar que el interesado se negara a participar. Tenía que cruzar el canal, aunque existía un puente que lo llevaría cerca. La cuarentena veneciana era una bendición porque nadie podía quitar la película blanquecina de sus ventanas y por ende, no lo veían a él con esa actitud apabullante. Mientras más pasos daba, su estado anterior se disipaba y al atravesar hacia la calle planeada, nada pudo detenerlo. Ni una voz en su mente se apareció para reanalizarlo.
-En el expediente leí la dirección... El número me hace dudar, pero si veo a Hazlewood en el techo... Sí, ahí está. Susanna pasará unos días con sus niños y si ella abre yo...
La posibilidad de tenerla cerca, afuera de su mundo como temía, lo hizo retroceder hacia la esquina y recargarse en una fachada en dirección al agua.
-La mejor idea es lanzarme y ahogarme - susurró. El problema no era morir ahí mismo, pero luego creyó que Susanna Maragaglio iba a sentir lástima por él y aquello lo torturó más. Sus manos temblaban, pero no por el ambiente.
-Ese misterio no se va a quedar así. Llegaré, obtendré lo que deseo y me iré. Curar a Ricardo Liukin depende de mí - recordó y enseguida, su energía habitual se restableció. Aún sentía los efectos de la deshidratación, pero no gastaría más tiempo sin respuestas, así que aceleró el paso y sin importar que Edward Hazlewood le viera, tocó la puerta de la familia Berton.
-Buonasera signor ¿Qué se le ofrece? - saludó exigente una voz femenina cuya dueña parecía tener la cara de un tiburón inofensivo. Pelletier pasó saliva y se recompuso enseguida.
-Buonasera, disculpe venir de forma tan intempestiva. Mi nombre es Luc Pelletier, fui el médico que atendió a la señora Susanna Mara... Maragaglio.
-Me han hablado bien de usted.
-¿Dejé una buena impresión?
-A Maragaglio sí, supongo que eso basta.
Pelletier ladeó su cabeza y soltó un "ok" con cierto dejo de sorpresa. Pasó más saliva.
-¿A qué debemos esta visita? ¿Es algo de Susanna?
-¡No!... Es al señor Maragaglio precisamente a quien estoy buscando.
-Soy Anna Berton, hermana de Susanna. Pase, doctor.
-No es posible. Este asunto es confidencial.
-¿Tiene que ver con el ataque de ansiedad de ese idiota? Deme un momento.
La mujer sin embargo, no cerró la puerta y enseguida gritó: ¡Marabobo, te busca el doctor en la puerta!
Pelletier no necesitó esforzarse para saber que la relación entre concuños era desastrosa, aunque no le extrañaba. Maragaglio al fondo se asomó y al descubrir quien era, intuyó que abrigarse era lo correcto. El médico lo observaba atento hasta que Susanna se apareció con la gabardina de su marido y después de insistirle, le hiciera ponerse guantes y un gorro. Pelletier no consiguió bajar la mirada, pero respiró más hondo y sus ojos siguieron a esa mujer con atención. Anna en cambio, observó a Pelletier y luego a su hermana y comprendió todo, así que se movió para que el médico no perdiera detalle de Susanna, hasta que un beso a Maragaglio le cambió el semblante.
-¡Doctor! Me alivia verlo, mi esposa estaba llamando al hospital y nos dijo una enfermera que usted no estaba de guardia - señaló Maragaglio, dándole la mano. Pelletier correspondió el gesto y alcanzó a darle un último vistazo al interior, mientras Susanna parecía levantar a su bebé para mimarlo. La puerta se cerró sin más.
-Terminé hace un momento, revisaba papeles.
-¿Sucede algo importante? ¿Cómo se encuentran Katarina y Miguel?
-Ellos se han estabilizado, su oxigenación es manejable y le he advertido a Katarina que la vigilaré si no come como corresponde.
-¿Se ha sentido mal?
-No, Maragaglio. Fue por lo que usted y yo discutimos el otro día, que ella aún tiene al hermano en la cabeza.
-¿Algún plan?
-Observarla, si no hay inconvenientes con usted, Maragaglio.
-Me interesa que Katarina se recupere lo mejor posible.
-Queda acordado.
-Pelletier ¿Es muy importante lo que tiene qué decirme?
-Depende de usted.
-¿Es sobre mi ansiedad o las pruebas que me practicaron?
-No hay indicadores de alguna anomalía.
-¿Es algo de Intelligenza? ¿Averiguaron algo sobre mi noche internado?
-¿Qué opina de ir hacia el canal?
Maragaglio aceptó, preparándose para que Pelletier le revelara que lo habían interrogado y el otro miraba al piso, pensando en el enigma que estaba por resolver. Ambos hombres terminaron frente al canal y la actitud de Maragaglio cambió radicalmente.
-¿Qué está averiguando, Pelletier? ¿Acaso me toma por ingenuo?
-Claro que investigo algo
-No actue como el inocente que no es. Sé perfectamente qué vino a buscar.
Pelletier se desconcertó y por un momento, se sintió débil para disimular.
-¿Qué le inquieta de mi familia? ¿Quiere que lo fuerce?
-Usted es listo.
-Pelletier, sabemos que yo no soy el que acabará muerto.
-No es un asunto que considere grave.
-Sin rodeos.
-No estoy seguro de prescindir de ellos.
-Mi mujer y yo no le permitimos quedarse cerca de nosotros.
-¿Me están alejando?
-Definitivamente, doctor.
Maragaglio era imposible de ignorar cuando intimidaba y el otro estaba seguro de que habían leído sus movimientos y pensamientos, así que involuntariamente bajó la cabeza e imaginó de inmediato la nieve tiñiéndose de rojo.
-¿Qué respuesta lo va a calmar, Pelletier?
-Lo que me motiva puede ser inofensivo.
-Hable.
-No sé comenzar.
-Vuelva por donde vino y nunca se aproxime a mi esposa Susanna o a mí.
Pelletier sintió su boca resecarse más y su garganta molestar con un nudo insólito que intentaba sellarla, quien sabe si para siempre. Pero la mención de Susanna le hizo alzar la cabeza, como si un poco de aire se compadeciera de él y calentara su pecho.
-Me intriga algo que descubrí en los archivos clínicos y que no encaja, Maragaglio - por fin pudo pronunciar Pelletier.
-¿Qué es?
-Laboratorio debió resaltarlo para obtener donadores de sangre y no lo hizo.
-¿Alguien de la familia está enfermo?
-Katarina y usted son primos y me parece, digamos normal, que compartan tipo de sangre. Aquí la anomalía es Ricardo Liukin.
Maragaglio se tensó de inmediato, pero era un actor extraordinario que disimulaba el sentimiento de peligro con una expresión de desconocimiento. Pelletier cayó por fin en la trampa de olvidar que estaba frente a un espía, así que le pareció natural terminar en el borde la calle para que nadie escuchara.
-Ahora explíqueme.
-Leí los expedientes para elaborar un reporte...
-¿Qué reporte?
-El general. Cosas de epidemiología.
-Yo no estuve ahí.
Pelletier supo que debía mentir a cualquier precio.
-Si Katarina no se recupera de la anemia, necesitará transfusiones urgentes. Perdone por cotejar sin permiso.
Maragaglio cambió un poco su gesto, aunque continuaba en alerta. Quizás la razón para estar ahí era legítima y médica a pesar del motivo encubierto, como se había declarado con la mención de Ricardo Liukin.
-¿Necesita que acuda al banco de sangre, doctor?
-Lo tendré al tanto.
-¿Es todo?
-No.
Pelletier comprendió que había perdido la posibilidad de una salida rápida.
-¿Qué se muere por escuchar?
-La verdad a veces luce como el absurdo.
-Liukin es quien lo trae aquí.
-No precisamente...
-Veinte años en Intelligenza y la gente cree que no la conozco.
-Esta información podría serle ajena y yo me estoy arriesgando porque revelo información crucial de un paciente. Quién arriesga su trabajo, soy yo.
-Suéltela.
-Es muy sensible.
-Palabras inútiles para decir que Ricardo Liukin coincide en tipo de sangre y usted piensa que no es normal a menos que haya una relación cercana.
-¿Usted es consciente?
-¿De que Ricardo Liukin desafortunadamente es mi hermano? Sí.
Pelletier se sintió desarmado, como un pasante en sus primeros días intentando llenar bien los datos de un membrete y equivocándose con la dosis inyectable.
-El señor Liukin no lo sabe - se defendió el médico, mirando a la nieve otra vez. Maragaglio por su lado, se descubrió a sí mismo nombrando a un tipo que le era repelente con la palabra noble de "hermano", pero no lo manifestó.
-El Rh nulo es demasiado extraño y yo necesito información. Ricardo Liukin tiene encefalitis autoinmune y los antecedentes familiares servirían de mucho ¿Alguien en su familia desarrolló demencia temprano, Maragaglio?
-Nadie.
-Sospecho que existe un componente genético y si lo detectamos, lo controlaremos enseguida. Es 2002, ya hay tratamiento pese a que la condición se encuentra en cotejo por pares y hacen falta datos. Hace unos días pedí una tomografía del señor Liukin y afortunadamente no tiene cáncer, pero en entrevista, él habló de su abuelo y sus signos y creo firmemente que ambos dan características clínicas de la enfermedad.
-¿También requiere unidades sanguíneas para él?
-Los Leoncavallo tienen Rh nulo y por ende, los Liukin ¿La familia tiene un historial de incesto?
Maragaglio reaccionó tomando a Pelletier del cuello y llevándolo a la puerta de Edward Hazlewood, quien por estar en la azotea limpiando la nieve, vio casi toda la escena en el canal. Al abrir, intuyó que las noticias eran malas.
-Este idiota se enteró de todo. Marco está en riesgo por culpa de su doctor - declaró furioso Maragaglio y Hazlewood palideció sobremanera.
-¿Tiene que ver con lo que le encargué buscar en la biblioteca? - replicó Pelletier, acordándose de ese favor de Marco Antonioni y sus papeles escondidos en el libro de Auregnais"
-Una sola palabra, doctor y le sacaré las entrañas.
-¿Marco descubrió que los Leoncavallo y los Liukin son familiares?
-No busque entender las implicaciones de este asunto o Hazlewood y yo tendremos que matarlo - amenazó Maragaglio con la voz más escalofriante y Pelletier miró al señor Hazlewood, que pese al temor, concordaba con Maragaglio.
-El MI6 no puede llegar a Marco - susurró Hazlewood mismo.
-Esta conversación nunca pasó - concluyó Pelletier y entonces, Maragaglio finalmente golpeó su rostro.
-Lo último es personal. Aléjese también de mi esposa - reiteró y se dió la media vuelta. Pelletier vio la nieve roja hacerse realidad.
-No es importante - declaró y contuvo su hemorragia. Edward Hazlewood sentía frío y en lugar de echar al doctor, enseguida le invitó a pasar. Pelletier no se explicaba la actitud, pero accedió y entonces, una voz lo volvió a llenar de calor.
-¡Doctor! Lo vi llegar con Maragaglio, así que fui a la cocina y pensé que le gustaría beber un poco de sopa, así que le he traído una olla - dijo Susanna con una sonrisa.
-Yo estaré con el señor Hazlewood, vine a poner a todos al tanto.
-También traje para él ¿No se congela, doctor? Disfrute su sopa... Señor Hazlewood, discúlpeme, no lo saludé ¿Es el papá de Marco, verdad? Me presento, soy Susanna Maragaglio y le hice sopa.
Hazlewood sólo expresó un "buonasera" tímido y Susanna repitió el gesto de despedida del hospital, dió la media vuelta y entró de nuevo a su casa.
Hazlewood tomó la olla y Pelletier comprendió que también era hora de abrigarse, aunque contempló a Susanna una vez más, descubriendo que se frotaba los brazos y tiritaba frente a su marido. Anna Berton, que seguía en su entrada, no atinó más que a cambiar su gesto severo por uno de lamento.
-¿Qué sucede, Anna? - preguntó el viejo señor Berton cuando se cerró la puerta.
-Ven papá, mira algo.
Anna lo llevó a la ventana de junto.
-Ese hombre, papá.
-¿Quién es? ¿Un hippie?
-El doctor que se enamoró de Susanna.
-¿Estás bromeando?
-No miento.
-¿Tu hermana lo sabe?
-Luc Pelletier ni siquiera le interesa. El hombre decente llegó muy tarde, papá.
Anna y el señor Berton se apartaron de la ventana y volvieron a la sala para intentar controlar a los niños. Luc Pelletier fijó sus ojos en la casa Berton y no resistió las ganas de abrazar la manta bordada de Susanna. Incluso al ir al interior con Hazlewood, no fue capaz de soltarla.



