-¿Tienen lugar para una más? Quiero golpear a Ricardo Liukin - dijo Maeva Nicholas al acercarse a los lugares que ocupaban Yuko Inoue y Karin Lorenz en el hospital. Ambas mujeres aceptaron la propuesta y las tres se tumbaron en el sillón sin ocultar sus rostros cansados.
-Creo que el senior Ricardo se quiere disculparar contigo - respondió Yuko al fin.
-Puede irse al infierno con Katarina si quiere.
-Ella no se lo quedó.
-Terminarán ahí junto con la hipócrita de Susanna.
A Karin Lorenz le agradó el comentario de Maeva y sonrió por primera vez desde su rompimiento con Maurizio Leoncavallo. La propia Susanna Maragaglio las escuchó y volteó a verlas, prefiriendo no confrontar. Junto a ella, el doctor Luc Pelletier llenaba unas formas.
-No es necesario que permanezca más tiempo encerrada, Susanna. Usted ya sanó, irá a casa.
-¿Está seguro?
-Sí ¿Hay algún malestar del que no me haya dicho?
-No he sentido nada raro.
-Me alegra que aprovechara la oportunidad de realizarse estudios femeninos.
-Siempre me han dado miedo.
-Todo está en orden, yo los leí.
Pelletier entonces le mostró unas copias con los resultados y ella terminó de tranquilizarse.
-Pensé que tendría otro bebé - añadió ella.
-Los malestares de la influenza son confusos.
-Al menos estaré en casa.
-Le firmaré la orden de alta.
-Iré a prepararme.
-Bien pensado.
-Me asusta dejar a Katarina y a Marco solos.
-Katarina estará más repuesta pronto; Marco no saldrá.
-¿Está muy delicado?
-Cuestión de descansar un poco más.
-¿Va a cuidar bien de Juulia también?
-Delo por hecho.
-Que no se le acerque nadie.
-Eso es algo que sí puedo controlar.
Susanna asentó y enseguida le pidió a Wendy Bacchini que le entregara su vestido y sus zapatos para poder dejar su bata de paciente. La enfermera accedió cortésmente y la mujer acabó en las regaderas, dándose una ducha rápida y cambiando su aspecto por uno más agradable, con su vestido hippie, su bolsa de cuero sintético decorada con pequeños atrapasueños y una cubierta de peluche café y los zapatos de colores tejidos. Era obvio que Susanna había fabricado los accesorios y por una vez, había decidido recoger su cabello. Al salir al pasillo, se sintió muy feliz y se tropezó con el propio doctor Pelletier, que después de firmar unos papeles, se disponía a tomar un descanso.
-¡Perdóneme! ¡Estoy tan distraída!
-Es porque se irá con su familia.
-¿No lo lastimé?
-Es la primera de este grupo en librarse de cualquier cosa.
-¿Grupo?
-¿No pertenezco?
-No le entiendo, es una pena.
-He convivido más con los Leoncavallo, Marco y los Liukin que con otros enfermos. Supuse que formaría parte de su equipo de supervivencia.
-Oh, ya veo ¿Resistirá el desastre que queda ahí dentro?
-Si me da un consejo, mejor.
-Respire antes de hablarles.
-¿Es todo?
-Es lo único.
Pelletier no sabía cómo responder y acabó riendo como si descansara luego de renunciar a dormir y olvidar cómo volver a hacerlo por atender él sólo a quienes aún sufrían por la influenza en el quinto piso.
-Susanna, he llamado a Maragaglio y viene enseguida.
-Lo he extrañado tanto.
-¿Ha considerado tomar unas vacaciones, señora?
-¿Por qué la pregunta?
-No soy psiquiatra pero creo que su marido y usted necesitan un tiempo a solas.
Susanna pensó que Pelletier lo decía por el estrés de la última semana y lo tomó como una sugerencia profesional.
-Le diré a mi esposo que tome un descanso para Navidad.
-Podría ser una buena idea, pero yo me refiero a que de verdad platiquen y estén solos.
-¿Sin los niños? Como en esos fines de semana que nos dábamos antes.
El doctor Pelletier no supo decir que no se refería a algo así y prefirió seguir la corriente, sobretodo porque la señora Maragaglio se había puesto más contenta.
-De vez en cuando, esas cosas sientan mejor - concluyó Pelletier, pero no se fue y luego de girar su vista hacia la sala llena de pacientes, no estuvo dispuesto a permitir que Susanna volviera con ellos y cualquier reproche la entristeciera.
-Señora Maragaglio, necesito hablar con usted seriamente ¿Me acompañaría, por favor?
-Por supuesto, doctor.
-Por aquí, supongo que debe sentir algo de sed.
Pelletier abrió una gran puerta gris al otro lado del pasillo y guió a la mujer a través de uno de los puentes del hospital hacia una estancia grande y vacía dónde se reunían los médicos cuando tenían tiempo libre. Había una máquina de café y algunos panecillos dentro de unas cajas amarillas.
-¿Qué le gustaría? Un espressino? Un brioche? - preguntaba Pelletier.
-Me parece bien ¿Y usted?
-Comeré lo mismo.
-Me recuerda a Maragaglio cuando cocina.
-¿Él cocina?
-Sí y es muy bueno. Un día le traeré un poco de su ossobuco, le juro que es el mejor que he comido.
-Sólo puedo ofrecerle lo que traen de la panadería San Daniele.
-Debería probar los bizcochos que venden en el local de Durero. Tienen una crema pastelera increíble.
-¿En que barrio está?
-Sestiere di Cannaregio, en la calle donde viven los Liukin.
Susanna mordió su pan y Pelletier no pudo imitarla. La miraba con ojos cálidos y una sonrisa que fue transformándose de sutil a franca y amplia.
-¿Qué le ocurre, doctor?
-Nada especial, es que llevo días pensando en lo que voy a decirle.
-¿Es algo bueno?
-¿Podría dejar de cargar el peso del mundo, señora Maragaglio?
Ella se desconcertó.
-Me refiero a que nunca la he visto pensar en sí misma en este hospital. Todo el tiempo está hablando de su esposo, de Katarina, de si algo se complica, si hay que explicar o arreglar algo.
-Tengo una familia, como puede ver.
-¿Y cuándo hay tiempo para que se relaje?
La mujer no contestó de inmediato, pero dió un sorbo a su café.
-Con tres niños es imposible.
-¿Ni siquiera en la noche se da unos minutos, Susanna?
-A veces sí.
-¿Qué hace en ese tiempo?
-Me acuesto en la cama, hablo con Maragaglio de lo que hago en el día y lo abrazo hasta que me quedo dormida.
-Me refiero a un tiempo para usted misma, uno dónde pueda estar relajada ¿Le gustan los animales o quizás pintar?
-Diseño estampados para el taller Bassani, así que siempre tengo pintura en las manos y en mi ropa.
-¿Nunca se da la oportunidad de no pensar en nada?
Susanna miró a Pelletier como si hubiera escuchado un disparate y soltó una carcajada un tanto contenida. Pelletier esta vez le correspondió el gesto, aunque sabía que la respuesta a la pregunta que había formulado era que la mujer nunca estaba con la mente en blanco, aunque se esforzara por ello.
-Lo digo porque cuando no estoy aquí, me da por leer o hacer papiroflexia - continuó el médico.
-¿Le gusta doblar papel?
-Algo tengo que hacer con las revistas que me llegan por correo.
-¿Qué cosas podrían interesarle?
-Viajes y cosas de jazz. Alguna vez me suscribí a un boletín de teatro y también tengo cosas de vino y de cestería.
-¿Le gustan las cestas?
-Siempre es bueno saber cuál sirve para guardar mis llaves.
A Susanna le dió por pensar que Luc Pelletier era un tipo raro que no aparentaba sus aficiones. Hacía poco, el hombre había rapado parte de su cabello largo y con ello descubría un gran arete negro y puntiagudo. Era como ver a un vampiro asumiendo que vivía en un nuevo milenio o uno de esos góticos que en la escuela no hablaban con nadie.
-Tengo muchos pendientes en casa, me urge abrazar a mis hijos - prosiguió Susanna.
-¿Puedo preguntar cuántos son?
-Maragaglio y yo decidimos tener tres y me gustaría reiniciar las negociaciones para un cuarto bebé.
-¿No son muchos?
-¡No me mire así! ¿Usted tiene niños?
-Ni uno. Me divorcié hace tiempo y he pasado mucho tiempo soltero. Nunca me ha pasado por la cabeza ser padre o tener mascotas.
-¿No le preocupa quedarse solo?
-Moriré atendiendo pacientes en cualquier hospital. No soy muy exigente con la vida.
Susanna inclinó un poco si cabeza hacia el lado derecho, intentando comprender la aparente comodidad de Pelletier con su soledad. Definitivamente, él le agradaba.
-No tiene pinta de haberse casado alguna vez.
-Soy cardiólogo y mi ex mujer también ¿Cree que hablábamos? Nos ocupábamos de cualquier cosa y no recuerdo si conversáramos.
-No sabía que eso pasaba.
-La mayoría de los matrimonios nunca hablan.
-No habría parejas de toda la vida.
-Mi relación no funcionó, pero bueno ¿Qué serviría?
-¿Por qué se casó?
-Ambos estábamos disponibles y en esos años me sentía aislado. No quería que me aliviaran, sino ver una cara agradable y ya.
-Me cuesta visualizarlo.
-Cuando descubrimos que no nos hacíamos falta, cada quien siguió su camino.
-Doctor ¿No ha considerado alguna novia?
-No.
-¿Es feliz?
-Estar en paz es lo más cercano a la felicidad.
Pelletier pareció brindar con su café.
-Lo que le causa curiosidad no es mi vida vacía de personas, sino mi falta de interés en echar raíces en una familia convencional, Susanna.
-¿Cuándo dejó de importarle?
-Estos días me ha gustado una mujer.
-¿Le hablará?
-Soy un adicto a mi monólogo interno.
-Por eso no me gusta la vida solitaria. Cuando llega algo especial, no se sabe qué hacer.
-¿Por qué, Susanna?
-Porque todo lo gris se olvida y se llena de colores el mundo y hay mariposas en el estómago y terminamos portándonos como niños que no controlan lo que sienten.
-¿A usted le pasó?
-Cuando Maragaglio llegó a mi vida, yo sólo me entregué al impulso y lo amo veinticinco años después. Lo amo.
Pelletier no ignoró los gestos de Susanna, ni la contradijo. Para él, verla era como hallar el tono de naranja más vibrante para completar un cuadro abstracto o el hilo rosa brillante para decorar una cesta de palma. Como si Maragaglio hubiera pintado o tejido un estudio blanco y negro y de pronto, su esposa lo salpicara de energía y alegría y extrañamente encajara.
-Considere esas vacaciones, por favor.
-¿Maragaglio y yo las necesitamos, doctor?
-Sobretodo usted.
Susanna se cruzó de brazos y miró la madera de la mesa, pensando que quizás unos días de sol o de frío apartados de los demás, eran lo más indicado después de su internamiento. Unas fiestas navideñas familiares, donde se pudiera estar con los niños jugando, comieran sandwiches y su marido y ella se sedujeran sutilmente durante el día eran el plan perfecto.
-Grazie, doctor! - exclamó la señora Maragaglio
-Suerte en ese descanso.
-Mi esposo y yo le haremos caso.
-Deseo que usted logre estresarse menos.
-¿En serio podrá con mi familia aquí?
Pelletier río y dijo que sí, convencido de que ella no podría dejar de tener la cabeza revuelta.
-Susanna, todos ellos... Bueno, no Tennant, pero los demás, son adultos. Eso incluye a Katarina.
-¿Hice mal apoyando la boda?
-No lo veo así.
-¿Y si fuera una hipócrita?
-Susanna, yo no pienso eso.
-Apoyé a Karin y ahora le doy la bienvenida a Juulia; Katarina se casó con Marco pero yo sabía que era novia de Miguel. Maeva pudo ser mi amiga y siento que la perdí.
-No siempre actuamos como los demás nos dicen que es correcto.
-¿Qué me queda entonces?
-Siempre digo que hay que hacerse cargo.
-¿No quiere que me preocupe, doctor?
-No de lo que piensen los demás, sino de sí misma.
Susanna guardó silencio y se limitó a terminar su desayuno, aunque permaneció confundida. Claro que podía responsabilizarse de sus propias acciones, pero apenas estaba dándose cuenta de las repercusiones en los demás y de repente no era positivo disculparse siquiera.
-Afuera a Maragaglio y a mis nos aguarda una conversación delicada - recordó de pronto.
-¿Es grave?
-No es algo que pueda contarle a usted. Antes de enfermarme estuve con mi hermana discutiendo y ni ella ni yo llegamos a una conclusión que ayudara mucho. Es algo malo.
-¿Bastante?
-Mi esposo no lo tomó muy bien.
-¿Fue algo que hizo?
-Fue una información que no se esperaba.
-¿Del trabajo o personal?
-Lo investigaron en Intelligenza.
-¿Por qué?
-La persona involucrada me llamó por teléfono y me envió un sobre con información de la familia. Maragaglio ha estado investigando a los Liukin por cinco años.
-Eso es extraño.
-A la gente de su oficina también se lo pareció y Marine Lorraine recibió la orden de averiguar si el interés de mi esposo era personal... ¡Rayos! ¿Puede fingir que no escuchó, doctor Pelletier?
-Sólo confirme algo ¿Es grave?
-Si lo pienso, es enfermizo.
-¿Le teme a las consecuencias?
-¿Qué va a pasar cuando toda la familia se reúna?
-Susanna, respire y descanse.
-¿Qué dice?
-Tiene enfrente la posibilidad de pasar unos días tranquila, sin la mente ocupada en sus dificultades. Más tarde definirá si esa batalla es de pareja o es de Maragaglio ¿Cuándo quiere la tormenta?
Susanna rascó un poco su cabeza.
-¿Qué le angustia de ese problema, señora?
-Oiga, usted no es psiquiatra.
-No, ni me gustaría.
-¿Por qué le interesa?
-Porque sospecho que usted nunca se contagió de influenza.
-Tenía problemas para oxigenar.
-Que se corrigieron cuando le di un lugar de descanso. Usted no necesitaba un tanque de oxígeno, sino que la vida de afuera no la agobiara tanto.
Pelletier terminó su café y se dió cuenta de que Susanna Maragaglio todavía no acababa el suyo.
-No quiero ver sufrir a mi esposo.
-¿Lo del sobre es fuerte?
-La familia debe aclararle tantas cosas y no sé si resista la verdad.
-¿Es un problema que no se puede solucionar?
-Maragaglio es el único con el derecho de tocar ese tema.
-¿Es una situación donde usted no puede intervenir?
Ella afirmó con la cabeza.
-Entonces, quédese a observar.
-Si Maragaglio no resiste...
-Usted no estará colapsada. Susanna, usted no es responsable de tomar el control de lo que no va a resolver.
-No quiero que Maragaglio se sienta solo.
-¿Y si esa fuera la solución?
-¡No!
-¿Por qué?
-Porque iremos a casa y lo único que podré hacer será abrazarlo fuerte.
Pelletier rechazó la posibilidad de continuar la plática y únicamente escribió un par de indicaciones para que Susanna Maragaglio descansara mejor, como dormir a la misma hora, realizar más actividades al aire libre, buscarse algún hobby o leer más.
-Grazie, doctor - pronunció Susanna y luego de disculparse, volvió al corredor del quinto piso, a despedirse de los demás.
Pelletier por otro lado, no contuvo la tentación de beber el café abandonado por la mujer ni de guardar en el bolsillo de su bata la cucharilla con la que ella había agitado la bebida. Sentía una inmensa tristeza y le frustraba ese sentimiento que le carcomía el pecho. Todos esos colores, toda esa devoción ¿Qué era eso? Y volvió a cubrir su turno, cada vez más frustrado de formar parte de ellos, de Katarina, de Marco, de Ricardo, de Tennant y de Juulia. La ausencia de Susanna era como una espina y le daba miedo encontrarla en la calle y seguir pensando en esos tonos llamativos.
-¿Alguna novedad? - consultó Pelletier a Wendy Bacchini.
-Llegaron los estudios de Marco Antonioni.
-Los veré en un momento ¿Dónde está el doctor Gatell?
-Con Katarina y Marco.
-A partir de ahora, sólo yo atiendo a esos dos. Gatell es su amigo, no quien firma por los medicamentos o evalúa sus pulmones.
-Entendido.
-Iré a arreglar algo.
Pelletier tomó la carpeta de Marco Antonioni, observó alrededor y caminó hacia donde Yuko, Maeva y Karin formaban su club de amigas.
-Van a entender algo las tres y después de este hospital espero no volverlas a ver: Señora Lorenz, usted no tenía un noviazgo, sino un contrato de incubadora. Tiene razón en enojarse, pero Maurizio Leoncavallo nunca la amó y puedo jurar que nunca lo mencionó... Maeva, estoy de acuerdo en que Ricardo Liukin es un infeliz, pero madure de una vez ¿Existía una relación? De ser real, nada de esto estaría pasando y Yuko, usted es nueva... Su lealtad a Miguel es loable y comprendo sus motivos pero ¿No le parece que fue inoportuna? ¡A este hospital viene la gente a sanar, no a llenarse de rencor! Y lo último es para todas: ¡Dejen en paz a Susanna Maragaglio! ¡Esa mujer le abre el alma a todas las personas que conoce y si decidió ponerse de parte de su familia, es porque los Leoncavallo la necesitan ahora! ¡A ella le acaban de romper el corazón! ¡Agradezcan que no están en su situación!
El exabrupto de Luc Pelletier provocó que los pacientes volvieran a sus lugares y él terminó sentado en el lugar que ocupaba Susanna, junto a Ricardo Liukin. La manta azul que quedaba tenía una bonita orilla bordada con cuadros de colores pequeños y ese sería el adorable recuerdo por conocerla.



