miércoles, 26 de agosto de 2026

El amor y el rencor (La boda de Marine XI)


Tell no Tales. Viernes, 29 de noviembre de 2002.

El tren rumbo a Vichy salió en punto de las catorce horas y aunque Maragaglio tomó asiento junto a Laurent Ferny, no le dirigía la palabra por ningún motivo. En parte porque no sabía de qué podían conversar y por otro lado porque la investigación sobre los diamantes contrabandeados del Gobierno Mundial le ocupó la mente. Frente a ambos, Lleyton Eckhart trataba de revisar también sus propios papeles, aunque su novia, Sophie Tallmann, parecía reclamar su atención de forma juguetona.

-Dijiste que en estos días no habría trabajo - comentó ella antes de besar a Lleyton.
-Sólo son pendientes pequeños. En Vichy haré un par de llamadas y seré todo tuyo.
-No sabes las ansias que tengo de estar contigo.

Maragaglio levantó la vista al escuchar ese último comentario y se dio cuenta de que Sophie no se lo decía a Lleyton, sino a él, aunque no hizo un gesto para delatarla. Simplemente volvió a sus pensamientos y sacó unas hojas de papel para realizar un par de notas. Laurent le prestaba atención, así que comenzó a anotar ideas que podían servir para agradarle a Marine. El otro leía cosas que no entendía del todo, puesto que no hablaba italiano.

-Reserva una mesa y lleva a Marine a cenar - dijo Maragaglio - Que en la mesa haya flores blancas y que esparzan unas gotas de esencia de  menta, eso le gustará. 

Laurent estaba por preguntar algo, pero el otro se adelantó.

-Como Marine necesitará chaperón y yo soy tu padrino, comprenderás que deberé quedarme en la mesa de al lado con Lou.
-No esperaba menos.
-¿Desalentado? Tú no vuelves a besar a Marine hasta la boda.
-¿Por qué estaría mal? 
-Hay tradiciones qué guardar ¿No eres respetuoso, Laurent?

Laurent Ferny se quedó desarmado y comprendió que incluso detalles como ese formaban parte de su propia estrategia. Había que cuidar las formas, volver a ser el novio pasivo para no cambiar la impresión de la familia Lorraine sobre él. 

Pero alguien más estaba prestando atención a esa charla y sonreía orgullosa. Lou Lorraine no tardó en armar un escenario en su cabeza donde ella y Maragaglio compartían un plato de pasta y hablaban de cosas cursis mientras Marine y Laurent conversaban sobre la boda y los días posteriores. Era una cita e incluso pensaba en un vestido color chocolate para deslumbrar y acaparar las miradas. La sola idea de que Maragaglio la invitara a salir le emocionaba demasiado.

-Lo primero que haremos en Vichy será llevar a Marine y a sus hermanas a sus cabañas. Espero que nos dé tiempo para cambiarnos de ropa antes de sorprenderlas.
-Maragaglio ¿La cena sería hoy?
-Claro, Laurent ¿Qué pensabas? No hay mucho tiempo y la boda es el ¿Domingo próximo? 
-Tienes razón.
-Bueno, hay que avisarle a la novia.
-¿Dónde vas?
-Con Marine.
-¿No era una sorpresa?
-Para ella no, para la familia sí. Acostúmbrate a impresionar, Laurent.

Maragaglio se levantó y luego de mirar lado a lado, descubrió a Marine junto a una ventana, sentada y sola mientras un gorro rosa cubría su cabeza. Afuera, se veían pinos muy altos y frondosos, algunos con un poco de nieve y Maragaglio se percató de que el tren iba cuesta arriba. Vichy era una ciudad enclavada en las montañas.

-¿Tienes pastillas para el mal de altura? - lo recibió Marine.
-He tomado alguna.
-¿Vas a sentarte frente a mí?
-No.

Maragaglio se colocó justo al lado de ella, pero no habló. Al igual que ella, se dedicó a mirar hacia el exterior, hasta que el reflejo los mostró juntos. Marine derramó una lágrima.

Esa escena fue contemplada por Albert Damon y Goran Liukin Jr. aunque sólo uno estaba realmente alarmado. La calma la disimulaban bien y a su lado, Lorenzo Liukin descifraba el juego completo. Se sentía extraño y poco a poco, tener ahí no a uno, sino a dos hermanos, le hizo plantear la situación de nuevo.

-Entonces, ustedes quieren arruinar la boda - pronunció.
-Marine no merece esto - contestó Albert.
-¿Y por qué lo estamos haciendo?
-Porque no queremos perder el terreno del valle.
-¿Cómo supieron que Laurent es un Isbaza?
-Eso fue reciente, Goran lo siguió.
-¿Fue tan sencillo?
-Tu padre es un vago.
-¿Por qué hizo eso?
-Me gusta burlarme de la vieja Isbaza - replicó Goran y dió un sorbo a un vaso con agua mineral mientras se asomaba y se daba cuenta de que Laurent Ferny bebía lo mismo. No necesitaba conocerlo para saber que estaba tenso y el agua simple no lo calmaba igual.

-¿Laurent no sabe?
-Me habrá visto en una foto ¿Qué se yo? Los Isbaza averiguan sobre nosotros cada tanto - continuó Goran.
-¿No te reconoció en estos dos años?
-No es un idiota. Un Isbaza no da un paso sin asegurarse de las cosas. Me ha saludado, ha fingido, cree que soy ingenuo y lo seguí porque creo que no es tan listo como parece. Es el perro faldero de la vieja horrible y honestamente, me cansé de ella. Los Liukin nunca nos hemos defendido, pero meterse con la tumba de mi padre... Eso dolió, Lorenzo.

Maragaglio continuaba contemplando a Marine en el reflejo, pero el cuchicheo de los otros había llegado a sus oídos sin dificultad y en lugar de alegrarse, lo tomó como el amargo recordatorio de su enorme riesgo de ceguera. Si sus sentidos habían comenzado a afinarse tanto, quizás la oscuridad era mucho más cercana de lo previsto.

-¿Pasa algo? - preguntó Marine cuando pudo recuperarse.
-Nada, sólo necesito respirar.
-¿Estás bien?
-Ya regreso.

Maragaglio se incorporó y caminó hacia el frente, hasta la siguiente sección del tren, desde donde podía observar a Laurent Ferny y al mismo tiempo, a Goran Liukin Jr. Algo le molestaba en particular de esos dos más allá de celos, abandono y farsas y no quería confirmarlo. Por otro lado, Sophie Tallmann aprovechaba la distracción de Lleyton y su incipiente conversación con el mismo Laurent para dirigirse donde Maragaglio. Él conocía la intención y la mirada.

-¿Vas a invitarme un trago o quieres que yo inicie la fiesta? - inició ella.
-Siempre será interesante invitar a una dama como tú.
-¿Vino o un Aperol?

Maragaglio desvió su mirada un segundo hacia Marine y al asegurarse de que lo veía, sonrió.

-¿No te apetece más un campari o un vermut con soda? - siguió él.
-Acepto el vermut.
-Entonces yo tomaré campari.
-¿Por qué Maragaglio?
-Por la diferencia. Además, no creo que te guste alguien que pruebe lo mismo que tú.

Sophie mordió sus labios y caminó unos pasos hacia el bar con él. Aunque parecía que tendrían una agradable conversación, Maragaglio seguía al pendiente de los ojos de Marine y de su expresión confundida. Ella iba a quedarse en su sitio, sin poder decir nada, sin ir siquiera donde Laurent a actuar como la novia de siempre. Sólo le quedaba ir con sus hermanas, pero algunas estaban ocupadas con sus hijos y otras siendo adolescentes y su hermano Damon estudiaba algo con su guitarra como para interrumpir. Sólo quedaba Lou y había desaparecido también.

-Dicen que los Lorraine estarán en unas cabañas. Lleyton y yo nos quedaremos en el hotel - siguió la mujer.
-Laurent y yo también nos quedaremos ahí.
-¿Quién visitará a quien, Maragaglio?
-Mi habitación no se comparte con el novio. Voy por ti. A medianoche en el corredor.
-¿Cómo distraeré a mi novio?
-Déjalo trabajar.
-Eres demasiado sexy.
-Eres hermosa.
-Es una lástima esperar.
-Estoy muy de acuerdo.

Maragaglio sonrió, pero no por la propuesta aceptada, sino porque sabía que Marine le daría mil vueltas en la cabeza al asunto. Sophie no tenía las ataduras de Corse, era una mujer adulta eligiendo libremente pasar la noche con un hombre ajeno a su novio y además, no tenía ningún compromiso con la boda, salvo asistir con Lleyton Eckhart. El plan era perfecto aunque inesperado, pero en la venganza todo valía. Marine se acordaría de sus momentos más secretos y acabaría celosa y más tensa, lo que ya llevaría a cometer más errores. Pero el destino le recordó el plan original:

De pronto y con su energía desbordante, Lou Lorraine se acercó al bar. Estaba radiante y muy interesada en tomar algo. Sophie Thalmann reaccionó con desconcierto y Maragaglio recibió enseguida un abrazo entusiasta que cambió su ánimo por uno paternal. 

-¡Ay, Maragaglio, aquí estás! He querido hablar contigo toda la tarde.
-Eh, Lou, estás siendo irrespetuosa con la señorita Thalmann.
-Lo siento mucho ¿Conversaban?
-Sí, sobre la boda de Marine. Sophie me decía que los detalles que ha tenido Laurent con la familia le parecen adorables. 
-No te hemos contado de eso.
-Marine lo mencionó en la cabalgata. 
-¡Es que Laurent es encantador! 
-Lo creemos.
-Discúlpenme, es que... ¿Puedo ordenar algo? Me quiero quedar con ustedes, no tengo nada qué hacer y Marine no me hizo caso.
-Oye Lou, no deberías beber.
-¡Quiero un daiquirí de fresa! Sólo no le digas a papá, porque me regañaría.
-No te preocupes.
-¿Y la señorita Thalmann vendrá a la cena con nosotros? ¡Maragaglio le sugirió a Laurent tener una cita con mi hermana esta noche y me va a llevar con él para ser chaperones! ¡Con más gente será divertido!

Sophie cambió su expresión y contestó:

-No lo creo, muchachita.
-Es una pena, con lo que me gusta platicar.
-Yo me retiro, iré con Lleyton.
-Oh, bueno, entonces la veremos en las actividades de mañana ¿Verdad? ¡Estaremos en la nieve! 
-Tal vez... Maragaglio.

Él respiró hondo.

-Será en otra ocasión, Sophie.
-Espero que pronto.
-Si esta boda me lo permite.

La mujer dio medio vuelta y Lou miró a todos lados sin entender.

-¿Se molestó conmigo? ¿Fui maleducada? - preguntó.
-No, Lou, es sólo que charlábamos.
-¿Lo arruiné?
-¿Qué arruinaste?
-Creí que me podía quedar con ustedes.
-No es importante.
-Ya me dió vergüenza.
-Lou, sólo es una plática que se puede retomar en Vichy.
-¿Seguro?
-No hay problema.
-¡Menos mal! ¡Me quedo contigo toda la tarde!

Lou volvió a estrechar a Maragaglio y él sintió por un momento que ella utilizaba demasiada fuerza. La chica le dio un beso en la mejilla y enseguida dió el sorbo a su daiquirí. Lou tenía la costumbre de morder el popote antes de sorber y él no sabía si tomarlo como algo normal o curioso.

-No tomarás alcohol.
-Lo que tu digas hermanito.
-Y quiero que ayudes a Marine con sus nervios.
-Claro que sí. Estoy muy preocupada por ella, se la pasa llorando cuando cree que no la veo.
-¿Has sabido por qué?
-Es que no le ha gustado nada de lo que mamá planeó para la boda.
-¿Qué fue?
-Manteles menta, cosas plateadas, un brunch y las flores de colores. Marine no sabe cómo decirle que no le gustó nada.
-¿Y qué dice Laurent?
-Laurent acepta todo por la familia, no quiere contradecir a mis padres. Pero bueno, al menos soporta todo y ama a mi hermana ¿Pero no le dirás nada a papá, verdad? Si se entera que Marine y Laurent se besan, enfurecerá. 
-No tiene sentido.
-Es que en Corse besar al novio da a entender cosas.
-¿Cuáles?
-Podrían pensar que Marine no es virgen - señaló Lou bajando la voz.
-¿Perdona?
-Sólo los que se acuestan se besan como ellos dos. Todo el barrio lo sabe.
-Lou, tú los conoces. Marine y Laurent no han hecho algo solos.
-Pero los demás no.

Maragaglio respiró hondo y bebió su camperí, advirtiendo que Sophie había regresado con su novio y para no levantar sospechas, le cedía su vermut. Laurent por su parte, se daba cuenta de que el ánimo de Marine no mejoraba y queriendo recuperar terreno y confianza, pidió permiso a Albert Damon de sentarse con ella, aunque este fuera muy exigente con lo de colocarse frente a su hija y no al lado. El hombre aceptó la condición y tomó la flor de un adorno del vagón para tener un detalle.

-Marine, te regalo una flor, no sé cómo se llama, la verdad, pero ojalá te guste.
-Muchas gracias, Laurent.
-Te he visto cansada ¿Estás bien?
-No he dormido lo suficiente.
-¿Necesitas algo?
-Laurent ¿Crees que la boda sea buena idea?

La expresión de Laurent cambió de preocupación fingida a una de alarma ¿De qué le estaba hablando su prometida? Era muy pronto para soltar algo así y lo más grave era que el plan peligraba. Steliana Isbaza iba a matarlo si no lograba la firma de Marine y él quedaría como un incompetente y un inútil frente a la familia entera. Sabía que si preguntaba cuánto tiempo llevaba ella pensando en esa cuestión, iba a perderlo todo. Entonces, recordó el consejo de su abuela de hacer llorar a Marine si era necesario y luego ofrecerle alivio, recomponiendo su actitud.

-Lo que yo creo es que ambos nos merecemos descansar y divertirnos estos días y verás que en la boda todo saldrá bien.
-¿De verdad quieres casarte conmigo?
-Sí, Marine, estoy muy seguro. 
-¿Me amas?
-Completamente.
-¿Por qué aceptas todo lo que mi familia te pide? ¿Harás todo lo que Maragaglio te diga?
-Lo hago por respeto, por cuidarte de la gente de Corse y porque es importante. Quiero estar contigo, Marine, pero haciendo las cosas bien para que no sufras. No podría permitir que lleguemos a la iglesia y la gente hablara mal de ti.
-¡Laurent!
-Sólo tengamos paciencia, estaremos bien.

Marine soltó a llorar y Laurent aprovechó la oportunidad de aproximarse más y abrazarla, ocultando su rostro para que nadie más pudiera enjugar sus lágrimas.

-Cuando lleguemos a Vichy, te invitaré a cenar con tus hermanas y tus padres para que te sientas más acompañada ¿Está bien?
-Tal vez eso me calme más, Laurent... ¿Llevarás a Maragaglio?
-Es tu hermano.
-¿Podríamos sentarnos lejos de él? 
-Lo que desees.
-Protégeme, por favor.
-Confía en mí.
-Pasemos tiempo juntos en Vichy.

Laurent afirmó con la cabeza y quiso estrechar a Marine una vez más, pero ella lo besó brevemente en los labios a la vista de todos. Maragaglio observó todo con el vaso en la mano y se terminó el camperí con el rostro serio. Lou lo miraba como si algo hubiera salido mal.

-¿Los vas a regañar?
-No. 
-¿Estás enojado, Maragaglio?
-Tampoco.
-¿Qué te sucede?
-Lou, tú y yo somos los padrinos ¿Qué me aconsejas?
-¿Yo a ti?
-Nuestra hermana es la que se va a casar.
-¡Que Marine y Laurent se besen y se abracen y sean felices! A ella le hace falta, mira cómo se contenta.
-Hay un límite.
-Nadie se va a enterar.
-¿Me lo prometes? 
-Sólo viene la familia.
-Y el fiscal Eckhart con su novia.
-No dirían nada, el fiscal ya sabe cómo somos en Corse
-Nos aseguraremos de que no haya tanto "amor". No veo a tu padre muy satisfecho.
-De él me encargo. Nada que un apapacho mío no ablande.
-Nos buenos en la cena, Lou. 
-¿Pasas por mí?
-Y Laurent por Marine.
-Cuenta conmigo.
-Regresaré a mi lugar.

Maragaglio caminó hasta su asiento, pensando en cómo mejorar su venganza. Laurent y Marine habían entablado una conversación que no era nueva entre ellos, pero a él le molestaba escucharla apenas. La mujer decía que no le convencía el viaje por Macao que Laurent planeaba y el otro, como novio perfecto, fingía que estaba a punto de ceder y no hacerlo. Pero Marine, sin advertencia previa, giró su cabeza hacia Maragaglio y luego terminó la conversación con Laurent recordándole que quizás no se hallaban en Tell no Tales, pero sí frente a Albert Damon y para evitar otra conversación incómoda como la día anterior, más valía separarse. Lleyton Eckhart abandonó su sitio un momento para hacer una llamada a su secretaria y Sophie volvió a quedarse sola frente a Maragaglio.

-Es un desperdicio no poder encontrarnos esta noche - dijo ella sacando un cigarrillo.
-Me interesa. 
-¿Esta misma noche?
-El acuerdo sigue.
-¿Qué tan intenso eres?
-¿Qué tanto estás dispuesta a divertirte?
-Llevaré un vestido ¿Está bien?
-Te daré más de lo que deseas.

Sophie Thalmann se quedó expectante y Maragaglio supo que había tenido éxito en su nueva improvisación. Marine había notado lo de su nueva aventura y en lugar de tranquilizarse, a ella ahora le temblaban las manos. Lou desde el bar terminaba con su daiquirí y Laurent se colocaba de nuevo junto a su padrino, declarándose listo para una noche de cita. 

Albert Damon, Goran Liukin Jr. y Lorenzo Liukin únicamente se dedicaron a sentir el ambiente tenso, pero sólo Albert se mantenía intranquilo y rogando porque la noche no fuera a explotar.

lunes, 3 de agosto de 2026

La cabalgata (La boda de Marine X)


Tell no Tales. Viernes, 29 de noviembre de 2002.

La mañana iniciaba en el departamento de Steliana Isbaza en Poitiers y Laurent Ferny revisaba junto al mayordomo su equipaje y su itinerario de viaje, cuando Sandra Isbaza se presentó con el fin de saludarlo y pasar la mañana al lado de su abuela. El clima aún era soleado, aunque las nubes anunciaban que el frío llegaría en dos días más.

-¡Vine a felicitarte por tu boda, Laurent! No se habla de otra cosa en la ciudad.
-Gracias, prima.
-Es una lástima que no pueda acompañarte, sabes que en serio quería estar ahí.
-Me habría gustado.
-¿Nadie puede saber que eres un Isbaza como yo, verdad?
-Creo que no les caería bien.
-¿Marine lo sabe? 
-Por supuesto.
-¿Te aceptó sin reproches?
-Sí.

Para Laurent Ferny, mentir era lo más natural en cualquier relación y pensó que le dolía hacerlo cuando se trataba de Sandra, quien lo abrazaba fuertemente. 

-Te he traído un regalo - siguió ella al soltarse.
-Una cajita... Me gustan las cajitas.
-Lo sé.
-¿Es una rana de chocolate?
-Sólo ábrela.
-No entiendo el color de la envoltura ¿Es magenta?
-Por las novias de Corse.
-Veamos... 

El rostro de Laurent se illuminó.

-Quiero que los uses en tu boda, Laurent.
-¿Son de plata?
-Oro blanco. Los mandé limpiar en la joyería de la calle Deschamps después de ir a la caja fuerte. Me dijeron que eres una estrella en Landstrid Bank.
-¿Son los del abuelo?
-Quiero que tú los conserves, siempre has estado para la familia y sé que el abuelo significa mucho para ti.
-Los pondré en mi traje de novio.
-¿Será mi forma de estar presente?
-Sí.

Sandra volvió a estrecharlo y Laurent sonrió sorprendido por haber recibido los gemelos de Joseph Kerr, creyendo que era un signo de buena suerte. Él valoraba grandemente la memoria familiar y seguía siendo leal a su legado y negocios, deseoso de dejar una huella igual de grande siguiendo sus consejos y estrategias. 

-Me quedaría pero me esperan en Corse para un evento de caballos - anunció Laurent. 
-¿Regresas para cenar?
-Eh, no. Llevaré a Marine y su familia de viaje a Vichy.
-¿Antes de la boda?
-Ella ha estado tensa y sinceramente, yo también. Iremos a jugar en la nieve y tener asados familiares... Te veré cuando vuelva de la luna de miel.
-¿Cuándo será eso?
-Víspera de Navidad.
-¡Buena suerte, Laurent!
-Gracias, Sandra.

Ambos sonrieron y luego de ordenar que llevaran su equipaje a casa de la familia Lorraine, Laurent fingió atender una llamada urgente que lo llevó al estudio. Ahí le esperaba Règine, a quien besó efusivo.

-Casi me dejas sin respirar - sonrió la joven.
-Me voy a Vichy.
-Adiós.
-No te enojes.
-No te vas a deshacer de mí.
-Me harás falta, mujer.
-Créeme que no.

Règine posó sus manos en el pecho de Laurent y luego se juntó a su cuerpo.

-Tengo prisa.
-Tu pantalón dice otra cosa.
-Nos van a descubrir.
-Marco mi territorio, Laurent.

Ella se deslizó hacia el cierre y Laurent cedió mientras la miraba colocarse de rodillas, como la primera vez que se habían involucrado. 

-Voy a extrañarte, Règine - admitió él y entonces se sintió listo para ir por su futuro al barrio Corse.

Eran las nueve y quince de la mañana cuando Lou Lorraine finalmente recibió el aviso que esperaba en la voz anhelada y corriendo, bajó hacia el jardín delantero del edificio Nautonier dónde su padre y Goran Liukin Jr. parecían conversar con cierta tensión mientras miembros del comité de Miss Corse aguardaban por Marine para llevarla al club hípico y hacerle una sesión de fotos con el anillo de compromiso puesto. La novia aún no se decidía a salir y se sentía nerviosa.

-¡Lou, siento que me voy a desmayar! - declaró Marine.
-¿Quieres que te revise?
-Estoy llorando.
-¿Estás emocionada?... Te veo ¡Y estás muy feliz, hermanita! 
-¿Qué dices, Lou?
-Es que Maragaglio está llegando a la ciudad y hoy llevas puesta la esmeralda que te regaló ¡Siempre lo haces cuando estás contenta!

Marine creyó que iba a sucumbir, pero no tardó en ver por la ventana a Laurent llegar y su rostro mostró una sonrisa grande. 

-¡Laurent está aquí! ¡Laurent está aquí! ¡Laurent está aquí! - gritó Lou agitando a su hermana y dándole un beso en sus cabellos.

-Iré con papá y te veré en la cabalgata ¡Yo me llevo a tu novio!
-¿Qué dices, Lou?
-Alguien tiene que recoger a Maragaglio en la estación y yo no me lo voy a perder ¡Laurent va a conocer a nuestro hermano mayor!
-¿Tan pronto?
-¡El padrino y el prometido tienen que congeniar! Te cuento cuando estemos juntas.
-No vayas a ser imprudente, Lou.
-Me comportaré muy bien con Maragaglio ¡Tendremos un bonito día, Marine!

Lou se separó y fue directo con su padre a anunciarle lo de Maragaglio. A lo lejos, Marine se dió cuenta de que Laurent la veía y se apartó de la ventana con un gesto que él confundió con su supuesta timidez.

-Sería conveniente que Laurent nos acompañe a recibir a Maragaglio a la estación de tren - se alcanzó a escuchar, pero Marine no se atrevió a asomarse, así que no vio a su padre, a Lou, a Laurent y a Goran Liukin Jr. tomar camino rumbo a la estación y tampoco supo que el Comité de Miss Corse había puesto flores magenta como decoración en la calle.

Poco antes de las diez de la mañana, un tren proveniente de Hammersmith llegó a Tell no Tales. En su interior, la calefacción funcionaba sin contratiempos y era cómodo, aunque fuera una máquina vieja. El invierno ya había descendido a las montañas y llegaría puntual a la ciudad apenas llegara el primer minuto del mes de diciembre. Pero el aire que erizaba hasta la piel más curtida arribó junto al visitante más esperado del lugar. Maurizio Leoncavallo "Maragaglio" descendía en el andén luciendo un impecable polo blanco, pantalones grises y mocasines también grises. Su reloj era discreto y los lentes que se ajustaba parecían realzar sus ojos aceitunados. Él miraba hacia todos lados y pronto descubrió a la primera persona que le buscaba: otro hombre de gabardina camel, traje oscuro y abrumado por algún retraso. Era Lleyton Eckhart y no le impresionaba en absoluto.

-Maragaglio aquí y cualquier cosa que me diga sobre el diamante o los Isbaza, no es novedad para mí - saludó y Lleyton se descolocó un momento, pensando en que no había manera de que el otro supiera lo que él había averiguado.

-Dudo que quiera investigar a Laurent Ferny sin ayuda.
-Pierde el tiempo, Eckhart. Laurent Ferny Isbaza no entregará ningún diamante. Lo mejor que puede hacer es dejarme tranquilo, tengo un paseo familiar en Vichy.
-Esta faltándome al respeto.
-Puede venir, pero no se meta.
-Es mi caso.
-Es un evento con mis amigos. Arruínelo y le costará un enorme papeleo con el Gobierno Mundial cuando lo despidan.

Lleyton no replicó, pero se dió cuenta de que estar cerca de Maragaglio iba a desvelarle cualquier secreto, así que le dijo que lo seguiría.

-Honestamente, me da igual - declaró Maragaglio y se encogió de hombros.

La estación de Tell no Tales estaba rodeada de árboles y su techo cristalino hizo que Maragaglio se percatase de que, tal y como el nombre lo anunciaba, se encontraba en el cielo. O más bien, sobre una capa de nubes que con un espejo asemejaba el mar. Los turistas se tomaban fotos, pero él recuperó el sentido y descendió unas largas escaleras hasta el corredor donde un sinfín de tiendas y puestos de periódicos ofrecían cualquier cantidad de artículos que se podían encontrar en otro país, en alguna parte contaminada por la urbanización. Sin embargo, el techo seguía siendo transparente y la luz que entraba era cálida, así que eso relajaba los ánimos y permitía ver a una persona que hizo a Maragaglio sonreír.

-Llegamos tarde, me disculpo.
-No se preocupe, prefiero verlo aquí.
-¿Cómo ha sido su viaje?
-Sencillo, afortunadamente. Me da gusto por fin estar con la familia, señor Lorraine.

Maragaglio abrazó a Albert Damon fraternalmente y pronto levantó la vista. Un joven de cabello castaño claro, piel dorada, una barba apenas insinuada, sin duda delgado pero atlético y de aspecto confiable, iba unos pasos atrás y sonreía de manera natural, como cualquier bienintencionado. El pantalón era marinero, gris y con botones plateados. La camisa blanca con mangas de tres cuartos, impecable. Laurent Ferny también había optado por los mocasines y a diferencia de su suegro, ninguna cadena o joya adornaba su atuendo. Maragaglio debía ganarse el favor del padre de Marine a toda costa, así que enseguida se mostró afable con el desconocido y extendió su mano.

-¿Él es Laurent? Es un placer conocer al novio de Marine, me han dicho que necesitas un padrino.
-Han surgido contratiempos con eso - replicó el otro.
-En todo caso, se trata de la familia, así que te ayudaré.
-Usted es el famoso hermano mayor de Marine, me han hablado bastante al respecto.
-Y vengo a honrar mi fama. Como serás de la familia, alguien tiene que ayudarte con Marine.

Maragaglio enseguida notó que Laurent buscaba información y por tanto, le había cerrado la posibilidad con su última frase. Albert Damon disimulaba la incomodidad, pero por algún motivo, se inclinó por respaldar a su "hijo mayor" estrechandolo de nuevo y expresando un "nos alegra que hayas podido venir". Él notó enseguida que Albert lo tuteaba y ese detalle le intrigó más que cualquier juego paralelo.

-Supongo que en este momento iremos con la familia. En serio es bueno conocerte, Laurent - remató Maragaglio antes de que este, con tal de no desprenderse de su piel de novio atento, se ofreciera a llevar la única maleta del invitado.

-¿Viaja ligero, Maragaglio? - notó Laurent.
-La ropa italiana no es muy pesada y planeo comprar ropa de invierno en Vichy. 
-¿Le gusta la ropa de marca? 
-¿Los pescadores saben de eso?
-Trabajo en un banco.
-Entonces ha de recibir unos bonos de vez en cuando. 
-Me recomendaron una tienda de ropa y artículos deportivos en el trabajo.
-Prefiero la marca Leoncavallo.

Laurent no entendió, pero Albert Damon sí y parecía captar que Maragaglio no pensaba revelarle nada sobre sí mismo al prometido de Marine. De todas formas, sí existía la compañía Leoncavallo, aunque sólo diseñara vestidos de novia y fuera propiedad de Enzo Leoncavallo, tío de Maragaglio.

Maragaglio continuó caminando y observaba a todos lados para notar los cambios desde la última vez que había estado en Tell no Tales, dando la impresión de estar distraído. Pero algo lo detuvo abruptamente. Goran Liukin Jr. caminaba directo hacia él con ese aire despreocupado y al mismo tiempo provocativo de los nómadas sin rumbo que abandonan todo. Y frente a él, mantener el rol y el guión por un pequeño segundo fue complejo. Una respiración profunda y morder la punta de su lengua, fue suficiente.

-¡Maragaglio! No ha pasado mucho ¿Cómo están Carlota y los chicos? Se que estuvieron en Finlandia pero la verdad mandé un mensaje, recibí una llamada y ya no supe más.
-Carlota volvió sin contratiempos a París.
-Es una buena noticia ¿Ahora podrás disfrutar de la boda?
-Sí.

Maragaglio pasó saliva cuando Goran estrechó su mano y siguió actuando como podía. Albert Damon estaba por intervenir cuando un torbellino se abalanzó sobre el invitado y este sólo pudo estrechar su suerte.

-¡Maragaglio, qué emoción! - gritó Lou Lorraine.
-Hola, qué sorpresa.
-¡Te extrañé muchísimo! ¡Todas te queremos ver!
-Gracias Lou, eres muy amable... Tengo que dejarte en tierra.
-¡Pasaremos mucho tiempo juntos! ¡Soy la madrina de Marine!

Lou gritó emocionada y acto seguido, besó la mejilla izquierda de Maragaglio. Luego, ya con los pies en el suelo, se separó de él.

-¡Laurent! Te juro que amarás a nuestro hermanito ¡Maragaglio es el mejor!

Laurent asentó con la sonrisa más amplia y sólo le quedó como remedio seguir al grupo con el equipaje sin quejarse. Goran Liukin Jr. comenzó discretamente a reírse del novio y para su sorpresa, Maragaglio reaccionaba igual, aunque él podía ser más libre de burlarse y hacerlo pasar por una carcajada compartida con Lou, quien se colgaba de su brazo y recargaba su cabeza en el hombro. Eso último no le agradó a Albert Damon, aunque por prudencia no lo demostró, limitándose a voltear hacia Goran con seriedad.

-No te preocupes, esta vez nadie tocará a tu hija - aseguró el señor Liukin en voz muy baja. Laurent Ferny no escuchó, pero algo le indicaba que no se había ganado el favor de las hermanas de Marine del todo y le enfureció ver a Maragaglio teniendo toda la atención de su cuñada.

-¡Vamos a montar a caballo y Marine estará tomándose fotos! - siguió Lou y luego, bajando la voz, añadió - Cuando terminemos, nos iremos a Vichy ¡Jugaremos en la nieve! Te haré un muñeco de nieve y nos sentaremos a tomar chocolate.
-Aprovecharé para conversar con Marine cuando estés cansada.
-¡Ay! ¿Por qué Maragaglio?
-Por que no podría hacerlo con unos copos en mi boca.

Lou se rió más y se apartó un poco, hacia donde estaba Laurent.

-Tienes que agradarle a mi hermanito. Maragaglio no es tan fácil de ganar.
-¿Es un tipo complicado, Lou?
-Es muy desconfiado.

Mientras Laurent respiraba hondo y trataba de no abrumarse antes de tiempo con la energía de su cuñada, Maragaglio pasó saliva, pensó en lo que acababa de ocurrir y se expresó un "¿Qué rayos fue eso?", sin evitar voltear y hallar la sonrisa de Lou al instante. Luego se enfocó en ir hacia el frente y recuperó su talante serio para enfrentar lo que viniera. Entonces supo que debía distraer a Lleyton Eckhart y ejecutar sobre la marcha su plan de conquista y descarte, sin esperar por los momentos a solas. Establecer mayor jerarquía, dada la actitud de Laurent Ferny se volvía vital.

El auto de la familia Lorraine era un modesto y viejo Opel corsa de color verde y se notaba que se usaba poco, dado que en la ciudad no se acostumbraba mucho hacer algo diferente a caminar. Había incluso una estación de metro junto al ferrocarril y Maragaglio no evitó recordar un episodio junto a Marine en el asiento del frente, cuando se protegían de la lluvia y las hermanas de ella los vigilaban y bromeaban desde una puerta cercana. No importaba que Laurent depositara su equipaje en la cajuela o que Lou se sentara enmedio de su cuñado y él, algo le remitía con fuerza a la conversación con Marine de ese día, tan banal, tan tonta, sobre lo mal que sabían las naranjas y el olor a tierra mojada. Y de pronto, Lou lo tomó de la mano, devolviéndolo a la escena concurrente. Ella le miraba con buen humor y volvía a recargarse en él.

-¿Te sentarás junto a mí en el tren, hermanito? - dijo Lou y Albert Damon intervino por fin mientras aseguraba su cinturón y se hacía del volante.

-Te sentarás con tus hermanas, sabes que Maragaglio tiene mucho que arreglar con Laurent y con Marine.

Maragaglio levantó la vista y miró un momento a Albert aprovechando el espejo frontal. Laurent a su vez giraba su cabeza en dirección a su improvisado padrino, aunque eso significó constatar que no le hacía caso. Goran Liukin Jr. tampoco pudo evitar mirar de reojo a Albert, aunque comprendió que era parte del plan. Maragaglio sin embargo, se desconcertó y pese a seguir con su propia actuación, por un momento dejó de entender lo establecido para tratar de intuir o adivinar la jugada que tenía enfrente.

Llegar a la ciudad implicaba pasar siempre por esa extensión de la campiña en dónde no pasaba casi nadie, excepto los campesinos con sus carretas para recolectar las flores que se ofrecían en las plazas. De acuerdo a Laurent Ferny, el ramo de novia de Marine ya había sido encargado con uno de los vendedores que llegaba al centro de la ciudad y estaría hecho de azahares blancos junto a un listón magenta. Maragaglio no pudo resistirse.

-A Marine le gustan las orquídeas blancas y las perlas. Estás a tiempo de cancelar las flores y darle a ella algo que le encante.

Maragaglio volvió a sorprenderse a sí mismo por tener en la memoria tal detalle. Laurent se sonrojó en cambio y miró por la ventana respirando hondo. 

-Acabas de recibir el primer consejo de tu padrino, sabes lo que eso significa - mencionó Lou y su cuñado, forzádose a sonreír, le extendió a Maragaglio su prendedor de alcatraz, distintivo que indicaba su importancia y que le daba la libertad plena de acercarse a la novia. Lou lo colocó en su hermano mayor y lo miró a los ojos por varios minutos antes de volver a recargarse en su hombro y sostenerlo por la cintura.

-Lou, deja a Maragaglio en paz - mencionó Albert Damon calmadamente y Goran Liukin Jr. le susurró de nuevo que nadie tocaría a su hija. Maragaglio igualmente volvió a pensar "¿Qué rayos está pasando aquí?" y pasó el resto del trayecto deseando descender del vehículo.

El Club Hípico de Tell no Tales era un lugar muy concurrido por las familias de los distritos de Corse y era común ver excursiones escolares y familias enteras conviviendo con ponies, patos o disfrutando alrededor de un arroyuelo. El lugar era una reserva boscosa y un parque público, aunque los jinetes que practicaban equitación tenían un espacio aparte y los senderos de cabalgata solían cerrarse para rituales privados del barrio Corse, como las bodas y su exigida reunión para un paseo entre la novia, el novio y sus padrinos. Mientras montaban a caballo, los cuatro afinaban detalles de la boda. Lou estaría con Laurent; Marine se contenía al extremo de mostrarse ilusionada por ver a Maragaglio, aunque no lograba entender qué era lo que le emocionaba tanto. Como toda novia corsa, Marine llevaba pantalones magenta y apenas llegó al club, fue enseguida a las caballerizas a elegir el ejemplar para su sesión de fotos. Pero en lugar de posar con glamour, Marine decidió ayudar a preparar a una hembra azabache con su limpieza y equipo. El comité de Miss Corse parecía complacido con la disposición de la novia, aunque ella ocasionara que las fotos se tomaran a distancia. Pronto, otro caballo, también negro, se aproximó a Marine espontáneamente, así que accedió a cepillarlo. Al hacerlo, unas lagrimillas rodaron por su rostro.

Cuando se reportó que un Opel Corsa entraba al club, el personal se alistó para recibir al padrino de la novia con instrucciones claras. Los caballos de Laurent y Lou estaban listos y se preveía que tomarían el sendero este, mientras la novia y su padrino se irían por el oeste para reunirse al final en otras caballerizas. Como era necesario un chaperón para cuidar a cualquier mujer corsa, había dos guías, dos jinetes que también podían atender alguna emergencia y traían radios en el bolsillo. Maragaglio no se sorprendió por los protocolos, sino por la velocidad. Como el tiempo para el viaje a Vichy era limitado, urgía realmente su presencia y apenas bajó del auto, un séquito le colocó el equipo para montar. Laurent y Lou enseguida recibieron el suyo y fueron apartados del padrino. Lleyton Eckhart, quien había llegado un poco después, miraba con extrañeza todo aquello y supuso que no haberse parado mucho por el barrio Corse hacía que no se sintiera cómodo con sus tradiciones.

-¿Dónde está Marine? - preguntó Maragaglio, a lo que una mujer contestó que se hallaba "con los caballos". Observando, él se dió cuenta de dónde ir y sin mediar palabra, enfiló sus pasos por varios metros hasta una puerta verde claro de madera. El interior estaba vacío de gente, excepto la novia y todo porque al arribar el padrino, se respetaba ese contrato no dicho de privacidad. El fotógrafo se había salido y el comité de Miss Corse parecía contento: Si Marine Lorraine proyectaba una imagen de amante de los animales y comprometida con el parque y costumbres de sus vecinos, el barrio aún podía obtener el título de "Miss Comunidad", premio vacante de Miss Nouvelle Rèunion y que era tan prestigioso como la corona de belleza. A Maragaglio le pareció que era innecesario, aunque no opinó al respecto y atravesó hacia el interior. El silencio se quebró apenas con el crujir de la madera.

A escasos pasos, abrazando todavía a uno de los caballos, Marine Lorraine reconoció el olor de Maragaglio, el sonido de sus pisadas, su respiración acelerada y sobretodo, ese suspiro ligero previo a dirigirle la palabra. Ella no pudo ocultar la felicidad, aunque no se soltaba.

-¡Marine! He venido a tu casamiento, como lo prometí - saludó él. A ella se le congeló el gesto un segundo.

-No tuve dificultades para llegar, creí que sería tardado, pero la nieve no ha llegado. Me dijeron que en Vichy apenas esta noche nevará - continuó él - Lo cual es bueno porque podremos jugar con tablas en el resort que reservó Laurent. Tu novio me cayó bien, parece un tipo serio y parece que ser su padrino tiene como ventaja acercarme a ti.

Marine pasó saliva, aunque optó por seguir sosteniendo al animal y Maragaglio entendió que estaba acelerando el ritmo con sus palabras, así que tomó un cepillo y aprovechando que la yegua continuaba ahí, decidió peinar su crin.

-Ya la peiné - por fin habló ella.
-Pero le gusta ¿Ves cómo insiste?
-¿Eres experto en equinos, ahora?
-No, Marine, pero me gusta consentirlos... Mira, le agrado.
-¿La montarás?
-No sé.
-La alisté.
-Si quieres, la tomo.
-Veo que traes el prendedor de alcatraz.
-También tú.
-Me lo dió Laurent.
-Lou me lo puso cuando él se lo dió.
-Maragaglio, esto es tan extraño.
-¿Por qué lo dices? 
-Juraría que tramas algo y al mismo tiempo... ¡No sabes cuánto me alegra que hayas venido!

Marine no pudo ocultar más su felicidad y se arrojó a los brazos de Maragaglio, quien en lugar de congelarse, se permitió disfrutar del abrazo por los segundos que duró. Ella, que había tenido la mirada apagada y perdida, de repente volvía a la vida y ambos se miraron a la cara por segundos que se sentían eternos.

-Tenemos que hablar, Marine.
-Estoy de acuerdo.

Maragaglio sabía que no había testigos, así que decidió clavar su primera daga sin preámbulos. Contrario a lo esperado, una rabia triste se apoderó de él y por un momento, dejó la actuación para dejar ver un rostro iracundo y herido.

-Lo del ADN realmente me hirió Marine.

Ella no pudo disimular y el llanto salió como un borbotón.

-¡No pensé en ese momento!
-¡Hiciste llorar a Susanna!
-¿Qué dijo tu esposa?
-¡No he podido hablar con ella, no quiero...! ¡No tenías derecho de mandarle nada!
-¡Perdóname!
-¡No estaba listo para saber! ¡Por algo no busqué a mi padre! Marine ¿Cómo te atreviste?
-¡Quería llamar tu atención, lo siento! 
-¡Llevas cuatro años llamando por teléfono! ¿Qué más atención querías? ¡No puedo ser tu amante, niña! Tú y yo terminamos ¡No tenías derecho de vengarte! ¡Eras mi amante, no mi mujer! ¡Sabías que no dejaría a Susanna por ti!

Marine no pudo responder y bajó la cabeza.

-Dijiste que estabas pagando lo que me hiciste ¿Me mentiste, Maragaglio?

Él suspiró y luego miró los ojos de ella. Quería terminar el primer acto, pero en ese momento, el cuerpo lo traicionó.

-Dejé a Katarina irse con un muchacho y lo primero que hice fue pensar en ti.

Maragaglio tenía sus manos en el rostro de Marine y se colocó a su altura.

-¿Cómo voy a sobrevivir a mi padre aquí?
-Maragaglio, perdóname.
-¡Goran Liukin Jr. está ahí y no le importo!
-Maragaglio...
-¡Me abandonó y ahora me trata como si no hubiera arruinado mi vida! 
-¡No te quería lastimar así, eso es verdad!
-¿Sabes cuántas ganas tengo de matarlo ahora? ¡Y no se va arrepentir jamás! ¡Nunca le ha dolido abandonar a nadie!

Marine quería arrodillarse para suplicar perdón, pero Maragaglio fue quien cayó primero, queriendo esconderse y morder sus nudillos. Pero ella prefirió levantarlo y abrazarlo fuertemente. Él se quedó pasmado un momento y se dió cuenta de, otra vez en cuestión de minutos, estaba cediendo ante la sensación de estar con Marine. Habían pasado cuatro años. Y el abrazo era cálido y especial. 

-Debo ignorarlo - pensó él y se soltó, aunque sostuvo los dedos de Marine.

-Si quieres hacerme daño, me lo merezco - lloró ella.
-No, Marine.
-Es a lo que has venido ¿Por qué más estarías en mi boda? ¡Destrúyela, destrózame, dile a Laurent de nuestra historia! Te conozco, Maragaglio. Quieres vengarte ¡Y quizás deseo que lo hagas!

Maragaglio negó con la cabeza cuando logró recomponer su personaje.

-He traído tu vestido de novia. No necesito derrumbar nada, no he viajado tanto para hacerte sentir avergonzada. Vengo a despedirme, Marine. Y si tengo que apoyar a Laurent para que tengas tu final feliz, entonces soy el primero en decirte que te cases con él. 
-No tengo la fuerza de decir que lo amo.
-¿Te ha preguntado?
-Le he asegurado a mi padre que quiero a mi prometido.
-Somos amigos, Marine. Vamos a platicar de verdad, te ayudaré a casarte. 
-Hace poco te rogué por volver a tu lado.
-Estarás mejor sin mí.
-Si tu revancha es que yo sea esposa de Laurent, estoy de acuerdo.
-Marine, no te estoy castigando.
-¡Quiero que esta pesadilla termine!
-Entonces corre por tu prometido.

Marine iba a romper en llanto, pero Maragaglio llamó a Laurent y este último entró a la caballeriza con curiosidad. Apenas iba a preguntar qué sucedía cuando Marine Lorraine tomó su rostro y lo besó con la pasión que la asaltaba en ese momento.

-¡No es la primera vez que se besan así! - exclamó Lou que también iba entrando. Maragaglio giró con sorpresa.

-¿Qué dices?
-Marine y Laurent se besan como si quisieran comerse la boca.
-¿Los has visto?
-Soy chaperona... Pero no le digas a papá, por favor.
-Los novios se besan.
-Pero no en Corse.

Maragaglio miró a la pareja y algo en él se disparó. Una molestia, un pensamiento sobre golpear a Laurent, sobre estrellarle la cabeza contra una banqueta. 

-Eh, basta. Hay que tomar los caballos, debemos ir a Vichy después.

Marine se apartó de Laurent luego de la orden de Maragaglio y enseguida se colocó el casco para montar. Su prometido la veía con una incontenible euforia y Lou, feliz, lo jaló para ir por su lado. Maragaglio y Marine quedaron de nuevo solos, pero no podían dirigirse la palabra. Ambos intentaban ver hacia otro lado y terminaron de alistarse para su paseo. Estaban incómodos, ambos con la certeza de equivocarse y Maragaglio, determinando que debía recuperar terreno, quebrantó su propia regla de torturar a la mujer con su deseo. Sin advertencia, sin señales, probó la boca femenina. 

Marine perdió el aliento, la cordura y la noción del tiempo por un instante. El recorrido juntos sería silencioso, íntimo. Y la venganza había concluido exitosa su primer capítulo.

martes, 17 de febrero de 2026

El viaje hacia Marine (La boda de Marine IX)


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

Luego de pasar el resto de la mañana y el mediodía durmiendo, Susanna y Maragaglio estaban en cama conversando sobre lo que había pasado en las últimas semanas. Al principio, cariñosos y tranquilos, abrazándose. Sus hijos permanecían en el colchón de al lado, silentes y angelicales, como no habían logrado estar desde que su madre se había internado.

-La boda de Katarina y Marco fue preciosa. Es una pena que te la perdieras ¿Cómo la arreglaste?  preguntó ella.
-Unas llamadas y un juez enfermo bastaron.
-Nuestra niña creció... ¿Sabes? Katarina dijo que te quiere. No creía que harías algo así por ella.
-¿Por qué no?
-Ahuyentaste a Marco antes.
-No tiene mucho qué ofrecer.
-¿Con una familia bonita no te basta?

Maragaglio sonrió y luego besó la mejilla de Susanna.

-Nos hacía falta estar así - mencionó él.
-¿Sin hacer nada?
-Juntos.

Ambos se miraron y sonrieron como siempre lo habían hecho. Susanna lo estrechó más y podía escuchar su corazón.

-¿Qué pasó en París? Siempre te escuché cansado.
-La investigación de los diamantes se complicó. El almirante Trafalgar intervino y echó a perder la captura de Sergei Trankov.
-¿Cómo? ¿Hizo todo mal?
-Peor que un novato, Susanna. Me puso en riesgo, casi le disparan a Carlota Liukin y tuve que dejar ir a ese terrorista.
-¿Ayudaste a Trankov?
-No hubo remedio.
-Cuéntame lo de Carlota.
-Si Ricardo Liukin se entera, me va a reportar con Intelligenza.
-Tengo entendido que esa niña le cuenta todo a su padre.
-Esto no.
-¿Por qué?
-¿Te acuerdas del diamante dorado que encontré cuando Trankov irrumpió en la pista de hielo aquí en Venecia?
-Katarina terminó temblando.
-Resultó ser de Carlota.
-¿Qué?
-Es de Carlota Liukin y Trankov lo robó para venderlo en la matriz de Cartier en París. No lo logró y fue a devolverlo personalmente sin mucho éxito. Pero él aprovechó que fuimos al Trophée Bompard para regresar a Francia y vender otras piezas ¿El dinero? Sólo efectivo, ese ya se perdió ¿Los diamantes? Incautados, excepto uno que debo rastrear.
-¿Por el que te mandaron a Tell no Tales?
-No quería irme, pero me prometieron darme unas vacaciones cuando termine la misión. Me esforzaré para estar aquí en Navidad.
-Apenas nos reunimos.
-Tengo veinticuatro horas para llegar. 
-¿A qué hora pasan por ti?
-A las tres y el avión sale a las cinco. Aterrizaremos en Sudáfrica y otro vuelo nos llevará a Hammersmith. A Tell no Tales sólo se llega en tren, así que tomaremos el viaje rápido y rezaremos por estar a la hora.
-¿No es demasiado?
-El diamante sospechoso se entregará en una boda.
-¿Quién se casa?
-Un tal Laurent Ferny ¿Sabes qué es lo extraño? Que sospecho que se trata de un pariente de Steliana Isbaza, la dueña de Industrias Isbaza.
-Esa gente sale en los periódicos.
-A los Isbaza se les investiga desde hace mucho por lavado de dinero. Si el diamante es el correcto, por fin caerán.

Susanna frotó el brazo de Maragaglio y acercó su rostro al de él, juntando su narices. Cuando surgió el beso, Susanna estuvo lista para dejarlo ir.

-Me da miedo.
-Susanna, no creo que me apunten otra vez.
-A veces hablas con ligereza de las armas con las que te atacan. 
-Si no lo hago así ¿Podría con el trabajo?
-Eres el jefe.
-Me ascendieron y el próximo año seré un funcionario de oficina como siempre lo planeamos.
-¿Qué dices?
-Cuando regrese, te daré los detalles.
-¿No te irás y podrás estar más conmigo y los niños?
-Una vez al mes tendré que ir a rendir informes al almirante Borsalino en París, pero serán viajes cortos. Te gustará el cambio.
-¡Pasaremos más tiempo cerca de mi papá aquí en su casa!
-Susanna, me gustaría que fuera así.
-¿Te van a trasladar?
-De vuelta a Milán.

Susanna estrechó a su marido, pero no se le ocurría la forma de decirle que prefería quedarse en Venecia a volver, como era seguro, a la casa Leoncavallo y sus artefactos viejos y muros testigos de gritos y heridas profundas. Milán no era un buen recuerdo para nadie ¿Por qué sería distinta la experiencia con un ascenso?

Maragaglio en cambio, tenía en mente todas las mentiras que acababa de contar. La verdad era que el diamante dorado seguía en resguardo en Intelligenza porque Carlota Liukin peligraba si descubrían su habilidad de llorar diamantes y él no iba a delatarla. Otra cosa importante era establecer a Katrina como su amante fija, por eso la mantendría en París, en un departamento discreto del Edificio Méliès. Y nada de hablar sobre Marine Lorraine, porque la boda en Tell no Tales era su venganza contra ella y nada que ver con un contrabando que existía, pero que no podía exponer aún.

-Maragaglio, hay un tema del que no podemos hablar porque están los niños y no te queda mucho tiempo, pero hay un sobre del que preferiría no haber sabido.
-¿El del ADN?

Susanna no logró resistir sus lágrimas y estrechó aún más fuerte a su esposo.

-No estoy listo. No consigo entender por qué.

Ella posó sus ojos sobre el rostro de él y notó esa tristeza silenciosa que contenía el llanto. Pero sabía que la situación era diferente por el gesto de abandono. El mismo rostro le había visto por la muerte de su madre hacía ocho años, a pesar de la enorme distancia y el rechazo que ella había demostrado siempre.

-Concuerdo en platicarlo todo antes de enfrentar a la familia. Las preguntas que les haré a ellos no son las mismas que voy a contestarte, Susanna. Todavía puedo vivir con lo que tú y yo leímos.

Susanna asentó y reanudó con fuerza ese abrazo. Maragaglio entonces supo que lo que resultara con Marine Lorraine, era indetenible.

Al cabo de media hora y de una ducha rápida, Maragaglio se dispuso a salir de la casa del señor Berton, con su abrigo negro, sus guantes, vestido de traje, pulcro y estilizado. Pero para Susanna, era un día normal, uno donde su marido iba a concretar una misión y le llamaría cuando pudiera para preguntarle si quería un regalo. Afuera, un vehículo acuático de Intelligenza Italiana aguardaba por él y la familia Berton salió detrás: Anna y su padre porque sabían perfectamente que estaba pasando en realidad; los sobrinos porque se despedían del tío favorito, los hijos porque no querían separarse de su padre y Susanna con su otro bebé, ella intentando no llorar como siempre que él se marchaba. Pero esa vez, el profesor Hazlewood también decidió despedirse, aunque en realidad, tenía la débil esperanza de detenerlo en sus intenciones.

-Maragaglio, deseo que tenga un buen viaje.
-Gracias, Hazlewood.
-Ojalá los inconvenientes no sean grandes.

Maragaglio comprendió enseguida.

-En estas situaciones deben asumirse.
-Pero no llegar a extremos.
-Podría ser necesario.

Entonces, Hazlewood advirtió en voz muy baja:

-Va a salir muy lastimado.
-Es un incendio.

Ambos disimularon dándose la mano, aunque Maragaglio miró hacia al frente, descubriendo al doctor Pelletier detrás del cristal de una ventana.

-Que ese idiota no esté cerca de mi esposa.
-Cuente conmigo.
-¿Por qué lo aceptó en su casa?
-Ha estado nevando.
-¿Es usted bondadoso?
-Pelletier es el cardiólogo de mi hijo.
-Manténgalo lejos, no queremos que le rompa los nudillos.

Maragaglio dedicó una última mirada amenazante a Pelletier y volteó hacia Susanna para besarla. Después de eso, finalmente subió al vehículo y se le consideró agente en servicio.

En la todavía clausurada ciudad de Venecia, ver caminar a Maragaglio hacia el canal levantaba una extraña expectativa entre los vecinos porque pensaban que era un hombre de aventuras interminables. En la ciudad llegaban a circular rumores de supuestos viajes secretos a Sudamérica para cazar mafiosos; otros decían que la mafia local retrocedía apenas sentían la presencia del hombre aquel y otros, que algún contrabandista lo mantenía en persecución y que al atraparlo, sería noticia nacional como en otras ocasiones. Verlo abordar la lancha de Intelligenza Italiana también tenía un encanto sofisticado, como el de una estrella de cine inalcanzable. Pero de nuevo Susanna rompió la imagen con su abrigo café, con sus botas con flecos y adornos coloridos de cuentas multicolor y claro, su delatado vestido hippie. Ella había corrido espontáneamente para darle a él su copia de las llaves de la casa, a dónde irían terminado el trabajo. Las llaves de Maragaglio estaban adornadas con plumas y un corazón bordado con el nombre de su mujer y él enseguida las colocó en un bolsillo de su saco, rompiendo la extrema seriedad de su atuendo, aunque sin restarse porte. Qué manera de recordarle a Venecia que ante todo, era un hombre casado con la mujer que más lo amaba en el mundo.

Pelletier por su parte, observó a Susanna caminar hacia la casa Berton con la mirada y la sonrisa más tiernas que nunca había visto; pero Anna, su hermana, no estaba feliz y no evitó regañarla.

-¡Tenías que ir detrás de Marabobo! ¡Ya métete, hace frío!
-Le di sus llaves.
-¡No las necesita! ¡Sabe que le abrirás la puerta!
-Se las decoré con plumas que cosí en el hospital, fue una sorpresa.
-Como si a ese imbécil le importara.
-¡Él le puso un corazón bordado con mi nombre!
-¿Por qué te emocionas? No entiendo.
-Es mi marido, Anna ¡Lo amo!
-¡Te fuiste a congelar por una tontería!
-¡Basta, Anna!
-Susanna, no quiero que sigas con tus actitudes de niña boba ¡Eres una adulta! 
-¿Me dejas en paz? ¡Maragaglio se acaba de ir!
-¡Él debió quedarse a cuidarte!
-¡Él recibió una misión desde Intelligenza desde hace meses y la dejó por cuidar de los niños!
-¡Es lo mínimo que debe hacer!
-¡Estoy en casa! Las cosas han vuelto a la normalidad. Te pido que no te metas, Anna.
-¡Mi padre no te echa porque aquí están tus niños, pero no vas a volver cuando el infeliz de tu esposo regrese! ¡Esta no es tu casa! ¿Crees que estamos en una reconciliación familiar? ¡Mientras continúes casada con Maragaglio, tú no perteneces a nuestra familia! ¡Ya basta, pero contigo y Maragaglio, Susanna!

Susanna Maragaglio no replicó y bajó la cabeza. Anna Berton se dio cuenta de que había lastimado a su hermana y tomó distancia porque pedirle una disculpa no era algo que haría porque no se arrepentía de sus palabras. La propia Susanna comenzó a llorar en silencio, cubriendo su boca y entonces, Anna contempló de nuevo a Luc Pelletier, testigo de la escena, preparando unos pañuelos para salir y ofrecerlos.

-Venga, Susanna, volvamos con los niños. Luego discutimos esto - dijo la mujer y sin dejar de ver al improvisado vecino, dirigió a su hermana al interior. Pelletier sólo escuchó por parte de Fabrizio Antonioni que los Berton solían discutir en la calle por generaciones.

-Mejor vengan a comer la sopa - dijo Edward Hazlewood y Pelletier se alejó de la ventana, no sin pensar que se había tardado en salir a calmar a Susanna.

Ajeno a la situación en casa, Maragaglio navegaba con prisa hacia la terminal de Tessera. El avión a Port Elizabeth era de carácter oficial, aunque se camuflaba con turistas. Él pasaba directamente a la pista, así que alistó su identificación y su golden card para que nadie pudiera objetar su presencia. El frío en Venecia cedía con las nevadas por el resto del día y con ese tiempo contado, Maragaglio planeó las actividades de su viaje: Leer las cartas de su hijo mayor que había aprendido a escribir, revisar sus papeles sobre las facturas de diamantes vendidos en Tell no Tales, esquivar a las azafatas, llamar a casa a la mitad del vuelo y al aterrizar; volver a hacerlo al llegar a Hammersmith y en el tren y finalmente, avisar que había llegado a su hospedaje en el barrio Corse. Sin embargo, eso no descartaba devolver las llamadas a Katrina, quien le preguntaba cuando volvería a París a verla.

-Maragaglio llama... Voy a Tell no Tales como está planeado... Sigo con ese tema ¿Te molesta?.. No voy a tardarme más que unos días... Claro que te veré antes de reunirme con mi familia... En esta lancha nadie habla francés, no me preocupa... Me alegra que el apartamento te haya gustado... La renta está cubierta ¿Cómo vas con la tarjeta de crédito? ¿Me llegará un gran golpe?... Si te gustó, compra ese pantalón...Ir a París a verte es más que una promesa.

Katrina escuchaba a un Maragaglio de tono serio y eso la hacía sonreír, sobretodo por lo convincente que sonaba. Aunque en el fondo, le preocupaba tener que recoger los destrozos. Intuía que en la boda de Marine algo por fuerza resultaría en una consecuencia sumamente dolorosa. 

Maragaglio de despidió de Katrina con un "te quiero" y sintió que a partir de ahí, la travesía se volvía más seria. Cerca de Tessera luego de navegar por veinte minutos debido a la falta de tráfico, él se dió cuenta de algo: su equipo se había reunido para desearle la buena suerte... Bueno, los que no tenían influenza. Un par de becarios, una pareja de agentes y la chica que preparaba el café. Todos ellos con la ilusión de que se llevara de última hora a uno como asistente en la investigación.

-Ciao a tutti! - saludó Maragaglio. 
-Capitano! Le hemos traído un regalo y venimos a desearle suerte - dijo uno.
-¿Creen que no conozco sus intenciones? - replicó con severidad y descendió de la lancha ágilmente. El grupo reaccionó como niños recibiendo una reprimenda y quedó establecido que no estaba jugando. Aún así, los miraba con agrado.

-Regresaré a la oficina cuando sea posible ¿Alguien de Tell no Tales se ha comunicado o hay información importante?
-Hace un momento llamó el fiscal Lleyton Eckhart para decir que lo esperara en la terminal del "Tren del Cielo" y que espera que las nevadas en Vichy no lo obliguen a quedarse varado en las vías - dijo uno de los agentes.
-¿Alguna información útil?
-Se confirmó que Steliana Izbasa adquirió un diamante recientemente. Eckhart nos envió la copia de la factura.
-¿Cómo la obtuvo?
-Se entrevistó con la señora Izbasa.
-¿Por qué se adelantó?
-Le pareció adecuado.
-¡La alertó! No pierdo más tiempo, me voy ¿Los pasajeros abordaron?
-No todos.
-No importa. Arréglenlo con la torre de control. Los veo a mi vuelta.

Maragaglio caminó velozmente hasta el avión y lo abordó con la prisa de alguien que tendría que enseñarle a un desconocido cómo hacer una pesquisa de rutina. Entonces, le alcanzó otra persona.

-Agente Maragaglio, saqué el expediente que solicitó.
-No esperaba verte aquí.
-Necesitas compañera de viaje.
-¿Quieres tu despido irrevocable? Inteligencia Española pregunta por ti.
-De seguro te resultará interesante el tal Luc Pelletier ¿Qué nexo tiene con tu caso?
-Es lo que pretendo descubrir. Gracias por los papeles y hasta nunca, Alondra.
-¿Quieres que continúe al frente de la oficina?
-Para eso delegué a otra persona. Te vas a Madrid.
-¡Voy a delatarte con tu esposa!
-Házlo.
-¡Ella te va a matar!
-Estoy preparado.
-¡Te denunciaré con tus superiores! ¡Por esa tal Katrina has desviado fondos del Gobierno Mundial!
-Recibí la anuencia para darle una tarjeta de gastos. Aprende a perder.
-¡Merezco una explicación!
-Te la di hace días... Alondra, tú y yo sabemos que fue divertido, pero tengo una esposa.
-¡Estás cambiando de amante!
-No es personal, Alondra.
-¡Pasamos cuatro años!
-No seguiremos con esto.
-¿Ese tiempo te parece nada?
-El problema es que no puedo detenerme. Alondra, apártate ahora y quédate ilesa. Voy a un incendio.

Alondra no entendía las metáforas de Maragaglio, pero lo vio entrar al avión y la puerta cerrar detrás de él ¿Qué sucedía? ¿Por qué su otrora amante se marchaba abruptamente? 

-¿A qué vas a Tell no Tales, Maragaglio? Sólo es una boda - pensó, sin indagar más porque el resto del equipo cubriría a su jefe inmediatamente.

Para Maragaglio, sin embargo, tomar su lugar significaba trabajar inmediatamente. Él mismo apagó el celular y comenzó a revisar los papeles de archivados casos variados que había encargado a su equipo. Existían avances, evaluaciones y recomendaciones, así que un viaje tan largo no podía ser aburrido. Incluso la azafata inició su servicio apenas el avión ascendió, aunque él sólo prestara atención al ofrecimiento de agua. A la escasa gente que lo rodeaba le impresionaba la cantidad de hojas blancas y notas de colores que él iba llenando de claves, de caritas felices o enojadas y de sus propias notas que eran severas. Si existía algo que desesperaba a Maragaglio, era resolver un caso después de leer el expediente. Aunque fueran tareas escritas de los pasantes.

-¿Por qué tengo que leer conclusiones tan malas? - se repetía cada vez y continuaba dando las calificaciones que le parecían justas. Cómo cada año, de su evaluación final dependía el futuro de los becarios y esta vez, sólo uno parecía ganarse su preferencia para continuar en el servicio, aunque sospechaba fuertemente que se trataba de un hacker al que aún no le veía la cara. La división de Informática rara vez le pedía una opinión, pero el prospecto era demasiado perfecto. 

-Veamos, Thorm Magnussen, con qué me vas a salir hoy - murmuró para sí mismo. El expediente de Alondra sobre Luc Pelletier venía sellado y sí, con la insignia de los genios en computación que nunca sabían cómo y cuándo se infiltraba Magnussen hasta que les dejaba un desastre. El Gobierno Mundial ofrecía una enorme recompensa por el tipo, pero Maragaglio no iba a entregarlo mientras cualquier información, personal o de investigación, le fuera útil.

-Luc Pelletier, expediente 07834-2894745, ¿Policía nacional francesa?... ¿Policía nacional suiza? ¿Quién es este idiota?

A Maragaglio le alertó un momento. Los expedientes civiles no solían mostrar autorizaciones judiciales y la información se entregaba a discreción a los cuerpos de inteligencia que lo requerían ¿Y si Pelletier fuera un espía? El único remedio era guardar la calma y llamar a su equipo en Venecia si era necesario resguardar a su esposa.

-Luc Pelletier, ciudadano francés, cuarenta y dos años, nacido en Rouen el 17 de julio de 1960 ¿Comparte cumpleaños con Susanna?

Tal detalle lo hacía querer volver a casa, pero antes de tomar la decisión, continuó.

-Pelletier es médico titulado por la Escuela de Medicina de la Sorbona de París, residente del hospital de Saint Denis, con especialidad en cardiología por la Universidad de Zurich, residente en cirugía cardiotorácica por el hospital de la Universidad de Hamburgo y era jefe de cardiología en la clínica de la Universidad de Lucerna e investigador del síndrome de Marfan... Edward Hazlewood debió pasar mucho tiempo buscándolo para que atendiera a Marco.

Maragaglio pensó que quizás en el mundo académico era muy normal buscar especialistas para cualquier área sólo haciendo preguntas e intercambiando teléfonos con la esperanza de llegar al mejor cualificado y que este a su vez no rechazara un caso. De acuerdo al expediente, Pelletier había sido muy exitoso en el diseño de terapias para personas con cardiopatías y dictaba congresos sobre enfermedades congénitas.

-¿Por qué dejó todo por... Bueno, San Marco della Pietà? No lo conoce nadie - curioseó y volvió a sumergirse.

-Su padre tiene un programa de debate y análisis filosófico, literario y político en Francia; su madre es una ensayista y crítica cultural que también habla en televisión... ¿Los dos son ganadores del premio Nobel?... La madre es Ava Marie Pelletier y en el '66 ganó en literatura por sus ensayos sobre la dinámica social europea posguerra y su padre, un tal Jean Folke Pelletier lo obtuvo en matemáticas en el '77 por sus textos escolares... ¿El escribió ese maldito libro sobre cómo hacer cálculo mental de ecuaciones complejas? ¡Toda Europa te odia, imbécil Jean Folke Pelletier! 

Maragaglio supo que desde antes de saber de Luc Pelletier, ya despreciaba a otro miembro de su familia sin conocerlo. Y sí, tenía razón junto con cualquier joven de 1977 o de 2002 de detestar la obra de un tipo que provocaba desvelos, exámenes reprobados y la obligatoriedad de estudiar sus trabajos.

-No puede empeorar... Educación... Luc Pelletier, internado Hallstead en Noruega, educación básica. Liceo Friedrich Wöeller, Hamburgo... ¿El hermano es Nobel de la Paz?... Jean Fuller Peletier, reportero estrella en Le Monde, galardonado en 1995 por denunciar el genocidio de Togo y Benin e impulsar la creación de los tribunales especiales para el genocidio en África... Desapareció al poco tiempo de saber del premio.

Aquello interesó a Maragaglio, que leyó lo poco que había reportado la policía suiza: Jean Fuller Pelletier le había llamado a su hermano, Luc Pelletier, un 19 de octubre de 1995, para verse antes de que partiera a una nueva misión humanitaria en los Balcanes. Ambos habían acordado encontrarse en una cafetería del centro de Lucerna, pero una llamada de último minuto hizo que Luc viajara a Venecia, sin concretar nada. El reporte francés de la desaparición lo había levantado Jean Folke Pelletier luego de recibir otra llamada dónde Jean Fuller le pedía que evitara que su hermano acudiera a la cita en Italia a toda costa.

-¿Qué sucedió aquí? ¿Por qué insistir en ver al hermano y luego rogarle al padre que lo evite? No tiene sentido... O sí. El tipo era reportero y la única razón sería que sabía que lo estaban siguiendo... Pelletier levantó reporte en Italia, aquí está. Jean Fuller le dijo por teléfono que saldría hacia Bosnia vía Trieste... Luego le ¿suplicó? conversar en Venecia y Jean Fuller nunca apareció. Luc Pelletier habló con su madre la noche de la denuncia y enseguida se reunió con sus padres en París. Jean Fuller no ha aparecido en siete años y no hay rastro más que el de una bitácora en un hostal de Trieste el día 14 de octubre... 14 a 20 de octubre, última señal de vida en Venecia.

Entonces Maragaglio pensó. Luc Pelletier distaba de ser un entrometido convencional. Era un investigador forzado, un detective de cosas que a nadie le interesaban para que nadie se percatara de su verdadera misión; pero ¿No era contradictorio que ese interés nuevo en la sangre Liukin - Leoncavallo lo colocara potencialmente en el radar del MI6? ¿Qué buscaba en la familia? ¿Eran un rumor, una pista? O Pelletier no se atrevía a pedir ayuda, aunque era muy noble pensarlo.

-Además me entregan una notita, es hasta romántico - dijo en ironía, pero la información acabó por cambiarle el ánimo definitivamente.

"Dos cosas que debes saber: Trieste, Venecia y Bosnia igual a safari. Y tu ADN fue un hallazgo fortuito, Marine Lorraine quiso ayudarte. Ella no me conoce, no sabe que yo fui el responsable de descubrirte. Que el Gobierno Mundial no te importe".

Maragaglio destruyó el papel enseguida y decidió contestarle a la división de informática su veredicto sobre el ignoto becario. Fue un contundente "sí".

-"No nos toparemos en la oficina, el becario es una fachada, te metiste directamente conmigo y veré cómo cobrarte por lo que le haré a Marine... Pero acepto tu oferta, Magnussen. Provéeme de la información y yo te cubro la espalda hasta del mismo Sergei Trankov" - caviló para luego prender el teléfono, llamar a su equipo y darles el número del expediente italiano de Jean Fuller Pelletier.

-Quiero ese caso, trabajaré en él pasadas las fiestas de fin de año. Solicítenlo en el archivo escrito de la policía y no lo registren. La caja está sellada, así que despediré al que intente ser curioso - advirtió, sin aclarar que era un nuevo objetivo en solitario.

Conforme pasaban las horas de vuelo, Maragaglio intentaba armar el rompecabezas de las situaciones que lo mantenían ocupado, intentando a fuerza encajar las piezas porque estaba seguro que existía una historia adicional, un capítulo que ligaría cada guiño, un trozo que explicaba otro episodio, pero no hallaba la clave ¿Acaso este todo tenía que ver con el otro todo que todavía no alcanzaba a explicarse? Hasta que recordó el diamante que supuestamente le entregaría una ruta de lavado de dinero y el corazón desangrado y hecho añicos de Marine. Era hora de estudiar y lo hizo.

-Laurent Ferny, corredor de bolsa, treinta años. Explorador, maratonista, pescador deportivo. Su firma lo ha ascendido a administrador de bienes en el Landstrid Bank. Será el encargado de las cuentas de Industrias Izbasa... ¿Laurent será el lavador? Pero sería muy estúpido algo tan obvio. Si tendrá acceso a cuentas, a reserva de lo que ya haya averiguado Lleyton Eckhart, es cierto entonces que Ferny es un familiar, tal vez un sobrino o un nieto. Pero si el plan es "limpiar" los ingresos ¿Cómo han conseguido que nadie preste atención al operador? Lo he descubierto sin esfuerzo, señor Ferny pero ¿A qué me estoy enfrentando? La familia Izbasa me causó un par de dificultades la última vez que estuve en París. Es evidente que de algún modo tienen que blanquear los ingresos derivados de las redes de Marian Izbasa, quien mantiene agencias de modelaje, pero Katrina era explotada por los matones de ese infeliz. Si Laurent Ferny está adquiriendo tanto poder, es porque él ya ha justificado las entradas ilícitas de Marian antes.

Aunque no tenía pruebas físicas, Maragaglio tenía la experiencia para deducir con éxito las relaciones entre varios mafiosos ¿Los Izbasa contratando a un externo para manejarles el dinero? Ni en la fantasía más realista. Alguien lidiaba en la familia con la suciedad y sólo podía serlo el miembro más dispuesto a liderar si los planes se arruinaban.

-Steliana Izbasa, tiene cuento cuatro años... El nombre me suena, pero no sé de qué... Veamos, es millonaria desde siempre. Propietaria del valle de Tell no Tales, filántropa, aún dueña de Industrias Izbasa; ella gestiona sus cuentas y las familiares en el Landstrid Bank desde hace ¿Cinco años? Es un movimiento inusual para una persona mayor. Laurent Ferny ingresó como corredor de bolsa cuando todavía estaba en la universidad, tenía diecinueve años cuando lo contrataron en la división de Landstrid Investments. Landstrid, banco... Suizo. Acusado de facilitar operaciones de transferencia de fondos a grupos mercenarios y de... Lavar dinero de vendedores de armas en la Guerra de los Balcanes.

Maragaglio sintió sed y enseguida abandonó el trabajo. Guardó todo, destruyó sus improvisados esquemas y mapas y se quedó pensativo, con el único consuelo de leer las cartas de su hijo mayor, quien le dibujaba como un héroe de caricaturas, siempre en paisajes soleados y con pasto.

-Voy a darte el mejor abrazo, hijo - pronunció y miró los trazos del niño un largo rato, deseando por un momento ser como ese hombre de crayola que siempre atrapaba a quien hacía mal y que llegaba a casa a cuidar de la familia. Maragaglio se preguntó si merecía que su hijo de cinco años le viera de esa forma tan inocente.

Alrededor de Maragaglio, no había mucho qué ver ni qué hacer. Algunas personas leían libros, otras dormían, no faltaba quienes batallaban con sus propias criaturas, los solitarios y finalmente, él, quien apenas prendía su celular para descartar todos los mensajes. Nada importante o que valiera su tiempo, hasta que llegó una llamada.

-Maragaglio aquí ¿Quién llama?
-"¡Ay! Qué bueno que contestas ¡Soy tu hermanita Lou!"
-Hermana ¿Lou?
-"Respondiste a tiempo porque tuvimos la pesca de los enamorados y queremos tu bendición para Marine"
-¿Qué?
-"El padrino del novio habla con la novia después de que haya atrapado un pez. Marine necesita tu consejo porque se quedó con una carpa grande".
-¿Pesca? Lou ¿Está Marine contigo?
-"La tengo junto, habla con ella"

Maragaglio exhaló profundamente.

-"¿Maragaglio?... No contestes, por favor no contestes" - susurraba Marine y se alcanzó a escuchar en el teléfono.

-¡Hola, Marine! Estoy camino a tu boda, llegaré a Port Elizabeth en cincuenta minutos y con la otra conexión aérea y el tren, me verás en la mañana.
-"Hola, Maragaglio".
-Lou me decía que fuiste a ¿pescar?
-"Eh, sí, sí claro. Es una tradición de Corse ¿La recuerdas? Subí a un bote con papá y traté de agarrar algo. El agua en la laguna estaba clara y se vieron muchos peces".
-Parece que te fue bien.
-"Mi papá fue el que tomó la carpa, yo no pude... Estaba muy nerviosa, Laurent me miraba desde la orilla y todo el vecindario..."
-Tranquila, Marine, ya pasó.
-"No he podido dormir, los preparativos de la boda son estresantes".
-Es un evento grande.
-"¿A qué hora llegarás?"
-Antes de mediodía.
-"¿Podría hablar contigo cuando llegues?"
-Supongo que primero van a presentarme al novio y a algunos invitados.
-"Habrá una cabalgata".
-¿Caballos?
-"Antes de ir a Vichy, Laurent y yo acordamos ir al club ecuestre de Corse. Es nuestra única cita antes de la boda".
-¿Qué haré ahí?
-"Ser mi chaperón".
-Comprendo.
-"Nos vemos".
-Nos vemos, Marine. Te mando un beso.

Maragaglio colgó enseguida y de pronto, no supo qué sentir o pensar. Era la llamada más extraña que recordaba entre Marine y él y sin embargo, algo lo estaba haciendo sonreír. Se imaginó los caballos, recordó a Marine en una práctica de campo donde ambos habían terminado en el lodo con tal de que un equipo táctico no los detectara. 

-Marine, en serio tengo que vengarme - concluyó al recuperar la seriedad y se dedicó a aguardar por el resto del traslado.

viernes, 13 de febrero de 2026

"El cuento de San Valentín o La boda de Marine VIII"


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

A las once de la mañana, en la puerta del hospital San Marco Della Pietà, sucedió una escena hermosa que pronto se convertiría en la comidilla al interior: Maurizio Leoncavallo "Maragaglio" y su esposa, Susanna Maragaglio, se habían reencontrado con un fuerte abrazo y un beso apasionado y él además, le había colocado un abrigo café para protegerla del frío. La sonrisa de la mujer y su mirada iluminada llenaron de alegría a los testigos que la vieron marchar, mismos que no sólo la habían saludado a ella y a su marido, sino que también les deseaban suerte.

A unos metros y detrás de la puerta de cristal, el doctor Pelletier contempló la escena fijamente, con un malestar en el pecho y tocando la cucharilla que había guardado en su bata. Ciertamente, él no esperaba nada, sólo que ella se fuera; pero Susanna se percató de su presencia y se despidió de él a la distancia, agitando su mano. El hombre correspondió el gesto apenas y esperó hasta perderla de vista.

En el quinto piso, el frío estaba desapareciendo y al regresar y ver el lugar de Susanna vacío, Pelletier no resistió sentarse ahí nuevamente y retomó la sábana decorada, resolviendo quedarse con ella. Tenía que aprovechar que ni Ricardo Liukin ni Alessandro Gattel estaban presentes; quizás Marco Antonioni le miraba vagamente, pero nadie notó ni se interesó en el hecho de que pasados unos minutos, Luc Pelletier dobló la tela y se la llevó a su refugio, una habitación con litera, estantes negros, paredes grises oscuras, una planta con maceta oscura y una persiana también negra en la puerta. La poca luz del sol se colaba justo por esa entrada y le daba en el rostro al quedarse de pie, pensativo. Sin Susanna, el hospital volvía a ser el lugar de la rutina de siempre, con pacientes anónimos, enfermeras ignotas,  desconocidos, trabajadores con papeles y el ambiente frío. Le quedaba como alternativa mantenerse con su "equipo de supervivencia", aunque sólo Katarina y Marco pudieran acogerle unos días más.

-¿Alguien ha visto al doctor Pelletier? Necesito que revise esto - preguntaba Wendy Bacchini, aunque fuera él mismo a presentarse luego de oírla. Esta vez, él delataba su semblante agotado y sus ojos vidriosos, pero nadie conocía la razón de lo segundo y pronto, tomó los papeles. Tampoco podía ser extraño que se ubicara en ese sitio que había sido de Susanna mientras Ricardo Liukin tomaba asiento y le miraba con seriedad.

-¿Por qué en el laboratorio quieren repetir el estudio del paciente de la cama veintidós? ¿Por qué no está lista la serología que pedí? ¿Por qué me están regresando las solicitudes?
-Disculpe, doctor, es que las llenó el pasante de ayer.
-Wendy, usted sabe que nada se va si no lo redacto yo.
-Pensamos que podíamos hacernos cargo.
-No.

Pelletier corrigió lo que pudo, firmó lo que faltaba y luego comprometió a Wendy a entregar las formas antes que el lugar cerrara. Y entonces, él por fin pudo recostarse.

-Su oxigenación sigue baja, señor Liukin ¿Cómo diablos no ha muerto? - preguntó con irritación.
-Los Liukin nos moriremos de todo, menos de gripe.
-Entre los Leoncavallo y lo que conozco de usted, no encuentro diferencias.

Ricardo frunció el seño y entonces notó por fin el aspecto de Pelletier.

-Entre usted y los Leoncavallo, tampoco noto diferencias - replicó Liukin.
-Porque usted no me conoce. 
-Es al revés.
-No, señor Liukin, no estoy dándole mi opinión. Es un hecho: sé quién es. Pero de mí no ha logrado saber nada. No lo culpo, no le intereso. 
-Todos los doctores me dan igual.
-Excepto el neurólogo.

Ricardo guardó silencio y Pelletier le miró examinándolo.

-Encefalitis.
-¿Qué dice?
-Encefalitis autoinmune, señor Ricardo. Aún se investiga sobre el tema, pero su cuadro corresponde a la sintomatología.
-¿Perdone?
-Se trabaja en identificar su enfermedad. Los bajos niveles de sodio en su sangre me hicieron sospechar y luego pedí una copia de su expediente clínico. Quiero que me explique algo.
-No entiendo.
-¿Su familia practica la endogamia?
-¿Perdón?
-Es por lo que leí. Usted es Rh nulo y sorprendentemente, Katarina también.
-¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
-¿De qué murieron sus padres?
-No hablaré de eso.
-Podría darme la respuesta para tratar su pérdida de memoria.

Ricardo miró seriamente hacia la nada y no contuvo su molestia al exhalar una vez.

-Mi padre está vivo, siguiente pregunta.
-¿Está bien de salud?
-Tiene más energía que yo.
-¿Y su madre?
-Doctor Pelletier, no creo que usted deba hacer esas preguntas.
-En este momento actuo como médico general. Autorización sí tengo.
-Mi madre murió en un parto. En el mío, por cierto.

Pelletier giró su mirada hacia Ricardo sin aparentar gesto alguno.

-¿Alguien más de su familia presenta o experimentó pérdida de memoria?
-Quizás mi abuelo.
-¿Demencia? La encefalitis no suele ser genética hasta donde sé.
-Mi abuelo nunca recordaba ni en qué día vivía. Pero no me pregunte cómo se acordaba de todas mis estupideces.

Pelletier rió apenas.

-Me niego a pensar a que así son los ancianos.
-Mi abuelo era muy amable cuando yo era niño y un día sólo cambió. Se volvió exigente, huraño, me reprendía. Al final era muy agresivo, pero parecía desesperado. El último día que vivió, se disculpó conmigo.
-Si es un tema muy sensible, lo lamento.
-Es que no he olvidado que me dijo que no podía recordar como caminar, que no recordaba su infancia... Me dijo que había perdido a alguien importante en su adolescencia, pero no recordaba a quien, sólo que se preocupaba por esa persona y ahora me da miedo porque lo entiendo... Yo estoy olvidando a mi hija.

Pelletier dejó de mirar a Ricardo y asentó por la certeza de que su diagnóstico era el correcto. 

-Le pediré al neurólogo de este hospital que vuelva a revisar su caso, señor Liukin.
-¿Cree que él encuentre esa solución?
-No.
-¿Por qué iría entonces?
-Porque lo estoy diagnosticando.

Pelletier se levantó sin decir nada y fue al módulo de enfermería a buscar él mismo el documento que Ricardo necesitaba para que el neurólogo lo atendiera a la brevedad. Pero comprendió entonces que la otra verdad que había descubierto no era prudente de exponer.

-"Katarina y Ricardo están relacionados ¿Cómo es posible?" - recordó haber pensado al ver los análisis de sangre de ambos y entendió, antes que cualquier Liukin, que el abuelo del propio Ricardo quizás había intentado revelar algo de su familia sin éxito. Era la única razón lógica para explicar esa coincidencia sanguínea. Y luego se detuvo. Recordó el expediente de Maragaglio.

-"Otro RH nulo ¿Qué está pasando aquí?" - se intrigó. Deseó revisar en ese instante, pero supo que era momento de ceder. Todo el cansancio acumulado le llegó de golpe y de repente comenzó a sudar y marearse.

-¡Wendy! ¡Traiga electrolitos ahora! - gritó y consiguió una silla.

-Lo canalizo, doctor.
-Lo haré yo mismo.
-¡Está temblando! 
-¡Páseme la solución ya!

Pelletier introdujo un catéter en su vena más visible y Wendy conectó una solución que poco a poco fue haciendo efecto. Los pacientes vieron como el médico respiró hondo luego de un momento y prosiguió con su trabajo como si nada pasara. A Marco Antonioni, a Ricardo Liukin y a Alessandro Gatell les preocupó el episodio, pero sólo Katarina creyó reconocer lo que sucedía.

-Debería comer.
-Y tú, descansar.
-Doctor, nadie vive de café.
-¿Te das cuenta de la ironía en tus palabras, señorita?
-No me pude comer este pan.
-¿Cuánta comida has ocultado y cómo has logrado que Marco no la descubra?
-¿Qué hará al respecto?
-Te vigilaré directamente.
-¿No quiere...?
-Ese pan es más necesario para ti, Katarina.
-¿Seguro?
-Vuelve a mentirle a Marco y te voy a delatar ¡No estoy jugando! ¡Cómete esa cosa y termínate lo demás!

Katarina se alejó rápido y Pelletier continuó como si nada, revisando otra vez los análisis de ese Rh tan peculiar por el que ahora tenía más preguntas y quiso respuestas para sí mismo.

-Debes irte - sugirió Gatell desde su lugar.
-Mi turno acaba a las dos.
-A ti no te importa vivir aquí, pero a tu cerebro sí. No seré un brillante especialista como tú lo has sido, pero soy internista y viendo tu evolución, las lagunas de memoria no tardan en llegar. Vas a alucinar dentro de poco y la solución no te servirá de nada. Ve a casa, Pelletier, come y descansa. El mundo no se acaba hoy.

Pelletier reaccionó acelerando el paso del líquido en su cuerpo y más tarde retirándose el catéter sin ayuda. Wendy Bacchini intentó preguntarle algo, pero él sólo le tocó el hombro, ordenó los documentos y no miró atrás. Volvió a su refugio, se retiró la bata, se colocó la gabardina, tomó la sábana de Susanna y guardó su cucharilla en el bolsillo de su playera. No quiso contemplar nada más ahí dentro y salió del hospital usando la escalera de emergencia. Nada más sentir el viento frío en la cara y algo de nieve, Pelletier no pudo seguir fingiendo consigo mismo. El llanto que siguió lo desconcertaba sobremanera mientras caminaba a casa, lo mismo que ese dolor maldito en el pecho que para su mayor desgracia, no era un ataque. Pelletier no alcanzó a refugiarse y se quedó sentado en un tronco en medio de la tormenta, que aunque fuera calma, seguía siendo importante. La nieve se acumulaba alrededor y el mismo sentía cristales de hielo escurriendo en su rostro.

Pero Pelletier no iba a derrumbarse. Lo único que tenía que hacer era recordar que era un médico competente y hacerse cargo de ello. Se tentó con volver al hospital, pero luego pensó. Necesitaba alimento y una manta luego de resolver el asunto que formaba un rompecabezas en su mente. Si alguien conocía esa explicación, iba a dársela de inmediato.

Pelletier se levantó con una motivación particular y el misterio que lo rondaba le tranquilizó la mente. Caminó, lento y reflexivo, ocultando la sábana en la gabardina y asegurándose de que no se notara su intento de colapso. La crisis había terminado, punto.

-"¿Pignater o San Polo? Y una de esas direcciones es un error ¿A dónde iría? Con quién le llevó al hospital en primer lugar" - pensó y recordó la dirección a la que había ido una vez. Las respuestas estaban en el barrio de San Polo y había manera de evitar que el interesado se negara a participar. Tenía que cruzar el canal, aunque existía un puente que lo llevaría cerca. La cuarentena veneciana era una bendición porque nadie podía quitar la película blanquecina de sus ventanas y por ende, no lo veían a él con esa actitud apabullante. Mientras más pasos daba, su estado anterior se disipaba y al atravesar hacia la calle planeada, nada pudo detenerlo. Ni una voz en su mente se apareció para reanalizarlo.

-En el expediente leí la dirección... El número me hace dudar, pero si veo a Hazlewood en el techo... Sí, ahí está. Susanna pasará unos días con sus niños y si ella abre yo...

La posibilidad de tenerla cerca, afuera de su mundo como temía, lo hizo retroceder hacia la esquina y recargarse en una fachada en dirección al agua.

-La mejor idea es lanzarme y ahogarme - susurró. El problema no era morir ahí mismo, pero luego creyó que Susanna Maragaglio iba a sentir lástima por él y aquello lo torturó más. Sus manos temblaban, pero no por el ambiente.

-Ese misterio no se va a quedar así. Llegaré, obtendré lo que deseo y me iré. Curar a Ricardo Liukin depende de mí - recordó y enseguida, su energía habitual se restableció. Aún sentía los efectos de la deshidratación, pero no gastaría más tiempo sin respuestas, así que aceleró el paso y sin importar que Edward Hazlewood le viera, tocó la puerta de la familia Berton.

-Buonasera signor ¿Qué se le ofrece? - saludó exigente una voz femenina cuya dueña parecía tener la cara de un tiburón inofensivo. Pelletier pasó saliva y se recompuso enseguida.

-Buonasera, disculpe venir de forma tan intempestiva. Mi nombre es Luc Pelletier, fui el médico que atendió a la señora Susanna Mara... Maragaglio.
-Me han hablado bien de usted.
-¿Dejé una buena impresión?
-A Maragaglio sí, supongo que eso basta.

Pelletier ladeó su cabeza y soltó un "ok" con cierto dejo de sorpresa. Pasó más saliva.

-¿A qué debemos esta visita? ¿Es algo de Susanna?
-¡No!... Es al señor Maragaglio precisamente a quien estoy buscando.
-Soy Anna Berton, hermana de Susanna. Pase, doctor.
-No es posible. Este asunto es confidencial.
-¿Tiene que ver con el ataque de ansiedad de ese idiota? Deme un momento.

La mujer sin embargo, no cerró la puerta y enseguida gritó: ¡Marabobo, te busca el doctor en la puerta!

Pelletier no necesitó esforzarse para saber que la relación entre concuños era desastrosa, aunque no le extrañaba. Maragaglio al fondo se asomó y al descubrir quien era, intuyó que abrigarse era lo correcto. El médico lo observaba atento hasta que Susanna se apareció con la gabardina de su marido y después de insistirle, le hiciera ponerse guantes y un gorro. Pelletier no consiguió bajar la mirada, pero respiró más hondo y sus ojos siguieron a esa mujer con atención. Anna en cambio, observó a Pelletier y luego a su hermana y comprendió todo, así que se movió para que el médico no perdiera detalle de Susanna, hasta que un beso a Maragaglio le cambió el semblante.

-¡Doctor! Me alivia verlo, mi esposa estaba llamando al hospital y nos dijo una enfermera que usted no estaba de guardia - señaló Maragaglio, dándole la mano. Pelletier correspondió el gesto y alcanzó a darle un último vistazo al interior, mientras Susanna parecía levantar a su bebé para mimarlo. La puerta se cerró sin más.

-Terminé hace un momento, revisaba papeles.
-¿Sucede algo importante? ¿Cómo se encuentran Katarina y Miguel?
-Ellos se han estabilizado, su oxigenación es manejable y le he advertido a Katarina que la vigilaré si no come como corresponde.
-¿Se ha sentido mal?
-No, Maragaglio. Fue por lo que usted y yo discutimos el otro día, que ella aún tiene al hermano en la cabeza.
-¿Algún plan?
-Observarla, si no hay inconvenientes con usted, Maragaglio.
-Me interesa que Katarina se recupere lo mejor posible.
-Queda acordado.
-Pelletier ¿Es muy importante lo que tiene qué decirme?
-Depende de usted.
-¿Es sobre mi ansiedad o las pruebas que me practicaron?
-No hay indicadores de alguna anomalía.
-¿Es algo de Intelligenza? ¿Averiguaron algo sobre mi noche internado?
-¿Qué opina de ir hacia el canal?

Maragaglio aceptó, preparándose para que Pelletier le revelara que lo habían interrogado y el otro miraba al piso, pensando en el enigma que estaba por resolver. Ambos hombres terminaron frente al canal y la actitud de Maragaglio cambió radicalmente.

-¿Qué está averiguando, Pelletier? ¿Acaso me toma por ingenuo?
-Claro que investigo algo.
-No actue como el inocente que no es. Sé perfectamente qué vino a buscar.

Pelletier se desconcertó y por un momento, se sintió débil para disimular.

-¿Qué le inquieta de mi familia? ¿Quiere que lo fuerce?
-Usted es listo.
-Pelletier, sabemos que yo no soy el que acabará muerto.
-No es un asunto que considere grave.
-Sin rodeos.
-No estoy seguro de prescindir de ellos.
-Mi mujer y yo no le permitimos quedarse cerca de nosotros.
-¿Me están alejando?
-Definitivamente, doctor.

Maragaglio era imposible de ignorar cuando intimidaba y el otro estaba seguro de que habían leído sus movimientos y pensamientos, así que involuntariamente bajó la cabeza e imaginó de inmediato la nieve tiñiéndose de rojo.

-¿Qué respuesta lo va a calmar, Pelletier? 
-Lo que me motiva puede ser inofensivo.
-Hable.
-No sé comenzar.
-Vuelva por donde vino y nunca se aproxime a mi esposa Susanna o a mí.

Pelletier sintió su boca resecarse más y su garganta molestar con un nudo insólito que intentaba sellarla, quien sabe si para siempre. Pero la mención de Susanna le hizo alzar la cabeza, como si un poco de aire se compadeciera de él y calentara su pecho.

-Me intriga algo que descubrí en los archivos clínicos y que no encaja, Maragaglio - por fin pudo pronunciar Pelletier.
-¿Qué es?
-Laboratorio debió resaltarlo para obtener donadores de sangre y no lo hizo.
-¿Alguien de la familia está enfermo?
-Katarina y usted son primos y me parece, digamos normal, que compartan tipo de sangre. Aquí la anomalía es Ricardo Liukin.

Maragaglio se tensó de inmediato, pero era un actor extraordinario que disimulaba el sentimiento de peligro con una expresión de desconocimiento. Pelletier cayó por fin en la trampa de olvidar que estaba frente a un espía, así que le pareció natural terminar en el borde la calle para que nadie escuchara.

-Ahora explíqueme. 
-Leí los expedientes para elaborar un reporte...
-¿Qué reporte?
-El general. Cosas de epidemiología.
-Yo no estuve ahí.

Pelletier supo que debía mentir a cualquier precio.

-Si Katarina no se recupera de la anemia, necesitará transfusiones urgentes. Perdone por cotejar sin permiso.

Maragaglio cambió un poco su gesto, aunque continuaba en alerta. Quizás la razón para estar ahí era legítima y médica a pesar del motivo encubierto, como se había declarado con la mención de Ricardo Liukin.

-¿Necesita que acuda al banco de sangre, doctor?
-Lo tendré al tanto.
-¿Es todo?
-No.

Pelletier comprendió que había perdido la posibilidad de una salida rápida.

-¿Qué se muere por escuchar, Pelletier?
-La verdad a veces luce como el absurdo.
-Liukin es quien lo trae aquí.
-No precisamente...
-Veinte años en Intelligenza y la gente cree que no la conozco.
-Esta información podría serle ajena y yo me estoy arriesgando porque revelo información crucial de un paciente. Quién arriesga su trabajo, soy yo.
-Suéltela.
-Es muy sensible.
-Palabras inútiles para decir que Ricardo Liukin coincide en tipo de sangre y usted piensa que no es normal a menos que haya una relación cercana.
-¿Usted es consciente?
-¿De que Ricardo Liukin desafortunadamente es mi hermano? Sí.

Pelletier se sintió desarmado, como un pasante en sus primeros días intentando llenar bien los datos de un membrete y equivocándose con la dosis inyectable.

-El señor Liukin no lo sabe - se defendió el médico, mirando a la nieve otra vez. Maragaglio por su lado, se descubrió a sí mismo nombrando a un tipo que le era repelente con la palabra noble de "hermano", pero no lo manifestó.

-El Rh nulo es demasiado extraño y yo necesito información. Ricardo Liukin tiene encefalitis autoinmune y los antecedentes familiares servirían de mucho ¿Alguien en su familia desarrolló demencia temprano, Maragaglio?
-Nadie.
-Sospecho que existe un componente genético y si lo detectamos, lo controlaremos enseguida. Es 2002, ya hay tratamiento pese a que la condición se encuentra en cotejo por pares y hacen falta datos. Hace unos días pedí una tomografía del señor Liukin y afortunadamente no tiene cáncer, pero en entrevista, él habló de su abuelo y sus signos y creo firmemente que ambos dan características clínicas de la enfermedad.
-¿También requiere unidades sanguíneas para él?
-Los Leoncavallo tienen Rh nulo y por ende, los Liukin ¿La familia tiene un historial de incesto?

Maragaglio reaccionó tomando a Pelletier del cuello y llevándolo a la puerta de Edward Hazlewood, quien por estar en la azotea limpiando la nieve, vio casi toda la escena en el canal. Al abrir, intuyó que las noticias eran malas.

-Este idiota se enteró de todo. Marco está en riesgo por culpa de su doctor - declaró furioso Maragaglio y Hazlewood palideció sobremanera.
-¿Tiene que ver con lo que le encargué buscar en la biblioteca? - replicó Pelletier, acordándose de ese favor de Marco Antonioni y sus papeles escondidos en el libro de "Auregnais"

-Una sola palabra, doctor y le sacaré las entrañas.
-¿Marco descubrió que los Leoncavallo y los Liukin son familiares?
-No busque entender las implicaciones de este asunto o Hazlewood y yo tendremos que matarlo - amenazó Maragaglio con la voz más escalofriante y Pelletier miró al señor Hazlewood, que pese al temor, concordaba con Maragaglio.

-El MI6 no puede llegar a Marco - susurró Hazlewood mismo.
-Esta conversación nunca pasó - concluyó Pelletier y entonces, Maragaglio finalmente golpeó su rostro.

-Lo último es personal. Aléjese también de mi esposa - reiteró y se dió la media vuelta. Pelletier vio la nieve roja hacerse realidad.

-No es importante - declaró y contuvo su hemorragia. Edward Hazlewood sentía frío y en lugar de echar al doctor, enseguida le invitó a pasar. Pelletier no se explicaba la actitud, pero accedió y entonces, una voz lo volvió a llenar de calor.

-¡Doctor! Lo vi llegar con Maragaglio, así que fui a la cocina y pensé que le gustaría beber un poco de sopa, así que le he traído una olla - dijo Susanna con una sonrisa.
-Yo estaré con el señor Hazlewood, vine a poner a todos al tanto.
-También traje para él ¿No se congela, doctor? Disfrute su sopa... Señor Hazlewood, discúlpeme, no lo saludé ¿Es el papá de Marco, verdad? Me presento, soy Susanna Maragaglio y le hice sopa.

Hazlewood sólo expresó un "buonasera" tímido y Susanna repitió el gesto de despedida del hospital, dió la media vuelta y entró de nuevo a su casa. 

Hazlewood tomó la olla y Pelletier comprendió que también era hora de abrigarse, aunque contempló a Susanna una vez más, descubriendo que se frotaba los brazos y tiritaba frente a su marido. Anna Berton, que seguía en su entrada, no atinó más que a cambiar su gesto severo por uno de lamento.

-¿Qué sucede, Anna? - preguntó el viejo señor Berton cuando se cerró la puerta.
-Ven papá, mira algo.

Anna lo llevó a la ventana de junto.

-Ese hombre, papá.
-¿Quién es? ¿Un hippie?
-El doctor que se enamoró de Susanna.
-¿Estás bromeando?
-No miento.
-¿Tu hermana lo sabe?
-Luc Pelletier ni siquiera le interesa. El hombre decente llegó muy tarde, papá.

Anna y el señor Berton se apartaron de la ventana y volvieron a la sala para intentar controlar a los niños. Luc Pelletier fijó sus ojos en la casa Berton y no resistió las ganas de abrazar la manta bordada de Susanna. Incluso al ir al interior con Hazlewood, no fue capaz de soltarla.