viernes, 13 de febrero de 2026

"El cuento de San Valentín o La boda de Marine VIII"


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

A las once de la mañana, en la puerta del hospital San Marco Della Pietà, sucedió una escena hermosa que pronto se convertiría en la comidilla al interior: Maurizio Leoncavallo "Maragaglio" y su esposa, Susanna Maragaglio, se habían reencontrado con un fuerte abrazo y un beso apasionado y él además, le había colocado un abrigo café para protegerla del frío. La sonrisa de la mujer y su mirada iluminada llenaron de alegría a los testigos que la vieron marchar, mismos que no sólo la habían saludado a ella y a su marido, sino que también les deseaban suerte.

A unos metros y detrás de la puerta de cristal, el doctor Pelletier contempló la escena fijamente, con un malestar en el pecho y tocando la cucharilla que había guardado en su bata. Ciertamente, él no esperaba nada, sólo que ella se fuera; pero Susanna se percató de su presencia y se despidió de él a la distancia, agitando su mano. El hombre correspondió el gesto apenas y esperó hasta perderla de vista.

En el quinto piso, el frío estaba desapareciendo y al regresar y ver el lugar de Susanna vacío, Pelletier no resistió sentarse ahí nuevamente y retomó la sábana decorada, resolviendo quedarse con ella. Tenía que aprovechar que ni Ricardo Liukin ni Alessandro Gattel estaban presentes; quizás Marco Antonioni le miraba vagamente, pero nadie notó ni se interesó en el hecho de que pasados unos minutos, Luc Pelletier dobló la tela y se la llevó a su refugio, una habitación con litera, estantes negros, paredes grises oscuras, una planta con maceta oscura y una persiana también negra en la puerta. La poca luz del sol se colaba justo por esa entrada y le daba en el rostro al quedarse de pie, pensativo. Sin Susanna, el hospital volvía a ser el lugar de la rutina de siempre, con pacientes anónimos, enfermeras ignotas,  desconocidos, trabajadores con papeles y el ambiente frío. Le quedaba como alternativa mantenerse con su "equipo de supervivencia", aunque sólo Katarina y Marco pudieran acogerle unos días más.

-¿Alguien ha visto al doctor Pelletier? Necesito que revise esto - preguntaba Wendy Bacchini, aunque fuera él mismo a presentarse luego de oírla. Esta vez, él delataba su semblante agotado y sus ojos vidriosos, pero nadie conocía la razón de lo segundo y pronto, tomó los papeles. Tampoco podía ser extraño que se ubicara en ese sitio que había sido de Susanna mientras Ricardo Liukin tomaba asiento y le miraba con seriedad.

-¿Por qué en el laboratorio quieren repetir el estudio del paciente de la cama veintidós? ¿Por qué no está lista la serología que pedí? ¿Por qué me están regresando las solicitudes?
-Disculpe, doctor, es que las llenó el pasante de ayer.
-Wendy, usted sabe que nada se va si no lo redacto yo.
-Pensamos que podíamos hacernos cargo.
-No.

Pelletier corrigió lo que pudo, firmó lo que faltaba y luego comprometió a Wendy a entregar las formas antes que el lugar cerrara. Y entonces, él por fin pudo recostarse.

-Su oxigenación sigue baja, señor Liukin ¿Cómo diablos no ha muerto? - preguntó con irritación.
-Los Liukin nos moriremos de todo, menos de gripe.
-Entre los Leoncavallo y lo que conozco de usted, no encuentro diferencias.

Ricardo frunció el seño y entonces notó por fin el aspecto de Pelletier.

-Entre usted y los Leoncavallo, tampoco noto diferencias - replicó Liukin.
-Porque usted no me conoce. 
-Es al revés.
-No, señor Liukin, yo no estoy dándole mi opinión. Es un hecho: sé quién es. Pero de mí no ha logrado saber nada. No lo culpo, no le intereso. 
-Todos los doctores me dan igual.
-Excepto el neurólogo.

Ricardo guardó silencio y Pelletier le miró examinándolo.

-Encefalitis.
-¿Qué dice?
-Encefalitis autoinmune, señor Ricardo. Aún se investiga sobre el tema, pero su cuadro corresponde a la sintomatología.
-¿Perdone?
-Se trabaja en identificar su enfermedad. Los bajos niveles de sodio en su sangre me hicieron sospechar y luego pedí una copia de su expediente clínico. Quiero que me explique algo.
-No entiendo.
-¿Su familia practica la endogamia?
-¿Perdón?
-Es por lo que leí. Usted es Rh nulo y sorprendentemente, Katarina también.
-¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
-¿De qué murieron sus padres?
-No hablaré de eso.
-Podría darme la respuesta para tratar su pérdida de memoria.

Ricardo miró seriamente hacia la nada y no contuvo su molestia al exhalar una vez.

-Mi padre está vivo, siguiente pregunta.
-¿Está bien de salud?
-Tiene más energía que yo.
-¿Y su madre?
-Doctor Pelletier, no creo que usted deba hacer esas preguntas.
-En este momento actuo como médico general. Autorización sí tengo.
-Mi madre murió en un parto. En el mío, por cierto.

Pelletier giró su mirada hacia Ricardo sin aparentar gesto alguno.

-¿Alguien más de su familia presenta o experimentó pérdida de memoria?
-Quizás mi abuelo.
-¿Demencia? La encefalitis no suele ser genética hasta donde sé.
-Mi abuelo nunca recordaba ni en qué día vivía. Pero no me pregunte cómo se acordaba de todas mis estupideces.

Pelletier rió apenas.

-Me niego a pensar a que así son los ancianos.
-Mi abuelo era muy amable cuando yo era niño y un día sólo cambió. Se volvió exigente, huraño, me reprendía. Al final era muy agresivo, pero parecía desesperado. El último día que vivió, se disculpó conmigo.
-Si es un tema muy sensible, lo lamento.
-Es que no he olvidado que me dijo que no podía recordar como caminar, que no recordaba su infancia... Me dijo que había perdido a alguien importante en su adolescencia, pero no recordaba a quien, sólo que se preocupaba por esa persona y ahora me da miedo porque lo entiendo... Yo estoy olvidando a mi hija.

Pelletier dejó de mirar a Ricardo y asentó por la certeza de que su diagnóstico era el correcto. 

-Le pediré al neurólogo de este hospital que vuelva a revisar su caso, señor Liukin.
-¿Cree que él encuentre esa solución?
-No.
-¿Por qué iría entonces?
-Porque lo estoy diagnosticando.

Pelletier se levantó sin decir nada y fue al módulo de enfermería a buscar él mismo el documento que Ricardo necesitaba para que el neurólogo lo atendiera a la brevedad. Pero comprendió entonces que la otra verdad que había descubierto no era prudente de exponer.

-"Katarina y Ricardo están relacionados ¿Cómo es posible?" - recordó haber pensado al ver los análisis de sangre de ambos y entendió, antes que cualquier Liukin, que el abuelo del propio Ricardo quizás había intentado revelar algo de su familia sin éxito. Era la única razón lógica para explicar esa coincidencia sanguínea. Y luego se detuvo. Recordó el expediente de Maragaglio.

-"Otro RH nulo ¿Qué está pasando aquí?" - se intrigó. Deseó revisar en ese instante, pero supo que era momento de ceder. Todo el cansancio acumulado le llegó de golpe y de repente comenzó a sudar y marearse.

-¡Wendy! ¡Traiga electrolitos ahora! - gritó y consiguió una silla.

-Lo canalizo, doctor.
-Lo haré yo mismo.
-¡Está temblando! 
-¡Páseme la solución ya!

Pelletier introdujo un catéter en su vena más visible y Wendy conectó una solución que poco a poco fue haciendo efecto. Los pacientes vieron como el médico respiró hondo luego de un momento y prosiguió con su trabajo como si nada pasara. A Marco Antonioni, a Ricardo Liukin y a Alessandro Gatell les preocupó el episodio, pero sólo Katarina creyó reconocer lo que sucedía.

-Debería comer.
-Y tú, descansar.
-Doctor, nadie vive de café.
-¿Te das cuenta de la ironía en tus palabras, señorita?
-No me pude comer este pan.
-¿Cuánta comida has ocultado y cómo has logrado que Marco no la descubra?
-¿Qué hará al respecto?
-Te vigilaré directamente.
-¿No quiere...?
-Ese pan es más necesario para ti, Katarina.
-¿Seguro?
-Vuelve a mentirle a Marco y te voy a delatar ¡No estoy jugando! ¡Cómete esa cosa y termínate lo demás!

Katarina se alejó rápido y Pelletier continuó como si nada, revisando otra vez los análisis sanguíneos de ese Rh tan peculiar por el que ahora tenía más preguntas y quiso respuestas para sí mismo.

-Debes irte - sugirió Gatell desde su lugar.
-Mi turno acaba a las dos.
-A ti no te importa vivir aquí, pero a tu cerebro sí. No seré un brillante especialista como tú lo has sido, pero soy internista y viendo tu evolución, las lagunas de memoria no tardan en llegar. Vas a alucinar dentro de poco y la solución no te servirá de nada. Ve a casa, Pelletier, come y descansa. El mundo no se acaba hoy.

Pelletier reaccionó acelerando el paso del líquido en su cuerpo y más tarde retirándose el catéter sin ayuda. Wendy Bacchini intentó preguntarle algo, pero él sólo le tocó el hombro, ordenó los documentos y no miró atrás. Volvió a su refugio, se retiró la bata, se colocó la gabardina, tomó la sábana de Susanna y guardó su cucharilla en el bolsillo de su playera. No quiso contemplar nada más ahí dentro y salió del hospital usando la escalera de emergencia. Nada más sentir el viento frío en la cara y algo de nieve, Pelletier no pudo seguir fingiendo consigo mismo. El llanto que siguió lo desconcertaba sobremanera mientras caminaba a casa, lo mismo que ese dolor maldito en el pecho que para su mayor desgracia, no era un ataque. Pelletier no alcanzó a refugiarse y se quedó sentado en un tronco en medio de la tormenta, que aunque fuera calma, seguía siendo importante. La nieve se acumulaba alrededor y el mismo sentía cristales de hielo escurriendo en su rostro.

Pero Pelletier no iba a derrumbarse. Lo único que tenía que hacer era recordar que era un médico competente y hacerse cargo de ello. Se tentó con volver al hospital, pero luego pensó. Necesitaba sopa y una manta luego de resolver el asunto que formaba un rompecabezas en su mente. Si alguien conocía esa explicación, iba a dársela de inmediato.

Pelletier se levantó con una motivación particular y el misterio que lo rondaba le tranquilizó la mente. Caminó, lento y reflexivo, ocultando la sábana en la gabardina y asegurándose de que no se notara su intento de colapso. La crisis había terminado, punto.

-"¿Pignater o San Polo? Y una de esas direcciones es un error ¿A dónde iría? Con quién le llevó al hospital en primer lugar" - pensó y recordó la dirección a la que había ido una vez. Las respuestas estaban en el barrio de San Polo y había manera de evitar que el interesado se negara a participar. Tenía que cruzar el canal, aunque existía un puente que lo llevaría cerca. La cuarentena veneciana era una bendición porque nadie podía quitar la película blanquecina de sus ventanas y por ende, no lo veían a él con esa actitud apabullante. Mientras más pasos daba, su estado anterior se disipaba y al atravesar hacia la calle planeada, nada pudo detenerlo. Ni una voz en su mente se apareció para reanalizarlo.

-En el expediente leí la dirección... El número me hace dudar, pero si veo a Hazlewood en el techo... Sí, ahí está. Susanna pasará unos días con sus niños y si ella abre yo...

La posibilidad de tenerla cerca, afuera de su mundo como temía, lo hizo retroceder hacia la esquina y recargarse en una fachada en dirección al agua.

-La mejor idea es lanzarme y ahogarme - susurró. El problema no era morir ahí mismo, pero luego creyó que Susanna Maragaglio iba a sentir lástima por él y aquello lo torturó más. Sus manos temblaban, pero no por el ambiente.

-Ese misterio no se va a quedar así. Llegaré, obtendré lo que deseo y me iré. Curar a Ricardo Liukin depende de mí - recordó y enseguida, su energía habitual se restableció. Aún sentía los efectos de la deshidratación, pero no gastaría más tiempo sin respuestas, así que aceleró el paso y sin importar que Edward Hazlewood le viera, tocó la puerta de la familia Berton.

-Buonasera signor ¿Qué se le ofrece? - saludó exigente una voz femenina cuya dueña parecía tener la cara de un tiburón inofensivo. Pelletier pasó saliva y se recompuso enseguida.

-Buonasera, disculpe venir de forma tan intempestiva. Mi nombre es Luc Pelletier, fui el médico que atendió a la señora Susanna Mara... Maragaglio.
-Me han hablado bien de usted.
-¿Dejé una buena impresión?
-A Maragaglio sí, supongo que eso basta.

Pelletier ladeó su cabeza y soltó un "ok" con cierto dejo de sorpresa. Pasó más saliva.

-¿A qué debemos esta visita? ¿Es algo de Susanna?
-¡No!... Es al señor Maragaglio precisamente a quien estoy buscando.
-Soy Anna Berton, hermana de Susanna. Pase, doctor.
-No es posible. Este asunto es confidencial.
-¿Tiene que ver con el ataque de ansiedad de ese idiota? Deme un momento.

La mujer sin embargo, no cerró la puerta y enseguida gritó: ¡Marabobo, te busca el doctor en la puerta!

Pelletier no necesitó esforzarse para saber que la relación entre concuños era desastrosa, aunque no le extrañaba. Maragaglio al fondo se asomó y al descubrir quien era, intuyó que abrigarse era lo correcto. El médico lo observaba atento hasta que Susanna se apareció con la gabardina de su marido y después de insistirle, le hiciera ponerse guantes y un gorro. Pelletier no consiguió bajar la mirada, pero respiró más hondo y sus ojos siguieron a esa mujer con atención. Anna en cambio, observó a Pelletier y luego a su hermana y comprendió todo, así que se movió para que el médico no perdiera detalle de Susanna, hasta que un beso a Maragaglio le cambió el semblante.

-¡Doctor! Me alivia verlo, mi esposa estaba llamando al hospital y nos dijo una enfermera que usted no estaba de guardia - señaló Maragaglio, dándole la mano. Pelletier correspondió el gesto y alcanzó a darle un último vistazo al interior, mientras Susanna parecía levantar a su bebé para mimarlo. La puerta se cerró sin más.

-Terminé hace un momento, revisaba papeles.
-¿Sucede algo importante? ¿Cómo se encuentran Katarina y Miguel?
-Ellos se han estabilizado, su oxigenación es manejable y le he advertido a Katarina que la vigilaré si no come como corresponde.
-¿Se ha sentido mal?
-No, Maragaglio. Fue por lo que usted y yo discutimos el otro día, que ella aún tiene al hermano en la cabeza.
-¿Algún plan?
-Observarla, si no hay inconvenientes con usted, Maragaglio.
-Me interesa que Katarina se recupere lo mejor posible.
-Queda acordado.
-Pelletier ¿Es muy importante lo que tiene qué decirme?
-Depende de usted.
-¿Es sobre mi ansiedad o las pruebas que me practicaron?
-No hay indicadores de alguna anomalía.
-¿Es algo de Intelligenza? ¿Averiguaron algo sobre mi noche internado?
-¿Qué opina de ir hacia el canal?

Maragaglio aceptó, preparándose para que Pelletier le revelara que lo habían interrogado y el otro miraba al piso, pensando en el enigma que estaba por resolver. Ambos hombres terminaron frente al canal y la actitud de Maragaglio cambió radicalmente.

-¿Qué está averiguando, Pelletier? ¿Acaso me toma por ingenuo?
-Claro que investigo algo
-No actue como el inocente que no es. Sé perfectamente qué vino a buscar.

Pelletier se desconcertó y por un momento, se sintió débil para disimular.

-¿Qué le inquieta de mi familia? ¿Quiere que lo fuerce?
-Usted es listo.
-Pelletier, sabemos que yo no soy el que acabará muerto.
-No es un asunto que considere grave.
-Sin rodeos.
-No estoy seguro de prescindir de ellos.
-Mi mujer y yo no le permitimos quedarse cerca de nosotros.
-¿Me están alejando?
-Definitivamente, doctor.

Maragaglio era imposible de ignorar cuando intimidaba y el otro estaba seguro de que habían leído sus movimientos y pensamientos, así que involuntariamente bajó la cabeza e imaginó de inmediato la nieve tiñiéndose de rojo.

-¿Qué respuesta lo va a calmar, Pelletier? 
-Lo que me motiva puede ser inofensivo.
-Hable.
-No sé comenzar.
-Vuelva por donde vino y nunca se aproxime a mi esposa Susanna o a mí.

Pelletier sintió su boca resecarse más y su garganta molestar con un nudo insólito que intentaba sellarla, quien sabe si para siempre. Pero la mención de Susanna le hizo alzar la cabeza, como si un poco de aire se compadeciera de él y calentara su pecho.

-Me intriga algo que descubrí en los archivos clínicos y que no encaja, Maragaglio - por fin pudo pronunciar Pelletier.
-¿Qué es?
-Laboratorio debió resaltarlo para obtener donadores de sangre y no lo hizo.
-¿Alguien de la familia está enfermo?
-Katarina y usted son primos y me parece, digamos normal, que compartan tipo de sangre. Aquí la anomalía es Ricardo Liukin.

Maragaglio se tensó de inmediato, pero era un actor extraordinario que disimulaba el sentimiento de peligro con una expresión de desconocimiento. Pelletier cayó por fin en la trampa de olvidar que estaba frente a un espía, así que le pareció natural terminar en el borde la calle para que nadie escuchara.

-Ahora explíqueme. 
-Leí los expedientes para elaborar un reporte...
-¿Qué reporte?
-El general. Cosas de epidemiología.
-Yo no estuve ahí.

Pelletier supo que debía mentir a cualquier precio.

-Si Katarina no se recupera de la anemia, necesitará transfusiones urgentes. Perdone por cotejar sin permiso.

Maragaglio cambió un poco su gesto, aunque continuaba en alerta. Quizás la razón para estar ahí era legítima y médica a pesar del motivo encubierto, como se había declarado con la mención de Ricardo Liukin.

-¿Necesita que acuda al banco de sangre, doctor?
-Lo tendré al tanto.
-¿Es todo?
-No.

Pelletier comprendió que había perdido la posibilidad de una salida rápida.

-¿Qué se muere por escuchar?
-La verdad a veces luce como el absurdo.
-Liukin es quien lo trae aquí.
-No precisamente...
-Veinte años en Intelligenza y la gente cree que no la conozco.
-Esta información podría serle ajena y yo me estoy arriesgando porque revelo información crucial de un paciente. Quién arriesga su trabajo, soy yo.
-Suéltela.
-Es muy sensible.
-Palabras inútiles para decir que Ricardo Liukin coincide en tipo de sangre y usted piensa que no es normal a menos que haya una relación cercana.
-¿Usted es consciente?
-¿De que Ricardo Liukin desafortunadamente es mi hermano? Sí.

Pelletier se sintió desarmado, como un pasante en sus primeros días intentando llenar bien los datos de un membrete y equivocándose con la dosis inyectable.

-El señor Liukin no lo sabe - se defendió el médico, mirando a la nieve otra vez. Maragaglio por su lado, se descubrió a sí mismo nombrando a un tipo que le era repelente con la palabra noble de "hermano", pero no lo manifestó.

-El Rh nulo es demasiado extraño y yo necesito información. Ricardo Liukin tiene encefalitis autoinmune y los antecedentes familiares servirían de mucho ¿Alguien en su familia desarrolló demencia temprano, Maragaglio?
-Nadie.
-Sospecho que existe un componente genético y si lo detectamos, lo controlaremos enseguida. Es 2002, ya hay tratamiento pese a que la condición se encuentra en cotejo por pares y hacen falta datos. Hace unos días pedí una tomografía del señor Liukin y afortunadamente no tiene cáncer, pero en entrevista, él habló de su abuelo y sus signos y creo firmemente que ambos dan características clínicas de la enfermedad.
-¿También requiere unidades sanguíneas para él?
-Los Leoncavallo tienen Rh nulo y por ende, los Liukin ¿La familia tiene un historial de incesto?

Maragaglio reaccionó tomando a Pelletier del cuello y llevándolo a la puerta de Edward Hazlewood, quien por estar en la azotea limpiando la nieve, vio casi toda la escena en el canal. Al abrir, intuyó que las noticias eran malas.

-Este idiota se enteró de todo. Marco está en riesgo por culpa de su doctor - declaró furioso Maragaglio y Hazlewood palideció sobremanera.
-¿Tiene que ver con lo que le encargué buscar en la biblioteca? - replicó Pelletier, acordándose de ese favor de Marco Antonioni y sus papeles escondidos en el libro de Auregnais"

-Una sola palabra, doctor y le sacaré las entrañas.
-¿Marco descubrió que los Leoncavallo y los Liukin son familiares?
-No busque entender las implicaciones de este asunto o Hazlewood y yo tendremos que matarlo - amenazó Maragaglio con la voz más escalofriante y Pelletier miró al señor Hazlewood, que pese al temor, concordaba con Maragaglio.

-El MI6 no puede llegar a Marco - susurró Hazlewood mismo.
-Esta conversación nunca pasó - concluyó Pelletier y entonces, Maragaglio finalmente golpeó su rostro.

-Lo último es personal. Aléjese también de mi esposa - reiteró y se dió la media vuelta. Pelletier vio la nieve roja hacerse realidad.

-No es importante - declaró y contuvo su hemorragia. Edward Hazlewood sentía frío y en lugar de echar al doctor, enseguida le invitó a pasar. Pelletier no se explicaba la actitud, pero accedió y entonces, una voz lo volvió a llenar de calor.

-¡Doctor! Lo vi llegar con Maragaglio, así que fui a la cocina y pensé que le gustaría beber un poco de sopa, así que le he traído una olla - dijo Susanna con una sonrisa.
-Yo estaré con el señor Hazlewood, vine a poner a todos al tanto.
-También traje para él ¿No se congela, doctor? Disfrute su sopa... Señor Hazlewood, discúlpeme, no lo saludé ¿Es el papá de Marco, verdad? Me presento, soy Susanna Maragaglio y le hice sopa.

Hazlewood sólo expresó un "buonasera" tímido y Susanna repitió el gesto de despedida del hospital, dió la media vuelta y entró de nuevo a su casa. 

Hazlewood tomó la olla y Pelletier comprendió que también era hora de abrigarse, aunque contempló a Susanna una vez más, descubriendo que se frotaba los brazos y tiritaba frente a su marido. Anna Berton, que seguía en su entrada, no atinó más que a cambiar su gesto severo por uno de lamento.

-¿Qué sucede, Anna? - preguntó el viejo señor Berton cuando se cerró la puerta.
-Ven papá, mira algo.

Anna lo llevó a la ventana de junto.

-Ese hombre, papá.
-¿Quién es? ¿Un hippie?
-El doctor que se enamoró de Susanna.
-¿Estás bromeando?
-No miento.
-¿Tu hermana lo sabe?
-Luc Pelletier ni siquiera le interesa. El hombre decente llegó muy tarde, papá.

Anna y el señor Berton se apartaron de la ventana y volvieron a la sala para intentar controlar a los niños. Luc Pelletier fijó sus ojos en la casa Berton y no resistió las ganas de abrazar la manta bordada de Susanna. Incluso al ir al interior con Hazlewood, no fue capaz de soltarla. 

domingo, 1 de febrero de 2026

La mitad de un corazón (La boda de Marine VII)


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

-¿Tienen lugar para una más? Quiero golpear a Ricardo Liukin - dijo Maeva Nicholas al acercarse a los lugares que ocupaban Yuko Inoue y Karin Lorenz en el hospital. Ambas mujeres aceptaron la propuesta y las tres se tumbaron en el sillón sin ocultar sus rostros cansados.

-Creo que el senior Ricardo se quiere disculparar contigo - respondió Yuko al fin.
-Puede irse al infierno con Katarina si quiere.
-Ella no se lo quedó.
-Terminarán ahí junto con la hipócrita de Susanna.

A Karin Lorenz le agradó el comentario de Maeva y sonrió por primera vez desde su rompimiento con Maurizio Leoncavallo. La propia Susanna Maragaglio las escuchó y volteó a verlas, prefiriendo no confrontar. Junto a ella, el doctor Luc Pelletier llenaba unas formas.

-No es necesario que permanezca más tiempo encerrada, Susanna. Usted ya sanó, irá a casa.
-¿Está seguro?
-Sí ¿Hay algún malestar del que no me haya dicho?
-No he sentido nada raro.
-Me alegra que aprovechara la oportunidad de realizarse estudios femeninos. 
-Siempre me han dado miedo.
-Todo está en orden, yo los leí.

Pelletier entonces le mostró unas copias con los resultados y ella terminó de tranquilizarse.

-Pensé que tendría otro bebé - añadió ella.
-Los malestares de la influenza son confusos.
-Al menos estaré en casa.
-Le firmaré la orden de alta.
-Iré a prepararme.
-Bien pensado.
-Me asusta dejar a Katarina y a Marco solos.
-Katarina estará más repuesta pronto; Marco no saldrá.
-¿Está muy delicado?
-Cuestión de descansar un poco más.
-¿Va a cuidar bien de Juulia también?
-Delo por hecho.
-Que no se le acerque nadie.
-Eso es algo que sí puedo controlar.

Susanna asentó y enseguida le pidió a Wendy Bacchini que le entregara su vestido y sus zapatos para poder dejar su bata de paciente. La enfermera accedió cortésmente y la mujer acabó en las regaderas, dándose una ducha rápida y cambiando su aspecto por uno más agradable, con su vestido hippie, su bolsa de cuero sintético decorada con pequeños atrapasueños y una cubierta de peluche café y los zapatos de colores tejidos. Era obvio que Susanna había fabricado los accesorios y por una vez, había decidido recoger su cabello. Al salir al pasillo, se sintió muy feliz y se tropezó con el propio doctor Pelletier, que después de firmar unos papeles, se disponía a tomar un descanso.

-¡Perdóneme! ¡Estoy tan distraída! 
-Es porque se irá con su familia.
-¿No lo lastimé?
-Es la primera de este grupo en librarse de cualquier cosa.
-¿Grupo?
-¿No pertenezco?
-No le entiendo, es una pena.
-He convivido más con los Leoncavallo, Marco y los Liukin que con otros enfermos. Supuse que formaría parte de su equipo de supervivencia.
-Oh, ya veo ¿Resistirá el desastre que queda ahí dentro?
-Si me da un consejo, mejor.
-Respire antes de hablarles.
-¿Es todo?
-Es lo único.

Pelletier no sabía cómo responder y acabó riendo como si descansara luego de renunciar a dormir y olvidar cómo volver a hacerlo por atender él sólo a quienes aún sufrían por la influenza en el quinto piso.

-Susanna, he llamado a Maragaglio y viene enseguida.
-Lo he extrañado tanto.
-¿Ha considerado tomar unas vacaciones, señora?
-¿Por qué la pregunta?
-No soy psiquiatra pero creo que su marido y usted necesitan un tiempo a solas.

Susanna pensó que Pelletier lo decía por el estrés de la última semana y lo tomó como una sugerencia profesional.

-Le diré a mi esposo que tome un descanso para Navidad.
-Podría ser una buena idea, pero yo me refiero a que de verdad platiquen y estén solos.
-¿Sin los niños? Como en esos fines de semana que nos dábamos antes.

El doctor Pelletier no supo decir que no se refería a algo así y prefirió seguir la corriente, sobretodo porque la señora Maragaglio se había puesto más contenta. 

-De vez en cuando, esas cosas sientan mejor - concluyó Pelletier, pero no se fue y luego de girar su vista hacia la sala llena de pacientes, no estuvo dispuesto a permitir que Susanna volviera con ellos y cualquier reproche la entristeciera.

-Señora Maragaglio, necesito hablar con usted seriamente ¿Me acompañaría, por favor?
-Por supuesto, doctor.
-Por aquí, supongo que debe sentir algo de sed.

Pelletier abrió una gran puerta gris al otro lado del pasillo y guió a la mujer a través de uno de los puentes del hospital hacia una estancia grande y vacía dónde se reunían los médicos cuando tenían tiempo libre. Había una máquina de café y algunos panecillos dentro de unas cajas amarillas.

-¿Qué le gustaría? Un espressino? Un brioche? - preguntaba Pelletier.
-Me parece bien ¿Y usted? 
-Comeré lo mismo.
-Me recuerda a Maragaglio cuando cocina.
-¿Él cocina?
-Sí y es muy bueno. Un día le traeré un poco de su ossobuco, le juro que es el mejor que he comido.
-Sólo puedo ofrecerle lo que traen de la panadería San Daniele.
-Debería probar los bizcochos que venden en el local de Durero. Tienen una crema pastelera increíble.
-¿En que barrio está?
-Sestiere di Cannaregio, en la calle donde viven los Liukin.

Susanna mordió su pan y Pelletier no pudo imitarla. La miraba con ojos cálidos y una sonrisa que fue transformándose de sutil a franca y amplia.

-¿Qué le ocurre, doctor?
-Nada especial, es que llevo días pensando en lo que voy a decirle.
-¿Es algo bueno?
-¿Podría dejar de cargar el peso del mundo, señora Maragaglio?

Ella se desconcertó.

-Me refiero a que nunca la he visto pensar en sí misma en este hospital. Todo el tiempo está hablando de su esposo, de Katarina, de si algo se complica, si hay que explicar o arreglar algo.
-Tengo una familia, como puede ver.
-¿Y cuándo hay tiempo para que se relaje?

La mujer no contestó de inmediato, pero dió un sorbo a su café.

-Con tres niños es imposible.
-¿Ni siquiera en la noche se da unos minutos, Susanna?
-A veces sí.
-¿Qué hace en ese tiempo?
-Me acuesto en la cama, hablo con Maragaglio de lo que hago en el día y lo abrazo hasta que me quedo dormida.
-Me refiero a un tiempo para usted misma, uno dónde pueda estar relajada ¿Le gustan los animales o quizás pintar?
-Diseño estampados para el taller Bassani, así que siempre tengo pintura en las manos y en mi ropa.
-¿Nunca se da la oportunidad de no pensar en nada?

Susanna miró a Pelletier como si hubiera escuchado un disparate y soltó una carcajada un tanto contenida. Pelletier esta vez le correspondió el gesto, aunque sabía que la respuesta a la pregunta que había formulado era que la mujer nunca estaba con la mente en blanco, aunque se esforzara por ello.

-Lo digo porque cuando no estoy aquí, me da por leer o hacer papiroflexia - continuó el médico.
-¿Le gusta doblar papel?
-Algo tengo que hacer con las revistas que me llegan por correo.
-¿Qué cosas podrían interesarle?
-Viajes y cosas de jazz. Alguna vez me suscribí a un boletín de teatro y también tengo cosas de vino y de cestería.
-¿Le gustan las cestas?
-Siempre es bueno saber cuál sirve para guardar mis llaves.

A Susanna le dió por pensar que Luc Pelletier era un tipo raro que no aparentaba sus aficiones. Hacía poco, el hombre había rapado parte de su cabello largo y con ello descubría un gran arete negro y puntiagudo. Era como ver a un vampiro asumiendo que vivía en un nuevo milenio o uno de esos góticos que en la escuela no hablaban con nadie.

-Tengo muchos pendientes en casa, me urge abrazar a mis hijos - prosiguió Susanna.
-¿Puedo preguntar cuántos son?
-Maragaglio y yo decidimos tener tres y me gustaría reiniciar las negociaciones para un cuarto bebé.
-¿No son muchos?
-¡No me mire así! ¿Usted tiene niños?
-Ni uno. Me divorcié hace tiempo y he pasado mucho tiempo soltero. Nunca me ha pasado por la cabeza ser padre o tener mascotas.
-¿No le preocupa quedarse solo?
-Moriré atendiendo pacientes en cualquier hospital. No soy muy exigente con la vida.

Susanna inclinó un poco si cabeza hacia el lado derecho, intentando comprender la aparente comodidad de Pelletier con su soledad. Definitivamente, él le agradaba.

-No tiene pinta de haberse casado alguna vez.
-Soy cardiólogo y mi ex mujer también ¿Cree que hablábamos? Nos ocupábamos de cualquier cosa y no recuerdo si conversáramos. 
-No sabía que eso pasaba.
-La mayoría de los matrimonios nunca hablan.
-No habría parejas de toda la vida.
-Mi relación no funcionó, pero bueno ¿Qué serviría? 
-¿Por qué se casó?
-Ambos estábamos disponibles y en esos años me sentía aislado. No quería que me aliviaran, sino ver una cara agradable y ya.
-Me cuesta visualizarlo.
-Cuando descubrimos que no nos hacíamos falta, cada quien siguió su camino. 
-Doctor ¿No ha considerado alguna novia?
-No.
-¿Es feliz?
-Estar en paz es lo más cercano a la felicidad.

Pelletier pareció brindar con su café.

-Lo que le causa curiosidad no es mi vida vacía de personas, sino mi falta de interés en echar raíces en una familia convencional, Susanna.
-¿Cuándo dejó de importarle?
-Estos días me ha gustado una mujer. 
-¿Le hablará?
-Soy un adicto a mi monólogo interno.
-Por eso no me gusta la vida solitaria. Cuando llega algo especial, no se sabe qué hacer.
-¿Por qué, Susanna?
-Porque todo lo gris se olvida y se llena de colores el mundo y hay mariposas en el estómago y terminamos portándonos como niños que no controlan lo que sienten.
-¿A usted le pasó?
-Cuando Maragaglio llegó a mi vida, yo sólo me entregué al impulso y lo amo veinticinco años después. Lo amo. 

Pelletier no ignoró los gestos de Susanna, ni la contradijo. Para él, verla era como hallar el tono de naranja más vibrante para completar un cuadro abstracto o el hilo rosa brillante para decorar una cesta de palma. Como si Maragaglio hubiera pintado o tejido un estudio blanco y negro y de pronto, su esposa lo salpicara de energía y alegría y extrañamente encajara.

-Considere esas vacaciones, por favor.
-¿Maragaglio y yo las necesitamos, doctor?
-Sobretodo usted.

Susanna se cruzó de brazos y miró la madera de la mesa, pensando que quizás unos días de sol o de frío apartados de los demás, eran lo más indicado después de su internamiento. Unas fiestas navideñas familiares, donde se pudiera estar con los niños jugando, comieran sandwiches y su marido y ella se sedujeran sutilmente durante el día eran el plan perfecto. 

-Grazie, doctor! - exclamó la señora Maragaglio
-Suerte en ese descanso.
-Mi esposo y yo le haremos caso.
 -Deseo que usted logre estresarse menos.
-¿En serio podrá con mi familia aquí?

Pelletier río y dijo que sí, convencido de que ella no podría dejar de tener la cabeza revuelta.

-Susanna, todos ellos... Bueno, no Tennant, pero los demás, son adultos. Eso incluye a Katarina.
-¿Hice mal apoyando la boda?
-No lo veo así.
-¿Y si fuera una hipócrita?
-Susanna, yo no pienso eso.
-Apoyé a Karin y ahora le doy la bienvenida a Juulia; Katarina se casó con Marco pero yo sabía que era novia de Miguel. Maeva pudo ser mi amiga y siento que la perdí.
-No siempre actuamos como los demás nos dicen que es correcto. 
-¿Qué me queda entonces?
-Siempre digo que hay que hacerse cargo.
-¿No quiere que me preocupe, doctor?
-No de lo que piensen los demás, sino de sí misma.

Susanna guardó silencio y se limitó a terminar su desayuno, aunque permaneció confundida. Claro que podía responsabilizarse de sus propias acciones, pero apenas estaba dándose cuenta de las repercusiones en los demás y de repente no era positivo disculparse siquiera.

-Afuera a Maragaglio y a mis nos aguarda una conversación delicada - recordó de pronto.
-¿Es grave?
-No es algo que pueda contarle a usted. Antes de enfermarme estuve con mi hermana discutiendo y ni ella ni yo llegamos a una conclusión que ayudara mucho. Es algo malo.
-¿Bastante?
-Mi esposo no lo tomó muy bien.
-¿Fue algo que hizo?
-Fue una información que no se esperaba. 
-¿Del trabajo o personal?
-Lo investigaron en Intelligenza. 
-¿Por qué?
-La persona involucrada me llamó por teléfono y me envió un sobre con información de la familia. Maragaglio ha estado investigando a los Liukin por cinco años.
-Eso es extraño.
-A la gente de su oficina también se lo pareció y Marine Lorraine recibió la orden de averiguar si el interés de mi esposo era personal... ¡Rayos! ¿Puede fingir que no escuchó, doctor Pelletier?
-Sólo confirme algo ¿Es grave?
-Si lo pienso, es enfermizo. 
-¿Le teme a las consecuencias?
-¿Qué va a pasar cuando toda la familia se reúna?
-Susanna, respire y descanse.
-¿Qué dice?
-Tiene enfrente la posibilidad de pasar unos días tranquila, sin la mente ocupada en sus dificultades. Más tarde definirá si esa batalla es de pareja o es de Maragaglio ¿Cuándo quiere la tormenta?

Susanna rascó un poco su cabeza.

-¿Qué le angustia de ese problema, señora?
-Oiga, usted no es psiquiatra.
-No, ni me gustaría. 
-¿Por qué le interesa?
-Porque sospecho que usted nunca se contagió de influenza.
-Tenía problemas para oxigenar.
-Que se corrigieron cuando le di un lugar de descanso. Usted no necesitaba un tanque de oxígeno, sino que la vida de afuera no la agobiara tanto.

Pelletier terminó su café y se dió cuenta de que Susanna Maragaglio todavía no acababa el suyo.

-No quiero ver sufrir a mi esposo.
-¿Lo del sobre es fuerte?
-La familia debe aclararle tantas cosas y no sé si resista la verdad.
-¿Es un problema que no se puede solucionar?
-Maragaglio es el único con el derecho de tocar ese tema.
-¿Es una situación donde usted no puede intervenir?

Ella afirmó con la cabeza.

-Entonces, quédese a observar.
-Si Maragaglio no resiste...
-Usted no estará colapsada. Susanna, usted no es responsable de tomar el control de lo que no va a resolver.
-No quiero que Maragaglio se sienta solo. 
-¿Y si esa fuera la solución?
-¡No! 
-¿Por qué?
-Porque iremos a casa y lo único que podré hacer será abrazarlo fuerte.

Pelletier rechazó la posibilidad de continuar la plática y únicamente escribió un par de indicaciones para que Susanna Maragaglio descansara mejor, como dormir a la misma hora, realizar más actividades al aire libre, buscarse algún hobby o leer más.

-Grazie, doctor - pronunció Susanna y luego de disculparse, volvió al corredor del quinto piso, a despedirse de los demás.

Pelletier por otro lado, no contuvo la tentación de beber el café abandonado por la mujer ni de guardar en el bolsillo de su bata la cucharilla con la que ella había agitado la bebida. Sentía una inmensa tristeza y le frustraba ese sentimiento que le carcomía el pecho. Todos esos colores, toda esa devoción ¿Qué era eso? Y volvió a cubrir su turno, cada vez más frustrado de formar parte de ellos, de Katarina, de Marco, de Ricardo, de Tennant y de Juulia. La ausencia de Susanna era como una espina y le daba miedo encontrarla en la calle y seguir pensando en esos tonos llamativos.

-¿Alguna novedad? - consultó Pelletier a Wendy Bacchini.
-Llegaron los estudios de Marco Antonioni.
-Los veré en un momento ¿Dónde está el doctor Gatell? 
-Con Katarina y Marco.
-A partir de ahora, sólo yo atiendo a esos dos. Gatell es su amigo, no quien firma por los medicamentos o evalúa sus pulmones.
-Entendido.
-Iré a arreglar algo.

Pelletier tomó la carpeta de Marco Antonioni, observó alrededor y caminó hacia donde Yuko, Maeva y Karin formaban su club de amigas.

-Van a entender algo las tres y después de este hospital espero no volverlas a ver: Señora Lorenz, usted no tenía un noviazgo, sino un contrato de incubadora. Tiene razón en enojarse, pero Maurizio Leoncavallo nunca la amó y puedo jurar que nunca lo mencionó... Maeva, estoy de acuerdo en que Ricardo Liukin es un infeliz, pero madure de una vez ¿Existía una relación? De ser real, nada de esto estaría pasando y Yuko, usted es nueva... Su lealtad a Miguel es loable y comprendo sus motivos pero ¿No le parece que fue inoportuna? ¡A este hospital viene la gente a sanar, no a llenarse de rencor! Y lo último es para todas: ¡Dejen en paz a Susanna Maragaglio! ¡Esa mujer le abre el alma a todas las personas que conoce y si decidió ponerse de parte de su familia, es porque los Leoncavallo la necesitan ahora! ¡A ella le acaban de romper el corazón! ¡Agradezcan que no están en su situación!

El exabrupto de Luc Pelletier provocó que los pacientes volvieran a sus lugares y él terminó sentado en el lugar que ocupaba Susanna, junto a Ricardo Liukin. La manta azul que quedaba tenía una bonita orilla bordada con cuadros de colores pequeños y ese sería el adorable recuerdo por conocerla.

martes, 27 de enero de 2026

La resaca (La boda de Marine VI)


Tell no Tales. Miércoles, 27 de noviembre de 2002.

Despertar en los brazos de la chica de pecas fue algo placentero para Laurent Ferny. Ella lo llenaba de besos, sus caricias eran intensas y lo hacía reír espontáneamente. Règine jugueteaba y pensaba que ninguna novia que tuviera él iba a ser tan complaciente. Laurent le había confiado los secretos sobre la frialdad de Leonora, la castidad de Marine y antes, el vacío con otras parejas. Ella lo conocía tan bien, que sabía que la buscaría aún estando casado.

-Tengo que trabajar - murmuró ella a las seis y se levantó de la cama, lista para huir al cuarto de servicio y cambiarse de ropa. El mayordomo debía encontrarla limpiando platos o acomodando cubiertos.

-Espera, Régine - dijo él.
-¿Qué pasa?
-Quiero ver tu cuerpo.
-¿Otra vez?
-No estarás cuidando a mi abuela hoy.
-Sí, Laurent, lo que tú digas.
-Hablo en serio. Tómate el día, vamos a Quai de Seychelles o quedémonos aquí encerrados.
-Me van a despedir.
-Te contrato para mi departamento en Crozet.
-Vivirás allí con Marine.
-¿Será un problema?

Règine negó con la cabeza y volvió con Laurent enseguida, consciente de que Steliana Isbaza tendría sospechas de que su nieto se divertía con la "sirvienta". O quizás pensaría que con la fiesta y el estrés que le causaban los pescadores, su nieto había sentido una necesidad de desfogarse.

-Hoy tengo que ir a la cena en Corse con los vecinos de Marine - recordó él.
-Tan libre no estarás entonces.
-Nadie espera que vaya al trabajo y puedo desaparecer hasta las ¿siete? Veamos mi teléfono... El tal Maragaglio ¿Llega mañana?
-¿Te vas a levantar? ¿Y tus planes para los dos? - protestó Règine.
-Perdóname, te traigo flores y el perfume que te gusta cuando vuelva.
-Me debes un collar y los aretes que ví en la joyería de junto, un vestido nuevo, tenemos una escapada pendiente y no me llevarás a Vichy.
-Voy a cubrir todo eso ¿De acuerdo?
-¡Déjame trabajar!

Règine apartó a Laurent y luego de vestirse, se apresuró a estar en la cocina, sin tiempo de disimular que se había levantado apenas. El mayordomo terminó recordándole su obligación de empezar a trabajar primero que nadie y en un momento, acabó llorando frente al espejo del baño para el personal. Sus ojos quedaron rojos y no pudo disimular al llevar el desayuno de té ante Steliana Isbaza en su sala de plantas.

-No seas estúpida - le saludó la mujer al ver su rostro - Puedes aprovecharte de un millonario ¿Pero creer que eres importante?  Mejor comienza a cobrarle a mi nieto. Será deprimente verte marchar de esta casa con las manos vacías, tonta.

Règine no contestó y luego de depositar la tetera y un plato con diminutos emparedados de salmón y de ensalada de maíz, volvió a su atrasada actividad de lavar los platos, así que no vio a Laurent entrar con su abuela ni a su mayordomo llevándole un tazón con avena y fruta.

-Buenos días, abuela, hoy tengo que visitar a Marine desde temprano y ayudar con lo de la cena comunitaria que exigen los pescadores para dejarnos casar.
-¿Qué pasó anoche, Laurent?
-¿Con la fiesta? Todo bien, las hermanas de Marine quedaron encantadas.
-¿Y la novia? 
-Creo que avancé en nuestros planes.
-¿Accedió a firmar algo?
-Sabes que eso depende de su padre.
-¿Qué conseguiste?
-La besé en serio.
-Una novia corsa no permite eso.
-El tal Maragaglio es un problema más grave de lo que pensamos porque Marine le hace más caso a él que a su padre. Me lo confesó ayer en el ataque de vergüenza que le dió. Vamos a tener que convencerlo y lograr que no averigüe nada sobre mí.
-Esas complicaciones no me dan confianza.
-Estoy tan desconfiado como tú ¿Qué me sugieres?
-Hablaré con los superiores de ese jovencito y con el almirante Borsalino. Tú no te vas a despegar de los pescadores y te quiero con la familia de esa mujer sin falta ni distracciones. Harás lo que te digan.
-Empiezo de una vez.
-Primero acaba con tu plato, hace días que no me acompañas en este lugar.
-Lo siento mucho.
-Laurent, sé que llegaste casi de madrugada, apestabas a licor de pera.
-Únicamente tomé vino.
-No soy vieja por idiota. Los corsos te sirvieron de lo que toman ellos, los conozco.
-Marine también bebió.
-Lo diré una vez: No voy a oponerme a tus relaciones con la sirvienta siempre y cuando no salgan de la discreción de este apartamento. Comprendo que eres hombre, que has estado muy ocupado y que necesitas entretenerte, pero ten cautela. No quiero que esa estúpida nos meta en problemas ¡Más te vale cumplirle con los regalos que te pida mientras sea razonable! No quiero chantajes, Laurent. No me obligues a deshacerme de tu novia.
-Règine no es mi novia.
-Tú eres quien la persigue, no al revés.

Laurent pasó saliva y tomó deprisa un vaso con agua antes de darle un beso en la mejilla a su abuela y retirarse. El nuevo plan era llegar "de sorpresa" al barrio Corse y estar en la cocina para impresionar a los Lorraine, así que sólo se detuvo para pasar a ver a Règine y enjugar sus lágrimas. La chica de pecas escuchaba sus disculpas sin saber qué contestar, excepto que no le creía. Él le susurró al oído que lo esperara en la noche y la besó brevemente.

El día comenzó a despuntar muy temprano y pasadas las diez de la mañana, luego de arreglar unos papeles sin importancia en la oficina, Laurent Ferny llegó a la calle Voilier del barrio Corse en el distrito de Lorphelin. Contrario a lo que esperaba, miembros del comité de Miss Corse y Lleyton Eckhart estaban en el edificio Nautonier, ayudando en lo que podían como las decoraciones, las flores, los manteles, los cubiertos y las servilletas. Por supuesto, Laurent había sido inteligente y sus compañeros de trabajo le rodeaban. De acuerdo a algunas tradiciones del vecindario, él no podía estar solo durante los eventos de su boda.

-¡Laurent! Creí que vendría más tarde - le recibía Albert Damon con un apretón de manos.
-Buenos días, señor. He decidido auxiliar en la fiesta y he traído unas manos extras ¿Dónde me necesita?
-La cocina es un desastre, podrían empezar por ahí... Laurent, usted viene conmigo.
-Claro, le acompaño.
-Pasen por favor.

Mientras el grupo se dividía y Laurent se apartaba con su suegro, Marine experimentaba una resaca que la mantenía agotada. Sus hermanas la cuidaban mientras intentaban ocultar su situación y Lou se emocionó al asomarse por la ventana.

-¡Llegó Laurent, se puso a hablar con papá! - anunció.
-¿A esta hora?
-¡Ay, Marine, tu prometido es muy atento! Quizás vino para saber cómo estás.
-Gracias por el suero.
-De nada, hermanita, que se note que soy enfermera. Te voy a quitar el catéter en unos minutos.
-¿Me va a quedar marca?
-Te pondré una bandita y diremos que te golpeaste con la mesita de la sala.
-Ojalá se lo crean.
-¡Vamos a bajar para saludar a Laurent! - intervino otra de las hermanas.
-¡Así me dan tiempo de deshacerme de esta venoclisis! ¡Corran! - exclamó Lou y cuando se quedó sola con Marine, sonrió grandemente.

-Me alegra tanto que te cases, Marine. Es muy difícil encontrar a alguien como Laurent.
-Gracias - respondió su hermana secamente.
-Ayer los ví besarse por fin y pensé que eso era lo que les hacía falta. 
-¿No le has contado a nadie?
-No quiero que te regañen.
-Me escapé de la fiesta.
-¡Debió ser emocionante! 
-Eso no se hace, Lou.

Marine volteó a ver su reflejo y se dió cuenta de que se veía cansada. Su espejo no quiso mentirle con el color de sus ojeras.

-Te voy a retirar la solución, no muevas tu mano.
-Me preocupa que no tengas trabajo.
-Estoy en el centro comunitario.
-Lou ¿Alguna vez te han pagado?
-Necesito quedarme otros seis meses para que me den mi carta de servicio y pueda aplicar para el Hospital General... Va a doler un poco... Ok, ya no hay catéter, aprieta fuerte para que deje de salir la sangre.
-¿Te dieron días libres para ir a Vichy?
-Soy la hermana de Miss Corse Lorphelin ¿Tú qué crees?
-Estarás de guardia en Navidad.
-Pero no me perderé la cena.
-En el banco necesitamos a alguien que asista a nuestro doctor. Piénsalo.

Lou asentó y luego de colocarle una banda alcoholada a su hermana, le presentó su ropa. Marine sintió algo que no pudo describir.

-Playera blanca con rayas magenta, falda short dep mezclilla magenta, sandalias de tacón magenta, prendedor de alcatraz y boina magenta ¡Eres la novia corsa perfecta!
-¿Dónde consiguieron todo esto, Lou?
-Le dijimos a papá que lo encontramos en la tienda de vestidos.
-¿Perdón?
-Es que no queremos que sepa.
-¿Qué cosa?
-Que le pedimos prestada la ropa a las vecinas del frente.
-Lo devolveremos mañana.
-Bueno, el prendedor y los zapatos son tuyos.
-Quería un vestido.
-Pero hoy es nuestra cena con el barrio. Eres la única que no viste de azul.

Marine asentó y comenzó a vestir de prisa, mirándose al espejo otra vez. Su cabello debía recogerse en un chongo que la boina cubriría y su banda como "Miss Corse Lorphelin" también había cambiado sus letras azules por unas magenta.

-Cuando Maragaglio esté aquí, no te va a reconocer.
-Él ha estado enfermo y su esposa también.
-Llega el viernes, pero le dije a Laurent que llega mañana.
-¿Por qué hiciste eso, Lou?
-¡Para que no se pierda la pesca del jueves! Si atrapas un pez ¡El amor verdadero llegará para ustedes!
-¿Crees en esas cosas?
-¿Tú no, Marine?
-Nunca he sido buena pescando.
-¡Papá te ayudará!
-¿Y qué hay de mamá?
-Esto no te lo dije yo pero habló con el tío de Laurent.
-¿El que vive en Sudáfrica?
-¿Tiene otro?
-No.
-Bueno, el punto es que no puede venir a la boda y tu novio lo acaba de saber.
-¿No podrá? ¿Y quién va a ser el padrino en el altar?
-Ahí es donde entro yo porque ¡Sugerí a Maragaglio y él aceptó?
-¿Por qué te metiste en eso, Lou?

Marine parecía enojada.

-¿Hice mal?
-¿Maragaglio de padrino? ¿Por qué no pusiste a nuestro hermano? Damon llegó hace poco.
-Damon no tiene diecisite años, no lo dejarían ser padrino.
-Tengo que hablar con papá.
-¿Te enojaste conmigo?
-Lou, sé que me ayudas mucho, pero Laurent tiene el derecho de escoger a su padrino. Iré allá abajo.
-No te has maquillado.
-Lo haré más tarde.

Marine salió de su habitación sintiéndose más emocionada que nunca, pero también confundida. Si Maragaglio aceptaba su nuevo rol, había una garantía de que pasarían más tiempo juntos, que en las actividades de Vichy y lo que restaba de la boda, se sentarían en lugares consecutivos, él sería el vocero del novio y el encargado de mantenerlo alejado de la novia y sus hermanas hasta la ceremonia y de hecho, iban a tener toda la libertad de hablar sin que nadie pusiera una objeción o una duda ¿Pero si él rechazaba la propuesta al ver todo? ¿Y por qué Lou lo quería a fuerza en todos lados? 

En el jardín, las personas comenzaban a curiosear con los amigos del novio y las famosas "gaviotas" de Corse se aproximaban para intentar conocerlos, así que Albert Damon decidió llevar a Laurent Ferny a la parte posterior del edificio, en dónde también había un jardín, pero mucha menos gente.

-Laurent, disculpe el apartarlo aquí, pero considero necesario hablar con usted.
-Dígame.
-Estoy molesto por lo sucedido anoche con mi hija.

Laurent no logró disimular su sorpresa.

-Seguramente es un malentendido.
-¿Por qué Marine llegó ebria pasada la media noche?
-Ambos bebimos un poco de licor de pera.
-No fue lo que su hermana mayor me contó. 
-Nos divertimos en la fiesta, estuvimos jugando dardos.
-¿Y por qué desapareció con ella?
-¿Desa...? ¿Qué?
-Cuarenta minutos ¿A dónde fueron y qué hicieron?
-Nada, señor Lorraine, conversábamos y se fue un poco el tiempo.
-¿Qué tema tocaron? 
-Eh, la boda y lo de Vichy.
-¿Acordaron algo?
-Sólo rentar tablas de nieve en vez de skies.
-¿Se da cuenta de que su imprudencia podría costarnos sospechas en el barrio? 
-Fue una charla.
-Pero aún importa lo que digan de Marine.

Laurent Ferny no pronunció palabra, pero aquello fue un recordatorio de que debía tener mucho más cuidado y ceñirse al plan con la disciplina que había mantenido. La cabeza fría, siempre.

-¡Marine, buenos días! - exclamó Albert al verla dirigirse hacia él. Ella se acercó con una sonrisa y lo abrazó como si lo hubiera extrañado.

-Ha venido, Laurent, pequeña.
-Buenos días, Laurent  - dijo ella, dándole la mano. Hubo otro silencio incómodo y Albert comprendió que los jóvenes se abstenían de decirse algo más.

-Marine, el señor Ferny me ha dicho que rentarán skies - comentó el hombre.
-Serán tablas, a mí me dan miedo los skies - respondió Marine con la voz tensa y a su padre le sorprendió que los novios concordaran. Laurent se sintió aliviado.

-Eso no quita que estoy disgustado. No los quiero solos otra vez.

Marine pasó saliva y siguió a su padre, haciendo que Laurent caminara detrás. Así, los tres aparecieron en el jardín del frente.

-¡Ahí está la pareja! - señaló alguien y vecinos y amigos aplaudieron al instante. El Comité de Miss Corse había contratado a un fotógrafo y este enseguida fue donde Marine para sacar todas las imágenes que pudiera de ella con su banda magenta. 

-Sin maquillaje, se ve igual de linda - dijo uno de los compañeros de Laurent y este volteó enseguida.

-No hables así de mi prometida.

Ese gesto, que en Corse parecía galante y atractivo, enseguida fue comentado y alabado.

-Tenía la esperanza de que no hubiera sucedido algo comprometedor. Ahora estoy seguro de que no - remató Albert y Laurent optó por beber enseguida un poco de agua para parecer más serio. Las hermanas de su novia comenzaron a sonreír aún más y Lou parecía admirada por la escena.

-"¿Qué está pasando aquí?" - se preguntó Marine así misma, intentando encontrarle sentido a la actitud de Laurent sin relacionarla con el episodio de la noche anterior.

-¡Marine! ¡Al fin te puedo ver! - gritó un chico de cabello rizado, ojos oscuros y opuesto a la belleza canela de las hermanas Lorraine. Su sonrisa era juguetona, vestía con un pantalón rojo y una playera rota, así como sus tenis casi destruidos también en rojo. Ella reaccionó apretándolo mucho.

-¡Damon! ¡Me habría gustado tanto llevarte a la fiesta de ayer! 
-Es una lástima que no le hayan dado permiso - dijo Laurent y el joven se le quedó viendo con desenfado.
-Es mi hermano, Damon, el que estudia en Venecia y tiene una banda de rock con sus amigos - continuó Marine.
-¿Tocará en la fiesta?
-Si el quiere.

Laurent le dió la bienvenida a la boda y enseguida se integró con el chico para desgranar maíz. Marine no sabía cómo tomarlo y sólo contempló cómo nacía una charla que no quiso escuchar.

-Entonces ¿Tú también vienes de Venecia? - inició Laurent.
-Estoy en el liceo, me enseñan pintura y dibujo - siguió el joven Damon.
-Vivir cerca de tu hermano mayor debe ser abrumador.
-¿Hablas de Maragaglio?
-Será mi padrino ahora que Lou lo ha propuesto.
-Maragaglio es genial, tiene la colección de vinilos más grande que conozco y siempre va a verme con mi banda.
 -¿Te apoya mucho?
-A veces me da consejos... Qué bueno que no es cantante o ya habría retirado de los escenarios a papá.
-¿Es tan bueno?
-Ni siquiera me animaría a ser músico, Maragaglio me enseñó a tocar la guitarra.

Laurent sonrió para esconder que no le agradaba que el molesto "hermano" fuera tan admirado y más dudas le surgían respecto a la omisión de los Lorraine ¿Por qué nunca le habían mencionado la existencia de alguien tan importante? ¿Por qué esconder al hermano mayor hasta el último momento? ¿Era una treta o la familia se cuidaba de revelar que uno de los miembros pertenecía a una fuerza de inteligencia? La otra posibilidad era haberse ganado la confianza total o que simplemente Lou le hubiera comentado para saber cómo reaccionaba. Pero Laurent también notó que le irritaba la idea de ver a Marine con él, de saber que los consejos se los pedía a ese todavía extraño y de imaginar que ambos pasarían tiempo juntos, le dolió el cuerpo entero ¿Y si no se agradaban mutuamente? ¿Maragaglio sería capaz de expresar su molestia y afectar la boda?

-Iré a ver qué están haciendo los invitados y volveré para desgranar más mazorcas - dijo con el calor haciéndolo sudar. Damon creyó que su cuñado no se sentía bien y lo llevó a refrescarse lejos de la vista de los vecinos, pero no de sus hermanas y de Albert Damon.

-Laurent, no dude en recostarse si lo requiere - habló el suegro, ofreciendo enseguida un sitio en el sofá cama de la sala. Lou se aproximó enseguida para tomarle la temperatura y contar los latidos de su corazón.

Mientras los Lorraine atendían a un debilitado Laurent, Marine volvió a sentirse mareada y con dolor de cabeza; pero a diferencia de su prometido, ella se encerró en un baño para que nadie le preguntara sobre sus lágrimas. Sentía las excesivas miradas, la obligación de cumplir con todo lo qie le pusieran enfrente y sobretodo, pensaba en Laurent y en Maragaglio, en que se hospedarían juntos, en que charlarían para cumplir con sus roles. Pero también repetía y repetía esos momentos de arrebato con los besos de Laurent, sin definir si eran un recuerdo grato o había rechazado a ese hombre. Los labios suaves, tan seguros de lo que hacían, decididos, de su novio, la hacían temblar apenas. Pero luego su mente recordaba a Maragaglio y toda ella se estremecía.

-Voy a casarme, voy a casarme - se repetía y se recostó en la bañera, consciente de su vestimenta marinera, de su cabello que buscaba soltarse. Su prendedor de alcatraz le lastimaba y se lo quitó, mirándolo un momento. Era un objeto pesado, de oro blanco y ella no sabía si quería seguir luciéndolo. Quería pincharse el dedo como si trabajara con una rueca, pero era innecesario e incómodo. Por media hora, Marine intentó pensar en su anillo de compromiso, en Laurent. Y el rostro masculino se transformaba en el de su antiguo amante. Maragaglio acabó volviéndose el protagonista de los besos del Panorámico.

-Quiero a Laurent, sé que sí - insistía también en pensar y poco a poco, comenzó a calmarse. Cómo no tenía reloj, fue sensato lavar su rostro y salir al encuentro de los invitados, aunque el silencio la alertó y la llevó a buscar a su familia, topándose en su lugar con un Laurent que trataba de sentirse menos tenso.

-¿Dónde están los demás?
-Disimulando en el patio - replicó él.
-¿Y Lou?
-Fue por un suero.
-¿Te sientes mal?
-Fue lo que bebí anoche.
-Te sentirás mejor con el suero.
-¿Cómo te fue de resaca, Marine?
-Mi hermana me ayudó.
-No se nota que tomaste licor de pera.

Marine dejó ver una sonrisa contenida.

-No se verá bien que los dos no estemos en la fiesta, lo pueden malinterpretar - advirtió ella.
-Iré cuando se me pase el dolor de cabeza 
-Te esperaré con mi padre.
-Buena idea.
-Me divertí anoche. Fue lindo todo, Laurent.
-De nada.
-Te daré una manta.
-No es necesario.

Marine abrió el gabinete junto a la pared y escogió una manta esponjosa y suave de color menta. Laurent se limitó a observarla y a aceptar que lo cubriera; pero tenerla cerca volvió a tentarlo. El tocó con sus dedos la boca de esa mujer para luego besarla largamente. Ella no reclamó ni se opuso al inicio, pero pasados unos segundos, su voz salió con el murmullo de "Maragaglio" que desconcertó al hombre.

-Mi hermano no puede vernos hacer esto.
-Claro, Marine.
-Tampoco mis hermanas, intentemos no repetirlo.
-Te ofrezco una disculpa.
-Está bien, Laurent.
-¿No hablaremos en Vichy, verdad?
-Dependerá de tu padrino.
-De acuerdo.
-Iré a la fiesta, no es conveniente que nos vean aquí.
-Te alcanzaré más tarde.

Marine se fue sin voltear, mordiendo su labio inferior por nerviosismo. En cambio, Laurent llevó sus manos al rostro y ahora tenía que arreglar lo que acababa de provocar. Marine no aceptaría su cercanía los siguientes días y eso aumentaría la tensión entre ambos; quizás la suficiente para que concretar la unión no fuera tan difícil. Él no iba a irse sin su noche de bodas, pero comenzaba a preocuparle la posibilidad de que Marine Lorraine le simpatizara en el fondo o comenzara a sentirse atraído por ella.  

domingo, 18 de enero de 2026

La borrachera (La boda de Marine V)


Tell no Tales. Martes 26 de noviembre de 2002.

En Tell no Tales continuaba la escasez de alimentos y  esa mañana, se registró un asalto masivo contra las plantaciones de Industrias Isbaza en los acantilados del valle. Toda la fruta que no se había liberado, ahora llenaba las canastas de los campesinos locales y las carretas de personas que provenían de distintos barrios. También se registraba un saqueo en las bodegas Isbaza del barrio de Avignon y otro más en el barrio Corse, en dónde esa empresa mantenía una pequeña planta de procesamiento de conservas marinas. Una de esas carretas llegó al Panorámico y Don Weymouth y otros cantineros obtuvieron las materias primas para reanudar la producción de sus bebidas caseras y bocadillos.

-Hoy por fin pudimos poner a hervir sémola. No habrá mucho salkau, pero me alivia que el hambre se nos quite - comentaba y brindaba con un poco de agua, aunque no estaba seguro de lo que decía. Al menos agradecía que podría darle dinero a su hijo Evan para que disfrutara un poco del tiempo libre después de su competencia en Sapporo. El chico vigilaba las ollas en la cocina y hablaba de sus rivales y lo que pensaba comprar mientras iniciaba el Grand Prix Final del patinaje artístico a una Bèrenice Mukhin que se preguntaba cómo sería hacer compras y comer fideos con curry en el mismísimo Japón. Pronto, los parroquianos debían ser desalojados y esa mañana, ella misma había decorado con flores que habían enviado desde una tienda de renombre en Poitiers

-¿Vamos a tener mucho trabajo, pequeño jefe? - preguntó.
-Es una fiesta, eso siempre es cansado - respondió Evan, aunque se hallaba contento. Su cantina había sido escogida para la despedida de la soltería de Laurent Ferny y se esperaba que numerosas personas bajaran desde Corse para acabar con las botellas de vodka y de whisky que Don Weymouth había atesorado para algún evento que le redituara más dinero del que solía ganar. El cantante Albert Damon y su yerno habían hecho los arreglos durante el fin de semana.

La ciudad era un hervidero de alegría y un viento frío apenas se dejaba sentir al mismo tiempo que en otro lugar, el número nueve del edificio Roberts, en la calle Philippe Caron, Steliana Isbaza contemplaba con asco las noticias desde su despacho. Las personas del barrio Blanchard repartían fruta sin importar que se les grabara en vivo.

-He hablado con las aseguradoras, las pólizas están corriendo - anunciaba su nieto, Laurent Ferney, depositando unos papeles en el escritorio que requerían algunas firmas. El chico había conseguido una camisa de media manga y un pantalón gris marinero con botones oscuros para seguir confundiéndose con la gente de Corse.

-¡Quítate esa ropa! ¡Tú no eres pobre, Laurent! - reprochó su abuela.
-Jajaja, debo disimular. Hoy tengo una fiesta con los pescadores.
-Qué desgracia ¿Volverás temprano?
-No lo sé, iré a mi despedida de soltero a un bar horrible en el Panorámico.
-Vas a mezclarte con personas vulgares.
-Supongo que es un buen precio a pagar por nuestros negocios, abuela.
-Siéntate, tomaré un trago contigo.
-El doctor dijo que nada de licor para ti.
-Es agua, mi nieto conmigo no bebe venenos.
-Gracias, no me sentará mal antes del alcohol barato.
-¿Quién pagó la fiesta?
-Albert Damon, naturalmente.
-¿Quien eligió el lugar?
-Yo. Me guié por las paredes, el dueño tiene fotografías del hijo por todos lados, pensé que se vería bien escogerlo.
-¿Qué hace ese muchacho? 
-Es patinador artístico. 
-¿Desde cuándo los borrachos le pagan la carrera a cualquiera?
-Le llaman democracia.
-¿Vas a ir sólo con hombres?
-Eh, no. Las despedidas de soltero de Corse incluyen a la novia y su séquito.
-¿La tal Marine llevará a las hermanas?
-Así es.
-¿Y Maragaglio?
-Ese llegará para el viaje a Vichy.
-Tenemos tiempo ¿Qué averiguaste?
-Que es Director Regional de Intelligenza Italiana en el Véneto y tiene muchos contactos.
-¿Alguno en común?
-El almirante Borsalino.
-Puede ser útil.
-Algo más... La hermana de Marine, la tal Lou, me confirmó que Maragaglio sí es su hermano.
-¿Por qué los Lorraine nos tendrían que decir eso?
-Así son los pescadores. Parece que el tal Maragaglio logró que les ayudaran en Italia con una empresa que tenían. De todas formas me iré con cuidado, no quiero levantar sospechas.
-Buena decisión ¿Quien te acompañará a esa bacanal?
-Los compañeros de la oficina. Recuerda que le he dicho a los Lorraine que no tengo más parientes que un tío en Sudáfrica que estará en la ceremonia.
-Es todo por lo que escucho. Cuídate y no tomes, Laurent, te quiero alerta.
-Tenlo por seguro, abuela.
-Dame un abrazo.
-Por supuesto y un beso en la cara... Siempre estaré contigo.
-No seas cursi, Laurent.
-Disculpa..
-Descuida por hoy ¿Verás a Leonora? 
-Ella está de vuelta en Londres. Cuando se concrete lo de las tierras que faltan del valle, iré personalmente a darle las noticias y arreglar lo del registro civil.
-Me parece estupendo.
-Se me olvidaba: El tal Maragaglio tal vez traiga a un invitado. Lleyton Eckhart me confirmó que es un tal Maurizio Leoncavallo y es de Milán. No sé si lo último importe, pero a ti debo decirte todo. Nos vemos, descansa bien y no me esperes despierta.

Laurent sonrió y se retiró enseguida, cerrando la puerta para que su abuela no lo viera despedirse de la chica de servicio, cuyas pecas lucían esplendorosas. Él le prometía darle un collar de brillantes para compensar el no llevarla a la fiesta y le aseguraba que antes de la boda tendrían alguna escapada por ahí. Ella no le creía nada, pero sabía que recibiría algo a cambio muy pronto.
En contraste, Steliana Isbaza permaneció temblando, sosteniéndose de una silla: ¿Maurizio Leoncavallo? ¿Ese nombre otra vez? ¿Esa coincidencia justo en aquel momento, cuando había recordado poco antes al amor de su vida? Quizás se trataba de una persona diferente. No era nadie.

Conforme avanzaba la tarde, el Panorámico se iba llenando de gente de Corse. Las chicas con sus atuendos de falda corta y tacones con sus infaltables pañoletas rojas; los hombres con sus pantalones marineros. Para Evan Weymouth era como ver gaviotas por todas partes, pero más le impresionaba que esa gente fuera tan fuerte y a la vez tan ligera. 

-¿Cuántas personas vamos a recibir? - curioseó el joven.
-Se supone que recibiremos a los que lleguen - contestó Don Weymouth mientras se ponía a limpiar el piso. Bèrenice estaba afuera, colocando jarrones de flores moradas para que la entrada no se viera tan decadente y pronto, divisó a Laurent Ferny caminando al frente de una comitiva más o menos grande. Él parecía saludar a cada vecino, conocido, pescador u oficinista como si los tratara de todos los días, como si los hubiera visto de toda una vida. El hombre aparentaba amabilidad, una sonrisa fácil y un nerviosismo entusiasta que inspiraba muchos deseos de buena suerte.

-Creo que ya comenzó - anunció Evan al asomarse y se frotó las manos porque le esperaba una noche larga. En las otras cantinas, se aguardaba a todos aquellos que no pudieran entrar a la fiesta y la música comenzó a sonar por ahí.

-¿A qué hora llegará la novia? - preguntó Bèrenice.
-No falta mucho, le llamaron a papá para avisar que viene con un grupo de once personas.
-Wow ¿Y con cuántas viene el novio?
-Si te fijas bien, con el barrio entero.

Ambos pasaron saliva y volvieron al interior para recibir sus últimas indicaciones. Al estar Bèrenice embarazada, Don Weymouth decidió que ella se quedaría en la barra, sirviendo los tragos simples. En cada mesa se había colocado la carta y Evan apenas se enteraba de que la cantina tenía una.

-Yo prepararé las órdenes - continuó el señor Weymouth. 
-¿Y qué vamos a hacer con tanta gente?
-Lo mismo de siempre, Evan. No es diferente a un fin de semana.

Evan asentó más tranquilo y segundos después, Laurent Ferny llamó calmadamente a la puerta. Evan y Bèrenice se miraron mutuamente con extrañeza.

-Es una costumbre de Corse. Los pescadores no son de esos patanes que vienen del resto de la ciudad - dijo el señor Weymouth
-¿Y por qué vinieron hasta acá? - replicó Evan.
-Porque no hay bar de Corse que aguante una fiesta grande.
-Nunca habían estado aquí.
-No nos habían escogido para el festejo principal, por eso no lo habías notado.

Don Weymouth sonrió y recibió a Laurent en la puerta, dándole la mano con cordialidad. Los invitados comenzaron a pasar calmadamente, saludando también de forma cortés. Las mesas se iban ocupando una a una en orden y el silencio era la marca inicial de tan inusuales visitantes.

-Buenas tardes a todos, gracias por venir a esta despedida de soltero, significa mucho para mí - pronunció Laurent Ferny cuando los asientos estuvieron ocupados. Los invitados que quedaban afuera no solamente recibían disculpas, también se les dirigía a otros bares y se les prometía compensarles con una gran cena comunitaria al día siguiente. Laurent parecía ocupado en ser un buen anfitrión y él mismo dejaría en la barra un ramo con flores magenta que servirían de obsequio para Marine Lorraine junto con una caja forrada en terciopelo, también magenta.

-Podemos iniciar con esta reunión. Agradezco mucho al señor Don Weymouth y a sus maravillosos empleados por recibirnos hoy. Disfruten la velada - anunció Laurent y luego de unos aplausos, Evan comenzó a entrar y salir de la cocina con bandejas llenas de platos de sopa de pistaches. Los pescadores parecían contentos con lo que se estaba sirviendo.

-Ese tipo no huele a escamas - notó Don Weymouth.
-¿Quién? - preguntó Bèrenice.
-El novio.
-¡Ah! ¿Tiene qué?
-Ese trabaja en oficina... Me pregunto si le habló a esa arpía de Steliana Isbaza sobre la fruta del valle. 
-¿Por qué haría eso?
-¿No te acuerdas, mujer? Tu amigo, ese Lleyton, nos prometió pasarle el recado.
-¿En serio?
-Si no fuera por Albert Damon, yo no habría aceptado la fiesta aquí.

Bèrenice intentaba recordar ese episodio sin éxito, notando que su jefe tenía esa actitud de no confiar en lo que veía, pero era imposible tomarlo en serio porque todos los días alguien le inspiraba su mirada de sospecha.

Contrario a lo que se esperaba de cualquier fiesta, los pescadores de Corsé comían en silencio y de hecho, sólo conversaban o retomaban el tema después de cada tres sorbos de sopa. No comían rápido, no tomaban más de un trozo de pan negro y no estrellaban la cuchara contra el plato. Se sabía que la educación del barrio aquel era singular y Laurent comía también junto sus compañeros del trabajo, pero incluso la risa distaba del escándalo.

-¿Y cuándo empiezan a divertirse? 
-¿Nunca has visto a un pescador tomar alcohol, Evan?
-No que recuerde, papá.
-Hasta nos quedaremos sin ginebra.
-¿Beben fuerte?
-Más de lo que imaginas.

Mientras se terminaba la sopa y se acomodaban modestos canapés de tomate en conserva y queso seco del campo, Laurent supo que debía comenzar con el brindis. Al terminar su sopa y excusarse, fue más evidente que sus amigos no pertenecían a Corse, pero hacían el esfuerzo de no dejarlo mal parado. A Don Weymouth no le hizo la menor gracia.

-No sé cómo iniciar un brindis y además, no bebo alcohol - reveló el joven al cantinero.
-Hay un truco que no falla y es dejarme ese trabajo a mí.
-No quiero que noten que no comparto ese gusto.
-Siempre de puede servir agua en un vaso de vodka.
-Me estaría salvando la vida.
-¿Agua corriente o de botella de cristal?
-De cristal.
-Enseguida.

Bèrenice sirvió discretamente el agua y su jefe confirmó sus sospechas: Laurent Ferny no era pescador. De serlo, nunca habría rechazado el agua común.

-En esta cantina se bebe fuerte - inició el señor Weymouth y el inesperado rugido de los pescadores, sobresaltó a Evan y Bèrenice - ¡Disfruten y tomen lo que gusten! ¡El prometido se beberá la primera copa!

Otro rugido se escuchó y Laurent agarró el vaso, consciente de que debía pasar el líquido de golpe. 

-¡Gracias por venir! - exclamó Laurent por última vez y consumió el agua. Entonces los demás presentes comenzaron a ordenar tragos y a programar música en la rockola. 

-Durante la noche consumiré jugo y agua, por favor - se giró Laurent hacia la barra.
-¿Ni siquiera tomará la champaña? - se sorprendió Bèrenice.
-Quizás la copa a medianoche y nada más.
-¿Alguien sabe que usted no es un ebrio?
-Nadie y pretendo que siga siendo así.

Laurent sonrió y miró a la mujer con agrado.

-Es una lástima.
-¿Qué?
-Que no puedas salir de aquí. Te invitaría a un sitio más privado; las despedidas de soltero no son buenas cuando termino la velada solo.

Bèrenice no entendió, pero algo la hizo quedarse en silencio y llenar vasitos de licor de pera de invierno para que los pescadores los tomaran libremente de la barra. El ruido comenzó a aparecer poco a poco, pero no así los juegos de dardos, en donde Laurent Ferny comenzó a destacar rápidamente. Las apuestas por tragos eran llamativas, pero Don Weymouth decidió atender al novio personalmente, asegurándose de que el jugo de mango pasara por un cóctel tropical con tequila o vodka. Era importante que el anfitrión no probara nada de licor.

Los pescadores comenzaban a soltarse y deshinibirse e improvisaban otros juegos, como uno donde se lanzaban dados y el número más bajo ameritaba una especie de castigo como tomar un vaso de agua, pero Laurent procuraba no perder y a nadie le sorprendía que fuera bueno. Era de esperarse que en un barrio de pescadores tal habilidad existiera y la rivalidad con Poitiers y Crozet obligaba a la práctica cotidiana de un juego que el resto de la ciudad veía con desagrado.

-¡Oye Laurent! ¡Si le atinas a la diana, también le atinas a Marine! - dijo alguien y Laurent fingió reírse. Sabía perfectamente de qué le estaban hablando, pero en sus planes no se encontraban los hijos y de todas formas, parecía que ella tampoco los buscaría de inmediato. Al hombre le habían contado que su prometida había vacilado sobre el tema durante la entrega de regalos y dinero para la boda.

Sin embargo, el tema dejó a Laurent pensando sobre Marine: En dos años nunca la había contemplado desnuda ni tocado su cintura en algún baile. Sus abrazos eran breves, sus besos también. Él era el perfecto novio corso que seguía las reglas, aunque disimulaba frente a Albert Damon cuando decía que no eran necesarias las chaperonas en sus citas, aunque de todas formas las cuñadas iban agregadas en cada salida. Pero como otras veces, se preguntó sobre su noche de bodas y lo que haría con ella por ser hermosa. Iba a actuar como si la amara un tiempo más.

-¡La novia viene llegando! - gritó una mujer que se asomaba por el ventanal del lugar y entonces, Laurent se aproximó a la entrada.

Las hermanas de Marine vestían de negro, portaban boina marinera y en el caso de las menores, pañoletas rojas atadas con un firme nudo al cuello. Iban caminando juntas, dándose las manos y a su paso recogían felicitaciones y sobres con dinero, al igual que en la fiesta de la calle Nautonier. Muchos decían que esos obsequios eran para que la novia no tuviera preocupaciones si se embarazaba pronto.

-Marine ¿Ya viste a Laurent? ¡Se ve guapísimo con su traje de pescador! - dijo su hermana Lou a pocos metros de la cantina. Él la oyó y asentó inmediatamente. 

Marine Lorraine no iba vestida como marinera esa noche. Ella portaba un vestido magenta cuya falda circular resaltaba su cintura y llegaba a su rodilla; su prendedor de alcatraz y una coleta que a pesar de su elegancia, no parecía ajustada. Sus zapatos eran muy altos, aunque en su bolso había escondido unas pantuflas para resistir la velada.

Las hermanas entraron primero, siendo recibidas con corteses "buenas noches" y recibiendo sus asientos frente a la barra. Ellas estaban felices, expectantes del recibimiento a su hermana.

Laurent Ferny se dió cuenta de que no iba a ser educado si no salía unos pasos y así se acercó a Marine, a quien miró a los ojos y le sonrió antes de tomarla de las manos. Ella veía al suelo y luego hacia él, sin saber qué decir y respirando tensa.

-Bueno, esta es la primera vez que podremos bailar - dijo él antes de darle un beso veloz y sutil en los labios.

-¡Marine se sonroja con él! ¡Le gusta mucho! - exclamó Lou desde su sitio y vio a su cuñado extender su mano para invitar a su prometida entrar. Marine asentó, estrechó su mano con la de Laurent y él le cedió el paso. Cuando ambos estuvieron dentro, estallaron los aplausos.

-¡Vivan los novios! - gritó otro pescador.
-¡Aún no se casan! - replicó una hermana de Marine.
-¡De aquí nos vamos al registro civil! - bromeó otro y Laurent carcajeó sin planearlo.

-Sólo se están divirtiendo - comentó para disimular y luego volvió al gesto desenfadado que todos le conocían para luego añadir - El señor Lorraine y yo pensábamos que sería bueno celebrar la ceremonia civil en Vichy, pero Lou nos convenció de seguir con los planes de hacerlo en Corse, como acordamos. El cura nos dijo que le parece bien que firmemos lo civil junto con el acta de la iglesia.

Marine pasó saliva y volvió a mover su cabeza como aprobación. Entonces Laurent finalmente la condujo a su asiento.

Al reanudarse la fiesta, lo primero que hicieron las chicas fue agarrar los vasitos de licor de pera que había servido Bèrenice y un par de canapés. Era claro que querían enfiestarse y las menores ya elegían con quién bailar, dejando a la novia sintiendo que no quería estar allí. Laurent le sugería iniciar con algún trago ligero, aunque ella no estuviera segura por no haber tenido ganas de cenar. Entonces, él examinó de nuevo las bebidas del estante del frente y se dió cuenta de algo.

-Señor ¿Qué tienen esas botellas? - preguntó fingiendo ignorancia.
-Vino tinto, es caro - respondió Don Weymouth.
-¿Qué tanto?
-100€.
-¿Y por copa?
-25€.
-Quiero dos. Las serviremos a mi prometida y sus hermanas, que lo merecen... Mejor tres botellas, un tinto Delobel del '96 no debe quedarse guardado.

A Don Weymouth terminó por desagradarle el flamante Laurent Ferny, pero contempló a las maravilladas chicas Lorraine que se sonrojaban ante semejante detalle sofisticado. Los presentes al percatarse también se impresionaron aunque no sabían nada de vinos, exceptuando lo renombrado de la marca.

-También quiero ese vino Ópalo ¿Quién es su proveedor? No pensaría que en esta zona hallaría algo así - continuó Laurent.
-Le sorprendería qué gente ha venido últimamente.
-¿Ellos se le han pedido?
-"Ellos" pero nunca un pescador.

Laurent se encogió de hombros y Marine apenas lo vió con una sonrisa breve y nada profunda. Ella no estaba segura de beber su copa ni impresionada por el obsequio, pero le sorprendió saber que su novio reservara la botella de Ópalo "para los dos".

-Si no quieres beber, podemos pedir otra cosa - dijo él.
-Está bien, me gusta - sostuvo ella.
-Bueno, brindemos por nuestra boda, por lo que será nuestra vida juntos y porque nos irá bien.
-Claro que sí.
-Nunca te había visto tan feliz.
-Es una fiesta.
-Me refiero a que nunca había contado tantos dientes cuando estás contenta.

A Marine le pareció curioso y volvió a reírse, pero esa vez decidió concederle a Laurent un gesto y también contó sus dientes al carcajear, provocando que él lo encontrara divertido. Chocaron sus copas y el vino comenzó a deslizarse por sus gargantas al mismo tiempo que se miraban detenidamente. Él lo hacía por la conquista, ella por mínimo mirar una vez al hombre con el que iba a casarse y que sentía que estimaba de alguna forma.

-Me da miedo el vino porque me gusta mucho - confesó Marine espontáneamente. Su resistencia alcohólica era baja y pronto, sus mejillas se calentaron. Laurent apenas creía que tuvieran algo en común y sirvió otras copas, a pesar de que también sentía las consecuencias de pasar años en blanco. Ambos comenzaron a reírse de la nada, aunque él recordara que debía concluir la noche con sobriedad.

-¿Te gusta bailar? - consultó el hombre al segundo golpe de la bebida.
-Depende, si me gusta la canción.
-¿Te parece bien si lo intentamos? Hay que practicar para el vals de la boda.
-Quizás me venga bien, Laurent.
-¿Te sientes enferma?

Y en un acto que en sus cinco sentidos nunca habría ocurrido, Marine le confesó al oído que no tomaba nada que no fuera café. Él alcanzó a fingir que hacía lo mismo por el ritmo de la oficina y empezaron a moverse torpemente con la música. Gracias a su movimiento, los demás pensaron que iniciaba el baile y más whisky era solicitado a un Evan que trataba de entender lo que ocurría. 

-Bèrenice, la próxima vez que ese idiota te pida agua, le das licor de pera - ordenó Don Weymouth.
-¿Quién es el idiota, jefe?
-El novio. Vamos a descubrir quién es.
-Pero ¿Si no quiere?
-No lo notará. Cuando termine de dar vueltas con la novia, se terminarán el vino. Pagó 60€ y no los va a tirar. Va a estar un poco mareado y por eso ya no le importará.
-Papá ¿Por qué  lo vas a emborrachar? - quiso saber Evan, conocedor y heredero de semejante práctica con las personas que le causaban repulsión. Laurent hizo exactamente lo que el cantinero predijo con el vino y Marine accedió a la siguiente copa por ser educada.

-Quiero saber de que están hechos los dos, pero él... Es uno de "esos".

Don Weymouth no aclaró de qué hablaba, pero Bérenice obedeció cuando, acabado el trago, Laurent le pidió agua. El tipo se bebió el licor de pera y enseguida pidió lo mismo para Marine, que creyendo que eso la obligaría a ir al tocador a deshacerse del alcohol, accedió. Los novios volteaban a verse y de repente, sus rostros eran las cosas más risibles que habían visto.

-Quiero más, por favor - pidió Laurent, pero Don Weymouth se hizo cargo y sirvió un vodka potente, haciendo que el anfitrión le preguntara porque le había dado esa bebida. Pero aquello lo venció. Laurent comenzó a tomar de los vasitos de licor de pera y Marine, para evitar quedar como una aguafiestas, tomó un par.

Los novios saltaban, jugaban dardos y bromas, aceptaban tragos de whisky y las hermanas de Marine comenzaron a preocuparse hasta terminar en pánico. Laurent y Marine desaparecieron de la fiesta de un momento a otro y eso podría dañar la reputación de la novia si no la encontraban.

Mientras en la cantina Weymouth y otros negocios del Panorámico la fiesta era cada vez más entretenida, los novios caminaron y se detuvieron en el mirador de la siguiente calle. Ambos carcajeaban y Marine atisbaba cada detalle, entendiendo por qué a esa zona del barrio Blanchard se le llamaba Panorámico.

-Es hermoso... Se ve desde la playa de Corse hasta el muelle de Quai de Seychelles.
-¿Por qué el agua brilla de noche?
-No lo sé, Laurent.
-¿Tienes sed? 
-Jajajaja ¿Trajiste más vino?
-Es lo único que a veces bebo.


-Gracias por sacarme de la fiesta, me estaba ahogando.
-¿Tú también?
-¿No te gusta estar con la gente?
-Me estaba dando calor, estoy sudando.
-Es cierto.
-Nunca hemos estado solos, Marine ¿Será  ue al fin podemos hablar?

Un nuevo ataque de risa interrumpió sus incipientes intenciones por varios minutos, hasta que Laurent, reconociendo que no quería pasar la noche solo, besó a Marine intensamente.

-¿Qué haces? - preguntó ella cuando pudo soltarse.
-Llevamos dos años y nunca te había dado un beso de verdad, es todo.
-No es el momento.
-Nadie nos ve.
-No creo que esto sea bueno, regresemos.

Laurent recuperó la sobriedad y optó por ser más inteligente.

-De acuerdo, caminemos.
-Me estaba divirtiendo mucho - reconoció Marine.
-En Vichy nos divertiremos más.
-Es un viaje familiar.
-¿Te gusta la nieve?
-Mucho. 
-Podríamos ir también al pueblo, dicen que es muy bonito.
-¿Nunca has ido a Vichy?
-Tú tampoco.
-Es cierto.
-En el trabajo me sugirieron ir, sobretodo por las actividades familiares. Dicen que el instructor de esquí es agradable.
-No te he preguntado cómo te va en la oficina, Laurent.
-Siempre lo haces.
-Nunca sé qué decirte.

Laurent volteó a ver a Marine y volvió a besarla cuando la resistencia fue menor. Ella también notó que comenzaba a corresponder, pero en lugar de sentirse cómoda ante la sensación de un beso encendido, recordó a Maragaglio y dijo su nombre en sobresalto.

-¿Maragaglio?
-Disculpa, Laurent, es que es mi hermano mayor - replicó ella, impresionada por mentir de forma natural. 
-¿Le tienes miedo a lo que diga?
-Si se enterara de esto, lo decepcionaría. Él es a quien más le hago caso y después a mi papá.

Laurent se congeló un momento. Acababa de recibir información valiosa y al ver la respiración agitada de Marine, supo que un movimiento en falso enfrente de Maragaglio iba a complicarle todo el plan.

-No te preocupes, regresemos con tus hermanas.
-Sí.
-Me va a gustar ser cuñado de Maragaglio. Debe ser un hombre corso honor si lo respetas de esa forma.

Laurent le dió un beso en la frente y la tomó de la mano. Caminaban a buen paso, pero la impresión de los besos los había desconcertado, así que se miraron mutuamente y recargándose en un poste, juntaron sus labios de nuevo. Sin embargo, ese tercer momento no fue lo que esperaban. La mente de Marine viajó hacia los impulsos arrojados de Maragaglio y la de Laurent, si bien contemplaba a la mujer que estaba estrechando, le recordaba que la fiesta debía concluir para llegar con su abuela, aunque no quería pasar la oscuridad en soledad. 

-Ay, pensé que ustedes no eran de Corse pero al fin hay pasión aquí - comentó Lou Lorraine al encontrarlos.
-Disculpa, Lou. Si te parece irrespetuoso, yo hablaré con tu padre.
-Laurent, no te asustes, no le diré a papá. Además, ustedes son novios ¡Qué bueno que se gusten tanto!

Lou no ocultaba que se había emocionado.

-¿Por qué estás sola? - tembló Marine.
-Me separé de las demás para buscarlos, es que ya sabes que la gente piensa mal.
-Íbamos de regreso.
-Qué alivio me da encontrarte, no hemos hablado en toda la noche...
-Entonces me adelanto para que nadie haga insinuaciones - intervino Laurent y posó sus labios en la mejilla de Marine antes de irse. Ella se detuvo y Lou comprendió que la diversión había terminado.

-Vamos a casa - dijo Marine y caminó para reunirse con sus hermanas luego de que el flamante novio llamara un radiotaxi para que llevara a las mujeres a su destino.

Entretanto, Laurent ingresaba en la cantina nuevamente con su botella de vino y se colocó frente a Don Weymouth con visible molestia.

-¿La novia no quiso estar con usted? - preguntó el cantinero.
-¡Le pagué por no servirme alcohol!
-Un descuido, cualquiera lo tiene.
-¿Qué me dió?
-Vodka... ¿Le remuerde la consciencia?
-Deme uno más.

Don Weymouth, sin embargo, le sirvió agua y Laurent, alterado, la bebió con toda consciencia.

-Que beban lo que quieran, igual se paga - remató Laurent y se alejó a prisa, tomando otro radiotaxi frente a un bar más alejado. Los pescadores continuaban festejando y la resaca llegaría en la madrugada, pero no importaba mucho. La fiesta era divertida, los corsos sabían reírse y descontrolarse con educación y sin caerse o pelearse.

Cuando Laurent llegó al edificio Roberts, no estaba cansado, sino confundido ¿Qué rayos había pasado en esa fiesta? Marine... Marine era hermosa y la idea de pasar una noche de bodas de pronto no era un trámite engorroso. Le quitaría las tierras a su familia ¿Y qué? No iba a pasar por ese matrimonio sin recibir su parte, aquella que sólo un esposo debía tener.

-Tu abuela duerme, Laurent - lo recibió la chica de pecas.
-Ella se acuesta tarde.
-Son las diez, le di sus pastillas y mañana la veremos.
-No sé cómo sigue confiando en ti.
-Trajiste vino ¿La fiesta fue tan buena?
-Es un Ópalo, irá a la cava.
-El mayordomo la pondrá en su lugar.

Laurent se quedó callado y ella se acercó, colocando sus pequeñas manos sobre el pecho masculino y luego deslizándolas hacia el pantalón. Él no puso resistencia.

-Te conozco, te estoy sintiendo ¿Marine te provocó? Déjame calmarte.
-Me siento solo.
-Siempre lo estás. Vamos, te cuidaré.

La chica de pecas iba a llevarlo donde siempre, a su habitación en el cuarto de servicio, pero Laurent no quiso y en su lugar, entraron al dormitorio de él, asegurando la puerta.

-Tú siempre estás conmigo, Règine - susurró el hombre, despojándose de su ropa y cediendo por completo. La chica de pecas se hizo dueña de sus deseos, de su urgencia ¿Qué más daba si recibía el brazalete o no? Laurent al fin la había llamado por su nombre y suspiraba repitiéndolo. Y cualquier obsequio le importó menos cuando él, cansado pero aún con la sangre hirviéndole, colapsó para llorar.

Règine lo recibió en su pecho, lo mimó el resto de la noche. A diferencia de sus momentos de diversión, esta vez, Laurent había hecho el amor con ella. Esas lágrimas eran la prueba.