lunes, 3 de agosto de 2026

La cabalgata (La boda de Marine X)


Tell no Tales. Viernes, 29 de noviembre de 2002.

La mañana iniciaba en el departamento de Steliana Isbaza en Poitiers y Laurent Ferny revisaba junto al mayordomo su equipaje y su itinerario de viaje, cuando Sandra Isbaza se presentó con el fin de saludarlo y pasar la mañana al lado de su abuela. El clima aún era soleado, aunque las nubes anunciaban que el frío llegaría en dos días más.

-¡Vine a felicitarte por tu boda, Laurent! No se habla de otra cosa en la ciudad.
-Gracias, prima.
-Es una lástima que no pueda acompañarte, sabes que en serio quería estar ahí.
-Me habría gustado.
-¿Nadie puede saber que eres un Isbaza como yo, verdad?
-Creo que no les caería bien.
-¿Marine lo sabe? 
-Por supuesto.
-¿Te aceptó sin reproches?
-Sí.

Para Laurent Ferny, mentir era lo más natural en cualquier relación y pensó que le dolía hacerlo cuando se trataba de Sandra, quien lo abrazaba fuertemente. 

-Te he traído un regalo - siguió ella al soltarse.
-Una cajita... Me gustan las cajitas.
-Lo sé.
-¿Es una rana de chocolate?
-Sólo ábrela.
-No entiendo el color de la envoltura ¿Es magenta?
-Por las novias de Corse.
-Veamos... 

El rostro de Laurent se illuminó.

-Quiero que los uses en tu boda, Laurent.
-¿Son de plata?
-Oro blanco. Los mandé limpiar en la joyería de la calle Deschamps después de ir a la caja fuerte. Me dijeron que eres una estrella en Landstrid Bank.
-¿Son los del abuelo?
-Quiero que tú los conserves, siempre has estado para la familia y sé que el abuelo significa mucho para ti.
-Los pondré en mi traje de novio.
-¿Será mi forma de estar presente?
-Sí.

Sandra volvió a estrecharlo y Laurent sonrió sorprendido por haber recibido los gemelos de Joseph Kerr, creyendo que era un signo de buena suerte. Él valoraba grandemente la memoria familiar y seguía siendo leal a su legado y negocios, deseoso de dejar una huella igual de grande siguiendo sus consejos y estrategias. 

-Me quedaría pero me esperan en Corse para un evento de caballos - anunció Laurent. 
-¿Regresas para cenar?
-Eh, no. Llevaré a Marine y su familia de viaje a Vichy.
-¿Antes de la boda?
-Ella ha estado tensa y sinceramente, yo también. Iremos a jugar en la nieve y tener asados familiares... Te veré cuando vuelva de la luna de miel.
-¿Cuándo será eso?
-Víspera de Navidad.
-¡Buena suerte, Laurent!
-Gracias, Sandra.

Ambos sonrieron y luego de ordenar que llevaran su equipaje a casa de la familia Lorraine, Laurent fingió atender una llamada urgente que lo llevó al estudio. Ahí le esperaba Règine, a quien besó efusivo.

-Casi me dejas sin respirar - sonrió la joven.
-Me voy a Vichy.
-Adiós.
-No te enojes.
-No te vas a deshacer de mí.
-Me harás falta, mujer.
-Créeme que no.

Règine posó sus manos en el pecho de Laurent y luego se juntó a su cuerpo.

-Tengo prisa.
-Tu pantalón dice otra cosa.
-Nos van a descubrir.
-Marco mi territorio, Laurent.

Ella se deslizó hacia el cierre y Laurent cedió mientras la miraba colocarse de rodillas, como la primera vez que se habían involucrado. 

-Voy a extrañarte, Règine - admitió él y entonces se sintió listo para ir por su futuro al barrio Corse.

Eran las nueve y quince de la mañana cuando Lou Lorraine finalmente recibió el aviso que esperaba en la voz anhelada y corriendo, bajó hacia el jardín delantero del edificio Nautonier dónde su padre y Goran Liukin Jr. parecían conversar con cierta tensión mientras miembros del comité de Miss Corse aguardaban por Marine para llevarla al club hípico y hacerle una sesión de fotos con el anillo de compromiso puesto. La novia aún no se decidía a salir y se sentía nerviosa.

-¡Lou, siento que me voy a desmayar! - declaró Marine.
-¿Quieres que te revise?
-Estoy llorando.
-¿Estás emocionada?... Te veo ¡Y estás muy feliz, hermanita! 
-¿Qué dices, Lou?
-Es que Maragaglio está llegando a la ciudad y hoy llevas puesta la esmeralda que te regaló ¡Siempre lo haces cuando estás contenta!

Marine creyó que iba a sucumbir, pero no tardó en ver por la ventana a Laurent llegar y su rostro mostró una sonrisa grande. 

-¡Laurent está aquí! ¡Laurent está aquí! ¡Laurent está aquí! - gritó Lou agitando a su hermana y dándole un beso en sus cabellos.

-Iré con papá y te veré en la cabalgata ¡Yo me llevo a tu novio!
-¿Qué dices, Lou?
-Alguien tiene que recoger a Maragaglio en la estación y yo no me lo voy a perder ¡Laurent va a conocer a nuestro hermano mayor!
-¿Tan pronto?
-¡El padrino y el prometido tienen que congeniar! Te cuento cuando estemos juntas.
-No vayas a ser imprudente, Lou.
-Me comportaré muy bien con Maragaglio ¡Tendremos un bonito día, Marine!

Lou se separó y fue directo con su padre a anunciarle lo de Maragaglio. A lo lejos, Marine se dió cuenta de que Laurent la veía y se apartó de la ventana con un gesto que él confundió con su supuesta timidez.

-Sería conveniente que Laurent nos acompañe a recibir a Maragaglio a la estación de tren - se alcanzó a escuchar, pero Marine no se atrevió a asomarse, así que no vio a su padre, a Lou, a Laurent y a Goran Liukin Jr. tomar camino rumbo a la estación y tampoco supo que el Comité de Miss Corse había puesto flores magenta como decoración en la calle.

Poco antes de las diez de la mañana, un tren proveniente de Hammersmith llegó a Tell no Tales. En su interior, la calefacción funcionaba sin contratiempos y era cómodo, aunque fuera una máquina vieja. El invierno ya había descendido a las montañas y llegaría puntual a la ciudad apenas llegara el primer minuto del mes de diciembre. Pero el aire que erizaba hasta la piel más curtida arribó junto al visitante más esperado del lugar. Maurizio Leoncavallo "Maragaglio" descendía en el andén luciendo un impecable polo blanco, pantalones grises y mocasines también grises. Su reloj era discreto y los lentes que se ajustaba parecían realzar sus ojos aceitunados. Él miraba hacia todos lados y pronto descubrió a la primera persona que le buscaba: otro hombre de gabardina camel, traje oscuro y abrumado por algún retraso. Era Lleyton Eckhart y no le impresionaba en absoluto.

-Maragaglio aquí y cualquier cosa que me diga sobre el diamante o los Isbaza, no es novedad para mí - saludó y Lleyton se descolocó un momento, pensando en que no había manera de que el otro supiera lo que él había averiguado.

-Dudo que quiera investigar a Laurent Ferny sin ayuda.
-Pierde el tiempo, Eckhart. Laurent Ferny Isbaza no entregará ningún diamante. Lo mejor que puede hacer es dejarme tranquilo, tengo un paseo familiar en Vichy.
-Esta faltándome al respeto.
-Puede venir, pero no se meta.
-Es mi caso.
-Es un evento con mis amigos. Arruínelo y le costará un enorme papeleo con el Gobierno Mundial cuando lo despidan.

Lleyton no replicó, pero se dió cuenta de que estar cerca de Maragaglio iba a desvelarle cualquier secreto, así que le dijo que lo seguiría.

-Honestamente, me da igual - declaró Maragaglio y se encogió de hombros.

La estación de Tell no Tales estaba rodeada de árboles y su techo cristalino hizo que Maragaglio se percatase de que, tal y como el nombre lo anunciaba, se encontraba en el cielo. O más bien, sobre una capa de nubes que con un espejo asemejaba el mar. Los turistas se tomaban fotos, pero él recuperó el sentido y descendió unas largas escaleras hasta el corredor donde un sinfín de tiendas y puestos de periódicos ofrecían cualquier cantidad de artículos que se podían encontrar en otro país, en alguna parte contaminada por la urbanización. Sin embargo, el techo seguía siendo transparente y la luz que entraba era cálida, así que eso relajaba los ánimos y permitía ver a una persona que hizo a Maragaglio sonreír.

-Llegamos tarde, me disculpo.
-No se preocupe, prefiero verlo aquí.
-¿Cómo ha sido su viaje?
-Sencillo, afortunadamente. Me da gusto por fin estar con la familia, señor Lorraine.

Maragaglio abrazó a Albert Damon fraternalmente y pronto levantó la vista. Un joven de cabello castaño claro, piel dorada, una barba apenas insinuada, sin duda delgado pero atlético y de aspecto confiable, iba unos pasos atrás y sonreía de manera natural, como cualquier bienintencionado. El pantalón era marinero, gris y con botones plateados. La camisa blanca con mangas de tres cuartos, impecable. Laurent Ferny también había optado por los mocasines y a diferencia de su suegro, ninguna cadena o joya adornaba su atuendo. Maragaglio debía ganarse el favor del padre de Marine a toda costa, así que enseguida se mostró afable con el desconocido y extendió su mano.

-¿Él es Laurent? Es un placer conocer al novio de Marine, me han dicho que necesitas un padrino.
-Han surgido contratiempos con eso - replicó el otro.
-En todo caso, se trata de la familia, así que te ayudaré.
-Usted es el famoso hermano mayor de Marine, me han hablado bastante al respecto.
-Y vengo a honrar mi fama. Como serás de la familia, alguien tiene que ayudarte con Marine.

Maragaglio enseguida notó que Laurent buscaba información y por tanto, le había cerrado la posibilidad con su última frase. Albert Damon disimulaba la incomodidad, pero por algún motivo, se inclinó por respaldar a su "hijo mayor" estrechandolo de nuevo y expresando un "nos alegra que hayas podido venir". Él notó enseguida que Albert lo tuteaba y ese detalle le intrigó más que cualquier juego paralelo.

-Supongo que en este momento iremos con la familia. En serio es bueno conocerte, Laurent - remató Maragaglio antes de que este, con tal de no desprenderse de su piel de novio atento, se ofreciera a llevar la única maleta del invitado.

-¿Viaja ligero, Maragaglio? - notó Laurent.
-La ropa italiana no es muy pesada y planeo comprar ropa de invierno en Vichy. 
-¿Le gusta la ropa de marca? 
-¿Los pescadores saben de eso?
-Trabajo en un banco.
-Entonces ha de recibir unos bonos de vez en cuando. 
-Me recomendaron una tienda de ropa y artículos deportivos en el trabajo.
-Prefiero la marca Leoncavallo.

Laurent no entendió, pero Albert Damon sí y parecía captar que Maragaglio no pensaba revelarle nada sobre sí mismo al prometido de Marine. De todas formas, sí existía la compañía Leoncavallo, aunque sólo diseñara vestidos de novia y fuera propiedad de Enzo Leoncavallo, tío de Maragaglio.

Maragaglio continuó caminando y observaba a todos lados para notar los cambios desde la última vez que había estado en Tell no Tales, dando la impresión de estar distraído. Pero algo lo detuvo abruptamente. Goran Liukin Jr. caminaba directo hacia él con ese aire despreocupado y al mismo tiempo provocativo de los nómadas sin rumbo que abandonan todo. Y frente a él, mantener el rol y el guión por un pequeño segundo fue complejo. Una respiración profunda y morder la punta de su lengua, fue suficiente.

-¡Maragaglio! No ha pasado mucho ¿Cómo están Carlota y los chicos? Se que estuvieron en Finlandia pero la verdad mandé un mensaje, recibí una llamada y ya no supe más.
-Carlota volvió sin contratiempos a París.
-Es una buena noticia ¿Ahora podrás disfrutar de la boda?
-Sí.

Maragaglio pasó saliva cuando Goran estrechó su mano y siguió actuando como podía. Albert Damon estaba por intervenir cuando un torbellino se abalanzó sobre el invitado y este sólo pudo estrechar su suerte.

-¡Maragaglio, qué emoción! - gritó Lou Lorraine.
-Hola, qué sorpresa.
-¡Te extrañé muchísimo! ¡Todas te queremos ver!
-Gracias Lou, eres muy amable... Tengo que dejarte en tierra.
-¡Pasaremos mucho tiempo juntos! ¡Soy la madrina de Marine!

Lou gritó emocionada y acto seguido, besó la mejilla izquierda de Maragaglio. Luego, ya con los pies en el suelo, se separó de él.

-¡Laurent! Te juro que amarás a nuestro hermanito ¡Maragaglio es el mejor!

Laurent asentó con la sonrisa más amplia y sólo le quedó como remedio seguir al grupo con el equipaje sin quejarse. Goran Liukin Jr. comenzó discretamente a reírse del novio y para su sorpresa, Maragaglio reaccionaba igual, aunque él podía ser más libre de burlarse y hacerlo pasar por una carcajada compartida con Lou, quien se colgaba de su brazo y recargaba su cabeza en el hombro. Eso último no le agradó a Albert Damon, aunque por prudencia no lo demostró, limitándose a voltear hacia Goran con seriedad.

-No te preocupes, esta vez nadie tocará a tu hija - aseguró el señor Liukin en voz muy baja. Laurent Ferny no escuchó, pero algo le indicaba que no se había ganado el favor de las hermanas de Marine del todo y le enfureció ver a Maragaglio teniendo toda la atención de su cuñada.

-¡Vamos a montar a caballo y Marine estará tomándose fotos! - siguió Lou y luego, bajando la voz, añadió - Cuando terminemos, nos iremos a Vichy ¡Jugaremos en la nieve! Te haré un muñeco de nieve y nos sentaremos a tomar chocolate.
-Aprovecharé para conversar con Marine cuando estés cansada.
-¡Ay! ¿Por qué Maragaglio?
-Por que no podría hacerlo con unos copos en mi boca.

Lou se rió más y se apartó un poco, hacia donde estaba Laurent.

-Tienes que agradarle a mi hermanito. Maragaglio no es tan fácil de ganar.
-¿Es un tipo complicado, Lou?
-Es muy desconfiado.

Mientras Laurent respiraba hondo y trataba de no abrumarse antes de tiempo con la energía de su cuñada, Maragaglio pasó saliva, pensó en lo que acababa de ocurrir y se expresó un "¿Qué rayos fue eso?", sin evitar voltear y hallar la sonrisa de Lou al instante. Luego se enfocó en ir hacia el frente y recuperó su talante serio para enfrentar lo que viniera. Entonces supo que debía distraer a Lleyton Eckhart y ejecutar sobre la marcha su plan de conquista y descarte, sin esperar por los momentos a solas. Establecer mayor jerarquía, dada la actitud de Laurent Ferny se volvía vital.

El auto de la familia Lorraine era un modesto y viejo Opel corsa de color verde y se notaba que se usaba poco, dado que en la ciudad no se acostumbraba mucho hacer algo diferente a caminar. Había incluso una estación de metro junto al ferrocarril y Maragaglio no evitó recordar un episodio junto a Marine en el asiento del frente, cuando se protegían de la lluvia y las hermanas de ella los vigilaban y bromeaban desde una puerta cercana. No importaba que Laurent depositara su equipaje en la cajuela o que Lou se sentara enmedio de su cuñado y él, algo le remitía con fuerza a la conversación con Marine de ese día, tan banal, tan tonta, sobre lo mal que sabían las naranjas y el olor a tierra mojada. Y de pronto, Lou lo tomó de la mano, devolviéndolo a la escena concurrente. Ella le miraba con buen humor y volvía a recargarse en él.

-¿Te sentarás junto a mí en el tren, hermanito? - dijo Lou y Albert Damon intervino por fin mientras aseguraba su cinturón y se hacía del volante.

-Te sentarás con tus hermanas, sabes que Maragaglio tiene mucho que arreglar con Laurent y con Marine.

Maragaglio levantó la vista y miró un momento a Albert aprovechando el espejo frontal. Laurent a su vez giraba su cabeza en dirección a su improvisado padrino, aunque eso significó constatar que no le hacía caso. Goran Liukin Jr. tampoco pudo evitar mirar de reojo a Albert, aunque comprendió que era parte del plan. Maragaglio sin embargo, se desconcertó y pese a seguir con su propia actuación, por un momento dejó de entender lo establecido para tratar de intuir o adivinar la jugada que tenía enfrente.

Llegar a la ciudad implicaba pasar siempre por esa extensión de la campiña en dónde no pasaba casi nadie, excepto los campesinos con sus carretas para recolectar las flores que se ofrecían en las plazas. De acuerdo a Laurent Ferny, el ramo de novia de Marine ya había sido encargado con uno de los vendedores que llegaba al centro de la ciudad y estaría hecho de azahares blancos junto a un listón magenta. Maragaglio no pudo resistirse.

-A Marine le gustan las orquídeas blancas y las perlas. Estás a tiempo de cancelar las flores y darle a ella algo que le encante.

Maragaglio volvió a sorprenderse a sí mismo por tener en la memoria tal detalle. Laurent se sonrojó en cambio y miró por la ventana respirando hondo. 

-Acabas de recibir el primer consejo de tu padrino, sabes lo que eso significa - mencionó Lou y su cuñado, forzádose a sonreír, le extendió a Maragaglio su prendedor de alcatraz, distintivo que indicaba su importancia y que le daba la libertad plena de acercarse a la novia. Lou lo colocó en su hermano mayor y lo miró a los ojos por varios minutos antes de volver a recargarse en su hombro y sostenerlo por la cintura.

-Lou, deja a Maragaglio en paz - mencionó Albert Damon calmadamente y Goran Liukin Jr. le susurró de nuevo que nadie tocaría a su hija. Maragaglio igualmente volvió a pensar "¿Qué rayos está pasando aquí?" y pasó el resto del trayecto deseando descender del vehículo.

El Club Hípico de Tell no Tales era un lugar muy concurrido por las familias de los distritos de Corse y era común ver excursiones escolares y familias enteras conviviendo con ponies, patos o disfrutando alrededor de un arroyuelo. El lugar era una reserva boscosa y un parque público, aunque los jinetes que practicaban equitación tenían un espacio aparte y los senderos de cabalgata solían cerrarse para rituales privados del barrio Corse, como las bodas y su exigida reunión para un paseo entre la novia, el novio y sus padrinos. Mientras montaban a caballo, los cuatro afinaban detalles de la boda. Lou estaría con Laurent; Marine se contenía al extremo de mostrarse ilusionada por ver a Maragaglio, aunque no lograba entender qué era lo que le emocionaba tanto. Como toda novia corsa, Marine llevaba pantalones magenta y apenas llegó al club, fue enseguida a las caballerizas a elegir el ejemplar para su sesión de fotos. Pero en lugar de posar con glamour, Marine decidió ayudar a preparar a una hembra azabache con su limpieza y equipo. El comité de Miss Corse parecía complacido con la disposición de la novia, aunque ella ocasionara que las fotos se tomaran a distancia. Pronto, otro caballo, también negro, se aproximó a Marine espontáneamente, así que accedió a cepillarlo. Al hacerlo, unas lagrimillas rodaron por su rostro.

Cuando se reportó que un Opel Corsa entraba al club, el personal se alistó para recibir al padrino de la novia con instrucciones claras. Los caballos de Laurent y Lou estaban listos y se preveía que tomarían el sendero este, mientras la novia y su padrino se irían por el oeste para reunirse al final en otras caballerizas. Como era necesario un chaperón para cuidar a cualquier mujer corsa, había dos guías, dos jinetes que también podían atender alguna emergencia y traían radios en el bolsillo. Maragaglio no se sorprendió por los protocolos, sino por la velocidad. Como el tiempo para el viaje a Vichy era limitado, urgía realmente su presencia y apenas bajó del auto, un séquito le colocó el equipo para montar. Laurent y Lou enseguida recibieron el suyo y fueron apartados del padrino. Lleyton Eckhart, quien había llegado un poco después, miraba con extrañeza todo aquello y supuso que no haberse parado mucho por el barrio Corse hacía que no se sintiera cómodo con sus tradiciones.

-¿Dónde está Marine? - preguntó Maragaglio, a lo que una mujer contestó que se hallaba "con los caballos". Observando, él se dió cuenta de dónde ir y sin mediar palabra, enfiló sus pasos por varios metros hasta una puerta verde claro de madera. El interior estaba vacío de gente, excepto la novia y todo porque al arribar el padrino, se respetaba ese contrato no dicho de privacidad. El fotógrafo se había salido y el comité de Miss Corse parecía contento: Si Marine Lorraine proyectaba una imagen de amante de los animales y comprometida con el parque y costumbres de sus vecinos, el barrio aún podía obtener el título de "Miss Comunidad", premio vacante de Miss Nouvelle Rèunion y que era tan prestigioso como la corona de belleza. A Maragaglio le pareció que era innecesario, aunque no opinó al respecto y atravesó hacia el interior. El silencio se quebró apenas con el crujir de la madera.

A escasos pasos, abrazando todavía a uno de los caballos, Marine Lorraine reconoció el olor de Maragaglio, el sonido de sus pisadas, su respiración acelerada y sobretodo, ese suspiro ligero previo a dirigirle la palabra. Ella no pudo ocultar la felicidad, aunque no se soltaba.

-¡Marine! He venido a tu casamiento, como lo prometí - saludó él. A ella se le congeló el gesto un segundo.

-No tuve dificultades para llegar, creí que sería tardado, pero la nieve no ha llegado. Me dijeron que en Vichy apenas esta noche nevará - continuó él - Lo cual es bueno porque podremos jugar con tablas en el resort que reservó Laurent. Tu novio me cayó bien, parece un tipo serio y parece que ser su padrino tiene como ventaja acercarme a ti.

Marine pasó saliva, aunque optó por seguir sosteniendo al animal y Maragaglio entendió que estaba acelerando el ritmo con sus palabras, así que tomó un cepillo y aprovechando que la yegua continuaba ahí, decidió peinar su crin.

-Ya la peiné - por fin habló ella.
-Pero le gusta ¿Ves cómo insiste?
-¿Eres experto en equinos, ahora?
-No, Marine, pero me gusta consentirlos... Mira, le agrado.
-¿La montarás?
-No sé.
-La alisté.
-Si quieres, la tomo.
-Veo que traes el prendedor de alcatraz.
-También tú.
-Me lo dió Laurent.
-Lou me lo puso cuando él se lo dió.
-Maragaglio, esto es tan extraño.
-¿Por qué lo dices? 
-Juraría que tramas algo y al mismo tiempo... ¡No sabes cuánto me alegra que hayas venido!

Marine no pudo ocultar más su felicidad y se arrojó a los brazos de Maragaglio, quien en lugar de congelarse, se permitió disfrutar del abrazo por los segundos que duró. Ella, que había tenido la mirada apagada y perdida, de repente volvía a la vida y ambos se miraron a la cara por segundos que se sentían eternos.

-Tenemos que hablar, Marine.
-Estoy de acuerdo.

Maragaglio sabía que no había testigos, así que decidió clavar su primera daga sin preámbulos. Contrario a lo esperado, una rabia triste se apoderó de él y por un momento, dejó la actuación para dejar ver un rostro iracundo y herido.

-Lo del ADN realmente me hirió Marine.

Ella no pudo disimular y el llanto salió como un borbotón.

-¡No pensé en ese momento!
-¡Hiciste llorar a Susanna!
-¿Qué dijo tu esposa?
-¡No he podido hablar con ella, no quiero...! ¡No tenías derecho de mandarle nada!
-¡Perdóname!
-¡No estaba listo para saber! ¡Por algo no busqué a mi padre! Marine ¿Cómo te atreviste?
-¡Quería llamar tu atención, lo siento! 
-¡Llevas cuatro años llamando por teléfono! ¿Qué más atención querías? ¡No puedo ser tu amante, niña! Tú y yo terminamos ¡No tenías derecho de vengarte! ¡Eras mi amante, no mi mujer! ¡Sabías que no dejaría a Susanna por ti!

Marine no pudo responder y bajó la cabeza.

-Dijiste que estabas pagando lo que me hiciste ¿Me mentiste, Maragaglio?

Él suspiró y luego miró los ojos de ella. Quería terminar el primer acto, pero en ese momento, el cuerpo lo traicionó.

-Dejé a Katarina irse con un muchacho y lo primero que hice fue pensar en ti.

Maragaglio tenía sus manos en el rostro de Marine y se colocó a su altura.

-¿Cómo voy a sobrevivir a mi padre aquí?
-Maragaglio, perdóname.
-¡Goran Liukin Jr. está ahí y no le importo!
-Maragaglio...
-¡Me abandonó y ahora me trata como si no hubiera arruinado mi vida! 
-¡No te quería lastimar así, eso es verdad!
-¿Sabes cuántas ganas tengo de matarlo ahora? ¡Y no se va arrepentir jamás! ¡Nunca le ha dolido abandonar a nadie!

Marine quería arrodillarse para suplicar perdón, pero Maragaglio fue quien cayó primero, queriendo esconderse y morder sus nudillos. Pero ella prefirió levantarlo y abrazarlo fuertemente. Él se quedó pasmado un momento y se dió cuenta de, otra vez en cuestión de minutos, estaba cediendo ante la sensación de estar con Marine. Habían pasado cuatro años. Y el abrazo era cálido y especial. 

-Debo ignorarlo - pensó él y se soltó, aunque sostuvo los dedos de Marine.

-Si quieres hacerme daño, me lo merezco - lloró ella.
-No, Marine.
-Es a lo que has venido ¿Por qué más estarías en mi boda? ¡Destrúyela, destrózame, dile a Laurent de nuestra historia! Te conozco, Maragaglio. Quieres vengarte ¡Y quizás deseo que lo hagas!

Maragaglio negó con la cabeza cuando logró recomponer su personaje.

-He traído tu vestido de novia. No necesito derrumbar nada, no he viajado tanto para hacerte sentir avergonzada. Vengo a despedirme, Marine. Y si tengo que apoyar a Laurent para que tengas tu final feliz, entonces soy el primero en decirte que te cases con él. 
-No tengo la fuerza de decir que lo amo.
-¿Te ha preguntado?
-Le he asegurado a mi padre que quiero a mi prometido.
-Somos amigos, Marine. Vamos a platicar de verdad, te ayudaré a casarte. 
-Hace poco te rogué por volver a tu lado.
-Estarás mejor sin mí.
-Si tu revancha es que yo sea esposa de Laurent, estoy de acuerdo.
-Marine, no te estoy castigando.
-¡Quiero que esta pesadilla termine!
-Entonces corre por tu prometido.

Marine iba a romper en llanto, pero Maragaglio llamó a Laurent y este último entró a la caballeriza con curiosidad. Apenas iba a preguntar qué sucedía cuando Marine Lorraine tomó su rostro y lo besó con la pasión que la asaltaba en ese momento.

-¡No es la primera vez que se besan así! - exclamó Lou que también iba entrando. Maragaglio giró con sorpresa.

-¿Qué dices?
-Marine y Laurent se besan como si quisieran comerse la boca.
-¿Los has visto?
-Soy chaperona... Pero no le digas a papá, por favor.
-Los novios se besan.
-Pero no en Corse.

Maragaglio miró a la pareja y algo en él se disparó. Una molestia, un pensamiento sobre golpear a Laurent, sobre estrellarle la cabeza contra una banqueta. 

-Eh, basta. Hay que tomar los caballos, debemos ir a Vichy después.

Marine se apartó de Laurent luego de la orden de Maragaglio y enseguida se colocó el casco para montar. Su prometido la veía con una incontenible euforia y Lou, feliz, lo jaló para ir por su lado. Maragaglio y Marine quedaron de nuevo solos, pero no podían dirigirse la palabra. Ambos intentaban ver hacia otro lado y terminaron de alistarse para su paseo. Estaban incómodos, ambos con la certeza de equivocarse y Maragaglio, determinando que debía recuperar terreno, quebrantó su propia regla de torturar a la mujer con su deseo. Sin advertencia, sin señales, probó la boca femenina. 

Marine perdió el aliento, la cordura y la noción del tiempo por un instante. El recorrido juntos sería silencioso, íntimo. Y la venganza había concluido exitosa su primer capítulo.

martes, 17 de febrero de 2026

El viaje hacia Marine (La boda de Marine IX)


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

Luego de pasar el resto de la mañana y el mediodía durmiendo, Susanna y Maragaglio estaban en cama conversando sobre lo que había pasado en las últimas semanas. Al principio, cariñosos y tranquilos, abrazándose. Sus hijos permanecían en el colchón de al lado, silentes y angelicales, como no habían logrado estar desde que su madre se había internado.

-La boda de Katarina y Marco fue preciosa. Es una pena que te la perdieras ¿Cómo la arreglaste?  preguntó ella.
-Unas llamadas y un juez enfermo bastaron.
-Nuestra niña creció... ¿Sabes? Katarina dijo que te quiere. No creía que harías algo así por ella.
-¿Por qué no?
-Ahuyentaste a Marco antes.
-No tiene mucho qué ofrecer.
-¿Con una familia bonita no te basta?

Maragaglio sonrió y luego besó la mejilla de Susanna.

-Nos hacía falta estar así - mencionó él.
-¿Sin hacer nada?
-Juntos.

Ambos se miraron y sonrieron como siempre lo habían hecho. Susanna lo estrechó más y podía escuchar su corazón.

-¿Qué pasó en París? Siempre te escuché cansado.
-La investigación de los diamantes se complicó. El almirante Trafalgar intervino y echó a perder la captura de Sergei Trankov.
-¿Cómo? ¿Hizo todo mal?
-Peor que un novato, Susanna. Me puso en riesgo, casi le disparan a Carlota Liukin y tuve que dejar ir a ese terrorista.
-¿Ayudaste a Trankov?
-No hubo remedio.
-Cuéntame lo de Carlota.
-Si Ricardo Liukin se entera, me va a reportar con Intelligenza.
-Tengo entendido que esa niña le cuenta todo a su padre.
-Esto no.
-¿Por qué?
-¿Te acuerdas del diamante dorado que encontré cuando Trankov irrumpió en la pista de hielo aquí en Venecia?
-Katarina terminó temblando.
-Resultó ser de Carlota.
-¿Qué?
-Es de Carlota Liukin y Trankov lo robó para venderlo en la matriz de Cartier en París. No lo logró y fue a devolverlo personalmente sin mucho éxito. Pero él aprovechó que fuimos al Trophée Bompard para regresar a Francia y vender otras piezas ¿El dinero? Sólo efectivo, ese ya se perdió ¿Los diamantes? Incautados, excepto uno que debo rastrear.
-¿Por el que te mandaron a Tell no Tales?
-No quería irme, pero me prometieron darme unas vacaciones cuando termine la misión. Me esforzaré para estar aquí en Navidad.
-Apenas nos reunimos.
-Tengo veinticuatro horas para llegar. 
-¿A qué hora pasan por ti?
-A las tres y el avión sale a las cinco. Aterrizaremos en Sudáfrica y otro vuelo nos llevará a Hammersmith. A Tell no Tales sólo se llega en tren, así que tomaremos el viaje rápido y rezaremos por estar a la hora.
-¿No es demasiado?
-El diamante sospechoso se entregará en una boda.
-¿Quién se casa?
-Un tal Laurent Ferny ¿Sabes qué es lo extraño? Que sospecho que se trata de un pariente de Steliana Isbaza, la dueña de Industrias Isbaza.
-Esa gente sale en los periódicos.
-A los Isbaza se les investiga desde hace mucho por lavado de dinero. Si el diamante es el correcto, por fin caerán.

Susanna frotó el brazo de Maragaglio y acercó su rostro al de él, juntando su narices. Cuando surgió el beso, Susanna estuvo lista para dejarlo ir.

-Me da miedo.
-Susanna, no creo que me apunten otra vez.
-A veces hablas con ligereza de las armas con las que te atacan. 
-Si no lo hago así ¿Podría con el trabajo?
-Eres el jefe.
-Me ascendieron y el próximo año seré un funcionario de oficina como siempre lo planeamos.
-¿Qué dices?
-Cuando regrese, te daré los detalles.
-¿No te irás y podrás estar más conmigo y los niños?
-Una vez al mes tendré que ir a rendir informes al almirante Borsalino en París, pero serán viajes cortos. Te gustará el cambio.
-¡Pasaremos más tiempo cerca de mi papá aquí en su casa!
-Susanna, me gustaría que fuera así.
-¿Te van a trasladar?
-De vuelta a Milán.

Susanna estrechó a su marido, pero no se le ocurría la forma de decirle que prefería quedarse en Venecia a volver, como era seguro, a la casa Leoncavallo y sus artefactos viejos y muros testigos de gritos y heridas profundas. Milán no era un buen recuerdo para nadie ¿Por qué sería distinta la experiencia con un ascenso?

Maragaglio en cambio, tenía en mente todas las mentiras que acababa de contar. La verdad era que el diamante dorado seguía en resguardo en Intelligenza porque Carlota Liukin peligraba si descubrían su habilidad de llorar diamantes y él no iba a delatarla. Otra cosa importante era establecer a Katrina como su amante fija, por eso la mantendría en París, en un departamento discreto del Edificio Méliès. Y nada de hablar sobre Marine Lorraine, porque la boda en Tell no Tales era su venganza contra ella y nada que ver con un contrabando que existía, pero que no podía exponer aún.

-Maragaglio, hay un tema del que no podemos hablar porque están los niños y no te queda mucho tiempo, pero hay un sobre del que preferiría no haber sabido.
-¿El del ADN?

Susanna no logró resistir sus lágrimas y estrechó aún más fuerte a su esposo.

-No estoy listo. No consigo entender por qué.

Ella posó sus ojos sobre el rostro de él y notó esa tristeza silenciosa que contenía el llanto. Pero sabía que la situación era diferente por el gesto de abandono. El mismo rostro le había visto por la muerte de su madre hacía ocho años, a pesar de la enorme distancia y el rechazo que ella había demostrado siempre.

-Concuerdo en platicarlo todo antes de enfrentar a la familia. Las preguntas que les haré a ellos no son las mismas que voy a contestarte, Susanna. Todavía puedo vivir con lo que tú y yo leímos.

Susanna asentó y reanudó con fuerza ese abrazo. Maragaglio entonces supo que lo que resultara con Marine Lorraine, era indetenible.

Al cabo de media hora y de una ducha rápida, Maragaglio se dispuso a salir de la casa del señor Berton, con su abrigo negro, sus guantes, vestido de traje, pulcro y estilizado. Pero para Susanna, era un día normal, uno donde su marido iba a concretar una misión y le llamaría cuando pudiera para preguntarle si quería un regalo. Afuera, un vehículo acuático de Intelligenza Italiana aguardaba por él y la familia Berton salió detrás: Anna y su padre porque sabían perfectamente que estaba pasando en realidad; los sobrinos porque se despedían del tío favorito, los hijos porque no querían separarse de su padre y Susanna con su otro bebé, ella intentando no llorar como siempre que él se marchaba. Pero esa vez, el profesor Hazlewood también decidió despedirse, aunque en realidad, tenía la débil esperanza de detenerlo en sus intenciones.

-Maragaglio, deseo que tenga un buen viaje.
-Gracias, Hazlewood.
-Ojalá los inconvenientes no sean grandes.

Maragaglio comprendió enseguida.

-En estas situaciones deben asumirse.
-Pero no llegar a extremos.
-Podría ser necesario.

Entonces, Hazlewood advirtió en voz muy baja:

-Va a salir muy lastimado.
-Es un incendio.

Ambos disimularon dándose la mano, aunque Maragaglio miró hacia al frente, descubriendo al doctor Pelletier detrás del cristal de una ventana.

-Que ese idiota no esté cerca de mi esposa.
-Cuente conmigo.
-¿Por qué lo aceptó en su casa?
-Ha estado nevando.
-¿Es usted bondadoso?
-Pelletier es el cardiólogo de mi hijo.
-Manténgalo lejos, no queremos que le rompa los nudillos.

Maragaglio dedicó una última mirada amenazante a Pelletier y volteó hacia Susanna para besarla. Después de eso, finalmente subió al vehículo y se le consideró agente en servicio.

En la todavía clausurada ciudad de Venecia, ver caminar a Maragaglio hacia el canal levantaba una extraña expectativa entre los vecinos porque pensaban que era un hombre de aventuras interminables. En la ciudad llegaban a circular rumores de supuestos viajes secretos a Sudamérica para cazar mafiosos; otros decían que la mafia local retrocedía apenas sentían la presencia del hombre aquel y otros, que algún contrabandista lo mantenía en persecución y que al atraparlo, sería noticia nacional como en otras ocasiones. Verlo abordar la lancha de Intelligenza Italiana también tenía un encanto sofisticado, como el de una estrella de cine inalcanzable. Pero de nuevo Susanna rompió la imagen con su abrigo café, con sus botas con flecos y adornos coloridos de cuentas multicolor y claro, su delatado vestido hippie. Ella había corrido espontáneamente para darle a él su copia de las llaves de la casa, a dónde irían terminado el trabajo. Las llaves de Maragaglio estaban adornadas con plumas y un corazón bordado con el nombre de su mujer y él enseguida las colocó en un bolsillo de su saco, rompiendo la extrema seriedad de su atuendo, aunque sin restarse porte. Qué manera de recordarle a Venecia que ante todo, era un hombre casado con la mujer que más lo amaba en el mundo.

Pelletier por su parte, observó a Susanna caminar hacia la casa Berton con la mirada y la sonrisa más tiernas que nunca había visto; pero Anna, su hermana, no estaba feliz y no evitó regañarla.

-¡Tenías que ir detrás de Marabobo! ¡Ya métete, hace frío!
-Le di sus llaves.
-¡No las necesita! ¡Sabe que le abrirás la puerta!
-Se las decoré con plumas que cosí en el hospital, fue una sorpresa.
-Como si a ese imbécil le importara.
-¡Él le puso un corazón bordado con mi nombre!
-¿Por qué te emocionas? No entiendo.
-Es mi marido, Anna ¡Lo amo!
-¡Te fuiste a congelar por una tontería!
-¡Basta, Anna!
-Susanna, no quiero que sigas con tus actitudes de niña boba ¡Eres una adulta! 
-¿Me dejas en paz? ¡Maragaglio se acaba de ir!
-¡Él debió quedarse a cuidarte!
-¡Él recibió una misión desde Intelligenza desde hace meses y la dejó por cuidar de los niños!
-¡Es lo mínimo que debe hacer!
-¡Estoy en casa! Las cosas han vuelto a la normalidad. Te pido que no te metas, Anna.
-¡Mi padre no te echa porque aquí están tus niños, pero no vas a volver cuando el infeliz de tu esposo regrese! ¡Esta no es tu casa! ¿Crees que estamos en una reconciliación familiar? ¡Mientras continúes casada con Maragaglio, tú no perteneces a nuestra familia! ¡Ya basta, pero contigo y Maragaglio, Susanna!

Susanna Maragaglio no replicó y bajó la cabeza. Anna Berton se dio cuenta de que había lastimado a su hermana y tomó distancia porque pedirle una disculpa no era algo que haría porque no se arrepentía de sus palabras. La propia Susanna comenzó a llorar en silencio, cubriendo su boca y entonces, Anna contempló de nuevo a Luc Pelletier, testigo de la escena, preparando unos pañuelos para salir y ofrecerlos.

-Venga, Susanna, volvamos con los niños. Luego discutimos esto - dijo la mujer y sin dejar de ver al improvisado vecino, dirigió a su hermana al interior. Pelletier sólo escuchó por parte de Fabrizio Antonioni que los Berton solían discutir en la calle por generaciones.

-Mejor vengan a comer la sopa - dijo Edward Hazlewood y Pelletier se alejó de la ventana, no sin pensar que se había tardado en salir a calmar a Susanna.

Ajeno a la situación en casa, Maragaglio navegaba con prisa hacia la terminal de Tessera. El avión a Port Elizabeth era de carácter oficial, aunque se camuflaba con turistas. Él pasaba directamente a la pista, así que alistó su identificación y su golden card para que nadie pudiera objetar su presencia. El frío en Venecia cedía con las nevadas por el resto del día y con ese tiempo contado, Maragaglio planeó las actividades de su viaje: Leer las cartas de su hijo mayor que había aprendido a escribir, revisar sus papeles sobre las facturas de diamantes vendidos en Tell no Tales, esquivar a las azafatas, llamar a casa a la mitad del vuelo y al aterrizar; volver a hacerlo al llegar a Hammersmith y en el tren y finalmente, avisar que había llegado a su hospedaje en el barrio Corse. Sin embargo, eso no descartaba devolver las llamadas a Katrina, quien le preguntaba cuando volvería a París a verla.

-Maragaglio llama... Voy a Tell no Tales como está planeado... Sigo con ese tema ¿Te molesta?.. No voy a tardarme más que unos días... Claro que te veré antes de reunirme con mi familia... En esta lancha nadie habla francés, no me preocupa... Me alegra que el apartamento te haya gustado... La renta está cubierta ¿Cómo vas con la tarjeta de crédito? ¿Me llegará un gran golpe?... Si te gustó, compra ese pantalón...Ir a París a verte es más que una promesa.

Katrina escuchaba a un Maragaglio de tono serio y eso la hacía sonreír, sobretodo por lo convincente que sonaba. Aunque en el fondo, le preocupaba tener que recoger los destrozos. Intuía que en la boda de Marine algo por fuerza resultaría en una consecuencia sumamente dolorosa. 

Maragaglio de despidió de Katrina con un "te quiero" y sintió que a partir de ahí, la travesía se volvía más seria. Cerca de Tessera luego de navegar por veinte minutos debido a la falta de tráfico, él se dió cuenta de algo: su equipo se había reunido para desearle la buena suerte... Bueno, los que no tenían influenza. Un par de becarios, una pareja de agentes y la chica que preparaba el café. Todos ellos con la ilusión de que se llevara de última hora a uno como asistente en la investigación.

-Ciao a tutti! - saludó Maragaglio. 
-Capitano! Le hemos traído un regalo y venimos a desearle suerte - dijo uno.
-¿Creen que no conozco sus intenciones? - replicó con severidad y descendió de la lancha ágilmente. El grupo reaccionó como niños recibiendo una reprimenda y quedó establecido que no estaba jugando. Aún así, los miraba con agrado.

-Regresaré a la oficina cuando sea posible ¿Alguien de Tell no Tales se ha comunicado o hay información importante?
-Hace un momento llamó el fiscal Lleyton Eckhart para decir que lo esperara en la terminal del "Tren del Cielo" y que espera que las nevadas en Vichy no lo obliguen a quedarse varado en las vías - dijo uno de los agentes.
-¿Alguna información útil?
-Se confirmó que Steliana Izbasa adquirió un diamante recientemente. Eckhart nos envió la copia de la factura.
-¿Cómo la obtuvo?
-Se entrevistó con la señora Izbasa.
-¿Por qué se adelantó?
-Le pareció adecuado.
-¡La alertó! No pierdo más tiempo, me voy ¿Los pasajeros abordaron?
-No todos.
-No importa. Arréglenlo con la torre de control. Los veo a mi vuelta.

Maragaglio caminó velozmente hasta el avión y lo abordó con la prisa de alguien que tendría que enseñarle a un desconocido cómo hacer una pesquisa de rutina. Entonces, le alcanzó otra persona.

-Agente Maragaglio, saqué el expediente que solicitó.
-No esperaba verte aquí.
-Necesitas compañera de viaje.
-¿Quieres tu despido irrevocable? Inteligencia Española pregunta por ti.
-De seguro te resultará interesante el tal Luc Pelletier ¿Qué nexo tiene con tu caso?
-Es lo que pretendo descubrir. Gracias por los papeles y hasta nunca, Alondra.
-¿Quieres que continúe al frente de la oficina?
-Para eso delegué a otra persona. Te vas a Madrid.
-¡Voy a delatarte con tu esposa!
-Házlo.
-¡Ella te va a matar!
-Estoy preparado.
-¡Te denunciaré con tus superiores! ¡Por esa tal Katrina has desviado fondos del Gobierno Mundial!
-Recibí la anuencia para darle una tarjeta de gastos. Aprende a perder.
-¡Merezco una explicación!
-Te la di hace días... Alondra, tú y yo sabemos que fue divertido, pero tengo una esposa.
-¡Estás cambiando de amante!
-No es personal, Alondra.
-¡Pasamos cuatro años!
-No seguiremos con esto.
-¿Ese tiempo te parece nada?
-El problema es que no puedo detenerme. Alondra, apártate ahora y quédate ilesa. Voy a un incendio.

Alondra no entendía las metáforas de Maragaglio, pero lo vio entrar al avión y la puerta cerrar detrás de él ¿Qué sucedía? ¿Por qué su otrora amante se marchaba abruptamente? 

-¿A qué vas a Tell no Tales, Maragaglio? Sólo es una boda - pensó, sin indagar más porque el resto del equipo cubriría a su jefe inmediatamente.

Para Maragaglio, sin embargo, tomar su lugar significaba trabajar inmediatamente. Él mismo apagó el celular y comenzó a revisar los papeles de archivados casos variados que había encargado a su equipo. Existían avances, evaluaciones y recomendaciones, así que un viaje tan largo no podía ser aburrido. Incluso la azafata inició su servicio apenas el avión ascendió, aunque él sólo prestara atención al ofrecimiento de agua. A la escasa gente que lo rodeaba le impresionaba la cantidad de hojas blancas y notas de colores que él iba llenando de claves, de caritas felices o enojadas y de sus propias notas que eran severas. Si existía algo que desesperaba a Maragaglio, era resolver un caso después de leer el expediente. Aunque fueran tareas escritas de los pasantes.

-¿Por qué tengo que leer conclusiones tan malas? - se repetía cada vez y continuaba dando las calificaciones que le parecían justas. Cómo cada año, de su evaluación final dependía el futuro de los becarios y esta vez, sólo uno parecía ganarse su preferencia para continuar en el servicio, aunque sospechaba fuertemente que se trataba de un hacker al que aún no le veía la cara. La división de Informática rara vez le pedía una opinión, pero el prospecto era demasiado perfecto. 

-Veamos, Thorm Magnussen, con qué me vas a salir hoy - murmuró para sí mismo. El expediente de Alondra sobre Luc Pelletier venía sellado y sí, con la insignia de los genios en computación que nunca sabían cómo y cuándo se infiltraba Magnussen hasta que les dejaba un desastre. El Gobierno Mundial ofrecía una enorme recompensa por el tipo, pero Maragaglio no iba a entregarlo mientras cualquier información, personal o de investigación, le fuera útil.

-Luc Pelletier, expediente 07834-2894745, ¿Policía nacional francesa?... ¿Policía nacional suiza? ¿Quién es este idiota?

A Maragaglio le alertó un momento. Los expedientes civiles no solían mostrar autorizaciones judiciales y la información se entregaba a discreción a los cuerpos de inteligencia que lo requerían ¿Y si Pelletier fuera un espía? El único remedio era guardar la calma y llamar a su equipo en Venecia si era necesario resguardar a su esposa.

-Luc Pelletier, ciudadano francés, cuarenta y dos años, nacido en Rouen el 17 de julio de 1960 ¿Comparte cumpleaños con Susanna?

Tal detalle lo hacía querer volver a casa, pero antes de tomar la decisión, continuó.

-Pelletier es médico titulado por la Escuela de Medicina de la Sorbona de París, residente del hospital de Saint Denis, con especialidad en cardiología por la Universidad de Zurich, residente en cirugía cardiotorácica por el hospital de la Universidad de Hamburgo y era jefe de cardiología en la clínica de la Universidad de Lucerna e investigador del síndrome de Marfan... Edward Hazlewood debió pasar mucho tiempo buscándolo para que atendiera a Marco.

Maragaglio pensó que quizás en el mundo académico era muy normal buscar especialistas para cualquier área sólo haciendo preguntas e intercambiando teléfonos con la esperanza de llegar al mejor cualificado y que este a su vez no rechazara un caso. De acuerdo al expediente, Pelletier había sido muy exitoso en el diseño de terapias para personas con cardiopatías y dictaba congresos sobre enfermedades congénitas.

-¿Por qué dejó todo por... Bueno, San Marco della Pietà? No lo conoce nadie - curioseó y volvió a sumergirse.

-Su padre tiene un programa de debate y análisis filosófico, literario y político en Francia; su madre es una ensayista y crítica cultural que también habla en televisión... ¿Los dos son ganadores del premio Nobel?... La madre es Ava Marie Pelletier y en el '66 ganó en literatura por sus ensayos sobre la dinámica social europea posguerra y su padre, un tal Jean Folke Pelletier lo obtuvo en matemáticas en el '77 por sus textos escolares... ¿El escribió ese maldito libro sobre cómo hacer cálculo mental de ecuaciones complejas? ¡Toda Europa te odia, imbécil Jean Folke Pelletier! 

Maragaglio supo que desde antes de saber de Luc Pelletier, ya despreciaba a otro miembro de su familia sin conocerlo. Y sí, tenía razón junto con cualquier joven de 1977 o de 2002 de detestar la obra de un tipo que provocaba desvelos, exámenes reprobados y la obligatoriedad de estudiar sus trabajos.

-No puede empeorar... Educación... Luc Pelletier, internado Hallstead en Noruega, educación básica. Liceo Friedrich Wöeller, Hamburgo... ¿El hermano es Nobel de la Paz?... Jean Fuller Peletier, reportero estrella en Le Monde, galardonado en 1995 por denunciar el genocidio de Togo y Benin e impulsar la creación de los tribunales especiales para el genocidio en África... Desapareció al poco tiempo de saber del premio.

Aquello interesó a Maragaglio, que leyó lo poco que había reportado la policía suiza: Jean Fuller Pelletier le había llamado a su hermano, Luc Pelletier, un 19 de octubre de 1995, para verse antes de que partiera a una nueva misión humanitaria en los Balcanes. Ambos habían acordado encontrarse en una cafetería del centro de Lucerna, pero una llamada de último minuto hizo que Luc viajara a Venecia, sin concretar nada. El reporte francés de la desaparición lo había levantado Jean Folke Pelletier luego de recibir otra llamada dónde Jean Fuller le pedía que evitara que su hermano acudiera a la cita en Italia a toda costa.

-¿Qué sucedió aquí? ¿Por qué insistir en ver al hermano y luego rogarle al padre que lo evite? No tiene sentido... O sí. El tipo era reportero y la única razón sería que sabía que lo estaban siguiendo... Pelletier levantó reporte en Italia, aquí está. Jean Fuller le dijo por teléfono que saldría hacia Bosnia vía Trieste... Luego le ¿suplicó? conversar en Venecia y Jean Fuller nunca apareció. Luc Pelletier habló con su madre la noche de la denuncia y enseguida se reunió con sus padres en París. Jean Fuller no ha aparecido en siete años y no hay rastro más que el de una bitácora en un hostal de Trieste el día 14 de octubre... 14 a 20 de octubre, última señal de vida en Venecia.

Entonces Maragaglio pensó. Luc Pelletier distaba de ser un entrometido convencional. Era un investigador forzado, un detective de cosas que a nadie le interesaban para que nadie se percatara de su verdadera misión; pero ¿No era contradictorio que ese interés nuevo en la sangre Liukin - Leoncavallo lo colocara potencialmente en el radar del MI6? ¿Qué buscaba en la familia? ¿Eran un rumor, una pista? O Pelletier no se atrevía a pedir ayuda, aunque era muy noble pensarlo.

-Además me entregan una notita, es hasta romántico - dijo en ironía, pero la información acabó por cambiarle el ánimo definitivamente.

"Dos cosas que debes saber: Trieste, Venecia y Bosnia igual a safari. Y tu ADN fue un hallazgo fortuito, Marine Lorraine quiso ayudarte. Ella no me conoce, no sabe que yo fui el responsable de descubrirte. Que el Gobierno Mundial no te importe".

Maragaglio destruyó el papel enseguida y decidió contestarle a la división de informática su veredicto sobre el ignoto becario. Fue un contundente "sí".

-"No nos toparemos en la oficina, el becario es una fachada, te metiste directamente conmigo y veré cómo cobrarte por lo que le haré a Marine... Pero acepto tu oferta, Magnussen. Provéeme de la información y yo te cubro la espalda hasta del mismo Sergei Trankov" - caviló para luego prender el teléfono, llamar a su equipo y darles el número del expediente italiano de Jean Fuller Pelletier.

-Quiero ese caso, trabajaré en él pasadas las fiestas de fin de año. Solicítenlo en el archivo escrito de la policía y no lo registren. La caja está sellada, así que despediré al que intente ser curioso - advirtió, sin aclarar que era un nuevo objetivo en solitario.

Conforme pasaban las horas de vuelo, Maragaglio intentaba armar el rompecabezas de las situaciones que lo mantenían ocupado, intentando a fuerza encajar las piezas porque estaba seguro que existía una historia adicional, un capítulo que ligaría cada guiño, un trozo que explicaba otro episodio, pero no hallaba la clave ¿Acaso este todo tenía que ver con el otro todo que todavía no alcanzaba a explicarse? Hasta que recordó el diamante que supuestamente le entregaría una ruta de lavado de dinero y el corazón desangrado y hecho añicos de Marine. Era hora de estudiar y lo hizo.

-Laurent Ferny, corredor de bolsa, treinta años. Explorador, maratonista, pescador deportivo. Su firma lo ha ascendido a administrador de bienes en el Landstrid Bank. Será el encargado de las cuentas de Industrias Izbasa... ¿Laurent será el lavador? Pero sería muy estúpido algo tan obvio. Si tendrá acceso a cuentas, a reserva de lo que ya haya averiguado Lleyton Eckhart, es cierto entonces que Ferny es un familiar, tal vez un sobrino o un nieto. Pero si el plan es "limpiar" los ingresos ¿Cómo han conseguido que nadie preste atención al operador? Lo he descubierto sin esfuerzo, señor Ferny pero ¿A qué me estoy enfrentando? La familia Izbasa me causó un par de dificultades la última vez que estuve en París. Es evidente que de algún modo tienen que blanquear los ingresos derivados de las redes de Marian Izbasa, quien mantiene agencias de modelaje, pero Katrina era explotada por los matones de ese infeliz. Si Laurent Ferny está adquiriendo tanto poder, es porque él ya ha justificado las entradas ilícitas de Marian antes.

Aunque no tenía pruebas físicas, Maragaglio tenía la experiencia para deducir con éxito las relaciones entre varios mafiosos ¿Los Izbasa contratando a un externo para manejarles el dinero? Ni en la fantasía más realista. Alguien lidiaba en la familia con la suciedad y sólo podía serlo el miembro más dispuesto a liderar si los planes se arruinaban.

-Steliana Izbasa, tiene cuento cuatro años... El nombre me suena, pero no sé de qué... Veamos, es millonaria desde siempre. Propietaria del valle de Tell no Tales, filántropa, aún dueña de Industrias Izbasa; ella gestiona sus cuentas y las familiares en el Landstrid Bank desde hace ¿Cinco años? Es un movimiento inusual para una persona mayor. Laurent Ferny ingresó como corredor de bolsa cuando todavía estaba en la universidad, tenía diecinueve años cuando lo contrataron en la división de Landstrid Investments. Landstrid, banco... Suizo. Acusado de facilitar operaciones de transferencia de fondos a grupos mercenarios y de... Lavar dinero de vendedores de armas en la Guerra de los Balcanes.

Maragaglio sintió sed y enseguida abandonó el trabajo. Guardó todo, destruyó sus improvisados esquemas y mapas y se quedó pensativo, con el único consuelo de leer las cartas de su hijo mayor, quien le dibujaba como un héroe de caricaturas, siempre en paisajes soleados y con pasto.

-Voy a darte el mejor abrazo, hijo - pronunció y miró los trazos del niño un largo rato, deseando por un momento ser como ese hombre de crayola que siempre atrapaba a quien hacía mal y que llegaba a casa a cuidar de la familia. Maragaglio se preguntó si merecía que su hijo de cinco años le viera de esa forma tan inocente.

Alrededor de Maragaglio, no había mucho qué ver ni qué hacer. Algunas personas leían libros, otras dormían, no faltaba quienes batallaban con sus propias criaturas, los solitarios y finalmente, él, quien apenas prendía su celular para descartar todos los mensajes. Nada importante o que valiera su tiempo, hasta que llegó una llamada.

-Maragaglio aquí ¿Quién llama?
-"¡Ay! Qué bueno que contestas ¡Soy tu hermanita Lou!"
-Hermana ¿Lou?
-"Respondiste a tiempo porque tuvimos la pesca de los enamorados y queremos tu bendición para Marine"
-¿Qué?
-"El padrino del novio habla con la novia después de que haya atrapado un pez. Marine necesita tu consejo porque se quedó con una carpa grande".
-¿Pesca? Lou ¿Está Marine contigo?
-"La tengo junto, habla con ella"

Maragaglio exhaló profundamente.

-"¿Maragaglio?... No contestes, por favor no contestes" - susurraba Marine y se alcanzó a escuchar en el teléfono.

-¡Hola, Marine! Estoy camino a tu boda, llegaré a Port Elizabeth en cincuenta minutos y con la otra conexión aérea y el tren, me verás en la mañana.
-"Hola, Maragaglio".
-Lou me decía que fuiste a ¿pescar?
-"Eh, sí, sí claro. Es una tradición de Corse ¿La recuerdas? Subí a un bote con papá y traté de agarrar algo. El agua en la laguna estaba clara y se vieron muchos peces".
-Parece que te fue bien.
-"Mi papá fue el que tomó la carpa, yo no pude... Estaba muy nerviosa, Laurent me miraba desde la orilla y todo el vecindario..."
-Tranquila, Marine, ya pasó.
-"No he podido dormir, los preparativos de la boda son estresantes".
-Es un evento grande.
-"¿A qué hora llegarás?"
-Antes de mediodía.
-"¿Podría hablar contigo cuando llegues?"
-Supongo que primero van a presentarme al novio y a algunos invitados.
-"Habrá una cabalgata".
-¿Caballos?
-"Antes de ir a Vichy, Laurent y yo acordamos ir al club ecuestre de Corse. Es nuestra única cita antes de la boda".
-¿Qué haré ahí?
-"Ser mi chaperón".
-Comprendo.
-"Nos vemos".
-Nos vemos, Marine. Te mando un beso.

Maragaglio colgó enseguida y de pronto, no supo qué sentir o pensar. Era la llamada más extraña que recordaba entre Marine y él y sin embargo, algo lo estaba haciendo sonreír. Se imaginó los caballos, recordó a Marine en una práctica de campo donde ambos habían terminado en el lodo con tal de que un equipo táctico no los detectara. 

-Marine, en serio tengo que vengarme - concluyó al recuperar la seriedad y se dedicó a aguardar por el resto del traslado.

viernes, 13 de febrero de 2026

"El cuento de San Valentín o La boda de Marine VIII"


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

A las once de la mañana, en la puerta del hospital San Marco Della Pietà, sucedió una escena hermosa que pronto se convertiría en la comidilla al interior: Maurizio Leoncavallo "Maragaglio" y su esposa, Susanna Maragaglio, se habían reencontrado con un fuerte abrazo y un beso apasionado y él además, le había colocado un abrigo café para protegerla del frío. La sonrisa de la mujer y su mirada iluminada llenaron de alegría a los testigos que la vieron marchar, mismos que no sólo la habían saludado a ella y a su marido, sino que también les deseaban suerte.

A unos metros y detrás de la puerta de cristal, el doctor Pelletier contempló la escena fijamente, con un malestar en el pecho y tocando la cucharilla que había guardado en su bata. Ciertamente, él no esperaba nada, sólo que ella se fuera; pero Susanna se percató de su presencia y se despidió de él a la distancia, agitando su mano. El hombre correspondió el gesto apenas y esperó hasta perderla de vista.

En el quinto piso, el frío estaba desapareciendo y al regresar y ver el lugar de Susanna vacío, Pelletier no resistió sentarse ahí nuevamente y retomó la sábana decorada, resolviendo quedarse con ella. Tenía que aprovechar que ni Ricardo Liukin ni Alessandro Gattel estaban presentes; quizás Marco Antonioni le miraba vagamente, pero nadie notó ni se interesó en el hecho de que pasados unos minutos, Luc Pelletier dobló la tela y se la llevó a su refugio, una habitación con litera, estantes negros, paredes grises oscuras, una planta con maceta oscura y una persiana también negra en la puerta. La poca luz del sol se colaba justo por esa entrada y le daba en el rostro al quedarse de pie, pensativo. Sin Susanna, el hospital volvía a ser el lugar de la rutina de siempre, con pacientes anónimos, enfermeras ignotas,  desconocidos, trabajadores con papeles y el ambiente frío. Le quedaba como alternativa mantenerse con su "equipo de supervivencia", aunque sólo Katarina y Marco pudieran acogerle unos días más.

-¿Alguien ha visto al doctor Pelletier? Necesito que revise esto - preguntaba Wendy Bacchini, aunque fuera él mismo a presentarse luego de oírla. Esta vez, él delataba su semblante agotado y sus ojos vidriosos, pero nadie conocía la razón de lo segundo y pronto, tomó los papeles. Tampoco podía ser extraño que se ubicara en ese sitio que había sido de Susanna mientras Ricardo Liukin tomaba asiento y le miraba con seriedad.

-¿Por qué en el laboratorio quieren repetir el estudio del paciente de la cama veintidós? ¿Por qué no está lista la serología que pedí? ¿Por qué me están regresando las solicitudes?
-Disculpe, doctor, es que las llenó el pasante de ayer.
-Wendy, usted sabe que nada se va si no lo redacto yo.
-Pensamos que podíamos hacernos cargo.
-No.

Pelletier corrigió lo que pudo, firmó lo que faltaba y luego comprometió a Wendy a entregar las formas antes que el lugar cerrara. Y entonces, él por fin pudo recostarse.

-Su oxigenación sigue baja, señor Liukin ¿Cómo diablos no ha muerto? - preguntó con irritación.
-Los Liukin nos moriremos de todo, menos de gripe.
-Entre los Leoncavallo y lo que conozco de usted, no encuentro diferencias.

Ricardo frunció el seño y entonces notó por fin el aspecto de Pelletier.

-Entre usted y los Leoncavallo, tampoco noto diferencias - replicó Liukin.
-Porque usted no me conoce. 
-Es al revés.
-No, señor Liukin, no estoy dándole mi opinión. Es un hecho: sé quién es. Pero de mí no ha logrado saber nada. No lo culpo, no le intereso. 
-Todos los doctores me dan igual.
-Excepto el neurólogo.

Ricardo guardó silencio y Pelletier le miró examinándolo.

-Encefalitis.
-¿Qué dice?
-Encefalitis autoinmune, señor Ricardo. Aún se investiga sobre el tema, pero su cuadro corresponde a la sintomatología.
-¿Perdone?
-Se trabaja en identificar su enfermedad. Los bajos niveles de sodio en su sangre me hicieron sospechar y luego pedí una copia de su expediente clínico. Quiero que me explique algo.
-No entiendo.
-¿Su familia practica la endogamia?
-¿Perdón?
-Es por lo que leí. Usted es Rh nulo y sorprendentemente, Katarina también.
-¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
-¿De qué murieron sus padres?
-No hablaré de eso.
-Podría darme la respuesta para tratar su pérdida de memoria.

Ricardo miró seriamente hacia la nada y no contuvo su molestia al exhalar una vez.

-Mi padre está vivo, siguiente pregunta.
-¿Está bien de salud?
-Tiene más energía que yo.
-¿Y su madre?
-Doctor Pelletier, no creo que usted deba hacer esas preguntas.
-En este momento actuo como médico general. Autorización sí tengo.
-Mi madre murió en un parto. En el mío, por cierto.

Pelletier giró su mirada hacia Ricardo sin aparentar gesto alguno.

-¿Alguien más de su familia presenta o experimentó pérdida de memoria?
-Quizás mi abuelo.
-¿Demencia? La encefalitis no suele ser genética hasta donde sé.
-Mi abuelo nunca recordaba ni en qué día vivía. Pero no me pregunte cómo se acordaba de todas mis estupideces.

Pelletier rió apenas.

-Me niego a pensar a que así son los ancianos.
-Mi abuelo era muy amable cuando yo era niño y un día sólo cambió. Se volvió exigente, huraño, me reprendía. Al final era muy agresivo, pero parecía desesperado. El último día que vivió, se disculpó conmigo.
-Si es un tema muy sensible, lo lamento.
-Es que no he olvidado que me dijo que no podía recordar como caminar, que no recordaba su infancia... Me dijo que había perdido a alguien importante en su adolescencia, pero no recordaba a quien, sólo que se preocupaba por esa persona y ahora me da miedo porque lo entiendo... Yo estoy olvidando a mi hija.

Pelletier dejó de mirar a Ricardo y asentó por la certeza de que su diagnóstico era el correcto. 

-Le pediré al neurólogo de este hospital que vuelva a revisar su caso, señor Liukin.
-¿Cree que él encuentre esa solución?
-No.
-¿Por qué iría entonces?
-Porque lo estoy diagnosticando.

Pelletier se levantó sin decir nada y fue al módulo de enfermería a buscar él mismo el documento que Ricardo necesitaba para que el neurólogo lo atendiera a la brevedad. Pero comprendió entonces que la otra verdad que había descubierto no era prudente de exponer.

-"Katarina y Ricardo están relacionados ¿Cómo es posible?" - recordó haber pensado al ver los análisis de sangre de ambos y entendió, antes que cualquier Liukin, que el abuelo del propio Ricardo quizás había intentado revelar algo de su familia sin éxito. Era la única razón lógica para explicar esa coincidencia sanguínea. Y luego se detuvo. Recordó el expediente de Maragaglio.

-"Otro RH nulo ¿Qué está pasando aquí?" - se intrigó. Deseó revisar en ese instante, pero supo que era momento de ceder. Todo el cansancio acumulado le llegó de golpe y de repente comenzó a sudar y marearse.

-¡Wendy! ¡Traiga electrolitos ahora! - gritó y consiguió una silla.

-Lo canalizo, doctor.
-Lo haré yo mismo.
-¡Está temblando! 
-¡Páseme la solución ya!

Pelletier introdujo un catéter en su vena más visible y Wendy conectó una solución que poco a poco fue haciendo efecto. Los pacientes vieron como el médico respiró hondo luego de un momento y prosiguió con su trabajo como si nada pasara. A Marco Antonioni, a Ricardo Liukin y a Alessandro Gatell les preocupó el episodio, pero sólo Katarina creyó reconocer lo que sucedía.

-Debería comer.
-Y tú, descansar.
-Doctor, nadie vive de café.
-¿Te das cuenta de la ironía en tus palabras, señorita?
-No me pude comer este pan.
-¿Cuánta comida has ocultado y cómo has logrado que Marco no la descubra?
-¿Qué hará al respecto?
-Te vigilaré directamente.
-¿No quiere...?
-Ese pan es más necesario para ti, Katarina.
-¿Seguro?
-Vuelve a mentirle a Marco y te voy a delatar ¡No estoy jugando! ¡Cómete esa cosa y termínate lo demás!

Katarina se alejó rápido y Pelletier continuó como si nada, revisando otra vez los análisis de ese Rh tan peculiar por el que ahora tenía más preguntas y quiso respuestas para sí mismo.

-Debes irte - sugirió Gatell desde su lugar.
-Mi turno acaba a las dos.
-A ti no te importa vivir aquí, pero a tu cerebro sí. No seré un brillante especialista como tú lo has sido, pero soy internista y viendo tu evolución, las lagunas de memoria no tardan en llegar. Vas a alucinar dentro de poco y la solución no te servirá de nada. Ve a casa, Pelletier, come y descansa. El mundo no se acaba hoy.

Pelletier reaccionó acelerando el paso del líquido en su cuerpo y más tarde retirándose el catéter sin ayuda. Wendy Bacchini intentó preguntarle algo, pero él sólo le tocó el hombro, ordenó los documentos y no miró atrás. Volvió a su refugio, se retiró la bata, se colocó la gabardina, tomó la sábana de Susanna y guardó su cucharilla en el bolsillo de su playera. No quiso contemplar nada más ahí dentro y salió del hospital usando la escalera de emergencia. Nada más sentir el viento frío en la cara y algo de nieve, Pelletier no pudo seguir fingiendo consigo mismo. El llanto que siguió lo desconcertaba sobremanera mientras caminaba a casa, lo mismo que ese dolor maldito en el pecho que para su mayor desgracia, no era un ataque. Pelletier no alcanzó a refugiarse y se quedó sentado en un tronco en medio de la tormenta, que aunque fuera calma, seguía siendo importante. La nieve se acumulaba alrededor y el mismo sentía cristales de hielo escurriendo en su rostro.

Pero Pelletier no iba a derrumbarse. Lo único que tenía que hacer era recordar que era un médico competente y hacerse cargo de ello. Se tentó con volver al hospital, pero luego pensó. Necesitaba alimento y una manta luego de resolver el asunto que formaba un rompecabezas en su mente. Si alguien conocía esa explicación, iba a dársela de inmediato.

Pelletier se levantó con una motivación particular y el misterio que lo rondaba le tranquilizó la mente. Caminó, lento y reflexivo, ocultando la sábana en la gabardina y asegurándose de que no se notara su intento de colapso. La crisis había terminado, punto.

-"¿Pignater o San Polo? Y una de esas direcciones es un error ¿A dónde iría? Con quién le llevó al hospital en primer lugar" - pensó y recordó la dirección a la que había ido una vez. Las respuestas estaban en el barrio de San Polo y había manera de evitar que el interesado se negara a participar. Tenía que cruzar el canal, aunque existía un puente que lo llevaría cerca. La cuarentena veneciana era una bendición porque nadie podía quitar la película blanquecina de sus ventanas y por ende, no lo veían a él con esa actitud apabullante. Mientras más pasos daba, su estado anterior se disipaba y al atravesar hacia la calle planeada, nada pudo detenerlo. Ni una voz en su mente se apareció para reanalizarlo.

-En el expediente leí la dirección... El número me hace dudar, pero si veo a Hazlewood en el techo... Sí, ahí está. Susanna pasará unos días con sus niños y si ella abre yo...

La posibilidad de tenerla cerca, afuera de su mundo como temía, lo hizo retroceder hacia la esquina y recargarse en una fachada en dirección al agua.

-La mejor idea es lanzarme y ahogarme - susurró. El problema no era morir ahí mismo, pero luego creyó que Susanna Maragaglio iba a sentir lástima por él y aquello lo torturó más. Sus manos temblaban, pero no por el ambiente.

-Ese misterio no se va a quedar así. Llegaré, obtendré lo que deseo y me iré. Curar a Ricardo Liukin depende de mí - recordó y enseguida, su energía habitual se restableció. Aún sentía los efectos de la deshidratación, pero no gastaría más tiempo sin respuestas, así que aceleró el paso y sin importar que Edward Hazlewood le viera, tocó la puerta de la familia Berton.

-Buonasera signor ¿Qué se le ofrece? - saludó exigente una voz femenina cuya dueña parecía tener la cara de un tiburón inofensivo. Pelletier pasó saliva y se recompuso enseguida.

-Buonasera, disculpe venir de forma tan intempestiva. Mi nombre es Luc Pelletier, fui el médico que atendió a la señora Susanna Mara... Maragaglio.
-Me han hablado bien de usted.
-¿Dejé una buena impresión?
-A Maragaglio sí, supongo que eso basta.

Pelletier ladeó su cabeza y soltó un "ok" con cierto dejo de sorpresa. Pasó más saliva.

-¿A qué debemos esta visita? ¿Es algo de Susanna?
-¡No!... Es al señor Maragaglio precisamente a quien estoy buscando.
-Soy Anna Berton, hermana de Susanna. Pase, doctor.
-No es posible. Este asunto es confidencial.
-¿Tiene que ver con el ataque de ansiedad de ese idiota? Deme un momento.

La mujer sin embargo, no cerró la puerta y enseguida gritó: ¡Marabobo, te busca el doctor en la puerta!

Pelletier no necesitó esforzarse para saber que la relación entre concuños era desastrosa, aunque no le extrañaba. Maragaglio al fondo se asomó y al descubrir quien era, intuyó que abrigarse era lo correcto. El médico lo observaba atento hasta que Susanna se apareció con la gabardina de su marido y después de insistirle, le hiciera ponerse guantes y un gorro. Pelletier no consiguió bajar la mirada, pero respiró más hondo y sus ojos siguieron a esa mujer con atención. Anna en cambio, observó a Pelletier y luego a su hermana y comprendió todo, así que se movió para que el médico no perdiera detalle de Susanna, hasta que un beso a Maragaglio le cambió el semblante.

-¡Doctor! Me alivia verlo, mi esposa estaba llamando al hospital y nos dijo una enfermera que usted no estaba de guardia - señaló Maragaglio, dándole la mano. Pelletier correspondió el gesto y alcanzó a darle un último vistazo al interior, mientras Susanna parecía levantar a su bebé para mimarlo. La puerta se cerró sin más.

-Terminé hace un momento, revisaba papeles.
-¿Sucede algo importante? ¿Cómo se encuentran Katarina y Miguel?
-Ellos se han estabilizado, su oxigenación es manejable y le he advertido a Katarina que la vigilaré si no come como corresponde.
-¿Se ha sentido mal?
-No, Maragaglio. Fue por lo que usted y yo discutimos el otro día, que ella aún tiene al hermano en la cabeza.
-¿Algún plan?
-Observarla, si no hay inconvenientes con usted, Maragaglio.
-Me interesa que Katarina se recupere lo mejor posible.
-Queda acordado.
-Pelletier ¿Es muy importante lo que tiene qué decirme?
-Depende de usted.
-¿Es sobre mi ansiedad o las pruebas que me practicaron?
-No hay indicadores de alguna anomalía.
-¿Es algo de Intelligenza? ¿Averiguaron algo sobre mi noche internado?
-¿Qué opina de ir hacia el canal?

Maragaglio aceptó, preparándose para que Pelletier le revelara que lo habían interrogado y el otro miraba al piso, pensando en el enigma que estaba por resolver. Ambos hombres terminaron frente al canal y la actitud de Maragaglio cambió radicalmente.

-¿Qué está averiguando, Pelletier? ¿Acaso me toma por ingenuo?
-Claro que investigo algo.
-No actue como el inocente que no es. Sé perfectamente qué vino a buscar.

Pelletier se desconcertó y por un momento, se sintió débil para disimular.

-¿Qué le inquieta de mi familia? ¿Quiere que lo fuerce?
-Usted es listo.
-Pelletier, sabemos que yo no soy el que acabará muerto.
-No es un asunto que considere grave.
-Sin rodeos.
-No estoy seguro de prescindir de ellos.
-Mi mujer y yo no le permitimos quedarse cerca de nosotros.
-¿Me están alejando?
-Definitivamente, doctor.

Maragaglio era imposible de ignorar cuando intimidaba y el otro estaba seguro de que habían leído sus movimientos y pensamientos, así que involuntariamente bajó la cabeza e imaginó de inmediato la nieve tiñiéndose de rojo.

-¿Qué respuesta lo va a calmar, Pelletier? 
-Lo que me motiva puede ser inofensivo.
-Hable.
-No sé comenzar.
-Vuelva por donde vino y nunca se aproxime a mi esposa Susanna o a mí.

Pelletier sintió su boca resecarse más y su garganta molestar con un nudo insólito que intentaba sellarla, quien sabe si para siempre. Pero la mención de Susanna le hizo alzar la cabeza, como si un poco de aire se compadeciera de él y calentara su pecho.

-Me intriga algo que descubrí en los archivos clínicos y que no encaja, Maragaglio - por fin pudo pronunciar Pelletier.
-¿Qué es?
-Laboratorio debió resaltarlo para obtener donadores de sangre y no lo hizo.
-¿Alguien de la familia está enfermo?
-Katarina y usted son primos y me parece, digamos normal, que compartan tipo de sangre. Aquí la anomalía es Ricardo Liukin.

Maragaglio se tensó de inmediato, pero era un actor extraordinario que disimulaba el sentimiento de peligro con una expresión de desconocimiento. Pelletier cayó por fin en la trampa de olvidar que estaba frente a un espía, así que le pareció natural terminar en el borde la calle para que nadie escuchara.

-Ahora explíqueme. 
-Leí los expedientes para elaborar un reporte...
-¿Qué reporte?
-El general. Cosas de epidemiología.
-Yo no estuve ahí.

Pelletier supo que debía mentir a cualquier precio.

-Si Katarina no se recupera de la anemia, necesitará transfusiones urgentes. Perdone por cotejar sin permiso.

Maragaglio cambió un poco su gesto, aunque continuaba en alerta. Quizás la razón para estar ahí era legítima y médica a pesar del motivo encubierto, como se había declarado con la mención de Ricardo Liukin.

-¿Necesita que acuda al banco de sangre, doctor?
-Lo tendré al tanto.
-¿Es todo?
-No.

Pelletier comprendió que había perdido la posibilidad de una salida rápida.

-¿Qué se muere por escuchar, Pelletier?
-La verdad a veces luce como el absurdo.
-Liukin es quien lo trae aquí.
-No precisamente...
-Veinte años en Intelligenza y la gente cree que no la conozco.
-Esta información podría serle ajena y yo me estoy arriesgando porque revelo información crucial de un paciente. Quién arriesga su trabajo, soy yo.
-Suéltela.
-Es muy sensible.
-Palabras inútiles para decir que Ricardo Liukin coincide en tipo de sangre y usted piensa que no es normal a menos que haya una relación cercana.
-¿Usted es consciente?
-¿De que Ricardo Liukin desafortunadamente es mi hermano? Sí.

Pelletier se sintió desarmado, como un pasante en sus primeros días intentando llenar bien los datos de un membrete y equivocándose con la dosis inyectable.

-El señor Liukin no lo sabe - se defendió el médico, mirando a la nieve otra vez. Maragaglio por su lado, se descubrió a sí mismo nombrando a un tipo que le era repelente con la palabra noble de "hermano", pero no lo manifestó.

-El Rh nulo es demasiado extraño y yo necesito información. Ricardo Liukin tiene encefalitis autoinmune y los antecedentes familiares servirían de mucho ¿Alguien en su familia desarrolló demencia temprano, Maragaglio?
-Nadie.
-Sospecho que existe un componente genético y si lo detectamos, lo controlaremos enseguida. Es 2002, ya hay tratamiento pese a que la condición se encuentra en cotejo por pares y hacen falta datos. Hace unos días pedí una tomografía del señor Liukin y afortunadamente no tiene cáncer, pero en entrevista, él habló de su abuelo y sus signos y creo firmemente que ambos dan características clínicas de la enfermedad.
-¿También requiere unidades sanguíneas para él?
-Los Leoncavallo tienen Rh nulo y por ende, los Liukin ¿La familia tiene un historial de incesto?

Maragaglio reaccionó tomando a Pelletier del cuello y llevándolo a la puerta de Edward Hazlewood, quien por estar en la azotea limpiando la nieve, vio casi toda la escena en el canal. Al abrir, intuyó que las noticias eran malas.

-Este idiota se enteró de todo. Marco está en riesgo por culpa de su doctor - declaró furioso Maragaglio y Hazlewood palideció sobremanera.
-¿Tiene que ver con lo que le encargué buscar en la biblioteca? - replicó Pelletier, acordándose de ese favor de Marco Antonioni y sus papeles escondidos en el libro de "Auregnais"

-Una sola palabra, doctor y le sacaré las entrañas.
-¿Marco descubrió que los Leoncavallo y los Liukin son familiares?
-No busque entender las implicaciones de este asunto o Hazlewood y yo tendremos que matarlo - amenazó Maragaglio con la voz más escalofriante y Pelletier miró al señor Hazlewood, que pese al temor, concordaba con Maragaglio.

-El MI6 no puede llegar a Marco - susurró Hazlewood mismo.
-Esta conversación nunca pasó - concluyó Pelletier y entonces, Maragaglio finalmente golpeó su rostro.

-Lo último es personal. Aléjese también de mi esposa - reiteró y se dió la media vuelta. Pelletier vio la nieve roja hacerse realidad.

-No es importante - declaró y contuvo su hemorragia. Edward Hazlewood sentía frío y en lugar de echar al doctor, enseguida le invitó a pasar. Pelletier no se explicaba la actitud, pero accedió y entonces, una voz lo volvió a llenar de calor.

-¡Doctor! Lo vi llegar con Maragaglio, así que fui a la cocina y pensé que le gustaría beber un poco de sopa, así que le he traído una olla - dijo Susanna con una sonrisa.
-Yo estaré con el señor Hazlewood, vine a poner a todos al tanto.
-También traje para él ¿No se congela, doctor? Disfrute su sopa... Señor Hazlewood, discúlpeme, no lo saludé ¿Es el papá de Marco, verdad? Me presento, soy Susanna Maragaglio y le hice sopa.

Hazlewood sólo expresó un "buonasera" tímido y Susanna repitió el gesto de despedida del hospital, dió la media vuelta y entró de nuevo a su casa. 

Hazlewood tomó la olla y Pelletier comprendió que también era hora de abrigarse, aunque contempló a Susanna una vez más, descubriendo que se frotaba los brazos y tiritaba frente a su marido. Anna Berton, que seguía en su entrada, no atinó más que a cambiar su gesto severo por uno de lamento.

-¿Qué sucede, Anna? - preguntó el viejo señor Berton cuando se cerró la puerta.
-Ven papá, mira algo.

Anna lo llevó a la ventana de junto.

-Ese hombre, papá.
-¿Quién es? ¿Un hippie?
-El doctor que se enamoró de Susanna.
-¿Estás bromeando?
-No miento.
-¿Tu hermana lo sabe?
-Luc Pelletier ni siquiera le interesa. El hombre decente llegó muy tarde, papá.

Anna y el señor Berton se apartaron de la ventana y volvieron a la sala para intentar controlar a los niños. Luc Pelletier fijó sus ojos en la casa Berton y no resistió las ganas de abrazar la manta bordada de Susanna. Incluso al ir al interior con Hazlewood, no fue capaz de soltarla. 

domingo, 1 de febrero de 2026

La mitad de un corazón (La boda de Marine VII)


Venecia, Italia. Jueves, 28 de noviembre de 2002.

-¿Tienen lugar para una más? Quiero golpear a Ricardo Liukin - dijo Maeva Nicholas al acercarse a los lugares que ocupaban Yuko Inoue y Karin Lorenz en el hospital. Ambas mujeres aceptaron la propuesta y las tres se tumbaron en el sillón sin ocultar sus rostros cansados.

-Creo que el senior Ricardo se quiere disculparar contigo - respondió Yuko al fin.
-Puede irse al infierno con Katarina si quiere.
-Ella no se lo quedó.
-Terminarán ahí junto con la hipócrita de Susanna.

A Karin Lorenz le agradó el comentario de Maeva y sonrió por primera vez desde su rompimiento con Maurizio Leoncavallo. La propia Susanna Maragaglio las escuchó y volteó a verlas, prefiriendo no confrontar. Junto a ella, el doctor Luc Pelletier llenaba unas formas.

-No es necesario que permanezca más tiempo encerrada, Susanna. Usted ya sanó, irá a casa.
-¿Está seguro?
-Sí ¿Hay algún malestar del que no me haya dicho?
-No he sentido nada raro.
-Me alegra que aprovechara la oportunidad de realizarse estudios femeninos. 
-Siempre me han dado miedo.
-Todo está en orden, yo los leí.

Pelletier entonces le mostró unas copias con los resultados y ella terminó de tranquilizarse.

-Pensé que tendría otro bebé - añadió ella.
-Los malestares de la influenza son confusos.
-Al menos estaré en casa.
-Le firmaré la orden de alta.
-Iré a prepararme.
-Bien pensado.
-Me asusta dejar a Katarina y a Marco solos.
-Katarina estará más repuesta pronto; Marco no saldrá.
-¿Está muy delicado?
-Cuestión de descansar un poco más.
-¿Va a cuidar bien de Juulia también?
-Delo por hecho.
-Que no se le acerque nadie.
-Eso es algo que sí puedo controlar.

Susanna asentó y enseguida le pidió a Wendy Bacchini que le entregara su vestido y sus zapatos para poder dejar su bata de paciente. La enfermera accedió cortésmente y la mujer acabó en las regaderas, dándose una ducha rápida y cambiando su aspecto por uno más agradable, con su vestido hippie, su bolsa de cuero sintético decorada con pequeños atrapasueños y una cubierta de peluche café y los zapatos de colores tejidos. Era obvio que Susanna había fabricado los accesorios y por una vez, había decidido recoger su cabello. Al salir al pasillo, se sintió muy feliz y se tropezó con el propio doctor Pelletier, que después de firmar unos papeles, se disponía a tomar un descanso.

-¡Perdóneme! ¡Estoy tan distraída! 
-Es porque se irá con su familia.
-¿No lo lastimé?
-Es la primera de este grupo en librarse de cualquier cosa.
-¿Grupo?
-¿No pertenezco?
-No le entiendo, es una pena.
-He convivido más con los Leoncavallo, Marco y los Liukin que con otros enfermos. Supuse que formaría parte de su equipo de supervivencia.
-Oh, ya veo ¿Resistirá el desastre que queda ahí dentro?
-Si me da un consejo, mejor.
-Respire antes de hablarles.
-¿Es todo?
-Es lo único.

Pelletier no sabía cómo responder y acabó riendo como si descansara luego de renunciar a dormir y olvidar cómo volver a hacerlo por atender él sólo a quienes aún sufrían por la influenza en el quinto piso.

-Susanna, he llamado a Maragaglio y viene enseguida.
-Lo he extrañado tanto.
-¿Ha considerado tomar unas vacaciones, señora?
-¿Por qué la pregunta?
-No soy psiquiatra pero creo que su marido y usted necesitan un tiempo a solas.

Susanna pensó que Pelletier lo decía por el estrés de la última semana y lo tomó como una sugerencia profesional.

-Le diré a mi esposo que tome un descanso para Navidad.
-Podría ser una buena idea, pero yo me refiero a que de verdad platiquen y estén solos.
-¿Sin los niños? Como en esos fines de semana que nos dábamos antes.

El doctor Pelletier no supo decir que no se refería a algo así y prefirió seguir la corriente, sobretodo porque la señora Maragaglio se había puesto más contenta. 

-De vez en cuando, esas cosas sientan mejor - concluyó Pelletier, pero no se fue y luego de girar su vista hacia la sala llena de pacientes, no estuvo dispuesto a permitir que Susanna volviera con ellos y cualquier reproche la entristeciera.

-Señora Maragaglio, necesito hablar con usted seriamente ¿Me acompañaría, por favor?
-Por supuesto, doctor.
-Por aquí, supongo que debe sentir algo de sed.

Pelletier abrió una gran puerta gris al otro lado del pasillo y guió a la mujer a través de uno de los puentes del hospital hacia una estancia grande y vacía dónde se reunían los médicos cuando tenían tiempo libre. Había una máquina de café y algunos panecillos dentro de unas cajas amarillas.

-¿Qué le gustaría? Un espressino? Un brioche? - preguntaba Pelletier.
-Me parece bien ¿Y usted? 
-Comeré lo mismo.
-Me recuerda a Maragaglio cuando cocina.
-¿Él cocina?
-Sí y es muy bueno. Un día le traeré un poco de su ossobuco, le juro que es el mejor que he comido.
-Sólo puedo ofrecerle lo que traen de la panadería San Daniele.
-Debería probar los bizcochos que venden en el local de Durero. Tienen una crema pastelera increíble.
-¿En que barrio está?
-Sestiere di Cannaregio, en la calle donde viven los Liukin.

Susanna mordió su pan y Pelletier no pudo imitarla. La miraba con ojos cálidos y una sonrisa que fue transformándose de sutil a franca y amplia.

-¿Qué le ocurre, doctor?
-Nada especial, es que llevo días pensando en lo que voy a decirle.
-¿Es algo bueno?
-¿Podría dejar de cargar el peso del mundo, señora Maragaglio?

Ella se desconcertó.

-Me refiero a que nunca la he visto pensar en sí misma en este hospital. Todo el tiempo está hablando de su esposo, de Katarina, de si algo se complica, si hay que explicar o arreglar algo.
-Tengo una familia, como puede ver.
-¿Y cuándo hay tiempo para que se relaje?

La mujer no contestó de inmediato, pero dió un sorbo a su café.

-Con tres niños es imposible.
-¿Ni siquiera en la noche se da unos minutos, Susanna?
-A veces sí.
-¿Qué hace en ese tiempo?
-Me acuesto en la cama, hablo con Maragaglio de lo que hago en el día y lo abrazo hasta que me quedo dormida.
-Me refiero a un tiempo para usted misma, uno dónde pueda estar relajada ¿Le gustan los animales o quizás pintar?
-Diseño estampados para el taller Bassani, así que siempre tengo pintura en las manos y en mi ropa.
-¿Nunca se da la oportunidad de no pensar en nada?

Susanna miró a Pelletier como si hubiera escuchado un disparate y soltó una carcajada un tanto contenida. Pelletier esta vez le correspondió el gesto, aunque sabía que la respuesta a la pregunta que había formulado era que la mujer nunca estaba con la mente en blanco, aunque se esforzara por ello.

-Lo digo porque cuando no estoy aquí, me da por leer o hacer papiroflexia - continuó el médico.
-¿Le gusta doblar papel?
-Algo tengo que hacer con las revistas que me llegan por correo.
-¿Qué cosas podrían interesarle?
-Viajes y cosas de jazz. Alguna vez me suscribí a un boletín de teatro y también tengo cosas de vino y de cestería.
-¿Le gustan las cestas?
-Siempre es bueno saber cuál sirve para guardar mis llaves.

A Susanna le dió por pensar que Luc Pelletier era un tipo raro que no aparentaba sus aficiones. Hacía poco, el hombre había rapado parte de su cabello largo y con ello descubría un gran arete negro y puntiagudo. Era como ver a un vampiro asumiendo que vivía en un nuevo milenio o uno de esos góticos que en la escuela no hablaban con nadie.

-Tengo muchos pendientes en casa, me urge abrazar a mis hijos - prosiguió Susanna.
-¿Puedo preguntar cuántos son?
-Maragaglio y yo decidimos tener tres y me gustaría reiniciar las negociaciones para un cuarto bebé.
-¿No son muchos?
-¡No me mire así! ¿Usted tiene niños?
-Ni uno. Me divorcié hace tiempo y he pasado mucho tiempo soltero. Nunca me ha pasado por la cabeza ser padre o tener mascotas.
-¿No le preocupa quedarse solo?
-Moriré atendiendo pacientes en cualquier hospital. No soy muy exigente con la vida.

Susanna inclinó un poco si cabeza hacia el lado derecho, intentando comprender la aparente comodidad de Pelletier con su soledad. Definitivamente, él le agradaba.

-No tiene pinta de haberse casado alguna vez.
-Soy cardiólogo y mi ex mujer también ¿Cree que hablábamos? Nos ocupábamos de cualquier cosa y no recuerdo si conversáramos. 
-No sabía que eso pasaba.
-La mayoría de los matrimonios nunca hablan.
-No habría parejas de toda la vida.
-Mi relación no funcionó, pero bueno ¿Qué serviría? 
-¿Por qué se casó?
-Ambos estábamos disponibles y en esos años me sentía aislado. No quería que me aliviaran, sino ver una cara agradable y ya.
-Me cuesta visualizarlo.
-Cuando descubrimos que no nos hacíamos falta, cada quien siguió su camino. 
-Doctor ¿No ha considerado alguna novia?
-No.
-¿Es feliz?
-Estar en paz es lo más cercano a la felicidad.

Pelletier pareció brindar con su café.

-Lo que le causa curiosidad no es mi vida vacía de personas, sino mi falta de interés en echar raíces en una familia convencional, Susanna.
-¿Cuándo dejó de importarle?
-Estos días me ha gustado una mujer. 
-¿Le hablará?
-Soy un adicto a mi monólogo interno.
-Por eso no me gusta la vida solitaria. Cuando llega algo especial, no se sabe qué hacer.
-¿Por qué, Susanna?
-Porque todo lo gris se olvida y se llena de colores el mundo y hay mariposas en el estómago y terminamos portándonos como niños que no controlan lo que sienten.
-¿A usted le pasó?
-Cuando Maragaglio llegó a mi vida, yo sólo me entregué al impulso y lo amo veinticinco años después. Lo amo. 

Pelletier no ignoró los gestos de Susanna, ni la contradijo. Para él, verla era como hallar el tono de naranja más vibrante para completar un cuadro abstracto o el hilo rosa brillante para decorar una cesta de palma. Como si Maragaglio hubiera pintado o tejido un estudio blanco y negro y de pronto, su esposa lo salpicara de energía y alegría y extrañamente encajara.

-Considere esas vacaciones, por favor.
-¿Maragaglio y yo las necesitamos, doctor?
-Sobretodo usted.

Susanna se cruzó de brazos y miró la madera de la mesa, pensando que quizás unos días de sol o de frío apartados de los demás, eran lo más indicado después de su internamiento. Unas fiestas navideñas familiares, donde se pudiera estar con los niños jugando, comieran sandwiches y su marido y ella se sedujeran sutilmente durante el día eran el plan perfecto. 

-Grazie, doctor! - exclamó la señora Maragaglio
-Suerte en ese descanso.
-Mi esposo y yo le haremos caso.
 -Deseo que usted logre estresarse menos.
-¿En serio podrá con mi familia aquí?

Pelletier río y dijo que sí, convencido de que ella no podría dejar de tener la cabeza revuelta.

-Susanna, todos ellos... Bueno, no Tennant, pero los demás, son adultos. Eso incluye a Katarina.
-¿Hice mal apoyando la boda?
-No lo veo así.
-¿Y si fuera una hipócrita?
-Susanna, yo no pienso eso.
-Apoyé a Karin y ahora le doy la bienvenida a Juulia; Katarina se casó con Marco pero yo sabía que era novia de Miguel. Maeva pudo ser mi amiga y siento que la perdí.
-No siempre actuamos como los demás nos dicen que es correcto. 
-¿Qué me queda entonces?
-Siempre digo que hay que hacerse cargo.
-¿No quiere que me preocupe, doctor?
-No de lo que piensen los demás, sino de sí misma.

Susanna guardó silencio y se limitó a terminar su desayuno, aunque permaneció confundida. Claro que podía responsabilizarse de sus propias acciones, pero apenas estaba dándose cuenta de las repercusiones en los demás y de repente no era positivo disculparse siquiera.

-Afuera a Maragaglio y a mis nos aguarda una conversación delicada - recordó de pronto.
-¿Es grave?
-No es algo que pueda contarle a usted. Antes de enfermarme estuve con mi hermana discutiendo y ni ella ni yo llegamos a una conclusión que ayudara mucho. Es algo malo.
-¿Bastante?
-Mi esposo no lo tomó muy bien.
-¿Fue algo que hizo?
-Fue una información que no se esperaba. 
-¿Del trabajo o personal?
-Lo investigaron en Intelligenza. 
-¿Por qué?
-La persona involucrada me llamó por teléfono y me envió un sobre con información de la familia. Maragaglio ha estado investigando a los Liukin por cinco años.
-Eso es extraño.
-A la gente de su oficina también se lo pareció y Marine Lorraine recibió la orden de averiguar si el interés de mi esposo era personal... ¡Rayos! ¿Puede fingir que no escuchó, doctor Pelletier?
-Sólo confirme algo ¿Es grave?
-Si lo pienso, es enfermizo. 
-¿Le teme a las consecuencias?
-¿Qué va a pasar cuando toda la familia se reúna?
-Susanna, respire y descanse.
-¿Qué dice?
-Tiene enfrente la posibilidad de pasar unos días tranquila, sin la mente ocupada en sus dificultades. Más tarde definirá si esa batalla es de pareja o es de Maragaglio ¿Cuándo quiere la tormenta?

Susanna rascó un poco su cabeza.

-¿Qué le angustia de ese problema, señora?
-Oiga, usted no es psiquiatra.
-No, ni me gustaría. 
-¿Por qué le interesa?
-Porque sospecho que usted nunca se contagió de influenza.
-Tenía problemas para oxigenar.
-Que se corrigieron cuando le di un lugar de descanso. Usted no necesitaba un tanque de oxígeno, sino que la vida de afuera no la agobiara tanto.

Pelletier terminó su café y se dió cuenta de que Susanna Maragaglio todavía no acababa el suyo.

-No quiero ver sufrir a mi esposo.
-¿Lo del sobre es fuerte?
-La familia debe aclararle tantas cosas y no sé si resista la verdad.
-¿Es un problema que no se puede solucionar?
-Maragaglio es el único con el derecho de tocar ese tema.
-¿Es una situación donde usted no puede intervenir?

Ella afirmó con la cabeza.

-Entonces, quédese a observar.
-Si Maragaglio no resiste...
-Usted no estará colapsada. Susanna, usted no es responsable de tomar el control de lo que no va a resolver.
-No quiero que Maragaglio se sienta solo. 
-¿Y si esa fuera la solución?
-¡No! 
-¿Por qué?
-Porque iremos a casa y lo único que podré hacer será abrazarlo fuerte.

Pelletier rechazó la posibilidad de continuar la plática y únicamente escribió un par de indicaciones para que Susanna Maragaglio descansara mejor, como dormir a la misma hora, realizar más actividades al aire libre, buscarse algún hobby o leer más.

-Grazie, doctor - pronunció Susanna y luego de disculparse, volvió al corredor del quinto piso, a despedirse de los demás.

Pelletier por otro lado, no contuvo la tentación de beber el café abandonado por la mujer ni de guardar en el bolsillo de su bata la cucharilla con la que ella había agitado la bebida. Sentía una inmensa tristeza y le frustraba ese sentimiento que le carcomía el pecho. Todos esos colores, toda esa devoción ¿Qué era eso? Y volvió a cubrir su turno, cada vez más frustrado de formar parte de ellos, de Katarina, de Marco, de Ricardo, de Tennant y de Juulia. La ausencia de Susanna era como una espina y le daba miedo encontrarla en la calle y seguir pensando en esos tonos llamativos.

-¿Alguna novedad? - consultó Pelletier a Wendy Bacchini.
-Llegaron los estudios de Marco Antonioni.
-Los veré en un momento ¿Dónde está el doctor Gatell? 
-Con Katarina y Marco.
-A partir de ahora, sólo yo atiendo a esos dos. Gatell es su amigo, no quien firma por los medicamentos o evalúa sus pulmones.
-Entendido.
-Iré a arreglar algo.

Pelletier tomó la carpeta de Marco Antonioni, observó alrededor y caminó hacia donde Yuko, Maeva y Karin formaban su club de amigas.

-Van a entender algo las tres y después de este hospital espero no volverlas a ver: Señora Lorenz, usted no tenía un noviazgo, sino un contrato de incubadora. Tiene razón en enojarse, pero Maurizio Leoncavallo nunca la amó y puedo jurar que nunca lo mencionó... Maeva, estoy de acuerdo en que Ricardo Liukin es un infeliz, pero madure de una vez ¿Existía una relación? De ser real, nada de esto estaría pasando y Yuko, usted es nueva... Su lealtad a Miguel es loable y comprendo sus motivos pero ¿No le parece que fue inoportuna? ¡A este hospital viene la gente a sanar, no a llenarse de rencor! Y lo último es para todas: ¡Dejen en paz a Susanna Maragaglio! ¡Esa mujer le abre el alma a todas las personas que conoce y si decidió ponerse de parte de su familia, es porque los Leoncavallo la necesitan ahora! ¡A ella le acaban de romper el corazón! ¡Agradezcan que no están en su situación!

El exabrupto de Luc Pelletier provocó que los pacientes volvieran a sus lugares y él terminó sentado en el lugar que ocupaba Susanna, junto a Ricardo Liukin. La manta azul que quedaba tenía una bonita orilla bordada con cuadros de colores pequeños y ese sería el adorable recuerdo por conocerla.