viernes, 2 de mayo de 2014

Durante la lluvia



Al dar las once con cincuenta minutos, Don Weymouth llegó a misa como era su rutina. El hombre no quería sorpresas y tomó el mismo lugar de siempre, ordenó a Evan saludar a la vieja monja del frente y le dio a Bérenice Mukhin una canasta con flores que después sería dejada frente a un altar, aunque aún no había decidido a qué santo dedicársela. No transcurría nada fuera de lugar, excepto por la propia Bérenice, que portaba un vestido que llegaba hasta sus rodillas y un suéter, además de atarse el cabello, dejando un rizo de lado a manera de fleco. Nadie sabía a qué se debía tal cambio.

-Te distraes mucho, chica - dijo Evan Weymouth.
-Perdona, pequeño jefe, estoy pensando.
-¿En qué?
-Tengo una cita.
-¿En serio?
-Con mi amigo Luiz.
-¿Ese quién es?
-No te lo he presentado.
-¿A qué hora se van a ver?
-A la una y veinte. ¡Me invitó a un sushi bar! ¿Puedes creerlo?

Evan le siguió la corriente, seguro de que nadie se emocionaba por ir a ese lugar. Bueno, a lo mejor por tratarse de Bérenice tenía sentido.

-¿Mi papá te dio permiso de salir?
-Mientras regrese antes de las cinco.
-Es viernes.
-Cobrarás mis propinas, pequeño jefe.

La joven sonrió sin darse cuenta de que a Evan le causaba curiosidad saber quien consideraba buena idea llevar a Bérenice a batallar con pescado crudo.

-¿Desde hace cuánto conoces a Luiz?
-No lo sé, ¿tres semanas?
-¿Por qué te pidió que salieran?
-Porque antes me había invitado a pintar cercas en el parque y no me encontró en casa el día que lo haríamos.
-¿Pintar? Nunca había escuchado de una cita así.
-Como no pude ir, él pensó que comer algo juntos estaría mejor.
-¿Por eso te arreglaste tanto?
-Es que he visto a las chicas y quise verme como ellas.
-¿Cómo?
-Con un vestido bonito.

El chico supo que a Bérenice realmente le importaba aquella reunión y anhelaba causar una buena impresión, razón por la que se cuidaba de hablar sin hacer escándalo o mantenía la calma en lugar de su actitud atrevida de siempre.

-¿A qué lugar van a ir?
-Escogimos uno que se llama "Tokyo lile ba".
-Little bar.
-Eso.
-Es un buen local, pero un poco caro.
-Luiz se puso a reparar unas cuantas cosas en el barrio ruso y yo junté mis propinas, aunque él dijo que pagará todo.
-Es que quiere ser cortés.
-¿De verdad?
-Pues ese detalle habla bien de él. Un aviso: le gustas.
-¿En serio?
-Un chico solo se encarga de la cuenta cuando la chica "es algo más que una chica".
-¿Tú lo has hecho, pequeño jefe?
-A Eva le gusta beber salkau y nunca le he cobrado.
-¿Tu padre sabe?
-No le digas.
-Lo más seguro es que se me olvide.
-Tampoco le cuentes que voy con ella de compras y le regalo una que otra cosita.
-Hecho.
-A propósito y ya que estamos en confianza ¿sientes algo por el tal Luiz o por qué llevas el vestido tan largo?
-Me gustó el color.
-¿Rojo?
-Coral rojizo, yo lo hice.
-¿El suéter?
-Lo tejí.
-Él lo notará.

Bérenice estuvo a punto de preguntar "¿tú crees?", pero le ganó la curiosidad de saber si Luiz se interesaba en ella.

-¿En dónde se van a ver? - continuó Evan.
-En la cantina.
-Si se van en metro, todo les queda cerca.
-Qué bueno que puse el espejo afuera para que él no se pierda.

El joven Weymouth no quiso saber a qué se refería ella y la dejó en silencio, volteando a la puerta y pidiendo que la misa terminara pronto. La muchacha elegía no ocultar que estaba nerviosa.

-Tranquila.
-Perdón, pequeño jefe, nunca he comido sushi ¿y si no me sabe bien?
-Le dices que no te agradó o disimulas.
-¿Y si me porto como una idiota?
-Relájate, no va a pasar nada.
-No he tenido una cita así.
-¿Por qué aceptaste?
-Porque ... Honestamente no tengo idea.

Evan contempló a la joven que por no poder frotarse las manos, se mordía los labios y mantenía la cabeza baja para mirarse los pies.

-Buena suerte.
-Gracias, pequeño jefe.

Bérenice siguió enfocada en ideas sobre cómo mantenerse quieta mientras un mesero la atendía o no hablar con la boca llena, al tiempo que Don Weymouth le reprendía por no prestar atención. Era tal su angustia que hasta le preocupaba caminar por la calle y de pronto recordó el detalle esencial: le darían un menú y tendría que actuar como si lo leyera, para al final ordenar lo mismo que Luiz pero ¿y si él elegía algo asqueroso? o ¿qué pasaría si él tampoco sabía leer?

-Pequeño jefe - cuchicheó.
-¿Ahora qué?
-¿Qué hago cuando llegue la carta?
-Ordena lo que quieras.
-¿Y si no entiendo nada?
-Le preguntas al mesero.
-Ojalá el menú tenga fotos.
-Los de sushi sí tienen.
-¿Y qué hago con los cubiertos? Sólo sé usar la cuchara.
-Los cubiertos son unos palillos.
-¿Qué? ¿Cómo los agarro?
-No sé, por eso no como pescado crudo.
-¿Es pescado crudo?
-Con arroz, algas marinas, salsa de soya, wasabi, todo eso ¿no sabías?
-Estoy en problemas ¿Qué rayos es wasabi?
-Una cosa verde que sabe a picante y a rayos si comes mucho o lo pruebas sin pescado.
-Me dio asco y ni siquiera lo he visto.
-Puedes comer sushi con la mano, es educado.
-¿Cómo?
-Para la próxima mejor ve al cine.

La joven llevó su mano izquierda a su garganta y no se movió durante la misa, creyendo que se había equivocado al acceder a semejante encuentro con Luiz, mismo que igual y tampoco se imaginaba que diablos era ingerir sushi.

-Chica, espero que recuerdes que te di un horario para volver al trabajo - dijo Don Weymouth poco antes de escuchar una campanilla que indicaba que el oficio estaba por concluir - Me saludas al muchacho que te invita.
-De acuerdo, jefe.
-Llévate una sombrilla, ha comenzado a llover.
-Se lo agradezco.
-Dame esa canasta, corre para que llegues a tiempo.
-Lo veo luego.
-Diviértete.

Bérenice abandonó la iglesia corriendo y a mitad del camino, se topó con un semáforo que detenía su marcha. Con la gente agolpándose en esa esquina, era difícil ver el reloj y con el diluvio iniciando, la situación se complicaba porque los transeúntes la salpicaban con cada paso que daban o se enredaban con su suéter, ocasionándole más ansiedad.

-¡Estúpido semáforo que no sirve! - gritó antes de percatarse que Lleyton Eckhart se había detenido a su lado y tenía un buen tiempo en la misma posición, observándola.

-Hola, señor.
-Hola - contestó él tímidamente.
-¿Va a la cantina?
-Quería aprovechar para tomar un poco de salkau.
-Don jefe la reabrirá a la una y media, por si gusta esperar.
-¡Claro! - conteniéndose - ¿Te diriges hacia allá?
-Así es, voy tarde.
-Puedo detenerte un taxi, yo lo pago.
-Estoy a unas calles.
-Cierto, ¿te encargaron algo?
-No ¿qué hora es?
-Una y quince.
-¡Apenas me dará tiempo! ¡Lo veo luego, señor!

A Bérenice no le importó que la luz verde continuara dando el paso a los autos y atravesó la acera velozmente, deteniendo a algunos automovilistas que le gritaban improperios. Con su prisa, ni siquiera veía más allá del frente ni oía los reclamos de la gente al tropezar porque estaba más al pendiente de ver a Luiz a la entrada de la cantina lo antes posible.

-No ha llegado, entonces vine a tiempo pero ¡mis zapatos se llenaron de lodo! Ah, lo tengo que arreglar ¿por qué no traje un bolso con toallitas? ¿o no se limpian con toallitas?

Con la ocurrencia de retirarse el calzado y permitir que la lluvia los tocara de la punta para retirarles un poco la suciedad, caminó los últimos pasos, refugiándose en las cornisas para seguir seca hasta que Luiz salió del espejo y ella se sostuvo de la puerta de la cantina. Él quiso darle las buenas tardes, pero el viento lo empujó sobre Bérenice y ambos acabaron en la pared, sin poder moverse.

-¿Estás bien?
-¡No te escucho!
-Bérenice ¿te golpeaste?
-¡No te entiendo!
-¿Qué?
-¡El viento no me deja oír!

Las ráfagas eran tan fuertes que lo único que ambos percibían era el sonido de los carteles que se desprendían y los vidrios que cedían en algunos lugares. Alarmados por el crujir del cristal en la cantina, intentaron arrojarse al suelo sin resultado.

-Mi vestido se levantó, no vayas a voltear.

Gracias a esta frase dicha al oído, Luiz intuyó que si hacía lo mismo, entablaría una conversación sin problema.

-¿Te lastimaste?
-No ¿y tú?
-Nada sentí más allá de este abrazo, qué viento y qué suerte.
-Supongo que nos podemos saludar.
-¿Cómo estás? ¿Lista para nuestra cita?
-Sí, muy lista ¿Tú...?
-¿Yo? Lo estaré cuando esto pase.
-¿Por?
-Tengo que arreglarme el pelo.
-¡Siempre estás despeinado!
-Ja ¡Era broma!

Bérenice quiso añadir algo a la charla cuando el viento arreció, espantándola. Completando el cuadro, la lluvia se volvió tempestad y Luiz cubría inútilmente a la chica. La sombrilla que ella portaba se había deformado y se le soltó en cuánto él la apretó más contra su cuerpo. Con la piel de gallina, ella gritó fuertemente, con el miedo de ver objetos arrastrados por la tormenta y sobretodo, porque al acabar aquello, la cita sería cancelada.

-¡Bérenice, no pasa nada!
-¡No iremos al sushi!
-¡Podemos intentarlo el domingo!
-¡Me arreglé tanto para no verme como una idiota!
-¡Qué dices!
-¡Te quería impresionar y salió horrible!
-¡Por qué harías eso!
-¡Quería que me vieras linda!
-¡Pero siempre te ves linda!
-¡Pensé que hoy estaría más guapa!

Cuando el viento derribó la cornisa del local, ambos quedaron más desprotegidos ante el clima, pero el sol comenzó a manifestarse.

-¡Esto se va a acabar!
-¡Lo hará ahora! - exclamó Bérenice y aquello sucedió, como una orden. El cielo se despejaba y el calor se comenzaba a sentir.

-Voy a cambiarme - dijo ella.
-Yo también.
-Lo siento, Luiz.
-Esto nada tiene que ver contigo.
-¿Que haremos después?
-Tenemos tiempo, podemos hacer lo que queramos.
-¿Vamos al cine?
-¿No al sushi?
-Averigüé unas cuantas cosas sobre el sushi.
-¿Cuales?
-Es pescado sin cocer.
-¿En serio? Sonaba como un plato elegante.
-Y hay que tomarlo con unos palillos.
-¡Oh! De la que nos salvamos, es que me dijeron en el barrio ruso que todos llevan a la novia a comer esa cosa.
-¿Por eso me invitaste?

Luiz sonrió como un niño pequeño y Bérenice volvió a recargarse en la pared, melancólica.

-Disculpa, no soy una buena novia para nadie.

La joven mujer se sentó en el suelo para lagrimear abundantemente, preguntándose por qué se encontraba a los sujetos dispuestos a tomarla en serio. Ella les hacía cosas horribles, los traicionaba y se iba. A Matt Rostov lo había engañado con Edwin Bonheur y después a Edwin con otros de los que ni siquiera se acordaba para regresar más tarde con Matt y torturarlo por años. Ahora el encantador Luiz parecía desear tomar el papel aquél y para colmo de sus males, a Bérenice le atraía. El esfuerzo de fabricarse un vestido y el desvelo para terminar el suéter no eran por nada. Ella había ocupado su tiempo en tres semanas para caerle bien, tener detalles y asegurarse de volverlo el cuidador de su padre, como siempre que conseguía o volvía con un galán. Y en la cantina, su conducta no era la mejor. Ninguna chica con enamorado se daba el permiso de sentarse en los regazos de sus clientes, darles besos o bailar sensualmente para ellos y Bérenice se avergonzaría si Luiz llegaba a enterarse de que no era una simple mesera, sino una femme fatale dedicada a exprimirle hasta el último centavo a los ancianos libidinosos y a los adolescentes que golpeaban su trasero de vez en vez.

-Luiz, gracias por la cita.
-¿Te llevo a casa?

La muchacha negó con sus dedos.

-¿Qué pasa? - preguntó él, inclinándose.
-Luiz, todo iba a ser un desastre.
-Nos habríamos divertido.
-¿En serio te aconsejaron lo del sushi?
-Es que creí que te deslumbraría.
-Como los rusos que sólo llevan a sus novias.
-Eso buscaba.

Bérenice sostuvo el rostro de Luiz por varios segundos y luego alborotó sus rizos, consciente de que él era ligeramente menor en edad que ella y esa clase de gestos aun le parecían simpáticos.

-Entonces, si ellos van con sus chicas y tú querías que fuéramos es porque ¿soy tu ...?
-Novia, creo.

Ella no se imaginaba de dónde había sacado él tal idea.

-Es que nunca mencioné algo parecido.
-Yo creí que si lo eras por como me tratas y me agarras a besos.
-Ay, Luiz...

Bérenice dejó de llorar en ese instante y se incorporó con él. Al mismo tiempo, la lluvia volvía pero calmada.

-Eres un buen hombre.
-¿Me equivoqué, verdad?

La mujer lo miró y sin más, juntó sus labios a los de él, abrazándolo después.

-No es un error, chico lindo de cabeza de palmera.
-¿Entonces no soñé?
-Siempre quise estar con mi novio cuando lloviera.

Bérenice tomó de la mano a Luiz y le propuso caminar unas cuantas cuadras antes de ir a casa. El plan del sushi fue sustituido por ir al cine más tarde.



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