lunes, 10 de octubre de 2016

La magnitud de los problemas


-Vámonos - pronunció Roland Mukhin y Luiz levantó a Bérenice de la arena.

-Micaela, Bérenice ¿están bien? - continuó el señor Mukhin - Luiz, dame al niño, Marat ¿vienes? - y Lleyton Eckhart se limitaba a ver a los Mukhin, prudente de no intervenir.

-Yo estaría llamando refuerzos - le indicó Roland y de inmediato, Lleyton atendió.

-Habla Lleyton Eckhart, de la Fiscalía, solicito la presencia de la fuerza de bomberos en el hotel Golden Cape.... ¿Hubo más  derrumbes? ¿Dónde?.... ¡Marchelier y Nanterre! ¿Qué unidad de emergencias está disponible?.... ¿Láncry? ¡Envíenla, hay que apagar un fuego! Gracias.

Cuando Lleyton colgó, los Mukhin se habían ido. Al menos tenía la suerte de desconocer que el reflejo del mar era un portal a la Tell no Tales del espejo y antes de reprocharse la torpeza de no retenerlos, un rescatista lo aterrizó en la realidad.

-¿Señor Eckhart?
-¿Qué se le ofrece?
-Tenemos un problema.
-¿Otro?
-Las chicas que sacamos del hotel, muchas dicen que estaban secuestradas.
-¿Qué?
-Las encerraron en el anexo del restaurante y eran prostituidas.
-No es cierto.
-No les entendemos mucho pero son de Ucrania, la República Checa y no sé de dónde más. No tienen papeles y a varias hay que vestirlas y sacarlas del mar.
-Hágalo.... ¿Ellas saben algo del incendio?
-Que lo inició la encargada de limpieza.
-Reúnanlas a todas y llévenlas a la estación central, que les tomen la declaración. Llamé refuerzos para acabar el fuego, regrese a sus labores.
-De inmediato, señor.

El bombero se alejó y Lleyton exhaló fuertemente.

-¿Qué rayos está pasando en esta ciudad? - gritó y corrió al Racquet Club que en cualquier minuto sería evacuado como el hotel de al lado.

-¡Lleyton! ¿Dónde fuiste? - inquirió Sophie al verlo regresar.
-Necesito que todos guarden la calma, la situación es grave - respondió él en voz alta.
-¿Qué pasa?
-El hotel Golden Cape está en llamas, los bomberos hacen lo que pueden
-Eso ya lo sabemos.
-El fuego alcanzó las villas.
-Dios mío, hay algo que podamos hacer.
-Esperar.
-¿Qué le pasó a la chica que buscaba a su padre?
-¡Bére...! La señorita ya lo encontró, están bien.
-¿Qué harán con el torneo? ¿Lo cancelarán?
-No lo sé pero hay otra noticia y debo darla.... Hubo dos derrumbes en la ciudad, Marchelier y Nanterre, si alguien tiene familiares allí, contáctelos.
-¿Te dijeron en qué calles?
-Sólo eso, la ciudad está en emergencia.

Mientras la gente trataba de localizar a sus parientes o amigos, Maddie Mozer y Kovac se abrieron paso hasta llegar a Lleyton, que telefoneaba a la Estación Central de Policía infructuosamente.

-¡Lleyton! ¿Tan mal estamos? - dijo Maddie lo más bajo que pudo.
-El asilo de ancianos de Nanterre se vino abajo y también el multifamiliar de la calle Crozet.
-¿Sabes si hay muertos o heridos?
-Heridos seguro, muertos deseo que no.
-El departamento de obras civiles no tiene fondos para enfrentar nuevas demandas.
-Házme un favor, avísale a mi secretaria que la quiero ver en la oficina de inmediato y Kovac, lleva a Sophie a mi apartamento. Luego hablo con los tres.

Lleyton volvió a marcharse, sorprendido un poco por lo seguro que era el estacionamiento del Racquet Club y salió con dificultad hacia el camino que llevaba al corazón del barrio Poitiers, deteniéndose por el intenso tráfico que rodeaba al hospital privado y que era usado para contener parte de la emergencia. Por lo que se alcanzaba a apreciar, la noche de pesadilla estaba lejos de concluir y de acuerdo a la radio, en ese instante comenzaban a caerse unos edificios en la avenida Pushkin y colapsaba otro multifamiliar en el barrio Marchelier.

Departamento de la familia Mukhin, Tell no Tales del espejo.

-¿Todos están bien? - preguntó Roland Mukhin.
-Ya no hay vibraciones- comentó Marat.
-¿Seguro? Rompan todos los espejos, no son buenos.

En la Tell no Tales del espejo se pensaba que cuando algo perturbaba los portales, lo más conveniente era destrozarlos y sustituirlos por nuevos que estuvieran sellados. Por algo la fábrica de espejos y vidrio de aquella dimensión no había parado su producción, ni siquiera durante la revolución.

-Levantaré los trozos - dijo Micaela Mukhin al no reconocer el lugar en el que estaba. Marat y Luiz tiraban al suelo o pisaban todo lo que posibilitara los reflejos mientras Bérenice continuaba inmóvil en una pared, llorosa y cubriendo su boca, ignorando el llanto del pequeño Scott.

-Marat ¿cómo aprendiste a abrir los portales en los vasos? - cuestionó Roland molesto.
-Funcionan igual que las ventanas.
-Nada puede pasar por ahí.
-Casi nada - aceptó Marat.
-Pero comenzaste un incendio.
-Para sacar a su esposa del hotel.
-Gracias.
-De nada.
-No lo vuelvas a hacer, idiota.

Roland Mukhin se asomó por su balcón y logró ver a varios vecinos deshaciéndose de sus objetos de cristal, muchos descubriendo que en la dimensión real ocurría una terrible anomalía y lo mejor era evitar que la misma se propagara.

-Luiz, saca un espejo nuevo, lo guardé en el armario de escobas - ordenó Roland y el chico tomó una caja delgada y grande que contenía un portal circular.

-Miren todos - siguió el señor Mukhin y la familia lo rodeó consternada - Esa es Tell no Tales real en este momento.
-¿Lo que brota del suelo es agua?
-Así es, Marat.
-¿Podemos ver otra parte de la ciudad?
-El canal Saint Michel está rompiendo la ciudad por abajo.

Pero Bérenice retiró el espejo y sus lágrimas se secaron apenas, dándose cuenta de que el pequeño Scott parecía reclamar consuelo en medio del desconcierto y el susto que le provocaban los trozos cortantes que lo rodeaban.

-Me llevaré a Scott a su cuna, le pondré su pijama - dijo sin mirar a nadie y se encerró momentáneamente, con la duda de por qué su familia actuaba como si nada pasara. Acababan de encontrar a Micaela Mukhin, su madre ¿no debían celebrarlo al menos con un abrazo?

-Perdona nuestro ruido, bebé - dijo al notar que Scott volvía a su estado apacible al depositarlo en su colchón. Era un niño que dormía si lo dejaban solo pero sonreía antes de cerrar sus ojos grises, como si estar con Bérenice fuese divertido.

Sin embargo, ella no lograba pensar en eso cuando al ir a la estancia, se topó con que su madre cocinaba salchichas y puré de papas mientras cantaba alegremente. Alrededor de ella se encontraban Marat y Luiz colocando platos y cubiertos mientras Roland elegía alguna flor roja para decorar la mesa, creyendo quizás que su esposa entendería que la halagaba.

-Tu madre rescató una maceta del incendio, dijo que Marat la rompió cuando pasó junto a ella - escuchó Bérenice que le comentaban y con cierto valor, se acercó abruptamente a Micaela, sorprendida de que ésta le volteara a ver.

-Extrañaba cocinar para ti, siéntate Bérenice - indicó la mujer antes de apretar a la joven contra sí - Al menos volvimos a estar juntas.

Bérenice deseaba llorar mucho más pero su madre proseguía con su talante apacible y reanudó su canto en falsete como si aquél fuera un día feliz cualquiera y nunca hubiera abandonado la rutina.

-La destrucción se detuvo - advirtió Marat al dar un vistazo al espejo.
-Iremos mañana a ver que quedó - replicó Luiz - ¿verdad Bérenice?
-El señor Lleyton ha de estar preocupado, supongo que ... Vamos - dijo ella mientras su madre concluía su canción e iniciaba otra que ninguno entendía. Bérenice se negaba a soltarla y la otra asumía que era una bienvenida como cualquier otra, un poco exagerada tal vez porque al ausentarse había sido más probable que cualquiera pensara en su muerte y sufriera un choque que impidiera un contacto más personal. Pero Bérenice nunca había estado más feliz y sólo tocaba a su madre para estar segura de que no se desvaneciera como en las pesadillas. La causa del comportamiento cotidiano en los demás podría ser más por pena que por otra causa y Micaela aparentaba asumirlo así, justo para no contagiar sus traumas y dolores que de todas formas eran asuntos que reservaba para hablar a solas con Roland, mismo que se escudaba en órdenes sencillas y comentarios rápidos para no reaccionar igual que Bérenice o aun más afectuoso.

-Bérenice, ve a tu lugar - pidió Micaela antes de alzar su voz cantante e impresionar a Luiz y Marat con su talento al servirles la cena. Por el espejo aun tenían la visión de la Tell no Tales real y en un momento dado, el reflejo de la campiña y la gente que ahí vivía delataba que por todas partes se propagaba el miedo de perder la ciudad. Sólo por eso, Micaela cerró el portal y se dedicó a cantar, asegurándose de que el resto se alimentara. Bérenice trataba de llevar algo a su boca al aceptar que no entendía ninguna escena y que le decepcionaba la distancia que su propia madre establecía a pesar de llevar más de diez años forzada a estar en un sitio extraño. Ese canto en falsete no era propio de Micaela ni el idioma en el que interpretaba una melodía de ritmo igual desconocido, pero si ella aseguraba que era sobre el campo, lo tomaría por cierto. Después de todo, era más seguro quedarse con dudas y aquello quedó claro cuando el espejo nuevo también se quebró.

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