Departamento 101 en un edificio de la calle Renoir, Tell no Tales:
-Señora Anissina, ha venido Elliot Cohen - anunció Sandra Izbasa al ver en la puerta a un joven alto y de cabello oscuro con credencial de la Universidad de Humanidades.
-¡Elliot! Creí que me había olvidado. Pase por favor, jovencito.
El alegre Elliot se introdujo sin mirar mucho a Sandra y luego de besar la mano de Agathe Anissina, se sentó en un sillón junto a ella. La televisión estaba encendida y estaba por servirse el té.
-Me da gusto visitarla, Agathe - inició él.
-A mi edad es tan raro ver a un hombre tan apuesto en casa.
-Seguramente no.
-Elliot ¿ha traído lo que le pedí?
-Descatalogar este retrato me costó un mundo.
-Pudo enviarlo por correo.
-No crea que no lo pensé.
-¿Cómo va lo del barco? ¿Ya saben cómo desapareció?
-No han salido los resultados del análisis químico.
-Se han tardado mucho.
-Hay trabas presupuestales y el tsunami de hace dos meses nos hizo temer lo peor. Se perdieron objetos y tenemos buzos buscando.
-Lo imaginé. De todas formas, nada de lo que importaba seguía allí.
-Espero que esto sea lo que busca, señora.
-¿Por qué lo envolvió en este papel tan indigno?
-Preferí que pasara como pescado.
-Elliot, gracias.
La señora Anissina hizo una seña a su nieta y a su cuidadora de que la dejaran sola un momento y Sandra Izbasa pronto fue invitada a un paseo imprevisto por el cercano parque De Gaulle mientras sentía curiosidad por tan singular visita.
-Ver a un Izbasa en la ciudad enfurece a cualquiera. Lo entiendo, Elliot - comentó la señora Agathe al cerrarse la puerta.
-Me sorprendió.
-Sandra no tenía a donde ir. Steliana Izbasa me pidió recibir a su bisnieta.
-¿La señora Izbasa vive?
-Es tan centenaria y cuerda como yo.
-Nadie lo sabe.
-Nadie pregunta, Elliot.
-Debería charlar con ella.
-Nunca ha sido sincera.
-¿Por qué?
-Steliana aun no paga sus cuentas.
Elliot Cohen sonrió y pronto notó que la señora Anissina pretendía observar a Carlota Liukin en el Trofeo Bompard. La transmisión no había iniciado.
-Creí que no seguía a la niña Liukin.
-¡Oh, Elliot! ¿Cómo podría ignorar a esa linda bisnieta de mi amiga Lía? Cada vez se parece menos a ella pero tiene la cara de su padre.
-¿Le ha hablado de la cinta olímpica?
-No me he reunido con ningún Liukin en cuarenta años.
-¿Por qué no?
-Desde que Lía falleció, no tuve más amistad con su familia.
-Quizás yo debería decirle.
-No es tu misión, niño.
-Quiero que me diga una cosa: Encontré un registro de defunción de Lía Liukin en 1932.
-¿Esa mentira?
-Justo de eso iba a preguntarle.
-¿Por qué?
-Hallé un registro de ella en un barco de Trípoli a Nápoles de 1933.
-Ese viaje fue de los últimos que hizo. Le dije que en Europa no convenía vivir pero no escuchó.
-¿Por qué la dieron por muerta un año antes?
-¿Se enteró del escándalo, Elliot?
-¿Es algo que los Liukin saben?
-El hijo de Lía estaba enterado pero no sé si le contó a alguien más.
-Supe que Matthiah Weymouth fue detenido por el asesinato de la señora Liukin.
-Imagino que leyó esa vergüenza de expediente.
-¿Lo que escribieron es verdad?
-¿Qué parte?
-¿Lía Liukin engendró un hijo con su padre?
Agathe Anissina tomó un poco de té y se rió.
-Los jóvenes preguntan siempre por los detalles escandalosos - sentenció y enseguida miró hacia Elliot Cohen con algo de seriedad.
-La policía no sentenció a Weymouth, señora.
-¿Cómo podría ser? Hubo tanto dinero ofrecido para tapar todo esto...
-¿El ingeniero Weymouth era culpable?
-Intentó matar a Lía pero eso no era secreto. La gente lo apoyó y la familia Izbasa gastó un dineral en borrar lo que se pudiera.
-¿Por qué?
-En parte por las murmuraciones.
-¿Qué pasó, Agathe?
-Le dije que Steliana Izbasa no ha pagado sus cuentas.
Agathe sabía que Elliot no podía enterarse de nada que no fuera cierto o conocido desde antes.
-Alguna vez le conté que Lía tuvo un bebé con Matt y este murió de viruela. También le dije que ella hizo tantas cosas buenas después de eso y le conté de su matrimonio con un escocés.
-Joseph Kerr.
-Ese Kerr era un inversionista pero también un estafador. Se casó con Lía porque su padre era propietario de unas tierras en la campiña que daban frutas.
-Imagino que fue todo un negocio.
-Kerr se volvió popular en Tell no Tales porque le hizo ganar millones a unos ganaderos y ayudó a algunas familias a hacerse de los astilleros del barrio Corse ¿sabe a cuánta gente le robaron sus propiedades?
-¿Lía lo toleró?
-En ese momento, ella se obsesionó con la idea de tener hijos. Joseph se los exigía cada noche.
-¿Le habló de eso, Agathe?
-Los niños nunca llegaron y Kerr comenzó a frecuentar la mansión Izbasa. Steliana se embarazó enseguida y Lía concedió el divorcio pero le costó caro. Se dijo que se habían comprometido las tierras de los Liukin en una venta a los Izbasa y cómo se desconoció, se inició un proceso por fraude. Después Joseph apareció con documentos que lo presentaban como apoderado legal de su suegro y aunque se alegó que las firmas eran falsas, el juez embargó a los Liukin y perdieron todo.
-¿Cuándo fue esto, señora?
-En 1928. El señor Liukin se dedicaba a envasar jugo para su venta.
-¿Ya existía la planta de alimentos de la campiña?
-Los legítimos dueños de Industrias Izbasa, son los Liukin. Todo mundo lo sabe.
-¿Por qué no interviene, señora Anissina?
-¿Con qué pruebas? Aquello fue quemado.
-Debió quedar algo.
-¿Por qué cree que el juicio a mi primo, Matthiah Weymouth, es tan inconveniente?
-¿Qué ocurrió en ese proceso?
-El divorcio de Lía fue tan difícil que se metió con varios hombres con tal de demostrar que no era estéril. No funcionó y se recluyó en su casa. La gente decía cosas terribles y en diciembre del treinta y uno bajó a la ciudad del brazo de su padre y el vientre abultado. Recuerdo mi impresión cuando nos encontramos en una banqueta. La gente les arrojaba sopa podrida y los insultaba pero yo los saludé y ella era feliz... Eso se habló en el proceso de Matt, incluso se reveló que Lía compartió la habitación con su padre para concebir y el señor Liukin nunca lo negó. Él defendió tanto lo que hicieron, que creí que los habíamos orillado.
-¿Por qué sería asi?
-Porque permitimos que les robaran, que humillaran a Lía, que les mintieran. Esa mujer había decidido que tendría hijos pero el único que la entendió fue su padre.
-¿Matt quiso matarla por eso?
-Matt volvió de Francia en el treinta y dos. Lo primero que hizo fue buscar a Lía pero nadie sospechó que ese romance iba a renacer. Él hizo arreglos para comprar un departamento en la calle Piaf y acordó con un abogado su propio divorcio y una demanda contra los Izbasa.
-¿Usted le advirtió a Matt de los chismes en la ciudad?
-Claro que le previne, pero me pareció que no debía insistir. Lía tenía el embarazo avanzado.
-¿Cree que ella tuvo el valor de admitir lo de su bebé?
-Por supuesto y por eso Matt estuvo en prisión.
-¿Qué hizo?
-¿Matt? Contó en el juicio que Lía le preguntó si no le importaba ser el padre adoptivo del bebé y él contestó que no. Luego quiso saber si no le molestaría el hombre con el que concibió y Matt lo tomó muy mal.
-¿Qué supo usted, señora?
-Él declaró que sujetó a Lía por el cuello, la arrastró varios metros y la colgó de un árbol... Matt se arrepintió y la bajó enseguida pero del susto y la decepción, se presentó el parto y fue el señor Liukin quien ayudó a su hija junto a mi esposo, Alban Anissina. Ambos hicieron que la policía interviniera y detuvieran a mi primo. Lía no se enteró porque pasó inconsciente unos días y se marchó.
-¿Marcharse?
-De eso nunca conversamos. Ella se levantó de la cama, dejó al bebé en su cuna y tomó el tren y un barco a Sudáfrica.
-Imagino que con eso se decidió el proceso contra Matthiah Weymouth.
-Matt pagó para que declararan a Lía como muerta y después se olvidó de la demanda contra la familia Izbasa, pero en su proceso no paró de acusarlos de ladrones y de mostrar papeles. Los Izbasa sobornaron muy bien al fiscal para quemar las pruebas y dejar los testimonios que ensuciaran a los Liukin.
-¿Cómo lo sabe?
-Steliana se jactaba del robo de Kerr. Al fin y al cabo, siempre envidió a Lía y sus padres codiciaban las tierras del valle.
Elliot Cohen no sabía en qué creer.
-¿Lía sólo desapareció?
-No, jovencito. Un día mandó una carta desde Italia. Alban y yo nos trasladamos enseguida.
-¿Qué les decía?
-Habían pasado seis años ¿Sabe cuántas cosas hizo Lía?
-Supongo que era otra persona.
-Fue arquéologa itinerante, actriz de teatro, trabajó como gerente de una empresa metalúrgica en Milán y consiguió su propia casa.
-Eso es cambiar.
-Firmó documentos de matrimonio en el treinta y cinco e incluso su apellido era otro.
-¿Lía volvió a ver a su padre y a su hijo?
-Pronunciar cualquier cosa de los Liukin estaba prohibido.
-¿Quién contrajo nupcias con ella?
-Todavía no olvido lo mucho que me desagradó ese hombre.
-¿Por qué ríe, Agathe?
-¡Ay, Elliot! Si usted hubiera conocido a Lía...
-¿Fue raro?
-El hombre era un obrero que no sabía leer y más ciego que un topo. Ella se divertía tanto con ese bruto que me alegré.
-Ja ja ja.
-Él sabía que Lía era tan lista, tan inalcanzable. El pobre carecía de modales, su voz era irritante, todo el tiempo estaba cubierto de manchas, era tosco. Un salvaje es más civilizado.
-¿Qué le veía ella?
-¡Una mujer se cansa de la clase de hombres que conoce! En cambio, ese bestia se podía moldear y la llenó de niños con facilidad. Ella no ambicionó otra cosa.
-¿Me dirá cómo se llamaba?
-¿Él? Su apellido le quedaba grande. Un tal Leoncavallo que de distinguido tenía lo que yo de monja.
-¿No sería pariente del compositor de ópera?
-En absoluto, Elliot. Ese hombre se dormía cada que Lía tocaba el piano.
-Nunca entenderé como una mujer como ella prefirió a alguien tan elemental.
-Se lo he dicho, jovencito. Mientras sirviera para hacerla reír y tener descendencia ¿qué más daba? Tuvieron seis niños. La mayor se llamaba Carolina y era una niña tan curiosa como Lía.
-¿Alguien llegó a enterarse de esto?
-¿Aquí en Tell no Tales? Mi primo, Matt.
-¿Qué opinión tuvo al respecto?
-Verlo caído en desgracia fue bastante castigo. Acabó de cantinero de un expendio de esa bebida horrible que está tan de moda ahora.
-¿El salkau?
-En realidad, me gusta. Lo que pasa es que el whisky parece elegante, Elliot.
-¿Por qué no busca a los Liukin y les relata todo esto?
-Porque no pueden reclamar lo que les pertenece y luego de ver cómo crecieron Lorenzo y Ricardo Liukin o lo que ocurrió con Carolina Leoncavallo, lo mejor es no mover el mar.
-¿Qué les pasó?
-Eso no puede saberlo por mí, Elliot.
-¿Y con Lía? ¿Usted supo algo?
-Vino la guerra y su esposo se enroló con los partigianos contra Mussolini mientras ella repartía panfletos y se involucró en varias huelgas anti fascistas. Se volvió locutora de deportes en 1946 y su marido fue sindicalista de los trabajadores metalúrgicos hasta los años ochenta. Lía murió en el sesenta y tres, cuentan que de una neumonía.
-Agathe, ¿asistió al funeral?
-No, jovencito. Sólo me dijeron que Carolina le dio un nieto y estaba vestido con un traje azul marino ese día.
-¿Qué sucedió con el padre de Lía?
-Ese hombre falleció unos quince años más tarde. Contaban que se le había agriado el carácter y no recordaba nada. El hijo con Lía le salió tan irresponsable que se aferró a los nietos.
-¿Lorenzo y Ricardo?
-Supe que tienen un hermano, un tal Gwendal.
-¿Cómo se llamaba el hijo de Lía Liukin?
-Goran, como su padre. Desconozco casi todo de él.
-Supongo que encontraré la tumba de la señora Liukin en Milán.
-Seguro, Elliot. Le pediré que no olvide que en Italia, ella es una Leoncavallo. Nunca los quiso junto a su primera familia.
Elliot Cohen no podía distinguir entre la historia, la anécdota y el chisme pero admitía que le divertía mucho. Alguna vez había escuchado rumores sobre la propiedad de las tierras del valle y también de un escándalo familiar que hasta la fecha, influía en la vida de los habitantes hasta límites insospechados. Pero ver a Agathe Anissina desenvolver su encargo lo devolvió a lo tangible.
-Alban era tan apuesto. Lía y Matt le pidieron este retrato porque pasarían varios meses fuera luego de esa boda que no pudo ser.
-¿La de 1915?
-Le confesaré un secreto, Elliot: Lía creyó que eso fue lo mejor que le pudo haber pasado.
-¿Usted lo piensa también?
-Con Matt era tan feliz que no se esforzaba gran cosa. Sin él, tuvo lo que quiso. Le he dicho, Elliot, que Lía Liukin fue la primera en intentar muchas actividades que en Tell no Tales ninguna otra se atrevía. Pero borrar la memoria es algo que la gente busca y ocurrió, al menos en la historia oficial. En la campiña hay gente que aun cuenta estas vivencias ¿por qué cree que se les aparta todavía?
-Agathe, si usted conoce tanto, podría remediarlo.
-Elliot, suficiente tenemos con que estén cerca.
Agathe Anissina sirvió té para Elliot Cohen y vieron el inicio de la prueba femenil del Trofeo Bompard, con un primer grupo de patinadoras realizando calentamientos. Entre ellas, se distinguía la bella Carlota Liukin con su vestido de rayas rojas y en los bordes, Maurizio Leoncavallo le daba las instrucciones que podía mientras el público gritaba y agitaba sus mantas de apoyo con creciente euforia.
-¿Algún día sabrán Carlota y su entrenador que son familia? - preguntó Elliot al notar que ambos se trataban con enorme simpatía y compartían el mismo gesto al sonreír.
-Si me dieran a elegir, sería un no.
-Lía no está.
-Pero hay que cuidar a los vivos, Elliot. Hay circunstancias que hieren aun sin conocerlas.
-¿Cómo qué?
-No me corresponde remover la cicatriz. Los Leoncavallo y los Liukin tendrán que arreglarse.
Agathe Anissina suspiró con cierto desencanto y al tiempo que Carlota y Maurizio se daban un abrazo, pensó en aquello que podía separarlos.
Existen deudas que se transfieren sin buscarlas y entre los Liukin y los Leoncavallo, existía un vínculo tan fuerte, que el desconocido precio venía acompañado de un dolor extremo, incomprensible y que tocaba a cada uno de sus miembros en lo más profundo de sí mismos, en su identidad, en sus convicciones, en su sangre.
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