domingo, 18 de agosto de 2019

Marine

Marine Lorphelin/Foto cortesía de Le journal

Viernes, 15 de noviembre de 2002. París, Francia. Medianoche.

Maurizio Maragaglio no podía soportarse a sí mismo y luego de asegurarse de que Carlota Liukin se quedara dormida, salió a la calle para aclarar sus pensamientos. Continuaba furioso por lo ocurrido horas atrás, con Trankov, con Trafalgar, con los diamantes que ahora se obligaba a ocultar. Había odiado el verse necesitado por disparar y se hallaba tan asustado también, que consiguió un par de cigarrillos y se detuvo frente a un árbol para intentar contestar el celular con la pequeña esperanza de que su prima Katarina le dijera "he llegado a Venecia" o "estoy bien" sin importar que no fuera lo que deseaba escuchar. Incluso, alguna palabra de su esposa era bienvenida o de Alondra Alonso aunque hubiesen roto su relación. Por ello, pulsó el botón para aceptar sin prestar atención al identificador.

-Maragaglio, aquí... - dijo presuroso y luego de oír un sollozo, el desahogo se le convirtió en ira, sobretodo cuando una voz femenina, trabada y desesperada le suplicaba con un "por, por favor, Maurizio, habla... bla, conmigo".

-¡Te pedí que no volvieras a llamar! - replicó él bruscamente.
-"Mi amor, te, te necesito ¡no cuelgues!
-¡Déjame en paz!
-"¡Volvamos a estar juntos! ¡Te pro... prometo que no vuelvo a acercarme a tu esposa, que, que se... seré discreta por tus niños! ¡Regresa Maurizio, te amo!"
-¡Vete al diablo, Marine! - concluyó él, arrojando el teléfono al suelo y fumando sin calma en la calle solitaria, como si se le hubiera sumado otro problema y esta vez sintiera la carga más pesada que de costumbre. El cuello le dolía, el ardor en sus nudillos continuaba, la presión de su espalda punzaba.

Luego de hacer acopio de voluntad, levantó su celular, aunque optó por mantenerlo silencioso y enfiló sus pasos hacia Les Halles, sin saber por qué lo necesitaba con tanta urgencia. La distancia era escasa desde la Rue de Poinsettia pero cierta corazonada le impidió avanzar a su ritmo. Sentado otra vez en una banca, junto a un bote de basura y un nuevo árbol, Maragaglio se llevó la sorpresa de que Ricardo Liukin le contactaba o más bien, de que no había leído sus mensajes y por ello el motivo de esa conversación imprevista. Del otro lado se percibía gran calma y el sonido de los canales de Venecia quietos.

-Ciao, Maragaglio aquí.
-"Habla Ricardo Liukin."
-¿Cómo está, señor? Carlota duerme, no se preocupe.
-"He intentado platicar con ella y no me contesta."
-Esa es culpa mía porque le quité el teléfono.
-"¿Quiere explicarme?"
-Esa cosa no dejaba de distraerla y por seguridad, hay que vigilar quien le llama. Preferí evitar dificultades.
-"Pudo avisarme".
-Me disculpo por eso.
-"¿Cómo se ha portado mi hija?"
-Bastante bien porque sigue mis indicaciones, no protesta.
-"¿Carlota no ha hecho berrinche ni lo ha burlado de forma increíble?... ¿Está enferma?"
-¡No! Está concentrada en el torneo, es todo.
-"Cuando a Carlota se le ocurre una tontería, no puedo dormir ¿No ha hecho locuras?"
-Se lo confieso: No la pude separar de Marat y han ido a comer después de entrenar y de paseo. Yo los vigilo, es todo.
-"Lo imaginé.... Carlota no aprende ¿se comporta al menos?"
-Le he dicho que sí, señor Liukin.
-"Vi a Marat en televisión y he temido lo peor ¿Ha habido algún coqueteo o algo que deba saber?"
-No. Yo me encargo de que ambos se vayan por su lado cuando termina la prensa de tomarles fotos.
-"Eso espero, Maragaglio, porque Carlota...."
-¡Le estoy diciendo que estoy a cargo!

Maragaglio se arrepintió en el acto de su exabrupto y cubriéndose la cara, se extrañó enseguida de que Ricardo no se molestara en lo más mínimo.

-"¿Ha tenido tanto trabajo?"
-Algo así ¿Hay algún problema con el almirante Trafalgar? ¿Por qué no me avisaron?
-"¿Se acercó a mi hija?"
-¡No, de ninguna manera! Es que Carlota me contó que no le agrada.
-"Maragaglio ¿usted puede evitar que ese tipo esté con ella?"
-Está hecho, le doy mi palabra. Trafalgar quería un autógrafo pero la niña no le tiene confianza y me las arreglo para que no estén cerca.
-"Gracias. Manténgame al tanto, por favor".
-Señor Liukin ¿Todo está bien en Venecia?
-"Supongo que sí ¿No ha conversado con su esposa?"
-La saludé en la tarde y mis hijos tuvieron un partido de fútbol.... ¿Katarina está con Miguel, verdad? Se fue de París sin avisar y supuse que andaría por ahí con él.
-"¿Katarina? Ella no ha venido. Miguel me comentó que la verá por la mañana".
-¡Creí que había ido con ustedes! ¿No les ha dicho algo?
-"Habló con mi hijo pero no sé más".
-Debe seguir molesta conmigo - murmuró pero Ricardo le entendió perfectamente.

-"Katarina parecía contenta cuando platicó con Miguel. Cualquier cosa que usted le haya dicho no fue algo que tomara a mal".
-¿Lo cree?
-"Maragaglio, desconozco que ocurrió en París pero haría bien en dejar a su prima vivir".
-¿Qué quiere decir?
-"Ella es joven y empieza a elegir a sus amigos y a dónde ir. Maragaglio, a usted no le corresponde... ¿Me hace caso?"

Pero Ricardo Liukin no podía saber que una llamada entrante acabaría por alterar los nervios del otro. Por error, Maragaglio sacaría un enojo que llevaba reprimiendo mucho tiempo.

-¡Maldita sea, Marine! ¡Terminé contigo hace cuatro jodidos años! ¡Estoy cansado de que me supliques, yo no quiero verte, no me llames, no preguntes por mí en la oficina y no llores por el amor de Dios! ¿Qué estás buscando? ¿Quieres que mi esposa te ponga en tu lugar como la última vez? ¿Por qué sigues haciendo esto? ¿Qué diablos te pasa por la cabeza? ¡Estoy harto, harto, harto!... Vete al demonio, Marine, yo nunca tuve intenciones de quedarme a tu lado, no te hice promesas y sabes que jamás te tomé en serio. Por favor, busca un psicólogo y algo qué hacer porque deseo que desaparezcas y honestamente, fue un error estar juntos.

Maragaglio pudo sentirse aliviado por un segundo mientras lo carcomía el estrés por otras cosas y encendía el segundo cigarro cuando Ricardo Liukin le respondió:

-"No se preocupe, no suelo preguntar".

Entonces, el hombre revisó su celular y descubrió que Marine continuaba siendo su llamada en espera y Ricardo era quien había oído su reclamo. Avergonzado, apagó el aparato y fumó lentamente, seguro de que nada podía hacer. Toda la situación era por entero su culpa y no quería seguir arrastrándola. Se preguntaba entonces por qué no había bloqueado el número de Marine, por qué seguía cometiendo la torpeza de no fijarse cuando recibía llamadas personales. Era un milagro que Susanna, su mujer, no se diera cuenta de la clase de infiel que tenía al lado; que Katarina no advirtiera cuánto la amaba ni por casualidad. No creía confiar ni en que Ricardo Liukin cerrara la boca. Maragaglio había experimentado distintas emociones en cuestión de horas. Era demasiado.

Antes de Alondra y Katarina, para él existió Marine Lorraine, una becaria que ingresaba a Intelligenza Italiana con la intención de obtener una recomendación para el Intelligence Global Service, la agencia del Gobierno Mundial... Pero eso había sido siete años antes. La chica había pedido su transferencia de la Univerdad de Ciencias de Tell no Tales a la Universidad de Milán para estudiar criminalística, su currículum impresionante destacaba un voluntariado en Costa de Marfil con UNICEF y haber adelantado tantos grados que tenía un título en Derecho antes de cumplir veinte. Y a él no le impresionó cuando se la presentaron y le asignaron su tutela. De inmediato la había puesto a arreglar archivos y contestar teléfonos sin considerar un segundo que ella era sorda y usaba un aparato que a veces le molestaba. Marine era otra chica del servicio social que leía cada documento que pasaba por sus manos y hacía notas con dudas a las que el propio Maragaglio daba réplica cada viernes a las tres mientras miraba las nuevas cajas con trabajo a ordenar.

Sólo él había adivinado que Marine no estaba hecha para el papeleo y luego de una visita de Susanna Maragaglio, la becaria había tenido el atrevimiento de entrar a su oficina para reclamarle por engañar a aquella mujer tan encantadora. Él retó a la chica a decir algo que nadie más imaginara sobre sí mismo y Marine descubrió que Maragaglio podía explotar cada que le confrontaran con su frustrado sueño de ser actor de cine. Ella también se había dado cuenta de que el abuelo Leoncavallo se había encargado de impedirlo y que nadie alrededor iba a ser capaz de entender. Pero Marine era tan diferente que había dicho: "Lo oí cantar, señor. Intente seguir".

Entre todas las cosas de las que Maragaglio podía arrepentirse, resaltaba el avisar a aquella chica que se iría a Venecia y que por ello le había adelantado la carta que requería para el Global Service. Marine en cambio, le comunicaba su opinión de quedarse en Italia porque quería aprender más y él envió una nueva recomendación para permitirle permanecer en Intelligenza. La joven lo siguió de inmediato hacia la nueva ciudad, ganándose su estima una vez que le ayudó a organizarse con el nuevo equipo y se quedaba horas extra para evaluar pendientes.

Para Maragaglio era tan sorprendente lo ocurrido mientras recordaba cada momento desde París.

Con Marine todo había sido natural, sin planes ni estrategias. Compartían la comida, salían de la oficina al mismo tiempo, se preguntaban por su fin de semana o el cumpleaños de algún amigo. Cualquier otro affair de Maragaglio duraba poco; acaso un par de semanas, unos escasos meses o sólo fugaces días pero en una práctica de campo, Marine lo había tomado de la mano y compartido el secreto de disfrutar del más absoluto silencio porque oír le resultaba extenuante, casi insoportable. Desde ese instante solían besarse y abrazarse, recostarse en el césped, citarse en algún café o escaparse a las dunas de Lido y él aprendió lenguaje de señas para hablar con ella en mayor intimidad.

-Qué idiota - se reprochó Maragaglio al recordar la primera vez que tocó un botón en un vestido blanco de Marine y la forma en que ella lo contemplaba al ducharse juntos. Con esa mujer, él había conocido lo que era una relación tranquila, sin necesidad de darle una definición, sin la presión de cumplir con aniversarios y eventos familiares. Pero Marine descifró el deseo de Susanna Maragaglio de ser madre y la disposición de su marido al respecto y aunque estaba dispuesta a aceptarlo, su carácter dulce empezó a tornarse reservado. Quizás fue el momento en que la joven comenzó a preguntarse si aquello valía la pena, pero en su segundo año como amantes pareció conformarse con lo que Maragaglio le daba y volvió a ser brevemente feliz con un viaje a Tell no Tales, cuando él se obsesionó con una familia de apellido Liukin, de la que deseaba conocer todo tipo de detalles. A su lado, había recorrido su natal barrio de Corse e ido a Jamal a descansar en una hermosa cabaña. Pero un inesperado desliz con una chica de nombre Kleofina fue suficiente para desatar un reclamo en la calle y Marine sintió el dolor del desengaño por primera vez: Él no había cambiado. Si Maragaglio le era infiel a su esposa, también era capaz de serlo con ella y no tenía derecho de echárselo en cara. Marine lo perdonó, pero era el comienzo del espiral.

Poco después, Katarina Leoncavallo reapareció en la vida de su primo. Él había tenido una conversación sorpresiva por teléfono y Marine volvió a ir hacia Milán. Ella no pudo ni nadie, adivinar lo que aquella adolescente de dieciséis años le había dicho a Maragaglio. Ese hombre comenzó a hablar de la muchacha a toda hora, a prestarle mucha atención.... Marine comenzó a espiarlo para saber qué ocurría, así que vio su reacción cuando Katarina arribó a la estación de Santa Lucía al marzo siguiente con su vestido amarillo y su suéter, con su cabello liso y oscuro. Maragaglio oyó un reclamo celoso de su amante y para compensarlo, acordaron verse en la playa de Lido pero él iba con su familia y Katarina en bikini lo hacía actuar en forma extraña. Marine sólo comprobó que él se apartaba con Susanna después de quedar prendado con la otra.

Maragaglio aun tenía presente sus discusiones con la becaria, que desde el desplante en Lido eran frecuentes. Las lágrimas, el reproche por abandonarla o las súplicas por tenerlo a su lado, hicieron que él la invitara a tomar vacaciones en Senegal porque ahí vivía la novia de su primo Maurizio y tal vez arreglarían los planes de boda.

Al principio, la estancia en Dakar había sido de ensueño. No había algo que no compartiera con Marine y sus problemas parecían quedar atrás, pero él retomó su estilo de conquista con Courtney Diallo al conocerla, tratando de acostarse con ella con cierta insistencia. Fue la segunda vez que Marine le hizo un berrinche en público, pero no la última. Katarina se hallaba cerca de igual modo y Maragaglio prefería pasar los días mostrándole la playa, los mercados o los áridos bosques cercanos antes que cumplir con las citas con su amante.

Marine siempre era la primera en enterarse de todo y en la última noche en Dakar, pidió un poco de franqueza ¿Maragaglio comenzaba a enamorarse de Katarina? ¿Esa era la razón? Mientras se desarrollaba una pelea en la casa Diallo porque Courtney había cortado de golpe su relación con Maurizio, Maragaglio le contaba una mentira: Le aseguraba que sus ausencias no eran con intenciones de lastimarla, que al volver a Venecia, la rutina sería la habitual y que su relación iba bien.

Llegado ese punto, Maragaglio no quería seguir pensando. Marine le era hostil y continuaban sus llamadas en la madrugada, sus ruegos. Él ni siquiera recordaba lo cansado que estaba pero sí su decisión radical de terminar. Para ello, había usado el truco más sucio posible: Contarle a su mujer, a conveniencia, parte de esa historia. Marine le coqueteaba y lo hostigaba. Le mostró el registro de llamadas, la hizo ir a los lugares donde Marine "lo perseguía" y la ingenua Susanna se creyó todo. Así que bastó con la amenaza de la becaria de contarle a todos sobre lo patán que él era, para que Maragaglio la citara y en lugar de reconciliarse como le había dicho, se apareciera con su esposa embarazada y el niño de un año en brazos. Marine tuvo pena de desilusionar a la mujer con semejante estado y no pudo delatar nada. A cambio, Susanna Maragaglio le exigió dejarlos en paz y cambiarse de área porque no estaban dispuestos a tolerarla. Aquello funcionó para él y no le dirigía la palabra a Marine, ni siquiera por algún caso a resolver. Más tarde, Alondra Alonso se presentaría como la flamante agente de enlace de Inteligencia Española y de inmediato, se involucró con Maragaglio en una aventura de oficina. Marine no podía soportarlo más, reanudando sus angustiadas llamadas y sus forzados momentos a solas para intentar reconquistar a ese hombre. Nada surtía efecto y él se encargó de darle la estocada mortal, al pedirle que se vieran en Murano para charlar. Marine iba con todas las expectativas pero él, sin saludar, le pidió que se marchara de Venecia. En la siguiente esquina estaba Katarina Leoncavallo, que no oía nada ni advertía gran cosa porque iba a competir y aguardaba por su primo, que se convertía en su admirador número uno y en el hombre en el que podía confiar.

Esa tarde, Marine Lorraine fue la única persona en ese tiempo a quien Maurizio Maragaglio le confesó algo importante: El amor que sentía por Katarina Leoncavallo.

-No quiero defraudarla, es Katy - pronunció Maragaglio mientras se preguntaba por qué había sido sincero con Marine al respecto y por qué estar en París era espantoso. Todo estaba mal y tenía miedo de prender el celular. Marine había enloquecido por completo y luego de cuatro años de aguantarla acosándolo, la aborrecía. La chica dulce era un chiste sin gracia y aunque estaba seguro de que ella no merecía ese lugar, se arrepintió mucho más que antes de haber llegado tan lejos. Afortunadamente, él estaba a salvo de su presencia física y no la vería, pero le avergonzaba tanto con Katarina... Porque Katarina era el motor de tantos finales, de tanta indecisión. Porque él se había enamorado de verdad y saberse infiel, sinvergüenza, mentiroso, era tortuoso. Con Marine había sido todo eso sin culpa, pero apenas descubría que por un efímero momento tal vez la había amado y por ello se enfurecía.

La noche era tan fría, que una ligera nevada cayó apenas Maragaglio lo deseó, obligándolo a buscar refugio y una taza de chocolate caliente, aunque lo que hallara fuera a Katrina, la prostituta de Les Halles, ajustándose un zapato y colocándose debajo de una cornisa mientras miraba su reloj de plástico con enojo.

-No tardan en llegar por mí, cariño - saludó ella.
-¿A las dos de la mañana?
-Son de los que siempre me llaman.
-¿Tienes tiempo?
-No, cariño. Me van a pagar 200€ por el fin de semana y tal vez vaya a una fiesta.
-500€ y te quedas conmigo hasta el domingo por la tarde, Katrina.
-No puedo, hay que cuidar a mis clientes de toda la vida.
-¿Como ese gordo horrible que viene ahí con sus amigos?
-Para nada. El que viene es otro obeso horrible con sus hermanos que también son muy grandes.

Katrina y Maragaglio comenzaron a reírse y él le colocó su abrigo.

-No llegarán.
-Lo sé, cariño.
-¿Tienes algo qué hacer, mujer?
-¿Por qué regresaste?

Él la besó.

-Cariño, te he pedido que no hagas eso.
-Katrina, perdóname. Lo necesitaba.
-Mis labios son sólo para mi hombre.
-¿Tienes uno?
-Es camionero y me traerá regalos de Marsella.
-¿Cuando regresa?
-El martes.
-Puedes estar conmigo.
-Te veo triste otra vez ¿Qué pasó?
-¿Te invito algo caliente?
-Cariño, tú puedes llevarme a donde gustes.

Maragaglio abrazó a Katrina y caminó con ella en medio de la nieve hasta una patisserie, de esas en donde lo mejor es tomar asiento con vista a la calle y una mesa amplia mientras el dependiente dirige sus miradas maliciosas.

-Pensé que la primera nevada llegaría la próxima semana. Trabajaré mucho - comentó Katrina.
-¿Es la mejor época?
-También San Valentín y el verano, aunque gano mejor en invierno.
-¿No tienes miedo?
-¿De qué? Heredé los clientes de mi mamá y siempre me cuido.
-¿Los de ella?
-Tú no quieres saber de mí.
-¿Por qué no?
-¿Te aprieta esa corbata?
-¿Me puse una?
-¿No vas a contarme?
-¿Sobre qué?
-¿Qué te pasó en la mano?
-Me dispararon.
-¡Uh! Chico malo.
-No tanto así.
-Un héroe no eres.
-¿Te has peleado con un almirante?
-¿Sólo te rasguñó?
-Estoy acostumbrado a que me quiera matar la mafia pero no mis colegas.
-Es el Gobierno Mundial, son unos cerdos.
-¡Oye!
-¿Tienes que sacar tu identificación cada que alguien dice algo en contra de tus jefes?
-Es que soy como ellos, Katrina.
-Cariño, tú eres un miserable.
-Una rata.
-Así me gusta. Sé vulgar conmigo.
-¡Por favor!
-¿En qué piensas?

Katrina continuó tiritando mientras bebía un poco de chocolate. Era notorio que tenía hambre.

-Me acordé de una chica a la que lastimé y que llama por teléfono desde hace cuatro años - prosiguió Maragaglio.
-¿Por qué? ¿Es para amenazarte con romperte la cara?
-Peor. Quiere que volvamos.
-¿Y tú?
-Sueño con que me deje en paz.
-¿Fue tu amante mucho tiempo?
-Como dos años con algunos meses.
-¡Diablos, cariño!
-La dejé por Katarina.
-¿Tanto la amas?
-Besé a mi prima el miércoles.
-¿Salió mal?
-La rechacé.
-¿De qué me perdí?
-No hice el amor con ella.
-Cariño...
-Katrina, yo creí que cuando ese momento llegara con Katy, ambos estaríamos bien.
-¿Se lo propusiste?
-Ella me lo pidió. No sé explicarlo pero no pude tocarla y en lugar de quedarme parado como idiota, le puse mi suéter y me fui de ahí.
-¿Has hablado con ella?
-Se fue de París y le hizo creer a todos que iba con su novio pero no llegó. No sé dónde está.
-Cariño, lo siento tanto.
-Luego tuve un momento tenso con Carlota Liukin y encima, Marine. Me oyó la queja la persona que no era.
-¿Tu esposa?
-Ricardo Liukin.
-¿Lo detestas?
-Como enfermarme del estómago.
-¡Jajajajajaja! Hablas de él como si fuera tu hermano.
-No digas groserías.
-Cariño, cuéntame todo.
-¿Por qué confiaría en ti, Katrina?
-Porque sé cómo terminaremos y quiero dejarte contento, corazón.

Maragaglio acarició el cabello de Katrina y le relató todo. Desde la historia de Marine hasta el disparo de Stendhal Trafalgar, pasando por Alondra Alonso, Susanna y sobretodo, Katarina Leoncavallo. Él admitía sus errores, sus traiciones, sus anhelos y desilusiones. Katrina se mantenía atenta, le acariciaba las mejillas y conforme avanzaba la madrugada, Maragaglio le era más humano, más agradable.

Katrina había escuchado tantas vivencias de sus clientes, que reaccionaba desconcertada ante un Maragaglio que, al animarse a encender su celular, probó que Marine era persistente y al mismo tiempo, la olvidaba para siempre. Un mensaje de voz de Katarina Leoncavallo también estaba registrado y ese era un final perfecto.

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