lunes, 12 de julio de 2021

Las pestes también se van (Llega el amor)

Venecia, Italia. Martes, 19 de noviembre de 2002.

Al abrir los ojos y descubrir que se habían quedado dormidos hasta pasado el mediodía, Katarina Leoncavallo se dio tiempo de contemplar a Marco Antonioni muy de cerca y descubrir que sus ojeras no desaparecían aunque hubiera descansado apropiadamente. El chico también tenía una pequeña marca de acné en la mejilla izquierda que podía distinguirse apenas por la mascarilla de oxígeno y alguno que otro cabello achocolatado se escondía entre el tono cenizo de su cabello rubio. Aún con los ojos cerrados, él exhibía una sonrisa un poco rara y grande que parecía resaltarle aquello que podía resultar poco atractivo de su físico como sus cejas despobladas y sus dientes pequeños. Pero a Katarina le agradaban esos rasgos, encontrándoles encanto al pensar en el habitual gesto serio de Marco. La piel alrededor de su mascarilla resultaba tan suave, que la joven se impresionó de no despertarlo luego de tocarle. 

-Me quedé sin desayunar otra vez - rió ella mientras el refugio que le daba el pecho de ese hombre le aliviaba el frío sin esfuerzo y los brazos rodeándole la cintura la hacían sentir especial. 

-No deja de llover - dijo ella antes de mirar los signos vitales de Marco y ver al doctor Pelletier anotándolos mientras tiritaba.

-Marco saldrá de aquí y lo pondremos en un piso con poca gente. Si tú sigues mejorando, el jueves o el viernes también te permitiré ir a una parte normal del hospital.
-Gracias.
-Katarina ¿Te doy un consejo?
-¿Sí?
-No desprecies a este muchacho.

Pelletier retomó sus papeles como si no hubiera hablado y Katarina posó su mirada en Marco por otro instante. En la mente tenía el momento en que había discutido con su hermano Maurizio porque no acudirían juntos a Skate America y casi estaba segura de que el joven Antonioni la había visto llorar por ello, pero también poniéndose contenta por el "premio" de ir a París sin saber aún que sería una farsa.

-¿Cómo has sabido tanto de mí? - murmuró Katarina antes de respirar profundamente y sentirse mejor. Habían pasado tantas cosas y era apenas su cuarto día internada, así que pensó que prefería el dolor de huesos, el cansancio y la garganta irritada a terminar sofocada otra vez. Pero ahora, la sensación de quitarse un peso de encima le llamaba la atención, aunque le revelara su debilidad. Había sacrificado hasta la salud por una persona que ahora estaba olvidando.

-Tienes la piel de gallina - susurró Marco mientras despertaba.
-No tengo frío - sonrió ella.
-Entonces yo lo provoqué.
-¿Te crees tan especial?
-¿Tú no?

Katarina y Marco se apretaron el uno contra el otro y él retiró un segundo su mascarilla para besar la sien de esa mujer con el sonrojo por delante.

-Eres mi novia.
-Novia.
-¿Es un sí?
-¿Siempres eres así?
-Sólo contigo, chica bonita.
-Jajaja.
-Estaremos bien, lo prometo.

Katarina Leoncavallo aún no se percataba de que su tan soñado príncipe valiente estaba frente a ella, pero Marco Antonioni sabía que lo era y no necesitaba colocarse una careta para demostrarlo. 

-¿Me dejas besarte?
-¿Quieres que te dé un almohadazo?
-No te atreverías, Katarina.
-¿Tan seguro eres?
-Me quieres.
-Sabes que no.
-Sabes que sí.
-¡Que no!
-¡Que sí! ¡Me adoras, chica bonita! Pero te besaré cuando me aceptes, lo prometo.
-¿Y si no pasa?
-Te daré besitos en la frente.
-Jajajaja.
-¿Te gusta mi idea, Katarina?
-¡No lo sé!
-¿Estás nerviosa?
-Tengo mucho que resolver.
-Estamos aquí y al fin pudimos hablar.
-No puedo responderte, Marco.
-Respetaré si piensas decidir que no.
-Esto ha sido muy rápido.
-Iré lento.
-Siento vergüenza.

Marco acarició el brazo izquierdo de la joven.

-No te preocupes, Katarina. 
-¿Qué haremos con Ricardo y con mi hermano si me quedo contigo ahora? ¿Y si estamos juntos sólo porque nos enfermamos?
-Lo sabremos afuera.
-¿Qué voy a explicarle a Miguel? Tampoco quiero pensar en Maragaglio, no deseo verlo.
-Te lo he dicho, yo lo arreglo.

Ella no quiso ahondar en el tema pero creyó capaz al chico de poner a todos en su lugar, al igual que a los turistas ebrios que trataban de abordarlo en épocas de fiesta. Katarina Leoncavallo había contemplado a Marco Antonioni defendiéndose más de una vez y también imponiendo el respeto entre quienes pasaban de ella o la maltrataban en la ciudad. El mismo Marco se había encargado del problema en la cafetería del Mercado de Rialto el viernes, pero al estar con Ricardo, Katarina ni siquiera le había agradecido y los gondoleros le habían dado molestas palmadas condescendientes en la espalda. 

-¿Cómo te sientes? - preguntó él.
-¿Sentirme?
-¿Te quité el frío?
-Sí.
-Primer problema solucionado.
-¡Ay, Marco!
-Quiero hacerte reír.
-Me duele todo el cuerpo.
-Nos duele todo el cuerpo.
-Me causa no se qué ver tanto cable estirado ¿No te lastimas?
-No, Katarina... ¿Te preocupas por mí?
-Es que ... Nada más ten cuidado cuando tengas que regresar a tu cama.
-El doctor Pelletier me ordenó cuidarte.
-No se refería a esto, jajajaja.
-Tu sonrisa es lindísima, Katarina.
-No desvíes el tema.
-¿Por qué no?
-Esto es veloz.
-He esperado cuatro años.
-Maurizio me pregunta diario si tú me gustas. Me gritó una vez y no le he dicho a nadie.
-¿Lo hizo por mí?
-"¿Por qué le coqueteas a ese gondolero idiota?"
-Se dice gondolier... ¿Qué le contestaste?
-Que me saludas diario y me agradas.
-Te fascino.
-Jajaja ¡Estás poniéndome roja!
-No me equivoqué, tú me quieres.
-No me atreví a hablarte mucho. 
-Katarina bonita, yo me di cuenta.
-¿Qué?
-He notado que sientes algo por mí.
-Ay, Marco.
-¿Estoy en lo correcto?
-Aguardaste mucho.
-Porque me estás dando un sí.
-Eres muy confiado.
-Eres mi novia. 

El chico miró a Katarina Leoncavallo fijamente y luego le posó los labios en la frente.

-¡No te quites la mascarilla!
-Valió la pena.
-¡Marco! ¡Tienes que respirar con esa cosa!
-Un segundo no me hace daño.
-No vuelvas a hacerlo.
-Pero te quiero dar más besos.
-Cuando te quiten esa máscara entonces sí... Ay ¿soy yo o hace más frío?
-Mi labor está fallando.
-Tus brazos son muy tibios.
-Katarina, tienes una piel muy suave.
-Gracias.
-Me volviste loco sin tener que tocarte antes.
-¡Me vas a provocar una fiebre de la pena!
-¿Pena de qué?

A la joven le ganó la risa mientras sus escalofríos la ponían a tiritar y su rostro de interés se transformaba en uno de angustia.

-No te preocupes, se te quitará cuando comas.
-¿Y si no?
-Voy a frotarte mucho la espalda, Katarina.
-Gracias.
-Llueve demasiado ¿No crees?
-¿Estás asustado?
-No dejaré que te enfríes.

Marco suspiró hondo y entonces, Katarina Leoncavallo fue quien quién le estrechó más fuerte sin dejar de mirarlo. La pareja parecía estar cómoda, pero ella tuvo un anhelo en aquel segundo y sin pensar, retiró su mascarilla de oxígeno y también la de él, besándolo en el acto. Los labios del joven Antonioni fueron sorprendidos por ese hermoso gesto y entonces acarició la mejilla izquierda y el contorno del cuello de esa mujer, sabiéndola junto a él luego de tanto tiempo.

El sonido de las gotas cayendo y chocando era la melodía que felicitaba a Katarina y Marco y ambos volvieron a cubrir sus rostros no sólo para respirar, también para esconder el sonrojo mutuo y poder reírse por el nerviosismo de darse una oportunidad.

No existía instante más romántico que ese, ni dos amantes tan diferentes en la habitación. No había ruido adicional, tampoco otras personas tan repuestas. Sólo la imparable lluvia y su testimonio del beso, del romance naciente, de una mujer y un hombre que habían tenido el amor enfrente pero que al fin llegaba a sus vidas y que para ella era el anhelo convertido en algo tangible, en su príncipe de los cuentos, el valiente, el que la cuidaba camino a casa, el que nunca se había ido. Marco Antonioni, el gondolier, el que le demostraba a Katarina Leoncavallo que el verdadero amor llegaba a tiempo, a pesar de anunciarse, sin dejar de soñar.

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