-¿Qué hace ese idiota de Maragaglio? ¿No piensa contestar o qué? - se quejaba Anna Berton casi a gritos en casa de su padre, mientras intentaba instalar a sus propios hijos y a sus sobrinos en algún lugar de la sala. El bebé de un año no dejaba de llorar y la cocina era un desastre con trastes y despensa por todas partes.
-Ay, qué alivio ¡Al fin respondes, Riccardo! - exclamó antes de quemarse vertiendo spaghetti. Eran las trece horas.
-¿También enfermaste? ¿Dónde estás?... ¡Me hubieras avisado! Habría pasado a ver a tus hijos... Estoy en encerrada con mi papá, alcancé a comprar latas y paquetes de conservas... ¿Te metieron al hotel Messner? Recupérate pronto... ¿Yo? Muy preocupada ¡Susanna está hospitalizada!... Le dio influenza y le pusieron un tanque de oxígeno ¡Maragaglio no me contesta!... ¿Finlandia? ¿No piensa venir? ¿No va a cuidar a sus hijos?... Yo los tengo, los Leoncavallo están contagiados y los papás de Katarina y Maurizio me los vinieron a dejar... ¿Qué sabes de Maragaglio?... Lo mandaron a Finlandia pero ¿a qué?... ¿Cómo que a cuidar de Carlota? ¿Qué pasó en París?... ¡Yo necesito a ese idiota aquí! Susanna está bastante enferma, un tal Pelletier llamó hace rato para avisarme como está.
Anna escuchaba a Ricardo Liukin decir que en Intelligenza Italiana le habían negado cualquier permiso a Maragaglio de volver y que hacía una hora había tomado un vuelo con escala en Frankfurt.
-Internaron a Susanna a las ocho de la mañana... ¿Maragaglio habló con ella antes? ¿Carlota te contó?... ¿A qué hora llegan a Frankfurt?... ¿No tardan? Ay, eso sería muy bueno, no creo que sepa lo mal que se puso mi hermana.
La casa estaba envuelta en el alboroto infantil y mientras el viejo señor Berton se aseguraba de que el grupo no comiera dulces, el marido de Anna buscaba la manera de arreglar una chapa mientras los carabinieri que iniciaban la vigilancia de la cuarentena le reprendían más de una vez.
-¡Te dije que compraras una herramienta nueva! - gritó la mujer de repente. El silencio llegó poco después.
-Papá ¿Qué le hiciste a los niños? - preguntó al asomarse y ver la televisión con las caricaturas. Ricardo Liukin escuchaba con cierto agrado desde el otro lado de la línea.
-¡Al fin! Supongo que pasaré tres semanas gastando luz con tal de que todos estén tranquilos. Perdona Riccardo ¿En qué estabas?... ¿Pero Miguel responde al medicamento?... Menos mal, otro hospitalizado sería más malo ¿No has sabido de Katarina? Susanna estaba muy triste por ella.
Anna Berton mezclaba como podía algo de salsa de tomate y se iba enterando de la mascarilla de oxígeno, del tal Pelletier como el médico de la joven, de unos exámenes que le harían y también supo de "un hombre" que le hacía compañía en Terapia Intensiva.
-¿No te dijeron quién es? Se me hace extraño que le pongan compañero... ¿Marco? ¿Tienes el apellido?... ¡El gondolier! ¡Los Leoncavallo van a ponerse como fieras! Jajajajajaja... ¿No te dijeron? ¡Marco tiene prohibido estar cerca de Katarina!... ¿Cómo que por qué? ¡Porque esos dos se gustan! Toda Venecia sabe que estarían juntos si los Leoncavallo no fueran unos cretinos... Riccardo, no debería decirte esto por teléfono pero es más ilógico que Katy sea novia de Miguel que encontrarse a Marco Antonioni todos los días de regreso a su casa... No te conté porque te ibas a poner así... ¡Estás gritando!... Comprendo que te enojes por tu hijo.
La mujer no se arrepentía de haber hablado.
-¿Por qué tanta preocupación por Katarina?... Ya sé que estuvo cerca de Carlota pero si ella no se contagia... No creo que pase a mayores, en el hospital han de tener vigilado a este niño y a Katy... ¿Cómo que no puede hacerte eso? ¿De qué se trata?... Bueno, si algo anda mal te vas a enterar y Miguel igual... ¿Te dijeron qué?... ¿Sabes que no hay espacio en ningún hospital? A Susanna la tuve que llevar a San Marco Della Pietà... ¿Internaste a Katarina ahí?... ¿Por qué estabas con ella?... Miguel trabajaba pero ¿por qué ella no fue a su casa?... ¿Se va a mudar? Maragaglio va a poner el grito en el cielo ¿la corrieron?... ¿Quiere vivir con Miguel?
Anna Berton se sorprendió mucho pero no era tonta. Sabía que Katarina Leoncavallo no le era agradable a la familia Liukin y más de una vez había escuchado a su amigo quejarse sobre la presencia de la joven con su actitud agresiva y engreída.
-Katarina va a estar bien, es deportista, se cuida mucho... Riccardo, no vas a resolver nada enojándote, sólo pusieron a Marco junto a ella... Sé lo que dije pero en el hospital no los van a dejar ni platicar y con la mascarilla de oxígeno no creo que puedan levantarse... Miguel ya está grande, él puede pedirle detalles a Katarina, por algo es el novio... ¿Tú quieres una explicación? Esa pídela si tu hijo llora ¿de acuerdo? Antes no hay nada que puedas hacer.
Anna continuó escuchando mientras el enojo de Ricardo iba aumentando y comenzó a preguntarse la razón de que Katarina le fuera tan importante a este, perdiendo la cuenta de las veces que se hallaba mencionándola. Quería callarlo pero él fue quien guardó silencio primero al concluir su largo alegato.
-¿Ahora puedo contarte mis cosas o tengo que esperar a que te calmes? - reclamó Anna y apagó la estufa antes de sentarse en una silla de madera y constatar que empezaba a llover.
-Te dije que tengo a Susanna muy mal, hace rato me llamaron para lo del tanque de oxígeno y su doctor quedó de comunicarse otra vez a las cuatro... La metieron al quinto piso... ¿Maeva también está ahí? No creo que sean vecinas... De todas formas no imagino de dónde habrán cachado el virus... ¿Viene de Nueva York? Entonces fueron los turistas, madre mía. Ojalá yo no me enferme porque no podría cuidar de los niños... ¡Te digo que los Leoncavallo me los vinieron a dejar!... No cuidaron ni a sus hijos y quieres que se ocupen de los de Susanna... Les voy a servir pasta, no sé cocinar otra cosa... Se ven sanos pero estoy segura de que no voy a tardar en oír los estornudos ... ¡Ay! ¿Sabes qué? No voy a pensar que nos contagiamos... Mi papá está con ellos, ya sabes que no le molesta hacerse cargo... Mi esposo no puede arreglar ni la chapa... Un hooligan de esos del Venezia nos echó a perder la puerta... ¿No supiste? Esos idiotas se pelearon con la polizia porque la cuarentena es obligatoria y suspendieron no sé qué partido... No es la primera vez, siempre nos rompen algo... Detuvieron al responsable pero ¿crees que tiene dinero para pagar? ¡Es un muchachito de esos que van a los baccarì de mala muerte en Ghetto Vecchio!... Le llamaron la atención y todo, se disculpó su mamá y prometió traer al cerrajero pero ya conoces a mi marido, todo el tiempo quiere arreglar las cosas aunque no sepa... Me traje cosas de la editorial para trabajar aquí en casa... Hay un escritor que quiero contratar y estoy revisando sus manuscritos con otra cosa de poesía y un libro para niños que salió mal del taller de impresión y estoy viendo cómo venderlo... Ni tiempo hay de corregirlo y la autora nos quiere matar... Es mucho trabajo aunque me digas que no... Creo que acabo en unos días y de todas formas voy a atender conferencias por teléfono... Ya sabes de cuáles, aún debo lanzar un par de títulos antes de que acabe el año... Tú no quieres escribir y sigo esperando por ese libro de recetas que te encargué... Ay, Riccardo, házme caso, te irá bien... ¿Cómo que no sabes de qué hablar? Dices que cocinas muy bien... Ay, olvida eso, son tus memorias, no voy a presionarte... Mira, igual prefiero que hagas un recetario, me dijiste que tienes algo de pescado seco... ¿Quieres hablarlo cuando acabe la cuarentena? Te agendo una cita enseguida... ¿No quieres que hablemos en la editorial?... ¿La vinatería de San Tommaso? Ay, me encanta, venden unas mini hamburguesas... Lo mejor es el vino, eso es cierto... Recupérate pronto, Riccardo... Sí, voy a esperar tu nueva idea... Te dejo porque debo marcarle al idiota de mi cuñado... Maragaglio que se pudra pero primero debe atender a mi hermana... ¿Crees que no está enterado de lo de Katarina? Ese hombre está más al pendiente de ella que de... sus niños... Cuelgo ya, ¿nos mantenemos en contacto? Ojalá regreses pronto a casa... Gracias por desearme la buona fortuna, ciao.
La mujer colocó el teléfono en su lugar y apagó la estufa con una gran sospecha. Susanna le había comentado que no tenía buena espina sobre Katarina y ahora Ricardo Liukin se lo había recordado, obligándola a repasar cada palabra para descubrir algo, cada acto o confidencia que recordara, cada escena. Como la vez que Maragaglio asistió a un concierto con aquella chica para celebrarle sus diecisiete años sin avisarle a su esposa en una escapada de fin de semana. O una pelea con Marco Antonioni en la estación central de góndolas de San Giorgio cuando este pretendía invitarla a un campo de flores a las afueras de Venecia. Y ni pensar en aquel día familiar en la playa cuando Katarina, la recién llegada, había acaparado las miradas con su bikini y Maragaglio no paraba de hablarle ni de jugar con ella antes de apartarse con Susanna. Anna Berton lo tenía grabado en la mente porque su hermana no había podido contenerse al contar lo apasionado y excelente amante que era su marido a partir de ese instante.
-Seguro ese idiota se enteró de Katarina y Marco antes que yo - murmuró Anna y tomó asiento para respirar un poco. Faltaban veinte minutos para que Maragaglio arribara a Frankfurt y no estaba segura de contactarlo rápido. Aún así, se aseguró de tener el número a la mano y eligió quedarse quieta antes de intentar hablar; pero el teléfono sonó de nuevo y con prisa contestó creyendo que era vital.
-Anna Berton habla ¿Qué se le ofrece y quién es usted?
-"Soy Maragaglio ¿Te desilusiona?"
-¿Llegaste a Alemania antes?
-"No sé de qué me hablas"
-Ricardo Liukin comentó que harías una escala.
-"Carlota dijo eso"
-¿Dejas que una niña invente semejante cosa?
-"Me facilita el trabajo"
-¡Idiota!
-"Muchas gracias, qué halagador".
-¿Cuándo vas a preguntar por Susanna?
-"Lo hago ahora ¿Te han dicho cómo sigue?"
-¿Qué sabes tú?
-"Que la llevaste al hospital y le han puesto oxígeno".
-¿Te llamaron?
-"Yo le pedí a Susanna que pidiera ayuda cuando le hablé en la mañana. Luego en Intelligenza me hicieron saber que tú la internaste y te hablo para darte las gracias".
-¿Tú qué? ¿Las gracias a mí? ¡Susanna es mi hermana, no la voy a dejar morir, idiota!
-"También te quiero"
-¿Te han llamado del hospital?
-"Sí, antes de abordar estuve hablando con el doctor Pelletier... Parece que nadie más atiende en ese lugar".
-No hay personal, todo mundo se está enfermando... Entonces ya sabes que mi hermana se ha puesto mal, en serio mal.
-"En Intelligenza me han pedido prolongar la misión".
-Claro, es que tú jamás estás para Susanna ¡Nunca abandonas tu puesto, no importa si ella se siente enferma!
-"De verdad quise ir".
-¡Estarías aquí cuidando a tus hijos por lo menos, maldito bastardo!
-"¡A mí no me tratas de bastardo!"
-¡Te trato como el desgraciado hijo de puta que eres! ¿Crees que no oigo a la mujer que traes contigo, "cariño"? ¡Estás engañando a Susanna otra vez! ¿Qué diablos necesitas para dejarla en paz o para serle fiel? ¡Mi hermana está grave y tu familia vino a botar a tus hijos en mi casa! ¿Por qué no eres responsable esta vez? ¡Maldita sea, Maragaglio, si Susanna no hubiera respondido un poco con el oxígeno, la hubieran llevado a Terapia Intensiva con Katarina!
El sollozo de Anna Berton se escuchó fuerte y su padre se le acercó para quitarle el auricular. El hombre decidió tomar la palabra aunque fuera contraria a su determinación de no cruzarse con Maragaglio y ante los ojos de su hija, adoptó la serenidad.
-No voy a exigirle cumplir con su obligación de volver porque usted ha decidido lo que hará. Nosotros estaremos al pendiente de Susanna y lo que haga falta, cuidaremos a mis nietos con gusto y cuando haya regresado, verá que no hay dificultades para usted. Maragaglio, diviértase con su amante de turno como siempre lo ha hecho; sabe que el papel de Anna y el mío es el de las advertencias, pero nunca el de las pruebas aunque estén en nuestras manos. Susanna y usted son adultos, no vamos a intervenir en decisiones que no nos competen desde que tuvimos el infortunio de conocerlo. Termine con la misión que le han encomendado y cuente con nosotros. Todo estará en orden, Susanna se recuperará.
El señor Berton terminó con la llamada y Anna le abrazó para llorar cuánto le hacía falta. Los niños en la sala no se enteraban de nada.
-¿Por qué seguimos tolerando a Maragaglio, papá? ¿Por qué le hace tanto daño a nuestra familia? Susanna no reacciona y ahora míranos, estamos solos.
-Podemos con esto.
-Papá, ya no sé qué hacer ¿Por qué él siempre hace esto? ¿Por qué tiene una amante justo ahora?
-Apoyaremos a tu hermana procurando a sus hijos en este momento. Es lo sensato, Anna.
-¿Sólo eso?
-Confiemos en que Susanna se recuperará y tomará la decisión que le parezca correcta ¿Tienes hambre?
Anna Berton asentó y se incorporó para tomar tenedores y platos antes de arreglar la mesa y convencer a los chicos en la sala de compartir un momento familiar. Los informes sobre Susanna Maragaglio y su salud serían recibidos a las cuatro de la tarde.
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