martes, 6 de agosto de 2019

La vida regresa

Henri de Toulouse-Lautrec: "En el bar", 1886.

Tell no Tales.

-¡Regresó Evan, regresó Evan! - gritaba Bérenice Mukhin cuando el chico entró por la puerta de madera de la cantina Weymouth y casi enseguida lo abrazó como si lo hubiera extrañado por años.

-¡Pequeño jefe! Déjame felicitarte - continuaba ella.
-Muchas gracias.
-¡Te vi patinar muy bonito!
-Pero déjame pasar.
-Cierto. Perdón, Evan.
-Traje regalos de América ¿quieres verlos?

Bérenice volvió a la barra del local y dejó que los parroquianos saludaran a Evan Weymouth después de casi dos semanas fuera de casa. El chico había ganado una medalla de bronce en Skate America y tenido tiempo de conocer Nueva York, así que casi a nadie le sorprendió que portara una playera con el logotipo de "I❤NYC".

-¿Ahora te vas a sentir americano? - preguntaba alguien.
-¡Claro que no! - respondió él y luego de darle la bienvenida a los visitantes desconocidos, se lavó las manos para empezar a dar servicio sirviendo tarros de salkau o de cerveza y limpiar el piso cada hora.

-Te compré unos lentes y también un sombrero para tu bebé - anunció el chico a Bérenice.
-¡Qué bonito!
-Mira: Conseguí la foto autografiada de Katarina Leoncavallo.
-¿Por qué la pones en la pared de trofeos?
-Porque me costó encontrarla. Dicen que se enfiestó en Nueva York y que regresó borracha al hotel una vez.
-Parece ser una chica divertida.
-La vi peleando por teléfono con su hermano.

Bérenice se encogió de hombros como si nada pasara antes de que una turba estallara ante el anuncio de que no había más comida en el mercado de la esquina y una multitud de niños corriera para resguardarse en las cantinas y recibir platos con comida caliente antes de que los adultos los agotaran. El guiso especial del día en los negocios era la sopa de pan con pistaches y cartílagos de pollo, misma que sabía más sabrosa si se acompañaba con cáscaras de papa. Los otrora remilgosos niños de Tell no Tales eran capaces de transformarse en monstruos por un plato de ese tipo y el señor Don Weymouth se reía de ellos mientras alistaba sus vasos para ofrecerles jugo de guanábana y cobrarles 1€.

-Ayer servimos cabezas de pescado y mañana habrá tripas de gato ¿Sabes que ahora debemos encargar todo con una semana adelantada? - relataba el señor Weymouth a su hijo Evan y este se doblaba de la risa ante la anécdota de un conocido niño adinerado que había tirado por accidente sus alimentos y en lugar de darlos por perdidos, había peleado a golpes con otro con tal de comer desde el suelo. Esa escena sería habitual en lo que duraba la reubicación de miles de damnificados en Tell no Tales.

-Aquí viene el pequeño ¿querrá que le cuidemos su abrigo? - curioseaba Bérenice, sorprendiéndose del frío que hacía cuando un gran grupo de infantes abrió la puerta con forcejeos para ocupar la barra y las mesas del frente.

-¡Quiero sopa, Bérenice! ¿Hay para todos? - saludaba el niño rico con una enorme sonrisa.
-Espero que sí ¿te dejas tu abrigo?
-Estoy calientito.
-Bueno, ¿con jugo o sin jugo?
-También traigo sed.
-Toma, chiquito.

Para Evan era tan raro ver una tragedia que no era suya, que se limitaba a servir lo que podía. Los infantes comían con ansiedad, sin objeciones, sin desperdiciar ni las gotas. Algunos pedían un poco más de bebida y otros ayudaban a los más pequeños a terminarse todo. Había un espíritu de aprovechar los descuidos de los demás, de robarle a los parroquianos algún trozo de pan o de beber de los tarros de salkau de quienes se dejaran con tal de no sentir hambre ni desesperarse hasta el día siguiente, cuando tocara la siguiente ración.

-Mañana son tripas de gato, recuérdenlo - repetía el señor Weymouth y Bérenice tuvo un escalofrío por los malos recuerdos que le traía tan singular preparación.

-Aunque no lo crean, son muy nutritivas. Las lavo, las corto en trozos muy chicos y luego las pongo a cocer en agua con pimienta y vinagre. Hago el curry, escurro las tripas y las añado. Cuando hierve se pueden comer pero las dejo reposar unos diez minutos. Con pan de pistaches y un poco de vino es la gloria - contaba Don Weymouth mientras los niños lo escuchaban divertidos.

-¿No matan gatitos para que nos comamos sus pancitas, verdad? - preguntó la intranquila Bérenice.
-¡Ay, mujer! Sólo son tripas de cerdo.
-Temí lo peor.
-¿Nunca las has comido?

Bérenice dijo que no pero en su memoria estaba muy presente la cacería de felinos en la Tell no Tales del espejo, así como las tripas con caldo que le obligaban a comer por ser gimnasta y cuyo olor y sabor eran los más repugnantes nunca probados. Ni siquiera un pueblo sufriendo hambruna merecía experiencia semejante.

Mientras ella trataba de no angustiarse, advirtió que una pareja entraba a la cantina mientras se desarrollaba la pelea entre los adultos por alcanzar lugar en cualquier local después de que los niños comieran. Una mujer con jeans y zapatillas altas y un hombre con traje oscuro que compartía con ella el color bermellón de los abrigos que portaban, se aproximaban a la barra con una conversación que parecía muy entretenida y que los mantenía presumiendo sus dentaduras perfectas.

-¿El fiscal Echkart se volvió cliente? - consultó Evan Weymouth pero Bérenice prefirió adelantarse.

-Hola ¿gustan sopa de pan? Queda una poca - pronunció la chica con desánimo.
-Buenas tardes, hemos venido a beber algo - contestó la mujer de jeans.
-Hay ron, whisky, vino del malo y agua.
-¿Hay salkau?
-De moras y natural.
-De moras estará bien ¿dos tarros?... Será eso.

Bérenice asentó y sirvió casi en el acto, intentando no voltearlos a ver. En las revistas del corazón se había dado a conocer el nuevo romance de la actriz Sophie Talmann con el fiscal Lleyton Eckhart, luego de que se conocieran como jurados de "Miss Nouvelle Réunion".

-Es la primera vez que tomo salkau - confesaba Sophie.
-¿En serio? Debiste empezar con un vaso sin fruta - seguía Lleyton.
-Dicen que es muy fuerte.
-Depende el lugar en donde lo tomes. El de aquí es tan bueno como recibir un puñetazo.

Evan y Bérenice no sabían cómo recibir la descripción aquella y se miraron mutuamente con pena ajena mientras recogían botellas vacías por el local mientras suponían que podrían ganar diez centavos por cada una si las vendían en el depósito de reciclaje de la calle Muffat.

-Prueba el salkau natural. Te juro que te va a gustar - continuaba Lleyton Eckhart luego de ordenar un vaso pequeño y su novia titubeaba en beber mientras le sonría coqueta. Bérenice sólo miraba hacia arriba mientras decía "dah" y Evan estallaba en risas. Lleyton la había sorprendido en el reflejo de la barra, volteando con rostro serio.

-¿Qué? Esa mujer es tonta - murmuró la chica al oído del mismo Evan y ambos reanudaron sus labores hasta que Lleyton se levantó para simular que asearía sus manos. Bérenice sólo vio como él se le colocaba enfrente.

-No te burles de mi novia - exigió de inmediato.
-No lo hago.
-¿Y la cara que hiciste qué?
-¿Cuál?
-Al menos ten la decencia de no volver a meterte con Sophie.
-¿Te gustan las Sophies?
-No te incumbe.
-Tu otra novia del tenis también se llamaba Sophie.
-¿Intentas molestarnos?
-¿Por qué viniste aquí?
-Quiero beber en paz ¿entendiste?
-Al menos sé que te agradan las tontas.
-¡Bérenice!
-Apuesto a que ella tampoco entiende lo que dices.
-¿Cuál es tu problema?
-Van a cortar rápido.
-Estás equivocada.
-Te apuesto una pop tart.
-¿Qué?... Bérenice, harías muy bien en ocuparte de tu embarazo, tu otro bebé y de tu marido. Déjame en paz.
-No.
-Sophie está conmigo y tú decidiste que yo soy demasiado para ti ¿se te olvidó?

Bérenice se quedó callada y Lleyton volvió con la señorita Talmann, quien no se atrevía a dar un segundo sorbo a su tarro y hacía un ruido molesto con sus labios para esconder sus nervios.

-¿El salkau no te convence? - preguntó Lleyton.
-Lo intento.
-Es como tomar avena.
-Amo la avena - añadió Sophie.
-Si los niños lo beben, significa que es bueno.
-No deberían.
-Tienen hambre, así que lo toleraré por ahora.
-¿No les hace daño?
-No está igual de fermentado que siempre. Es eso o verlos pelear como allá afuera.

Sophie besó a Lleyton para concederle la razón y pasaron largo rato charlando, sin darse cuenta de que los clientes hacían mofa de ambos o de que los Weymouth también buscaban algo para comer por teléfono. Las pizzerías, los buffets y la comida rápida se habían agotado por igual y sólo quedaba una tarjeta para un sitio que no habían probado jamás.

-Serán tres injera con wat de cordero. Uno de ellos sin tantos condimentos, por favor... Cantina Weymouth, en el 32 del Panorámico.... Barrio Centre République... ¿Media hora? ¡Muchas gracias! - suspiró aliviado Evan sin tener idea de lo que acababa de ordenar. El chiste era calmar a Bérenice, quien podía desesperarse un poco si no recibía al menos un panecillo a las tres de la tarde.

-Encontré algo en el barrio Láncry, no garantizo que sepa bien - anunció el joven a su padre.
-Lo que sea es bueno.
-¿Cuánto durará esta escasez?
-No lo sé. Cuando las tierras del valle vuelvan a sus dueños, hablamos.

Lleyton Eckhart prestó su atención a tal comentario e intervino en la conversación.

-Los Izbasa no han perdido sus tierras. Tal vez el Estado las confisque para aliviar la deuda pública que dejaron.
-¿El gobierno no piensa devolverlas a sus verdaderos propietarios?
-Le he dicho que los Izbasa...
-No me refiero a esos idiotas.
-Entonces no le entiendo, señor Weymouth.
-Le digo de los Liukin. Es un secreto a voces.
-Me han dicho que nunca demostraron ser los dueños.
-El pueblo sabe, Eckhart.
-¿Qué cosa?
-Quien roba un valle, despoja un país. Quien roba una empresa, deja a todos en la calle. Quien corrompe a un juez, corrompe al mundo. Y quien finge no saber, también finge no ser cómplice.

Hasta donde se sabía en la ciudad, Industrias Izbasa había explotado unas huertas en la campiña que por el momento no contaban con personal y rebosaban de fruta. Había guardias en aquella zona y los vecinos no querían arriesgarse a cosechar a escondidas.

-Tenemos hambre, Eckhart.
-No puedo hacer nada.
-Si aquello se pudre, veremos disturbios.
-Es seguro, señor Weymouth.
-Dudo que los burócratas hagan lo correcto.
-Por las circunstancias, sería delicado ver un saqueo.
-¿Uno? Ha habido varios por todo Tell no Tales y de milagro no nos han robado a nosotros. Haga que liberen la fruta y verá cómo se calman las cosas algunos días.
-Convenceré a la señorita Sandra Izbasa, despreocúpese.
-Revise esa propiedad. Le juro que la robaron.

Lleyton sonrió y dio un enorme trago a su salkau, no sin sentir que había hecho mal en estar ahí.

-¿Eso es cierto? - inquirió Sophie Talmann.
-¿Qué?
-Lo del valle.
-Está lleno de peras de invierno.
-Eso no.
-¿Los propietarios? No he sabido más de lo que sabes tú.
-¿Harás caso de los rumores, Lleyton?
-A los Liukin nunca les ha interesado.
-Mis padres decían que el viejo Liukin insistió mucho en que el valle le pertenecía y que lo perdió con un fraude que hizo el consultor Kerr.
-Joseph Kerr era amigo de mis abuelos.
-No sabía, Lleyton.
-Él siempre dijo que aquello fue limpio. Era un hombre honorable, estoy seguro.

Don Weymouth vertió un poco de vodka en un vaso limpio y se lo pasó de golpe mientras tocaba el hombro de Evan.

-No sé en qué momento cambió la definición de "honorable".
-¿Por qué lo dices, papá?
-Cuando te digan que un Liukin es dueño de algo, créelo. El pueblo sabe, hijo. Lo repito porque a los jóvenes les da por la desmemoria y por ser engañados como ingenuos.
-¿Lo dices por el fiscal Eckhart?
-Por los crédulos.

Luego de un segundo sorbo de vodka, el señor Weymouth se dedicó a cobrar a los niños y a servir la sopa restante para quienes alcanzaran lugar en cuanto aquellos salieran. Bérenice ocultaba la enorme cacerola vacía como podía y se ponía a pensar en lo que sucedía en el lugar sin que nadie lo notara. Tampoco era la primera ocasión en que aquella habladuría llegaba a sus oídos pero no sabía si ignorarla o contarla a su familia en el espejo. Era algo importante pero nada podía hacer.

Poco a poco, los pequeños fueron abandonando el local y el niño rico dejó propina ante la mirada de todos. Nadie se acostumbraba a verlo ahí dentro pero parecía hacerse de la compañía de otros dos chiquillos del barrio ruso y era fácil suponer que se pasarían la tarde haciendo travesuras en la playa. Poco después, furiosos adultos oficinistas de todas clases sociales se aventarían hacia el interior, ocasionando que la señorita Talmann manchara su pantalón con bebida azul y que los parroquianos ebrios protegieran a Bérenice de esa colección de bestias.

-¡Sólo hay veinte platos! ¡Echaré a los que no alcancen! - amenazaba Evan Weymouth con una escoba y el gentío furioso en la calle golpeaba las paredes para reclamar por comida. La policía dispersaba a los que podía y alguien decidió usar el gas lacrimógeno con tan mala suerte, que se desató un breve enfrentamiento con piedras. La crisis en Tell no Tales estallaba a momentos.

-Libere la fruta, Eckhart - reiteró Don Weymouth y el otro reaccionó obediente, contactando a Sandra Izbasa para hacerle tal petición.

-Cuando los pistaches se agoten de cada árbol de la ciudad, no veremos puños, sino cadáveres - comentó alguien. Minutos más tarde, la multitud fue persuadida mediante chorros de agua y la calle reveló el saldo: cero heridos de consideración, nulo número de arrestos, cinco puertas rotas en negocios vecinos, dos cristales para sustituir y un repartidor alegre que entraba en la cantina Weymouth con la precaución de disfrazar su encargo como un paquete frágil.

-Vayan a comer - ordenó Don Weymouth en voz baja a Evan y Bérenice e hicieron subir al chico de las entregas al piso superior. Lleyton Eckhart miró a los tres con recelo pero optó por continuar aguardando por la señorita Izbasa, quien no le contestaba aun.

-Gracias por arriesgarse a venir. Tuvimos una riña acá afuera ¿Podría poner todo sobre la cama? Gracias - decía Evan por saludo al chico de las entregas.
-No e' nada - respondía el otro y Bérenice lo reconoció antes de que se quitara el casco. Era Juan Martín Mittenaere en persona y sin duda, había sido el responsable de levantar el pedido.

-Las calles están inseguras, por eso quise asegurarme de que la comida llegara.
-¡Gracias, Juan Martín! - exclamó Bérenice, abrazándolo y dándole un beso en la mejilla.
-Tenés suerte de que casi nadie se asoma por Láncry.
-¿Allá tienen comida?
-Todavía pero creo que en un par de días estaremos igual que todos. Menos mal que los pistaches caen de todos lados.
-Dicen que se acabarán.

Juan Martín respiró hondo y Evan abrió una caja que contenía unos recipientes de cerámica. Al abrir uno, el chico no logró entender de qué se trataba.

-Esos rollos son injera. Son como pan - aclaró Juan Martín.
-Parecen crepas ¿Qué hago? ¿No hay cubiertos? - se desconcertaba Evan
-Debes tomar cada guiso con eso para no mancharte.
-Qué raro.

Pero Bérenice tomó su parte y Evan la observó arrancar un trozo de injera para sostener con él un poco de betabel encurtido que llevó a su boca.

-¿Habías probado esto antes? - se intrigó el joven Weymouth.
-No, pequeño jefe. Hice lo único que se me ocurrió.

Juan Martín entonces abrió otro refractario para demostrar que la mujer se hallaba lo correcto y explicaba que había traído cuatro wat en cada ración.

-No sé de que hablas - admitió ella.
-Los guisos se llaman wat en Etiopía. Traje de cordero, uno de pescado, betabel y judías verdes... No estoy seguro de lo que digo, soy principiante. Ojalá puedan visitarme en el restaurante algún día porque nadie que yo conozca se ha parado por ahí.

Juan Martín reía mientras veía a aquellos dos manchar sus dedos y en el caso de ella, delatar que le daba gusto la visita. Él siguió con la conversación.

-Me estoy surtiendo en Vichy pero también ellos me van a decir que prefieren no venderme a pasar hambre. En Jamal es lo mismo.
-¿Qué harás?
-Intento imaginarlo, Bérenice. Estoy contento pero no dejo de pensar que las compras que hice el otro día tal vez le hagan falta a alguien.
-Verás que no es de cuidado.
-Al menos tenemos electricidad y el agua por todos lados.
-Estaremos bien.

A Juan Martín le llamaba la atención que Bérenice escuchara sobre cualquier contratiempo y en lugar de compartir la desesperación, ingiriera cualquier cosa como si el futuro se enderazara solo.

-Hay un buffet debajo de mi apartamento que se está quedando sin despensa. Dependían de la granjas de los Izbasa pero como están cerradas, están buscando quien pueda proveerles. Llevan días sirviendo gelatina y sémola con pistaches - decía Juan Martin mientras la joven sonreía al escucharlo pronunciar una especie de "ch" en algunas palabras.

-Afortunadamente no hay que pagar por algo que cae de los árboles de la ciudad - añadía Evan.
-En Argentina, los pistaches son caros.
-Dicen que allá la pasan peor que aquí.
-Por algo me mudé.
-El sismo nos dejó mal.
-Pero acá saben qué hacer. Tenés cascada de novedad, las casas de los barrios nuevos son para los afectados y al menos quedá dinero para luego. En la Argentina no hay nada - declaraba Juan Martín y continuaba comiendo sin más.

-Me alegra que te llamáramos - dijo Bérenice y el hombre la miró largamente, tratando de imaginar de dónde había salido y por qué su aspecto pálido parecía la de un muerto en su ataúd. Quizás, ella había estado muy enferma de chica y por eso las cosas simples y las tontas la volvían feliz. La había visto en el concurso de belleza y en la calle tantas veces, siempre contenta, gritando o llenando de vida algún ambiente gris...

-Me gusta esta cosa, creo que nos verás seguido - declaraba la misma Bérenice con la boca llena.
-Apurémonos para que papá pueda tomar un descanso. Hay que controlar ebrios - recordaba Evan y ambos comían con tal rapidez que Juan Martín se sentía aliviado de que todo les pareciera agradable.

-Me quedaré a tomar salkau ¿aun tienen?
-¡Claro, Juanito! Hay con moras.
-¿Juanito?
-Ay, perdón - se disculpó Bérenice.
-Jajaja, está bien.
-Mejor dime cómo quieres que te llame, chico.
-Bueno, es que me gusta mi nombre. Cuando jugaba al tenis, me decían "Mitte" y lo odiaba.
-¿Eras tenista como Marat?
-¿Cómo quién?
-Marat Safin.
-¡Ah! Lo fui unos trece años, más o menos. Jugué contra él.
-Te destrozó.
-Y lo destrocé igual. Él quiebra tan fuerte que en nuestro último partido, se encargó de partir mi muñeca en dos.
-Debió dolerte mucho.
-El médico me avisó que el tenis no iba más y a Marat le recomendó tomar un descanso para prevenirle una lesión. A veces me sorprendé no verlo ganar algún torneo grande luego de lo que me hizo.
-¿No lo odias?
-No, al contrario, Bérenice. Gracias a Marat, puedo vivir muy tranquilo y conocer gente linda.

La chica creyó que cierto desaliento se había quedado incrustado en el rostro de Juan Martín Mittenaere, dándole ese aspecto melancólico y esa voz poco entusiasta que combinaban bien con su gran estatura y simpático talante.

-Bajaré con don jefe para decirle que Evan y yo nos quedamos vigilando clientes. Gracias por venir, Juan Martín - agregó Bérenice y luego de besar su mejilla, corrió por las escaleras. Como se veía tan hermosa, Lleyton Eckhart sentía quedarse con las ganas de ignorarla y ordenó un whisky para prolongar su estancia, sabiendo de antemano que ella lo adivinaba y que esta vez se portaría mejor. Evan tomaba el control y con él, Juan Martín se hacía notar al ocupar un lugar en un rincón como si vigilara la situación y le comentaba a Bérenice de vez en vez lo que alcanzaba a distinguirse al fondo, como la pared sin pintar o los ebrios dormidos que a momentos cabeceaban o se daban involuntarios codazos. Ella se alegraba por todo ello aunque evitaba voltear hacia los escasos oficinistas afortunados que habían alcanzado sopa porque la ponían triste.

-Hay una buena noticia en el periódico. Un donativo de tres millones fue hecho en Mónaco y se usará para rehabilitar el drenaje - comentó alguna mujer.
-No me fío de los caritativos - respondió otra persona.
-Pusieron a una niña a dar lástima para que unos payasos soltaran algo - añadió alguien más.
-El Gobierno se quedará con todo - dijo un hombre junto a la rocola.
-Si la señorita Liukin decidió ayudar, está bien. Además, el que la acompañó fue Marat Safin y además de estar en la ciudad en los derrumbes, también ha depositado fondos para nosotros. Honestamente, no creo que su intención haya sido mala - cerró Lleyton Eckhart y nadie se atrevió a reaccionar más allá de alzar cejas y preguntarse "¿en serio?" entre sí.

-Allá en la Argentina se hacen programas de televisión para ayudar a los pobres y termino escuchando quejas. No creo que en Tell no Tales sea muy diferente y aunque sé que Marat es un buen pibe, no podemos contar con él - sentenció Juan Martín y Bérenice se molestó un poco. Marat seguramente había hecho lo que estaba en sus manos y ponerlo en duda era como recibir un golpe en la nuca o derramarse café caliente en las piernas. Su gesto fue tan notorio que el hombre se desconcertó y Lleyton, que se divertía con el puchero, se apresuró a contar que ella conocía al joven Safin e incluso, la había invitado al tenis una vez.

-¿Conocés a Marat? Vos tenés tus sorpresas - rió Juan Martín y Bérenice se apresuró a afirmar, diciendo que era un gran amigo y que lo quería bastante.

-Supongo que te da gusto verlo ahora con su nueva novia - señaló Lleyton y ella comenzó a carcajear como si le contaran un buen chiste.

-Carlota Liukin no es su novia - decía Bérenice tan convencida que Juan Martín creyó que era mucha coincidencia que él conociera a un tal Ricardo Liukin y, contrario a su tendencia de no involucrarse en chismes, intervino otra vez.

-Mi nuevo casero se apellida Liukin.
-¿De verdad? El mundo es pequeño, Juan Martín ¿Hablas del mismo hombre? - curioseó Lleyton, enseñándole una imagen del diario.
-Por lo que alcanzo a distinguir, sí. No deja de ser muy extraño.
-¿Sabías de sus hijos?
-Nunca hablamos de ellos pero si la niña de aquí es Carlota, recuerdo que la vi en el barrio ruso y una vez en la campiña con sus amigos.
-¿Qué hacían allí?
-Querían cortar fruta y ella se metió por el enrejado a una plantación para sacar marula.
-¿Cuándo fue eso?
-Creo que en febrero.
-¿De este año? ¿En qué parte fue?
-En el valle, cerca de los acantilados. Nadie le prohibió el paso e incluso le dijeron que podía tomar cualquier cosa cuando le preguntaron su nombre. Le advirtieron que sólo entrara por ahí pero creí que era la hija del dueño.

Lleyton regresó a su asiento y luego de tomar su whisky de golpe, oyó perfectamente a Don Weymouth reiterando lo que le había dicho antes mientras comía sin pudor enfrente de todos.

-El pueblo conoce la verdad, fiscal Eckhart. Revise los documentos.
-No tengo causa judicial.
-¿Se necesita para un acto de decencia?
-Cualquier juez pedirá una explicación.
-¿No puede pedir una verificación de propiedad?
-Procede cuando hay una demanda.
-¿No quiere sacarse una, Eckhart?
-Conseguir pretextos no es mi talento.
-Por algo busca uno para clausurar este negocio.
-Olvídelo, señor Weymouth.
-Ahora que embarguen el valle, podría insistir.
-¿Por qué le importa?

Lleyton perdió la oportunidad de saberlo cuándo Bérenice pasó con una toalla desinfectante para limpiar la barra y quitaba platos sucios mientras se daba tiempo de observar a Sophie Talmann con el rostro desencajado porque nadie le hacía mucho caso y de pensar en Marat, quien lucía tan feliz con Carlota no sólo en las fotos del periódico. Él aparecía tan sonriente en las revistas y en la Copa Davis que todos lo contemplaron motivado mientras la chica Liukin le festejaba los puntos o lo alentaba si fallaba.

-Marat está enamorado - susurró Bérenice y Lleyton le prestó atención.

-La diferencia entre Carlota y él es de pocos años.
-No la esperará.
-¿Estás segura?
-Él no se queda en el mismo lugar.
-Te das mucho crédito, Bérenice.
-¿Qué dijiste? No entiendo.
-No te gusta que se olviden de ti pero Marat te superó.
-Él estará bien.
-¿No te gusta que la gente avance?
-¿Qué quieres?
-Imaginaba tantas cosas que en serio me sorprende lo ególatra que eres.
-¿Por eso me pones a tu novia enfrente?
-Ahí estás de nuevo.
-Lleyton, quieres molestarme.
-Si lo deseara, vendría solo.
-¿Por qué?
-Conmigo no tienes grandes secretos.
-Ninguno.
-La pandilla Rostova, Matt Rostov y que el hombre que te gusta soy yo ¿te suenan?
-Vete.
-Me gusta ver hasta donde llegas.
-Eres un idiota.

Bérenice se cruzó de brazos y fue a otro rincón, en donde Juan Martín revisaba sus cosas y platicaba con el joven Evan sobre una propina que se negaba a recibir.

-¡Lleyton es un tonto! - protestó ella al interrumpirlos.
-El agua moja - replicó Evan.
-No es eso.
-¿Qué te hizo?
-Mejor que Juan Martín nos diga algo para que no me enoje más.
-¿Por qué inflas los cachetes?

Juan Martín se rió de la mueca e imitó a Bérenice, provocando que ella le diera una palmada juguetona en el hombro y él le encontrara más cosas curiosas, como sus sutiles pecas en la cara y en las manos, un diente separado del resto y un discreto piercing en la ceja que seguramente era viejo, mientras que el de la nariz brillaba de vez en vez pero era tan chico que más bien aparentaba un trozo de diamantina blanca.

-¿Qué tengo? - preguntó ella.
-Apuesto un batido de yogur a que te hiciste un tatuaje - retó él.
-Uno en la pierna.
-¿Qué es?
-Un revólver.
-¿Qué significa?
-Que me gustan los videojuegos.
-¿En serio?
-Tengo una colección de Pac-Man y luego Evan y yo matamos zombies cuando vamos a la fuente de sodas. Al principio me daban miedo pero ahora tengo mis peluches.
-¿De qué juego es el tatuaje?
-Es la pistola especial de Alone in the dark.
-No sé de qué se trata pero wow.
-Te debo un batido.
-¡Uno de ackee con nuez!
-¡Acepto! ¿Cuándo vamos, Juan Martín?
-Hagamos algo: Te veo en el restaurante el día que quieras y prometo tener las frutas.
-¡Yo te lo debo!
-Con que lo prepares me sentiré pagado.
-Así no.
-Tenés que visitarme. Habrá injera y wat.
-¡Llevaré a mi Luiz y a mi bebé!
-A todos los que quieras.
-¡Comemos demasiado! Pero prometo que nos portaremos bien.
-Todo estupendo mientras mi proveedor de Vichy no me falle.

Como Bérenice y Juan Martín se quedaran platicando sobre cualquier cosa, Evan se separó de ellos y comenzó su labor de mesero, reparando en que nadie lo había felicitado de verdad pero su padre había puesto en la pared de trofeos la nota del periódico sobre Skate America y no tardaría en pedirle su medalla para colgarla y presumirla. A fin de cuentas, eso era más importante que una gran fiesta y Bérenice ya se encargaría de lo último. Por otro lado, el chico creía darse cuenta de por qué el fiscal Eckhart se convertía en cliente y sentía lástima en lugar de tirarse a la carcajada como habría hecho antes.

-Otro que cae - comentó Don Weymouth al pasar junto a él.
-No lo sé. Eckhart se va a olvidar de ella y fastidiará de nuevo.
-Hablaba del repartidor.
-Ese también.
-La chica es bonita.
-Ya lo sabíamos.
-Evan, no hay nada para ti.
-¿Por qué me dices eso?
-Es un recordatorio ¿Piensas que me olvidé de tu cara cuando ella llegó a este negocio?

Evan sonrió despreocupado.

-Por cierto: Estoy feliz por ti, hijo.

Don Weymouth estrechó al muchacho y luego de darle una calurosa palmada, miró de nuevo hacia Lleyton Eckhart y su flamante novia, quienes intentaban pasarla bien en un improvisado juego de cartas, aunque él aprovechara los segundos de distracción de Sophie Talmann para admirar a Bérenice y beber lentamente para que no pudieran echarlo.
*Marula y ackee son dos frutas africanas.

domingo, 21 de julio de 2019

1992

Anna Shcherbakova/Foto cortesía de IG

Milán, Italia. Noviembre de 1992.

-Katarina, ve a tu habitación, por favor. No puedes estar aquí - Había dicho Maragaglio al distinguir a la niña en el pasillo mientras sus primos y sus tíos entraban y salían de la recámara del abuelo Leoncavallo con los rostros de consternación y reprimida tristeza.

-¡Mauri, llévatela! - ordenó Maragaglio y la niña preguntaba sobre lo que había pasado antes de que la fingida sonrisa de su hermano la hipnotizara y aceptara ir con él a otro lado. Pasaba del mediodía y la policía y el forense habían llegado a la casa Leoncavallo para certificar un fallecimiento "por causas naturales".

-Encontré esta pulsera y la muñeca junto a la cama del señor Leoncavallo. Lo siento mucho, Maragaglio - entregaba un oficial sin querer añadir más.

-Estas cosas son de Katarina - dijo Maragaglio con la voz apagada.
-¿Tu sobrina?
-Es mi prima pero ayer cumplió diez años.
-¿Es de las que descabeza las muñecas?
-La castigó nuestro abuelo, es una historia muy larga... Katarina tenía la pulsera puesta esta mañana, yo le ayudé a ponérsela.
-¿Quién descubrió el cuerpo?
-Ella fue a despedirse antes de ir a la escuela y le dijo a su madre que él no se movía. Katarina dejó esto cuando quiso despertarlo, tal vez.
-El señor Leoncavallo tiene un golpe importante en el rostro.
-Lo sé. Yo se lo di.
-¿Por qué?
-¿Es un interrogatorio?
-Algo hay que apuntar en el expediente.
-Lo golpée por una buena razón.
-Maragaglio ¿qué puede hacer un anciano?
-Llamarle "puta" a Katarina. No le digas a nadie.
-¿Tienes testigos?
-Toda la familia ¿necesitas más?

El colega de Maragaglio bajó la voz y lo apartó un poco.

-¿Tu prima es la más pequeña de la casa?
-Claro que sí.
-Una de las almohadas de tu abuelo tiene manchas de pintura en cada lado.
-¿Perdona?
-Las huellas dactilares de alguien están marcadas.
-¿Qué insinúas?
-Las manchas son verdes y la pintura está seca. Le oí a un perito decir que su tamaño corresponde a las manos de un infante. También encontraron fibras de poliéster en la nariz del señor Leoncavallo.
-¡Es una tontería!
-Te recomiendo esconder la muñeca, Maragaglio.
-¿Qué dices?
-Tiene pintura.
-Habla claro.
-También hay huellas dactilares verdes en el armario de donde sacamos la almohada.
-Katarina salió del cuarto del abuelo anoche. Dijo que le había dado un beso.
-¿Eso es usual?
-Sí.
-Puede ser que la niña manchó la almohada y la cambió.
-Ténlo por seguro ¿Hay rastros en las sábanas?
-En la pijama, la mesa de junto y en las paredes.
-Katarina revuelve pinturas y luego sus manos aparecen por toda la casa.
-¿Podemos verificarlo, Maragaglio?
-Revisen todo.

Para aquel agente no resultó extraño que Maragaglio se ofendiera un poco por la insinuación hacia Katarina. La policía de Milán sabía del cariño que le tenía a la niña y luego de ver cómo ella derramaba un líquido naranja en la sala e impregnaba los muebles sin querer, parecía aclararse el misterio.

-Te dije - reiteró Maragaglio y los presentes observaron cómo él intentaba tranquilizarla por el desastre mientras sus padres le reprochaban ser tan descuidada y su hermano limpiaba lo que podía.

-¡Manchaste el retrato de tu abuela, niña! - regañaba Cristina Leoncavallo.
-Perdona, mamá - murmuraba Katarina, sin fijarse en que su codo golpeaba otra foto que acabó en el piso.

-¡Es el recuerdo de la boda religiosa de mis padres! ¿Por qué siempre tienes que destruir nuestros recuerdos, niña tonta? - exclamaba enfurecido Federico Leoncavallo y Katarina se refugió en los brazos de su hermano con abundantes lágrimas que se detuvieron cuando él besó su mejilla. Maragaglio en cambio, optó por recoger los restos de vidrio del piso y luego mandó traer una rebanada de pastel del refrigerador, entregándosela a su prima en cuanto tomó asiento en una silla.

-Katarina es despistada, se pone nerviosa - enfatizó Maragaglio poco después al agente que lo había cuestionado. En ese momento, el forense iniciaba la revisión de la casa entera, hallando en el comedor los rastros de una gran fiesta y un peluche de conejo impregnado con pintura verde seca, al igual que la hallada en la recámara del viejo señor Leoncavallo. Un frasco destapado, un godete, varias hojas en las que se leía "¡Feliz cumpleaños, abuelo! y pinceles que habían salpicado la alfombra, aparecían en un rincón de aquel lugar y se reforzaba el argumento de que Katarina Leoncavallo era la causante de varias marcas en la casa, porque en cada habitación aparecían diversos colores y entrevistando a sus familiares, se oían quejas interminables sobre manchas imposibles.

-Muchas cosas y prendas del señor Leoncavallo tienen acrílico seco de varios días. Al parecer, sólo son descuidos de la niña - señaló una perito y Maragaglio escuchaba aliviado mientras su esposa entraba de hacer unas compras y se encontraba con ese alboroto.

-¿Aún no terminan? - preguntó Susanna Maragaglio.
-Les dije que revisaran todo - respondió Maragaglio.
-¿Qué es lo que buscan?
-Las pinturas de Katarina.
-¿Por qué?

Maragaglio fue con su mujer a la cocina, en donde no había nadie.

-Encontraron las huellas de Katarina alrededor de nuestro abuelo.
-Eso es normal, ella siempre se despedía de él.
-Susanna... Las huellas están en una almohada que encontraron en el armario, lado a lado.
-¿Tú la viste?
-También supe que el abuelo aspiró fibras de no sé qué.
-¿Qué quieres decir?
-Puse a todo mundo a peinar la casa para que quede claro que es normal ver las manos de mi prima en todos lados.
-Ay, Maragaglio, eso no era necesario.
-Había que probarlo.
-¿Por qué llamaste al forense?
-No fui yo pero igual tenía que avisarle a Intelligenza, a la policía, llamar una ambulancia y llenar papeles para evitar problemas.
-Te ves preocupado, amor.
-Susanna... Noté algo raro en el abuelo cuando lo vimos en la cama.
-¿Estás seguro?
-Era pánico.
-Pero se ve apacible.
-La boca... Algo no me convence.
-Los infartos duelen mucho, supongo.
-El abuelo estaba bien del corazón.
-¿Entonces?... Maragaglio, escúchame. A veces la gente no despierta y un segundo está sana y al otro sólo son como tu abuelo y un montón de gente que no encontrará nada.
-Ayer se veía entero ¡viste lo que le hizo a Katarina!
-¡Maragaglio, acepta que tu abuelo está muerto!.
-Susanna...
-No quise gritar eso... Sé que lo querías mucho y que es el padre que pudiste tener pero te conozco ¿Vas a obsesionarte?
-No.
-El abuelo murió en su cama, no hay más que investigar.
-Lo lamento, es difícil para todos.

Maragaglio abrazó a Susanna y después de suspirar hondo, preguntó:

-¿Conseguiste el regalo de Katarina?
-¿No es un mal momento para dárselo?
-Se sentirá mejor después de lo que le ocurrió esta mañana.
-Tienes razón, Maragaglio ¿Cómo está?
-Ha llorado mucho y hace rato derramó otro bote de pintura.
-Lo siento tanto por ella.
-Tal vez le levantemos el ánimo.

Maragaglio y Susanna fueron de la mano hacia la sala y al ver que Katarina y Maurizio compartían unos vasos de jugo, tuvieron la ocurrencia de colocarles unos gorritos de fiesta.

-¿Podrías cerrar los ojos de Katy? Susanna tiene una sorpresa - susurró Maragaglio.
-Es un mal momento - replicó Maurizio.
-Ayer también fue su cumpleaños y el abuelo no se portó bien con ella.
-Tienes razón.
-¿No te ha dicho cómo se siente?
-No para de hablar de lo que vio en la mañana.
-Se distraerá un poco antes del funeral. Vamos a alegarle el día.

Maurizio se colocó detrás de su hermana y cubrió su cara sonrosada sin objeciones, no sin generarle expectativas. Susanna Maragaglio sacó entonces un par de cajas de una bolsa dorada, causando la curiosidad del equipo forense y de algunos familiares.

-Feliz cumpleaños, Katarina - pronunció Maurizio y la niña sintió como las manos de él se colocaban en sus hombros.

-Abre los ojos, Katy - dijo Maragaglio y Katarina obedeció, reaccionando incrédula.

-Son tuyas y esperamos que juegues mucho tiempo con ellas - señaló Susanna antes de que la tímida pequeña se aproximara y apretara las cajas como si fueran lo más valioso del mundo.

-Felicidades, Katy - reiteró Maragaglio y ella no sabía si abrir sus obsequios o guardarlos en lo más profundo de un baúl para que nadie fuera capaz de destrozarlos. Alguien le entregó su conejo de peluche y ella rompió a llorar de la ilusión.

-Ayer tuvo un pésimo día. Se pondrá mejor en un rato - aseguró Maragaglio a los testigos y estos continuaron sus labores sin hallar algún rastro importante.

-¿Quieres jugar conmigo? - preguntó Maurizio mientras tanto.
-¿De verdad? - prosiguió Katarina.
-¿Qué estabas haciendo con tu conejo ayer?
-¡Ay, no quiero! ¡Me van a romper mis juguetes!
-No pasará nada.
-¡No es cierto! ¡El abuelo dijo que me va a castigar!
-Katarina, podemos inventar otra cosa.
-¿Que el conejo es una mascota?
-Claro, lo que digas.
-¿Mi abuelito no se va a enojar, verdad?
-Katarina, él no lo hará otra vez.
-¿Cuándo despierte le podré enseñar mis muñecas?
-Manchaste mi cara.
-¡Perdona, Mauri!
-¡Me estás embarrando de naranja!

Los hermanos Leoncavallo se tiraron al suelo de la risa.

-¿Nadie le ha dicho a Katarina? - se sorprendió Susanna.
-No sabemos cómo lo va a tomar - aceptó Maragaglio.
-Pero se puede poner mal.
-Estaba haciendo la tarjeta de cumpleaños del abuelo hace rato.
-¿Otra vez?
-Katy cree que le rompieron la que hizo ayer porque es fea.
-Tienes que hablar con ella.
-Sus padres deben explicárselo.
-Maragaglio, ¿hablas en serio?
-No se me ocurre algo, Susanna.
-Que su hermano te ayude.
-Maurizio se la pasa jugando.
-Katy se va a dar cuenta de todas formas y no vamos a dejarla sola en casa durante el entierro.

Maragaglio creyó que su esposa tenía razón y cuando los hermanos se tranquilizaron, se aproximó de nueva cuenta con la ceja izquierda levantada.

-Katy, hay algo que debo decirte - Maragaglio hizo que la pequeña tomara asiento con Maurizio a su lado.

-Es sobre el abuelo.
-¿Está enfadado? - tembló ella.
-No.
-¿Se enfermó? Es que terminé la tarjeta que me pidió.
-No llores, Katy.
-¡No quiero que me jale el cabello porque otra vez me salió mal su regalo!
-No es eso.
-¿Tengo que devolver las muñecas?
-¡Nada de eso, Katy!
-Me rompió la que me dio mi hermanito.
-Katarina, nuestro abuelo no te castigará.
-¿Se siente cansado?
-Desafortunadamente, él no despertó.
-¿Sigue dormido?
-Katarina, el abuelo no respira, no va a levantarse.
-¿Fue mi culpa?
-¿Qué?... Niña, no, no. El abuelo era un hombre muy viejo.
-¡Me regañó cuando le di su beso de buenas noches y me dio un golpe en la cara porque manché su almohada!
-¡Eso no importa ahora, Katy!
-¿Le hice algo malo?
-El abuelo murió mientras dormía, no tienes que ver en eso.
-¡Me hizo enojar!
-Dejó de respirar, Katy. Los ancianos mueren en sus camas a veces...

Katarina Leoncavallo palideció y enseguida se aferró a su hermano, ocultando para siempre una sonrisa por la felicidad que le daba aquella noticia. No más tirones a su pelo recién peinado, ni insultos al estar jugando en un pasillo, se terminaban las manchas de salsa de tomate en sus vestidos porque el abuelo le tiraba encima los platos cuando ella no quería comer; tampoco habría más cachetadas porque llamaban de la escuela a menudo para reportar que Katarina no sabía comportarse o hacía las tareas incorrectamente y mucho menos volvería a perder sus cosas por "jugar a las suripantas", expresión que ella no entendía pero que la llenaba de terror cada que hallaba los trozos de plástico en la basura.

-Katarina ¿estás bien? - preguntó su hermano pero ella se soltó para comprobar las buenas nuevas y corrió mientras la familia no hacía el menor esfuerzo por detenerla, salvo por Maragaglio.

-¡Alto, Katy! - ordenó él pero la niña se introdujo en la habitación del abuelo Leoncavallo, con su alfombra vieja que ahora recibía gotas de pintura naranja, con los retratos de la abuela Lía que se mantenían impolutos y que le habían costado una paliza por tocarlos una vez; con la silla de madera en donde la habían obligado durante años a sentarse para darle las buenas noches al hombre aquel y desde la que se inclinaba para besar una mejilla que le provocaba asco pero también culpa por ser una niña tan tonta que no podía complacer a su abuelo con alguna calificación buena en la escuela o un comportamiento ejemplar al menos una vez.

Katarina Leoncavallo sujetó la mano fría del cadáver de un hombre de noventa años y la soltó para comprobar que no recibía respuesta, volteando hacia ese rostro con la boca abierta, como en un susto que se quedaría para la posteridad... Y aun así, la niña Leoncavallo se dio cuenta de que esos gestos, esos ojos cerrados, eran idénticos a los de su hermano, que el viejo era tan hermoso como él, tal vez un poco más. Era como un Dorian Gray al que unos lentes le habían dado el frustrado semblante de un anciano tan fuerte, que todo Milán sabía que no sólo mandaba sobre su familia, sino en cualquiera que deseara, a la hora que gustara.

Temerosa, Katarina volvió a juntar sus labios en el rostro del abuelo pero permaneció lo suficiente para susurrarle al oído:

-¡Vete al infierno porque si revives te vuelvo a matar, maldito viejo imbécil! ¿Me oyes? ¡Lo volvería a hacer, hijo de las mil putas!

La niña rompió a llorar intensamente, al grado de que Maragaglio y Maurizio tuvieron que llevársela al jardín, en donde ella, quizás por un impulso liberador, se atrevió a sacar sus muñecas y abrazarlas como si obtuviera consuelo y su peluche de conejo, que por fin podría casarse con la más bonita de ellas. Mientras la familia y los peritos confundían el llanto con tristeza, Katarina Leoncavallo pensaba. Porque a veces sólo queda la imagen.

La noche anterior, la familia había celebrado la cena por el cumpleaños del señor Leoncavallo y todos portaban sus estrellas partigianas, indicando su respeto. Para Katarina Leoncavallo, en cambio, había sido una jornada de pesadilla desde temprano, cuando antes de salir, su estrella se desprendió de su atuendo, ocasionando que el abuelo jalara su coleta y la obligara a pedir perdón de rodillas ante una imagen de la insurrección contra Mussolini. Más tarde, su hermano la dejó en la escuela, en donde sus compañeros de grupo no se habían cansado de aventarle cucarachas muertas, patear su mochila, arrojarle un licuado de avena sobre el uniforme, hurtar sus lápices para ocasionarle un regaño de su maestra y finalmente arrebatarle su prendedor, cosa que la hizo arrojarse con furia hacia el compañero responsable, a quien hirió al tirarlo por una escalera, ameritando una urgente llamada a sus padres. Sin embargo, quien se presentó fue el abuelo Leoncavallo, a quien le entregaron en mano su estrella. El hombre llevó a su nieta de regreso a casa con recriminaciones y palabras altisonantes de por medio para acabar cachetéandola por ser incapaz de defender el símbolo partigiano en su pelea. La pequeña fue castigada sin ir a entrenar con su hermano en la pista de hielo del Agorá Milano, así que intentando congraciarse, había ocupado la tarde para diseñar una tarjeta de felicitación con sus pinturas. Sin embargo, el señor Leoncavallo la rompería al recibirla mientras le reprochaba ser una inútil, ordenándole que pasara la cena en una esquina, repitiéndola hasta que estuviera bien hecha, prohibiéndole comer o distraerse. La niña había recibido innumerables golpes en las manos por tirar sus colores y sus padres le repetían que su conducta era una vergüenza para todos.

Como el lector seguramente ha intuido desde hace unos episodios, el cumpleaños de Katarina Leoncavallo se presentaba el mismo día que el de su abuelo así que nadie se acordaba, salvo su hermano Maurizio y su primo Maragaglio quienes, aprovechando que el brindis había pasado e iniciaba una divertida sobremesa, se le habían acercado con una muñeca patinadora de vestido azul claro para felicitarla. Como era el juguete que más deseaba, ella dejó de lado sus intentos por terminar la tarjeta y poco después, su prima Susanna le dio un conejo con smoking tan abrazable que lo primero que se imaginó fue una linda boda en un jardín lleno de flores blancas. Ella oficiaba aquella ingenua ceremonia hasta que fue sorprendida en el beso que consolidaba el matrimonio. La celebración se detuvo de golpe y el inmisericorde abuelo partió la muñeca en tantos pedazos que resultó inservible. Katarina quedó pasmada mientras recibía una cruel reprimenda de la que sólo alcanzaba a oír la palabra "puta" con tanta insistencia que ni siquiera se percató de que Maragaglio había golpeado al señor Leoncavallo ni que su hermano le sacaba del comedor para depositarla en su cama. La niña derramó el llanto en los brazos de Maurizio cuando pudo reaccionar y cayó dormida poco después, sin enterarse del repentino cambio de mando en la familia, producto de ese incidente. Quizás por ello, Katarina despertó por la voz del anciano anunciando que las faltas de respeto de su nieta serían corregidas a la mañana siguiente. En ese instante, su madre entró para ordenarle que le diera el beso de las buenas noches al abuelo y ella lo hizo mientras él le advertía lo que le sucedería. Aterrada otra vez por la posibilidad de recibir más golpes, Katarina aguardó a que el reloj marcara las tres de la mañana, cuando el efecto de la pastilla para dormir que tomaba el viejo no le dejara posibilidades de responder.

Descubriendo que tenía una maravillosa habilidad para el sigilo, la pequeña bajó por las escaleras para observar como había quedado el rincón del comedor con sus papeles mojados y su conejo manchado, tocándolos e impregnándose en el acto con la pintura verde que había arruinado el piso sin remedio. Vio lo que sobraba del pastel de chocolate y pistaches, probando su crema e inundando su paladar con el mejor sabor nunca conseguido. Curioseó con los restos de una pasta Alfredo deliciosa y los champiñones que habían acompañado un gran estofado de res. Ella se habría conformado con estar en la mesa familiar, aunque nadie la felicitara jamás. Entonces descubrió un patín de su muñeca en el asiento del viejo Leoncavallo y algo detonó en su ser. Un anhelo por contraatacar, por arrancar algo, por vengarse, finalmente la asaltó.

Levantándose de nuevo mientras el tono verde le humedecía los dedos, Katarina regresó al primer piso, comprobó que nadie se hallaba despierto y abrió el cerrojo de la recámara principal, donde su abuelo parecía dormir apacible. Sobre la alfombra, más restos de su muñeca aparecían y ella, fuera de sí, tomó una almohada, apretándola contra la cabeza de ese hombre. Aunque él fuera más fuerte y extrañamente tratara de despertar, Katarina recargó su peso entero, sacando fuerzas inusuales para sí misma, concentrando su ira como una salvaje hasta que el pecho de ese viejo cesó su movimiento. Al retirar la almohada, la boca del señor Leoncavallo estaba abierta por una instintiva necesidad de respirar y ella, asustada, quiso ocultar su crimen depositando el arma homicida en el armario y cambiándola por un cojín limpio, además de regresar a su habitación, agitada por lo ocurrido y cubriéndose con sus sábanas para ahogar ese grito de satisfacción por haber sacado las uñas para rasgar la autoridad de la persona que más odiaba y que se merecía ese final tan callado e inesperado; aunque esa suerte de David y Goliat no pudiera confesarse.

Al final, la escena sospechosa no lo era tanto para quienes constataban que una niña torpe había convertido su enorme casa en un mural. Las almohadas estaban completas, los aparentes tiempos coincidían y la gente a veces aspiraba lo impensable por accidente, por el aire o por un reflejo durante un paro respiratorio, como todos esperaban declarar.

Cualquiera puede morir en la cama. 

domingo, 23 de junio de 2019

Antes del tren a casa

Kaetlyn Osmond/Foto cortesía de Yahoo

Montecarlo, Mónaco. Jueves, 14 de noviembre de 2002.

Al mediodía y luego de tentarse con la escala, Katarina Leoncavallo decidió pasar un día de playa en Mónaco. El sol aun no se había ocultado en esa pequeña parte de Europa y las nevadas y el frío otoñales se sentirían hasta la siguiente semana. Fue curioso notar como un balneario tan sofisticado registraba una insignificante afluencia de turistas y la joven supo que tendría todo el espacio del mundo para pensar. Lo primero que hizo al salir de la estación de tren, fue tomar un taxi hasta Monaco Ville para hospedarse en la casa de una familia que vendía licor de granada. Sólo dar la inusual referencia de un cliente, Tennant Lutz, hizo que la aceptaran y pronto, se cambió de ropa y llamó a Miguel Louvier para avisarle que la esperara a la tarde siguiente, pidiéndole que no le dijera a nadie. Tan vital era esa promesa, que partió hacia la costa al pronunciar él que no tenía de qué preocuparse.

-Vuelvo al anochecer - avisó Katarina a sus anfitriones y caminó cuesta abajo, sin detenerse, buscando los centros comerciales para hacer unas compras y preguntar por la "Cala de los pescadores", una especie de playa secreta, en donde, en lugar de arena, había rocas planas y gravilla, además de que se podía descansar a la sombra. Como ella no conocía Mónaco, ni siquiera supo que había atravesado de la parte vieja de la ciudad a Montecarlo, el distrito del glamour. Con tantas boutiques y dinero en efectivo, la chica entró en una enorme plaza con grandes fuentes y luego de adquirir unos lentes oscuros a la John Lennon, le pareció reconocer a sus padres delante de una perfumería. Sonriendo por fin, se les aproximó con un abrazo por saludo.

-Eres tú, Katarina. Qué sorpresa - exclamó su madre.
-Pensé que estaban en Venecia.
-Como te creíamos en París, vinimos a pasar unos días de descanso.
-¡Los extrañé mucho!

Katarina volvió a apretarlos y sus ganas de estar con ellos se hicieron notorias.

-¿Dónde ibas? - preguntó su padre
-Busco una playa ¿vienen?... Bueno, también quiero comprar duty free.
-Katarina, tenemos planes.
-Pero papá, nos acabamos de encontrar ¿Les da gusto verme?

La joven sabía que podían decirle que no, pero sus padres se miraron mutuamente y resignados, la invitaron a tomar un café. Ella reaccionó apretando a su madre y luego tomándola de la mano para caminar a su lado. Ambos le preguntaron sobre la bebida que iba a pedir y ella respondió con la cara colorada, recibiendo un "nunca cambias" de su padre, como si fuera un reproche.

Para Cristina y Federico Leoncavallo era incómodo estar con su propia hija. Desde la concepción la habían sentido tan extraña, invasora y les confirmaba cada día que tenerle compasión en el hospital y llevarla a casa era el gran error de sus vidas. Katarina no los arruinaba per se, sólo que había llegado en un mal momento y para colmo, no era el segundo hijo que soñaron ni una niña tranquila al menos. Katarina siempre necesitaba algo, se metía en problemas y sufría por pequeñeces o porque sus primos nunca le hacían caso. Los desesperaba que aun al crecer, ella siguiera demandando atención y amor y llorando si algo le salía mal.

-Fue mucho cariño, Katarina. Por favor, camina bien y compórtate - pidió Cristina.
-Sí, mamá.
-¿Comes galletas todavía?
-No pero si tu quieres...
-Sólo será un té para ti.
-Quería un frapuccino con chocolate y chispas de colores.
-A tu edad no sé si eso es inmaduro. Katarina ¿algún día vas a tomar algo sin dulces?

La chica no supo qué decir y luego de mirar al suelo un momento, volteó hacia su padre y por alguna razón relacionada con quererlo mucho, lo apretó fuertemente. Federico Leoncavallo la dejó permanecer así varios minutos, incluso en la fila de la cafetería, aunque luego le ordenara buscar lugares para los tres y le preguntara la razón de salir a la calle con bikini y una gran falda de estampado de palmeras verde neón. Katarina contestó cualquier cosa y apartó un gran sillón con una enorme sonrisa, decidiendo que estaría junto a su padre.

-Ténle paciencia - dijo Cristina a su marido y enseguida fue con su hija, que acomodaba servilletas en una mesita y acercaba un bote con sobres de crema.

-Sé que a papá le gusta le gusta tomar su café junto a ti - mencionó la chica.
-Qué observadora.
-Es una lástima que Mauri no esté.
-Tu hermano al fin encontró una patinadora con la que vale la pena estar ocupado.
-Carlota Liukin es muy talentosa, mamá. Si la vieras en un entrenamiento...
-Esa niña es lo mejor que le pudo pasar a Maurizio. Contigo parecía estancado.

Katarina dejó de sonreír y se quedó callada, creyendo que no había mala intención de por medio. A Cristina Leoncavallo le sorprendió aquella reacción tan serena y lo hizo notar a su esposo cuando les llevó las bebidas. La chica tomó su té y luego de darle un gran sorbo, se sujetó el cabello, como siempre que probaba algo.

-Es la misma de todos los días - reiteró él y Cristina entonces respiró hondo. Para Katarina, en cambio, fue una novedad estar en medio de ellos cuando su padre le pidió cambiar lugares y aun más cuando ambos le compartieron de sus cafés . Ella se hallaba tan sonrojada otra vez...

-¿Qué playa viniste a ver? - preguntó Cristina.
-La "Cala de los pescadores" - respondió Katarina.
-¿Aparece en la guía turística?
-No. Miguel me habló de ella y dice que es solitaria.
-¿Él estuvo ahí?
-No, pero su amigo Marat sí.
-¿Marat? ¿No es el novio de Carlota Liukin?
-Eso dicen pero no es verdad.
-¿Te consta?
-Los vi, mamá.
-¿No lo dirás porque él te interesa?
-Marat es guapo pero no mi tipo.
-¿Te rechazó?
-No hablamos.
-No me extraña, a veces asustas a la gente pero no te das cuenta.
-No lo espanté, mamá.
-Por algo no te prestó atención.

Katarina no añadió más y se dedicó a su té, sosteniendo su vaso con ambas manos.

-Le comentaba a Katarina que sentía a su hermano un poco estancado hasta que llegó Carlota Liukin - prosiguió su madre.
-Pensaba lo mismo. Hablé con él sobre el gusto que me dio que recibiera a una alumna nueva y se pusiera a trabajar en algo diferente - agregó Federico Leoncavallo.
-Veremos el programa corto de Carlota esta noche.
-Supongo que Katarina se esforzará esta vez y el próximo año se marchará de casa.
-Brian Orser le llamó a Maurizio para decirle que aun está interesado en entrenarla y aceptaron ponerse de acuerdo.

Katarina Leoncavallo palideció enseguida y miró a sus padres con tal desconcierto, que ellos supieron que su hija ni siquiera había imaginado media noticia.

-¿Ma.. Maurizio habló..bló con Orser? - tartamudeó la joven.
-Tienen planes para que vayas a Toronto. Deberías hacerle caso a tu hermano y cambiar de entrenador.
-¡Mamá!
-Tú no necesitas a Maurizio. Si quieres dejar de estar a la sombra de las patinadoras que te ponen enfrente, no te opongas y haz lo que Orser te aconseje. En Canadá tal vez madures - continuó su padre. Katarina dejó su vaso en la mesita del frente, confundida.

-¿Por qué Maurizio me haría eso?
-Para que crezcas.
-¿Crecer? ¿A qué te refieres, papá?
-Te rezagaste y comenzaste a rezagarlo a él. Es hora de separarse.
-¡Pero me cambió la forma de entrenar y la rutina libre!
-No es suficiente, Katarina ¿Lo que hiciste en Skate America no te dice algo? Afecta más la calidad del trabajo de tu hermano que el tuyo y supongo que no quieres perjudicarlo.
-¡Soy incapaz!
-No se diga más, te vas con Orser.

Katarina no pudo evitarlo y con lágrimas exclamó:

-¿Y si no quiero mudarme?
-También hay un coach en Oberstdorf que puede hacerse cargo.
-¡Maurizio me conoce bien!
-¡Lo estás arrastrando a tu mediocridad!
-¿Por qué me dices eso, papá?
-Porque tu hermano quiere avanzar y tú no lo dejas desde que lo hiciste regresar de Moscú por tus caprichos.
-¿Cuáles?
-Los de hacerlo tu entrenador a fuerza y obligarlo a aceptar el trabajo en la pista de Venecia.
-Él necesitaba dinero, papá.
-Katarina, tú sabías que tu hermano no tenía mucho talento pero entrenando en Rusia había mejorado y ganaba ¿Qué pasó cuando se quedó contigo? ¿Recuerdas la vergüenza en Salt Lake? Todo eso es culpa tuya.
-Los dos ganamos medallas, papá.
-Tu madre y yo podíamos ayudar a Maurizio. Te pedimos que no te metieras y en cambio, lo presionaste ¿Te hizo feliz verlo fracasar?
-No.
-Estás desacreditando su esfuerzo esta temporada con tus pésimas actuaciones. Déjalo progresar con Carlota Liukin y tú márchate con Orser para ver si logras algo que valga la pena.

Katarina abrazó fuerte su bolsa y se quedó lagrimeando en silencio, aunque a la vista de los clientes del local.

-Me tienes cansada con tus lloriqueos - señaló Cristina Leoncavallo.
-Perdona, mamá.
-Por un momento pensé que habías aprendido a controlarte.
-Lo siento mucho.
-Está bien, supongo que escuchar la verdad pone a cualquiera de nervios.
-No sabía que pensaban eso de nosotros.
-Es lo que creemos de ti, Katarina. Maurizio siempre ha sido un buen hijo pero veo que no ha sido un ejemplo suficiente para ti.

La chica no podía creer lo que su madre le había dicho ¿Maurizio no era suficiente? ¿Cómo era posible si patinaba por influencia de él, lo obedecía en todo momento y seguía gran parte de sus pasos? ¿Nunca se había notado su admiración por los sacrificios de Maurizio ni su felicidad por las medallas que obtenía? ¿Qué había de la emoción porque él había vuelto a casa? Katarina amaba tanto a su hermano, que las palabras de sus padres le dolían mucho.

-¿Cuándo dejas de hacer esta escena? - reprochó Federico Leoncavallo.
-Dame un minuto, papá.
-Katarina, tú crees que tienes las mejores intenciones pero no te das cuenta de que haces cosas malas. Sé que Maurizio puede comprender lo que le hiciste pero a tu madre y a mí nos decepcionaste. Te llevamos a la pista de hielo porque pensamos que te haría bien pero es tiempo de que busques otra cosa. Tienes habilidades pero es muy diferente a poseer talento y nunca lo hemos visto. No sabes interpretar, no puedes bailar, saltas bien pero no puedes girar y verte elegante. No aprendiste nada.
-Trabajo mucho, papá.
-Pero no se te da. Aun eres joven, dedícate a algo más ¿Ese tal Tommy Gunn te ofreció un empleo? Llamó a la casa el martes y te dejó el recado de que desea verte porque tiene una propuesta para ti en una filmación. Si no quieres ir con Orser a Canadá, tal vez en Las Vegas te vaya bien.

Katarina se sorprendió y pensó que sus padres no tenían idea de la clase de hombre que era Tommy Gunn y el tipo de trabajo para el que la quería. Más le desconcertaba que después de pelearse con él en un bar de Nueva York, aun tuviera ganas de encontrarla.

-Lo mejor es que me vaya - atinó a decir.
-Katarina, créeme que pensamos en lo mejor para ti - añadió Cristina Leoncavallo.
-Nunca parece.

La chica se levantó ante la total indiferencia de sus padres y salió de la cafetería para buscar una tienda de pantalones de mezclilla y poder encerrarse en uno de los vestidores con tal de acabar de derramar su tristeza mientras pretextaba que su talla no era tres sino cinco. Aquel truco le había funcionado antes y trabajaría a su favor esta vez.

Katarina Leoncavallo salió un par de horas más tarde del centro comercial y luego de abordar otro taxi hacia Roquebrune, bajó por una peligrosa pendiente de roca y tierra hasta una especie de cueva pequeña que protegía una orilla del mar poco azulada. La "Cala de los pescadores" estaba cerrada al público pero su vigilancia nula y que los turistas no la conocían, la volvieron irresistible y la joven llegó a recostarse enseguida en una enorme piedra plana contra la que el agua chocaba y la salpicaba. Era un sitio fresco y agradable, donde era imposible broncearse y donde se resguardaba un nadador que, al ver su privacidad acabada, optó por marcharse sin saludar siquiera a la involuntaria impertinente. Katarina se disculpó pero era como quedarse callada o no ser vista. Así se quedó sola.

A diferencia de Carlota Liukin u otra protagonista de esta esta historia, la joven Leoncavallo no tenía algún príncipe azul que fuera a su rescate. Nadie se desvivía por ella ni corría a visitarla e incluso, los desconocidos se alejaban sin disimular. Pensó en qué podía haber ocasionado ese rechazo sin buscarlo; desde chica había sufrido por no poder ser querida por los demás y porque otros no tenían tiempo para ella. Recordó a su hermano cuando la dejaba sola en la pista del club Ágora Milano y ese adiós en el aeropuerto porque Maurizio había hallado un futuro en Moscú. También pasó por su mente la despedida de Maragaglio porque abandonaba la enorme casa familiar por un mejor puesto de trabajo en Venecia y cómo aguardaba por sus llamadas y por el cartero para al fin hablar con alguien o recibir algún paquete con chucherías o discos que no le hacían sentir tan sola. Katarina Leoncavallo se dio cuenta entonces de que cuatro años atrás había decidido cambiar Ágora por unas góndolas porque su primo estaría allí, dedicándole tiempo, mimos, abrazos y charlas con chocolate. De repente, el rechazo en esa cabina fotográfica del día anterior cobraba sentido y ella se sintió culpable de haber enfurecido tanto, de ignorar el celular, de irse de París sin avisarle a Maragaglio.

En esa playa, Katarina tuvo la sensación de que se hallaba enamorada del hombre equivocado. Esa comezón había iniciado desde el torneo en Murano pero nunca con la certeza de esa tarde y después de sentarse para mojar sus pies, reflexionó sobre otras cosas que aparentaban confirmarlo: Su inesperado pero intenso deseo por Tommy Gunn; su secreto gusto por Morgan Loussier y su anatomía perfecta, la galanura dulce de Miguel, el ansia y el apetito por Marat... ¿La insospechada atracción que en ella se producía por Maragaglio al verlo reaccionar celoso de Tommy Gunn y del mismo Marat? Su cabeza no paraba de dar vueltas y los recuerdos de haber sido besada con pasión en Nueva York y en la cabina parecían encenderla otra vez.

-¿Qué me está pasando? - se preguntó en voz alta y se introdujo al mar para calmarse pero entre más nadaba, más sentía ahogarse y volvió a la roca para respirar y tomar algún dulce para calmar su mareo. Todo andaba terriblemente consigo misma y la voz interna que parecía ser su consciencia, la molestaba con su "infidelidad" a Maurizio Leoncavallo, reprochándole su poca resistencia a las tentaciones y al desfile de atracciones que le saturaban la cabeza y rompían el monopolio que su hermano había construido por años. Incluso, aquella consciencia le regañaba por sustituir la tortura del reclamo de sus padres por las ganas de pensar en Maragaglio y el significado de lo sucedido en París, así como de haber anhelado el querer aprovechar esa oportunidad de estar con él para cometer la locura de la que tenía antojo.

-¿Qué ocurre conmigo? Mi hermano Maurizio me importa mucho - pronunció al dejar de llorar y luego de contemplar el atardecer monegasco un instante, se marchó con sus lentes puestos. Aun su malestar le recordaba que no había comido bien pero no sucumbió al ansia y recordó que antes de irse de París, había robado las llaves del apartamento de Marat y una identificación con su dirección, decidiendo en el acto que encontraría un edificio cercano al Hotel de París y se metería a husmear. El descontrol era placentero para Katarina Leoncavallo y luego de abordar un tercer taxi para retornar a Montecarlo, se detuvo en una calle llena de flores, paparazzi, joyerías, mensajeros que no descansaban y mayordomos encargados de recibir los envíos y la tintorería de sus patrones, mismos que siempre estaban ausentes de casa. El edificio que ella buscaba presentaba una escena similar y el vigilante estaba ocupado ayudando a uno de los trabajadores, por lo que la chica se coló y apresuró para tomar el ascensor al séptimo piso. El treceavo apartamento estaba solitario y Katarina Leoncavallo se introdujo, asegurando la puerta mientras se llevaba la sorpresa de que el espacio estaba lleno de luz. Un gran ventanal, una chimenea, la enorme alfombra de la sala y varias pinturas daban un aspecto tan limpio, tan masculino. A Marat Safin le gustaban mucho los espacios que parecían listos para recibir a una familia pero la fragancia que se desprendía de cada rincón seducía a Katarina y comprendió que todo estaba impregnado de él.

A un lado de la entrada se veía el correo desordenado y ella lo levantó para curiosear con los remitentes, revisó igualmente el directorio telefónico, una agenda, descubrió varios mensajes en la contestadora e incluso leyó los ejemplares de la revista a la que él se hallaba suscrito, aprendiendo de su afición por la pesca. A Katarina ni siquiera le extrañó que él tuviera algunos artículos de patinaje artístico apartados para leerlos alguna vez pero si le maravilló un hermoso retrato a carboncillo, cercano a la chimenea, que imponía en la decoración y que la llevó a besarlo como si Marat fuera a sentirlo.

-Eres el hombre más hermoso que he visto - confesó Katarina para sí misma antes de percatarse de un pequeño detalle: Carlota Liukin también estaba presente en ese departamento y no de forma sutil. No sólo aparecía en la firma del retrato, también en una foto en la dichosa recaudación de fondos en la que había estado con él, otra en una fiesta de espuma y una especie de collage con ambos en varios sitios de Venecia. Esos momentos se hallaban situados en la mesita de centro, a un lado del ventanal y junto al umbral de la habitación principal.

-Carlota no está contigo como yo podría si me dejaras - suspiró la joven Leoncavallo y eligió ser curiosa en el refrigerador, sin hallar algo más excepcional que un paquete de chocolates y algo de cerveza rusa; acaso unas botellitas de una bebida de uva que los Liukin tomaban a menudo. Katarina sacó los chocolates y degustó un ramen instantáneo sin importarle que fuera un regalo de los fans coreanos de Marat. Él no se daría cuenta.

Después de llenarse el estómago mirando Mónaco desde el ventanal, la chica notó que le atraía el cuarto donde dormía ese hombre. Aun respirando esa esencia varonil, ella atravesó la puerta hacia un refugio verde oscuro, con clóset de madera achocolatada, una alfombra café y una cama grande, firme, con sábanas del mismo color que las paredes. El baño tenía mosaicos verde azules y grifos dorados y Katarina se desnudó para darse una ducha. A Marat le gustaba el agua tibia, algo que se delataba por ser lo que caía de la regadera y ella lo encontró agradable, así como el jabón negro con el aroma a sándalo menos agresivo del mundo. Por alguna razón, eso no borraba la fina fragancia natural de ese chico, mezcla de testosterona con violetas y ella sentía que parte de eso se le quedaba en el cuerpo como si la vistiera una exquisita seda.

Sin recuperarse de esa gratificante experiencia, Katarina secó su desnudez y tomó varias prendas de Marat, colocándolas en la cama sin parar de reír. En la mesita de junto, había otra foto de él con Carlota Liukin en un restaurante de sushi y cualquiera podía percatarse de que era una imagen muy querida, así que Katarina la volteó mientras imaginaba que ella sería quien se tomaría más fotografías con ese hombre en algún futuro y decorarían el apartamento por siempre.

El celular de Katarina Leoncavallo llevaba sonando un rato y luego de revisarlo, al fin respondió. Del otro lado sonaban risas.

-Mauri ¿estás acompañado? Pon el altavoz, quiero saludar - dijo ella con una gran sonrisa.
-"Katy quiere hablar con todos" - anunciaba Maurizio Leoncavallo alegremente y se percibían las voces de Shanetta James y Morgan Loussier, así como algunos otros patinadores.

-Hermanito ¿hay algo que quieras decirme? - preguntó Katarina con un tono de voz engreído pero expectante. Él se rió un poco.

-"Tenemos mucho trabajo, Carlota patina hoy pero hubo junta de entrenadores y no pude estar en las prácticas oficiales con los chicos".
-¿Hablaste con otros coaches, Mauri?
-"Es necesario, Katy".
-¿Con Orser?
-"A él lo vi en NHK".
-¿Hablaron de mí?.... ¡No quites el altavoz!
-"Katy..."
-¡Sé de tu plan para que me vaya de Venecia, maldita rata!
-"¿De qué hablas?"
-¡Mis padres me contaron todo! ¡Quieres deshacerte de mí cuando acabe la temporada y negociaste mi mudanza a Canadá!
-"Katy no creas...."
-¡Piérdete, desgraciado traidor!

Katarina apagó el celular enseguida y una sonora carcajada la dominó los siguientes minutos, permitiéndose recordar que continuaba desnuda y la ropa de Marat sobre el colchón era tentadora de sentir. Pasó algo de tiempo antes de abandonar su ánimo divertido y besó las almohadas, las camisas y las sábanas, como si una persona estuviera ahí.

Katarina Leoncavallo pasó el ocaso y parte de la noche frotando cada tela en su piel, imaginando las manos, los besos, el cuerpo de Marat amándola, quemándola, embriagándola con su esencia. Y es que la pasión sexual, una fuerza tan reprimida en el corazón de esta mujer, amenazaba con reventar, con expandirse, con lascerar. Estaba a punto de ebullición. Esa pasión, aunada a las eternas tristeza, desamor y soledad de su alma, ocasionaba la desesperación de Katarina Leoncavallo por ser correspondida, amada, protegida y deseada; por ser lo más importante del mundo para alguien. Y en esa cama y con esa ropa deslizándose por su silueta, Marat Safin se convertía en el sueño fugaz, en su hombre.

lunes, 10 de junio de 2019

El Trofeo Bompard (cuarta parte)


Palais Omnisports de Bércy. Jueves, 14 de noviembre de 2002.

-"Mira, Susana, que el público está muy entusiasmado. Están agitando sus mantas, gritan... Esto se va a caer" - Anunciaba la presentadora Paloma del Río por televisión mientras Carlota Liukin escuchaba las indicaciones de Maurizio Leoncavallo en el borde de la pista. En Bércy había iniciado la prueba femenil del Trofeo Bompard.

-"Cerrando el primer grupo de la competición, con catorce años de edad y representando a los locales está la campeona europea junior de 2002, Carlota Liukin" - continuaba la comentarista Susana Palés, poco antes de que el auditorio estallara gritando "allez, allez!" cuando se hizo la presentación de la chica.

-"Esto es impresionante, Susana. Hay una expectativa como pocas veces por una atleta aquí en Francia; Carlota Liukin estuvo hace poco compitiendo en la Copa de Murano donde obtuvo un metal dorado inesperado.
-Mira a Maurizio.
-Me sorprende ver Bércy lleno este año. Carlota cuenta con Maurizio Leoncavallo que es un grandísimo entrenador y patinador y los dos han tenido una semana de medios de locura.
-Paloma, qué bueno que lo señalas, esperemos que no les afecte la presión y que no haya cansancio porque no han parado de dar entrevistas".

Carlota sonreía de nervios desde la pista y aunque a la distancia veía a su amiga Amy al lado de Maragaglio, se persignó poco antes de colocarse en posición, con la vista en el hielo. La gran bandera en la que se leía "Carlota est la plus belle du monde" quedaba justo detrás de ella en las tomas de la cámara.

-"Veremos qué le depara a esta pequeña patinadora...
-Es que Susana, mira el nerviosismo... Ataque de risa en el público porque la música no inicia, están revisando el problema. Carlota regresa con el entrenador a recibir un abrazo.
-Parece que ya está arreglado y de nuevo hacen la presentación.
-Representando a Francia, con catorce años, campeona europea junior de 2002 y debutando en el circuito grande del Grand Prix en este Trofeo Bompard: Carlota Liukin".

En el auditorio se hizo el silencio cuando el anunciador de Bércy así lo pidió y la chica regresó a su posición.

-"Al fin inicia este ejercicio y el público emocionadísimo... Primer combo ¡triple lutz con triple toe!
-¡Qué manera de iniciar, Paloma!"

La audiencia había rugido entusiasta y las palmas eran interminables.

-"Excelente butterfly camel combinado con una posición donut.... ¡La coreografía es muy bonita! - continuaba narrando Del Río.
-Bastante segura en el doble axel y aterriza un triple flip muy veloz.
-Susana, mira los spins. Qué hermoso layback con biellman y los sit spins con la posición en I para concluir apuntando al cielo... ¡Sí señora! ¡Qué maravilla de programa!"

El auditorio estaba de pie y el ruido era tal que Carlota Liukin pensó que se aturdiría de un momento a otro.

-"Con un hambre de triunfo como pocos, Paloma.
-El público está....
-No había visto a los franceses gritar tanto desde Surya Bonaly.
-Se han enamorado de Carlota Liukin. No hay revista, programa o periódico, Susana, en donde no encuentres una nota o una fotografía de ella.
-Es delirante. Esta mañana los diarios de Francia le han dado la primera plana, entre ellos algunos de circulación nacional importantísimos como Le Monde o Le Figaro y en L'Equipe han sacado una imagen maravillosa de Carlota haciendo un spiral.
-A nivel técnico ella ha ejecutado un programa muy dificil. Los jueces están un poco sorprendidos, es lo que se alcanza a ver.
-Maurizio Leoncavallo declaró, me parece que antier, que ella se adaptó muy rápido al Venezia Skating Club y al método de entrenamiento.
-Susana, hay que recordar que Maurizio también es coach de su hermana Katarina y ambos han tenido resultados de aplauso".

Mientras los voluntarios recogían cada obsequio y la lluvia de flores no se detenía, Carlota Liukin aparecía en la transmisión dándole un fuerte abrazo a su amiga Amy, misma que parecía más contenta que Bércy entero.

-¡Te salió hermoso! - exclamaba la niña antes de permitir que Maurizio Leoncavallo dijera "¡excelente!" y recibiera un beso en la mejilla. Aun así, era llamativo que Carlota fuera un poco más afectuosa con Maragaglio, que la felicitaba con el desconcierto de que una sola rutina de la joven Liukin le agradara más que todo lo que su prima Katarina había patinado antes. Era una involuntaria comparación.

-"La calidad de los giros, la correcta rotación de la combinación lutz-toe, el axel fue de manual; la única duda es el filo del flip que creo que no fue el correcto pero tiene una coreografía dinámica, acorde el concepto a la edad de Carlota, la flexibilidad es de dejar boquiabierto al público. Paloma ¿qué puedo decir? Ha sido una actuación a la altura de las expectativas de hoy. Falta ver al segundo grupo y a Irina Astrovskaya pero creo que Carlota Liukin se quedará con alguno de los cuatro primeros lugares.
-La reacción de Maurizio ha sido contenida.
-Se le nota satisfecho.
-Y no han podido evitar captar a Marat Safin y algunas otras celebridades que se han dado cita aquí en Bércy. Gèrard Depardieu también ha sido efusivo... Viendo rápido los protocolos, las notas de presentación son excepcionales".

Maurizio Leoncavallo cedía los lugares en un sillón de terciopelo azul marino a Carlota y Amy mientras Maragaglio se recargaba detrás como si él fuera el entrenador y hablaba sobre cómo lo había tomado por sorpresa la combinación de saltos.

-Creí que ibas a hacer toe con toe.
-He practicado con lutz.
-Tenías el filo correcto, Carlota.
-¿En serio? ¿Cómo pudiste verlo?... Perdón, Maragaglio.
-Fingiré que no lo mencionaste.
-Discúlpame.
-Me sorprende mucho que interpretes a una niña gondolera, Carlota.
-¿Por qué todos creen eso?
-¿Tu tema no son las góndolas?
-No.

Carlota y Maragaglio se sonrieron mutuamente y luego voltearon hacia Maurizio Leoncavallo, quien parecía no querer conocer las notas de los jueces y por no perder la costumbre, prestaba su atención un instante a las cámaras y hacía ese ademán con su mano derecha, como torciéndola en saludo para nadie sabía quien, aunque insistiera en que era para la familia.

-"Las calificaciones se han retrasado" - notaba Susana Palés.
-"Estos segundos de más a veces significan malas noticias pero no han variado las notas de presentación que me van apareciendo en el monitor. Vamos a ver una evaluación interesante" - sentenciaba Paloma del Río y el suspenso en Bércy llegó a un punto máximo, ocasionando que Carlota Liukin se sonrojara.

-"Aquí vemos calificaciones en el mérito técnico que son de 5.8 unánime y las de presentación con 5.8 y un par de 5.9, así que Carlota Liukin se va a la primera posición.
-El alivio de Maurizio es fantástico.
-La ha pasado mal esperando esto, Susana. Enhorabuena para él y bueno, Carlota ha estado excelente. Siento las notas un poquitín altas pero en general fue un programa corto muy bueno".

Los abrazos entre Carlota, Maurizio y Amy delataban una gran sorpresa y el auditorio no ocultaba su algarabía a pesar de que el sonido local anunciara una pequeña pausa para que el zamboni preparara el hielo para el siguiente grupo de competidoras. En la transmisión alcanzó a verse como la joven Liukin enviaba saludos a sus amigos, con quienes se reuniría en las gradas de todas formas, así como la manera en que estrechaba a Maragaglio, ocasionando que las narradoras creyeran que se trataba de su padre.

En los pasillos de Bércy, los reporteros aguardaban por las primeras declaraciones y se topaban con Romain Haguenauer, que apretó fuertemente a Carlota Liukin para felicitarla.

-¡Bellísimo, Carlota!
-Merci beacoup!
-A cambiarte de ropa. Prohibido detenerse con los medios.
-¿Orden del jefe?
-Va para todos.

La chica entendió y aunque saludó con un cortés "bonsoir", pasó de largo, no sin sentirse un poco culpable.

-Los atiende luego - aseguró Maragaglio y la escoltó hacia el vestidor, de donde salían otras contendientes que la felicitaban e Irina Astrovskaya, que se detenía amigablemente.

-¡Me da gusto verte, Carlota!
-¡Hola!
-Haces falta en Tell no Tales.
-¿En serio?
-¿Cuándo regresas?
-Estoy en Venecia.
-¿Has visto a Tamara?
-Sí.
-¿Podrías desearle buena suerte? Dime que entrena contigo.
-No, ahora tengo un nuevo coach.
-Qué bien. Dile que nos vemos en el Campeonato de Europa y que le voy a ganar.
-¿Tú, qué?
-Carlota ¿no te sientes feliz de que ella ha vuelto a competir?

La joven Liukin se desconcertó, quizás pensando en que la misma Tamara había dicho más de una vez que sus rodillas le impedían saltar y que su juicio pendiente por doping acabaría con su carrera.

-Suerte - le respondió a Irina y se introdujo al vestidor, intrigada por la noticia recibida. A lo mejor era una broma pero ¿qué ganaría Irina Astrovskaya informándole? ¿Por qué Tamara no le había dicho? ¿La federación francesa lo sabía? Mientras cambiaba su vestido de rayas por un crop top mostaza, falda y suéter negros y sus patines por unas zapatillas también negras, se preguntó si Maurizio también se había enterado y si Haguenauer había evitado avisarle. No era posible que Carlota Liukin conociera de esa manera algo tan importante pero si era verdad ¿qué pasaría de ahora en adelante? ¿Podría conversar al respecto con Tamara?

Otras chicas a su alrededor comentaban sus fallas durante las rutinas y algunas aprovechaban para tomarse fotografías al preguntarse si volverían a invitarlas a una etapa del serial Grand Prix. Carlota procuraba observarlas para reconocerlas si coincidían nuevamente en un torneo o en una sesión de entrenamiento y ellas le solicitaban autógrafos o la felicitaban por las altas notas del jurado. Pocas le preguntaban sobre la sensación de sentir la admiración del público o de poner de pie a la multitud.

-¿Es cierto que Katarina Leoncavallo se enojó contigo? - curioseó una joven voluntaria que se había colado.
-Para nada - respondió Carlota.
-Dicen que en Skate America se quejaba mucho de ti.
-Ha estado muy cansada porque entrena mucho pero no hay problema.
-Es que dicen que ahora eres la alumna favorita de su hermano.
-¿Quién inventa esas cosas?

Como Carlota fingiera reír, nadie siguió hablando de los rumores, aunque desearan saber si algo era cierto. Los Leoncavallo tenían un topo pero nadie había descubierto quien era y en la competencia de parejas por la mañana se había comentado más sobre la tensa relación entre Morgan Loussier y Maurizio Leoncavallo.

-Iré con mi coach ¡las veré luego! - anunció la chica Liukin y tomó su maleta para regresar a la zona mixta y ser recibida por su amiga Amy de nueva cuenta. El momento se transmitía en vivo y ambas caminaron hacia las gradas al mismo tiempo que el staff parecía felicitarlas y las "flower girls" recibían algunos autógrafos sin poder creer que Carlota Liukin, "la reine de France" como le apodaban, estaba a escasos centímetros y podían hablarle como a cualquier otra persona.

-Carlota, ven acá - dijo Maurizio Leoncavallo y las cámaras los siguieron por Bércy hasta sus asientos mientras el público estallaba y Anton y David, amigos de la joven, arrojaban serpentinas y le colocaban un gorro de arlequín.

-Cada día patinas más hermoso - felicitaba Judy Becaud.
-Gracias.
-Ay, Carlota ¡tu padre estará muy feliz por ti!

El grupo parecía calmarse pero Marat Safin regresaba a su lugar y Carlota Liukin lo abrazó para después situarse junto a él y recibir un "¡wow!" como halago. La prensa podía confirmarlo: ¡Ella estaba enamorada de su lindo tenista!

-Fue mucho festejo, es hora de ver el resto del show - indicó un también sonriente Maragaglio y Maurizio Leoncavallo le puso a Carlota en la cara el papel con sus protocolos. Ella respondería devolviéndole el gesto con una carcajada.

-Logramos dos notas de 5.9 en presentación. No es nuestra mejor evaluación de la temporada.
-Lo sé, Maurizio.
-Pero este es un evento A y las calificaciones son más confiables. No hubo ningún 5.7 y eso es muy bueno. El combo fue espectacular y el axel me gustó. Sigues mal con el flip.
-¿Mucho?
-Carlota, ese filo no anda bien.
-¿Sesiones extra?
-Te voy a exigir más. En la práctica te salió precioso y le ganaste a Katarina cuando les puse el reto ¿qué está pasando en el hielo?
-No sé.
-¿Insegura?
-Ni que fuera un salchow.
-Jajaja, en eso tienes razón. Igual voy a hacer que te esfuerces.
-No me vuelvas a tapar la cara.
-Nunca.
-¿Por qué lo hiciste?
-Así juegas con tus hermanos en Venecia.
-Es verdad ¿Tú no juegas con Katy?
-Si le hiciera algo a mi hermana, acabo muerto.
-Dicen muchas cosas sobre nosotros, Maurizio.
-¿Cómo qué?
-Que Katarina está molesta porque soy tu favorita.
-Qué tontería.
-Por cierto ¿la has visto?
-Dijo que vendría.
-¿No te preocupa?
-Carlota, tenemos trabajo.

La evasiva de Maurizio llamó la atención de Maragaglio pero no pronunció palabra y permitió que los asistentes cercanos solicitaran firmas en sus fotografías, peluches, mantas, mochilas y lo que tuvieran a la mano. Nada amenazante se había detectado en los filtros de seguridad y los agentes de la policía francesa realmente podían darse el lujo de disfrutar el torneo. El segundo grupo de competidoras daba inicio con una encantadora actuación de Alisa Drei y su felicidad por al fin concretar notas competitivas luego de una mala experiencia en Skate Canada. El público reaccionaría con algarabía cada que se anunciara que Carlota Liukin continuaba con el liderato y constantemente la captarían charlando, compartiendo un chocolate caliente o recibiendo algún regalo con Marat Safin, mismo que no le daba importancia a los curiosos, acaparando la atención de la jovencita, sin parar de reír.

-"Las posiciones hasta el momento van así: Carlota Liukin va primera, seguida por Joannie Rochette de Canadá y la finesa Alisa Drei pero la patinadora que viene es una estrella" - resaltaba Paloma del Río en la transmisión televisiva, sin ocultar su gran emoción. Era el debut en la temporada de Irina Astrovskaya y varios asistentes le manifestaban su apoyo con cornetas y banderas medianas. Alguien lanzaba confeti para demostrar que su patinadora favorita estaba por competir, al mismo tiempo que Maragaglio parecía desesperado porque no le respondían una llamada. Como Carlota se hallaba delante de él, la audiencia volteó a verlo con curiosidad.

-¿Todo bien? - curioseó Maurizio Leoncavallo.
-Katarina apagó el celular.
-Maragaglio, déjala en paz.
-¡No aparece desde ayer!

Carlota Liukin y sus amigos fingieron no escuchar y Judy Becaud respiró hondo al instante de girarse hacia ellos y revelarles en voz baja:

-Katarina recogió sus cosas anoche y se fue.
-¿Qué dices? - se sorprendió Carlota.
-La vi llorando y me avisó que regresaba a Venecia con Miguel.
-¿Por qué?
-Gritó que su primo Maragaglio era un idiota.
-Deberías decirle a Maurizio.
-Sabe que Katarina se marchó.
-¿Entonces?
-Fui muy bocona.
-¡Judy!

La joven Liukin miró a Maragaglio con un poco de confusión y Marat confesó que no entendía lo que ocurría. Era tan complicado de creer, tan ilógico. Katarina nunca había demostrado impulsos de ese tipo y era tan evidente su apego a su hermano, Maurizio Leoncavallo, que más bien sospechaban que algo andaba mal, aunque no lo deseaban.

-Maurizio le dijo a Katarina que su premio era venir a París - recordó Carlota.
-No le pregunté qué tenía. Se veía tan triste... - concluyó Judy Becaud y ambas se encogieron de hombros para después prestarle su atención a Irina Astrovskaya. Bércy se quedaba en tenso silencio y en la zona técnica, los incontables regalos de la joven Liukin comenzaban a estorbar el paso.

-"¡Inicia Astrovskaya con un sorprendente combo triple lutz - doble loop! - se emocionaba Paloma del Río y Maurizio Leoncavallo se inclinaba un poco para apreciar los detalles con más precisión.

-"¡La altura de ese doble axel es increíble, Paloma!.. El triple flip es exquisito" - continuaba Susana Palés sin ocultar su sorpresa por la combinación de una pirueta camel con donut y luego un half biellman veloz. La secuencia de spirals volvía el programa corto de Astrovskaya algo hermoso de ver pero la secuencia de pasos en un sólo pie maravillaba al público y su último spin, con dos biellman de gran técnica, provocó una cálida ronda de aplausos en Bércy. 

-"El programa es un pelín más complicado que el de Carlota Liukin en cuestión de saltos pero las piruetas de Astrovskaya son hermosísimas, Susana.
-El doble loop en el combo está ligeramente falto de rotación y el flip quedó excelente. El doble axel lo hace con mucha ligereza... En los elementos de presentación todo le ha salido perfecto. La sincronía con la música es bastante buena.
-Astrovskaya ha trabajado bastante con Sergei Petukhov en San Petersburgo y en Tell no Tales con Zhana Gromova para perfeccionar su lado artístico luego de que tomara la decisión de no tener vacaciones después del mundial y los juegos olímpicos en donde ganó la medalla de plata.
-¿Liukin o Astrovskaya? ¿Con quién te quedas Paloma?
-Complicado porque la técnica de Liukin es muy buena y ella es muy artística pero Astrovskaya ha estado sensacional y he disfrutado bastante más su programa corto.
-Estamos de acuerdo, Paloma".

El sonido local anunciaba que las calificaciones de Irina Astrovskaya estaban listas y pronto, en un gran tablero se pudo apreciar cómo los jueces la colocaban en el primer lugar y el contrariado público aplaudía calurosamente.

-"La diferencia entre Carlota Liukin e Irina Astrovskaya se ha dado en las notas artísticas. Dos 5.9 para Carlota; Astrovskaya concretó cuatro" - informaba Paloma del Río al teleauditorio mientras revisaba un poco los protocolos.

-"Los jueces se han inclinado por la presentación de Astrovskaya y revisando, le han destacado la secuencia de pasos en un solo pie y lo que decíamos de las piruetas que han sido sensacionales" - concluía Susana Palés.
"El filo del flip de Carlota Liukin no fue el adecuado y eso le afectó un poquitín la nota técnica. El programa corto termina de esta forma: Primera plaza de Irina Astrovskaya, segunda posición de Carlota Liukin, la tercera es de Joannie Rochette de Canadá, cuarta Alisa Drei y quinta Sarah Meier de Suiza" - añadía Del Río al mismo tiempo que en la transmisión se apreciaba como Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo revisaban papeles. No era difícil de suponer que el resultado los tenía satisfechos y que, de hecho, estaban muy felices por Irina Astrovskaya.

-¿Qué se siente competir con tu ídolo, Carlota? - preguntaba Maurizio?
-No lo sé ¡yo quiero que gane!
-¿Pero también deseas vencerla?
-Sí ¡Sería como ganar el campeonato mundial! - confesaba ella, alzando los brazos. Para los asistentes era muy gracioso pero ella estaba pensando ya en el programa libre y en lo que podía hacer para tratar de ganar. Maurizio Leoncavallo recalcaba el error en un salto pero le sorprendía que la audiencia pensara que la joven Liukin debía estar colocada como líder.

-Ese flip te bajó un poco las calificaciones - continuó él.
-Perdón.
-No estoy de acuerdo con nuestras notas. Astrovskaya hizo una step sequence en un pie y nosotros presentamos en dos ¿cuál crees que puntuaron más alto?
-¿La de ella?
-Realizó un mejor axel, su flip estuvo bien rotado y de no ser por su combo lutz-loop, tendrías mucho que hacer para mañana, Carlota.
-¿De plano?
-Te sobrepuntuaron.
-¿Tú crees, Maurizio?
-Para mí era 5.7 en técnica y no te habría dado algún 5.9... No son malas calificaciones e igualmente estarías en segundo lugar pero ese flip no te ayuda.
-Tampoco el programa ¿verdad?
-Para el nivel junior es fantástico.
-Quería usar nuestra rutina nueva.
-En Helsinki.
-¿Es un trato?
-Me llamaron del taller Bassani esta mañana. Estrenarás vestido, señorita.

Carlota Liukin se puso muy contenta y luego de levantar sus cosas, decidió bajar a la zona técnica para asistir a la conferencia de prensa y a la ceremonia de pequeñas preseas para recibir la suya por su buen desempeño. El público se despidió de ella con una gran ovación y las flower girls le pedían abrazos mientras el personal de seguridad intentaba escoltarla al área de medios. Los organizadores deseaban que la joven iniciara la ronda de preguntas y respuestas pero Maurizio Leoncavallo optó por esperar a Irina Astrovskaya y a Joannie Rochette para evitar malentendidos o acaparamientos. En el centro de una gran mesa, alguien había colocado un modesto arreglo floral y los cintillos con los nombres de las entrevistadas estaban en desorden. Carlota estaría en medio y las sillas de sus rivales guardaban distancia.

-Liukin, si hablas de tu vida personal, tendremos problemas - avisó Romain Haguenauer cuando logró alcanzarla en la antesala.

-Nada de Joubert, lo prometo - aseguró la chica, levantando su mano derecha como si fuera a atestiguar en un juicio. Poco después, Joannie Rochette se aproximó y algún fotógrafo con suerte, capturó el espontáneo abrazo entre Astrovskaya y Liukin cuando se reunieron en ese pasillo y entraron juntas, no sin cederle el paso a Rochette y felicitarla por su tercera plaza.

En la sala de prensa, hubo una ronda de aplausos. Carlota Liukin trataba de ignorarla un poco al buscar su asiento y disimuladamente cambió su sitio asignado por uno en el lado izquierdo de la mesa y le sugeriría a Joannie Rochette acercar sus sillas de madera mientras dejaban a Astrovskaya en el centro.

-Buenas noches - saludó Rochette y a cambio, recibía la indiferencia de los reporteros y los fotógrafos. Carlota Liukin sentía que iban a deslumbrarla y la primera pregunta fue para ella.

-"Bonsoir, mademoiselle Liukin. Por la revista Paris Match ¿Que sientes de estar de vuelta en la ciudad?"
-¿Yo?... Buenas noches a todos, sólo puedo decir que me siento bien.
-"Te hemos visto recorriendo la ciudad".
-Me he divertido mucho con mis amigos y estoy contenta de verlos.
-"¿Qué se siente patinar en casa?"
-¡Adoro al público! Soy feliz si ellos son felices y ver tantas banderas y mantas no era algo que esperaba. Se los agradezco mucho.
-"Aquí, por el diario L'Equipe: Primero como parte del público y ahora como participante ¿Bércy te ha parecido un buen lugar para competir?"
-Disfruto mucho estar entrenando pero todavía no puedo creer que el domingo terminó el tenis y el martes ya estaba en la pista. El staff es increíble - afirmó Carlota.
-"Además de tu rutina ¿qué otros programas te han gustado hoy?"
-El de Irina es grandioso ¿Cómo hiciste el doble biellman? - curioseó la joven mientras miraba a su colega e Irina Astrovskaya tomó la palabra.

-He practicado mucho, Carlota. De todas formas, no me resulta fácil pero podrías intentarlo.

La joven Liukin seguía incrédula de tener a Astrovskaya cerca.

-"Carlota ¿piensas vencerla?" - inquirió alguien y ella escogió no responder. Como nadie quería hacerse del micrófono, Joannie Rochette aprovechó para declarar que estaba contenta por el ambiente y las atenciones en la ciudad y por algunos detalles en su programa corto que trataría de mejorar. Carlota fingía escuchar mientras se daba cuenta de que el arreglo de rosas rojas tenía una tarjeta e Irina Astrovskaya se la entregó, ocasionando que la prensa intentara saber sobre ello.

-"Carlota ¿las flores son para ti?" - inquirió alguien.
-Son para las tres - respondió ella.
-"¿Recibes muchos regalos?"
-Me han dado varios.
-"¿Alguno es de Joubert Bessette?" - intervino una reportera de la revista Ok!
-No he visto las tarjetas pero son de mis fans.
-"Joubert comentó que le da gusto verte en el torneo".
-Es algo lindo de su parte.
-"Por parte de la revista Gossip: ¿Has tenido contacto con Joubert Bessette? Se habló mucho de tu ausencia cuando él despertó del coma, Carlota".

A la distancia, Maragaglio y Maurizio no podían concebir tal cuestionamiento y Romain Haguenauer miraba hacia una salida lateral, sin ocultar su molestia. Al lado de ellos, Paloma del Río y Susana Palés estaban igual de desconcertadas.

-Mi padre encontró una escuela en Italia que me permite entrenar y luego conocimos a Maurizio Leoncavallo, por eso fue la mudanza. No dejé de estar al pendiente de la salud de Joubert pero mi padre tomó una decisión - replicó la joven Liukin.
-"¿Tu padre te obligó a separarte de Joubert?" -  preguntó maliciosamente alguien más.
-No.
-"¿Es cierto que iniciaste un noviazgo con Marat Safin mientras Joubert estaba en coma?"
-¡Claro que no! ¡A Marat lo conocí por una recaudación en Mónaco!
-"¿Pero son novios?"

Los directivos de la federación y otros patinadores que habían acudido a la conferencia, solamente esperaban una declaración más para que todo el torneo se volviera un circo y Haguenauer, desesperado clamó:

-¿Nadie puede arreglar esto? ¿A quién se le ocurrió meter a estos medios?

Y Paloma del Río, misma que no podía concebir la incompetencia de varios de sus colegas, se animó a tomar la palabra.

-Buenas noches, habla Paloma del Río de Televisión Española. Mi pregunta es la siguiente: Carlota ¿Cómo es el proceso de adaptación entre INSEP y Venecia cuando se cambia un coach con la temporada en curso?

-Muchas gracias - suspiró Haguenauer y Carlota Liukin sonrió nerviosa.

-Ha sido más sencillo de lo planeado. En INSEP compartía la pista con otros estudiantes y en Venecia no es así. Mi coach y yo trabajamos en los detalles más tiempo y siempre hablamos de qué podemos mejorar. Maurizio insiste mucho cuando cree que un elemento necesita más atención pero no hemos tenido dificultades para entendernos. Respetamos nuestros horarios, planeamos nuestras competencias y él me apoya bastante.
-¿Cuál es la diferencia en el método de entrenamiento? Con Tamara Didier, Romain Haguenauer y Maurizio Leoncavallo has mostrado cambios de estilo muy interesantes. Pienso en el programa libre de "Swan Lake" en enero - prosiguió del Río.
-Tamara es muy estricta y le gusta que las cosas funcionen rápido. Me ayudó porque aprendí a prestar atención y a concentrarme; ella es muy directa y si algo no le gusta, se nota en su cara... ¡Romain es muy nervioso! Busca que la música empate con todos los elementos; cuando monta un programa consulta a muchas personas y cambia de repente el orden de la coreografía hasta que se convence de que la rutina está bien hecha. Maurizio es más tranquilo pero muy meticuloso. Él hace que los entrenamientos sean divertidos y es observador, también es muy creativo y confía en sus estudiantes. En la Copa de Murano me dijo que si podía hacer combinaciones de saltos triples con triples las hiciera y con Katarina y los demás es muy entusiasta. Todos los días está en la pista ayudándonos y me ha parecido un gran coach en el tiempo que hemos estado preparando nuestros torneos.

La afortunada respuesta larga de Carlota Liukin dio tiempo a algunos periodistas de patinaje de prepararse para ser quiénes llevaran la conferencia a buen puerto e Irina Astrovskaya y Joannie Rochette pudieron dar sus impresiones sobre Bércy, la competencia y la convivencia con otras participantes de Bompard. La entrega de las pequeñas medallas a las líderes del programa corto se llevó a cabo sin contratiempos y los fotógrafos tomaron placas hasta el cansancio.

-Liukin, ven acá - ordenó Romain Haguenauer cuando consideró que la prensa había tenido suficiente. Maurizio Leoncavallo tomó a la joven del brazo y al abandonar la sala a toda prisa, se toparon con más cámaras y admiradores, obsequios, gritos y los amigos de Carlota, que se reían por tanto alboroto. En la salida al estacionamiento apenas había espacio para caminar y el vehículo del grupo estaba rodeado.

-Carlota, métete enseguida y hablamos - ordenó Maragaglio y la chica obedeció mientras se preguntaba cómo saldrían de ahí. Poco después, notó que sus acompañantes se dirigían a otro coche y Maragaglio aguardaría a que les abrieran el paso todo el tiempo que fuera necesario.

-¿Qué pasa? - consultó ella.
-Tú dime.
-Maragaglio ¿estoy castigada?
-Es tu dispositivo de seguridad trabajando.
-¿Qué?
-Sergei Trankov y tú se verán el sábado. Habla o te haré cantar.
-¿De qué...?
-Intervine tu celular.
-¡Imbécil!
-Te habías tardado en admitirlo. Tendré que arrestar a tu padre y a Miguel por cubrirte. Tu hermano Andreas irá a la correccional, por cierto.
-¿Qué treta es ésta?
-¿Me entregas a Trankov o detengo a tu familia en Venecia?

Carlota se quedó callada mientras su mente trabajaba en algo y se le ocurría un "hay que negarlo todo" mientras la multitud continuaba alrededor.

-¿Esto es por Katarina? - improvisó.
-¿Qué tiene que ver? - rió Maragaglio.
-¡Todo lo que dices es mentira! Te desquitas conmigo porque tu prima no te contesta y tampoco aparece.
-Lo que digas.
-¡Tú eres el que no ha soltado el teléfono!.. ¡Y si fueras el mejor agente secreto del mundo, Trankov ya habría sido ejecutado en Cobbs!
-¿Quién te dijo que terminará en Cobbs?
-Eso es algo que en Tell no Tales se sabe. A mí no me impresionas con tus amenazas, Maragaglio.
-¡Carlota Liukin..!
-¡El sábado saldré con Marat a cenar! ¿Era lo que querías oír?
-Óyeme bien, niña: Vas a llevarme con Trankov o tendré que tomar acciones que te van a doler.
-Qué miedo.
-No te burles.
-¿Esto es porque no te agrada Miguel?
-Liukin, no juegues con el Gobierno Mundial.
-¡Tú no te metas con nosotros!
-Por favor.
-¡Tu prima se fue a ver a mi hermano! ¿Era todo?
-¿Katarina hizo qué?
-¿Ves? ¡Me tienes harta! ¡No conozco a Trankov y si odias a Miguel, díselo a él y luego nos dejas a todos en paz!

Maragaglio sintió como su ánimo se venía abajo. Había hecho lo del celular para resolver su caso contra Trankov y a cambio, había recibido el chasco de Katarina yendo a los brazos de Miguel Ángel Louvier. Aunque estaba seguro de que Carlota Liukin acababa de confesar al llamarlo "imbécil", no pudo evitar llenarse de celos y también de ira.

-¿Cuándo se fue?
-Ayer.
-Carlota ¿por qué no me contaste?
-Porque no me había enterado.
-¿Quién sí? ¿Maurizio?
-Me pasé de bocazas.
-¿Ella dijo por qué se marchó?
-¿Qué le hiciste?
-No, no, no...
-Maragaglio ¿estás bien?

Él encendió enseguida el coche y luego de hacer la seña de que iniciaría la marcha, el gentío se fue apartando, no sin intentar saludar a Carlota.

-¿Quieres café? - consultó Maragaglio.
-Un chocolate estaría mejor.
-Vamos a conversar, te aviso.
-No sé para qué.
-Carlota, vas a decirme todo lo que sepas de Miguel.
-¿Qué tienes en su contra?
-No hay papeles sobre él.
-Los mandó pedir de España.
-¿Desde cuándo lo conoces?
-Septiembre.
-¿Sabías que estuvo involucrado en el robo de un envío de la joyería Spiegealare?
-Le contó a papá.
-¿Te dijo por qué sale con Katarina?
-Ella le gusta mucho.
-Claro.
-¿Qué quieres, Maragaglio?
-Entregas a Trakov y tu hermano queda libre o sacrificas a Miguel y dejo a Trankov impune un tiempo más.
-¿Perdona?
-¿Crees que no sé quien mandó las flores a la conferencia de prensa?
-No es verdad.
-Decidiste cantar ¿Por qué los Liukin hacen drama por todo?
-¿Qué vas a hacer?

Carlota quiso escapar del coche cuando Maragaglio logró incorporarse al Boulevard Bércy pero recibió un mensaje en ese instante y aunque iba a pedir auxilio, pronto se dio cuenta de que él parecía desconcentrarse y buscaba un sitio donde parar. El celular de Maragaglio no dejaba de sonar.

-¡Baja ahora! - gritó el hombre en el estacionamiento cercano al Pont des Arts y aunque la asustada Carlota anhelaba correr, él también descendió con furia.

-¿Desde cuándo Trankov te manda regalos? - interrogó Maragaglio.
-Nunca ha pasado.
-¡Mientes!
-Llévame con Judy.
-El arreglo llegó antes de la competencia y yo mismo lo revisé. Quería ver tu reacción cuando leyeras la tarjeta y la guardaste ¡Siempre supe que conocías a Sergei Trankov! Esas tardes en los cerezos de Tell no Tales eran sospechosas.
-¿Cómo sabes de los cerezos?
-Ay, Carlota, ¿crees que nadie se enteraba de sus encuentros?
-No es cierto.
-Averigüé inclusive sobre un desfile navideño el año pasado y esta mañana llegó a mis manos la foto que te tomaron con Sergei Trankov porque ustedes eran la "presentadora" y el "mozo".
-¿Quién te la dio?
-¿Conoces a Lleyton Eckhart?
-No.
-¿Trankov o Miguel? Decide.
-¿Por qué molestas a mi hermano?
-Tráfico de joyas.
-¿Alguien más sabe que interveniste mi teléfono?
-Sólo Stendhal Trafalgar... ¿Es tu amigo, cierto?
-¿Está aquí? ¿Por eso me trajiste?
-¿Indecisa?
-Oye idiota, déjala - pronunció una voz. Carlota Liukin se llenó de angustia y su rostro pasó de temeroso a aterrado.

-Almitante Trafalgar, gusto en verlo - saludó Maragaglio con cierta ironía pero el otro sacó su arma y disparó sin la mínima contemplación. Carlota Liukin respiraba adolorida en el suelo y escuchó nuevos tiros. Era Maragaglio defendiéndose y para sorpresa suya, Sergei Trankov tampoco dudaba en atacar a Stendhal.

-¡Llévate a Carlota! - gritaba Sergei y Maragaglio la cubrió hasta salir de nuevo a la calle y correr en Pont des Arts.

-Estás herido - pronunció Carlota.
-¿El almirante me disparó?
-¿Qué fue eso?
-Trafalgar me encargó llevarte ahí.
-¿Cómo pudiste hacerlo?
-¡Te preparamos un interrogatorio!
-Maragaglio ¡vete al infierno!
-Se supone que hoy capturaríamos a Sergei Trankov.
-¡Trafalgar te quiso matar!
-¿Estás bien?

Carlota se recargó en el puente, advirtiendo apenas que el candado de corazón que había colgado junto a Marat el lunes, le lastimaba la cabeza.

-Te curaré los nudillos.
-¿No te hirió, niña?

Carlota nunca supo cómo tuvo la fuerza de golpear el rostro de Maragaglio, mismo que en vez de molestarse, la miró con asombro mientras un singular brillo se distinguía por su rostro y ella se apresuraba a ocultar lo que iba cayendo.

-¿Qué es esto?
-Maragaglio, suéltame por favor.
-Carlota ¿de qué se trata?
-Déjame ya.
-¿Qué escurre por tus mejillas? ¿Son...?

La jovencita se descubrió y la luz de un farol le reveló a Maragaglio un enorme secreto. Sin dar crédito, él le enjugó las lágrimas y ella respiró indefensa.

-¿Son cristales?
-No.
-¿Pasa cada que lloras?
-Sí.
-Carlota ¿sabes qué son?

Ella asentó y comenzó a ocultar en los bolsillos de su falda aquellas lindas piedras transparentes a las que acompañaban algunas ocasionales azules y rojas.

-Carlota ¿qué haces con ellas?
-Las vendo.
-¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién sabe de esto?
-Maurizio y Marat.
-¿Ellos te ayudan?
-Sólo a esconderlas.
-¿Tu padre?
-¡No! Nunca le he dicho.
-Son iguales a los diamantes que el Gobierno Mundial...
-Resolviste el caso ¿eres feliz?
-No es cierto.
-El diamante dorado es mío.
-¿Entonces esa es la relación que tienes con Trankov?
-¡Disculpa, Sergei! - exclamó Carlota, viendo hacia el lado izquierdo del puente. Maragaglio volteó y el guerrillero estaba ahí, caminando hacia ellos, desarmado pero alerta. Era tan evidente que no iba solo, que la chica respiró aliviada y lo abrazó mientras le ofrecía más disculpas.

-No le hagas daño - suplicó Carlota a Maragaglio, interponiéndose entre ambos.

-Niña Liukin, tengo que arrestarlo.
-Maragaglio, no.
-Lo he perseguido por años, es mi trabajo.
-No te ha hecho nada.
-Sergei Trankov trafica armas, medicinas, ahora joyas y lleva a cabo con su grupo actos terroristas como la explosión de Cobbs hace unos meses o la bomba que estalló en el euro túnel de Ámsterdam.
-¿Hirió personas?
-No pero saboteó una operación entre varias agencias de inteligencia para escoltar un tren en el que se transportaba armamento de uso exclusivo de la Marina. En el tren llevábamos también a un detenido ¿No era tu amigo Thorm Magnussen, querido Trankov?

Carlota permaneció en su posición.

-Yo no liberé a Thorm ni me importan las armas de la Marina.
-Las utilizas.
-Me debes las gracias, Maragaglio. Ahora Stendal Trafalgar disfruta de una golpiza - contestó Sergei Trankov.
-Nadie más estaría interesado en Magnussen.
-El Gobierno estaba más ocupado en esto.

Como Maragaglio sacara su revólver, Carlota Liukin alzó las manos para pedirle calma.

-Este sobre tiene una prueba de ADN que los rusos te hicieron, Maragaglio.
-¿De qué hablas, Trankov?
-El Gobierno Mundial creyó que serías secuestrado y por eso intentaban recuperar este papel del tren. Thorm era un señuelo pero el infiltrado ruso resultó más listo. Causó la explosión, liberó a Thorm y nos entregó algo todavía más valioso hace muy poco.
-No calles.
-Este otro papel - Trankov sacó de debajo de su camiseta otro sobre manila - Es un estudio extendido, debe interesarte.
-¿Lo leíste?
-Sé quien es tu padre.

Trankov arrojó ambos análisis al piso y Maragaglio los tomó sin bajar la guardia.

-Buenas noches a todos.
-Sergei ¿te vas? - preguntó Carlota.
-¿Vienes?
-Nos vemos luego.
-Claro. Maragaglio y tú tienen bastante de qué hablar.

Sergei saltó al río y huyó junto a Thorm Magnussen y otros colegas en un bote para turistas, imposibilitando a Maragaglio de ir tras él. De todas formas, Carlota Liukin le suplicaba con un desesperado "¡no dispares!" y comenzaba a recoger los diamantes que se le habían caído.

-¿Desde cuándo lo conoces?
-No te voy a decir.
-¡No estoy jugando, Liukin!
-Maragaglio, no lo arrestes, por favor.
-¿Trankov comercia todos tus diamantes?
-No sé a quien más recurrir.
-¿Siempre lo llamas?
-Él ha visto que no puedo detenerme. El día que murió mi mamá, tuve que taparme la cara.

Maragaglio miraba a Trankov irse y a Carlota intentando controlar su impulso de lagrimear, al mismo tiempo que sentía que le reventaba la cabeza.

-¿Qué voy a hacer con ustedes dos? - gritó furioso, sin conseguir réplica. Por otro lado, sujetaba con gran fuerza los sobres que le había entregado el guerrillero y aplastaba su curiosidad para salir de ahí. Carlota tuvo que permitir que Maragaglio la llevara por la muñeca, le hiciera tomar asiento debajo del Pont des Arts y se colocara junto a ella sin saber qué reclamarle primero. El caso Trankov había dado el giro que él había previsto y se llevaba la sorpresa de que no sabía cómo actuar, dado que la investigación adyacente lo obligaba a hablar de un secreto del que estaba seguro, no traería nada bueno.

-Maldita sea.
-Maragaglio...
-Guarda silencio, Carlota.
-No maldigas.
-El Gobierno Mundial no debe saber de los diamantes.
-Gracias.
-No lo hago por ti.
-Tampoco por mi familia, ¿verdad?
-Sólo sé que te iría mal... ¿Por qué no confiaste en mí? ¡Te habría ayudado! ¿Qué haces con el dinero de las ventas?
-Lo ahorro, gasto otra parte y siempre dejo algo en las cosas de mi papá para que pueda pagar nuestra estancia en el hotel o lo que necesite.
-¿Y los diamantes de los que no puedes deshacerte?
-Los arrojo al agua.
-¿Agua?
-Me quedo con los más raros.
-¿Cómo conociste a Trankov?
-Eso no.
-¿Cómo iniciaron el negocio?
-Le pedí ayuda y no se negó.
-¿Sabes si tiene contactos con contrabandistas?
-Siempre hemos ido a las joyerías sin intermediarios.
-¿Nunca les piden un comprobante?
-A veces y los falsifica alguien pero no sé quien es.
-Thorm Magnussen.
-No lo conozco pero no es él.
-¿Tienes algún papel?
-Maragaglio, no puedo darte nada.
-Lo peor de todo es que tienes razón.

Él no ocultaba su tensión con una mano en el rostro.

-Trafalgar me disparó ¿alguna idea? - preguntó tontamente. Carlota se limitó a explicarle del incidente en el Jardín Exótico de Mónaco, cuando Stendhal Trafalgar le había arrancado la blusa luego de perseguirla en venganza al rechazo sentimental de Tennant Lutz y cómo Marat Safin había intervenido para defenderla.

-Eso explica algo que me pidió.
-¿Qué fue, Maragaglio?
-Marat debía estar aquí. No me pareció necesario cumplir esa parte.
-Gracias.
-Carlota ¿Marat te contó que es un esclavo?
-¿Cómo te enteraste?
-Le vi tatuado un código de barras el viernes pasado, antes de la ceremonia de la Copa Davis.
-¿Nadie más lo sabe?
-Sólo el almirante y yo.
-¿Trafalgar está informado?
-Pretendía llevarlo detenido a Libia.
-¿Para qué? ¿Tú le contaste?
-Es confidencial pero acabaría en una subasta y yo no... No soy capaz de hacerle eso.
-¿Subasta?
-Va a sonar cruel pero tarde o temprano, Marat será alquilado o vendido.
-¿Por qué?
-Un almirante lo marcó pero no pude obtener detalles.
-Eso no está bien.
-En este momento me pregunto si pasaría lo mismo contigo si te ven triste.
-¿Por qué marcan personas? ¿Por qué dejan que las vendan?
-Yo no sabía hasta que indagué sobre el tatuaje.
-¿Cuándo?
-Cálmate, Carlota.
-¡Habla!
-Trafalgar me ofreció apoyo la semana pasada para detener a Trankov si también arrestaba a Marat.
-¡Eres un idiota, Maragaglio!

Carlota soltó sus lágrimas de nuevo y Maragaglio detuvo los diamantes para evitar dejar rastro. Ahora tenía que trazar un plan para fingir que la investigación sobre contrabando continuaba sin mucho éxito y sobretodo, la forma en que se movería desde Intelligenza Italiana para evitar que la Marina sospechara de sus deliberadas omisiones a partir de esa noche.

-Tengo que patinar mañana - se acordó Carlota.
-Fingiremos. Diré que Trankov abrió fuego y tuvimos que huir.
-¿Vas a culpar a Sergei luego de que nos salvó?
-No me encuentro en posición de chantajear a Trafalgar.
-¿Entonces?
-Nuestro pretexto es que pasamos a cenar.
-¿Solos?
-Carlota, no te preocupes. Evadíamos a la prensa y cambiamos la ruta por seguridad.
-¿Y con los diamantes, qué?
-Haré unas llamadas, conozco a alguien que puede blanquearlos.
-¿Qué pasará con Marat?
-¿Estás dispuesta a comprar su libertad?
-Son 100,000€ ¿verdad?
-¿Recuerdas el precio base?
-¿El qué?
-El código de barras da el monto mínimo.
-¡No puede ser! ¿Cuánto van a exigir?
-Prometo averiguarlo pero no te voy a mentir, es posible que aun vendiendo un par de piedras, no reúnas la cantidad.
-¿Quién tiene tanto dinero?
-Gente que ni tú ni yo sabemos que existe.

Maragaglio levantó a Carlota y ella a su vez sujetó los sobres que Trankov había entregado, no sin sentir remordimiento por traicionarlo si necesitaba legitimar una excusa. Había que salvar a Marat a toda costa y al menos, lo sucedido hacía que indagar sobre Miguel se ignorara un par de días. El viernes aun había una competencia por afrontar y serviría para disimular.