sábado, 9 de mayo de 2020

Las pestes también se van (Juulia Töivonen)

Imagen de Wattpad @GalletaconLeche

Hospital San Marco Della Pietà, Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. 10:00 am.
Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

Alessandro Gatell había decidido permanecer en servicio mientras siguieran arribando enfermos de influenza y sin tomar respiro, regresó a Terapia Intensiva para supervisar a Katarina Leoncavallo. Sus compañeros le reportaban que la fiebre no había cedido.

-¿A qué hora empezó a delirar? - preguntó al verla, se aproximó para revisar su temperatura y se quedó con ella al advertir que no salían palabras o frases ininteligibles de su boca.

Mientras otros pacientes dormían o se quejaban, Katarina Leoncavallo revelaba auténticas historias de terror escolar que, dadas las circunstancias, distaban de ser mentiras. Como la vez que, luego de esforzarse en un concurso de geografía y presentar una linda maqueta sobre los cinco canales navegables de la ciudad de Milán, sus compañeros de segundo año de secundaria le destrozaron su medalla de primer premio y le dieron una paliza. Otra anécdota revelaba cómo en primaria, durante un almuerzo, la habían sujetado para meterle gajos de naranja en la boca, provocándole una esperada reacción alérgica. La urticaria le había durado cuatro días incómodos. Pero ninguna como la del final. Katarina Leoncavallo había ingresado al liceo y durante los primeros meses, había existido la paz. Nadie le hablaba ni tenía amigos pero podía estudiar y cumplir con sus tareas sin que se las echaran a perder, al punto de confiar en su nueva suerte. Hasta que hubo un experimento en el laboratorio de química para explicar el funcionamiento de las sustancias ácidas. Katarina había salido contenta de la clase y se dirigía a la biblioteca, cuando alguien cubrió su rostro y con la ayuda de otros más, la inmovilizó, arrojándole enseguida una serie de líquidos que le ocasionaron ardor en los brazos, el pecho y las piernas, orillándola a correr por ayuda y desvestirse, desesperada por encontrar agua. En medio del escándalo, le robaron la ropa y sus pertenencias, además de dejarla expuesta frente a muchas personas y sin saber qué le había irritado la piel. A partir de ese día, la joven Leoncavallo no pudo volver a un colegio sin sufrir ataques de pánico, ni intentar realizar un exámen de acreditación porque se quedaba paralizada.

Alessandro Gatell escuchó sin poder dar crédito: ¿Katarina Leoncavallo era tan envidiada que la gente quiso deshacerse de ella? ¿Por qué todo eso veía la luz en un momento tan delicado? Pero notó que ella iba saliendo del delirio y que iba llegando otra paciente a la minúscula habitación de aislamiento con un cuadro de influenza similar en gravedad. Quizás, la diferencia estaba en que una nunca había dejado de estar consciente.

-Juulia Töivonen, veintitrés años, con diagnóstico de neumonía por influenza. Ingresó a urgencias a las ocho de la mañana y luego de su evaluación con radiografía torácica, se determinó tratamiento con respiración auxiliar de por medio. Presenta fiebre de treinta y nueve grados - dictaba una residente a la enfermera que llenaba la circular de tratamiento y luego preguntó:

-Doctor Gatell ¿Está a cargo?
-No. Sólo estoy tomando un turno extra, tengo una paciente y ayudo en lo que puedo.
-¿Cómo va con eso?
-¿Qué hay con usted?
-Tengo bastante trabajo en el piso tres.
-¿Es el área que van a aislar?
-No hay enfermos ahí.
-Recuerde cambiar su uniforme y darse una ducha.
-Usted debería dormir, doctor.
-Me pondré a estudiar para defender mi tesis de maestría en lo que los pacientes descansan.

A Juulia Töivonen le agradó sobremanera escuchar a gente normal hablando de planes y pronto giró su cabeza.

-Katarina ¡aquí estás! - pronunció con una voz ahogada pero alegre. Gatell abandonó su conversación para prestarle atención.

-¿La conoces? - curioseó.
-¿Usted quién es?
-Alessandro Gatell, el médico de la señorita Leoncavallo.
-Soy Juulia.
-Un placer.
-Conozco a Katarina desde hace unos años... Su hermano es mi coach.
-¿Son compañeras?
-Algo así.
-¿Son amigas?
-No, pero puedo evitarle el regaño por no ir al entre... entrenamiento de hoy.
-¿Cuántas horas de práctica suele realizar?
-¿Ella? Cinco diarias.
-¿Y en el hielo?
-Depende. Ella hace una hora diaria de gimnasio y otra de ballet... En la pista se pasa como tres horas o más.
-¿Ha tenido molestias últimamente?
-No la vi en dos semanas, sólo sé que el mes pasado se resfrió.
-¿Pasó días en cama?
-Una noche... Los patinadores nos enteramos de todo.

Juulia Töivonen sonreía a pesar de que le costaba mantenerse con aire.

-¿Le avisaron a Maurizio?
-¿A su hermano? Hablé con el primo, con Maragaglio - afirmó Gatell.
-Yo alcancé a decirle a Maurizio que estoy aquí. Katarina estará muy enfadada.
-¿Por qué?
-No sabe que... que soy su cuñada.
-Qué coincidencia.
-Doctor ¿cree que sea... un buen momento para contarle a ella?
-Considero que la tranquilidad sería lo más prudente.
-Es que lo íbamos a...a hacer formal el lunes.
-Lo siento.
-Maurizio terminó con su novia Karin ayer. Ella decidió no tener hijos y él y yo planeamos estar juntos si eso pasaba ¿Me pueden hacer un examen de embarazo?
-Ah... Claro. Le diré a una enfermera que nos ayude y llamaré a Ginecología
-Gracias.

Alessandro Gatell se encontraba desconcertado y quiso llevar a Juulia Töivonen a otro sitio de terapia intensiva o al menos, colocar una barrera diferente a la de una cortina azul que se podía correr en cualquier momento. También se preguntó si Katarina había conseguido entender algo, puesto que giraba su cabeza hacia la pared izquierda y le iniciaba un llanto ahogado por el esfuerzo de respirar.

-No se inquiete, señorita Leoncavallo. Ha tenido una pesadilla, nada más - se apresuró a pronunciar Gatell y le aseguró que volvería pronto a hacerle un seguimiento. Él se abstenía de tocarla nuevamente, pero le sonrió para reafirmar que le apoyaba de alguna manera.

Alrededor, las enfermeras cuchicheaban cualquier cosa, pero Juulia Töivonen notó que la mayoría miraban pasar a Alessandro Gatell y enseguida a Katarina postrada. Al primero parecían admirarlo; a la joven le dedicaban ligero desdén.

-Tu doctor es muy popular - agregó Juulia y la joven Leoncavallo se aferró a su mascarilla y a la pared para no confrontar sin responder.

-¿No piensas hablarme? Está bien... Por algo nunca te enteras de... de lo que Maurizio hace. Perdón por todo, si te sirve de algo... Él y yo nos hemos visto desde hace unos meses y no quiso contártelo porque deseaba arreglarse con Karin primero. Ella le dijo ayer... que decidió no tener hijos así que rompió su acuerdo. Maurizio siempre supo que eso pasaría.

Katarina se hallaba sorprendida, sin poder imaginarse a su hermano actuando de una forma poco honesta respecto a sus relaciones de pareja. No comprendía cómo Juulia Töivonen era el plan B y la razón de que ésta lo aceptara con la seguridad de que se volvería una Leoncavallo pronto. La boda entre Karin Lorenz y Maurizio, planeada para el 23 de marzo del año siguiente, se convertiría en la de Juulia y no hacía falta curiosear al respecto. Era tan extraño que Katarina ni siquiera se percatara y que su hermano no le insinuara un poco ¿Acaso Karin estaba de acuerdo? Lo más seguro era que sí. Por esa razón, todo lo que había ocurrido en Nueva York debía permanecer oculto en una caja enterrada al pie de un árbol de Central Park.

-¿Te irás a Canadá? - consultó Juulia y recibió la negativa muda de la chica en el acto.

En una sala de Terapia Intensiva, el tiempo transcurre lentamente, alternado con breves períodos veloces. Cuando un paciente egresa, la felicidad es momentánea, cuando otro ocupa una cama, la curiosidad dura un suspiro y cuando alguien fallece, la piel se eriza por un minuto. La normalidad es marcada por un olor a desinfectante que nunca se va de la cabeza y las voces de las enfermeras que no paran de hablar. Pero en una epidemia, esa calma es el preludio a una tormenta. Transcurrieron algunas horas pero Katarina Leoncavallo era el centro de atención con su aspecto de cadáver en vida. Le calculaban apenas unos instantes más, si acaso una muerte de madrugada si le iba bien. Pero fallecían otros y ella no paraba de llorar por el espanto. Gente que apenas llevaba una hora ahí dentro o matrimonios incipientes veían sus finales abruptos y los ancianos se despedían con actitudes estoicas que confundían a los que iban quedando. Juulia Töivonen trataba de conservarse ecuánime, queriendo aprenderse las caras y los nombres del equipo médico por si llegaba a necesitarlo. Le habían hecho el examen solicitado mientras Alessandro Gatell era quien más despertaba su interés, advirtiendo que éste último visitaba a Katarina con frecuencia y le confesaba a sus compañeros lo preocupado que estaba por ella.

-Oye, Katy... Dicen que no respondes - dijo Juulia con dificultad y siguió - Maurizio querrá verte y será una sorpresa.. que estés... aquí conmigo.... ¡Ay, Dios! Me duele... el pecho.

A Katarina le llamó la atención tal queja y como si gastara sus últimas fuerzas, giró para entender lo que ocurría.

Juulia había empeorado sin duda alguna: Batallaba más para obtener oxígeno, la sudoración era intensa y la mirada comenzaba a perder su brillo.

-Esto es... No siento los brazos.
-Juulia.
-¿Quieres... hablar, Katy?
-¿Qué pasó con Mau.. Maurizio? - se atrevió la joven Leoncavallo a preguntar apenas Alessandro Gatell volvió. La actitud de desilusión se transformaba en una desafiante y la mirada de desesperación ahora reflejaba la enorme ira de Katarina.

-Usted no se va. Necesito un testigo - ordenó esta última al médico.
-Sabía que te pondrías así - dijo Juulia.
-¿Desde cuándo te ves con mi hermano? ¡Desde cuándo!
-Unos cinco meses...
-¿Por qué?
-Karin tiene problemas... para embarazarse. Maurizio empezó a buscar... una novia nueva.
-¡Mentira!
-Él no te lo dijo... porque te ibas... a enojar y me... atacarías.
-Él no ha dejado a Karin.
-Katarina, tu hermano... y Karin... terminaron ayer. Y ella estaba al tanto de lo mío con Maurizio.
-¡Mientes!
-Maurizio... no te contó porque tú... Tú no lo ibas a respetar.
-Esto no es cierto, Juulia.
-¡Estoy embarazada, Katarina! ¡Tu hermano y yo nos casaremos!
-¡Te voy a matar!

Katarina Leoncavallo se levantó con una fuerza inesperada, al grado de quitarse la mascarilla de oxígeno e intentar atacar a Juulia Töivonen. Un despistado podía pensar que era presa de la furia que invade a un enfermo de rabia al recibir la luz del sol.

-¡Tranquila, señorita! ¡Se va a lastimar! - intervino Alessandro Gatell al rodear a Katarina con sus brazos y colocarla de nuevo en su cama.

-Katarina, usted tiene colocada una sonda y la intravenosa para el suero, se puede lastimar. Además, se sentirá peor luego de este disparo de adrenalina y posiblemente debamos colocarle un recurso adicional para alimentarla si no se repone hoy. Por favor, por horrible que sea lo que escuche, debe cuidar de sí misma, usted no querrá que le aten las manos.
-¿Usted lo haría, doctor?
-No es recomendable llegar a medidas extremas.

Gatell respiró hondo y enseguida ajustó la mascarilla de la joven Leoncavallo a su rostro. Para ese instante, él se convenció de que Juulia Töivonen iba a requerir más ayuda y le aumentó el oxígeno.

-Katarina... Katarina necesita oír algo, doctor - pronunció Juulia.
-No es prudente continuar...
-Usted es mi testigo.

Él no deseaba estar ahí, pero lo creyó importante y por una razón de apoyo moral y contención, tomó por segunda ocasión la mano de la joven Leoncavallo.

-Katy... Sé... Sé lo que sientes por... tu hermano y no está bien... Debes superarlo, él no encuentra una salida... que no sea... que te mudes a Canadá.
-Juulia, no se esfuerce, deje esta conversación para más tarde - sugirió Gatell.
-No puedo... ¿Tienen mis resultados? Quiero saber la fecha del... nacimiento de mi hijo.
-Llegarán en cualquier momento.
-Katy... Perdona a tu hermano, él nunca puede hablarte... porque reaccionas muy mal.
-No siga.
-Es necesario, doctor.
-Pero...
-Maurizio siempre ha sabido que Katarina está enamorada de él.
-Yo creo...
-Katy, comprende... Maurizio no te va a corresponder porque... eres su hermana.

Katarina apretó los dedos de Gatell, suplicante de que aquello parara.

-Él enfrenta muchas presiones... de sus padres... para que te vayas del grupo de entrenamiento, Katy. Toda tu familia... está al tanto de esto. Maragaglio... Maragaglio... se niega a creerles. Es el único que no está dispuesto a permitir que te vayas... Tu primo te quiere mucho...

Alessandro Gatell vio a Katarina sin añadir cosa alguna a la conversación y optó por revisar su temperatura y frecuencia cardíaca, esperando que las palabras de Juulia Töivonen no le impactaran lo suficiente como para inspirarla a abandonarse o alterarse para agredirla. Pronto, le encargó a una enfermera la supervisión de ambas pacientes y contrario a su costumbre, decidió tomar un respiro mirando a la calle desde un corredor solitario. Había aseado sus manos y retirado su cubrebocas, pensando en la forma de trasladar a Juulia Töivonen o de poder sacar a Katarina hacia una habitación adecuada, aunque la rodearan nuevos extraños. Sentía que se había involucrado de más, aunque apenas tuviera conocimiento de un drama familiar que influía con el riesgo que su paciente corría. Pese a anhelarlo, no evitaba el asombro por lo escuchado en el aislamiento seis, sin ser indolente o perverso para imaginarse cualquier cosa. Era la primera vez que oía algo tan íntimo y peligroso, que se resistía a entenderlo. Katarina Leoncavallo no era como cualquier paciente, pero ahora cobraba distinción propia con sus gestos, sus emociones, sus miradas. Le llamaba la atención que quisiera auxiliarla y protegerla de lo que sucedía alrededor, como si el esfuerzo de salvarle la vida fuera un compromiso personal.

-Doctor Gatell - lo interrumpió una asistente de laboratorio.
-¿En qué puedo servirle?
-Llegaron los resultados de la paciente de aislamiento seis.
-¿Ordené algo para Katarina?
-Son los de la mujer de junto.
-No es mi... Démelos, le notificaré.
-De acuerdo ¿Le puedo preguntar algo?
-Adelante, le explico con gusto.
-¿Cómo sigue Katarina Leoncavallo? Los de radiología insisten.
-Entiendo, pero ese parte deben recibirlo sus familiares o mantener su confidencialidad si ella lo decide. Lo siento mucho.
-Es que toda Venecia ha puesto sus ojos en usted.
-Sólo soy un servidor más.
-Doctor Gatell ¿No puede darme una pista?
-Humildemente le respondo que no y si se suscita algo, la gente lo sabrá tarde o temprano.
-Pero ¿ella está grave?
-Cuando pase algo, se dará a conocer. Mi descanso ha terminado, si requiero de algún estudio, le llamo.
-Claro.
-Hasta luego.

Él aspiró hondo y cerró los ojos un segundo. Estaba cansado, con marcas en el rostro,con los ojos irritados por no dormir y por haber olvidado sus anteojos. Notó su reflejo en una pared y tuvo la tentación de cubrirse con las manos, sin ceder a ella. Además, eran las cuatro de la tarde y el cambio de turno sería muy molesto. Sus colegas estaban cansados pero ninguno tomaría una tercera ronda y el ánimo de fastidio se tornaba pesado. Alessandro Gattel deseaba darse un baño, dormir una noche entera, escuchar algo de música o al menos, avanzar un poco con su tesis. Pero asumió que aquello llegaría después. Katarina le esperaba a pesar de las noticias.

Al atravesar la puerta de terapia intensiva, él se topó con una escena desalentadora. Una niña, Lionetta Martelli, junto a su hermano, Darío Martelli, batallaban para recibir un ventilador. En San Marco Della Pietà se habían agotado y en los hospitales de Lido y Cannaregio también. Sólo quedaban los del hospital San Salvatore y del general de Mestre se había mandado traer un trío. Los enfermos, los médicos y el personal de limpieza se preguntaban cuántas desgracias necesitaba la familia Martelli para que la desventura dejara de cebarse sobre ellos e incluso, Katarina Leoncavallo y Juulia Töivonen no daban crédito a tan ingrata coincidencia.

-¿Quién se reunirá en la tumba con su hermana Elena? - se oyó y Alessandro Gattel se sobrepuso, aproximándose a ese cubo que no podía describirse de aislamiento nunca más, aunque conservara el nombre.

-¿Cómo siguen? Las veo igual de pálidas pero sonríen más ¿cierto?
-Lo intento - parecía confesar Juulia.
-Me alegra que trate... Katarina ¿cómo vas con el oxígeno?

La joven Leoncavallo actuaba como si no hiciera caso mientras veía a los Martelli sufriendo de angustia. Nadie tenía el corazón de deshacerse de su mascarilla, excepto Juulia, a quien le explicaban que, por hallarse encinta, no podían retirarle la suya.

-Entonces ¿cuándo nace mi bebé? - consultó ella.
-Oh, fue un error mío, aún no abro este papel - se disculpó el doctor Gatell y fijando sus ojos en Katarina, lo extendió a Juulia Töivonen.

La reacción de ambas fue contenida pero no engañaban a nadie. La joven Leoncavallo estaba por hundirse en lágrimas amargas mientras la sofocaba el corazón roto. La felicidad de la joven Töivonen le devolvía el color rosado a sus mejillas.

-Maurizio estará tan feliz.
-Señorita Töivonen, no se altere mucho, puede sofocarse - sugirió Alessandro Gattel y se inclinó ante Katarina para decirle que las cosas saldrían bien, a pesar de no tener idea de por qué se lo susurraba junto a su cama.

-Estoy tan cansada - admitió Katarina.
-Intenta dormir.
-No es por eso, doctor.
-No pienses, aunque cueste trabajo.
-He estado enamorada de mi hermano desde niña ¿Por qué eso es malo? ¿Por qué me pasó esto? ¡Ya no quiero!
-Tranquila.
-Doctor...
-Mmmm, yo sé de salud. Te puedo dar una respuesta técnica pero no te ayudaría en lo demás. La psicología no es mi campo y no he estudiado suficiente psiquiatría para darte una opinión. Si deseas una consulta, tengo algunos colegas.

Alessandro Gattel sintió una gran tristeza y tomando asiento, rodeó las manos de su paciente.

-Katarina, los hermanos no deben ser el sueño de amor de nadie.

Ella no se soltó aunque sintiera ganas y él prosiguió.

-Tal vez tú lo admiras mucho o ha estado contigo en momentos complicados. Quizás ¿Maurizio? cuidaba de ti, no lo sé. Pero entre hermanos hay cosas que no pueden ser. Si él te correspondiera, correrían riesgo de traer al mundo hijos enfermos o de considerar abortarlos para evitarles sufrimientos; no digamos las explicaciones que tendrían que dar o mudarse a un lugar donde nadie los conociera para evitar dificultades. Entre primos es más común pero les hacemos algunas advertencias igualmente. Además, por lo que he escuchado y visto, Maurizio te ve sólo como su hermanita, como si fueras pequeña. Por eso no tiene el valor de decirte que no. Katy, no cuentas con la madurez para aceptar lo que no es posible y si no recibes asistencia profesional, tendrás un lío muy importante. La gente a tu alrededor no digiere esto y es normal, una relación entre hermanos toca en lo absurdo para muchas personas. Pero hay gente también que te quiere bastante. Le dije al señor Liukin que fuera a casa y lo voy a regañar porque sigue esperando un informe y tu novio Miguel se muere por preguntar cómo sigues. Lo que hayas hecho con ellos no es mi asunto y eso que mentí por ti. Sólo quiero que notes... Por algo el señor Liukin estaba contigo anoche y a riesgo ser descubierto, llamó a los paramédicos y te acompaña en esto; Miguel no deja de rezar ni de asomarse al pasillo para abordarme y no lo he dejado dirigirme la palabra ¿Qué hay de Maragaglio? Mientras entro y salgo, él insiste en saber cómo estás aunque se quede en París.

Ella eligió la desilusión y veía a Juulia Töivonen tan bonita, tan libre de estar con quien quisiera, cumpliendo un sueño que no tenía una vida entera de haber surgido. Era tan injusto. Entonces, Alessandro Gattel cometió la osadía de tocar su hombro, atrayendo su atención.

-Katarina, cuenta conmigo. Soy tu médico, te cuido en este hospital, eres mi paciente prioritaria y me voy a quedar contigo hasta que te dé de alta o requieras de mí. Si necesitas hablar o sientes que no puedes con algo, prometo buscar una solución contigo.

La joven Leoncavallo apenas susurró un "gracias", aunque terminara por dirigir sus ojos hacia Juulia Töivonen y no supiera si era correcto desearle suerte. Katarina sentía enloquecer de celos, pero podía más el dolor de saber que Maurizio Leoncavallo se alejaba cada vez más, haciendo trizas sus torpes intentos de, al menos, ser su confidente y cómplice, porque ser su refugio era pedir demasiado. El papel de hermana nunca había sido más ingrato.

Alessandro Gattel se incorporó y luego de cubrir las piernas de Katarina con una manta morada que había cerca, se retiró, asegurando que regresaría pronto. Con el rostro desencajado, él decidió tomar una ducha para poder cambiar su uniforme y afrontar mejor esa tercera ronda en servicio que traería más escenas tensas. No quería admitirlo, pero formaba parte de un secreto incómodo y quizás había cometido el error de realizar una promesa a una mujer que no conocía. Había cruzado la línea.

sábado, 4 de abril de 2020

Las pestes también se van (Alessandro Gattel)

A los médicos, enfermeras, personal de limpia y pacientes.

-Ricardo, no puedo respirar - alcanzó la joven a murmurar.
-Encenderé la luz.

Él presionó el botón de la lámpara en la mesita de junto y al voltear, se le presentó la aterradora imagen que nunca iba a olvidársele: Katarina Leoncavallo sudaba como si hirviera por dentro, su piel había tomado un color grisáceo, su respiración se agitaba y una nueva tos la llevó al piso violentamente.

-Tranquila, te ayudo - Reaccionó Ricardo Liukin y sostuvo a la joven mientras llamaba a emergencias.

Algo sucedía esa noche que los servicios médicos de Lido eran insuficientes. Si se prestaba atención, se notaba que las ambulancias acuáticas iban y venían y cuando los paramédicos llegaron donde Katarina, de inmediato anunciaron que la llevarían a la isla principal para ingresarla en el hospital de San Marco Della Pietà en el barrio de Dorsoduro. Ricardo fue con ella mientras alguien le preguntaba si tenía molestias. Él admitió sentirse débil y con dolor.

En otro sitio de Venecia, en el segundo piso del hotel Florida del barrio Cannaregio, Maeva Nicholas sufría de vómitos y escalofríos, viéndose en la necesidad de pedir ayuda a Andreas Liukin. En el pasillo, Yuko Inoue y Adrien Liukin se mantenían en la expectativa.

-Llevaré a Maeva al médico ¿Alguien ha visto a Ricardo? - decía Andreas.
-No se ha aparecido en todo el día - replicó Yuko.
-Avísenle de esto.
-Claro.

El chico intentaba guiar a Maeva hacia las escaleras cuando Miguel Louvier salió del cuarto de junto.

-Tennant está enfermo - anunció.
-¿Él también? - se sorprendió Andreas.
-Necesitamos un doctor ya.
-¿Qué tiene ese idiota?
-Mucha fiebre y está diciendo estupideces - Miguel lucía espantado pero hizo acopio de entereza y tomó a Tennant en brazos. San Marco Della Pietà no era el sitio de auxilio más próximo, pero sí en donde podían recibirlos. En el canal de Cannaregio, los esperaba su amigo Geronimo.

-Yuko ¡cuida a Adrien! - pidió Andreas Liukin y la mujer asentó con algo de angustia.

-Adrien, tenemos que limpiar todo - pronunció la mujer cuando los demás pusieron los pies en la calle.

En Venecia, un frío seco recorre el cuerpo y estremece el alma cuando está por ocurrir algo grave. Un ejército de ángeles de la muerte recorría la ciudad y los pocos que podían verlos, se apresuraban a encerrarse sin negociar palabra con nadie. Los indigentes corrían a bañarse y lavar sus ropas y refugios mientras las sirenas de alarma comenzaban a sonar con mayor frecuencia. Giampiero Boccherini, el eterno amigo ebrio, se hallaba sobrio. Y entendió al ver a un vecino pidiendo auxilio a los carabinieri. Salió con su campanilla a dar el anuncio.

-¡La peste ha llegado! ¡Todos a casa! - exclamó mientras una espesa niebla cubría su silueta.

En el hospital de San Marco Della Pietà, se estaban recibiendo los primeros informes desde Lido. La gente había saturado emergencias y la mayoría de los casos eran de gripes fuertes. Aquello llamó la atención de Alessandro Gatell, quien, si bien no se dedicaba a las urgencias, era un médico internista con experiencia en sinnúmero de complicaciones. Nadie le contestaba el teléfono.

-Doctor Gatell ¿Podría ayudarme? - le pidió una colega.
-¿En qué puedo servirle?
-Llegaron dos pacientes con sospecha de neumonía y me gustaría que los evaluara.
-¿Tiene algunas placas?
-No he podido sacar ninguna.
-Déjemelo.

Alessandro Gatell se disponía a hacerse cargo, cuando vio llegar a Katarina Leoncavallo. Al igual que Ricardo Liukin, el horror se apoderó un momento de él. Ella abría la boca con la desesperación de no poder llevar aire a sus pulmones y el sudor había transparentando su ropa.

-¡Yo la atiendo! - exclamó Gatell y fue con ella mientras preguntaba a los paramédicos qué había pasado. Por su parte, Ricardo Liukin alcanzó a decirle que estaban juntos en Lido y la chica había empezado a toser cerca de las once de la noche, pero no aparentaba ser importante hasta que le avisó que no podía respirar.

-Háganle un análisis rápido de tuberculosis - ordenó el doctor y de inmediato, solicitó aislar a la joven en la Unidad de Terapia Intensiva.

-Acompáñeme, debo examinarlo también - anunció Gatell a Ricardo Liukin y este obedeció sin saber cómo reaccionar.

Poco después, Maeva Nicholas y Tennant Lutz eran admitidos en urgencias. El caos se apoderaba del lugar y Andreas Liukin debió salirse para no estorbar. Dentro, Miguel reconocería algunas caras conocidas y ángeles disfrazados de médicos que apenas podían con la súbita carga de trabajo.

La madrugada se enfriaba más y los pacientes llegaban en demasía. Alessandro Gatell intentaba organizarse como podía y luego de anunciarle a Ricardo Liukin que le sugería una cuarentena, pudo entender lo que ocurría con Katarina Leoncavallo.

-¡La joven en el aislamiento seis tiene influenza! - gritó Gatell - ¡Los pacientes llegan con influenza! - advirtió a los demás y enseguida entró en la habitación de Katarina.

-Le ha dado neumonía, tranquila - aseguró él - Es factible que usted no se percatara días antes pero haré lo posible para que se recupere. Estará bien.

Ella parecía llorar cuando Gatell mismo revisó cómo le colocaban una mascarilla y miró el ventilador que le habían puesto al tiempo que intentaba calmarla, evitando tocarla.

-No se preocupe, señorita. Hablaré con su acompañante - señaló él y luego de salir de ese lugar, retirar su cubrebocas y lavarse las manos, se topó con que Ricardo Liukin no estaba solo. Miguel Louvier le avisaba sobre lo que ocurría luego de firmar unos papeles para hacerse responsable de Tennant.

-Mi hermano y Maeva tienen influenza, papá.
-¿De verdad? También yo. El médico me ha pedido ir a casa.
-Ve a descansar.
-No puedo, Miguel.
-Señor Ricardo...
-No me hables así.
-De acuerdo.

El doctor Gatell se aproximó con actitud inocente aún.

-Señor Liukin, vine a decirle que le coloqué a Katarina un ventilador para que pueda respirar.
-¿Mi novia está aquí? ¿Qué le ha pasado? - preguntó el sorprendido Miguel.
-¿Novia?

Alessandro Gatell comprendió la situación y eligió mentir.

-Ah... Ella ingresó en la tarde y el señor Liukin fue el único que nos contestó la llamada.
-¿De verdad, doctor?
-Intentamos localizar a sus contactos.
-¿Su familia no ha venido?
-No.
-Al menos mi padre no la dejó sola.
-Le sugiero que no lo abrace y tome distancia de un metro, por favor.
-Olvídelo, seguramente me he contagiado. He traído a dos enfermos está noche.
-¿Cuántos de sus familiares tienen síntomas?
-Mi hermano Tennant y Maeva que es como mi madrastra estos días.
-¿Cuál es su nombre?
-Miguel.
-Bueno, Miguel, hace bien en asumirse como contagiado. Debe ir a casa y aislarse. Es vital que asée sus manos y desinfecte sus objetos de uso de común. Todas las personas de su familia podrían portar el virus de la influenza y con los días, aparecerán las molestias.
-Pero ¿Cómo se habría enfermado mi novia?
-De abundantes formas como un beso, por las gotas de saliva que expulsamos al hablar, alguien pudo toser o estornudar cerca de ella, hay posibilidades.
-Katarina estuvo en Nueva York la semana pasada y luego en París y llegó de Montecarlo ayer.
-¿Nueva York? ¿Cuál fue el motivo del viaje?
-Ella es patinadora sobre hielo y tuvo una competencia, doctor.
-¿Es atleta? De acuerdo ¿Ella fuma o bebe en secreto?
-No.
-¿Alguna cardiopatía o diabetes?
-No que yo sepa.

El doctor Gatell tuvo más curiosidad. Había descubierto la aventura de Katarina Leoncavallo con Ricardo Liukin, así que se dirigió a él.

-Señor Liukin ¿Usted ha salido de Venecia en los últimos días?
-He estado trabajando, yo no puedo irme.
-¿En qué labora, disculpe?
-Vendo gelati en un local de San Marco.
-¿Atendió turistas recientemente?
-Varios pero no sabría decirle de dónde provenía la mayoría.
-¿Personas de Estados Unidos que lo hayan mencionado por alguna razón?
-Hay una filmación frente a mi lugar de trabajo y creo que el productor se fue a Nueva York. Sé que regresó hace una semana.
-¿Cómo se enteró?
-Mi pareja, Maeva, es actriz.
-Gracias... Le prescribiré un antiviral para ayudarlo pero quédese en casa, por favor. Miguel, usted debe permanecer allí también.
-¿Quién se quedará con Katarina?
-Señor Liukin, entiendo que no quieran separarse, pero puede transmitirle el virus a varias personas de este hospital ¿No hay un familiar de la señorita Leoncavallo a quien poner al tanto?
-Su hermano está en París.
-¿Existe forma de comunicarse con él?
-Miguel, dale el número... También el de Maragaglio, él sabrá qué hacer.
-¿Maragaglio?
-¿Lo conoce, doctor?
-¿Él es pariente de la señorita Leoncavallo?
-Es su primo.
-Yo mismo le llamaré, pero por favor, quédense en casa, laven sus manos, no se toquen la cara y cubran nariz y boca al estornudar o toser, por favor.

Luego de hacer una prescripción y asegurar que haría lo posible por Katarina, Alessandro Gatell se retiró a la recepción para llamar de inmediato a Maurizio Maragaglio y al Comité Olímpico Italiano para notificar sobre la joven enferma. Intentaba verla como una paciente más que necesitaba ayuda y se acordó de que la había visto antes, pero no sabía en dónde.

-Ciao! Maragaglio? Come stai? Lamento mucho llamar a esta hora, soy Alessandro Gatell, médico del hospital de San Marco Della Pietà... Es un asunto urgente. Esta madrugada ha sido internada su prima, Katarina Leoncavallo...  Llegó en estado grave... No sé trató de un accidente, ella muestra un cuadro de influenza importante... La paciente presenta dificultades respiratorias por neumonía. Fue necesario colocarle una ayuda respiratoria por medio de un ventilador mecánico, se le está atendiendo por una fiebre de treinta y nueve grados... Guarde la calma, Maragaglio, por favor. Estamos haciendo lo posible por Katarina, no sirve de mucho alterarnos, la evolución va a depender de su respuesta inmunológica, se le va a suministrar la medicación adecuada para que ésta sea favorable. La neumonía es la parte más delicada y por cómo se está presentando su cuadro clínico, infiero que esta condición estaba presente desde hace varios días de manera asintomática... Es posible. Entiendo que creerlo no es sencillo pero Katarina se encuentra recibiendo los cuidados en la Unidad de Terapia Intensiva y yo mismo estaré a cargo, supervisando su evolución.

Alessandro Gatell supo que daba una explicación muy larga, quizás un poco redundante, comprensible por haberse asustado. Aunque le desconcertaba lo último.

-Por los antecedentes de viaje, podemos teorizar que el contagio es importado. En Nueva York, de dónde me refieren que ella tomó un avión, hay un brote de influenza, existe un boletín de la Organización Mundial de la Salud, publicado hace unos días... La razón de conocer estos detalles es que me permite trabajar... La terapia intensiva tiene como objetivo cuidar los órganos de los pacientes y evitar daños mayores por enfermedad, Katarina desafortunadamente necesita respiración auxiliar, no puedo darle un escenario distinto a la espera... Si no tiene síntomas de influenza, le recomiendo abstenerse de venir al hospital para que no se contagie... ¿Usted estuvo en París con ella?... Tranquilícese, hay riesgos pero auxiliaremos a Katarina en lo posible. No voy a mentirle, el caso es grave y lo primero a resolver es la fiebre. Están llegando al hospital muchas personas con influenza y por ello no le aconsejo visitarla.

Alessandro Gatell suspiró mientras se enteraba de los entrenamientos de Katarina Leoncavallo en París, de su rutina diaria, de su gran higiene y de varios detalles sin aparente importancia como la vez que su hermano y coach la había dejado plantada por un compromiso en Versailles y la competencia que mantenía con Carlota Liukin para ser la patinadora preferida de éste. Por lo que contaba Maragaglio, Gatell comenzó a sospechar de una depresión que aún no se manifestaba tanto.

-Lo que le recomiendo a usted es que, si tiene síntomas, acuda al médico inmediatamente sin olvidar cubrirse la nariz y la boca al estornudar o toser, lave sus manos con frecuencia y aíslese para no transmitirle el virus a otros. Maragaglio, es importante que me reporte si enferma, por favor. Haga una lista de todas las personas que estuvieron en contacto con Katarina e infórmeles sobre esta situación para que sepan cómo actuar y no haya un gran brote en París... ¿Me está escuchando?... Katarina tiene el ventilador, deseamos que lo utilice el menor tiempo posible... Buena pregunta, con gusto le vuelvo a explicar.

Alessandro Gatell estaba acostumbrado a oír voces tristes. Y conocía la de Maragaglio por haberlo visto responder en innumerables ocasiones por sus compañeros de trabajo heridos o por Giampiero Boccherini si a éste se le ocurría meterse en problemas. Pero jamás le había notado la preocupación. Era entendible, supuso y no quiso añadir algo más luego de detallar por segunda vez el tratamiento que seguirían los médicos con Katarina Leoncavallo

Y entonces, le regresó el momento. A ella la había encontrado en el embarcadero de la Fondamenta San Giorgio Maggiore, en un fin de semana cualquiera, no tan reciente. Quizás durante el verano porque había mucha gente. La joven ahuyentaba a cualquiera porque pocos podían resistirse al mirarla. Incluso, era común escuchar en la ciudad sobre Katarina Leoncavallo con su multitud de admiradores secretos, la inagotable envidia que varias personas le dedicaban, la osadía de los escasos afortunados que habían logrado un saludo y de un Maragaglio que reaccionaba furioso si le hablaban de esa abrumadora fama. No era para menos, se trataba de la mujer más hermosa de Italia y con seguridad, de la más bella del mundo. El trono le duraría en tanto no creciera una niña que se estaba robando el corazón de Venecia: Carlota Liukin. Con la diferencia de que la segunda provocaba la clase de admiración que acercaba a las muchedumbres.

Pero, contrario a lo que el lector pueda deducir, a Alessandro Gatell no le impresionaba una belleza tan frágil. Katarina Leoncavallo le interesó ese instante por ser su inesperada paciente, quizás porque su óptima condición física se había reducido a una ridícula ironía frente a un virus que intentaba golpearla hasta reducirla a la nada. Porque a la naturaleza, al fin y al cabo, tampoco puede seducírsele siempre.

Al estar de vuelta en terapia intensiva, el médico se topó con un panorama más urgente: Ancianos, adultos, jóvenes, no muchos pero bastante graves, llenaban la sala. La influenza había llegado a Venecia con apenas un aviso: La fecha del dichoso boletín de Nueva York al que pocos habían prestado atención. Ese mismo que afirmaba que el brote estaba más o menos controlado y que no había nada de qué preocuparse. "¿Nada?" pensaba Gatell y reparaba en que Katarina Leoncavallo estaba requiriendo más oxígeno que los demás, que el sudor había hecho prescindible su bata de enferma y que ella era capaz de entender lo que había ocurrido en todo el hospital. Pronto, la joven enfocó su atención en un chico recién ingresado. De acuerdo a lo que alcanzaba a oírse, aquel paciente había iniciado con los síntomas en la mañana anterior y se había quedado en cama, pensando que sufría de un resfrío. Se suscitó un silencio incómodo y luego, un sorpresivo intento de reanimación resultó inútil.

Katarina Leoncavallo no pudo disimular el espanto ante lo que acababa de ocurrir y el desconcierto de los demás enfermos era tal, que el pánico se apoderó del personal.

Alessandro Gatell decidió entonces, aproximarse a la joven, que se hallaba envuelta en un nuevo llanto y cuyo aspecto daba aún más terror que el del fallecido. Pero él guardó la calma, revisó los signos vitales, sonrió... Y la tomó de la mano, desafiando su código de mantener la sana distancia con la razón de confortarla. Por primera vez en su vida, Katarina Leoncavallo no estaba sola enfrentando al monstruo invisible.

jueves, 6 de febrero de 2020

Al final, Marine


Tell no Tales. Viernes, 15 de noviembre de 2002. 10:30 am.

Marine Lorraine tenía un sueño recurrente: El de hallarse en un hotel de Italia, de esos con paredes de roca y una sofisticación que vuelve el aire diferente. Ella en un vestido blanco, con un listón y un botón oculto que su madre había cosido para evitar que su espalda se revelara más de lo debido; él con un traje de corbata oscura, aproximándose para darle un beso y hacerla sentir como si fuera una novia en su noche de bodas.

Aquello parecía muy normal, Marine estaba próxima a casarse con un joven que había conocido dos años antes y se hallaba nerviosa... Excepto porque aquella escena había ocurrido en realidad, en un hotel de Cinque Terre, durante el casamiento de su hermana mayor. Marine soñaba con los acontecimientos de su día a día, tal y como habían ocurrido, sin añadir circunstancias extrañas o personas que no recordaba haber visto. Aquella buena virtud era algo que deseaba no tener.

Ese día se levantó tarde, se maquilló apenas y salió corriendo rumbo a una cafetería en la calle Gaultier, donde la esperaba Matt Rostov para desayunar. Hacía calor pero ella vestía con un abrigo café para disimular las marcas que le quedaban por tanto rascarse y poco antes de tomar asiento en una mesa exterior, se colocó sus auxiliares auditivos aunque le pesara hacerlo. No se veía contenta.

-Marine, mira este sobre azul. Dice que será otro año en que tu madre crea que sigues siendo virgen ¿No te alegra? - saludó Matt Rostov antes de probar una rebanada de pay de manzana y continuar leyendo papeles que parecían las descripciones de un caso médico extravagante. La mujer no sabía qué decir.

-Sé que tu doctora te ha cubierto desde hace siete años.
-No puedo decirle a mis padres - murmuró ella con vergüenza.
-De todas maneras es una confidencia del paciente, aunque me contaron que tú nunca vas sola a consulta.
-Ninguna mujer soltera del barrio Corse acude al hospital sin su madre.
-Oye ¿es cierto que tu ex novio era un poco grande?
-¿De qué me hablas?
-La ginecóloga se dio cuenta porque tenías un ligero desgarre.

A Matt le dio un breve ataque de risa y supo que a Marine no le molestaba que le hubieran dicho algo así. Quizás la desconcertaba un poco por lo directo el tema. Desde que la conocía, las cosas eran dichas de golpe y sin pedir disculpas. Se estaban volviendo amigos.

-No lo sé ¿tendría qué?- respondió Marine y le vino a la mente aquella vieja boda y las interminables pruebas de vestuario de las que acostumbraba escapar con el pretexto de atender casos en Intelligenza Italiana. Como su hermana mayor no había tenido intimidad con ningún hombre, sus padres y suegros le habían permitido elegir un vestido rojo para llegar al altar y tener a las damas de honor en blanco. A Marine le había tocado un atuendo que por falta de tiempo, no había sido modificado para esconder su cadera o disimular su busto.

-Tu ginecóloga está preocupada por ti, Marine - prosiguió Matt.
-¿Eres su portavoz?
-No pero me pidió que te lo dijera ¿Sabías que conversó con el tipo con el que te piensas casar?
-Se llama Laurent.
-Laurent le confesó que nunca han estado solos.
-¿Mis padres quisieron que él tuviera la plática pre matrimonial?
-Con todo y el cura de confianza presente. También fueron tus suegros, por si te interesa.
-Es vergonzoso.
-No es bueno, Marine.
-¿Por qué lo hicieron? Me prometieron dejarlo en paz.
-Lo que no me parece normal es que no te hayas acostado con él.
-Es la costumbre en el barrio, Matt.
-A una mujer como tú debería tenerle sin cuidado.
-Pero me lo enseñaron.
-Marine, no te entiendo ¿Por qué con Laurent has sido tan reservada? Le hiciste creer que eres tímida.
-No querría casarse conmigo de otra forma.
-Tonterías.
-Matt, lo sabes. En Corse las cosas son así.
-Mujer, mi punto es que antes tuviste sexo con alguien.
-¿Importa?
-Es justo lo que no comprendo ¿Qué pasó con ese ex novio?
-Nada.
-¿Qué fue diferente?
-¿Por qué quieres saberlo, Matt? ¿Te envió mi papá?
-Con el tipo de familia que tienes, me parece excelente que tu doctora te proteja. Supongo que eres afortunada de guardar un secreto, aunque el tuyo me parezca tonto.
-No lo es.
-A mí no me intriga tanto como parece.
-Es que... ¿Sabes Matt? Son mis cosas. En unos días no voy a necesitar un certificado que diga que sigo intacta.
-Leí tu expediente y lo que me llamó la atención es que te recomendaron ir al psicólogo y nunca te has parado por ahí.
-No era necesario.
-Marine, olvídate de tu ex novio.
-Hace tanto que lo hice.
-Mejor no te cases.

Matt continuó su lectura con el ánimo en apariencia indiferente y después de ordenar un jugo y pan tostado, Marine volvió a perderse en sus pensamientos como sus hermanas, que se vigilaban unas a otras para complacer a sus religiosos padres y mantener prometidos con los que jamás se arriesgaban a vivir algo más especial que tomarlos que la mano. Y gracias a eso, habían sido descuidadas con ella, porque al ser la más ocupada, no habían considerado necesario ser tan asfixiantes. Ella adelantaba grados escolares y asistía a los voluntariados de la iglesia con su padre, hasta que se le metió en la cabeza que en Italia se hallaba la mejor oportunidad para continuar sus estudios. Su familia se mudó para acompañarla, sin cambiar la dinámica de los interrogatorios extenuantes y el espionaje de siete jóvenes en forma estricta. Ese control represivo era tan natural, que Marine obedecía sin necesidad de sentirse forzada ¿O no había notado lo contrario antes?

-¿Courtney insiste en ir a Venecia? - preguntó la mujer sin disimular la curiosidad.
-Quiere prevenir a alguien de no sé qué. Esta mañana discutimos porque no la apoyo - respondió Matt.
-¿A quién desea ver?
-A un tal Ricardo Liukin que apenas conozco y que parece ser amigo de un antiguo novio que tuvo.
-¿Estás celoso?
-Molesto. No confío en un payaso que llama a Courtney cada semana.
-¿Le has preguntado a tu esposa por qué le interesa el señor Liukin?
-No sé de donde sacó que un tal Maragaglio lo estuvo buscando y se ha hecho un amigo cercano. Courtney dice que ese tipo lo persigue desde hace cinco años.

Marine no pronunció palabra y miró a la mesa con cierto asombro. Llevaba tanto tiempo sin oír el apodo de Maragaglio de una voz diferente a la suya ¿Quizás sus sueños le habían anunciado que recibiría noticias de él? Y con el viejo tema de los Liukin, una familia que aquél investigaba sin revelarle jamás un motivo.

-Eso suena muy raro - prosiguió ella.
-No sé hasta cuándo tendré paciencia. Supongo que a Courtney le molesta que el tal Maragaglio se salga con la suya - respondió Matt Rostov demostrando su nulo entusiasmo. Marine pasó saliva.

Mientras a ella le servían el desayuno, recordó otro sueño: El día de su llegada a Intelligenza Italiana, que justo había empezado con una taza de café mediocre y una rebanada de pan reseco con mantequilla en el peor de los escritorios de la más oscura oficina que vio jamás. Era de las becarias nuevas junto a otros compañeros de clase y luego de pasar lista, recibió la asignación de integrarse al equipo de Maurizio Leoncavallo, alias "Maragaglio", Jefe de Intelligenza de la ciudad de Milán. Sus primeras tareas habían sido arreglar una caja con archivos de casos cerrados y sacar copias mientras esperaba a aquel tutor con la paciencia de un santo y veía como el resto del grupo se preparaba para conocer las instalaciones. Ella se quedó hasta las tres, cuando el encargado del servicio social la llevó frente a una puerta de la cual salió el tal Maragaglio, quien cortante, apenas le dijo "hola" y le anunció que contestaría las llamadas, enlazando las personales a través de las claves pegadas junto a una pared. El hombre ni siquiera había volteado a verla.

-Tierra llamando a Marine - le dijo Matt Rostov.
-Me distraje, lo siento.
-Esto de casarte te tiene tensa.
-Eso supongo.
-¿No sientes algo por Laurent?
-Lo quiero mucho, Matt.
-No es amor.
-Él es muy lindo.
-Marine, aun puedes retroceder.
-No puedo.
-¿Por qué?
-¡Sólo es no y ya!

Matt se sorprendió de verla irritada pero se alegró al mismo tiempo. Marine solía ser la sonrisa andante aunque se desesperara.

-Disculpa, Marine. Soy entrometido, es todo.

La mujer en cambio, comenzó a llorar y a sentir una gran vergüenza por la escena que daba.

-Tranquila, las bodas son tensas - siguió Matt y la abrazó luego de ahuyentar las miradas de los curiosos. Marine creía tener un deja vú con la vez en la que había reaccionado de forma similar a una pregunta simple sobre por qué pasaba los días enteros extrañando su trabajo en Italia.

Pero no era Intelligenza lo que le provocaba nostalgia, evidentemente. Le había cambiado la vida al escuchar a Maragaglio con detenimiento luego de semanas de ser casi un fantasma frente al teléfono. Él le explicó que esa era la mejor forma de empezar, porque cualquier error en un recado podía costar un problema. Marine terminó pensando en la voz melodiosa de ese hombre y a partir de esa tarde, se abstuvo de remover sus auditivos, percatándose que Maragaglio no hablaba solo como todos pensaban. Él recitaba obras de teatro y guiones de cine, leía en voz alta y cuando cantaba, las rodillas de Marine comenzaban a temblar. La joven hacía de todo por deleitar sus oídos a diario y su jefe se enteró muy pronto, porque de tanto prestarle atención, ella le había descubierto una relación extramatrimonial y luego de reprochárselo, le mencionó que su forma de entonar le gustaba. Vaya atino de suavizar las cosas porque a partir de ese instante, Maragaglio empezó a tomarla en cuenta para las prácticas de campo y el archivo de casos nuevos, permitiéndole leerlos. Pronto, Marine empezó a dar su opinión y a ser más activa, así que no le extrañó que su nuevo amigo le avisara de su traslado a Venecia para convertirse en Jefe de Intelligenza del Véneto.

-Respira, Marine - intentaba persuadirla Matt mientras ella batallaba contra esa sofocación que sentía desde niña. En el barrio Corse, la famosa vestimenta de blusa rayada, gorro marinero, falda blanca o de mezclilla, botines o tacones era una trampa. Hacía que las jóvenes se vieran preciosas pero también las ponía a espiarse entre sí porque era relativamente fácil mantener relaciones sexuales sin necesidad de desvertirse. Ninguna chica mentía por otra y se armaban atroces escándalos a la menor insinuación de que una de ellas no era virgen. A Marine le había tocado ver la reputación de una vecina destruida y se había enterado del suicidio de otra luego de ser sorprendida. Ambos casos seguían comentándose en Corse para dar escarmiento y Marine advirtió que la famosa pañoleta roja que las chicas siempre sujetaban a su cuello era siniestra. Perderla o que alguien la arrebatara, era suficiente para que los demás levantaran el dedo acusador y era tan injusto pensar en las leyendas sobre mujeres que se habían colgado usando una... Marine se sentía libre cuando no tenía que portarla, como en Italia cuando Maragaglio la regañó por arriesgarse a lastimarse o atorarse durante una excursión a las montañas. Ella le explicó la costumbre de su familia y de Corse, sin evitar que la prenda fuera confiscada. Marine se enamoró de Maragaglio en el segundo que él desató el nudo.

-Ya pasó, mujer. Debes descansar y suspender tus planes un par de días - sugirió Matt.
-Tampoco puedo faltar al trabajo.
-No me refiero a pedir tiempo libre.
-No creo que en el banco me dejen en paz.
-Marine, pónle pausa a los preparativos ¿o es urgente que decidas un color de servilletas?
-Iré a elegir las flores.
-Estás muy cansada de revisar catálogos y de hablar con el tipo que organiza la fiesta.
-Matt, la boda es en quince días.
-No creo que tomarte una semana sea tan grave.
-Mañana me entregan mi vestido y quizás los zapatos. Mi suegra dice que me probaré muchos peinados y veremos al cura para que me dé consejos.
-Tienes que hablar en broma.
-Pues, no.

Marine bebió su jugo y su mente regresó a una pequeña cita con Maragaglio en la isla de Murano durante un día lluvioso. Ambos habían visitado el taller de cristalería de Lavinia Swire y él le había obsequiado un anillo cuyo cristal tenía la forma de una gran rosa. Pero eso no había sido lo más especial del viaje. Mientras un aguacero les caía encima, Maragaglio admitió sus profundos deseos de hacer el amor con ella. Luego de un momento de silencio, Marine respondió evasiva, con la invitación al casamiento de su hermana por delante y prácticamente huyendo a casa.

-No quiero damas de honor - señaló Marine bruscamente y Matt Rostov empezó a reírse de nuevo.

-Rayos, ya pagué sus vestidos ¿habrán devoluciones? Ese dinero me caería muy bien- siguió ella.
-Supongo que sí, nadie los ha usado.
-Matt ¿ya te invité a la ceremonia?
-Me diste cuatro tarjetas ayer ¿no lo recuerdas?
-No ¿Te dije que tendremos un buffet de empanadas en la fiesta? Hemos mandado a traer todo desde Hammersmith.
-Eso me interesa. Si no te casas ¿igual harías la fiesta, mujer?
-¿Por qué cancelaría la iglesia?
-Marine, creo que has gastado todos tus billetes en perder el tiempo. Ni amas al novio, ni te interesan los invitados, tampoco pareces animada por decir que sí.
-Es que me he tardado tanto y Laurent apenas liquidó lo del jardín para la recepción y la selección de bebidas. Nos entregan los resultados de los exámenes prenupciales mañana y aun queda ver lo del departamento en la calle Mezino.
-¿No arreglaron eso antes?
-No he decorado.... Aunque Laurent y yo podríamos trabajar en pintar y amueblar en la luna de miel.
-Te vas a aburrir.
-Eso no es cierto, Matt.
-¿Apostamos?

Ella miró al suelo y supo que él tenía razón. Laurent la hacía bostezar casi todos los días y no solía emocionarla con sus charlas sobre sus aventuras en el mar o el viaje que quería hacer bordeando la costa china para llegar a Macao. En dos años, Marine se había acostumbrado a ignorarlo luego de hablar sobre el trabajo o de alguna reunión familiar que no podían omitir. En sus citas siempre había chaperones, así que ella se quedaba callada y él le decía en cada ocasión que su timidez le resultaba tierna.

Caso distinto a ese Maragaglio que tanta falta le hacía. Que le despertaba el ánimo. Que le alimentaba una explosiva pasión que la mantenía hecha trizas. Porque luego del episodio en Murano, ella había evitado topárselo en los pasillos de la oficina o en el comedor. Huía de él en las prácticas de tiro o de campo; salía más temprano o en compañía de alguien. Pero llegó la boda de su hermana y Maragaglio acudió con su esposa. Ella no pudo evadirlo.

-No sé que decirte, Marine. Me gustaría pensar que harás lo correcto - decía Matt Rostov.
-Creo que sí.
-No te veo cancelando.
-Matt ¿por qué hablas como si fuera fácil?
-Porque me gustaría que todo se resolviera para ti.
-Espera, contestaré una llamada.

Marine buscó su teléfono con la respiración interrumpida y su decepción al mirar el identificador era innegable. Luego de dudarlo, la mujer atendió.

Matt Rostov prefirió prestar atención a esa conversación, casi monólogo, entre ella y Laurent. El tema era una tornaboda en la que los novios estarían ausentes. Se habían escogido manteles con bordados de hilo de plata, la animación de una orquesta de reggae y un brunch con waffles y pollo frito. Marine contestaba con "está bien", "le gustará a mis padres", "es una linda idea" y "gracias Laurent" con cada pregunta que aquél hacía y su voz perezosa apenas le ocultaba los bostezos. Matt sólo atinaba a reírse mientras se percataba de la presencia de las hermanas menores de Marine. Aquellas habían ido con el encargo de averiguar qué "tramaba" una novia que debía ocuparse más de ir al templo a recibir recomendaciones matrimoniales que de reunirse con un amigo que no le había presentado a nadie. Deshacerse de ellas no era una idea conveniente y además, intentaban descubrir si su hermana portaba la pañoleta roja en su lugar.

-Qué fastidio - expresó Matt.
-¿Qué cosa? - curioseó Marine sin apartarse del teléfono y volteó al rincón en donde aquellas tres chicas fingían no verla. Entonces le ganó la risa.

En el pasado, Maragaglio había atacado de forma frontal y nadie en la familia Lorraine advirtió siquiera que Marine era seducida por su jefe. Las hermanas celebraban con la mayor de ellas por estar casada, los padres se dedicaban a complacer a los presentes, los demás dedicaban sus críticas a los horribles vestidos y a las tristes decoraciones... Pero nadie se fijaba en lo que sucedía detrás de una columna floral, cuando Maragaglio logró coincidir a solas con su becaria luego de tantos días. Él rozó la espalda de esa mujer y le robó un beso, obteniendo a cambio la cálida reacción de una Marine que no dudó en aceptar un abrazo y susurrarle que lo extrañaba. Maragaglio se disculpó por su propuesta de estar juntos y ella entonces confesó que tenía miedo. Miedo de que alguien se enterara o la viera, temor de que la siguieran, pánico de ser expuesta y terror de sentir que había traicionado a su familia. Él le prometió no insistir, pero un "yo quiero" de Marine bastó y sobró para que ambos inventaran un imprevisto de trabajo. Maragaglio dejó a su mujer en casa y Marine empacó de prisa para abandonar la fiesta discretamente. A los Lorraine no les gustó, pero su hija había probado ser confiable y llevaba sus pañoletas rojas para tranquilizarlos. Cuando Maragaglio regresó por ella, sus padres prácticamente le encomendaban proteger a su cuarta hija y evitar que cualquiera se pasara de listo.

Así fue como Marine Lorraine pasó unas horas de carretera para llegar a Cinque Terre y hospedarse por cuatro noches en un hotel para parejas donde Maragaglio la presentaba como su esposa y luego de pasear por el pueblo o brindar con champagne, tomaba reconfortantes baños de burbujas con él.

-Son niñas, Matt - mencionó Marine sobre sus hermanas sin colgar el teléfono. No sabía que había pasado tanto tiempo pensando y que Laurent le contaba algo de escaso interés. Acaso la mujer prestó atención cuando oyó que el menú del buffet se había complicado, pero el restaurante etíope del barrio Láncry se comprometía a cumplir con el pedido sin pedir pago por adelantado.

-Si no hay empanadas, no voy - bromeó Matt Rostov
-¡El pastel estará relleno de manzana! - replicó ella sin poder sacudirse una nueva risa y evocar su regreso a Tell no Tales con una prueba de embarazo positiva por delante. Esa falsa alarma y un sutil desgarre, motivaron el teatro entre la ginecóloga y ella para esconder que había amado locamente a Maurizio Maragaglio. Los Lorraine sospecharon de ese sentimiento durante las últimas semanas en Italia, porque su hija no dejaba de llorar ni de pensar en ese hombre y los certificados de una vagina intacta se volvieron especialmente vitales para aferrarse a la idea de una gran "admiración" y no atreverse a imaginar a Marine en alguna situación más profunda.

-Mujer, estás carcajeando demasiado - comenzó Matt a preocuparse.
-Ay, es que ¿no te parece gracioso? Tres niñas van a decirle a mi mamá que me la pasé en el celular.
-¿Deberían estar en la playa, no crees?
-¡Tenían que mandarlas a vigilarme antes!
-¿Laurent ya colgó?
-Oye, Matt ¿Y si yo me fuera a Venecia con Courtney, estaría bien?
-¿Tú a dónde y con quién?
-¿Sabes qué? No puedo seguir con esta boda, me duele la cabeza, quiero dormir y que mi madre arregle lo que falta. No me gustaron los manteles color menta para la fiesta ¿Me dejarían también cambiar el hotel para la noche de bodas? ¿Aun hay tiempo para reservar una cabaña en Jamal? Quizás necesito vacaciones.

Por supuesto que Laurent había escuchado la queja entera y Matt Rostov presionó el botón para terminar con la llamada.

-Dame el teléfono - exigió ella.
-¿Estás ebria?
-¡Claro que no, Matt!
-Tanta carcajada no es normal.
-Mi familia quiere matarme con esta broma. Lo que me hace feliz es que me dejarán en paz dentro de poco y si me divorcio, no tendré que darle explicaciones a nadie sobre mi vida sexual.
-No tienes por qué de todos modos, Marine.
-Dejaré de negar que amé a un hombre muy pronto ¡No te imaginas cuán feliz me hace!
-Contrólate, estás espantando.
-Es que debían ponerme a las chaperonas cuando tenía veinte años.
-Marine, en serio, comienzo a creer que algo anda mal.
-Lo siento, es que yo... No sé ¡era tan obvio que estaba enamorada, Matt! ¡Mi ex era todo para mí! ¿Cómo rayos mis padres no se dieron cuenta?
-¿Te ríes de eso?
-Creo que lo hago porque estoy triste.

Marine intentó calmarse y Matt Rostov deseaba sedarla cuando a ella se le ocurrió que era tiempo de reservarse un par de noches para arreglar su problema. Su boda no lo era. El novio tampoco aunque no le interesaba tanto. Su familia no podía ser un obstáculo. Pero encontrarse a Ricardo Liukin era la llave para deshacerse de esa estúpida obsesión que cada vez era más ingrata. Lo decidió en ese momento.

Maragaglio nunca iba a darle una segunda oportunidad.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Katarina no es la misma

Kaetlyn Osmond y Trennt Michaud/ Foto cortesía de tumblr.

Venecia, Italia. Viernes, 15 de noviembre de 2002. 12:00 p.m.

En la estación de Santa Lucía había cierta expectativa cuando el tren rápido desde Mónaco hacía su aparición y la razón principal era la baja afluencia de turistas. Katarina Leoncavallo lo constató ese viernes, cuando al descender encontró a Miguel Ángel Louvier en el andén sin tener que atravesar un mar de rostros. Él la recibía con los abrazos abiertos.

-Te extrañé, Katy - dijo el chico en su oído.
-Yo también pensé en ti.
-¿Estás llorando?
-No o sí, sólo quería regresar.
-¿La pasaste mal en París?
-Es un lugar muy hermoso.
-¿Qué pasó en Mónaco ayer?
-Me divertí porque fui a la playa que me recomendaste.
-¿Te gustó?
-¿Me ves diferente, Miguel?
-No.
-Me corté el cabello.
-¿Tú...? Ay, lo siento.
-Lo hice en Nueva York.
-Me gusta.
-¿De verdad?
-Katy, eres preciosa.

Miguel no se contuvo un segundo más y besó los labios de Katarina, misma que le correspondió sin dejar sus lágrimas cesar.

-¿Qué tienes?
-Nada, es sólo que me emociono por todo.
-Te vi en Skate America y me puse feliz por tu medalla, Katy.
-Gracias, creí que no la ganaría.
-Eres un cisne muy bello.

Ella pensó que su novio estaba siendo amable y tal vez le preguntaría más tarde sobre lo que había pasado al otro lado del mundo. Estando a punto de intentar sonreír, la joven supo que no estaban solos.

-¿Trajiste a tu papá, Miguel?
-Oh, yo le pedí venir. Es que tengo que volver al trabajo, sólo me dieron permiso de venir a recibirte.
-¿Tienes que ir con los buzos ahora?
-Perdona, Katarina.
-No te preocupes, Miguel.
-Papá te llevará a casa.
-¿De verdad?... Buenas tardes, señor Liukin.

Ricardo Liukin se hallaba frente a ellos, con su camisa de mangas hasta el codo, como si hubiera pasado la mañana cocinando.

-Buenas tardes, señorita Leoncavallo. Felicitaciones por su medalla en Skate America.
-Se lo agradezco.
-Miguel pasó algunas noches en vela para poder apoyarla. Sus compañeros no dejan de molestarlo por eso.
-Lo siento tanto.
-No se preocupe. Mi hijo sabe que están celosos.

Katarina sonrió ante tal broma y Ricardo se sorprendió de que entendiera la mala ironía. Miguel en cambio, estaba satisfecho de que al fin hubiera cierto agrado mutuo luego de casi dos semanas de escuchar a su familia calificar a su novia como "bruja" y "araña" cada que preguntaba si había recibido algún recado desde Nueva York.

-Mis compañeros me esperan en Castello. Perdón si me voy a prisa - agregó el chico, besando a Katarina.

-¿No te molesta, papá?
-Ve tranquilo, Miguel.
-Muchas gracias.

Ricardo vio al feliz muchacho alejarse, volteando por su bella novia en el andén lo más que se pudiera hasta llegar al corredor y acelerar su paso para llegar al trabajo. Los buzos de Venecia revisaban los puentes para darles mantenimiento y como buen aprendiz, Miguel tenía que tomar notas, ayudar a sacar desperdicios y levantar señales azules o rojas para indicarle a los conductores de vaporetti, lanchas y acqua taxis si su paso era seguro, debían disminuir la velocidad o alejarse.

-Miguel ha estado cubriendo doble turno. Parece que le asignarán a un equipo pronto - señaló Ricardo.
-Me contó que le faltan unos meses de entrenamiento básico - contestó Katarina.
-No lo sé. Un día lo mandan a Castello y al otro en Giudecca y mañana quien sabe pero le han dicho que tal vez se quede con el grupo de Dorsoduro porque al líder del sector le cae bien.

Ella sonrió apenas y él tomó su maleta para tener la cortesía de ayudarla.

-Iremos a la Calle del Pignater, ¿cierto?
-Señor Liukin ¿cuánto cuesta una habitación en el hotel Florida?
-¿Sencilla o doble?
-Una con ducha.
-Eso depende del dueño, a mí me cobra 20€ la noche y donde duermen Carlota y Yuko es más caro.
-¿Podríamos preguntar?
-Claro.
-Es que no quiero volver a casa.

Ricardo no curioseó en los motivos.

-¿Cree que me dejen estar con Miguel?
-Bueno, ambos pagarían un cuarto doble ¿han hablado de eso?
-Pensé en darle una sorpresa.
-Deberían ponerse de acuerdo porque él comparte gastos con Tennant.
-Entonces alquilaré algo y tal vez lo convenza de mudarse conmigo.
-¿No crees que vas muy rápido?
-Iré por mis cosas más tarde.

La joven sonaba tan determinada que Ricardo se hizo a la idea de verla a diario en los pasillos del hotel y pasando más tiempo con la familia Liukin del que desearía. A pesar de todo, prefería tener en mente que añadiría un plato extra en la cena familiar y tal vez Katarina llegaría a caerle bien si la conocía mejor. Él odiaba sentir lástima por ella.

Desde la charla con Anna Berton sobre Maragaglio y el secreto que Maeva le había compartido sobre él, Ricardo Liukin consideraba apartarse de la familia Leoncavallo tanto como fuera posible. No le gustaba su historia, ni su parecido físico, mucho menos la actitud de orgullosa superioridad que aquel clan tomaba escudándose en la memoria del repelente pero heroico abuelo partigiano. Cierto era que Maurizio Leoncavallo contaba con su estima, aunque no era suficiente para tolerar a los demás y con Katarina tampoco era alentador.

-Supongo que estuvo con Carlota en París, señorita - comentó Ricardo rumbo a la salida.
-Entrenamos juntas en Bércy.
-¿Algo más?
-Me presento a sus amigos.
-Es una sorpresa verle aquí. Supe que usted planeaba estar en Francia con su hermano.
-Su cumpleaños es mañana.
-Eso lo hace más raro. Creí que no se lo perdería.
-Me dan ganas de viajar otra vez para felicitarlo.

"¿Por qué no lo hace?" deseó saber él pero se contuvo con tal de recibir más información. La noche anterior se había enterado de una pelea entre la joven y su hermano y eso era intrigante per se. Todo el tiempo eran tan cariñosos entre sí, que algo excepcional tenía que ocurrir y tal vez era de importancia.

-Carlota le ha comprado un obsequio a Maurizio. No me dijo qué es - prosiguió Ricardo.
-Es una pluma fuente.
-¿Usted la vio?
-Ella no es muy discreta. Bueno, mi hermano no imagina nada. Carlota elige bonitas envolturas azules.
-Mi hija es así.
-¿La vio patinar ayer?
-Por supuesto, Katarina.
-En el entrenamiento fue más hermoso.
-¿De verdad?
-Maurizio estaba tan feliz por eso...

La tristeza de Katarina Leoncavallo al respecto le ocasionaba ir con la cabeza baja y no mover los labios. Ricardo lo tomaba como una pista valiosa y aquello lo orilló a caminar lentamente por la Fondamenta de Cannaregio rumbo a la cercana Calle Priuli Ai Cavaletti. La chica lo seguía dócilmente y se sorprendía de la facilidad para hallar el hotel Florida con su fachada color rojo ladrillo. Tal y como Maurizio había dicho, existía un único balcón que pertenecía a la habitación de Carlota Liukin y Katarina se imaginó la escena donde él contemplaba a aquella niña hacia lo alto para preguntar por su padre. Seguro había sido en una noche estrellada.

-Hay habitaciones en los pisos tres y cuatro. Deseo que encuentre lo que busca - se despedía Ricardo aunque enseguida reparara en que estaba siendo de golpe un grosero - Olvídelo, Katarina. Hallaremos un lugar decente - se disculpó y luego de cederle el paso, él mismo preguntó al recepcionista si estaba disponible la habitación doble del número once en el segundo piso. Ella no tenía idea de qué decir cuando Ricardo preguntaba por detalles como la vista a la calle, si el baño era completo o las camas eran individuales. Katarina sólo estaba interesada en el precio de 30€ por noche y en descansar antes de ir a la casa familiar a sacar sus cosas.

-Señorita, esta es su llave - indicó el recepcionista y la llevó enseguida delante de una puerta de madera clara cuyos números de cobre se habían caído recientemente. Ella de inmediato corrió las cortinas y abrió la ventana, distinguiendo enseguida el local de bebidas de enfrente y un pequeño nido sobre un poste. El cuarto era mejor de lo que ella buscaba.

-Hay desayuno de cortesía y el hotel cierra a las dos de la mañana - siguió el empleado.
-Entiendo ¿Abren temprano?
-A las seis.
-Es perfecto.
-La dejo, señorita.

Katarina agradeció con una sonrisa y vio al hombrecillo irse sin olvidar dejarle unas mentas de cortesía en la mesita junto a la entrada. Ricardo en cambio, no daba la media vuelta por consultarle si necesitaba alguna otra cosa.

-Descuide, estoy bien, señor Liukin.
-Revisaré los focos por usted.
-Oh, gracias.
-El principal funciona bien ¿Le molesta si veo el del tocador?
-No.
-Está en orden y los apagadores no se traban... Hay un tapón en el lavabo ¿Quiere que lo arregle, señorita?
-¿Tapón?
-Hubo huéspedes hasta ayer y no creo que hayan reportado el problema. Iré por la herramienta y ajustaré los grifos de la regadera por si acaso... ¿Quiere sustituir las sábanas?
-¿Es necesario?
-Créame que sí.
-Le pediré al chico del servicio que lo haga.
-Mejor las metemos en una bolsa y las llevamos a la lavandería. Le aseguro que no se darán cuenta, Katarina.
-Le haré caso, señor Liukin.
-Bienvenida al hotel.

Ella sonrió apenas y dobló las sábanas, dedicándose luego a verificar si el armario tenía espacio suficiente o había polillas.

-No me tardo ¿Todo está bien? - pronunció Ricardo al entrar nuevamente.
-Sí... ¿Le ayudo?
-No es nada, descanse.

Katarina Leoncavallo optó por recargarse en la puerta del baño y supo que un trozo de esponja causaba que el agua tardara en fluir en el lavabo. La ducha por otro lado, estaba cubierta por un poco de sarro aunque frotar con algún cepillo de limpieza sería suficiente y el retrete funcionaba sin novedad.

-Muchas gracias, señor Liukin.
-De nada, señorita. Si desea algo, estoy en la habitación ocho.
-¿Cómo puedo agradecerle?
-Katarina, estamos a mano.
-¡No! ¿Cómo es eso?
-La quise auxiliar, somos vecinos. Cuando llegue Miguel, le avisaré.
-Lo estoy molestando.
-Tengo una idea.
-¿Cuál?
-¿Le parece bien si la llevo a la lavandería y me platica sobre Carlota? Es que no me fío mucho de Maragaglio y se la pasa diciéndome que todo va bien.
-Maragaglio es un idiota.
-¿Qué? Perdón pero ¿pasa algo con él?
-¡Nada!.. He estado llorando todo este tiempo, creo que son mis hormonas.
-La dejo sola y me disculpo...
-¡No se disculpe! ¡Me fue horrible en París y en Mónaco estuvo igual y no sé por qué lo estoy diciendo si a usted ni le importa!
-Katarina, yo me voy si es lo que necesita.

La joven asentó y vio al suelo.

-¡Señor Liukin! ¿Podría despejarme una duda?
-¿Yo?
-Es que algo me ocurrió en París.
-No sé si sirva un consejo mío.
-¿Por qué rechazaría a una mujer?
-¿Rechazar?... La primera razón es que a lo mejor no me gusta.
-Pero ¿si usted la besara primero?
-Katarina, seré indiscreto ¿De qué estamos hablando?
-De que alguien me besó y después me dejó sola en una cabina fotográfica en París.
-¿Engañaste a Miguel?
-El hombre no me quiso ¿Aun es malo?

Ricardo deseaba enfadarse pero le llamó la atención que alguien despertara en Katarina angustia y llanto. Confundido aún, se le aproximó y ambos tomaron asiento sobre la alfombra.

-¿Es por eso que has estado llorando? - prosiguió él.
-En parte sí.
-¿Qué hiciste en París?
-Entrené con mi hermanito y fuimos al Centre Pompidou.
-La verdad, Katarina.
-Eso pasó.
-Lo otro ¿Quién te besó y por qué?
-"Él" y yo estábamos peleando y me metió a la cabina para calmarnos.
-¿Por qué reñían?
-Ay, señor Liukin, me va a matar.
-¿Por?
-"Él" y yo discutíamos por Marat Safin. Es que casi pierdo el control, creo.

Escasos motivos podían dejar a Ricardo boquiabierto como semejante revelación de que aquella joven mujer tenía ojos para un hombre distinto a su hermano. De tan inesperado, cierta imagen que tenía le cambió de golpe.

-¿Qué hay con Marat?
-Me gusta mucho pero yo no le agrado.
-¿En serio, Katarina?
-No pude disimular frente a nadie y sé que todos se enfadaron.
-Ese Marat es un ciego pero no comprendo ¿por qué se enojaron con usted?
-Porque piensan que Carlota y él son novios.
-¿Eso es verdad?
-No pero es tan obvio que se atraen...
-¿Pasan mucho tiempo juntos en París?
-Marat se aparecía cuando el entrenamiento se terminaba ¿Carlota le dijo que se hospedaron en la Torre Eiffel?
-Maragaglio me contó que sólo eran él y su primo.
-No entiendo porque Marat se fija en ella si no pueden estar juntos. Yo ni siquiera pude gritar de la emoción que me daba verlo y estar tan cerca. Nunca había visto un hombre más hermoso.
-¿Gritar?
-También me sonrojaba.
-¿Esto tiene que ver con el hombre de la cabina?
-Sí porque "él" se molestó cuando le confesé lo de Marat.
-¿Celoso?
-Soy muy tonta para estas cosas.

Ricardo comprendió que Katarina no hablaría más y que muchas imágenes pasaban por su cabeza. Estaba tan furioso al mismo tiempo que no quiso verla y rezó en silencio porque Miguel regresara tarde para poder hablar con él a solas. Por otro lado, ni Andreas ni Adrien habían vuelto al hotel y supuso correctamente que tendría que ir enseguida a Mercato Rialto para alcanzar alguna botella de vino y un par de verduras para preparar los canapés que serviría en la noche mientras veía a Carlota en televisión y pensaba en esa inaceptable cercanía de Marat Safin por la que debía reprenderla sin sucumbir a otra discusión que le haría olvidarlo.

Ricardo Liukin salió del hotel Florida para abordar el vaporetto en la abarrotada estación de San Geremia y se percató de que llevaba en las manos las sábanas de Katarina. Aunque lo correcto era devolverlas, él eligió dejarlas en la lavandería de la esquina e indicar en dónde debían ser entregadas más tarde, en otro despliegue de cortesía que detestaba. O tal vez no, porque el veneno se riega de cualquier forma.

En Venecia no hay peor contratiempo que un viernes y Ricardo comprobó que ir a pie era la única forma de llegar a su destino, aunque atravesar puentes fuera un fastidio en el Canal de Cannaregio. Mercato Rialto era otra pesadilla con los turistas adquiriendo bebidas y comida, alimentando gaviotas o estorbando en los pasillos pero aun podía caminarse en la callejuela de atrás y el señor Liukin se apresuró en elegir cebollas y papas, además de aprovechar para ver a lo lejos a Tennant, quien ordenaba unas cajas en la bodega de la tienda de ultramarinos donde lo habían contratado. Aunque los locatarios hablaran a gritos, se lograba distinguir la voz del joven aquel mientras mencionaba que los calamares en aceite eran sus preferidos para salir del paso cuando se organizaba una fiesta.

-Nunca cambies, niño - suspiró Ricardo y entró al mercado únicamente para evitar que el sol le diera en la cara. Parte de lo que lamentaba de llegar tarde, era que el olor a ingredientes frescos se confundía con el aroma de lociones baratas y grasa. Afortunadamente, sobrevivía el café recién tostado y él se aproximó a su local consentido luego de tentarse con un espresso y la vista hacia el Gran Canale aunque los gondoleros estuvieran estacionados y a la espera de viajeros que no se embriagaran en las banquetas.

Ricardo creía que había visto de todo en Venecia, incluyendo a los mafiosos negociando en voz alta, cuando una escena más cotidiana le probó que se quejaba por ser feliz.

-¿Qué hace Katarina aquí? - se intrigó mientras ella trataba de llamar la atención de algún empleado en la barra de la cafetería con un boletito que indicaba su turno. Aunque pareciera inaudito, nadie la veía y los clientes de la fila la ignoraban y se apoderaban del espacio. Resignada, dejó de batallar y dio sus pasos hacia la derecha, topándose al señor Liukin.

-Ahora sé donde no volver a comprar una bebida - dijo él.
-Quise alcanzarlo porque se llevó las sábanas.
-¿No quieres hablar de esto?
-¿De la ensalada que no me vendieron?
-¿Estás bien?
-¿Podemos irnos?
-Si quieres hablar...
-Tengo hambre.

Ella tomó camino al embarcadero de Rialto y Ricardo no tuvo reparo en emparejarla.

-¿Irás a tu habitación?
-No, señor Liukin.
-¿Te dejo sola?
-¿Por qué la gente finge que no existo?
-Es descortesía, señorita.
-Me ha pasado muchas veces, incluso yendo con mi hermano por una dona.
-No lo tomes tan a pecho.
-Es que usted siempre se da cuenta de mí en la gelateria.
-Porque eres novia de mi hijo.
-¿Y si no lo fuera?
-Igual te notaría, eres compañera de Carlota y hermana de su coach.

Katarina decidió no agregar nada pero Ricardo la observó frustrarse en silencio.

-Te prestaría atención sólo por acercarte, mujer.
-Gracias.
-Los demás actúan como idiotas.
-¿Usted no?
-Katarina, eres bonita. La gente tal vez se sienta intimidada por eso.
-¿Bonita?
-Lo pienso desde que te conozco.
-No lo creería.
-¿Dónde está tu confianza?
-Oh, yo... ¿Me sonrojé?
-Algo. Vamos a comer al Fondaco dei Tedeschi ¿te parece?
-Ay, señor Liukin ¿no lo molesto?
-No, de hecho ¿quieres hablar conmigo?
-¿De qué?.. ¿Es por lo de París?
-Si gustas.
-¿Le va a decir a Miguel?
-No, pero con una condición.
-¿Cuál?
-Me vas a contar lo de la cabina ¿cómo llegaste ahí? Además, me hiciste una pregunta que debo contestar.
-¿Cuál?
-Si lo que hiciste es malo.

Katarina miró al otro lado y luego a Ricardo con cierta vergüenza.

-Haguenauer le informó a Maurizio que tenía que marchar a Versailles con Carlota y ni siquiera lo mencionó para invitarme.
-¿Por qué hablas así, mujer?
-¿Cómo?
-¿"Informó" y "marchar"? ¿En serio?
-Es que usted es tan formal, señor.
-¿Formal yo? ¿De dónde?

Ricardo rió un poco y contagió a la chica.

-¿Te parece si caminamos rumbo a Ponte Rialto? Dudo que alguien nos cruce en bote - sentenció él.
-Adelante, amo caminar ¿le ayudo con algo?

Él no pronunció palabra y la tomó del brazo.

-No te separes de mí.
-Claro que no, señor Liukin.
-Llámame Ricardo, por favor.
-¿Por qué?
-Es más personal.
-¿No cree que es demasiada confianza?
-Katarina, quiero entender por qué lloras tanto.
-¿Estoy...?
-Sí.
-¡Diablos!
-Nos quedamos en que tu hermano no te llevó a Versailles.
-Entonces me quedé con "él".
-Ese tal "él" ¿qué hacía allí?
-Cuidar a Carlota.
-¿Y por qué no fue a Versailles?
-No lo sé pero quería pasar la tarde con Maurizio y con "él".
-¿Ese hombre es un muchacho francés, verdad?
-¿Qué?
-Dime que es un desconocido.
-¡Ese hombre es un idiota!

Ricardo cubrió a Katarina para que no la vieran sollozar.

-¡Fuimos por un pan, le dije que él no es como mi hermano, caminamos y me empezó a hacer muchas preguntas! ¡Me enojé y me persiguió hasta que me metió a una cabina!
-¿Te explicó por qué lo hizo?
-¡Sólo recuerdo que me investigó y en Nueva York me mandó seguir!
-¿Está loco?
-¡Supo todo lo que hice antes de llegar a París!
-No preguntaré.
-"Él" me obligó a sentarme y luego dijo que soy muy importante, me abrazó y me besó.
-Ay, Katarina...
-Le pedí seguir y se fue.
-¿Tú qué?
-Me gustó y quería repetir pero "él" dijo que no.
-¿Te dio un motivo?
-Que es un imbécil.
-No dudes de eso.
-Después lo vi salir y yo no sabía qué hacer así que me puse a jugar con las cosas que estaban en ese cubo. Yo estaba muy sorprendida y cuando me aburrí, "él" volvió y le propuse tomarnos fotos.
-¿Sólo fotos?
-Lo besé otra vez.
-No, no, no.
-Me quité la ropa.

Ella se soltó de Ricardo y entonces, éste imaginó a Maurizio Maragaglio cautivado, presa de la excitación y temblando en deseo ardiente ¿Realmente había sido capaz de poseer a Katarina Leoncavallo un momento más tarde, con ventaja tal? ¿Acaso había rechazado a esa mujer al consumir sus ganas?

-Iremos de vuelta al hotel, señorita.
-Perdón por esto.
-No hay problema.
-¡"Él" no me pudo decir algo y me cubrió con su suéter! ¡Sólo se marchó y yo me sentí tan avergonzada!

Ricardo Liukin volvió a quedar perplejo. El panorama era distinto y Maragaglio había tomado la decisión correcta, aunque la forma tal vez no había sido apropiada. Era comprensible que Katarina se viera vulnerable pero, como hombre, tuvo claro algo que ella comprendería algún día: Su primo la amaba profundamente. Maragaglio la había cuidado un poco, se había dado cuenta de que estar en la cabina parisina no era la manera oportuna, de que no era tiempo ni lugar. O tal vez, para Maragaglio era mejor conservar su amor intacto, platónico, aun costándole una gran indiferencia.

-Calma, Katarina. Créeme si te digo que ese hombre no se aprovechó de ti.
-Me rechazó.
-Quizás "él" no supo qué hacer.
-¿Y si no le gusto?
-Eso es imposible, Katarina ¡Eres muy hermosa!
-Gracias.
-Sé que para ese hombre también eres bastante bella.
-¿En serio?
-No es fácil negarse contigo.

Katarina se sonrojó un poco y bajó la mirada. Ricardo decidió abrigarla con su chaleco y abordar el vaporetto próximo con rumbo a Giudecca. Ella fue dócil para acompañarlo, agradecida de que no volvieran a casa y de que el señor Liukin se esforzara en que nadie se diera cuenta de las lagrimillas que le escurrían en las mejillas y que cada vez eran más ligeras y pausadas. Katarina Leoncavallo no recordaba haber tomado ese camino antes. El Gran Canale era mucho más grande y hermoso al abandonar Ponte Rialto sin banquetas ni estaciones de gondoleros, sin gente ni atascos. La Fondamenta Dorsoduro se distinguía luego de algunos kilómetros y ella creyó reconocer a un par de buzos marcando con naranja algunos pilares de madera que por alguna razón se hallaban en el agua. Se preguntó si Miguel estaba ocupado en algo similar o todavía lo tenían sosteniendo señales de navegación en alguna fondamenta de Castello mientras le regañaban por no ser rápido para cambiarlas cuando era necesario.

-Me han dicho que sin los buzos, Venecia no estaría de pie - comentó con una pequeña sonrisa.
-Miguel lo menciona en el desayuno cuando estamos juntos - respondió Ricardo.
-Consiguió un buen trabajo.
-No tengo idea de cómo lo logró.
-¿Por qué?
-Bueno, Miguel parecía un poco retraído cuando estábamos en París y sólo era el chico de los mensajes. Me enojaba con él por no separarse de Carlota.
-¿De ella?
-Así es, Katarina. Pensaba que mi hija le gustaba y traté mal al muchacho.
-No lo sabía.
-Afortunadamente, Miguel salió muy serio y lo demuestra siempre. A veces creo que es el único adulto aquí.

Ricardo había olvidado su enfado por un momento y conforme el bote se iba aproximando a la isla de Giudecca, la legión de turistas fue desalentando a la joven.

-No te preocupes, sé a dónde ir - prosiguió él.
-¿Dónde?
-¿Aun tienes hambre?

Katarina afirmó mientras su teléfono sonaba y deliberadamente rechazaba las llamadas ante la mirada del señor Liukin, mismo que no ocultaba su desconcierto. Desde el hotel se había repetido la escena.

-Mi hermano - mencionó ella.
-Entiendo.
-Nos hemos peleado y no quiero hablarle.
-Me parece bien.
-Maurizio negoció con Brian Orser para que me vaya a Canadá cuando se acabe la temporada y nunca me dijo.
-¿Negociar?
-No sé los detalles pero Orser contestó que sí.
-Usaste una palabra muy fuerte.
-Mis padres me contaron todo. Al parecer, mi hermanito lleva tiempo planeándolo.
-¡Eso no se hace!

El exabrupto de Ricardo Liukin fue como una revelación para Katarina Leoncavallo. Ella conocía bien a su familia, sabía que a excepción de Maragaglio, nadie se opondría a que se marchara y la forzarían a hacerlo, pero ahora, alguien le expresaba que bajo esas condiciones no estaba bien y se interesó por el por qué.

-Maurizio tiene buenas intenciones, señor Liukin.
-Debió charlar contigo sobre lo que pensaba.
-No es la primera vez que Orser pretende que me mude a Toronto. Una vez conversó con mi anterior entrenador y con mis padres pero me quedé allá como tres meses.
-Poco tiempo.
-Mi hermano no tenía trabajo así que lo contraté ¿Imagina cuánto me llevó convencerlo?
-¿El patinaje no le dejaba ingresos?
-Se había quedado sin patrocinador y la federación no le asignaba un sueldo porque todavía no tenía medallas.
-Hiciste algo bueno por él.
-Nunca lo abandonaría.
-Con mayor razón...
-¿Qué?
-Él tuvo que hablarte. Katarina ¿no crees que mereces consideración al respecto?
-Le reclamé por teléfono y lo llamé "rata".
-¿Quieres ir a Toronto? Es algo que debes responderle cuando vuelva de París.

Ricardo Liukin respiró profundamente por un segundo. Recordaba que alguna vez, Maurizio Leoncavallo le había comentado que iba a separarse de su hermana por estar ocupado con sus alumnos nuevos y con sus planes de ser papá. También había mencionado la culpa por dejarla a los doce años, por lo poco que admitía conocer a Katarina y por la visita de una amiga cuya conversación le había desatado un ataque de náuseas. La frase "no toqué a mi hermana, lo juro" llegó enseguida y Ricardo se intrigó por saber a qué rayos se refería porque ahora estaba seguro de dos cosas: Maurizio obligaría a su hermana a marcharse drásticamente. Y la otra, que estaba siendo hipócrita con Katarina al sugerirle que le faltaban al respeto. Aunque esto último fuera cierto, el señor Liukin creía estar más de acuerdo con el joven Leoncavallo, así que tal vez deseaba ver una futura pugna mientras le sugería a uno que decirle al otro... Hasta que la chica le agradeció por aclararle las cosas con un abrazo.

-De nada, mujer, yo... Quiero ayudar.
-¿No le dirá a nadie?
-No, nunca ¡para nada!
-Señor Liukin, no esperé que usted me escucharía.
-Puedes confiar en mí, Katarina.

Ella le dio enseguida un beso en la mejilla y le estrechó por la cintura.

-Comeremos ensalada de cangrejo ¿te apetece? - prosiguió él, evasivo.
-Mejor unos rollos de salmón y atún.
-Es una buena idea.
-Conozco un lugar muy lindo para hacer picnic.
-Katarina, nos vamos a llenar de arena.
-Lo siento.
-No importa, acepto.

Katarina sonrió y cuando el vaporetto atracó en Lido, ambos se dirigieron a una especie de pequeño bar cercano con decoraciones de cristal. Había mucha gente, pero no lo notaron al ordenar comida para llevar. Lido es, después de San Marco, el lugar más turístico de Venecia y Giudecca parece más bien un enorme resort como tantos otros en cualquier país, pero las dunas cercanas a la playa San Nicolò siempre se quedan solitarias por una razón y Katarina y Ricardo optaron por caminar ahí. Ella se despojó de los zapatos y enseguida se echó arena húmeda en los pies, además de enjuagarse una y otra vez.

-¿Siempre juegas de esa forma?
-Sí, señor Liukin.
-Ricardo es más amable.
-Ricardo, inténtelo. Le prometo que es divertido.
-Te haré caso.

Él se quitó los zapatos y luego de imitar a Katarina, se acordó de la respuesta pendiente desde el hotel Florida, así que decidió darla de una vez.

-Diremos que lo de París cuenta y le fuiste infiel a Miguel. Niña, besaste a otro hombre y te quitaste la ropa.
-¿Debo terminar con mi novio?
-¿Te hablo como padre del chico o sólo te doy un consejo?
-¡El consejo!
-Rompe con Miguel antes de que me enfurezca... Y de paso, aléjate de Maragaglio porque tiene una esposa y tres hijos. Él tomó su decisión en el cubo y te libró de problemas.
-¿Maragaglio?
-¿No es el tal "él"? Lo supe cuando dijiste que cuidaba a Carlota.
-Puede ser un policía francés.
-Discutieron de forma personal sobre ti.
-¿Mucho?
-Katarina, por encima de todo, él es tu primo y esa es razón suficiente para saber que lo que pasó está muy mal.
-¿Por qué me besaría?
-¿No te das cuenta?
-¿De qué?
-Es simple: Él se equivocó y aunque no actuó como tal vez yo lo habría hecho, tuvo la decencia de no lastimarte.
-Sentí horrible cuando me dejó.
-Eso es normal, Katy. Estabas desnuda, esperando que Maragaglio te tocara y te tratara bien pero ¿has pensado por qué te desvestiste? ¿Habías considerado hacerlo frente a él? ¿Por qué lo elegiste? Si no lo sabes, entonces que quede claro que a tu primo le importas bastante.

Katarina no supo qué palabras eran oportunas y bajó la cabeza, además de llorar de nuevo.

-Perdona ¿mi voz es ruda? - Ricardo se quedó en silencio y luego de recorrer algunos metros, eligió asiento en una duna que el mar no había deshecho. Katarina en cambio, abría su bolsa de papel y se precipitaba en devorar un rollo de alga nori con atún.

-Tranquila, niña, te puedes ahogar.
-Estaba hambrienta.
-El bocado es más grande que tu boca.
-¿Quieres acompañarme?
-¿Te doy bebida para que te sea más ligero?

Con gestos infantiles, Katarina Leoncavallo sacó una botella y Ricardo Liukin se encargó de descorcharla al mismo tiempo que descubría que no tenía copas ni vasos. Ella no tuvo reparo en tomar directamente.

-Alla salute...
-Mi dispiaccio, Ricardo.
-El vino blanco no es mi favorito.
-¿Pruebas un poco?
-Katy, yo no bebo eso.
-Está rico.
-Come sin prisa.
-¡Ricardo!
-¿Qué?
-Gracias.

Katarina continuó derramando su llanto mientras saboreaba más atún pero no sentía desesperación como antes.

-Ten cuidado, mancharás tu vestido - advirtió el señor Liukin antes de animarse a tomar su propia comida y dar un enorme trago al vino.

-Este alcohol es veneno.
-Jajajajaja, a mí me parece bueno.
-Tienes un gusto raro, mujer.
-¿Es malo?
-No.
-He estado pensando.
-¿En qué?
-Me gusta el alcohol corriente, la comida mala y el olor a tabaco.
-A la mayoría, Katy.
-¿De verdad?
-Eso creo.
-No me sentiré especial.
-Eres preciosa, con eso basta.
-Gracias otra vez.
-¿Te sonrojas a menudo?
-¡Me encanta que me digas bonita!
-¿No te halagan diario?
-Miguel y... Maragaglio.
-¿Nadie más?
-Hay un cristalero en Murano también.
-¿El gondolero no?
-¿Cuál?
-Miguel contó que hay un muchacho que se desvive por verte pasar en Cannaregio.
-Lo he recordado.
-¿Ves? No soy el único que nota lo bella que eres.
-Pero sí el que más me sorprende.

Katarina enjugó sus lágrimas y se percató de que Ricardo Liukin respiraba tan cerca de su cabello que no podía adivinar si ambos habían estado así por tanto tiempo.

-Ricardo ¿le han dicho que usted hace que la gente se sienta mejor?
-Mi esposa cuando tenía.
-¿Qué le ocurrió?
-Murió por una falla cardíaca mientras Carlota participaba en un torneo.
-Lo lamento tanto.
-Nos estábamos divorciando aunque yo no lo deseaba.
-¿Qué pasó después?
-Mi duelo fue solitario y no lo pude sobrellevar. Los dos primeros meses colapsé y luché para que mis hijos no se dieran cuenta. Me volví evasivo, salía cada noche a divertirme. Reaccioné cuando los niños tuvieron un accidente en la cocina. Me dolió más ser descuidado y olvidar que Andreas, Carlota y Adrien van a sufrir por esto toda su vida. Era su madre, ellos la adoran.
-¡Es tan injusto!
-Maurizio y tú aun tienen a sus padres juntos.
-Habría preferido tener una madre que me durara poco pero me amara.
-¡No sabes lo que dices! Soy huérfano de nacimiento y siempre necesité una mamá.
-Mis padres no me quieren, Ricardo. Dejaban que el abuelo me golpeara, nunca me han regalado cosas bonitas, no me llevaban sopa a la cama cuando me enfermaba y sólo me hablan para obligarme a dejar la casa. Cuando era niña los escuché por casualidad y en lugar de llamarme por mi nombre, decían "nuestro estorbo de hija".
-Es inaudito.
-Me lo gritaron en la escuela una vez porque reprobé un examen y mis compañeros me molestaron gritándome "¡estorbo, quítate! ¡dame tu dinero, estorbo! ¡eres una tonta, estorbo!" mientras robaban mis cosas o me tiraban.
-Eso es perverso.
-Sólo tenía a mi hermanito y a mi primo ¡No podría vivir sin Maurizio!
-¿Y sin Maragaglio?
-No lo sé.

Ricardo le dio un beso al cabello de Katarina y ella le regaló uno en la frente. Parecía no pasar a mayores cuando él se inclinó al oído de ella, murmurando algo que quedaría entre ambos. La chica cerró los ojos y una serie de caricias en sus mejillas la prepararon para que la boca de Ricardo Liukin le conociera los labios. El deja vú por Maragaglio la asustó enseguida.

-Katarina, nadie sabe que me atraes mucho.
-¿Quién lo sospecharía?
-Eso me molesta tanto.
-¿Qué?
-No debemos.
-¿Y ya?
-No te enojes.
-Los hombres me besan y se van.
-Eso no es cierto.
-¿Por qué quieres correr, Ricardo?
-Sigo aquí.
-Entonces, terminemos con esto.

Katarina se aferró a él, a abrir su camisa, a respirar su loción, a sentir como subía la marea poco a poco. Ricardo Liukin comenzó a excitarse y deslizar sus dedos por el cierre de ese vestido de rayas negras y verde oscuro, descubriendo el cuerpo femenino más irresistible del mundo. La cintura invitaba a ser acariciada, los brazos sujetaban con pasión inigualable, la piel parecía de terciopelo y el calor del pecho era una bendición oculta junto a la belleza de su regazo.

Ella no sabía si ese hombre le gustaba o no, pero si él se arrepentía, iba a herirla sin remedio, motivo que la tuvo tensa hasta que Ricardo se desvistió.

Era por fin, la primera vez de Katarina Leoncavallo junto a un hombre. No el que había soñado. Ni uno que deseara. Tampoco aquel en el que confiara con todo su corazón. Pero sí el que no tenía reparos en mirarla fascinado, el que podía tocarla sin miedo, el que le susurraba que era la mujer más bella que había visto y no le estaba mintiendo. Ella creyó que en cualquier momento la inexperiencia la traicionaría pero estaba besando sin reservas, sonriendo y coqueteando, conociendo sitios que eran tan sensibles como placenteros. Lo estaba disfrutando, se estaba entregando. Ricardo Liukin temblaba de comprobar que Katarina Leoncavallo superaba el dolor inicial y en todo momento le pedía ser más intenso o más dulce, dependiendo del sitio en el que la tocara o posara su boca.

-Esto se siente tan bien - sonreía la mujer.
-A veces, sí.
-Ricardo ¿se va a repetir?
-Katy, debes cortar con Miguel.
-Lo haré cuando volvamos.
-Tengo que ver patinar a mi hija por la noche.
-¿Podemos hacerlo juntos?
-Katy...
-Quédate conmigo.
-Mis hijos me esperan.
-¿Así acaba?
-Odio decir que sí.
-¿Iremos al hotel o cada quien por su lado?
-No te dejaré sola hasta que entres en tu habitación.
-¿Qué hora es, Ricardo?
-Mmm, no lo sé ¿Será temprano?
-Voy a vestirme.
-Son las tres.

Katarina se recostó de nuevo y Ricardo volteó para abrazarla en el acto.

-Te ves feliz.
-El sexo no se parece a nada que me hayan platicado.
-¿Es mejor, Katarina?
-Siempre escuché que la primera vez era mala.
-Suele serlo.
-La mía me gusta.
-De nada.
-Aun hay tiempo, Ricardo.
-Bastante... ¿Quieres pasar la noche aquí?
-Sí.
-Conseguiremos más vino, alquilaremos una habitación y regresaremos mañana con los demás.
-¿Verás a Carlota?
-Contigo, Katarina.
-¿Y ese cambio de opinión?
-Me gustas demasiado, aprovechemos que estamos juntos.

Katarina Leoncavallo apretó de nuevo a Ricardo Liukin contra sí para continuar con los besos y caricias que la tenían fascinada y comenzar a atreverse, a conocer y a poseer el cuerpo de ese hombre que insólitamente la complacía y la llenaba de ansias por una siguiente ocasión a solas en la que pudiera experimentar un poco más. La marea continuaba subiendo y la ropa de ambos comenzó a empaparse. No la utilizarían de todas formas.