miércoles, 22 de julio de 2020

Las pestes también se van (Familia)

"La muerte y la doncella", Egon Schiele (1915)

Milán, Italia. Agosto, 1918.

Maurizio Leoncavallo tenía quince años y era el mayor de los diez hijos del señor Leoncavallo, el zapatero de un taller precario próximo a una vecindad igual de deteriorada. Como las necesidades de una familia pobre suelen ser apremiantes, ese joven trabajaba desde los seis, primero como deshollinador y luego como un albañil de larga jornada que podía llevar un sorbo de sopa de papa y un mendrugo de pan a su boca cada noche. Ese hijo mayor se encargaba de organizar a sus hermanos, todos pequeños, para el aseo y para dormir temprano y también era responsable de cuidarlos cuando su madre sentía que le abandonaban las fuerzas luego de lavar ropa ajena. En la escuela, los niños Leoncavallo destacaban por leer y dibujar y por ambas razones, Maurizio vivía con la enorme exigencia de aportar su mísero sueldo para comprar el material escolar posible, a costa de las mayores privaciones. 

-Has nacido tonto ¿qué se le va hacer? - le repetía su padre y su madre hablaba feliz de los halagos y buenas notas de los pequeños, que Maurizio no sabía si sentía envidia. Alguna vez, un oculista le había dicho que requería unos lentes y en lugar de reunir un poco de dinero para tratar su mala vista, había comprado un juego de geometría y una cajita de lápices baratos para esos nueve torbellinos que no se daban cuenta de que le dolía la espalda y deseaba cerrar los ojos en lugar de perseguirlos en esa habitación dónde vivían. 

Por ello, el señor Leoncavallo se enfadó sobremanera el día que Maurizio llegó temprano a casa y cayó tendido en el piso, con tos abundante y una gran fiebre. Su madre le colocaría una manta y le permitiría usar el catre de la familia mientras intercedía ante su marido para incluso colocarle compresas frías al muchacho y darle el lujo de dormir, con la expectativa de que el malestar se le pasara. Pero aquello no sucedió. A la mañana siguiente, su piel hervía, la palidez le había dejado casi invisibles los labios y su nariz sangraba de vez en vez luego de accesos de tos cada vez más prolongados. El señor Leoncavallo apenas se daba cuenta de la gravedad, cuando tres chiquillos enfermaron al mediodía y el resto de los hermanos terminaron postrados sobre sus camas de cartón antes de las tres de la tarde. La señora Leoncavallo intentaba atenderlos, obligarlos a beber agua o comer algo, pero ninguno podía hacerle caso y pronto, uno de ellos no le respondió cuando intentó despertarlo. Era Gianni, el más chico, el que apenas había llegado a los dos años. La madre gritó desesperada y sostuvo a su niño con la esperanza de reanimarlo. Más tarde, fue Luca, el más inteligente de la familia, el que tenía once y le gustaba jugar a la pelota. Su mirada quedaría cristalizada, como una figura de hielo que no se derretiría nunca. Maurizio Leoncavallo notó que el último vistazo de aquél desafortunado había sido para él, aunque no entendiera por qué. Deseaba llorar, desgarrarse del dolor, pero su debilidad era otro obstáculo y el cansancio lo venció, aunque no pudo dormir. El señor Leoncavallo llegaría a casa con la novedad de que dos críos habían muerto y su mujer comenzaba a expectorar, pero se sostenía de pie por la posibilidad de que aquello se detuviera pronto. El sacerdote no se daba abasto con tantas personas que le pedían rezar por sus fallecidos y un doctor que no sería capaz de atenderlos a todos. Una familia entera en la planta baja de la vecindad había perecido; otros daban el último suspiro en la calle, una conocida estaba saludable en la mañana y occisa antes de la cena. El señor Leoncavallo tomó una silla entonces y suspiró mientras reprimía la furia y las lágrimas hasta que la interminable tos de Maurizio le hizo perder la paciencia.

-¡Levántate, bruto! ¡Déjale el lugar a tu madre! - ordenó y el chico volvió al suelo, a recostarse junto a Giuseppe y Stefano, gemelos, los más traviesos y los que siempre brillaban en la lección de matemáticas. Uno de ellos había obtenido un diploma por ello y lo había llenado con una sustancia verde que nunca se supo qué mezcla era, mientras el otro le había hecho un agujero antes de exponerlo en la pared. A las ocho de la noche, ambos habían dado el último suspiro.

-¡No puede ser! - gritaba la señora Leoncavallo y contó a sus hijos. Quedaban seis: Simone, el más callado, los otros gemelos, Vincenzo y Niccolò; Giorgio, el pelirrojo, también Salvatore, el más afectuoso de la familia y Maurizio que, por alguna razón, lucía más grave. Escuchar a su madre repitiendo sin parar la cuenta hasta el número seis, devino en un trauma para Maurizio Leoncavallo, que al igual que ella, terminaría obsesionándose, aunque sin advertirlo. El seis se volvió una esperanza vana cuando Giorgio pareció convulsionar mientras su padre intentaba sostenerlo. De todas las escenas, la muerte del pelirrojo fue la más aterradora, con el niño de ocho años azotándose, jadeando, quedando el cadáver como si hubiera saltado al vacío, dejando un insólito charco que el señor Leoncavallo no se atrevía a limpiar.

-¡El médico se desplomó en la escalera! - exclamó alguien pero nadie lograba entender qué acontecía. La portera, el carnicero, la familia del cuarto de junto, los adolescentes del piso de arriba con los que Maurizio tenía prohibido juntarse, la chica rubia del patio, de todos ellos se había extinto la voz y con los dedos de ambas manos se representaba a los que quedaban en apariencia sanos. El señor Leoncavallo estaba enfermo también, pero no perdía la fortaleza ni sucumbía como los demás y entonces, Vincenzo y Niccolò cedieron por él. El miedo se apoderó de Simone y de Salvatore y su hermano mayor se arrastró hacia ellos, abrazándolos para calmarlos, besando sus pequeños rostros y ocultando sus lágrimas para balbucear cancioncitas que se le ocurrían sobre los bosques y los arroyuelos que verían algún día. Fue entonces cuando el callado Simone dejó de serlo para delirar sobre planetas extraños y estrellas absurdas hasta detenerse de golpe poco después. 

Los Leoncavallo sabían que no podían pagar los funerales ni se atrevían a tocar a sus muertos. Maurizio contemplaba a su madre destrozada y pronto, Salvatore lo apretó para no separarse. El niño de nueve años tenía las mejillas oscuras, como si tuviera unos enormes moretones y luego de notarlo, su hermano mayor tuvo un ataque de tos más pronunciado que los anteriores y la sensación de ahogarse. Aquello alertó al ya pasmado señor Leoncavallo, pero el chico logró contenerse al sacar energías que sólo Dios sabría cómo conservaba y a costa de expulsar más sangre por su ya irritada e insoportable nariz.

-No te preocupes, Salvatore. No te dejaré solo - mencionó Maurizio al volver a la calma y el pequeño le dio un beso en la frente, idéntico al de las buenas noches que recibían a diario por parte de sus padres. Por razones que sólo un niño amoroso puede concebir, Salvatore Leoncavallo tenía una inmensa admiración por su hermano mayor y hablaba mucho de él en la escuela. La maestra sabía que aquel joven cargaba pesados ladrillos, construía grandes paredes y era capaz de soldar cualquier cosa antes de volver cada noche y encargarse de los niños. Incluso, había intentado ir a la guerra a los trece, aunque por esa lógica razón lo habían rechazado y sus padres dado una reprimenda con un periódico viejo.

Empezó a clarear luego de una larga madrugada y el calor del verano apareció como un arrullo, cuando el silencio llegó a la vecindad y una mujer en silla de ruedas se asomó a preguntar con señas si estaba sola. Aunque no recibiera contestación, ver desde su puerta al señor Leoncavallo la aliviaba un poco y dijo que nadie le quedaba ya. De las demás habitaciones no había respuesta y pronto, personal del Ayuntamiento de Milán entró para inspeccionar. Alguien había dado el soplo.

-¡Es fiebre de las moscas de arena!* ¡Tengan cuidado para sacar los cuerpos! ¡Doctor! ¡Veamos quiénes siguen vivos! - gritó una persona que vestía un uniforme blanco y una mujer, una enfermera, subió al piso donde vivían los Leoncavallo inmediatamente. 

-¿Hay alguien? - siguió la voz y la enfermera hizo llamar al médico cuando se topó con la desoladora imagen de Giorgio Leoncavallo.

-Aquí ha pasado algo diferente a otras familias, doctor. La gripe mató a los niños - susurró.
-¿Queda alguno?
-Un jovencito y parece que sus padres.
-Veré de qué se trata. Usted permanezca aquí y acérquese si lo solicito. No toque nada y guarde su distancia.

La enfermera observó alrededor suyo sin aceptar que prefería salir corriendo y sus otros compañeros contaban los cuerpos que debían llevarse.

Por otro lado, el médico era quien iba anotando, no sin sentirse trágicamente cautivado, lo que iba apareciendo ante sus ojos cansados: Pies morados, expresiones perdidas y los lindos ojos cerrados del infante más pequeño. Los Leoncavallo eran hermosísimos y hasta en la muerte conservaban el garbo, como esculturas etéreas. Si no hubiera sido un humano, Maurizio Leoncavallo habría sido confundido con el ángel más bello de la creación y por ende, en esa terrenal escena, digna de un cuadro que alguien imaginaría después, existía una espeluznante, pero firme voluntad en la naturaleza de preservar lo más asombroso, de volver dominante lo más impresionante a la vista, aunque la envidia le hiciera castigarlo, sin poder repudiarlo. Incluso, la luz rehusaba posarse sobre los muertos con tal de iluminar con fuerza la belleza barroca de su joven amado.

-Salvatore, ha llegado la ayuda - dijo el muchacho con abierto abandono. El hermano había muerto en sus brazos y ahora, debía soltarlo para que un extraño lo revisara. Salvatore fue depositado sobre su cama, con su manta y con el beso de despedida de su hermano, el más admirado. Al perderlo, Maurizio no quiso hablar y mejor miró a la entrada como si se reprochara a sí mismo.

-Las pupilas no parecen dilatadas y no tienes manchas en la piel. Tampoco hay fiebre ¿Te sientes agotado? - evaluaba el médico.
-Estaba muy caliente, le puse compresas - contestó la madre.
-¿Tuvo tos? 
-Dos días y sangró su nariz.
-¿La tenía congestionada?
-¿Qué?... Él tosía y sólo le salía la sangre, doctor.
-¿Alguno de ustedes tuvo diarrea o vómito?
-No... A Luca le dolía el estómago y se murió así.
-¿Ustedes han tenido molestias?
-Un poco de tos y cansancio pero se ha quitado.
-Señora, les recetaré aspirinas.
-No tenemos dinero para comprarlas.
-Vendré mañana para saber cómo siguen ¿Sabe que el Ayuntamiento debe sepultar a sus hijos, verdad?
-¿Se los llevarán?
-No pueden quedarse aquí.
-¡Mis niños no salían de casa!
-¿Podría darme su nombre? Le avisaremos en donde podrá llevarles flores.

El señor Leoncavallo tuvo un momento de entereza y atendió aquella petición y otras preguntas más sobre cuántos vecinos conocía o si alguien había caído enfermo antes de ellos. El desfile de cuerpos hasta las carrozas en la calle no parecía tener fin y cuando tocó el turno de los nueve niños Leoncavallo, Maurizio no pudo evitar tocar sus manos ni besar sus rostros. Habían tenido que sujetar a su madre para que no fuera corriendo detrás mientras repetía sus nombres: Gianni, Luca, Giuseppe, Stefano, su pelirrojo Giorgio, Vincenzo, Niccolò, Simone y Salvatore, que parecía haberse quedado con el anhelo de vivir.

-Señor Leoncavallo, su otro hijo ha resistido más de treinta y seis horas. Es probable que sobreviva - añadió el doctor.
-¿Maurizio?
-Es el único que tiene ahora.

El matrimonio Leoncavallo se miró entre sí y el padre levantó a su hijo inmediatamente para colocarlo en el catre otra vez y la madre se dispuso a calentar agua para darle un café y algo de pan. A partir de ese momento, ambos se aferrarían a ese joven y lo forzarían a comer, a hablar y a recordar que su cumpleaños dieciséis sería en tres meses. El médico asistiría diario por dos semanas para asegurarse de que todo estuviera en orden y para declarar que Maurizio estaba a salvo.

Lo ocurrido con sus hijos pequeños ocasionaría que los Leoncavallo protegieran a ese joven de todo: De conocer mujeres, de acercarse a la gente, de hacer cualquier cosa que no fuera trabajar y llegar temprano a su hogar. El chico se volvería el cuidador de sus padres cuando estos envejecieron y más tarde, sería un hombre anónimo y de reprimida gracia, cuya mayor aspiración sería la de cortar acero en una fábrica para poder pagarse unos lentes y cumplir con la renta.

Después de la tormenta, era una gran suerte. De las ciento sesenta y dos personas que habitaban la vecindad, la gripe sólo había permitido que sobrevivieran cuatro.

Milán, Italia. 2 de junio, 1963.

-Carolina vendrá hoy con su hijo y su marido - anunció Lía Leoncavallo mientras decoraba la mesa del comedor para la cena de la Festa della Reppublica junto a sus hijos. En cambio, Maurizio Leoncavallo parecía llegar de un funeral luego de adquirir el pastel familiar y por ello, ni siquiera saludó.

-Llegó correo - dijo el hombre secamente, así que Lía dejó sus servilletas de lado y se dispuso a revisar las cartas, descubriendo una de su padre. Ocultándola de los demás, la mujer se encerró en su estudio para leerla, mientras se preguntaba si su esposo aún sentía intriga por todo aquello que no tuviese las marcas de la escritura braille.

-Lía, he venido a saludar - susurró un joven llamado Ilya Maizuradze que se introducía por la ventana con su uniforme militar.

-¿Qué haces aquí?
-¿Maurizio está en casa?
-Nunca se pierde una celebración.
-¿Tienes tiempo, Lía?
-Ilya, es mejor que te vayas.
-¿No vas a darme un beso?
-Me siento enferma.

Ella aceptó un abrazo y algunas caricias mientras pensaba que era una mujer de sesenta y cinco años con un amante de veintisiete. Y si Maurizio Leoncavallo llegaba a conocerlo, le molestaría más que se tratara de un hombre soviético que su juventud en sí.

-Te vi el otro día en el Duomo ¿Tu esposo es tan estricto? - mencionó él cuando Lía lo apartó.
-Siempre dices lo mismo.
-Es que te ordena.
-¿No has pensado que entre los dos, mando yo?
-No es así.
-Mi hijo Federico se ha casado y si viste lo que estoy pensando, en realidad no discutíamos.
-Maurizio es un cretino.
-Hacerle caso es la mejor forma de quitármelo de encima.
-¿Por qué sigues casada con él?
-Eres ingenuo. 
-No lo quieres.
-Al que no quiero es a ti. Ilya, tú sólo me sirves para tener la clase de sexo que me gusta.
-¿Él no te toca?
-Yo no toco a Maurizio y antes de que preguntes, te digo que él es mucho mejor que tú en mi cama.
-No te creo.
-Entre mi marido y yo, mando yo.

Ilya Maizuradze no comprendía media palabra y se limitó a curiosear en silencio sobre la correspondencia que aquella mujer leía sin estar feliz.

-Mi padre se ha reunido con mi hijo y me avisa que tengo un par de nietos ¿Te gustaría saber sus nombres, Ilya?
-¿Por qué no?
-Lorenzo y Ricardo. Uno de ellos tiene quince años. Se los han dejado encargados junto con una vecina para que mi hijo pueda hacer un viaje.
-¿Te ha dicho a dónde?
-No y es mejor. Sólo me enteré de que mi crío es un desobligado pero ¿qué más da? Teniéndome de madre, no aprendería otra cosa.
-¿Por qué nunca le dijiste a Maurizio?
-No fui capaz. 

Ilya Maizuradze no imaginó alguna respuesta, salvo una sonrisa. Sabía que Lía se distraía con él, pero no estaba seguro de que fuera por aburrimiento o por sentirse atractiva; ella no buscaba amor o ego.

-Iré con mi familia ¿Te he contado sobre mi niña, Carolina? Volverá a casa y he puesto las flores que le gustan en la sala.

La mujer tomó un encendedor y redujo a cenizas la misiva de su padre antes de salir sin despedirse y toparse a Maurizio Leoncavallo en la puerta. Parecía mentira que se hubieran convertido en una pareja que conversaba de forma escasa.

-Ve a la sala, Lía.
-Como pidas.
-Hablame de las cartas que llegaron.
-Son de Fiat.
-¿Qué quieren?
-Nos han invitado a su cóctel por el éxito de sus nuevos autos.
-No iremos.
-De acuerdo.
-No me mires así.
-¿Te asusta, Maurizio?
-Las visitas están por llegar.
-Qué serio estás.
-Arregla los últimos detalles.

Ese matrimonio podía confundirse con una reunión de extraños que resultaba incómoda. Eran fríos en público y frente a su familia, distantes entre sí; pero Maurizio Leoncavallo intentaba romper esa barrera mientras Lía pensaba que Ilya Maizuradze era un juguete adecuado al evadir a un marido represor de sus hijos y en alguna época, un celoso asfixiante que le exigió ser sumisa.
 
¿Estás bien? - pronunció el señor Leoncavallo al verla toser.
-Él médico me ha dado algo para el resfrío.
-Recuéstate.
-No ahora. Carolina tocará el timbre pronto y no la voy a importunar.
-No te emociones al verla o pensará que le perdonamos todo.
-Lo que hizo es asunto pasado.
-Se escapó porque no le permití irse a una prueba con Rossellini.
-¿Te creíste que sólo fue por eso? ¡Jajajaja! ¡Maurizio querido! Tu hija no aguanta las estupideces con las que tratas a sus hermanos.

Lía Leoncavallo estuvo a punto de decir "también me tienes cansada" pero en su lugar, una serie de estornudos la obligó a tomar asiento en el pasillo y cubrirse con un pañuelo antes de fijarse en el reloj para saber si le correspondía ingerir alguna medicina. Maurizio la observaba con amargura.

-Sólo falta que me prohíbas estar enferma.
-Quédate en cama.
-Te dije que no.

La mujer se levantó a prisa y luego de lavar sus manos, preguntó en la cocina si el estofado de ternera estaba listo. Sus hijos, Giancarlo y Daniele, se habían encargado de preparar la cena y le tenían una copa de vino lista.

-No bebas, Lía - continuó Maurizio Leoncavallo.
-Vaya, si pudieras impedir mi respiración, no dudarías un segundo.
-Te hará daño.
-¿Es que no quieres verme borracha?
-¡Es que tomas pastillas!
-¿Te importa, Maurizio?
-¡Suelta eso!

El hombre arrebató la copa y la arrojó al suelo, dejando a su esposa boquiabierta y a los demás atónitos por un instante. Lía se quedó con los pies juntos y el charco de vino manchando sus tacones oscuros.

-Déjennos solos - ordenó ella y los muchachos obedecieron al contemplarla cruzarse de brazos. Desde otra puerta, Ilya Maizuradze atestiguaba sin saber si intervendría.

-¿Qué seguirá? ¿Arrojarme un jarrón a la cabeza o quizás golpearme, Maurizio? - preguntó Lía cuando se creyó con la privacidad asegurada. El hombre no bajaba la mirada a pesar de su semblante desesperado y lo vio romper en lágrimas.

-¡Maldita sea, Lía! ¿Qué te pasa?
 -No sé de qué hablas.
-¡Deja de tratarme como si no fuera tu esposo! ¡No me ignores!
-¡Suéltame!
-¡No me tocas ni me besas! ¡Ni siquiera me das permiso de mirarte! ¡Te necesito, Lía! 
-Qué dramático.
-¡Necesito protegerte, necesito que me desees, que por lo menos me saludes en la mañana! ¡Ni siquiera te pido que hagamos el amor o que me abraces antes de dormir! ¡Yo me conformo con recibir un beso tuyo en mi frente! - rogó él. 
-¿Todo este circo era por algo tan sencillo? Ay, Maurizio, no eres divertido.

Ella colocó el dorso de su mano en la mejilla de él y la deslizó lentamente, provocando que su esposo cerrara los ojos y anhelara que aquello nunca terminara. Lía no deseaba prolongar esa escena y prefería esperar por la visita de su hija en la sala.

-No te vayas - suplicó Maurizio.
-¿Ni siquiera me permites calmarme en el sillón?
-¿Por qué no hablamos?
-¿De qué? ¿De que por tu culpa no he visto a mi hija en diez años? ¿De que controlas a mi hijos y los obligas a hacer lo que tú quieres? ¿De que te has encargado de hacerme una mujer muy infeliz? ¿De que no me divorcio porque tenerte asco es la mejor venganza que encuentro? ¿O de que me busqué un amante para divertirme en la cama que comparto contigo? ¿De qué quieres llorar ahora? ¡Y suéltame! Carolina no tarda en llegar.

La mujer arregló un poco su falda y sirvió una nueva copa de vino, sin abandonar su expresión de rechazo. Su marido le buscaba la mirada inútilmente cuando la tos le volvió violenta, necesitando de una silla de inmediato.

-¡Lía, ve a la cama! ¡Llamaré al doctor!
-¡No te atrevas, Maurizio!
-¡Carolina entenderá que enfermaste!
-¡Cállate, idiota!
-Tienes la piel muy caliente.
-¡Quítame las manos de encima!
-¡Puedes contagiar a tu nieto! - concluyó él y la mujer bajó la mirada con un gran enfado.

-Saludaré a mi hija y después iré a recostarme ¿Estás feliz, Maurizio?
-Grazie.
-¡Odio que tengas razón!

Lía apartó a su esposo de mala gana y consumió su copa de golpe, además de retocar su maquillaje. Tan nerviosa se hallaba, que chascaba sus dedos sin parar, llamando la atención de sus hijos al ocupar su lugar en la sala.

-¿Dónde está Federico? - curioseó la mujer.
-Fue por Carolina a la estación de tren - contestó su hijo Bruno.
-¿Y su esposa?
-Quiso comprar más vino.
-Al menos tiene sensatez.
-Mamma ¿Te sientes bien?
-Todo perfecto si tengo alcohol en la mano - concluyó Lía sin poder tranquilizarse y se dio cuenta de que Maurizio utilizaba otro sillón para fingir leer algo al mismo tiempo. Por su lado, su hijo más joven, Enzo, optaba por pasar desapercibido y simulaba revisar el almanaque de una droguería esotérica mientras escuchaba rock and roll por la radio con volumen bajo. Esas escenas familiares, sin mediar palabra, con apenas intercambio de preguntas y respuestas, se habían convertido en la rutina, mientras los hombres Leoncavallo constataban como su padre aún se rendía ante su mujer, conteniendo, para evitar otra pelea, sus anhelos de apretarla contra sí o de llevarle un café.

Para Lía Leoncavallo, la espera era casi un ataque de angustia. Aunque no revivía el recuerdo de la mañana en que descubrió que Carolina había escapado, si tenía la misma sensación de sentir un gran trozo de hielo atravesándole el pecho y volteaba a la entrada como si su hija llegara en ese instante. Después de perder la cuenta de sus días de ausencia y las escasas cartas que recibía de su parte, la mujer pensaba que haría una gran celebración al ver a su nieto, un niño "de ojos aceitunados y que se parece tanto a su abuelo", según sabía. Del yerno no conocía ni el nombre, pero sí que era comerciante de perfumes y viajaba mucho en familia. 

-No me siento bien ¿Alguien llamará al médico después del brindis? - expresó ella de pronto, mirando a los demás como si hubiera dicho lo contrario. Sabía que todos la creían candidata al alcoholismo, pero no le importó al servir otra copa. Sus hijos optaron por dejarla sola con su esposo, otra vez.

Lía y Maurizio Leoncavallo apenas se atrevieron a mirarse y darse cuenta de que faltaba muy poco para quedarse solos en esa enorme casa. Con Carolina y Federico formando sus propias familias, era de suponer que el resto estaba pensando en partir. Giancarlo había obtenido un trabajo como reportero, Daniele rentaría un apartamento en un vecindario cercano; Bruno buscaba empleo como diseñador gráfico y Enzo tenía interés en ir a fiestas mientras contaba los semestres que le faltaban en la escuela de ingeniería industrial. Todo en contra de la voluntad de su padre.

-El divorcio sería el último de nuestros desastres - murmuró Lía al pensar que Maurizio no envejecía ni a golpes. Él no tenía canas, ni una arruga corrompía su rostro, no existía rastro de encorvamiento ni algún dolor en la rodilla que le recordara que tenía sesentaiún años. Vaya suerte, porque ella notaba el tiempo con sus propias patas de gallo, en sus ojeras y en los sostenes que apenas le mantenían erguido el pecho. Pero lo había visto ya. El espejo, el sol, la naturaleza misma, amaban a ese idiota con pasión. Las flores se giraban al sentirlo pasar, el agua de cualquier charco no lo salpicaba y hasta el viento le alejaba el polvo y el frío. Era extraordinario.

-Carolina querrá verte contenta - le recordó Maurizio.
-Tú y yo no podemos seguir con esto.
-¿Podrías esperar a que al menos los chicos se independicen?
-Sabes que ninguno de los dos saldrá de ésta cárcel. Supongo que volveremos a conversar de tonterías y compartir la habitación sin que te eche al suelo.
-Lía...
-No digas nada. Vamos a necesitar esas palabras para seguirnos odiando.
-Yo te amo.
-No, tú no.

La naciente discusión murió con el sonido del timbre y con la voz de Carolina Leoncavallo saludando a su hermano Giancarlo. Lía sentía su corazón acelerarse y con una sonrisa que le devolvía la vida a sus gestos, se dirigió a la puerta, abriendo los brazos en el acto.

Mamma! ¡Te he extrañado tanto! ¡He hecho tantos viajes de los que he querido contarte yo misma! ¡Qué hermosa te ves! - saludó la joven Carolina y apretó fuerte a Lía mientras un bello aroma a frutas se imponía en el aire.

-Has cambiado tanto, Caro - suspiró la mujer.
-Sólo me ha crecido el cabello.
-Te veo tan alta.
-Siempre lo he sido, mamá.
-Olvidé cuánto.
-Mira, él es tu nieto. Le he puesto el nombre de mi padre. 
-¿Él? Había creído que era un bebé.
-Bueno, tiene cuatro años.
-¡Es hermoso!
-Ya habla y corre mucho.
-Se ve tan calmado.
-Bebé, saluda a tu abuela Lía.
-Tienes tanta razón. Se parece a su abuelo y ha sacado su cara.
-Mamá ¿Le abrazas?

Lía cargó al pequeño Maurizio y entonces, su marido se atrevió a acercarse, aunque con la mirada baja.

-¡Papá! ¿Te da gusto verme? - preguntó Carolina, pero el hombre quedó encantado enseguida con su nieto, que tenía los mismos ojos que su progenitor, el fallecido señor Leoncavallo, e idéntico porte al de los hermanos que había tenido alguna vez.

-¡Sonríe como lo hacía mi madre! Carolina ¿De verdad has traído a tu hijo?
-¡Claro que sí, papá!
-Es un niño tan... 
-¿Estás bien?

Maurizio Leoncavallo sostuvo al pequeño y luego de retirarle su boina, le pareció reconocer un poco de sus hermanos, como la alegría de Gianni, las cejas y la boca de Vincenzo y Niccolò, las mejillas de Giorgio, la nariz de Salvatore, la expresión curiosa de Stefano y Giuseppe, la gracia de Luca y las manos de Simone. 

-Estoy muy contento. Este niño me recuerda a gente que quiero tanto.

Carolina Leoncavallo asumió que podía pasar y de la mano de su madre entró muy contenta a la sala. Detrás de ella venían sus demás hermanos y Cristina Leoncavallo, su cuñada.

-¿Alguien ha visto a Federico? - curioseó Lía.
-Está sacando las maletas del auto con Goran - respondió Carolina.
-¿Goran?
-Así se llama mi marido.
-¿Dónde lo conociste?
-En Bari. Él fue a verme al teatro.
-¿Te dijo a qué se dedicaba?
-Mamá, te escribí para decirte que él exporta perfumes y hemos ido por África.
-¿Sus proveedores son...?
-De Marruecos, Senegal y Tell no Tales.
-¿Tell no...?
-¿Pasa algo, mamá?

Maurizio Leoncavallo miró a su esposa enseguida y añadió:

-Es que tu madre nació en ese lugar, Carolina.
-¿De veras? Nunca nos habían dicho.
-A ella no le gusta hablar de eso.
-¡Entonces Goran le caerá de maravilla!
-¿Y cuál es su apellido? 
-Liukin.
-Liu ¿qué, perdón?
-Mi esposo se llama Goran Liukin Jr.

Maurizio y Lía voltearon a verse inmediatamente.

-Qué serios se han vuelto - comentó su hija.
-No es eso, es que el apellido de nuestro yerno es inusual - prosiguió Maurizio.
-Él dice que a lo mejor es ruso pero no sabe. Mi suegro nunca nos ha platicado.
-¿El señor Liukin?
-Vive en un departamento en una callecita con dos nietos que tiene. Mira, traigo la foto, papá. 
-Se parecen mucho a él.
-El más grande se llama Lorenzo y el otro es Ricardo. Mi niño jugó con ellos cuando fuimos de visita.

Lía arrebató aquella imagen al sentir que le dolía la cabeza.

-Mamma ¿Te sientes bien? - inquirió su hijo Federico, que estaba entrando.
-Creo que me está dando gripe, se me pasa en un momento.
-Te llevo a recostarte.
-¡No! Estoy un poco nerviosa, no sabíamos mucho de Carolina y ahora nos trae hasta un bebé.

La señora Leoncavallo comenzó a llorar mientras observaba a su nieto en brazos de su abuelo y ataba dolorosos cabos que le ocasionaban repulsión.

-¡Dile a ese tal Goran que no lo quiero ver y llévate a tu bastardo de aquí! - gritó la mujer.
-Mamma ¿Te pasa algo? - se extrañó Carolina.
-¿Qué te dijo Goran? ¿Cómo te enredó? ¡Contesta!
-Te dije que me vio en el teatro y como cualquier admirador, me mandó regalos y me invitaba a cenar. Luego me convenció de casarnos, él tiene una empresa muy sólida...
-¿Qué tanto lo conoces, Carolina?
-Mamma, no hice muchas averiguaciones, él me presentó a mi suegro hace poco. Sólo me dijo que su madre lo abandonó porque tenía otra familia. De hecho, me llamó la atención que él y yo tenemos un solo apellido, él es Liukin, yo soy Leoncavallo y cuando preguntó, le dije que el tuyo no te gusta y es como tu secreto.

Carolina enmudeció y pronto Lía giró de nuevo hacia su marido, agregando:

-Tenías razón, Maurizio. Debimos buscarla cuando huyó y nunca dejarla ser actriz.

Todos se miraron entre sí.

-¿De qué estás hablando, mamma? - inquirió el joven Enzo, pero no fue atendido. Lía alzó la vista y distinguió junto a Federico a un hombre de cabello trigueño y piel dorada que la reconocía sin ninguna duda y se le iba acercando.

-¿Te atreviste a tener un hijo con ella, Goran? - exigía Lía saber y aquél asentó con una sonrisa que demostraba cinismo.

-Ay, no ¡Alguien! ¡Alguien mate al niño! ¡Que maten al niño! ¡Traigan un cuchillo y mátenlo! - gritaba la mujer y Maurizio Leoncavallo sostenía con más fuerza a su nieto, alejándolo cuando Goran Liukin Jr. quiso tomarlo.

-Mamma, no entiendo - decía Carolina.
-¡Aléjate de ese hombre!
-¿De Goran?
-¡Que te separes de él!

Como Lía sostuviera con violencia a Carolina, Maurizio intervino.

-¡Suéltala!  
-¿Te vas a poner a cuidar de tu hija? ¡Llegas tarde, hipócrita!
-¡No la vas a lastimar, Lía! 
-Maurizio, déjame deshacerme del niño si quieres que Carolina esté en paz.
-¡No te metas con él, no!
-¿Quieres lavar tus culpas dándotelas de un gran abuelo ahora? 
-¡Nuestro nieto no nos ha hecho nada!
-Goran Liukin Jr. es mi hijo. Carolina es su hermana - confesó Lía con la voz apagada y en el acto, consumió otra copa de vino mientras se sentaba y observaba con desprecio al risueño Goran.

-Te abandoné, Goran ¿Creíste que sentía remordimiento? Enamoraste a tu hermana y mira, me la cobras con tu bastardo ¿no? Hemos dado un espectáculo frente a los hijos que adoro y frente al imbécil que seduje para que me diera su apellido y  así no volver a verte... Lo increíble es que te desquites conmigo, en lugar de sentir vergüenza por ser hijo de quien eres.

Lía Leoncavallo o Lía Liukin, no importaba más y ella tosía porque el cuerpo y la gripe no le daban para reírse. Acaso le quedaba sentir odio por alguien y un chiquillo de cuatro años se lo había ganado, aunque estuviera libre de culpas.

-Carolina, supongo que te voy a felicitar. Mira que llamar a tu vergüenza "Maurizio" es más que suficiente para arrastrar al idiota de tu padre. Incluso has tenido la virtud de regalarle al horror aquél el exacto rostro de su abuelo tonto... Goran, tienes talento, pero no te saldrás con la tuya.

Lía se incorporó y de un cajón secreto en una mesita, sacó un revólver plateado, con el que apuntó enseguida a su nieto.

-Baja eso, mujer ¡Por favor! - rogó Maurizio Leoncavallo.
-Ese niño trae desgracias.
-¡No cometas una imprudencia!
-¿No ves que es el hijo entre dos hermanos?
-Mi nieto es inocente.
-Sólo te importa porque es igual a ti.
-No, Lía ¡Él tiene cuatro años!
-¡Ay, Maurizio! Este nieto no puede existir en un mundo donde su abuela ha cometido un crimen porque ¿Te has dado cuenta? He admitido que Goran Liukin Jr. es mi hijo... Pero no he revelado con quién lo tuve.

Lía sonrió apenas y la fiebre regresaba a hacerla sufrir.

-Goran odia que en Tell no Tales le repitan que un padre y su hija le concibieron. Al señor Liukin le has visto en la foto; sobra decir que le drogué y enredé porque me habían dicho que nunca tendría un bebé. Mi propio padre probó que se equivocaban y Goran es tan estúpido que cree que voy a vivir con el precio de mi crimen. Hice tanto bien en abandonarlo y nunca sabrá por qué... Aunque Goran sea tan miserable y Carolina tan tonta, ahora son padres del niñito Maurizio, supongo que se apellida Liukin Leoncavallo ¿verdad? Pero yo no voy a cargar con eso.

Lía retiró el arma del rostro del pequeño y se disparó en el cuello, salpicando a su nieto y a Maurizio Leoncavallo con una impresionante cantidad de sangre, dejando al resto de la familia en absoluto pasmo y a Goran con el ánimo de levantar el revólver, limpiarlo y colocarlo en su lugar.

-Me voy de aquí - murmuró Carolina Leoncavallo cuando se le destrabaron los labios.
-Toma a tu hijo - contestó su padre.
-Te lo regalo.
-¡No puedes dejarlo solo!
-Es tuyo ahora, papá.
-¿Dónde vas?
-Iré a perderme con alcohol. Dile a Maurizio que lo odio.
-Es un niño.
-Mia mamma se mató.
-¡Carolina, no te vayas!
-El monstruo también tiene gripe y le toca su medicina a las ocho.

La joven se echó a correr y su padre intentó levantarse sin éxito. Goran Liukin no fue detrás de ella.

-¡Estará usted muy feliz, desgraciado! - gritó el señor Leoncavallo.
-¿Por qué cree que lo hice? - habló al fin el fallido yerno.
-¡Tiene un hijo!
-Yo no lo quiero.

Goran Liukin Jr. se dio la media vuelta con la carcajada por delante y salió de la casa sin mirar atrás. El niño Maurizio rompió a llorar por lo asustado que se encontraba y su abuelo, que lo había apretado hasta ese instante, lo apartó violentamente.

-¿Qué voy a hacer con este bastardo ahora? - gritó con la rabia por delante y lo golpeó en la cara, con la impotencia de no ser capaz de abandonarlo. El pequeño comenzó a toser y Maurizio Leoncavallo ordenó con desdén que se llamara a la policía y a un médico, porque Carolina se había llevado el jarabe de su hijo en el bolso. 
*La "fiebre de las moscas de arena" fue el nombre dado en Italia a la gripe española.

sábado, 9 de mayo de 2020

Las pestes también se van (Juulia Töivonen)

Imagen de Wattpad @GalletaconLeche

Hospital San Marco Della Pietà, Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. 10:00 am.
Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

Alessandro Gatell había decidido permanecer en servicio mientras siguieran arribando enfermos de influenza y sin tomar respiro, regresó a Terapia Intensiva para supervisar a Katarina Leoncavallo. Sus compañeros le reportaban que la fiebre no había cedido.

-¿A qué hora empezó a delirar? - preguntó al verla, se aproximó para revisar su temperatura y se quedó con ella al advertir que no salían palabras o frases ininteligibles de su boca.

Mientras otros pacientes dormían o se quejaban, Katarina Leoncavallo revelaba auténticas historias de terror escolar que, dadas las circunstancias, distaban de ser mentiras. Como la vez que, luego de esforzarse en un concurso de geografía y presentar una linda maqueta sobre los cinco canales navegables de la ciudad de Milán, sus compañeros de segundo año de secundaria le destrozaron su medalla de primer premio y le dieron una paliza. Otra anécdota revelaba cómo en primaria, durante un almuerzo, la habían sujetado para meterle gajos de naranja en la boca, provocándole una esperada reacción alérgica. La urticaria le había durado cuatro días incómodos. Pero ninguna como la del final. Katarina Leoncavallo había ingresado al liceo y durante los primeros meses, había existido la paz. Nadie le hablaba ni tenía amigos pero podía estudiar y cumplir con sus tareas sin que se las echaran a perder, al punto de confiar en su nueva suerte. Hasta que hubo un experimento en el laboratorio de química para explicar el funcionamiento de las sustancias ácidas. Katarina había salido contenta de la clase y se dirigía a la biblioteca, cuando alguien cubrió su rostro y con la ayuda de otros más, la inmovilizó, arrojándole enseguida una serie de líquidos que le ocasionaron ardor en los brazos, el pecho y las piernas, orillándola a correr por ayuda y desvestirse, desesperada por encontrar agua. En medio del escándalo, le robaron la ropa y sus pertenencias, además de dejarla expuesta frente a muchas personas y sin saber qué le había irritado la piel. A partir de ese día, la joven Leoncavallo no pudo volver a un colegio sin sufrir ataques de pánico, ni intentar realizar un exámen de acreditación porque se quedaba paralizada.

Alessandro Gatell escuchó sin poder dar crédito: ¿Katarina Leoncavallo era tan envidiada que la gente quiso deshacerse de ella? ¿Por qué todo eso veía la luz en un momento tan delicado? Pero notó que ella iba saliendo del delirio y que iba llegando otra paciente a la minúscula habitación de aislamiento con un cuadro de influenza similar en gravedad. Quizás, la diferencia estaba en que una nunca había dejado de estar consciente.

-Juulia Töivonen, veintitrés años, con diagnóstico de neumonía por influenza. Ingresó a urgencias a las ocho de la mañana y luego de su evaluación con radiografía torácica, se determinó tratamiento con respiración auxiliar de por medio. Presenta fiebre de treinta y nueve grados - dictaba una residente a la enfermera que llenaba la circular de tratamiento y luego preguntó:

-Doctor Gatell ¿Está a cargo?
-No. Sólo estoy tomando un turno extra, tengo una paciente y ayudo en lo que puedo.
-¿Cómo va con eso?
-¿Qué hay con usted?
-Tengo bastante trabajo en el piso tres.
-¿Es el área que van a aislar?
-No hay enfermos ahí.
-Recuerde cambiar su uniforme y darse una ducha.
-Usted debería dormir, doctor.
-Me pondré a estudiar para defender mi tesis de maestría en lo que los pacientes descansan.

A Juulia Töivonen le agradó sobremanera escuchar a gente normal hablando de planes y pronto giró su cabeza.

-Katarina ¡aquí estás! - pronunció con una voz ahogada pero alegre. Gatell abandonó su conversación para prestarle atención.

-¿La conoces? - curioseó.
-¿Usted quién es?
-Alessandro Gatell, el médico de la señorita Leoncavallo.
-Soy Juulia.
-Un placer.
-Conozco a Katarina desde hace unos años... Su hermano es mi coach.
-¿Son compañeras?
-Algo así.
-¿Son amigas?
-No, pero puedo evitarle el regaño por no ir al entre... entrenamiento de hoy.
-¿Cuántas horas de práctica suele realizar?
-¿Ella? Cinco diarias.
-¿Y en el hielo?
-Depende. Ella hace una hora diaria de gimnasio y otra de ballet... En la pista se pasa como tres horas o más.
-¿Ha tenido molestias últimamente?
-No la vi en dos semanas, sólo sé que el mes pasado se resfrió.
-¿Pasó días en cama?
-Una noche... Los patinadores nos enteramos de todo.

Juulia Töivonen sonreía a pesar de que le costaba mantenerse con aire.

-¿Le avisaron a Maurizio?
-¿A su hermano? Hablé con el primo, con Maragaglio - afirmó Gatell.
-Yo alcancé a decirle a Maurizio que estoy aquí. Katarina estará muy enfadada.
-¿Por qué?
-No sabe que... que soy su cuñada.
-Qué coincidencia.
-Doctor ¿cree que sea... un buen momento para contarle a ella?
-Considero que la tranquilidad sería lo más prudente.
-Es que lo íbamos a...a hacer formal el lunes.
-Lo siento.
-Maurizio terminó con su novia Karin ayer. Ella decidió no tener hijos y él y yo planeamos estar juntos si eso pasaba ¿Me pueden hacer un examen de embarazo?
-Ah... Claro. Le diré a una enfermera que nos ayude y llamaré a Ginecología
-Gracias.

Alessandro Gatell se encontraba desconcertado y quiso llevar a Juulia Töivonen a otro sitio de terapia intensiva o al menos, colocar una barrera diferente a la de una cortina azul que se podía correr en cualquier momento. También se preguntó si Katarina había conseguido entender algo, puesto que giraba su cabeza hacia la pared izquierda y le iniciaba un llanto ahogado por el esfuerzo de respirar.

-No se inquiete, señorita Leoncavallo. Ha tenido una pesadilla, nada más - se apresuró a pronunciar Gatell y le aseguró que volvería pronto a hacerle un seguimiento. Él se abstenía de tocarla nuevamente, pero le sonrió para reafirmar que le apoyaba de alguna manera.

Alrededor, las enfermeras cuchicheaban cualquier cosa, pero Juulia Töivonen notó que la mayoría miraban pasar a Alessandro Gatell y enseguida a Katarina postrada. Al primero parecían admirarlo; a la joven le dedicaban ligero desdén.

-Tu doctor es muy popular - agregó Juulia y la joven Leoncavallo se aferró a su mascarilla y a la pared para no confrontar sin responder.

-¿No piensas hablarme? Está bien... Por algo nunca te enteras de... de lo que Maurizio hace. Perdón por todo, si te sirve de algo... Él y yo nos hemos visto desde hace unos meses y no quiso contártelo porque deseaba arreglarse con Karin primero. Ella le dijo ayer... que decidió no tener hijos así que rompió su acuerdo. Maurizio siempre supo que eso pasaría.

Katarina se hallaba sorprendida, sin poder imaginarse a su hermano actuando de una forma poco honesta respecto a sus relaciones de pareja. No comprendía cómo Juulia Töivonen era el plan B y la razón de que ésta lo aceptara con la seguridad de que se volvería una Leoncavallo pronto. La boda entre Karin Lorenz y Maurizio, planeada para el 23 de marzo del año siguiente, se convertiría en la de Juulia y no hacía falta curiosear al respecto. Era tan extraño que Katarina ni siquiera se percatara y que su hermano no le insinuara un poco ¿Acaso Karin estaba de acuerdo? Lo más seguro era que sí. Por esa razón, todo lo que había ocurrido en Nueva York debía permanecer oculto en una caja enterrada al pie de un árbol de Central Park.

-¿Te irás a Canadá? - consultó Juulia y recibió la negativa muda de la chica en el acto.

En una sala de Terapia Intensiva, el tiempo transcurre lentamente, alternado con breves períodos veloces. Cuando un paciente egresa, la felicidad es momentánea, cuando otro ocupa una cama, la curiosidad dura un suspiro y cuando alguien fallece, la piel se eriza por un minuto. La normalidad es marcada por un olor a desinfectante que nunca se va de la cabeza y las voces de las enfermeras que no paran de hablar. Pero en una epidemia, esa calma es el preludio a una tormenta. Transcurrieron algunas horas pero Katarina Leoncavallo era el centro de atención con su aspecto de cadáver en vida. Le calculaban apenas unos instantes más, si acaso una muerte de madrugada si le iba bien. Pero fallecían otros y ella no paraba de llorar por el espanto. Gente que apenas llevaba una hora ahí dentro o matrimonios incipientes veían sus finales abruptos y los ancianos se despedían con actitudes estoicas que confundían a los que iban quedando. Juulia Töivonen trataba de conservarse ecuánime, queriendo aprenderse las caras y los nombres del equipo médico por si llegaba a necesitarlo. Le habían hecho el examen solicitado mientras Alessandro Gatell era quien más despertaba su interés, advirtiendo que éste último visitaba a Katarina con frecuencia y le confesaba a sus compañeros lo preocupado que estaba por ella.

-Oye, Katy... Dicen que no respondes - dijo Juulia con dificultad y siguió - Maurizio querrá verte y será una sorpresa.. que estés... aquí conmigo.... ¡Ay, Dios! Me duele... el pecho.

A Katarina le llamó la atención tal queja y como si gastara sus últimas fuerzas, giró para entender lo que ocurría.

Juulia había empeorado sin duda alguna: Batallaba más para obtener oxígeno, la sudoración era intensa y la mirada comenzaba a perder su brillo.

-Esto es... No siento los brazos.
-Juulia.
-¿Quieres... hablar, Katy?
-¿Qué pasó con Mau.. Maurizio? - se atrevió la joven Leoncavallo a preguntar apenas Alessandro Gatell volvió. La actitud de desilusión se transformaba en una desafiante y la mirada de desesperación ahora reflejaba la enorme ira de Katarina.

-Usted no se va. Necesito un testigo - ordenó esta última al médico.
-Sabía que te pondrías así - dijo Juulia.
-¿Desde cuándo te ves con mi hermano? ¡Desde cuándo!
-Unos cinco meses...
-¿Por qué?
-Karin tiene problemas... para embarazarse. Maurizio empezó a buscar... una novia nueva.
-¡Mentira!
-Él no te lo dijo... porque te ibas... a enojar y me... atacarías.
-Él no ha dejado a Karin.
-Katarina, tu hermano... y Karin... terminaron ayer. Y ella estaba al tanto de lo mío con Maurizio.
-¡Mientes!
-Maurizio... no te contó porque tú... Tú no lo ibas a respetar.
-Esto no es cierto, Juulia.
-¡Estoy embarazada, Katarina! ¡Tu hermano y yo nos casaremos!
-¡Te voy a matar!

Katarina Leoncavallo se levantó con una fuerza inesperada, al grado de quitarse la mascarilla de oxígeno e intentar atacar a Juulia Töivonen. Un despistado podía pensar que era presa de la furia que invade a un enfermo de rabia al recibir la luz del sol.

-¡Tranquila, señorita! ¡Se va a lastimar! - intervino Alessandro Gatell al rodear a Katarina con sus brazos y colocarla de nuevo en su cama.

-Katarina, usted tiene colocada una sonda y la intravenosa para el suero, se puede lastimar. Además, se sentirá peor luego de este disparo de adrenalina y posiblemente debamos colocarle un recurso adicional para alimentarla si no se repone hoy. Por favor, por horrible que sea lo que escuche, debe cuidar de sí misma, usted no querrá que le aten las manos.
-¿Usted lo haría, doctor?
-No es recomendable llegar a medidas extremas.

Gatell respiró hondo y enseguida ajustó la mascarilla de la joven Leoncavallo a su rostro. Para ese instante, él se convenció de que Juulia Töivonen iba a requerir más ayuda y le aumentó el oxígeno.

-Katarina... Katarina necesita oír algo, doctor - pronunció Juulia.
-No es prudente continuar...
-Usted es mi testigo.

Él no deseaba estar ahí, pero lo creyó importante y por una razón de apoyo moral y contención, tomó por segunda ocasión la mano de la joven Leoncavallo.

-Katy... Sé... Sé lo que sientes por... tu hermano y no está bien... Debes superarlo, él no encuentra una salida... que no sea... que te mudes a Canadá.
-Juulia, no se esfuerce, deje esta conversación para más tarde - sugirió Gatell.
-No puedo... ¿Tienen mis resultados? Quiero saber la fecha del... nacimiento de mi hijo.
-Llegarán en cualquier momento.
-Katy... Perdona a tu hermano, él nunca puede hablarte... porque reaccionas muy mal.
-No siga.
-Es necesario, doctor.
-Pero...
-Maurizio siempre ha sabido que Katarina está enamorada de él.
-Yo creo...
-Katy, comprende... Maurizio no te va a corresponder porque... eres su hermana.

Katarina apretó los dedos de Gatell, suplicante de que aquello parara.

-Él enfrenta muchas presiones... de sus padres... para que te vayas del grupo de entrenamiento, Katy. Toda tu familia... está al tanto de esto. Maragaglio... Maragaglio... se niega a creerles. Es el único que no está dispuesto a permitir que te vayas... Tu primo te quiere mucho...

Alessandro Gatell vio a Katarina sin añadir cosa alguna a la conversación y optó por revisar su temperatura y frecuencia cardíaca, esperando que las palabras de Juulia Töivonen no le impactaran lo suficiente como para inspirarla a abandonarse o alterarse para agredirla. Pronto, le encargó a una enfermera la supervisión de ambas pacientes y contrario a su costumbre, decidió tomar un respiro mirando a la calle desde un corredor solitario. Había aseado sus manos y retirado su cubrebocas, pensando en la forma de trasladar a Juulia Töivonen o de poder sacar a Katarina hacia una habitación adecuada, aunque la rodearan nuevos extraños. Sentía que se había involucrado de más, aunque apenas tuviera conocimiento de un drama familiar que influía con el riesgo que su paciente corría. Pese a anhelarlo, no evitaba el asombro por lo escuchado en el aislamiento seis, sin ser indolente o perverso para imaginarse cualquier cosa. Era la primera vez que oía algo tan íntimo y peligroso, que se resistía a entenderlo. Katarina Leoncavallo no era como cualquier paciente, pero ahora cobraba distinción propia con sus gestos, sus emociones, sus miradas. Le llamaba la atención que quisiera auxiliarla y protegerla de lo que sucedía alrededor, como si el esfuerzo de salvarle la vida fuera un compromiso personal.

-Doctor Gatell - lo interrumpió una asistente de laboratorio.
-¿En qué puedo servirle?
-Llegaron los resultados de la paciente de aislamiento seis.
-¿Ordené algo para Katarina?
-Son los de la mujer de junto.
-No es mi... Démelos, le notificaré.
-De acuerdo ¿Le puedo preguntar algo?
-Adelante, le explico con gusto.
-¿Cómo sigue Katarina Leoncavallo? Los de radiología insisten.
-Entiendo, pero ese parte deben recibirlo sus familiares o mantener su confidencialidad si ella lo decide. Lo siento mucho.
-Es que toda Venecia ha puesto sus ojos en usted.
-Sólo soy un servidor más.
-Doctor Gatell ¿No puede darme una pista?
-Humildemente le respondo que no y si se suscita algo, la gente lo sabrá tarde o temprano.
-Pero ¿ella está grave?
-Cuando pase algo, se dará a conocer. Mi descanso ha terminado, si requiero de algún estudio, le llamo.
-Claro.
-Hasta luego.

Él aspiró hondo y cerró los ojos un segundo. Estaba cansado, con marcas en el rostro,con los ojos irritados por no dormir y por haber olvidado sus anteojos. Notó su reflejo en una pared y tuvo la tentación de cubrirse con las manos, sin ceder a ella. Además, eran las cuatro de la tarde y el cambio de turno sería muy molesto. Sus colegas estaban cansados pero ninguno tomaría una tercera ronda y el ánimo de fastidio se tornaba pesado. Alessandro Gattel deseaba darse un baño, dormir una noche entera, escuchar algo de música o al menos, avanzar un poco con su tesis. Pero asumió que aquello llegaría después. Katarina le esperaba a pesar de las noticias.

Al atravesar la puerta de terapia intensiva, él se topó con una escena desalentadora. Una niña, Lionetta Martelli, junto a su hermano, Darío Martelli, batallaban para recibir un ventilador. En San Marco Della Pietà se habían agotado y en los hospitales de Lido y Cannaregio también. Sólo quedaban los del hospital San Salvatore y del general de Mestre se había mandado traer un trío. Los enfermos, los médicos y el personal de limpieza se preguntaban cuántas desgracias necesitaba la familia Martelli para que la desventura dejara de cebarse sobre ellos e incluso, Katarina Leoncavallo y Juulia Töivonen no daban crédito a tan ingrata coincidencia.

-¿Quién se reunirá en la tumba con su hermana Elena? - se oyó y Alessandro Gattel se sobrepuso, aproximándose a ese cubo que no podía describirse de aislamiento nunca más, aunque conservara el nombre.

-¿Cómo siguen? Las veo igual de pálidas pero sonríen más ¿cierto?
-Lo intento - parecía confesar Juulia.
-Me alegra que trate... Katarina ¿cómo vas con el oxígeno?

La joven Leoncavallo actuaba como si no hiciera caso mientras veía a los Martelli sufriendo de angustia. Nadie tenía el corazón de deshacerse de su mascarilla, excepto Juulia, a quien le explicaban que, por hallarse encinta, no podían retirarle la suya.

-Entonces ¿cuándo nace mi bebé? - consultó ella.
-Oh, fue un error mío, aún no abro este papel - se disculpó el doctor Gatell y fijando sus ojos en Katarina, lo extendió a Juulia Töivonen.

La reacción de ambas fue contenida pero no engañaban a nadie. La joven Leoncavallo estaba por hundirse en lágrimas amargas mientras la sofocaba el corazón roto. La felicidad de la joven Töivonen le devolvía el color rosado a sus mejillas.

-Maurizio estará tan feliz.
-Señorita Töivonen, no se altere mucho, puede sofocarse - sugirió Alessandro Gattel y se inclinó ante Katarina para decirle que las cosas saldrían bien, a pesar de no tener idea de por qué se lo susurraba junto a su cama.

-Estoy tan cansada - admitió Katarina.
-Intenta dormir.
-No es por eso, doctor.
-No pienses, aunque cueste trabajo.
-He estado enamorada de mi hermano desde niña ¿Por qué eso es malo? ¿Por qué me pasó esto? ¡Ya no quiero!
-Tranquila.
-Doctor...
-Mmmm, yo sé de salud. Te puedo dar una respuesta técnica pero no te ayudaría en lo demás. La psicología no es mi campo y no he estudiado suficiente psiquiatría para darte una opinión. Si deseas una consulta, tengo algunos colegas.

Alessandro Gattel sintió una gran tristeza y tomando asiento, rodeó las manos de su paciente.

-Katarina, los hermanos no deben ser el sueño de amor de nadie.

Ella no se soltó aunque sintiera ganas y él prosiguió.

-Tal vez tú lo admiras mucho o ha estado contigo en momentos complicados. Quizás ¿Maurizio? cuidaba de ti, no lo sé. Pero entre hermanos hay cosas que no pueden ser. Si él te correspondiera, correrían riesgo de traer al mundo hijos enfermos o de considerar abortarlos para evitarles sufrimientos; no digamos las explicaciones que tendrían que dar o mudarse a un lugar donde nadie los conociera para evitar dificultades. Entre primos es más común pero les hacemos algunas advertencias igualmente. Además, por lo que he escuchado y visto, Maurizio te ve sólo como su hermanita, como si fueras pequeña. Por eso no tiene el valor de decirte que no. Katy, no cuentas con la madurez para aceptar lo que no es posible y si no recibes asistencia profesional, tendrás un lío muy importante. La gente a tu alrededor no digiere esto y es normal, una relación entre hermanos toca en lo absurdo para muchas personas. Pero hay gente también que te quiere bastante. Le dije al señor Liukin que fuera a casa y lo voy a regañar porque sigue esperando un informe y tu novio Miguel se muere por preguntar cómo sigues. Lo que hayas hecho con ellos no es mi asunto y eso que mentí por ti. Sólo quiero que notes... Por algo el señor Liukin estaba contigo anoche y a riesgo ser descubierto, llamó a los paramédicos y te acompaña en esto; Miguel no deja de rezar ni de asomarse al pasillo para abordarme y no lo he dejado dirigirme la palabra ¿Qué hay de Maragaglio? Mientras entro y salgo, él insiste en saber cómo estás aunque se quede en París.

Ella eligió la desilusión y veía a Juulia Töivonen tan bonita, tan libre de estar con quien quisiera, cumpliendo un sueño que no tenía una vida entera de haber surgido. Era tan injusto. Entonces, Alessandro Gattel cometió la osadía de tocar su hombro, atrayendo su atención.

-Katarina, cuenta conmigo. Soy tu médico, te cuido en este hospital, eres mi paciente prioritaria y me voy a quedar contigo hasta que te dé de alta o requieras de mí. Si necesitas hablar o sientes que no puedes con algo, prometo buscar una solución contigo.

La joven Leoncavallo apenas susurró un "gracias", aunque terminara por dirigir sus ojos hacia Juulia Töivonen y no supiera si era correcto desearle suerte. Katarina sentía enloquecer de celos, pero podía más el dolor de saber que Maurizio Leoncavallo se alejaba cada vez más, haciendo trizas sus torpes intentos de, al menos, ser su confidente y cómplice, porque ser su refugio era pedir demasiado. El papel de hermana nunca había sido más ingrato.

Alessandro Gattel se incorporó y luego de cubrir las piernas de Katarina con una manta morada que había cerca, se retiró, asegurando que regresaría pronto. Con el rostro desencajado, él decidió tomar una ducha para poder cambiar su uniforme y afrontar mejor esa tercera ronda en servicio que traería más escenas tensas. No quería admitirlo, pero formaba parte de un secreto incómodo y quizás había cometido el error de realizar una promesa a una mujer que no conocía. Había cruzado la línea.

sábado, 4 de abril de 2020

Las pestes también se van (Alessandro Gattel)

A los médicos, enfermeras, personal de limpia y pacientes.

-Ricardo, no puedo respirar - alcanzó la joven a murmurar.
-Encenderé la luz.

Él presionó el botón de la lámpara en la mesita de junto y al voltear, se le presentó la aterradora imagen que nunca iba a olvidársele: Katarina Leoncavallo sudaba como si hirviera por dentro, su piel había tomado un color grisáceo, su respiración se agitaba y una nueva tos la llevó al piso violentamente.

-Tranquila, te ayudo - Reaccionó Ricardo Liukin y sostuvo a la joven mientras llamaba a emergencias.

Algo sucedía esa noche que los servicios médicos de Lido eran insuficientes. Si se prestaba atención, se notaba que las ambulancias acuáticas iban y venían y cuando los paramédicos llegaron donde Katarina, de inmediato anunciaron que la llevarían a la isla principal para ingresarla en el hospital de San Marco Della Pietà en el barrio de Dorsoduro. Ricardo fue con ella mientras alguien le preguntaba si tenía molestias. Él admitió sentirse débil y con dolor.

En otro sitio de Venecia, en el segundo piso del hotel Florida del barrio Cannaregio, Maeva Nicholas sufría de vómitos y escalofríos, viéndose en la necesidad de pedir ayuda a Andreas Liukin. En el pasillo, Yuko Inoue y Adrien Liukin se mantenían en la expectativa.

-Llevaré a Maeva al médico ¿Alguien ha visto a Ricardo? - decía Andreas.
-No se ha aparecido en todo el día - replicó Yuko.
-Avísenle de esto.
-Claro.

El chico intentaba guiar a Maeva hacia las escaleras cuando Miguel Louvier salió del cuarto de junto.

-Tennant está enfermo - anunció.
-¿Él también? - se sorprendió Andreas.
-Necesitamos un doctor ya.
-¿Qué tiene ese idiota?
-Mucha fiebre y está diciendo estupideces - Miguel lucía espantado pero hizo acopio de entereza y tomó a Tennant en brazos. San Marco Della Pietà no era el sitio de auxilio más próximo, pero sí en donde podían recibirlos. En el canal de Cannaregio, los esperaba su amigo Geronimo.

-Yuko ¡cuida a Adrien! - pidió Andreas Liukin y la mujer asentó con algo de angustia.

-Adrien, tenemos que limpiar todo - pronunció la mujer cuando los demás pusieron los pies en la calle.

En Venecia, un frío seco recorre el cuerpo y estremece el alma cuando está por ocurrir algo grave. Un ejército de ángeles de la muerte recorría la ciudad y los pocos que podían verlos, se apresuraban a encerrarse sin negociar palabra con nadie. Los indigentes corrían a bañarse y lavar sus ropas y refugios mientras las sirenas de alarma comenzaban a sonar con mayor frecuencia. Giampiero Boccherini, el eterno amigo ebrio, se hallaba sobrio. Y entendió al ver a un vecino pidiendo auxilio a los carabinieri. Salió con su campanilla a dar el anuncio.

-¡La peste ha llegado! ¡Todos a casa! - exclamó mientras una espesa niebla cubría su silueta.

En el hospital de San Marco Della Pietà, se estaban recibiendo los primeros informes desde Lido. La gente había saturado emergencias y la mayoría de los casos eran de gripes fuertes. Aquello llamó la atención de Alessandro Gatell, quien, si bien no se dedicaba a las urgencias, era un médico internista con experiencia en sinnúmero de complicaciones. Nadie le contestaba el teléfono.

-Doctor Gatell ¿Podría ayudarme? - le pidió una colega.
-¿En qué puedo servirle?
-Llegaron dos pacientes con sospecha de neumonía y me gustaría que los evaluara.
-¿Tiene algunas placas?
-No he podido sacar ninguna.
-Déjemelo.

Alessandro Gatell se disponía a hacerse cargo, cuando vio llegar a Katarina Leoncavallo. Al igual que Ricardo Liukin, el horror se apoderó un momento de él. Ella abría la boca con la desesperación de no poder llevar aire a sus pulmones y el sudor había transparentando su ropa.

-¡Yo la atiendo! - exclamó Gatell y fue con ella mientras preguntaba a los paramédicos qué había pasado. Por su parte, Ricardo Liukin alcanzó a decirle que estaban juntos en Lido y la chica había empezado a toser cerca de las once de la noche, pero no aparentaba ser importante hasta que le avisó que no podía respirar.

-Háganle un análisis rápido de tuberculosis - ordenó el doctor y de inmediato, solicitó aislar a la joven en la Unidad de Terapia Intensiva.

-Acompáñeme, debo examinarlo también - anunció Gatell a Ricardo Liukin y este obedeció sin saber cómo reaccionar.

Poco después, Maeva Nicholas y Tennant Lutz eran admitidos en urgencias. El caos se apoderaba del lugar y Andreas Liukin debió salirse para no estorbar. Dentro, Miguel reconocería algunas caras conocidas y ángeles disfrazados de médicos que apenas podían con la súbita carga de trabajo.

La madrugada se enfriaba más y los pacientes llegaban en demasía. Alessandro Gatell intentaba organizarse como podía y luego de anunciarle a Ricardo Liukin que le sugería una cuarentena, pudo entender lo que ocurría con Katarina Leoncavallo.

-¡La joven en el aislamiento seis tiene influenza! - gritó Gatell - ¡Los pacientes llegan con influenza! - advirtió a los demás y enseguida entró en la habitación de Katarina.

-Le ha dado neumonía, tranquila - aseguró él - Es factible que usted no se percatara días antes pero haré lo posible para que se recupere. Estará bien.

Ella parecía llorar cuando Gatell mismo revisó cómo le colocaban una mascarilla y miró el ventilador que le habían puesto al tiempo que intentaba calmarla, evitando tocarla.

-No se preocupe, señorita. Hablaré con su acompañante - señaló él y luego de salir de ese lugar, retirar su cubrebocas y lavarse las manos, se topó con que Ricardo Liukin no estaba solo. Miguel Louvier le avisaba sobre lo que ocurría luego de firmar unos papeles para hacerse responsable de Tennant.

-Mi hermano y Maeva tienen influenza, papá.
-¿De verdad? También yo. El médico me ha pedido ir a casa.
-Ve a descansar.
-No puedo, Miguel.
-Señor Ricardo...
-No me hables así.
-De acuerdo.

El doctor Gatell se aproximó con actitud inocente aún.

-Señor Liukin, vine a decirle que le coloqué a Katarina un ventilador para que pueda respirar.
-¿Mi novia está aquí? ¿Qué le ha pasado? - preguntó el sorprendido Miguel.
-¿Novia?

Alessandro Gatell comprendió la situación y eligió mentir.

-Ah... Ella ingresó en la tarde y el señor Liukin fue el único que nos contestó la llamada.
-¿De verdad, doctor?
-Intentamos localizar a sus contactos.
-¿Su familia no ha venido?
-No.
-Al menos mi padre no la dejó sola.
-Le sugiero que no lo abrace y tome distancia de un metro, por favor.
-Olvídelo, seguramente me he contagiado. He traído a dos enfermos está noche.
-¿Cuántos de sus familiares tienen síntomas?
-Mi hermano Tennant y Maeva que es como mi madrastra estos días.
-¿Cuál es su nombre?
-Miguel.
-Bueno, Miguel, hace bien en asumirse como contagiado. Debe ir a casa y aislarse. Es vital que asée sus manos y desinfecte sus objetos de uso de común. Todas las personas de su familia podrían portar el virus de la influenza y con los días, aparecerán las molestias.
-Pero ¿Cómo se habría enfermado mi novia?
-De abundantes formas como un beso, por las gotas de saliva que expulsamos al hablar, alguien pudo toser o estornudar cerca de ella, hay posibilidades.
-Katarina estuvo en Nueva York la semana pasada y luego en París y llegó de Montecarlo ayer.
-¿Nueva York? ¿Cuál fue el motivo del viaje?
-Ella es patinadora sobre hielo y tuvo una competencia, doctor.
-¿Es atleta? De acuerdo ¿Ella fuma o bebe en secreto?
-No.
-¿Alguna cardiopatía o diabetes?
-No que yo sepa.

El doctor Gatell tuvo más curiosidad. Había descubierto la aventura de Katarina Leoncavallo con Ricardo Liukin, así que se dirigió a él.

-Señor Liukin ¿Usted ha salido de Venecia en los últimos días?
-He estado trabajando, yo no puedo irme.
-¿En qué labora, disculpe?
-Vendo gelati en un local de San Marco.
-¿Atendió turistas recientemente?
-Varios pero no sabría decirle de dónde provenía la mayoría.
-¿Personas de Estados Unidos que lo hayan mencionado por alguna razón?
-Hay una filmación frente a mi lugar de trabajo y creo que el productor se fue a Nueva York. Sé que regresó hace una semana.
-¿Cómo se enteró?
-Mi pareja, Maeva, es actriz.
-Gracias... Le prescribiré un antiviral para ayudarlo pero quédese en casa, por favor. Miguel, usted debe permanecer allí también.
-¿Quién se quedará con Katarina?
-Señor Liukin, entiendo que no quieran separarse, pero puede transmitirle el virus a varias personas de este hospital ¿No hay un familiar de la señorita Leoncavallo a quien poner al tanto?
-Su hermano está en París.
-¿Existe forma de comunicarse con él?
-Miguel, dale el número... También el de Maragaglio, él sabrá qué hacer.
-¿Maragaglio?
-¿Lo conoce, doctor?
-¿Él es pariente de la señorita Leoncavallo?
-Es su primo.
-Yo mismo le llamaré, pero por favor, quédense en casa, laven sus manos, no se toquen la cara y cubran nariz y boca al estornudar o toser, por favor.

Luego de hacer una prescripción y asegurar que haría lo posible por Katarina, Alessandro Gatell se retiró a la recepción para llamar de inmediato a Maurizio Maragaglio y al Comité Olímpico Italiano para notificar sobre la joven enferma. Intentaba verla como una paciente más que necesitaba ayuda y se acordó de que la había visto antes, pero no sabía en dónde.

-Ciao! Maragaglio? Come stai? Lamento mucho llamar a esta hora, soy Alessandro Gatell, médico del hospital de San Marco Della Pietà... Es un asunto urgente. Esta madrugada ha sido internada su prima, Katarina Leoncavallo...  Llegó en estado grave... No sé trató de un accidente, ella muestra un cuadro de influenza importante... La paciente presenta dificultades respiratorias por neumonía. Fue necesario colocarle una ayuda respiratoria por medio de un ventilador mecánico, se le está atendiendo por una fiebre de treinta y nueve grados... Guarde la calma, Maragaglio, por favor. Estamos haciendo lo posible por Katarina, no sirve de mucho alterarnos, la evolución va a depender de su respuesta inmunológica, se le va a suministrar la medicación adecuada para que ésta sea favorable. La neumonía es la parte más delicada y por cómo se está presentando su cuadro clínico, infiero que esta condición estaba presente desde hace varios días de manera asintomática... Es posible. Entiendo que creerlo no es sencillo pero Katarina se encuentra recibiendo los cuidados en la Unidad de Terapia Intensiva y yo mismo estaré a cargo, supervisando su evolución.

Alessandro Gatell supo que daba una explicación muy larga, quizás un poco redundante, comprensible por haberse asustado. Aunque le desconcertaba lo último.

-Por los antecedentes de viaje, podemos teorizar que el contagio es importado. En Nueva York, de dónde me refieren que ella tomó un avión, hay un brote de influenza, existe un boletín de la Organización Mundial de la Salud, publicado hace unos días... La razón de conocer estos detalles es que me permite trabajar... La terapia intensiva tiene como objetivo cuidar los órganos de los pacientes y evitar daños mayores por enfermedad, Katarina desafortunadamente necesita respiración auxiliar, no puedo darle un escenario distinto a la espera... Si no tiene síntomas de influenza, le recomiendo abstenerse de venir al hospital para que no se contagie... ¿Usted estuvo en París con ella?... Tranquilícese, hay riesgos pero auxiliaremos a Katarina en lo posible. No voy a mentirle, el caso es grave y lo primero a resolver es la fiebre. Están llegando al hospital muchas personas con influenza y por ello no le aconsejo visitarla.

Alessandro Gatell suspiró mientras se enteraba de los entrenamientos de Katarina Leoncavallo en París, de su rutina diaria, de su gran higiene y de varios detalles sin aparente importancia como la vez que su hermano y coach la había dejado plantada por un compromiso en Versailles y la competencia que mantenía con Carlota Liukin para ser la patinadora preferida de éste. Por lo que contaba Maragaglio, Gatell comenzó a sospechar de una depresión que aún no se manifestaba tanto.

-Lo que le recomiendo a usted es que, si tiene síntomas, acuda al médico inmediatamente sin olvidar cubrirse la nariz y la boca al estornudar o toser, lave sus manos con frecuencia y aíslese para no transmitirle el virus a otros. Maragaglio, es importante que me reporte si enferma, por favor. Haga una lista de todas las personas que estuvieron en contacto con Katarina e infórmeles sobre esta situación para que sepan cómo actuar y no haya un gran brote en París... ¿Me está escuchando?... Katarina tiene el ventilador, deseamos que lo utilice el menor tiempo posible... Buena pregunta, con gusto le vuelvo a explicar.

Alessandro Gatell estaba acostumbrado a oír voces tristes. Y conocía la de Maragaglio por haberlo visto responder en innumerables ocasiones por sus compañeros de trabajo heridos o por Giampiero Boccherini si a éste se le ocurría meterse en problemas. Pero jamás le había notado la preocupación. Era entendible, supuso y no quiso añadir algo más luego de detallar por segunda vez el tratamiento que seguirían los médicos con Katarina Leoncavallo

Y entonces, le regresó el momento. A ella la había encontrado en el embarcadero de la Fondamenta San Giorgio Maggiore, en un fin de semana cualquiera, no tan reciente. Quizás durante el verano porque había mucha gente. La joven ahuyentaba a cualquiera porque pocos podían resistirse al mirarla. Incluso, era común escuchar en la ciudad sobre Katarina Leoncavallo con su multitud de admiradores secretos, la inagotable envidia que varias personas le dedicaban, la osadía de los escasos afortunados que habían logrado un saludo y de un Maragaglio que reaccionaba furioso si le hablaban de esa abrumadora fama. No era para menos, se trataba de la mujer más hermosa de Italia y con seguridad, de la más bella del mundo. El trono le duraría en tanto no creciera una niña que se estaba robando el corazón de Venecia: Carlota Liukin. Con la diferencia de que la segunda provocaba la clase de admiración que acercaba a las muchedumbres.

Pero, contrario a lo que el lector pueda deducir, a Alessandro Gatell no le impresionaba una belleza tan frágil. Katarina Leoncavallo le interesó ese instante por ser su inesperada paciente, quizás porque su óptima condición física se había reducido a una ridícula ironía frente a un virus que intentaba golpearla hasta reducirla a la nada. Porque a la naturaleza, al fin y al cabo, tampoco puede seducírsele siempre.

Al estar de vuelta en terapia intensiva, el médico se topó con un panorama más urgente: Ancianos, adultos, jóvenes, no muchos pero bastante graves, llenaban la sala. La influenza había llegado a Venecia con apenas un aviso: La fecha del dichoso boletín de Nueva York al que pocos habían prestado atención. Ese mismo que afirmaba que el brote estaba más o menos controlado y que no había nada de qué preocuparse. "¿Nada?" pensaba Gatell y reparaba en que Katarina Leoncavallo estaba requiriendo más oxígeno que los demás, que el sudor había hecho prescindible su bata de enferma y que ella era capaz de entender lo que había ocurrido en todo el hospital. Pronto, la joven enfocó su atención en un chico recién ingresado. De acuerdo a lo que alcanzaba a oírse, aquel paciente había iniciado con los síntomas en la mañana anterior y se había quedado en cama, pensando que sufría de un resfrío. Se suscitó un silencio incómodo y luego, un sorpresivo intento de reanimación resultó inútil.

Katarina Leoncavallo no pudo disimular el espanto ante lo que acababa de ocurrir y el desconcierto de los demás enfermos era tal, que el pánico se apoderó del personal.

Alessandro Gatell decidió entonces, aproximarse a la joven, que se hallaba envuelta en un nuevo llanto y cuyo aspecto daba aún más terror que el del fallecido. Pero él guardó la calma, revisó los signos vitales, sonrió... Y la tomó de la mano, desafiando su código de mantener la sana distancia con la razón de confortarla. Por primera vez en su vida, Katarina Leoncavallo no estaba sola enfrentando al monstruo invisible.

jueves, 6 de febrero de 2020

Al final, Marine


Tell no Tales. Viernes, 15 de noviembre de 2002. 10:30 am.

Marine Lorraine tenía un sueño recurrente: El de hallarse en un hotel de Italia, de esos con paredes de roca y una sofisticación que vuelve el aire diferente. Ella en un vestido blanco, con un listón y un botón oculto que su madre había cosido para evitar que su espalda se revelara más de lo debido; él con un traje de corbata oscura, aproximándose para darle un beso y hacerla sentir como si fuera una novia en su noche de bodas.

Aquello parecía muy normal, Marine estaba próxima a casarse con un joven que había conocido dos años antes y se hallaba nerviosa... Excepto porque aquella escena había ocurrido en realidad, en un hotel de Cinque Terre, durante el casamiento de su hermana mayor. Marine soñaba con los acontecimientos de su día a día, tal y como habían ocurrido, sin añadir circunstancias extrañas o personas que no recordaba haber visto. Aquella buena virtud era algo que deseaba no tener.

Ese día se levantó tarde, se maquilló apenas y salió corriendo rumbo a una cafetería en la calle Gaultier, donde la esperaba Matt Rostov para desayunar. Hacía calor pero ella vestía con un abrigo café para disimular las marcas que le quedaban por tanto rascarse y poco antes de tomar asiento en una mesa exterior, se colocó sus auxiliares auditivos aunque le pesara hacerlo. No se veía contenta.

-Marine, mira este sobre azul. Dice que será otro año en que tu madre crea que sigues siendo virgen ¿No te alegra? - saludó Matt Rostov antes de probar una rebanada de pay de manzana y continuar leyendo papeles que parecían las descripciones de un caso médico extravagante. La mujer no sabía qué decir.

-Sé que tu doctora te ha cubierto desde hace siete años.
-No puedo decirle a mis padres - murmuró ella con vergüenza.
-De todas maneras es una confidencia del paciente, aunque me contaron que tú nunca vas sola a consulta.
-Ninguna mujer soltera del barrio Corse acude al hospital sin su madre.
-Oye ¿es cierto que tu ex novio era un poco grande?
-¿De qué me hablas?
-La ginecóloga se dio cuenta porque tenías un ligero desgarre.

A Matt le dio un breve ataque de risa y supo que a Marine no le molestaba que le hubieran dicho algo así. Quizás la desconcertaba un poco por lo directo el tema. Desde que la conocía, las cosas eran dichas de golpe y sin pedir disculpas. Se estaban volviendo amigos.

-No lo sé ¿tendría qué?- respondió Marine y le vino a la mente aquella vieja boda y las interminables pruebas de vestuario de las que acostumbraba escapar con el pretexto de atender casos en Intelligenza Italiana. Como su hermana mayor no había tenido intimidad con ningún hombre, sus padres y suegros le habían permitido elegir un vestido rojo para llegar al altar y tener a las damas de honor en blanco. A Marine le había tocado un atuendo que por falta de tiempo, no había sido modificado para esconder su cadera o disimular su busto.

-Tu ginecóloga está preocupada por ti, Marine - prosiguió Matt.
-¿Eres su portavoz?
-No pero me pidió que te lo dijera ¿Sabías que conversó con el tipo con el que te piensas casar?
-Se llama Laurent.
-Laurent le confesó que nunca han estado solos.
-¿Mis padres quisieron que él tuviera la plática pre matrimonial?
-Con todo y el cura de confianza presente. También fueron tus suegros, por si te interesa.
-Es vergonzoso.
-No es bueno, Marine.
-¿Por qué lo hicieron? Me prometieron dejarlo en paz.
-Lo que no me parece normal es que no te hayas acostado con él.
-Es la costumbre en el barrio, Matt.
-A una mujer como tú debería tenerle sin cuidado.
-Pero me lo enseñaron.
-Marine, no te entiendo ¿Por qué con Laurent has sido tan reservada? Le hiciste creer que eres tímida.
-No querría casarse conmigo de otra forma.
-Tonterías.
-Matt, lo sabes. En Corse las cosas son así.
-Mujer, mi punto es que antes tuviste sexo con alguien.
-¿Importa?
-Es justo lo que no comprendo ¿Qué pasó con ese ex novio?
-Nada.
-¿Qué fue diferente?
-¿Por qué quieres saberlo, Matt? ¿Te envió mi papá?
-Con el tipo de familia que tienes, me parece excelente que tu doctora te proteja. Supongo que eres afortunada de guardar un secreto, aunque el tuyo me parezca tonto.
-No lo es.
-A mí no me intriga tanto como parece.
-Es que... ¿Sabes Matt? Son mis cosas. En unos días no voy a necesitar un certificado que diga que sigo intacta.
-Leí tu expediente y lo que me llamó la atención es que te recomendaron ir al psicólogo y nunca te has parado por ahí.
-No era necesario.
-Marine, olvídate de tu ex novio.
-Hace tanto que lo hice.
-Mejor no te cases.

Matt continuó su lectura con el ánimo en apariencia indiferente y después de ordenar un jugo y pan tostado, Marine volvió a perderse en sus pensamientos como sus hermanas, que se vigilaban unas a otras para complacer a sus religiosos padres y mantener prometidos con los que jamás se arriesgaban a vivir algo más especial que tomarlos que la mano. Y gracias a eso, habían sido descuidadas con ella, porque al ser la más ocupada, no habían considerado necesario ser tan asfixiantes. Ella adelantaba grados escolares y asistía a los voluntariados de la iglesia con su padre, hasta que se le metió en la cabeza que en Italia se hallaba la mejor oportunidad para continuar sus estudios. Su familia se mudó para acompañarla, sin cambiar la dinámica de los interrogatorios extenuantes y el espionaje de siete jóvenes en forma estricta. Ese control represivo era tan natural, que Marine obedecía sin necesidad de sentirse forzada ¿O no había notado lo contrario antes?

-¿Courtney insiste en ir a Venecia? - preguntó la mujer sin disimular la curiosidad.
-Quiere prevenir a alguien de no sé qué. Esta mañana discutimos porque no la apoyo - respondió Matt.
-¿A quién desea ver?
-A un tal Ricardo Liukin que apenas conozco y que parece ser amigo de un antiguo novio que tuvo.
-¿Estás celoso?
-Molesto. No confío en un payaso que llama a Courtney cada semana.
-¿Le has preguntado a tu esposa por qué le interesa el señor Liukin?
-No sé de donde sacó que un tal Maragaglio lo estuvo buscando y se ha hecho un amigo cercano. Courtney dice que ese tipo lo persigue desde hace cinco años.

Marine no pronunció palabra y miró a la mesa con cierto asombro. Llevaba tanto tiempo sin oír el apodo de Maragaglio de una voz diferente a la suya ¿Quizás sus sueños le habían anunciado que recibiría noticias de él? Y con el viejo tema de los Liukin, una familia que aquél investigaba sin revelarle jamás un motivo.

-Eso suena muy raro - prosiguió ella.
-No sé hasta cuándo tendré paciencia. Supongo que a Courtney le molesta que el tal Maragaglio se salga con la suya - respondió Matt Rostov demostrando su nulo entusiasmo. Marine pasó saliva.

Mientras a ella le servían el desayuno, recordó otro sueño: El día de su llegada a Intelligenza Italiana, que justo había empezado con una taza de café mediocre y una rebanada de pan reseco con mantequilla en el peor de los escritorios de la más oscura oficina que vio jamás. Era de las becarias nuevas junto a otros compañeros de clase y luego de pasar lista, recibió la asignación de integrarse al equipo de Maurizio Leoncavallo, alias "Maragaglio", Jefe de Intelligenza de la ciudad de Milán. Sus primeras tareas habían sido arreglar una caja con archivos de casos cerrados y sacar copias mientras esperaba a aquel tutor con la paciencia de un santo y veía como el resto del grupo se preparaba para conocer las instalaciones. Ella se quedó hasta las tres, cuando el encargado del servicio social la llevó frente a una puerta de la cual salió el tal Maragaglio, quien cortante, apenas le dijo "hola" y le anunció que contestaría las llamadas, enlazando las personales a través de las claves pegadas junto a una pared. El hombre ni siquiera había volteado a verla.

-Tierra llamando a Marine - le dijo Matt Rostov.
-Me distraje, lo siento.
-Esto de casarte te tiene tensa.
-Eso supongo.
-¿No sientes algo por Laurent?
-Lo quiero mucho, Matt.
-No es amor.
-Él es muy lindo.
-Marine, aun puedes retroceder.
-No puedo.
-¿Por qué?
-¡Sólo es no y ya!

Matt se sorprendió de verla irritada pero se alegró al mismo tiempo. Marine solía ser la sonrisa andante aunque se desesperara.

-Disculpa, Marine. Soy entrometido, es todo.

La mujer en cambio, comenzó a llorar y a sentir una gran vergüenza por la escena que daba.

-Tranquila, las bodas son tensas - siguió Matt y la abrazó luego de ahuyentar las miradas de los curiosos. Marine creía tener un deja vú con la vez en la que había reaccionado de forma similar a una pregunta simple sobre por qué pasaba los días enteros extrañando su trabajo en Italia.

Pero no era Intelligenza lo que le provocaba nostalgia, evidentemente. Le había cambiado la vida al escuchar a Maragaglio con detenimiento luego de semanas de ser casi un fantasma frente al teléfono. Él le explicó que esa era la mejor forma de empezar, porque cualquier error en un recado podía costar un problema. Marine terminó pensando en la voz melodiosa de ese hombre y a partir de esa tarde, se abstuvo de remover sus auditivos, percatándose que Maragaglio no hablaba solo como todos pensaban. Él recitaba obras de teatro y guiones de cine, leía en voz alta y cuando cantaba, las rodillas de Marine comenzaban a temblar. La joven hacía de todo por deleitar sus oídos a diario y su jefe se enteró muy pronto, porque de tanto prestarle atención, ella le había descubierto una relación extramatrimonial y luego de reprochárselo, le mencionó que su forma de entonar le gustaba. Vaya atino de suavizar las cosas porque a partir de ese instante, Maragaglio empezó a tomarla en cuenta para las prácticas de campo y el archivo de casos nuevos, permitiéndole leerlos. Pronto, Marine empezó a dar su opinión y a ser más activa, así que no le extrañó que su nuevo amigo le avisara de su traslado a Venecia para convertirse en Jefe de Intelligenza del Véneto.

-Respira, Marine - intentaba persuadirla Matt mientras ella batallaba contra esa sofocación que sentía desde niña. En el barrio Corse, la famosa vestimenta de blusa rayada, gorro marinero, falda blanca o de mezclilla, botines o tacones era una trampa. Hacía que las jóvenes se vieran preciosas pero también las ponía a espiarse entre sí porque era relativamente fácil mantener relaciones sexuales sin necesidad de desvertirse. Ninguna chica mentía por otra y se armaban atroces escándalos a la menor insinuación de que una de ellas no era virgen. A Marine le había tocado ver la reputación de una vecina destruida y se había enterado del suicidio de otra luego de ser sorprendida. Ambos casos seguían comentándose en Corse para dar escarmiento y Marine advirtió que la famosa pañoleta roja que las chicas siempre sujetaban a su cuello era siniestra. Perderla o que alguien la arrebatara, era suficiente para que los demás levantaran el dedo acusador y era tan injusto pensar en las leyendas sobre mujeres que se habían colgado usando una... Marine se sentía libre cuando no tenía que portarla, como en Italia cuando Maragaglio la regañó por arriesgarse a lastimarse o atorarse durante una excursión a las montañas. Ella le explicó la costumbre de su familia y de Corse, sin evitar que la prenda fuera confiscada. Marine se enamoró de Maragaglio en el segundo que él desató el nudo.

-Ya pasó, mujer. Debes descansar y suspender tus planes un par de días - sugirió Matt.
-Tampoco puedo faltar al trabajo.
-No me refiero a pedir tiempo libre.
-No creo que en el banco me dejen en paz.
-Marine, pónle pausa a los preparativos ¿o es urgente que decidas un color de servilletas?
-Iré a elegir las flores.
-Estás muy cansada de revisar catálogos y de hablar con el tipo que organiza la fiesta.
-Matt, la boda es en quince días.
-No creo que tomarte una semana sea tan grave.
-Mañana me entregan mi vestido y quizás los zapatos. Mi suegra dice que me probaré muchos peinados y veremos al cura para que me dé consejos.
-Tienes que hablar en broma.
-Pues, no.

Marine bebió su jugo y su mente regresó a una pequeña cita con Maragaglio en la isla de Murano durante un día lluvioso. Ambos habían visitado el taller de cristalería de Lavinia Swire y él le había obsequiado un anillo cuyo cristal tenía la forma de una gran rosa. Pero eso no había sido lo más especial del viaje. Mientras un aguacero les caía encima, Maragaglio admitió sus profundos deseos de hacer el amor con ella. Luego de un momento de silencio, Marine respondió evasiva, con la invitación al casamiento de su hermana por delante y prácticamente huyendo a casa.

-No quiero damas de honor - señaló Marine bruscamente y Matt Rostov empezó a reírse de nuevo.

-Rayos, ya pagué sus vestidos ¿habrán devoluciones? Ese dinero me caería muy bien- siguió ella.
-Supongo que sí, nadie los ha usado.
-Matt ¿ya te invité a la ceremonia?
-Me diste cuatro tarjetas ayer ¿no lo recuerdas?
-No ¿Te dije que tendremos un buffet de empanadas en la fiesta? Hemos mandado a traer todo desde Hammersmith.
-Eso me interesa. Si no te casas ¿igual harías la fiesta, mujer?
-¿Por qué cancelaría la iglesia?
-Marine, creo que has gastado todos tus billetes en perder el tiempo. Ni amas al novio, ni te interesan los invitados, tampoco pareces animada por decir que sí.
-Es que me he tardado tanto y Laurent apenas liquidó lo del jardín para la recepción y la selección de bebidas. Nos entregan los resultados de los exámenes prenupciales mañana y aun queda ver lo del departamento en la calle Mezino.
-¿No arreglaron eso antes?
-No he decorado.... Aunque Laurent y yo podríamos trabajar en pintar y amueblar en la luna de miel.
-Te vas a aburrir.
-Eso no es cierto, Matt.
-¿Apostamos?

Ella miró al suelo y supo que él tenía razón. Laurent la hacía bostezar casi todos los días y no solía emocionarla con sus charlas sobre sus aventuras en el mar o el viaje que quería hacer bordeando la costa china para llegar a Macao. En dos años, Marine se había acostumbrado a ignorarlo luego de hablar sobre el trabajo o de alguna reunión familiar que no podían omitir. En sus citas siempre había chaperones, así que ella se quedaba callada y él le decía en cada ocasión que su timidez le resultaba tierna.

Caso distinto a ese Maragaglio que tanta falta le hacía. Que le despertaba el ánimo. Que le alimentaba una explosiva pasión que la mantenía hecha trizas. Porque luego del episodio en Murano, ella había evitado topárselo en los pasillos de la oficina o en el comedor. Huía de él en las prácticas de tiro o de campo; salía más temprano o en compañía de alguien. Pero llegó la boda de su hermana y Maragaglio acudió con su esposa. Ella no pudo evadirlo.

-No sé que decirte, Marine. Me gustaría pensar que harás lo correcto - decía Matt Rostov.
-Creo que sí.
-No te veo cancelando.
-Matt ¿por qué hablas como si fuera fácil?
-Porque me gustaría que todo se resolviera para ti.
-Espera, contestaré una llamada.

Marine buscó su teléfono con la respiración interrumpida y su decepción al mirar el identificador era innegable. Luego de dudarlo, la mujer atendió.

Matt Rostov prefirió prestar atención a esa conversación, casi monólogo, entre ella y Laurent. El tema era una tornaboda en la que los novios estarían ausentes. Se habían escogido manteles con bordados de hilo de plata, la animación de una orquesta de reggae y un brunch con waffles y pollo frito. Marine contestaba con "está bien", "le gustará a mis padres", "es una linda idea" y "gracias Laurent" con cada pregunta que aquél hacía y su voz perezosa apenas le ocultaba los bostezos. Matt sólo atinaba a reírse mientras se percataba de la presencia de las hermanas menores de Marine. Aquellas habían ido con el encargo de averiguar qué "tramaba" una novia que debía ocuparse más de ir al templo a recibir recomendaciones matrimoniales que de reunirse con un amigo que no le había presentado a nadie. Deshacerse de ellas no era una idea conveniente y además, intentaban descubrir si su hermana portaba la pañoleta roja en su lugar.

-Qué fastidio - expresó Matt.
-¿Qué cosa? - curioseó Marine sin apartarse del teléfono y volteó al rincón en donde aquellas tres chicas fingían no verla. Entonces le ganó la risa.

En el pasado, Maragaglio había atacado de forma frontal y nadie en la familia Lorraine advirtió siquiera que Marine era seducida por su jefe. Las hermanas celebraban con la mayor de ellas por estar casada, los padres se dedicaban a complacer a los presentes, los demás dedicaban sus críticas a los horribles vestidos y a las tristes decoraciones... Pero nadie se fijaba en lo que sucedía detrás de una columna floral, cuando Maragaglio logró coincidir a solas con su becaria luego de tantos días. Él rozó la espalda de esa mujer y le robó un beso, obteniendo a cambio la cálida reacción de una Marine que no dudó en aceptar un abrazo y susurrarle que lo extrañaba. Maragaglio se disculpó por su propuesta de estar juntos y ella entonces confesó que tenía miedo. Miedo de que alguien se enterara o la viera, temor de que la siguieran, pánico de ser expuesta y terror de sentir que había traicionado a su familia. Él le prometió no insistir, pero un "yo quiero" de Marine bastó y sobró para que ambos inventaran un imprevisto de trabajo. Maragaglio dejó a su mujer en casa y Marine empacó de prisa para abandonar la fiesta discretamente. A los Lorraine no les gustó, pero su hija había probado ser confiable y llevaba sus pañoletas rojas para tranquilizarlos. Cuando Maragaglio regresó por ella, sus padres prácticamente le encomendaban proteger a su cuarta hija y evitar que cualquiera se pasara de listo.

Así fue como Marine Lorraine pasó unas horas de carretera para llegar a Cinque Terre y hospedarse por cuatro noches en un hotel para parejas donde Maragaglio la presentaba como su esposa y luego de pasear por el pueblo o brindar con champagne, tomaba reconfortantes baños de burbujas con él.

-Son niñas, Matt - mencionó Marine sobre sus hermanas sin colgar el teléfono. No sabía que había pasado tanto tiempo pensando y que Laurent le contaba algo de escaso interés. Acaso la mujer prestó atención cuando oyó que el menú del buffet se había complicado, pero el restaurante etíope del barrio Láncry se comprometía a cumplir con el pedido sin pedir pago por adelantado.

-Si no hay empanadas, no voy - bromeó Matt Rostov
-¡El pastel estará relleno de manzana! - replicó ella sin poder sacudirse una nueva risa y evocar su regreso a Tell no Tales con una prueba de embarazo positiva por delante. Esa falsa alarma y un sutil desgarre, motivaron el teatro entre la ginecóloga y ella para esconder que había amado locamente a Maurizio Maragaglio. Los Lorraine sospecharon de ese sentimiento durante las últimas semanas en Italia, porque su hija no dejaba de llorar ni de pensar en ese hombre y los certificados de una vagina intacta se volvieron especialmente vitales para aferrarse a la idea de una gran "admiración" y no atreverse a imaginar a Marine en alguna situación más profunda.

-Mujer, estás carcajeando demasiado - comenzó Matt a preocuparse.
-Ay, es que ¿no te parece gracioso? Tres niñas van a decirle a mi mamá que me la pasé en el celular.
-¿Deberían estar en la playa, no crees?
-¡Tenían que mandarlas a vigilarme antes!
-¿Laurent ya colgó?
-Oye, Matt ¿Y si yo me fuera a Venecia con Courtney, estaría bien?
-¿Tú a dónde y con quién?
-¿Sabes qué? No puedo seguir con esta boda, me duele la cabeza, quiero dormir y que mi madre arregle lo que falta. No me gustaron los manteles color menta para la fiesta ¿Me dejarían también cambiar el hotel para la noche de bodas? ¿Aun hay tiempo para reservar una cabaña en Jamal? Quizás necesito vacaciones.

Por supuesto que Laurent había escuchado la queja entera y Matt Rostov presionó el botón para terminar con la llamada.

-Dame el teléfono - exigió ella.
-¿Estás ebria?
-¡Claro que no, Matt!
-Tanta carcajada no es normal.
-Mi familia quiere matarme con esta broma. Lo que me hace feliz es que me dejarán en paz dentro de poco y si me divorcio, no tendré que darle explicaciones a nadie sobre mi vida sexual.
-No tienes por qué de todos modos, Marine.
-Dejaré de negar que amé a un hombre muy pronto ¡No te imaginas cuán feliz me hace!
-Contrólate, estás espantando.
-Es que debían ponerme a las chaperonas cuando tenía veinte años.
-Marine, en serio, comienzo a creer que algo anda mal.
-Lo siento, es que yo... No sé ¡era tan obvio que estaba enamorada, Matt! ¡Mi ex era todo para mí! ¿Cómo rayos mis padres no se dieron cuenta?
-¿Te ríes de eso?
-Creo que lo hago porque estoy triste.

Marine intentó calmarse y Matt Rostov deseaba sedarla cuando a ella se le ocurrió que era tiempo de reservarse un par de noches para arreglar su problema. Su boda no lo era. El novio tampoco aunque no le interesaba tanto. Su familia no podía ser un obstáculo. Pero encontrarse a Ricardo Liukin era la llave para deshacerse de esa estúpida obsesión que cada vez era más ingrata. Lo decidió en ese momento.

Maragaglio nunca iba a darle una segunda oportunidad.