domingo, 4 de julio de 2021

Las pestes también se van (Juntos)

Venecia, Martes 19 de noviembre de 2002.

La madrugada en el hospital era silenciosa, trágica y fría. "L'acqua alta" o la inundación de la ciudad había empeorado y por las paredes escalaba un aire que ponía con piel de gallina a Katarina Leoncavallo, quien sabía que faltaba poco para que no resistiera más y pidiera clemencia con tal de que una cobija afelpada la cubriera hasta el cuello. 

-Perdona por... quitarte esta- se disculpaba Marco Antonioni luego de ajustarse la mascarilla de oxígeno.
-Sé que te cuidan por el Marfan.
-Pero no pueden tenerte... sufriendo. Te cedo mi manta.
-La necesitas más que yo.
-Pero tú podrías... morir de frío.
-¡No digas eso!

La joven continuaba asustada y llorando por tantos fallecimientos en aquel lugar, que apenas había notado que el chico frotaba de vez en vez su antebrazo para darle un poco de ánimos. El hecho de poder hablar era resaltable, dado que el resto de los pacientes sólo podía emitir quejidos y los intubados parecían ahogarse cada vez.

-Te hace mal quedarte así.
-Marco, tú estás bien... No me des nada.
-Estás temblando.
-Tomaré tu mano.
-Estás helada.
-Mira, si me muevo un poco... Se me quita.

Marco prefirió soltarla y desdoblar su descomunal cobija, misma que alcanzaba la cama de Katarina y podía taparla sin problemas. Del esfuerzo, el chico terminó respirando por la boca.

-Te pedí que no lo hicieras.
-Ahora...estamos cubiertos los dos.
-Tendrás frío.
-Katy... No puedo verte sufrir.
-Pero tu corazón...
-Todavía no tengo sesenta años... Ahora estarás bien, chica bonita.

La joven Leoncavallo apenas sonrió, sin darse cuenta de que por una vez, el príncipe valiente había aparecido para auxiliarla. Marco Antonioni siempre se había preguntado la razón de que la gente evadiera las necesidades de esa mujer y le dio curiosidad saber el motivo de que en San Marco Della Pietà existiera una manta tan grande que se podía compartir. Katarina se recostaba sobre su lado derecho y mientras la tela se pegaba a su silueta, la dulzura de su rostro agradecido hizo que él se sintiera reconfortado.

-Funcionó - susurró la enfermera que los atendía al verlos desde su escritorio.
-¿Quién ordenó ponerlos juntos? - preguntó un compañero.
-El doctor Pelletier.
-¿Para qué?
-Calmar a la loca de la Leoncavallo.
-Aleluya entonces.
-No sé de dónde sacaron la cobija que traen esos dos pero al menos ya no tengo que oír a esa mujer quejándose.

Aunque en Terapia Intensiva casi nadie logra escuchar lo que el personal expresa, Marco Antonioni podía intuirlo con gran exactitud. Le sorprendía tanto el rechazo hacia Katarina como la extrema admiración; aún más que alguna vez lo hubiera asustado con tanta belleza. Había que poseer agallas para tratar con ella y percatarse de que reaccionaba con sobresalto porque no esperaba ni atención ni cortesía.

-Te vi tomar el vaporetto el viernes - dijo él cuando la enfermera dejó de verlos.
-Fui a Lido con un amigo - contestó Katarina.
-A Ricardo Liukin le gustas.
-Lo sé.
-Te sigue con la mirada cada... que estás cerca de él. Miguel debe creer que los está vigilando.
-¿Cómo sabes eso, Marco?
-Me interesas, te lo he dicho.
-Metiche.
-¿Te molesto?
-No... Es que... Ricardo y yo...
-Son amantes.
-¿Perdón?
-Le atraes tanto que quizás puede ocultarlo de los demás, pero no de mí... Cuando a un hombre le interesa una mujer, también quiere conocer... a sus rivales.
-¿Qué sabes tú?
-El señor Liukin debe sentir envidia de mí.
-Estamos enfermos, mejor duérmete.
-¿Quieres ser mi novia, Katarina? 
-Marco ¿todavía quieres caerme bien?
-Al menos lo intento.
-¿Insistes mucho?
-Si quieres te dejo por la paz.
-Te vas a sofocar.
-Contigo revivo.
-Jajaja... No debería... reír.
-Si te sigo haciendo feliz... saldremos casados de este hospital.
-¡Ay, Marco!... Te haces ilusiones.
-Olvídate de Ricardo, la diversión está aquí.
-¡Qué presumido!
-La verdad, sí.

De esa forma, Katarina Leoncavallo comprendió que le gustaban los hombres directos, los que no vacilaban con su intención. Tomar la iniciativa no era lo suyo, aunque lo disfrutara igualmente y pudiera jugar con ello.

-¿Dejaste de sentir frío?
-Sí, gracias chico.
-No creo que sólo seas una mujer hermosa.
-¿Qué quieres decir?
-Sé que eres lista, te he encontrado en la biblioteca muchas veces.
-Me encantan los cosmonautas y el fracaso de la misión "Venera" me pone triste.
-¿Eres admiradora de la carrera espacial?
-Creo que los soviéticos la ganaron.
-Eso es debatible.
-¡Todos quisiéramos ser Yuri Gagarin!
-¿Por qué no Neil Armstrong?
-¡Porque Yuri llegó al espacio primero!
-John Glenn viajó dos veces y en una ya era abuelo.
-Rayos.

Con sorpresa de ambos, el coqueteo se transformó en una conversación sobre ecuaciones, materiales, radiación, proyectos espaciales concurrentes y un evento en San Marco con telescopios al que, por acudir a Skate America, Katarina había faltado. 

-Me gusta lo que a ti te encanta, chica bonita.
-Ay, Marco...
-¿Qué?
-Quise ser buena en la escuela y nunca pude.
-Yo no lo deseaba y me gradué.
-¿Qué estudiaste?
-Soy arqueólogo.
-¿Y qué haces de gondolero?
-Se dice "gondolier", Katarina.
-Es lo mismo.
-A veces olvido que no eres veneciana ¿Por qué dejaste Milán?
-Maragaglio me habló de una pista de hielo.
-¿Sólo viniste por eso?
-No tenía con quién hablar.
-Supongo que confías en tu primo.
-Ahora no.
-¿Se pelearon?
-¿Por qué te lo contaría, Marco?

La joven procuró cerrar la boca con tal de evitar  ponerse a lagrimear por un gran rato. Un sabor salado se percibía en sus labios y esa era su señal de que se sentía humillada.

-Si Maragaglio te puso triste, yo lo arreglo - replicó él antes de que el silencio retornara y ambos volvieran a darse la mano. Bajo la manta, la incomodidad se había ido y dejaban de ser unos desconocidos.

Katarina cerró sus ojos para intentar dormir pero notó que Marco estaba enterado de más cosas de las que aparentaba y eso, si bien no la volvía vulnerable, si la mostraba transparente e incapaz de mentir.

-Maragaglio y Ricardo me besaron pero sólo uno me correspondió - contó ella. Sus pestañas largas continuaban unidas y su pelo desarreglado brillaba un poco.

-Chica bonita ¿es Ricardo el que te espera cuando salgas de esto?
-Es lo que no sé.
-¿Y tú lo quieres?
-Me gusta, me hace sentir tan... Quemada.
-¿Qué? 
-Algo como fuego.
-¿Adrenalina?
-También.
-A Miguel no le va a gustar.
-¡Ay, no me digas! Debo cortar con él.
-¿Crees que los mate?
-¡Marco!
-Yo estaría muy triste si fuera él y enojado, con rabia, sed de venganza y esas cosas.
-¿Lo traicioné horrible?
-Ricardo es su padre.
-¿Soy una mala persona?
-Katarina, prefiero verte discutiendo con ellos a que lo hagas con Maragaglio y con tu hermano.
-No quiero hablar con ninguno.
-Es que Maragaglio está enamorado de ti y Maurizio te hace llorar. Yo no podría soportarlos si fuera tú.
-¿Maragaglio qué?
-Creí que lo habías notado.
-No... ¿Cómo lo sabes tú?
-Lo dice cada que se emborracha.
-¿Le has oído?
-Es el único que te ama de esos cuatro.
-¿El único?
-Si no sintiera algo sincero por ti, se habría aprovechado del beso que le diste.
-No entiendo.
-Me importas mucho, Katarina. Sé quién te ama y quién no y también sé del lío en el que te has metido. Lo único que lamento es que quisiera defenderte de tu hermano y ponerle el límite que no has podido.
-¿Sabes qué debo hacer?
-Tanto me interesas que me di cuenta de que piensas en alguien más porque cuando te frustras, tu cabeza da mil vueltas. Te diría que hacer, pero prefiero que tú decidas porque...

Marco Antonioni guardó silencio. 

-En Nueva York conocí a un tipo con el que me quise acostar; me volví loca y él me dijo algo tan horrible que acabé golpeándolo... Pero en París estuve más ¡desesperada!
-Tranquila, estoy aquí.
-Maragaglio me rechazó cuando estaba dispuesta a entregarme a él ¡Soy tan idiota!... Pero conocí a Marat y él ni siquiera volteó a mirarme. Yo sentí algo bonito cuando lo vi que quise ser suya y él eligió a Carlota Liukin.
-¿Sentir cómo?
-Todos se molestaron porque me fijé en él y en serio quería gustarle ¡He hecho todo mal!
-Katarina...
-No me había dado cuenta de cuanto me hirió lo de Marat.
-Mujer, mírame.
-Marco...
-¿Qué importa más? ¿Esas personas o salir sana de aquí?
-¿Por qué me preguntas eso?
-Porque no quiero que te sientas peor. 
-Ay ¡Te he contado mis cosas!
-No te angusties, Katarina bonita.
-No te conozco.
-Pero yo a ti sí. 
-¿Cómo es posible?
-Nunca me has dejado defenderte.

Marco sonrió fijando sus ojos en el techo y Katarina le miró largamente, pensando que quizás eran amigos y no lo había valorado lo suficiente. Él la cuidaba camino a casa, la saludaba cuando tenía un mal entrenamiento y sin falta le deseaba suerte cada que viajaba por una competencia. 

-Me dijiste que ir a Nueva York era una mala idea.
-No estaríamos en esta habitación.
-Marco ¿Qué me está pasando?
-¿Qué crees tú?
-Qué tengo interés en el sexo.
-No soy el hombre con el que acuestas cuando te sientes mal o sola.
-¡No he pensado en ti para eso! Jajaja.
-Pues no, yo te hago feliz.
-Qué engreído, jajaja.
-Katarina, yo creo que estás asustada.
-¿De qué?
-Estás creciendo.
-¿Crecer?
-No eres la misma.
-¿Me cambió el viaje a Nueva York?
-Yo creo que te cansaste de correr detrás de Maurizio.
-¿Mi hermano?
-Te enamora. Me di cuenta por tus miradas, tus abrazos, tu voz cuando está contigo y lo mucho que suspiras frente a él.
-¿Tanto te fijas en mí? 
-Quiero reventarlo cada vez que lo observo dándote ilusiones... Porque sabes que juega ¿verdad? No mereces... que Maurizio te trate de esa manera.
-No te esfuerces más, necesitas respirar.
-Hermosa chica, yo puedo arreglarlo.
-¿Cómo?
-Estamos juntos, déjamelo a mí.

Marco sostuvo con mayor convicción la mano de Katarina y ella volvió a cerrar sus párpados antes de respirar hondo.

Por la mañana, el joven fue quien despertó a la señorita Leoncavallo para la primera revisión médica del día. El desayuno llegaría después y la pareja se encontraba hambrienta, aunque él se hallaba de humor más alegre.

-Buongiorno, supongo que la señorita no me conoce. Soy Luc Pelletier, su médico a cargo en sustitución de mi colega Alessandro Gatell. Katarina Leoncavallo ¿cierto? Me dijeron las enfermeras que ustedes dos pueden hablar. Marco, me preocupa tu escoliosis, habrá que atenderla cuando te recuperes y tu corazón parece estar bien, tu oxigenación está en noventa y tres, mejoró bastante desde que llegaste... Katarina, estás en noventa, me inquieta que estés oscilando entre valores de noventa y ochenta y ocho. Al menos no estás en ochenta y tres como al inicio. El resto de tus indicadores está bien, es alentador que no tengas fiebre, Gatell me alcanzó a comentar que ese era el problema principal ¿Alguno de los dos ha tenido náuseas?

Katarina y Marco negaron con la cabeza. 

-Eso es excelente ¿Cómo pasaron la noche?
-Mal, dormí poco - contestó ella.
-Creí que Marco te pondría cansada.
-No.
-A veces es parlanchín.

Pelletier parecía agradable.

-Intento conquistarla pero es obstinada - comentó Marco.
-Sólo no lo admitas o te van a poner en otro lado.
-Gracias por el consejo, doctor.
-Alcanzo a leer que los dos están comiendo bien. Katarina, tienes bajo peso, pediré que te den una dieta sin restricciones y con mucha pasta. Marco, te aseguras de que ella se termine todo. Los estaré revisando... ¿Están compartiendo cobija? 

El médico estaba por preguntar la razón cuando Katarina se intrigó por lo que le había dicho.

-No dejo de sentir frío.
-¿Desde cuándo?
-Un mes.
-Eso es mucho.
-Doctor, me hicieron un examen de sangre y Gatell me iba a decir cómo salió.
-Creo que lo tengo aquí. Katarina, tienes anemia y ese frío que experimentas también podría ser por tu poca talla. No es normal que midas un metro con sesenta y peses poco.
-Estuve comiendo chatarra en Nueva York.
-¿Haz tenido ansiedad por consumir grasa?
-Bajé unos kilos porque no podía saltar bien; soy patinadora sobre hielo, no puedo aumentar tanto. En Nueva York comí lo que no debía porque tenía mucha hambre, en París me compraron un bizcocho con un vaso de chocolate y en Mónaco no pude más y me terminé un ramen de cajita. Aquí en Venecia probé algo de atún y bebí vino antes de venir a este hospital.
-¿Sueles comer?
-Tomo una barra de cereal en la mañana y a veces un chocolate caliente. Como mucha ensalada y en la noche sólo té.
-¿Es todo?
-Siempre tengo agua para calmarme.
-¿No te duele el estómago cuando rompes la dieta?
-No.
-Eso es perfecto, Marco te va a ayudar.
-Me acabo todo lo que me sirven aquí.
-Pediré que te den postre. Descansen.
-¿Estoy mal?
-No voy a mentirte Katarina, Gatell pidió que te hicieran un examen para saber si tu calcificación es buena.
-¿Por qué no me dijo?
-Tal vez lo haría hoy. Procura descansar, el desayuno llegará pronto. Marco, cuídala, lo necesita.

Katarina no supo por qué, pero rompió a llorar en el momento que Pelletier se alejó.

-Calma, chica bonita.
-Marco ¿qué haces?
-Aquí estoy.
-¡Te vas a lastimar!
-Los cables son largos.

Ante la vista de las enfermeras, los pacientes, el propio Pelletier y el encargado de la limpieza, Marco Antonioni se levantó y con una fortaleza imprudente pero impresionante, se recostó junto a Katarina Leoncavallo, obsequiándole en el acto un abrazo lleno de afecto y protección, de fuerza y de un sentimiento que rebasaba lo que ella había conocido antes.

-¡No sabía que estaba tan enferma! - admitió la joven.
-Lo corregiremos. Te daré de comer en la boca si es necesario.
-¡Marco, no tienes que hacer esto!
-Estamos juntos, chica bonita.
-No te entiendo.
-Yo lo arreglo.

Katarina entonces enredó sus brazos en el cuerpo de Marco y la serenidad poco a poco fue llegando. El sonido de la lluvia se percibía en cada rincón y fue arrullando a la pareja hasta sumergirla en un sueño profundo y reparador. A pesar de las mascarillas de oxígeno, los medidores de pulso, el ruido de las máquinas y la incomodidad de la enfermedad, aquella escena era luminosa y llena de esperanza. El doctor Pelletier no resolvía regresar al orden y parecía ser la decisión correcta.

A partir de ese instante, Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni no se separarían en el hospital San Marco Della Pietà.

sábado, 26 de junio de 2021

Las pestes también se van (El frío en París)

Foto cortesía de Natgeo.

París, Francia. Lunes, 18 de noviembre de 2002. 

Cuando Katrina despertó a las ocho de la mañana, se percató de que nunca había dormido tanto. Se sentía feliz por ello y de buen humor, así que creyó que era el efecto mágico de su pijama porque tampoco sentía frío ni deseos de salir huyendo de la cama. Pero lo que más le gustaba, era saber que había dormido abrazando a un hombre agradable, mismo que no tenía mal aliento ni resaca y claro está, se fingía descansando mientras comprobaba que a la joven se hallaba satisfecha de estar con él. En un momento dado, Maragaglio decidió sorprenderla ocultando a ambos bajo las sábanas y ella no paró de sonreír. El silencio era tal, que algo por fuerza ocurría en la ciudad. La tormenta se intensificó mientras ambos disfrutaban del calor y de hacerse cosquillas.

En otra parte de aquel departamento del primer piso, en la sala, otros dos también compartían una gran manta y estaban tapados hasta la cabeza sin dejar de frotarse los brazos. Eran Carlota Liukin y Marat Safin, quienes veían películas navideñas y daban sorbos a sus tazas con chocolate caliente mientras ella cruzaba los dedos para que la calefacción funcionara. Alrededor, rebanadas de pizza fría y un juego de cartas parecían adornar el piso mientras Judy Becaud les acompañaba en el sillón mientras comía de un plato con cereal con estrellas de malvavisco y al igual que ellos, se preguntaba seriamente la razón de que estuviera tan helado en París. La mujer no recordaba un sólo día tan insoportable como ese.

-La calefacción está bien pero no siento mis manos - anunciaba Jean Becaud.
-Vienes todo cubierto de nieve - se impresionaba Judy.
-Tuve que atender a un proveedor, por eso tardé.
-¿Cuál era?
-El de los vegetales. Puse a Cumber a acomodarlos en la despensa y le encargué hacer sopa para todos.
-Cámbiate de ropa y regresas conmigo.
-Claro.
-Gracias por revisar.
-De nada, mi princesa.

Carlota y Marat alzaron sus cejas con el halago aquél y se miraron mutuamente como si hubieran escuchado algo que no querían.

-Mi ventana se rompió - avisó Amy antes de colocarse cerca de Carlota también con una cobija. Ella no había podido descansar y estaba segura de haber visto a Maurizio Leoncavallo ocultándose detrás de una puerta mientras conversaba por teléfono, así que no dudó en contárselo a Carlota.

-¿Por qué no me habías dicho que tu papá estuvo en el hospital? 
-Porque no le pasó nada grave, sólo tiene influenza.
-Maurizio le estaba preguntando si no sabía de Katarina porque ella se quedó internada.
-Iré a enterarme ¡Ya no siento los brazos! Gracias Amy.

Marat se rió un poco de la chica Liukin y la ayudó a levantarse, además de acompañarla.

-Ese chico es muy guapo - confesó Judy estar pensando cuando vio a ambos entrar donde Maurizio Leoncavallo.
-Tiene una sonrisa súper linda - confesó Amy creer.
-Marat me pone nerviosa.
-A mí también.
-¡Madre mía! Lo que digo ahora.
-Oye Judy ¿Tú crees que ellos dos sean novios?
-¿Qué te ha dicho ella?
-¡Que Marat le encanta!
-¿Y qué te preguntó él ayer?
-¿Nos viste?
-En la noche tocó tu puerta, Amy.
-Quiso saber si Carlota me ha platicado algo interesante.
-¿Nada más?
-Carlota está enamorada ¡Y él también está enamorado!
-¿Te lo dijo?
-Marat se sonroja.
-Debe lucir bonito, jajajaja.
-Pero él dice que es chiquita y por eso serán amigos nada más.
-Eso me tranquiliza ¿Es un tatuado con moto, verdad?
-Le falta la moto pero tuvo una.
-¡Carlota sabe lo que le gusta!

Judy Becaud continuó sonriendo y por unos segundos creyó que Ricardo Liukin también era un manojo de nervios ¿Llegaría a sentir lo mismo por ella si se enteraba de la verdad? ¿Dejaría de ser "la señora Becaud" para volverse "hija" o al menos "Judy" sin que le hablara de usted? ¿Alguna vez le daría algún consejo? Entonces reparó en que Lorenzo y Gwendal Liukin llegarían en poco tiempo y su corazón palpitaba tan fuerte que quería ocultarse por días.

-No he arreglado el comedor - reparó en ese instante.
-No creo que quieras estar en el bistro - siguió Amy.
-Las visitas estarán a las diez de la mañana y no voy a levantarme.
-No pienso que les moleste. 
-Siento que me congelo. Amy ¿No sabes si tenemos leche caliente?

La niña respondió que no y se recostó en el suelo, durmiendo en el acto. Judy se encogió de hombros mientras se le quedaba sabor a canela en la boca y alcanzaba a intrigarse sobre si el contagio había pillado a alguien en París. Con Katarina enferma, era de sospechar que alguien se revelaría con síntomas de influenza pronto y deseaba que fuera Maragaglio, quien no se había ido aunque ella misma lo hubiera echado. Él no le agradaba por ser un exhibicionista y encima, ser un pariente suyo ¿Qué iban a pensar los niños respecto a la familia Liukin luego de conocer a semejante sinvergüenza? ¿Qué pasaba por la cabeza de Jean Becaud? ¿Cumber contaba con un nuevo recurso para reírse? 

-Ay, no ¿Odiaré a Maragaglio? ¡Yo no debo sentir eso por nadie! ¡Yo quiero ser buena cristiana pero de verdad detesto a ese tipo! ¡Es un imbécil! - admitió Judy en voz alta y se dio cuenta de que el mismo aludido la había escuchado y ahora se reía de eso, además de acercársele.

-Buenos días, Judy ¿Todo bien?
-¿Está burlándose?
-Claro.
-¡Usted es tan despreciable!
-Regreso con Katrina, gracias por el chocolate.
-¡Esa mujer no va a volver a tomar nada en esta casa y a usted lo corrí!
-Judy, sabemos que no va a arrojar mis cosas a la calle. Nos vemos en un rato, sobrina.

Maragaglio retornó a su habitación con el desayuno de su amante y la señora Becaud azotó un cojín contra la alfombra para evitar gritar. No podía sacar a su familiar hospedado o eso era lo que pensaba antes de recordar que Gwendal Liukin alguna vez había mostrado la misma actitud cínica con la sonrisa irónica. Ella se sentía culpable de sentirse tan atraída por su tío y tan asqueada al mismo tiempo, que sólo sospechaba de sus deseos de recibirlo a cachetadas y reprocharle su infortunado parentesco genético antes de encerrarse a llorar por haber intentado irse con él. 

-Soy muy tonta - se dijo Judy en voz alta y luego volteó hacia atrás, con la curiosidad lógica de saber cómo andaban las cosas en Venecia, resolviendo recargarse en el marco de la puerta de la cocina con mirada interrogante cuando el impulso de levantarse venció al frío.

La ahora solitaria sala retrataba una escena encantadora. Cualquiera podía notar desde la distancia que volverían a los sillones y los cojines y Cumber llegó en ese momento con una sopa de tomate, panecillos, más chocolate hirviendo y una especie de base de madera para apoyarse y repartir sus manjares entre todos.

-¿Qué chisme nos interesa ahora? - le preguntó a Carlota en voz baja.
-Katarina está muy mal, le volvieron a poner mascarilla de oxígeno.
-¿Otra cosa?
-Le cambiaron al médico y hay un chico junto a ella en terapia intensiva.
-En los hospitales no juntan a los hombres con las mujeres.
-Bueno, es que no hay más lugar.
-Ah, entiendo.
-Venecia está cerrada.
-¿Todos se enfermaron o qué?
-Parece que sí.
-¿Cómo está tu padre?
-Sólo necesita que lo den de alta cuando se acabe el antiviral.
-¿Y con quién habla Maurizio ahora?
-Con los del hospital.
-Ajá ¿Quieres sopa?
-Más te vale que tenga queso.

Cumber sonrió como sátiro mientras imaginaba cómo serían las siguientes noticias sobre Katarina Leoncavallo y casi podía apostar que le provocarían una carcajada tremenda. La chica tenía una personalidad que se prestaba a las predicciones y a caerle bien a alguien como él, un chismoso indiscreto cuando se trataba de mirar como idiotas a los demás.

-¿Van a comer o se quedarán ahi hasta que Maurizio termine? Esto va a enfriarse - advirtió el muchacho y optó por aguardar en un sillón luego de apoyar su base sobre el suelo y abstenerse de despertar a Amy, a quien mejor cubrió con una de las mantas que estaban cerca.

-¿Cerraste bien las puertas del bistro? Ayer se había metido la nieve - consultó Judy cuando su interés por Maurizio terminó y volvió a colocarse en su lugar cerca del televisor para frotarse los brazos.

-No se preocupe, señora - respondió Cumber.
-Avísame cuando veas a Gwendal.
-¿Se va a alocar?
-Resultó ser mi tío y me lo merezco.
-Deje a ese cretino, igual no le iba a hacer caso.
-Pudo decirme antes.
-¿Para qué? ¿Ha servido de algo?
-Conozco a mi papá.
-Yo creo que debe irse a dormir.
-Ahora hasta me angustia Katarina.
-Por favor, ella va a estar más que bien.
-Qué cosas dices.
-La juntaron con un tipo en el hospital y eso no es inocente.
-¡Cumber!
-¿Qué? Katarina es ese tipo de chica.
-¿Qué sabes tú?
-Apuesto 50€ a que se mete en problemas.
-Oí que está muy débil.
-Y yo que es insoportable ¿Por qué cree que le mandaron a un hombre?
-Los médicos no harían eso.
-¿Acepta jugarse un dinero, señora Judy?
-Katarina no puede levantarse de la cama.
-Le doy hasta la noche.
-Eres una rata.
-Maragaglio se va a enfadar.
-Necesito ver eso.
-Usted es igual que yo ¡La felicito!
-¡Ay, Cumber! Lo que me haces decir.
-Por mi, fastidie a Maragaglio todo lo que quiera.
-¡No te rías!
-El lado oscuro es divertido, bienvenida.

Judy Becaud agitó su cabeza y luego de soltar su cabello, le volvieron los remordimientos por ser cada día una persona menos bondadosa. 

-Oiga, usted se empeña en ser tan buena, que no se daba cuenta de que también hace cosas malas - sentenció Cumber al adivinarle la inquietud y acabó contemplándola comer su cereal mientras le daba comezón en los brazos. 

-Oiga, oprimieron el timbre.
-No me importa.
-Judy ¿No me va a pedir que abra?
-Cumber ¿Vas a abrir?
-Bueno.
-Llévate mi plato.
-Por lo menos quítese el bigote de leche.
-Hoy quiero verme fea.

Judy bajó la mirada y llamó la atención de Carlota Liukin, quien mirándola tan desanimada se acercó a darle un abrazo envuelta en un sentimiento extraño. Ninguna había tenido una hermana antes ¿Qué debían hacer entonces? ¿Tratar de continuar como si fueran las mismas personas, las que hubieran podido ser amigas si una no se hubiera convertido en adulta tan pronto? 

-¡Carlota! - exclamó Lorenzo Liukin luego de un momento breve. La chica enseguida estrechó a su tío y preguntó por sus primos en el acto. Sonia y Javier habían decidido ir a Venecia y al tocarles el inicio de la cuarentena, se habían hospedado junto a la estación del tren.

-Qué lástima, los quería saludar.
-Ni te preocupes, Carlota.
-La familia ya no avisa a dónde va.
-No es novedad.
-Me vino a ver el abuelo.
-¿Goran Liukin Jr. se dignó a visitarte?
-Enseguida se fue.
-Supe que está de gira con Albert Damon.
-¿Todos conocen a Albert en esta familia?
-¿Tú no?

La joven Liukin negó con la cabeza y preguntó:

-¿Dónde está Gwendal?
-Me parece que no vendrá.
-¿Qué? 
-La tormenta no lo deja salir de casa.
-¿Y por qué tú si puedes venir, tío?
-Montparnasse no tiene tanta nieve pero los otros distritos están imposibles. En esta calle casi no se puede caminar.
-¿Tienes frío?
-Ayer me dijiste que pasó algo grave ¿Todo está bien, Carlota?
-No me gustaría hablar aquí pero todos se enteraron.
-Te quería llevar al Arc de la Défense pero no con este clima.
-Tengo unos papeles que quiero que revises.
-¿Le hablaste a Ricardo sobre eso?
-No.
-¿Es algo de lo que no debería enterarse?
-Ni me gustaría pero alguien tendrá que decírselo.
-Entonces déjame ver de qué se trata.
-¿Aquí en la sala?
-Si todos saben, no tengo de qué escapar.
-Pero tío...

Carlota sintió la mirada de Judy sobre ellos y Lorenzo Liukin tomó asiento como si esperara enterarse de cualquier asunto trivial. Al principio, actuó como si no le sorprendiera e incluso esbozó una sonrisa espontánea que desconcertaba a cualquier persona cercana que la viera. Los últimos papeles parecían confirmarle algo conocido y al poner en orden el secreto aquél, respiró profundamente.

-Carlota ¿Podrías dejarnos a la señora Becaud y a mí conversar? 
-¿No vas a decirme algo?
-Que este no es un asunto que puedas hablar con Ricardo. Si manejarlo entre adultos es difícil ¿Por qué sería diferente contigo siendo una niña?
-¡No soy una niña!
-Carlota, ciertos secretos no te corresponden y debes dejar a los adultos actuar.
-¡Pero me enteré de todo!
-Yo mismo hablaré con tu padre y ambos le contaremos a tus hermanos y a quien haga falta. Dame unos minutos, por favor.

La joven Liukin sintió como si le estrellaran una puerta en la cara, así que se alejó para colocarse junto a Marat y continuar escuchando a Maurizio Leoncavallo con sus llamadas. Aún así, ella trataba de adivinar lo que su tío le diría a Judy Becaud y no les apartaba los ojos de encima.

-Marat ¿Tú piensas que todo saldrá bien? - se asustaba la chica.
-Ustedes son teatrales.
-¿Qué?
-Cualquier cosa que les pasa se vuelve drama. 
-¿Qué quieres decir?
-Qué ahora los adultos están conversando y no puedes hacer nada. 
-¿Por qué no?
-Porque tienes claro quien eres; los demás no.

Carlota no entendió lo que Marat le decía pero cierto dolor le invadía el corazón ante las lágrimas de Judy, misma que había esperado cualquier cosa, menos ser un miembro de la familia Liukin.

Por su parte, Lorenzo Liukin permanecía ecuánime hasta cierto punto. Su gesto calmado y serio no compartía el sufrimiento ni los cuestionamientos internos. Ni siquiera un reproche se dibujaba en su postura.

-Judy, creo que es libre de preguntar lo que guste - anunció 
-¿Qué sería?
-Lo que sea, tal vez yo sepa.
-¿Conoce a mi madre?
-La vi en el hospital cuando usted... La conozco.
-¿De dónde?
-Ricardo y yo la encontramos en Ibiza.
-Mi madre nunca fue a ese lugar.
-Lo hizo y estaba de voluntaria en una iglesia.
-¡Mi madre fue divertirse y a mí me mintió!
-Judy, no sé que le habrá dicho pero ella quería ser monja cuando la encontramos, se lo aseguro.
-Entonces ¿qué pasó?
-Ricardo le gustaba mucho y se quedó con él un par de semanas.
-¿No pensaban decírmelo cuando se encontraron?
-No le dimos importancia.
-¿Por qué?
-Nadie pensaba en nada como esto y ella no lo mencionó.
-Pero, señor Liukin ¿No debían avisarme que no tenía que presentarlos?
-En eso tiene razón pero en ese momento no lo pensamos.

Judy se mordió los labios con angustia y no supo que tan adorable mirada le dedicaba a Lorenzo Liukin. Cuando la felicidad no se acepta, el único escudo es el personaje incrédulo que mira al piso o al televisor.

-¿Tu madre te cuidó bien? - prosiguió él.
-Me llevó a la escuela de monjas y me procuró los sacramentos católicos. Sólo me falta el sagrado matrimonio en el templo para cumplir ante Dios.
-¿Te educó con la Biblia en la mano?
-Con el catecismo y la caridad también.
-¿Alguna vez te explicó algo sobre tu padre? 
-Sólo que se había ido y que tenía miedo de que yo me encontrara a un mal cristiano que me abandonara.
-¿Pensabas que él era malo?
-Mi madre siempre me insistió en que debía respetarlo y no juzgarlo.
-¡Ay, Judy! Por favor, no creo que nunca hayas pensado mal.
-Muchas veces lo hice pero me sentía culpable. Ahora que le he tenido cerca y que he descubierto que es un buen hombre, me cuesta trabajo tener un mal pensamiento. Mis padres tuvieron una aventura y no ese amor bonito que me gustaba imaginar.

Lorenzo Liukin movió su boca hacia el lado derecho para demostrar que no tenía qué opinar al respecto.

-¿Hablará con Ricardo, señor? ¡Tío!
-Ve primero con tu madre y decidan juntas qué paso van a dar.
-¿No me va a aconsejar otra cosa?
-Judy, esto se siente muy raro.
-Me enteré de tantas cosas que me hacen querer abrazarlos a todos y luego me da miedo sentirme como aparte.
-Somos los Liukin y nosotros no hacemos eso, mujer.
-Los Leoncavallo son más imbéciles.
-Jajajaja.
-¿Por qué la risa? 
-Eres una Liukin hecha y derecha y apenas caigo en cuenta. Esa pronunciación del "imbécil" te sale tan natural, jajaja.
-Debería estar contenta porque a Maragaglio le va peor, pero él perdió a sus papás y ha de ser horrible.
-Lo que más me frustra es que yo sabía algo de este asunto y nunca dije porque creía que Ricardo estaba mejor creciendo sin Goran Jr.
-¿Cómo?
-Yo me enteré de algo, Judy. Mi padre llevó a Carolina Leoncavallo a la casa cuando Ricardo cumplió un año y Maragaglio acababa de nacer. Recibimos su visita un par de veces y mi abuelo fue quien me reveló que mi padre y su esposa eran hermanos. Habría elegido llevarme el secreto a la tumba si los papeles no existieran ¿Quién te los dio, Judy?
-Sergei Trankov.
-Ese tipo goza siendo un metiche.
-Hizo bien.
-Nunca le relaté a Ricardo lo que hizo nuestro padre. Goran Jr. era tan sinvergüenza que me dio mucha lástima por Maragaglio y por nosotros. Con Gwendal se portó mejor pero también lo abandonó al final y asumí que no se compromete.
-¿Usted sabe por qué las cosas fueron así?
-La abuela Lía se fue de Tell no Tales y no quiso saber de nadie. 
-¿Fue tan simple?
-La razón más sencilla siempre duele mucho.
-Algo debió pasar.
-Dejó a Goran Jr. y él de seguro conoce la historia pero no nos la dirá.
-¿Por qué?
-No le gusta hablar de su vida y tampoco le agrada estar en casa.
-Vaya suerte.
-La abuela Lía nos negaba.
-¿Era una mala mujer?
-Tendría que preguntarle a los Leoncavallo. 
-¿Y cree que Goran Jr. nos quiera confiar un poco de ella?
-Judy, ¿le tienes tanta fe a las personas?

Lorenzo Liukin miró a la mujer como si le sorprendiera la ingenuidad y con seguridad tomó una taza con chocolate caliente. Era una forma de acabar con esa parte de la plática porque la expectativa de los demás aún se repartía entre ellos y Maurizio Leoncavallo.

-Bienvenida a la familia.
-Gracias, tío.
-Ahora puedo ser curioso.
-¿De qué?
-Maragaglio y tú se llevan mal.
-¡Es un idiota!
-¿Qué hizo?
-Metió a una amiga especial en esta casa.
-¿Y por qué hablamos en susurro?
-Es que me da vergüenza ¡El señor tiene una esposa!
-Ser infiel es una mala costumbre pero es muy propia de los Liukin.
-¿Qué?
-Mi abuelo intentó corregirlo y medio lo consiguió con Ricardo y conmigo pero si hubiera criado a Maragaglio, no habría sido un niño infeliz.
-¿Por eso es tan patán o qué?
-Bueno, me han contado que suele tener amantes y Ricardo y yo creemos que es porque le faltó amor maternal. Además, se nota que las mujeres le encantan y si encuentra algo interesante en alguna, se acostará con ella.
-A esta chica le paga.
-Pero no deja de ser de su atención. Si su amiga no se pareciera a la prima Katarina, no estaría aquí.
-¿También usted lo sabe, tío?
-Desde lejos se nota, Carlota me contó que Maragaglio tiende a protegerla y la conoce muy bien y un hombre no se esfuerza por una mujer si no está dispuesto a enamorarse.
-Katarina se fue de París por algo que Maragaglio hizo.
-¿Deveras?
-La oí hablando con su hermano. Maragaglio la dejó sola en una cabina fotográfica.
-¿Sola? 
-Ella no quiso contarle más pero estaba triste y no paraba de llorar.
-¿Te enoja, Judy?
-Es que entre Maurizio y Katarina nada es normal.
-¿Sospechas de algo?
-Que son unos hermanos raros. Estoy segura de que él se la pasa enamorándola y Katarina no se da cuenta de que juega con ella.
-¿Esa chica está...?
-Se comporta como si fuera la novia de Maurizio y es bastante celosa. Él no la trata bien.
-Así que el incesto también es de familia.
-¿Qué, tío?
-Nada, Judy. Continúa.
-Los días que Katarina estuvo aquí noté que le gustó Marat Safin y quería llamar su atención. Maurizio se puso como loco y antes de que ella se marchara, la regañó.
-¿Qué le dijo?
-Qué no se metiera con Marat porque no era su tipo, que todos acabaríamos enfadados si ella insistía y que si se iba a Venecia pronto, se sentiría más animada.
-Sería chisme si no fueran familia.
-Pero no sé que pasó al día siguiente porque Katarina lo llamó y le reclamó algo de irse a Toronto.
-¿Se pelearon?
-Ella le dijo "rata".

Lorenzo Liukin miró hacia la alfombra.

-Si Katarina se hubiera quedado aquí, todos tendrían influenza y tal vez estaríamos con un doctor. De todas formas estoy muy asustada por mis bebés - admitió ella.
-Carlota también me avisó de eso ayer.
-Katarina tiene un tanque de oxígeno.
-No lo sabía.
-Tampoco imaginábamos que se había puesto así de mal pero llamaron del hospital y avisan con frecuencia cómo sigue. Maragaglio quiso volver pero cerraron Venecia y le ordenaron quedarse con Carlota hasta nuevo aviso.
-¿Crees que alguien se haya contagiado?
-Maragaglio.
-¿No te cae bien, verdad?
-Fue el que más convivió con Katy.
-Estarán bien.

Judy abrazó a Lorenzo Liukin, conteniéndose de llorar y sintiendo menos preocupación. La tranquilizaba un poco más el no tener que enfrentar a Gwendal ese día y creía que su descubierta familia la recibía con cierto afecto. La vibra se calmaba cuando fue interrumpida bruscamente por Katrina.

-¡El baño está helado, cariño! ¿Por qué no me avisaste! - expresó la joven y así, Lorenzo y Judy entendieron que casi toda su plática había sido escuchada por Maragaglio de alguna manera. Este último guardaba una expresión muy seria.

-Tenemos frío ¿Podemos quedarnos aquí? - preguntó él y sin recibir respuesta, se colocó en un sillón junto a Katrina. Carlota y Marat resolvieron imitarlos y con tal de mantener la ecuanimidad, Cumber optó por ofrecer su sopa al grupo y quedarse callado. Maurizio Leoncavallo notó aquel silencio y entonces concluyó sus llamadas para que nadie volviera a curiosear en sus asuntos. 

sábado, 15 de mayo de 2021

Las pestes también se van (La princesa y el caballero de Venecia)


Mike Hazlewood en 1969.
Créditos a quien correspondan.

Venecia, Italia. Lunes, 18 de noviembre de 2002.

A pesar de vencer la fiebre y alimentarse para sanar tan pronto como fuera posible, Katarina Leoncavallo requirió que le colocaran nuevamente una mascarilla de oxígeno y decidió hablar lo mínimo por creer que así se ayudaría un poco. Estaba desesperada y cansada de estar en cama, sin saber gran cosa del mundo exterior ni oír otra cosa que no fuera la lluvia. A esa hora, había perdido la cuenta de los pacientes que habían fallecido en Terapia Intensiva y se preguntó si ella merecía un lugar en aquella sala mientras otros pacientes esperaban.

-Tendrás compañía - le anunció Alessandro Gatell con enorme cansancio y sin darle más detalles, lo contempló dando instrucciones mientras los ojos comenzaban a cerrársele. El doctor se había contagiado y le daba una enorme vergüenza no haber sido cuidadoso. Eran apenas las siete de la mañana de un día lunes infernal en urgencias.

-Me sustituirá el doctor Pelletier, le he hablado de ti - se despedía Gatell.
-¿Dónde irá? - murmuró la joven.
-No lo sé, quizás me dejen aislarme en alguno de los hoteles que reservó el Ayuntamiento si paso la evaluación. Pórtate bien, Katarina.
-¿Sabe quién va a estar conmigo aquí?
-La persona que sea, es una epidemia.
-Más le vale caerme bien.
-Mientras no la quieras matar.

Katarina Leoncavallo se rió y obediente a la rutina de las enfermeras, se quedó dormida para esperar el desayuno. Hacía tanto frío que creyó ingenuamente que le llevarían una segunda manta si continuaba tiritando o por lo menos le conseguirían unos calcetines para aliviar sus pies.

Poco más de tres horas después, la chica abrió los ojos y reparó en que era tarde para el desayuno. Al voltear a su derecha, recordó que dejaba de estar sola en el aislamiento seis y no podía poner mala cara, hallando en cambio a un joven que le sonreía antes de girar la cabeza hacia el techo con el rostro enrojecido. Al igual que ella, tenía mascarilla de oxígeno pero no cabía en la cama y sus manos delgadas resaltaban unos dedos muy grandes, haciendo que al doblarlas parecieran arañas.

-Te ves hermosa cuando duermes, al fin lo sé - halagó él.
-¿Cuándo llegaste?
-No vi el reloj, sólo dijeron que tenían el lugar disponible.
-No esperaba que me encontraras.
-Venecia sabe que te metieron en este hospital.
-¿Qué hay de ti?
-Bueno, ahora le contaré a todos que hablé contigo.
-¿Te pusiste muy mal?
-Afortunadamente.

El chico volvió a sonreír y miró a Katarina con enorme agrado, sorprendiéndose de lo pequeña que era. Cuando él la veía desde los canales, la joven parecía imponente e inalcanzable.

-No podía respirar y al menos sabes del alivio que siento con esta cosa en mi cara. Espero que no me dé otra infección porque sería un fastidio, Katarina.
-Te ves muy pálido.
-Estaré bien.
-Tus manos son enormes.
-Porque tengo Marfan.
-¿Qué cosa?
-Mis brazos y mis piernas son más largos de lo normal. Mi doctor piensa que cuando tenga sesenta se me reventará la aorta.
-Ouch.
-Voy a recordar que estuve aquí contigo ¿No vas a decirme que viviré mucho y que no me pasará nada?
-Nunca se me ocurre qué contestar.
-No serías Katarina si lo supieras ¿Soy tan malo?

Ella negó con su mano.

-Si salimos de aquí, volveré a mirarte desde mi góndola mientras regresas a tu casa. Quizás nunca me saludes pero al menos te hice reír.
-Perdona por no hacerte caso.
-Ese es el chiste, bella mujer.

Él no paraba de mostrar lo contento que se sentía y Katarina Leoncavallo le observó con sus lindos ojos almendrados. El chico era Marco Antonioni, el gondolero que trabajaba en la estación de San Geremia en Cannaregio, próxima a la Calle del Pignater donde vivía ella. Curiosamente, ambos se habían visto por primera vez en otro sitio, en Murano, isla donde a él le daba por trabajar los fines de semana cuando necesitaba dinero para costearse alguna salida o un viaje corto a una gran ciudad con amigos. Cuatro años antes, a él le habían dicho que una hermosa jovencita se había mudado de Milán y era prima de Maurizio Maragaglio, ese policía que solía comportarse como si Venecia no mereciera sus servicios. Katarina tenía el aspecto de ser igual de arrogante cuando Marco al fin pudo descubrirla con un lindo vestido negro de lentejuelas brillantes.

-No deberías estar aquí - señaló ella con melancolía, preparándose para la siguiente escena desagradable que podía llegar en cualquier momento.

Marco Antonioni era muy alto, con el cabello rubio, corto y quebrado, sus ojos eran grises con grandes ojeras y su rostro muy delgado aunque no muy fino, tenía dientes pequeños y su figura delataba una ligera escoliosis que no parecía traerle dolor. Aunque los gondoleros acostumbraban utilizar polos rayados, él siempre iba de negro para disimular que padecía síndrome de Marfan y procuraba nunca alzar los brazos para no asustar a la gente. Su habilidad para lidiar con el escaso espacio que ofrecían los puentes era digna de admirarse, aunque sus compañeros preferían mandarlo a navegar por los canales más grandes y le asignaban paseos con turistas que podían llevarlo al puerto de Venezia, a San Polo desde el Gran Canale o frente a San Marco. Pese a las distancias, nunca faltaba a su rutina por las tardes de hallar a Katarina en alguna banqueta e imaginar que la llevaría a casa un día.

-¿Puedo invitarte a ver a los Stocks cuando salgamos de aquí? Tocan en un bar de Santa Croce y sé que te gustarán - dijo él con determinación.
-Maragaglio me ha hablado de ellos y no he podido ir. 
-¿Eres novia de un buzo, verdad?
-¿De Miguel? Ya no.
-Acompáñame.
-¿Por qué no?
-Conseguir una cita no fue complicado.
-Marco, perdona por comportarme grosera contigo.
-Eres una chica bonita.
-Es que te hablo porque estoy enferma.
-No importa ¿Tengo oportunidad?

Katarina no encontró qué palabras hilar.

-Lo sabía - rió el muchacho.
-Marco, lo siento.
-Me gustas pero nunca he sido tu tipo.
-He estado distraída, es todo.
-¿No estabas enamorada de otro hombre?
-¿Cómo sabes?
-Si te interesa alguien, le sigues los pasos.

Marco Antonioni continuaba mostrándose feliz y la joven pensó que lo había decepcionado. En un momento, él giró de nuevo hacia ella con su mascarilla empañada.

-Deberíamos ir al concierto de Jeff Beck en Verona antes de Navidad - sugirió ella.
-¿Seguirás hablándome cuando volvamos a casa?
-Sí.
-Bueno, entonces tenemos una segunda cita.
-No te emociones.
-Quería ser entusiasta.
-Me agradas.
-Eso es más de lo que esperaba, Katarina.

Ella pretendía quejarse por quedarse con hambre al notar que una nueva dosis de antiviral le sería suministrada y ante la mirada de Marco se fingió durmiente. El enfermero que cubría el turno la trataba con delicadeza extra para no molestarla.

-Ya pasó - avisó Marco luego de recibir su medicina.
-Mi hermano me aconsejó actuar así para que las inyecciones no me duelan.
-¿Sirve?
-No ha fallado.
-Te ves cansada de verdad.

El joven sujetó su mascarilla para pegarla más a su rostro y sentir que respiraba mejor.

-Intenta cerrar los ojos - aconsejó Katarina.
-Siento que me falta el aire.
-Estar enfermos es horrible.
-Nos pusieron juntos.
-Dejemos la conversación para después, yo también siento que ... que mis pulmones se desinflan ¡ay, qué espanto! - carcajeó la chica antes de notar que las manos de Marco acaparaban su atención. Ante su vista eran tan raras y góticas y para su sorpresa, suaves y lúdicas, como si sostuvieran hilos en el aire.

-No soy un freak - mencionó él.
-Disculpa.
-Katarina ¿Por qué no preguntas si puedes tocarme?
-Es que te incomodaría.
-Toma mi mano para que se te quite la curiosidad.
-¿Qué?
-Mira, te la acerco.
-No quería importunarte.
-Siente mis huesos, anda.
-Marco, en serio, lo siento.
-Tu piel es muy linda.
-Estoy avergonzada.
-Tus dedos son muy bonitos.
-¿Gracias?
-¿Puedo sujetarte mientras miramos al techo?
-Eh, supongo que sí.
-¿No hay posibilidades para mí? ¿De verdad?
-Marco, yo no estaba pensando en eso.
-Al menos habrá dos citas. Tengo mucha suerte.

Marco Antonioni resolvió reírse por el fracaso de su intento con Katarina Leoncavallo y ella lo imitó por nervios y pena. Era un momento amigable a pesar de todo y él podía quedarse con la decepción para sí mismo. Permanecer en el aislamiento seis al lado de esa mujer soñada y bella era suficiente.

miércoles, 7 de abril de 2021

Carlota y nosotros (These are the good old days)


-Fui a Bércy a verte competir pero no pude acercarme, nadie cree que soy tu abuelo - contaba Goran Liukin Jr. a su nieta Carlota mientras caminaban en Montmartre. Había nevado un poco y apenas iniciaba la conversación porque la joven la había evadido con sus amigos y compartiendo un vaso de chocolate caliente con Marat Safin. El grupo se había distanciado un poco para poder observarlos, impresionándoles que ella no perdiera el control ni buscara explicaciones inmediatas. Al fin y al cabo, los Liukin integraban una familia dada al escándalo y al drama.

-Es que nadie me ha visto con mi papá - decía Carlota.
-¿Es por eso? Creí que en serio desconfiaban de mí.
-Piensan que mi papá es Maragaglio.
-¿Maragaglio? Qué nombre tan extraño.
-Ah, abuelo, Maragaglio es un apodo.
-¿Y qué significa?
-No lo sé, no pregunto.
-Me cayó bien ¿Es el tipo que te dio permiso de venir, verdad?
-Eh, sí.
-¿Cómo se llama entonces?

Carlota quiso decir "tú ya sabes" pero optó por responder en su lugar.

-Maurizio.
-Yo me habría cambiado el nombre.
-¿Por qué?
-El viejo Leoncavallo era ególatra.
-No tengo idea.
-Digamos que conozco a la familia. Ese rostro es inconfundible, todos los hombres parecen gemelos ¿No le da miedo a Ricardo?
-Mi papá se lleva bien con mi entrenador.
-¿Ese también es un Maurizio o escuché mal en el torneo?
-También lo es.
-El viejo Leoncavallo se llamaba Maurizio, su padre también y tengo entendido que hasta el tatarabuelo llevaba ese nombre. No debería sorprenderme de que los nietos heredaran lo mismo ¿No te asusta, Carlota?
-No.
-Es increíble que a mí sí.

La joven Liukin se sentía incómoda ante esa conversación y aunque le daban ganas de ir al grano, mejor se fijó en el estuche de la guitarra que colgaba del hombro de su abuelo y en su chamarra de piel roja, sus tenis de choclo y hasta en su pantalón negro ajustado. La postura y la voz evocaban a Maragaglio fuertemente.

-Estuve con Albert Damon por unos meses ¿Tu padre no te contó, Carlota?
-Creo que ni siquiera le avisaste.
-De repente es bueno ayudar a los amigos, Albert tuvo conciertos y un invitado nunca está de más en una banda de rock.
-¿Eres músico, abuelo?
-No me interesó pero me divertí mucho. Te traje un pañuelo, él mismo lo autografió.
-¿Y yo para qué lo quiero? 
-Te he dicho que hago esto por ayudarlo.
-No entiendo.
-Carlota ¿Por qué actúas como si la familia no tuviera un amigo?
-¿Perdón?
-Albert y yo solemos ser cercanos. Guarda esto, significaría mucho para mí.

La joven Liukin recibió entonces un pañuelo de color verde y lo puso en su bolso sin pensar en donde lo colgaría hasta que su abuelo se lo pidiera de regreso. 

-Oye, prometí verte en tu cumpleaños y no llegué, perdóname - continuó el señor Liukin.
-Le dijiste eso a Andreas.
-¿No a ti?
-Mi hermano se quedó esperándote.
-Pasaré a dejarle algo cuando vaya a Italia.
-Tal vez mi papá quiera hablar contigo.
-Ricardo siempre necesita que le diga algo.
-No le has llamado desde que el tío Gwendal se apareció en nuestra casa.
-¡Gwendal! ¿Cómo está?
-Vive con su novia aquí en París.
-Le diré que está muy bien por él ¿Y Lorenzo?
-Vino a la ciudad también.
-¿Sabes dónde encontrarlo?
-En el hotel Odessa.
-Carlota ¿Te has reunido con la familia desde que llegaste?
-Sólo contigo.
-Eso es malo.
-El tío Lorenzo dijo que mañana me ve.
-¿Te estoy molestando?
-¿Qué cosa? No, abuelo.
-Mentirosa. Me gusta tu cara enojada y la verdad, nunca me ha sorprendido que yo no te caiga bien.
-¡Te quiero mucho!
-Si sintieras eso por mí, no habrías tenido reparo en quedarte con mi obsequio ¿O esperabas que te consiguiera una reliquia de alguien más? 
-No.
-Carlota, te extrañé.
-Yo a ti.
-Pronto reuniré a todos, me gustaría ver a mis nietos.
-¿Te vas a retirar?
-He conseguido unos perfumes muy buenos en Bangladesh y sé que se venderán bien.
-¿Sigues con tu negocio?
-Me permite viajar.
-Abuelo, tú siempre estás en quién sabe dónde.
-¿No te gustaría hacer lo mismo? 
-Deberías ir a casa con papá o con el tío Lorenzo.
-Buen intento ¿Quieres que muera pronto, niña bonita?
-Te va a dar un infarto en una montaña y no nos vamos a enterar hasta que te encuentren congelado veinte años después.
-Oye, qué buen futuro.
-¡Abuelo!
-Sería una muerte hermosa, siempre me ha gustado el hielo.
-¿Eso es de familia?
-¿Lo del hielo? Sí. También dejamos cadáveres bonitos pero aún no es tiempo de que lo comprobemos.

Los amigos de Carlota fingían muy bien que no escuchaban y Marat Safin preguntó la razón de que la familia Liukin fuera tan fúnebre. Anton Maizuradze le aseguró que no se habían fijado en ese detalle y que en todo caso, no se notaba tanto. 

Las pequeñas calles de Montmartre parecían las de un pueblito que quería ser moderno. Algunas esquinas eran idénticas a las del barrio Poitiers en la ciudad de Tell no Tales y luego de pasar a una dulcería, Carlota Liukin y su abuelo optaron por descansar en la escalinata de la Basílica de Sacré Coeur mientras les caía nieve encima. La tormenta era calmada y lenta, además de que pasaría pronto y les daba la oportunidad de mascar chicle de arándanos mientras ella se arrepentía de ir vestida prácticamente igual a su abuelo, con la salvedad de sus medias de telaraña negra. 

-¿No te da frío?
-No.
-Ricardo se va a enojar cuando sepa que te saqué a pasear, Carlota.
-Ni te preocupes, él anda muy ocupado con su nueva novia.
-¿Quién es?
-Es actriz.
-Interesante ¿Es mala?
-¿Perdón?
-A tu padre le gustan las mujeres que de repente se portan muy atrevido.
-Entonces sí es.
-Él nunca cambiará ¿Te dijo que tu madre fue famosa en la escuela? Era de las chicas malas.
-Algo me contó.
-Gabriela era una "beanie".
-¿Una qué?
-¿No les llaman así a las populares en la escuelas de Tell no Tales?
-Creo que no.
-Antes sí. Ella se metía en peleas antes de conocer a Ricardo ¿Nunca te enseñó a dar un puñetazo?
-No.
-Lamento lo que pasó ¿La extrañas?
-Diario.
-Ricardo siempre quiso una mamá y por eso me comentaba que Andreas, Adrien y tú eran muy afortunados por estar con Gabriela. Que eso acabara fue muy triste.
-No te apareciste en el funeral.
-Estaba en alguna parte, seguramente con Albert.
-¿Aún lo contratan para fiestas?
-Ha comenzado a odiarlas... Su hija participó en un concurso de belleza en Tell no Tales y no lo llevaron a cantar ¿No te parece un milagro?
-Un poco, sí ¿Por qué estamos hablando de él?
-Se acuerda de ti.
-No lo conozco.
-Estabas muy chiquita y tu madre te llevaba a sus presentaciones. 
-¿De veras?
-Los Liukin somos amigos de Albert y por él estoy aquí.
-No entiendo nada.
-Él me aconsejó venir a verte, es un buen tipo.
-¿No me querías visitar?
-No me malinterpretes, Carlota. No se me había ocurrido, es todo.

La chica miró a su abuelo con los brazos cruzados, el ceño arrugado y la boca ligeramente abierta. 

-Jajajaja, eres toda una mujer Liukin.
-¡Ay, abuelo!
-Mi madre se molestaba igual que tú.
-Nunca me han hablado de ella.
-Lorenzo y Ricardo no la conocieron.
-¿Por qué?
-¿Puedo contarte un secreto, Carlota?
-Eh, eso tal vez...
-Lía me abandonó  y luego se fue a Italia. 
-¿Hablamos de la abuela de mi papá?
-Albert la encontró y me escribió diciéndome donde vivía; él era limosnero o músico callejero en Milán, es lo mismo.
-Perdón, abuelo.
-Albert y yo ni siquiera nos hablábamos en Tell no Tales porque él era todavía un niño. Me sorprendió mucho cuando me envió la carta y me llevó al portón de la casa de mi madre. Desde ese día somos amigos.
-Dejaste a mi papá.
-También a Lorenzo.
-¿Por qué?
-¿Ese Maragaglio es una buena persona?
-¿Por qué lo preguntas?
-Es que los he visto y sé cuánto lo quieres.
-Es un infiel idiota.
-Salió igual a mí.

Carlota tenía tantas ganas de confesarle a su abuelo que sabía la verdad, que no hallaba las palabras para gritárselo. Al mismo tiempo, le era complicado de asimilar el hecho de que se estaban juntando tantas coincidencias: El sobre con el ADN familiar y el hallazgo del padre de Judy Becaud, la canción interpretada por Maragaglio en "La Belle Époque", la llegada de su abuelo Goran Liukin Jr., que Sergei Trankov supiera de todo eso, que los Leoncavallo, a quienes había amado prácticamente a primera vista, fueran sus parientes; que Albert Damon todo y nada tuviera que ver con ellos. 

-Una vez fui a Londres y reconocí al viejo Leoncavallo cerca de un parque. Lo seguí ¿sabes? Yo no lo habría hecho pero descubrí a Maragaglio cantando y vi cómo lo golpeó ese tipo. Ha sido lo más violento que he visto en la familia y no intervine.
-¿Por qué?
-No me interesó hasta que lo vi hoy.

"¡Maragaglio es tu hijo!" pensaba Carlota con las lágrimas en los ojos y recordando todo lo que había leído en esos papeles.  

-¿Dónde vas, abuelo?
-Me dio gusto verte.
-¡Espera!
-Nos vemos en Venecia, te lo prometo.
-Pero no puedes marcharte.
-Carlota, sólo quise saber cómo estabas. Te dejé unos regalos con la policía, te los entregarán cuando llegues a casa.
-¡No te vayas!
-Ve con tus amigos, te están esperando.
-Abuelo...
-Cuando hables con tu padre, dile que sólo pasé a saludar.

Carlota Liukin se quedó muda cuando Goran Liukin Jr. eligió partir ante su mirada atónita y enseguida, sus amigos la rodearon para confortarla. Ella como pudo, recogió los diamantes que dejaban sus lágrimas y pidió ir a otro lado inmediatamente mientras iniciaba una ventisca que congelaba el suelo.

A unas solitarias calles de ahí, el señor Liukin encontró a Maragaglio, mismo que se dirigía a Sacré Coeur luego de notar la tardanza de Carlota y desconfiar de que volvería a la Rue de la Poinsette al anochecer. 

-Maragaglio, es tuya - anunció Goran al descolgarse la guitarra. El otro poseía valentía para apenas observarlo de frente sin mencionar cosa alguna.

-La he guardado desde lo de Piccadilly Circus con el viejo Leoncavallo ¿recuerdas? Olvidé entregártela cuando te encontré en el bistro... ¡Ah, casi pierdo esto! Albert Damon me dijo que fuiste jefe de su hija Marine en Intelligenza Italiana y se expresó muy bien de ti ¿Te invitó a su banda alguna vez? Supe que le respondiste que no pero igual te lo pide de nuevo ahora que se le metió la idea de volver a dar conciertos grandes. No imagino quien iría a verlo fuera de Tell no Tales pero necesita músicos y estoy seguro de que tú eres uno. Usé la guitarra con frecuencia en una gira que tuvimos ¿no te importa? 

El señor Liukin le dio una palmada a Maragaglio.

-¡Oye! Vuelve a cantar ¿de acuerdo? Nos vemos - se despidió el hombre y se alejó fumando sin mirar atrás.

Maragaglio sin embargo, reaccionó abriendo el estuche de su guitarra, reconociendo el instrumento por su color rojizo y por un par de diminutos dibujos que le había hecho en el golpeador. Aunque estaba en general bien conservada, las cuerdas eran nuevas y se notaba que Albert Damon la había tocado, puesto que había escrito un agradecimiento al interior de la caja de resonancia.

"Hey, Maurizio ¡Estás a tiempo!" - decía otra leyenda en el estuche junto a una segunda firma de Albert y Maragaglio no atinaba a sentir algo en concreto. Ir tras Carlota Liukin era la única opción sensata pero tampoco estaba seguro de tomarla.

sábado, 20 de marzo de 2021

Una canción y el tío Enzo

Albert Hammond / Foto tomada de Instagram.

El domingo en el bistro "La Belle Époque" era particularmente bohemio. Los panquecillos de chocolate, la absenta, las copas de vino, las tartas de cereza y la pasta con albahaca atraían a los snobs de París y la ausencia de Judy Becaud para atenderlos se podía excusar con éxito al notar que esa multitud solía llenar el espacio con humo de cigarrillos baratos. Maragaglio descansaba luego de salir de compras con Katrina y compartía la vibra de los comensales, así que fumaba frente a ella y exhibía su cigarrera despreocupadamente.

-No sabía que te gusta el tabaco - dijo ella.
-Algún defecto tengo.
-Cariño, tienes demasiados "peros" en contra.
-No te habían disgustado.
-Porque no olías a quemado.

La chica se rió antes de tomar su propio cigarro y un sorbo de absenta mientras fingía atender la lectura de un mal poema. Alrededor suyo habían colocado muchas flores  y quizás por eso no se daba cuenta de lo irrespirable del ambiente. 

-Siempre me gustó ir a los bares de existencialistas - añadió Maragaglio.
-¿Qué es eso?
-Lugares donde me sentía intelectual porque leía a Rimbaud con un foco en la cara.
-¿A quién, cariño?
-Era poeta, Katrina. Si estuviera ebrio, volvería a subirme a la tarima para que estos idiotas supieran lo que es un actor de verdad.
-Te verías rarísimo.
-¿Te disgusta si tomo un poco más de licor? Me estoy sintiendo más joven de lo que soy.

Katrina volvió a reírse y entendió que estaba bebiendo mucho. El ajenjo o absenta o como se llamara era más pesado de lo que creía y no quería dar un paso para no perder el equilibrio.

-Te sirvieron de un alcohol añejo, por eso te sientes así - continuó Maragaglio.
-Tú no la has probado.
-Una gota más y empezarás a alucinar.
-¿Me hará daño, cariño?
-Te cuidaré en la resaca, no te preocupes.
-¿Me dolerá la cabeza?
-Esta cosa es ilegal. 
-¿No los vas a acusar?
-Mejor que venga ese elixir del hada verde, que la vida es corta y envejecí antes de tiempo.

Katrina sabía que Maragaglio hablaba en serio y miraba celoso a esos bohemios que se aplaudían entre sí y discutían por películas de culto, libros escritos en eslovaco sobre vampiros o músicos rusos de metal gótico a presentarse en París en las próximas semanas. En el "Cahiers du cinema" se había publicado un especial sobre Éric Rohmer, dando a conocer que se harían audiciones para un proyecto de teatro que éste quería realizar y también era motivo de conversación porque algunos no paraban de preguntar si otros se presentarían a las pruebas.

-Corazón, estás muy serio.
-Para estar borracha te comportas sobria.
-Traes la carita triste triste.
-Katrina, me siento bien.
-Llevas todo el día con esa revista.
-Está interesante.
-El cupón amarillo es importante.
-No es un cupón.
-¿Entonces?
-Es un anuncio.
-¿Qué te podría llamar la atención?
-Nada... Es nada.
-Qué serio.
-No vuelvas a mencionar la revista.
-De acuerdo, sí.
-Promételo.
-Maragaglio, no es para tanto.
-Katrina...

Él alzó su ceja izquierda y la chica enseguida cedió.

-Prometido.
-Mejor así ¿Quieres otro cigarrillo?
-Corazón ¿qué te pasa?
-Necesito más ajenjo ¿ordeno algo por ti?
-Maragaglio, deberíamos ir a dormir.
-¿Estás tentándome?
-No sería mala idea, cariño.
-¿Por qué lo dices?
-Tal vez se te quitaría el enojo.
-Estaré bien con una copa.
-¿Seguro?
-La semana fue espantosa, quiero bebérmela antes de que ocurra una nueva tontería.

Maragaglio ordenó enseguida otro par de tragos y permaneció contemplando el bistro, imaginando que era parte del grupo de snobs aunque ellos lo habían notado aún sin hablarle.

-No deberían rodearse de fracasados - mencionó el propio Maragaglio al notar que Carlota Liukin y sus amigos estaban comiendo pizza frente al improvisado escenario y aplaudían a quienes se animaban a seguir con la interpretación de poesía. Marat Safin no estaba interesado en las actividades pero se veía cómodo conversando con la joven y brindaba con ella al son de "falsos tragos de champagne", hechos de agua tónica, soda de jengibre y frutas en conserva picadas.

-¿Subimos a descansar? Todavía me duelen los pies de cargar tantas compras - intervino Katrina. 
-Me estoy divirtiendo ¿Lo necesitas mucho?
-Maragaglio, trato de sacarte de aquí.
-¿Y si no quiero irme?
-No tienes que ser grosero.
-Lo siento muchísimo.
-Eres imbécil.
-Odio la música que ponen aquí.
-Oye, no sé si dejarte o ver cómo te embriagas.
-Quítate los zapatos.
-¿Me necesitas?
-No te imaginas cuánto.

Maragaglio acarició el cabello de Katrina y esta cedió resignada con una sonrisa de reproche, suponiendo que era el precio y no quería pelear. A esas alturas, la joven aún no pensaba en el dinero y se había dado cuenta de que su amante era magnético y sexual aun estando enojado, así que no sabía cómo detestarlo por más minutos. Todo lo contrario de lo que le sucedía con Maurizio Leoncavallo, a quien podía apreciar en la barra degustando su propia absenta y mirando a la puerta mientras aguardaba por otro hombre que parecía culminar una llamada y portaba una enorme carpeta bajo el brazo. 

-¿Tienes un gemelo, cariño? - se sorprendió ella.
-Nadie comparte mis desgracias ¿por qué?
-¿Quién es él?
-Ah, el tío Enzo.
-¿No vas a saludarlo?
-¿A ese farsante? 
-Es muy guapo.
-Oye, no seas coqueta.
-Maragaglio, ve con él.
-Mintió sobre mi padre.

Katrina recordó lo sucedido el día anterior, tomó las manos de Maragaglio para confortarlo un poco y sintió que se disculpaba por inoportuna. Él la miró sin condescendencia y luego bebió su copa de golpe para quedar en silencio y quedarse escuchando la voz irritante de un tipo que trataba de imitar a los cantantes folk de los años setenta en una especie de sketch cómico trágico. La gente se reía como si aquél fuera un gran intérprete pero a Maragaglio le parecía que lo hacía experimentar un gran vacío, además de una inmensa pena ajena. El tío Enzo lo miraba a su distancia y le notaba la amargura, consciente de que su presencia en parte tenía que ver. Tampoco tenía intenciones de aproximársele, al menos no de inmediato.

-¿Qué le pasa a tu primo? - dijo Enzo por saludo a Maurizio Leoncavallo
-Contéstame tú.
-¿Estás furioso?
-Si yo fuera Maragaglio, sí.
-Maurizio ¿Puedo saber qué pasa?
-Pregúntale a él.
-Está emborrachándose.
-Si no me hubieras citado, haría lo mismo.

Enzo Leoncavallo contempló a su sobrino tirando por accidente su bebida y asumió que era una forma de dejar el tema por la paz. 

-Quería avisarte que estaré atendiendo novias aquí en París y que podrías elegir el vestido de Juulia.
-¿No le dejaríamos esa decisión a ella?
-Tienes razón, Mauri.
-No entiendo entonces por qué quieres hablar conmigo.
-No te he visto en meses, quiero ponerme al día.
-Tío, he estado ocupado.
-¿Has hablado con Katarina?
-Sé que está enferma.
-Creo que escuché algo de eso.
-Ella está grave pero no he podido saber qué tanto. Maragaglio me ha dicho que come bien y la atienden cuando lo necesita.
-¿Qué le dio?
-Influenza y me enteré que también le han puesto una mascarilla de oxígeno.
-Eso es bastante serio ¿Irás a verla?
-Venecia está cerrada.
-No sabía que la situación fuera tan delicada.
-Yo debo platicar con Katarina a como dé lugar.
-¿Tienes algo muy importante qué decirle? 
-Muchas cosas que contarle.

Maurizio volteó a ver a Maragaglio y el tío Enzo se preguntó si el asunto era entre sus tres sobrinos o se necesitaba un mediador para contener a Katarina. Sólo podía rezarse porque no se tratara de un tema amoroso o la discusión de algún episodio desconocido que a los Leoncavallo podría poner de cabeza y en contra de la joven nuevamente.

-Por lo que veo, no quieres hablar conmigo.
-Lo siento, tío Enzo.
-¿Todo está bien?
-Creo que te enterarás en Venecia.
-¿Tienes un problema?
-Es algo familiar.
-¿Involucra a todos?
-Maragaglio querrá que le aclaren varias cosas.
-¿Y qué hay con Katarina?
-Es entre ella y yo.
-Maurizio...
-Deseo conocer qué está pasando con ella porque ha estado mal desde Nueva York y me angustia no poder entenderla. 
-¿Katarina te ha mencionado algo?
-No.

A Enzo Leoncavallo le pareció escuchar algo novedoso y entendió parte del drama sin más esfuerzo. Katarina reservándose ante su hermano era un acontecimiento único y podía indicar cualquier cosa.

-¿Me dejas en paz?
-Claro, Maurizio. El punto es que no tengo a donde ir y mis citas de ventas me dejan tiempo libre ¿Hay algo bueno para beber?
-Absenta.
-En ese caso, acepto.
-Tengo algo que sí quiero saber, tío.
-Adelante.
-¿Conociste al padre de Maragaglio?

Maurizio Leoncavallo no tuvo que esperar por respuestas.

-Nunca supe.
-¿Seguro?
-Mi hermana Carolina llegó con Maragaglio y se lo dejó a mi padre.
-¿Fue todo?
-Me gustaría contarte una historia pero no hay otra. Carolina era muy irresponsable y tuvo un hijo de padre desconocido.
-Maragaglio encontró al tipo ayer.
-¿Qué dijiste? ¿Cómo lo hizo, Mauri?
-Le consiguieron la información en Intelligenza Italiana ¿dónde más?
-¿De qué se enteró? 
-¿Sabes más de lo que dices, tío?
-Honestamente, no.
-Siempre le han contado que lo abandonaron.
-Porque es la verdad.
-Entonces me bebería todo el alcohol si fuera tú.
-¿Es tan malo, sobrino?
-Descubrimos más de lo que queríamos.
-"¿Queríamos?"
-Ni siquiera imagino qué pasará cuando volvamos a Italia así que alla salute! Alcohol para todos y que sobreviva el que quiera.

Enzo Leoncavallo no escondía su desconcierto y no reparó en tomar un pequeño vaso para llenarlo de licor y mirar a la nada mientras estallaba esa bomba. Tanto esfuerzo familiar para nunca dar explicaciones se había ido por la borda y ahora quedaba aferrarse a la mentira más simple y realista por la que Maragaglio no podría protestar ni replicar, a menos que quisiera hallar algo más o la incredulidad lo dejara insatisfecho. La actitud de Maurizio le era más enigmática por su forma de sonreír y resolvió no brindar con él para no agregar palabras. La charla planeada estaba descartada y entonces, el sonido de una canción vieja se quedó perturbando más a Maragaglio. 

-Cariño ¿Puedo hacer algo por ti? - consultó Katrina en su sitio, aunque su voz se oía claramente y hasta Carlota Liukin la percibió con inquietud.

-Estoy cansado, no es mala idea intentar dormirme - replicó Maragaglio antes de tararear un poco y con ello, calmar a los demás. La mujer que lo tenía enfrente sin embargo, podía sentir su rabia y creyó que en cualquier momento destruiría la mesa si continuaba en el ambiente aquel. Katrina deseaba irse para ahorrarse la vergüenza y se dio cuenta de que el dichoso tío Enzo se preparaba para detener a su sobrino al tiempo que Maurizio Leoncavallo parecía reservar una copa en caso de requerirla para sólo él sabría qué. El punto era que un hombre era capaz dejar todo como estaba mientras volaba en mil pedazos con la misma probabilidad y quizás eso la asustaba más.

-No soy tan idiota, mujer - pronunció Maragaglio como si le adivinara el pensamiento y prefirió besarla para disfrutar su aliento a ajenjo y su perfume de cerezas. La chica temblaba de los nervios.

-Estoy tan furioso que no me han dado ganas de demostrarlo. Katrina ¿Crees que debería quitar al tipo que está cantando ahí? Me tiene harto.
-¿Qué? No te vayas, cariño.
-Prometo comportarme.

El hombre se levantó con una gran sonrisa al oír que el aficionado empuñaba una guitarra y conseguía que su público lo acompañara con palmas mientras anunciaba que su siguiente canción había aparecido en un disco de temas setenteros de intérpretes desconocidos y estaba seguro de que nadie la había escuchado en París hasta que sonaron los primeros acordes. La reacción de Carlota Liukin y sus amigos fue la de reírse fuertemente ante el involuntario chiste, cohibiéndolo y ocasionando que cambiara parte de la letra. Tal pieza era muy popular en Tell no Tales cuando se celebraban cumpleaños o se regañaba seriamente a un hijo luego de una equivocación importante, así que la familia Liukin solía escucharla con enorme frecuencia como migrantes en Venecia y en el hogar parisino de Anton Maizuradze casi no pasaba día sin que le acusaran de vago.

-¿Qué canción es? - curioseó Marat Safin antes de que Carlota intentara seguir el ritmo.
-Se llama "It never rains" o parecido, me la pone papá cuando se enoja - replicó ella.
-¿Quién la canta?
-Albert Damon.
-¿Perdón?
-Fue famoso cuando mi papá era joven.
-Lo recordarían mis padres de Moscú.
-Ahora anima fiestas en Tell no Tales.
-¿Lo conoces?
-Cantó en mi graduación de primaria y lo llevaron a un banquete en un torneo de patinaje.
-¿Te gusta esta canción, verdad?
-La voy a poner el día que mi hermano Andreas regrese arrastrándose.
-¿De qué hablas?
-Mi hermano se va a ir de la casa.
-Ah, ya entiendo. Bueno, se la pones en volumen alto y dices que yo te lo pedí.
-Hecho.
-¿Quieres brindar, Carlota?

Ambos chocaron sus vasos y ella se dedicó a demostrar que se sabía la letra de aquella melodía falsamente alegre, la cual sin duda hablaba de un sueño que no se materializaba y se convertía en una tentación para volver a casa con la pena y el sonrojo por delante. Marat comprendió la razón de usar semejante método de reprimenda y concluyó que no era una manera sutil de demostrar una profunda molestia o al menos, no era el tipo de regaño que resistiera recibir alguna vez. Carlota se reía pero en el fondo, tenía presente a su padre repitiendo la canción en la madrugada y a su madre desahogándose luego de una jornada pesada. Fue entonces que Maragaglio subió al escenario sin el mínimo respeto, sujetó el micrófono, arrebató la guitarra al desconcertado aficionado y con gran arrogancia miró a los presentes.

-Apuesto mi siguiente whisky a que canto mejor "It never rains" ¿Quién se anima?

La gente se miraba entre sí y Katrina levantó la mano para que pareciera que se divertía. Con tal de evitar que la escena fuera más ridícula, Marat también apostó, aunque a cambio se ganara una broma sobre "la bebida para niños" que podía ofrecer. Maurizio Leoncavallo era expectante y su tío miró al suelo con las manos en los bolsillos, con la misma sensación de frustración que su sobrino en el escenario había sentido a los veintitrés años en un parque mientras reunía dinero para tomar un vuelo a Nueva York.

-En vista de que a nadie más le interesa perder, le dedico esta canción a mi tío Enzo por arruinarme la vida - declaró Maragaglio y Katrina se cubrió la cara como si el comentario hubiera estado de más. La gente volteaba hacia los Leoncavallo y luego de aguardar un minuto, el propio Maragaglio comenzó a interpretar aquella canción causando un gran asombro, incluso para sí mismo.

-Ay, por Dios ¡Es hermoso! - se admiraba Katrina con las piernas temblándole. El público guardaba un silencio maravilloso y Maurizio Leoncavallo miraba a su tío sin saber qué sentir. Durante un instante, el primo Maragaglio emulaba un rockstar, rejuvenecía, volvía a ser el chico divertido que le había enseñado a fugarse de casa y hecho pensar en cosas como ser un artista o un inventor. El gesto de ese hombre de cuarenta y tres años delataba que había anhelado sentirse lleno de vida por tanto tiempo.

-"Will you tell the folks back home I nearly made it? Had offers but don't know which one to take... Please! Don't tell' em how you found me..."* - cantaba Maragaglio con nostalgia y el tío Enzo entendió el mensaje antes de que aquel acabara abruptamente su actuación y dejara la guitarra con desprecio en el piso. Los presentes aplaudían con espontánea admiración pero él optaba por salir a fumar y maldecir en voz baja.

-Maragaglio se escapó y lo encontré en Londres trabajando como músico callejero. En lugar de callarme, le dije a mi padre y fue de inmediato por él - dijo Enzo.
-¿Te odia porque el abuelo hizo eso?
-Mi padre nunca se portó bien con tu primo y por mi culpa, Maragaglio no se marchó.
-El abuelo murió. 
-No arregló las cosas.
-Tío, yo no creo que seas responsable.
-Es que no fuiste testigo de lo violento que fue.
-Pasaron muchos años.
-Maragaglio intenta retomar sus planes ¿sabías? Pero a todos los lugares donde va le han dicho que es muy tarde.
-¿Hace audiciones?
-¿En dónde crees que estuvo ayer? 
-¿Tú lo viste? Dijo que tenía trabajo.
-Entregué un vestido para una sesión de fotos en Radio France y él venía saliendo, no lo saludé... Pregunté, me enteré de que buscaban actores para un musical y rechazaron a tu primo por la edad.
-¡Pero tiene talento!
-¿Verdad que debí cerrar la boca hace veinte años? ¡No me digas que pasó mucho tiempo! 

El tío Enzo determinó pasar su momento de culpa con un poco de whisky y observando a su sobrino Maragaglio tarareando "It never rains" en voz baja desde la puerta. No se le ocurría qué decirle o mínimo ofrecerle más alcohol mientras comprobaba que las jóvenes habían caído rendidas ante esa voz tan fresca, incluso Katrina se había convertido en la envidiada chica del lugar y Carlota Liukin era una repentina fan con la cara sonrosada de un hombre al que quería profundamente de todas formas. En "La Belle Époque" el snobismo se transformaba en autenticidad por un momento.

El frío retornó a París esa misma tarde luego de la breve tregua soleada del sábado y amenazaba con nevar sin que Maragaglio se moviera de su lugar. Algo lo retuvo lo suficiente para que, en medio de su ánimo amargo, se le acercara un hombre de unos setenta años, ojos aceitunados, piel dorada y el cabello corto. Por su aspecto, se parecía a Ricardo Liukin sólo que con una actitud menos dramática y más distraída, aunque algo irrespetuosa y divertida. 

-Me dijeron que hablara con ¿Maragaglio? Soy Goran Liukin Jr. y estoy buscando a mi nieta, Carlota Liukin.

Enzo Leoncavallo se quedó boquiabierto en su lugar y con la seguridad de que el tal Goran lo había reconocido, llamó a su sobrino Maurizio.

-Hay problemas ¿Quieres traer a Carlota de una vez para que no haya escándalo?
-¿Qué pasa?
-Mauri, házlo.

Maragaglio se hallaba petrificado y el señor Liukin giró su cabeza, riendo un poco de Enzo y comparándolo con el otro previo a preguntarle con tono socarrón:

-¿Es tu hijo?
-No.
-Salió al viejo Leoncavallo, qué desgracia. 

La conversación no continuó y Carlota Liukin dejó el local para toparse con su abuelo, a quien no había visto en años. El hombre la abrazó afectuosamente y ella no pudo evitar estar contenta con la sorpresa, aunque tuviera la sensación de que alejarse era la única idea buena en ese instante. Maurizio Leoncavallo prestó atención a su primo, cuya expresión iba acentuando su desolación.

-¿Carlota puede dar un paseo conmigo? Le he traído regalos y también quiero celebrarle la medalla que se ganó. Me han dicho que será escoltada ¿Me dejan llevarla a Montmartre? Regresaría en la noche.

Maragaglio pasó saliva y dijo:

-Tienes permiso Carlota ¿Llevarás a tus amigos? 
-Si mi abuelo quiere... Iré por ellos.

Carlota corrió confusa donde Marat y los demás para sacarlos de ahí mientras su abuelo contemplaba de frente a los Leoncavallo sin pronunciar palabra. En un momento dado, el hombre fijó sus ojos en Maragaglio y esbozó una sonrisa casual, provocando que el otro regresara donde Katrina inmediatamente para llevársela a su habitación y encerrarse ahí mientras la ira se atoraba en su garganta. 
*Extracto de "It never rains in Southern California", canción interpretada y escrita por Albert Hammond (1972)