viernes, 17 de junio de 2022

Un relato finlandés


Aeropuerto de Vaanta, Finlandia.
Martes, 19 de noviembre de 2002.

¿Es un corazón de rábano? ¿Por qué lo clavaste en un tomatito? - reía Carlota Liukin mientras tomaba una comida en un restaurante del aeropuerto de Vaanta y aguardaba a que una intensa nevada terminara. Finlandia era un país muy frío y se antojaba de lleno de gente extraña. La chica había dicho al mesero que lo único que deseaba era una sopa caliente y un enorme sándwich de queso asado a manera de broma y aquél lo había tomado literal. A Marat igualmente le sucedía al mencionar un té como la solución a un escalofrío luego de pasar por la aduana, pero no significaba que realmente lo deseara. Maragaglio en la mesa próxima le advertía a Katrina que debía tener cuidado con cada cosa que saliera de su boca porque los finlandeses tomaban en serio las palabras, sin rodeos.

-Si dijera que me acostaría con el hombre de allá ¿Creerían que es verdad? - preguntaba ella con su sonrisa más coqueta.
-En efecto.
-Me alegra saberlo. Aquí no puedes mentirme, cariño.
-Soy italiano, a salvo no estás.
-¿Qué pasa si engañas un poquito aquí?
-Deshonra.
-Entonces no lo hagas.
-¿Qué intentas decirme, Katrina? 
-Te vi coqueteando con una chica rubia y tienes su teléfono.
-Mujer, no te metas en mis asuntos.
-No tienes remedio.
-¡No debes estar celosa!
-Maragaglio, me contagias lo que sea por andar de promiscuo y juro que te golpeo con la misma pala con la que te entierre.
-Oh, wow ¿Te asusta mi vida sexual? ¿No debería ser al revés?
-No nos cuidamos una vez.

Katrina llevó un trozo de queso a su boca y miró a Maragaglio sin recibir una réplica. Él en cambio, siguió con su comida como si nada le ocupara la mente y sonrió.

-Eres un idiota - reprochó ella antes de sorber un jugo de naranja con un popote de metal y darse cuenta de que no saldrían fácilmente de ahí. El auto que habían rentado para trasladarse a la ciudad tardaría cincuenta minutos más en estar listo y los descuentos en las tiendas duty free no eran tan atractivos como parecían. Desde lejos, Katrina lucía como la frustrada novia joven de un hombre que no se comprometía en la relación y le causaba disgustos constantes. 

-No me mires así.
-¿Así cómo?
-¡Como si te burlaras de mí, cariño!
-Sabes que no lo hago.
-¿Estás castigándome?
-¿Por qué?
-¿Esto es por la huelga? ¡Pues seguirás sin sexo hasta que te disculpes!
-Katrina ¿Ahora qué hice?
-¡Tratarme como una tonta! ¡Judy me lo advirtió!
-¿Desde cuándo son amigas?
-Tú nunca tomas en serio a nadie.
-Ah, ese es el problema. 
-¡Maragaglio!
-Soy un hombre casado.
-¡No me refiero a eso!
-¿Entonces?
-Si vas a ser un prostituto, procura que yo no tenga que verlo.

Maragaglio intentó tomarlo con humor pero el gesto de Katrina fue tan claro, que optó por tomarla de las manos.

-Ahora entiendo a Susanna.
-Mujer, no voy a engañarte.
-Eres un patán.
-No iba a llamar a la chica rubia de todos modos. 
-Cómo no.
-Katrina ¿Crees que renunciaría a la libertad que me das?
-Sigo sin entender esa parte.
-No me iría con otra mujer sin decirte. 
-No te creo.
-Eres la primera que me trata como el sinvergüenza que soy y todavía me encuentra algo bueno.
-Eres odioso.
-Hay algo que puedo prometerte.
-¿En qué no debo creer? 
-Siempre que estemos juntos, voy a hacerte muy feliz.
-No parece.

Maragaglio besó a Katrina consciente de que la desconocida de cabello rubio le observaba atenta.

-No te detesto.
-Lo sé, mujer.
-¿Por qué nunca estás contento, corazón?
-Katrina, me encantas.
-Me confundes.

La joven perdió el apetito y miró cómo Carlota carcajeaba con Marat por cualquier tontería que no alcanzaba a escucharse. Detrás de ellos, Maurizio Leoncavallo se hallaba contestando una llamada mientras contemplaba su propio plato con sopa y evitó mirar a Katrina para no confrontarse con Maragaglio. 

-¿Hay noticias? - preguntó Carlota Liukin.
-Katarina no saldrá de Terapia Intensiva, el médico dice que la neumonía le preocupa - respondió Maurizio sin separarse del celular.

-Cariño ¿Estás bien? - se tensó Katrina a su distancia.
-Recuérdame partirle la cara a ese idiota cuando Katarina sane - agregó Maragaglio.
-¿Por qué no lo haces ahora?
-Tengo hambre.
-¿Estás pensando en ella?
-Claro y me angustia.
-No brincas esta vez.
-Hablé con el doctor Pelletier más temprano.
-Supongo que no te dio malas noticias.
-Me dio las peores.
-¿Ella se repondrá?
-El tal Marco Antonioni se le va a quedar pegado toda la semana.

Katrina le dio una palmada no muy amistosa en el brazo y le reclamó por asustarla. Maragaglio aprovechó para discretamente coquetear con la mujer rubia y hacerle una seña de que la vería en unos minutos en el bar cercano.

-Katrina ¿Por qué no te compras algo para que no te dé frío? Ropa para nieve no tienes.
-Puedo pasar a otra tienda más tarde.
-No lo creo, está oscureciendo.
-¿Qué hora es?
-Casi las cuatro.
-¡No es cierto!

Katrina revisaba su reloj mientras Maragaglio se levantaba con la sonrisa traviesa que lo caracterizaba al estar de humor aceptable y enseguida mostró su tarjeta de crédito para indicar que pagaría la cuenta y que nadie tenía de qué preocuparse. Pronto cerrarían varios locales.

-¡Carlota, acompáñame! - gritó la joven y la chica Liukin llevó su plato a la boca para mínimo acabar su comida. Marat y Maurizio parecían quedar confundidos ante ello y Maurizio Leoncavallo reaccionaba alegre porque era lo "más Liukin que había visto".

-Maragaglio, tú haces lo mismo cuando te llaman del trabajo - expresó el propio Maurizio sin apartar los ojos de su celular y Marat permaneció en su silla sin saber dónde mirar.

Mientras las chicas se alejaban, Maragaglio se aproximó a la desconocida mujer que le aguardaba con un cóctel de color durazno en la mano. Sin importar quien lo viera o si Marat diría algo, él saludó con un abrazo y un beso en los labios.

-Nunca olvidas cómo iniciar nuestras charlas - pronunció ella.
-No te haría tal grosería.
-Es una sorpresa encontrarte, Maragaglio.
-El trabajo me tiene aquí.
-Tu novia va a estar furiosa.
-No hablemos de ella.
-¿Sigues casado?
-¿Esperabas otra cosa?

La mujer se echó a reír.

-¿Estás en una misión?
-De vacaciones. Te invitaría, Maragaglio, pero estás ocupado.
-No iría de cualquier forma.
-¿Tienes tiempo para un encuentro ardiente?
-Me temo que no.
-Que frustración ¿Quién es la chica?
-Seguro te han contado.
-¿No querías que el Servizio la investigara?
-Mujer, hoy no quiero enojarme.
-¿Me acompañas con un trago?
-Uno y me voy.
-¿Cuándo te volviste cortante?

Maragaglio se encogió de hombros y miró sonriente el tarro de cerveza que aparecía ante sus ojos.

-¿Tienes alguna información que darme, mujer? - preguntó él al beber un poco. Su semblante juguetón cambiaba por uno serio.

-Dispararle al almirante Trafalgar fue estúpido - continuó ella, cruzando las piernas para intentar coquetear más. El hombre no se inmutó.

-Supongo que me harán responder.
-Maragaglio ¿Es cierto que investigas un caso despreciando a la Marina Mundial?
-¿Qué te han dicho?
-Que guardas lo que sabes sobre unos diamantes.
-No avanzo en las investigaciones.
-Si es por cubrir la espalda del almirante Borsalino... ¿Sonríes por eso?
-Dile a tu jefe que no colaboraré contigo.
-Le explicaré y verás que nadie insistirá. Lo que no imagino es qué dirás de Sergei Trankov y su relación con ese negocio.
-¿Importa?
-¿Tú crees? Maragaglio, espero que no estés escondiendo a nadie.
-No te metas con mi trabajo.
-Atrapa a Trankov, lo tienes en las manos.
-Mejor dile al Gobierno Mundial que evite enviar a la mitad de mi equipo a la guerra en Chechenia.

La mujer comprendió que él había abandonado su ansia de conversación.

-Cambiaste mucho, eres un hombre más nervioso.
-Mis misiones son aburridas.
-No creí cuando me dijeron que te fuiste de "niñera" a París.
-Soy terrible vigilando hijos ajenos.
-Maragaglio, sigo pensando que tú necesitas algo de variedad en tu vida.
-¿Más? 
-Incluso vuelves a tus amoríos de antes, tú no hacías eso.
-¿Interés?
-Nunca creí verte enamorado de Marine Lorraine 
-¿Problema?
-¿Por qué no la olvidas?
-Nunca se me ha dado la gana.
-¿Remordimiento?
-¿Lo tengo?
-Maragaglio ¿Qué pasa contigo?

El hombre comenzó a reírse y a revisar su celular.

-Me sorprende que tu nueva novia fuera prostituta en París.
-Cállate.
-Me impresionó tu gesto de sacarla de la calle.
-No vuelvas a hablar de ella.
-¿Entonces confirmas? Se la compraste a Marian Izbasa personalmente.
-En serio, guarda silencio, mujer.
-¿Por qué?
-¡Porque a Katrina la vas a respetar!

El grito de Maragaglio se escuchó por todo el comedor y tanto Marat como Maurizio olvidaron sus distracciones para prestar atención inmediatamente, inclusive se sentaron juntos.

-No calculé que te enfadarías - prosiguió la mujer en su lugar sin perder la voz moderada y cruzando las piernas nuevamente después de saborear su bebida. Parecía no sentirse intimidada.

-¿Me harán una auditoría? - curioseó Maragaglio con brusquedad.
-Conocemos tus gastos y los de tu amante, no hay secretos.
-Entonces vete.
-Reconozco que la chica es linda ¿Trabaja bien?
-Cierra la boca.
-Sólo quería charlar.
-¿Qué te mandaron a averiguar?
-Qué rudo.
-¡Mujer!
-Vine a entregarte la investigación sobre la muerte de tu abuelo hace diez años.
-No me interesa.
-Maragaglio, sabes que en las agencias de inteligencia te debemos muchos favores.
-¿Me mandaron un expediente?
-Si te complace, no lo he abierto.
-¿Quién hizo el reporte?
-Está en blanco.
-Claro.
-Tu chica va a disfrutar cuando descargues el enojo, qué envidia.
-¿Otra vez?
-Con toda esa práctica debes ser un amante de campeonato.
-Déjame en paz.
-Mañana te reúnes con un agente finlandés antes de tu vuelo a Italia, por mi parte es todo.
-Tanto para nada.
-Me saludas a Marine en su boda y le dices que me encantó el vestido que le compraste.
-Yo también te odio.
-Dile a tu novia que me encela mucho.
-Me hablaste por tonterías.
-Cumplí con los papeles, ahora me voy al Caribe.
-Ciao.
-Qué simple despedida ¿A tu novia la tratas igual?
-¡No vuelvas a decir algo de Katrina!

Maragaglio se incorporó con furia enorme y se alejó del bar, no sin evitar tumbarse en una silla frente a Maurizio y Marat.

-¿Quién es ella? - preguntó Maurizio con el rostro severo.
-Es de Asuntos Internos en Intelligenza.
-¿Qué quería? Parecía coqueta.
-Me entregó el expediente de un caso.
-¿Por qué habló de Katrina?
-¡No te atrevas a mencionarla! 
-¿Es grave?
-Todavía no se me olvida lo que le propusiste, idiota.
-Al menos no te acostaste con la otra mujer.
-Y tú no lo harás con la mía.

Marat permanecía callado pero no evitaba ver a los otros dos con nerviosismo y alzando la ceja ante su conversación reprochante.

-¿Tienes dificultades con el trabajo?
-El espía siempre termina espiado, Maurizio.
-¿Qué querían saber, Maragaglio?
-Indagaron sobre el vestido que le compré a Marine para su boda, es todo.
-¿Perdón?
-Usé la tarjeta que no era pero ya lo aclaré.
-Ella te pidió que no lo hicieras.
-Fue una gran colaboradora, sólo soy amable.
-¿Hubo sexo?
-¿Crees que Marine es como cualquier mujer?

Maragaglio se levantó otra vez y decidió buscar a Carlota y a Katrina por la zona comercial, topándose con su reflejo constantemente. La nevada continuaba con fuerza y alguien le avisó por teléfono que no podía llegar a Helsinki hasta el día siguiente, así que podía hospedarse libremente en un hotel que se hallaba en aquella terminal junto a sus acompañantes. Él sonrió al percatarse de que lo seguían y prefirió aproximarse a Katrina al verla probarse una enorme chamarra de color fucsia y forro de peluche.

-¡Corazón! ¿Me he tardado tanto? - lo recibió la joven alegre. Apenas a un metro, Carlota Liukin luchaba contra unas botas de nieve que no podía descalzar.

-Espero que hayas elegido más ropa bonita.
-Me compré unos calentadores.
-Perfecto, no pasarás frío ¿Te gusta la nieve?
-No mucho, corazón.
-Estarás bien.
-¿Qué te hizo enojar, Maragaglio? Traes la carita seria, seria.
-La inteligencia finlandesa me tiene monitoreado.
-¿Cometiste un crimen?
-Defenderte.

Katrina abrió más los ojos y supo que él hablaba con sinceridad.

-Tengo algo qué decirte - añadió Maragaglio con la prisa de pagar por cualquier cosa y salir de ahí.

-Carlota, compra las botas y en Venecia lo agradecerás ¡Ahora! - gritó el hombre y la joven Liukin le dió la etiqueta a la vendedora para cargar la cuenta. Ni ella ni Katrina podían explicarse la brusquedad; acaso creían que alguna nueva aventura de Katarina estaba implicada apenas abandonaron el local. En el comedor, Maurizio y Marat continuaban con su actitud de sobresalto hasta que distinguieron la voz de Maragaglio ordenando que se aproximaran con el equipaje del grupo y se dispusieran a caminar hacia el corredor, advirtiendo que no tardarían mucho en llegar a un sitio donde descansar y dormir. El mismo Maragaglio pasaría al stand de renta de automóviles para efectuar una cancelación y los demás se abstenían de soltar alguna palabra sin dejar de mirarse unos a otros, como al recibir un regaño.

-Está horrible - murmuró Carlota al contemplar la tormenta.
-Mientras no resbales, estarás bien - añadió Maragaglio.
-Siempre tengo cuidado.
-Caerse en una banqueta por culpa del hielo es la principal causa de muerte en este país. Si te das cuenta, lo único que podría detenerte es un poste en la esquina o un coche que te arrolle.

La chica Liukin pasó saliva y tomó la mano de Marat para sentirse más segura. El largo pasillo hacia la salida se volvía más grande y la puerta automática del aeropuerto parecía trabarse un poco. Cuando esta se abrió, el primer viento helado obligó al grupo a bajar la cabeza pero Carlota no hizo caso y un gran copo cayó fortuitamente en su cara.

-¡Ay, frío, frío! ¡Está más congelado que en Tell no Tales y no siento las mejillas!
-Jajajaja, debí insistirte con la precaución.
-¡No te burles, Maragaglio! Entró nieve en mis ojitos.
-Bienvenida a Finlandia.

Maurizio Leoncavallo le entregó un pañuelo a la joven y Marat se encargó de secarle las lágrimas, además de decirle que pronto se le quitarían las molestias. En Rusia había peores tormentas y la nieve podía ser dura como una piedra.

Atravesar la calle parecía sencillo y silencioso mientras las luces se encendían, así que todos se asombraron al saber que no saldrían del aeropuerto y se dirigirían hacia otro corredor rumbo al hotel. La noche temprana era una novedad, así que al llegar a un área con vista a las pistas de aterrizaje, Maragaglio tomó una foto de la oscuridad y el reloj con tal de que Carlota pudiera probarle a su padre lo que decían los cuentos de hadas sobre las tierras del norte. A unos escasos metros, el hotel GLO aparecía para dar refugio a esos cinco locos suplicantes por calentarse. En la recepción les miraban como si hubieran cometido la estupidez de salir a la calle.

-Buenas noches, vengo de parte del Servizio Italiano d'Intelligenza nella Unione Europea. Agente Maragaglio - se presentó aquel y el personal de inmediato se dispuso a atenderlo. Los demás disimulaban su incomodidad ante tan zalamera actitud, recordándoles la actuación de los trabajadores de la Torre Eiffel días atrás.

-Necesitaré tres habitaciones para pasar la noche; me gustaría una para los caballeros, otra para la niña y una matrimonial en el mismo piso si es posible - ordenaba el propio Maragaglio y recibía una disculpa por ser imposible concederle un espacio con dos camas para Maurizio y Marat. Al tiempo que se arreglaba el asunto, Katrina se dio cuenta de que la fachada estaba hecha de cristal, reflejando a cualquier persona como si se le vigilara sin tregua. La imagen no podía mentir cuando se trataba de reconocer a alguna persona en particular, de evitar malentendidos. No tardó en oír a Maragaglio presentándola como su esposa, forzándola a seguir la corriente delante de las inquisidoras imágenes que la rodeaban. Más le desconcertaba que al resto del grupo no le extrañara nada tal engaño, pero sí que les ofrecieran bebidas calientes y estar en una sala de descanso mientras les hallaban dormitorios adecuados.

El hotel GLO tenía mobiliario pequeño, combinación de colores neón y gris en las áreas comunes y excesivas lámparas para que nadie se quejara de la falta de luz. Aunque había distractores para aligerar la espera, se podía escoger entre una silla o un puff, utilizar una mesa o leer algún libro en algún idioma desconocido. Carlota Liukin aprovecharía la oportunidad para hablar a casa y enterarse de cosas como Yuko alimentando con fideos a su hermano Adrien, Andreas muriendo de aburrimiento, Miguel y su padre aun aislados en algún sitio de Venecia y Maeva y Tennant mejorando poco a poco en el hospital, abrumando a cualquiera con sus quejas. Otro que se comunicaba a Venecia era Maurizio Leoncavallo para recibir noticias sobre Juulia, su novia. Raro era que su hermana Katarina no se mencionara una sola vez y más bien preguntara sobre cuánto tiempo duraría el confinamiento porque quería volver a estar tranquilo. Marat y Katrina no entablaban conversación, pero estaban de acuerdo en sentir cansancio y ella en especial, demostraba cómo se perdía su pensamiento si volteaba hacia Maragaglio de vez en vez o él se le aproximaba.

-Bien, nos quedamos. Maurizio, te vas con Marat y decidan quien duerme en la cama, Carlota te reservé una recámara junto a la mía. Katrina, hoy podríamos ver revontuli - anunciaba el mismo Maragaglio mientras repartía unas tarjetas verdes. La desconocida palabra despertó la curiosidad.

-¿Qué cosa? - preguntó Katrina.
-Aurora boreal. Dicen que a veces se avista en esta zona.
-No tengo idea.
-Tendremos suerte.

Maragaglio tomó la mano de su joven amante y Maurizio Leoncavallo los siguió rumbo al ascensor sin hacer ruido. Carlota y Marat optaron por buscar una cafetería y hacerle caso al anuncio sobre un chocolate blanco caliente con chispas y crema de menta antes de sucumbir a las ganas de dormir.

Al separarse el grupo, a Maurizio Leoncavallo le quedó claro que viajaba solo. Se sentía fuera de lugar, sin tema de conversación, aguardando únicamente por las palabras del extraño doctor Pelletier, quien parecía experimentar regocijo cada que mencionaba cómo Katarina subía su ánimo y gozaba de la compañía de su novio Marco. Por supuesto, Maurizio deseaba engañarse a sí mismo y se aferraba al sentimiento de satisfacción que le otorgaba el embarazo de Juulia Töivonen, el estar seguro de que no era él culpable de que otras relaciones fracasaran por el tema de la paternidad. Era eso o descontrolarse. Muy en el fondo, se admiraba de su primo Maragaglio, de su facilidad para saltar de aventura en aventura o enfrascarse en algunas relaciones más o menos largas con las mujeres más amorosas y dulces. Era consciente de su potencial de hacer lo mismo, pero le detenían sus sueños de formar una familia que sí fuera feliz y su enorme deseo por Katarina, ese que podía reprimir si a cambio recibía su amor y detalles constantes. Entonces vió a Katrina sonreírle a Maragaglio, la oyó decir que se moría por quitarse los zapatos y adivinó que no la vería en varias horas. De todas formas había trabajo por hacer y una competencia pendiente.

-Dejamos a Carlota y Marat solos - murmuró al llegar al octavo piso y descender rumbo a su habitación. Maragaglio no lo atendió y prácticamente le cerró la puerta de su cuarto en la cara, alcanzando a reírse apenas. Katrina se carcajeó en cambio, como si con ese gesto se terminara la venganza contra Maurizio por su propuesta íntima.

-Es un idiota - continuó ella, oyéndose por el pasillo tal frase y haciendo que el aludido volviera a rendirse y se encerrara a la espera por Marat. Los espacios en el hotel GLO eran pequeños, como se esperaría en cualquier hospedaje con escala cuando se quiere dormir con un poco de estilo y la comodidad se presentaba en forma de almohadas suaves y abultadas, un teléfono inalámbrico y una regadera solitaria. Maurizio Leoncavallo se introdujo en la ducha para relajarse y se dio cuenta de que percibía con exactitud cualquier palabra que Katrina expresara, aunque el placer le durara poco. Contrario a lo imaginado, ella estaba lejos del erotismo o del cariño, más centrada en un baño común y corriente y quejas banales sobre el clima, el vuelo desde París o las ganas de dormir. En lo único que Maurizio acertaba, era en visualizar a la mujer enjabonándose y también frotando la piel de su amante para asegurarse de que a ambos les sentaría bien sentir el agua caliente antes de constatar que en cualquier momento el lugar podía ser tan helado como en el aún ignoto exterior. La calefacción seguramente sufría una avería.

-Dijiste que me enteraría de algo serio - fue el último murmuro que Maurizio Leoncavallo pudo escuchar, permitiéndole imaginar la clase de asunto a tratar. Era imposible no concluir que en Intelligenza Italiana se conocía de sobra sobre Katrina y sus gastos, su olor, su voz y la zona de París de donde había salido. Maragaglio tendría problemas o tal vez le solaparían su romance con algún favor de por medio, nada era tan seguro. O sólo alguien había tenido los escrúpulos para detenerlo un poco, quizás de pedirle discreción. 

Pero Maurizio no se enteraría en aquel instante del motivo entre Maragaglio y Katrina para sostener una plática privada, sin bromas; una que nadie escucharía. 

En la cama de Maragaglio, hablar era una actividad reservada entre él y su esposa, dedicada a asuntos que no pertenecían a los demás; nada extraordinario en un matrimonio. Pero compartir secretos con otra mujer era aterrador para él, razón por la que nunca conversaba y desgastaba sus vínculos a toda costa para sentir que borraba su presencia de la intimidad ajena. Como se puede intuir, con Marine Lorraine había sido imposible mantener esa regla y como es sabido, con Katrina la había quebrantado desde el comienzo. Entonces el relato se trasladó a la habitación de aquella pareja.

A Katrina comenzaba a gustarle utilizar batas de baño para luego sentarse en una esquina del colchón y contemplar a Maragaglio escogiendo alguna pijama de pantalones psicodélicos que lo hiciera lucir como un adolescente cualquiera. Ella apenas estaba aprendiendo que ser joven era la única opción que Maragaglio tenía, aunque pensaba que era sólo una crisis. A menudo imaginaba cómo era Susana Maragaglio, en qué tenía esa mujer para que su marido la siguiera prefiriendo por encima de su lujurioso tren de vida apenas terminaban el horario de trabajo, los viajes de espionaje o lo que fuera que hiciera él normalmente.

-Katrina, necesito que guardes silencio y que mantengas un secreto - dijo él.
-Prometido.
-¿Sin preguntas?
-Igual nunca contestas, corazón.
-Qué linda eres.
-Antes tengo que decir que me gustan tus pijamas.
-Gracias, Susanna me las tiñe.
-Ella ha de vestir raro.
-Me gusta que tenga el detalle de usar colores.
-Es extraño cuando dices que llevan más de veinte años juntos.
-Aún me gusta.
-Eres injusto, te ama.
-Amo a mi familia.
-Nunca hablas de lo que sientes por tu esposa.
-Lo hice una vez y me arrepiento.
-¿Por qué?
-Fui ingenuo contigo.

Katrina se quedó en silencio y notó que él se colocaba a su lado.

-Hice algo grave en París - prosiguió el hombre, sorprendiéndose en el acto al no recibir la petición de explicarse, pese a la promesa que había recibido. Katrina quería confirmar sus sospechas.

-Maté a alguien - terminó Maragaglio y la ausencia de algún ruido le desconcertó aún más. Aquello no le agradaba y se arrodilló con una actitud curiosa, buscando la desaprobación o el temor del rostro femenino.

-¿No vas a regañarme? ¿No quieres correr? ¿Nada? - añadió él; Katrina sólo movía su cabeza para negar. 

-¿No tienes miedo? ¿No te interesa saber? Mujer, di algo.
-Prometí mantener el secreto y no preguntar.
-Estás asustándome.
-Corazón, habla lo que quieras que no voy a pedirte explicaciones.

Maragaglio eligió sentarse junto a ella, sin tocarla.

-Tal vez aparezca en las noticias que alguien le disparó al Subcomisionado de la Gendarmería Francesa. Fui yo.
-Cariño, ¿puedo dormir?
-Katrina, no regresarás a Les Marais.
-¿Quieres la almohada blanda o me la puedo quedar?
-Contesta algo, dime que soy un idiota.
-La huelga terminó.

La chica se recostó abrazando la almohada y miró a la pared sin pensar en la confidencia recibida, más bien con ansias de cambiar de tema o incluso rendirle honor al silencio, aún si Maragaglio pretendía lo contrario. Él de repente se sentía confundido, Katrina no peleaba o le decía que había hecho su trabajo; nada salía de su boca y eso lo alertaba. ¿Ella se comportaba como su cómplice, trataba de huir del lugar de alguna manera o estaba paralizada?

-Apreciaría que me dijeras algo.
-Cállate.
-Mujer ¿He sido malo?

Al no recibir otra mirada, Maragaglio concluyó que la joven no tomaba bien su confesión y se colocó a su lado para estar seguro de que al menos podía contemplarla dándole la espalda. 

-Lo siento - se disculpó él y Katrina lloró en silencio, con felicidad desbordada en extremo contrastante ¿Tenía acaso un amante capaz de cometer algo contundente por ella, así fuera trágico? ¿Eran tales sus alcances? Como una reiteración de que ella no estaba viviendo un dulce sueño o una hermosa fantasía, sino los deseos de un tipo inconforme que por una vez había hecho algo bueno.

-Nadie volverá a quitarle el dinero a las prostitutas de París - agradeció ella y Maragaglio le abrazó por la cintura antes de quedarse dormido y contagiarla de su cansancio. La joven giró para verlo despertar más tarde, si acaso él lo hiciera con intención de besarla.

Dormir era la única manera de garantizar que Katrina y Maragaglio asumirían su nuevo secreto exitosamente y que podrían negarlo si llegaba a necesitarse. 

Mientras aquella mujer descubría que no tenía miedo de nada, en la cafetería del hotel Glo se vivía una escena muy bonita. Carlota Liukin presumía bigotes de chocolate para hacer reír a Marat Safin y este trataba de dibujar algo en una tarjeta azul con crayolas con diamantina. Sus tazas con chocolate estaban a la mitad y ambos ingerían chispas de cereza con singular ritmo.

-¿Entonces una aurora boreal se ve así?
-Más o menos, Carlota; depende el día.
-¿Son verdes? 
-También puse azul y rosa.
-Qué bonito.
-¿En Tell no Tales no se ven? 
-No, Marat.
-Creí que sí, la Antártida no parece lejana. 
-Está más cerca Madagascar.
-Eso explica todo.
-En la escuela dicen que duran poco.
-Algunas horas. Si te quedas despierta hasta medianoche, veremos una.
-¿Cómo sabes?
-No lo sé, sólo ocurrirá.

Carlota miró al chico con alegre escepticismo y lo contempló terminando su tarjeta, pensando que debía hacerle una en reciprocidad con osos polares y una luna brillante reflejada en el mar. 

-¿Sabías que el el hemisferio sur es primavera? Pero en Tell no Tales es otoño - mencionó Carlota para impresionar con la curiosidad y él sonrió con ella, escondiendo que ya lo sabía.

-¿Te han dicho por qué?
-Nadie tiene idea, creen que es por las corrientes marinas o la altura. Algún día lo descubrirán, Marat.
-Creí que hacía calor porque es África.
-¡Oye! También nieva en el Kilimanjaro y a veces en el Sáhara.
-¿En el desierto?
-Sí y siempre he querido ir. Nos divertiríamos mucho ¿no crees?
-¿Quieres que te aviente una bola de nieve con arena?
-Pero arde la piel luego de un rato.
-¿Lo has hecho antes?
-En Tell no Tales, en la playa.
-Bueno, entonces tenemos tres planes, Carlota.
-¿Cuáles?
-Guerra de nieve en el Sáhara, otra en Tell no Tales y un día iremos al lago Baikal para que te encante la primavera rusa.
-¿En serio?
-Te gustará mucho.

Aunque ninguno de los dos creía que pasaría, se imaginaron en sus guerras con proyectiles fríos y construyendo alguna cosa quizás, antes de comer pescado asado y tomar innumerables fotografías en donde fuera que estuviesen. 

-Te invito a pasar Navidad en mi casa.
-¿Qué?
-En diciembre, Marat. Habíamos hablado de eso.
-Creo que no podré ir.
-¿Por qué?
-Debo ir a Australia a jugar cuando empiece el próximo año.
-Oh, creí que podías venir.
-Lo siento.
-No vuelvas a decir eso.
-Me disculpaba.
-No me gusta que la gente diga que lo siente. Mejor di "perdón" o disculpa", es más amigable.
-De acuerdo.
-¿Tienes que ir a Argentina también, verdad?
-Sí, pasaré unos días entrenando en Moscú.
-Te irá bien con tu equipo.
-Spasibo.
-Ojalá te vea por televisión.

Aunque no ocultaba su decepción, Carlota Liukin dio un sorbo a su chocolate y terminó su obsequio, mostrándolo apenas cubrió la punta de su nariz con diamantina rosa, haciéndose parecer a un duendecillo. Marat se rió y ordenó un nuevo chocolate.

La nevada se intensificó durante esa noche temprana y Carlota extrañó aquellos cristales de hielo que se formaban en las ventanas de Tell no Tales y que parecían figurillas como osos o árboles frondosos. Sin percatarse, sus manos comenzaron a congelar la mesa, el mantel, las tazas; una fina capa de hielo cubrió el piso y las personas presentes se dieron cuenta al resbalar un hombre que iba entrando.

-La calefacción no sirve - se oyó decir a alguien.
-Se está filtrando el hielo, no sabemos por dónde - dijo otro y se mandó a encender la chimenea de la sala principal, invitando a los huéspedes a calentarse ahí. Carlota y Marat corrieron a refugiarse, olvidando sus tarjetas y sus bebidas, sin voltear atrás.

El frío era tan grande, que Maurizio Leoncavallo abandonó su habitación apenas un botones tocó a su puerta para avisarle del caos en el que se sumía el hotel, no sin resistir la tentación de llamar a Maragaglio inútilmente. El suelo se volvía resbaladizo.

Sin embargo, entre las paredes que refugiaban a Katrina y Maragaglio, no existía rastro de humedad, viento helado o desperfecto que afectara la tranquilidad, ni siquiera el ruido del exterior llegaba susurrante. La calidez era insólita y ella sudaría en cualquier instante, así que él abandonó su siesta al notarlo y la despertó enseguida.

-Estoy cansada, corazón.
-También yo.
-¿Entonces?
-Te voy a quitar la cobija.
-Egoísta.
-Es para que no te sofoques.
-No te creo... ¿Qué rayos es eso? Maragaglio ¡voltea!
-¿Para qué?
-En la ventana ¿Qué son esas luces?
-¿Luces? Serán lámparas o... ¿A esta hora? Van a dar las seis.
-¿Dónde vas?
-Por mi cámara.
-¿Qué estamos viendo?
-La aurora boreal, Katrina.
-¿Esa cosa verde?
-¿Cómo esperabas que fuera?
-Como un arcoiris ¡Es tan linda!
-Tiene colores, el azul y el rosa apenas se notan.
-¿Has visto otras antes, cariño?
-No, es mi primera vez.
-"Primera vez" y tú no es algo que ocurra a menudo.
-No es normal que estas luces aparezcan a esta hora. Katrina ¿Mi reloj está bien?
-El mío también marca las seis.
-Ven aquí ¿Te gusta esto?
-Nunca se ven las luces en París.
-Ahora mírame.
-Sé qué buscas obtener, Maragaglio.
-¿No quieres?
-No conoces la vergüenza.
-La aurora se refleja en tu piel.
-Y en la tuya.

Katrina accedió a los deseos de su amante sólo para quedarse sin habla y con los sentimientos comprometidos más tarde, impactada por ambos, por lo que estaban haciendo, por lo que se decían al oído. Maragaglio acabaría como ella, confuso ante un "te amo" que no sabía cuál de los dos había soltado, sin poder parar de besarla.

Aun así, la magia al exterior era lúdica y en el hotel GLO, con la mayoría de los huéspedes reunidos en la planta baja, inició una especie de fiesta alrededor del fuego mientras Carlota y Marat avistaban asombrados las luces del norte y se maravillaban con los reflejos de las mismas en los cristales de los candelabros, en la fachada y en la escalera. Ambos señalaban hacia el cielo en medio de un ataque de risa y jugaban tomándose de las manos para brincar o dar vueltas. Al poco tiempo, unieron a Maurizio Leoncavallo a su algarabía y los tres acabaron cantando y comiendo chocolate mientras el cielo se tornaba multicolor.

sábado, 2 de abril de 2022

El último encuentro de Lía y Matt

Festejo por la liberación de Milán en mayo de 1945. Fotografía del diario Corriere Della Sera.

2 de Junio, 1945. Bar dei venti fiori, Milano, Italia.

-Los niños pueden ir a la escuela con calma ¿No te parece lindo? - sonreía Lía Leoncavallo a su marido, Maurizio Leoncavallo y ambos brindaban con sus tazas rebozantes de chocolate en su primer desayuno solos luego de acabada la guerra en el país. Para el encargado de la barra, verlos con ropa de buena calidad y dinero en el bolsillo era chocante. A diferencia del empleado anterior, este no los conocía.

-Ayer hubo una redada y arrestaron a un par de colaboracionistas de Mussolini, del resto no se sabe nada - añadía Maurizio.
-¿Aún queda alguno?
-Creo que lo sabremos pronto, pero me alegra no tener que verlos en el trabajo otra vez.
-¿Volverás a Fiat?
-No, Lía. Hablé con Saverio Troiani ayer ¿Te acuerdas de él?
-¡Claro! El sindicalista de los obreros en Turín.
-Tiene una filial aquí, quiere que su organización se vuelva nacional.
-¿Te unirás?
-Me ha propuesto ser delegado local.
-¡Eso es maravilloso! ¡Nuestros hijos deben saber de esto! ¿Cuándo empiezas?
-En dos días.
-Bueno, podemos celebrar.
-He sabido también que podré acreditar mis estudios de bachiller el próximo año.
-Maurizio ¿En serio tienes tantos planes?
-Lo pensé mucho cuando estaba por los partigianos... Te parecerá absurdo pero quiero titularme en ingeniería, en metalúrgica.
-Conoces muy bien el trabajo ¡Házlo!
-Me alegra que las campañas hayan terminado. 
-Hemos pasado la década juntos - recordó Lía y chocó su taza con la de él a manera de brindis. Él empezó a reírse.

-Nos ha dado tiempo de tener seis hijos.
-No me he quejado - respondió ella.
-Es que pudimos perderlo todo.
-Carolina y Federico no tienen miedo de cuidar a sus hermanos.
-Enzo nació el mes pasado.
-El día que trajeron el cuerpo de Mussolini.
-Llegué a tiempo.
-Me alegra que hayas estado en la Piazzale Loreto.
-Apoyé a un grupo hermano, es todo.
-¿Sabes que ocurrió esta madrugada? Federico encontró los ropones de bautizo de Giancarlo y Daniele. No tendremos que comprar uno nuevo para Enzo e iremos a la iglesia cuando quieras.
-Haré los arreglos enconces, Lía.

Ella suspiró y le cambió la voz.

-Estoy cansada.
-¿Te sientes bien?
-Cumplí cuarenta y siete años, Maurizio.
-Te ves linda.
-Gracias, es que me inquieta un poco.
-¿Qué ocurre?
-De pronto me doy cuenta de que soy una madre vieja.
-No es cierto.
-El médico me advirtió que no debo embarazarme otra vez.
-¿Aun piensas en eso?
-Nunca daré a luz a otra niña.

El encargado del bar los miró con sorpresa y se detuvo a mirar a Lía Leoncavallo para darse cuenta de lo atractiva que era. Por su parte, Maurizio Leoncavallo era tan hermoso, que ruborizaba a cualquiera que lo viera fijamente.

-¿Quiénes son? - preguntó a su distancia un hombre de cabello rubio entrecano, ojos azules y acento fuerte al hablar. La mesera no dudó en ser gentil.

-La señora y el señor Leoncavallo, son clientes de hace mucho.
-¿Desde cuándo?
-Antes de la insurrección.
-¿En serio?
-El señor es partigiano y el dueño también.
-Gracias.
-¿Le ayudo con algo más?
-¿Podría traerme un poco de whisky?
-Por supuesto.

El ambiente en el café era triste y los escombros de la calle aún no tenían fecha para desaparecer. El edificio de enfrente había recibido el impacto de una bomba y asombraba que se mantuviera en pie, al igual que los árboles que le custodiaban y la banqueta quemada. Desde su lugar, el hombre pensaba que tal vez Maurizio y Lía eran de los pocos afortunados a los que la lucha no les había quitado algo importante.

-Su trago, señor - interrumpió la mesera.
-Muchas gracias.
-¿Gusta algo más?
-Una servilleta, tal vez.
-En un momento.

Afuera, mucha gente corría con alegría y un par de hombres se introdujeron sin saludar.

-Maurizio! Maurizio! ¡Debes venir con nosotros! - dijo el más joven, uno que parecía tener veinte años y su enorme sonrisa contagiaba a los demás. El señor Leoncavallo pasó su sorbo de chocolate con rapidez.

-¡Han arrestado a Cesare Mazzoni! ¿No tienes que acusarlo de algo? - añadió el muchacho.
-Quiero ver cómo lo encarcelan, voy con ustedes.
-Mazzoni te marcó la cara ¿Cuándo se te quitó la cicatriz? 
-No lo sé, no lo había notado. 

Y dirigiéndose a Lía, Maurizio no dudo en acariciarle las mejillas.

-Tengo que ir con ellos - dijo torpemente.
-Lo sé, anda.
-Perdona por dejarte así.
-No te preocupes, debes declarar contra Mazzoni. Buona fortuna, Maurizio.
-Grazie, principessa.

Él se despidió con un beso prolongado y apasionado, ocasionando el sonrojo de los presentes. A Lía se le humedecían los ojos y se contuvo para llorar, viéndolo partir y luego asomándose hacia la calle para mirarlo desaparecer al ir de frente rumbo al lugar donde estaría el colaboracionista al que le cobraría una deuda de honor. Al ocupar de nuevo su sitio en la barra, la mujer desahogó el llanto.

-¡Al fin detuvieron a ese hijo de puta! ¡Por fin! - gritó ella y la mesera corrió a confortarla. Los pocos presentes parecían congratularse con ella y algunos aplaudían para mostrar simpatía.

-¡Ese bastardo casi viola a mis hijos y entregó a Maurizio con los fascistas! ¡Que lo cuelguen y lo desollen! ¡Que lo quemen! - continuó Lía y envalentonada, pidió el licor más fuerte que encontraran. De pronto, su elegancia se transformaba en disfraz al quitarse los zapatos y su collar. Se puso tan contenta que por poco derramaba su vaso con ginebra al momento de recibirlo.

-¡Tengo que celebrar, habrá un desgraciado menos en la calle! ¿Verdad que es una buena noticia? ¡Al fin se acabó! Tráiganme otro vaso ¡Van a colgar a Mazzoni! - remató la mujer y pasó de golpe su trago. De pronto, la algarabía afuera cobraba sentido y ella no podía ser más feliz.

-También atraparon a Ludovico Fioretti, vea - comentó alguien señalando a la puerta y Lía se topó con la imagen de un hombre siendo arrastrado. Curiosa, se colocó otra vez en la entrada y no ocultó su impresión al reconocer al detenido.

-Le advertí que apoyar a Mussolini le traería malas consecuencias - expresó la mujer con desdén y aquel la identificó igualmente, pero no pronunció palabra.

-¡Orgullosa estoy de ser la esposa de un obrero! ¡Dios bendiga al partigiano Maurizio Leoncavallo! - exclamó Lía y luego de que el rostro de Fioretti se descompusiera más, la multitud continuó llevándolo a la fuerza hacia la misma dirección donde se hallaba Mazzoni. Ambos serían exhibidos en un lugar público muy importante.

-¿Podría brindar de nuevo? Tengo un recién nacido al que no puedo amamantar, así que da igual - declaró ella al regresar a su sitio y de inmediato recibió un enorme vaso de whisky con soda dulce. A punto de tomar el sorbo, Lía se observó en el espejo del frente y descubrió en el reflejo al hombre entrecano que llevaba un tiempo sin apartarle los ojos.

-Déjame tomar una copa contigo - pidió él.
-¿Has estado aquí mucho tiempo?
-Te vi llegar con tu marido.
-No imaginé que me encontrarías, Matt Weymouth.

Él tomó su whisky de golpe y enseguida pidió el mismo trago que Lía para estar con ella. De frente en la barra, ambos lucían agotados e incluso extraños.

-Tu esposo debe ser muy valiente - inició él.
-Maurizio es listo, por eso la guerra no lo engulló.
-Eligió el bando correcto.
-Te equivocas, Matt. A Maurizio jamás le han gustado los fascistas.
-Lo siento.
-Nunca me sentí más honrada de ser su esposa que hoy. Cuando lo conocí, me impresionó que él nunca siguiera la corriente, que cada Camisa Parda le pareciera repugnante ¡Él no eligió el bando! Ser partigiano siempre ha estado en su sangre, aún antes de que existiera tal título.
-¿De verdad lo quieres?
-Lo encontré en una fábrica en el '34 y un año después me volví madre de sus hijos ¿Crees que si no lo hubiera amado entonces, podría decir hoy que es el hombre más digno? Me casé con un partigiano, con uno que existía antes de que aparecieran los demás ¡Es un simple obrero, Matt!

Lía brindó consigo misma con la ginebra que le quedaba. 

-Todos en la empresa se daban cuenta de cómo me gustaba Maurizio. Pese a la guerra hemos sido felices.
-Sigues siendo muy expresiva.
-No encuentro razón para dejar de serlo ¿También sobreviviste a las balas, Matt?
-Me uní a "La résistance" de París.
-No esperaría menos de ti.
-Me di de baja en el ejército francés hace unos días.
-¿Cómo te fue con los nazis?
-Fue el infierno.

Nadie entendía qué decían Lía y Matt y él le impresionaba que la mujer no hubiera olvidado su francés ni su melodioso acento. 

-He pensado volver a Tell no Tales.
-¿Para perder el tiempo, Matt?
-Quiero vivir tranquilo.
-No sé qué puedas hallar allá.
-No tengo dinero, tampoco una casa, la mujer me dejó y dicen que están contratando.
-Eres ingeniero, te irá bien.
-Construí un tren que no he usado y dos barrios por los que jamás he caminado.
-Agathe me escribió cuando mandaste entubar el Canal Saint Michel.
-Ahora hay agua en las casas.
-Algún día explotará.
-¿Eres una experta en construcción?
-No conoces el canal, por eso lo sé.

Matt Weymouth sonrió como si hubiera escuchado un disparate, una subestimación a sus cálculos. 

-El señor Liukin se quedó en la campiña cuidando a tu hijo ¿Irás a visitarlos, Lía?
-No tengo interés.
-¿Por qué?
-Matt, no me hagas recordar cómo quisiste matarme.

La mujer siguió bebiendo alcohol, expectante por otros colaboracionistas detenidos, deseando que pasaran frente a ella aunque no les confrotara. Aun le sorprendía que el otrora respetado ingeniero Ludovico Fioretti fuera llevado a la horca y fugazmente recordó su amorío, decepcionada de constatar cómo él se convertía en un fascista irremediable.

-¿No quieres vengarte? - retomó Matt la conversación.
-Ir a prisión por ti me parece ridículo.
-Lía, tú no me has perdonado.
-Por supuesto que no.
-¿Entonces?
-Me sirve más sentir rencor por otras personas.
-¿Y por mí?
-Mirame ¡Sin ti he sido más feliz!
-Eres muy directa.
-Era tonta pero te olvidé.
-Gracias por eso.
-Tengo a quienes odiar y a quienes amar mucho más. Tú eras un sueño de niña ¡Jamás nos quisimos, Matt!
-Eso no es cierto.
-De haberme amado, no te habrías atrevido a hacerme daño.
-¿Vas a reprochármelo siempre?
-Recordártelo y nada más... Matt, gracias a ti abandoné Tell no Tales.
-¿Prefieres vivir aquí?
-Es el único lugar donde no siento vergüenza.

Lía chocó su vaso con el de Matt y tomó su bebida de un impulso.

-Vas a terminar mareada.
-De repente me ha dado una sed que no había sentido nunca. Me alegra que sobrevivieras a la guerra, Matt.
-Nada que un buen refugio en las alcantarillas no solucionara.
-¿Disparaste alguna vez?
-En las barricadas, pero no sé si maté a algún nazi.
-Que lástima, lo habría festejado.
-¿Tú hiciste algo heroico, Lía?
-Le escupí a Mussolini en la cara cuando gobernaba el país.
-¿En serio?
-Lo juro por mi madre. También aprendí a usar un fusil y peleé contra la policía varias veces. Si una bala mía atravesó el pecho de un fascista, tampoco me enteré.
-¿Cómo tuviste tiempo de tener hijos?
-La imaginación es útil.
-Tu marido y tú están locos.
-Él siempre dijo que ganaríamos la guerra.

Para Matt Weymouth era tan singular estar frente a Lía, que debió admitir que no la conocía más. Ni ella tenía dieciséis años ni el veinticinco; tampoco eran los mismos que habían revivido la pasión en una época distinta. 

-Gané esta medalla combatiendo a los nazis. De pronto creo que me gustaría dártela.
-Quédatela, Matt. 
-No me sentiría tranquilo llegando con ella a casa. No la saco de mi bolsillo por presumir.
-Algo malo debiste hacer.
-Acompañé al "niño fantasma".
-¿A quién?
-¿No oíste de él?
-Un niño soviético que destruye armas.
-Existe.
-Creí que era un cuento.
-Prometí regresar a Francia, verlo de nuevo y despedirme antes de tomar el barco a casa.
-¿Qué haces aquí?
-Alban Anissina me contó de ti.
-No pudo quedarse callado.
-Lía, él sigue siendo nuestro amigo.
-¿Viniste a Milán sólo para saber cómo estoy?
-No deseaba creerle a los que me dijeron que tu esposo es más joven que tú.
-¿Maurizio es tu verdadero interés? 
-He confirmado que no tienes mucho en común con él.
-Somos felices.
-Se nota.
-¿Qué pensaste encontrar?
-Me dio curiosidad el tipo; a la prima Agathe no le cayó bien.
-Ay Matt ¿Qué te dijeron?
-Que te habías casado con un inútil.
-Te engañaron.
-Ese hombre te ama.
-Yo también lo amo.

Lía sonaba segura, incluso una especie de suspiro acompañaba sus reacciones cuando hablaba de Maurizio Leoncavallo. A Matt Weymouth le era novedoso, puesto que nunca creyó que ella fuera capaz de amar a otra persona. Él no podía hacerlo.

-¿Sabes dónde debería estar, Matt? Acompañando a Maurizio ¡Tenemos tanto de qué alegrarnos hoy!
-Espera ¿Te vas así?
-Sí, sólo pagaré mi cuenta ¡Qué vivan los héroes de Italia! Maurizio Leoncavallo es un partigiano y el amor de mi vida, Matt.

Cuando el silencio quiso instalarse, fue el mismo Matt Weymouth quien optó por romperlo.

-¿Conservarías mi medalla, Lía?
-No.
-¿Podrías perdonarme?
-Tampoco.
-Mujer, yo...
-La vida nos puso a combatir fascistas y nazis y hemos salido victoriosos... Ahora has querido que nos encontremos aquí y dudo mucho que no hayas averiguado de este bar antes de atreverte a venir. Si el remordimiento te ha traído delante mío, debo repetir que el rencor lo tengo por otros. Por ti siento lástima desde hace tanto...
-Lía, lamento mucho lo que te hice en Tell no Tales.
-No acepto disculpas tuyas.
-Quizás moriré pronto.
-Pero no puedes reparar el pasado... Voy con los partigianos, ahí quiero estar.

Lía dejó un par de billetes en la barra y luego de calzarse y detener su collar y su saco bajo el brazo, salió al encuentro de su marido con una enorme sonrisa. Atrás de ella, otra comitiva custodiaba a un par de colaboracionistas y se entonaban arengas y canciones partigianas como si fuera una fiesta. Matt Weymouth permaneció en el local una hora más, acabando con un par de tragos y tratando de no ser consumido por sus propias culpas en ese instante.

Poco más de un año después, él recordaría la charla luego de leer en un periódico de Tell no Tales que Italia se convertiría en una república luego de un referéndum. El partigiano Maurizio Leoncavallo había realizado una exitosa campaña en contra de la monarquía por las ciudades del norte de aquél país. 
*El texto es mera ficción.

martes, 8 de febrero de 2022

Las pestes también se van (For the peace of all mankind)


Miércoles, 20 de noviembre de 2002. Hospital San Marco della Pietà. Venecia, Italia.

Cuando el reloj marcó que faltaban veinte minutos para las dos de la tarde, se supo que Marco Antonioni era el nuevo paciente del quinto piso y ocuparía un lugar entre Tennant Lutz y Julia Töivonen en la habitación número ocho. Aquello provocó que Maeva Nicholas y Susanna Maragaglio prestaran más atención a su alrededor y Alessandro Gatell volteaba a mirarlas con la expectativa de detener una posible pelea. Sin embargo, era Tennant Lutz quien abiertamente declaraba su rechazo al nuevo vecino y esperaba echarlo cuando antes, no sin reclamarle a nombre de Miguel Louvier, sin obtener siquiera que el chico volteara a verlo.

La lluvia estaba dejando Venecia y un ligero chubasco se hacía sentir al descubrir que otra sorpresa había llegado sin preguntar. Katarina Leoncavallo estaría junto a Marco en todo momento y su mascarilla de oxígeno no era tan grande como habían afirmado los rumores del hospital. Ella fue colocada al lado izquierdo de Juulia Töivonen y ante el asombro de Gatell, se comportaba de forma más adecuada que los demás.

-Katarina, poco a poco iremos disminuyendo el oxígeno para probar que respiras mejor. El cambio de antiviral te hizo muy bien y comenzaremos con la dieta que te recomendó la nutrióloga. Procura descansar y no tomes más agua de la permitida ¿De acuerdo?... Eh, Marco, mañana te realizan el estudio de corazón así que cenarás temprano y por favor, trata de estar tranquilo. Vigilas que Katarina se termine la comida y que no la vomite, por favor. Descansen - indicaba Bruno Pelletier.
-¡Doctor! ¿Llamó mi hermano? - preguntó la joven Leoncavallo.
-Le he dicho lo que me has pedido, aunque no ganas nada haciéndole creer que sigues en Terapia Intensiva.
-Lo siento.
-He tenido que avisarle de Marco.
-¡Entonces dígale la verdad mañana! 
-Muy bien pero ¡Quietos, niños! ¿Podrían dejar de abrazarse y dedicarse a dormir?

Ante el desconcierto de Juulia, Tennant y Gatell, Katarina se aferraba a los largos brazos de su nuevo novio y le aconsejaba cerrar los ojos para que ambos se repusieran más rápido para que al llegar el horario de comida no resintieran su falta de descanso. A ambos los cubriría una manta de color marfil.

-¡Lo olvidaba, Katarina! Te voy a retirar las pastillas para dormir, ya vi que no las necesitas - señaló Pelletier al revisar otro papel, pero apenas alzó la vista, la descubrió besando a Marco y acomodándose para no tener frío de nuevo.

-La mascarilla también se irá por lo que estoy viendo - murmuró divertido y un tanto sorprendido porque la joven recuperara energías. Al salir al pasillo, Gatell mismo se encargaría de sacarlo del ensueño al decirle que Katarina volvería a sentir dolor una vez que su adrenalina hubiera pasado.

-¿Revisaste sus papeles? 
-Por eso me ocupo de que siga la dieta, doctor Gatell.
-¿La vas a llenar de calcio?
-También de proteínas porque ha estado perdiendo masa muscular... Gatell ¿Le hablaste de este asunto? 
-¿Ella está consciente de que es serio? Cuando le mandé a hacer los estudios, le compartí mis sospechas.
-¿Qué le dijiste?
-Que su peso es bajo.
-¿Te habló de los escalofríos?
-Le dieron por la fiebre.
-¿No te mencionó que lleva un mes sintiéndolos? Tampoco le notificaste su osteopenia.
-No me dio tiempo.
-Como sea, yo la atiendo.
-¿Omití algo?
-Preguntarle qué come y asegurarte de que tomara vitaminas. 
-Le pedí análisis de sangre.
-Pero llegaron antes de que enfermaras y no los leíste. Iré a llenar documentos y hacer revisiones, me retiro.

Pelletier se alejó feliz de hacer una reprimenda a Gatell y luego de pasar a otra habitación con algunos pacientes rezagados, pensó mucho en Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni. A él lo conocía desde hacía tiempo, era su paciente y llevaba meses sugiriéndole abandonar su empleo de gondolier. También recordaba sus largas charlas sobre Katarina, las confidencias de escasas frases compartidas, la rutina de acompañarla a casa ante las incesantes miradas de Maurizio Leoncavallo o de Maragaglio. La vez que ambos se encontraron en la biblioteca y ella se había reprimido tanto, que en lugar de leer, había llorado por la impotencia de saberse vigilada. Para Pelletier, ayudar a alguien que consideraba su amigo era un gran gesto y por eso había aprovechado la oportunidad para lograr que la pareja al fin se encontrase, así el método fuera un tanto ortodoxo y hasta vulgar. Al menos, podía estar con ambos mientras sanaban y desear lo mejor, a salvo de que los dominantes Leoncavallo se atrevieran a intervenir en lo inevitable.

Luego de hacer llamadas extra a familiares de enfermos que iban mejorando, las enfermeras y otros médicos tomaron descanso. El horario de comida estaba por comenzar y el tal Tommy Gunn se levantó de la cama para caminar un poco. Aunque llevaba un tanque de oxígeno consigo, había oído sobre la presencia de Katarina y quiso verla, curioso por la bata de enferma a la que el sudor volvía transparente. Era tal la belleza, que los primeros sobrevivientes de Terapia Intensiva contaban cómo eran sus muslos, cómo su cintura se marcaba y cómo la sombra seductora de su pecho los obligaba a maldecir la prenda que lo cubría. A una mujer así, no podía dejársele ir.

Tommy fue asomándose en cada habitación de la quinta planta y luego de encontrarse a Maeva Nicholas para no dirigirle la palabra, se dirigió a la siguiente puerta, encontrando al desconocido Tennant Lutz reclamando y llamando "descarada" a Katarina sin pudor. Una cortina rosa mate separaba la cama de junto y Tommy entonces sorprendió a Marco Antonioni besando a la chica mientras ésta intentaba correr otra tela rosa para impedir la vista de la boquiabierta y desconcertada Juulia Töivonen. Tal y como los rumores habían prometido, la bata de Katarina Leoncavallo dejaba ver la exacta forma de su cuerpo y de no ser porque Marco la abrazaba, no habría hecho falta verla desnuda. El hombre se impresionó tanto, que prácticamente salió corriendo para buscar un sitio donde pudiera estar solo.

-Oye ¿Qué hay de Maurizio? ¿Él sabe de esto? - alcanzó a preguntar Juulia.
-Que se vaya al diablo - murmuró la joven Leoncavallo.
-Muchas gracias.
-¿Podrías ayudar con la cortina?
-Supongo que sí.

La joven Töivonen cumplió la petición y de paso, le sugirió a Tennant Lutz cerrar la boca. Aquél no quería ceder y prometía que Miguel iba a tomarse tan en serio el asunto, que no quedaría ni rastro de Marco. Los enamorados se reían de él sin malicia y continuaban con sus abrazos y caricias mientras respiraban a momentos con sus mascarillas para no sofocarse.

En el hospital podía sentirse una vibra un poco más relajada que en los días anteriores y un necesario silencio se instaló en cada rincón junto a efímeros rayos de sol. La proximidad del invierno se anunciaba en las ventanas empañadas, pero cualquier quejoso podía ser feliz con un poco de mimos de parte del personal. Las bandejas con comida y agua empezaron a ser repartidas y el asco de Maeva Nicholas motivaba a Susanna Maragaglio a levantarse y tratar de alimentarla adoptando una posición maternal que en esa instancia no sabía si era hipócrita. Las dos mujeres apenas se miraban, no disimulaban la incomodidad, pero lograban consumir un plato de pasta.

-Me dijeron que Ricardo está en un hotel - contó Maeva luego de esforzarse con un bocado. Susanna sonrió como si aquello le diera pena y replicó preguntando.

-¿Por qué lo metieron en uno?
-Para que no ande contagiando. No sé mucho, sólo que se queda con Miguel.
-Han de estar angustiados por Tennant.
-¿Quién no? Se puso peor que yo.
-Él no devuelve cada cosa que pasa a su estómago.
-Prometo no hacerlo hoy.
-Maeva, es normal.
-Esto duele. 
-Algo, pero es más difícil no respirar.
-Es cierto. Escuché que Katarina llegó tan mal, que la iban a intubar.
-Era nuestro temor en casa, pero resistió.
-Tienen que agradecerle a Ricardo.
-¡Ay, Maeva! 
-Oye, Susanna ¿Es cierto que Maragaglio vendrá a verte?
-No creo que lo dejen pasar... Pero me habías oído antes, tramposa.
-Al menos tu hombre está sano.
-Me interesa que cuide a los niños.
-¿Se quedaron solos?
-Los llevaron con mi hermana.
-Eso está bien.
-¡Con que Anna no se peleé con Maragaglio!

Aquella conversación se escuchó perfectamente en la habitación contigua, cuando Katarina y Marco interrumpían sus demostraciones de afecto por prestar atención a sus charolas con comida. Incluso, el impertinente Tennant establecía tregua para acabar con su hambre y divertirse un poco, comentando que sentía un olor familiar cerca y quizás era señal de que se recuperaría pronto. Juulia guardaba silencio y se limitaba a alimentarse con una gran sonrisa.

-¿Qué te dieron? - preguntó Marco.
-Tengo pescado, pasta, una ensalada verde, un pudín de chocolate y creo que muesli... ¿Cómo me voy a comer todo esto? ¿Por qué tu bandeja está más vacía? - se asustaba Katarina.
-Dijeron que te darían dulce.
-El pescado está salado.
-Claro que no.
-¡No como sal!
-Por eso te sabe así.
-¡Es horrible!

Entonces otra voz se escuchó.

-La sal es para estimular tu apetito - dijo el doctor Pelletier.
-¿Qué? Sólo me dará sed - se quejó ella.
-Necesito que te acabes todo. 
-Esto es incomible; Marco no tiene tantas especias.
-Haré que subas de peso, Katarina.
-¿Con cuánto salí?
-Cuarenta kilos.
-Ah, con razón me siento mal.
-Milagro que no te hayas fracturado o desmayado.
-¿En serio puedo... Usted sabe, acabarme toda la comida?
-Si no lo haces, te quito a Marco de junto.

Katarina se rió y enseguida ingirió cada cosa que le habían servido con previsible voracidad. Pelletier la miró con agrado y se retiró al pasillo para revisar unas evaluaciones antes de tomar su propio almuerzo en otra parte. Alessandro Gatell no le cuestionaba; no tenía argumentos para ello y cierta vergüenza se apoderó de él al notar que su colega atendía a la joven Leoncavallo de manera más acertada. Claro, podía acusarlo de ser poco ético al consentir que Marco Antonioni estuviera con ella pero, dado el hacinamiento, había una causa un tanto justificable. Sin embargo, era capaz de decir que Katarina tenía razón: Los alimentos eran terribles; los pacientes los consumían por no existir alternativas. Si había que hacer un reporte, debía ser sobre la cocina y su menú desastroso de pescado.

-¡Te daría chocolate si no te lo hubieran prohibido, Marco! - exclamaba ella y todos se daban cuenta de que la joven probaba el postre con desbordado entusiasmo. 

-Es asqueroso - se quejó Tennant Lutz al lograr olfatear su raciones y también al percatarse de que la pareja de junto desbordaba de hormonas.

-Tu boca sabe a chocolate, Katarina - expresaba Marco y la besaba sin querer despegársele. Sin embargo, fue el mismo Tennant el que, alegre de recuperar su sentido más preciado, notó que el aroma familiar que le agradaba se mezclaba con el de la chica Leoncavallo con bastante fuerza. Marco Antonioni olía a madera y sal como cualquier gondolier; Katarina soltaba una dulce fragancia de miel, pero un espíritu de sándalo y alcohol desconcertó al chico y luego de correr un poco la cortina para percibir mejor, descubrió lo que no hubiera anhelado. 

-¡Katarina, eres una maldita bruja! - gritó Tennant, pero sus vecinos no le hicieron caso y él mostró su cara de decepción involuntariamente a Susanna Maragaglio al volver ésta a su lugar junto al doctor Gatell.

-¿Estás bien? - le inquirió ella e inquieta, se acercó para saber qué ocurría. Tennant no habló y se limitó a terminar sus raciones con enojo creciente, incrédulo igualmente. 

-Si van a pelear, háganlo fuera de este hospital - pidió Gatell y el ánimo volvió a calmarse, al punto de que no había ruido ni voces después de unos minutos. Así transcurrió una hora un tanto aburrida, con apenas lluvia al exterior; con el sol un poco más resplandeciente. Cuando el personal volvió a sus labores, Katarina y Marco dormían aparentemente, cada uno en su propia cama, ella aferrándose a su manta para no sentir tanto frío, a pesar de seguir sudando sin parar. Su olor era intenso para Tennant, quien no sabía si se hallaba asqueado o con hartazgo de saber sobre las aventuras de los demás, de tener certeza de quién había tenido sexo con tal o cuál persona. Ahora entendía que Katarina Leoncavallo había provocado un lío peor al previsto y lo más grave era saber que Ricardo Liukin era corresponsable en la misma proporción. Temía provocar un escándalo o que su voz se oyera por todo el pasillo, así que movió la cortina de nueva cuenta cuando los encargados de la cocina se retiraron luego de asear un poco el lugar para no dejar restos de comida.

-Katarina ¿Estuviste con mi padre? - curioseó con tono bajo.
-Él me trajo - respondió ella con un murmuro.
-¿Dónde estaban?
-¿Qué quieres saber?
-Te acostaste con él.
-¿Qué?
-¡Hueles! 
-¿De verdad? Me bañaré cuando me sienta menos rara.
-¿No lo niegas?
-Le prometí hablar con Miguel y no verlo.
-¿Qué rayos? ¡Eres una...!

Tennant no completó su frase.

-Ella te oyó, dejala en paz - intervino Marco y enseguida besó a su novia, además de tapar la vista del vecino sin miramientos. El joven Lutz se quedó sin palabras, tratando de entender lo ocurrido cuando reparó en que una nueva explosión de hormonas invadía su agotado olfato. Callado y con mayor enojo, decidió batallar una vez más, pero al descubrir la tela rosa, se topó con la visión de Katarina Leoncavallo desvestida, bella.

-Increíble - expresó Tennant y regresó a su lugar para no seguir mirando. Una involuntaria satisfacción le daba la oportunidad de estar más tranquilo, entendiendo de golpe lo que la chica provocaba en cualquier hombre cuerdo o estúpido que se cruzara delante. Gracias a una sombra, se dio cuenta de que Marco correspondía al deseo femenino después de preguntar por el consentimiento y no quiso enterarse de lo demás. De pronto, el asunto con Miguel se hallaba resuelto y los Liukin se habían librado de Katarina rápidamente. Un complot familiar no era necesario, pero el costo de la lejanía era terrible y delatar o esconder lo pondría contra la pared. Más que nunca, Tennant deseó no ser un bocón y recordó entonces que le debía su lealtad a Ricardo Liukin, el único ser humano que le había aceptado en un momento vulnerable y era incapaz de juzgarlo por las decisiones tontas que acostumbraba tomar.

-¿Qué hiciste, papá? - se dijo a sí mismo y observó al doctor Pelletier entrando al cuarto dispuesto a seguir con sus anotaciones. La cara de cautivo le apareció casi enseguida y Tennant adivinó bien.

Pelletier miraba la espalda de Katarina Leoncavallo y a Marco Antonioni amándola con besos lentos y sus manos temblorosas. Ella incluso se ataba el cabello para dejar libre su cuello y despejar su rostro antes de dejarse llevar por el ritmo de su novio, al que no paraba de susurrarle que le amaba mucho.

Cuando los ojos del médico se posaron en la cintura de ella, este pensó que era momento de apartar a la pareja para prevenirse un regaño. No lo haría. Optó por respetar su privacidad y se prometió no sorprenderlos haciendo el amor otra vez. Y tomando en cuenta la espera mutua, era natural que ambos jóvenes no necesitaran más tiempo para decidir algo tan importante.

viernes, 7 de enero de 2022

Caminar juntos (Cuento por la Navidad Ortodoxa)


Tell no Tales, miércoles 20 de noviembre de 2002.

Lleyton Eckhart había pasado días enteros revisando documentos y consultando especialistas por lo ocurrido en el canal Saint Michel, razón que lo motivó a tomar un paseo cuando pudo concretar un expediente preliminar para la demanda. Hacía mucho calor al llegar a la playa cercana al cementerio, pero al levantar la vista se dio cuenta de que la familia Mukhin estaba haciendo picnic sobre una de las tumbas. Bèrenice y Luiz parecían comer empanadas y ella gritaba entusiasta "¡Son de carne! ¡Son de carne!".

-Bèrenice ¿Tú quieres que toda la ciudad venga a pelear con nosotros? ¡La gente todavía no tiene comida suficiente! - regañaba Micaela Mukhin y la chica demostraba su gesto de pena mientras masticaba como una niña. Roland Mukhin, menos ocupado en aquel reproche, notó la presencia de Lleyton Eckhart y lo hizo saber.

-Bèrenice, vino tu amigo.
-¿Quién, Marat?
-El tal Lleyton.
-¿Dónde está?
-Asómate.
-¿Qué hace ahí? 
-¿Por qué no lo invitas?
-¿Qué? No creo que venga.
-Llámalo.
-Mejor voy por él.
-¡Oye, termina el bocado prime...! ¡Estás embarazada, ten cuidado!

La mujer bajó la cuesta y casi corriendo, se acercó a Lleyton, sosteniéndolo del brazo para detenerse. Luiz sólo asomaba su cabeza sin curiosidad desde la distancia.

-¡Hola, señor Lleyton! 
-¡Bèrenice, cálmate!
-¡Perdón! Es que lo invito a comer.
-¿Qué?
-¿Quiere empanadas? Son de carne.
-¿De qué? 
-Tiene hambre.
-¿Cómo sabes?
-A veces Claudia habla de usted.
-¿La señorita Muriedas?
-Dice que siempre que consigue algo, lo regala. Venga, un poco de comida no le caerá mal.

Ella sonrió inocentemente y él la siguió al sostener su mano, sin evitar mirarla.

-¿Qué tal su novia, señor?
-Tú siempre tan parlanchina.
-¿Rompieron?
-No.
-¿Entonces? Supe que no la ve.
-Ella está ayudando en las caballerizas de la campiña, es normal que sólo podamos estar juntos en la noche y siempre la dejo en su casa.
-¿Le gustan los caballos?
-Dan mucho trabajo y no tengo tiempo.
-Qué lástima.
-¿Qué has hecho?
-¿Yo? Ayer cerramos la cantina, no tenemos suficiente salkau, ni vino, ni pistaches... No hay qué servir.
-Los ebrios deben estar enojados.
-Don jefe y pequeño jefe fueron a un molino para ver si pueden conseguir sémola. Se nos acabó hasta la sopa de pan.
-Son días difíciles para todos.
-En casa no la pasamos tan mal y puedo invitarlo, Lleyton.

Ella lo guió hacia el grupo luego de jalarlo de la mano. La tumba donde se apoyaba una gran canasta estaba cubierta de decoraciones de papel morado y un curioso retrato en blanco y negro era abrazado por Micaela Mukhin. A Lleyton Eckhart le costaba no sentirse incómodo por ello al aproximarse y ver a Luiz con su actitud tan ligera le alimentaba ciertos celos que pretendía ocultar.

-Dénle al señor Eckhart una empanada y algo de beber, que no piense que somos descorteses - saludaba Roland Mikhin y su hija obedecía inmediatamente con una gran sonrisa. El invitado no sabía qué hacer, salvo preguntas.

-¿Cómo consiguieron la carne? Creí que nadie tenía en la ciudad - preguntó Lleyton.
-La pedimos a un carnicero en Vichy - contestó Roland.
-¿Fueron al pueblo?
-Luiz lo hizo. Afortunadamente le vendieron cuánto quiso y nos trajo botes de pistaches y mermelada de arándanos.
-¿Pistaches?
-¿No le gusta el pan de pistache, señor Eckhart?
-Me sorprende que hayan podido comprar algo.
-No todo el país sufre desabasto ¿Cuándo van a arreglar el de aquí? 
-Pronto, el Ministro de Economía se encarga de eso.
-Los pistaches de los árboles se están agotando.
-Bueno, al menos se liberó la fruta que Industrias Izbasa cosecharía este otoño. 

Roland miraba a Lleyton como si este mintiera, pero eligió conservar la paz del picnic al notar que Bérenice y Luiz se reían de un chiste malo y su esposa miraba al mar sin abandonar la ingesta de empanadas. 

-Señor Eckhart, tenga confianza y coma - prosiguió.
-Me cuesta trabajo.
-¿Todo bien con la consciencia?
-Uno cree en sus amigos.
-Siempre van a fallar.
-Lo aprendo tarde.

Bèrenice volteó a ver a ambos hombres y Lleyton finalmente se animó a dar un bocado sin evitar sentir que su estómago descansaba de la dieta de café diluido de la última semana. Tampoco había dormido bien y sus grandes ojeras delataban igualmente sus ojos irritados y sus brazos cansados.

-¿A usted le gustan las cerezas? - preguntó Micaela Mukhin de repente y Lleyton supo que le estaban integrando a una conversación familiar.

-Hace mucho que no las como.
-¿Y las grosellas?
-He olvidado su sabor.
-Se nota que usted es un hombre poco alegre.
-¿Por qué?
-Le gustarían los sabores dulces.
-Eh, debo confesar que me gustan los plátanos con pétalos de rosas.
-¿Los que venden en Láncry?
-¿Los ha probado, señora Mukhin?
-Tuve que hacerlo.
-Intenté hacer unos y creo que no funcionó.
-Muéstrenos sus manos.
-Aquí están.
-Se nota que nunca cocina.
-No suelo estar en casa.
-Se parece a nosotros, sólo que aprendimos a hacer la cena porque nos gusta comer juntos.

Lleyton se rió casual y terminó su primera empanada antes de recibir un vaso con agua mineral e intuir que no debía preguntar por la persona de la foto cuya cara parecía la de un pequeño duende. También reparó en que Bèrenice hallaba los segundos para mirarlo dulcemente mientras disfrutaba de una empanada de grosella de un tamaño particularmente pequeño. Así entendió que podía hablar con ella sin llamar la atención central y sin que intervinieran Luiz o los Mukhin para establecer una contención; sin importar que Roland Mukhin reconocía la atracción mutua entre su hija y aquel improvisado invitado sin meterse en el asunto.

-Tenías razón con elegir el peluche de pirata para mi sobrino, combina bien con su cuna y los regalos que le dieron de recién nacido. Gracias, Bèrenice.
-¡De nada, señor Lleyton!
-Incluso mandé poner detalles en la pared de su habitación y le instalé un timón.
-¿Se ve bonito?
-Podrá jugar bien cuando crezca un poco.
-Usted va a ser un súper tío.
-Más me vale.
-¡Nos veremos en el parque cuando nazca mi bebé!
-Los niños podrían ser amigos.
-¡Tendrían su banda pirata y nos veríamos mucho!

Ambos se rieron sin darse cuenta de que habían hecho su primer plan juntos e incluso brindaban al respecto. Parecía que tendrían numerosas citas en un futuro un tanto próximo y eso era razón para continuar con la dinámica de verse de vez en vez por el momento. No importaba que Luiz mencionara que también podrían jugar a la pelota con los niños u organizar una parrillada como la del otro día.

-¡Bèrenice! ¿Cómo sigue tu nariz? No he preguntado - continuó Lleyton.
-¿Por qué lo dice?
-Te di un balonazo.
-¡Ay, fue hace mucho! Jajajaja.
-Sangraste ese día.
-Pero no fue nada.
-Aun sigo apenado.
-Estoy bien.
-Te debo un helado.
-¡Uno de manzana!
-Prometo regalarte un bote cuando vuelva el abasto.
-Es un trato.
-Promesa, más bien.

A Lleyton Eckhart le sorprendía mencionar algo así y prefirió tomar más agua para callarse de una vez. Ella lo imitó.

-Parece que lloverá, el viento se está haciendo más frío - notó Micaela Mukhin y los demás voltearon a verla.

-Tendrás que ponerte un abrigo para trabajar mañana.
-Roland ¿Te quedarás en casa, verdad?
-Con esta silla, qué remedio.
-No me acompañarías a caminar por ahí en mi hora libre.
-No faltaría a algo tan importante.
-He pensado que tal vez dar un paseo nos hace falta.
-No hemos estado solos en un tiempo.
-¡Me pondré un vestido rosa!
-Y yo corbata.

Los Mukhin parecían felices y Luiz agregó que prepararía una sopa de calabaza para esperarlos en casa. Bèrenice entonces le alborotó más el cabello y él empezó a reírse.

-Que se diviertan mucho - remató Lleyton y los demás se sonrieron con él, como si olvidaran que seguían en el cementerio. Al poco rato, estaban todos ingiriendo las empanadas que quedaban en absoluto silencio, pero con miradas que delataban una enorme alegría por estar ahí. 

-¿Podríamos hablar? - susurró Lleyton a Bèrenice en voz baja en cuanto la canasta se vació. Ella aguardó a terminar su bocado para aceptar y enseguida, él propuso verse en el supermercado de productos de bebés de la otra vez, frente al pino de su área de descanso.

-¿Qué querrás decirme? - curioseó la joven.
-Lo averiguaremos.
-Lleyton...
-¿Berenice?
-Nada, mejor en nuestra cita.
-¿Segura?
-Caminaremos mientras compro chucherías y llevaré a Scott para escogerle un overol y una gorra. Espérame al mediodía.
-Ahí estaré.

El picnic siguió cuando Roland se abrió otra botella de agua mineral y Micaela Mukhin colocó el retrato blanco y negro sobre la tumba donde tomaba asiento. La plática familiar se reanudaba y resultaba tan divertida, que a nadie le interesaba cuánto se prolongara. Los Mukhin parecían tener una conversación interminable e incluso Luiz, que había permanecido expectante, era capaz de provocar risas con sólo abrir la boca, sin mucho esfuerzo en contar cualquier anécdota reciente al lado de Bèrenice.