domingo, 31 de julio de 2016

Una amarga resaca


Tennant Lutz despertó a las seis de la mañana y se asustó de ver a Stendhal Trafalgar durmiendo a su lado, puesto que había soñado con su partida. Tratando de no despertarlo, se levantó sigiloso, yendo a la regadera y encerrándose, con una esperanza de que el agua helada se llevaría los rastros del sexo. De tanto tallar, la piel se le irritaba casi hasta sangrar, aunque en el fondo Tennant Lutz estaba asqueado y le pesaba no haber detenido a un Stendhal que lo había besado y acariciado demasiado, susurrando su nombre un par de ocasiones. De pensarlo mejor, le causaba escalofríos saber que había correspondido a aquellos estímulos, pasando por alto algo en lo que curiosamente continuaba seguro: Los hombres no le atraían, ni siquiera para volverlos sus amigos.

Desesperado, concluyó su ducha y salió a vestirse rápido, topándose con que Stendhal se había ido, no sin haber aseado la habitación; sobre la cama se hallaba la ropa de Tennant limpia y planchada, una nota de despedida y el olor a una loción idéntica a la de Cumber que provocaba mareos. Después de colocarse la camisa y el pantalón, Tennant decidió ir a la sala, coincidiendo con el mismo Cumber en la puerta. Aquél ponía de cara de burla mientras sostenía un vaso.

-¿Te divertiste? - inició.
-Cállate - contestó Tennant.
-¿Al menos limpiaron el semen?
-Usamos preservativo, no te preocupes.
-¿Te gustó?
-Déjame en paz.
-¿Jugo?
-Gracias.
-Tu novio se acaba de ir.
-Cierra la boca.
-Te hizo el desayuno, muy romántico.
-¿Te quieres callar?

El joven Lutz respiró hondo y arrebató el vaso para dar el sorbo, sin darse cuenta de que Cumber tomaba el mensaje de Stendhal y pretendía continuar molestándolo.

-¿No vas a leer la cartita de tu novio?
-¡Vete al infierno, Cumber!
-A mí nunca me han escrito una.
-¡Dámela!
-Está un poco pesada.
-Trae acá.

Tennant arrebató el sobre de las manos de Cumber y al igual que él, se desconcertó por no sentirlo ligero. Intrigado, lo abrió y encontró una tarjeta en la que se leía "Merci" con perfecta caligrafía pero había algo más: un paquetito con billetes de 5€.

-Oye, viejo ¿estás bien? - preguntó Cumber y acto seguido, el joven Lutz tiró su bebida al piso junto con la tarjeta y el sobre.

-Tennant, hey, ¿todo normal?

Cumber entonces se dio cuenta de lo que realmente había pasado: La noche anterior, Tennant se había negado a los deseos de Stendhal y en vez de ayudarlo, había cerrado la puerta, dejándolo vulnerable.

-Tennant ¿quisiste acostarte con él?
-Hoy resulta que me pagó.
-Tennant...
-Tú nos viste, también nos escuchaste.
-Lo hice pero pensé que estarías bien.
-¿Cuánto valgo?
-¿Qué?
-¿Cuál fue mi precio, Cumber?
-No creo que debas preguntar.
-Estás contando los billetes, dímelo.

La mirada extraviada de Tennant hacía dudar a Cumber de revisar la cantidad y decirla, temiendo que el otro se rindiera en el piso y tuviera que sacarlo del apartamento a la fuerza el lunes; pero lo cierto era que ni él concebía semejante grosería, remordiéndole apenas la conciencia.

-50€ - pronunció Cumber secamente.
-Se deshizo de mí.
-Tennant...
-¿Hace cuánto se fue?
-¿Diez minutos?
-¡Hijo de puta!
-¿Dónde vas?

Cumber trató de contener a un Tennant que de tan furioso se colocaba un saco y salía del departamento azotando la entrada. Advirtiendo que también lloraba, Cumber pronto imaginó que el chico se convertiría en carne de cañón y Stendhal lo haría trizas, así que más valía hacerle comparsa en una batalla desigual.

-No vayas - sugería Cumber.
-Tengo que destrozarle la cara.
-¡Tennant deja de joder y regresemos!

Tennant volteó hacia él y sosteniéndolo de la camisa exclamó:

-Lo único que me queda es el derecho de darle a Stendhal un puñetazo.

Intentando entenderlo, Cumber se limitó a seguirlo por la calle, creyendo ingenuamente que era un asunto de orgullo. Lo que no advertía era que Tennant se jugaba el honor y realmente no le importaba caer noqueado si conseguía dejarle a Stendhal algún rasguño mínimo como muestra de que también era capaz de reducirlo a nadie con la simple decisión de hacerlo. Cumber nunca entendería que Stendhal era inmaterial para el mundo y su derrota consistía en recordarle su naturaleza tangible, esa misma que Tennant había comprobado ya y por la que no podía permitir que lo pisoteara. Aquello era un juego de poder en el que el pequeño joven Lutz podía convertirse en hombre o devenir en cobarde, dos definiciones que lo aterraban pero por las que debía tomar la alternativa así costara pasar por el ridículo.

-Stendhal te va a volar la cabeza - sentenció Cumber en un cruce por el cual Tennant no había reparado en el semáforo en verde, ganándose los reclamos de dos automovilistas que se contuvieron de insultarlo cuando volteó a verlos como si hubiese contraído una enfermedad irreversible y mortal por la que deseara apretar el gatillo en su cabeza.

A ese punto, los oídos de Tennant Lutz estaban cerrados y podía sentir el corazón a unos segundos de reventar, no obstante el olor de Stendhal Trafalgar se percibiera cercano y se atreviera a seguirle con el único fin de apartarlo de la gente y enfrentarlo. Por supuesto, el almirante se sabía localizado y mantenía una ligera sonrisa por deleitarse con el aroma del cuerpo de Tennant, mismo al que quería recordar con la mayor pureza posible para conformarse con una imagen sencilla. Extrañamente, Stendhal captó los latidos de Tennant y cerró los ojos cuando se detuvo de imprevisto para oírlos, memorizando su ritmo y tono, determinando que era el sonido más agradable de la tierra. Evitando con fuerza caer distraído, Stendhal se percató de que ese corazón pararía y sereno, se giró para ver a Tennant, cuya expresión le desconcertó por su fiereza. Nunca había osado alguien tener tal actitud frente de él y menos contradecir la regla no escrita de jamás exigirle explicaciones. Sonriendo aun, Stendhal volteó en todas direcciones y tomó a Tennant del rostro para llevarlo consigo a la callejuela contigua, manteniéndolo contra una pared para persuadirlo de abandonar cualquier intención que tuviera. Cumber por su lado, se quedaba a la expectativa, listo para defender a Tennant o apartar a Stendhal, lo que fuera más sensato o más bien seguro para sí mismo, de todas formas escaparía de ese rincón con uno de los dos. Viendo el rostro de Tennant, se llenó aun más de culpa.

-Te recomiendo dar los pasos a otro lado - dijo Stendhal a Tennant.
-Déjate de hablar como idiota - replicó el último.
-No le responderé a un niño sólo porque fui su caramelo.
-No te rías.
-¿Vas en serio, Tennant?
-Tanto como tus 50€.

Stendhal no supo por qué, pero la sola mención del dinero le molestaba, como si en vez de reproche, Tennant le dedicara una ofensa.

-¿No puedo agradecerte por la noche?
-¿Con dinero, idiota?
-¿Quieres repetir?
-Ni aunque te humilles, cerdo.
-¿Suplicarte? Eres indeseable.
-Entonces ¿por qué estás mordiéndote los labios?
-Apetito.

Stendhal mordió al joven Lutz y no tardó en presumir la sangre en sus dientes, ni el gran charco que se formó en segundos. Se veía tan dramático que acabó sobresaltado cuando Tennant intentó defenderse, así fallara la puntería de sus puños. Enfadado, el almirante Trafalgar le arrojó al suelo, propinándole fuertes patadas y terribles derechazos, causando que Cumber decidiera arrastrar al chico Lutz fuera, no obstante, ese mismo se lo impidiera, al levantarse sorpresivamente y arrojar el pago de Stendhal al piso. La inexistente lluvia de billetes fue un insulto mayúsculo para el marino, porque violaba su voluntad, al menos la que había impuesto a Tennant de compensarlo por saciar sus deseos con él, pasando por encima de su identidad y aprovechándose de su necesidad de cariño. Si el chico no aceptaba 50€ y tampoco más, entonces no le alcanzaría para someterlo y odiaba la mínima muestra de sentimientos de su parte, porque de ser ventajosos, ahora se antojaban un peligro porque aferraban a Tennant a seguir con el enfrentamiento hasta la última consecuencia. Sin embargo, el mismo Stendhal no entendía porque había elegido la táctica del sobre y comprendía menos como Tennant resistía sus agresiones una y otra vez, cada vez con mayor debilidad física y paradójica fuerza emocional.

-No puedes ganarme, no insistas Tennant.
-¡Te romperé algo!
-Demostraste lo que querías, basta.
-¿Por qué me golpeas con todas tus fuerzas? - río Tennant.
-¡Calla! - contestó Stendhal estrujándole el cuello.
-No será la resistencia o el Gobierno lo que te venza, sino yo ¡hijo de las mil putas! - gritó Tennant e inesperadamente, rozó la nariz de Stendhal con sus nudillos, gracias a un agónico y fallido puñetazo que perturbó el ambiente alrededor.

-Nadie nunca me toca - pronunció Stendhal Trafalgar cerca del shock.
-Yo lo hice, dos veces - contestó Tennant Lutz vencedor mientras notaba que su raro contacto producía un sangrado en su adversario.

-¿Qué son esas gotas? - preguntó el almirante torpemente al contemplarlas caer de su rostro y manchar la mejilla de Tennant - ¿Qué color es ese? ¿Es rojo?

El gesto horrorizado de Stendhal contrastó con su furia descontrolada y se ocupó de estrellar la cabeza del joven Lutz en el pavimento, ante la intervención de Cumber para contener la pelea. La inmensa fortaleza de uno impedía defender al otro y cuando todo apuntaba a que Tennant resultaría inconsciente, otro chico, más delgado pero más alto que Stendhal se apareció, sujetando a este último y derribándolo, asegurándose de dejarle unas cuantas cortaduras pequeñas y sutiles en el rostro con unos vidrios regados en el piso.

-¿Svante? - se sorprendió Cumber y levantó rápidamente a Tennant para llevarlo de regreso a casa, un poco temeroso de que el almirante reaccionara y atacara a los tres sin distinciones.

Mientras duró el trayecto, fue Svante el que se encargó de vigilar que caminaran seguros, pero no hacía falta. Inexpresivo todavía y caracterizado a medias como payaso, el muchacho prefería hacer notar que portaba una enorme bolsa de papel, dando a entender que su intención original era visitar a Cumber para comer y no meterse en un pleito del  que nada tenía que ver, a pesar de que el maltrecho Tennant le producía compasión y terminó por llevarlo en brazos hasta el apartamento, depositándolo en el sofá y limpiando sus heridas, sin contenerse en darle un beso en la frente.

-"¿Por qué peleaban?" - escribió Svante en un pequeño pizarrón blanco que había adquirido para ahorrar papel.
-Nada, cosas gays.
-"¿Tu amigo es gay?"
-Resultó que no.
-"Se ve adorable"
-Por esa razón acabó en el suelo.
-"Dan ganas de abrazarlo"
-Svante, no me importa con quienes te cojas pero no te metas con Tennant.
-"¿Por qué haría eso? Tu amigo se ve bonito pero no es una mujer".
-Menos mal, si fueras homosexual te echaría hoy de aquí.
-"Tu amigo llora"
-Pasó una pésima mañana.

Svante se separó de Tennant y sin apartarle la vista, sacó de la bolsa un bote grande con sopa y cajitas pequeñas, ofreciéndole enseguida unas raciones.

-"Lo que pasó ya no importa" - le expresó. Tennant Lutz conservó su pose pero no se opuso a que el clown lo alimentara.

-"Tienes que sanar. Toma lo que quieras, es comida china ¿te gusta?" - preguntaba Svante con interés hasta que Cumber le hizo la seña de que lo dejara en paz y mejor fuera a la cocina para conversar.

-No molestes a Tennant.
-"No lo hago"
-No le preguntes nada.
-"¿Qué le sucedió?"
-El muy idiota se acostó con Stendhal y salió mal.
-"¿Sabes por qué?"
-Stendhal estuvo aquí ayer y medio lo sedujo, no quiero dar más detalles.
"Tu amigo no es gay"
-Ese es parte del problema.
-"No entiendo".
-No lo cuentes.
-"Claro".
-Stendhal trajo a Tennant aquí anoche y lo forzó a medias a tener sexo.
-"¿Y qué estabas haciendo?"
-Estaba ebrio, pensé que Tennant podía con eso.
-"Fuiste un egoísta"
-¡Ea! Que escuche todo y ese que ves en el sofá la pasaba bien.
-"¿Qué cambió?"
-Supongo que primero se arrepintió porque no me toleró una broma; después... Bueno, me gustaría no recordarlo.
-"¿Tan malo fue?"
-Tennant ganó la pelea, con eso tiene para estar tranquilo.

Svante decidió quedarse con Tennant y halló a éste lamentándose inconsolable en la ducha.

-Ayer dijo que me quería y hoy me me desechó pagándome 50€ - declaró Tennant - Me entregué a Stendhal ¿por qué me hizo eso? - concluyó y Svante lo estrechó, percatándose de que aquello acabaría en una anécdota muy dolorosa. El agua purificaba a Tennant y en sus ojos, se comenzaba a adivinar el aspecto de un hombre, que dejando de lado su orgullo, aceptó los cuidados de Svante como una deuda de gratitud.

sábado, 14 de mayo de 2016

Unos amigos


Para mi amiga Claudia, una súper fan de Niko Kovac.

Tell no Tales.

En la Estación Central de Policía era día de entrevistas y Maddie Mozer anunciaba a las aspirantes a asistentes de Lleyton Eckhart mientras este revisaba unos papeles que requerían su firma.

-La señorita Muriedas llegó.
-Dile que pase, Maddie.
-Claro... Adelante, señorita Muriedas, suerte - sonrió la mujer y cerró la puerta, un poco preocupada de que Lleyton no tomara un descanso.

-Siéntese por favor, ¿señorita?
-Claudia Muriedas.
-Claro ¿qué se le ofrece?
-Vine por el trabajo.
-Por la entrevista.
-Sí.
-Leí que labora en Industrias Izbasa como publicista.
-Publicista gráfica.
-¿Carteles?
-Logotipos.
-Interesante... ¿Estudió semiótica?
-Y una maestría en diseño gráfico.
-Honestamente no comprendo por qué envió su currículum si no tiene nociones del sistema judicial.

Claudia Muriedas se hallaba tensa y perpleja de comprobar que Lleyton Eckhart había leído su historial y le prestaba atención pese a ocuparse de sus propios pendientes.

-Verifiqué las referencias que proporcionó, me confirmaron su puntualidad y disposición al trabajo grupal.
-Mi empleo es exigente.
-¿Cada año rediseñan la imagen de los productos? Debe existir mucha presión.
-Compito con varias propuestas
-Esto no es una carrera.
-Cada vez que nos solicitan renovar la imagen de un producto, debemos analizar el rango de edad de consumo, tendencias de moda y colores que le podrían agradar al público...
-¿De qué serviría si se convierte en mi asistente?
-Aprendería a trabajar a su ritmo y  tal vez la fiscalía tendría un sello.
-¿Para qué quiero un sello? Todo va firmado por mí y la policía tiene un logo oficial, así que no sé que la trajo a mi oficina.
-Disculpe por quitarle el tiempo, creo que no soy la persona adecuada.
-¿Qué le gustó de la vacante?
-El horario.
-¿Por qué?
-Es que el sueldo es mejor que en Industrias Izbasa y se trabaja menos horas.
-Lo entiendo más.
-Me gustaría llevar los documentos, contestar el teléfono y arreglar las citas.
-No es interesante.
-El puesto tiene más futuro, tal vez en dos años o tres llegaría a la división de Crímenes de Arte.
-¿Por qué apoyaría sus aspiraciones? Está en la oficina equivocada.
-Lo siento.
-Señorita Muriedas, yo necesito una persona comprometida con mi ritmo de trabajo y la confidencialidad que amerita, manejo información delicada y mi intermediaria no puede buscarme como una referencia laboral infalible. Quien lo lamenta soy yo. Le sugiero mandar sus datos al teniente al mando de la unidad de arte, podría interesarle. Buenas tardes.

Claudia se levantó con pena y abandonó la oficina, pensando que había cometido un error al exponer sus intenciones; Lleyton Eckhart buscaba a una asistente incondicional. Al exterior, aguardaban algunas personas entre secretarias y estudiantes de leyes y la chica optó por salir y dirigirse a la cantina de Don Weymouth, en donde alguien la esperaba.

Tal y como había predicho Evan Weymouth, la señorita Sandra Izbasa comenzaba a hacer acto de presencia en la taberna a la hora de la comida, acompañada por un grupo de jovencitas que bebían el doble pero no compartían sus presiones. Por más que se esforzaba, a Sandra no se le daban los encuentros públicos y en privado lidiaba con espías que informaban a sus padres todo lo que hacía. La gente la tachaba de mal peinada, mal vestida y despistada porque no aprendía el protocolo y en la escuela se le exigía formar parte de los comités altruistas y los equipos académicos. A Evan le daba risa verla intentando relajarse con agua mineral y terminando con un jarro de salkau al que miraba con desdén.

-¡Claudia, ven!- exclamó al ver a la chica Muriedas entrar después de un largo rato - Cuéntame todo.

Claudia se aproximó y tomó asiento a pesar de la indiferencia del resto del grupo.

-¿Lleyton te dio el trabajo?
-Me fue mal, Sandra.
-¿Qué pasó?
-No cubro el perfil.
-Qué lástima, pensé que te lo daría.
-Es que le dije que quiero entrar a crímenes de arte.
-Lleyton es muy exigente.
-Nada perdí con intentar.
-No te preocupes, hablaré con él.
-No, qué pena.
-No hay problema, te mereces ese puesto.
-No sabría agradecértelo.
-No creo que encuentre a alguien mejor, vamos de una vez.
-¿Segura?

Sandra se colgaba el bolso cuando una risa escandalosa llamó su atención: a Bérenice Mukhin le había estallado un recipiente con salsa de tomate en las manos y salpicó a Kovac, que en lugar de tomarlo a mal, bromeaba al respecto.

-¡Es Kovac! - exclamó Claudia desde su sitio - Siempre quise conocerlo ¿Lo saludamos?
-Yo estaría furiosa si alguien mancha mi ropa - replicó Sandra.
-Pero qué lindo ¡hasta ayuda a limpiar!
-No te quedes embobada.
-¿Vamos por el empleo, verdad?
-Luego te presento a Kovac, de seguro me recuerda por mi hermana.

Sí, Zooey Izbasa había sido novia de Kovac por un brevísimo tiempo y después de recordar la anécdota, Sandra fue detrás de Claudia, tropezando con un mensajero que no le prestó atención.

-¡Servicio de entrega para la señorita Bérenice! - exclamó el hombre y la chica de la barra contestó con un "¡hola!" largo y desgarbado, examinando sus obsequios de inmediato.

-¡Qué rosas tan lindas y qué ricos caramelos!
-¿Me firma de recibido por favor?
-Ay claro, un garabato ¿Sabe quién mandó esto?
-No tiene tarjeta.
-¡De seguro fue mi Luiz! Siempre me da cosas bonitas.
-Tenga un buen día, señorita.
-Muchas gracias ¿no quiere una hamburguesa? ¡Celebramos que tendré un bebé!
-No pero felicidades.

El mensajero se alejó y la joven se avocó a degustar los dulces, invitando a Kovac y olvidando su desastre. Sandra y Claudia pasaron junto a ellos pero, mientras una no resistía las ganas de conocer al famoso, la otra se llevaba la sorpresa de que al salir, vería a Lleyton Eckhart dándole propina al chico del servicio de entregas.

-Claudia ¿viste? ¡Lleyton le mandó un regalo a esa mujer! ... ¿Dónde andas? ¡Te dije que luego te presentaba a Kovac!

Sandra hablaba para sí misma y volvió al interior, pero desalentada por el entusiasmo de su amiga, se retiró de nueva cuenta y se acercó a un desprevenido Lleyton que desde lejos observaba lo que sucedía al interior.

-Hola, Lleyton.
-Oh, hola.. Buenas tardes.
-¿Viniste por un trago?
-No y tú no deberías preguntar por estas cosas.
-Estuve con unas amigas pero no me hicieron caso.
-Cambia de compañía.
-Estoy esperando a una chica que se quedó embobada con Kovac.
-Tienes derecho de irte.
-Sería grosera, yo la saqué del trabajo hace rato.
-Existió una razón.
-Es que me dijo que quería ir a tu entrevista y creo que no funcionó.
-¿Le dije que no?
-¡Dale una oportunidad!
-Si ella no me convenció, dudo que cambie mi opinión.
-Ella es genial.
-Tomé una decisión.
-Pero te ayudaría mucho, es muy responsable.
-¿De quién se trata?
-De Claudia Muriedas, de Publicidad en Industrias Izbasa.
-Mi respuesta fue no.
-Te conviene.
-Dile a tu amiga que busque otro puesto.
-Necesita ayuda.
-No la mía, lo siento.
-Disculpa.
-Por cierto, creo que Kovac está incómodo.

Sandra volteó hacia la cantina y distinguió a un sonrosado Kovac que firmaba un autógrafo y sonreía nervioso. Claudia lo había llenado de piropos y Bérenice interpretaba el papel de casamentera para convencerlos de salir una vez.

-Sandra, me retiro, me reclama la oficina.
-Comprendo.
-Con tu permiso.
-Propio.
-Lo lamento por tu amiga.
-Descuida.
-Preguntaré si hay vacantes en algún departamento.
-¿Lo harás?
-Es una atención que tendré contigo.
-Gracias, Lleyton.
-No prometo...
-Está bien, adiós.
-Nos vemos.

Lleyton miró a Bérenice y como ésta conversaba con Claudia, le pareció momento de hacer algo arriesgado.

-Sandra.
-¿Qué pasa?
-Avísale a la señorita Muriedas que se presente en mi oficina a las ocho de la mañana.
-¿De veras? ¿Te acuerdas de ella?
-Me urge una asistente y parece que tiene iniciativa.
-¡Sabía que te convencería!
-Adviértele que está a prueba.
-¡Muchas gracias!
-Pídele que no acose a Kovac.
-Trato hecho.
-Es que lo veo con frecuencia.
-¿Te visita en la oficina?
-Para sacarme de ella.
-Le diré a Claudia, adiós.
-Adiós, Sandra

Sandra cruzó la calle y se introdujo en el local, sorprendiendo a Bérenice y Claudia en plena charla sobre un Kovac que se había alejado un poco.

-Esa sonrisa es un sueño ¿siempre anda por aquí? - preguntaba Claudia.
-Casi todos los días, es que está grabando unos comerciales y le queda de paso.
-Con razón se ve más delgado.
-Interrumpo, perdón - intervino Sandra - Nos tenemos que ir, Claudia.
-Ay, es cierto, me van a regañar.
-Ni te preocupes ¡Lleyton te dio el empleo!
-¿Qué?
-Hablé con él y estás dentro.
-¡Qué emoción! Bérenice apenas me había dicho que lo iba a convencer.
-¿Bérenice?
-Ella.
-¿La cantinera?
-Lleyton es cliente aquí.
-Eso explica las flores.
-¿Cuáles?
-Divago... Señorita - dirigiéndose a Bérenice - ¿De dónde conoce a Lleyton?
-De aquí - contestó la interpelada - Un día vino por salkau.
-Ya veo, lindas rosas.
-¿Verdad? ¡De seguro las compró mi Luiz adorado!
-Fue Lleyton.
-¿Qué dijo?
-Nada, Claudia y yo nos vamos.
-¡Vuelvan pronto! ¡Felicidades, Claudia!

Sandra y Claudia se despidieron y Kovac volvió enseguida con Bérenice. El ambiente en la cantina era alegre por un juego de hockey próximo a iniciar.

-De repente llegan mis fans - comentó Kovac.
-Tienes que salir con Claudia ¡te quiere mucho!
-La acabo de conocer.
-Se nota que le gustas.
-Es lo mismo.
-Necesitas amigas.
-Contigo estoy bien
-Claudia es divertida.
-Tú también.

Bérenice sonrió y comenzó a bailar y cantar detrás de la barra en lo que llegaban nuevas órdenes y Kovac se limitó a verla, seguro de que a ella le interesaba armar una fiesta.

A la mañana siguiente, Claudia Muriedas se presentó en su nuevo trabajo. En la Jefatura de Policía iniciaba el turno matutino y se podía distinguir a los oficiales platicando recargados en los escritorios o las gavetas. La oficina de Lleyton Eckhart se ubicaba en el cuarto piso y ella se dirigió hacia allá, sorprendiéndose de que su jefe estuviese ocupado con el papeleo.

-Pase, señorita Muriedas. Buenos días.
-Buenos días, señor Eckhart.
-Tome asiento ¿le sirvo café?
-No gracias.
-Llegó en punto.
-Pensé que me iba a perder.
-¿Llevaría estos expedientes al archivo y estos folders ante la jueza Rochette?
-Claro.
-Tengo un desayuno con el comisionado de policía así que también le encargo entregar este oficio al fiscal Welsh antes de que entre a la corte a las 9:30. Atienda mis mensajes y estaré aquí a las 13:00 horas; iré a la nueva estación de Láncry y me reuniré con el fiscal Tellier. No deje que nadie entre a mi oficina.
-Disculpe ¿qué le contesto a la gente que llame?
-Prensa: no concedo entrevistas; familia y amigos: no estoy. Dejé una planta en su escritorio, señorita Muriedas, cuídela... Su extensión telefónica es 9377, buen día.
-¿Algo más?
-Las notificaciones de la Corte no paran de llegar, si alguien de la fiscalía pierde un juicio, avíseme enseguida.
-De acuerdo.
-Otra cosa ¿podría comprar unas flores y entregarlas a esta dirección? - extendiendo una nota - Al mediodía la llamaré para saber si lo hizo personalmente ¿El teléfono de su currículum es el de su celular?
-Así es.
-Perfecto, las rosas son anónimas y son para la chica... Es la única del lugar. Si se topa con Kovac, mandelo a Láncry conmigo o invítele un café.
-¿Qué?
-La veo a la hora acordada, hasta luego. Me saluda a Sandra si la ve.

Ambos abandonaron la oficina y Claudia reconoció su escritorio con mucha curiosidad, aunque pensar en Kovac la ocupaba más ¿En serio se frecuentaba con su jefe? Entonces era un empleo de ensueño ¡Todas las mujeres codiciaban a ese hombre soltero!

Imaginando cómo sería reencontrarse con él, Claudia pasó la mañana perdiéndose en el edificio, cumpliendo sus órdenes apenas y recibiendo el regaño del fiscal Welsh por ello. Desanimada porque no le estaba yendo bien en su primer día, regresó a su sitio y reconoció enseguida a la figura que le daba la espalda ¡Kovac!

-¡Usted! - gritó, reprimiendo su emoción - El señor Eckhart no está.
-Vengo más tarde.
-Dijo que lo ve en Láncry.
-Gracias, vendré otro día.
-Me dio gusto saludarlo, Kovac.
-Igual a mí ¿está ocupada?
-¡No! Bueno sí, me falta comprar unas flores.
-¿Flores? Mmh, ¿Lleyton le comentó a qué hora viene?
-A la una, así que mejor me doy prisa.
-¿Para quién va a ser el ramo?
-Creo que para una chica pero no sé quien es, tengo una dirección.
-Lleyton ha estado haciendo cosas muy raras.
-Kovac, disculpe pero ya me voy.
-¿Dónde tienes que dejar el regalo?
-En el Panorámico ¿no sabe si hay una florería cerca?
-Creo que no pero hay en Dubrova, la acompaño y le invito un café.
-¡Encantada!
-Andando.

Kovac no estaba cómodo con lo que hacía. De imprevisto se había interesado en el extraño encargo de flores que Lleyton delegaba en su asistente, misma que tal vez charlaría sobre lo que ocurría. Respecto a la destinataria de las flores, tenía la convicción de que se trataba de Bérenice y lo molestaba. Desde el convivio en el parque, los deseaba apartados; posiblemente porque ella era novia de Luiz y éste era su amigo.

Claudia, ajena a ese sentimiento, aprovechaba para colgarse del brazo de Kovac y daba ya un paseo en el cual le contaba de sí misma. Él le prestaba atención a momentos y le caía bien, tanto que al arribar a la florería no dudo en regalarle unas margaritas, aunque la joven se percatara de su insistencia por escoger el ramo encargado.

-¿Sabes a dónde iremos, cierto? - preguntó Kovac.
-Al Panorámico.
-Me refería a una cantina.
-¿Cuál?
-En la que nos conocimos.
-¿Con la chica de la barra?
-¿La conoces?
-De ayer.
-Terminamos con esto.

Claudia en consecuencia, sospechó.

El resto del paseo, Kovac se dedicó a platicar de un comercial que haría y de otro que estaba por terminar; la campaña saldría hasta en Croacia si funcionaba en Tell no Tales. Claudia intentaba no ensoñarse ante su sonrisa y el encanto crecía cuando le relataba sus aventuras en un equipo de fútbol de niño: "Era malísimo" declaraba él con nostalgia.

-¿Lleyton te ha dicho para qué quiere las flores?
-Como obsequio.
-Él no es detallista.
-Por eso escogiste el ramo.
-Para no arruinar su sorpresa.
-¿Y esa otra rosa?
-Para Bérenice, es una amiga.

A Claudia le quedó claro: Kovac la acompañaba para opacar el regalo de Lleyton. Era una rivalidad sin declarar por una mujer con la vida resuelta.

-¿Cuándo conociste a Bérenice?
-Cuando regresé.

Claudia abrió más los ojos y entró en la cantina Weymouth, hallando a Bérenice bailando y limpiando las mesas, sin advertir a nadie.

-¡Bérenice! - llamó Claudia - Hola, vine rápido a darte algo de tu admirador secreto.
-¿Secreto? ¿Tiene cabeza de palmera? ¡Mi Luiz es muy romántico!
-No es él.
-¿Cómo es?
-Es secreto.
-Luiz se pondrá celoso.
-Si le explicas...
-¡Hola Kovac!

Bérenice agitó la mano y Kovac se aproximó con su presente.

-Para ti.
-¡Gracias! Me encantan las rosas blancas ¿Por qué trajiste una?
-¿Querías el ramo completo?
-¿Por qué no?

Claudia atinaba a situarse en la barra y contemplar a aquellos dos charlando de no se sabía qué y riendo de tonterías; no obstante, Kovac decidiera ayudar con el aseo.

-Volveré al trabajo - pronunció, segura de que no se darían cuenta porque la música se percibía a un volumen más alto que al llegar.

-¡Espera, Clau! - gritó Bérenice - ¿No tomas algo?
-¿Cómo qué?
-Kovac se quedará a limpiar las mesas de atrás ¿Vienes? Quiero hablar contigo.
-¿De qué?
-¡Por acá!
-¿Te sales sin avisar?
-¡Ven, ven, ven!

Bérenice agarró a la mujer de la mano y salieron deprisa a la calle, hasta un puesto callejero de venta de kebab, donde la primera adquiría una ración y la devoraba como si no existiera el mañana.

-¿No quieres, Claudia?
-No tengo hambre, gracias.
-¿Agua?
-¿Qué?
-Ay bueno, entendí.
-¿Para qué me trajiste?

Bérenice pasó el bocado, chupó sus dedos y dijo en voz baja:

-Lleyton me mandó las flores.
-Fue tu admirador.
-La verdad es que todos los días hace lo mismo, no sé como le alcanza para comprar tantos rosales.
-¿Rosales?
-Es que me llegan muchas rosas y las pongo para decorar la cantina; si las llevara a mi casa, Luiz se pondría celoso.
-¿No quieres problemas?
-Es que Lleyton me cae bien pero no tiene derecho a estas cosas, no quiero que Luiz o Kovac o los dos lo lastimen.
-¿Por qué?
-Luiz es mi novio, Kovac es el amigo del novio y los dos no son amigos de Lleyton.
-Kovac siempre ha estado con Lleyton.
-Agradécele las flores de mi parte pero que no envíe más.
-Está bien.
-Va a insistir pero convéncelo de no seguir con esto. Me voy a sentir mal si Lleyton llora.
-¿Qué pasa ....?
-Dile que lo siento pero estoy con Luiz y espero un hijo, Kovac es el padrino y mi padre está muy feliz, por favor.
-Claro.
-Gracias, eres una buena amiga.

Bérenice abrazó a Claudia y se enjugó las lágrimas al marcharse. Al llegar a la cantina, era prácticamente un mar.

-¿Qué tienes? - preguntó Kovac al verla.
-Me acordé de algo.
-Cuéntame.
-Aquí no.
-¿En el callejón?

Ambos cruzaron el local y salieron por la puerta de la cocina.

-¿Te sientes bien?
-Kovac, no me gusta que la gente termine peleada.
-¿Qué dices?
-¿Eres amigo de Luiz?
-Sí.
-¿Le hablo de que mandaron un ramo?
-Depende ¿te importa?
-¿Si se molesta?
-¿Es celoso?
-No tiene motivos todavía.
-Ni los tendrá, no te preocupes.
-Entonces ¿por qué me trajiste una flor?
-Fue una atención.
-No lo hagas otra vez.
-Comprendo.
-Tampoco me acompañes a la guardería por Scott.
-Como gustes.
-¡No me guiñes el ojo!
-¡Hey! Es un tic.
-Kovac.
-Lo intentaré pero ¿qué te puso así?
-Luiz es el hombre perfecto, tendremos niños lindos y unos regalos no lo van a arruinar. Kovac no te acerques tanto, no podría...

"Rechazarte"era lo que Bérenice pretendía externar pero se contuvo. Aquello era para Lleyton, no para Kovac, pero éste último captó el mensaje y se alejó unos minutos. A lo mejor ella tenía razón e inconscientemente anhelaba a Kovac y Lleyton a una gran distancia para no perturbar nada, para defenderse.

-Me retiro, disculpa por la flor - señaló Kovac.
-No lo tomes mal.
-Mejor evitamos el malentendido.
-No es por tu obsequio.
-Descuida.
-Kovac....

Bérenice estrechó a su amigo y besó su mejilla, tratando de controlarse. Desde la parrillada, sus sentimientos estaban a flor de piel porque la decisión de quedarse con Luiz y no con Lleyton le había dolido mucho y Kovac estaba en medio, como amigo sí, pero en medio.

-Perdón, no quise decir ni la mitad.
-Lo sé, Bérenice - Kovac rió.
-¿Luiz me manda las flores?
-¿Por qué piensas que es otra persona?
-Es que es capaz de darme una bola de pelusa.
-Luiz es un gran chico.

Kovac consoló a Bérenice y besó su frente, sin ofenderse por la plática. Hacía días que se consideraba un Mukhin más y no tenía curiosidad de dejar de serlo, ni siquiera por sus vínculos de treinta años atrás, como Lleyton, con quien ya no conectaba y el aprecio amistoso se hallaba roto.

martes, 12 de abril de 2016

Todos se juntan


Era martes y en París la rutina volvía paulatinamente a la normalidad, razón que obligaba a Hugo Maizuradze a cocinar pasta para Cumber y Svante a media noche.

-¿Donde estuvieron? - preguntó a Cumber.
-En la audición de Svante.
-¿Como le fue?

Hugo tomó la cacerola y procedió a servir mientras Cumber colocaba los cubiertos, Svante se hallaba en el sofá intentando encender infructuosamente un cigarrillo y y preparando su bloc de notas para conversar.

-"Pasé la audición" - escribió. Hugo sonrió.

-Lo contrataron en el cabaret bizarro - dijo Cumber.
-¿De qué se trata?
-Los freaks se entierran cuchillos en el trasero.
-¿Quién querría ver eso?
-Yo.
-No sé porque me sorprendo.
-Mejor felicita al travesti.
-¿Qué va a hacer ahí?
-Es el presentador.
-¿Cómo?

Svante levantó su cuaderno y se leyó perfectamente "con letreros". Después, el chico tomó su lugar en la mesa y abrió una botella de vino.

-Cuando supieron que no habla, lo contrataron - contó Cumber.

Los tres procedieron a comer en silencio pese al ruido proveniente de la estación del metro cercana y de la persona que tocaba a su puerta insistentemente.

-¿Vieron a Viktoriya? - siguió Hugo.
-"Nos encontramos a Maxim en Les Halles"
-Gracias, Svante.
-"¿Qué hiciste hoy?"
-Hice una prueba en el PSG, la próxima semana me dan los resultados.
-"Suerte".
-¿No dirás nada, Cumber?
-Que ya me fastidié ¿Quién demonios molesta a esta hora?
-Le debemos unas reparaciones al casero.
-Que venga luego.
-Cumber, no ...

Luke Cumberbatch se incorporó de mala gana y abrió la puerta enérgicamente, sobresaltándose y casi tropezando hacia atrás.

-Hola, Cumber, te seguí. Conoces a unos personajes interesantes de los que quiero que me hables - Inició el visitante.
-Cumber ¿vendes drogas? - intervino Hugo.
-Lo lamento, pensé que no tenías compañía.
-¿Quién es?
-Nadie, un idiota - murmuró Cumber y cerró la puerta tras de sí. En el pasillo estaba una segunda persona, una chica que guardaba distancia.

-¿Qué quieres, idiota?
-Eh, tranquilo - rió el visitante.
-¿Para qué me busca la Marina, idiota?
-Dile a Trankov que me espere en St. Michel a las 7:00 am, tengo lo que pidió.
-¿Qué cosa?
-El mapa, ya lo corregí.
-Dámelo.
-Lo haré yo mismo.
-¡Idiota!
-Magnussen casi lo pierde, yo me encargaré.
-¿Qué le pasó a Thorm?
-Cometió un descuido.
-¿Quién demonios eres?
-Un idiota de la Marina.
-No juegues, imbécil.
-No estás listo para pelear conmigo.
-¿Quién eres?
-Almirante General, Stendhal Trafalgar.
-¿Qué?
-Nadie está en problemas.
-¡Aléjate!
-Dile a Tennant Lutz que deben entrenar. Nos vemos, Cumber.
-¡Oye! ¡Qué rayos haces?
-Mi trabajo.

Trafalgar se marchaba, pero se topó con la chica, asutándose más que Cumber al enfrentarlo.

-¿También te descuidaste, marino idiota? - ironizó Cumber.
-Es una amiga, no le cuentes a nadie.

Cumber aceptó y se introdujo a la buhardilla para avisar a Magnussen; Trafalgar en cambio tomó a la joven por los hombros y la cubrió con su abrigo. En las escaleras iniciaron una conversación.

-¿Qué es eso del mapa? ¿Qué tiene que ver con Thorm? - dudó ella
-Haces demasiadas preguntas, Tamara.
-Ni siquiera sabía que eres el jefe de la Marina.
-Estoy arreglando un asunto.

Ante la ausencia de más frases, él supo que Tamara no había escuchado todo.

-Ese chico es mi primo - mintió - Los dos conocemos a Thorm y le pedí que le avisara que estoy en la ciudad.
-¿Y el mapa?
-Thorm colabora a menudo conmigo.
-No te creo.
-¿Por qué me seguiste?
-Me dejaste en el hotel.
-No tardaría.
-¿Cómo saberlo?
-Tienes fiebre.
-No me quería quedar sola.
-¿Te gusta estar conmigo?
-Odio que me malinterpretes.
-Vamos a dormir, encenderé la chimenea si te da frío.

Ambos apresuraron el paso.

-No me aprietes, mujer.
-Perdón, no me siento bien.
-Comprendo.
-No vayas a creer otra cosa.
-¿Sexo?
-Algo así.
-¿Quieres?
-¡No!
-Te vi desnuda.
-No te he matado y no quiero hacerlo hoy.
-Estabas caliente.
-¡Retira lo que dijiste!
-Desde ese día estás enferma ¿qué iba a hacer? ¿Dejarte morir?
-¡Avisar!
-Pero no pedí permiso y sigues aquí.

Ambos caminaron hasta hallar un taxi vacío que los trasladaría a un modesto hotel cercano a Trocadero. A Tamara sin embargo, le interesaban los vínculos de Trafalgar y memorizó la ruta como pudo, dispuesta a preguntar más tarde. Algo tenía el tal Cumber que le recordaba a alguien.

Poco después, la joven se quedó dormida y Stendhal la llevó en brazos hasta hallar un taxi vacío. Esto la privó de enterarse que Tennant Lutz los reconocía en un alto y comenzaba a seguirlos hasta el hotel, no sin sacar su celular y llamar a Trankov en el acto.

-Es urgente, Trankov.
-"¿Qué pasa?"
-¿Dormías?
-"Date prisa".
-Trafalgar está en París.
-"Síguelo".
-Estoy en eso.
-"¿Cómo diste con él?"
-En una luz roja. Por cierto, viene con tu amiga Tamara.
-"¿Qué? Averigua lo que sea".
-¿Qué hay de Thorm?
-"¿No te ha llamado?"
-Pensé que te contactaría.
-"Saldré a buscarlo".
-Ten cuidado.
-"No te metas con la marina".
-Creo que debemos avisarle a Cumber.
-"De Cumber hablamos luego".
-Creí que confiabas en él.

Trankov colgó y Lutz condujo su motocicleta hasta Trocadero, constatando momentos más tarde que el almirante entraba y salía del hotel, no sin pasar por alto deliberadamente que era espiado. Lutz se reprochó por semejante baja de guardia y huyó, intentando perder su rastro yendo a la periferia de la ciudad y destrozando su teléfono, alcanzando a enviar el mensaje a Trankov de que había fallado y se escondería en la sex shop donde laboraba en la espera de otras indicaciones.

Durante la madrugada, Trankov intentó reunirse con Thorm y caminó por París con la cautela de no alzar la mirada, dando por sentado que varios miembros de la marina rodeaban barrios enteros y aguardaban cualquier orden de Trafalgar para entrar en acción. Por lo mismo, Trankov tenía la esperanza de que la equivocación de Lutz fuese ridícula y nadie tuviera la necesidad de escapar prematuramente, sobretodo Thorm, que conocía de memoria las tácticas de la marina.

Entonces el guerrillero recordó que lograría salirse con la suya: Luke Cumberbatch era un recluta nuevo y no existía menor registro de él, así que en caso de una catástrofe, Thorm recurriría a refugiarse en su apartamento y despistar a la marina con indicios falsos de una misión inexistente, comprando tiempo para sus jóvenes compañeros.

Con el corazón en un puño, apretó el paso aunque no tenía rumbo y dio finalmente con Thorm en Le Marais, al quien al parecer, Lutz finalmente había llamado.

-Vete, Sergei.
-¿Cómo?
-Lutz puso en sobreaviso a Trafalgar, así que instruí a Adelina Tuktamysheva para ir por tu mujer y esperarte en la Gare du Nord. El tren más próximo sale en treinta minutos hacia Niza.
-Supongo que la estación está vigilada.
-Trafalgar está desplegando a sus hombres en Trocadéro, Avenue de la République y el Arc de la Défense. Hay elementos en Gare de Lyon y Montparnasse.
-¿Por qué no cubre lo demás?
-Por inexperiencia, recuerda que fue almirante en Inglaterra y para él estas cosas siempre fueron asunto de zonas turísticas.
-Y acaudaladas.
-Aprendió que primero debe cubrir a los poderosos.
-Te pido un favor.
-Escucho.
-Tengo una amiga, Carlota Liukin. Házle llegar una nota diaria para que crea que todo marcha bien, quiero evitar que vaya por mí o que se le meta en la cabeza cualquier barbaridad.
-Entiendo.
-Un tipo que se llama Miguel le atiende los mensajes. Te dejo a cargo Thorm, cuida a esa niña al costo que sea.
-¿Por qué? ¿Es parte de la misión?
-Es la misión. La encontrarás en Saint Denis, Lutz o Cumber te pueden guiar.
-¿A dónde irás?
-Venecia.
-¿Piensas retirarte?
-Entrenar.
-No es seguro.
-Cuando tenga el mapa listo, lo sabré.
-No vayas.
-No decidas por mí, Magnussen.
-Pero la marina...
-¿Algún problema?
-La capitanía podría estar activa.
-¿Hay algo que debas informarme?

Thorm Magnussen suspiró tenso.

-Te mandaré el mapa a Niza cuando lo tenga.
-Gracias. Protege a Carlota.
-Como ordenes.
-Algo más: De Trafalgar me ocupo yo.

Sergei Trankov no se despidió y siguió su ruta a la Gare du Nord a paso lento. Por extraño que fuera, sentía satisfacción de delegar sus deseos a Thorm Magnussen para definir si prefería regresar al pasado o ser un hombre fuera de tiempo en el presente. En cuanto a la Marina, en lo individual lo tenía sin cuidado. Con la arrogancia suficiente para confiarse, ya había sostenido palizas memorables con excepción de la última: Había enfrentado a Borsalino en secreto. Tal hecho se suscitó la misma noche del tiroteo en "I cipollini", cuando el almirante lo retó una vez que Trankov había salido a respirar luego de visitar a Joubert Bessette. Las huellas se constataban en el techo del hospital de Saint Denis.

Conforme el cielo se iba aclarando, Thorm Magnussen se acercaba más a Saint Michel. A una distancia prudente se hallaba Luke Cumberbatch y ambos preparaban sus armas, puesto que el caos se desataría si Trafalgar llevaba refuerzos. Pero este último se presentó a la hora pactada, en solitario.

Stendhal Trafalgar se había desprendido de Tamara gracias a la fiebre y se daba prisa para que no notara su ausencia, ya que ella realizaba demasiadas preguntas. Vestido con un traje oscuro y la gabardina propia de su rango con motivos morados, Trafalgar demostraba una edad precoz para sus responsabilidades y que tratar con Thorm no le importaba tanto.

-¿Trankov? - preguntó inocente.
-Se marchó.
-No es extraño, en fin. Toma.
-¿Un chip?
-Guardé los mapas corregidos y me aseguré de no dejar respaldos.
-¿Por qué haces esto?
-Te cubro la espalda.
-¿A qué juegas?
-Cometiste un error y esperabas arreglarlo por tu cuenta; si la marina te detiene, Trankov estará sobreaviso.
-¿Seguirás el guión?
-Jamás me opondría a Trankov.
-No me trago esas palabras.
-¿Soy un aliado? No lo pudiste calcular.

Thorm miró a Trafalgar y confuso, le arrebató el chip.

-Los Didier no perdieron los mapas.
-¿Entonces?
-Tamara corrió detrás de ti, Thorm.
-¿Ella?
-No tuvo una mala intención.
-¿Qué busca?
-Dime tú
-¿Ella te dio los mapas?
-No es una espía si eso te inquieta. De todas formas nos salvó porque Borsalino allanó a los Didier.
-¿Por qué?
-La Inteligencia francesa informó que te hallabas en Hesparren.
-Qué descuido.
-Pero no contaban con Tamara y de suerte me topé con ella.
-¿Que hacías en Hesparren?
-Vigilarte por mi cuenta.
-¿Qué pretendes, idiota?
-Nada, al menos no contigo ¿Cumber y tú acordaron no alarmar a Trankov? Buena decisión, hasta luego.
-¿Qué es esto? ¿ Te burlas?
-Soy un aliado.
-¿Por qué arriesgarías el pellejo?
-Trankov no es mi enemigo.
-¿Juegas doble o a quienes les ves la cara?
-¿Por qué traicionaría a mi padre?
-¿Qué dijiste?
-Trankov es mi padre. No voy a explicarte lo que sólo él entiende.
-¿Bromeas?
-No.
-¿Por qué te enrolaste en la marina?
-Para proteger a mi padre. Hasta luego.

Stendhal Trafalgar se alejó serenamente y Cumber se acercó a Thorm, que no alcanzaba a reírse del aparente disparate que acababa de revelársele.

-Entreguemos los planos.
-¿Qué te dijo?
-No hay que confiarnos.
-Es un marino.
-Pero no miente.
-¿Qué significa?
-No vale la pena averiguar.

Stendhal Trafalgar caminaba lento y estaba muy feliz. Iba a confiar en Thorm en idéntica proporción en que notara lealtad incondicional y le apretaría el cuello apenas surgiera la mínima duda o debilidad, no obstante, la causa de Trankov se antojara nebulosa e imposible, además de ajena. Sin embargo, Stendhal prefería verlo triunfante a humillado.

En un momento dado, él se devolvió y constató que Thorm y Cumber se habían ido ya. No esperaba menos de los colaboradores de su padre.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La reunión de los Maizuradze


-¿Tú eres el gitano, verdad? - preguntó Viktoriya a Hugo en la recepción del hospital. Tal coincidencia se debía a que ambos habían solicitado copias de sus altas médicas.

-Me llamo Hugo.
-¿Eres el que siempre me manda regalos?
-Es que te admiro mucho y has sido amable.
-Pues ya no.
-Perdona.
-¿Por?
-No sé exactamente por qué.

Viktoriya lo observó unos segundos y notó que alguien lo esperaba ya; un chico rubio muy alto con apariencia de mimo, una camisa estampada con arlequines y un gorro en su cabeza.

-Nos vemos luego - dijo Hugo y daba unos pasos cuando Vika creyó notar que el desconocido tenía un rostro idéntico al de su padre al verlo reflejado en un cristal.

-Espera, Hugo ¿Dónde vas? - preguntó con ligera sospecha.
-Al barrio chino ¿y tú?
-No tengo nada que hacer.
-¿Nos acompañas?
-No estoy segura.
-¿Por qué soy gitano?

Viktoriya miró a Hugo algo apenada y el se encogió de hombros, no sin indicarle que Cumber y Maxim salían también.

-Deberías venir con nosotros, el manouche no tiene mañas.
-¿Manouche?
-Ah, que eres rusa y no entiendes.
-¿De qué hablas Cumber?
-Gitano, manouche, calé, son lo mismo; ¿no conoces al travesti?
-No, ¿quién es?
-En el barrio chino hay ratas gigantes, ten cuidado.
-¿Qué te pasa? Déjame.
-Prepárate para golpear al viejo.

Cumber jalaba del brazo a Viktoriya y por los reclamos de ésta, Anton se apareció con su bata de paciente para defenderla un poco, aprovechando que le habían retirado el soporte de la espalda.

-Me lanzo a puñetazos si molestas a la señorita.
-Te quiebro lo que te queda de costillas.
-¡Éntrale, Cumber!
-Tarado.
-¿A dónde vas con Vikushka?
-Mejor ve a que te den gelatina, mocoso.
-Qué ofendido me siento.
-Nos largamos.
-¡No te lleves a Vika!
-No te metas.
-¡Que la suel...! Anda la cachetada ¿quién está con el manouche?
-¿Sorpresa?
-Ahora me voy con ustedes.
-No puedes salir.
-Entonces me siento junto a Vika en el camino, corre Cumber.

Anton y Cumber sostuvieron a Vika a pesar de negarse ésta a acompañarlos y tomaron el metro hacia el corazón del distrito trece, en donde había una pequeña plaza circular en medio de seis edificios altos. El aun ignoto mimo tomó asiento en un bloque de piedra junto a una banca y se dispuso a cambiar su aspecto por uno de clown con un adorno de picos en el ojo derecho y labios en color vino. Anton se colocó junto a él y su hermana presintiendo que debía estar cerca, se colocó en la banca  al igual que Hugo y Maxim, quedando Cumber de pie.

-¿Has visto a Vàlerie, chamaquillo? - Inició el mismo Cumber, encendiendo un cigarrillo y convidándolo con el clown en el acto.

-Me visitó en la mañana - contestó Anton.
-¿Cómo está?
-De la mismísima sufridora.
-¿No te ha dicho nada?
-Que no quiere ver al abuelito árabe y que con razón salió con cara de talibán en la foto de la escuela.
-¿Y del viejo?
-Nada más que lo odia poquito, de papanatas no lo baja.
-¿Qué dice tu madre?
-No ha matado a papá.
-El divorcio será divertido.
-Va a ser un pleitazo, mi papá es un galán.
-¡Papá es un idiota! - intervino Vika furiosa - ¿Cómo es tan desgraciado?
-Bueno, al androide, al manouche y a mí no nos mintió. A ti te enoja que te haya visto la cara - replicó Cumber.
-Ya se me hacía raro que papá ganara los millones en el ejército y apenas alcanzara para sopa de pan a fin de mes - rió Anton.
-Mantiene a seis ¿qué esperabas?
-Nomás que Judy se decida para ser el padrino de la boda.
-El viejo no aprende.
-¡Cállense todos! ¡Son unos idiotas! ¿Nadie piensa en Válerie? - gritó Viktoriya con el disgusto atravesado en el rostro y exhaló fuertemente -¡Ni siquiera me interesa saber quienes son ustedes, suficiente tenía con Anton!
-¡Suficiente tenía con ninguno pero mi padre me jodió la vida, así que cierra la boca porque soy el mayor! - sentenció Cumber y se originó una calma incómoda en la cual miraron al suelo con poses idénticas. Aquello se rompió cuando el clown comenzó a toser.

-Última vez que fumas - dijo Cumber arrebatando el tabaco. Vika suspiró y preguntó:

-¿Qué edades tienen?
-Diecinueve - mencionó Cumber.
-Quince aquí - señaló Hugo.
-Casi catorce - indicó Anton.
-¿Y Maxim?
-Catorce y no lo dejamos hablar porque sólo sabe ruso y japonés.
-¿Japonés?
-Vive en Japón.
-Su mamá es japonesa.
-Finlandesa pero es modelo.
-Ya veo ¿y ustedes?
-Hugo y yo en París, el insecto se acaba de mudar
-¿El insecto es Anton?
-Me gusta ese apodo, me agradas Cucumberto - añadió el propio Anton.
-¿Qué hay de ti? - retomó Cumber.
-Gimnasta y regresaré a Moscú en noviembre.
-Ah, qué bien.
-¿A qué se dedican?
-El insecto y el androide estudian, a Hugo lo rechazaron del Atlético de Madrid y yo soy cocinero.
-Qué... Bueno.
-Somos perdedores.
-Me quedó claro.
-Cálmate, rumana.
-¿Qué dijiste?
-Ay, eres rusa, perdón; te confundí con una gimnasta talentosa.
-¡Idiota! Quisieras ser como yo.
-Qué envidia siento.
-¿Cómo se atrevió mi padre a concebir semejante imbécil?
-Igual a como concibió a todos estos.
-Te odio.
-Qué lindo.... ¿Válerie? Andábamos en que Válerie anda llorando.
-¿Qué sabes de sus papás?
-Los enterraron.
-No seas payaso.
-El payaso es el travesti del gorro.
-Como sea.
-Ya supimos en el hospital lo que ocurrió.
-A ti te contaron todo.
-Que el viejo crea que puede confiar en mí, significa que ustedes se enteraron y no tienen preguntas.
-¿Para qué me trajiste?
-Una bonita convivencia.
-No me interesa.
-¿Qué clase de hermana eres?
-No soy tu hermana ni la de ellos; de Anton sí porque no tengo opción.
-Entonces no sabrás más.
-Por fin ¿supe todo o no?
-Primero resuélvanle al manouche una duda ¿por qué lo odiamos?
-Fácil: los gitanos son ladrones, impertinentes, inútiles y causan problemas en todas partes.
-Me robaban el almuerzo y me daban palizas en la escuela - añadió Anton - A Vàlerie le tiraron el libro de matemáticas a un charco.
-Aclarado - retomó Cumber - Vamos con lo que pasó.
-¿Por qué mi padre te confió todo a ti?
-Mira Vika, el viejo cree que le sirvo de algo, por eso me entero y ustedes no y se acabó.
-A mí jamás me miente.
-Pero te oculta cosas.
-¿Qué te contó de Vàlerie?
-Supe de la mamá; les digo para que no sean imprudentes.
-¿Es cierto que tenía dieciséis?
-Sí, estaba casada y llevaba tres años en Rusia cuando el estúpido de Vasily comenzó a molestarla. A Samira no le disgustaba y lo esperaba cada día de mercado para venderle té y flores. No lo dicen para que no pensemos mal.
-¿Cómo se enteró papá?
-Ella le contó porque le iba a ayudar en la denuncia.
-¿Le hizo caso a Vasily una vez?
-Lo rechazó cuando supo que tenía novia.
-¿De qué nos sirve esto?
-Por si Válerie pregunta cómo se conocieron sus padres.
-Sabe que fue horrible.
-¿Nos saltamos esa parte?
-Olvídalo, no debemos decir nada.
-La niña nos importa.
-Supongo que sí.
-Sabíamos que el viejo es un imbécil.
-Yo no.
-Es lo que hay.
-La única que sufre es Válerie.
-Te daba igual antes de que el árabe abriera la boca.
-Me preocuparía de todas formas.
-Claro que no, a ti te enoja que el viejo te haya escondido que es mujeriego y no tanto lo de Samira. Ver al manouche, al androide y a mí te tiene furiosa.
-Ustedes tres no existen.
-Qué egoísta.
-¿Qué sucedió entre Samira y papá?
-Si no existo...
-¿Qué pasó?
-Suéltame.
-Entonces cállate.
-Le diremos a Válerie que sus papás se llevaban bien.
-¡Pero escuchó lo de la violación!
-Le inventamos que el árabe exageró.
-¿Eres retrasado?

Mientras Viktoriya y Cumber se enfrascaban más en su discusión, Anton, Maxim y Hugo iban a buscar comida a un carrito ambulante cercano y la vendedora le mencionaba al último que le enviaba sus saludos a Cumber.

-¿La chica es su novia?
-Nuestra hermana.
-Con razón ¿y estos dos?
-Anton y Maxim.
-Se parecen mucho.
-Anton se queja de que los gitanos le quitan su comida; hoy le compro algo.
-¿Qué van a querer?
-Bento para seis con cerdo al vapor, onigiris y takoyaki.
-Te pondré té para Svante, dile que le hará bien.
-Claro.
-Lo vi ayer buscando público afuera de Sacré Coeur, creo que no le fue bien.
-Esta semana será complicada para él
-Que cuide esa garganta.
-Me encargaré ¿Cuánto es?
-14€.
-Gracias.
-No se separen de Svante.
-De siempre.

Anton frunció el ceño y dio la media vuelta al recibir una cajita con inscripciones en japonés, aunque Maxim le advertía que estaba mal escrito.

-¿Quién es Svante? - preguntó Anton después de unos pasos.

Hugo dejó de sonreír y suspiró con un poco de incomodidad.

-Viene con nosotros.
-¿Es un amigo?
-¿Qué piensas?
-Que me va a llevar la cachetada.
-Prefiero que Cumber te lo presente.
-Cucumberto me cae bien, lo meteré en mi casa.
-¿Y a mí?
-A lo mejor te invite sopa, a Max le dije que armaremos legos.

Los tres se atisbaron con simpatía y tomaron su sitio en la banca, repartiendo las cajitas entre los demás. Vika tenía mala cara.

-¿Qué pasa?
-Calla, manouche - contestó Cumber con brusquedad. Svante por su lado consumía otro cigarrillo y fijaba sus ojos en el suelo.

-Vika, te trajimos...
-No me hables, manoche.
-Es manouche.
-Como sea, gitano.
-Gitano no es un insulto.
-No sé malas palabras y ni modo que te diga idiota.
-¿Qué te hice?
-Nacer.
-Eso no es mi culpa.
-Era feliz sin saber de ustedes ni de mi padre y sus estupideces.
-Calmada, niña.
-¡Lo mismo vas a pensar cuando sepas lo que hizo!
-¿Ahora qué salió?
-El viejo le propuso matrimonio a Samira - declaró Cumber, con inmensas ganas de agarrar el cabello de Vika y ponerla en su lugar.

Todos parecían sentir un gran peso, menos Svante que expectoraba de nueva cuenta y cedía su cigarro.

-¡Hijo de...! - se exaltó Hugo - ¿Por qué se le ocurrió semejante cosa?
-Por quedarse con Válerie, pero mejor la registró y reportó a los árabes en migración.
-Es un mentiroso.
-Samira se dio cuenta porque el marido la fue a buscar ¿por qué crees que se quiso matar?
-Cumber, guárdate lo demás. Anton es muy pequeño.
-Maxim ni se enteró.

La decepción de los Maizuradze crecía a la par de su apetito y devoraban el almuerzo como si se les hubiese roto el corazón.

-¿Por qué nos acompaña su amigo? - cuestionó una temerosa Vika que se abstenía del bocado. Si la idea de tener a Hugo cerca le era irritante, contar con otro presunto gitano le provocaba ciertos calambres.

-Lo trajimos y ya - respondió Cumber.
-No es de la familia.
-Ahora si existimos.
-Sabes a qué me refiero.
-Svante es discreto.
-Por favor, no se puede confiar en nadie.
-Es casi una tumba.
-Igualito que tú.
-No te metas con él.
-Por dios, ni siquiera se molesta ¿todo le da igual?
-Svante es muy paciente.
-¡Es un estúpido gitano!
-¡Oye!
-A ti ni te gustan.
-¡Vuelve a ofenderlo y te azoto contra el pavimento!
-¿El señorito no se defiende solo?
-Te estás pasando.
-¿Lo puedo golpear en la cabeza?
-Suéltalo.
-¡Lo aviento y lo arrastro y no se opone!
-¿Estás bien Svante? - se levantó Hugo y ayudó al muchacho que reaccionó ingiriendo takoyaki como si nada ocurriera.

-¡Tú eres la estúpida, Vika! - vociferó Cumber, propinándole un golpe en el rostro - ¡Svante no puede hablar! Eres una idiota ¡Este payaso es tu hermano!

Definitivamente, Viktoriya no había deseado arribar a ese punto. Su miedo era que la certeza se materializara, que el chico con aspecto de arlequín-mimo-travesti-payaso tuviera que ver con ella y tuviera prohibido destruirlo, así él le devolviera la agresión con una indefesión innegablemente inocente y lacerante. Svante carecía de maldad. Por eso, hasta un espíritu insolente como el de Cumber le procuraba respeto y empatía.

-¡Svante nunca pelea y no es gitano!
-¿Qué?
-Estuvo un tiempo en la comuna de Hugo, nada más.
-Lo adopté - aceptó Hugo - La madre de Svante averiguó donde acampaba y lo fue a botar. Él no dice nada desde que lo conocí, de repente escribe notas.
-¿Qué le pasó?
-Lo metieron al circo de chico, creció y lo echaron.
-¿Por qué mi padre no lo arregló?
-No sabe.
-¿Cómo que no?
-La madre nunca se quiso quedar con Svante así que ni le contó a papá.
-¿Cuántos años tiene?
-Diecisiete.
-Como yo.
-¿No tienes diecinueve?
-Le mentí a Gwendal.
-¿De qué mes eres?
-Junio.
-No se esfuercen - intervino Cumber - Viktoriya y Svante nacieron el mismo día.
-Me voy a desmayar.
-Tranquila, Vika.
-Svante ¿qué te pasó? ¿por qué no abres la boca?
-Se quemó las cuerdas vocales en el circo, era tragafuegos - concluyó Hugo y Vika acabó llorando inconsolable.

"¿A esto llegó la irresponsabilidad de mi padre?" pensó la joven arrepentida.

-Svante trabaja en Montmartre, es un buen actor y cuando abandonamos la comuna, nos mudamos a una buhardilla en la Rue Lamarck.
-Mi padre debería enterarse.
-Cumber y yo acordamos que Svante lo busque si lo desea pero todavía no.

Svante miró a Vika y a sus hermanos, abrumándoles a estos el maquillaje y el cuidado aspecto delicado del jovencito, así como sus adecuados modales.

Svante era de cerca y de lejos el más inteligente de los Maizuradze y esa circunstancia lo mantenía aislado, consciente de que Hugo lo necesitaba más y que se encontraría con su padre si se lo topaba en la calle sin rastro de algún personaje o adorno en el rostro.

Él había determinado que así fuera. Un café, un par de cigarrillos y algo de whisky servirían para que Ilya Maizuradze lo confrontara. Svante era un reflejo de su padre pero no le pediría nada porque anhelaba expresarle que con poseer una añeja foto de él, siempre había sido feliz y sentía que estaba con él.

Significado de bentō