domingo, 10 de junio de 2012

El penúltimo adiós


Convertida en una trabajadora alegre y anónima, Zooey Isbaza pasaba los días sin novedades hasta que un mediodía se le ocurrió echar un vistazo a la revista que una clienta tenía sobre su mesa. El rostro de la joven estaba en la portada que citaba:

"Zooe Isbaza se confiesa en exclusiva: Sí tuvo un romance con Sergei Trankov"

Intrigada por saber de una entrevista que nunca otorgó, tomó el impreso impulsivamente y procedió a hojearlo ante la mirada furiosa de la comensal que le exigía devolverla. Las páginas estaban repletas de los más íntimos secretos de Zooey detallados con fechas, lugares y situaciones que ella jamás le había contado a nadie. Con la boca abierta, observó también las fotografías y las reproducciones fieles de cartas y recados de ambos. Al llegar a la parte dónde ella "revelaba" lo más erótico de su relación, sintió una fuerte agitación y sufrió un desmayo. En ese instante, los presentes la reconocieron. En la ciudad de Hammersmith, los Isbaza no eran muy famosos, por ello la muchacha pasó inadvertida unos meses y decididos a tener sus cinco minutos frente a las cámaras, los comensales llamaron a urgencias y a los reporteros de farándula.

En Tell no Tales, la noticia del desvanecimiento llegó con velocidad impresionante y el ejemplar número cincuenta de la revista mensual "Realeza" fue tan solicitado que debió reimprimirse con urgencia. En el puente de Amodio, aquello desató una discusión inusualmente intensa y duradera entre Lubov y Sergei, escuchándose por todo el parque como ella arrojaba platos al guerrillero, mismo que aparentemente esquivaba los proyectiles sin lograrlo del todo.

En el apartamento Liukin, Tamara Didier leía impresionada el ejemplar que Gwendal había conseguido de milagro y se preguntaba porqué Carlota también tenía interés en aquél escándalo. Considerando que no era adecuado que la niña tuviera acceso al artículo, le pidió a Adrien triturar el pasquín inmediatamente y como al niño le daba igual, accionó su cortadora de papel casera y personal.

-Basura, basura y más basura es lo que le venden a la gente aquí ¿A quién rayos le importa lo que hagan los demás?
-Yo quería saber.
-La curiosidad por la vida ajena no es buena, Carlota.
-Sergei es mi amigo.
-Y también mío, lo que no me da derecho a meterme en su intimidad.
-Pero abriste ..
-Lo sé y aparte de que no encontré algo que me involucre, me arrepiento.

La niña Liukin por dentro se molestó mucho. Ahora entendía porqué había soñado que estaba enojada con Sergei. Seguramente, el tipo había cometido alguna estupidez.

-¿Ya terminaste de meter tu ropa a la maleta?
-Sí, Tamara.
-Me parece perfecto, salgamos.

Ambas miraron el reloj, percatándose de que aún era temprano. En la calle, el asunto de Trankov quedó en aparente segundo plano y hablaron sobre los itinerarios de tren y de avión ya que Carlota no había realizado viajes largos y desconocía si sufría de vértigo o de pánico. En la farmacia, Didier compró calmantes ligeros y calcetines especiales, indicándole a la pequeña que debía colocárselos ya que le evitarían problemas de circulación, asimismo, le recomendó comer ligero y meter varios libros en su bolso de mano para no aburrirse.

-Veremos a Judy en el tren así que tal vez puedas platicarle cosas cursis y comer pasteles .. De sólo pensarlo se me revuelve el estómago ¡Carlota!

La niña no le prestaba atención por estar ocupada hojeando Realeza; la chica de al lado se la había prestado y como la joven Liukin era veloz para asimilar cualquier texto, regresó inmediatamente la revista.

-¡Sergei es un reverendo imbécil! Él tan inocente diciéndome - Carlota profirió con voz grave, en plena parodia masculina - "Es falso lo que dicen de mí, yo no soy el príncipe encantador"... ¡Vaya trozo de idiota! ¡Qué se vaya al diablo!
-¡Niña, te dije que no leyeras eso!
-Me iba enterar, te gustara o no Tamara.
-Baja tu tono. No estás con tus amiguitos o tus hermanitos que te toleran todo.
-¡No eres mi mamá!
-No me importa. A mí me vas a respetar porque soy tu entrenadora. Qué te quede claro que no te permito gritarme y mucho menos que trates de rebasar mis límites. Tampoco quiero que se te olvide que soy la persona que te cuida así que ve preparando una gran disculpa.

Carlota giró soberbiamente hacia la acera disponiéndose a cruzarla, pero un sonido provocó que Tamara la hiciera retroceder. Un trineo pasó a escasos centímetros de ellas a gran velocidad; poco después apareció otro coche, bastante más lento y con problemas en las ruedas. Anton manejaba con dificultad.

-¿Qué sucede Maizuradze? - preguntó Tamara.
-¡Una carrera!

Ambas vieron cuando el chico a los pocos metros salió de su troika* y derrapó cuesta abajo.

-¡Santo cielo! ¿Estás bien?
-Soy de hule.
-¡Déjate de tonterías!
-Ya me voy.
-¿Ahora qué quieres hacer?
-Si no termino me van a decir gallina.
-Por mí que te llamen abuela de los pollos ¡Levántate y quédate tranquilo!
-¡Abuela! ¡Esa es buena! ¡Jajajaja!
-Maizuradze, Maizuradze ¿Contra quién corrías?
-El señor Jouberto.
-¡¿Cómo es posible?! Mejor hagámonos a un lado, ahí vienen otros locos.

Con mayor rapidez que Joubert, Edwin y Gwendal descendían en su propia competencia y gritaban sabiendo que cualquiera podía ganar al momento de tomar la curva hacia la calle Ponsero. Tamara comenzó a gritar "¡Mériguet!" y fue detrás de él. Carlota no entendía nada y de colofón, Anton le dijo:

-¿Te subes?

Ella no accedió y se dirigió a pie. Eva De Vanny, sólo por molestar, abrazaba a Joubert por saludo ya que sabía que alguno de los presentes se lo diría a la novia de su amigo.

-¡Hola, chico A! - señaló Eva al ver a Anton.
-¿Qué onda?
-Vine a tirarme con ustedes pero mi querubín perdió mi carrito.
-¿Sigues con Evan?
-¡A mí me gustan los muchachos, no los pequeñitos!

La joven jugueteaba con el pelo de Anton y el niño volteaba para ver si la chica Liukin se aparecía pero al notar su tardanza, Tamara y Gwendal decidieron ir a buscarla. Burlonamente, Eva se dirigió a Joubert:

-¿A dónde fue tu cabbage patch? ¿A jugar con nenucos?
-Déjala en paz.
-No te pongas así, es una broma.
-Estoy cansado de tus groserías.

El joven Bessette fue detrás de Tamara, quizá creyendo que encontraría a Carlota inmediatamente pero no fue así. Pronto se dió cuenta de que la pequeña no se hallaba cerca y apresuró el paso.

Aún en Ponsero, el chico Maizuradze se cruzó de brazos y Edwin le observaba con aburrimiento. Sabiendo que Carlota era predecible en sus depresiones, el hombre se percató de que podía ir por ella y el mozalbete ni siquiera repararía en su ausencia, a pesar de quedarse con la irritante compañía de Eva. Cerca de ahí, Sergei Trankov visiblemente molesto pero al fin libre, decidió apartarse de la ciudad unas cuantas horas antes del anochecer, tomando camino hacia el bosque.

Carlota Liukin se refugió en los cerezos y golpeaba su cabeza contra un tronco mientras intentaba explicarse porqué Edwin y Joubert se conocían e irremediablemente arribaba a la conclusión de que se trataba del "buen tipo" que vivía en el dúplex. Gracias a esto, ella comenzó a arrepentirse de insistir con el anuncio, de presentir que la oferta tendría éxito y de haber salido corriendo por no resistir la impresión. Algo andaba mal y no era precisamente su ánimo volátil del día.

-Hola.

La niña se recargó en sus rodillas y ocultó su rostro. La voz de Edwin le era cautivadora aún y sabía que si lo miraba nuevamente con el suéter gris y la camisa verde limón no iba a contenerse y le abrazaría con insistencia.

-¿Qué pasa?
-Se suponía que estábamos en ley del hielo.
-Tienes razón.
-Tu esposa me odia y si se entera de que nos saludamos se van a pelear.
-Yo te saludé, tú a mí, no.
-Como si lo hubiera hecho.
-Además, Carmen y yo no somos nada.
-¿Te cortó?
-Al revés.
-¿El bebé?
-Lo perdimos.

El hombre suspiró y agregó:

-Fue lo mejor, nadie merece a padres que no se soportan.
-¿Cómo te sientes?
-Puse muchas ilusiones pero no me siento triste como en los primeros días, sólo un poco decepcionado porque al final el único que perdió fui yo. Carmen ahora tiene un contrato con Cavalli y a mí me corrieron de Juventus, pagaré el divorcio y despedí a mi agente. Fracasé.
-¿Buscarás un empleo?
-Los Blackhawkes me han recibido.
-Me alegro por ti.
-¿Es cierto que hoy te mudas?
-Joubert te comentó.
-Porque me deja el apartamento.
-Mi entrenadora cree que es tiempo y me he emocionado.
-Europa es lindo.
-Y podremos cumplir nuestro acuerdo.

Carlota continuaba negándose a girar su cabeza mientras sintiera que él la atisbaba y arrancó una florecilla blanca.

-Me voy si eso quieres.
-No, quédate. Mejor será si regreso con mi padre. Que te vaya bien.
-Aguarda, Carlota
-¿Qué sucede?
-Se te ha caído un arete.

La niña tocó sus orejas, comprobando que Edwin no la engañaba. Fácilmente habría renunciado a recuperar el pendiente pero se trataba de un obsequio de Sergei y a pesar de saberse disgustada con él, no anhelaba perder lo que le había entregado sinceramente.

-Dámelo, por favor.
-¿Pasa algo?
-No, es sólo que llevo prisa.

Edwin la tomó de la mano. Carlota, sin más voluntad, giró sobre sí y lo estrechó con desesperación, sabiendo que era incorrecto. El aire presentaba una fragancia masculina, dulce y fuerte y ella, a punto de perder sus cabales, arrebató el arete y se fue corriendo. Aquella escena, por coincidencia fue contemplada por un Sergei que ahora entendía porque la niña era tan coqueta, explosiva y en ocasiones, desenfrenadamente tierna.

-Ay Lotte, sí que sabes meterte en aprietos - susurró el guerrillero que cambió su ruta y siguió a la chica por la ladera que daba al valle y después por la entrada de la ciudad.

La chica Liukin se percibía más enojada que antes y no se disculpaba si tropezaba con alguien. Lucía torpe, frágil, con el rostro cubierto de polen y sintiéndose miserable. En los últimos metros camino a su apartamento, Anton alcanzó a verla e intentó hablarle pero ella lo aventó y continuó hasta su enredadera, subiendo con dificultad, aferrándose a llegar a su habitación. Sergei incorporó al chico Maizuradze y sin más, corrió a la planta.

Al ver su habitación vacía y comprobar que los muebles ya no se encontraban, Carlota rompió en llanto  y con la mirada fija a la pared se repetía "tonta, tonta" y de sólo pensar en Edwin aquello se convirtió en "estúpida, estúpida"; Trankov entró como si se tratara de una emergencia.

-¡¿A qué vienes?! - gritó la pequeña cuando Sergei la apretó para controlarla, a lo que ella reaccionó propinándole un fuerte puñetazo y echándolo. Peocupado por no escuchar lo que ocurría dentro, el rebelde golpeó la puerta hasta cansarse. Dentro, la niña no atinaba a recuperar la cordura y arrepentida por haber maltratado al hombre, abrió su puerta.

-Te ves mal.
-Me defraudaste.
-¿Por? ¿La revista, cierto?
-¡No te basta con Lubov y con Lía! ¡No sabes amar a nadie, Matt!
-¡Y tú reclamas! ¿Quién era el sujeto del bosque?
-¿Me espiaste?
-Fue casualidad, pero me permito advertir nuevamente que eres una chiquilla jugando a ser adulta y eso es peligroso.
-¡De mí no sabes nada! ¡Edwin es un amigo que quiero mucho!
-¿Tanto lo aprecias que huyes de él? ¿Qué pasó entre ustedes?
-¡Nada!

Sergei la miró a la cara.

-¿Te enamoraste?
-No, una niña como yo nunca se fija en un viejo.
-Mientes.
-¡No sigas!
-Suponía que ocultabas algo pero no estaba seguro. Es obvio, amas a ese hombre.
-¡Basta!
-Él es la razón por la que odias tener trece años.
-¡Vete!
-No te preocupes, sólo te pido que recapacites sobre quién eres porque parece que jamás lo has hecho.

El guerrillero salió del apartamento. Anton se encontraba en la banqueta, esperando noticias de lo que ocurría. Sergei le dijo que Carlota se había deprimido por el viaje y que le dejara descansar un poco. Ambos se enfilaron al barrio ruso y al llegar al semáforo, el chico Maizuradze distinguió a Edwin dirigiéndose al portón con un ramo de violetas, presionó un botón y desapareció poco después. Como Trankov era de sobra desconfiado, le sugirió al pequeño ir a ver y aprovechando sus habilidades de paramilitar y de vago respectivamente, violaron el cerrojo y ascendieron sigilosamente.

Carlota continuaba lagrimeando cuando algo sonó. Los demás acostumbraban tocar pero Edwin siempre había tenido la cortesía de respetar el timbre y no insistir en la entrada. Dudosa fue a atenderle.

-Sólo quiero darte el ramo.
-Gracias, es lindo.
-¿Quieres que haga algo por ti?
-Sí.
-¿Qué necesitas?
-¿Podrías darme un abrazo?

Él accedió en actitud de franco consuelo y Carlota procedió a encontrarse en el rostro de él, dándose cuenta de que no había nada, que siendo joven o no, Edwin jamás sería para ella, no obstante el amor que sintiera. Él de todas formas sólo la contemplaría como una criatura delicada y nunca como una mujer, lo cual dolía en extremo y la obligaba a no querer separársele nunca.

-Debo irme, chiquita.
-Por favor, no.
-Tienes muchas cosas qué arreglar.
-Me quedé sin pendientes.
-Seguramente te saldrán otros, así son los viajes.
-Edwin, estoy sola.
-Llamaré al alguien para que te acompañe.
-Mejor tú.
-Ricardo no tardará en llegar.
-Entonces acércate.

Edwin vaciló un poco pero aún consideraba a Carlota una buena niña. Feliz por tenerle tan cerca, ella le besó el cuello y la boca tímidamente. Él la separó. En aquél instante, Javier atravesó su puerta mientras Edwin exclamaba:

-Disculpa, Carlota ¡Lo siento!
-¡No te vayas!
-Perdón, no fue mi intención ¡Te juro que lo siento! ¡Lo siento mucho!

El ángel corrió a la salida. Sergei Trankov estuvo a punto de seguirlo pero olvidó la discreción y optó por saltar los escalones y llegar dónde la pequeña.

-¿Te encontráis bien? - inquirió Javier.
-No fue nada.
-¿Porqué el hombre se disculpaba?
-Porque es intachable.

Anton y Sergei se aproximaron con cautela y cuando ella les miró, sonrió sin esconder que estaba destrozada. Las campanas sonaron en punto de las doce. Carlota había concluido, sin felicidad, su infancia.

*Troika: sinónimo de trineo.

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