miércoles, 27 de junio de 2012

La disculpa (Cuento alterno y fin de temporada)



A Elías Leonardo, columnista de Fútbol Sapiens 

Tamara corría por el barrio ruso con la esperanza de encontrarse a Carlota y fue alcanzada por una repentina lluvia que le obligó a refugiarse en una cafetería, pero mucha gente tuvo la misma idea y la chica que atendía acabó advirtiendo que más valía que ordenaran o tendrían que marcharse. Como empezó a helar, Didier buscó en sus bolsillos hallando unas monedas, miró la tabla de precios y descubrió que 2€ eran insuficientes para adquirir un simple café o un insípido té de manzanilla; una galleta de vainilla excedía también el presupuesto y los baratos prianikis se habían agotado. Suspirando, se hizo a la idea de correr hasta el biombo de otro local y aprovechar mejor su dinero haciendo una llamada para saber si alguien sabía que pasaba con la joven Liukin. 

-Toma, ya puedes disimular.

Tamara giró su cabeza hacia la izquierda y observó a Joachim Alejandriy extendiéndole un vaso.

-¿Qué es?
-Café turco, 5€.
-Mmh, gracias.

Ella dió un sorbo, pero no pudo evitar la mueca.

-Qué mal sabor.
-El café de Tell no Tales nunca se ha distinguido por ser bueno y el unicel no ayuda.
-¿Tú que tomas?
-Cerveza.
-En vaso de cristal, por lo menos me hubieras ordenado algo en taza.
-Te quejarías porque no estaría caliente.
-Tal vez esto sabría menos ácido.
-Sí se notaría la gran diferencia ¿Qué te trajo por aquí? 
-Buscaba a tu sobrina. La perdí de vista un momento y no aparece.
-Seguramente se escapó, nos hemos cansado de decirle que esa costumbre es peligrosa.
-¿Ha pasado antes?
-¿No te habías dado cuenta? 
-Jamás ocurrió algo parecido.
-Más bien, no te lo había hecho. Cada que se deprime, Carlota se va por ahí hasta que se le pasa.

Tamara volvió a saborear aquella bebida desagradable y permaneció de pie observando la lluvia. Joachim en cambio, admiraba a la mujer y no tardó en quitarse el abrigo y colocárselo a ella.

-No tengo frío.
-Debería, no tarda mucho en nevar.
-Parece mentira que suceda en verano. Con más razón debo apresurarme.
-Todavía hay tiempo, el tren sale a las nueve.
-¿Ricardo te avisó?
-En realidad compré mi boleto con anticipación y después supe algo de que mis sobrinos se mudan pero no soy muy cercano a la familia así que sólo es una coincidencia.

Él sonrió con ironía inentendible y ella pretextó que necesitaba ir al tocador, abandonando el vaso y dejando el gabán en una silla para no comprometerse a quedarse con el tipo un instante más. Pretendiendo perderle de vista, Tamara trató de confundirse entre los desconocidos y dirigirse a la entrada pero oír su nombre con insistencia le cambió los planes. Aunque presentía que se pondría de malas, echó un vistazo atrás.

-Ven Didier, mi mesa está muy escondida.

Ella desconfió pero se acercó. Ingo Carroll no era precisamente la clase de persona con quién le placía toparse.

-Creí que se había terminado lo tuyo con Alejandriy.

Sentándose, ella se apresuró a responder.

-Lo encontré apenas, tiene meses que no lo veía.
-Entre ustedes existe mucha confianza.
-¿Qué dices?
-Nadie presta su suéter o regala café sin intención y nadie los acepta sin imaginarse porqué. 
-Te equivocas, él no me interesa.
-En Salt Lake me quedó claro que Joachim Alejandriy te gusta.
-Su bravuconería lo arruina todo. Desde olímpicos no le dirigí la palabra y me telefoneó con insistencia pero tampoco respondí.
-¿Porqué no te tomas un tiempo y le explicas que no te agrada?
-Al buen entendedor pocas palabras, Joachim es uno de ellos.

Carroll mordió su panecillo y añadió:

-Ese Alejandriy es más terco que inteligente.

Tamara atisbó a Carroll con disgusto porque hablaba con la boca llena. Intuía que lo hacía a propósito y buscaba desesperarla. Esa táctica a esas alturas resultaba infantil pero efectiva.

-¿Cómo van las rodillas, Didier? 

La mujer frunció el ceño.

-Mejor dime que te encanta fastidiar.
-No he preguntado algo ofensivo.
-De hecho sí. De antemano sabes que mis rótulas no sirven.
-Ha pasado mucho tiempo ¿No has considerado operarte?
-¿Otra vez? Prefiero que sanen solas.
-Desgastándote como ahora no creo que suceda pronto.
-¿Con desgaste hablas de hacer mi trabajo?
-Quiero decir que haces demasiados ejercicios cuando crees que nadie te ve.
-Si no practico mis saltos jamás volverán a salirme bien.
-Todavía no estás lista.

Carroll bebió su café y acto seguido, ordenó un trozo de pay de maíz. Tamara supo que lo pedía por ella.

-Sigues los malos hábitos que te inculcó tu abuela. Hasta controlas lo que Liukin come y la pobre pasa hambre en tus narices sin quejarse.
-Carlota no se guarda las cosas, si algo estuviera mal, me lo contaría.
-Sé que Haguenauer le entrega un chocolate todos los días después de la práctica y la tal Judy le lleva sándwiches de queso con tocino dos veces a la semana. 
-¡Esas calorías le van a hacer daño!
-De ninguna manera. Esa niña las necesita.
-No forman parte de una buena dieta. Carlota debe ser ligera para realizar las piruetas y las extensiones. Si sube de peso se verá tosca.
-En realidad, se verá mejor.
-La dieta de mi abuela funciona a largo plazo.
-Con todo respeto pero qué detestable era esa mujer.

Tamara se cruzó de brazos y miró a la nada.

-No creo que comer solamente ensalada verde sea lo más saludable del mundo.
-Mi niña también ingiere cereales y algo de pollo.
-Apuesto a que mides sus raciones.
-Por supuesto.
-Alguna vez dije que no te alimentabas bien ¿Recuerdas? Hace seis años me preguntaste si podías entrenar conmigo porque tu abuela no iba a montarte unas rutinas y todo por un bote de crema de avellanas que conseguiste a escondidas. 
-A veces llevo a Carlota por un helado.
-No es excusa. Eres tan parecida a esa anciana...
-¡No vuelvas a compararme con ella!
-¿Cómo no? Eres igual de reticente a que te digan verdades.
-Mi abuela era una maldita bruja descorazonada, yo todavía soy buena.

El hombre posó su mano en el hombro de ella fraternalmente.

-Ojalá eso hubieras creído hace cuatro años.

Ella bajó la mirada, aceptando la respuesta como argumento cierto y se encongió de hombros.

-Lo único que sigo preguntándome es porqué pediste mi ayuda y la despreciaste pese a que hice de ti una campeona del mundo.
-No te abandoné, Carroll, fue al revés.
-¿Segura? Yo te daba una indicación y enseguida tu abuela intervenía. De sobra sabemos a quién le hacías caso.
-A ti, por eso gane problemas.
-Tu atención duró un año, al siguiente me ignoraste. 
-Querías que me perdiera las olimpiadas.
-Tus programas no me gustaban, no eran ganadores.
-¡Trabajé cada maldita hora con la coreógrafa que me mandaste y tú mismo aprobaste los saltos y las coreografías!
-Los primerizos eran una belleza pero las "modificaciones" los echaron a perder. Tu abuela comenzó a alterar los planes y te supliqué varias veces que no la siguieras porque boicoteaba el trabajo. Te advertí que no podrías con la velocidad de tu programa libre y que te estabas forzando para preparar los saltos porque eran muy inmediatos. Terminabas un axel y enseguida corrías para realizar un salchow. Aún no comprendo cómo fue posible que ganaras unos europeos así. Te vi cansada durante la temporada y muy desanimada. No estabas preparada para Nagano ni física ni mentalmente por eso deseaba que omitieras el viaje, que después en el mundial estarías mejor. Eras muy inmadura para percatarte de que no era tu turno de ganar. 
-Mi turno nunca llegó.
-De poder continuar, Tamara, te aseguro que ese momento habría llegado en Salt Lake.

Ella tomó aire por la boca.

-Fue mi culpa no cumplir mi sueño.
-Al fin escucho de ti algo sensato.
-Pero me dejaste.
-Asumí que por quedarte con tu abuela, no me necesitabas. No tenía sentido que fueras a Estados Unidos a buscarme y al final sólo ocuparas un espacio de entrenamiento y yo fuera tu instructor de nombre.
-Qué estúpida.
-¿Sabes cuál es la tragedia? Eres más arrojada, perseverante e independiente ahora que el cuerpo no te responde. Ese carácter de campeona lo tienes cuando es un hecho que no volverás a patinar. 
-Me niego a aceptar eso, el hielo es lo único que tengo.
-Sacrificio, algo que te faltaba.
-Si logro realizar mis giros, me daré por satisfecha.
-¿Sabes que aplaudo? Que eres más tenaz que tu alumna. Carlota Liukin es una virtuosa que no necesita realizar grandes esfuerzos, es incluso más talentosa que cualquier chica que yo haya entrenado en treinta años, pero le falta ambición y critico que no le estés enseñando lo que aprendiste cuando te volviste ciega y te lesionaste de esa forma tan aparatosa.
-Increíble todo lo que ocasionó una caída en mí.
-Cuando dejaste de gritar en el hospital, te convertiste en una mujer muy fuerte.
-Nunca te he pedido perdón, Carroll
-No espero tu disculpa. Estamos a mano desde el momento en que demostraste que nunca te rindes.
-Que te vaya bien.
-Suerte.
-Tengo algo mejor que eso.
-Entonces sorpréndeme.

Tamara volvió con Joachim sólo para despedirse. Estaba empapada al momento de llegar con los Liukin y no le importaba. Por dentro se encontraba triste, recriminándose por estar enferma e imposibilitada de recuperar sus antiguas habilidades. Recordaba que odiaba escuchar a Ingo Carroll por su franqueza bien intencionada y le daban ganas de irse, razón por la que se adelantó y arribó al ferrocarril a las siete con Carlota y Joubert. En la espera, un muchacho corrió hacia ellas con una valija y el rostro sonriente.

-¡Zhenya! ¿Qué te trae por aquí?
-¡Dejé a Oleg Mishin! ¡Quiero probar algo nuevo! ¡Me voy contigo, Tamara!
-¿Eres idiota?
-¡Uno enamorado!
-Es en serio ¿Le haces al idiota? ¡Dejar a Mishin es algo más que idiota! ¡Sólo en un botarate cabe tal idea! 
-Lo hice por ti.
-¡Pero no me interesas Zhenya! 
-Creí que podíamos estar juntos.
-¡Lo que pretendes nunca va a suceder! ¡Nunca! ¡Déjame en paz y regresa con tu entrenador! ¡Entiéndelo, estoy harta de tus coqueteos, de que te aparezcas para ayudarme, de que actúes como si te apreciara! ¡Sólo aléjate!

Carlota miró a Zhenya, mismo que no sabía si sería incapaz de llorar como cuando era niño. Tamara por su parte, le preguntó a un oficial si podía abordar el tren que aguardaba en el andén y al recibir una afirmación, tomó del brazo a la joven Liukin y le avisó que esperarían a Ricardo y los demás en Hammersmith. Joubert agarró la maleta que su novia llevaba y una vez que vió a Didier dentro, giró hacia el herido hombre que aún no reparaba en los mirones.

-¿Vas a subir?

Zhenya no reaccionaba. El boletero anunció que en cinco minutos partían.

5 comentarios:

  1. Sensacional. Totalmente sensacional, algo que me dejó muy metido en la historia. Bastante bueno. Mis respetos para ti

    ResponderBorrar
  2. ¿Y la siguiente temporada viene para... ?

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. Julio, espero. Antes habrá un período para recibir sugerencias.

      Borrar
  3. Me encantó el vídeo al final, muy a doc para el relato.

    ResponderBorrar
  4. Siga dándole a la pluma; emociones femeninas siempre son requeridas. Un abrazo

    ResponderBorrar