El cubo con ruedas llevaba cuatro días forzosamente estacionado en Vichy. El oficial a cargo había organizado partidas nocturnas de bingo, rifas y descuentos en la boutique detrás de la recepción con tal de que los pasajeros no se aburrieran y comenzaran a pelear entre sí. También se anunciaba una fiesta, misma que tendría lugar esa misma noche en el salón del vagón siete. La calefacción seguía funcionando adecuadamente, obligando a dejar los abrigos de lado y apenas se escuchaban las ráfagas que arrancaban los carteles afuera.
En el bar, se comentaban los chismes del semanario "Oggi" que había dedicado todo un número a Zooey Izbasa con el "affaire Trankov" y la presencia de la "princesita de Mónaco" que viajaba camuflada de turista.
-No creo que haya tal princesa - expresaba un hombre al bartender.
-He visto muchas cosas; por experiencia puedo asegurarle que estos rumores fueron provocados.
-¿Para qué?
-Entretenimiento. Mientras la gente siga buscando a la niña ¿A quién le preocupa no poder irse? Además, todos están socializando y tengo propinas extra.
El barman continuó sirviendo tragos y el hombre de la barra miraba a su alrededor, mientras ignoraba la carcajada escandalosa de un sujeto que observaba una película absurda por el televisor. Eran las ocho.
-¿Irá a divertirse?
-No creo.
-¿Los festejos no son para usted?
-Tan espontáneos, no.
-Entonces descanse, la noche será muy larga.
-Me temo que no será así. Buenas noches y quédese con el cambio.
El cantinero deslizó el billete hacía sí, comprobando que su cliente no tenía reparos en darle un gran bono extra; guardó en su bolsillo aquél pago y no registró el whisky en la caja.
Por su parte, el hombre caminó por los corredores con cierta prisa, como si temiera toparse con alguien o intentara esconderse, pero la gente inundaba los espacios aguardando la fiesta y pronto se vió atrapado enfrente del módulo telefónico porque nadie le cedía el paso y su voz no se percibía en medio del cuchicheo insistente de las muchachas con vestidos elegantes que no paraban de admirarlo; incluso, una de ellas se atrevió a acercársele. El sitio olía a violetas y él revisaba con prisa las manecillas.
-Hola, mi nombre es Allison ¿Cómo te llamas?
-Yo .. No te ofendas, estoy buscando a alguien.
-Vaya, qué mala suerte.
-Discúlpame, eres linda, hablo en serio. Pásala bien.
-No hay problema.
-Perdón.
Él trató de retirarse en vano. Su faz ya no presentaba un gesto tranquilo y la chica que le había dirigido la palabra, lo notó enseguida.
-No te preocupes, te ayudo. Sólo observa.
Allison se colgó del brazo del desconocido y con su acento suave, logró que le dejaran pasar con rapidez asombrosa.
-Ventajas de ser mujer - aseguró Allison al detenerse en el pasillo contiguo - Me encantó ayudarte.
-Gracias, eres muy amable.
-Ahora sí podría saber quién eres.
Él sonrió y le habló al oído. Ella lo miró con interés y realizó un gesto con el que aseguraba que no lo diría a nadie. Ambos se alejaron sin más, aunque Allison permaneció intrigada unos minutos antes de volver con sus amigas.
El hombre aprovechó que el corredor no estaba bien iluminado para revisar los números de los cuartos sin ser molestado. Por más que se esforzaba, no hallaba el número correcto y prefería no preguntarle a las escasas camareras que aseaban las perillas. Él continuó por los vagones infructuosamente y se dió por vencido. El tiempo estaba agotado y si alguien lo descubría, todo el plan B, que era desaparecer, se vendría abajo. Lo único apropiado era ocultarse en alguna habitación y aprovechar la ventana.
-¡Creí que estarías en el otro tren! - externó una joven que sin duda alguna lo conocía. Por coincidencia, las luces se encendieron y él pudo ver a su interlocutora, que estaba probando una nueva imagen.
-¿Alguien más te ha visto?
-Sólo una chica en la recepción.
-¿Te reconoció?
-No creo que lea revistas.
-¿Porqué?
-Casi cualquiera sabe quién soy.
-Pocos te reconocerían con traje. Después de todo, bañarse si cambia el aspecto de la gente.
-¿Qué insinuas?
-¡Nada!
El hombre miró a la jovencita con la certeza de que había dicho algo sin querer y sacó algo de su solapa.
-Mejor cuida tu pasaporte Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Cleménce Léopoldine Liukin, alias "Carlota".
-¡Dámelo!
-De acuerdo, "Charlotte".
-Carlota suena más bonito.
-¿Cuántas veces te has presentado con tu apodo?
-No me agrada mi nombre completo y nadie se lo sabe, ni mi papá.
-¿Bromeas?
-No. Palabra que sólo mi mamá me puso de mote ese tratado.
-Con más razón guarda bien tus documentos.
-¿Dónde estaba?
-¿Importa?
Él continuaba examinando el atuendo de Carlota y sonrió.
-Es bueno saber cuándo empezaste a vestir con falda corta.
-¿Qué dices?
-Ven conmigo.
-No te acerques.
-¿No te fías de mí?
-Después de lo de Zooey he llegado a la conclusión de que eres un idiota.
-Siempre has sido celosa.
-¿Qué mosca te picó?
-A partir de hoy, nunca vuelvas a nombrarme Sergei. Para ti, soy Matt.
Matt levantó a Carlota, misma que no se explicaba la actitud de su amigo.
-Te mostraré algo.
La jovencita se sujetó del cuello de Matt. Ambos entraron en una habitación y él deslizó el cristal de la ventana.
-¿A dónde vamos?
-A jugar.
-No entiendo.
-Ya verás.
-Hace frío.
-Juro que no.
Ambos abandonaron el tren mientras ella se preguntaba porqué se dejaba llevar y porqué en la oscuridad no dejaba de distinguir el rostro de Matt, mismo que presentaba una expresión ligeramente más dura y unos sutiles pliegues junto a los ojos.
-¿Qué te pasó?
-¿De qué hablas?
-La cicatriz en tu garganta.
-Gajes del oficio.
La estación de Vichy lucía desierta y el pueblo parecía fantasma. Por la humedad, Carlota pensó que estaba brisando y existía una espesa niebla a su alrededor. El hombre continuaba sin inmutarse por el camino, mismo que daba la impresión de ser breve. Al fondo, se observaba una luz blanca.
-Podrías bajarme - sugirió ella.
-Aún no.
Carlota creía estar soñando. Los árboles eran escasos y las casas eran pequeñas. El suelo de piedra no era muy firme pero marcaba los límites entre el pueblo y la naturaleza virgen. La joven casi quería carcajearse de que Vichy fuera más bien una aldea. Al llegar al resplandor, él la soltó con delicadeza.
-Aguarda. No creo tardarme.
-Matt ...
-Confía en mí.
Matt enfiló sus pasos hacia un lago que había resistido la tormenta. El reflejo era nítido, así que volvió dónde la chica.
-Ven, te gustará.
Carlota sentía un extraño confort y al detenerse frente al agua, quedó cautivada.
Definitivamente, no lucía como una muchacha de casi catorce años. Su cabello a la barbilla, las curvas de su cuerpo y sus gestos no correspondían a una chiquilla.
-No soy una mujer ¿Qué sucede? - caviló impresionada. Si se detenía a observar con detenimiento, había algo más que un reflejo. Ante sus ojos se formaba un mundo alterno que le era conocido. La calle Piaf, la playa y el parque De Gaulle. Estaba viendo sus sueños como en un espejo.
-¿Estoy dormida?
-No.
-¿Porqué me has traído?
-Porque sí.
La Carlota del agua corría por las avenidas, bailaba, gritaba y cantaba, al tiempo que usaba ropa muy atrevida y colorida al igual que su labial. Por alguna razón, esa chica siempre estaba rodeada de gente y su sonrisa ponía de buenas a cualquiera. El sol se hallaba presente y las flores resaltaban su belleza apenas pasaba.
-¡Bérenice! - le llamaban y lejos de girar con el desagrado típico de Carlota, respondía afablemente. Aquella muchacha aparentaba divertirse pero había un detalle: ocasionalmente, examinaba a su contraparte terrenal.
-¡Ella puede verme, Matt! ¡¿Qué clase de brujería es esta?!
-¿Qué es real? ¿Lo sabes?
-¿Qué quieres decir?
-Sigue soñando, por favor.
Carlota iba a expresar algo pero él la contuvo tocando sus labios.
-Te esperaré. Sé que aún puedes sanar.
-No comprendo ¿Curarme de qué?
-El problema es el diseño .. Sólo debo encontrar el orden correcto de las piezas.
-¿Cuáles? ¿Qué te ocurre? ¿Estás loco? ¡Matt!
Él procedió a sumergirse con rapidez pasmosa. La joven Liukin se inclinó aterrada pero en el mundo al lado opuesto había acción. La otra Carlota (Bérenice) corría hacia Matt, de quién estaba en verdad efusiva y sinceramente enamorada. Por lo que se podía entender, se trataba de una pareja que llevaba mucho tiempo conformada. Ambos giraban tomados de la mano y desaparecieron después de que él le contara una especie de secreto al estrecharla. Acto seguido, el lago se cubrió de hielo.
Aún en la orilla, Carlota Liukin comenzó a llorar. Pronto advirtió que se hallaba sola y moriría de frío si no tomaba el abrigo que Matt había olvidado. Suplicó que nadie hubiese ido a buscarla y con lógico pánico, corrió hacia el tren. La ventana por dónde había salido aún continuaba abierta.
La canción del video es "The leavers dance" del grupo The Veils
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