domingo, 3 de noviembre de 2013

El mundo sin cambios (Viviendo en 1984)


Habían transcurrido siete meses y Matt Rostov recibió la noticia de que le habían concedido el día libre y un permiso especial para presentarse en el torneo de gimnasia esa noche. El aviso le era dado en persona por Sophie Dufournet, a quién él recordaba por acompañar a una chiquilla llamada Émilie, que se apareció para visitar a Bérenice durante su estancia en el hospital con un enorme ramo de rosas. La mujer le dijo que podían caminar por el patio de la Escuela de Gimnasia para niñas y saludar antes de irse a una arena cercana para ver el campeonato. 

-Hoy hubo exámenes finales, Bérenice los pasó con nota de "A" con tres puntos extra en grado de ejecución.
-¿Todos?
-Mímica, ballet, danza moderna, interpretación, condición física, salto, asimétricas, suelo, viga y all around.
-¿Y matemáticas, lectura, ciencias?
-Las gimnastas aprenden a determinar valores de partida y elementos a los quince años; a calcular puntajes a los dieciséis. Es toda la aritmética y geometría que necesitan.
-¿Y qué tal Émilie? ¿Cómo salió?
-¡Ah! Sacó "D" más tres puntos en todo, menos en viga y suelo donde tuvo "C" más dos y "B" más uno. Clasificó como suplente en viga y alternante en suelo, tal vez compita hoy si Liudmila Tourisheva, Natalya Shaposhnikova o Nellie Kim renuncian al piso, ellas irán a los juegos olímpicos de todos modos, para el resto sólo hay dos spots.

Matt sabía que Sophie Dufournet era desafecta e indiferente con su hija, al igual que miles de señoras de la Tell no Tales del espejo, excepto por la gimnasia donde era cruelmente apasionada y solía denostar su amargura porque Émilie no cumplía sus expectativas: La niña estaba en ese colegio por una prestación laboral, no porque tuviera un gran talento. Sophie aguna vez había aspirado a ser una gimnasta importante hasta que un embarazo adolescente provocó que abandonara los estudios (si se le puede llamar así a entrenar a diario) y el gobierno le colocó como recepcionista de la escuela para que "aprendiera" de su error. Sin embargo, en la Tell no Tales del espejo existían circunstancias y personas que rompían los estándares de excelencia habituales por lo que, al final, Émilie Dufournet merecía un poco de justicia: si hubiera vivido en la Tell no Tales de Carlota Liukin, habría ganado todas las medallas y sido una estrella. En la Tell no Tales del espejo, no obstante era mediocre y encima suplente, lo que significaba que nunca concursaba, aunque ser alternante en suelo le aseguraba al menos ser considerada para un torneo futuro de segunda categoría.

-Entonces ¿Émilie estará participando?
-Sirviéndole el agua a Bérenice Mukhin, no creo que le den oportunidad de mostrar que es pésima.

Matt sin embargo, no creía que la pequeña no tuviera méritos, aunque fueran pequeños.

En sentido estricto, Émilie Dufournet era dueña de una gran empatía y un humor que podía ser muy leve o muy afilado dependiendo de lo que veía, tenía gran intuición del tiempo y cuando su madre le encargaba la recepción por sacar unas copias o ir al baño, era más eficiente que otras burócratas. En el receso, se la pasaba risa y risa y a menudo demostraba ser buena imitando a la gente, aunque el Pacto evitaba al máximo abrirle oportunidades en la escuela dramática por considerar que sus opiniones y habilidades cómicas eran inconvenientes, pero no la espiaban regularmente.

Bérenice en contraste, podía decir que Émilie era su mejor amiga, a pesar de que nadie concebía esa palabra ni en la imaginación. Las dos solían compartir sus raquíticos almuerzos, burlarse de sus profesores y en ocasiones, hablar de cualquier cosa, así fuese de sus rutinas diarias o de los colores de las cajas de gises. Para Matt Rostov, eso era increíble porque otras niñas no se trataban con fraternidad y el sistema fomentaba una incesante competencia que derivaba en odio entre ellas, aunque debieran trabajar juntas.

Justo en eso pensaba él cuando arribó al colegio y pasó junto al enrejado del patio, donde observó a Bérenice poniendo rostro de asco a su ración y a Émilie colocándose a su lado con un "hola", largo y despreocupado.

-¡Viernes de excelentes, nutritivas y elegantes tripas de gato! ¡Especialidad gourmet de la casa, finísimo! - dijo Émilie después de ver las tiras maceradas que su compañera estaba renuente a comer.

-¡Ja, ja!
-Perdón, pero por tu cara se nota que es asqueroso.
-Saben mejor picadas.
-Al menos están secas; con caldo son la muerte.
-¿A ti qué te dieron?
-Más tripas, pero en casa les pusieron curry.
-¿Curry?
-Como somos burócratas, nos regalan cosas para darle sabor a la comida.
-¿Sabe bien?
-Pues la tripas parecen pollo... Si quieres revolvemos las tuyas y así comemos las dos.
-Hecho.

Matt sonrió por eso.

-Mira a todas las estiradas, cómo se nota que sólo hablan de gimnasia y tonterías. - señaló Émilie - ¿No tienen qué hacer?
-Ja, no creo.
-¿Ya viste quiénes están allá? Tourisheva, Kim y Shaposhnikova, seguramente pensando en que somos monitas sin chiste.
-Nadie se les puede acercar.
-Hoy me tocó hacer los exámenes en el mismo grupo que ellas.
-¿Cómo saliste?
-Aprobé y soy alternante en suelo para hoy, mira, hasta en mi chamarra pusieron tres bandas grises, una amarilla y otra verde.
-Yo tengo las cinco azules.
-¡Vas a competir en todo!
-Contra ellas.
-¿Sabes qué nada más les importa que honrar al Gobierno Mundial y defender la bandera? 
-Eso es lo que se tiene que hacer.
-Sí, pero ellas creen que por ganar las medallas morirán como heroínas patrias o algo parecido.
-Y yo solo quiero un par para que el maestro no me riña el lunes.
-Con pasar las pruebas y no ser la peor de la escuela me conformo.
-¿Y como estuvieron ellas?
-¿En los exámenes? No te perdiste de nada, un brinquito por allá, un pie en la cabeza por aquí y nada más.
-¿Cómo?
-Hice más en viga que Kim, Shaposhnikova es una nerviosa de lo peor y Tourisheva lleva años reprobando.
-¿Cómo la dejan?
-La tienen en el equipo porque a la gente le agrada y le va muy bien cuando compite pero por este lugar creen que está muy vieja y quieren que renuncie un día de estos. Es lo malo de cumplir veintiséis y no retirarse a tiempo.

Bérenice ladeó su cabeza para dar la razón y probó las tripas aderezadas al mismo tiempo, constatando que la sazón se volvía aceptable.

-Pero ya hablamos mucho de gimnasia, mejor critiquemos el pelo: ¿Has notado que todas se hacen un chongo horrible? Es como si presumieran un chichón.
-¡Cierto! - contestó la niña Mukhin. En ese momento, Matt Rostov dejó de escucharlas.

Al interior del colegio se respiraba alivio; sí alivio, típico de profesores hartos que daban diagnósticos sobre las alumnas expulsadas al final de la semana. Muchas de ellas eran maravillosas pero no poseían fortaleza mental. A Matt Rostov le parecía injusto, ya que el gobierno mandaría a la mayoría a trabajar a las fábricas, sin posibilidades de asistir a otras clases.

-El médico Matt Rostov ha venido de visita - anunció Sophie Dufournet. Nadie le hizo el menor caso por atender a Elijah Maizuradze, que llevaba nuevas disposiciones respecto a Bérenice Mukhin.

-Agua caliente, buenas toallas, los mejores uniformes y por favor sepárenla de esa inútil de Émilie Dufournet.
-¡No puede hacer eso! - reaccionó Sophie.
-¿Por qué me contradice?
-Émilie ha mejorado sus notas desde que se hablan.
-Su hija es un desastre con patas y si no, un deshecho... A Émilie déjenla hacerse lo que quiera, nunca será buena en algo, terminará igual que esta señora que alega.
-Sí, será como usted diga. - intervino Rostov con un poco de sarcasmo.
-Ah, el doctor. Si no abre la boca nunca me entero de que también pierde tiempo de trabajo.
-El gobierno me quiere en la competencia.
-¿Para cargar las maletas? 
-De público.
-¿Quién autorizó semejante irresponsabilidad?
-¡Bérenice Mukhin pidió que viniera, el secretario del gobierno dijo que sí! - añadió Sophie.
-¿Cuándo comenzaron a cumplir los caprichos de una estúpida?

Elijah Maizuradze miró a Matt como si fuese un estorbo y lo recordó atendiendo a Bérenice con especial amabilidad antes de darle de alta. 

-"Otro civil con simpatía... Esto se volverá un problema" - reflexionó Elijah. Matt Rostov era el médico personal de Bérenice.

-Doctor, Rostov ¿Lo llevo con la niña? Estamos en descanso, más tarde será imposible hablar con las chicas, tienen que prepararse. 
-De acuerdo, Sophie. Me retiro.

Maizuradze lo miró con recelo y lo siguió hasta la puerta. Matt continuó hacia el patio y alegremente se acercó a Bérenice, que lo recibió agitando su mano. A la distancia, todo aparentaba normalidad pero Elijah supo que la niña experimentaba aprecio por Rostov.

-Se acabaron las visitas - ordenó Elijah Maizuradze a Sophie - Bérenice Mukhin no tiene a nadie.
-Enseguida mandaré un telegrama al Ministerio de Salud.
-Primero llévese a su hija y que no se vuelva a repetir lo de verla con Mukhin.
-Enseguida ¡Émilie! ¡Émilie es hora de peinarte, esa competencia no nos va a esperar! - gritó la mujer. La niña se despidió rápidamente de Bérenice y Matt Rostov y se aproximó corriendo a su madre.

-Vamos a que te aplique fijador en esos pelos, dime que ya traes el leotardo puesto.
-Sí, pero me queda chico.
-Mentira, te queda bien. Siéntate y dame un momento.

Sophie tomó lugar frente a su telégrafo y procedió a escribir, pero no para hacer la petición ordenada al Ministerio de Salud, sino para solicitar que Matt Rostov fuese transferido al colegio y se mantuviera con Bérenice, más uno extra al Ministerio de Deportes, colocando a Émilie como finalista de suelo en sustitución de la mismísima Liudmila Tourisheva por "realizar pese a nota, test satisfactorio".

Sophie Dufournet podía ser artífice de pequeñas venganzas personales pero herir su ego a través de Émilie y sobremanera Bérenice, costaba enfadarla a extremos insospechados y podía causar terremotos. El Gobierno Mundial no tenía absoluta idea de lo que, en realidad, ella era capaz. 

-Listo, señor Maizuradze, no tardaran en atender sus deseos. 
-Nunca me ignoran. Ahora vuelva a su insignificante vida.

Cuando él se dio la vuelta, Sophie sonrió.

-Idiota - expresó. Émilie se percató del buen humor de su madre y tomó su mano.

-Tendremos noticias, niña. Te pondré brillitos en la cara y sombra de arcoiris, una coleta y es hora de que uses las zapatillas de seda que el Pacto te mandó la semana pasada.
-¿Por qué?
-Va a llegar una hojita rosa en unos minutos. Me lo vas a deber.

Émilie no atendió más y se sometió al proceso de ser arreglada más de la cuenta. En el fondo, le disgustaban los maquillajes y otros horrores pero disfrutaba esos instantes de contacto físico con Sophie, en los que se imaginaba algo parecido al cariño materno.

-¿De qué color te pongo el listón? ¿Verde limón como el de la chamarra o marrón?
-¿El gobierno te aumentó el sueldo o por qué preguntas?
-No cruces la línea... Pero no me lo aumentaron. Mejor aprovecha que no estoy molesta ¿Por cuál color te decidiste, Émilie? 
-El verde me gusta.
-Ese será. ¿Te quedas quieta?
-Como árbol.

Émilie se sentó en el suelo y Sophie comenzó a elaborarle una coleta a la usanza del equipo titular, en una burla anticipada de lo que vendría. Las recepcionistas que volvían a ocupar sus lugares después de tomar bocadillos, admiraron la escena con mucha curiosidad.

-Bérenice no se queja cuando la peino.
-¡Pero me importa no ser calva!
-¡Te callas y esperas!
-¡Pero a ti no te duele!
-Tienes más nudos que un perro callejero.
-Nunca hemos tocado a un perro.
-Pero se nota el pelo enredado... Ya quedó.
-El nudo me aprieta.
-No me interesa.

La niña miró a Sophie con gesto de boca chueca pero no fue atendida y debió soportar que sus pestañas fueran rizadas después de colocarle sombras distintas en los ojos.

-Para la próxima, arráncame los párpados.
-No seas ridícula, Émilie. Por eso y de castigo no tendrás diamantina en las mejillas.
-¡Ay, que mal me siento! ¡Malísima!
-Mejor trae a Bérenice antes de que me tome el enojo en serio.
-¿A ella o al doctor Rostov?
-¡Lárgate!

Émilie salió corriendo como un bufón, agitando su chaqueta. En el patio, Bérenice y Matt charlaban sobre los golpes que ella resentía de las prácticas y las cortaduras por pasar horas en la viga de equilibrio.

-El otro día desgasté mis zapatillas y se rompieron. No me han dado nuevas.
-No está bien que te concentres tanto en un solo aparato.
-Mi maestro dice que me ha ayudado con la postura y a ser fuerte.
-¿Lastimándote? Atenderé el dolor de los talones cuando acabes la competencia pero deberías tener hielo a la mano.
-Sí, doctor.
-Mira, viene Émilie.
-Me gusta su cabello.
-Se ve ¿cómo le llamas a los sonrientes?
-"Felices". Ella se ve "feliz".

Émilie no tardó en aproximarse. 

-Te arreglarán, Bérenice.
-¿Lo hará Sophie?
-Mientras no te aplique tortura como a mí, está bien.
-Doctor Rostov, tengo que ir.
-Entiendo, adelante.
-Lo veré más tarde.

Bérenice y Émilie emprendieron camino con calma, procurando hablar después de tomar distancia razonable con Matt Rostov.

-Le das envidia hasta a Tourisheva.
-¿Por qué lo dices?
-Matt Rostov habla contigo y te da consulta.
-Es su trabajo.
-Pero las demás quisieran que él las atendiera en lugar de la chica de la enfermería.
-El Pacto me lo asignó.
-Pero a ti no te importa que Matt sea "atractivo".
-Explícame.
-Tourisheva lo invitará a salir, la escuché.
-¡No puede hacer eso!
-¿Por qué?
-Matt tiene veinte años.
-¿Eso qué?
-Pues, él es más joven.
-Ajá.
-Matt no aceptaría, ella no es su tipo.
-Pero son adultos y si volteas...

Bérenice miró hacia atrás, dándose cuenta de que Liudmila Tourisheva tomaba sitio junto a Matt. Quién sabe de qué conversarían porque él se comportaba sin la solemnidad acostumbrada.

-¡A él no le gustas, Tourisheva! - gritó una enfadada niña Mukhin. Sus compañeras abrieron la boca por semejante estilo de ponerse en evidencia. En la puerta, Sophie Dufournet la aguardaba con la misma sorpresa.

-Bérenice, qué bueno que llegas. Voy a ponerte labial y ..
-¡Ya basta! Tengo que entrenar.

Bérenice caminó velozmente hacia un salón solitario y se encerró en el mismo. Por la cabeza le pasaba Tourisheva, seguramente burlándose de ella, las chicas de la escuela murmurando, el propio Matt creyendo que era ingenua y pequeña y finalmente Émilie, que tal vez no le diría nada o le recordaría lo ocurrido más tarde. 

Por el enojo, la chica resolvió desahogarse repasando su ejercicio de viga, sin protectores o magnesia, recordando a la "perfecta" Tourisheva que siempre ganaba. Por coincidencia, ese aparato también era la especialidad de aquella estrella.

-Sí, claro. Me llamo Liudmila y me aman, gano con el puro nombre y bueno, repruebo mis exámenes porque soy ¡una patética engañabobos! y me gustan hombres inteligentes y me aprovecho de que Mukhin sea una niña estúpida... Y Matt no me gusta, esto es diferente yo ... ¿Por qué doy un paso para atrás al dejar esta cosa? Mi entrenador me va a matar si no me sale perfecto... ¿Y por qué hablo en voz alta? ¡Esta rutina es una basura! 

El sonido de las llaves que abrían el lugar le recordó que no estaba sola.

-¿Estás bien? - Preguntó Émilie.
-Debieron sacarme de aquí solo para el torneo.
-Eso harán.
-Entonces ¿qué quieren?
-Es Tourisheva.
-¿Qué hay con esa mujer?
-La borraron de la final de suelo.
-Es lo menos que se merece, vieja bruja.
-¿Qué es bruja?
-Mala y fea.
-La voy a sustituir.
-Bien hecho.
-Ahora ella me odia. 
-Ay, Émilie, le ganaste a una de las estiradas.
-Sophie me dijo que siempre no soy un fracaso.

Bérenice descendió de la viga y abrazó a su amiga.

-Matt Rostov se fue, avisó que te vería más tarde.
-Qué vergüenza.
-Pudo ser peor.
-¿Qué me está pasando? ¿Por qué me importa que él se vaya con Tourisheva?
-No tengo idea.
-A lo mejor se me pasa en unos días. 

Bérenice retomó su improvisado entrenamiento, escuchando a Émilie hablar sobre lo satisfecha que se hallaba de obtener una oportunidad en una competencia formal y de cómo Sophie lo presumía con sus colegas. Tan entretenida era, que el asunto de Matt Rostov quedó en el segundo plano.

(Cada ocasión que Bérenice Mukhin evocaba este episodio, terminaba deprimida porque su gemela dimensional, Carlota Liukin, pasaba por lo mismo, pero la diferencia era que ésta última no podía tener final feliz.)

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