-¿Teniente Maizuradze? - abordó un hombre a la salida del hotel Odessa. Ilya Maizuradze lo miró con los ojos propios de alguien que trata de recordar el apellido de un hombre al que no se ha visto por primera vez, pero la gabardina delataba su rango. En la calle casi no se veía gente y la zona de Montparnasse estaba muy sola.
-Escucho, Almirante.
El desconocido apenas esbozó una sonrisa pero su expresión se transformó de sarcástica a inofensiva.
-He traído un mensaje.
-¿El Gobierno Mundial me ha vuelto a poner en la mira?
-Usted es monstruoso.
-Aterrador.
-Para evitar más interacción, hay que ir directo a la cabeza.
-¿Qué noticias ha traído?
-El Almirante Maizuradze ha muerto.
-¿Elijah?
-Me dijeron que no lo había conocido, la marina siempre me informa.
-Él y yo nunca nos llevamos bien
-Intentó cazar a Thorm Magnussen pero usted lo impidió.
-Saben que no fui yo, sino Sergei Trankov.
-Oh, Sergei Trankov.
El almirante levantó las manos como si fueran a arrestarlo y el teniente Maizuradze se rió de la broma. Parecía sentirse cómodo.
-¿Cuándo murió mi hermano?
-Hace unos meses, la Marina no realizó el funeral.
-¿Se tomaron la molestia de avisarme tan tarde?
-Me ofrecí a esta misión porque deseaba darme un paseo.
-Se nota.
-Ah, pero los rusos no fuman.
-Los italianos riegan el vodka en la alcantarilla.
-No recuerdo que usted llevara cigarros.
-Toscano classico.
-Traigo los míos.
-¿Caja cerrada?
-Intento dejarlos.
-Ah.
El teniente Maizuradze comenzó a fumar, convencido de que el almirante lo había incitado a propósito. De todas formas, aquello no pintaba para ser una operación del Gobierno Mundial, al menos no una de advertencia.
-El Gobierno fue notificado por Viktorette Maizuradze, no supimos donde lo enterró.
-¿Están seguros?
-El certificado de defunción estaba firmado por su médico personal.
-¿Qué tenía?
-Efisema pulmonar.
-¿Pasó toda la tarde aprendiendo lo que bien me pudieron haber mandado en una nota?
-Le dije que vine de paseo.
-No sé como podría tomarle en serio.
-Un almirante jamás habla con el ejército rojo.
Ambos miraron a lados opuestos y pronto se dieron cuenta de que los agentes de la gendarmería local y los turistas los reconocían, especialmente al almirante, a quien observaban con apanicada admiración.
-Usted se ha tomado una atribución menor.
-Tengo cosas que arreglar.
-Su Almirante de Flota no estará feliz.
-Pretextaré una visita al Hospital Saint Denis por mi tardanza de volver al cuartel en Florencia.
-¿La Marina cambió su sede?
-Ascenderán al General Bessette, quiero adelantarme.
-Esa es una pésima noticia.
-¿Para quién?
-Para él.
-Supongo que haré más papeleo.
El teniente Maizuradze deseó tener un vaso con whisky en ese instante y acabó con su cigarrillo de una vez para enseguida encender otro y permanecer pensativo un buen tramo de su camino. Apenas concebía que a sus rivales les gustara la idea de colocar al peor de sus elementos en un puesto peligroso, dado que no faltaban los idiotas que amenazaban a la Marina.
-¿Qué posición va a defender? - preguntó preocupado.
-El Báltico.
-Y la base del Mediterráneo es su refuerzo, vaya que lo tienen cubierto.
-Era la posición del Almirante Maizuradze.
-Que era un imbécil.
-Realmente se detestaban.
-Traicionó al ejército ruso.
Ilya Maizuradze intentaba recordar el nombre de su interlocutor y al darse cuenta de que no podría rápidamente, desistió y se propuso evitar al máximo nombrar a otras personas. No obstante, el almirante no fuera capaz de callarse, debido a que no conocía la ciudad y preguntaba a quien se le atravesara por direcciones y por sus subordinados.
-¿No cree que es mejor buscarlos por sí mismo?
-Tengo que partir con ellos.
-De seguro han ido a algún café, es San Valentín.
-En ese caso no envié una tarjeta a alguna mujer.
-Debería mandársela a su esposa.
-No podría visitarlo, teniente.
-Pero le sería más provechoso que ver mi cara.
El almirante se encogió de hombros y sacó una tablilla de chocolate, desprendiendo apenas un pequeño trozo y convidando al teniente Maizuradze, que declinaba amable mientras creía identificar a Tamara Didier al lado de Ricardo Liukin mientras tomaban un helado y ella sostenía un ramo de rosas de lo más feliz, quizás porque su actitud delataba que no era una cita.
-Ascender a Almirante no pasa todos los días - susurró Maizuradze y se limitó a no hacer notar que sus amigos estaban cerca. Desde la cuadra anterior, Sergei Trankov hacía acto de presencia pero no reparaba en nada, salvo en Lubov, a quien tenía consentida con varios regalos. Poco más adelante, Viktoriya le sonreía a Gwendal Mériguet y jugaba hockey con él. Los Liukin y sus amigos habían hecho planes, no valía la pena llamarlos.
-No tengo esposa - señaló el Almirante bruscamente.
-Es una lástima.
-No me agradan los compromisos todavía.
-No es tan joven para continuar así.
-Hace poco tuve un problema con la infantería para contener a los migrantes en Malta, no estuve en casa dos semanas.
-Entiendo ahora.
-Al igual que muchos marinos, tengo sobrinos.
-Creo que debió llamar a alguien hoy.
-¿Usted lo hizo?
-Mi mujer rechazó mi tarjeta.
-Es algo.
-Almirante Borsalino - el teniente Maizuradze se sorprendió por al fin nombrar a su interlocutor - Estamos conversando como si fuésemos amigos.
-¿No lo somos?
-Creo más en ser rivales.
-Siento respeto por usted, empatía, perdone si lo considero amigo. El almirante Maizuradze tenía mi aprecio y lo extendí a usted por ser su hermano, aunque el simple viaje me haya motivado a encontrarlo y traerle las malas noticias.
-En todo caso, he sido el que ha cometido la grosería.
-El agravio no se ha notado.
-Pero existe, Borsalino. Es penoso que no comparta su amistad.
El teniente Maizuradze le dio la mano a su interlocutor como despedida, percatándose de lo cerca que se encontraba de la parada de autobús que lo conduciría al Hospital Saint Denis de desearlo. Aunque no tenía a que ir ni nadie a quien procurar, se preguntaba como seguía Joubert Bessette y si sus padres lo cuidaban sin objeciones, despertándole el deseo de la visita aunque fuera ese día. Tímido, se aproximó a tomar camino, pero pronto, Carlota Liukin descendió de otro autobús en la esquina opuesta. Por su vestido azul y una canasta vacía, ella misma daba a entender que había pasado la mañana con Joubert y que el escenario no era alentador.
-Señorita Liukin.
-Señor Maizuradze.
-Aguarde - cruzando la acera - ¿Cómo está?
-Bien, tenga cuidado.
-Como puede ver, no soy prudente al pasar.
-Ya supe como Anton aprendió a cruzar la calle.
-Póngase un suéter.
-Muero de calor.
-No tarda en helar.
-Falta mucho.
-¿Qué pasó?
-Joubert despertará, le llevé tarjetas y chocolates, nunca se pierde los chocolates.
-¿Tan mal se quedó?
-Diario le cuento como estuvo mi día y le pongo música ¡Hoy movió la mano!
-Qué fantástica noticia ¿va a celebrar?
-No sé dónde ir, Javier y Adrien salieron por pastel y Andreas está con una chica.
-Hace rato vi a su padre con la señorita Didier.
-Es que Tamara tenía una cita y la dejaron plantada, mi papá se ofreció a ir por ella.
-¿Por qué no los acompaña? No se quede sola en San Valentín.
-Tuve una fiesta, estoy cansada.
-¿Quiere que la lleve a casa?
-Llamé a mi mensajero, no se preocupe.
La joven agitó su mano y se disponía a dar el paso cuando Guillaume Cizeron apareció en escena, aunque se notara que no pretendía quedarse.
-Carlota, toma tu abrigo, lo olvidaste en el café.
-Gracias, Guillaume.
-Tengo un par de entradas para el cine ¿vienes?
-Sí, le avisaré a mi papá.
-Bueno, despídete.
-Adiós, señor Maizuradze ¡me saluda a Anton!
El teniente Maizuradze no se atrevió a decir nada, así se preguntara de qué hablaba Guillaume y por qué Carlota se iba con él con facilidad. Por su lado, el Almirante Borsalino movía su cabeza de un lado a otro, seguro de que a su amigo no le molestaría quedarse con él.
-Ojalá me hubiera dicho que conoce a la señorita Liukin.
-Borsalino, créame que no mucho.
-Entre los marinos es muy admirada.
-¿Usted tiene interés?
-Únicamente para regalarle unas flores.
-No vaya más allá o le daré un golpe.
-La joven Carlota es una estrella.
-Más prudente es ignorar su estela.
-Yo tendría una hija como ella.
-¿Empezaron las nostalgias?
-Caminé durante años buscando a una mujer que terminó al lado de un tal Roland Mukhin.
-¿Cómo era ella?
-Tenía el garbo de la señorita Carlota y una voz menos dulce.
-¿Por lo menos la besaste, Borsalino?
-Justo un San Valentín.
-Brindemos por ella.
-Brindemos también por tu hermano.
-Por las mujeres.
-Por los amigos.
El almirante Borsalino y el teniente Maizuradze estuvieron de acuerdo en irse a un bar y dejar pasar el resto del día, contemplando parejas y escuchando baladas cursis en medio del humo de sus cigarrillos. Entre la marina y el ejército rojo existía la tregua, así la fragilidad de la misma se midiera en desertores y traidores de ambos bandos, espionaje, cartas y amistades. Borsalino en especial, quería evitar saber si Elijah Maizuradze había contado algún secreto, al mismo tiempo que recordaba a Micaela Mukhin y la comparaba con Carlota Liukin, naciendo la sospecha de que podía reencontrarse con ambas.
*El almirante Borsalino está inspirado en Kizaru Borsalino, personaje de Eichiro Oda.
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