jueves, 3 de agosto de 2017

El descanso en Burano: Strani Amori


En Burano había una exposición de esculturas de cristal en la Piazza Baldassare Galuppi y Carlota y Marat la contemplaban durante un descanso de su paseo. Habían tomado demasiadas fotos, varias fachadas les habían atraído y resistían ir la "Casa di Bepi", una de las atracciones principales a cambio de comer gelatti y no abandonar la banca en la sombra que habían obtenido luego de esperar bajo el rayo del sol mientras los excursionistas iban dejando la isla para seguir uno de esos terribles tours en los que apenas se puede ver algo. Burano se llenaba y vaciaba cada cuarenta minutos al mismo tiempo y los guías aseguraban que Murano estaba peor sin pudor alguno cuando se reunían frente al Museo di Merletto, en donde siempre había programadas visitas para grupos escolares que jamás llegaban a tiempo.

-No salgas en viernes - aconsejó Marat a Carlota y ella asentó risueña, procurando pensar que en algún momento la isla estaría desierta y nadie volvería a plasmarle un lienzo en el vestido.

-No sé tú pero estoy mareado.
-¿Estás bien?
-Es por la pintura.
-Se te pasará pronto.
-¿Tu gelatto sabe rico?
-Te dije que el de menta era el bueno.
-No me repongo del de catsup que te comiste.
-Estaba muy dulce.
-No mejor que el mío.
-Me voy a casar con tu helado de chocolate.
-Se dice gelatto.
-Como sea.
-Es para que te vayas acostumbrando al italiano.
-Se parece al español.
-Pero no te servirá de mucho.
-Tienes razón.
-¿Ya te dijeron a qué escuela vas a ir?
-A ninguna de Cannaregio.
-¿Y dónde vas a entrenar?
-No tengo lugar.
-¿Vas a buscar?
-Encontré un sitio en Lido.
-Qué bien
-300€ la hora.
-No está tan bien.
-Dicen que en San Marco hay otra pista.
-¿Quieres buscarla?
-Me muero de ganas.
-Suerte.
-Gracias Marat.
-¿Estás bien?
-¿Por qué?
-Te ves acalorada.
-Me habían dicho que Italia era muy soleada.
-Tienes las mejillas rojas.
-¡Me parezco a Heidi otra vez!
-¿Heidi?

Marat soltó la carcajada y acabó con su gelatto, sin saber exactamente qué le causaba gracia ni por qué Carlota se preocupaba en cubrir sus mejillas con más maquillaje.

-Asunto arreglado, me chocan las chapitas.
-¿Qué dices?
-Parecía que me habían aventado un jitomate.
-Te veías bien y conozco a muchas chicas en Rusia que no comprarían rubor si fueran como tú.
-Podrían venir aquí, tal vez les salgan colores que no sabían que tenían ¿Qué estoy diciendo?
-No tengo idea.
-No sé que me pasa, digo muchas tonterías cuando me deshidrato.
-¿Quieres agua?
-Dos vasos por favor.
-¿Mineral o de grifo?
-Qué asco, no puedo con estas bromas.
-Necesitamos más sombra.
-Eso es seguro.
-¿Dónde quieres ir?
-La iglesia.
-¿Qué?
-¿Ya viste? El campanario está inclinado.
-Oye, qué curioso ¡No me había dado cuenta!
-No hay que salir de la plaza siquiera.
-¿Estará vacía?
-Vamos.

Carlota se levantó y Marat caminó con ella hasta el templo de San Martino Vescovo, un edificio renacentista de ladrillo rojo cuya entrada de madera estaba despejada y al interior mostraba un piso de mosaico. Al fondo se hallaba un altar muy sencillo y varios cuadros decoraban las paredes; la nave principal era muy austera y el órgano quedaba a espaldas de los feligreses.

-Qué bonito - suspiró Carlota y tomó un lugar cercano a la puerta, con la intención de no inhibir al ensamble que ensayaba para un concierto próximo. El cartel que lo anunciaba estaba pegado en la plaza y se celebraría el domingo luego del oficio del mediodía, dando la posibilidad de que los Liukin asistieran.

-¿Podremos subir al campanario?
-Parece que por seguridad no nos dejarían.
-Bueno, le tomaremos fotos desde afuera.
-Carlota ¿puedo preguntarte algo?
-Sí.
-¿Por qué siempre quieres hablar conmigo?
-No entiendo tu pregunta.
-Si no es lo de la cafetería es lo del casino o es Trankov.
-¿Trankov?
-No se me ha olvidado lo que me dijiste.
-¿Tienes más curiosidad?
-Ah mmmm.... No.
-No te creo.
-Carlota, en serio, eso no me incumbe.
-¿Por qué sacaste el tema?
-Sólo por decir algo.
-Marat, somos amigos ¿cierto?
-Sí, confía en mí, no diré que te derretías de amor en el Métropole.
-¡No! Ja ja ja.
-Te volviste a poner roja.
-¡Eres terrible!
-¿No lloras por él?
-No lo he hecho en tres o cuatro días.
-¿Por qué te sigues riendo?
-Porque me es chistoso, no había pensado en Sergei.

Carlota miró al frente y Marat se encogió de hombros, perdiendo interés en el tema.

-Este lugar es tan tranquilo - mencionó Carlota de súbito.
-Al fin pudimos ver una iglesia.
-También vimos San Geremia.
-Porque está cerca del hotel Florida y tu familia tiene la costumbre de ir diario a misa.
-Todos lo hacen en mi país.
-No lo noté.
-Marat ¿qué hiciste en Tell no Tales?
-Ya te dije, fui al torneo de tenis.
-¿Nada más?
-Al principio sí pero luego me topé con mi ex novia y pasé con ella una semana entera.
-Rayos.
-¿Puedo confiar en ti?
-Tú sabes lo de Trankov, no te puedo traicionar.
-La información es poder.
-Igual te guardo cualquier secreto.
-No fui a la boda de mi ex novia
-Marat...
-Le dije que somos amigos pero me ha dado por no sentir nada.
-¿Deveras?
-Cuando la vi recordé mi primer beso, mi primera cita, el primer regalo que le di a una chica y mi primera pelea por ella.
-¿Fue tu primer amor?
-Carlota ¿has tenido algo de eso?
-La cita es seguro, mi beso fue a los doce años, regalé una insignia bordada y ya tuve unos golpes por un hombre.
-¿Por qué pasó eso?
-¿Los golpes? No lo sé, una mujer besó a Sergei, me puse celosa, me le aventé y huí de la policía en mi cumpleaños.
-¿En el último?
-Hace un mes y algo.
-Mataría por ver eso.
-Puedes pedirle el video a Andreas.
-Lo haré.
-Es lo más tonto que he hecho.
-¿Te castigaron?
-Me enfadé con mi padre.
-¿Por qué?
-Creyó que yo había hecho algo malo.
-Una pelea a golpes es todo un crimen.
-Pero no se refería a eso.
-¿Entonces a qué?
-Nada me pasó pero no me creyó.

Marat no preguntó más y sólo vio a Carlota soltar su cabello y quejarse por los zapatos.

-Voy a terminar en tenis, es muy incómodo andar por aquí.
-Te acostumbrarás.
-Para ti es fácil decirlo.
-En Tell no Tales me lastimaba con los adoquines.
-Es súper fácil caminar, es como si te dieran masaje.
-Carlota ¿nunca has pisado suelo plano?
-No, nunca.
-Es muy extraño.
-¿En serio?
-¿Ni en París?
-Marat ¿nunca pisaste suelo adoquinado?

Él negó y ambos cayeron en cuenta de que charlaban sobre una estupidez. No se agotaban los temas de conversación pero Burano los había desilusionado un poco.

-Le prometí a Adrien que lo llevaría a pescar.
-¿Cumplirás?
-Mañana temprano.
-Será interesante verte, los acompaño.
-Eso si tu hermano no pone peros.
-No le agrado mucho.
-A ninguno de los dos.
-Andreas me debe varios favores.
-Eso explica todo.
-Bueno Marat ¿a dónde vamos?
-De regreso si quieres.
-Mis hermanos asaltaron la piscina.
-¿No los vas a acompañar?
-Luego, prefiero ir por ahí.
-Sigamos.

Ambos se levantaron y se retiraron en silencio, irónicamente satisfechos de haber visitado esa iglesia y poder fotografiarla sin esos molestos visitantes que en Venecia arruinaban las postales. Aun daba tiempo de recorrer algo y ambos decidieron ir a Via Giudecca, una calle larga por la que corría un estrecho canal en el que se estacionaban infinidad de lanchas y por el que se cruzaba en puentes más o menos alejados entre sí. En la Via Giudecca las casas presentaban una mayor amalgama de colores y negocios, paseaba más gente y en general, se respiraba un ambiente más festivo, con músicos que volvían amenas las comidas en los restaurantes. Ni Carlota ni Marat planeaban entrar a lugar alguno cuando, en una coincidencia dolorosa, un mesero perseguía a dos clientes por hacer escándalo y no pagar en la Trattoria al Gato Nero, sin fijarse en quiénes pasaban frente a la puerta. Carlota acabó en el suelo pero Marat recibió un fuerte golpe entre el rostro, evitado caer al agua al estrellarse contra las contenciones.

-¿Estás bien, Marat?
-Me va a salir un moretón.
-Necesitas al médico.
-Dame un minuto, Carlota.... Tu bolso cayó al agua.
-Parece maldición, también me pasó en París.
-Tengo tu celular.
-Llamaré a papá.
-No fue nada.

Pero Carlota se incorporó muy molesta y enfrentó a las tres personas que también intentaban reponerse del choque.

-¿Nadie les ha dicho que son unos brutos? ¿Por qué no se fijan?
-No creo que te entiendan.
-¡Cualquiera entiende cuando le llaman idiota!
-Carlota, cálmate, estoy bien.
-¿En qué estaban pensando?

Parecía que la joven Liukin en cualquier momento repartiría manotazos y entonces salió del establecimiento una mujer muy apenada, que enseguida colocó una bolsa de hielo en el rostro de Marat.

-Ma ché cadute! State bene?
-Per questo ma la signorina sta un po nervosa.

Marat y aquella mujer conversaron un poco más mientras el mesero se las arreglaba para que los comensales no intentaran escapar y Carlota a su vez trataba de obtener una disculpa infructuosamente.

-Déjalo ya, nos permitirán entrar un momento a descansar - señaló Marat y la chica lo siguió para no enfadarse más. Poco después ambos se situaron en unas sillas cercanas a la entrada y les sirvieron algo de sangría, dubitativos sobre tomarla. Poco después, otro empleado llegó con la noticia de que había recuperado el bolso de Carlota y lo devolvió, aliviándose ella de que el interior se mantuviera seco.

-Llevamos cinco horas en Burano y compite por estar peor que en Venecia.
-Ahora no te arrojé a un canal.
-Te va a quedar una cara de ciruela seca.
-Ja ja ja, se quitará pronto.
-Marat ¿atraemos la mala suerte?
-Este viaje es un fiasco.

Los dos carcajearon mucho y pronto escucharon un "sono miei invitati" de parte de la mujer así como indicaciones de darles una mesa pequeña junto a la ventana; intrigados ambos siguieron a un tercer mesero y pronto les obsequiaron una nueva sangría.

-¿Qué está pasando, Marat?
-Creo que nos invitan a comer.
-¿Por qué?
-Por lo que pasó afuera.
-Qué bueno que traje dinero.
-Parece que aceptan tarjeta.
-¿Tienes sed?
-Yo sirvo.

Carlota y Marat brindaban con su bebida, preguntándose qué intenciones ocultas había en tanta consideración, percatándose de una gran fila para entrar al local y del hostess que revisaba las reservaciones y asignaba lugares a quienes no contaban con una. El consejo de Geronimo de no ir a un sitio con esas características se había ido con el accidente pero en lugar de arrepentirse aguardaron por una entrada de calamares fritos y recibieron también un risotto alla buranella que no era más que una versión del risotto di gò que les habían recomendado.

-¡El risotto es bueno! - dijo Carlota y Marat lo probó para no dejarla atrás. Ambos parecían encantados con el plato y sentían que estaban prácticamente enamorados del lugar.

-Un rombo al forno per cortesia della casa - les anunciaron poco después y se admiraron de tener estómago para degustar ese enorme pescado con guarnición de papas, tomate y aceitunas negras; luego Marat recibió una copa de vino y Carlota una pequeña compota de fresa.

-¡Marat voy a subir de peso por tu culpa!
-¡Te las pasas comiendo!
-Tú siempre provocas que nos hagan masticar cosas.
-Eso es verdad.
-Los calamares son un sueño.
-¿Puedo probar tu postre?
-Adelante.
-Se va a hacer tarde.
-Lo sé.
-Mira afuera.
-¿Qué están haciendo?
-Jugando el hula hula.
-Se ve chistoso.

En la orilla opuesta, un grupo de chicos intentaban llamar la atención sobre un evento por la noche el sábado y detrás de ellos venía un solitario Tennant que estaba de compras. Fácil era deducir que buscaba algún licor local y toparse a Carlota y Marat para hacerles compañía.

-Le gustas mucho a Tennant - dijo Marat mientras intentaba esconderse detrás de una cortina.
-Él no me agrada.
-Se nota.
-No sé cuántas veces tendré que decirle que no.
-Insistirá.
-Mi padre lo corre primero.
-¿De dónde lo conoces?
-De Jamal, fuimos en diciembre de vacaciones.
-¿Y se les pegó?
-Eso fue en Hammersmith, en junio.
-¿Por qué?
-Nos encontró en el aeropuerto.
-No es tu amigo.
-Me ayudó un par de veces.
-También le debes algo.
-En realidad nada.
-Puedo saber la razón.
-Contó cosas que no le importaban.
-Ahora entiendo por qué no te cae bien.

Marat continuó degustando el postre de Carlota y pronto supo que Tennant tenía la certeza de que estaban dentro de la Trattoria.

-Ya nos descubrió.
-No me digas.
-Es por esa nariz que tiene, ya conoce tu perfume.
-No uso.
-No te creo, todo el tiempo hueles a violetas.
-Ha de ser mi shampoo.
-¿Vamos con él?
-No será amable dejarlo solo.
-Averiguaré si hay que pagar una cuenta, espérame.
-Me avisas, por favor.

Carlota se terminó el postre y miró a Tennant por la ventana, quien le sonrió de sólo asomarse aunque ella optó por no corresponder al gesto y atendió la charla de Marat con la gerente, que parecía muy apenada aun con lo sucedido e insistía con su invitación. La joven Liukin no entendía gran cosa pero intuyó que aquél golpe de suerte era por su acompañante, quien no tomaba en cuenta los coqueteos y detalles para no inhibirse o asustarse.

-Podemos irnos - señaló Marat luego de un rato y Carlota tomó su bolso con cuidado, procurando ser lo más sincera posible en sus agradecimientos, notando que la llamaban sorella y a Marat fratello. De no haberlo oído antes, habría pasado por alto la conveniencia de tales palabras (en Italia pensaban que ellos eran hermanos) y se marchó cuando la mujer obtuvo una cita. Si el lector conoce bien a Carlota Liukin, no le hace falta intuir cómo había comprendido esto último.

-La comida fue muy buena.
-Pensaría lo mismo si me hubieran golpeado el rostro.
-Fue un accidente.
-Empiezo a creer que no lo fue.
-¿Por qué?
-¿Te invitan a comer justo después de verte la cara?
-¿Qué?
-En buen sentido.... Si Tennant no hiciera lo mismo creería otra cosa.
-No lo notaste antes, qué casualidad.
-¿Qué insinúas?
-Nada pero pudiste negarte.
-No me di cuenta.
-¿Estás enojada por algo?
-La próxima vez puedes decir que no necesitan quedar bien contigo para que vayan por un trago.

Carlota se cruzó de brazos y se dirigió a un puente de madera que la llevaba a la Calle Giminella donde le aguardaba Tennant para ir al hotel. Marat no se atrevía a pronunciar palabra y notó que ella caminaba varios pasos delante, como si quisiera calmarse por algo. Tennant alcanzó a susurrar que Carlota de repente era posesiva con sus amigos y en un rato se le pasaría el mal genio, causando que ella retrocediera para dedicarle una mirada fulminante y arrebatarle el volante que traía en las manos.

Al llegar a la Fondamenta degli Assasini, Carlota cruzó de nueva cuenta para dar con la Fondamenta San Mauro y a paso rápido, entró de nueva cuenta al hotel Mazzini, yendo directo a la zona de alberca y postrándose al sol sin hablar con nadie. Marat se le acercó en igual silencio y se quedaron un gran rato mirando a Adrien, que se lanzaba al agua una y otra vez.

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