jueves, 11 de agosto de 2011

Un día con Eva


Para Aljona & Robin

El grito de "¡Te odio!" ya bastaba para que los estudiantes de la facultad de Arquitectura murmuraran acerca de la mala relación existente entre Lucas De Vanny y su hija Eva; los constantes caprichos de la joven y sus arranques de impaciencia eran igualmente rutinarios pero jamás habían pasado de ahí hasta esa mañana. Al negarse éste a concederle un permiso, ella reaccionó propinándole una cachetada en la cafetería con toda la intención de humillarlo. Isabelle contuvo a su compañero tomándolo del hombro.

-Deja que se vaya, lo discuten en casa.
-No lo podemos dejar así.
-Te montará otra escena y de eso has tenido suficiente ¿No crees? Mejor siéntate y cálmate.

Consternado, Lucas recogió los planos que soltó en medio de su desconcierto.  

-Estoy muy cansado.
-Comprendo.
-Es el trabajo, no atiendo a Eva como se debe; me falta tiempo.. Es lo que echa en cara diario.
-Te chantajea Lucas y te grita si no cedes.
-Debí dejarla ir de compras con sus amigas.
-Sabes que nunca va a dónde dice.
-Ingo Carroll me reclamó porque ella interrumpió su clase ayer. No supe dónde meterme. Por eso la castigué.
-¿Qué hizo?
-Eva gastó en una pancarta y luego se le ocurrió meterse a la pista a saludar con globos y confeti. Tardaron mucho en retirar todo. Me enteré de que se la pasa asediando al grupo de Carroll.
-Ella odia el patinaje.
-Le gusta un tal Evan Weymouth.
-Rayos.

Hubo un pequeño instante en el que Lucas respiró agitado.

-Estaba en la lección cuando escuché que los estudiantes llaman "zorra" a mi hija.
-¿Cómo respondiste?
-Una reprimenda exigiendo un poco de respeto. Los detalles de la vida íntima de Eva son de dominio público. No me extrañaría confirmar que ella misma divulga sus conquistas.
-A nadie le consta si las habladurías son verdad y Eva no estaría presumiendo su alcoba.
-La creo capaz, siempre le ha dado por alardear.
-Entonces no tengo un buen consejo.
-Y llega el inevitable minuto en que pienso que algo me salió terriblemente mal.
-Lo que haga Eva dejó de ser tu culpa hace mucho. Le diste buenas bases, no las quiere. Ella decide comportarse con pésimos modos, no quedó en tí. Realizaste un gran esfuerzo al educarla pero es una mujer que decide, piensa y construye por su cuenta.
-Soy demasiado blando ¿Verdad?
-Eres el mejor padre que he tenido el gusto de tratar. No te tortures.

De Vanny miró a su alrededor. Los alumnos sentían lástima por él aunque le estimaban mucho.

-¿Tendrás clase más tarde?
-Ya terminé aquí Isabelle.

Eva pululaba por ahí todavía hasta que apareció el joven Weymouth.

-¡Hey Evan! - exclamó la chica. Él se acercó, saludándola con un cortés beso en la mejilla. Ella se colgó de su brazo y se alejaron.

-¿Puedo preguntar algo Lucas? - Dijo Isabelle de repente al ver caminar a la chica De Vanny.
-Adelante.
-¿Porqué Eva siempre viste con algo rosa?
-El día que me reprochó no haber estado con su madre cuando murió, le contesté que me había quedado en casa porque Friedler me pidió vestirla de ese color y no encontré las prendas.
-Oh.. Lo siento mucho.
-Eso está en el pasado. Me marcho.
-Bien ¿Te veré mañana?
-A la hora que desees.
-Con tu permiso.
-Propio.

Cuando el docente se dirigía al estacionamiento, alcanzó a darse cuenta de que Evan ya no estaba con su hija. La adolescente conversaba con un grupo de muchachos de manera comprometedora. Ella distinguió a Lucas, pero no le importó si él reprobaba sus acciones. En la explanada de la facultad iniciaba un concierto.

Ingo Carroll se alistaba para realizar las evaluaciones en el Masters esa noche y siguiendo una estricta cátedra, consiguió boletos para todos sus pupilos, desde Michelle Kwan hasta el joven Weymouth.

-Vienes tarde Evan. No vuelvas perder el tiempo con la rubia.
-Disculpe.
-Abstente de juntarte con ella.
-Por supuesto.
-Mentiroso.
-No tiene nada de malo.
-Te distrae demasiado, ayer ni te concentrabas. Si te conviniera tratar con Eva De Vanny cumplirías tus horarios. Ve a buscar a tus compañeros.

Evan caminó por el campus infructuosamente topándose con Anton quién portaba una manta para alentar a Carlota.

-¿Cómo te va?
-Mejor que antes.
-Supe que ganas dinero en la pizzería de tu papá.
-Cuando necesito financiar un disparate lavo el piso.
-¿Sigues con las travesuras?
-Dejaría de ser un Maizuradze si las abandono.
-No te metas en problemas.
-Si, cómo no.. ¡Ah, qué chistoso! Jajajaja ¡Traes cara de regañado!
-Ya sabes como es mi entrenador.

Una risita suave silenció a los muchachos.

-Yo te quitaré el mal humor, patinador guapo.

Era Eva detrás de Evan. Ella los observó unos segundos y lúdicamente comenzó a desplegar su coquetería.

-¡Lindo niño! ¿Cómo te llamas?
-A.. A.
-Original, tu nombre es A.
-A... An.. Anton.
-¿Puedo hacerte un cariño en el cabello?

Anton tragó saliva.

-Supongo que sí.
-Tengo algo mejor.

La joven De Vanny besó en la nariz al chico Maizuradze, el sonrojo fue inevitable.

-Por eso amo a los pequeños, son toda inocencia ¿Ya viste Evan? Hasta holluelos en las mejillas se le hicieron a tu amiguito.
-Vaya..
-No me digas. Un día iré con su madre para felicitarla por este futuro bombón... No te asustes chiquitín, no muerdo.. - Guiñando un ojo - A menos que quieras.

Evan se quedó sin habla. Ella volteó, lo tomó de la mano.

-Tú me acompañas, hay un asunto que no va a esperar.
-Ando en otra cosa.
-¿En qué?
-Debo reunir a mis compañeros y llevarlos con Carroll.
-Aburrido pero te ayudaré. La diversión viene conmigo. Nos vemos luego Anton. Por cierto, gran detalle lo de la diamantina en tu tela, es muy creativa.

Ella se alejó lo justo para enviarle un beso al chico Maizuradze.

-Basta.
-Ya sacaste el mal carácter.
-¡¿Qué te pasa?! ¡Anton apenas cumplirá catorce!
-Intenté ser amable.
-Tratándolo como si fuera uno de tus frees.
-No te confundas Weymouth.
-¿También muerdes a los demás?
-Con chocolates.
-¿Qué?
-En la dulcería encuentras unas esferas que se llaman mordiscos de chocolate, en la tarjeta de la caja te preguntan si deseas que te muerdan.. Es como "¿Se te antoja?" o algo así.
-Cualquiera juraría que le tirabas la onda.
-Tú no eres cualquiera ¿O sí?

Evan se sentía intimidado. La actitud que ella poseía le parecía retorcida y descarada.

-Afortunado, no me comporto igual contigo que con otros.
-Nunca eres clara.
-¿Necesitas que sea más directa?
-Creo que con lo de ayer fue muy obvio.
-Entonces no entiendo.
-A veces me tratas con empalago y otras eres distante.
-Pero no te he besado.

El joven Weymouth vio a la nada.

-Oye, sé de mi fama de perra maldita, la mitad de las chicas me odian y encima soy un poco mayor que tú; a mí no me molesta que los hombres me busquen y si me agradan les doy entrada.
-¿Te da igual dormir con un universitario que con un turista?
-La verdad, sí.

Él suspiró.

-Jamás me tomo la molestia de perseguir o tener detalles con alguien, Evan.

El muchacho, inseguro, se despidió delicadamente. Ella quedó de una pieza.

Franz De Patie sorprendió al jovencito a las puertas de la pista. Titubeaba entre tomar su lugar en las gradas o salir corriendo. A pesar de la cautela que le manifestaba, Evan accedió a ingresar con el sacerdote y se sentaron juntos. Por casualidad, Anton se situaba en la fila de enfrente. Sólo movía la cabeza de un lado a otro mientras gesticulaba sin que nadie lo viera, incluso movía las manos. Interrumpió ese recreo brevemente cuando el camarógrafo enfocó a Joubert, quién desde la zona técnica provocaba los gritos y piropos de las jóvenes. El chico Maizuradze pronunció acompañado de una mueca de socarronería:

-Soy Joubert el señor maravilla, tengo cutis de bebé y además soy perfecto, los reflectores me adoran y  nunca cierro el pico, siempre huelo a loción de pasto, me meto dónde no me importa porque me creo el último adonis del planeta y conquisté a Carlota que es la mujer más hermosa del universo; no es de mi edad pero creo que la quiero y de paso hago pedacitos el corazón de Anton... ¡Ay, por favor! ¡Alguien sosténgame que lo voy a matar!
-¡Oh, espérate! - se interpuso Franz sin ocultar su risa - ¿A ti que te ocurre?
-Celos les llaman.
-Cuidado con esos arranques.
-Ya me enojé.
-Demasiado por lo que parece.
-Soy un ilustrísimo tonto.
-Ánimo, eso es lo que menos te caracteriza.
-No hay hombre más estúpido que aquél que sabe que le gusta una señorita y en vez de hacer lo que debe de hacer se queda pensando en cómo le va a decir que quiere con ella o se queda turulando porque tiene dudas; mientras llega otro, la ve bonita y se la lleva.
-Eso es cierto.
-Ya ni a quejarse a un rincón porque ni eso merezco. Con las mujeres no hay alternativa: Las deseamos y nos quedamos con ellas el tiempo que dure o las dejamos pasar por cobardes. Tampoco se vale hacerles preguntas, ni de la incumbencia de uno es lo que vivieron antes.
-No seas duro.
-Mejor me callo.

Las palabras calaron en lo más profundo a Evan. Se identificaba con la molestia de Anton, pero la diferencia radicaba en que Eva aún era libre. Su voz interna le dictaba actuar; el niño era la muestra de las consecuencias de no tomar las riendas oportunamente.

-¡Al diablo! - caviló - De una vez.

Imprevistamente, el adolescente abandonó la arena y en el teléfono más próximo invirtió sus monedas. Al primer intento, nadie levantó el auricular, pasó el segundo y el tercero. A un paso de rendirse, marcó por cuarta oportunidad. Una voz femenina le indicó que Eva no había llegado a casa pero no faltaba mucho para su arribo. Tomando el metro en el campus, descendió en la siguiente estación. La chica De Vanny estaba a punto de abrir la puerta de su edificio pero él no fue capaz de interpelarla. Prefirió aguardar otro poco y entró a una cabina. Su llamada fue atendida en el acto.

-¿Eva? - Ella reconoció su timbre.
-La misma, guapo Evan ¿Qué ocurre?
-¿Tienes tiempo?
-Siempre..  Más para ti.
-¿Te gustaría ir ..? ¿Cenamos?
-Me apetece ir a un bar.
-De acuerdo.
-El club Neon Wild está increíble, pero creí que hoy no podías salir.
-Cambiaron los planes.
-Pasa por mí en unos minutos.
-De hecho me encuentro en tu calle.
-¿Me seguiste? En fin. Dame quince minutos, adiós.

Al colgar, ella cambió sus mallas y su suéter. Sonreía con un poco de malicia al espejo y probó un nuevo labial. Su padre resignado, la vió salirse sin avisar mientras revisaba la correspondencia en su despacho para después asomarse.

-Lord Weymouth - Dijo Eva al tender su mano a Evan - He sabido que hoy pretende llevar a su princesa al baile.
-No se equivoca, su Alteza.
-Primero que me sigue el juego.
-¿Seguimos?
-¿Acaso le he solicitado el alto mi Lord?

Alegres, fueron a la playa. El rave en el pub era alucinante. Luces azules, verdes y moradas en discordancia con el animal print de la barra y las escasas paredes. El bartender conocía a la chica De Vanny perfectamente.

-¿Lo de siempre?
-No, babe, estoy celebrando...  ¿Qué deseas Evan?
-Supongo que un crystal vodka.
-Gran elección, muy masculino.. Y yo quiero un special neon.

Evan se consideraba fuera de lugar. Tanto bullicio le gustaba pero su timidez le impedía adaptarse rápido. Miró la extraña bebida rosada de Eva. Parecía parte de su vestuario.

-¿Contento?
-Este sitio es muy peculiar.
-¿Lo dices por los travestis?
-No.
-¿Qué pasa?
-¿Realmente te diviertes aquí?
-Vengo a fastidiar al dj pero no está.
-¿Qué tengo que hacer aquí?
-Digamos que sólo voy a demostrar que encontré a otra persona especial.
-Disculpa, yo no me presto a enredos.
-¿Saludar a un gran amigo es un problema? Joubert me conoce desde los tres años, es prácticamente mi hermano ¿Qué pensabas?
-¿Joubert?
-¿Sabes quién es?
-Anton habló de un Joubert que creo que se le adelantó y se ligó a una chica.
-¿El ruso rubito con el que platicabas en la escuela?
-¿Cómo supiste que es ruso?
-Por la voz... Pero cuéntame ¿Joubert tiene novia?
-No sé si nos referimos al mismo pero por lo que entendí, tiene una que esta noche compite en novice.
-¿Es una niña? Ok..
-Prefiero cambiar el tema.
-¿Y si platicamos en el panorámico?
-Acabamos de llegar.
-Pero aún no es tu ambiente.

Pagaron y tomaron dirección al muelle. Permanecieron callados hasta que él giró de pronto.

-¿Sientes algo por mí?

Eva se quedó perpleja. Parpadeando más que de costumbre, oculto su mirada. Entre dientes, masculló:

-No diré algo al respecto.
-Evitándome como siempre ¿Te cuesta tanto trabajo quitarme la incertidumbre?
-Me gustas ¿Así o más demostrativa?
-Eso es algo.
-No eres igual.
-¿Qué es lo que quieres?
-Estar contigo pero no me dices nada.
-Bien ¿Pero en qué plan?
-¡El que tú desees! Si es sexo, perfecto, me puedo divertir mucho; si es de novia, de inmediato dejo a mis amigos pero si no vas a abrir la boca entonces no vuelvas a buscarme.
-¡Es muy difícil!
-¿Difícil? Te explicaré qué es difícil: Difícil es ver como el tipo que amas pasa de ti cada mañana, difícil es saber que ni siquiera le importas y lo peor es cuando descubres que es un pobre cobarde ¿Sabes qué? No necesito eso. Suficientes idiotas me agradan como para perder el hígado por uno que no entiende que no pretendo pasar una aventura de tres semanas con él sino más de un año si realmente funciona.
-Te comportas de la misma forma conmigo que con tus pretensos.
-¡No puedo hacerlo de otra manera! ¡No me sale ser normal! ¡Descubrí que así me hacen caso!.. Escucha: sí es la primera vez que persigo a alguien .. Entiendo, te asusto y mis antecedentes no son buenos pero esperaba que tuvieras agallas y me preguntaras si yo sería tu chica o tu amiga con derechos.
-¿Amiga qué? ¡No! .. Eva, nadie es capaz de tomarte en serio.
-¿Tampoco tú?
-Me escandalizas y eso me fascina... A lo que voy es que me decepcionaría no resultar ser el mejor para ti o lo que estás buscando.
-¿Decepcionarme? Jamás.
-¿No me meterás en problemas?
-No, lo prometo.
-No me mates de celos.
-Evan, no te preocupes, en el fondo soy buena.
-Sólo te pido que no detengas mis prácticas.
-Carroll puede jurar que no interrumpiré a su estrella.
-¿Regresamos al club?
-Mejor voy a casa.
-De acuerdo.
-¿Somos novios, si mal no entendí?
-Sí.
-Le diré a mi padre.

Evan se despidió en la puerta del edificio de docentes. Eva encontró a Lucas intentando no dormirse para revisar un par de oficios y exámenes faltantes. Pensando que lo necesitaría, ella le preparó un espresso y programó la cafetera para despachar otra taza.

-Toma, papá.
- Es muy tarde - Mirando el reloj - ¿Dónde estabas?
-Fui al bar.
-Supongo que ese chico no tuvo suerte, esa es novedad.
-Es mi enamorado.
-Estoy tan acostumbrado a que llegues con mis alumnos y ni saludes que pensé que él no te agradó.
-Hace tiempo tus estudiantes no han entrado aquí, al último lo eché cuando quiso robarte las evaluaciones del semestre.
-Duerme.

Eva señaló:

-Distas mucho de ser mi héroe y nunca conseguirás que te ame pero quiero que sepas que no es tu responsabilidad. Haces lo que puedes pero no insistas en tratar de hacerme sentir algo que no existe. No te avergonzaré más. Buenas noches.

Lucas aguardó a que ella asegurara el cerrojo para que sus ojos se humedecieran. Dejó el trabajo un momento. Él la había defraudado pero no sabía en qué momento había sido aunque repasara cada instante de su vida. Suprimiendo en lo posible esos pensamientos, retomó sus tareas y acabó hasta entrada la mañana. Al llegar a la escuela, le tocó ver que Eva se encaminaba con Evan hasta un auto. Ella cargaba los botines del chico al tiempo que éste le ayudaba con sus libros. Terminaba el curso veraniego que la joven De Vanny había estudiado: Historia de la literatura fantástica tellnotelliana. Estaba inspirada en la leyenda del maldecido.

lunes, 1 de agosto de 2011

La última rima del verano (La voz en off)


Homenaje a "Amèlie" (Jean Pierre Jeunet, 2001)


"Ella esperó y él no tardó. Bajó a la ciudad convertido en su novio. Los padres seguramente han de estar reuniéndose en alguna calle preguntándose muchos porqués después de haberlo invitado a cenar el lunes... No los culpo, es su niña. Personalmente, yo buscaría al joven y formularía demasiados cuestionamientos mientras busco una explicación sensata; no creo en el amor a primera vista y menos en el enamoramiento impulsivo.


El viejo del muelle me ha pedido no desear saber pero me intriga su interés en esa nueva pareja de chocolate. Personalmente, dudo que funcione. Un adolescente con la testosterona al tope no combina con una infante que está dejando de serlo.. Hasta eso, yo esperaba a un chaval como el amigo de la pequeña pero el mundo es tan raro y enredado que nunca cumplirá con las expectativas de nadie... Aunque reconozco que este jueves he presenciado una de las escenas más felices que pueda recordar... O al menos, eso aparentaba...


¿Alguna vez han recorrido el barrio Poitiers? Es bonito y lo más parecido a París que se pueda imaginar, sólo falta una torre Eiffel. Él lo sabe, por eso la llevó. Ella lo mira con creciente ilusión. Es como si ambos se hubieran aguardado durante mucho tiempo. Cuando el muchacho ha descubierto la respuesta que buscaba, la certeza que necesitaba, se encontró con el privilegio de conocerla... He determinado concebirlo así para no revolver mi mente con las conjeturas innecesarias.


Los dos mascan chicle. Lo consiguieron en Bonbons Carousel, un lugar que en cualquier otro lado sería el paraíso para los amantes del azúcar... Si alguien tiene hijos le sugiero no pasar por el número cincuenta de la calle Cotillard...


¿Saben? Nadie puede advertirlo, pero ella enfrenta mañana el primer reto de su vida y el nervioso es él. Este jueves es el día de la calma previo a la tormenta. Hoy hubo tsunami, por cierto, pero Carlota y Joubert lo ignoraron. El ruido de la motocicleta contrastaba con el de la ola, jamás vi que al mar se le hiciera tal desaire. La niña cerró los ojos para juguetear un poco con el cabello en la nuca de él, que usaba el espejo a su derecha para contemplarla sonreír. Recorrían el vecindario sin contratiempos, con una intimidad bien establecida. 
Con intimidad quiero decir soledad; ambos tienen el poder de apartar a los testigos, me perdí en la carrera por seguirlos. Nótese que mi repentino entusiasmo proviene de evocar un paseo al que no fui invitado, ni siquiera debería relatarlo; no supe si ella lo besó alguna vez o huyeron al campo, tampoco si se detuvieron al encontrarse con Judy Becaud que pasaba por ahí aunque lo más probable es que hayan seguido enfocados en su abrazo involuntario. Carlota rodeó la cintura de Joubert con fuerza y él de vez en vez giraba un poco la cabeza para sentir el aroma de su amada"


-Estamos fuera - Anunció el programador.


-¿Qué dirían los escuchas si se enteraran que su cuentista es Franz De Patie?
-Se impresionarán y llamarán a la estación, Rector.
-¿Segura Phaneuf?
-¿Qué le ha dado por desconfiar de mis atinadas suposiciones?
-Franz no inventó la descripción.
-Muy listo Jeunet pero pasó por alto un detalle.
-¿Cuál?
-Siempre desconoceremos la parte interesante.


Audrey se impregnaba los labios de razón. 


En Poitiers, Carlota y Joubert carcajearon nerviosos de saberse observados por De Patie. No importaba si doblaban en una esquina o tomaban una calle exageradamente estrecha, su perseguidor era tenaz. El joven Bessette se prometió perderlo de vista y aceleraba gradualmente, improvisando el camino. Aprovechando una bajada, Joubert tomó la ventaja definitiva y se desvió hasta retornar a Cotillard, deteniéndose lo justo para estirarse un poco. Carlota le hacía cosquillas susurrándole palabras tiernas y cálidas. 


Emprendiendo ruta nuevamente, pararon en los miradores, sacaron fotografías y acariciaron sus labios. Ese atardecer en las calles solitarias dónde agonizaba la luz, fue el último del verano, un acordeón perdido por ahí ya tocaba "Automne Waltz" al tiempo que Carlota y Joubert comprobaban que en Poitiers, se encerraba no sólo una alusión a París: también cabía un rincón exclusivo para ellos, una de las aceras llevaba por nombre "Nathalie" y desembocaba en una espléndida vista que apuntaba al balcón de la niña.


-¿Quieres ir a casa?
-Sí, Joubert.
-¿Vamos directo o recorremos todo Tell no Tales antes?
-Me sobra tiempo.


Ambos tomaron dirección al siguiente barrio. Mientras duró la travesía motorizada, Carlota se dió cuenta de que había encontrado el amor en Joubert. Él supo que sus sentimientos hacia ella eran verdaderos.

sábado, 23 de julio de 2011

Gritar tu nombre


A Brian Joubert

El viejo del muelle maquinó una conspiración, esperó el momento justo y poco antes del Masters, hizo que Carlota tomara la cena en Le jours tristes. Por primera vez en meses, la chica tenía frente a sí un platón de papas a la francesa con queso. Las comía con avidez, como alguien que no tomaba alimento en mucho tiempo. Judy sorprendida, mordía cohibida en la barra una rebanada de pizza y no cruzaba miradas para no hacerle notar sus desconocidos y nada habituales malos modales.

La cafetería se encontraba llena. Los comensales disfrutaban la lucha libre en televisión. Anton se presentó con unas flores marchitas. Increíblemente, las acababa de cortar. Durante días, intentó obsequiarle varias a su amiga y siempre se veía en la necesidad de desecharlas justo antes de saludarla. 

-¡Pero que mala suerte me ha caído! ¡Se me han echado a perder otra vez las rosas! ¿El cielo no quiere que me declare o qué?

El niño lo decía todavía como juego pero era la verdad. Al tomar asiento frente a Carlota, él también se desconcertó por la prisa con que ella saboreaba el tentempié que en secreto le sirvió la señora Becaud.

-¿Te traigo algo, Anton?
-Una malteada de vainilla.
-De milagro has alcanzado mesa.
-Suerte de chamaco.
-En un momento tendrás tu batido.
-Gracias, Judy.

La brisa jugaba su papel y Carlota comenzó a sentir frío. Gwendal no se había presentado para llevarla a casa. El niño tenía planeado llevarla en su bicicleta nueva y hasta una sombrilla ridículamente grande la cubriría. Pensaba que al dejarla en su portal, aprovecharía para hacerle la petición de noviazgo pero un ruido lo interrumpió.

En la puerta, un muchacho de dieciséis años saludaba a casi todos los clientes. Después de colocar en el perchero su chaqueta, se acercó a una mesera y le pidió el té del día; inclusive realizó una llamada en lo que servían. Cuando le buscaron un asiento, el único disponible se situaba junto a Anton. Un poco resignado, él pidió permiso.

-¿No les molesta?
-Adelante, hay lugar para todos.

Carlota volteó y al ver al chico que se sentaba, paró de comer. De pronto, un pudor la sonrojó. Él le sonrió.

-Si te incomoda puedo buscar otro lugar.
-No.. no hay problema.
-Ok ¿Se divierten?

Anton tomó la palabra.

-Estábamos conversando.
-¿Algo importante?
-A dónde iremos mañana.
-En el parque harán un festival medieval.
-Ya quedamos en acabar con las brochetas y bailar de brinquito.
-Jaja, qué genial ¿Y qué cuentas linda?

La chica Liukin abrió más los ojos ¿Linda? Nunca nadie se dirigió a ella de esa manera. Perdiendo la noción de lo que pasaba a su alrededor, en vez de darle una respuesta breve, le dijo su nombre.

-Soy Carlota Liukin.
-Joubert Bessette.

Al tenderse mutuamente la mano, una especie de electricidad los embargó. En ese instante, el voltaje comenzó a variar.

-Creo que es hora de dejarte en casa pequeña- Intervino Judy.
-Yo la acompañaré.
-No creo Anton, tu madre acaba de avisar que viene por ti.

Desalentado, el chico Maizuradze se limitó a sorber su malteada. Carlota se despidió y le prometió llegar temprano para alcanzar buenos lugares en las parrillas.

En la calle, ambas se tardaron debido a la multitud que corría para resguardarse de la nevada que comenzaba. Al doblar por Piaf, se toparon de frente con Ricardo y Gwendal. Éste último se disculpaba por no recoger a su sobrina; había tenido un día muy complicado en la notaría junto a su hermano.

-Te lo agradecemos Judy.
-No hay de qué señor Liukin.
-Iré por unos panecillos y así ya no te vas sola de regreso ¿Te parece?
-De acuerdo Gwendal.
-Los veo más tarde.

Una vez en su habitación, Ricardo conversó con Carlota. Gabriela se unió y llamó a sus hijos. En un hecho inédito, se reunían en un lugar que no era su comedor o su sala. Aunque Andreas tenía un aspecto un poco descuidado y Adrien se moría de sueño, las risas les quitaron de encima el tedio que arrastraban. No tardó su tío en volver y la velada fue más grata; se prolongó hasta las dos de la mañana.

Al fin sola, Carlota en su cama repasó el bochornoso momento con aquél apuesto jovencito de risa seductora. Casi podía jurar que él le coqueteó cuando se marchaba pero era tanta su inexperiencia en esos asuntos que se contentaba con imaginar que había sido así. De todas formas, el reloj se estacionó a las seis. Afuera, la falta de luz por un inesperado apagón sólo remarcaba las lámparas azules de la rueda de la fortuna y el puerto que funcionaban por estar conectadas a una planta independiente. Levantándose para contemplar tan hermosa vista desde su balcón, recibió al rocío que humedecía su rostro agradablemente.

-Así que te puedo encontrar aquí.

Ella se inclinó.

-"¡Cielos! ¡Es encantador!" - Se dijo a sí misma - ¿Porqué estaría aquí a esta hora?

Joubert la observaba contento. Las luces se encendieron de pronto pero parpadeaban como en el café.

-¡Tengo que entrenar! - recordó la chica- ¡Voy tarde!

Para fortuna, ella heredó la habilidad de su madre para estar impecable en pocos instantes. Con su maleta al hombro, salió a toda prisa.

-Te llevo.
-No, gracias.
-¿A qué hora debes estar?
-Seis y media.
-Faltan diez minutos.

Carlota lo pensó mucho pero el chico poseía motocicleta y no podía darse el lujo de llegar tarde. Tamara no toleraba la impuntualidad.

-¿Qué tan rápido eres?
-Con ésta máquina puedo volar.
-Pista de hielo número dos en Humanidades.
-¡Eres patinadora!
-Me van a matar si no llego.
-Ponte el casco.

La chica Liukin se transportaba escoltada por alguien a quién no conocía. Veloz, Joubert tomó el atajo que desembocó directo al centro de práctica. Las facultades de la Universidad de Humanidades eran un grato recorrido.

-Nos ahorramos dos minutos.
-Me salvaste la vida.
-Cuando necesites.
-Gracias.

Ella corrió. Su entrenadora y Verner la esperaban justo en la puerta.

Por curiosidad, Joubert entró a la práctica y se colocó en un sitio dónde nadie lo veía o escuchaba. Aunque Tamara de vez en vez percibía su presencia, al no estar segura, optaba por dejarlo pasar.

-¿Tenemos los programas listos Judy?
-Completamente montados.
-Bien hecho. Carlota, Verner, necesito examinarlos, acaben el calentamiento y comienzan sus ejercicios cortos, no quiero que paren, inmediatamente inician el largo.

Obediente, la chica ejecutó sus rutinas impresionando al escondido joven. La electricidad continuaba fallando, excepto cuando era turno de Verner, que escribía sus habituales notas sobre su compañera.

-Desde ayer no han podido arreglar el problema, Jean decidió no abrir hoy cuando una de las cafeteras se descompuso.
-Otra ventaja de no depender de la luz.
-¿Ironía, Tamara?
-Sarcasmo personal.

Carlota concluyó su quinto repaso y descubrió a Joubert. Ambos se vieron fijamente. Judy cuestionó.

-¿Sucede algo?

Verner preparaba sus combinaciones de salto en el segundo justo que se experimentaba una sacudida de corriente más. El sistema de enfriamiento colapsó y las lámparas estallaron. Él corrió dónde la jovencita.

-¡Reacciona niña!

Al tomarla de la mano, recibió una fuerte descarga.

-¡Dios mío! Debo sacarte.

Joubert se aproximó y Carlota lo siguió. Apenas dejaron de contemplarse, el corto circuito cedió a la tranquilidad.

-Verner no se hirió - Comentó Tamara al salir del recinto - Lo prudente es que se vayan, yo me encargo del reporte.

El viejo del muelle aguardó a que Judy arribara a Le jours tristes y le contara el incidente para vaciar las aceras y provocar una fuerte nevada. 
La fiesta del parque debió cancelarse, las líneas telefónicas murieron y el viento destrozaba las ventanas. Carlota y Joubert, solos, se disponían a despedirse en la enredadera que colgaba del balcón. Sorprendentemente, un inesperado beso surgió. El caos eléctrico se reanudó pero fue por última ocasión. La chica discretamente entró a su habitación y durmió el resto del día.

El domingo, el panorama era otro. El cielo despejado y el sol invitaban a salir de casa. Familias enteras no pudieron resistir ir a la playa. Carlota y Amy se citaron y compraron frappés. Como buena confidente, ésta última se impresionó con lo que relataba su amiga.

-¿Cómo es que puedes besar a alguien que acabas de conocer? ¡Ni siquiera sabes si se encontrarán por ahí!
-No le di mi teléfono, no pregunté nada.
-¿Y qué sientes?
-Que me desmayaré.
-¿Por lo menos valió la pena?
-¿¡Para qué miento?! ¡Sí!

Pero la sorpresa aumentó camino a Piaf. Joubert se encontraba en la puerta del edificio. Al divisar a Carlota, se acercó. Amy pensó que él era un poco mayor pero supo que no era preciso hacer comentarios.

-Hay una fogata en Katsalapov ¿Vamos?
-Debe estar David allá.
-¿David?
-Es el novio de Amy.

Inconscientemente, el joven Bessette y la niña Liukin se apartaban del resto. Se preguntaron miles de cosas. Él era músico, vivía en el vecindario Poitiers y trabajaba como asistente de escultor en el famoso atelier del artista danés Sven Hallgrim. Entre sus aficiones se encontraba el hockey y como buen tellnotelliano, resultó ser fan de Thomas y Joachim Alejandryi. Adoraba el sushi y leer en las noches.

-Iré a la escuela mañana y a entrenar.
-¿A qué hora nos veremos?
-El viernes es el Masters no puedo dejar de asistir a la pista, yo creo que hasta el sábado tendré tiempo.
-La semana será muy larga ¿Y si voy a tu práctica?
-Es abierta al público.
-Tanto mejor.
-A la una en punto.

Carlota suspiró y esperó impaciente el lunes.

El viejo del muelle se encontró a Joubert por la mañana y le pidió que lo ayudase a llegar al campo.

-¿Te sorprende tanta vitalidad en un veterano?
-Mi abuelo ya no sube montañas.
-A la derecha, me gusta la vereda. Lo que susurres en esa zona se oye en todos lados.
-Loco.
-¿Quieres probar?
-¿Sólo para decir hola?
-Te pregunto mozalbete: ¿Te has enamorado?
-Mmmh .. Me reservaré los detalles.
-Ayer estabas con esa muchachita, Carlota.

Joubert bajó la cabeza.

-Hace tres días que la conozco.
-¿Impresionado?
-Es muy bonita pero creo que es pequeña.
-Una Liukin siempre da miedo.
-No le temo a Carlota; podría ser mi hermana menor.
-No es de tu familia.
-¿Qué debo hacer?
-Ser honesto. Si das un paso que sea porque el mundo entero sabrá lo que sientes por ella. Sabia virtud de la gente aquí al sentir amor rápido y no andarse con tantos rodeos - extendiendo un papel - Ésta es su canción favorita, el rebote hará el resto.

Joubert se colocó al borde del vacío. Con una piedra comprobó el eco. Exhaló con fuerza.

-Sé que a esta hora has salido del colegio, te dispones a reunirte con tus amigos - pronunció inseguro - probablemente en tu cabeza esté más presente tu tarea, tus botines... Sé que no me encuentro allí .. En cambio puedo imaginar que has escrito "Joubert" en tu cuaderno, le contaste a tu amiga los detalles de cómo me encontré contigo el viernes, lo de la moto y .. Tal vez es lo más exprés que ocurrirá con nosotros pero .. ¡Te amo Carlota Liukin!

En las ramblas, los restaurantes y los apartamentos, la gente se detuvo intrigada. Carlota en Dubrova prestaba oídos a tan insospechada manera de enterarse sobre las intenciones de Joubert Bessette.
En las montañas, el jovenzuelo exclamó:

-¡Señor lo hice!

El anciano se marchó pero la inspiración no. Animado, susurró los versos de la melodía aconsejada.
El sonido de su voz cantante se percibió en cada lugar de la Tierra.



miércoles, 13 de julio de 2011

Las historias de amor nunca terminan. Segunda Parte (Los deseos contenidos)


"El vestido que llevé a la cena de fin de año fue un préstamo de Agathe, era azul pastel y la parte de abajo tenía miles de flecos de colores... Sinceramente, me alegré de que no fuera rojo, me habría sentido tan convencional.. Me hicieron un peinado alto y me puse un collar rosa de mi madre, el alcalde comentó que valía más que el Oksana Savoie, no sé si sea cierto..
Todo tenía la virtud de ser irrelevante en el bosque cuando me fugué con Matt... Miré su tatuaje en el pecho mientras él tocaba mi espalda casi desnuda, apenas cubierta con finas tiras de diamantes. ."

El diario de Lía fue hallado por Elliot Cohen en un compartimento secreto en el camarote nupcial del Oksana Savoie. Interesado en comprender ciertas costumbres, lo leía con avidez y procuraba tomar notas de cada detalle. Mientras revisaba el resto del escrito, una carta, al parecer no abierta, se hizo sonar al caer de la nada. Una corriente la levantó y llevó extraordinariamente a la mano del cronista que extrañado, desdobló la misiva.

Un saludo formal y una felicitación por boda no sugerían gran cosa; que llegaran a la mitad de la hoja era símbolo de aprecio y hasta buen gusto dentro de la rimbombancia de ese entonces. Halagar al amigo por el tesoro que había encontrado en la doncella prometida era requisito indispensable y resaltar sus cualidades podía ser tomado por cortesía... Pero que estuviera dirigida a ella y no a él era simplemente incongruente para un hombre en sus cabales y además, traicionero.

Elliot intuyó bien que en aquella sociedad de principios de siglo XX, la amistad entre los caballeros era tan importante que sacrificaban todo para seguir siendo leales. El joven que tuvo el atrevimiento de enviar tal correspondencia se arriesgó a perder el honor y brindarse la licencia de ser apasionado pudo costarle incluso la vida a manos de su padre en caso de ser pillado.

En este caso, se trataba, ante todo, de una declaración.

Alban Anissina era admirador de Lía Liukin, un soñador al que sólo detenía el hecho de saber que su mejor amigo estaba liado con la joven. En silencio, el médico le profesaba un amor incondicional y profundo. Se había encariñado con ella al saber de su labor de maestra, al irla conociendo y compartir cierta cotidianidad no pudo resistirse a su deslumbrante personalidad. En el mensaje, él se rindió ante ella y se disculpó por no haberlo manifestado antes. Lo que le hacía sentir era magia.

Elliot se apartó un poco de sus labores. Abrumado lo tenía el estudiar los objetos del barco y pensar en historias acarameladas no era algo que deseara hacer. Finalmente, Anissina no era el primero en fijarse en la mujer de otro y tampoco el último en tener la cobardía (o la valentía) de negárselo a sí mismo, soportarlo y después estallar aunque nadie, mucho menos la dama de sus deseos se percatara.

Sin duda alguna, para Alban la situación fue muy dura y al parecer, nunca lo superó: Cuando tuvo la epístola a su disposición, Audrey Phaneuf averiguó sobre el doctor en el sótano del museo que llevaba su apellido; ahí encontró más papeles y fotografías, todo consagrado a la joven Liukin. Usando el sobrenombre "musa de hielo" para referirse a ella, redactó una enorme cantidad de cuentos, ensayos y poemas, tan grande era su inspiración que había cajas inundadas de sus recuerdos.
Terminó muriendo de tristeza.

sábado, 2 de julio de 2011

Las historias de amor nunca terminan. Primera parte (microcuento).


Judy se conmovió al ver la reacción de Carlota cuando supo que participaría en el Masters y su estado de ánimo se vio afectado. Trabajó el resto del día y al anochecer, se quedó en la cafetería vacía, haciendo cuentas y preparando el pago de sus empleados. Con unas lagrimillas comenzó a retirar de las mesas las cartas del menú para colocar nuevas. Jean había ido a descansar temprano y la lluvia se dejaba sentir suavemente. El agua que escurría en las ventanas al llegar a las banquetas formaba una ligera capa de hielo. Gabriela, corría con la sombrilla sin evitar empaparse y arribó a Le jours tristes. Judy no escondía que estaba llorando.

-Disculpe, no hay servicio.
-Soy Gabriela Alejandriy y encargué pastelillos, dije que llegaría a esta hora.
-Qué olvidadiza, adelante ¿Café?
-No gracias, de todas formas traigo lo justo.
-¡Oh! Era cortesía, no me haga caso.
-¿Tiene un problema?
-No es nada.
-¿Su marido le hizo algo?
-¿Qué? No, no, Jean está durmiendo, es que hoy me emocioné mucho y las hormonas también me juegan malas pasadas.
-Perdone mi imprudencia, es que yo estuve en el coctel de la editorial cuando Jean Becaud la dejó muy mal parada.
-Él intentaba parecer un escritor maldito frente a sus amigos esa noche, ya lo hablamos, lo solucionamos.

Gabriela tomando la iniciativa, colocó un par de tazas sobre una mesa y Judy se sentó.

-Si necesita ayuda, confíe en mí.
-Gracias, pero de verdad estoy bien
-¿Ha trasnochado?
-Soy insomne.
-El remedio para eso es un vaso con leche caliente.
-He tomado varios y no funciona.
-Llámeme Gaby.
-¿En qué trabaja?
-Soy curadora de arte en la Galería Universitaria.
-Muy interesante, yo volví a mi carrera de Historia del Arte.
-Cuando era más joven cursé Diseño.
-Son estudios muy bonitos.
-Definitivamente lo valen.
-Ahora que está por iniciar el ciclo escolar no tengo idea de cómo voy a sobrevivir entre las tareas, este trabajo y el entrenamiento, ya formulé un plan pero las jornadas de clase son impredecibles.
-¿Usted es deportista?
-Coreógrafa de patinadores, sólo di una observación y ahora hago mancuerna con la instructora.
-Suena difícil.
-Más bien agotador..  Hoy la niña que está en el equipo supo que tendrá un torneo muy importante y estaba tan alegre porque rescató su temporada.. Le hace tanta ilusión que hasta sentí que el estómago se me llenaba de mariposas pero vamos a contrarreloj.
-Guardando las proporciones pero yo he estado igual.
-Traeré su pedido.
-No es urgente ¿Sabe? Yo también me casé joven.
-No la imagino Gaby.
-Tenía veintidós. No me arrepiento.
-Yo hace como ocho meses, ya cumplí los veintiuno... Espero durar con Jean toda mi vida.

Hubo un silencio por varios minutos, Judy suspiraba.

-Veo que tiene muchas flores.
-Llegaron hoy.
-Supongo que usted misma eligió los arreglos.
-Me habría encantado pero no. Hoy en la mañana mi colega hizo un entripado porque llenaron la pista de rosas y todas eran para mí.. Regresé y los del servicio de entrega dejaron todo lo que ve.
-Quisiera que mi marido tuviera esos detalles, Judy.
-Tal vez le demuestra lo que siente de otras formas.
-Él es muy expresivo con nuestros hijos pero conmigo ..
-Cualquiera sería tímido con usted.

Gabriela miraba con cierta conmiseración a la señora Becaud ¿Ella era tan ingenua? Por supuesto, no se trataba de la primera vez que observaba los gestos de anhelo y profunda devoción entremezclados con una actitud aniñada. Indudablemente, la chica se aferraba a creer en la existencia de un único amor pero todos se percataban de que había contraído matrimonio prácticamente con el primer hombre que llamó a su puerta. Para evitar un desaguisado, Gaby prefirió tomar rumbo y prometió recomendar el café a sus conocidos.

Nuevamente sola, Judy se dispuso a lavar la cafetera cuando descubrió una nota y una rosa. El espíritu de la campiña la contemplaba leyendo el mensaje escondido en la cocina, al tiempo que ideaba maneras de sorprenderla. Siempre seguía a la joven para saber cuáles actividades realizaba, qué le gustaba. Las flores en la pista y el local eran perfectas, pero ella, convencida de que Jean era el responsable de tales regalos, no dudó en correr a su alcoba, despertarlo y hacer el amor.