martes, 4 de marzo de 2014

Las prioridades del Estado


Brian Joubert / Foto cortesía de La Maison de Joubert (c)

Tell no tales, club de hielo del barrio ruso tres días antes de la visita de Carlota Liukin a Alena Makarova: 

-Buenas tardes.
-Las clases terminaron, vuelva mañana.
-¿Así tratas a tu marido?
-¿Problema?
-Alena, deja ese rencor que me he disculpado bastante.
-Intenta reparar todo lo que me hiciste.
-He vuelto a costear tu tratamiento para el cáncer.
-¡Te lo ordenó una corte, maldito!
-Te habría ayudado de todos modos.
-Mejor lárgate, Andrew Bessette. 
-Vine porque hay papeles que arreglar.
-¿Por qué nunca visitas a nadie si no hay negocios involucrados? Eres una porquería.
-No voy a tolerar ofensas.
-Encima te pones digno, qué cínico.
-¿Qué querías? Uno piensa que su esposa lo sigue amando y a cambio cosecha malas palabras.
-No me vengas con cursilerías.
-Me hieres.
-La puerta es grande.
-Nuestro tiempo no.

La mujer miró un reloj cercano y bajó la cabeza, cediendo.

-¿Qué buscas, Andrew?
-Un consentimiento legal, una mera formalidad.
-Lo sabía, no me visitas si no es por tus intereses ¿Qué es ahora? ¿Necesitas que mi firma te defienda en una demanda? Porque dinero no tengo, todo te lo di para invertir en Joubert ¿te acuerdas? Y no he vuelto a ver un centavo porque extrañamente terminé pagando unas borracheras muy caras y los regalos que le diste a mi hermana para acostarte con ella.
-Estás equivocada, todo eso salió de mi bolsillo. El colegio de Joubert fue lo que se costeó con lo tuyo.
-¿El internado en Cobbs? ¿Ese del que mi hijo salió huyendo y por el que abandonó los estudios porque lo dejaron traumado? Ese lo pagaba tu padre, Andrew. A mí me robaste.
-Te hago un cheque y se resolvió todo.
-Muérete.
-No seas infantil, por favor; además no has firmado.
-Con tal de que te vayas hago lo que sea, dame los documentos.
-¿No vas a leerlos?
-Da exactamente igual. No me puedes quitar ni un pelo porque hasta ese te entregué en un contrato llamado matrimonio del que no recibo beneficios.
-Te aviso que le darás tu consentimiento a una cesión de derechos. Es una cosa pequeña que no creo que te importe.
-¿Todavía tengo derechos? No es en serio, siempre encuentras que arrebatarme ¿De qué va tu chiste hoy? ¿Me sobró una propiedad o qué?
-Es una sucesión, algo simple.
-¿Qué clase de sucesión?
-Tómalo como un permiso. Mi hija Raluca toma el trono de Mónaco mientras Joubert nunca se entera de que tiene algo que ver en eso y sigue con su vida, tal como imagino que quieres.

Alena se detuvo y su rostro de rechazo se transformó en uno de reflexión fugaz.

-No ¿por qué haría eso? ¿De dónde sacaste esa idea, Andrew? Pude dejar que me despojaras de muchas cosas pero esa corona es lo único que le voy a dejar a Joubert, no se la voy a regalar a una niña a la que no conozco.
-En un país quebrado. Raluca se casará con un magnate y volverá el turismo, el chico, en cambio, no tiene mucho que hacer allí.
-Eso no importa. Yo quiero dárselo, él sabrá como proceder.
-Alena, no quiero pensar que el cáncer te afectó las neuronas pero tu hijo no está capacitado para el mando y no tiene otro interés que no sea esa idiotez de hacerse músico.
-¿Músico? ¿Es que ha salido talentoso?
-Un DJ no es más que un payaso.
-No hables así de Joubert.
-Alena, soy realista.
-Nunca he entendido porque siempre te has comportado como un imbécil con él. 
-Mira, quiero evitar sentimentalismos y dramas. Das tu consentimiento y tu hijo podrá hacer y deshacer sin la monserga de dar la cara por cosas que no va a resolver.
-Pídeme otra cosa ¿necesitas un aval? ¿un préstamo para no hipotecar una casa? ¿un lugar dónde quedarte?

Andrew Bessette negó con la cabeza y Alena tomó asiento en el hielo, llorando.

-Mujer, no te pongas así. Hago lo mejor, estoy viendo a futuro, Joubert ha crecido ajeno a este mundillo de la realeza y de la administración pública, él tiene otras metas, podría valerse por sí mismo con un poco de esfuerzo, tal vez se vuelva una estrella con la payola adecuada.
-¿Y por qué no un Príncipe de Mónaco? ¿Qué se le tiene que enseñar? Es un chico inteligente. Andrew, por un momento usa el sentido común. Le das a Virginie lo que desea y Raluca se convierte en Jefa de Estado ¿Me puedes decir cómo la han educado? No hay día o revista en la que no salga haciendo desfiguros y ¡por Dios! ¿qué hace una niña de once años protagonizando escándalos? 
-Raluca es buena.
-Lo dices porque es tu hija pero aprendió a ser una cabeza hueca, igual que Virginie.
-Te pusiste más sensible, qué lata.
-¿Sigues usando esa expresión de "qué lata"? Eres un chiquillo, justo lo que me faltaba.

Alena sostuvo sus frente antes de sufrir un ataque de tos. Su pañuelo se llenó de sangre.

-¿Te llevo al médico?
-Estoy bien Andrew, a veces esto pasa.
-¿Cuánto te queda de vida?
-¿Para qué quieres saber?
-Porque estamos casados.
-Ah ¿eso significa que debo informarte?
-Para trámites legales, sí.
-Volvemos a lo mismo.
-No me tomes a mal pero hay que tener las cuentas, las cosas y las personas en su lugar.
-No llegaré a las nacionales de diciembre con mis alumnos y no celebraré mi cumpleaños.
-No sabía que estabas tan enferma.
-Es tu culpa.
-Si me hubieras explicado...
-Me quitaste el dinero del tratamiento, recurrí a un abogado, mi familia no contestó las llamadas y de algo hay que vivir.
-Pero el frío te hace daño.
-¿Qué querías que hiciera? No tengo muchos estudios y tomé un curso para entrenar gente en el único deporte que entendí. Me he resfriado, me ha dado gripe, los chamacos me matan y las parejas acaban con mi paciencia pero gano para salvar el mes, a diferencia tuya que nunca has trabajado. 
-Estás con un General de la Marina.
-¿Puedes decirme que nombramiento no fue conseguido por tu padre? Tienes un título porque movió influencias, por eso nadie te toma en cuenta.

Andrew Bessette se quitó los zapatos y se posicionó al lado de Alena con la frente inclinada al hielo.

-Gracias por no pisar con tus suelas viejas.
-Jugaba hockey ¿te acuerdas? Gracias a eso sé que la pista no se toca con calzado Ferragamo.
-Lo presumido no se te quita.
-A los socialités les impresiona y no quiero perder práctica.
-¿Joubert no habla igual, verdad?
-No te preocupes.
-Lo encontré hace poco en Katsalapov.
-¿Hablaron?
-No, pero lo sigo desde hace meses.
-¿Por qué?
-No soy la madre del año ni la mejor del mundo ¿Cómo acercarme si no me ve desde hace tanto? 
-Él sabe lo del cáncer.
-Pero no comprende por qué no he estado y aceptémoslo, debí pelear más por él en lugar de dejarme vencer por tu padre y luego por mi ausencia. Me habría gustado defenderlo en Niza cuando me lo arrebataste y no dejarlo crecer solo.
-Él está sano, es fuerte. 
-Andrew, Mónaco significa mucho para mí y eres consciente de que esa sucesión es lo único que me queda en el mundo ¿Te has puesto a pensar qué le heredaré a Joubert? 

Hubo un breve silencio incómodo.

-Más bien ¿qué le daremos? Él no pertenece a la Marina, no le abrimos un fideicomiso, no hay un testamento y todo lo que te pagan se va en Raluca. Me preocupa que no tendremos un seguro para él o algo en lo que tenga la libertad de caer. Ese trono representa todo lo que pudimos lograr para bien o para mal.
-Tengo un acuerdo con Virginie.
-Andrew, piensa como un estratega político por una vez ¿Qué ganancias recogerías permitiéndole a tu hija tomar el poder? ¿Raluca respetaría los tratos que hiciste con la mafia rusa para mantener las casas de juego? No creas que me enteré en vano. 
-No lo ...
-No lo considerabas. ¿Supiste que tu niña recientemente celebró su compromiso matrimonial? Ahora los Izbasa amenazan con entrar a la familia para establecer su emporio ¿En qué posición te encuentras con esto? Fuera de los negocios que te incumben. Virginie actúa a tus espaldas de una forma muy burda y tú ni cuenta te das... Ahora volvamos a Joubert ¿El chico te adora?
-Algo hay de eso.
-¿Te pide cosas?
-Solo una guitarra eléctrica el otro día. Me dijo que me la pagaría.
-¿Cómo gana dinero?
-Como DJ y anduvo en un atelier.
-¿No vende drogas?
-Soy un adicto, Alena; si Joubert se dedicara a eso, yo lo notaría.
-¿Sigues con el alcohol?
-No lo puedo dejar, que quieres.
-Ay, Andrew, con razón no tienes claridad en nada.
-A veces te pedía tu impresión para todo.
-Cree lo siguiente: Joubert necesitará una mano derecha ¿y quién es mejor que tú? Hazme caso, te urge un aliado.
-¿Hasta qué punto me conviene poner al muchacho?
-Ha vivido más tiempo contigo, sabe que eres lo único que conoce y toma algunos de tus consejos, incluyendo los atroces. En una corte, eso vale oro en el futuro inmediato: Las decisiones pasarían por ti prácticamente antes de que nuestro hijo tenga la experiencia para elegir y después serías un consultor. El chiste es que Joubert te tome aprecio y cuide de ti y de tus socios, además, Mónaco requiere un líder familiar, ¿no te gustaría tomar ese lugar?
-¿Qué dices?
-Te ofrezco ser el poder detrás del poder un tiempo, idiota.
-No comprendo tu movimiento.
-Joubert debe ganar tiempo para educarse mientras tú preparas el terreno para que pueda gobernar. Sé que te asegurarías de que él te deje a cargo.
-¿Me estás diciendo que Joubert me permitiría hacer lo que se me antoje?
-Temporalmente, siempre y cuando ayudes a paliar algunos problemas del país.
-Escucho.
-Gracias a que mis hermanos son unos irresponsables, el gasto público depende de lo que los civiles y la mafia con sus cuotas cubren, no obstante, las grandes empresas no pagan impuestos; eso ha provocado un déficit que no se puede ocultar y que está ocasionando malestar. Si Joubert llega al trono, no sería amigo de nadie, obligando a todos a cumplirle al fisco. Esta medida no lo haría popular con los empresarios y los banqueros, pero los súbditos lo amarían y es primordial ganarse su simpatía con acciones. Te recomiendo contratar un buen publicista y utilizarlo desde ya para convencer a la gente de recibir un cambio con agrado, sal en reportajes y eventos con Joubert, recurre a paparazzi y vuélvelo famoso. La prensa deberá ser partidaria de ustedes dos así que soborna a quien tengas que sobornar y no te separes de los editores de la revista "Hola" para la proyección internacional. Derrumba el mundo de chocolate de mi familia si deseas el poder, la clave es la radicalidad disfrazada.
-Todo suena muy bien, pero algo habrá que hacer para que las trasnacionales no nos derroquen por un asunto hacendario.
-No te apures, se van a cuadrar.
-Por supuesto, con gusto lo harán.
-Consigue que Joubert tenga compañeras sentimentales entre las hijas de ellos. La maquinaria farandulera se encargará del resto.
-¿Por qué funcionaría?
-A los banqueros y los empresarios los pierde la vanidad. El resultado sería una gran negociación de pagos, es tan sencillo que me impresiona que en serio sirva.
-Pero no faltarían los que usarían este recurso para persuadir a Joubert de continuar impunes.
-Tienes razón ¿no has bebido en días recientes?
-Absolutamente nada.
-Pues continúa sobrio, por favor.
-Se me ocurre algo arriesgado: proponer al jet set que paguen impuestos con cuantiosos descuentos y ahorrarnos el tema de la novia. De lo perdido, lo recuperado.
-¿Mimos a los evasores? Brillante. 
-Para dar el mensaje de que hablamos en serio, estrechamos lazos con empresas rusas que proporcionen los mismos servicios y de paso, damos permisos para que la industria del cine filme lo que quiera con un costo razonable. No hay marca que no guste de salir en películas.
-Invita a directores de Hollywood, véndeles propiedades de precios módicos, traes a tus amigas celebridades y aquello marchará. Es increíble que lo más barato y bajo sea la solución. Empresa a la que no le parezca, que se marche.
-Habrá que calmar al Gobierno Mundial si se hace lo de Rusia.
-Alega que es la forma más fácil de agarrarle el pescuezo a Putin y otros dirigentes del Kremlin.
-Los rusos deben entender nuestro juego para llevar la fiesta en paz. 
-Exacto. Joubert no puede romper tus tratos previos.
-No había pensado ni en que Raluca me sacaría de la jugada, eres muy lista Alena.
-Protejo a mi hijo.

Andrew Bessette contempló a la dama con una apenas perceptible sonrisa.

-Cuida a Joubert y promete que le entregarás la corona.
-¿Crees que lo que estás pensando trabaje a nuestro favor?
-Mónaco es como Tell no Tales, por eso estoy segura.
-¿Por qué también me cuidas?
-Porque eres el padre de mi hijo y te quiero. Entiende, te pido esto porque Joubert y tú son lo que más bonito que me ha sucedido. Tú eres un idiota pero deseo que nunca estés solo y te amen sinceramente. A veces un padre y un hijo trabajan juntos y no quiero que ustedes se separen. No es justo que el chico te pierda o no pases tiempo con él. Deja la política de lado nuevamente. Mi intención es que se reconcilien.
-¿Y tú?
-Nunca hice algo por él y no me atrevo a disculparme por ser una mala madre.
-Cualquiera entiende que estás muy grave.
-No luche por Joubert, no tengo derecho a ser su madre ¿o sí?
-No digas eso.
-El tiempo no me alcanza para compensar mi ausencia y si tu visita terminará por arreglar algo, entonces agradezco que se te ocurriera.
-Alena, ve con él.
-Andrew, no me has dado tu palabra.
-Te lo prometo pero no te vayas sin reunirte con Joubert.
-Sólo puedo hablar ahora. Lo que presiento es terrible.
-Mujer...
-Ten a la mano el acta de nacimiento de nuestro hijo, llévala con un notario en Montecarlo y haz lo que tengas que hacer.
-Bien, así será.
-Gracias.
-Si quieres algo más, cuenta con ello.
-Quédate hoy.
-Sí.

Alena Makarova abrazó a Andrew Bessette con delicadeza, mostrándole un cariño inmenso. Él, que generalmente la había menospreciado, se llenó de angustia.  


sábado, 1 de marzo de 2014

La nueva temporada


                 Foto: Vincent Graton (c)

Al regresar de Hammersmith, una nube de arena cubrió a Bérenice Mukhin y ésta corrió rumbo a su apartamento para evitar que una próxima tormenta le volviera imposible el paso. 

Estos episodios de la sequía eran esporádicos en la Tell no Tales del espejo pero eran muy peligrosos y ella se preocupó por su padre, a quien había dejado solo durante unos días.

-Papá, ¿estás bien? Han pasado un montón de cosas, perdón por irme y no avisar - dijo en cuanto llegó a casa.
-Bérenice, entiendo que cuidarme es abrumador, no te sientas mal.
-No, papá, te he descuidado mucho.
-Matt Rostov me contó que has estado ocupada arreglando las piezas, no me molesta.
-¿Matt?
-Ha venido a platicar conmigo, me ha llevado de paseo y me ayudó a levantarme de esta silla de ruedas para asomarme a la calle. Estás cubierta.
-Le daré las gracias en cuanto lo vea.
-También supe que ustedes dos terminaron.
-No íbamos a funcionar.
-Él me dijo lo mismo.

Bérenice contempló a su padre con un poco de pena.

-Te guardé una fruta.
-¿Perdón, papá?
-Matt me trajo la comida, pensé que te gustaría compartir una pera conmigo.
-No es necesario, come tú.
-Bérenice...
-Estoy satisfecha, descansa.

Bérenice Mukhin se dio la media vuelta, aseguró las ventanas y al verse reflejada en ellas se topó con su angustiosa realidad: estaba sola, sin dinero y con hambre.

En su lado no había mucho que conseguir. Las famosas brigadas de reconstrucción no proporcionaban alimento o pago monetario y las cajas de harina escaseaban. Ni atrapar ratas era buena idea: estaban igual de desnutridas que sus vecinos humanos, volviéndose inútiles. Algunas veces, los Rostova regresaban con carretas de comida pero las porciones no alcanzaban y era imposible hacer entender al gentío que los enfermos y los ancianos tenían preferencia.

Comprendiendo que necesitaba ganarse el pan de algún modo, Bérenice esperó a que acabara la tormenta y determinó salir del espejo para buscar un lugar en el que no se opusieran a darle, al menos, un bocadillo. En la Tell no Tales del Gobierno Mundial se podían hallar maravillas en los botes de basura, detrás de los restaurantes o en la playa los indigentes se reunían para hurgar así que ella podía imitarlos.

-Papá, voy a irme.
-¿Dejaste algo pendiente?
-Olvidé una pieza en el otro lado.
-Bien, yo puedo atenderme.
-¿No te enojas?
-Tienes trabajo, házlo.
-Espero no tardar mucho.
-Si pasa algo, llamaré a Matt Rostov.
-Eh, si es muy necesario, por mí no hay problema. Te veo después.
-Cuídate, Bérenice.

La joven besó a su padre y cruzó el reflejo de las ventanas, con la angustia de no ser descubierta por nadie. Caminó sin detenerse por Poitiers y el centro, acabando en el Panorámico, enfrente de una cantina. Pocos habían tocado el contenedor de desperdicios del frente y vigilante de que nadie la viera, apartó papeles y latas, hallando un emparedado masticado y un durazno caduco. Ella pudo haber saboreado alguna de estas cosas, pero el olor que se escapaba de la cantina fue irresistible y se aproximó a la puerta, dándose cuenta de que los parroquianos eran escasos y el anfitrión era un hombre mayor que lucía como una buena persona.

Impulsada por la necesidad, la joven cruzó la puerta con la cabeza baja y se instaló en la barra. Todos voltearon a verla.

-Buenas noches, señorita ¿en qué puedo atenderle? - dijo Don Weymouth cortésmente.
-Hola.
-¿Quiere ocupar un tocador o hacer una llamada?
-No, disculpe.

Bérenice dio la media vuelta pero la fragancia a guiso recién hecho hizo que se retractara y bruscamente presionó su estómago.

-¿Me daría algo de comer? No tengo dinero ni trabajo pero prometo que lo repondré.
-Así que has venido por eso, lo hubieras dicho antes.

Acto seguido, Don Weymouth sumergió un cucharón en una enorme olla, sacando un potaje naranja al que sirvió con una pieza de pan.

-Provecho, mujer - señaló el hombre con empatía. Bérenice en cambio, se abalanzó sobre los alimentos, sin importar que hiciera ruido. Incluso levantó el plato y lo llevó a su boca.

-¿Te sientes mejor?
-Muchas gracias.
-¿Te gustó?
-Estaba delicioso.
-Nadie más tiene la receta. Los camarones se secan y se cocen con las verduras.
-¿Cómo puedo pagarle? 
-¿Ayudarías esta noche?
-¡Claro jefe! 
-Retira los tarros de la mesa de atrás y toma la orden de los que acaban de entrar.
-No escribo muy bien.
-Podrás de memoria.
-Trataré, tampoco soy muy lista.
-Para estar aquí con que sepas hablar sobra. Nada más ten en la cabeza que hay que cobrar al servir, yo te diré cuanto es.
-Bien, le obedezco jefe. 

Bérenice sonrió con gratitud y corrió a atender a los clientes mientras Evan Weymouth salía de la bodega del lugar y quedaba boquiabierto por ver a la mujer que con confianza saludaba.

-¿Quién es?
-Nos ayuda por hoy, mejor lava este plato.
-¡Ah, entiendo! Ella paga con trabajo.
-Que va, lo que me llama la atención es que animó un poco aquí. A darle muchacho, casi es hora de que se llene y tus amigos beben hasta terminarse la reserva.
-¿Vas a querer algo?
-Con las mesas estás cubierto, pónte a asear lo que falte.

Evan procedió a realizar sus labores al mismo tiempo que Bérenice avisaba a Don que le habían pedido una bebida extraña.

-¿Qué era? salque, salchot, salo...
-Salkau.
-¿Qué es eso? 
-Bebida de sémola.
-Me pidieron pero de mandarina.
-Al salkau se le fermenta y se le mezcla con fruta, parece que no lo has probado.
-No sabía que existía.
-Te daré un poco cuando termine el turno ¿Sirvo por vaso o por litro?
-Por litro, creo ¿Si me equivoco no me despide, verdad?
-Aprenderás con el ajetreo. Entrega esto, cobras 2€ y si no pagan, los echas.
-¡A la orden jefe! 

La chica se alejó y un cliente habitual preguntó a Don Weymouth:

-¿De dónde habrá salido la muchacha?
-De la calle, no hay duda.
-Es bonita ¿por qué no la dejas como empleada?
-¿Con qué le pago? Y la cantina es peligrosa; me preocupa que las jovencitas pasen a tomar algo y si contrato a esta, voy a tener más pendientes.
-Ni te fijes, con las propinas se cubre y por ella tampoco, entre los conocidos de siempre la cuidamos. 
-No me convences.
-En una de esas trae más clientes.
-¿Los compañeros de mi hijo?
-Aunque sea de esos.
-No quiero alborotos.
-Pero Evan es un patinador de los que salen en la tele y si le sigue no podrá cubrir sus turnos. Si la gente viene más ¿quien te echará la mano? Además ¿quieres que el chico atienda el negocio toda la vida? 

Don Weymouth volteó a ver sus fotografías, considerando que era casi un hecho que no deseaba ver que Evan pasara el tiempo lidiando con ebrios.

-¡Aquí está el dinero, jefe! - Expresó Bérenice - Y me pudieron otra ¿jarra? de salkau blanco, ya lo pagaron.
-Salkau puro. Pon el billete en la barra.
-Hecho.
-Son 5€.
-Me dijeron que así estaba bien.
-Entonces hay propina. Guárdala, es tuya.
-No entendí.
-Si te dan dinero demás y hay un "así está bien" o "así déjalo", el sobrante es de tu propiedad.
-¡Cuánta generosidad! 
-Anda a servir.

Bérenice asentó y retomó su labor en lo que el lugar recibía más gente.

-¡Chica, aguarda! - pidió Don - Necesito que pongas atención, el viernes es difícil y nos seguimos hasta el sábado cuando dan la medianoche ¿Puedes quedarte? 
-Cuente conmigo, jefe.
-La mayoría de los clientes son adolescentes pero a los ancianos y los cincuentones se les atiende primero y se les dan los asientos cuando estamos llenos.
-Bien.
-Otra más: Cuando te digan que quieren entremés, pregunta cuántos hay que dar. La comida no se cobra a menos que no haya bebidas.
-Entendido.
-Y átate el cabello, luego hace calor.
-¿Tiene una cinta?
-Las clientas siempre traen, de seguro te prestan o regalan una.
-¿Las mujeres también beben?
-Se ha vuelto costumbre.
-Vuelvo al trabajo jefe.
-Siempre ve con una sonrisa.

Bérenice afirmó y se dispuso a levantar botellas vacías, servilletas usadas o lo que los parroquianos tiraban. Algunos le hablaban para que se aproximara y la invitaban a sentarse, otros halagaban su cuerpo y los más arrojados la sentaban en sus regazos. Ella estaba tan habituada a esa clase de trato, que prefirió sacar cierta astucia e incitar a quien se dejara a tomar más. Ella obtenía a cambio propinas mayores.

-Evan, mira. La chica ha entendido de que va el negocio.
-Nos conviene, papá.
-¿Volverás a entrenar?
-El lunes retomo.
-¿Podrás trabajar por la tarde?
-Hasta septiembre, ya llegaron mis asignaciones. 
-¿Encontraste a tu reemplazo?
-Si pagas con salkau, saldrá más de uno.
-Está prohibido en esta cantina ¿no les basta con billetes?
-No busques más, la chica parece buena.
-Sabes que no me gusta ver a la mujeres por acá.
-Pues no se puede lavar platos y servir tragos al mismo tiempo.

Evan era razonable, la demanda aumentaba y había que adaptarse.

Por esos días, la cantina recibía mayor flujo de visitantes. De estar repleta únicamente durante los partidos de fútbol importantes o la final del hockey por ser la última opción, ahora era un sitio de moda por vender salkau, una bebida tradicional despreciada por tener fama de "sucia" pero eso la volvía atrayente para los jóvenes que la consumían con gran soltura y llevaban a sus amigos a satisfacer su curiosidad. Las mujeres eran un grupo aparte y se notaba de inmediato: Ordenaban directamente y eran propensas a recurrir al entremés. No eran particularmente dadas a dejar propinas pero sonreían y socializaban, se las arreglaban para que les invitaran rondas y Bérenice no tardó en obtener la cinta para el pelo antes de retornar a la barra.

-En el rincón quieren cinco cervezas  dos jarras con ¿tomate? y otra con arándano. Más allá pidieron dos con menta y una de kiwi.
-¡Más salkau! Que bueno que resucite. Mire, él es mi hijo Evan, también atiende.
-¡Hola Evan! Soy Bérenice. Ahora vuelvo, dejaré los pedidos.
-Cobra 23€ 
-A la orden jefe, qué divertido trabajo tiene.

Evan miró a su padre conteniendo la carcajada.

-Ya oíste, es divertido - irónizó.

Don Weymouth sabía que la joven hablaba en serio, solo había que verla tan entusiasta con el ruido y el desorden. Conforme la noche avanzaba, más y más gente abarrotaba el local complicando el servicio pero a Bérenice le bastaba con bailar y cantar para calmar los ánimos y convencía a todos de depositar monedas en la rocola para continuar la fiesta.

A medianoche era la locura. No se podía entrar o salir sin dar codazos, se insinuaban conatos de golpizas y el vómito de los primeros borrachos aparecía por el suelo. Nada afectaba a Bérenice que iba, venía y saltaba por doquier. Los pescadores la comparaban con las meseras con las que el local solía contar en sus buenos tiempos, cuando Don Weymouth era niño y aprendía de su madre el oficio de preparar salkau. En la cantina se contaban historias sobre como esas atractivas mujeres consolaban a hombres desesperados o estafaban a los forasteros. Los nuevos parroquianos escuchaban, pero Bérenice no les parecía tan especial como para imitarlas. 

-Evan, nunca te dejes engatuzar por la chica nueva - comentó Don por su lado.
-¿Por qué lo haría?
-Porque la calentura y la estupidez van de la mano ¿Alguna vez te conté cómo conocí a tu madre?

Evan quiso comentar algo al respecto pero su novia Eva hizo acto de presencia, besándolo en lugar de saludar.

-Vine con las chicas.
-Qué bien.
-¿Hay salkau de fresa?
-Hasta para regar plantas.
-Perfecto, dame una jarra y quiero otra de kiwi, tres de arándano y siete entremeses.
-Apenas alcanzaste comida. 
-Oye ¿descansas un momento? Te caería bien tomar algo conmigo.
-No puedo, hay mucho que hacer.

Segundos más tarde, Bérenice anunciaba:

-Un vaso de apio y un entremés y por favor, alguien limpie por allá, nos dejaron un regalo estomacal y salieron huyendo.
-No hay guiso.
-Pero estás sirviendo platos, Evan.
-Son para una orden que llegó antes.
-¿Qué le explico al viejo del muelle?
-¿Él? Lleva esta ración y su bebida, Dile que mi padre invita.
-De acuerdo.
-¿Te está yendo bien con las propinas, verdad?
-Me hacen reír y me regalan dinero, qué raro.
-Así pasa. En un momento paso jabón por el piso.
-En un ratito regreso.

Bérenice siguió con su tarea al tiempo que Eva miraba a su novio con enojo.

-¿De dónde sacaron a ésa?
-Paga con trabajo.
-Se parece a la tipa de las noticias.
-¿La que le gusta a todos?
-La que se metió con el cantante de Brasil.
-No vendría aquí porque la policía la busca.
-Deja de verla.
-Hoy me ayuda, ni modo que no la mire.
-No te hagas tonto, te estoy vigilando.

Evan río y optó por limpiar de una buena vez. Bérenice en cambio continuaba con su juego de coquetería pese a que los accidentes comenzaban a ocurrir porque los imprudentes tiraban los tragos, empapándola y provocando que su ropa se tornara pegajosa. Ella también sacaba del lugar a los impertinentes y los peores rompían los vasos pero se comportaba cariñosa y los alejaba. Con todo, el dinero fluía.

-¡Muchacha! Ven acá.
-¿Qué necesita, jefe?
-Me han comentado que estás cayendo bien y el servicio es más rápido.
-Gracias, es que me he entretenido como nunca.
-¿Te gustaría venir más días? Las propinas son tuyas y comerías tres veces durante el turno.
-¿De veras?
-Evan y tú probarían los entremeses y a veces irían al mercado a conseguir lo que falte. 
-Es un buen trato.
-Prométeme nada más que te portarás bien.
-Lo que usted diga.
-Y cambia esa ropa ¿ves las fotos del techo? Los ancianos quieren ver una mujer como esas.
-Me pondría plumas, unos moños y ¡corsé!, ¡también mallas de encaje!
-Atrás tengo ropa vieja, te la pruebas por la mañana.
- ¡Se lo agradezco, jefe! 
-Bueno, pues a trabajar que la clientela es exigente.
-¡Gracias, gracias! 

Evan atisbó a su padre nuevamente.

-La contrataste.
-Más bien aprovecho que los bebedores antiguos parecen un poco felices.
-Pero no deseas que las mujeres vengan.
-Si ella lo hace bien, cuando te vayas ocupará tu lugar. 
-¿En serio? 
-Sigue lavando tarros o cambio de opinión.
-Estamos saturados, mejor me pongo de mesero.
-¿Te crees muy listo? La muchacha sabe hacer esto sola. Deja de verle los muslos que no hay nada para ti.

Evan se echó a reír de una vez y su padre le dio una palmada en el hombro. El joven se limitó a cubrir sus labores sin pensar que tenía suerte de abandonar la cantina pronto: Bérenice había encontrado accidentalmente un empleo.