sábado, 10 de diciembre de 2016

Las noches de Mónaco: Un episodio para olvidar


Tell no Tales del espejo, 9:20 pm:

-¿Han visto a Marat? - preguntó Bérenice a sus padres al llegar a casa con Luiz. Ambos habían tenido un día pesado y lo que menos esperaban era una sorpresa de ese tipo, sobretodo porque tenían una cita.

-Marat dijo que debía arreglar unas cosas, luego nos visita - comentó Roland Mukhin.
-Habría avisado con tiempo.
-Algo vio con el espejo pero regresará, lo conoces bien.

Bérenice eligió terminar la conversación y prefirió abrazar a su bebé, presintiendo que Marat no la quería ver.

Mónaco, 2:00 pm.

-No podemos quedararnos en la estación porque nos detendería la policía - anunció Yuko.
-Buscaremos un hospedaje barato.
-Las casas de huéspedes cobran 250€ por persona, señor Ricardo.
-¡Mil setecientos cincuenta por nosotros! ¿Es que viven rodeados de oro?
-Mónaco es muy caro, hicieron bien en comprar comida en Niza.
-Dormiremos en la calle.
-Tampoco puede, son quinientos de multa por cada uno o quedarse en una celda y barrer las calles tres días.
-Bien, iremos a prisión, niños andando.

Ricardo jaló las maletas con dificultad y sus hijos lo siguieron al exterior, desde donde se podía ver Port Hercule y cerca, la capilla de Santa Devota, a la que pasaron para tomar la sombra no sin experimentar un mal momento en la escalinata de la misma. Nadie podía desatar el nudo del equipaje y Miguel lo cortó, causando que este rodara hacia abajo y los niños Liukin debieran correr tras él.

-¡Mis zapatos! - gritó Carlota al abrirse su baúl y por coincidencia resbaló, raspándose en la frente y ocasionando las risas de todos.

-¡No es gracioso, me duele!
-Carlota, deja tu drama.
-¡Estoy sangrando! ¡Papá!
-No sabes cuánta pena siento. Levántate y límpiate, te veo adentro.

Miguel y Andreas recogieron las pertenencias de Carlota en plena carcajada y la sonriente Yuko se acercó para tomarla de la mano y ayudarla con un poco de agua oxigenada.

-¿Te sientes mejor?
-Se supone que no debo golpearme la cabeza.
-¡Ya sé!
-¿Qué?
-Es que mucha gente se pega y luego se siente mal pero lo tuyo es pequeñito. Quedaste como nueva.
-Con una raya en la cara.
-Vamos con tu papá.
-¡No te rías!
-No es a poropósito.
-Mmh... Gracias.
-Vamos.

Ambas regresaron con el grupo y Yuko imitó a Carlota al persignarse en la puerta. El interior de la capilla era tan oscuro que las luces estaban encendidas, se celebraba misa con escasa afluencia y un fuerte olor a flores se transformó en uno de cera pese a no haber velas suficientes.

-Aquí de casaron su Majestad la pirincesa Régine y su hija la pirincesa Roxanne.
-Qué romántico.
-Casi todos los pirincipes de Mónaco lo han hecho en la iglesia de Saint Charles, dicen que a ellas no las dejaron porque el pueblo creía que eran inmorales.
-¿Pero tuvieron lindas bodas?
-Eso sí pero esas cosas no son lo mío ¿me disculpas? Tengo una llamada.

Carlota dijo que sí y Yuko salió a contestar, vigilante de que no la siguieran.

-Disculpe el retraso señor Bessette.
-¡Vi caer a mon princesse! ¿Por qué no la han llevado al hospital?
-¿La vio?
-¡Conteste Yuko!
-Es que no fue nada.
-Llévela a revisión, no le estoy preguntando.
-No creo que su padre quiera.
-La hago responsable.
-Sí, hágalo.
-¿Sabe donde van a dormir?
-No tienen lugar y parece que tampoco billetes.
-Busque un lugar bonito y pague usted.
-Tampoco tengo presupuesto.
-¿Nada puede hacer bien?
-Señor...
-¡Cállese Yuko! Comience a trabajar en serio o se olvida de su empleo.
-No puedo perderlo.
-Quiero a Carlota en el hospital y que la revisen hasta que no quede duda de que estamos en orden, luego consiga unas habitaciones bonitas para los Liukin y me llama.
-Está bien.
-Otra cosa, Yuko: si se pasa de lista, recuerde ese local de pescado por el que su familia ha sacrificado tanto...
-Voy a hacerlo.

Andrew Bessette colgó y Yuko se dirigió nuevamente a la capilla, ubicándose junto a Ricardo.

-Tenemos que buscar una posada hasta mañana.
-¿Conoce un lugar barato?
-A lo mejor nos reciben en una casita de Les revoires.
-¿Dónde?
-Es un bario donde vive la clase media y es un poco más barato que los otros.
-No puedo pagar más de doscientos por persona.
-Yo me haré cargo de mi estancia.
-Entre más tarde más caro ¿verdad?
-Así funciona.
-Niños, vámonos - ordenó Ricardo a los demás y Adrien, un poco indiferente replicó:

-Andreas no está.
-¿Qué dijiste, hijo?
-Andreas se fue cuando entramos y se llevó el bolso de Carlota. Luego viene.
-¿Sabes dónde encontrarlo?

Adrien regresó a su actitud ausente y Carlota constató que su hermano se había llevado sus cosas.

-¡Mi celular estaba allí! ¿Y para qué rayos quiere mi labial? No tengo ni un centavo.
-Tu hermano es un miserable.
-¡Papá!
-¡Metí las fichas del casino y los boletos del tren en tu bolsa!
-¿Por qué hiciste eso?
-¡Porque nunca pierdes nada!
-¡Pero tú traías mis cosas!
-¿Qué voy a hacer con ustedes tres?
-¡No me metas en esto!
-¡Si estamos aquí es por tu culpa señorita! Adrien ni siquiera me dijo lo que estaba pasando ¡Y Andreas ya se ganó que lo encierre en prisión!
-¡Tranquilo!
-¡Los tres me tienen harto!
-¡Vamos a buscar a Andreas!
-¡Nos quedaremos aquí y cuando veamos a un oficial levantaremos el reporte de robo!
-¡Papá, tenemos que ir por él!

Ricardo no pudo decir nada. Los Liukin habían olvidado que se hallaban en misa y el sacerdote había llamado primero a la policía, razón por la que dos agentes esposaron a Ricardo "por alterar el orden" sin mediar explicaciones.

-¡Suéltenlo! - intervino Tennant empujando a todos y lo arrestaron igualmente.

-¡Mi hijo mayor cometió un robo! ¡A él deberían llevarlo a la comisaría!
-¡No lastimen a papá! - dijo Carlota y Miguel la sujetó fuertemente.

-No intervenga, señorita. Iremos por su padre enseguida, guarde la calma.
-¿Dónde se habrá metido Andreas?
-Lo encontraremos.
-No tenemos para ninguna multa
-Podemos sacar a Tennant.
-¿De qué me sirve Tennant?
-¡Cállese y haga lo que le digo!

Aquél grito fue un error de Miguel Ángel. Al igual que con Ricardo y Tennant, los oficiales interpretaron su actitud como una agresión y lo detuvieron sin más.

-Ay no ¡Miguel no hizo nada! - protestó Carlota y fue tras él y su padre. En la escalinata, nadie atendía sus ruegos y su padre alcanzó a patear la puerta de una patrulla para realizar una petición.

-Mis hijos se van a quedar solos ¿no pueden encerrarlos con nosotros?
-¿Qué? - gritó Carlota.
-Esta niña y un niño no deben pasar la noche solos. Mi hijo Adrien es autista ¿desean que mi hija lo mate?

Uno de los policías volteó a ver a Carlota y accedió al traslado. Yuko terminó llevando a Adrien de la mano hasta el vehículo y luego tomó el equipaje para acomodarlo en la cajuela. Carlota acabó en el asiento del frente, con una mancha en el cabello que nunca supo que era y con un zumbido en los oídos, producto de otro episodio de berrinche de Adrien. Yuko le decía como podía que el asunto se arreglaría. No tenían tres horas en Mónaco y aquello se tornaba en pesadilla.

-Creo que no vamos a Venecia mañana - murmuró Ricardo y Carlota se cubrió la cara. Estaba sonrojada de vergüenza.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Las noches de Mónaco: La chica del tren


El tren arribó a Niza a las diez de la mañana y la mayoría de los pasajeros descendieron por ser su destino, dejando los vagones solitarios y a los vigilantes agotados.

Tennant bajó en la estación como se tenía previsto, no obstante volviera poco después con su boleto a Mónaco y agua de granada para detener el calor húmedo que sofocaba al exterior.

-¿La empanada es de carne? - preguntaba Carlota Liukin a una vendedora musulmana en la puerta.
-Se llama sfiha, es de cordero.
-Deme dos, por favor.
-También traigo unos panecillos con dátiles y té con hierbabuena.
-Quiero un vaso de té.
-¿No prueba los dátiles?
-¿Qué es eso?
-Son unos frutos dulces del desierto.
-Nunca he visto uno... Me llevo dos panecillos entonces.
-También traigo licor de dátil.

Tennant entonces intervino.

-¿Licor? ¿Cuánto cuesta?
-15 € y no deben verle o la policía le quita la botella - contestó la vendedora.
-Entiendo, ¿cuánto es por todo?
-16€
-Tome veinte y quédese con el cambio.
-¡Qué generoso!
-La policía viene, gracias por todo.

Carlota y Tennant volvieron al interior y sobre una mesa colocaron sus alimentos, a la espera de Ricardo y Adrien que habían salido también por el desayuno.

-Gracias, Tennant - dijo Carlota.
-De nada ¿todo bien?
-Sí ¿te sientes mejor?
-¿Donde está tu mensajero?
-Dijo que tenía que hacer algo.
-¿Te dejaron sola?
-Andreas fue a jugar a las máquinas.
-Iré por él.
-Gracias.
-¿Guardarías mi botella?
-Claro.
-Cuéntame diez minutos y estaré con él de vuelta. No te muevas, Carlota.
-Ten cuidado.

Tennant Lutz caminó por la estación hasta el vestíbulo y se enteró pronto de la existencia de un pequeño casino en el que se entretenían los viajeros cuando necesitaban dinero. No tardó en hallar a Andreas enfrente de un tragamonedas y por lo que se apreciaba, no podía ganar alguna cantidad.

-Vámonos o perderemos el tren.
-¿A quién le importa?
-Bueno, se dice que en Niza hay muchos ladrones.
-Desperdicié monedas, larguémonos.
-Carlota se quedó en el tren.
-Eso explica por qué Ricardo no vino por mí.
-Nadie ha regresado.
-¿No quieres probar tu suerte?
-No sacaría nada.
-Intenta.
-Después nos vamos con Carlota.

Tennant depositó la moneda que le restaba y jaló la palanca del tragamonedas, esperando fallar como siempre. A punto de dar la media vuelta, la máquina emitió un sonido y comenzaron a salir varias monedas que alcanzó a sostener en sus manos.

-Ese tragamonedas da dos premios más después de sacar el primero. Les sugiero aprovecharlo porque todavía no se dan cuenta en el casino - dijo una mujer con rasgos asiáticos y Andreas movió a Tennant de lugar, apostando en el acto. Se repitió la escena del juego anterior y al final, aprovechó la última oportunidad, recibiendo un premio más grande. Por disimular, echó otra moneda y fingió que la suerte se le agotaba.

-Gracias - le dijo Tennant a aquella chica y se echó a correr con Andreas hacia el tren. Un vigilante estaba por asegurar la puerta del vagón pero al verlos los dejó pasar con mala cara.

-¿Dónde estaban? - reprochó Ricardo.
-Ganando una fortuna - respondió Andreas, colocándose atrás de él para contar su dinero y Tennant decidió pagar el préstamo que le había hecho el señor Liukin.

-¿Cuánto ganaron?
-Yo cien.
-Felicitaciones Tennant ¿y Andreas?
-Bastante más que yo.

Los Liukin ponían atención a la cuenta de Andreas cuando se oyó un grito femenino suplicando que le dejaran abordar. De poca gana, el vigilante hizo caso, a pesar de que la marcha estaba iniciando.

-Muchas gracias - dijo la mujer y Tennant la reconoció enseguida.

-¿Cómo sabías lo del tragamonedas? - le dijo por saludo y ella respondió sonriente.

-Es que llevaba la cuenta desde hace rato.
-¿Por qué no jugaste?
-Porque no puedo, pero me alegra que ustedes ganaran.
-Debemos agradecerte.
-No lo hice para recibir algo.

Ricardo contempló a la mujer con extrañeza y advirtió que al igual que él, tampoco viajaba porque lo deseara. La virtud del observador no le era agradable a menudo.

-Ricardo Liukin, mucho gusto.
-Yuko Inoue.
-Gracias por ayudar a los chicos.
-De nada.
-¿Gusta algo? Le invitamos.
-Así estoy bien.
-Es que vamos a desayunar y no quisiéramos incomodarla.
-Tengo almendaras para compartir.
-Bienvenida, tome asiento.

Yuko Inoue tampoco portaba un gran dinero.

-Quiero presentarle a mis hijos, ella es Carlota, Adrien y bueno, Andreas.
-¡Qué lindos niños!
-Él es Tennant, un amigo nuestro...
-Hola ¿Tennant san? Es un nombre raro.
-Compramos algunas cosas con los vendedores de la estación, esto es socca y creo que esto es pizza.
-Se llama pissaladière y no lleva salsa de tomate. La socca es una crepa de harina de garbanzo y aceite de oliva.
-Querían venderme socca de un metro de diámetro.
-Es que ese es el tamaño tradicional pero los turistas se llevan algo más chico.
-Está enterada de estas cosas, Yuko.
-Es que he vivido en la zona mucho tiempo.
-¿Es de Corea?
-De Japón.
-Oh, disculpe.
-No se ¿preocupe? Casi siempre me dicen que soy china.

Carlota miraba a Yuko con interés y ésta fijaba su atención en la botella de licor que aun permanecía sobre la mesa.

-¿Es de dátiles? - preguntó y Tennant replicó.
-Según sí.
-Es muy fuerte, la gente de Niza luego se emboracha.
-Tendré cuidado.
-También hay un alcohol de granada que es como un puñetazo.
-No vi nada de eso.
-Es que se acaba rápido pero lo puedes encontrar en Mónaco muy barato, nada más escóndelo porque te lo quitan las autoridades.
-¿Está prohibido? Perfecto.
-Es que lo venden los migarantes ilegales.

Tennant sonrió y tomó un poco de socca mientras imaginaba si en la escala en Mónaco iba a tener tiempo de buscar botellas, esperando que no costaran más que en Niza y pudiera pasar desapercibido con la policía.

Mediodía, estación de tren en Montecarlo, Mónaco.

Con puntualidad, Andrew Bessette se paró en el andén cuando arribaba el tren con los Liukin y de inmediato tomó su celular para realizar una llamada misteriosa en la que solicitaba mantener vigilada a Carlota en todo momento así como reportar sus movimientos ¿Cómo se había enterado de tal viaje?

-Sugiero que desista de sus planes con Carlota o me veré obligado a darle una fuerte lección - le advirtió Miguel Ángel.
-¡Ah, el mensajero de mon princesse!
-¡Nunca vuelva a llamarla de esa forma que yo puedo ver como tiene el corazón y si alguien le cobrará con el alma soy yo!
-Qué miedo.
-Advertido está.

Miguel se dio cuenta de que sujetaba a Andrew Bessette del cuello y éste le miraba creyendo que el discurso era tonto de sobra, no obstante, se detuviera la marcha del tren y ninguno de los dos abandonara su posición.

-Carlota necesita a su sirviente.
-Joubert a su padre.
-No lo metas en esto.
-Usted no se atreva a ponerle un dedo encima a la señorita Liukin.
-¿Eres su guardaespaldas?
-Y sé dar palizas.

Miguel soltó a Andrew Bessette cuando los vagones abrieron y fue donde los Liukin, que honraban su costumbre de enredar las maletas durante los viajes. En el forcejeo, Andreas jaló el cabello de Carlota y se desató otro pleito fraterno en el que Adrien se tiraba al piso para evitar las agresiones pero lanzaba aturdidores gritos para fastidiar a todos, recibiendo en respuesta que sus hermanos lo levantaran para hacer de él un escudo humano. Ricardo intentaba frenar a los chicos y Tennant separar a la joven Liukin cuando una potente voz clamando "¡basta!" acabó por provocar el esperado dolor de oídos que interrumpió el momento con inmediatez. Andreas aprovechó para propinar un último tirón al pelo de su hermana.

-¡Qué pena para su padre semejante trío de cínicos desvergonzados! ¡Le dije Carlota que usted se ve especialmente pésima y sin clase! Y ustedes, Andreas y Adrien ¡olvidan que a ninguna mujer se le levantan la voz y la mano! ¡Su hermana también es una dama!
-¿Miguel, dónde te habías metido? - preguntó Carlota.
-He llegado a la estación que es lo importante. Señor Liukin, lamento intervenir de esta forma pero no puedo tolerar que se le falte al respeto y como puede ver, ahora estará más tranquilo. Buenas tardes.

Carlota bajó los ojos y Ricardo le tomó de la mano sin decirle nada, haciéndole la seña a Tennant de que llevara el equipaje. Andreas y Adrien los siguieron sin agregar nada y Yuko fue por detrás, asustándose al reconocer a Andrew Bessette, apresurando el paso para no tartamudear.

La estación a diferencia de la Niza no permitía vendedores en los corredores y escaseaba de viajeros, no obstante, fuera un lugar bonito con enormes vitrales y fuentes a los que valía tomarles una foto. A los Liukin les sorprendía que el lugar fuera subterráneo y se vieron forzados a cerrar los ojos cuando lograron salir de ahí.

-Creía que no estaba oscuro allá dentro - declaró Ricardo mientras se acostumbraba - ¿Pudiste deshacer el nudo del equipaje, Tennant?
-En eso estoy.
-Bueno, iré por los billetes a Venecia, no se muevan de aquí. Tennant, encárgate de Carlota por favor. Adrien vienes conmigo.... Yuko ¿usted se queda aquí o va a otro lado?
-También voy a Venecia - contestó ella.
-Qué coincidencia ¿va a comprar su boleto de una vez?
-Lo acompaño.
-Bien y olvido algo.... ¡Andreas! tú.... Haz lo que quieras.

Ricardo no disimulaba la molestia con sus hijos y Carlota prefirió auxiliar a Tennant, en un gesto de amabilidad repentina inspirada por Miguel, que se encontraba con ella luego de unos momentos.

-Perdón por la escena, Miguel - le dijo en cuanto éste se posicionó de pie junto a Tennant.

-A quien le debe disculpas es a su padre.
-De todas formas siento pena contigo.
-Haría bien en permanecer tranquila y escuchar órdenes.
-Perdón, Miguel.

Tennant no creía lo que escuchaba ¡Carlota se diculpaba con alguien sinceramente! ¿Miguel si le imponía respeto o eran los cinco minutos más amables del día?

-Señorita Liukin, su padre viene enojado, le aconsejo prudencia.
-Se ve mal.
-Le haré frente, sólo no hable.

En efecto, Ricardo abandonaba la cercana taquilla muy molesto y Yuko se cuidaba de no añadir palabras a la conversación, temiendo que los Liukin volvieran a contagiarse del mal humor.

-El tren a Venecia salió hace dos horas, tendremos que quedarnos aquí hasta mañana ¿Dónde fue Andreas?
-No lo sabemos - replicó Tennant.
-Ahora hay que buscarlo, lo que nos faltaba.
-Tal vez esté aquí fuera.
-Tennant, acompáñame.... Yuko ¿puede....?
-¿Quedararme con los niños? ¿Por qué no? - contestó la mujer y Carlota la invitó a sentarse en la banca cercana, estableciendo conversación inmediata. Adrien, ignorado, prefirió descifrar el nudo de las maletas mientras escuchaba.

-¿De qué parte de Japón vienes? - quiso saber Carlota.
-Vengo de Kyoto y vivía en Tokio, tengo familia en Saitama y en un pueblito de Honshu, cerca del monte Fuji ¿lo conoces?
-¿Monte Fuji? Lo conozco por estampas.
-Está muy bonito.
-¿A qué te dedicas?
-Soy contadora.
-¿Desde cuándo vives en Niza?
-Llegué a los veinticuatro porque me contrató una cadena de hoteles en Japón que estaba en expansión y les llevaba las cuentas.
-Qué bien ¿y ahora te mandaron a Venecia?
-Eh, sí, voy a ser la contadora de un hotel cerca de una plaza.
-Vas a ver cosas muy bonitas.
-Pero no sé italiano.
-Yo tampoco.
-¿Qué vamos a hacer?
-¡Ir de compras!

Carlota y Yuko comenzaron a reírse y platicar de productos de belleza ocasionando que Adrien perdiera el interés y mejor se dedicara a ver a Andreas, que cambiaba unas monedas por fichas de casino en una casa de valores al costado derecho de la entrada en la estación. Raro que los demás no lo hubiesen notado, salvo Miguel, que optaba por levantar al mismo Adrien y llevarlo con su hermano, dejando a Carlota y Yuko solas.

-Si eres patinadora, entonces podrías ser famosa en mi país.
-¿De verdad, Yuko?
-Y conocerías mucha gente. Es que en Japón ser famoso da muchas cosas.
-¡Un día iré a Japón!
-Tienes que ir en primavera para que veas florecer la sakura.
-¿Sakura?
-Cerezos.
-¡Conozco los cerezos! El bosque de Tell no Tales está repleto y es muy bonito.
-No sabía que fuera de mi país también había.
-¡Son súper rosas! Guardé una bolsita con hojas de recuerdo.

Ambas continuaban muy distraídas a pesar de los anuncios de salidas y llegadas de los trenes y comparaban los contenidos de sus bolsos de viaje cuando los gritos de Andreas se escucharon en la estación debido a un malentendido con Adrien, que imprudente, había arrojado al piso las fichas de juego.

-Es peligoroso que vean a tu hermano con valores del casino - comentó Yuko y se levantó a salvar a Andreas, pidiéndole a Miguel que le ayudara. Eran tantas las fichas que al poco tiempo, el enfado de Andreas provocó que su padre finalmente lo encontrara y al igual que Tennant, ayudara a arreglar el desorden.

Mientras tanto, Carlota se quedó en su lugar, retomando su objetivo de desligar el equipaje sin resultados. Se entretuvo tanto que apenas alzó la vista de manera involuntaria, fijó su curiosidad en una chaqueta negra un poco vieja y estaba por apartarla cuando el perfil del hombre que la portaba se reflejó en un cristal. Carlota entonces continuó contemplándolo y él, sintiendo esa aura extraña se giró a descubrirla, sonriendo por circunstancia y sin intenciones, prosiguiendo su ruta normal sin darle importancia.

Carlota Liukin en cambio, se precipitó a sacar sus lápices y sus hojas y dibujó un retrato del joven que acababa de pasar.

-¡Andreas, esto es ya es el límite! ¡Tienes prohibido jugar en el casino y más te vale darme todo lo que traigas! - gritaba Ricardo de vuelta con sus hijos y Yuko retomaba su sitio junto a Carlota.

-¿Marat Safin?
-¿Quién?
-Hiciste un lindo retrato.
-Es de un chico que andaba por aquí.
-Es de Marat Safin y vive aquí en Mónaco.
-¿Lo conoces?
-No pero lo he visto en el Hôtel de París y en el Country Club.  Es tenista profesional.
-¿Tenista? Nunca escuché de él.
-A lo mejor nos lo encontramos en la calle.

Carlota resolvió terminar con sus trazos en calma y con cierta ayuda de Yuko en lo que el regaño a Andreas terminaba. Tennant, Miguel y Adrien permanecían como espectadores y el general Bessette los espiaba desde un rincón, ordenando de nuevo por celular algunas cosas. El teléfono de Yuko vibró enseguida.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Las noches de Mónaco (Serie navideña y octava temporada)


Gare de Lyon, París.

-Me... Me voy con ustedes - pronunció Tennant Lutz con voz apagada y Ricardo Liukin volteó a verlo desconcertado. El chico portaba una valija muy pequeña y parecía necesitar aprobación para atreverse a marcharse.

-De acuerdo, Tennant.
-Gracias.
-¿Traes dinero?
-El suficiente para bajar en Niza.
-De acuerdo, dámelo.
-Perdón si los molesto.
-¿Cómo te enteraste de nuestro viaje?
-Judy Becaud es muy escandalosa, yo estaba en el hotel.
-Bueno, no importa mientras sólo lo sepa ella. Iré por los boletos, te encargo a los chicos, Tennant.
-Bien.

Ricardo Liukin se colocó en la fila en la taquilla de la estación mientras Carlota tomaba asiento sobre su maleta y Adrien se concentraba en resolver una sopa de letras. Andreas tampoco fingió su desdén.

-¿También te largas? - inició agresivo.
-No me gusta París - contestó Tennant.
-Cállate, Carlota es fanática de la ciudad.
-No quiero estar aquí, es todo.
-Ojalá pensáramos lo mismo que tú.

Andreas miró a sus hermanos y Tennant pasó saliva por los nervios, temeroso por seguir hablando.

-Conseguí dos literas, Andreas tendrás que dormir en un asiento - anunció Ricardo al regresar - Tennant, puedes quedarte con nosotros hasta la mañana ¿te parece?

El joven Lutz apenas respondió sí, depositando su insignificante equipaje entre el de la familia Liukin en un arrebato de confianza ante la ausencia de preguntas. Aunque no era su intención, el chico mostraba un talante exaltado y Ricardo creyó que tenía un problema. Si era grave, no iba a dudar en deshacerse de él.

-Salimos a las 11:45, quiero que Carlota y Adrien vayan a la cama cuando abordemos, no hagan escándalo y no se peleen - ordenó Ricardo.
-Dile eso a Adrien, que grita por todo.
-Podrías empezar por darle el ejemplo, Andreas.
-Dáselo tú, eres el papá.
-Gracias, acabas de mostrarle a tu hermano lo tonto que es un bocón.

Tennant Lutz levantó la mirada y se admiró de Ricardo. Sin aspavientos ni gritos había puesto a su hijo mayor en su lugar y Adrien parecía entender la lección aunque su atención prestada fuera poca. Carlota en cambio revisaba su celular y el señor Liukin resolvió quitárselo, sin mediar negociaciones.

-¡Iba a preguntar cómo sigue Joubert!
-Te avisaré cuando sepa algo.
-¡Pero el teléfono es mío!
-Yo lo pago.

Ricardo apagó enseguida el teléfono ante el gesto berrinchudo que recibía en respuesta. De todas formas, la chica estaba castigada, perdiendo cualquier derecho de replicar en su defensa.

-Tennant, tú y yo tenemos que hablar - terminó el señor Liukin, procediendo a imitar a su hija con su equipaje.

En el andén había poca gente y los trenes arribaban vacíos después de haber hecho escalas en Bélgica o España. El que esperaban los Liukin provenía de Alemania y según la información del boleto, era de marcha lenta, cosa que impacientaba más a los tres hermanos y causaba risa en Ricardo, que sabía que así los tendría controlados un rato. Únicamente para evitarse malas caras, prefirió no comprar la cena; los burritos le disgustaban a Carlota lo suficiente para encabezar una rebelión anti - mudanza.

11:45 Gare de Lyon, interior del tren.

-¡Quítate Andreas!
-¡Quítate tú, cucaracha!
-¿A quién le dijiste cucaracha?
-¡Carlota cucaracha!
-¡Cállate idiota!
-¡Ya basta! - intervino Ricardo en la discusión y empujó a Carlota a su habitación, cerrando la puerta en su cara. A Andreas le sostuvo por la capucha de su sudadera y lo sentó a fuerza en la sección que le correspondía, colocándole al lado el equipaje para que no pudiera moverse ni ocasionar problemas. Tennant se había situado junto a la ventana del lado opuesto y Ricardo se sentó frente a él, ordenando dos cafés en el acto.

-Te invito, Tennant, relájate.
-Gracias.
-Se nota que tienes frío.
-¿Qué hace?
-Te doy mi bufanda.
-No me toque
-Perdón, no sabía que te iba a incomodar.
-Ah... Lo siento, olvídelo, gracias.

Tennant bajó los ojos y se disponía a depositar su cabeza sobre la mesa cuando alguien tocó en la ventana para llamarlo.

-¿Svante? - murmuró y se incorporó para encontrarse con él en la entrada del vagón, próxima a cerrar.

-¿Qué haces aquí? ¿Quién te dijo?
-"Iba a visitarte en el hotel" - escribió Svante en su pizarrón.
-¿Para qué?
-"Preguntar cómo sigues".
-Estoy bien.
-"¿Por qué te vas?"
-Es algo de último minuto.
-"Te habría acompañado".
-No voy solo.
-"Perdón"
-Discúlpame, Svante.
-"No te preocupes ¿Piensas volver?"
-No lo sé, realmente no quiero.
-"Iré a visitarte".
-Gracias.
-"¿Somos amigos?"
-Sí, adiós.

Svante alcanzó a besarle la frente cuando el tren cerraba y Tennant retomó su sitio, bebiendo el café de golpe y agitando su mano en despedida; Svante hacía lo mismo en el andén.

-¿Es tu amigo? - preguntó Ricardo.
-Creo que sí.
-¿No estás seguro?
-A decir verdad, le intereso.
-¿Algo romántico?
-Ha querido cuidarme.
-¿Cuidarte?
-De todas formas estoy en deuda con él.
-¿La pagarás algun día?
-No puedo.

Ricardo no intentó saber a qué se refería Tennant. El tal Svante poco a poco quedaba atrás al iniciar la marcha y el inspector del vagón le recordaba la pequeña escala en Niza a los viajeros nuevos, recomendándoles no abandonar sus lugares y aguardar a los vendedores de comida hasta que se aproximaran a las ventanas.

-¿A dónde va señor? - reanudó Tennant la charla y Ricardo pidió más café.

-A Italia pero el tren que necesito sale de Montecarlo.
-Nunca he ido a Italia.
-Supongo que tampoco a Mónaco.
-No tengo dinero.
-Carlota me había dicho que tenías un trabajo.
-Me pagaban poco.
-¿Eras cantinero?
-Ayudante en una sex shop.
-¿No eres menor de edad?

Tennant afirmó con la cabeza .

-Tienes la misma edad de Andreas ¿tus padres nunca te cuidaron?

El joven Lutz sacó un cigarrillo en respuesta.

-Disculpa, Tennant.
-Mis abuelos cuidaron de mí.
-¿Por qué dejaste Jamal?
-Mi abuela murió hace poco y después de diciembre no hay trabajo ni turistas.
-Te entiendo, mi abuelo también me crió y sé que es pasar vacas flacas.
-Mi madre está en la cárcel con cadena perpetua.
-¿Puedo saber qué hizo?
-Mató a cinco personas a golpes.
-Que terrible, disculpa....
-No me avergüenza.
-¿En serio?
-La gente tiene días malos y a veces eso pasa.
-¿Matar a cinco?
-Mi mamá era ejecutiva de la bolsa de valores.
-De repente me parece coherente.
-La llevaron al límite.

Ese relato le recordó a Ricardo lo que había sucedido con Joubert Bessette en Cobbs.

-Mi padre también vive - continuó Tennant.
-¿Qué hace para vivir?
-Se dedicaba a elaborar licor con mi abuelo.
-¿Qué pasó con él?
-Se quedó internado en un hospital.
-Tennant, de verdad me disculpo por preguntar.
-Está bien, de todas formas me quedé solo.
-¿Por qué?
-Mi padre es adicto a la heroína y tiene una orden restrictiva desde que trató de inyectarme ketamina con una aguja infectada.
-Sin comentarios.
-Él tiene VIH.
-Debe ser difícil.
-Trabajo desde niño y pasé mucho tiempo destilando con mi abuelo.
-¿Te gusta llenar botellas?
-El alcohol es una de mis pasiones, estudié mucho para ser enólogo.
-¿Vas a trabajar como tal?
-Cuando sea un adulto, por ahora sólo puedo servir tragos.

Tennant estaba orgulloso de su familia y Ricardo intuía que se hallaba conversando con el único sano de un clan de extravagantes psicópatas. El muchacho se atrevía a contarle porque no tenía dónde ir o quizás era una manera de pedir ayuda.

-Dime Tennant ¿hay alguien a quien puedas llamar?
-Mi hermana también está en la cárcel
-¿Nadie?
-Tengo otro hermano pero quien sabe cómo encontrarlo.

Tennant fumaba con resignación.

-El tabaco corrompe el paladar - comentó Ricardo.
-Quise probarlo.
-¿Por qué?
-Hasta antes de hoy ni siquiera tomaba café.
-¿Te excita?
-¡No, nada!
-Oye, lo decía en el sentido de que te sobreestimula.
-¡No, no siento nada especial! Por favor, no me toque ...
-¿Qué te sucede?

Tennant se levantó y desapareció velozmente por el pasillo, Ricardo fue tras él, preocupado.

Al mismo tiempo, Carlota Liukin salía de su camarote para quejarse por los gritos de su hermano Adrien y rápidamente, Andreas Liukin giró su cabeza con furia.

-¡No fastidies, Carlota!
-¡Ayúdame!
-¡Dale un chocolate!
-¿Tienes uno?
-¿No puedes conseguirlo sola?
-¡Mi papá me acaba de quitar la mesada!
-¿Todavía tenías dinero?
-Iba a comprar unos guantes y mis revistas.
-¡Yo te pedí prestado y me dijiste que no tenías nada!
-¡No te quise dar porque lo querías para un estúpido videojuego!
-¿Y a ti qué te importa? Igual te lo pagaba.
-¡No se me dio la gana!
-¡Eres una cucaracha!
-¡Que no me digas cucaracha!
-¡Por tu culpa también nos mudamos, bruja!
-¡Discúlpate por eso!
-¡Claro que no! ¡Bruja cucaracha!
-¡Ay, cállate idiota!

Carlota se fue a los golpes con Andreas y Adrien gritó más fuerte, atrayendo las miradas de los pasajeros y del vigilante, que dejó pasar a un chico que se aprestaba a terminar el alboroto.

-¡Ea, que se termina ya! ¡Andreas quédese en su lugar como se lo ordenaron y cierre la boca! Adrien, usted vaya a su cama y espere a que le atiendan, el chocolate no le urge y usted señorita Carlota, cálmese de una buena vez ¡se ve terrible peleando! Ese comportamiento no es propio de una jovencita elegante.
-Carlota es una corriente, en su cumpleaños se descontó a una chica - añadió Andreas socarrón y su hermana se le lanzaba de nuevo hasta que fue sujetada por las manos y arrojada al dormitorio en donde Adrien continuaría con su pataleta un buen rato.

Mientras el boletero le buscaba para que calmara a sus hijos, Ricardo se halló en un baño, con el abrigo de Tennant en brazos y éste vomitando sin poderse detener. Por si las dudas, en el botiquín de la pared había pastillas contra el mareo y pasta de dientes, quizás útiles para gente normal, pero por la escena, Ricardo supo que aquél chico se había tragado una enorme angustia y una amarga vergüenza.

-¿Te sientes mejor? - le preguntó después de diez minutos.
-No me toque, por favor.
-¿Por qué lo haría, Tennant?
-Necesito un abrazo pero no quiero que confunda las cosas.
-¿Por qué me aprovecharía?
-Porque no pondría resistencia.

Tennant se aseó la boca y Ricardo lo miró bien: Cabello recién cortado, rostro pequeño con ojos grandes, aspecto aniñado.... Era perfecto para gustarle a cualquiera y con mayor justificación al verlo moverse con esa postura grácil que le delataba la edad.

-¿Resistirte a qué?
-Sólo no me toque, por favor.
-Tennant, tranquilo.
-Quite su mano de mi hombro.
-Claro.
-Creo que me enfermé.

Ricardo aguardó pacientemente hasta que Tennant tomó su abrigo y se lo colocó mientras tiritaba de frío.

-Ahora puedes contarme lo que hiciste.
-¿Qué dice?
-Tennant, una cosa es que no quieras que alguien te toque y otra que por algo tan simple como una conversación te pongas mal ¿Las palabras que usé te incomodan?
-No.
-Entonces no te entiendo.
-Me sentí un poco mal.
-Si quieres hablar, te espero en dónde estábamos, si no, te despediré en Niza por la mañana y te pido de una vez que no te acerques a mi familia. Con tu permiso.

Ricardo dejó el tocador sin conceder un segundo y retomó el asiento de momentos atrás, sin prestar atención a las recomendaciones del vigilante del vagón respecto a poner orden con sus hijos.

-Ellos no gritan ahora - contestó apenas y dio el sorbo al café que le quedaba, consciente de que Tennant le miraba a lo lejos sin carácter ni fuerzas para presentársele. Sin embargo, Ricardo recordó la confianza que el chico le tenía y que por aquella razón no había escondido la singularidad del clan Lutz; así que le concedió crédito y se acercó a él después de darse cuenta de que Andreas cabeceaba sobre las maletas.

-Toma asiento, Tennant.
-Gracias.
-Aquí nadie nos oye, dime.
-Perdón por malinterpretar sus palabras.
-Descuida.

Tennant Lutz exhaló profundo.

-Tuve sexo con un chico.
-Así que eso era. No te sientas equivocado por eso, tampoco tienes que esconderlo.
-No entiende, señor Liukin.
-¿Te lastimó?
-¡No soy gay!
-De acuerdo.
-¡No me mire así! Créame, por favor.
-Te creo, no te alteres.
-Es que .... Nadie sabría que le digo la verdad.
-Tennant, sólo pregunté si el tipo te lastimó.

El muchacho asentó con ojos llorosos.

-Me acosté con él porque estaba frustrado, furioso. Me desahogaba ¿comprende?
-¿No tomaste en cuenta que era un hombre?
-Al principio me negué, no soy homosexual; él me había encontrado en la calle, me asaltaron esa noche. Desperté y estaba desnudo en una cama cuando vi a este chico, lo eché y me vestí pero pensé que me había hecho algo y cuando lo quise confrontar me llevó de nuevo a la habitación y me quitó la ropa, luego dijo que me ayudaría y que me quería, que me daría lo que yo deseara, que lo haríamos una vez... Me convenció y sólo me atreví.
-¿Te traicionó?
-En la mañana me dejó un sobre con 50 €, como si me hubiera pagado por un servicio.
-¿Es lo que te tiene así?
-Fui a buscarlo y le partí la nariz.
-¿Qué es lo que te duele?
-Que confié en él ¿En qué clase de idiota me convierte eso?
-¿Conocías a este muchacho?
-Lo vi una vez antes.
-¿No le hablaste?
-No.
-¿Le preguntaste por qué estabas desnudo en esa cama?
-Sí pero no recuerdo la respuesta.
-¿Había alguien más?
-Cumber ¿lo conoce? Se disculpó conmigo esta tarde.
-Sé quien es ¿qué tuvo que ver?
-Cerró la puerta cuando me vio con el chico y luego me acompañó a golpearlo y me presentó a Svante.
-¿El que se despidió de ti?
-Svante me ayudó, me escribió que debía entender lo que pasó.
-Tennant, yo seré menos blando: El tipo con el que estuviste abusó de ti.
-¿Qué debo hacer?
-Romperle la nariz fue una gran idea.

Tennant lloraba y Ricardo, en un arrebato paternal, le abrazó en consuelo, comprobando que no estaba frente a un niño.

Observando atento se hallaba otro joven que había colocado una mesa y un par de sillas al lado de la habitación de Carlota Liukin, misma que salió en pijama y con el cabello alborotado después de pelear con su hermano Adrien, que ahora dormía plácidamente en la parte de arriba de la litera.

-Buenas noches, señorita Carlota - dijo el chico.
-¿Miguel?
-Compré algo de sushi ¿gusta cenar?
-Gracias, tengo hambre.
-¿No va a tener otro round con sus hermanos?
-Espero que no.
-Tuve que intervenir, no deseo que usted sea más castigada.
-¿Eras tú?
-Los regañarán por la mañana de cualquier forma.
-¿Cómo lo sabes?
-Conozco a su padre.

Carlota alzó la mirada antes de tomar asiento.

-¿Qué le pasa a Tennant?
-Pensé que no se fijaría en él.
-Es raro ver a mi papá abrazando a alguien que no sea yo.
-Tennant lo necesita.
-¿Y por qué estás aquí?
-Trabajo para usted ¿lo recuerda?
-No tengo con qué pagarte.
-No estoy aquí por dinero.
-¿Entonces?
-Carlota, por el momento disfrute su sushi, aun hay bastante camino por recorrer.

Carlota se encogió de hombros y tomó unos palillos para degustar sus alimentos, comprobando que no faltaban la salsa de soya ni una copa de helado de matcha y vainilla.

-Sabes lo que me gusta, Miguel.
-Es fácil al prestar atención.
-¿Por qué no me acompañas? Toma la mitad de mis rollitos.
-No, gracias.
-Si mi padre te ve, te va a matar.
-No lo hará, confíe en mí.

Carlota volteó de nuevo hacia Tennant y constató que éste se iba calmando poco a poco, en parte porque Ricardo no decía palabra y prefería seguir invitándole café, porque el trayecto a Niza no era cálido ni se podía observar por la ventanilla.

martes, 1 de noviembre de 2016

El cuento de día de muertos: La bicicleta


Tell no Tales del espejo:

-¿Alguien sabe dónde está Andreas? - preguntó Micaela Mukhin a su familia una noche durante la cena. Después de un silencio breve, Roland Mukhin contestó:

-Sigue en la Fuerza Aérea, es general de grupo.
-Vaya, logró ser alguien.
-Aun combate a partidarios del Gobierno Mundial en el continente negro, llegaron cartas con su nombre.
-¿Puedo leerlas?
-Te las daré después de la cena pero son cuatro.
-No importa, colocaré su sitio en la mesa y cuando regrese no tendrá que buscarlo.

Micaela procedió a acomodar una silla al lado de su propio asiento y después continuó degustando macarrones con queso muy contenta, mirando a Bérenice con falsa calidez.

-Encontré la tumba de Kuragin - dijo la mujer de repente y Roland depositó sus cubiertos en el plato, con la resignación de la noticia por ser esperada.

-¿Dónde está?
-En la Tell no Tales real, en el cementerio de la playa.
-¿Quién lo enterró?
-Alguien me dijo que un niño estaba ahí y cuando quisieron darme un escarmiento me lo mostraron.
-Micaela....
-Lo mejor fue reconocerlo, se veía apacible y sonriente, no llevaba mucho tiempo muerto cuando lo vi. Sé que sigue allí porque le daba miedo a la gente que estaba conmigo. Le echaron tierra encima y unas flores, Kuragin siempre sacó lo mejor de la gente.

Aquél relato mórbido provocó que Luiz y Marat abandonaran rápido el apetito y Bérenice permaneciera callada mientras intentaba librarse del impulso por llorar que no la dejaba en paz desde que podía ver a su madre.

-Quiero visitar a Kuragin ¿quien me acompaña? - dijo Micaela alegre - Seguro habrá mucha gente y a nadie le extrañará si ponemos cosas y tomamos un refrigerio.

Roland Mukhin sonrió y aceptó el plan con idéntica sonrisa, desconcertando más a Bérenice que alcanzaba a murmurar:

-Mañana tengo que trabajar.
-Es una lástima, te contaremos luego - sentenció Micaela y prosiguió la cena a pesar del gesto asombrado de Bérenice por la indiferencia de sus padres.

-¿Podrías darme tu balin rostov? No cruzaremos Roland y yo sin él.
-Sí, mamá. Toma.
-Gracias, prometo abrirte el portal para que no llegues tarde a tu empleo ¿Vas a llevar al bebé a la guardería?
-Supongo que no.
-Está bien, así tendré más tiempo de conocerlo.

Bérenice reprimió sus ganas de ponerse grosera y terminó con su plato velozmente para tener derecho de retirarse pronto. Ya lo hacía cuando su padre invitó a Luiz y a Marat al paseo sin discreción alguna y aunque se negaron, la atmósfera era de exigencia. Los Mukhin necesitaban ayuda con las compras funerarias como flores y pintura para quitar lo gris de la tumba, también trasladar a Roland Mukhin entre las rocas iba a ser un problema.

-No se hable más, estamos de acuerdo - concluyó Micaela Mukhin y Bérenice pudo irse a su habitación, en donde golpeó el colchón una y otra vez para deshacerse de su coraje. No entendía porque su madre era tan fría y menos porque se había adaptado velozmente a la dinámica familiar, sin darles tiempo de hacerle preguntas o una bienvenida.

Día siguiente, Tell no Tales real:

Tell no Tales no celebraba a sus muertos por ninguna razón. A decir verdad, era una ciudad que prefería olvidarlos hasta que otro familiar ocupara un lugar junto a los parientes. Así debía ser y así se hacía. El cementerio de la playa, sobre una cuesta gris, escasamente recibía visitas de gente que mostraba lo bien que le estaba yendo en la vida; había copias de exámenes aprobados y títulos universitarios, collares, la medalla de Verner Tomos continuaba colgada de una cruz. Los profanadores preferían sustraer cuerpos del servicio forense o del hospital antes que pararse allí y los ladrones contaban sus botines lejos de ese lugar que era custodiado no por un velador, sino por un cuervo viejo que tosía cuando llegaban personas.

Aquella semana era excepcional. Tell no Tales enterraba a las víctimas de los derrumbes, en su mayoría amados abuelos y jóvenes oficinistas que dejaban hermanos pequeños como hijos únicos y tardíos de padres cuya energía iba en caída libre pasados los cuarenta y siete años. Alguna señora comentaba como un anciano había cubierto a su mujer durante la caída del asilo y los rescatistas los habían encontrado abrazados y fallecidos. En otro extremo se contaba la historia de un veinteañero contador al que un muro aplastó con tanta fuerza que los sesos salieron como la fruta de una lata. El cuervo volaba a la altura de los rostros de la gente y se detenía cada que se abría una fosa y se depositaba al nuevo huésped, como si calculara cuánto le tomaría recorrer el cementerio a partir de ese día para cumplir con sus labores y sobretodo, para atrapar larvas en el tiempo adecuado. Como también tenía suerte, los niños le echaban migajas y las almacenaba al lado de una lápida cuya última visita sucedió ese mismo enero. El cuervo recordaba bien ese entierro porque una niña llamada Carlota Liukin lo había ahuyentado y tiempo después no apareció un sólo insecto para comer, por lo mismo, era un lugar seguro para guardar provisiones y dormir.

Sin embargo, ese cuervo notaba una diferencia esa tarde. Una de las tumbas anónimas con vista al mar no tenía la sombra que debía a las tres de la tarde y celoso de su puesto, se posó sobre ella, alerta.

En el Panorámico sin embargo, se contaba una historia más evasiva o cuando menos divertida. La zona de bares era una fiesta de miserables borrachos que con el colapso habían perdido todo, de niños de familias pudientes que pasaban el día en las barras comiendo guisos con arroz y jugando con otros chicos de clase baja o rusos y gente de Blanchard cuyo barrio pobre contaba con la paradoja de tener cimientos firmes y ser inmune a la ola de destrucción que el descontrolado canal St. Michel ocasionaba sin piedad en el lujoso vecindario de Nanterre. En cuestión de horas, la autoridad le había pedido a la gente más despreciada que diera asilo a los damnificados hasta encontrar solución a la emergencia.

La cantina de Don Weymouth no era la excepción. Bérenice y Evan Weymouth lidiaban con peticiones de jugo, pelotas, crayolas tiradas y al mismo tiempo, separaban a los ebrios, limpiaban vómitos y rezaban porque la cerveza y el salkau no se agotaran para no ser ellos los encargados de desatar una batalla campal por la que los niños harían sus apuestas. De un bando estaban los acomodados ejecutivos y del otro los rudos pescadores, ambos con posibilidades serias de irse a los golpes, unos por volverse desgraciados y los otros por tener que ayudarlos. La policía sólo esperaba y en el mercado cercano se habían agotado los dulces que entrarían en juego.

-¡Jefe! Ya es mi hora de comida - avisó Bérenice y salió a la calle, misma en la que seguía el carnaval de la decadencia. Ni el puesto de kebab o los hot dogs de enfrente estaban exentos de interminables filas y con hambre, Bérenice caminó al mercado, recordando que a esa hora sus padres estarían con Kuragin. A Bérenice le ponía triste que aun esa mañana le negaran la invitación para ir y que por elaborar su picnic, no pensaran en ella ni para pasar a dejarle un almuerzo.

En su camino, Bérenice recordó a Kuragin, un pequeño que detestaba los panecillos de harina y no le gustaban sus clases en la escuela, escapándose cuando podía. La familia se preguntaba hasta la fecha qué había hecho el niño para que el Gobierno Mundial no hiciera más que llevárselo y al menos, su destino era caso resuelto, asumiendo que sus ejecutores fueran conocidos.

-Deseo verlo - susurró al llegar a la calle vecina y constatar que las cocineras le anunciaban a la multitud que las raciones de comida se agotaban y volvieran mañana. Entre la lluvia de reclamos y los caninos que hurgaban sobras junto a una gran pared se formó un remolino violento y asustada, Bérenice regresó corriendo a la cantina, cerrando la puerta tras de sí. Todo indicaba que la amenaza de una pelea colectiva estaba por concretarse y al oír que de salkau en buenas condiciones nada quedaba, se puso a sacar a los clientes más propensos a la furia, esperanzada de evitar la destrucción del local mientras el bullicio del exterior crecía. Tentada por confirmar sus sospechas, la joven volteó a la calle, viendo en cambio a Marat detenerse frente a la banqueta. Bérenice no se contuvo y salió a su encuentro, mismo que le provocó una sonrisa cuando él le extendió la mano y le hizo la seña de subir.

-¡Gracias Marat! - exclamó y se colocó detrás de él en una bicicleta amarilla.

-¿Me llevarás con Kuragin? - preguntó ella con timidez ante la obviedad y se sujetó fuerte de la cintura de Marat al bajar por la altísima cuesta que llevaba al corredor de la playa. El cementerio continuaba alejado y él pedaleó lo suficiente para detenerse un momento frente a una juguetería ambulante en la que quería elegir un regalo para el niño difunto: un globo, un papalote, un perro de plástico o una pelota, tal vez unos dardos. Mientras escogía, Bérenice se despojó de las sandalias y corrió a mojarse los pies, igual a cuando era chica y Kuragin la retaba a pasarse los huesos de pollo mientras permanecía de pie ante al mar tranquilo. El cielo era rosado y Marat se le acercó al adquirir un pequeño papalote azul.

-Si vas a llorar, es la hora.
-El Pacto se llevó a Kuragin, Marat.
-No sé qué decir.
-Nunca me aprendí su cara.
-¿Qué edad tenías cuando se fue?
-Siete creo.
-¿Era mayor que tú?
-Era más pequeño, mi mamá guardó su pañoleta roja.
-¿Tu hermanito era inteligente?
-No lo sé, conmigo jugaba mucho. Sólo me acuerdo de eso, en una playita como ésta, con nuestras bicicletas, él escribía en la arena y rodábamos en la orilla todos los días.
-Qué divertido.
-Me dolió ver que mi mamá lloró mucho cuando lo perdimos y ahora está tan contenta....
-Tranquila.
-Es que no entiendo por qué, si no puede abrazar a Kuragin ni hablarle.
-¿No será que tú sientes eso?

Bérenice pateó el agua con enojo.

-No lo puedes cambiar - dijo Marat con atrevimiento.
-Es que esperaba encontrarlo para decirle que lo quiero mucho.

Marat no entendía de muertos ni de tristeza puesto que jamás había perdido a nadie y sólo podía guardar silencio ante las tragedias porque evitarlas era ingenuo. Él prefería creer que estaría listo para afrontarlas al tiempo que Bérenice retomaba su camino sin preguntarle si le prestaba su bicicleta. Yendo en línea recta por intuición, la joven descubrió que el lugar era muy similar a donde Kuragin y ella acostumbraban pasar el tiempo, pero era un poco más bonito y cuidado, con palmeras en las cuales les habría gustado subirse para cortar un coco y compartirlo. Marat corría detrás y en la cuesta del cementerio volvió a tomar el control, ascendiendo con dificultad hasta que la bicicleta se atascó en la arena.

-¡Te reto a una carrera! - gritó Bérenice y los dos corrieron con dificultad hasta tocar terreno plano y seco, divisando una lápida pintada de verde y un árbol decorado con farolitos de papel. Estaba claro que se trataba de la morada de Kuragin y Micaela y Roland Mukhin interpretaban canciones alegres con una guitarra. Luiz cargaba en brazos al bebé Scott y miraba curioso un funeral a la distancia.

-Viniste, Bérenice - saludó Roland Mukhin - ¿Te gusta? Kuragin quedó frente al mar.
-Es precioso.
-¿Quieres un bocadillo? Tu madre hizo empanadas de fruta.
-Gracias.
-¿Estuviste llorando?
-¿Se nota mucho?
-No te preocupes, tu madre y yo nos sentíamos igual que tú.
-¿Y por qué están felices hoy?
-Porque encontramos a nuestro hijo y nadie puede hacerle daño.

Bérenice abrazó a su padre y se sentó sobre la tumba para devorar empanadas, posando los ojos en el horizonte.

-Nos acompaña un cuervo - notó Luiz al cabo de un rato.
-Le daré de comer, él ha cuidado a Kuragin estos años - añadió Micaela Mukhin pero el animal prefirió huir a su refugio.

Aquel cuervo era listo. La morada de Kuragin Mukhin había cambiado de color y de sombra, un aura siniestra se dejaba percibir y la sorpresiva visita no dejaba lugar a dudas: Los Mukhin no pertenecían al orden natural. Ese lugar que tanto se había esforzado por cuidar y que usaba para pasar algunas tardes ahora se transformaba en un altar de angustia y tristeza, en el que había sucedido algo tan macabro que más valía dejarlo en su sitio sin aproximarse. Los Mukhin y Marat le daban desconfianza y por sus rostros vacíos, se aterrorizó.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Fragmentos de una escena (Fin de temporada)


París, Francia:

Carlota Liukin había regresado a la escuela y su padre iba por ella cada mediodía ante el recelo de la policía francesa, que todavía la vigilaba tras recibir reportes diversos de la Marina sobre actividades sospechosas en la ciudad, relacionadas con las amenazas de secuestro que la joven Liukin recibía a diario, mismas que no eran más que bromas ya que un terrorista de oficio sabía del perfil bajo que ella tenía en realidad.

-Señor Liukin, me temo que debemos sostener una conversación respecto a la seguridad del colegio y sus alumnas - dijo una maestra una mañana - La directora no está muy contenta.
-¿Se podría de una vez?
-Adelante.

Ricardo Liukin se introdujo a un edificio circular que contaba con un enorme patio y una huerta al fondo, un edificio adyacente en el que un grupo de monjas parecía vivir y al lado izquierdo, otro que albergaba las aulas. Nada raro en Tell no Tales pero sí en París donde no contaban con horarios tan ligeros ni con uniforme de suéter amarillo. Las pocas alumnas eran el resultado de una promoción escasa y ligada a la Arquidiócesis de París, en resumen, era el Colegio Tellnoteliano de Francia.

-Es por aquí - indicó la maestra frente a la escalera del edificio circular y Ricardo la subió detrás de ella, encontrando que la oficina de la madre superiora y titular académica se hallaba en un segundo piso poco menos que austero. Por su mala vista, la monja contaba con una joven asistente de nombre Sylvie que pasaba el día acomodando papeles en un librero de tamaño regular.

-El señor Liukin está aquí - anunció la profesora y la monja lo hizo pasar, ordenándole a Sylvie que sirviera una taza de café con crema para recibirlo.

-No, gracias - dijo Ricardo, pero Sylvie no hizo caso.

-Puede retirarse, profesora Weismann - indicó la monja y la acompañante de Ricardo se retiró en silencio, dejando a este un poco nervioso.

- La profesora Weismann imparte química a las niñas de séptimo grado - comentó Sylvie al retomar sus labores. Desde la ventana de aquella oficina se apreciaba la calle.

-Señor Liukin - inició la madre superiora - Usted sabe que hemos recibido con agrado a la pequeña Carlota y las alumnas están muy complacidas, este año subió la matrícula gracias a su presencia.
-Deben estar contentas.
-Los padres están preocupados en contraparte, la seguridad de la señorita Carlota les hace temer un incidente como el de Stéphane Verlhac o el reciente de "La Maison rouge".
-Carlota está protegida y no se le deja sola en ningún momento.
-Los periódicos publican que recibe advertencias de parte de extremistas.
-Han sido falsas.
-No podemos arriesgar al alumnado y hoy me ha llegado una carta de la Gendarmería al respecto.
-Sé que van a implementar un sistema de resguardo durante el recreo y la salida.
-Es algo más serio.
-¿Qué quiere decir?
-Sergei Trankov está en la ciudad, opera cerca de la escuela y Le Monde recibió una carta en la que asegura que la niña Carlota es su próximo objetivo.
-Es imposible.
-Creí que lo sabía.
-¿Trankov?
-La siguió desde Tell no Tales y mencionó esta institución. Aun no se divulga la misiva pero comprenderá que no es posible sostener una circunstancia de este tipo con las alumnas de por medio.
-Prefiero que diga que acciones piensa tomar.
-La Gendarmería expresa que no puede garantizar la seguridad de Carlota ni la de su familia en el pais.
-Nadie me lo ha notificado.
-Entonces lamento haberlo enterado.
-Tenemos ¿dos meses? en París y no cuento con recursos para volver a Tell no Tales, además mi hija necesita mínimo tres años en Francia para que le concedan la nacionalidad y no haya problemas de pasaporte.
-Tengo entendido que el Gobierno le dará facilidades y excepciones por tratarse de la señorita Carlota.
-Qué pesadilla.
-Aun así hay buenas noticias, la Arquidiócesis también busca ayudar.
-No me diga.
-Hay un colegio en Italia...
-¡Por favor!
-Es una escuela tellnotelliana - intervino Sylvia - Está en Venecia, en una calle sin turistas, al lado del templo de Santa Maria di Gesuati que Dios proteja.

Ricardo observó a ambas mujeres con asombro y contuvo sus maldiciones saliendo hacia las aulas en busca de Carlota, a quien halló iniciando una lección de inglés frente a un pizarrón desgastado.

-Recoge tus cosas, nos vamos - le ordenó sin cortesía y ella obedeció sin disimular el sonrojo frente a sus compañeras y su profesora, misma que no se atrevía a preguntar la razón de tal interrupción.

-Lo siento y nos retiramos, buenos días - dijo Ricardo cuando Carlota se acercó a él y tomó su mano y mochila como si fuera más pequeña, guiándola a la salida. En el patio se hallaba Sylvie.

-Disculpe señor Liukin, enviaré los papeles de Carlota a su dirección esta tarde. Le entrego estos folletos, tal vez si los lee cambie de opinión -exponía Sylvia y Ricardo la dejaba con la mano estirada, ante lo cual, Carlota alcanzó a tomarlos por educación, dudosa de caminar al ritmo de su padre.

-¡A... adiós! - exclamó la chica antes de atravesar la puerta hacia la calle y ver a su padre volteando a todos lados, negándose a soltarla al determinar su rumbo.

-¿Dónde vamos? ¿Pasa algo?
-Sígueme.
-¿Es por Joubert? ¿Despertó?
-No.
-¿Adrien está bien? ¿Andreas se metió en problemas?
-No y no ¿qué quieres que pase?
-Nada malo.
-Demos un paseo.
-¿Estás enojado?
-Te llevaré a comer.
-No tengo hambre.
-Comeremos una buena hamburguesa ¿te gustan, no?
-Quiero una ensalada.
-Con aros de cebolla será.
-Pero...
-Tengo que hablar contigo así que coopera.
-Está bien.
-Nadie te está regañando, quita esa cara.
-De acuerdo.

Carlota fue de la mano de su padre hacia el Bar's diner, el restaurante cercano al boulevard Bércy y en donde, por la hora, había escasa clientela. Ambos tomaron una mesa en el primer piso y mientras ella intentaba no incomodarse con el ambiante country, él leía el menú escrito en la mesa, convencido de que haría bien si decidía por los dos.

-Buenos días ¿puedo tomar su orden? - Dijo una mesera vestida como vaquera - Aun tenemos hot cakes, desayunos texanos, yogurt con fruta y waffles con jamón.
-Queremos una hamburguesa de res con doble queso, aros de cebolla, un filete al vino y muffins de nuez con helado.
-Enseguida ¿alguna bebida?
-No, gracias.
-En un momento vuelvo, bienvenidos.

Ricardo asentó en agradecimiento y Carlota volvió a prestar atención, dándose cuenta de que el malestar de su padre crecía a la par de la vista de los folletos que ella no guardaba aun.

-¿Estás bien? - le preguntó Ricardo.
-Sí, creo.
-¿Por qué te inscribiste en inglés? Dominas ese idioma.
-Es obligatorio antes del último año.
-Ayer me dijeron que sacaste los ciento veinte puntos del exámen diagnóstico de principio de cursos.
-No sabía.
-Con esa nota cualquier escuela te aceptaría, sobretodo porque no se han cumplido tres semanas de clases ¿En cuál te gustaría entrar? Hay una cerca de la Saint Chapelle con buena fama y otra cerca en Cambon que gana concursos nacionales.
-En Île de la cité hay otro colegio tellnoteliano.
-¿Es de la iglesia?
-No.
-Probaremos ahí.
-¿Por qué me sacaste de clases?
-Es por tu seguridad.
-¿Siguen con eso?
-¡Así será hasta que los locos te dejen en paz!
-¿Qué les hice?
-Nada pero de alguien se tienen que aprovechar para meter paranoia ¿qué sé yo? A estas alturas lo mejor sería volver a Tell no Tales y ser una familia normal.
-No quiero regresar.
-No es tu decisión, jovencita.
-¿Por qué vinimos hasta acá?
-¿Todavía lo preguntas?
-Perdón.
-Y Judy me había recomendado tanto el colegio que no me detuve a pensar si te iban a admitir sin objeciones.
-¿Estaremos bien?
-No.
-Papá...
-Sigo olvidando cosas. Hoy no reconocí a Adrien y si él no me dice quien es, habria creído que sólo se hospedaba en el hotel. Pienso en su cara y me pregunto si de verdad es mi hijo o se parece a alguien que conocí.

Carlota enmudeció y palideció antes de que la mesera reapareciera y colocara la comida frente a ella con una enorme sonrisa.

-Gracias - dijo Ricardo y cuando aquella se retiró, tomó su filete para degustarlo sin aguardar a que Carlota decidiera dar una simple mordida a su platillo.

-No dejaré que desperdicies comida.
-No tengo ganas, papá.
-Es una lástima, come.
-Está bien.
-Recuerdo que en uno de tus cumpleaños te llevé a escondidas por alitas y el picante se te quedó en la nariz.
-Ese fue Andreas.
-¿No fue contigo? Estaba seguro.
-Me llevaste con Adrien por pollo frito y casi me ahogo por un hueso.
-Cierto ¿por qué confundiste el hueso con la carne?
-Adrien me retó a comerlo.
-¿Andreas se encarga de enfadarme a menudo?
-Esa sí soy yo.
-No, pero si recuerdo tus fechorías. A partir de hoy, no visitarás ni verás a Joubert Bessette.
-Papá, no puedo abandonarlo....
-Lo traicionaste con Trankov y luego con Guillaume.
-¿Qué?
-Soy tu padre, no el idiota con el que me confundes a diario ¿Tú crees que no sé a dónde vas ni con quienes te llevas? Humillaste a Tennant Lutz, despreciaste los regalos de Adelina, no le has llamado a Anton Maizuradze para saber como está y tampoco has contestado las llamadas de tu amiga Amy, menos mal que piensa que no quieres ver a nadie porque estás asustada. Ahora dime ¿cuándo te enseñé a traicionar, mentir, rechazar y lastimar?
-Ha sido sin querer.
-Tienes catorce años Carlota, vas muy bien. Ni Andreas es tan ruin.
-Papá, no alces la voz.
-Pero antes de que pierda la memoria entera, te voy a corregir. El patinaje se acabó.
-¡No!
-Claro que sí, te digo que volvemos a casa a ser los que éramos.
-Patinar es mi sueño.
-Uno que ya me costó la tranquilidad y en un descuido la familia también. No vas a patinar, eso no lo decides tú.
-Tengo un contrato.
-Cancelado por mí, también me costaste una multa.
-¿Y el entrenador?
-Le di las gracias y me pelée con Haguenauer así que estás acabada. Pregúntale si quiere saber de ti.
-¡No puedes hacer eso!
-Sorpresa, ¿quieres leer como te corrieron de la Federación?
-Yo me voy.
-¡Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Clemánce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandryi, siéntate!
-¡Papá...!
-¿Te preocupan los ridículos? Por tu causa yo he pasado varios y no te he perdonado el último.
-¿Te estás desquitando?
-Te corrijo... Siéntate ya y come que también estoy harto de lo remilgosa que te has vuelto.

Carlota comenzó a llorar y volvió a la mesa, mordiendo con temor su hamburguesa ante las miradas de los escasos curiosos y la mesera que se acercaba por un gesto de Ricardo.

-Una orden de papas para la señorita Carlota, por favor.

Ricardo aparentaba disfrutar el regaño cuando tomó los folletos de la institución en Italia de la que le habían comentado, considerando escuetamente invertir el dinero que le quedaba en una mudanza nueva hacia un lugar alejado de los episodios tristes y trágicos que acechaban a su familia desde la partida de Gabriela y en donde Carlota pudiera estabilizarse y entender que sus acciones traerían consecuencias desagradables si no se detenía de una vez.

-Prepara tu maleta y vístete de gris, salimos esta noche.
-¿Es en serio?
-Tu madre haría lo mismo.
-Ella no está.
-Nos duele mucho.
-¡Se iban a divorciar!
-¿Qué dices?
-La vi con Ryan Oppegard muchas veces mientras tú trabajabas y los oí discutir antes de que yo me fuera a competir.
-Carlota....
-¿Se iba a ir con ese tipo?
-Hablábamos de ti... Carlota, cada vez que estrenas ropa o te haces un peinado bonito, me doy cuenta de estás viendo a un chico nuevo. Si no conoces la fidelidad por lo menos entérate que tu madre estuvo a punto de romperte el corazón y tú repites lo que hizo. Te voy a corregir Carlota porque no vas a herir a nadie y olvidarás lo que acabas de decir. Tu madre era intachable y te ordeno que te lo creas.... Termina de comer.

Carlota se quedó en silencio y llorosa, continuó con su comida mientras su padre revisaba su celular y mandaba un mensaje a su hijo Andreas para que guardara sus pertenencias y se asegurara de que Adrien no olvidara las suyas para evitar una escena de gritos en la estación de tren.

-"Quiero todo listo cuando regrese" - escribió - "Nos vamos a Italia".