miércoles, 2 de diciembre de 2020

Las audiciones


Viernes, 15 de noviembre de 2002. Anexo del Conservatorio Nacional de Artes. París, Francia.

-Buenas noches ¿la entrada al público para las audiciones del ballet? - preguntó Carlota Liukin.
-Por la escalera derecha - respondió un recepcionista y la chica subió los escalones corriendo al lado de Anton Maizuradze. El salón de audiciones parecía un pequeño teatro con butacas, galería y paredes blancas, con un escenario cubierto de espejos al fondo y familias enteras esperando el veredicto del penúltimo filtro, mismo que estaba iniciando

-Mademoiselle Amy, triple "fouetté en tournant" - decía un hombre de cabello dorado entrecano con barba de candado descuidada y unos enormes lentes de armazón negro. Algunos creían que era alguien importante en el comité de admisiones y había estado presente en la mayoría de las pruebas desde temprano.

-Merci. La deliberación empieza pronto, vuelva a bambalinas, por favor - indicaba y Carlota desde su lugar se desconcertó por lo cortante de la escena. Su mejor amiga sólo había hecho una pirueta o así le dio por llamarla.

-¿Eso es todo? - Pronunció en voz alta.
-¡Bien Amy! - gritó Anton Maizuradze y los presentes los mandaron callar.

-Cálmate, Anton - se rió Carlota bajando la voz.
-Les gusta que les griten cuando se acaba la obra.
-¡Pero es una audición!
-Todos quieren aplausos.
-Eso sí.
-Apenas llegamos a ver a Amy.
-Menos mal, la conferencia de prensa tardó mucho ¿Qué hora es?
-No lo sé pero no importa, Carlotita.

Ambos permanecieron sentados mientras reconocían a su amigo David junto a Jean Becaud en las butacas delanteras y los saludaban a la distancia, creyendo que no era buena idea acercarse. Luke Cumberbatch en cambio, se colocaba junto a Anton inadvertidamente.

-Llegaron los extraños.
-¡Cállate, Cumber! - saludaba Anton.
-No lo decía por ti ¿Vino el idiota del Gobierno Mundial?
-¿El tío Maragaglio?
-¿Hay otro?
-Se quedó afuera.
-¿Pero también llegaron con su gemelo, o no?
-El entrenador de Carlotita entró.
-¿Ella sabe distinguirlos? Porque son iguales.

Carlota Liukin rió enseguida y pidió que nadie le llamara "idiota" a Maragaglio al mismo tiempo que volteaba a la entrada y comprobaba que Maurizio Leoncavallo se había quedado recargado en una pared mientras tomaba notas. Algunas niñas lo reconocían, otras evitaban acercársele por timidez y el resto intentaba averiguar si buscaba a alguien o rastreaba talentos para llevarlos al hielo. Durante el Trofeo Bompard, Maurizio había recibido solicitudes para volverse coach de varios equipos infantiles y el general Andrew Bessette había intentado convencerlo de admitir a su hija Raluca como estudiante, sin éxito.

En el auditorio, varias escenas parecían chocantes. Madres y padres de familia regañaban sus hijos por no sonreír en el escenario o desplegaban entusiasmo con pancartas y los que intentaban no dormir veían de nuevo la lista de nombres tachados y comentaban sobre todo tipo de reacciones entre sí. Algunos estaban más cansados de oír gritos de frustración que de haber quedado sentados durante horas sin poder abandonar el recinto.

-Ay, pobre niño - sintió Carlota al ver a un pequeño de doce años caerse durante un giro. Aquello lo dejaba fuera de la prueba final y su madre reaccionaba como si se le acabara el mundo.

-Alguien calme a esa señora, ¡voy a matarla! - admitió la chica.
-No viste nada, hace rato le dijeron a una niña que era una bolsa de frituras bailando - contó Cumber.
-¿Por qué?
-Sus papás la sorprendieron comiendo una papa y le dijeron que por eso estaba gorda para el ballet.
-Qué horribles personas.
-Son de las que viven sus sueños con sus hijos.
-Deja de fumar.
-¿Te molesta, Carlotita?
-Hay niños.
-Respiran porquerías en la calle.
-¡Cumber!
-¿Qué? Ellos igual queman tabaco para que no les dé hambre.
-¡Amy no!
-Pero los demás sí.

Carlota arrebató a Cumber su cigarrillo y lo apagó, sin evitar que él encendiera otro.

-Eres odioso ¿sabes?
-Pero me quieres.

Ella comenzaría a carcajear antes de prestar atención al escenario y al igual que los presentes, se dedicara a suponer quiénes estarían en el grupo de veinte finalistas. Sólo admitirían a cinco o siete para el taller que iniciaría en diciembre.

Por otro lado, Maurizio Leoncavallo parecía estar muy ocupado de pronto. No era por autógrafos o porque revolviera torpemente sus papeles. Era por recordar que un chico lo estaba siguiendo desde el día anterior y no se había dado el tiempo de atenderlo. Carlota sólo advirtió que su entrenador hacía que un desconocido se colocara junto a él e iniciara una charla similar a la de una consulta larga.

El tiempo transcurría con cierta lentitud y a la medianoche, una tímida lista fue colocada junto al escenario. Los nombres de los aspirantes descartados reanudaban el insoportable drama y grandes reclamos al comité de admisiones por no reconocer el talento o a los mismos niños por no haber sido lo suficientemente buenos para llegar lejos.

-¿Amy seguirá en las pruebas? - se intrigó Anton Maizuradze al ver que David revisaba los nombres. Por su cara, lo entendieron todo.

-Ay, no - dijo Carlota y al no ver a Amy por algún lado, salió deprisa con Anton, creyendo que la encontrarían afuera. Judy Becaud y Maragaglio consolaban a la desanimada pequeña, misma que sostenía un sobre rosado que había sido abierto varios minutos antes.

-Hicieron que esta niña perdiera el tiempo - reclamaba el propio Maragaglio a dos mujeres que iban pasando. Judy le hacía el gesto de que se calmara.

-¿Qué les dijeron? - preguntó Carlota
-Una tontería - respondió él.
-¿Estuvo muy mal?

La chica Liukin decidió no abrir más la boca y abrazó fuertemente a Amy, misma que sollozó hasta que el rímel manchó su rostro.

-Vámonos, será mejor - sugirió Judy Becaud y Carlota llevó la bolsa de Amy mientras Anton las iba siguiendo. Jean Becaud y David aguardaban por Cumber, mismo que fingía no prestar atención a las bailarinas al quedar atrás por Maurizio Leoncavallo, mismo que le agradaba mucho pero no lo admitía. Alrededor, otras pruebas iban concluyendo.

-Qué sitio tan deprimente - comentó Maragaglio al hallar a Katrina divirtiéndose en una insólita, pero concurrida máquina de baile en donde el personal parecía perder el tiempo a menudo.

-Ay, Maragalio ¡ven! - lo jaló ella.
-No es momento.
-¿Te enseño?
-¡Katrina, no quiero hacer esto!
-Sólo salta como puedas.
-Es que Carlota y su amiga...

Judy Becaud tocó el brazo de Maragaglio para hacerle saber que el grupo estaría bien y que podía divertirse un poco, que la situación era manejable. Un agente de la policía escoltaba a los niños de todas formas y volverían al Edificio Mélies sin contratiempos. Amy no paraba de llorar.

A Carlota Liukin le costaba mucho trabajo lidiar con las personas tristes. Nunca tenía una palabra sensible, siempre se le olvidaba ofrecer un pañuelo y al final, intentaba motivar, así fuera estúpida su manera de hacerlo. Quizás, su amiga Amy lo recordaba muy bien, al grado de planear fingir quedarse dormida si era necesario. Anton Maizuradze también era tonto para dar su hombro y sacaba de donde podía alguna pistola de confeti sin conseguir una sonrisa.

-Anton, guarda tu juguete - sugería Judy Becaud mientras se inquietaba por Maragaglio y por su nueva amiga. Como el resto estaba ocupado en sus asuntos o en sus tonterías, ella había tenido mucho tiempo para pensar esa noche. La tal Katrina evocaba a fuertemente a Katarina Leoncavallo con su cabello oscuro, espeso y liso, con sus ojos, si bien no almendrados, un poco rasgados; con su estilo inhibido de hablar apenas le hacían caso con alguna opinión que diera, con las agujetas desabrochadas y con el tipo de abrazos que solía dar al emocionarse. Judy creía que había necesitado demasiadas señales para darse cuenta de que Maragaglio estaba enamorado de su prima y muchas más para asegurarse de que nadie lo notaba tanto como Maurizio Leoncavallo, el hermano celoso pero discreto, que estaba detrás de la huída de Katarina hacia Venecia. Y es que Judy odiaba que las paredes hablaran, permitiéndole escuchar la conversación en la que aquellos hermanos se daban la provisional despedida.

Una mujer que ciegamente obedece a un hombre después de contarle que un paseo con su primo ha salido mal, invita a la desconfianza. Pero una que además espiaba a Marat Safin mientras su hermano se daba cuenta y no intervenía, por fuerza debe estar mal de la cabeza. Y Maurizio Leoncavallo también. Porque éste último estaba tan seguro de que Marat ignoraba a Katarina, que se permitía tenerlo cerca para hacer feliz a Carlota Liukin y reiterárselo a la otra joven después. La cuerda podía estar tensa por un reclamo telefónico entre los hermanos, pero sin Maragaglio para proteger a su amada, Maurizio había ganado terreno en el corazón dubitativo de Katarina. La misma Katarina que al enterarse de la existencia de otros hombres, se había vuelto mucho más atractiva.

-Judy, te fuiste - comentó de sorpresa Jean Becaud al aproximarse. Maurizio Leoncavallo aun atendía a su desconocido seguidor y cuando el grupo pisó la banqueta, alguien tuvo la idea de ir por vino especiado para resistir el aire frío. La pequeña Amy no dudó en aceptar y se colocó una chamarra mientras volvía a nevar y se preguntaba por qué todos decían algo tan obvio como que el invierno había llegado a la ciudad. En Europa, el otoño era tan efímero que nadie se había acostumbrado siquiera de una semana a otra. Era más interesante ver como los escasos árboles y arbustos se cubrían de una ligera capa blanca y cómo Maragaglio bajaba apresuradamente la gran escalera de mano de Katrina. Nadie se percataba que en realidad, había pasado tanto tiempo y hallar refugio no sería fácil. Muchos locales cerraban debido a las complicaciones que supone la nieve y podían contar con que no había bistro abierto sin una gran fila o pâtisseries con roles de canela de sobra. Por alguna razón, mucha gente se hallaba fuera de casa y se divertía con cualquier cosa.

-Vámonos, nos congelaremos - señaló Maragaglio, haciendo que los demás lo siguieran y le dijeran lo que querían beber. Cómo él conocía mejor París que nadie, los hizo caminar un par de calles hasta un diminuto sitio de madera en cuya estufa descansaba una enorme olla con el contenido a tope. Casi todas las personas que pasaban adquirían un vaso de vino especiado y Judy Becaud tomó asiento frente a la barra, pensando en que tarde o temprano, se golpearía contra la pared.

-¿Cuántos somos? - preguntaba Maragaglio antes de ordenar ocho tazas generosas y una de leche con canela. Su amiga Katrina pasaba tanto frío que se colocaba junto a la señora Becaud y frotaba sus manos con la esperanza de conservar un poco de calor.

-Necesito una cobija, no siento las piernas - comentó la chica con una gran sonrisa.
-¿El saco no te sirve? - dijo Judy irritada.
-Pensé que estaría calientita pero me queda grande.
-Es para un hombre alto ¿no crees?
-Maragaglio me lo regaló.
-¿Regalado? ¿No se lo pediste a cambio?

Katrina agitó la cabeza estando contenta aun.

-No te agrado.
-No lo quise decir así - confesó Judy.
-¿Qué te molesta? ¿Que soy prostituta?
-No tienes la mínima vergüenza ¡Te metes con hombres casados!
-Cariño, ese no es mi problema.
-¡No me digas "cariño"!
-Qué delicada.
-¡Descarada!
-¿Soy el diablo o por qué agarras tu crucifijo?
-¿No te da pena venderte?
-Tengo padrote, ¿te lo presento, linda?
-¿Maragaglio te paga bien? ¿No sientes remordimientos ni por sus hijos?
-Escucha, cariño: Yo no estoy para hacerle preguntas a nadie. Me dan los billetes, doy el servicio y se largan. Estaré loca para rechazar 500€.
-Estás jugando.
-Es lo acordado con Maragaglio y he de estar muy estúpida porque no pienso cobrarle.
-¿No?
-Me gusta tener sexo con él y lo mejor es que lo obtengo gratis.

Judy Becaud enmudeció y se limitó a dar un sorbo a su leche, sin saber qué era correcto pensar. Maragaglio contestaba una llamada así que apenas sospechaba de aquella conversación tan incómoda. Los niños, Marat y Cumber en cambio, habían oído todo y disimulaban quemándose la lengua con el vino en una ficticia competencia de resistencia. Carlota en especial.

La noche avanzaba y el vino se agotaba cuando Maurizio Leoncavallo finalmente se unió a los demás. Su cansancio era tal que apenas recargó sus brazos sobre la barra, se quedó dormido, tirando en el acto varios papeles que traía en las manos.

-Maurizio, despierta - ordenaba Maragaglio al concluir su llamada, sin lograrlo. Katrina también participaba colocando una cuchara fría en la mejilla de ese hombre y no conseguía algún resultado.

-Déjenlo en paz, no ha de sentirse bien - intervino Judy y Carlota levantó un montón de volantes del suelo, llevándose la sorpresa de que la mayoría anunciaban las convocatorias de danza del Conservatorio de París y distintos castings para compañías pequeñas, estudios coreográficos, comerciales y musicales.

-Grazie, Maurizio - susurró la joven Liukin y volvió a su sitio junto a Amy, misma que no recuperaba el ánimo pero recibía incontables abrazos de su novio, David.

-Maurizio trajo esto, creo que son para ti - entregaba Carlota a su amiga.
-¿Qué son?
-Del ballet.
-¿Hay algo bueno?
-Pruebas para niña del coro en "Sueño de una noche de verano".
-¿Trae requisitos de estatura?
-No.
-Dámelo ¿Hay otro?
-Quieren montar "Don Quixote".
-¿Pruebas libres?
-Puede ir quien quiera, Amy.
-Veré todo.

Amy dejó su taza de vino especiado a un lado y se dedicó a leer cada volante y cartel, desalentándose si se topaba con una exigencia de experiencia o de altura mínima. Aquello la hacía sentir más triste y le daba la idea de que nadie leía los avisos hasta que halló en una hoja blanca un recado escrito con plumón negro. Eso la desconcertó más.

"Te espero a las 5:00 am en la Patinoire de Bércy porque te tengo una propuesta. Maurizio".

Ella guardó el mensaje y enseguida, Maurizio Leoncavallo se despertó en un sobresalto.

-Ya me voy, tengo algo qué hacer y ver a mi novia. Los encuentro más tarde - dijo él y después de beber de golpe un poco de ponche de frutas hirviendo, salió deprisa sin avisar su rumbo. Los demás iban a curiosear hasta que el frío les hizo permanecer en su lugar.

Eran las tres de la mañana cuando la nieve cesó y la gran olla de vino especiado por fin quedó vacía. El local estaba por cerrar cuando Marat respondió un mensaje y la señora Becaud abordó el vehículo que la llevaría a descansar a casa. Carlota, David y Anton la seguían pero Amy parecía atrasarse y Maragaglio descubría el mensaje de su primo así que sonriendo, hizo que aquella niña le prestara atención.

-Si quieres te llevo a Bércy - dijo él.
-No sé si ir.
-Maurizio no suele hacer estas cosas.
-¿Qué querrá hablar conmigo?
-Lleva días con la idea de probarte como bailarina sobre hielo.
-¿Está mintiendo?
-Te hemos visto ensayar, él sólo quería saber el resultado de esa estúpida audición.
-¡Oiga!
-A Maurizio no le importa tu estatura, le interesa que eres buena.
-No es cierto.
-Oíste a la mujer que te dio el sobre. Buscan chicas más altas y salió con esa idiotez de que tienes cuello corto. 

Amy se quedó quieta un momento.

-Iremos a Bércy - remató Maragaglio y la chica sintió que le daba una orden inaplazable. Katrina en cambio, esperó a que ella se alejara un poco para aproximarse a él y saber qué seguía.

-Qué rudo eres, cariño.
-No.
-Es una niña, trátala con cuidado.
-Irá a otra prueba de la danza, no faltará.
-Le hablaste feo.
-Quiero que te quedes en el Edificio Mélies hasta que pase por ti ¿De acuerdo?
-Maragaglio ¿Por qué me cambias el tema? ¿Estás molesto como siempre?
-Katrina, tengo una habitación con una cama decente y calefacción. Descansa mientras hago que Amy no pierda esta oportunidad.
-Está bien, luego te veo.

Katrina y Maragaglio se besaron en los labios ante la incomodidad de los demás y él se quedó con Amy, que se despedía del resto. Como no confiaba tanto en los Leoncavallo, David decidió acompañarla aunque su resistencia al frío fuera escasa.

El grupo partió sin entender bien qué sucedía y Judy Becaud le comentaba en voz baja a su marido que no quería que Katrina estuviera en su hogar. Jean Becaud sólo se reía junto a Cumber.

-¡Acabamos de aceptar a una prostituta y hay niños! - se quejaba ella.
-Muchas personas lo hacen.
-¡Jean! Se supone que nosotros no.
-¿La contraté? ¿Le pagó alguien de la familia? ¿Viene contigo?
-¡Jean y Cumber, no se burlen! ¡Somos una familia decente!
-¡Decente! Jajajaja, Judy eres una gran comediante.

Katrina no sabía si estaba acostumbrada a ese tipo de palabras aunque fueran hirientes. En esos momentos, agradecía que pudiera calentarse y contaba con un desayuno por el que no tendría que escapar por falta de una moneda, a pesar de la forzada cortesía.

-Las prostitutas no acostumbraban besar en la boca - se giró Cumber curioso. Katrina eligió actuar como siempre.

-No estoy disponible, cariño.
-No tengo interés.
-Si estuviéramos en Le Marais, te estaría echando.
-No complazcas a Maragaglio así.
-No te metas, Cumber.
-Actúas como su prima, acuérdate.
-Por eso vengo con ustedes.
-Todos saben que las prostitutas se enamoran del hombre que las besa.
-Tengo novio.
-Maragaglio empezó a gustarte.
-Maragaglio le encanta a todas.
-Incluso a Judy.

Katrina y Cumber soltaron una gran risotada aunque ella se quedó pensando. Miró a Carlota Liukin por el retrovisor, intrigándose porque la niña más famosa de Francia no resistía la tentación de telefonear a su amiga Amy para saber por qué estaba con el citado Maragaglio y simultáneamente, se angustiaba por este último, como si se tratara de su padre al pendiente de una hermana inexistente. Se suponía que a pesar del aprecio, Carlota se las arreglaba para enfadar a Maragaglio, ponerlo en riesgo y meterlo en problemas.

-¿Sabes por qué Amy se quedó afuera? - curioseó la joven Liukin y Katrina respondió secamente que no.

-Creí que sí. Maragaglio te cuenta todo - siguió la chica y pronto, la nieve volvió a caer en calma.

Al mismo tiempo, caminando rumbo a Bércy, David y Amy peleaban contra el aire y ella sacudía su cabeza sin poder dejar de sentir que Maragaglio caminaba justo detrás de ellos. El cabello se le congelaba y al igual que en Tell no Tales, la brisa al estrellarse formaba figuras en las ventanas, aunque no tan bellas.

-¿Por qué Maurizio me quiere ver? - preguntó Amy con ganas de cubrirse con periódicos o estar delante de una chimenea. La voz le delataba aquello.

-Tómalo como una entrevista de trabajo - replicó Maragaglio, que también moría de frío.
-No quiero patinar.
-Pero sabes bailar. Maurizio cree que sabe lo que hace.
-Usted y su primo son un par de idiotas - exclamó la niña mientras decidía caminar de espaldas y se sorprendía nuevamente por tan particular habilidad. A Maragaglio no le interesaba en cambio.

-¿Y quién es más idiota?  siguió él.
-¡Obvio que usted!
-Es correcto.
-¿Cómo se le ocurre traer a dos niños en medio de este clima horrible?
-Carlota es menos llorona.
-¡Ella resiste bien!
-Es curioso. Tu mejor amiga sería muy feliz si supiera de esto.
-¿Por qué lo dice?
-Porque no tiene con quién hablar en Venecia.
-Es muy popular.
-Pero la gente la trata con tanta admiración que se asusta. Tú no, Amy.
-Somos amigas ¡dah!
-Te interesa lo que diga Maurizio, ¿verdad?
-No patino.
-Pero es danza. Se nota que quieres intentarlo.

Amy guardó silencio y pensó que ya había descubierto por qué Maragaglio le importaba tanto a Carlota. Era imposible odiar al hombre y algo tenía que, aun siendo un cretino, se hacía querer.

-¡Ay, Carlota no puede enojarse con usted! - pensó en voz alta luego de caminar durante media hora.

-Lo sé - replicó Maraglio sonriente y decidió ir al Bar's diner, ese restaurante del que tanto le habían hablado los Liukin alguna vez que seguramente no recordaban. Tan cercano a Bércy y con servicio de 24 horas, David y Amy se sentían como en casa, mientras el otro ordenaba café y trataba de no incomodarse con el ambiente country que le evocaba algo.

-En Jamal hay un lugar parecido y fuimos en Año Nuevo - señaló David al tomar una mesa.
-¿Es divertido?
-Es el comedor de una posada. Carlota ganó el concurso de comer nuggets de búfalo.
-¿No era campeona con los helados? - empezó a reírse Maragaglio.
-Ella podría ser comedora profesional - se contagió David.
-No la imagino.
-También tiene el récord de frappés de fresa y de rebanadas de pizza con piña.
-No es cierto... Además qué asco, ¿piña?
-¿No le ha enseñado sus trofeos?
-El de los helados.
-Carlota se inscribió en un reto de tacos, pero se mudó y nos lo perdimos.
-Diablos.
-¿Usted es su padre?

Amy pateó discretamente a David para recriminarle por semejante pregunta.

-¿Por qué lo dices? - preguntó Maragaglio con un drástico talante severo. La vibra se tornó tan tensa, que era complicado soportarla.

-Carlota sospecha que Ricardo Liukin no es su papá - prosiguió David sin intimidarse.
-¿De dónde sacas eso?
-De un ADN que Trankov le entregó a usted.
-¡Ah, ese sobre! No lo he abierto... Y es demasiada coincidencia que incluso los amigos de esta niña sepan de su relación con un guerrillero. El Gobierno Mundial va a estar feliz.
-Eso no nos interesa ¡Que se pudran!
-Es un trato.
-¿No va a decir nada, señor?
-¿Por qué Carlota pensaría en mí? ¿Te llamas David, no me equivoco?
-Ella encontró las fotos de su mamá y en varias aparece usted.
-La gente siempre retrata a cualquiera.
-¿En Madagascar?

Maragaglio no prosiguió, dio el sorbo a su café mientras se ponía más pálido que un enfermo y con el rostro dirigido a la salida. En un momento dado, David y Amy lo vieron sostenerse de la mesa mientras hacía cuentas con sus dedos. Es que no era posible, los tiempos no coincidían ¿Acaso había conocido a la madre de los niños Liukin y no sabía? ¿A qué hora? Porque en Madagascar había tomado una excursión y tal vez conocido a una mujer a la que nunca le preguntó por un nombre. Intentaba acordarse sobre aquellas lejanas vacaciones, seguramente tomadas en un aniversario o en un descanso obligatorio. Por supuesto que la negación era lo primero que se hallaba en su mente.

-¿Carlota sabe del resultado o Trankov le habló del sobre? - preguntó Maragaglio.
-Eso no lo sabemos. Si quiere salir de dudas, lea los papeles y ya - respondió David como si conversara con un idiota. Amy sólo se mordía los labios y con voz chillante, le decía a esos dos que había sido mala idea sacar ese tema a relucir.

-Oye, niña: ¿Carlota ha mencionado algo? - insistió Maragaglio.
-¡No, no! Sólo la sospecha.
-Amy, ojalá no mientas.

La chica pasó saliva y no le quedó más remedio que reservarse la palabra mientras comprobaba lo intimidante que podía ser Maragaglio si tomaba algo en serio. El hombre ahora tomaba su hirviente café como si fuera agua fresca.

-Maurizio querrá verte pronto, Amy ¿Aceptarás su propuesta? - continuó el propio Maragaglio.
-No soy buena con los patines.
-Mentira, te he visto en los videos de Carlota.
-¿Me está obligando a hacer la prueba?
-¿Tienes algo más interesante en tu futuro, niña?

Maragaglio dejó a Amy en silencio y con una mirada le bastó para disuadir a David de su intento de golpearle la cara. El camarero se aproximó nuevamente para rellenar una taza con café recién preparado.

La forzada calma que siguió se vio adornada por una nueva pero tenue nevada. El frío arreciaba y Maragaglio deseó que las cosas se mantuvieran así hasta mediodía, seguro de que aquello desquiciaría a todos. Su enfado era tal, que arrastraría a cuantos se pudiera con él. Esa parte de su temperamento le disgustaba porque lo igualaba con su cruel abuelo, aunque pretendiera convencerse de que era una persona diferente.

En el Bar's diner la calefacción dejó de funcionar un momento a otro y una campanilla rompió el ritmo al anunciar, más por error que por coincidencia, que faltaba poco para las cinco de la mañana. Amy levantó su maletita rosa y aguardó a que Maragaglio le anunciara que podían irse. La Patinoire de Bércy estaba casi junto a la Gare de Lyon y el hospital de Bércy.

-Vamos, quiero resolver esto pronto - señaló el hombre sin obtener resistencia, recibiendo, no obstante, la mirada de un David que lo rechazaba. Amy trataba de contener la antipatía de ambos al engancharse de sus brazos y obligarlos a caminar juntos luego de pagar la cuenta. En el restaurante pensaban que Maragaglio era un padre peleando con sus impertinentes hijos y a él le cansaba dar esa impresión, sobretodo porque sus niños reales no llegaban a los seis años.

En aquella zona de París suele haber mucha gente. Y en la calle no es cómodo dar un paseo. Bércy es un punto de encuentro y salida, pero no de permanencia y para David era notorio que tampoco se prestaba para tenerle paciencia a la gente. Los viajeros que llegaban a la ciudad lo hacían temprano y los taxis de detenían por todas partes, así que el ruido se volvía una tortura cuando se vivía el desvelo. La Gare de Lyon recibe a todos, pero caminar para alcanzar un coche da más caos y molestias que abstenerse de ser un turista de paso. A Maragaglio le causaba una risa silenciosa ver todo eso y más placer encontraba en saberse ajeno a ese cotilleo con maletas y nulas experiencias trascendentes. Quizás porque la vida normal en Venecia no era tan rutinaria para él o porque en las aglomeraciones le era sencillo estar, la escena que se desarrollaba alrededor le servía para darse cuenta de que era muy afortunado de no enredarse. Odiaba París y a los parisinos con sus aires de ser importantes, detestaba el olor del aire, le disgustaba la pretendida elegancia y la belleza de la ciudad le hacía querer perder la cabeza para mandarlos a todos al diablo. Pero igualmente le enfadaba tener el poder de hacerlo. Maragaglio no era un hombre normal.

El Palais Omnisports de Bércy presumía de ser un recinto multiusos al que cierto glamour le rodeaba pese a dar el aspecto de una pirámide mal conservada. La nieve se había acumulado sobre sus costados, un equipo de mantenimiento iniciaba el esfuerzo de quitarla mientras el frío se intensificaba y un vendedor ambulante de chocolate caliente aguardaba con paciencia a que la gente no resistiera más, cuando Amy cruzó la entrada y para su desconcierto, Maurizio Leoncavallo se hallaba trabajando al fondo, en la pista, con un chico de cabello oscuro y barba un poco crecida, así como los ojos redondos y una nariz de gancho que le daba un rostro de pájaro. Su nombre era Levan Reviya y venía de muy lejos, de Moscú, pero había vivido en Tbilisi y era un patinador que representaba a Georgia. El chico había dejado a sus entrenadores rusos luego de que sus intentos de asociación con otras jovencitas fracasaran en el circuito de competencias.

-Tienes muy buena técnica, yo puedo ser tu coach si gustas - declaraba Maurizio y Levan sonreía satisfecho. El papeleo no parecía ser problema y un par de federativos acompañaban al chico.

-El inconveniente de la mudanza a Venecia es que tengo horarios definidos y también mi propia sesión en un club de Mestre, pero podemos ajustarnos. Hablaré con Carlota Liukin para que podamos practicar por la tarde y la noche - seguía Maurizio y Amy tímidamente se aproximó al borde con su maletita, suponiendo que la emparejarían con el desconocido apenas la vieran. Maragaglio y David tomaban asiento en el sillón del kiss 'n' cry para seguir tiritando de frío, al mismo tiempo que el primero se lamentaba de no haber conseguido otra bebida que le calentara las manos, aunque no la consumiera.

Bércy era un sitio muy grande, escaso de comodidades, pero a Maurizio le era grato encontrarse ahí, se le notaba en la cara. Algunas veces había competido en París y apenas reparado que nunca había ganado en aquella ciudad. Pero recordaba a Jyri Cassavettes alentándolo durante su debut en Bompard, también una medalla de plata obtenida tres años atrás y una llamada de Katarina en un coincidente Halloween mientras lo felicitaba por su aspecto de vampiro con una camisa morada que lucía horrible por televisión. Maurizio tenía en la mente cada palabra de esa conversación de forma tan vívida, que creyó que se repetiría si volvía a tomar un descanso en el graderío y apoyaba su rostro en las manos.

-Amy, ven - dijo de pronto en voz baja. La niña lo había escuchado.

-¿Tienes patines?
-No, señor Leoncavallo.
-No repares en ello ¿Tienes zapatillas de baile?... Qué pregunta tan estúpida.
-¿Está cansado?
-Amy ¿Podrías llamarme por mi nombre?
-¿No te molesta? Wow.
-Qué rápido aceptaste tutearme.
-Bueno ¿Qué debo hacer?
-¿Sabes algo de patrones de básicos de quickstep o de tango?
-Tango.
-¿Te molestaría marcar algo con Levan?
-¿Con quién?
-Amy, ven... Mira, te presento a Levan, es un bailarín de danza y está buscando una patinadora para hacer equipo.
-Yo no patino.
-Mentira, te vi con Carlota.
-Es que no tengo práctica con partners.
-Para aprender tango debió ser.
-Usaba una escoba.
-Imagina que Levan es una.
-¿Si no me sale?

Maurizio se encogió de hombros aunque sonreía. Le molestaba no tener habilidades para convencer a una bailarina y pensó fugaz en Juulia Töivonen, a quien había tenido que insistirle luego de verla en un festival de danza contemporánea. 

-¿Levan sabe bailar algo? - curioseó Amy, escéptica.
-No te pediría hacer una audición si no fuera así.
-Pareces un gato, Maurizio.
-¿Qué?
-¿No te asusta la cara que tienes? Bailaré con tal de que la quites.
-Los Liukin dirían que no tengo otra.
-Carlota dice muchas cosas.

Amy giró entonces y se dedicó a cambiar su calzado sin decir nada. El tal Levan Reviya la imitaba mientras intentaba saber si ella era confiada con cada persona que tenía enfrente o sólo se hallaba nerviosa. Por lo inusual de la hora, la chica mostraba unas grandes ojeras y bostezaba pausadamente, sin evitar que el estómago le delatara el hambre.

-¡Bien! Amy, Levan, quiero un patrón de tango simple, nada estrafalario ¡Levan! Toca realmente a tu pareja, Amy no le tengas miedo y quisiera ver un par de giros... Eh ¿un lift simple? Por favor - pidió Maurizio con cierta inseguridad.

-¿Quiere que la levante? - dudaba el desconocido Levan.
-Así es. Un lift en rotación estaría muy bien, sólo sujeta a Amy por la cintura con los dos brazos y ya.
-Supongo que sí.
-Inténtenlo chicos, saldrá bien - motivaba Maurizio como si no tuviera idea de qué hacer y quedaba expectante sin saber qué añadir. Amy acaso actuaba más, agitando su mano para saludar a Levan y enseguida, colocar sus brazos, uno en la cintura y el otro sujetando la mano derecha del muchacho.

-Sígueme, un pie adelante del otro todo el tiempo, tu brazo extendido hacia el frente con el mío... Ahora nos ponemos de frente y nos movemos dos pasos a un lado, regresamos, dos pasos al otro y volvemos, tarán, tarán... Dame una vuelta... Y me levantas - instruía Amy aunque ese acercamiento, en cuestión de química, era un desastre. Al menos Levan le parecía competente y viceversa.

-No me parece mal, sólo háganse amigos y funcionará - remató Maurizio Leoncavallo con cierto sonrojo y enseguida preguntó en inglés si los federativos de Georgia aprobaban a Amy para comenzar a trabajar. La niña se sentía un poco confundida porque ni siquiera le preguntaban si estaba de bacuerdo y atinó a decir que ella sólo era la bailarina de la prueba.

-¿Quieres hacer un vals? Sólo por si acaso - sugirió Gyorgy y Amy accedió mientras pensaba en cómo aclarar que sólo ayudaba. Veía que todos asentaban sus cabezas y parecían cerrar el trato, no obstante, ella no decidiera. La niña nunca había estado en una situación parecida, así que no sabía pararla. Pero luego contempló a Maragaglio y concluyó que tenía razón en que el futuro no le ofrecía nada relevante, así que rechazar una oportunidad de bailar quizás no era la buena idea que creía. 

-Amy es una profesional ¿Quieres intentarlo, Levan? - consultó Maurizio aunque ya hubiera recibido una respuesta afirmativa. El chico dijo "sí" como si eligiera un sándwich de queso y se aproximó con su nueva compañera para firmar su contrato. Como Amy no hablaba inglés y menos georgiano, se hallaba escéptica, aunque Maurizio Leoncavallo hubiera rellenado los espacios vacíos con los nombres de ambos y le tradujera algunas cosas, como que la federación pagaría por los entrenamientos. Levan Reviya no tenía patrocinadores, pero una marca de cuchillas le enviaba un par nuevo de vez en cuando a cambio de alguna sesión comercial de fotos y tal vez, su nueva compañera recibiría el mismo beneficio. Amy plasmó un garabato sin imaginar qué seguiría.

-La próxima semana debo ir a Finlandia con Carlota Liukin y con uno de mis equipos de danza, así que supongo que Levan y Amy comenzarán a trabajar cuando vuelva a Venecia - añadió Maurizio y la niña se separó del grupo con la confusión por delante. Maragaglio y David estaban cruzados de brazos.

-¡Aún necesitamos la firma de tu tutor, Amy! - habló Maurizio en voz alta y ella prefirió sentarse en el kiss 'n' cry como si la hubieran regañado y abultaba sus cachetes para demostrarlo.

-Al menos aceptaste, es algo - dijo Maragaglio con tono resignado.
-¿Ahora qué?
-Pues te vas a Venecia, patinas y ya. No es gran cosa.
-¿Dejaré París?
-¿Qué fijación tienen en Tell no Tales con este lugar?
-¿No veré a David? ¿Puedo quitar mi firma? ¡Oigan, mejor no!
-¡No vas a cambiar esto, Amy! - gritó Maragaglio como si perdiera la paciencia.

-¿Quién es tu tutor, niña? - consultó bruscamente.
-No tengo, mi hermano está en prisión.
-¿Cómo te dejaron entrar a este país?
-Judy firmó algo.
-Mucho mejor, resolveremos esto en pocas horas.
-¿Usted a qué se mete?
-Amy, sólo... Vas a bailar y tienes contrato. Basta.

La chica se mordía los labios casi arrepentida por todo y tomó la mano de David sin conseguir tranquilizarse. Maragaglio no sabía si entre él y Maurizio la habían manipulado o todo se había dado de forma circunstancial, era un accidente o Amy tomaba la opción porque no tenía de otra.

Siendo tan temprano, nadie dejaba de considerar el ir a tomar una siesta y Maragaglio salió a la calle para conseguir un vaso con el vendedor de chocolate. Caía abundante nieve pero con mucho silencio y lentitud y al fin, aquello le hizo sentir comodidad. El frío dejó de molestarle al momento de dar un sorbo a una bebida espesa y apenas dulce. El celular timbraba y sin fastidio, respondió.

-Ciao, Maragaglio aquí... ¿Quién?... ¡Ah, doctor Gatell! ¿Cómo marcha todo por allá?... ¿Katy? ¿Tuvo un accidente?... ¿Qué tan enferma? ... ¿Neumonía? ¿Cómo es...? ¿Usa ventilador? ¿Cómo quiere que me calme? ¿Por qué no puedo ir a verla?... ¿Se contagió en Nueva York? 

Maragaglio escuchaba los detalles sobre la sorpresiva hospitalización de Katarina Leoncavallo y no le alcanzaba la cabeza más que para asustarse. El médico le explicaba cosas que no deseaba entender, que le parecían disparatadas. De imaginar a Katarina sin poder respirar, él creía paralizarse. Pero no tenía tiempo de ello. Otra llamada acabó por sorprenderlo y fue la del Director General de Intelligenza Italiana, prohibiéndole regresar a Venecia. En una noche, los casos de influenza se habían disparado y se levantaría una alerta en toda la región del Véneto, incluyendo la clausura de la ciudad. Maragaglio consultó torpemente el estatus de su misión y su jefe le dio la instrucción de continuar con el resguardo de Carlota Liukin en Finlandia y en París por las siguientes semanas. Algún agente cuidaría de Susanna Maragaglio y sus hijos mientras tanto.

Otra vez pálido, pero ahora como un muerto, Maragaglio reingresó al Palais Omnisports y halló a su primo con similar expresión. También le habían dicho que no intentara entrar a Venecia.

-Juulia me avisó que está muy enferma - señaló Maurizio.
-¿Quién es? 
-Alguien ¿A ti qué te pasa?
-Cerraron Venecia porque hay una epidemia, Maurizio.
-¿Qué sabes?
-Sé... Sé que Katarina está muy grave y le pusieron oxígeno porque no puede respirar.

Maragaglio tomó asiento en una butaca cercana para cubrir su rostro y Maurizio Leoncavallo quedó de pie, estático, sorprendido. Amy, David y hasta el mismo Levan hicieron gala de silencio y nadie intervino durante un largo instante.

viernes, 21 de agosto de 2020

Las pestes también se van (Las hermanas Berton)


Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.

¿Quién bebe una cerveza con una copa al mediodía, en una mesa exterior y esperando a su padre o a Ricardo Liukin? Anna Berton. Y no enfurecía porque la gelateria "Il dolce d'oro" estuviera cerrada; ni siquiera le molestaba que no le avisaran que nadie se presentaría. Pero un sábado carente de noticias le provocaba inquietud y la ciudad solitaria aún más. Tal vez, eso influyó en que Susanna Maragaglio decidiera darse una vuelta por ahí a pesar de saber qué estaba sucediendo, consciente de que no era bienvenida.

-¿El imbécil de tu marido te pidió el divorcio o debo correrte a sillazos? - saludó Anna apenas mirando a la otra.
-Vine a darle un aviso a mi padre - replicó Susanna mirando al suelo.
-Dímelo y le pasó el recado.
-Dice Maragaglio que hay un brote de influenza y lo mejor es que nos quedemos en casa.
-Me aseguraré de cuidar de papá. Adiós.
-Pensé que a Ricardo Liukin le interesaría saberlo.
-Yo le prevengo.
-Bien, he cumplido con mencionarlo; supongo que me voy.
-¿Qué más te dijo ese tipo?
-Maragaglio.
-Da igual como se apode o se llame. Es un desgraciado.

Anna se cruzó de brazos luego de verter la cerveza restante en su copa. Susanna eligió tomar asiento frente a ella. 

-La ciudad se pondrá en cuarentena esta tarde, al parecer es una emergencia.
-¿Seria?
-A Maragaglio se lo confirmaron esta mañana. Le han dicho que no puede volver hasta que se calme la situación y eso podría ser en tres semanas si la gente no sale a la calle.
-Pero Susanna, en las noticias no han dicho nada.
-Katarina está hospitalizada porque no podía respirar.
-¿Cómo? ¿Le ha dado influenza?
-La mandaron a terapia intensiva en el hospital de San Marco.

Anna Berton abandonó su postura defensiva y no disimuló su sorpresa.

-¿Tan mal está? - preguntó con los ojos más abiertos que de costumbre.
-Le pusieron una mascarilla de oxígeno y es hora que no se le quita la fiebre. Maragaglio está muy preocupado, no pude decirle algo para calmarlo.
-Imagino que irás a verla.
-No se puede, hay muchos enfermos y quieren frenar el contagio lo antes posible. Mi marido me ha pedido que me encierre con los niños.
-¿Lo harás, Susanna?
-Fui a Rialto en la mañana por víveres.
-Tendré que ir a lo mismo.
-Anna ¿Papá va a vivir contigo?
-Me mudaré a su casa y mi esposo y mis hijos me ayudarán con él.
-Me alegra mucho. Cuídenlo, por favor.
-Por supuesto.
-¿Puedo saber algo?
-No sé que podría ser.
-¿Vas a perder tu departamento en San Polo?
-¿Quién te comentó?
-Maragaglio y yo les habríamos prestado dinero para su hipoteca.
-¡Ay, por favor, Susanna! ¡Nadie quiere tener que ver con ese idiota con el que te casaste!
-Pude ayudarte.
-A mí me da igual perder un piso, así no debo nada.
-Tú no eres así, Anna.
-Apenas me estoy recuperando, llevo dos meses recibiendo mi sueldo sin retrasos en la editorial y estoy saldando las tarjetas de crédito. A mis hijos no les ha faltado nada y la gelateria va mejorando. Susanna, mi esposo y yo aún solucionamos nuestros problemas y de todas formas, no es conveniente que nuestro padre esté solo; el médico dice que le va a cambiar la medicina del asma y le hará otros estudios ¿Necesito de tu ayuda? Claro que no.

Anna Berton no añadió más al respecto y terminó su cerveza mientras pensaba en las noticias recibidas. No creía que Katarina Leoncavallo estuviera tan enferma y que la ciudad fuera clausurada sin avisar gran cosa. Sabía que su marido y sus hijos se hallaban preparando sus maletas para evitarse el disgusto del desalojo, pero ahora debía pensar en su padre y su salud cada vez más frágil. Tenía que pasar a verlo.

-Supongo que esperaremos a que el Ayuntamiento diga algo - mencionó mientras sus cejas de arco le delataban la tensión y miraba a su hermana como toda la vida, porque la consideraba estúpida y por eso se le reflejaba una profunda lástima.

-Cuida bien a tus hijos, Susanna. Yo me encargo de lo demás.
-Sí, lo sé.
-¿Qué te hizo Maragaglio? Que no traes la mirada baja por Katarina.
-No te burles, Anna.
-¿Me dirás qué pasó o lo averiguo preguntándole cómo siempre? Con aquello de que miente diario y si dice una cosa debo creer lo contrario...
-¡Llevas veinticinco años fastidiándonos con eso! ¡Cállate, Anna!
-¿Ahora qué fue?
-Llamó Marine Lorraine - añadió Susanna Maragaglio al volver a su habitual docilidad. Se veía sorprendida.

-¿Esa quién era? Déjame hacer memoria... ¿La becaria?
-Esa mujer.
-¿No se habían deshecho de ella, Susanna?
-Algún contacto debió quedarle en Intelligenza si obtuvo el teléfono de la casa.
-¿Y si Maragaglio se lo dió?
-Por favor, Marine lo acosaba.
-Sigo creyendo que se acostó con ella.
-No fue así.
-Maragaglio no te habría mencionado una palabra si no se hubiera metido en problemas. Hasta parece que no lo conoces.
-¿Qué tienes en su contra?
-¡Te advertí que es un idiota! ¡Te lo dije en esta misma mesa hace veinticinco años! ¡Lo topé en Milán antes que tú, Susanna! 
-No le simpatizas.
-Porque te digo la verdad. Él ya era un mujeriego cuando vino aquí, pero sólo a ti se te ocurre fijarte en ese cretino.
-No debí contarte nada.
-Si no estuvieras inquieta, no abrirías la boca conmigo. En eso son iguales ustedes dos. 

Anna Berton recargó uno de sus codos sobre la mesa para enfatizar que tenía razón y su hermana no supo qué añadir por un instante. A lo lejos se oía una sirena de emergencia e incluso la corriente del agua.

Las hermanas Berton siempre habían sido diferentes. Anna con sus rizos y Susanna con su melena lacia, una con pantalones y blusas sin mangas y la otra de falda larga o vestidos de manta hasta los tobillos. Una fiestera y la otra soñando con un príncipe azul; una apegada a su padre y la otra haciendo lo que podía para que nadie se enfadara con ella. Anna era la mayor y Susanna la niña que se había encargado de nunca dejarla dormir. La primera ahora trataba de ser la persona razonable después de fracasar con la hipoteca y la segunda permanecía sumisa.

-¿Qué te dijo la tal Marine? - curioseó Anna al calmarse un poco.
-Que le urgía hablar con Maragaglio y eso es todo.
-¿Supo dónde está él?
-No, aunque no me extrañaría que en Intelligenza le avisaran.
-¿Averiguaste qué busca?
-Se va a casar y quería que Maragaglio se enterara.
-¿Para qué?
-Invitarlo, creo. Le colgué.
-¿No le dijiste algo? ¿Mínimo un "muérete bruja"?
-Le grité que se fuera al diablo y un "maldita zorra".
-¿No te dolió la lengua?
-Si los niños me hubieran oído, estaría llena de vergüenza. Detesto usar malas palabras ¿sabes?
-Qué ofendida debió sentirse Marine al escucharte.
-Anna, no te rías.
-Es que no eres grosera.

Susanna veía a su hermana que sonreía por imaginarla peleando por teléfono y no sabía cómo defenderse.

-¿Qué más te angustia? ¡Venga, mi niña!
-Anna, no soy tu burla.
-Es que me reservo las opiniones y eso me cuesta ¿eh?
-Maragaglio no se mete contigo.
-¿Nunca te contó por qué?
-Sé que era el idiota que te molestaba.
-Te aferraste muy rápido ¿Qué te hizo ese hombre? 
-Lo amo, Anna. 
-Ojalá nunca llegue el día en el que te va a doler haberle creído todas sus palabras. Maragaglio es un desgraciado - contestó Anna Berton golpeando la punta de un dedo contra la mesa y sacando un cigarrillo que desprendía un olor delicado.

-Mejor dime: ¿Qué te dijo esa tal Marine que te puso mal?
-¿Para qué?
-No empieces, Susanna.
-Hmmm... Habló de un viaje a Tell no Tales del que yo no sabía.
-¿Perdona?
-Maragaglio fue con ella y estuvieron trabajando en un caso difícil.
-¿Se resolvió en una cama?
-¡Anna!
-La costumbre, lo siento.
-Por eso no te cuento nada.
-No tienes amigas, con alguien hay qué hablar.
-Marine me contó que Maragaglio pasó dos semanas buscando a los Liukin.
-No puede ser ¿Hace cuánto?
-Cinco años.

Anna Berton se quedó sin habla y se cruzó de brazos al pensar que el asunto aquél era muy extraño ¿Maragaglio había atraído a los Liukin a Venecia? ¿Qué cosas podrían interesarle de aquella familia? ¿Se trataba de una desafortunada coincidencia o de algún error de los agentes en Intelligenza? De antemano sentía desconfianza de que Ricardo Liukin hablara de tal hombre como de un vecino molesto y sabía cuánto se enfadaría si llegaba a enterarse de aquella plática. 

-No sé qué hacer, nunca le he preguntado a mi esposo sobre su trabajo y si lo hago con este asunto, tal vez se enoje o si me cuenta, será poco... Los Liukin estuvieron en nuestra casa una vez y pensé que había sido lindo invitarlos porque eran nuevos en la ciudad, pero ahora no puedo pensar - expresó Susanna Maragaglio rascándose el brazo y buscando la respuesta en el rostro tiburonesco de su hermana.

-¿Tengo qué contestarte?
-Si no tienes idea, no. Anna ¿Qué le dirías tú?
-Nada.
-¿Deveras?
-O le aviso que la tal Marine se atrevió a decirme todo lo que hubo entre ellos. A lo mejor se echa la soga al cuello y me entero de cómo me engañó.
-¿Por qué vuelves a ese tema?
-Hay que matar dos pájaros de un tiro y te puedo prestar la escopeta.
-Anna...
-Hablo de los Liukin también. Una vez que confiese, ya le podrías decir a qué te referías. Algo tienes que hacer con ese mentiroso.

Susanna Maragaglio suspiró de fastidio y se arrepintió de contarle a su hermana sobre aquella llamada ilógica.

Anna Berton, sin embargo, creía que sembrar el germen de la duda traería un resultado. Lo había intentado antes sin éxito, pero Marine lo facilitaba inesperadamente y luego de pensar en sus palabras, se lanzó al ruedo.

-Marine era la que siempre invitaba a Maragaglio a sus eventos familiares ¿verdad?
-¿Por qué lo preguntas, Anna?
-Es que tu marido te llevó varias veces y de repente te salió con que ella se había vuelto loca.
-Eran compañeros de trabajo.
-Susanna ¿estás segura?
-¿Por qué?
-¿Has ido a otras fiestas de oficina?
-Claro que sí.
-¿Incluyes las de Alondra Alonso?
-Estuve en el cumpleaños de su hija.
-¿Y Maragaglio no se perdió? 
-Anna, déjanos en paz.
-Es una pregunta como cualquier otra.
-Tu insistencia me está enojando.
-Es que con Alondra pasa tanto tiempo trabajando...
-¡Por favor!
-Pero con Marine se llegó a escapar, como el día que me arrastraste a un bautizo en Torcello ¿te acuerdas, Susanna? Maragaglio de repente tuvo que ir a Amalfi y casualmente, la becaria se desapareció.
-Arrestaron a un mafioso y lo vimos en televisión.
-Esos dos regresaron con un bronceado perfecto y lo recuerdo porque alguien te preguntó dónde estaba ese imbécil luego de una semana. Se suponía que en Intelligenza conocían de su "misión" y tú no supiste ni qué decirles.
-Se aclaró, Anna.
-¿Y por qué Maragaglio se tardó tanto en la playa si fue una detención de rutina, según él? 
-No era el único matón que quería atrapar.
-Nadie pudo localizar a Marine ni a tu esposo hasta que volvieron a casa y ni siquiera se tomaron la molestia de informar en el trabajo porque ¡oh, coincidencia! Katarina le pidió a Maragaglio ir a Milán y en lugar de llevarte a ti, se volvió a largar con la becaria. 
-Anna, tenían cosas qué hacer.
-De acuerdo, tal vez sobre Amalfi tengas razón pero ¿en Milán? ¿No era un asunto personal? Maragaglio iba de visita con su prima ¿a qué fue Marine?

Susanna se cruzó de brazos y puso aquel gesto que delataba que se dedicaría pensar en la nada. Anna Berton se desesperaba porque no tenía intención de rendirse y por más que sostenía la mirada sobre su hermana, ésta última más la ignoraba. Pero el esfuerzo no podía seguir siendo tan inútil de parte de las dos.

-Maragaglio... - iba a decir algo Anna.
-Ese viaje a Milán nunca me ha dado buena espina - confesó Susanna con los ojos fijos en la puerta cerrada de "Il dolce d'oro". Su hermana pasó saliva y la sujetó de la mano.

-Siempre que lo pienso, me pongo muy inquieta. Maragaglio nunca conversa de su trabajo ni de lo que hace, pero mencionó todo lo que pasó allá.
-Susanna, se trataba de una cuestión de familia y tu marido se llevó a Marine Lorraine.
-No, Anna; no es eso.
-¿Entonces?
-Se volvió más amoroso conmigo, empezó a hablar en la cama y a llamar desde la oficina.
-¿Era tan desatento antes? Con razón me desagradaba más.
-¿Se habrá quedado con ganas de que tuviéramos una niña?
-¡Ay, por Dios! ¡Creí que era algo más importante!
-Han pasado cuatro años y aún recuerdo cómo miró a Katarina cuando llegó a esta ciudad. Ella es como la hija que no tenemos.
-¿Eso te inquieta?
-Es lo que no sé.

Anna Berton había movido bien las piezas y a cambio, se estrellaba con un tema diferente. A su hermana la ponía intranquila una vieja travesía y la joven Katarina Leoncavallo parecía ser más importante que Marine Lorraine.

-Cuando Maragaglio vuelva, querrá ver a Katy primero. Bueno, después de nuestros niños. Ojalá ella se recupere o pueda estar en casa para ese día, también a mí me angustia mucho que se haya enfermado y no puedo acompañarla.
-Desearé que sea así
-¿Sabes, Anna? A veces me encanta pensar que soy casi su madre. Mi esposo y yo la hemos querido bastante.

Anna Berton no estaba segura de por qué comenzaba a sentir que entre Maragaglio y Susanna algo estaba roto. Su hermana no se había dado cuenta de que su nerviosismo era real, que su marido experimentaba una circunstancia extraordinaria y en lugar de descubrirlo, era silente cómplice. El inconsciente y constante miedo de perder a Maragaglio nunca había llegado a tal punto de negación. Y cómo una persona a la que aún le sobra una pizca de cordura, Anna Berton lo entendió. A Susanna no le interesaban ni Marine Lorraine, ni Alondra Alonso ni ninguna otra mujer que se enredara o le dijeran que era amante de su esposo porque él volvía a su lado, aún a costa del evadido dolor que provocaba. Pero con Katarina Leoncavallo la historia era distinta. A Katarina la conocían desde pequeña, les había dado un motivo para nunca perder la esperanza y formar una familia con sus propios niños. Si la gente de Venecia los hubiera conocido en aquella época, habrían pensado que Maragaglio y Susanna eran los padres de esa jovencita tan hermosa. Pero el reencuentro con ella en Milán derivó en un suceso catastrófico, inconcebible y alocado del que Susanna se defendía no enterándose de lo que hacía su esposo con su tiempo libre, dándole concesiones que no eran inocentes aunque lo aparentaran, como dejarlo ser el admirador más fiel de Katarina.
 
-Entonces Marine sólo llamó para fastidiar - retomó Anna el tema original.
-Así fue.
-¿Siquiera dijo algo más interesante?
-Qué bueno que se casa, a lo mejor me deja tranquila. Maragaglio creyó que era una acosadora y me alegro mucho de no haber dudado de él.
-Lo que digas, Susanna.
-Empezaré la cuarentena, pasaré más tiempo con mis niños y prepararemos una sorpresa para su papá.
-¿Vas a contarle a los Liukin de esto?
-¿De que los buscaban? No.
-Ricardo Liukin es mi amigo.
-Pero se trata del trabajo de mi marido.
-De todas formas tienes que avisarle que Marine es una bocafloja.
-Se suponía que eran nuestros amigos.
-¿No tendrá que ver con Sergei Trankov?
-¿Sabes algo, Anna?
-Lo que Ricardo me cuenta, de que el tal Trankov lo metió en problemas por unos diamantes. Más le vale al inútil de Maragaglio no seguir con el tema.
-¿Por qué?
-Porque lo único que se va a ganar es que le partan la cara.
-¿Qué puedo remediar? Lo echaría a perder, Anna.
-Susanna, yo creo que tu esposo está cometiendo un error.
-Si así fuera, él dejaría el tema en paz.
-¿Marine te reveló de qué se trata todo esto?
-Es algo de lo que Maragaglio aún no se entera.
-Él es el agente en Intelligenza más renombrado ¿y tiene un misterio?
-Debo platicarlo con él, Anna. Él no puede dejar a los Liukin aunque quiera.
-¿Es grave?
-Espero que Marine esté mintiendo porque la mato. Me envió un sobre con unos papeles confidenciales por paquetería exprés y se supone que llega hoy.  
-¿Te dio una pista?
-Trankov le entregó o le va a entregar a mi marido una copia de los documentos, pero no puedo creerlo porque Intelligenza quiere atrapar a ese hombre.
-Menos entiendo.
-Marine encontró al padre de Maragaglio o eso me aseguró.
-¿Te contó quién es?
-Anna, no le digas a nadie.
-Prometido.
-No le comentes a Ricardo Liukin, por favor.
-¿Maragaglio es un Liukin?
-¡Baja la voz!
-Perdón... ¿Lo es?
-Según Marine, sí.
-Está loca.
-En el sobre voy a leer que Maurizio Maragaglio es el hijo entre Carolina Leoncavallo y su hermano, un tal Goran Liukin Jr.
-Susanna, eso no puede ser cierto ¡Ese señor es el padre de Ricardo!
-Hace cinco años, Maragaglio buscó a los Liukin por una razón, pero Marine me jura que él desconoce su parentezco. Le grité "zorra" y le colgué.
-No abriré la boca.
-Anna ¿qué haré si es verdad?
-Tienes que hablar con Maragaglio y no te aseguro que salgas bien librada.
-¿Por qué?
-Por las preguntas que deberás hacerle. Esto va a salir muy mal, Susanna.

Una vez descifradas las inquietudes, Anna Berton abrazó a su hermana, dudosa de acompañarla durante las tres semanas de encierro que habrían por delante, consternada de hallar oro puro en lugar de quitarle la venda autoimpuesta de los ojos. Maragaglio con sus secretos era la postergada agonía en una ciudad clausurada que oculta una bomba de tiempo.

Anna volvió a suspirar y luego de soltarse, recogió su botella y su copa. Se prometió a sí misma no buscar a Ricardo Liukin y miró a Susanna Maragaglio como si le prometiera quedarse muda. Ambas entendían que no frenarían las consecuencias.

miércoles, 22 de julio de 2020

Las pestes también se van (Familia)

"La muerte y la doncella", Egon Schiele (1915)

Milán, Italia. Agosto, 1918.

Maurizio Leoncavallo tenía quince años y era el mayor de los diez hijos del señor Leoncavallo, el zapatero de un taller precario próximo a una vecindad igual de deteriorada. Como las necesidades de una familia pobre suelen ser apremiantes, ese joven trabajaba desde los seis, primero como deshollinador y luego como un albañil de larga jornada que podía llevar un sorbo de sopa de papa y un mendrugo de pan a su boca cada noche. Ese hijo mayor se encargaba de organizar a sus hermanos, todos pequeños, para el aseo y para dormir temprano y también era responsable de cuidarlos cuando su madre sentía que le abandonaban las fuerzas luego de lavar ropa ajena. En la escuela, los niños Leoncavallo destacaban por leer y dibujar y por ambas razones, Maurizio vivía con la enorme exigencia de aportar su mísero sueldo para comprar el material escolar posible, a costa de las mayores privaciones. 

-Has nacido tonto ¿qué se le va hacer? - le repetía su padre y su madre hablaba feliz de los halagos y buenas notas de los pequeños, que Maurizio no sabía si sentía envidia. Alguna vez, un oculista le había dicho que requería unos lentes y en lugar de reunir un poco de dinero para tratar su mala vista, había comprado un juego de geometría y una cajita de lápices baratos para esos nueve torbellinos que no se daban cuenta de que le dolía la espalda y deseaba cerrar los ojos en lugar de perseguirlos en esa habitación dónde vivían. 

Por ello, el señor Leoncavallo se enfadó sobremanera el día que Maurizio llegó temprano a casa y cayó tendido en el piso, con tos abundante y una gran fiebre. Su madre le colocaría una manta y le permitiría usar el catre de la familia mientras intercedía ante su marido para incluso colocarle compresas frías al muchacho y darle el lujo de dormir, con la expectativa de que el malestar se le pasara. Pero aquello no sucedió. A la mañana siguiente, su piel hervía, la palidez le había dejado casi invisibles los labios y su nariz sangraba de vez en vez luego de accesos de tos cada vez más prolongados. El señor Leoncavallo apenas se daba cuenta de la gravedad, cuando tres chiquillos enfermaron al mediodía y el resto de los hermanos terminaron postrados sobre sus camas de cartón antes de las tres de la tarde. La señora Leoncavallo intentaba atenderlos, obligarlos a beber agua o comer algo, pero ninguno podía hacerle caso y pronto, uno de ellos no le respondió cuando intentó despertarlo. Era Gianni, el más chico, el que apenas había llegado a los dos años. La madre gritó desesperada y sostuvo a su niño con la esperanza de reanimarlo. Más tarde, fue Luca, el más inteligente de la familia, el que tenía once y le gustaba jugar a la pelota. Su mirada quedaría cristalizada, como una figura de hielo que no se derretiría nunca. Maurizio Leoncavallo notó que el último vistazo de aquél desafortunado había sido para él, aunque no entendiera por qué. Deseaba llorar, desgarrarse del dolor, pero su debilidad era otro obstáculo y el cansancio lo venció, aunque no pudo dormir. El señor Leoncavallo llegaría a casa con la novedad de que dos críos habían muerto y su mujer comenzaba a expectorar, pero se sostenía de pie por la posibilidad de que aquello se detuviera pronto. El sacerdote no se daba abasto con tantas personas que le pedían rezar por sus fallecidos y un doctor que no sería capaz de atenderlos a todos. Una familia entera en la planta baja de la vecindad había perecido; otros daban el último suspiro en la calle, una conocida estaba saludable en la mañana y occisa antes de la cena. El señor Leoncavallo tomó una silla entonces y suspiró mientras reprimía la furia y las lágrimas hasta que la interminable tos de Maurizio le hizo perder la paciencia.

-¡Levántate, bruto! ¡Déjale el lugar a tu madre! - ordenó y el chico volvió al suelo, a recostarse junto a Giuseppe y Stefano, gemelos, los más traviesos y los que siempre brillaban en la lección de matemáticas. Uno de ellos había obtenido un diploma por ello y lo había llenado con una sustancia verde que nunca se supo qué mezcla era, mientras el otro le había hecho un agujero antes de exponerlo en la pared. A las ocho de la noche, ambos habían dado el último suspiro.

-¡No puede ser! - gritaba la señora Leoncavallo y contó a sus hijos. Quedaban seis: Simone, el más callado, los otros gemelos, Vincenzo y Niccolò; Giorgio, el pelirrojo, también Salvatore, el más afectuoso de la familia y Maurizio que, por alguna razón, lucía más grave. Escuchar a su madre repitiendo sin parar la cuenta hasta el número seis, devino en un trauma para Maurizio Leoncavallo, que al igual que ella, terminaría obsesionándose, aunque sin advertirlo. El seis se volvió una esperanza vana cuando Giorgio pareció convulsionar mientras su padre intentaba sostenerlo. De todas las escenas, la muerte del pelirrojo fue la más aterradora, con el niño de ocho años azotándose, jadeando, quedando el cadáver como si hubiera saltado al vacío, dejando un insólito charco que el señor Leoncavallo no se atrevía a limpiar.

-¡El médico se desplomó en la escalera! - exclamó alguien pero nadie lograba entender qué acontecía. La portera, el carnicero, la familia del cuarto de junto, los adolescentes del piso de arriba con los que Maurizio tenía prohibido juntarse, la chica rubia del patio, de todos ellos se había extinto la voz y con los dedos de ambas manos se representaba a los que quedaban en apariencia sanos. El señor Leoncavallo estaba enfermo también, pero no perdía la fortaleza ni sucumbía como los demás y entonces, Vincenzo y Niccolò cedieron por él. El miedo se apoderó de Simone y de Salvatore y su hermano mayor se arrastró hacia ellos, abrazándolos para calmarlos, besando sus pequeños rostros y ocultando sus lágrimas para balbucear cancioncitas que se le ocurrían sobre los bosques y los arroyuelos que verían algún día. Fue entonces cuando el callado Simone dejó de serlo para delirar sobre planetas extraños y estrellas absurdas hasta detenerse de golpe poco después. 

Los Leoncavallo sabían que no podían pagar los funerales ni se atrevían a tocar a sus muertos. Maurizio contemplaba a su madre destrozada y pronto, Salvatore lo apretó para no separarse. El niño de nueve años tenía las mejillas oscuras, como si tuviera unos enormes moretones y luego de notarlo, su hermano mayor tuvo un ataque de tos más pronunciado que los anteriores y la sensación de ahogarse. Aquello alertó al ya pasmado señor Leoncavallo, pero el chico logró contenerse al sacar energías que sólo Dios sabría cómo conservaba y a costa de expulsar más sangre por su ya irritada e insoportable nariz.

-No te preocupes, Salvatore. No te dejaré solo - mencionó Maurizio al volver a la calma y el pequeño le dio un beso en la frente, idéntico al de las buenas noches que recibían a diario por parte de sus padres. Por razones que sólo un niño amoroso puede concebir, Salvatore Leoncavallo tenía una inmensa admiración por su hermano mayor y hablaba mucho de él en la escuela. La maestra sabía que aquel joven cargaba pesados ladrillos, construía grandes paredes y era capaz de soldar cualquier cosa antes de volver cada noche y encargarse de los niños. Incluso, había intentado ir a la guerra a los trece, aunque por esa lógica razón lo habían rechazado y sus padres dado una reprimenda con un periódico viejo.

Empezó a clarear luego de una larga madrugada y el calor del verano apareció como un arrullo, cuando el silencio llegó a la vecindad y una mujer en silla de ruedas se asomó a preguntar con señas si estaba sola. Aunque no recibiera contestación, ver desde su puerta al señor Leoncavallo la aliviaba un poco y dijo que nadie le quedaba ya. De las demás habitaciones no había respuesta y pronto, personal del Ayuntamiento de Milán entró para inspeccionar. Alguien había dado el soplo.

-¡Es fiebre de las moscas de arena!* ¡Tengan cuidado para sacar los cuerpos! ¡Doctor! ¡Veamos quiénes siguen vivos! - gritó una persona que vestía un uniforme blanco y una mujer, una enfermera, subió al piso donde vivían los Leoncavallo inmediatamente. 

-¿Hay alguien? - siguió la voz y la enfermera hizo llamar al médico cuando se topó con la desoladora imagen de Giorgio Leoncavallo.

-Aquí ha pasado algo diferente a otras familias, doctor. La gripe mató a los niños - susurró.
-¿Queda alguno?
-Un jovencito y parece que sus padres.
-Veré de qué se trata. Usted permanezca aquí y acérquese si lo solicito. No toque nada y guarde su distancia.

La enfermera observó alrededor suyo sin aceptar que prefería salir corriendo y sus otros compañeros contaban los cuerpos que debían llevarse.

Por otro lado, el médico era quien iba anotando, no sin sentirse trágicamente cautivado, lo que iba apareciendo ante sus ojos cansados: Pies morados, expresiones perdidas y los lindos ojos cerrados del infante más pequeño. Los Leoncavallo eran hermosísimos y hasta en la muerte conservaban el garbo, como esculturas etéreas. Si no hubiera sido un humano, Maurizio Leoncavallo habría sido confundido con el ángel más bello de la creación y por ende, en esa terrenal escena, digna de un cuadro que alguien imaginaría después, existía una espeluznante, pero firme voluntad en la naturaleza de preservar lo más asombroso, de volver dominante lo más impresionante a la vista, aunque la envidia le hiciera castigarlo, sin poder repudiarlo. Incluso, la luz rehusaba posarse sobre los muertos con tal de iluminar con fuerza la belleza barroca de su joven amado.

-Salvatore, ha llegado la ayuda - dijo el muchacho con abierto abandono. El hermano había muerto en sus brazos y ahora, debía soltarlo para que un extraño lo revisara. Salvatore fue depositado sobre su cama, con su manta y con el beso de despedida de su hermano, el más admirado. Al perderlo, Maurizio no quiso hablar y mejor miró a la entrada como si se reprochara a sí mismo.

-Las pupilas no parecen dilatadas y no tienes manchas en la piel. Tampoco hay fiebre ¿Te sientes agotado? - evaluaba el médico.
-Estaba muy caliente, le puse compresas - contestó la madre.
-¿Tuvo tos? 
-Dos días y sangró su nariz.
-¿La tenía congestionada?
-¿Qué?... Él tosía y sólo le salía la sangre, doctor.
-¿Alguno de ustedes tuvo diarrea o vómito?
-No... A Luca le dolía el estómago y se murió así.
-¿Ustedes han tenido molestias?
-Un poco de tos y cansancio pero se ha quitado.
-Señora, les recetaré aspirinas.
-No tenemos dinero para comprarlas.
-Vendré mañana para saber cómo siguen ¿Sabe que el Ayuntamiento debe sepultar a sus hijos, verdad?
-¿Se los llevarán?
-No pueden quedarse aquí.
-¡Mis niños no salían de casa!
-¿Podría darme su nombre? Le avisaremos en donde podrá llevarles flores.

El señor Leoncavallo tuvo un momento de entereza y atendió aquella petición y otras preguntas más sobre cuántos vecinos conocía o si alguien había caído enfermo antes de ellos. El desfile de cuerpos hasta las carrozas en la calle no parecía tener fin y cuando tocó el turno de los nueve niños Leoncavallo, Maurizio no pudo evitar tocar sus manos ni besar sus rostros. Habían tenido que sujetar a su madre para que no fuera corriendo detrás mientras repetía sus nombres: Gianni, Luca, Giuseppe, Stefano, su pelirrojo Giorgio, Vincenzo, Niccolò, Simone y Salvatore, que parecía haberse quedado con el anhelo de vivir.

-Señor Leoncavallo, su otro hijo ha resistido más de treinta y seis horas. Es probable que sobreviva - añadió el doctor.
-¿Maurizio?
-Es el único que tiene ahora.

El matrimonio Leoncavallo se miró entre sí y el padre levantó a su hijo inmediatamente para colocarlo en el catre otra vez y la madre se dispuso a calentar agua para darle un café y algo de pan. A partir de ese momento, ambos se aferrarían a ese joven y lo forzarían a comer, a hablar y a recordar que su cumpleaños dieciséis sería en tres meses. El médico asistiría diario por dos semanas para asegurarse de que todo estuviera en orden y para declarar que Maurizio estaba a salvo.

Lo ocurrido con sus hijos pequeños ocasionaría que los Leoncavallo protegieran a ese joven de todo: De conocer mujeres, de acercarse a la gente, de hacer cualquier cosa que no fuera trabajar y llegar temprano a su hogar. El chico se volvería el cuidador de sus padres cuando estos envejecieron y más tarde, sería un hombre anónimo y de reprimida gracia, cuya mayor aspiración sería la de cortar acero en una fábrica para poder pagarse unos lentes y cumplir con la renta.

Después de la tormenta, era una gran suerte. De las ciento sesenta y dos personas que habitaban la vecindad, la gripe sólo había permitido que sobrevivieran cuatro.

Milán, Italia. 2 de junio, 1963.

-Carolina vendrá hoy con su hijo y su marido - anunció Lía Leoncavallo mientras decoraba la mesa del comedor para la cena de la Festa della Reppublica junto a sus hijos. En cambio, Maurizio Leoncavallo parecía llegar de un funeral luego de adquirir el pastel familiar y por ello, ni siquiera saludó.

-Llegó correo - dijo el hombre secamente, así que Lía dejó sus servilletas de lado y se dispuso a revisar las cartas, descubriendo una de su padre. Ocultándola de los demás, la mujer se encerró en su estudio para leerla, mientras se preguntaba si su esposo aún sentía intriga por todo aquello que no tuviese las marcas de la escritura braille.

-Lía, he venido a saludar - susurró un joven llamado Ilya Maizuradze que se introducía por la ventana con su uniforme militar.

-¿Qué haces aquí?
-¿Maurizio está en casa?
-Nunca se pierde una celebración.
-¿Tienes tiempo, Lía?
-Ilya, es mejor que te vayas.
-¿No vas a darme un beso?
-Me siento enferma.

Ella aceptó un abrazo y algunas caricias mientras pensaba que era una mujer de sesenta y cinco años con un amante de veintisiete. Y si Maurizio Leoncavallo llegaba a conocerlo, le molestaría más que se tratara de un hombre soviético que su juventud en sí.

-Te vi el otro día en el Duomo ¿Tu esposo es tan estricto? - mencionó él cuando Lía lo apartó.
-Siempre dices lo mismo.
-Es que te ordena.
-¿No has pensado que entre los dos, mando yo?
-No es así.
-Mi hijo Federico se ha casado y si viste lo que estoy pensando, en realidad no discutíamos.
-Maurizio es un cretino.
-Hacerle caso es la mejor forma de quitármelo de encima.
-¿Por qué sigues casada con él?
-Eres ingenuo. 
-No lo quieres.
-Al que no quiero es a ti. Ilya, tú sólo me sirves para tener la clase de sexo que me gusta.
-¿Él no te toca?
-Yo no toco a Maurizio y antes de que preguntes, te digo que él es mucho mejor que tú en mi cama.
-No te creo.
-Entre mi marido y yo, mando yo.

Ilya Maizuradze no comprendía media palabra y se limitó a curiosear en silencio sobre la correspondencia que aquella mujer leía sin estar feliz.

-Mi padre se ha reunido con mi hijo y me avisa que tengo un par de nietos ¿Te gustaría saber sus nombres, Ilya?
-¿Por qué no?
-Lorenzo y Ricardo. Uno de ellos tiene quince años. Se los han dejado encargados junto con una vecina para que mi hijo pueda hacer un viaje.
-¿Te ha dicho a dónde?
-No y es mejor. Sólo me enteré de que mi crío es un desobligado pero ¿qué más da? Teniéndome de madre, no aprendería otra cosa.
-¿Por qué nunca le dijiste a Maurizio?
-No fui capaz. 

Ilya Maizuradze no imaginó alguna respuesta, salvo una sonrisa. Sabía que Lía se distraía con él, pero no estaba seguro de que fuera por aburrimiento o por sentirse atractiva; ella no buscaba amor o ego.

-Iré con mi familia ¿Te he contado sobre mi niña, Carolina? Volverá a casa y he puesto las flores que le gustan en la sala.

La mujer tomó un encendedor y redujo a cenizas la misiva de su padre antes de salir sin despedirse y toparse a Maurizio Leoncavallo en la puerta. Parecía mentira que se hubieran convertido en una pareja que conversaba de forma escasa.

-Ve a la sala, Lía.
-Como pidas.
-Hablame de las cartas que llegaron.
-Son de Fiat.
-¿Qué quieren?
-Nos han invitado a su cóctel por el éxito de sus nuevos autos.
-No iremos.
-De acuerdo.
-No me mires así.
-¿Te asusta, Maurizio?
-Las visitas están por llegar.
-Qué serio estás.
-Arregla los últimos detalles.

Ese matrimonio podía confundirse con una reunión de extraños que resultaba incómoda. Eran fríos en público y frente a su familia, distantes entre sí; pero Maurizio Leoncavallo intentaba romper esa barrera mientras Lía pensaba que Ilya Maizuradze era un juguete adecuado al evadir a un marido represor de sus hijos y en alguna época, un celoso asfixiante que le exigió ser sumisa.
 
¿Estás bien? - pronunció el señor Leoncavallo al verla toser.
-Él médico me ha dado algo para el resfrío.
-Recuéstate.
-No ahora. Carolina tocará el timbre pronto y no la voy a importunar.
-No te emociones al verla o pensará que le perdonamos todo.
-Lo que hizo es asunto pasado.
-Se escapó porque no le permití irse a una prueba con Rossellini.
-¿Te creíste que sólo fue por eso? ¡Jajajaja! ¡Maurizio querido! Tu hija no aguanta las estupideces con las que tratas a sus hermanos.

Lía Leoncavallo estuvo a punto de decir "también me tienes cansada" pero en su lugar, una serie de estornudos la obligó a tomar asiento en el pasillo y cubrirse con un pañuelo antes de fijarse en el reloj para saber si le correspondía ingerir alguna medicina. Maurizio la observaba con amargura.

-Sólo falta que me prohíbas estar enferma.
-Quédate en cama.
-Te dije que no.

La mujer se levantó a prisa y luego de lavar sus manos, preguntó en la cocina si el estofado de ternera estaba listo. Sus hijos, Giancarlo y Daniele, se habían encargado de preparar la cena y le tenían una copa de vino lista.

-No bebas, Lía - continuó Maurizio Leoncavallo.
-Vaya, si pudieras impedir mi respiración, no dudarías un segundo.
-Te hará daño.
-¿Es que no quieres verme borracha?
-¡Es que tomas pastillas!
-¿Te importa, Maurizio?
-¡Suelta eso!

El hombre arrebató la copa y la arrojó al suelo, dejando a su esposa boquiabierta y a los demás atónitos por un instante. Lía se quedó con los pies juntos y el charco de vino manchando sus tacones oscuros.

-Déjennos solos - ordenó ella y los muchachos obedecieron al contemplarla cruzarse de brazos. Desde otra puerta, Ilya Maizuradze atestiguaba sin saber si intervendría.

-¿Qué seguirá? ¿Arrojarme un jarrón a la cabeza o quizás golpearme, Maurizio? - preguntó Lía cuando se creyó con la privacidad asegurada. El hombre no bajaba la mirada a pesar de su semblante desesperado y lo vio romper en lágrimas.

-¡Maldita sea, Lía! ¿Qué te pasa?
 -No sé de qué hablas.
-¡Deja de tratarme como si no fuera tu esposo! ¡No me ignores!
-¡Suéltame!
-¡No me tocas ni me besas! ¡Ni siquiera me das permiso de mirarte! ¡Te necesito, Lía! 
-Qué dramático.
-¡Necesito protegerte, necesito que me desees, que por lo menos me saludes en la mañana! ¡Ni siquiera te pido que hagamos el amor o que me abraces antes de dormir! ¡Yo me conformo con recibir un beso tuyo en mi frente! - rogó él. 
-¿Todo este circo era por algo tan sencillo? Ay, Maurizio, no eres divertido.

Ella colocó el dorso de su mano en la mejilla de él y la deslizó lentamente, provocando que su esposo cerrara los ojos y anhelara que aquello nunca terminara. Lía no deseaba prolongar esa escena y prefería esperar por la visita de su hija en la sala.

-No te vayas - suplicó Maurizio.
-¿Ni siquiera me permites calmarme en el sillón?
-¿Por qué no hablamos?
-¿De qué? ¿De que por tu culpa no he visto a mi hija en diez años? ¿De que controlas a mi hijos y los obligas a hacer lo que tú quieres? ¿De que te has encargado de hacerme una mujer muy infeliz? ¿De que no me divorcio porque tenerte asco es la mejor venganza que encuentro? ¿O de que me busqué un amante para divertirme en la cama que comparto contigo? ¿De qué quieres llorar ahora? ¡Y suéltame! Carolina no tarda en llegar.

La mujer arregló un poco su falda y sirvió una nueva copa de vino, sin abandonar su expresión de rechazo. Su marido le buscaba la mirada inútilmente cuando la tos le volvió violenta, necesitando de una silla de inmediato.

-¡Lía, ve a la cama! ¡Llamaré al doctor!
-¡No te atrevas, Maurizio!
-¡Carolina entenderá que enfermaste!
-¡Cállate, idiota!
-Tienes la piel muy caliente.
-¡Quítame las manos de encima!
-¡Puedes contagiar a tu nieto! - concluyó él y la mujer bajó la mirada con un gran enfado.

-Saludaré a mi hija y después iré a recostarme ¿Estás feliz, Maurizio?
-Grazie.
-¡Odio que tengas razón!

Lía apartó a su esposo de mala gana y consumió su copa de golpe, además de retocar su maquillaje. Tan nerviosa se hallaba, que chascaba sus dedos sin parar, llamando la atención de sus hijos al ocupar su lugar en la sala.

-¿Dónde está Federico? - curioseó la mujer.
-Fue por Carolina a la estación de tren - contestó su hijo Bruno.
-¿Y su esposa?
-Quiso comprar más vino.
-Al menos tiene sensatez.
-Mamma ¿Te sientes bien?
-Todo perfecto si tengo alcohol en la mano - concluyó Lía sin poder tranquilizarse y se dio cuenta de que Maurizio utilizaba otro sillón para fingir leer algo al mismo tiempo. Por su lado, su hijo más joven, Enzo, optaba por pasar desapercibido y simulaba revisar el almanaque de una droguería esotérica mientras escuchaba rock and roll por la radio con volumen bajo. Esas escenas familiares, sin mediar palabra, con apenas intercambio de preguntas y respuestas, se habían convertido en la rutina, mientras los hombres Leoncavallo constataban como su padre aún se rendía ante su mujer, conteniendo, para evitar otra pelea, sus anhelos de apretarla contra sí o de llevarle un café.

Para Lía Leoncavallo, la espera era casi un ataque de angustia. Aunque no revivía el recuerdo de la mañana en que descubrió que Carolina había escapado, si tenía la misma sensación de sentir un gran trozo de hielo atravesándole el pecho y volteaba a la entrada como si su hija llegara en ese instante. Después de perder la cuenta de sus días de ausencia y las escasas cartas que recibía de su parte, la mujer pensaba que haría una gran celebración al ver a su nieto, un niño "de ojos aceitunados y que se parece tanto a su abuelo", según sabía. Del yerno no conocía ni el nombre, pero sí que era comerciante de perfumes y viajaba mucho en familia. 

-No me siento bien ¿Alguien llamará al médico después del brindis? - expresó ella de pronto, mirando a los demás como si hubiera dicho lo contrario. Sabía que todos la creían candidata al alcoholismo, pero no le importó al servir otra copa. Sus hijos optaron por dejarla sola con su esposo, otra vez.

Lía y Maurizio Leoncavallo apenas se atrevieron a mirarse y darse cuenta de que faltaba muy poco para quedarse solos en esa enorme casa. Con Carolina y Federico formando sus propias familias, era de suponer que el resto estaba pensando en partir. Giancarlo había obtenido un trabajo como reportero, Daniele rentaría un apartamento en un vecindario cercano; Bruno buscaba empleo como diseñador gráfico y Enzo tenía interés en ir a fiestas mientras contaba los semestres que le faltaban en la escuela de ingeniería industrial. Todo en contra de la voluntad de su padre.

-El divorcio sería el último de nuestros desastres - murmuró Lía al pensar que Maurizio no envejecía ni a golpes. Él no tenía canas, ni una arruga corrompía su rostro, no existía rastro de encorvamiento ni algún dolor en la rodilla que le recordara que tenía sesentaiún años. Vaya suerte, porque ella notaba el tiempo con sus propias patas de gallo, en sus ojeras y en los sostenes que apenas le mantenían erguido el pecho. Pero lo había visto ya. El espejo, el sol, la naturaleza misma, amaban a ese idiota con pasión. Las flores se giraban al sentirlo pasar, el agua de cualquier charco no lo salpicaba y hasta el viento le alejaba el polvo y el frío. Era extraordinario.

-Carolina querrá verte contenta - le recordó Maurizio.
-Tú y yo no podemos seguir con esto.
-¿Podrías esperar a que al menos los chicos se independicen?
-Sabes que ninguno de los dos saldrá de ésta cárcel. Supongo que volveremos a conversar de tonterías y compartir la habitación sin que te eche al suelo.
-Lía...
-No digas nada. Vamos a necesitar esas palabras para seguirnos odiando.
-Yo te amo.
-No, tú no.

La naciente discusión murió con el sonido del timbre y con la voz de Carolina Leoncavallo saludando a su hermano Giancarlo. Lía sentía su corazón acelerarse y con una sonrisa que le devolvía la vida a sus gestos, se dirigió a la puerta, abriendo los brazos en el acto.

Mamma! ¡Te he extrañado tanto! ¡He hecho tantos viajes de los que he querido contarte yo misma! ¡Qué hermosa te ves! - saludó la joven Carolina y apretó fuerte a Lía mientras un bello aroma a frutas se imponía en el aire.

-Has cambiado tanto, Caro - suspiró la mujer.
-Sólo me ha crecido el cabello.
-Te veo tan alta.
-Siempre lo he sido, mamá.
-Olvidé cuánto.
-Mira, él es tu nieto. Le he puesto el nombre de mi padre. 
-¿Él? Había creído que era un bebé.
-Bueno, tiene cuatro años.
-¡Es hermoso!
-Ya habla y corre mucho.
-Se ve tan calmado.
-Bebé, saluda a tu abuela Lía.
-Tienes tanta razón. Se parece a su abuelo y ha sacado su cara.
-Mamá ¿Le abrazas?

Lía cargó al pequeño Maurizio y entonces, su marido se atrevió a acercarse, aunque con la mirada baja.

-¡Papá! ¿Te da gusto verme? - preguntó Carolina, pero el hombre quedó encantado enseguida con su nieto, que tenía los mismos ojos que su progenitor, el fallecido señor Leoncavallo, e idéntico porte al de los hermanos que había tenido alguna vez.

-¡Sonríe como lo hacía mi madre! Carolina ¿De verdad has traído a tu hijo?
-¡Claro que sí, papá!
-Es un niño tan... 
-¿Estás bien?

Maurizio Leoncavallo sostuvo al pequeño y luego de retirarle su boina, le pareció reconocer un poco de sus hermanos, como la alegría de Gianni, las cejas y la boca de Vincenzo y Niccolò, las mejillas de Giorgio, la nariz de Salvatore, la expresión curiosa de Stefano y Giuseppe, la gracia de Luca y las manos de Simone. 

-Estoy muy contento. Este niño me recuerda a gente que quiero tanto.

Carolina Leoncavallo asumió que podía pasar y de la mano de su madre entró muy contenta a la sala. Detrás de ella venían sus demás hermanos y Cristina Leoncavallo, su cuñada.

-¿Alguien ha visto a Federico? - curioseó Lía.
-Está sacando las maletas del auto con Goran - respondió Carolina.
-¿Goran?
-Así se llama mi marido.
-¿Dónde lo conociste?
-En Bari. Él fue a verme al teatro.
-¿Te dijo a qué se dedicaba?
-Mamá, te escribí para decirte que él exporta perfumes y hemos ido por África.
-¿Sus proveedores son...?
-De Marruecos, Senegal y Tell no Tales.
-¿Tell no...?
-¿Pasa algo, mamá?

Maurizio Leoncavallo miró a su esposa enseguida y añadió:

-Es que tu madre nació en ese lugar, Carolina.
-¿De veras? Nunca nos habían dicho.
-A ella no le gusta hablar de eso.
-¡Entonces Goran le caerá de maravilla!
-¿Y cuál es su apellido? 
-Liukin.
-Liu ¿qué, perdón?
-Mi esposo se llama Goran Liukin Jr.

Maurizio y Lía voltearon a verse inmediatamente.

-Qué serios se han vuelto - comentó su hija.
-No es eso, es que el apellido de nuestro yerno es inusual - prosiguió Maurizio.
-Él dice que a lo mejor es ruso pero no sabe. Mi suegro nunca nos ha platicado.
-¿El señor Liukin?
-Vive en un departamento en una callecita con dos nietos que tiene. Mira, traigo la foto, papá. 
-Se parecen mucho a él.
-El más grande se llama Lorenzo y el otro es Ricardo. Mi niño jugó con ellos cuando fuimos de visita.

Lía arrebató aquella imagen al sentir que le dolía la cabeza.

-Mamma ¿Te sientes bien? - inquirió su hijo Federico, que estaba entrando.
-Creo que me está dando gripe, se me pasa en un momento.
-Te llevo a recostarte.
-¡No! Estoy un poco nerviosa, no sabíamos mucho de Carolina y ahora nos trae hasta un bebé.

La señora Leoncavallo comenzó a llorar mientras observaba a su nieto en brazos de su abuelo y ataba dolorosos cabos que le ocasionaban repulsión.

-¡Dile a ese tal Goran que no lo quiero ver y llévate a tu bastardo de aquí! - gritó la mujer.
-Mamma ¿Te pasa algo? - se extrañó Carolina.
-¿Qué te dijo Goran? ¿Cómo te enredó? ¡Contesta!
-Te dije que me vio en el teatro y como cualquier admirador, me mandó regalos y me invitaba a cenar. Luego me convenció de casarnos, él tiene una empresa muy sólida...
-¿Qué tanto lo conoces, Carolina?
-Mamma, no hice muchas averiguaciones, él me presentó a mi suegro hace poco. Sólo me dijo que su madre lo abandonó porque tenía otra familia. De hecho, me llamó la atención que él y yo tenemos un solo apellido, él es Liukin, yo soy Leoncavallo y cuando preguntó, le dije que el tuyo no te gusta y es como tu secreto.

Carolina enmudeció y pronto Lía giró de nuevo hacia su marido, agregando:

-Tenías razón, Maurizio. Debimos buscarla cuando huyó y nunca dejarla ser actriz.

Todos se miraron entre sí.

-¿De qué estás hablando, mamma? - inquirió el joven Enzo, pero no fue atendido. Lía alzó la vista y distinguió junto a Federico a un hombre de cabello trigueño y piel dorada que la reconocía sin ninguna duda y se le iba acercando.

-¿Te atreviste a tener un hijo con ella, Goran? - exigía Lía saber y aquél asentó con una sonrisa que demostraba cinismo.

-Ay, no ¡Alguien! ¡Alguien mate al niño! ¡Que maten al niño! ¡Traigan un cuchillo y mátenlo! - gritaba la mujer y Maurizio Leoncavallo sostenía con más fuerza a su nieto, alejándolo cuando Goran Liukin Jr. quiso tomarlo.

-Mamma, no entiendo - decía Carolina.
-¡Aléjate de ese hombre!
-¿De Goran?
-¡Que te separes de él!

Como Lía sostuviera con violencia a Carolina, Maurizio intervino.

-¡Suéltala!  
-¿Te vas a poner a cuidar de tu hija? ¡Llegas tarde, hipócrita!
-¡No la vas a lastimar, Lía! 
-Maurizio, déjame deshacerme del niño si quieres que Carolina esté en paz.
-¡No te metas con él, no!
-¿Quieres lavar tus culpas dándotelas de un gran abuelo ahora? 
-¡Nuestro nieto no nos ha hecho nada!
-Goran Liukin Jr. es mi hijo. Carolina es su hermana - confesó Lía con la voz apagada y en el acto, consumió otra copa de vino mientras se sentaba y observaba con desprecio al risueño Goran.

-Te abandoné, Goran ¿Creíste que sentía remordimiento? Enamoraste a tu hermana y mira, me la cobras con tu bastardo ¿no? Hemos dado un espectáculo frente a los hijos que adoro y frente al imbécil que seduje para que me diera su apellido y  así no volver a verte... Lo increíble es que te desquites conmigo, en lugar de sentir vergüenza por ser hijo de quien eres.

Lía Leoncavallo o Lía Liukin, no importaba más y ella tosía porque el cuerpo y la gripe no le daban para reírse. Acaso le quedaba sentir odio por alguien y un chiquillo de cuatro años se lo había ganado, aunque estuviera libre de culpas.

-Carolina, supongo que te voy a felicitar. Mira que llamar a tu vergüenza "Maurizio" es más que suficiente para arrastrar al idiota de tu padre. Incluso has tenido la virtud de regalarle al horror aquél el exacto rostro de su abuelo tonto... Goran, tienes talento, pero no te saldrás con la tuya.

Lía se incorporó y de un cajón secreto en una mesita, sacó un revólver plateado, con el que apuntó enseguida a su nieto.

-Baja eso, mujer ¡Por favor! - rogó Maurizio Leoncavallo.
-Ese niño trae desgracias.
-¡No cometas una imprudencia!
-¿No ves que es el hijo entre dos hermanos?
-Mi nieto es inocente.
-Sólo te importa porque es igual a ti.
-No, Lía ¡Él tiene cuatro años!
-¡Ay, Maurizio! Este nieto no puede existir en un mundo donde su abuela ha cometido un crimen porque ¿Te has dado cuenta? He admitido que Goran Liukin Jr. es mi hijo... Pero no he revelado con quién lo tuve.

Lía sonrió apenas y la fiebre regresaba a hacerla sufrir.

-Goran odia que en Tell no Tales le repitan que un padre y su hija le concibieron. Al señor Liukin le has visto en la foto; sobra decir que le drogué y enredé porque me habían dicho que nunca tendría un bebé. Mi propio padre probó que se equivocaban y Goran es tan estúpido que cree que voy a vivir con el precio de mi crimen. Hice tanto bien en abandonarlo y nunca sabrá por qué... Aunque Goran sea tan miserable y Carolina tan tonta, ahora son padres del niñito Maurizio, supongo que se apellida Liukin Leoncavallo ¿verdad? Pero yo no voy a cargar con eso.

Lía retiró el arma del rostro del pequeño y se disparó en el cuello, salpicando a su nieto y a Maurizio Leoncavallo con una impresionante cantidad de sangre, dejando al resto de la familia en absoluto pasmo y a Goran con el ánimo de levantar el revólver, limpiarlo y colocarlo en su lugar.

-Me voy de aquí - murmuró Carolina Leoncavallo cuando se le destrabaron los labios.
-Toma a tu hijo - contestó su padre.
-Te lo regalo.
-¡No puedes dejarlo solo!
-Es tuyo ahora, papá.
-¿Dónde vas?
-Iré a perderme con alcohol. Dile a Maurizio que lo odio.
-Es un niño.
-Mia mamma se mató.
-¡Carolina, no te vayas!
-El monstruo también tiene gripe y le toca su medicina a las ocho.

La joven se echó a correr y su padre intentó levantarse sin éxito. Goran Liukin no fue detrás de ella.

-¡Estará usted muy feliz, desgraciado! - gritó el señor Leoncavallo.
-¿Por qué cree que lo hice? - habló al fin el fallido yerno.
-¡Tiene un hijo!
-Yo no lo quiero.

Goran Liukin Jr. se dio la media vuelta con la carcajada por delante y salió de la casa sin mirar atrás. El niño Maurizio rompió a llorar por lo asustado que se encontraba y su abuelo, que lo había apretado hasta ese instante, lo apartó violentamente.

-¿Qué voy a hacer con este bastardo ahora? - gritó con la rabia por delante y lo golpeó en la cara, con la impotencia de no ser capaz de abandonarlo. El pequeño comenzó a toser y Maurizio Leoncavallo ordenó con desdén que se llamara a la policía y a un médico, porque Carolina se había llevado el jarabe de su hijo en el bolso. 
*La "fiebre de las moscas de arena" fue el nombre dado en Italia a la gripe española.