Viernes, 15 de noviembre de 2002. Anexo del Conservatorio Nacional de Artes. París, Francia.
-Buenas noches ¿la entrada al público para las audiciones del ballet? - preguntó Carlota Liukin.
-Por la escalera derecha - respondió un recepcionista y la chica subió los escalones corriendo al lado de Anton Maizuradze. El salón de audiciones parecía un pequeño teatro con butacas, galería y paredes blancas, con un escenario cubierto de espejos al fondo y familias enteras esperando el veredicto del penúltimo filtro, mismo que estaba iniciando
-Mademoiselle Amy, triple "fouetté en tournant" - decía un hombre de cabello dorado entrecano con barba de candado descuidada y unos enormes lentes de armazón negro. Algunos creían que era alguien importante en el comité de admisiones y había estado presente en la mayoría de las pruebas desde temprano.
-Merci. La deliberación empieza pronto, vuelva a bambalinas, por favor - indicaba y Carlota desde su lugar se desconcertó por lo cortante de la escena. Su mejor amiga sólo había hecho una pirueta o así le dio por llamarla.
-¿Eso es todo? - Pronunció en voz alta.
-¡Bien Amy! - gritó Anton Maizuradze y los presentes los mandaron callar.
-Cálmate, Anton - se rió Carlota bajando la voz.
-Les gusta que les griten cuando se acaba la obra.
-¡Pero es una audición!
-Todos quieren aplausos.
-Eso sí.
-Apenas llegamos a ver a Amy.
-Menos mal, la conferencia de prensa tardó mucho ¿Qué hora es?
-No lo sé pero no importa, Carlotita.
Ambos permanecieron sentados mientras reconocían a su amigo David junto a Jean Becaud en las butacas delanteras y los saludaban a la distancia, creyendo que no era buena idea acercarse. Luke Cumberbatch en cambio, se colocaba junto a Anton inadvertidamente.
-Llegaron los extraños.
-¡Cállate, Cumber! - saludaba Anton.
-No lo decía por ti ¿Vino el idiota del Gobierno Mundial?
-¿El tío Maragaglio?
-¿Hay otro?
-Se quedó afuera.
-¿Pero también llegaron con su gemelo, o no?
-El entrenador de Carlotita entró.
-¿Ella sabe distinguirlos? Porque son iguales.
Carlota Liukin rió enseguida y pidió que nadie le llamara "idiota" a Maragaglio al mismo tiempo que volteaba a la entrada y comprobaba que Maurizio Leoncavallo se había quedado recargado en una pared mientras tomaba notas. Algunas niñas lo reconocían, otras evitaban acercársele por timidez y el resto intentaba averiguar si buscaba a alguien o rastreaba talentos para llevarlos al hielo. Durante el Trofeo Bompard, Maurizio había recibido solicitudes para volverse coach de varios equipos infantiles y el general Andrew Bessette había intentado convencerlo de admitir a su hija Raluca como estudiante, sin éxito.
En el auditorio, varias escenas parecían chocantes. Madres y padres de familia regañaban sus hijos por no sonreír en el escenario o desplegaban entusiasmo con pancartas y los que intentaban no dormir veían de nuevo la lista de nombres tachados y comentaban sobre todo tipo de reacciones entre sí. Algunos estaban más cansados de oír gritos de frustración que de haber quedado sentados durante horas sin poder abandonar el recinto.
-Ay, pobre niño - sintió Carlota al ver a un pequeño de doce años caerse durante un giro. Aquello lo dejaba fuera de la prueba final y su madre reaccionaba como si se le acabara el mundo.
-Alguien calme a esa señora, ¡voy a matarla! - admitió la chica.
-No viste nada, hace rato le dijeron a una niña que era una bolsa de frituras bailando - contó Cumber.
-¿Por qué?
-Sus papás la sorprendieron comiendo una papa y le dijeron que por eso estaba gorda para el ballet.
-Qué horribles personas.
-Son de las que viven sus sueños con sus hijos.
-Deja de fumar.
-¿Te molesta, Carlotita?
-Hay niños.
-Respiran porquerías en la calle.
-¡Cumber!
-¿Qué? Ellos igual queman tabaco para que no les dé hambre.
-¡Amy no!
-Pero los demás sí.
Carlota arrebató a Cumber su cigarrillo y lo apagó, sin evitar que él encendiera otro.
-Eres odioso ¿sabes?
-Pero me quieres.
Ella comenzaría a carcajear antes de prestar atención al escenario y al igual que los presentes, se dedicara a suponer quiénes estarían en el grupo de veinte finalistas. Sólo admitirían a cinco o siete para el taller que iniciaría en diciembre.
Por otro lado, Maurizio Leoncavallo parecía estar muy ocupado de pronto. No era por autógrafos o porque revolviera torpemente sus papeles. Era por recordar que un chico lo estaba siguiendo desde el día anterior y no se había dado el tiempo de atenderlo. Carlota sólo advirtió que su entrenador hacía que un desconocido se colocara junto a él e iniciara una charla similar a la de una consulta larga.
El tiempo transcurría con cierta lentitud y a la medianoche, una tímida lista fue colocada junto al escenario. Los nombres de los aspirantes descartados reanudaban el insoportable drama y grandes reclamos al comité de admisiones por no reconocer el talento o a los mismos niños por no haber sido lo suficientemente buenos para llegar lejos.
-¿Amy seguirá en las pruebas? - se intrigó Anton Maizuradze al ver que David revisaba los nombres. Por su cara, lo entendieron todo.
-Ay, no - dijo Carlota y al no ver a Amy por algún lado, salió deprisa con Anton, creyendo que la encontrarían afuera. Judy Becaud y Maragaglio consolaban a la desanimada pequeña, misma que sostenía un sobre rosado que había sido abierto varios minutos antes.
-Hicieron que esta niña perdiera el tiempo - reclamaba el propio Maragaglio a dos mujeres que iban pasando. Judy le hacía el gesto de que se calmara.
-¿Qué les dijeron? - preguntó Carlota
-Una tontería - respondió él.
-¿Estuvo muy mal?
La chica Liukin decidió no abrir más la boca y abrazó fuertemente a Amy, misma que sollozó hasta que el rímel manchó su rostro.
-Vámonos, será mejor - sugirió Judy Becaud y Carlota llevó la bolsa de Amy mientras Anton las iba siguiendo. Jean Becaud y David aguardaban por Cumber, mismo que fingía no prestar atención a las bailarinas al quedar atrás por Maurizio Leoncavallo, mismo que le agradaba mucho pero no lo admitía. Alrededor, otras pruebas iban concluyendo.
-Qué sitio tan deprimente - comentó Maragaglio al hallar a Katrina divirtiéndose en una insólita, pero concurrida máquina de baile en donde el personal parecía perder el tiempo a menudo.
-Ay, Maragalio ¡ven! - lo jaló ella.
-No es momento.
-¿Te enseño?
-¡Katrina, no quiero hacer esto!
-Sólo salta como puedas.
-Es que Carlota y su amiga...
Judy Becaud tocó el brazo de Maragaglio para hacerle saber que el grupo estaría bien y que podía divertirse un poco, que la situación era manejable. Un agente de la policía escoltaba a los niños de todas formas y volverían al Edificio Mélies sin contratiempos. Amy no paraba de llorar.
A Carlota Liukin le costaba mucho trabajo lidiar con las personas tristes. Nunca tenía una palabra sensible, siempre se le olvidaba ofrecer un pañuelo y al final, intentaba motivar, así fuera estúpida su manera de hacerlo. Quizás, su amiga Amy lo recordaba muy bien, al grado de planear fingir quedarse dormida si era necesario. Anton Maizuradze también era tonto para dar su hombro y sacaba de donde podía alguna pistola de confeti sin conseguir una sonrisa.
-Anton, guarda tu juguete - sugería Judy Becaud mientras se inquietaba por Maragaglio y por su nueva amiga. Como el resto estaba ocupado en sus asuntos o en sus tonterías, ella había tenido mucho tiempo para pensar esa noche. La tal Katrina evocaba a fuertemente a Katarina Leoncavallo con su cabello oscuro, espeso y liso, con sus ojos, si bien no almendrados, un poco rasgados; con su estilo inhibido de hablar apenas le hacían caso con alguna opinión que diera, con las agujetas desabrochadas y con el tipo de abrazos que solía dar al emocionarse. Judy creía que había necesitado demasiadas señales para darse cuenta de que Maragaglio estaba enamorado de su prima y muchas más para asegurarse de que nadie lo notaba tanto como Maurizio Leoncavallo, el hermano celoso pero discreto, que estaba detrás de la huída de Katarina hacia Venecia. Y es que Judy odiaba que las paredes hablaran, permitiéndole escuchar la conversación en la que aquellos hermanos se daban la provisional despedida.
Una mujer que ciegamente obedece a un hombre después de contarle que un paseo con su primo ha salido mal, invita a la desconfianza. Pero una que además espiaba a Marat Safin mientras su hermano se daba cuenta y no intervenía, por fuerza debe estar mal de la cabeza. Y Maurizio Leoncavallo también. Porque éste último estaba tan seguro de que Marat ignoraba a Katarina, que se permitía tenerlo cerca para hacer feliz a Carlota Liukin y reiterárselo a la otra joven después. La cuerda podía estar tensa por un reclamo telefónico entre los hermanos, pero sin Maragaglio para proteger a su amada, Maurizio había ganado terreno en el corazón dubitativo de Katarina. La misma Katarina que al enterarse de la existencia de otros hombres, se había vuelto mucho más atractiva.
-Judy, te fuiste - comentó de sorpresa Jean Becaud al aproximarse. Maurizio Leoncavallo aun atendía a su desconocido seguidor y cuando el grupo pisó la banqueta, alguien tuvo la idea de ir por vino especiado para resistir el aire frío. La pequeña Amy no dudó en aceptar y se colocó una chamarra mientras volvía a nevar y se preguntaba por qué todos decían algo tan obvio como que el invierno había llegado a la ciudad. En Europa, el otoño era tan efímero que nadie se había acostumbrado siquiera de una semana a otra. Era más interesante ver como los escasos árboles y arbustos se cubrían de una ligera capa blanca y cómo Maragaglio bajaba apresuradamente la gran escalera de mano de Katrina. Nadie se percataba que en realidad, había pasado tanto tiempo y hallar refugio no sería fácil. Muchos locales cerraban debido a las complicaciones que supone la nieve y podían contar con que no había bistro abierto sin una gran fila o pâtisseries con roles de canela de sobra. Por alguna razón, mucha gente se hallaba fuera de casa y se divertía con cualquier cosa.
-Vámonos, nos congelaremos - señaló Maragaglio, haciendo que los demás lo siguieran y le dijeran lo que querían beber. Cómo él conocía mejor París que nadie, los hizo caminar un par de calles hasta un diminuto sitio de madera en cuya estufa descansaba una enorme olla con el contenido a tope. Casi todas las personas que pasaban adquirían un vaso de vino especiado y Judy Becaud tomó asiento frente a la barra, pensando en que tarde o temprano, se golpearía contra la pared.
-¿Cuántos somos? - preguntaba Maragaglio antes de ordenar ocho tazas generosas y una de leche con canela. Su amiga Katrina pasaba tanto frío que se colocaba junto a la señora Becaud y frotaba sus manos con la esperanza de conservar un poco de calor.
-Necesito una cobija, no siento las piernas - comentó la chica con una gran sonrisa.
-¿El saco no te sirve? - dijo Judy irritada.
-Pensé que estaría calientita pero me queda grande.
-Es para un hombre alto ¿no crees?
-Maragaglio me lo regaló.
-¿Regalado? ¿No se lo pediste a cambio?
Katrina agitó la cabeza estando contenta aun.
-No te agrado.
-No lo quise decir así - confesó Judy.
-¿Qué te molesta? ¿Que soy prostituta?
-No tienes la mínima vergüenza ¡Te metes con hombres casados!
-Cariño, ese no es mi problema.
-¡No me digas "cariño"!
-Qué delicada.
-¡Descarada!
-¿Soy el diablo o por qué agarras tu crucifijo?
-¿No te da pena venderte?
-Tengo padrote, ¿te lo presento, linda?
-¿Maragaglio te paga bien? ¿No sientes remordimientos ni por sus hijos?
-Escucha, cariño: Yo no estoy para hacerle preguntas a nadie. Me dan los billetes, doy el servicio y se largan. Estaré loca para rechazar 500€.
-Estás jugando.
-Es lo acordado con Maragaglio y he de estar muy estúpida porque no pienso cobrarle.
-¿No?
-Me gusta tener sexo con él y lo mejor es que lo obtengo gratis.
Judy Becaud enmudeció y se limitó a dar un sorbo a su leche, sin saber qué era correcto pensar. Maragaglio contestaba una llamada así que apenas sospechaba de aquella conversación tan incómoda. Los niños, Marat y Cumber en cambio, habían oído todo y disimulaban quemándose la lengua con el vino en una ficticia competencia de resistencia. Carlota en especial.
La noche avanzaba y el vino se agotaba cuando Maurizio Leoncavallo finalmente se unió a los demás. Su cansancio era tal que apenas recargó sus brazos sobre la barra, se quedó dormido, tirando en el acto varios papeles que traía en las manos.
-Maurizio, despierta - ordenaba Maragaglio al concluir su llamada, sin lograrlo. Katrina también participaba colocando una cuchara fría en la mejilla de ese hombre y no conseguía algún resultado.
-Déjenlo en paz, no ha de sentirse bien - intervino Judy y Carlota levantó un montón de volantes del suelo, llevándose la sorpresa de que la mayoría anunciaban las convocatorias de danza del Conservatorio de París y distintos castings para compañías pequeñas, estudios coreográficos, comerciales y musicales.
-Grazie, Maurizio - susurró la joven Liukin y volvió a su sitio junto a Amy, misma que no recuperaba el ánimo pero recibía incontables abrazos de su novio, David.
-Maurizio trajo esto, creo que son para ti - entregaba Carlota a su amiga.
-¿Qué son?
-Del ballet.
-¿Hay algo bueno?
-Pruebas para niña del coro en "Sueño de una noche de verano".
-¿Trae requisitos de estatura?
-No.
-Dámelo ¿Hay otro?
-Quieren montar "Don Quixote".
-¿Pruebas libres?
-Puede ir quien quiera, Amy.
-Veré todo.
Amy dejó su taza de vino especiado a un lado y se dedicó a leer cada volante y cartel, desalentándose si se topaba con una exigencia de experiencia o de altura mínima. Aquello la hacía sentir más triste y le daba la idea de que nadie leía los avisos hasta que halló en una hoja blanca un recado escrito con plumón negro. Eso la desconcertó más.
"Te espero a las 5:00 am en la Patinoire de Bércy porque te tengo una propuesta. Maurizio".
Ella guardó el mensaje y enseguida, Maurizio Leoncavallo se despertó en un sobresalto.
-Ya me voy, tengo algo qué hacer y ver a mi novia. Los encuentro más tarde - dijo él y después de beber de golpe un poco de ponche de frutas hirviendo, salió deprisa sin avisar su rumbo. Los demás iban a curiosear hasta que el frío les hizo permanecer en su lugar.
Eran las tres de la mañana cuando la nieve cesó y la gran olla de vino especiado por fin quedó vacía. El local estaba por cerrar cuando Marat respondió un mensaje y la señora Becaud abordó el vehículo que la llevaría a descansar a casa. Carlota, David y Anton la seguían pero Amy parecía atrasarse y Maragaglio descubría el mensaje de su primo así que sonriendo, hizo que aquella niña le prestara atención.
-Si quieres te llevo a Bércy - dijo él.
-No sé si ir.
-Maurizio no suele hacer estas cosas.
-¿Qué querrá hablar conmigo?
-Lleva días con la idea de probarte como bailarina sobre hielo.
-¿Está mintiendo?
-Te hemos visto ensayar, él sólo quería saber el resultado de esa estúpida audición.
-¡Oiga!
-A Maurizio no le importa tu estatura, le interesa que eres buena.
-No es cierto.
-Oíste a la mujer que te dio el sobre. Buscan chicas más altas y salió con esa idiotez de que tienes cuello corto.
-No tienes la mínima vergüenza ¡Te metes con hombres casados!
-Cariño, ese no es mi problema.
-¡No me digas "cariño"!
-Qué delicada.
-¡Descarada!
-¿Soy el diablo o por qué agarras tu crucifijo?
-¿No te da pena venderte?
-Tengo padrote, ¿te lo presento, linda?
-¿Maragaglio te paga bien? ¿No sientes remordimientos ni por sus hijos?
-Escucha, cariño: Yo no estoy para hacerle preguntas a nadie. Me dan los billetes, doy el servicio y se largan. Estaré loca para rechazar 500€.
-Estás jugando.
-Es lo acordado con Maragaglio y he de estar muy estúpida porque no pienso cobrarle.
-¿No?
-Me gusta tener sexo con él y lo mejor es que lo obtengo gratis.
Judy Becaud enmudeció y se limitó a dar un sorbo a su leche, sin saber qué era correcto pensar. Maragaglio contestaba una llamada así que apenas sospechaba de aquella conversación tan incómoda. Los niños, Marat y Cumber en cambio, habían oído todo y disimulaban quemándose la lengua con el vino en una ficticia competencia de resistencia. Carlota en especial.
La noche avanzaba y el vino se agotaba cuando Maurizio Leoncavallo finalmente se unió a los demás. Su cansancio era tal que apenas recargó sus brazos sobre la barra, se quedó dormido, tirando en el acto varios papeles que traía en las manos.
-Maurizio, despierta - ordenaba Maragaglio al concluir su llamada, sin lograrlo. Katrina también participaba colocando una cuchara fría en la mejilla de ese hombre y no conseguía algún resultado.
-Déjenlo en paz, no ha de sentirse bien - intervino Judy y Carlota levantó un montón de volantes del suelo, llevándose la sorpresa de que la mayoría anunciaban las convocatorias de danza del Conservatorio de París y distintos castings para compañías pequeñas, estudios coreográficos, comerciales y musicales.
-Grazie, Maurizio - susurró la joven Liukin y volvió a su sitio junto a Amy, misma que no recuperaba el ánimo pero recibía incontables abrazos de su novio, David.
-Maurizio trajo esto, creo que son para ti - entregaba Carlota a su amiga.
-¿Qué son?
-Del ballet.
-¿Hay algo bueno?
-Pruebas para niña del coro en "Sueño de una noche de verano".
-¿Trae requisitos de estatura?
-No.
-Dámelo ¿Hay otro?
-Quieren montar "Don Quixote".
-¿Pruebas libres?
-Puede ir quien quiera, Amy.
-Veré todo.
Amy dejó su taza de vino especiado a un lado y se dedicó a leer cada volante y cartel, desalentándose si se topaba con una exigencia de experiencia o de altura mínima. Aquello la hacía sentir más triste y le daba la idea de que nadie leía los avisos hasta que halló en una hoja blanca un recado escrito con plumón negro. Eso la desconcertó más.
"Te espero a las 5:00 am en la Patinoire de Bércy porque te tengo una propuesta. Maurizio".
Ella guardó el mensaje y enseguida, Maurizio Leoncavallo se despertó en un sobresalto.
-Ya me voy, tengo algo qué hacer y ver a mi novia. Los encuentro más tarde - dijo él y después de beber de golpe un poco de ponche de frutas hirviendo, salió deprisa sin avisar su rumbo. Los demás iban a curiosear hasta que el frío les hizo permanecer en su lugar.
Eran las tres de la mañana cuando la nieve cesó y la gran olla de vino especiado por fin quedó vacía. El local estaba por cerrar cuando Marat respondió un mensaje y la señora Becaud abordó el vehículo que la llevaría a descansar a casa. Carlota, David y Anton la seguían pero Amy parecía atrasarse y Maragaglio descubría el mensaje de su primo así que sonriendo, hizo que aquella niña le prestara atención.
-Si quieres te llevo a Bércy - dijo él.
-No sé si ir.
-Maurizio no suele hacer estas cosas.
-¿Qué querrá hablar conmigo?
-Lleva días con la idea de probarte como bailarina sobre hielo.
-¿Está mintiendo?
-Te hemos visto ensayar, él sólo quería saber el resultado de esa estúpida audición.
-¡Oiga!
-A Maurizio no le importa tu estatura, le interesa que eres buena.
-No es cierto.
-Oíste a la mujer que te dio el sobre. Buscan chicas más altas y salió con esa idiotez de que tienes cuello corto.
Amy se quedó quieta un momento.
-Iremos a Bércy - remató Maragaglio y la chica sintió que le daba una orden inaplazable. Katrina en cambio, esperó a que ella se alejara un poco para aproximarse a él y saber qué seguía.
-Qué rudo eres, cariño.
-No.
-Es una niña, trátala con cuidado.
-Irá a otra prueba de la danza, no faltará.
-Le hablaste feo.
-Quiero que te quedes en el Edificio Mélies hasta que pase por ti ¿De acuerdo?
-Maragaglio ¿Por qué me cambias el tema? ¿Estás molesto como siempre?
-Katrina, tengo una habitación con una cama decente y calefacción. Descansa mientras hago que Amy no pierda esta oportunidad.
-Está bien, luego te veo.
Katrina y Maragaglio se besaron en los labios ante la incomodidad de los demás y él se quedó con Amy, que se despedía del resto. Como no confiaba tanto en los Leoncavallo, David decidió acompañarla aunque su resistencia al frío fuera escasa.
El grupo partió sin entender bien qué sucedía y Judy Becaud le comentaba en voz baja a su marido que no quería que Katrina estuviera en su hogar. Jean Becaud sólo se reía junto a Cumber.
-¡Acabamos de aceptar a una prostituta y hay niños! - se quejaba ella.
-Muchas personas lo hacen.
-¡Jean! Se supone que nosotros no.
-¿La contraté? ¿Le pagó alguien de la familia? ¿Viene contigo?
-¡Jean y Cumber, no se burlen! ¡Somos una familia decente!
-¡Decente! Jajajaja, Judy eres una gran comediante.
Katrina no sabía si estaba acostumbrada a ese tipo de palabras aunque fueran hirientes. En esos momentos, agradecía que pudiera calentarse y contaba con un desayuno por el que no tendría que escapar por falta de una moneda, a pesar de la forzada cortesía.
-Las prostitutas no acostumbraban besar en la boca - se giró Cumber curioso. Katrina eligió actuar como siempre.
-No estoy disponible, cariño.
-No tengo interés.
-Si estuviéramos en Le Marais, te estaría echando.
-No complazcas a Maragaglio así.
-No te metas, Cumber.
-Actúas como su prima, acuérdate.
-Por eso vengo con ustedes.
-Todos saben que las prostitutas se enamoran del hombre que las besa.
-Tengo novio.
-Maragaglio empezó a gustarte.
-Maragaglio le encanta a todas.
-Incluso a Judy.
Katrina y Cumber soltaron una gran risotada aunque ella se quedó pensando. Miró a Carlota Liukin por el retrovisor, intrigándose porque la niña más famosa de Francia no resistía la tentación de telefonear a su amiga Amy para saber por qué estaba con el citado Maragaglio y simultáneamente, se angustiaba por este último, como si se tratara de su padre al pendiente de una hermana inexistente. Se suponía que a pesar del aprecio, Carlota se las arreglaba para enfadar a Maragaglio, ponerlo en riesgo y meterlo en problemas.
-¿Sabes por qué Amy se quedó afuera? - curioseó la joven Liukin y Katrina respondió secamente que no.
-Creí que sí. Maragaglio te cuenta todo - siguió la chica y pronto, la nieve volvió a caer en calma.
Al mismo tiempo, caminando rumbo a Bércy, David y Amy peleaban contra el aire y ella sacudía su cabeza sin poder dejar de sentir que Maragaglio caminaba justo detrás de ellos. El cabello se le congelaba y al igual que en Tell no Tales, la brisa al estrellarse formaba figuras en las ventanas, aunque no tan bellas.
-¿Por qué Maurizio me quiere ver? - preguntó Amy con ganas de cubrirse con periódicos o estar delante de una chimenea. La voz le delataba aquello.
-Tómalo como una entrevista de trabajo - replicó Maragaglio, que también moría de frío.
-No quiero patinar.
-Pero sabes bailar. Maurizio cree que sabe lo que hace.
-Usted y su primo son un par de idiotas - exclamó la niña mientras decidía caminar de espaldas y se sorprendía nuevamente por tan particular habilidad. A Maragaglio no le interesaba en cambio.
-¿Y quién es más idiota? siguió él.
-¡Obvio que usted!
-Es correcto.
-¿Cómo se le ocurre traer a dos niños en medio de este clima horrible?
-Carlota es menos llorona.
-¡Ella resiste bien!
-Es curioso. Tu mejor amiga sería muy feliz si supiera de esto.
-¿Por qué lo dice?
-Porque no tiene con quién hablar en Venecia.
-Es muy popular.
-Pero la gente la trata con tanta admiración que se asusta. Tú no, Amy.
-Somos amigas ¡dah!
-Te interesa lo que diga Maurizio, ¿verdad?
-No patino.
-Pero es danza. Se nota que quieres intentarlo.
Amy guardó silencio y pensó que ya había descubierto por qué Maragaglio le importaba tanto a Carlota. Era imposible odiar al hombre y algo tenía que, aun siendo un cretino, se hacía querer.
-¡Ay, Carlota no puede enojarse con usted! - pensó en voz alta luego de caminar durante media hora.
-Lo sé - replicó Maraglio sonriente y decidió ir al Bar's diner, ese restaurante del que tanto le habían hablado los Liukin alguna vez que seguramente no recordaban. Tan cercano a Bércy y con servicio de 24 horas, David y Amy se sentían como en casa, mientras el otro ordenaba café y trataba de no incomodarse con el ambiente country que le evocaba algo.
-En Jamal hay un lugar parecido y fuimos en Año Nuevo - señaló David al tomar una mesa.
-¿Es divertido?
-Es el comedor de una posada. Carlota ganó el concurso de comer nuggets de búfalo.
-¿No era campeona con los helados? - empezó a reírse Maragaglio.
-Ella podría ser comedora profesional - se contagió David.
-No la imagino.
-También tiene el récord de frappés de fresa y de rebanadas de pizza con piña.
-No es cierto... Además qué asco, ¿piña?
-¿No le ha enseñado sus trofeos?
-El de los helados.
-Carlota se inscribió en un reto de tacos, pero se mudó y nos lo perdimos.
-Diablos.
-¿Usted es su padre?
Amy pateó discretamente a David para recriminarle por semejante pregunta.
-¿Por qué lo dices? - preguntó Maragaglio con un drástico talante severo. La vibra se tornó tan tensa, que era complicado soportarla.
-Carlota sospecha que Ricardo Liukin no es su papá - prosiguió David sin intimidarse.
-¿De dónde sacas eso?
-De un ADN que Trankov le entregó a usted.
-¡Ah, ese sobre! No lo he abierto... Y es demasiada coincidencia que incluso los amigos de esta niña sepan de su relación con un guerrillero. El Gobierno Mundial va a estar feliz.
-Eso no nos interesa ¡Que se pudran!
-Es un trato.
-¿No va a decir nada, señor?
-¿Por qué Carlota pensaría en mí? ¿Te llamas David, no me equivoco?
-Ella encontró las fotos de su mamá y en varias aparece usted.
-La gente siempre retrata a cualquiera.
-¿En Madagascar?
Maragaglio no prosiguió, dio el sorbo a su café mientras se ponía más pálido que un enfermo y con el rostro dirigido a la salida. En un momento dado, David y Amy lo vieron sostenerse de la mesa mientras hacía cuentas con sus dedos. Es que no era posible, los tiempos no coincidían ¿Acaso había conocido a la madre de los niños Liukin y no sabía? ¿A qué hora? Porque en Madagascar había tomado una excursión y tal vez conocido a una mujer a la que nunca le preguntó por un nombre. Intentaba acordarse sobre aquellas lejanas vacaciones, seguramente tomadas en un aniversario o en un descanso obligatorio. Por supuesto que la negación era lo primero que se hallaba en su mente.
-¿Carlota sabe del resultado o Trankov le habló del sobre? - preguntó Maragaglio.
-Eso no lo sabemos. Si quiere salir de dudas, lea los papeles y ya - respondió David como si conversara con un idiota. Amy sólo se mordía los labios y con voz chillante, le decía a esos dos que había sido mala idea sacar ese tema a relucir.
-Oye, niña: ¿Carlota ha mencionado algo? - insistió Maragaglio.
-¡No, no! Sólo la sospecha.
-Amy, ojalá no mientas.
La chica pasó saliva y no le quedó más remedio que reservarse la palabra mientras comprobaba lo intimidante que podía ser Maragaglio si tomaba algo en serio. El hombre ahora tomaba su hirviente café como si fuera agua fresca.
-Maurizio querrá verte pronto, Amy ¿Aceptarás su propuesta? - continuó el propio Maragaglio.
-No soy buena con los patines.
-Mentira, te he visto en los videos de Carlota.
-¿Me está obligando a hacer la prueba?
-¿Tienes algo más interesante en tu futuro, niña?
Maragaglio dejó a Amy en silencio y con una mirada le bastó para disuadir a David de su intento de golpearle la cara. El camarero se aproximó nuevamente para rellenar una taza con café recién preparado.
La forzada calma que siguió se vio adornada por una nueva pero tenue nevada. El frío arreciaba y Maragaglio deseó que las cosas se mantuvieran así hasta mediodía, seguro de que aquello desquiciaría a todos. Su enfado era tal, que arrastraría a cuantos se pudiera con él. Esa parte de su temperamento le disgustaba porque lo igualaba con su cruel abuelo, aunque pretendiera convencerse de que era una persona diferente.
En el Bar's diner la calefacción dejó de funcionar un momento a otro y una campanilla rompió el ritmo al anunciar, más por error que por coincidencia, que faltaba poco para las cinco de la mañana. Amy levantó su maletita rosa y aguardó a que Maragaglio le anunciara que podían irse. La Patinoire de Bércy estaba casi junto a la Gare de Lyon y el hospital de Bércy.
-Vamos, quiero resolver esto pronto - señaló el hombre sin obtener resistencia, recibiendo, no obstante, la mirada de un David que lo rechazaba. Amy trataba de contener la antipatía de ambos al engancharse de sus brazos y obligarlos a caminar juntos luego de pagar la cuenta. En el restaurante pensaban que Maragaglio era un padre peleando con sus impertinentes hijos y a él le cansaba dar esa impresión, sobretodo porque sus niños reales no llegaban a los seis años.
Amy pateó discretamente a David para recriminarle por semejante pregunta.
-¿Por qué lo dices? - preguntó Maragaglio con un drástico talante severo. La vibra se tornó tan tensa, que era complicado soportarla.
-Carlota sospecha que Ricardo Liukin no es su papá - prosiguió David sin intimidarse.
-¿De dónde sacas eso?
-De un ADN que Trankov le entregó a usted.
-¡Ah, ese sobre! No lo he abierto... Y es demasiada coincidencia que incluso los amigos de esta niña sepan de su relación con un guerrillero. El Gobierno Mundial va a estar feliz.
-Eso no nos interesa ¡Que se pudran!
-Es un trato.
-¿No va a decir nada, señor?
-¿Por qué Carlota pensaría en mí? ¿Te llamas David, no me equivoco?
-Ella encontró las fotos de su mamá y en varias aparece usted.
-La gente siempre retrata a cualquiera.
-¿En Madagascar?
Maragaglio no prosiguió, dio el sorbo a su café mientras se ponía más pálido que un enfermo y con el rostro dirigido a la salida. En un momento dado, David y Amy lo vieron sostenerse de la mesa mientras hacía cuentas con sus dedos. Es que no era posible, los tiempos no coincidían ¿Acaso había conocido a la madre de los niños Liukin y no sabía? ¿A qué hora? Porque en Madagascar había tomado una excursión y tal vez conocido a una mujer a la que nunca le preguntó por un nombre. Intentaba acordarse sobre aquellas lejanas vacaciones, seguramente tomadas en un aniversario o en un descanso obligatorio. Por supuesto que la negación era lo primero que se hallaba en su mente.
-¿Carlota sabe del resultado o Trankov le habló del sobre? - preguntó Maragaglio.
-Eso no lo sabemos. Si quiere salir de dudas, lea los papeles y ya - respondió David como si conversara con un idiota. Amy sólo se mordía los labios y con voz chillante, le decía a esos dos que había sido mala idea sacar ese tema a relucir.
-Oye, niña: ¿Carlota ha mencionado algo? - insistió Maragaglio.
-¡No, no! Sólo la sospecha.
-Amy, ojalá no mientas.
La chica pasó saliva y no le quedó más remedio que reservarse la palabra mientras comprobaba lo intimidante que podía ser Maragaglio si tomaba algo en serio. El hombre ahora tomaba su hirviente café como si fuera agua fresca.
-Maurizio querrá verte pronto, Amy ¿Aceptarás su propuesta? - continuó el propio Maragaglio.
-No soy buena con los patines.
-Mentira, te he visto en los videos de Carlota.
-¿Me está obligando a hacer la prueba?
-¿Tienes algo más interesante en tu futuro, niña?
Maragaglio dejó a Amy en silencio y con una mirada le bastó para disuadir a David de su intento de golpearle la cara. El camarero se aproximó nuevamente para rellenar una taza con café recién preparado.
La forzada calma que siguió se vio adornada por una nueva pero tenue nevada. El frío arreciaba y Maragaglio deseó que las cosas se mantuvieran así hasta mediodía, seguro de que aquello desquiciaría a todos. Su enfado era tal, que arrastraría a cuantos se pudiera con él. Esa parte de su temperamento le disgustaba porque lo igualaba con su cruel abuelo, aunque pretendiera convencerse de que era una persona diferente.
En el Bar's diner la calefacción dejó de funcionar un momento a otro y una campanilla rompió el ritmo al anunciar, más por error que por coincidencia, que faltaba poco para las cinco de la mañana. Amy levantó su maletita rosa y aguardó a que Maragaglio le anunciara que podían irse. La Patinoire de Bércy estaba casi junto a la Gare de Lyon y el hospital de Bércy.
-Vamos, quiero resolver esto pronto - señaló el hombre sin obtener resistencia, recibiendo, no obstante, la mirada de un David que lo rechazaba. Amy trataba de contener la antipatía de ambos al engancharse de sus brazos y obligarlos a caminar juntos luego de pagar la cuenta. En el restaurante pensaban que Maragaglio era un padre peleando con sus impertinentes hijos y a él le cansaba dar esa impresión, sobretodo porque sus niños reales no llegaban a los seis años.
En aquella zona de París suele haber mucha gente. Y en la calle no es cómodo dar un paseo. Bércy es un punto de encuentro y salida, pero no de permanencia y para David era notorio que tampoco se prestaba para tenerle paciencia a la gente. Los viajeros que llegaban a la ciudad lo hacían temprano y los taxis de detenían por todas partes, así que el ruido se volvía una tortura cuando se vivía el desvelo. La Gare de Lyon recibe a todos, pero caminar para alcanzar un coche da más caos y molestias que abstenerse de ser un turista de paso. A Maragaglio le causaba una risa silenciosa ver todo eso y más placer encontraba en saberse ajeno a ese cotilleo con maletas y nulas experiencias trascendentes. Quizás porque la vida normal en Venecia no era tan rutinaria para él o porque en las aglomeraciones le era sencillo estar, la escena que se desarrollaba alrededor le servía para darse cuenta de que era muy afortunado de no enredarse. Odiaba París y a los parisinos con sus aires de ser importantes, detestaba el olor del aire, le disgustaba la pretendida elegancia y la belleza de la ciudad le hacía querer perder la cabeza para mandarlos a todos al diablo. Pero igualmente le enfadaba tener el poder de hacerlo. Maragaglio no era un hombre normal.
El Palais Omnisports de Bércy presumía de ser un recinto multiusos al que cierto glamour le rodeaba pese a dar el aspecto de una pirámide mal conservada. La nieve se había acumulado sobre sus costados, un equipo de mantenimiento iniciaba el esfuerzo de quitarla mientras el frío se intensificaba y un vendedor ambulante de chocolate caliente aguardaba con paciencia a que la gente no resistiera más, cuando Amy cruzó la entrada y para su desconcierto, Maurizio Leoncavallo se hallaba trabajando al fondo, en la pista, con un chico de cabello oscuro y barba un poco crecida, así como los ojos redondos y una nariz de gancho que le daba un rostro de pájaro. Su nombre era Levan Reviya y venía de muy lejos, de Moscú, pero había vivido en Tbilisi y era un patinador que representaba a Georgia. El chico había dejado a sus entrenadores rusos luego de que sus intentos de asociación con otras jovencitas fracasaran en el circuito de competencias.
-Tienes muy buena técnica, yo puedo ser tu coach si gustas - declaraba Maurizio y Levan sonreía satisfecho. El papeleo no parecía ser problema y un par de federativos acompañaban al chico.
-El inconveniente de la mudanza a Venecia es que tengo horarios definidos y también mi propia sesión en un club de Mestre, pero podemos ajustarnos. Hablaré con Carlota Liukin para que podamos practicar por la tarde y la noche - seguía Maurizio y Amy tímidamente se aproximó al borde con su maletita, suponiendo que la emparejarían con el desconocido apenas la vieran. Maragaglio y David tomaban asiento en el sillón del kiss 'n' cry para seguir tiritando de frío, al mismo tiempo que el primero se lamentaba de no haber conseguido otra bebida que le calentara las manos, aunque no la consumiera.
Bércy era un sitio muy grande, escaso de comodidades, pero a Maurizio le era grato encontrarse ahí, se le notaba en la cara. Algunas veces había competido en París y apenas reparado que nunca había ganado en aquella ciudad. Pero recordaba a Jyri Cassavettes alentándolo durante su debut en Bompard, también una medalla de plata obtenida tres años atrás y una llamada de Katarina en un coincidente Halloween mientras lo felicitaba por su aspecto de vampiro con una camisa morada que lucía horrible por televisión. Maurizio tenía en la mente cada palabra de esa conversación de forma tan vívida, que creyó que se repetiría si volvía a tomar un descanso en el graderío y apoyaba su rostro en las manos.
-Amy, ven - dijo de pronto en voz baja. La niña lo había escuchado.
-¿Tienes patines?
-No, señor Leoncavallo.
-No repares en ello ¿Tienes zapatillas de baile?... Qué pregunta tan estúpida.
-¿Está cansado?
-Amy ¿Podrías llamarme por mi nombre?
-¿No te molesta? Wow.
-Qué rápido aceptaste tutearme.
-Bueno ¿Qué debo hacer?
-¿Sabes algo de patrones de básicos de quickstep o de tango?
-Tango.
-¿Te molestaría marcar algo con Levan?
-¿Con quién?
-Amy, ven... Mira, te presento a Levan, es un bailarín de danza y está buscando una patinadora para hacer equipo.
-Yo no patino.
-Mentira, te vi con Carlota.
-Es que no tengo práctica con partners.
-Para aprender tango debió ser.
-Usaba una escoba.
-Imagina que Levan es una.
-¿Si no me sale?
Maurizio se encogió de hombros aunque sonreía. Le molestaba no tener habilidades para convencer a una bailarina y pensó fugaz en Juulia Töivonen, a quien había tenido que insistirle luego de verla en un festival de danza contemporánea.
-¿Levan sabe bailar algo? - curioseó Amy, escéptica.
-No te pediría hacer una audición si no fuera así.
-Pareces un gato, Maurizio.
-¿Qué?
-¿No te asusta la cara que tienes? Bailaré con tal de que la quites.
-Los Liukin dirían que no tengo otra.
-Carlota dice muchas cosas.
Amy giró entonces y se dedicó a cambiar su calzado sin decir nada. El tal Levan Reviya la imitaba mientras intentaba saber si ella era confiada con cada persona que tenía enfrente o sólo se hallaba nerviosa. Por lo inusual de la hora, la chica mostraba unas grandes ojeras y bostezaba pausadamente, sin evitar que el estómago le delatara el hambre.
-¡Bien! Amy, Levan, quiero un patrón de tango simple, nada estrafalario ¡Levan! Toca realmente a tu pareja, Amy no le tengas miedo y quisiera ver un par de giros... Eh ¿un lift simple? Por favor - pidió Maurizio con cierta inseguridad.
-¿Quiere que la levante? - dudaba el desconocido Levan.
-Así es. Un lift en rotación estaría muy bien, sólo sujeta a Amy por la cintura con los dos brazos y ya.
-Supongo que sí.
-Inténtenlo chicos, saldrá bien - motivaba Maurizio como si no tuviera idea de qué hacer y quedaba expectante sin saber qué añadir. Amy acaso actuaba más, agitando su mano para saludar a Levan y enseguida, colocar sus brazos, uno en la cintura y el otro sujetando la mano derecha del muchacho.
-Sígueme, un pie adelante del otro todo el tiempo, tu brazo extendido hacia el frente con el mío... Ahora nos ponemos de frente y nos movemos dos pasos a un lado, regresamos, dos pasos al otro y volvemos, tarán, tarán... Dame una vuelta... Y me levantas - instruía Amy aunque ese acercamiento, en cuestión de química, era un desastre. Al menos Levan le parecía competente y viceversa.
-No me parece mal, sólo háganse amigos y funcionará - remató Maurizio Leoncavallo con cierto sonrojo y enseguida preguntó en inglés si los federativos de Georgia aprobaban a Amy para comenzar a trabajar. La niña se sentía un poco confundida porque ni siquiera le preguntaban si estaba de bacuerdo y atinó a decir que ella sólo era la bailarina de la prueba.
-¿Quieres hacer un vals? Sólo por si acaso - sugirió Gyorgy y Amy accedió mientras pensaba en cómo aclarar que sólo ayudaba. Veía que todos asentaban sus cabezas y parecían cerrar el trato, no obstante, ella no decidiera. La niña nunca había estado en una situación parecida, así que no sabía pararla. Pero luego contempló a Maragaglio y concluyó que tenía razón en que el futuro no le ofrecía nada relevante, así que rechazar una oportunidad de bailar quizás no era la buena idea que creía.
-Amy es una profesional ¿Quieres intentarlo, Levan? - consultó Maurizio aunque ya hubiera recibido una respuesta afirmativa. El chico dijo "sí" como si eligiera un sándwich de queso y se aproximó con su nueva compañera para firmar su contrato. Como Amy no hablaba inglés y menos georgiano, se hallaba escéptica, aunque Maurizio Leoncavallo hubiera rellenado los espacios vacíos con los nombres de ambos y le tradujera algunas cosas, como que la federación pagaría por los entrenamientos. Levan Reviya no tenía patrocinadores, pero una marca de cuchillas le enviaba un par nuevo de vez en cuando a cambio de alguna sesión comercial de fotos y tal vez, su nueva compañera recibiría el mismo beneficio. Amy plasmó un garabato sin imaginar qué seguiría.
-La próxima semana debo ir a Finlandia con Carlota Liukin y con uno de mis equipos de danza, así que supongo que Levan y Amy comenzarán a trabajar cuando vuelva a Venecia - añadió Maurizio y la niña se separó del grupo con la confusión por delante. Maragaglio y David estaban cruzados de brazos.
-¡Aún necesitamos la firma de tu tutor, Amy! - habló Maurizio en voz alta y ella prefirió sentarse en el kiss 'n' cry como si la hubieran regañado y abultaba sus cachetes para demostrarlo.
-Al menos aceptaste, es algo - dijo Maragaglio con tono resignado.
-¿Ahora qué?
-Pues te vas a Venecia, patinas y ya. No es gran cosa.
-¿Dejaré París?
-¿Qué fijación tienen en Tell no Tales con este lugar?
-¿No veré a David? ¿Puedo quitar mi firma? ¡Oigan, mejor no!
-¡No vas a cambiar esto, Amy! - gritó Maragaglio como si perdiera la paciencia.
-¿Quién es tu tutor, niña? - consultó bruscamente.
-No tengo, mi hermano está en prisión.
-¿Cómo te dejaron entrar a este país?
-Judy firmó algo.
-Mucho mejor, resolveremos esto en pocas horas.
-¿Usted a qué se mete?
-Amy, sólo... Vas a bailar y tienes contrato. Basta.
La chica se mordía los labios casi arrepentida por todo y tomó la mano de David sin conseguir tranquilizarse. Maragaglio no sabía si entre él y Maurizio la habían manipulado o todo se había dado de forma circunstancial, era un accidente o Amy tomaba la opción porque no tenía de otra.
Siendo tan temprano, nadie dejaba de considerar el ir a tomar una siesta y Maragaglio salió a la calle para conseguir un vaso con el vendedor de chocolate. Caía abundante nieve pero con mucho silencio y lentitud y al fin, aquello le hizo sentir comodidad. El frío dejó de molestarle al momento de dar un sorbo a una bebida espesa y apenas dulce. El celular timbraba y sin fastidio, respondió.
-Ciao, Maragaglio aquí... ¿Quién?... ¡Ah, doctor Gatell! ¿Cómo marcha todo por allá?... ¿Katy? ¿Tuvo un accidente?... ¿Qué tan enferma? ... ¿Neumonía? ¿Cómo es...? ¿Usa ventilador? ¿Cómo quiere que me calme? ¿Por qué no puedo ir a verla?... ¿Se contagió en Nueva York?
Maragaglio escuchaba los detalles sobre la sorpresiva hospitalización de Katarina Leoncavallo y no le alcanzaba la cabeza más que para asustarse. El médico le explicaba cosas que no deseaba entender, que le parecían disparatadas. De imaginar a Katarina sin poder respirar, él creía paralizarse. Pero no tenía tiempo de ello. Otra llamada acabó por sorprenderlo y fue la del Director General de Intelligenza Italiana, prohibiéndole regresar a Venecia. En una noche, los casos de influenza se habían disparado y se levantaría una alerta en toda la región del Véneto, incluyendo la clausura de la ciudad. Maragaglio consultó torpemente el estatus de su misión y su jefe le dio la instrucción de continuar con el resguardo de Carlota Liukin en Finlandia y en París por las siguientes semanas. Algún agente cuidaría de Susanna Maragaglio y sus hijos mientras tanto.
Otra vez pálido, pero ahora como un muerto, Maragaglio reingresó al Palais Omnisports y halló a su primo con similar expresión. También le habían dicho que no intentara entrar a Venecia.
-Juulia me avisó que está muy enferma - señaló Maurizio.
-¿Quién es?
-Alguien ¿A ti qué te pasa?
-Cerraron Venecia porque hay una epidemia, Maurizio.
-¿Qué sabes?
-Sé... Sé que Katarina está muy grave y le pusieron oxígeno porque no puede respirar.
Maragaglio tomó asiento en una butaca cercana para cubrir su rostro y Maurizio Leoncavallo quedó de pie, estático, sorprendido. Amy, David y hasta el mismo Levan hicieron gala de silencio y nadie intervino durante un largo instante.
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