La "Gran Gala del Patinaje Artístico" en el Trofeo Éric Bompard Cachemire inició al mediodía y terminó a las dos de la tarde. Con ello, Carlota Liukin tendría tiempo libre y había planeado celebrar el cumpleaños de su entrenador en un restaurante de hamburguesas. Quien se había entusiasmado con la idea era Katrina y no se despegaba con la intención de que le extendieran la invitación, aunque todos sabían que iría de cualquier forma a aquella cena. Como Maragaglio no estaba, la joven paseaba por el Pont Neuf con un bolso rojo bajo el brazo y un celular de color gris que no podía dejar de usar.
-A alguien no le va a gustar cuando reciba la cuenta - rió Maurizio Leoncavallo cuando se atrevió a acercarse. Ella apartó el aparato de su oreja y le dirigió su cara sonriente como parte de su respuesta.
-Es un regalo, cariño.
-¿Quién pagará tus llamadas?
-¿Tú quien crees?
-La esposa de Maragaglio lo va a matar.
-No lo ha acuchillado en veinticinco años.
-¿Te contó?
-No hay nada que no sepa, corazón.
-Katrina ¿no crees que haces mal?
-Si tienes un problema, háblalo con tu primo.
Katrina iba a adelantarse cuando su teléfono sonó y no tardó en responder, reanudando sus risitas presumidas con alguien que sin duda, estaba igual de feliz que ella y también ansiaba curiosear con el regalo de un cliente generoso.
-Me compró una bolsa de piel y un perfume caro ¡También me dio dinero para conseguirme ropa y me llevó a un salón de belleza! ¡Me siento como Julia Roberts, cariño! - seguía la chica y Maurizio miró alrededor, constatando que Carlota Liukin no llevaba la mano a su cabeza a pesar de su creciente vergüenza, Judy Becaud pasaba saliva y Marat Safin curioseaba con la actitud de ambas mientras el resto del séquito parecía más interesado en Levan Reviya que, por cuestiones de familiarización con Amy, se les había unido y no decía media palabra.
-¡No me voy a poner un vestido escotado, mi amor! ¡Me vestiré de amarillo como tanto te gusta! - revelaba Katrina y así supo Maurizio Leoncavallo que aquella mujer llevaba un buen tiempo contándole sus aventuras a su novio camionero, mismo que hablaba en futuro sobre el día que podía ir a verla y de lo que recibiría por transportar mariscos desde Marsella.
-¿Sabes que me invitaron a McKee? Nunca he comido una hamburguesa y estoy nerviosa ¡Cuando regreses, podemos ir también! - remataba la emocionada chica y los demás recordaron que habían olvidado quien era ella. Katrina nada tenía y conocer a Maragaglio era el equivalente a ganar un modesto premio de la lotería o celebrar la llegada de un fugaz dinero extra. Cada que Carlota Liukin y sus amigos hablaban de una patineta o un videojuego, para aquella era apenas imaginarse la experiencia de usarlos y eso explicaba porque había abrazado con fuerza un kit con productos de aseo personal que la misma Carlota había recibido de regalo en el Trofeo Bompard y por el que no tenía intención de quedarse. Quizás, era por ello que Anton Maizuradze y David Becaud compartían sus galletas, bufandas y tonterías con la simpática prostituta de Les Marais y le celebraban su celular a la menor oportunidad.
-Yo te invito la cena ¿Te parece? - mencionó Maurizio Leoncavallo cuando Katrina terminó su larga charla.
-Gracias, pero Maragaglio me cubre.
-¿Te dio su tarjeta de crédito?
-La que le dio el Gobierno Mundial. Dime si no es bonita ¡es negra!
-Wow, con eso puedes entrar a dónde quieras.
-Me iban correr de una tienda y como se la enseñé al gerente, salí con esta bolsa linda.
-¿Por qué no nos dijiste? Te habríamos defendido.
-Debiste ver la cara de ese señor tan feo cuando le dije que quería esta cosita roja del mostrador
-¿En dónde la vas a usar?
-No lo sé, la guardaré, pero ¿dónde?
-¿Estás pensando en eso?
-¡Ya sé! ¡Se la encargaré a la señora Becaud! Ella me la cuidaría y me dejaría abrazar y besar mi bolsa de vez en cuando.
Judy eligió el silencio y Carlota le preguntó discretamente si haría algo así. La respuesta quedó pendiente.
-Jajaja, es un gran plan - prosiguió Maurizio.
-Es que si lo llevo al trabajo o a mi hotel, me lo robarán
-¿En dónde vives, Katrina?
-En el Leopard.
-No he oído de él.
-Es un lugar barato y no hay luz.
-¿Estás sola ahí?
-Vivo con otras dos compañeras. Me prestan una cobija naranja que está muy vieja y aunque me la ponga, me da mucho frío.
-Podrías aprovechar para conseguir una mejor.
-No puedo tener cosas bonitas.
-Pero te han dado un teléfono.
-No te preocupes, Maragaglio no tendrá facturas que cubrir.
Maurizio Leoncavallo no agregó más y como ironía, revisó sus propias llamadas, sin obtener novedad.
-¿Estás preocupado, cariño?
-No, Katrina.
-Maragaglio me contó ¿Cómo sigue tu hermana?
-¿Cuánto habla mi primo sobre Katarina?
-Poco.
-¿Mientes?
-No, Maurizio.
-No te creo.
-¿Ella sigue mal?
-No sólo Katy.
Katrina no quiso prolongar la plática y se dedicó a jugar con su celular cuando el grupo paró cerca de Notre Dame. Ilê de la Cité era el sitio preferido de Carlota Liukin para descansar y luego de hallar un asiento para Judy Becaud, el grupo se ocupó de mirar hacia el Quai de Montebello. Todos querían volver a casa antes de la celebración pero disfrutaban del calor que siguió a una mañana tan fría.
-Te pareces a mi hermana - confesó Maurizio estar pensando y Katrina fingió que no le hacía caso al revisar su bolso.
-Mi padre vino hoy a verme y a reprocharme por Katarina otra vez. Siempre lo hace ¿sabes? Me acusa de algo que no puedo controlar.
La joven volteó a verlo apenas.
-No te escuché, cariño.
-Da igual.
-Qué bueno que no te importa.
-Mi familia cree que espero la oportunidad para seducir a mi hermana.
-Maragaglio dice que Katarina te quiere.
-Está enamorada de mí.
-Ella no está tan loca.
-Maragaglio la idealiza mucho, por eso lo niega.
-Él la conoce mejor que nadie.
-Ese idiota no tiene idea de lo que pasa entre Katarina y yo.
-Tú eres el que no sabe lo que existe entre Katarina y Maragaglio.
-El imbécil la mandó a vigilar en Nueva York.
-Maurizio, sigue engañándote solo.
Katrina al fin guardó su celular y recargó sus brazos sobre la pequeña muralla de roca que rodeaba ese corredor.
-Perdóname.
-No te preocupes, corazón.
-Me he sentido muy tenso hoy.
-Se nota.
-Estoy preocupado, es todo. Terminé una relación que duró mucho tiempo, mi hermana se enfermó, mi novia también está en el hospital, mi padre cree que soy un pervertido y mi tío Enzo me ahoga poniéndome a elegir trajes.
-Qué tragedia, es lo peor que a alguien le puede pasar.
-¿Qué dices?
-Oye, después de que Maragaglio se vaya, yo regreso a la mierda en Les Marais. Voy a tener hambre, me dará frío, pasarán días antes de que tenga tiempo de darme una ducha y mi padrote buscará robarme cada billete que gane ¿Sabes de cuántos policías me debo cuidar y a cuántos asquerosos tengo que complacer? Si no tuviera algo que perder, no me importaría terminar muerta en el río ¿Tú qué sabes de problemas? Tu madre no te prostituyó ni te vendió con un traficante a cambio de una dosis de heroína.
Maurizio Leoncavallo enmudeció y contempló a Katrina llevando su teléfono a la oreja izquierda para charlar con Maragaglio sobre lo que harían esa noche. Ella decía que aún no sabía qué ropa conseguir y preguntaba si tenía algún límite de gastos.
Durante esos minutos, Maurizio creyó entender por qué la joven le gustaba a su primo. Era tan similar a Susanna Maragaglio en la forma de caminar y con su tono de voz divertido y calmo. Pero también podía ser empalagosa como Katarina, miraba como ella y olían similar, sin contar con que el rostro tenía algunos razgos familiares de los Leoncavallo, aunque Katrina nada tenía que ver con ellos.
-Bueno, me quedaré con este top y estos jeans ¡Maragaglio me va a acompañar de compras mañana! - celebraba ella al colgar y entonces, sus ojos se cruzaron con el brazo de Maurizio, que exhibía marcas que conocía bien.
-Mi última dosis fue hace dos meses. Intento dejarla, Katrina - expresó él.
-¿Te la inyectas para no sufrir o sólo eres un idiota?
-Maragaglio me sacó de un problema con la Agencia Antidopaje y este año recaí.
-No eres frecuente, se nota.
-Me volví adicto en Moscú. Tuve una novia, se llamaba Jyri, consumíamos juntos y conocí a cada dealer de la ciudad. Casi pierdo mi carrera por esto, mis padres pagaron mis deudas. Si mi hermana no me hace su entrenador, yo no habría podido controlarme.
-¿Por qué me cuentas tu vida?
-Katrina ¿Has sentido una atracción tan inadecuada, que buscas olvidarla como sea?
-¿Con quién quieres estar?
-Tengo una novia nueva, sólo mi padre y mi tío lo saben.
-¿A qué quieres llegar?
-Acuéstate conmigo esta tarde. Maragaglio no está.
Katrina se imaginó de inmediato frente a Maurizio, tocándolo y consolándolo, sin comprender por qué se sentía desnuda aunque estuvieran en la calle. La escena no le agradó y acabó golpeando al hombre con su bolso, dejando a los demás desconcertados sobre la escena y con la palabra en la boca.
-Maragaglio ¿ya vienes? - preguntó Katrina cuando aquél le contestó la llamada y se apartó para narrarle todo, sin parar de llorar.
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