Venecia, Italia. 16 de noviembre de 2002. Cumpleaños de Maurizio Leoncavallo.
Una vez confirmada la noticia de su embarazo, el estado de salud de Juulia Töivonen se restableció lo suficiente para que Alessandro Gatell decidiera trasladarla a una habitación regular al anochecer. La joven reaccionó muy feliz y observó como la Unidad de Terapia Intensiva parecía tener una hora de paz.
-¿Cómo que no hay camas en el segundo piso? - preguntaba Gatell con molestia.
-Estamos adaptando los cuartos y en algunos hemos metido cinco o seis pacientes - le decía la Jefa de Admisiones.
-Tengo una paciente embarazada ¿dónde la van a meter?
-En el quinto piso estamos juntando a las mujeres.
-Búsquele un sitio que no esté lleno, por favor.
-No es la única enferma que está en esa condición.
-¿Alguna otra llegó a Terapia Intensiva? Dele una habitación que no esté llena.
Gatell se había enojado, aunque a Juulia le parecía gracioso que pronto la sacaran de ahí por su mejora récord. El aislamiento seis volvería a ser exclusivo de Katarina Leoncavallo con su fantasmagórico aspecto de los labios invisibles y su siesta que evocaba a un cadáver fresco. Después de llorar sin calmarse, las enfermeras la habían sedado ligeramente y Gatell no había podido hacer nada por contradecirlas. La chica tenía todas las señales de hallarse triste.
-No me despediré de ella - señaló Juulia.
-No se preocupe, Katarina necesita dormir - añadió el doctor.
-La forzaron a hacerlo.
-Ha sido un día agotador.
-Si no amáramos al mismo hombre, seríamos buenas amigas. Ella es todo corazón ¿sabe? Cada semana le pinta una tarjeta a sus padres para decirle que los quiere y lo hace con mucho empeño y colores lindos.
-¿Katarina es cariñosa?
-La gente le tiene miedo porque es muy bonita. Supe que los jueces han querido darle medallas de oro todo el tiempo y no lo hacen porque las federaciones dan muchos donativos y tienen patrocinadores muy fuertes que prefieren sostener lobby por otras patinadoras ¿Sabe cuántas empresas no contratan a Katy porque es demasiado bella?
-Estoy seguro de que ella está consciente.
-Doctor Gatell, sé que a usted no le impresiona Katarina.
-Le ayudo.
-¿Podría saber por qué?
-Le resultará llamativo, pero no lo sé.
Juulia no añadió más, quedándose en la espera por irse de una sala que hacía tanto que se le había vuelto cálida. Luego miró a su compañera como si aquella fuera de cristal y no quería verla haciéndose añicos. Fue entonces cuando Gatell, recordando los recados, la interrumpió abruptamente.
-¡Juulia! Casi olvido decirle que Maurizio Leoncavallo ha llamado para saber cómo está.
-¡Qué buena noticia! ¿Sabe algo más sobre él?
-Se irá a Helsinki y volverá a París por dos semanas más pero prometió estar al pendiente ¿Sabe que esta tarde se ha puesto a Venecia en cuarentena? Por eso él no la verá tan pronto.
-No tenía manera de enterarme.
-Es cierto, una disculpa. Maurizio ha estado al teléfono tres veces. Le deseé un feliz cumpleaños por usted.
-¿Le ha anunciado el embarazo?
-Considero prudente reservar la sorpresa. Usted podrá decirle.
-¿No me harán más análisis?
-No se preocupe, Juulia, cuando suba a piso le ordenarán lo que sea necesario.
-Muchas gracias.
-Me alegra ayudar.
Gatell sonrió detrás de su cubrebocas y luego de terminar sus anotaciones, revisó de nuevo a Katarina Leoncavallo, notando que su oxigenación presentaba un mejor nivel, el sudor intenso había cedido un poco e incluso, su fiebre, si bien seguía presente, era menos alarmante.
-Parece que responde bien. Si mañana se repone más, habrá que llevarla a otra habitación - dijo el médico, ansioso por preguntarle a Katarina cómo se sentía. Juulia Töivonen volteó a verla como si quisiera celebrar y luego de comprobar que dormiría más tiempo, se dedicó a esperar por su propio destino.
Eran las veinte horas cuando los cambios terminaron en la sala de Terapia Intensiva y Alessandro Gatell finalmente abandonó su puesto para descansar un poco. El caos en el hospital continuaba, pero las calles se encontraban solas. La Polizia, los buzos nocturnos, los veladores del vaporetti, los panaderos y los técnicos de mantenimiento de la ciudad laboraban como cualquier otro día mientras se preguntaban si los alcanzaría el contagio. En las noticias, se anunciaba a Italia entera que la situación era grave y que la región del Véneto no recibiría visitantes. Los funcionarios públicos declaraban desordenadamente sobre el asunto y la alcaldesa de Venecia resultaba ser una paciente más en una pequeña clínica de Santa Croce. Tal y como un boletín de emergencia anticipaba, los turistas neoyorkinos abarrotaban los hospitales de Cannaregio y San Polo y las enfermeras realizaban demasiadas preguntas, enterándose de pacientes que se sentían mal antes de tomar sus vacaciones. El enojo también se contagia y Katarina Leoncavallo despertó al oír de un par de personas que habían estado en Skate America y en una pizzería de nombre East Village buscando a la patinadora Michelle Kwan, pero en su lugar, se habían encontrado con ella. En San Polo se hallaban las personas que la habían infectado y claro que quería saber sus rostros para vengarse. En esos instantes y por una idea de alguien, se hacían "cadenas de contactos", así que la habían hallado y pronto, supo que un hombre llamado Thomas Schiavone había mencionado su nombre también.
-¿Usted se encontró primero con los turistas o con el señor Schiavone? - preguntó el enfermero que notó que Katarina oía al personal en lugar de saludar.
-Patiné y comí pizza antes de encontrarme... con Tommy - respondió ella de mala gana.
-¿Acudió a alguna fiesta, señorita?
-A un concierto... en el bar Coney Island y al banquete de clausura... de Skate America.
-¿Antes o después de la pizzería?
-El concierto fue el mismo día de esa pizza horrible... El banquete fue el domingo por la tarde.
-¿Cuándo estuvo con el señor Schiavone?
-¿Importa?
-Es para el informe epidemiológico. Me mandaron a hacer esto.
-Fui al concierto y por la pizza antes de patinar... A Tommy lo conocí después, cuando salí de competir ¿Algo más?
-¿Tuvo contacto con otras personas?
-Díganle a Sasha Cohen que si se siente mal, es mi culpa y por eso voy a morir feliz.
El enfermero empezó a reírse y olvidó hacer su cuestionario completo, aunque Katarina pensó mucho en qué quizás Maragaglio sufriría de influenza y tal vez era un justo karma luego de abandonarla en París. Quedarse desnuda frente a él y ser rechazada le entristecía todavía y comprobó que la hacía llorar. Era mejor quedarse en silencio al respecto y luego pensó que Ricardo Liukin era víctima suya.
-¡Ay, por Dios! ¡Va a matarme! - exclamó y notó que tenía energía para levantarse, aunque poca.
-Gatell va a saltar de alegría cuando le diga - señaló alguien y luego, un empleado llegó con varias charolas para los enfermos que pudieran alimentarse. Aquél se negó a acercarse a Katarina, dejando a otro muchacho a cargo. Ambos evitaban mirarla.
-Estoy a dieta, no puedo tocar el pan ¡Es horrible! ¡Carlota Liukin come grasa y patina mejor que yo y es tan delgada! - refunfuñaba la chica para después sentir que se ahogaba y regresaba al berrinche pasada la pequeña crisis.
-Haré el esfuerzo por el pollo - declaró sin saber si su cuerpo mandaba la señal de estar hambriento o no. Los demás pacientes intentaban ignorarla y ella vio su reflejo en un vaso de agua, notando que la influenza parecía hablarle de frente con su pretensión de provocarle dolor. Katarina Leoncavallo solía dialogar con sus enfermedades, como si deseara conocer qué buscaban además de matarla. Pero supo que estaba invadida por un virus que no tenía aquella intención. Simplemente, la había detenido para que pensara, aunque empleara el más escandaloso medio posible.
-¿Qué quieres de mí? - curioseó ella, sin saber si alucinaba y dando el bocado a una pechuga. La influenza le concedía el poder de sostener su tenedor sin problemas.
-¡Me dijiste que estabas enamorada de Maurizio! ¡Vaya montón de mentiras! - le declaraba el virus.
-¡Amo a ese hombre! ¿Por qué lo dudas desde que empezamos? - replicó Katarina en silencio.
-¡Porque te vi con Ricardo Liukin! Si estuvieras enamorada, jamás te habrías acostado con él.
-¿Qué te importa?
-¿Lo hiciste porque estás enojada?
-¡Claro que no!
-¿Lo ves?
-¿Veo qué?
-¿Ricardo te gusta?
-Demasiada locura por hoy.
-Mírame de frente.
-¡Ni siquiera eres un ser vivo!
-Pero soy tu consciencia mientras te infecte, querida.
Cuando Katarina terminó con esa parte, notó que su ración de pollo no existía más y tenía en la mano media pieza de pan.
-Anda, me volveré parte de tus defensas y no podré ser tu amiga de nuevo. Dime ¿te gusta Ricardo?
Katarina lo pensó un poco.
-Me encanta - confesó.
-¿Desde antes del sexo?
-No me había dado cuenta.
-¿Qué vas a hacer, Katarina?
-Miguel también es muy guapo.
-Dormiste con su padre.
-Los Liukin van a matarme.
-Crees a menudo que lo harán.
-Cierto.
-¿Sabes que golpear tu cuerpo fue muy difícil? Tuve que aprovechar tu descuido con Maragaglio.
-¿Cuánto tiempo esperaste desde Nueva York?
-Me repliqué en Tommy.
-Se lo merece.
-Quieres volver a encontrártelo.
-Eso también.
-¿Hueles? Es crema de maíz y no nos sirvieron.
-No tengo olfato.
-¿Desde hace cuánto no la comes?
-Maragaglio cocina una que está muy rica pero tiene mucha grasa. Renuncié para caber en mis vestidos.
-La pizza no fue light.
-¡Cállate, virus!
-Desde que te conozco, piensas más en Maragaglio que en otras personas.
-Es que siempre me apoya.
-Sí, claro.
Katarina no sabía que tan hambrienta se encontraba hasta que notó que le habían mandado una barra de chocolate. Los trabajadores de radiología la habían colocado al interior de su bandeja y contaban con la complicidad del cocinero del hospital.
-Espero que sepas esconder eso - continuó la extraña presentación con la influenza.
-Me lo comeré, trae almendras.
-Oye, Katarina, estoy en tu mente ¿Puedo saber por qué odias a Carlota Liukin?
-¿Porque me quitó la atención de mi hermano?
-Lo que tienes es envidia.
-Qué sorpresa.
-Pero si te agrada Ricardo, tienes que aguantarla.
-No me voy a quedar con él.
-¿Sientes que Carlota es mejor que tú?
-Ricardo y Miguel son mejores que toda mi familia. Pero ella es odiosa.
-¿Hipócrita?
-Lo dijiste tú, yo no.
-¿Es por el tal Marat, Katarina?
-¿No tienes nada qué hacer como tirarme al colchón? Eres una influenza muy metiche.
-¿Esta crisis es por él?
-Maragaglio y Marat me tienen así ¿contenta?
Katarina se recostó de nuevo y notó que llevaba dos semanas enteras sin pensar en Maurizio, dos semanas sin amarlo como antes. Pensó que en Mónaco y en París se había angustiado por nada; que su dilema de "infidelidad" a su hermano era en realidad el inicio de su desamor ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué había querido entregarse a Maragaglio? ¿Por qué Tommy Gunn era tan excitante? ¿Por qué Marat le lucía tan perfecto y detestaba no tener la oportunidad de cautivarlo? Porque Maurizio era el hombre equivocado.
-No te aferres - le aconsejó su virus de pronto.
-Tengo miedo.
-¿De qué, Katarina?
-Cuando salga de aquí, no voy a querer estar con mi hermanito.
-¿Y eso qué?
-¡Lo amo!
-No es cierto, tú quieres a otro.
-Marat no me va a hacer caso.
-Tampoco interesa. Es más ¿qué te asusta? ¿El sexo? ¿No es lo que deseas ahora?
-¿Cuál es el punto?
-Katarina, tu Maurizio no es tan encantador ¿Sabes de qué más te has dado cuenta? De que si te gusta un tipo, no tienes ningún problema en llevarlo a la cama y luego botarlo.
-No le haría eso a Ricardo Liukin.
-¿Por qué no te emparejaste con él?
-Por tonta.
-Mejor olvídalo y corta con su hijo.
-Van a asesinarme.
-Deja de decirlo... O llama al tal Tommy y diviértete.
-No creo verlo de nuevo.
-Sabrás donde encontrarlo.
-Según el enfermero, él está aquí.
-Entonces salgamos de esta sala.
-Virus, estás loca.
-Tal vez me necesitabas para sincerarte contigo misma.
Katarina se quedó dormida al poco tiempo y cuando el personal retiró su bandeja vacía, los dos encargados no se contuvieron de contemplarla un largo rato. La chica, contrario a su apabullante voz interna, aún continuaba muy enferma y frágil, como si le bastara una corriente de aire frío para morir. La influenza, por supuesto, no era su amiga. Pero la sensualidad de Katarina Leoncavallo apareció de nuevo, ajustando su sudado batón de enferma a su cintura, revelando parte de sus muslos, resaltando su busto, descubriendo la forma de cada parte de su cuerpo. No era una belleza que invitara a tocarla. Era una belleza extrema, apabullante, una que asustaba de tan perfecta y que intimidaba, a la vez que admiraba, a los cobardes y a los ordinarios. Y la enfermedad, en lugar de arrebatársela, se ocupaba de golpearla mientras cumplía su función de volverla más atractiva. La naturaleza, que había amado intensamente al abuelo Leoncavallo, odiaba con todas sus fuerzas a Katarina por heredar la hermosura de ese hombre, pero no era tiempo de cobrarle la cuenta. Con hacerla sufrir y azotarla, aún bastaba.
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