Vestido "Lindsey", colección "Less is more" de Eva Lendel.
París, Francia. Lunes, 18 de noviembre de 2002.
La tormenta concluyó por la tarde y la multitud salió la calle a disfrutar de la nieve antes de que se convirtiera en hielo. Algunos restaurantes abrían sus puertas para recibir a improvisadas clientelas con niños y la familia Becaud resolvió ofrecer chocolate caliente y panecillos en el suyo para que nadie sufriera un resfriado. A esa hora, se sabía poco en las noticias sobre los inconvenientes de la nevada en el departamento de Ilê de France pero si había sobre Venecia y su situación de emergencia. Maragaglio por supuesto, no estaba sorprendido de la información mientras el médico Luc Pelletier le daba el parte médico de Katarina.
-¿Por qué le metieron un hombre al cuarto?... ¿Cómo que no hay lugar? ¡Le pedí a Gatell que Katy se quedara sola!... Ya sé que usted no es Gatell y que el tipo ese es su paciente pero... ¡Exijo una explicación! ¡Ella no puede estar acompañada! ¡Les recalqué que lo sacaran!
Los gritos de Maragaglio llamaban la atención de la gente al interior y a Cumber le daba risa.
-¿Quién es el tipo que internaron con Katarina?... ¿Cómo que no puede decirme?... ¡Le meten a un desconocido al lado y sin avisar! ¿Cómo quiere que me ponga, doctor?... No lo necesito, soy de Intelligenza Italiana, puedo tener ese nombre sólo pidiéndolo ¡Me lo da ya!... ¿Marco qué?... ¡Antonioni! ¿El gondolero idiota?... ¡Ya sé que se pronuncia "gondolier"!
Mientras la pena ajena se apropiaba de los parisinos presentes y de Carlota y Marat, Maurizio Leoncavallo se acercó con el rostro severo a Maragaglio para escuchar más de cerca.
-¡No me interesa si Antonioni tiene Marfan o lo que sea que tenga! ¡Fui muy específico cuando pedí que dejaran a Katarina en paz!... ¿Cómo que son amigos? ¡Ella jamás le ha hablado!... ¿No han parado desde que él llegó? Ni siquiera se conocen... ¿Katarina está de acuerdo?... ¿Que ella y Marco qué?
Judy Becaud y Cumber no se contuvieron en ese momento y aunque no entendían una palabra de italiano, lanzaron una carcajada escandalosa por lo que estaba sucediendo.
-¡Le dije que Katarina era ese tipo de chica! - alzó la voz Cumber, dando palmadas a la barra y ocasionando que Marat también comprendiera y los acompañara en la algarabía.
-¿De qué hablan? - preguntó Carlota.
-De que a Katarina le gusta su compañero de cuarto - contestó Marat.
-¿En serio? Creí que ella estaba loca.
-Se enfermó nada más.
-¿Por qué estás feliz?
-Hombre y mujer juntos en un hospital ¡Ya sabes lo que dicen!
-No ¿qué cosa?
Aunque en esa fecha aún no ocurría nada entre Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni, el hecho de que conversaran y voltearan a verse le resultaba suficiente prueba al grupo de que se estaba formando la pareja. Los jóvenes en los hospitales suelen establecer vínculos e intimidad, razón por la que rara vez se les permite convivir.
-¿Qué hacen?... Ah, Maragaglio. Cuando su prima se besuqueé con su compañero entonces si podrá enojarse - se burló Katrina al acercarse.
-¿Sigues en pijama? - notó Cumber.
-Tú igual y no te juzgo.
-¿Cómo le vas a quitar el coraje a ese hombre?
-Que se lo quite solo.
-¿Crees que te pida sexo?
-Va a querer tenerlo de cualquier forma.
-¿Te ríes de él?
-Le dije desde la mañana que Katarina está muy ocupada en sus propios asuntos.
-¿Cuánto le va a durar el enojo?
-Toda la semana.
-¿Lo vas a aguantar?
-Supongo... ¿Sabes que tiene una cita? Antes de bajar llamó a la tal Marine porque le tiene una sorpresa.
-¿Marine? ¿La del sobre?
-Y telefoneó a alguien más pero de eso no sé.
Judy Becaud pasó saliva luego de escuchar aquello y miró con desprecio a Maragaglio, intrigándose por el plan que ejecutaba aquel y sin estar segura de que vería a Marine sin ganas de fulminarla.
-Cumber ¿Crees que venga?
-¿Marine? Tendría no sé si estupidez o valor, señora Judy.
-Ella sólo trajo los papeles.
-No creo que alguien la perdone.
-Tú la atenderás.
-¡Usted es la mejor jefa que he tenido!
-Seguro, es que entrometido no eres.
-Usted curiosa tampoco es.
Cumber se divertía cuando vio entrar a Enzo Leoncavallo y recibir la seña por parte de Maragaglio de que ocupara una solitaria mesa junto a la pared del fondo. El hombre traía una gran maleta y un catálogo en la mano.
-¡Ay! ¡Ayuda a ese hombre, por Dios! - dijo Judy y Cumber mismo auxilió al señor Enzo al notar que también traía un rack lleno de vestidos y un par de cajas. Los comensales parecían llenarse de expectativas ante tal arribo.
-Buenas noches ¿Puedo colocar estas cosas en un rincón? - saludó el propio Enzo.
-Por supuesto, tío. No se preocupe, pondré a alguien a cuidar - respondió Judy sin reparar en qué estaba usando un lenguaje afable y familiar. Carlota y Marat se miraron mutuamente antes de colocarse junto a otro baúl que alguien llevaba sin esperar propina.
-El tío Enzo vende vestidos de novia ¡Dijo que traería los nuevos diseños de la tía Pnina! - se emocionaba la chica Liukin.
-¿Qué dijiste?
-¡Ay, Marat! No sabes lo bonito que trabajan ¡Siempre salen en las revistas de moda!
-¿Desde cuándo son la tía Pnina y el tío Enzo?
-¡Va a venir una novia a probarse todo lo que trajeron! Maragaglio quiere regalarle su vestido.
-¿Qué?
-La novia era empleada de Intelligenza.
-Entiendo.
-¡En la nueva colección hay perlas y moños grandes y mucho tul y bordados a mano y un montón de cosas que han de estar preciosas!
-¿Y si no?
-En la siguiente línea se reponen.
-¿Por qué te interesan los trajes nupciales?
-¡Porque brillan mucho!
Marat sonrió ante el entusiasmo ingenuo de Carlota, quien no dudaba en pedir uno de los catálogos y comenzar a darse una idea de lo que estaba por ver.
-Tendremos un show de modas si todo sale bien - advirtió Enzo Leoncavallo.
-¿Salir bien? - preguntó Marat.
-Nuestra invitada no parece ser muy grata por aquí.
-¿La conocemos?
-Por lo que Maragaglio me ha contado, sería increíble que no la hubieran visto.
-¿Quién es?
-Marine, la chica que le vino a entregar el sobre a la señora Judy.
-Qué loco.
-Parece que Maragaglio quiere agradecerle.
-¿Usted está de acuerdo?
-Para mí es un negocio más; para él debe significar algo.
-Creímos que la odiaba.
-A veces los Leoncavallo actuamos de formas raras.
-¿La convenció de venir?
-Ella lo llamó para disculparse.
Marat y Carlota se quedaron boquiabiertos y descubrieron que Maragaglio le había mentido a Katrina sobre ese asunto. Él no había telefoneado a Marine y no se veía muy dispuesto a la visita porque seguía con su fuerte queja sobre Katarina y el tal Marco.
-Esto no será agradable - advirtió el entrometido de Cumber.
-¿Siempre eres así?
-Vivo para este chisme porque Katarina está en él.
-¿Ella qué tiene que ver?
-¿No lo ves, Marat? Maragaglio se desquita: Katarina está enferma y muy lejos, ni siquiera la puede visitar y ella en lugar de postrarse en cama y quejarse, encontró diversión y compañía sin mover un dedo. Marine que no es nada brillante también lo hizo enfadar y entre esa mujer y Katarina ¿a quién crees que eligió para descargarse? Maragaglio iba a asistir a la boda de Marine para arruinarla pero como ella quiere pedirle perdón, le dio paso a un plan más perfecto.
-¿Echarla a perder por un sobre? Fue grave pero no es para hacer eso.
-¡Despierta, Marat! Marine era su amante.
-¿Cómo sabes? - exclamaron Carlota y el mismo Marat al unísono.
-Cuando Katy se acueste con el gondolero idiota en unas horas, cualquiera aquí va a agradecer que Maragaglio se vaya en contra de esa mujer que no conocemos. Marine también le mandó la información familiar a Susanna Leoncavallo.
Carlota se llevó una mano a la cara en lamento y con la sensación de que había recibido mucha información.
-No sé si contarle a mi padre de esto.
-¿Deberíamos irnos?
-Marat ¿quieres una malteada de fresa en la barra?
-Tu familia italiana es más extrema que todos los Liukin juntos.
-Un asaltante me dio un batazo y me dejó en coma.
-Pero nadie se está vengando.
La chica Liukin no comprendía a qué se refería el joven Safin con eso y regresaron con Judy, abandonando el baúl que habían querido cuidar al inicio. La incomodidad era mucha.
-¿Qué les dijo Cumber que traen mala cara? - curioseó Katrina.
-Sus idioteces de querer ver desnuda a la modelo del tío Enzo - contestó Marat mientras pensaba que los Leoncavallo daban miedo. Acto seguido reparó en Maurizio, que también se llenaba de ira al escuchar cómo su hermana se relacionaba con su compañero en el hospital. Así aprendió que lo ocurrido con Katarina Leoncavallo y sus miradas lujuriosas en la pista de hielo de Bércy lo habían expuesto a padecer los celos por los que un Leoncavallo era capaz de desconocer los límites. Por algo se iba enterando de que al gondolero y a Katarina se les había prohibido acercarse por años.
La calefacción en La Belle Époque era agradable y se volvió posible para muchos el despojarse un momento de las chaquetas y los abrigos. Maragaglio permanecía ajeno a ese momentáneo alivio, con la mirada y risa de Katrina fijas en él.
-Me alegra estar aquí - comentó la joven.
-¿Por qué? - respondió Judy al tomar asiento detrás de la barra.
-Maragaglio es todo un espectáculo.
-Eso sí.
-Se le pasará el enojo, no es que a Katarina le importe mucho lo que piensen de ella ahora que está enferma.
-¿Tú qué sabes?
-Los Leoncavallo siempre ahuyentan al tal Marco. Maragaglio me dijo que a su prima le gusta el muchacho pero no le dan permiso de verlo.
-¿Por?
-Al hermanito y a los papás no les agrada desde que Marco les reclamó por tratar mal a Katarina hace como mil años.
-¿Mal?
-Toda la familia es cretina con la "niña". Ese día la estaban regañando por ordenar helado en un restaurante.
-Katarina odia el helado, me lo dijo Carlota.
-Tu primita tiene prohibidas dos cosas: Marco y comer. Adivina quién se aseguró de que pudiera terminarse su postre ese día.
-¿Por qué ella no tomaría una comida? Es deportista.
-Maurizio le vigila la dieta desde chiquita. En su cumpleaños no la deja comer más que una cucharada de pastel, los papás le sirven poco y tuvo un abuelo que la tenía a dieta de agua y salsa de tomate para que no "engordara".
-Ella habría muerto.
-Maragaglio se enteró de que Katarina se dio un banquete en Nueva York y Maurizio le gritó muy enojado por hacer eso.
-¿A qué hora?
-Eso no lo sé. Lo que sí es que a tu primita la obligan a repetir que el helado le da asco y ya casi se lo cree.
Carlota Liukin no sabía si irse, pero su repentina palidez llamó la atención de Marat.
-¿Estás bien? - pronunció él, asegurándose de que nadie más lo oyera.
-Sí.
-¿Por qué te pones así?
-Es que no entiendo ¿Recuerdas que te conté lo que le pasó a Jyri Cassavettes estando con Katarina?
-Que se quemó.
-Te dije que Katy huyó a una gelateria pero Maurizio estaba seguro de que a ella no le gustan esas cosas.
-Te respondí que era sospechoso.
-Maragaglio es quien la conoce mejor y si dice que ella sí come gelati, entonces debe ser cierto.
-¿Tú qué crees?
-¿Y si Katarina le ha ocultado a su hermano que ha comprado gelati siempre?
-¿Qué quieres decir?
-Que ella no puede evitar el munchies cuando hace cosas horribles o se siente mal.
-¿Estás segura?
-Cuando me amenazó en la competencia de Murano, robó un galletón que Yuko había comprado y no le digas a nadie pero oí que Katarina se abalanza sobre la comida en el hospital.
-¿Qué?
-He escuchado rumores pero Sasha Cohen dice que Katarina no paraba de devorar lo que encontraba en Nueva York. Maurizio se enteró de la pizza y de los hot dogs pero dicen que comió tacos y chocolates, bebió muchísima soda y se emborrachó antes de tomar el vuelo para venir acá.
-¿Cuál es el punto?
-Que Katarina confesó que mató a Jyri cuando corrió por gelato.
-Estás bromeando.
-Es que creo que lo hizo.
-¿No te parece grave que su familia la controle con los alimentos?
-Marat...
-Eso se puede comprobar; lo de Jyri bien sabes que no.
Carlota sintió que estaba siendo reprendida por su perspicacia, razón que la hizo sorber su malteada apenas la tuvo enfrente.
Maragaglio terminó su llamada al hospital en Venecia y luego de intercambiar un par de palabras distantes con su tío Enzo, se aproximó a Katrina con frustración. Un trago de absenta le esperaba y lo bebió de golpe.
-¿Enojado, cariño?
-Ponte el vestido amarillo de satín con el cinturón que te compré. Necesito que te veas sensual y parezca que puedo quitarte la ropa muy rápido.
-Maragaglio, sabes que no haré eso.
-¿Quieres que Marine te vea en pijama?
-Me pediste cooperar, no disfrazarme.
-¿Crees que la vas a convencer de que eres Katarina con esa ropa?
-No sé que intentas pero no me interesa, corazón.
-¡No estás aquí para hacer tu voluntad, Katrina!
-¡Vete al diablo!
-Necesito que Marine sienta celos de ti.
-¡No va a pasar!
-¡Te confundió con Katarina, ayúdame!
-¿Qué quieres hacer? Tranquilízate.
-Por favor.
-Esto es malo.
-Te necesito ahora.
Maragaglio se veía confuso y Katrina optó por seguirle la corriente luego de recibir un beso. Cumber y Judy esperaron a que él saliera del local para al fin hablarse.
-Ese hombre es una vergüenza.
-Señora, ¿todavía quiere que me encargue de él?
-Cumber ¿Sabes controlar a tipos como ese?
-Trankov no me ha enseñado tanto.
-No quiero saber en qué va a terminar.
-Igual lo verá porque Maragaglio no es el único con ganas de destrozos ¿Usted piensa que Maurizio Leoncavallo está reaccionando muy bien a lo de su hermanita?
-No.
-Quien sabe qué les habrá hecho ese gondolier pero si a Katarina la vigilaban para que no fuera su amiga...
-Los Leoncavallo son unos enfermos, Cumber.
-Ese tal Marco ha de ser importante.
-¿Dijiste "gondolier"?
-Es lo correcto ¿no?
El ambiente pesado hacía que cualquier persona se abstuviera de marchar únicamente por curiosidad. Enzo Leoncavallo acomodaba vestidos diversos alrededor suyo y algunas personas preguntaban por ellos. Al ser prendas de muestra, algunas telas traían marcas de pisotones o roturas en las faldas; incluso un corpiño con pedrería tenía una quemadura.
-Hoy tuve una sesión de fotos desastrosa en una televisora y apenas me devolvieron un vestido que a Marine le quedará maravilloso. También tengo pensado un estilo princesa con un corpiño de transparencias y joyería con falda enorme y otro princesa de tul brillante y detalles de satín - comentaba el hombre a quien quisiera escuchar; incluso podía atender a una improvisada clienta interesada en un vestido liso con encaje a los costados y escote en la espalda. A Carlota Liukin le era inevitable observar.
Al mismo tiempo, en la calle, Maragaglio esperaba por Marine Lorraine. Lo hacía sin cigarrillos, con el celular apagado, un buen abrigo y el rostro bajo. La mujer iba tarde pero la razón era que no se atrevía a entrar al bistro y desde el otro lado de la banqueta miraba que tan lleno estaba el lugar.
-No te preocupes, yo cruzaré - declaró Maragaglio al reconocerla y se le aproximó con las manos en los bolsillos, adivinando que ella quería huir. Parecía que volvería a nevar y Marine traía un gorro gris en el que se depositaban unos tímidos copos.
-¡Qué hermosa te ves! - saludó él.
-¿Qué dijiste?
-Perdona, es que hace tanto que... Siempre has sido linda.
-Maragaglio, yo no debo estar aquí.
-No te vayas.
-Se que estás molesto.
-No lo estoy.
-Trankov te dijo que estuve entregando un sobre aquí ¿Cierto?
-Marine, no te preocupes.
-Supe que reaccionaste mal.
Maragaglio miró a la mujer directamente a los ojos.
-Enfurecí - admitió él.
-¡Lo siento tanto!
-No era manera de enterarme.
-Yo me arrepiento mucho.
-Hablé con mi esposa. No te preocupes, todo está bien.
-Ay, yo... Maragaglio, no quise lastimarte.
-No lo hiciste.
-¡Claro que sí! Incluso cuando te llamé estabas enojado y gritabas.
-Es que he pasado muchos días tratando de no buscarte.
Marine se desconcertó un poco.
,
-Es que... Desde que Katarina y yo estamos juntos, me he dado cuenta de que no funcionamos.
-Maragaglio ¿Tienes una relación con tu prima?
-Te confesé que estaba enamorado de ella y ahora no sé cómo terminar.
-Empeoré todo ¿verdad?
-Lo que hiciste no fue correcto.
-Perdona si compliqué las cosas.
-No era manera de enterarme.
-¡En serio, lo siento!
-Pero no habríamos vuelto a vernos.
-He sido una loca todo este tiempo.
-Yo he sido malo contigo por cuatro años.
-Maragaglio...
-No podía aceptar que te extrañaba y que separarnos fue un error.
-¿Qué dijiste?
-Te vas a casar y yo quiero ofrecerte la disculpa que te mereces.
-¿De qué hablas?
-Con Katarina soy muy infeliz y Susanna me hace sentir atrapado. Estoy pagando lo que te hice, Marine.
Maragaglio bajó la mirada de forma tal, que por un momento su rostro quedó a la altura del de Marine.
-Teníamos algo especial ¿No crees? - continuó él.
-Lo terminaste.
-Me has hecho falta.
-Ni siquiera hablas conmigo.
-Mujer, yo no quería verte más.
-¿Qué me dices entonces?
-Déjame pedirte perdón.
-No debo creerte.
-Tienes todo el derecho.
-La última vez que te llamé estabas enojado.
-Tuve un tiroteo esa noche... Marine, esto es difícil. Mírate, eres tan linda y yo he empezado a envejecer.
Maragaglio reflejaba una gran angustia.
-¡Te vas a casar! - exclamó para cambiar de tema.
-En unos días.
-¿Quién es el afortunado, Marine?
-Se llama Laurent.
-¿A qué se dedica?
-Es especialista en finanzas.
-¿Trabaja en un banco?
-Corredor de bolsa.
-¿Crees que me ayude en unas inversiones? El dinero nunca está de más.
-Dicen que va y viene pero no lo creo.
-Exactamente... Bueno, Marine, nunca te faltarán recursos.
-Espero que así sea.
-¿Cómo lo conociste?
-En una regata en el Quai de Seychelles ¿Te acuerdas?
-Es un lugar precioso.
-Mi padre y yo fuimos a ver la competencia y Laurent se presentó solo.
-¿Albert Damon tuvo tiempo de estar contigo?
-Mi papá ha estado de gira por tres años así que aprovecho cuando está en casa.
-Me invitó a su banda.
-Maragaglio, nunca entendí por qué no aceptaste.
-Aun podría hacerlo si vinieras conmigo.
Marine y Maragaglio se miraron a los ojos.
-No lo haría.
-¿Por qué no?
-¿Qué hay de Susanna y de tus hijos?
-Llevo a mis hijos y con ella podría arreglarme.
-Nunca la dejarás.
-Estuve a punto una vez.
-Pero te enamoraste de Katarina.
Él no replicó a aquel lamento y optó por tomar los dedos de la mujer delicadamente, con cierta expresión de agrado en sus gestos.
-Espero que te guste mi sorpresa, Marine.
-Alcanzo a ver de qué se trata.
-Te verás más hermosa.
-No podría aceptar tu regalo.
-Es tu boda.
-Tengo un vestido.
-No de mi tía Pnina.
-Mi mamá y yo compramos uno con nuestros ahorros.
-Estoy seguro de que no estás convencida de utilizarlo.
Marine movió su cabeza hacia el lado izquierdo, aceptando que Maragaglio decía la verdad.
-Vamos, puedes elegir lo que quieras.
-No me hagas obsequios.
-Es mi forma de hacer las pases.
-No.
-Nos estamos diciendo adiós.
La mujer no adivinó qué palabras eran las acertadas para resistirse y evadir un abrazo, así que él la estrechó fuertemente, haciéndola sucumbir a la sensación afectuosa de antaño, cuando los dos se querían.
-Marine, ahí viene tu padre - susurró Maragaglio.
-¿Qué?
-Tu papá nos está viendo.
Ella se confundió al contemplar a Albert Damon acercarse y temió por un momento que le preguntara por la ausencia de la pañoleta roja que debía estar luciendo.
-¡Señor Albert! Qué gusto me da verlo de nuevo - dijo Maragaglio al extender su mano.
-¡Qué sorpresa tan agradable! Creí que nos veríamos dentro del bistro.
-Quería ponerme al corriente con Marine por lo de su boda.
-¿No le ha invitado?
-El servicio de correos me entregó un sobre estropeado.
-No importa, Maragaglio, usted es bienvenido y espero verlo ahí. Marine y la familia siempre le hemos estimado.
-Muchas gracias.
-¿Les parece si vamos por algo caliente? Hace mucho frío.
-Por aquí, por favor.
Maragaglio caminó detrás, enterándose involuntariamente que el señor Damon había ido a París por insistencia de su propia esposa, quien desconfiaba mucho de lo que su hija hacía en un viaje exprés. El destino original de Marine era Venecia, pero al iniciar la cuarentena imprevistamente, había cambiado el rumbo.
-Tu madre se preocupó mucho, dijo que te habías ido con tus amigas del concurso de belleza y no avisaste antes.
-Es que ellas me invitaron.
-¿A qué?
-Iremos a un spa mañana y hemos estado de compras.
-¿No te falta dinero?
-No, papá.
-Di un concierto anoche en un club, creí que estarías ahí.
-Lo siento, fui a otro lado.
-Está bien, Marine. De todas formas me alegra verte.
Albert no parecía molesto ni alarmado y atravesó la puerta de La Belle Époque frotándose los brazos. Su cabello rizado hasta los hombros, jeans acampanados, chaqueta de cuero y una camisa de color cyan con estampado de flores blancas y rosas delataban que era un cantante legendario, al mismo tiempo que Carlota Liukin lo reconocía sin recordar que era amigo de sus padres.
-¡Vaya que has crecido Carlota! La última vez que te vi eras muy bajita y te peinabas con trenzas ¿Tu padre está bien? - saludaba Albert con una gran sonrisa
-Está en Venecia - respondió ella
-Tu abuelo me había hablado de su mudanza.
-¿Goran Jr.?
-Vamos a tocar mañana en un café de La Bastille ¿vendrás?
-Tomo un vuelo a Helsinki.
-Qué pena, te habría invitado a cantar... Te dejo, mi hija y yo tenemos una cita. Más tarde te presento a Marine.
Marat Safin abrió más los ojos.
-Deberíamos ir a otro lado ¿verdad? - señaló Carlota cuando Albert Damon estrechó la mano de Enzo Leoncavallo.
-Claro ¿Quieres ver una película? Podemos comer palomitas de microondas - contestó el joven Safin, pero al girar ambos, se toparon de frente con Maragaglio.
-¿A dónde van? - curioseó este último y les ordenó permanecer en su sitio para luego observar con una gran sonrisa a la linda Katrina caminando hacia él.
-¡El vestido está bonito, corazón! - gritó la chica y como él lo pedía, ella le apretó con fuerza, casi colgándose. Un beso impulsivo sirvió para que Marine dejara de sonreír.
-Nos vemos más tarde, voy a estar con unos amigos - anunciaba Maragaglio.
-¡No te tardes mucho, cariño!
-Claro que no, Katy.
-¡Ay, abrázame más!
-Gracias, Katrina, juro que voy a compensarte por esto - dijo él en voz baja.
-¿Te han dicho que eres una rata?
-¿Quieres que te muerda esta noche?
Katrina se separó con una sonrisa reprochante y Maragaglio se dirigió hacia su tío Enzo, quien ocultaba el baúl de la vista de Marine. Aquel movimiento llamó la atención de Carlota Liukin.
-¿Estamos listos, tío?
-Maragaglio ¿Estás seguro de lo que haces?
-Marine siempre ha querido usar vestidos de Pnina.
-De acuerdo, le mostraré.
Enzo Leoncavallo se aproximó a la mujer con cierta vacilación.
-Señorita, estos son los vestidos de muestra que pude traer de la boutique de Milán. Hay estilos princesa, corte A, de sirena, de Hollywood y también hay de fantasía ¿Cuál es la temática de la boda?
-Es usted muy directo, Enzo ¿No va a decirme "hola"?
-¡Ay, Marine! ¡Es que ha pasado tanto tiempo!
-Está bien, me da gusto verlo.
-Excelente... Mira por aquí, los encajes fueron traídos de Líbano
Marine Lorraine contemplaba cada muestra con una creciente sonrisa y su padre se animaba a buscar con ella, iniciando las sugerencias.
-Tengo entendido que Marine tiene su atuendo nupcial - siguió Enzo.
-Ah, es uno de encaje y un listón en el pecho; no es ajustado - declaró ella.
-¿En dónde te casarás?
-En la playa.
-¿Llevarás mangas?
-Cortas.
-¿Cómo quieres vestir en realidad?
-¡Me gustaría un vestido más a la moda! Tal vez con ajuste y nada de encaje.
-¿Quieres más glamour? Un corte con corsé como este podría ser un buen comienzo, Pnina diseñó este vestido con escote de corazón, bordados con hilo de oro y motivos de sirena con falda de tul ¿Gustas probártelo?
-¡Me encantaría!
-Tengo un vestidor portátil, no te preocupes.
Albert Damon sonreía mientras trataba de elegir algún modelo más tradicional y se topaba con uno de mangas largas, carente de escote y con una falda grande color champagne.
-Maragaglio ¿Tenemos algún presupuesto? - preguntó Enzo discretamente cuando tuvo la posibilidad.
-¿Aceptas las tarjetas black del Gobierno Mundial?
Todas son bienvenidas ¿Estás seguro?
-Es Marine, su familia siempre me trató bien.
Cuando la mujer salió del probador, muchos presentes sonrieron al instante. Albert Damon observó a su hija impresionado.
-¿Qué te parece? - consultó el señor Leoncavallo al colocarla frente a un gran espejo y un pequeño podio.
-¡Me gusta mucho! Me siento como novia por fin - dijo Marine.
-¿Qué te agrada más?
-La cintura me queda muy bien y la falda podría verse hermosa con el viento.
-¿Qué te gustaría ajustar?
-Nada, es casi perfecto.
-¿Qué le falta?
-Creo que necesita algo en la espalda pero me gustó mucho.
-Ahora sabremos que piensa papá. Señor Albert ¿qué opina?
Hubo un silencio expectante.
-Yo creo que es un vestido un poco atrevido. No me malinterpretes, Marine, luces muy hermosa pero prefiero el vestido que compraste con tu madre con las flores porque te ves tierna y con este no creo que luzcas como eres tú. Preferiría que cubrieras tus brazos, que te vieras natural.
Las palabras de Albert Damon sorprendieron a más de una chica, pero no a más de un hombre. El sentido paternal y protector se hacía presente y Maragaglio optaba por no intervenir en la conversación.
Ella contempló a su padre con muda obediencia y regresó al vestidor.
-¿Qué fue eso? - preguntó Carlota en su lugar.
-A ningún padre le gusta la ropa ajustada - saludó Goran Liukin Jr.
-¿Y tú estás aquí por qué?
-Soy metiche.
La joven Liukin sostuvo su malteada y se desconcertó de la velocidad con la que Marine exhibía el segundo vestido de la noche. Una gran expresión de alegría aparecía en el rostro de Damon.
-No me había fijado en los botones de las mangas ¡Así estás más bonita, Marine!
-No me gusta, papá.
-Pero estás preciosa.
-La falda en muy grande y estoy incómoda porque la parte de arriba me cubre el cuello.
"Estamos en el siglo XIX" comentó Cumber burlón mientras atendía a unos comensales y eso sonrojó a la novia.
-Parece un disfraz - se quejó ella.
-Pero eres una princesa.
-Papá, no puedo caminar con esas crinolinas tan pesadas.
-Es adecuado para la iglesia y todos voltearán a verte sin morbo.
-Ni a las muñecas las visten así.
-Marine, se trata de que todos noten que eres una mujer con muchos valores familiares.
-No me gusta.
-Pero te ves linda.
-¿Puedo intentar con otro?
-Buscaré alguno.
Marine tuvo que recibir ayuda para regresar al vestidor y luego de colocarse una bata de satín, fue donde Enzo Leoncavallo.
-¿Deseas continuar?
-Sí, señor Enzo.
-Platícame más sobre tu ajuar.
-Es de encaje, es recto y el listón es blanco... ¿Se acuerda de la esposa de Maragaglio cuando usa vestido?
-Oh, no ¿Parece hippie?
-Mi mamá lo eligió y papá estuvo de acuerdo.
-Pero es tu boda, te mereces cumplir el sueño del vestido.
-Hay uno que me llama la atención y es el de tirantes spaghetti de pedrería y el escote de satín en forma de corazón.
-¡Yo diseñé ese! Te lo llevo enseguida.
Marine volvió a sonreír y esperó en una silla mientras Enzo buscaba la prenda solicitada con dedicación. Maragaglio al mismo tiempo se animaba a convencer a Albert Damon de permitir que su hija le diera una oportunidad a un par de vestidos strapless que le gustarían y que la harían parecer una glamurosa novia.
-Marine, te elegimos este - habló Cumber al aprovechar la distracción.
-¿Tú quién eres?
-Amigo del público ¿Te gustan los moños?
La mujer carcajeó un momento pero creyó que la intención era buena y no perdía tiempo si se daba la oportunidad de hacerle caso a los extraños. Un vestido blanco siempre ocasiona la curiosidad.
La diversión retornaba a "La Belle Époque" cuando la linda Katrina quiso sorprender a todos probándose un vestido Pnina y hacer escándalo con él. Su risa y su comportamiento excesivos provocaron que Maragaglio no contuviera la tentación de acercarse.
-¡Mira, corazón! Me queda como guante ¿Ya viste el moñote y el listón de la espalda?
-Estás sexy.
-Maragaglio, tú sólo piensas en jugar en la cama.
-Enzo nos va a regañar.
-Es que vi esto colgado y se ve tan bonito ¡Mira mi trasero, se ajusta!
-Me doy cuenta perfectamente... ¿Por qué ese listón atraviesa tu espalda?
-¿Estás reclamando?
Katrina le dio un beso juguetón a su contento amante y se escuchó a Marine decir que la búsqueda de atuendos nupciales debía parar en ese momento. El escote profundo en v, los tirantes, la falda trompeta, la falta de brillo y un gran moño confirmaban que era la elección perfecta. Albert Damon quiso cubrir a su hija enseguida pero no era capaz de negar que estaba hermosa.
-Me llevaré este vestido ¡Me encanta! El listón de la espalda es muy original, papá.
-Estás muy destapada, Marine.
-Seguramente pueden agregarle un poco de tela para que haga una ilusión.
-¿Lo quieres?
-Es mi boda, papá ¡Se trata de que sea feliz!
El contraste de la piel canela de Marine y el color blanco era impresionante y cuando Albert cedió para que Enzo supiera de alguna modificación, la cuasi multitud quedó muda. Carlota Liukin estaba boquiabierta y Cumber hacía lo posible por ocultarse detrás de Judy Becaud.
-Ay, lo siento; tomé este vestido porque quería que Maragaglio me viera pero me lo quitaré de una vez ... Perdón, en serio. Marine, te ves increíble - admitió Katrina y corrió a cambiarse de ropa, no sin antes besar la mejilla de su amante. Albert Damon tomó a su hija por los hombros y le aconsejó tratar de encontrar un estilo que pudiera quedarle bien.
-¿Podríamos probarle otro vestido de princesa? - Pidió Albert a Enzo Leoncavallo y ambos retomaron la labor de seleccionar modelos que aparentaban favorecer a la novia.
-¿Katrina y Marine traían puesto el mismo vestido y me lo perdí? - preguntó Goran Liukin Jr. desde su lugar.
-¡No vas a fingir que no viste! - reclamó Carlota.
-Por el bien de mi amistad con Albert, voy a negarlo todo... ¿A quien se le veía mejor?
-¡Oye, eso es horrible! Pero Katrina gana.
-Nunca hablaré de esto entonces.
Marat parecía relajado pese a todo e inocentemente quiso saber por qué existía un drama por una prenda que nadie se iba a poner en otra ocasión.
-¡Es obvio! ¡Una chica no elige un atuendo bonito para que llegue otra y la opaque!
-Katrina no se va a casar.
-¡Pero Marine sabe que no se ve más linda! Por eso debe cambiar.
-No tiene caso.
-¡Ay, Marat! ¡Tienes la sensibilidad de una galleta rancia!
-¿Qué?
Marine sentía que todo el mundo lo observaba y la cara se le ponía roja. Maragaglio sin embargo, continuó con su plan y se acercó para ofrecerle disculpas.
-¿Estás bien?
-¿Katarina se quiere casar?
-Marine, no pienses en eso.
-¿Por eso no terminas con ella?
-Katy desea muchas cosas, ahora está en una fase.
-Se probó un vestido de novia.
-Es un capricho, yo no le he insinuado nada.
-Ella fue muy directa.
-No me puedo divorciar.
-¿Se lo has dicho?
-Hasta el cansancio.
-Nunca cambiarás.
-Casi lo hago por ti.
-No pasó.
Maragaglio posó sus dedos en la mejilla de aquella mujer y le besó la nariz.
-Vamos a buscarte algo hermoso ¿Quieres mariposas?
-¿Irás a la boda?
-Será difícil ir a Tell no Tales sin compañía
-Entonces no.
-Lucirás preciosa.
La docilidad de Marine podía ser asombrosa para quien la miraba a escasos metros sin pretender criticarla. Apenas Maragaglio descolgó un vestido, ella corrió a probárselo sin reparar en cosas que con su padre era capaz de hablar. El resto de los comensales sólo quería seguir con la pasarela luego de recibir una dosis de habladuría incómoda.
-Wow... Con respeto, qué hermosa es su hija, señor Damon - admitió Enzo Leoncavallo minutos después al mirar a Marine con un vestido de falda de tul con aplicaciones de mariposas y flores en un corsé de escote corazón. Ella se había peinado con un lindo chongo de lado.
-No tiene tirantes, no lo aprobará tu madre - señaló Albert al ver a su "pequeña" delante del espejo.
-Tiene capas doradas, papá.
-¿Puedes caminar?
-¿Te agrada este, verdad?
-Es el mejor.
-Me da una idea de qué quiero en realidad.
-¿No vas a llevártelo?
-Vi un vestido original junto al primero que me probé; ese tal vez funcione.
-¿Cuál?
-¡El que parece de plástico!
-¿Qué?
Enzo Leoncavallo sonrió y se apresuró a mostrar la prenda deseada. Aquel estilo era una novedad y Marine insistió en intentarlo así que su padre accedió.
-Mínimo es otro corte de princesa - pronunció Albert Damon al ponerse junto a Maragaglio para conversar con él. Cumber únicamente intervino para servir café y se alejó con el rostro sonrojado.
-Marine no se pondrá nada ajustado.
-Maragaglio ¿Cómo ha estado?
-¿Yo? Ocupado.
-¿Qué tal la familia?
-Susanna se quedó en Venecia cuidando a los niños y no los veré en unas semanas... ¿Cómo le va con sus hijas, Albert?
-No he podido quedarme en casa este año ¿Le han dicho que he dado muchos conciertos? Me tomaré un descanso para la boda de Marine y luego retomaré el tour.
-Me alegra saber que le está yendo bien.
-Volví a sonar en la radio aquí en Europa ¿No le parece un milagro?
-Supe que quiere darme un lugar en su banda.
-Necesito un nuevo guitarrista.
-No he practicado.
-Me alegré cuando supe que lo vería de nuevo, Maragaglio.
-Alguien me hizo saber que no faltaría a esta cita.
-Gracias por no permitir que Marine siguiera con esa idea de ser agente del Gobierno Mundial.
-Albert, yo no iba a arriesgarla después de sus exámenes de aptitudes. Un agente debe madurar tan pronto llega a la capacitación y ella no estaba lista.
-Ahora trabaja en un banco.
-Siempre le dije que su talento está en los números.
-¿Qué hay de usted y su don con la voz?
-Es una lástima que no pueda seguirlo en su gira.
-Después del casamiento dudo mucho que mi propuesta quede en pie.
Maragaglio sonrió apenas y miró al piso, tratando de evitar pensamientos y palabras que le distrajeran de su meta con Marine, misma que no paraba de contemplarlo cuando se decidió a exhibir sus atavíos de fiesta.
-Ahí está, ese es un estilo de la reciente colección de mi esposa Pnina. El acabado plástico se lo dan un satín tornasolado y el tul de efecto gliter. Tenemos un moño frontal y otro por detrás, ambos a la cintura, hechos de charol como los pliegues del escote ¿Cómo te sientes, Marine? - describía Enzo Leoncavallo.
-No es el vestido que imaginé que sería, lo siento.
-No te angusties.
-Es que en el desfile me llamó la atención.
-¿Aún quieres probarte el de tirantes de pedrería?
Marine afirmó con la cabeza, aunque no paraba de sentirse bonita con lo que que llevaba puesto. Maragaglio sabía que el resto de los vestidos mostraban transparencias y encajes que a ella no le gustarían e improvisando, el hombre recordó muy pronto el baúl que Enzo cuidaba y en voz alta preguntó por él. Los presentes volcaron su atención al rincón en donde se pretendía ocultar aquel tesoro.
-Ahí no hay nada relevante.
-Yo creo que sí.
-Maragaglio ¿Pretendes que me asesinen llegando a Milán?
-¿Son los vestidos que Pnina esconde, tío Enzo?
-Son los de Lendel y me van a matar si los muestro.
-¿Lendel va a sacar una colección y está en el baúl? - gritó Carlota e incluso Marine volteó hacia Enzo Leoncavallo con alegre interrogante.
Si el interés del público ya era grande, con esa falta de discreción lo era más.
-¡No voy a exhibir vestidos Lendel antes de su sesión de fotos oficial! ¡No me rueguen! - exclamó Enzo luego de actuar con falso arrepentimiento por ser un bocafloja. Entonces Albert Damon comprendió que podía revelar cualquier secreto y que estaba frente a una estrategia de ventas, así que abrió aquella caja de Pandora.
-Marine, de aquí se puede escoger algo que te guste y que haga feliz a tu madre - sonrió y enseguida sacó un vestido de escote cruzado y botones en forma de moñitos en la espalda. Enzo parecía complacido así que añadió:
-Hay otro casi igual con sobrefalda y tenemos uno ajustado con mangas transparentes. El estilo de fiesta de la próxima temporada trae patrones de pedrería, telas neutras y botones de fantasía a lo largo de cada vestido de gala.
-Son preciosos - admitió Marine.
-Hay de sirena color durazno de espalda baja y aplicaciones.
-¡Me gustaría un corsé con brillos!
-Entonces tengo el modelo perfecto para ti.
Enzo comenzó a colgar cada prenda en el exhibidor y tanto Marine como su padre volvían a conversar sobre qué elegir mientras Carlota Liukin se aproximaba para saciar su asombro de modas.
-Mira, Marat ¡Hay glitter! - se entusiasmaba ella y se impactaba de la calidad de la tela y el bordado en más de un modelo. Las etiquetas decían "Fabrique en France" y se podía notar la manufactura minuciosa.
-Katarina diseña bien - murmuró Enzo Leoncavallo cuando Carlota quiso ayudarle.
-¿Katy?... ¿Katarina es Lendel?
-No lo digas en voz alta o me arruinarás el trato.
-¿En qué momento?
-Esa niña ha pasado más tiempo en el taller de costura de Pnina que yo.
-¿Cuándo lo hace? Creí que vivía para patinar.
-Esto ha financiado sus cuchillas y entrenamientos; Maragaglio la llevaba al taller cuando no podía cuidarla o el abuelo la castigaba... ¿Qué te parece este vestido? Es un texturizado de perlas con falda de tul de acabado glitter dorado, tirantes también de tul y mira el cierre transparente.
-¿Perlas?
-Es una innovación de Katarina; las perlas están al interior del razo y se recubre de un acabado tornasol. En el taller se usó una técnica a presión para eso ¿Qué piensas, Carlota?
-Parecen... Nadie podrá ver las perlas.
-Es que algunas son reales y se pretende que sólo la novia lo sepa.
-¿Qué?
-La nueva colección pertenece a la línea de lujo de la boutique de Pnina. Tenemos muestras de repuesto, estamos fijando parámetros para que los vestidos se puedan ordenar con anticipación apropiada y Katarina seleccionó materiales de costo razonable en un catálogo de Uzbekistán.
-¿Por qué va a ser tan caro?
-Pnina y yo decidimos trasladar la producción artesanal a París y cuando la línea recupere la inversión con algunas ganancias, podremos recurrir a la fabricación que acostumbramos en Milán con aplicaciones de perlas normales.
-No entendí lo último.
-Estoy seguro de que aprenderás pronto ¿Crees que este vestido le guste a Marine?
-¡Es tan precioso!
-Vamos a ver cómo reacciona.
Marine revisaba un gran vestido blanco con botones azules al que su padre pretendía agregar un bolero, cuando el resplandor dorado de la prenda escogida por Enzo Leoncavallo la hizo interesarse enseguida y dejar todo por ir al probador.
Cuando una novia comienza a conmoverse, la señal de que encontró el vestido indicado es clara. Al comprobar que los tirantes debían sujetarse para tener moños en los hombros, que el corsé estaba a su medida y la textura granulada era relajante, Marine Lorraine supo que su madre tendría que aceptar su decisión de descartar el vestido tierno. Ella tenía el aspecto de una princesa sirena.
-¡Papá! ¡Es este! - se emocionó al cerrar la puerta del vestidor y abrazó a Albert Damon con fuerza.
-Convenceremos a la familia para que lo uses.
-¡Te lo agradezco, papá!
-Tu boda es real, yo no estoy listo para entregarte en el altar.
-¿Estás llorando?
-Creciste demasiado rápido.
Maragaglio no se atrevió a acercarse pero Goran Liukin Jr. a él sí y le tomó del hombro para cruzar palabra.
-No sé a qué juegas pero eres un imbécil si crees que Albert y yo no sabemos lo que pasó entre su hija y tú.
-Trabajamos en Intelligenza y fue un fracaso.
-Me cansé de prometerle a Albert que no tocaste a Marine.
-Sólo me despido de ella.
-¿Después de saber de mí?... No me mires así.
-No te metas.
-También deberías ser más cuidadoso de tus fetiches. Ni siquiera una prostituta tiene la paciencia para usurpar a Katarina todo el día. Lo del vestido fue cruel.
-No lo planeé.
-Apuesto que tu chica se sintió mal.
-¿Por qué me diriges la palabra?
-Porque no se debe repetir la misma broma dos veces y menos si involucra al único amigo que conservo.
-¿Te preocupa alguien?
-Maragaglio, desiste.
-Vete.
-No te sentirás mejor.
-¿A estas alturas me das consejos, "papá"?
-Albert todavía cree en ti. Confírmale que eres un cobarde y perderás la última oportunidad de empuñar tu guitarra.
-¿Perdón?
-Aun te importa el sueño que perdiste, idiota.
Como niño pequeño, Maragaglio recibió un golpe en la nuca y Goran dio la media vuelta para dedicarse a aguardar por Albert Damon en la puerta. En ese instante, Katrina fue quien tomó el turno para decir algo, consciente de que casi todos tenían los ojos puestos sobre cada persona que rodeaba a la sonriente Marine.
-¿Vas a seguir vengándote o por fin puedo ir a descansar, cariño?
-Como gustes.
-No voy a soportar tu mal genio esta noche.
-¿Dormirás afuera?
-Tú eres el que se va al sillón.
-¿Me echarás de mi hospedaje?
-No habrá sexo hasta que te disculpes por ser un cretino.
-Espera ¿qué?
-¡Estoy en huelga!
-¿Te volviste loca?
-¡Lo del vestido me dio pena y tu estúpido plan contra Marine me tiene harta desde que inició!
-Estás bajo un contrato.
-Hoy conmigo no duermes.
-¿Qué hay de nuestros planes hoy?
-¡Mastúrbate!
Goran Liukin Jr. se cruzó de brazos desde su lugar y Cumber y Judy se aguantaban la risa en la barra, así que Maragaglio se sonrojó ligeramente. Pero no contaba con Marine, quien por andar distraída, no reparaba en la realidad.
-Katarina se molestó bastante.
-Mujer, no pongas atención en otra cosa que no sea tu vestido.
-Lamento hacerlos discutir.
-No es tu culpa.
-Debe sentirse un poco celosa.
-Te ves hermosa.
-Maragaglio... Ah, gracias.
-Entonces ¿ese es el elegido?
-Brilla mucho.
-Tu novio es afortunado.
-¿Irás o cancelo tu lugar?
-No me perderé tu boda.
-¡Gracias!
-Aun te amo.
Las confesiones nunca fueron la especialidad de Maragaglio y Marine le miró detenidamente, buscando ese gesto de honestidad que conocía bien. Él le besó la mejilla y rozó apenas sus labios.
-Regresa con tu padre.
-Maragaglio, han pasado cuatro años.
-Por eso debemos dejar todo como está. Cásate y sé feliz.
Maragaglio abrazó a la mujer y luego le extendió la mano a Albert Damon con la certeza de que notaba el coqueteo y por prudencia, no alzaba la voz ni reclamaba.
-Bueno, yo no sería inoportuno pero Marine no me ha dicho si se lleva este vestido y cuánto tiempo tengo para hacerle modificaciones - recordó Enzo Leoncavallo así que ella abandonó el ensueño y anunció que el casamiento sería en en quince días.
-Tal como temí, no hay tiempo para hacer mucho y tendremos que vender esta muestra, Lendel va a matarme. Marine ¿Hay algún detalle que no te guste?
-Necesito más brillo en los tirantes y es todo.
-Se corrige fácilmente. En diez días lo tendrías en tu casa ¿Es envío internacional?
A partir de ese instante, Maragaglio se haría cargo e incluso se ofrecía a llevar el vestido personalmente para evitar algún cobro adicional o que durante el traslado se pudiera ocasionar un desperfecto. Enzo aún no imaginaba cómo anunciarle a la novia que debía tomar sus medidas pero si advirtió que Albert se apartaba un poco con ella. Aunque no lo admitía, esa era la parte favorita de su trabajo y reconocía que más de una vez había soñado con vivir un momento similar.
-¿Estás preparada para lo que viene, Marine? - preguntó Albert al sentir que nadie escucharía.
-Laurent y yo pasaremos la luna de miel arreglando el apartamento.
-Es una linda forma de iniciar el matrimonio.
-La diseñadora de interiores nos dijo cómo hacerlo.
-¿Después qué harán?
-Trabajar mucho.
-¿Han pensado en hijos o en viajes? ¿Cómo repartirán las labores?
-No hemos hablado de niños y Laurent se empeña en navegar por China.
-¿Lo acompañarás?
-No lo sé.
-Si tienes dudas, no firmes los papeles del registro civil.
-Estoy bien, papá.
-¿Te despediste de Maragaglio? Cuando acabe la boda, no volverás a verlo.
-Eso pensé.
-Lo amaste mucho.
-¡No!... ¿Cómo sabes?
-Soy tu padre, lo noté enseguida.
-¿Tuviste tiempo?
-Marine, tú nunca te habías enamorado y de repente nos presentaste a Maragaglio muy emocionada.
-Era mi jefe.
-¿Hay algo que necesites platicar?
-¿Acepto el regalo de Maragaglio?
-No creo que podamos pagar algo tan bonito sin endeudarnos.
-Sabes a qué me refiero, papá.
-Si con eso se dicen "adiós", no me pondré enérgico.
-No lo he visto y ahora hace lo del vestido por mí...
-¿Por qué no le preguntas sus razones?
-Aun me ama.
-¿Le crees?
-Estoy confundida.
-Entonces contesta que no y le agradeces.
-De acuerdo.
-Te ves bonita.
Marine le sonrió a su padre y aún con temor se separó de él para disculparse por rechazar su obsequio. Maragaglio se dio cuenta de que aquello estaba por suceder y en lugar de tratar de oponerse, miró a la mujer fijamente para inhibirla.
-¿Te sientes cómoda con el vestido? ¿Hay algo que podamos mejorar? Enzo puede arreglarlo enseguida.
-No hay nada que me moleste.
-¿Por qué pones esa carita triste, Marine?
-No estoy triste, estoy apenada.
-¿Cuál es el motivo?
-Lo que pasó con el sobre fue malo, yo no creo que tú me perdones.
-¿Por qué no?
-Porque se lo mandé a Susanna.
-Mujer, algún día me enteraría de ese asunto.
-Me equivoqué y lo siento mucho.
-Si yo no tengo dificultades contigo ¿Qué te hace pensar lo contrario?
-No vas a comprar mi vestido, estoy avergonzada y es tan extraño que no quieras vengarte.
-Marine, yo te lastimé, te hice confiar en mí y rompiste tus votos familiares porque me amabas. Me arrepiento cada día de haberte traicionado y no tuve el valor de quedarme contigo.
-Te herí con ese sobre.
-¡Pero tu intención fue buena! Y he podido hablarte otra vez. Comprenderé si no te llevas el vestido y si no te parece lógica mi forma de actuar. Tú y yo nos dijimos adiós pero si pudiera resarcir mi error... Eres muy bella, Marine.
Ella se contuvo de agregar cualquier frase a esa conversación y tímidamente se colocó frente a Enzo Leoncavallo para avisarle que no se realizaría la transacción. Desanimando a la concurrencia y apenas llorando, Marine Lorraine se retiró al probador para cambiarse de ropa educadamente.
Albert Damon se sintió un poco más tranquilo pero ahora podía imaginarse con exactitud la historia de amor que a su hija le costaba superar.
Al abrir los ojos y descubrir que se habían quedado dormidos hasta pasado el mediodía, Katarina Leoncavallo se dio tiempo de contemplar a Marco Antonioni muy de cerca y descubrir que sus ojeras no desaparecían aunque hubiera descansado apropiadamente. El chico también tenía una pequeña marca de acné en la mejilla izquierda que podía distinguirse apenas por la mascarilla de oxígeno y alguno que otro cabello achocolatado se escondía entre el tono cenizo de su cabello rubio. Aún con los ojos cerrados, él exhibía una sonrisa un poco rara y grande que parecía resaltarle aquello que podía resultar poco atractivo de su físico como sus cejas despobladas y sus dientes pequeños. Pero a Katarina le agradaban esos rasgos, encontrándoles encanto al pensar en el habitual gesto serio de Marco. La piel alrededor de su mascarilla resultaba tan suave, que la joven se impresionó de no despertarlo luego de tocarle.
-Me quedé sin desayunar otra vez - rió ella mientras el refugio que le daba el pecho de ese hombre le aliviaba el frío sin esfuerzo y los brazos rodeándole la cintura la hacían sentir especial.
-No deja de llover - dijo ella antes de mirar los signos vitales de Marco y ver al doctor Pelletier anotándolos mientras tiritaba.
-Marco saldrá de aquí y lo pondremos en un piso con poca gente. Si tú sigues mejorando, el jueves o el viernes también te permitiré ir a una parte normal del hospital.
-Gracias.
-Katarina ¿Te doy un consejo?
-¿Sí?
-No desprecies a este muchacho.
Pelletier retomó sus papeles como si no hubiera hablado y Katarina posó su mirada en Marco por otro instante. En la mente tenía el momento en que había discutido con su hermano Maurizio porque no acudirían juntos a Skate America y casi estaba segura de que el joven Antonioni la había visto llorar por ello, pero también poniéndose contenta por el "premio" de ir a París sin saber aún que sería una farsa.
-¿Cómo has sabido tanto de mí? - murmuró Katarina antes de respirar profundamente y sentirse mejor. Habían pasado tantas cosas y era apenas su cuarto día internada, así que pensó que prefería el dolor de huesos, el cansancio y la garganta irritada a terminar sofocada otra vez. Pero ahora, la sensación de quitarse un peso de encima le llamaba la atención, aunque le revelara su debilidad. Había sacrificado hasta la salud por una persona que ahora estaba olvidando.
-Tienes la piel de gallina - susurró Marco mientras despertaba.
-No tengo frío - sonrió ella.
-Entonces yo lo provoqué.
-¿Te crees tan especial?
-¿Tú no?
Katarina y Marco se apretaron el uno contra el otro y él retiró un segundo su mascarilla para besar la sien de esa mujer con el sonrojo por delante.
-Eres mi novia.
-Novia.
-¿Es un sí?
-¿Siempres eres así?
-Sólo contigo, chica bonita.
-Jajaja.
-Estaremos bien, lo prometo.
Katarina Leoncavallo aún no se percataba de que su tan soñado príncipe valiente estaba frente a ella, pero Marco Antonioni sabía que lo era y no necesitaba colocarse una careta para demostrarlo.
-¿Me dejas besarte?
-¿Quieres que te dé un almohadazo?
-No te atreverías, Katarina.
-¿Tan seguro eres?
-Me quieres.
-Sabes que no.
-Sabes que sí.
-¡Que no!
-¡Que sí! ¡Me adoras, chica bonita! Pero te besaré cuando me aceptes, lo prometo.
-¿Y si no pasa?
-Te daré besitos en la frente.
-Jajajaja.
-¿Te gusta mi idea, Katarina?
-¡No lo sé!
-¿Estás nerviosa?
-Tengo mucho que resolver.
-Estamos aquí y al fin pudimos hablar.
-No puedo responderte, Marco.
-Respetaré si piensas decidir que no.
-Esto ha sido muy rápido.
-Iré lento.
-Siento vergüenza.
Marco acarició el brazo izquierdo de la joven.
-No te preocupes, Katarina.
-¿Qué haremos con Ricardo y con mi hermano si me quedo contigo ahora? ¿Y si estamos juntos sólo porque nos enfermamos?
-Lo sabremos afuera.
-¿Qué voy a explicarle a Miguel? Tampoco quiero pensar en Maragaglio, no deseo verlo.
-Te lo he dicho, yo lo arreglo.
Ella no quiso ahondar en el tema pero creyó capaz al chico de poner a todos en su lugar, al igual que a los turistas ebrios que trataban de abordarlo en épocas de fiesta. Katarina Leoncavallo había contemplado a Marco Antonioni defendiéndose más de una vez y también imponiendo el respeto entre quienes pasaban de ella o la maltrataban en la ciudad. El mismo Marco se había encargado del problema en la cafetería del Mercado de Rialto el viernes, pero al estar con Ricardo, Katarina ni siquiera le había agradecido y los gondoleros le habían dado molestas palmadas condescendientes en la espalda.
-¿Cómo te sientes? - preguntó él.
-¿Sentirme?
-¿Te quité el frío?
-Sí.
-Primer problema solucionado.
-¡Ay, Marco!
-Quiero hacerte reír.
-Me duele todo el cuerpo.
-Nos duele todo el cuerpo.
-Me causa no se qué ver tanto cable estirado ¿No te lastimas?
-No, Katarina... ¿Te preocupas por mí?
-Es que ... Nada más ten cuidado cuando tengas que regresar a tu cama.
-El doctor Pelletier me ordenó cuidarte.
-No se refería a esto, jajajaja.
-Tu sonrisa es lindísima, Katarina.
-No desvíes el tema.
-¿Por qué no?
-Esto es veloz.
-He esperado cuatro años.
-Maurizio me pregunta diario si tú me gustas. Me gritó una vez y no le he dicho a nadie.
-¿Lo hizo por mí?
-"¿Por qué le coqueteas a ese gondolero idiota?"
-Se dice gondolier... ¿Qué le contestaste?
-Que me saludas diario y me agradas.
-Te fascino.
-Jajaja ¡Estás poniéndome roja!
-No me equivoqué, tú me quieres.
-No me atreví a hablarte mucho.
-Katarina bonita, yo me di cuenta.
-¿Qué?
-He notado que sientes algo por mí.
-Ay, Marco.
-¿Estoy en lo correcto?
-Aguardaste mucho.
-Porque me estás dando un sí.
-Eres muy confiado.
-Eres mi novia.
El chico miró a Katarina Leoncavallo fijamente y luego le posó los labios en la frente.
-¡No te quites la mascarilla!
-Valió la pena.
-¡Marco! ¡Tienes que respirar con esa cosa!
-Un segundo no me hace daño.
-No vuelvas a hacerlo.
-Pero te quiero dar más besos.
-Cuando te quiten esa máscara entonces sí... Ay ¿soy yo o hace más frío?
-Mi labor está fallando.
-Tus brazos son muy tibios.
-Katarina, tienes una piel muy suave.
-Gracias.
-Me volviste loco sin tener que tocarte antes.
-¡Me vas a provocar una fiebre de la pena!
-¿Pena de qué?
A la joven le ganó la risa mientras sus escalofríos la ponían a tiritar y su rostro de interés se transformaba en uno de angustia.
-No te preocupes, se te quitará cuando comas.
-¿Y si no?
-Voy a frotarte mucho la espalda, Katarina.
-Gracias.
-Llueve demasiado ¿No crees?
-¿Estás asustado?
-No dejaré que te enfríes.
Marco suspiró hondo y entonces, Katarina Leoncavallo fue quien quién le estrechó más fuerte sin dejar de mirarlo. La pareja parecía estar cómoda, pero ella tuvo un anhelo en aquel segundo y sin pensar, retiró su mascarilla de oxígeno y también la de él, besándolo en el acto. Los labios del joven Antonioni fueron sorprendidos por ese hermoso gesto y entonces acarició la mejilla izquierda y el contorno del cuello de esa mujer, sabiéndola junto a él luego de tanto tiempo.
El sonido de las gotas cayendo y chocando era la melodía que felicitaba a Katarina y Marco y ambos volvieron a cubrir sus rostros no sólo para respirar, también para esconder el sonrojo mutuo y poder reírse por el nerviosismo de darse una oportunidad.
No existía instante más romántico que ese, ni dos amantes tan diferentes en la habitación. No había ruido adicional, tampoco otras personas tan repuestas. Sólo la imparable lluvia y su testimonio del beso, del romance naciente, de una mujer y un hombre que habían tenido el amor enfrente pero que al fin llegaba a sus vidas y que para ella era el anhelo convertido en algo tangible, en su príncipe de los cuentos, el valiente, el que la cuidaba camino a casa, el que nunca se había ido. Marco Antonioni, el gondolier, el que le demostraba a Katarina Leoncavallo que el verdadero amor llegaba a tiempo, a pesar de anunciarse, sin dejar de soñar.
La madrugada en el hospital era silenciosa, trágica y fría. "L'acqua alta" o la inundación de la ciudad había empeorado y por las paredes escalaba un aire que ponía con piel de gallina a Katarina Leoncavallo, quien sabía que faltaba poco para que no resistiera más y pidiera clemencia con tal de que una cobija afelpada la cubriera hasta el cuello.
-Perdona por... quitarte esta- se disculpaba Marco Antonioni luego de ajustarse la mascarilla de oxígeno.
-Sé que te cuidan por el Marfan.
-Pero no pueden tenerte... sufriendo. Te cedo mi manta.
-La necesitas más que yo.
-Pero tú podrías... morir de frío.
-¡No digas eso!
La joven continuaba asustada y llorando por tantos fallecimientos en aquel lugar, que apenas había notado que el chico frotaba de vez en vez su antebrazo para darle un poco de ánimos. El hecho de poder hablar era resaltable, dado que el resto de los pacientes sólo podía emitir quejidos y los intubados parecían ahogarse cada vez.
-Te hace mal quedarte así.
-Marco, tú estás bien... No me des nada.
-Estás temblando.
-Tomaré tu mano.
-Estás helada.
-Mira, si me muevo un poco... Se me quita.
Marco prefirió soltarla y desdoblar su descomunal cobija, misma que alcanzaba la cama de Katarina y podía taparla sin problemas. Del esfuerzo, el chico terminó respirando por la boca.
-Te pedí que no lo hicieras.
-Ahora...estamos cubiertos los dos.
-Tendrás frío.
-Katy... No puedo verte sufrir.
-Pero tu corazón...
-Todavía no tengo sesenta años... Ahora estarás bien, chica bonita.
La joven Leoncavallo apenas sonrió, sin darse cuenta de que por una vez, el príncipe valiente había aparecido para auxiliarla. Marco Antonioni siempre se había preguntado la razón de que la gente evadiera las necesidades de esa mujer y le dio curiosidad saber el motivo de que en San Marco Della Pietà existiera una manta tan grande que se podía compartir. Katarina se recostaba sobre su lado derecho y mientras la tela se pegaba a su silueta, la dulzura de su rostro agradecido hizo que él se sintiera reconfortado.
-Funcionó - susurró la enfermera que los atendía al verlos desde su escritorio.
-¿Quién ordenó ponerlos juntos? - preguntó un compañero.
-El doctor Pelletier.
-¿Para qué?
-Calmar a la loca de la Leoncavallo.
-Aleluya entonces.
-No sé de dónde sacaron la cobija que traen esos dos pero al menos ya no tengo que oír a esa mujer quejándose.
Aunque en Terapia Intensiva casi nadie logra escuchar lo que el personal expresa, Marco Antonioni podía intuirlo con gran exactitud. Le sorprendía tanto el rechazo hacia Katarina como la extrema admiración; aún más que alguna vez lo hubiera asustado con tanta belleza. Había que poseer agallas para tratar con ella y percatarse de que reaccionaba con sobresalto porque no esperaba ni atención ni cortesía.
-Te vi tomar el vaporetto el viernes - dijo él cuando la enfermera dejó de verlos.
-Fui a Lido con un amigo - contestó Katarina.
-A Ricardo Liukin le gustas.
-Lo sé.
-Te sigue con la mirada cada... que estás cerca de él. Miguel debe creer que los está vigilando.
-¿Cómo sabes eso, Marco?
-Me interesas, te lo he dicho.
-Metiche.
-¿Te molesto?
-No... Es que... Ricardo y yo...
-Son amantes.
-¿Perdón?
-Le atraes tanto que quizás puede ocultarlo de los demás, pero no de mí... Cuando a un hombre le interesa una mujer, también quiere conocer... a sus rivales.
-¿Qué sabes tú?
-El señor Liukin debe sentir envidia de mí.
-Estamos enfermos, mejor duérmete.
-¿Quieres ser mi novia, Katarina?
-Marco ¿todavía quieres caerme bien?
-Al menos lo intento.
-¿Insistes mucho?
-Si quieres te dejo por la paz.
-Te vas a sofocar.
-Contigo revivo.
-Jajaja... No debería... reír.
-Si te sigo haciendo feliz... saldremos casados de este hospital.
-¡Ay, Marco!... Te haces ilusiones.
-Olvídate de Ricardo, la diversión está aquí.
-¡Qué presumido!
-La verdad, sí.
De esa forma, Katarina Leoncavallo comprendió que le gustaban los hombres directos, los que no vacilaban con su intención. Tomar la iniciativa no era lo suyo, aunque lo disfrutara igualmente y pudiera jugar con ello.
-¿Dejaste de sentir frío?
-Sí, gracias chico.
-No creo que sólo seas una mujer hermosa.
-¿Qué quieres decir?
-Sé que eres lista, te he encontrado en la biblioteca muchas veces.
-Me encantan los cosmonautas y el fracaso de la misión "Venera" me pone triste.
-¿Eres admiradora de la carrera espacial?
-Creo que los soviéticos la ganaron.
-Eso es debatible.
-¡Todos quisiéramos ser Yuri Gagarin!
-¿Por qué no Neil Armstrong?
-¡Porque Yuri llegó al espacio primero!
-John Glenn viajó dos veces y en una ya era abuelo.
-Rayos.
Con sorpresa de ambos, el coqueteo se transformó en una conversación sobre ecuaciones, materiales, radiación, proyectos espaciales concurrentes y un evento en San Marco con telescopios al que, por acudir a Skate America, Katarina había faltado.
-Me gusta lo que a ti te encanta, chica bonita.
-Ay, Marco...
-¿Qué?
-Quise ser buena en la escuela y nunca pude.
-Yo no lo deseaba y me gradué.
-¿Qué estudiaste?
-Soy arqueólogo.
-¿Y qué haces de gondolero?
-Se dice "gondolier", Katarina.
-Es lo mismo.
-A veces olvido que no eres veneciana ¿Por qué dejaste Milán?
-Maragaglio me habló de una pista de hielo.
-¿Sólo viniste por eso?
-No tenía con quién hablar.
-Supongo que confías en tu primo.
-Ahora no.
-¿Se pelearon?
-¿Por qué te lo contaría, Marco?
La joven procuró cerrar la boca con tal de evitar ponerse a lagrimear por un gran rato. Un sabor salado se percibía en sus labios y esa era su señal de que se sentía humillada.
-Si Maragaglio te puso triste, yo lo arreglo - replicó él antes de que el silencio retornara y ambos volvieran a darse la mano. Bajo la manta, la incomodidad se había ido y dejaban de ser unos desconocidos.
Katarina cerró sus ojos para intentar dormir pero notó que Marco estaba enterado de más cosas de las que aparentaba y eso, si bien no la volvía vulnerable, si la mostraba transparente e incapaz de mentir.
-Maragaglio y Ricardo me besaron pero sólo uno me correspondió - contó ella. Sus pestañas largas continuaban unidas y su pelo desarreglado brillaba un poco.
-Chica bonita ¿es Ricardo el que te espera cuando salgas de esto?
-Es lo que no sé.
-¿Y tú lo quieres?
-Me gusta, me hace sentir tan... Quemada.
-¿Qué?
-Algo como fuego.
-¿Adrenalina?
-También.
-A Miguel no le va a gustar.
-¡Ay, no me digas! Debo cortar con él.
-¿Crees que los mate?
-¡Marco!
-Yo estaría muy triste si fuera él y enojado, con rabia, sed de venganza y esas cosas.
-¿Lo traicioné horrible?
-Ricardo es su padre.
-¿Soy una mala persona?
-Katarina, prefiero verte discutiendo con ellos a que lo hagas con Maragaglio y con tu hermano.
-No quiero hablar con ninguno.
-Es que Maragaglio está enamorado de ti y Maurizio te hace llorar. Yo no podría soportarlos si fuera tú.
-¿Maragaglio qué?
-Creí que lo habías notado.
-No... ¿Cómo lo sabes tú?
-Lo dice cada que se emborracha.
-¿Le has oído?
-Es el único que te ama de esos cuatro.
-¿El único?
-Si no sintiera algo sincero por ti, se habría aprovechado del beso que le diste.
-No entiendo.
-Me importas mucho, Katarina. Sé quién te ama y quién no y también sé del lío en el que te has metido. Lo único que lamento es que quisiera defenderte de tu hermano y ponerle el límite que no has podido.
-¿Sabes qué debo hacer?
-Tanto me interesas que me di cuenta de que piensas en alguien más porque cuando te frustras, tu cabeza da mil vueltas. Te diría que hacer, pero prefiero que tú decidas porque...
Marco Antonioni guardó silencio.
-En Nueva York conocí a un tipo con el que me quise acostar; me volví loca y él me dijo algo tan horrible que acabé golpeándolo... Pero en París estuve más ¡desesperada!
-Tranquila, estoy aquí.
-Maragaglio me rechazó cuando estaba dispuesta a entregarme a él ¡Soy tan idiota!... Pero conocí a Marat y él ni siquiera volteó a mirarme. Yo sentí algo bonito cuando lo vi que quise ser suya y él eligió a Carlota Liukin.
-¿Sentir cómo?
-Todos se molestaron porque me fijé en él y en serio quería gustarle ¡He hecho todo mal!
-Katarina...
-No me había dado cuenta de cuanto me hirió lo de Marat.
-Mujer, mírame.
-Marco...
-¿Qué importa más? ¿Esas personas o salir sana de aquí?
-¿Por qué me preguntas eso?
-Porque no quiero que te sientas peor.
-Ay ¡Te he contado mis cosas!
-No te angusties, Katarina bonita.
-No te conozco.
-Pero yo a ti sí.
-¿Cómo es posible?
-Nunca me has dejado defenderte.
Marco sonrió fijando sus ojos en el techo y Katarina le miró largamente, pensando que quizás eran amigos y no lo había valorado lo suficiente. Él la cuidaba camino a casa, la saludaba cuando tenía un mal entrenamiento y sin falta le deseaba suerte cada que viajaba por una competencia.
-Me dijiste que ir a Nueva York era una mala idea.
-No estaríamos en esta habitación.
-Marco ¿Qué me está pasando?
-¿Qué crees tú?
-Qué tengo interés en el sexo.
-No soy el hombre con el que acuestas cuando te sientes mal o sola.
-¡No he pensado en ti para eso! Jajaja.
-Pues no, yo te hago feliz.
-Qué engreído, jajaja.
-Katarina, yo creo que estás asustada.
-¿De qué?
-Estás creciendo.
-¿Crecer?
-No eres la misma.
-¿Me cambió el viaje a Nueva York?
-Yo creo que te cansaste de correr detrás de Maurizio.
-¿Mi hermano?
-Te enamora. Me di cuenta por tus miradas, tus abrazos, tu voz cuando está contigo y lo mucho que suspiras frente a él.
-¿Tanto te fijas en mí?
-Quiero reventarlo cada vez que lo observo dándote ilusiones... Porque sabes que juega ¿verdad? No mereces... que Maurizio te trate de esa manera.
-No te esfuerces más, necesitas respirar.
-Hermosa chica, yo puedo arreglarlo.
-¿Cómo?
-Estamos juntos, déjamelo a mí.
Marco sostuvo con mayor convicción la mano de Katarina y ella volvió a cerrar sus párpados antes de respirar hondo.
Por la mañana, el joven fue quien despertó a la señorita Leoncavallo para la primera revisión médica del día. El desayuno llegaría después y la pareja se encontraba hambrienta, aunque él se hallaba de humor más alegre.
-Buongiorno, supongo que la señorita no me conoce. Soy Luc Pelletier, su médico a cargo en sustitución de mi colega Alessandro Gatell. Katarina Leoncavallo ¿cierto? Me dijeron las enfermeras que ustedes dos pueden hablar. Marco, me preocupa tu escoliosis, habrá que atenderla cuando te recuperes y tu corazón parece estar bien, tu oxigenación está en noventa y tres, mejoró bastante desde que llegaste... Katarina, estás en noventa, me inquieta que estés oscilando entre valores de noventa y ochenta y ocho. Al menos no estás en ochenta y tres como al inicio. El resto de tus indicadores está bien, es alentador que no tengas fiebre, Gatell me alcanzó a comentar que ese era el problema principal ¿Alguno de los dos ha tenido náuseas?
Katarina y Marco negaron con la cabeza.
-Eso es excelente ¿Cómo pasaron la noche?
-Mal, dormí poco - contestó ella.
-Creí que Marco te pondría cansada.
-No.
-A veces es parlanchín.
Pelletier parecía agradable.
-Intento conquistarla pero es obstinada - comentó Marco.
-Sólo no lo admitas o te van a poner en otro lado.
-Gracias por el consejo, doctor.
-Alcanzo a leer que los dos están comiendo bien. Katarina, tienes bajo peso, pediré que te den una dieta sin restricciones y con mucha pasta. Marco, te aseguras de que ella se termine todo. Los estaré revisando... ¿Están compartiendo cobija?
El médico estaba por preguntar la razón cuando Katarina se intrigó por lo que le había dicho.
-No dejo de sentir frío.
-¿Desde cuándo?
-Un mes.
-Eso es mucho.
-Doctor, me hicieron un examen de sangre y Gatell me iba a decir cómo salió.
-Creo que lo tengo aquí. Katarina, tienes anemia y ese frío que experimentas también podría ser por tu poca talla. No es normal que midas un metro con sesenta y peses poco.
-Estuve comiendo chatarra en Nueva York.
-¿Haz tenido ansiedad por consumir grasa?
-Bajé unos kilos porque no podía saltar bien; soy patinadora sobre hielo, no puedo aumentar tanto. En Nueva York comí lo que no debía porque tenía mucha hambre, en París me compraron un bizcocho con un vaso de chocolate y en Mónaco no pude más y me terminé un ramen de cajita. Aquí en Venecia probé algo de atún y bebí vino antes de venir a este hospital.
-¿Sueles comer?
-Tomo una barra de cereal en la mañana y a veces un chocolate caliente. Como mucha ensalada y en la noche sólo té.
-¿Es todo?
-Siempre tengo agua para calmarme.
-¿No te duele el estómago cuando rompes la dieta?
-No.
-Eso es perfecto, Marco te va a ayudar.
-Me acabo todo lo que me sirven aquí.
-Pediré que te den postre. Descansen.
-¿Estoy mal?
-No voy a mentirte Katarina, Gatell pidió que te hicieran un examen para saber si tu calcificación es buena.
-¿Por qué no me dijo?
-Tal vez lo haría hoy. Procura descansar, el desayuno llegará pronto. Marco, cuídala, lo necesita.
Katarina no supo por qué, pero rompió a llorar en el momento que Pelletier se alejó.
-Calma, chica bonita.
-Marco ¿qué haces?
-Aquí estoy.
-¡Te vas a lastimar!
-Los cables son largos.
Ante la vista de las enfermeras, los pacientes, el propio Pelletier y el encargado de la limpieza, Marco Antonioni se levantó y con una fortaleza imprudente pero impresionante, se recostó junto a Katarina Leoncavallo, obsequiándole en el acto un abrazo lleno de afecto y protección, de fuerza y de un sentimiento que rebasaba lo que ella había conocido antes.
-¡No sabía que estaba tan enferma! - admitió la joven.
-Lo corregiremos. Te daré de comer en la boca si es necesario.
-¡Marco, no tienes que hacer esto!
-Estamos juntos, chica bonita.
-No te entiendo.
-Yo lo arreglo.
Katarina entonces enredó sus brazos en el cuerpo de Marco y la serenidad poco a poco fue llegando. El sonido de la lluvia se percibía en cada rincón y fue arrullando a la pareja hasta sumergirla en un sueño profundo y reparador. A pesar de las mascarillas de oxígeno, los medidores de pulso, el ruido de las máquinas y la incomodidad de la enfermedad, aquella escena era luminosa y llena de esperanza. El doctor Pelletier no resolvía regresar al orden y parecía ser la decisión correcta.
A partir de ese instante, Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni no se separarían en el hospital San Marco Della Pietà.
Cuando Katrina despertó a las ocho de la mañana, se percató de que nunca había dormido tanto. Se sentía feliz por ello y de buen humor, así que creyó que era el efecto mágico de su pijama porque tampoco sentía frío ni deseos de salir huyendo de la cama. Pero lo que más le gustaba, era saber que había dormido abrazando a un hombre agradable, mismo que no tenía mal aliento ni resaca y claro está, se fingía descansando mientras comprobaba que a la joven se hallaba satisfecha de estar con él. En un momento dado, Maragaglio decidió sorprenderla ocultando a ambos bajo las sábanas y ella no paró de sonreír. El silencio era tal, que algo por fuerza ocurría en la ciudad. La tormenta se intensificó mientras ambos disfrutaban del calor y de hacerse cosquillas.
En otra parte de aquel departamento del primer piso, en la sala, otros dos también compartían una gran manta y estaban tapados hasta la cabeza sin dejar de frotarse los brazos. Eran Carlota Liukin y Marat Safin, quienes veían películas navideñas y daban sorbos a sus tazas con chocolate caliente mientras ella cruzaba los dedos para que la calefacción funcionara. Alrededor, rebanadas de pizza fría y un juego de cartas parecían adornar el piso mientras Judy Becaud les acompañaba en el sillón mientras comía de un plato con cereal con estrellas de malvavisco y al igual que ellos, se preguntaba seriamente la razón de que estuviera tan helado en París. La mujer no recordaba un sólo día tan insoportable como ese.
-La calefacción está bien pero no siento mis manos - anunciaba Jean Becaud.
-Vienes todo cubierto de nieve - se impresionaba Judy.
-Tuve que atender a un proveedor, por eso tardé.
-¿Cuál era?
-El de los vegetales. Puse a Cumber a acomodarlos en la despensa y le encargué hacer sopa para todos.
-Cámbiate de ropa y regresas conmigo.
-Claro.
-Gracias por revisar.
-De nada, mi princesa.
Carlota y Marat alzaron sus cejas con el halago aquél y se miraron mutuamente como si hubieran escuchado algo que no querían.
-Mi ventana se rompió - avisó Amy antes de colocarse cerca de Carlota también con una cobija. Ella no había podido descansar y estaba segura de haber visto a Maurizio Leoncavallo ocultándose detrás de una puerta mientras conversaba por teléfono, así que no dudó en contárselo a Carlota.
-¿Por qué no me habías dicho que tu papá estuvo en el hospital?
-Porque no le pasó nada grave, sólo tiene influenza.
-Maurizio le estaba preguntando si no sabía de Katarina porque ella se quedó internada.
-Iré a enterarme ¡Ya no siento los brazos! Gracias Amy.
Marat se rió un poco de la chica Liukin y la ayudó a levantarse, además de acompañarla.
-Ese chico es muy guapo - confesó Judy estar pensando cuando vio a ambos entrar donde Maurizio Leoncavallo.
-Tiene una sonrisa súper linda - confesó Amy creer.
-Marat me pone nerviosa.
-A mí también.
-¡Madre mía! Lo que digo ahora.
-Oye Judy ¿Tú crees que ellos dos sean novios?
-¿Qué te ha dicho ella?
-¡Que Marat le encanta!
-¿Y qué te preguntó él ayer?
-¿Nos viste?
-En la noche tocó tu puerta, Amy.
-Quiso saber si Carlota me ha platicado algo interesante.
-¿Nada más?
-Carlota está enamorada ¡Y él también está enamorado!
-¿Te lo dijo?
-Marat se sonroja.
-Debe lucir bonito, jajajaja.
-Pero él dice que es chiquita y por eso serán amigos nada más.
-Eso me tranquiliza ¿Es un tatuado con moto, verdad?
-Le falta la moto pero tuvo una.
-¡Carlota sabe lo que le gusta!
Judy Becaud continuó sonriendo y por unos segundos creyó que Ricardo Liukin también era un manojo de nervios ¿Llegaría a sentir lo mismo por ella si se enteraba de la verdad? ¿Dejaría de ser "la señora Becaud" para volverse "hija" o al menos "Judy" sin que le hablara de usted? ¿Alguna vez le daría algún consejo? Entonces reparó en que Lorenzo y Gwendal Liukin llegarían en poco tiempo y su corazón palpitaba tan fuerte que quería ocultarse por días.
-No he arreglado el comedor - reparó en ese instante.
-No creo que quieras estar en el bistro - siguió Amy.
-Las visitas estarán a las diez de la mañana y no voy a levantarme.
-No pienso que les moleste.
-Siento que me congelo. Amy ¿No sabes si tenemos leche caliente?
La niña respondió que no y se recostó en el suelo, durmiendo en el acto. Judy se encogió de hombros mientras se le quedaba sabor a canela en la boca y alcanzaba a intrigarse sobre si el contagio había pillado a alguien en París. Con Katarina enferma, era de sospechar que alguien se revelaría con síntomas de influenza pronto y deseaba que fuera Maragaglio, quien no se había ido aunque ella misma lo hubiera echado. Él no le agradaba por ser un exhibicionista y encima, ser un pariente suyo ¿Qué iban a pensar los niños respecto a la familia Liukin luego de conocer a semejante sinvergüenza? ¿Qué pasaba por la cabeza de Jean Becaud? ¿Cumber contaba con un nuevo recurso para reírse?
-Ay, no ¿Odiaré a Maragaglio? ¡Yo no debo sentir eso por nadie! ¡Yo quiero ser buena cristiana pero de verdad detesto a ese tipo! ¡Es un imbécil! - admitió Judy en voz alta y se dio cuenta de que el mismo aludido la había escuchado y ahora se reía de eso, además de acercársele.
-Buenos días, Judy ¿Todo bien?
-¿Está burlándose?
-Claro.
-¡Usted es tan despreciable!
-Regreso con Katrina, gracias por el chocolate.
-¡Esa mujer no va a volver a tomar nada en esta casa y a usted lo corrí!
-Judy, sabemos que no va a arrojar mis cosas a la calle. Nos vemos en un rato, sobrina.
Maragaglio retornó a su habitación con el desayuno de su amante y la señora Becaud azotó un cojín contra la alfombra para evitar gritar. No podía sacar a su familiar hospedado o eso era lo que pensaba antes de recordar que Gwendal Liukin alguna vez había mostrado la misma actitud cínica con la sonrisa irónica. Ella se sentía culpable de sentirse tan atraída por su tío y tan asqueada al mismo tiempo, que sólo sospechaba de sus deseos de recibirlo a cachetadas y reprocharle su infortunado parentesco genético antes de encerrarse a llorar por haber intentado irse con él.
-Soy muy tonta - se dijo Judy en voz alta y luego volteó hacia atrás, con la curiosidad lógica de saber cómo andaban las cosas en Venecia, resolviendo recargarse en el marco de la puerta de la cocina con mirada interrogante cuando el impulso de levantarse venció al frío.
La ahora solitaria sala retrataba una escena encantadora. Cualquiera podía notar desde la distancia que volverían a los sillones y los cojines y Cumber llegó en ese momento con una sopa de tomate, panecillos, más chocolate hirviendo y una especie de base de madera para apoyarse y repartir sus manjares entre todos.
-¿Qué chisme nos interesa ahora? - le preguntó a Carlota en voz baja.
-Katarina está muy mal, le volvieron a poner mascarilla de oxígeno.
-¿Otra cosa?
-Le cambiaron al médico y hay un chico junto a ella en terapia intensiva.
-En los hospitales no juntan a los hombres con las mujeres.
-Bueno, es que no hay más lugar.
-Ah, entiendo.
-Venecia está cerrada.
-¿Todos se enfermaron o qué?
-Parece que sí.
-¿Cómo está tu padre?
-Sólo necesita que lo den de alta cuando se acabe el antiviral.
-¿Y con quién habla Maurizio ahora?
-Con los del hospital.
-Ajá ¿Quieres sopa?
-Más te vale que tenga queso.
Cumber sonrió como sátiro mientras imaginaba cómo serían las siguientes noticias sobre Katarina Leoncavallo y casi podía apostar que le provocarían una carcajada tremenda. La chica tenía una personalidad que se prestaba a las predicciones y a caerle bien a alguien como él, un chismoso indiscreto cuando se trataba de mirar como idiotas a los demás.
-¿Van a comer o se quedarán ahi hasta que Maurizio termine? Esto va a enfriarse - advirtió el muchacho y optó por aguardar en un sillón luego de apoyar su base sobre el suelo y abstenerse de despertar a Amy, a quien mejor cubrió con una de las mantas que estaban cerca.
-¿Cerraste bien las puertas del bistro? Ayer se había metido la nieve - consultó Judy cuando su interés por Maurizio terminó y volvió a colocarse en su lugar cerca del televisor para frotarse los brazos.
-No se preocupe, señora - respondió Cumber.
-Avísame cuando veas a Gwendal.
-¿Se va a alocar?
-Resultó ser mi tío y me lo merezco.
-Deje a ese cretino, igual no le iba a hacer caso.
-Pudo decirme antes.
-¿Para qué? ¿Ha servido de algo?
-Conozco a mi papá.
-Yo creo que debe irse a dormir.
-Ahora hasta me angustia Katarina.
-Por favor, ella va a estar más que bien.
-Qué cosas dices.
-La juntaron con un tipo en el hospital y eso no es inocente.
-¡Cumber!
-¿Qué? Katarina es ese tipo de chica.
-¿Qué sabes tú?
-Apuesto 50€ a que se mete en problemas.
-Oí que está muy débil.
-Y yo que es insoportable ¿Por qué cree que le mandaron a un hombre?
-Los médicos no harían eso.
-¿Acepta jugarse un dinero, señora Judy?
-Katarina no puede levantarse de la cama.
-Le doy hasta la noche.
-Eres una rata.
-Maragaglio se va a enfadar.
-Necesito ver eso.
-Usted es igual que yo ¡La felicito!
-¡Ay, Cumber! Lo que me haces decir.
-Por mi, fastidie a Maragaglio todo lo que quiera.
-¡No te rías!
-El lado oscuro es divertido, bienvenida.
Judy Becaud agitó su cabeza y luego de soltar su cabello, le volvieron los remordimientos por ser cada día una persona menos bondadosa.
-Oiga, usted se empeña en ser tan buena, que no se daba cuenta de que también hace cosas malas - sentenció Cumber al adivinarle la inquietud y acabó contemplándola comer su cereal mientras le daba comezón en los brazos.
-Oiga, oprimieron el timbre.
-No me importa.
-Judy ¿No me va a pedir que abra?
-Cumber ¿Vas a abrir?
-Bueno.
-Llévate mi plato.
-Por lo menos quítese el bigote de leche.
-Hoy quiero verme fea.
Judy bajó la mirada y llamó la atención de Carlota Liukin, quien mirándola tan desanimada se acercó a darle un abrazo envuelta en un sentimiento extraño. Ninguna había tenido una hermana antes ¿Qué debían hacer entonces? ¿Tratar de continuar como si fueran las mismas personas, las que hubieran podido ser amigas si una no se hubiera convertido en adulta tan pronto?
-¡Carlota! - exclamó Lorenzo Liukin luego de un momento breve. La chica enseguida estrechó a su tío y preguntó por sus primos en el acto. Sonia y Javier habían decidido ir a Venecia y al tocarles el inicio de la cuarentena, se habían hospedado junto a la estación del tren.
-Qué lástima, los quería saludar.
-Ni te preocupes, Carlota.
-La familia ya no avisa a dónde va.
-No es novedad.
-Me vino a ver el abuelo.
-¿Goran Liukin Jr. se dignó a visitarte?
-Enseguida se fue.
-Supe que está de gira con Albert Damon.
-¿Todos conocen a Albert en esta familia?
-¿Tú no?
La joven Liukin negó con la cabeza y preguntó:
-¿Dónde está Gwendal?
-Me parece que no vendrá.
-¿Qué?
-La tormenta no lo deja salir de casa.
-¿Y por qué tú si puedes venir, tío?
-Montparnasse no tiene tanta nieve pero los otros distritos están imposibles. En esta calle casi no se puede caminar.
-¿Tienes frío?
-Ayer me dijiste que pasó algo grave ¿Todo está bien, Carlota?
-No me gustaría hablar aquí pero todos se enteraron.
-Te quería llevar al Arc de la Défense pero no con este clima.
-Tengo unos papeles que quiero que revises.
-¿Le hablaste a Ricardo sobre eso?
-No.
-¿Es algo de lo que no debería enterarse?
-Ni me gustaría pero alguien tendrá que decírselo.
-Entonces déjame ver de qué se trata.
-¿Aquí en la sala?
-Si todos saben, no tengo de qué escapar.
-Pero tío...
Carlota sintió la mirada de Judy sobre ellos y Lorenzo Liukin tomó asiento como si esperara enterarse de cualquier asunto trivial. Al principio, actuó como si no le sorprendiera e incluso esbozó una sonrisa espontánea que desconcertaba a cualquier persona cercana que la viera. Los últimos papeles parecían confirmarle algo conocido y al poner en orden el secreto aquél, respiró profundamente.
-Carlota ¿Podrías dejarnos a la señora Becaud y a mí conversar?
-¿No vas a decirme algo?
-Que este no es un asunto que puedas hablar con Ricardo. Si manejarlo entre adultos es difícil ¿Por qué sería diferente contigo siendo una niña?
-¡No soy una niña!
-Carlota, ciertos secretos no te corresponden y debes dejar a los adultos actuar.
-¡Pero me enteré de todo!
-Yo mismo hablaré con tu padre y ambos le contaremos a tus hermanos y a quien haga falta. Dame unos minutos, por favor.
La joven Liukin sintió como si le estrellaran una puerta en la cara, así que se alejó para colocarse junto a Marat y continuar escuchando a Maurizio Leoncavallo con sus llamadas. Aún así, ella trataba de adivinar lo que su tío le diría a Judy Becaud y no les apartaba los ojos de encima.
-Marat ¿Tú piensas que todo saldrá bien? - se asustaba la chica.
-Ustedes son teatrales.
-¿Qué?
-Cualquier cosa que les pasa se vuelve drama.
-¿Qué quieres decir?
-Qué ahora los adultos están conversando y no puedes hacer nada.
-¿Por qué no?
-Porque tienes claro quien eres; los demás no.
Carlota no entendió lo que Marat le decía pero cierto dolor le invadía el corazón ante las lágrimas de Judy, misma que había esperado cualquier cosa, menos ser un miembro de la familia Liukin.
Por su parte, Lorenzo Liukin permanecía ecuánime hasta cierto punto. Su gesto calmado y serio no compartía el sufrimiento ni los cuestionamientos internos. Ni siquiera un reproche se dibujaba en su postura.
-Judy, creo que es libre de preguntar lo que guste - anunció
-¿Qué sería?
-Lo que sea, tal vez yo sepa.
-¿Conoce a mi madre?
-La vi en el hospital cuando usted... La conozco.
-¿De dónde?
-Ricardo y yo la encontramos en Ibiza.
-Mi madre nunca fue a ese lugar.
-Lo hizo y estaba de voluntaria en una iglesia.
-¡Mi madre fue divertirse y a mí me mintió!
-Judy, no sé que le habrá dicho pero ella quería ser monja cuando la encontramos, se lo aseguro.
-Entonces ¿qué pasó?
-Ricardo le gustaba mucho y se quedó con él un par de semanas.
-¿No pensaban decírmelo cuando se encontraron?
-No le dimos importancia.
-¿Por qué?
-Nadie pensaba en nada como esto y ella no lo mencionó.
-Pero, señor Liukin ¿No debían avisarme que no tenía que presentarlos?
-En eso tiene razón pero en ese momento no lo pensamos.
Judy se mordió los labios con angustia y no supo que tan adorable mirada le dedicaba a Lorenzo Liukin. Cuando la felicidad no se acepta, el único escudo es el personaje incrédulo que mira al piso o al televisor.
-¿Tu madre te cuidó bien? - prosiguió él.
-Me llevó a la escuela de monjas y me procuró los sacramentos católicos. Sólo me falta el sagrado matrimonio en el templo para cumplir ante Dios.
-¿Te educó con la Biblia en la mano?
-Con el catecismo y la caridad también.
-¿Alguna vez te explicó algo sobre tu padre?
-Sólo que se había ido y que tenía miedo de que yo me encontrara a un mal cristiano que me abandonara.
-¿Pensabas que él era malo?
-Mi madre siempre me insistió en que debía respetarlo y no juzgarlo.
-¡Ay, Judy! Por favor, no creo que nunca hayas pensado mal.
-Muchas veces lo hice pero me sentía culpable. Ahora que le he tenido cerca y que he descubierto que es un buen hombre, me cuesta trabajo tener un mal pensamiento. Mis padres tuvieron una aventura y no ese amor bonito que me gustaba imaginar.
Lorenzo Liukin movió su boca hacia el lado derecho para demostrar que no tenía qué opinar al respecto.
-¿Hablará con Ricardo, señor? ¡Tío!
-Ve primero con tu madre y decidan juntas qué paso van a dar.
-¿No me va a aconsejar otra cosa?
-Judy, esto se siente muy raro.
-Me enteré de tantas cosas que me hacen querer abrazarlos a todos y luego me da miedo sentirme como aparte.
-Somos los Liukin y nosotros no hacemos eso, mujer.
-Los Leoncavallo son más imbéciles.
-Jajajaja.
-¿Por qué la risa?
-Eres una Liukin hecha y derecha y apenas caigo en cuenta. Esa pronunciación del "imbécil" te sale tan natural, jajaja.
-Debería estar contenta porque a Maragaglio le va peor, pero él perdió a sus papás y ha de ser horrible.
-Lo que más me frustra es que yo sabía algo de este asunto y nunca dije porque creía que Ricardo estaba mejor creciendo sin Goran Jr.
-¿Cómo?
-Yo me enteré de algo, Judy. Mi padre llevó a Carolina Leoncavallo a la casa cuando Ricardo cumplió un año y Maragaglio acababa de nacer. Recibimos su visita un par de veces y mi abuelo fue quien me reveló que mi padre y su esposa eran hermanos. Habría elegido llevarme el secreto a la tumba si los papeles no existieran ¿Quién te los dio, Judy?
-Sergei Trankov.
-Ese tipo goza siendo un metiche.
-Hizo bien.
-Nunca le relaté a Ricardo lo que hizo nuestro padre. Goran Jr. era tan sinvergüenza que me dio mucha lástima por Maragaglio y por nosotros. Con Gwendal se portó mejor pero también lo abandonó al final y asumí que no se compromete.
-¿Usted sabe por qué las cosas fueron así?
-La abuela Lía se fue de Tell no Tales y no quiso saber de nadie.
-¿Fue tan simple?
-La razón más sencilla siempre duele mucho.
-Algo debió pasar.
-Dejó a Goran Jr. y él de seguro conoce la historia pero no nos la dirá.
-¿Por qué?
-No le gusta hablar de su vida y tampoco le agrada estar en casa.
-Vaya suerte.
-La abuela Lía nos negaba.
-¿Era una mala mujer?
-Tendría que preguntarle a los Leoncavallo.
-¿Y cree que Goran Jr. nos quiera confiar un poco de ella?
-Judy, ¿le tienes tanta fe a las personas?
Lorenzo Liukin miró a la mujer como si le sorprendiera la ingenuidad y con seguridad tomó una taza con chocolate caliente. Era una forma de acabar con esa parte de la plática porque la expectativa de los demás aún se repartía entre ellos y Maurizio Leoncavallo.
-Bienvenida a la familia.
-Gracias, tío.
-Ahora puedo ser curioso.
-¿De qué?
-Maragaglio y tú se llevan mal.
-¡Es un idiota!
-¿Qué hizo?
-Metió a una amiga especial en esta casa.
-¿Y por qué hablamos en susurro?
-Es que me da vergüenza ¡El señor tiene una esposa!
-Ser infiel es una mala costumbre pero es muy propia de los Liukin.
-¿Qué?
-Mi abuelo intentó corregirlo y medio lo consiguió con Ricardo y conmigo pero si hubiera criado a Maragaglio, no habría sido un niño infeliz.
-¿Por eso es tan patán o qué?
-Bueno, me han contado que suele tener amantes y Ricardo y yo creemos que es porque le faltó amor maternal. Además, se nota que las mujeres le encantan y si encuentra algo interesante en alguna, se acostará con ella.
-A esta chica le paga.
-Pero no deja de ser de su atención. Si su amiga no se pareciera a la prima Katarina, no estaría aquí.
-¿También usted lo sabe, tío?
-Desde lejos se nota, Carlota me contó que Maragaglio tiende a protegerla y la conoce muy bien y un hombre no se esfuerza por una mujer si no está dispuesto a enamorarse.
-Katarina se fue de París por algo que Maragaglio hizo.
-¿Deveras?
-La oí hablando con su hermano. Maragaglio la dejó sola en una cabina fotográfica.
-¿Sola?
-Ella no quiso contarle más pero estaba triste y no paraba de llorar.
-¿Te enoja, Judy?
-Es que entre Maurizio y Katarina nada es normal.
-¿Sospechas de algo?
-Que son unos hermanos raros. Estoy segura de que él se la pasa enamorándola y Katarina no se da cuenta de que juega con ella.
-¿Esa chica está...?
-Se comporta como si fuera la novia de Maurizio y es bastante celosa. Él no la trata bien.
-Así que el incesto también es de familia.
-¿Qué, tío?
-Nada, Judy. Continúa.
-Los días que Katarina estuvo aquí noté que le gustó Marat Safin y quería llamar su atención. Maurizio se puso como loco y antes de que ella se marchara, la regañó.
-¿Qué le dijo?
-Qué no se metiera con Marat porque no era su tipo, que todos acabaríamos enfadados si ella insistía y que si se iba a Venecia pronto, se sentiría más animada.
-Sería chisme si no fueran familia.
-Pero no sé que pasó al día siguiente porque Katarina lo llamó y le reclamó algo de irse a Toronto.
-¿Se pelearon?
-Ella le dijo "rata".
Lorenzo Liukin miró hacia la alfombra.
-Si Katarina se hubiera quedado aquí, todos tendrían influenza y tal vez estaríamos con un doctor. De todas formas estoy muy asustada por mis bebés - admitió ella.
-Carlota también me avisó de eso ayer.
-Katarina tiene un tanque de oxígeno.
-No lo sabía.
-Tampoco imaginábamos que se había puesto así de mal pero llamaron del hospital y avisan con frecuencia cómo sigue. Maragaglio quiso volver pero cerraron Venecia y le ordenaron quedarse con Carlota hasta nuevo aviso.
-¿Crees que alguien se haya contagiado?
-Maragaglio.
-¿No te cae bien, verdad?
-Fue el que más convivió con Katy.
-Estarán bien.
Judy abrazó a Lorenzo Liukin, conteniéndose de llorar y sintiendo menos preocupación. La tranquilizaba un poco más el no tener que enfrentar a Gwendal ese día y creía que su descubierta familia la recibía con cierto afecto. La vibra se calmaba cuando fue interrumpida bruscamente por Katrina.
-¡El baño está helado, cariño! ¿Por qué no me avisaste! - expresó la joven y así, Lorenzo y Judy entendieron que casi toda su plática había sido escuchada por Maragaglio de alguna manera. Este último guardaba una expresión muy seria.
-Tenemos frío ¿Podemos quedarnos aquí? - preguntó él y sin recibir respuesta, se colocó en un sillón junto a Katrina. Carlota y Marat resolvieron imitarlos y con tal de mantener la ecuanimidad, Cumber optó por ofrecer su sopa al grupo y quedarse callado. Maurizio Leoncavallo notó aquel silencio y entonces concluyó sus llamadas para que nadie volviera a curiosear en sus asuntos.
Mike Hazlewood en 1969. Créditos a quien correspondan.
Venecia, Italia. Lunes, 18 de noviembre de 2002.
A pesar de vencer la fiebre y alimentarse para sanar tan pronto como fuera posible, Katarina Leoncavallo requirió que le colocaran nuevamente una mascarilla de oxígeno y decidió hablar lo mínimo por creer que así se ayudaría un poco. Estaba desesperada y cansada de estar en cama, sin saber gran cosa del mundo exterior ni oír otra cosa que no fuera la lluvia. A esa hora, había perdido la cuenta de los pacientes que habían fallecido en Terapia Intensiva y se preguntó si ella merecía un lugar en aquella sala mientras otros pacientes esperaban.
-Tendrás compañía - le anunció Alessandro Gatell con enorme cansancio y sin darle más detalles, lo contempló dando instrucciones mientras los ojos comenzaban a cerrársele. El doctor se había contagiado y le daba una enorme vergüenza no haber sido cuidadoso. Eran apenas las siete de la mañana de un día lunes infernal en urgencias.
-Me sustituirá el doctor Pelletier, le he hablado de ti - se despedía Gatell.
-¿Dónde irá? - murmuró la joven.
-No lo sé, quizás me dejen aislarme en alguno de los hoteles que reservó el Ayuntamiento si paso la evaluación. Pórtate bien, Katarina.
-¿Sabe quién va a estar conmigo aquí?
-La persona que sea, es una epidemia.
-Más le vale caerme bien.
-Mientras no la quieras matar.
Katarina Leoncavallo se rió y obediente a la rutina de las enfermeras, se quedó dormida para esperar el desayuno. Hacía tanto frío que creyó ingenuamente que le llevarían una segunda manta si continuaba tiritando o por lo menos le conseguirían unos calcetines para aliviar sus pies.
Poco más de tres horas después, la chica abrió los ojos y reparó en que era tarde para el desayuno. Al voltear a su derecha, recordó que dejaba de estar sola en el aislamiento seis y no podía poner mala cara, hallando en cambio a un joven que le sonreía antes de girar la cabeza hacia el techo con el rostro enrojecido. Al igual que ella, tenía mascarilla de oxígeno pero no cabía en la cama y sus manos delgadas resaltaban unos dedos muy grandes, haciendo que al doblarlas parecieran arañas.
-Te ves hermosa cuando duermes, al fin lo sé - halagó él.
-¿Cuándo llegaste?
-No vi el reloj, sólo dijeron que tenían el lugar disponible.
-No esperaba que me encontraras.
-Venecia sabe que te metieron en este hospital.
-¿Qué hay de ti?
-Bueno, ahora le contaré a todos que hablé contigo.
-¿Te pusiste muy mal?
-Afortunadamente.
El chico volvió a sonreír y miró a Katarina con enorme agrado, sorprendiéndose de lo pequeña que era. Cuando él la veía desde los canales, la joven parecía imponente e inalcanzable.
-No podía respirar y al menos sabes del alivio que siento con esta cosa en mi cara. Espero que no me dé otra infección porque sería un fastidio, Katarina.
-Te ves muy pálido.
-Estaré bien.
-Tus manos son enormes.
-Porque tengo Marfan.
-¿Qué cosa?
-Mis brazos y mis piernas son más largos de lo normal. Mi doctor piensa que cuando tenga sesenta se me reventará la aorta.
-Ouch.
-Voy a recordar que estuve aquí contigo ¿No vas a decirme que viviré mucho y que no me pasará nada?
-Nunca se me ocurre qué contestar.
-No serías Katarina si lo supieras ¿Soy tan malo?
Ella negó con su mano.
-Si salimos de aquí, volveré a mirarte desde mi góndola mientras regresas a tu casa. Quizás nunca me saludes pero al menos te hice reír.
-Perdona por no hacerte caso.
-Ese es el chiste, bella mujer.
Él no paraba de mostrar lo contento que se sentía y Katarina Leoncavallo le observó con sus lindos ojos almendrados. El chico era Marco Antonioni, el gondolero que trabajaba en la estación de San Geremia en Cannaregio, próxima a la Calle del Pignater donde vivía ella. Curiosamente, ambos se habían visto por primera vez en otro sitio, en Murano, isla donde a él le daba por trabajar los fines de semana cuando necesitaba dinero para costearse alguna salida o un viaje corto a una gran ciudad con amigos. Cuatro años antes, a él le habían dicho que una hermosa jovencita se había mudado de Milán y era prima de Maurizio Maragaglio, ese policía que solía comportarse como si Venecia no mereciera sus servicios. Katarina tenía el aspecto de ser igual de arrogante cuando Marco al fin pudo descubrirla con un lindo vestido negro de lentejuelas brillantes.
-No deberías estar aquí - señaló ella con melancolía, preparándose para la siguiente escena desagradable que podía llegar en cualquier momento.
Marco Antonioni era muy alto, con el cabello rubio, corto y quebrado, sus ojos eran grises con grandes ojeras y su rostro muy delgado aunque no muy fino, tenía dientes pequeños y su figura delataba una ligera escoliosis que no parecía traerle dolor. Aunque los gondoleros acostumbraban utilizar polos rayados, él siempre iba de negro para disimular que padecía síndrome de Marfan y procuraba nunca alzar los brazos para no asustar a la gente. Su habilidad para lidiar con el escaso espacio que ofrecían los puentes era digna de admirarse, aunque sus compañeros preferían mandarlo a navegar por los canales más grandes y le asignaban paseos con turistas que podían llevarlo al puerto de Venezia, a San Polo desde el Gran Canale o frente a San Marco. Pese a las distancias, nunca faltaba a su rutina por las tardes de hallar a Katarina en alguna banqueta e imaginar que la llevaría a casa un día.
-¿Puedo invitarte a ver a los Stocks cuando salgamos de aquí? Tocan en un bar de Santa Croce y sé que te gustarán - dijo él con determinación.
-Maragaglio me ha hablado de ellos y no he podido ir.
-¿Eres novia de un buzo, verdad?
-¿De Miguel? Ya no.
-Acompáñame.
-¿Por qué no?
-Conseguir una cita no fue complicado.
-Marco, perdona por comportarme grosera contigo.
-Eres una chica bonita.
-Es que te hablo porque estoy enferma.
-No importa ¿Tengo oportunidad?
Katarina no encontró qué palabras hilar.
-Lo sabía - rió el muchacho.
-Marco, lo siento.
-Me gustas pero nunca he sido tu tipo.
-He estado distraída, es todo.
-¿No estabas enamorada de otro hombre?
-¿Cómo sabes?
-Si te interesa alguien, le sigues los pasos.
Marco Antonioni continuaba mostrándose feliz y la joven pensó que lo había decepcionado. En un momento, él giró de nuevo hacia ella con su mascarilla empañada.
-Deberíamos ir al concierto de Jeff Beck en Verona antes de Navidad - sugirió ella.
-¿Seguirás hablándome cuando volvamos a casa?
-Sí.
-Bueno, entonces tenemos una segunda cita.
-No te emociones.
-Quería ser entusiasta.
-Me agradas.
-Eso es más de lo que esperaba, Katarina.
Ella pretendía quejarse por quedarse con hambre al notar que una nueva dosis de antiviral le sería suministrada y ante la mirada de Marco se fingió durmiente. El enfermero que cubría el turno la trataba con delicadeza extra para no molestarla.
-Ya pasó - avisó Marco luego de recibir su medicina.
-Mi hermano me aconsejó actuar así para que las inyecciones no me duelan.
-¿Sirve?
-No ha fallado.
-Te ves cansada de verdad.
El joven sujetó su mascarilla para pegarla más a su rostro y sentir que respiraba mejor.
-Intenta cerrar los ojos - aconsejó Katarina.
-Siento que me falta el aire.
-Estar enfermos es horrible.
-Nos pusieron juntos.
-Dejemos la conversación para después, yo también siento que ... que mis pulmones se desinflan ¡ay, qué espanto! - carcajeó la chica antes de notar que las manos de Marco acaparaban su atención. Ante su vista eran tan raras y góticas y para su sorpresa, suaves y lúdicas, como si sostuvieran hilos en el aire.
-No soy un freak - mencionó él.
-Disculpa.
-Katarina ¿Por qué no preguntas si puedes tocarme?
-Es que te incomodaría.
-Toma mi mano para que se te quite la curiosidad.
-¿Qué?
-Mira, te la acerco.
-No quería importunarte.
-Siente mis huesos, anda.
-Marco, en serio, lo siento.
-Tu piel es muy linda.
-Estoy avergonzada.
-Tus dedos son muy bonitos.
-¿Gracias?
-¿Puedo sujetarte mientras miramos al techo?
-Eh, supongo que sí.
-¿No hay posibilidades para mí? ¿De verdad?
-Marco, yo no estaba pensando en eso.
-Al menos habrá dos citas. Tengo mucha suerte.
Marco Antonioni resolvió reírse por el fracaso de su intento con Katarina Leoncavallo y ella lo imitó por nervios y pena. Era un momento amigable a pesar de todo y él podía quedarse con la decepción para sí mismo. Permanecer en el aislamiento seis al lado de esa mujer soñada y bella era suficiente.