jueves, 5 de diciembre de 2013

El corazón de un ángel (La sonata del hielo)



(Primera parte)

Hammersmith:

Andrew Bessette leía las notas del periódico y apuntaba con suma precisión los halagos más frecuentes mientras su mayordomo lo esperaba para ayudarlo a colocarse el uniforme y avisarle que la agenda del día estaba llena con eventos de caridad. 

-¿Tengo que asistir a la recaudación?
-Así es, también se comprometió a realizar una donación pública a una casa hogar y visitar a niños pobres.
-¿No podríamos dejarlo?
-General Bessette, le recuerdo que ya no es un chiquillo.
-"Y las obligaciones no se cumplen solas", me lo has repetido treinta años.
-Quería saber si hoy se encontrará con la señorita Viktoriya Maizuradze.
-Cancela nuestra cena, por favor. Dile que me surgió algo.
-Últimamente pone pretextos para no encontrarse con ella.
-Hoy quiero reunirme con mi hijo, arréglalo.
-Ese motivo me parece sensato, me comunicaré con el joven Joubert a la brevedad.
-Haz extensiva la invitación a Carlota Liukin, di al chico que quiero conocer a la novia y envía flores.
-La señorita Liukin ameritará un menú de mayor elegancia que Viktoriya Maizuradze.
-Desde luego, prepara tu especialidad.
-¿Ya vio las fotos de la niña en la sección de sociales?
-Carlota Liukin me gusta mucho, es refinada, delicada, está mimada. Es perfecta.
-¿Señor, no estará pensando en...?
-¿Encandilarla? No, que inadecuado sería. Además, Carlota merece un mejor trato, aunque no es mala idea lo que propones... Consíguele un obsequio caro que aparente ser inofensivo. Habla con los cristaleros de Lavinia Watson y encarga un par de aretes en forma de cisne con detalles en plata y que lo acompañen con una pulsera que haga juego, más vale que lleguen antes de las diecinueve horas.
-¿Qué intenciones tiene con la señorita Liukin?
-Es una mujercita a la que un poco más de glamour le sentará estupendamente, me agrada la idea de meterla a un palacio y asignarle un papel protagónico. Anótalo: Carlota Liukin será princesa de Mónaco o mejor dicho: "mi princesa" de Mónaco.
-¿Es una broma, cierto?
-Me conviene más Joubert en un trono y con Carlotita no se diga... "Mi princesa de Mónaco", qué poético.
-Le recuerdo que usted prometió guardar la corona de Raluca Bessette.
-Hasta que supe de la familia Izbasa queriendo entrar al juego. Urge sacarlos, los rusos aseguran mayores ganancias que los lacayos del Gobierno Mundial y no podemos dejar que el banco se agote. 
-El joven Joubert no tiene la mínima preparación y carece de conocimientos sobre su linaje.
-Pero podemos resolver lo de su historial escolar trunco y comenzar a relacionarlo con los negocios del principado. Es un muchacho de mente fértil, heredó la inteligencia financiera del abuelo y es carismático como su padre, redondéalo con la compañía de una jovenzuela como Carlota Liukin y Mónaco caerá a sus pies.
-¿Qué hará con Raluca? Es hija de una princesa.
-Joubert también lo es y la decisión de quien gobernará recae en mí. 
-Virginie hará lo que esté en sus manos para evitar perder su apuesta.
-No es personal, - ablandando la voz - es solo que dudo que Raluca tenga talento para ejercer autoridad, es una niña cohibida y nerviosa; Joubert de alguna forma se ha desenvuelto bien y marca su independencia. No veo este asunto de Estado como cuestión de poder, sino de confianza y conste que adoro a mis hijos.
-¿Me permite hacerle una observación?
-¿Tengo opción?
-No debería anteponer el aprecio familiar a su palabra de honor.
-Prometí rescatar ese principado, nunca dije cómo.
-No se guíe por sentimentalismos.
-La memoria de Alena amerita estas medidas. No es política, pero es política. Encárgate de todo, vuelvo a las veinte horas.
-Le auxilio con su traje.
-Puedo hacerlo solo, mejor llama a Joubert.

El mayordomo se retiró de buena gana aunque demoró en levantar el auricular por pensar que debía ser muy formal, así que se conformó con ver a Andrew salir de la habitación y desearle suerte.


(Segunda Parte)

Al otro extremo de Hammersmith, concretamente en la playa, el referido Joubert Bessette se entretenía con un grupo de percusionistas con quienes interpretaba canciones de moda. Carlota lo alentaba mientras contemplaba con envidia a las chicas en bikini, como Tamara que se bronceaba arrogantemente en sus narices y se reía con el traje de baño completo de la niña.

-Te lo mereces, bebé - dijo Trankov como si nada.
-Déjame en paz.
-Lindo el hipopótamo rosa que traes estampado.
-¿Te rompo un dedo?
-Ay, Carlota, de comediante no tienes futuro.
-Dame tu meñique izquierdo.
-Todo suyo.

A Carlota le bastó doblar el dedo del guerrillero con un poco de fuerza para fracturarlo y ocasionar que éste soltara un gritito de dolor.

-¿Dónde aprendiste?
-Algo bueno tenía que sacar de las pesadillas donde te encuentro.
-Eres una desgraciada.
-A ver si me vas tomando en serio.
-¿Estás drogada?
-Imbécil.
-¡Bruja mil veces!
-¿Qué sucede? - preguntó Joubert al notar que ambos peleaban, aunque no había oído la discusión.
-¡Nada! - contestaron los dos con enfado y Trankov se dio la media vuelta para ir con los salvavidas a atenderse el meñique y Carlota con los brazos cruzados guardó silencio.

-Se nota que se caen bien - añadió el chico Bessette.
-Perdón, intento portarme bien con él pero fastidia y fastidia. Trankov tiene algo en contra mía.
-Sergei piensa que tú eres la del problema. 
-Está de lo más idiota si cree eso.
-Si los dos le bajaran a su pleito, sabrían por qué se detestan.
-Lo aborrezco por entrometido.
-Qué raro, es la segunda vez que lo dices.
-¿Cuándo fue la primera? 
-En la tienda, hace no mucho ¿Qué pasa con ustedes?
-Que tu amigo dice que estoy muy pequeña para ser tu novia. Me colmó el plato, no deseo que se me acerque.

Carlota bajó la cabeza y se tumbó junto a Tamara después de cubrirse las piernas con una toalla. Joubert permaneció en su lugar, desconcertado porque había algo en la niña que le indicaba que estaba mintiendo.

-"¿Lo habrá hecho?" - pensó aún más incrédulo. Tal vez hubiese tenido aquella certeza si hubiera sospechado un poco más, pero lo interrumpía una Viktoriya Maizuradze furiosa, que miraba el celular con odio y se quejaba amargamente con su amiga Vera a la voz de "Andrew me quedó mal otra vez".

-"Es un pobre diablo"
-"¡Mandó al sirviente a avisarme!"
-"¡Qué patán!" 
-"Es la última que le aguanto"
-"No le vuelvas a hablar"
-"¿Por qué me hace esto? Ayer hasta me juró que íbamos a solucionar las cosas"
-"Mejor no le vuelvas a contestar y que entienda lo que quiera"
-"O lo llamó la Marina por algo urgente".
-"No te marcó para tranquilizarte o disculparse, mándalo a volar"

A Joubert le irritaba recordar que Viktoriya Maizuradze era la novia de su padre y se sonrojó como tomate al percatarse de que Carlota también había oído la queja. Y el timbre de un celular tampoco ayudaba. La niña contestó y no dudó un segundo en pasar la llamada a su chico.

-Es tu mayordomo - murmuró ella y él se apartó un momento.

-"¿Joven Joubert? ¿Se encuentra por ahí?
-Aquí me tiene.
-"¿Quién respondió?"
-Carlota, mi chica. Ella tenía mi teléfono.
-"Usted debería atender siempre"
-Ella lo cuidaba porque se lo pedí, ¿cuál es el motivo de la llamada?
-"Su padre desea verlo, joven Joubert"
-Supongo que justo ahora.
-"De hecho es una invitación cortés a cenar como padre e hijo".
-¿A qué hora debo presentarme?
-"A las veintiún horas, naturalmente. El General Bessette desea conocer personalmente a tu novia y tratar contigo algo importante"
-¿Carlota? ¿En serio?
-"No ha sido presentada con la familia y el General desea aprovechar para limar asperezas, hace tiempo que no lo ve, joven Joubert".
-¿En qué lugar estaremos?
-En la villa 43 del hotel Buckley.
-Perfecto, anuncia que asistiré pero tengo un compromiso a las veintitrés horas y nuestro encuentro debe ser breve.
-De acuerdo, se hará lo que disponga, joven Bessette".

Joubert se sorprendió no por la llamada, sino por el inesperado deseo de Andrew por reunirse. Aunque su ánimo no era el mejor para pedir permiso, él terminó conversando con Tamara para que Carlota pudiese compartir la cena.


(Tercera parte)

Carlota decidió llevar un vestido menta y un suéter a la cita con Andrew Bessette y después de peinarse, se retiró los pendientes que Sergei Trankov le había regalado con tal de dar una impresión austera y agradable. Todo marchaba sin novedades hasta que tuvo el insólito presentimiento de que debía quitar su dije y dejarlo guardado con Sergei Trankov hasta que terminara la velada. No era broma, le molestaba, pero se asomó por la terraza de su habitación y alzó la mano en señal de que alguien viniera. El guerrillero no demoró.

-Hola, bruja.
-Imbécil.
-Brujita.
-¡No soy una bruja!
-Sólo un poquito, no lo tomes en serio, te lo digo con cariño.
-Te digo imbécil por amor.
-Un amor muy escondido, pero no eres mi tipo y eres una bebé berrinchuda dispuesta a meterme en aprietos.
-Ay, sí. Ni que fueras tan importante.
-Por algo me trajiste.
-¡Rayos!
-Es agradable verte enojada ¿qué se te ofrece?
-Un día te voy a quitar la cara de felicidad.
-Ajá, mejor pasemos a lo importante.
-Iré a una cena con Joubert y creo que tengo que confiarte mi dije. Mi mamá me lo regaló, cuídalo mucho.
-¿Por qué no te lo llevas?
-Voy a conocer a Andrew Bessette, no quiero que piense que me gustan las joyas o los lujos y eso vale mucho.
-A ti se te nota lo capitalista, por favor.
-Házlo, me lo devuelves cuando nos veamos.
-Hecho, ¿algo más princesita?
-¡Trankov!
-Era broma... Cuídate.
-¿Por?
-Si algo sale mal iré a echar un vistazo pero no te quedes sola con Andrew Bessette ¿estamos?
-Sí.
-Buena suerte, Carlota.
-Gracias.

Trankov se iba cuando Joubert tocó a la puerta. La chiquilla aguardó a que el guerrillero saltara por el balcón y abrió tranquilamente. Tomó a su chico del brazo después de asegurar el cuarto con doble llave.


(La reunión) 

Lo que Joubert menos se hubiera imaginado se cumplió. Su padre hacía gala de buen carácter y en toda la cena solo había dado un sorbo al vino mientras prefería conversar sobre sus planes y le preguntaba a Carlota su opinión sobre la escuela, la familia y la práctica del patinaje sobre hielo. 
En resumen, estaba sobrio y parecía muy alegre, a pesar del ligero tono pretencioso con el que describía sus actividades recientes.

-El albergue que visité me hizo ver que el Gobierno Mundial y la Marina tenemos como prioridad defender y proteger a los pobres. He mandado construir una biblioteca para ellos en esta ciudad e hice un par de llamadas para asignarles maestros y fundar una escuela. Te caería bien involucrarte en estas causas, Joubert.
-Podría enseñarles música.
-Empezar como voluntario me parece correcto. Espero que en Francia lo hagas en cuanto llegues. Si quieres te pongo en contacto con alguna fundación.
-Buscaré una, no te preocupes.
-A Joubert le encanta todo lo que tiene que ver con la música, si entrara en un buen colegio podría tomar un taller.
-¿Colegio?
-Imagino que has pensado en completar tus estudios, muchacho.
-Por supuesto.
-Si gustas, te puedo ingresar al de París donde yo estudié.
-Tengo una escuela en la mira.
-Bien ¿cuál es?
-El Lycée des Arts en La Villete.
-¿Una institución de arte? Creí que considerabas una más convencional.
-Padre, te he dicho que quiero ser compositor.
-¿Por qué no eliges una carrera seria?
-Viejo, no quiero defraudarte, pero no me interesa estudiar otra cosa.

El general Bessette colocó sus cubiertos delicadamente a un lado y miró a Joubert con cara de pocos amigos. Carlota contemplaba a ambos evitando hacer ruido y el mayordomo le sugirió abandonar la mesa para dejar al general y su hijo hablar a solas.

-No será necesario. - dijo Andrew - Disculpe señorita Liukin, puede tomar lo que guste y le mostrarán la villa si lo desea. Joubert y yo discutiremos un par de asuntos importantes. Con su permiso.

La pequeña vio a Joubert apartarse con su padre y se preguntó si sucedía algo grave. No quiso dejar el comedor pese a las distracciones que el sirviente se empeñaba en mostrarle y el sitio se tornó oscuro.

-El General Bessette tiene un detalle para usted, señorita.
-Se lo agradezco.
-¿No piensa abrir su obsequio?
-Preferiría hacerlo más tarde.
-Creí que un presente de Lavinia Watson entusiasmaría hasta una niña.
-¿Joubert y su padre discuten siempre?
-No lo acostumbran y lamento que suceda el día que usted nos visita.

Los reclamos comenzaron a percibirse con cierta claridad y Carlota notó que Joubert hablaba menos durante sus turnos. 

-Señorita Carlota, le aconsejo no preguntar por lo ocurrido.
-No lo haré, descuide.

Pero la puerta de la terraza se abrió y Joubert salió deprisa.

-Carlota, perdón. No volverá a ocurrir.
-No te preocupes.
-¿Nos vamos? Tamara quiere llevarte al aeropuerto y es tarde.
-Claro.
-Primero abrázame, por favor.
-Ven.

La chica se notaba confundida y advirtió que Joubert lloraba con fuerza. El general Bessette no se atrevía a moverse de su lugar y Carlota tuvo la extraña experiencia de percatarse que él compartía el llanto.

-Es hora de irnos - dijo Joubert. Carlota en cambio no apartó sus ojos del General Bessette que sacaba, solo Dios sabría cómo, una botella de whisky y la bebía velozmente, sin importar que el líquido se escurriera y manchara su uniforme. El mayordomo corría para arrebatársela y evitar una borrachera a toda costa, logrando a cambio una golpiza que Joubert decidió detener.

Carlota no quiso ver en qué terminaba la escena y salió corriendo, triste también pero llamando a Trankov cuando se ubicó en un pasillo cercano. Él no preguntó por lo ocurrido pero se llevó a la niña con prontitud, obligándola a no girar de regreso.

Agradecimientos especiales a dailymotion.com, telepop.cl y EMI Music Chile por este video.

lunes, 2 de diciembre de 2013

La danza de las galletas (La sonata del hielo)



Tell no Tales:

Bérenice Mukhin caminaba hacia Poitiers cuando sonaron las campanas anunciado las tres de la tarde. Varias personas corrían y sonaban las sirenas de la policía. Entre la gente que se alejaba de la zona, se hallaba Anton Maizuradze.

-¿Por qué la gente huye? - le preguntó Bérenice, tomándolo del brazo.
-¿Qué no sabes? Han prohibido vagar en "zonas culturales".
-¿Tan temprano?
-Todo es culpa del loco que disparó a un niño. Ya me voy.
-¿Dónde vives? Te llevo.
-¿Y qué ahora sí me metan al bote con razón? No gracias.
-No lo harán.
-Si me ven contigo, no me bajarán de vándalo.
-No llegarás a tu barrio a tiempo, no hay guerrilleros que te cuiden el paso. 
-Anda ¿cómo sabes?
-Ni los Rostova han venido por aquí.
-Tú eres una. 
-Ahora trabajo por mi cuenta, vámonos.
-No me acerco a gente que ni conozco, perdón.
-Me llamo Bérenice.
-Lo leí en el diario.
-¿Ves? Si sabes quien soy.
-Pero no si eres buena persona.
-Nunca te haría daño.
-Eso dices, no me consta.
-¿Es que nadie confía en nadie?
-Es que se roban a los niños usando chicas que hacen ojo remi.
-¿Ojo qué?
-Mira, voy atrasado con mi mamá y la policía solo arresta a los morenos, a los indigentes y a los rusos como yo, no quiero problemas, adiós.
-¡Oye! En tu vecindario puede haber patrullas.
-Los Korobeynikov nos cuidan.
-¿Desde cuándo?
-Desde que tu banda les hizo el favor de correr a las fuerzas del mal antes del cateo.
-¿Cuáles fuerzas del mal?
-¿Cómo que cuáles? ¡Los polis!
-¿Quiénes son esos?
-¡La policía! ¿De quiénes hablamos?
-No te ¿escuche? bien. 

Bérenice mordía su dedo meñique con insistencia y miraba al niño casi deseando no haberlo interpelado.

-Mejor llego a mi barrio, hay kermés de galletas y no quiero que me ganen las de nuez.
-¿Ker... qué? Me estás hablando en chino.
-Kermés, es algo así como una feria de ventas y como los "grupos étnicos" no podemos abandonar nuestro "ghetto" después de las tres, pues aprovechamos que ningún habitante finolis de Poitiers o del centro nos va a comprar galletas. Adiós.
-Perdón ¿qué es un ghetto?
-Todo mundo lo sabe, si tú no, investígalo.

"Argumentazo" pensó Bérenice, cuestionándose también que era "argumento" y por qué usaba palabras que no comprendía para definir situaciones o cosas que no la molestaban pero si la desconcertaban.

-¿Podría ir a comer galletas? 
-Si quieres, cada bolsita cuesta unos diez centavos.
-No tengo dinero.
-Hay charolas de prueba.
-¿Me llevas? Tengo hambre.
-Traje un blini ¿lo quieres?
-¡Dámelo!
-Bueno, de nada. Ahora si me desaparezco.
-Gracias.

Anton sacudió la mano derecha como despedida pero la ansiedad de Bérenice con su bocado era tal, que él dejó de lado su malhumorada actitud y recordando su buen corazón, le pidió que lo acompañara a casa.

-Vivo en el barrio ruso.
-Me gusta mucho ir.
-Nada más le aviso a mi mamá que estoy bien y nos vamos a devorar galletas ¿Te parece?
-¿En serio?
-Yo invito, además el vaso con leche es gratis.
-¡Eres un niño hermoso! ¡Déjame besarte la mejilla!
-¡Ay, me vas a sonrojar! 
-Perdón, ji.
-Soy Anton "el besable".
-¿Ah sí? Yo diría que eres "Anton el bonito"
-Señorita que ayudo, me da cariño. Me envidiarían en otros lugares.... Hey, ¿Por qué nos vamos hacia De Gaulle?
-Porque podemos huir más rápido, nada más corre.
-¿Cómo en barata anual o como si me persiguiera Hacienda?
-¿Cómo la segunda? ¿Qué es Hacienda?
-¡Entonces vámonos como si debiera hasta los calzones! 

Bérenice se echó a reír aunque no entendía el chiste del todo. Mientras iniciaba su carrera en el parque, se le ocurrió aprovechar un charco cercano y aventó al niño; encontrándose éste con la novedad de que salía de un espejo en Pushkin y la joven detrás de él.

-¡Con una ...! ¿Qué pasó?
-Cruzamos el reflejo.
-¿Cómo lo hiciste?
-Un juguetito resolvió todo.
-Me caí en agua sucia.
-No, en realidad pasamos de un lado a otro, es algo muy simple. 
-Estoy bien seco.
-Y a salvo, supongo.
-Mi mamá atiende un puesto cerca de la fuente, ¿vienes?
-Creí que estabas sorprendido.
-Lo que quería era llegar, gracias. 
-Si necesitas otro atajo...
-La próxima vez llevaré bicicleta. 
-No es tan veloz.
-Pero me salvaré el pellejo solito. Sígueme, te daré galletas de manzana.
-Las galletas que conozco son de harina.
-Por acá las hacemos de lo que sea, hasta de carne de burro.
-¿Comen burro?
-Es broma; pero hay un montón de cosas que le puedes poner a una galleta, hasta hay de comida para perro.
-Qué locura.
-No le digas a los fanáticos perrunos que son ridículos.
-No, nunca.
-Venga, a comer.

Bérenice aplaudió como si hubiera visto a un malabarista o a un bombero rescatando ancianos, creyendo igualmente en su buena suerte ya que era su segundo día consecutivo probando bocado.

-¡Blinis rellenos de queso feta a cinco centavos!, ¡Lleve su galletón de coco!, ¡Pase a saborear nuestros rellenos de cereza!, ¡Dos por uno en la compra de galletas de naranja!" - se oía y Bérenice tomaba los trocitos de las charolas, fingiendo que regresaría a adquirir cualquier cosa más tarde. Anton le ayudaba a disimular diciendo que su presupuesto era de dos euros y le alcanzaba hasta para llevarse por cincuenta centavos un pan relleno de galletas de chocolate.

-Pero no me lleno.
-Te compro otro blini ¿de qué lo quieres?
-De algo grasoso.
-¡Deme dos de queso! - gritó el niño al aproximarse al vendedor que acaba de instalarse.
-Tengo con relleno de galletas saladas y queso amarillo - Añadió el hombre
-Suena original, dos por favor.
-Por un centavo más te doy el bote de nieve para la guerra de las cinco. 
-Necesito dos.
-El centavo y son tuyos.
-Es una ganga, en otros puestos están a siete.
-Los comerciantes nuevos estafan a los vecinos.
-Se creen muy listos.
-Bueno, nunca me ha gustado robar. Aquí están tus blinis y te entrego tu espuma.
-Diez centavos, incluye propina de cuatro.
-¡Qué generoso!
-Buena tarde.

Pero el vendedor reconoció a Bérenice al levantar la cara.

-Señorita, usted no debería caminar por estos rumbos.
-No sé por qué lo dices.
-Los Rostova no han pasado a este lado y Matt apenas me dio permiso para ganarme algo en esta feria.
-¿Eres del espejo?
-Tengo la cara plana y la nariz de cuchillo.
-Tienes comida.
-Gasté mis ahorros en este negocio, necesito madera para ayudar a la brigada de reparaciones con los parques de nuestro lado.
-Me han hablado de las brigadas.
-Deberías unirte.
-No podría ayudar mucho.
-La próxima semana colocaremos macetas y cercas nuevas ¿quieres venir? 
-Me gustaría.
-Pregunta por mí, me llamo Luiz. Me llaman "Bob" por mi cabeza de palmera.
-¿Qué es "Bob"?
-Quien sabe.
-¡Así que hay otra Tell no Tales en el espejo! No estaba loco - intervino Anton - Es que mi reflejo es medio siniestro.
-Entonces no ves tu reflejo, ves a tu gemelo - contestó Bérenice.
-¿Y es raro?
-No. 
-Entonces lo seguiré saludando.
-No lo hagas, da miedo.
-Bueno, lo que la dama diga... Voy a ver a mi mamá, espérame aquí Bérenice.
-Soy de palo.
-Eh, si traes onda.

Anton se separó unos pocos metros y la joven comenzó a mover su cabeza al ritmo de la música ambiental, asumiendo que se encontraba permitido hacerlo. Luiz por su parte alternaba la preparación de blinis con la de café y sirvió un vaso.

-Toma.
-No.
-Las bebidas son de cortesía.
-La leche es gratis, no sé lo demás.
-No cobro el café, de verdad.
-Gracias.
-¿Qué haces aquí?
-Ayude al niño a irse de Poitiers y me invitó galletas.
-¿Te dijo que este festival se pone muy loco?
-¿Cómo?
-Además de la guerra de nieve hay concursos para elegir a la mejor vestida del festival y al feo más falso.
-Nunca había oído de algo así.
-También está la competencia de quien acaba las ventas primero y parece que yo no ganaré.
-Necesitas llamar la atención.

Bérenice masticó su blini y poniéndose a bailar, anunció:

-¡Disfrute del sabor a galletas saladas con queso amarillo en nuestros blinis y pregunte por el precio para la nieve artificial! ¡Todo barato, todo delicioso, café sin costo y reciba gratis un beso mío! ¡Aproveche y presuma, no habrá otro día!

-No es necesario tanto entusiasmo.
-¿Por qué no? Además, me gustó lo que haces.
-A tu banda no le agradó.
-No soy una Rostova.

Bérenice sonreía muy confiada y contenta de que un grupo de pequeños se acercara. A cada uno le repartía besitos en la frente.

-También hay blinis con relleno de oreo - anunció Luiz y al instante se formó una fila curiosa. Bérenice complacía a cada uno de los clientes.

-Me voy un momento y empieza la revolución - señaló Anton al pasar nuevamente.
-Deberías probar el blini de oreo.
-Te traje de las galletas de mamá, Bérenice.
-Te lo agradezco mucho.
-Te conseguí un sombrero de brillitos y un saco plateado.
-¿Para qué?
-El premio a la mejor vestida.
-Gracias, no estoy interesada.
-Pues deberías, mira a tus fans.
-¿Qué fans? 
-Las chicas de allá.
-Son mini - yos.
-Si te pones esto, les ganas... Ah si, te mandaron un paletón de avena.
-Oh, ¿quién?
-Ellas.
-Mira, las saludo.

Las jovencitas enseguida se acercaron a Bérenice.

-¡Me gusta el color de tu cabello! ¿Crees que si me lo tiño me quede parecido? - dijo una.
-¿Cómo consigues el tono de tu labial? ¿Es cierto que se te ocurrió usar vestidos cortos para que la ropa no te estorbara? - añadió otra. En aquel momento, Bérenice tomó el sombrero de mano de Anton y se lo colocó para comenzar a diferenciarse del grupo que la rodeaba.

-El labial es grosella con café y uso vestidos porque los pantalones dan calor y estorban, los vestidos más largos no dejan correr y los leotardos aprietan. Usaría una lycra para no mostrar mi ropa interior pero el sudor es incómodo y de plano odio los brassieres: nunca ajustan, hay que acomodarlos todo el tiempo, además se marcan y los encajes raspan ¿quién querría sufrir? yo no.

Las chicas anotaban las recomendaciones de su "gurú fashion", ignorando por supuesto que ella en realidad carecía de dinero y su imagen atrevida era resultado de una escasez de materiales que la orillaban a confeccionar prendas diminutas que hicieran rendir hasta el último centímetro de tela de pésima calidad que llegaba a sus manos. No obstante, Bérenice también les jugaba una broma engañándolas con el asunto del labial, mismo que era un rojo quemado convencional que se hallaba en cualquier tienda y no la combinación que les había dado. Otras preguntas iban relacionadas con su banda decorativa en la frente (aunque en esa ocasión no la traía), si tenía un tatuaje, qué aconsejaba para tonificar las piernas o de donde había salido el vestido negro con corbata que llevaba. 

-Ay, qué chicas, ¿desde cuando lo vulgar es digno de un aplauso? Todas se ven ridículas - se escuchó en la fila para adquirir blinis.

El comentario era de la autoría de Audrey Phaneuf, cansada de que Bérenice se apareciera hasta en la sopa. Junto a ella, su amigo Elliot Cohen le pedía en voz baja que omitiera su punto de vista por un momento o se disculpara porque estaba siendo inoportuna.

-No voy a retractarme, nadie le dice a Bérenice Mukhin que sus idioteces con su pandilla de quinta o con cantantitos de octava no son graciosas y bueno, ella y sus seguidoras visten como rameras baratas.

Se suscitó un silencio incómodo que se rompió con el murmullo de "nos insultó Bérenice" por parte de una chica que rodeaba a la pandillera. 

-¡No le hables así! - clamó Luiz a Audrey dejando su puesto.
-Déjalo, sé como resolverlo - le respondió Bérenice -Anton, dame un bote de nieve, por favor.

El chico Maizuradze accedió y Bérenice se acercó a Audrey con una sonrisa y agitando la espuma.

-¿Qué vas a hacer? ¿Llenarme de nieve artificial? Mejor vete de aquí, tonta.
-¿Cómo te llamas?
-Audrey Phaneuf.
-Audrey, mira, que critiques mi actitud o que no te gusten mis amigos pasa; que me llames vulgar es gracioso...
-De pena ajena tu risa.
-Pero que te burles de mis fans que ahora son mis amigas y me llames ramera no te lo permito.
-No llores.
-¿Para qué discutir?

Bérenice abrió el bote y roció nieve artificial a la boca de Audrey, ocasionando que los presentes se alegraran por ese acto. Elliot Cohen ni siquiera disimulaba que no estaba en desacuerdo con la pandillera mientras veía a su compañera limpiarse.

-Bien, voy a portarme de la forma más madura que conozco y no voy a tolerar las agresiones de esta mujer salvaje... Dame dinero, Elliot.
-Audrey, piensa tres veces que vas a hacer.
-Ya lo hice.

Audrey abandonó su lugar y sin pedir permiso agarró un bote con espuma, justo de los que Luiz vendía.

-¿Así que te crees muy chistosa? ¡Trágate esto!

Bérenice Mukhin sintió como su rostro se llenaba de espuma y los ojos se le irritaban; sus admiradoras se apresuraban en empaparla.

-No vuelva a arrojarle nieve a Bérenice o no dudaré en usar mis botes en su contra, señorita - advirtió Luiz.
-¡Elliot, defiéndeme!
-¿No pensarán desatar una guerra de nieve ya?

"¡Guerra de nieve!" gritó Anton y se puso a rociar a todos los niños que se le atravesaban. A Bérenice le pareció una gran idea y aprovechando a sus seguidoras, armó sus propios enfrentamientos contra Audrey, Elliot y todo el mundo. La batalla incluía jugar con los participantes del concurso del falso feo y Bérenice ofrecía tips a sus fans para llamar la atención de aquellos muchachos. 

-Eres bastante genial, Bérenice - dijo Luiz. Ella entonces, se volcó a perseguirlo y llenarlo de espuma, sin olvidar que a las seis tenía una cita con los Liukin en la calle Göetze. 

*Significado de ghetto (el vocablo "gueto" es igualmente correcto):
  Barrio cerrado o aislado en que eran obligados a vivir los judíos en la Edad Media. judería.
  Barrio aislado o cerrado de algunas ciudades de Alemania, Italia y otros países en que fueron obligados a vivir los judíos durante los gobiernos nazi o fascista.
  Barrio o parte de una ciudad en que viven personas de una misma cultura, etnia o procedencia: el gueto negro de Nueva York.