sábado, 14 de mayo de 2016

Unos amigos


Para mi amiga Claudia, una súper fan de Niko Kovac.

Tell no Tales.

En la Estación Central de Policía era día de entrevistas y Maddie Mozer anunciaba a las aspirantes a asistentes de Lleyton Eckhart mientras este revisaba unos papeles que requerían su firma.

-La señorita Muriedas llegó.
-Dile que pase, Maddie.
-Claro... Adelante, señorita Muriedas, suerte - sonrió la mujer y cerró la puerta, un poco preocupada de que Lleyton no tomara un descanso.

-Siéntese por favor, ¿señorita?
-Claudia Muriedas.
-Claro ¿qué se le ofrece?
-Vine por el trabajo.
-Por la entrevista.
-Sí.
-Leí que labora en Industrias Izbasa como publicista.
-Publicista gráfica.
-¿Carteles?
-Logotipos.
-Interesante... ¿Estudió semiótica?
-Y una maestría en diseño gráfico.
-Honestamente no comprendo por qué envió su currículum si no tiene nociones del sistema judicial.

Claudia Muriedas se hallaba tensa y perpleja de comprobar que Lleyton Eckhart había leído su historial y le prestaba atención pese a ocuparse de sus propios pendientes.

-Verifiqué las referencias que proporcionó, me confirmaron su puntualidad y disposición al trabajo grupal.
-Mi empleo es exigente.
-¿Cada año rediseñan la imagen de los productos? Debe existir mucha presión.
-Compito con varias propuestas
-Esto no es una carrera.
-Cada vez que nos solicitan renovar la imagen de un producto, debemos analizar el rango de edad de consumo, tendencias de moda y colores que le podrían agradar al público...
-¿De qué serviría si se convierte en mi asistente?
-Aprendería a trabajar a su ritmo y  tal vez la fiscalía tendría un sello.
-¿Para qué quiero un sello? Todo va firmado por mí y la policía tiene un logo oficial, así que no sé que la trajo a mi oficina.
-Disculpe por quitarle el tiempo, creo que no soy la persona adecuada.
-¿Qué le gustó de la vacante?
-El horario.
-¿Por qué?
-Es que el sueldo es mejor que en Industrias Izbasa y se trabaja menos horas.
-Lo entiendo más.
-Me gustaría llevar los documentos, contestar el teléfono y arreglar las citas.
-No es interesante.
-El puesto tiene más futuro, tal vez en dos años o tres llegaría a la división de Crímenes de Arte.
-¿Por qué apoyaría sus aspiraciones? Está en la oficina equivocada.
-Lo siento.
-Señorita Muriedas, yo necesito una persona comprometida con mi ritmo de trabajo y la confidencialidad que amerita, manejo información delicada y mi intermediaria no puede buscarme como una referencia laboral infalible. Quien lo lamenta soy yo. Le sugiero mandar sus datos al teniente al mando de la unidad de arte, podría interesarle. Buenas tardes.

Claudia se levantó con pena y abandonó la oficina, pensando que había cometido un error al exponer sus intenciones; Lleyton Eckhart buscaba a una asistente incondicional. Al exterior, aguardaban algunas personas entre secretarias y estudiantes de leyes y la chica optó por salir y dirigirse a la cantina de Don Weymouth, en donde alguien la esperaba.

Tal y como había predicho Evan Weymouth, la señorita Sandra Izbasa comenzaba a hacer acto de presencia en la taberna a la hora de la comida, acompañada por un grupo de jovencitas que bebían el doble pero no compartían sus presiones. Por más que se esforzaba, a Sandra no se le daban los encuentros públicos y en privado lidiaba con espías que informaban a sus padres todo lo que hacía. La gente la tachaba de mal peinada, mal vestida y despistada porque no aprendía el protocolo y en la escuela se le exigía formar parte de los comités altruistas y los equipos académicos. A Evan le daba risa verla intentando relajarse con agua mineral y terminando con un jarro de salkau al que miraba con desdén.

-¡Claudia, ven!- exclamó al ver a la chica Muriedas entrar después de un largo rato - Cuéntame todo.

Claudia se aproximó y tomó asiento a pesar de la indiferencia del resto del grupo.

-¿Lleyton te dio el trabajo?
-Me fue mal, Sandra.
-¿Qué pasó?
-No cubro el perfil.
-Qué lástima, pensé que te lo daría.
-Es que le dije que quiero entrar a crímenes de arte.
-Lleyton es muy exigente.
-Nada perdí con intentar.
-No te preocupes, hablaré con él.
-No, qué pena.
-No hay problema, te mereces ese puesto.
-No sabría agradecértelo.
-No creo que encuentre a alguien mejor, vamos de una vez.
-¿Segura?

Sandra se colgaba el bolso cuando una risa escandalosa llamó su atención: a Bérenice Mukhin le había estallado un recipiente con salsa de tomate en las manos y salpicó a Kovac, que en lugar de tomarlo a mal, bromeaba al respecto.

-¡Es Kovac! - exclamó Claudia desde su sitio - Siempre quise conocerlo ¿Lo saludamos?
-Yo estaría furiosa si alguien mancha mi ropa - replicó Sandra.
-Pero qué lindo ¡hasta ayuda a limpiar!
-No te quedes embobada.
-¿Vamos por el empleo, verdad?
-Luego te presento a Kovac, de seguro me recuerda por mi hermana.

Sí, Zooey Izbasa había sido novia de Kovac por un brevísimo tiempo y después de recordar la anécdota, Sandra fue detrás de Claudia, tropezando con un mensajero que no le prestó atención.

-¡Servicio de entrega para la señorita Bérenice! - exclamó el hombre y la chica de la barra contestó con un "¡hola!" largo y desgarbado, examinando sus obsequios de inmediato.

-¡Qué rosas tan lindas y qué ricos caramelos!
-¿Me firma de recibido por favor?
-Ay claro, un garabato ¿Sabe quién mandó esto?
-No tiene tarjeta.
-¡De seguro fue mi Luiz! Siempre me da cosas bonitas.
-Tenga un buen día, señorita.
-Muchas gracias ¿no quiere una hamburguesa? ¡Celebramos que tendré un bebé!
-No pero felicidades.

El mensajero se alejó y la joven se avocó a degustar los dulces, invitando a Kovac y olvidando su desastre. Sandra y Claudia pasaron junto a ellos pero, mientras una no resistía las ganas de conocer al famoso, la otra se llevaba la sorpresa de que al salir, vería a Lleyton Eckhart dándole propina al chico del servicio de entregas.

-Claudia ¿viste? ¡Lleyton le mandó un regalo a esa mujer! ... ¿Dónde andas? ¡Te dije que luego te presentaba a Kovac!

Sandra hablaba para sí misma y volvió al interior, pero desalentada por el entusiasmo de su amiga, se retiró de nueva cuenta y se acercó a un desprevenido Lleyton que desde lejos observaba lo que sucedía al interior.

-Hola, Lleyton.
-Oh, hola.. Buenas tardes.
-¿Viniste por un trago?
-No y tú no deberías preguntar por estas cosas.
-Estuve con unas amigas pero no me hicieron caso.
-Cambia de compañía.
-Estoy esperando a una chica que se quedó embobada con Kovac.
-Tienes derecho de irte.
-Sería grosera, yo la saqué del trabajo hace rato.
-Existió una razón.
-Es que me dijo que quería ir a tu entrevista y creo que no funcionó.
-¿Le dije que no?
-¡Dale una oportunidad!
-Si ella no me convenció, dudo que cambie mi opinión.
-Ella es genial.
-Tomé una decisión.
-Pero te ayudaría mucho, es muy responsable.
-¿De quién se trata?
-De Claudia Muriedas, de Publicidad en Industrias Izbasa.
-Mi respuesta fue no.
-Te conviene.
-Dile a tu amiga que busque otro puesto.
-Necesita ayuda.
-No la mía, lo siento.
-Disculpa.
-Por cierto, creo que Kovac está incómodo.

Sandra volteó hacia la cantina y distinguió a un sonrosado Kovac que firmaba un autógrafo y sonreía nervioso. Claudia lo había llenado de piropos y Bérenice interpretaba el papel de casamentera para convencerlos de salir una vez.

-Sandra, me retiro, me reclama la oficina.
-Comprendo.
-Con tu permiso.
-Propio.
-Lo lamento por tu amiga.
-Descuida.
-Preguntaré si hay vacantes en algún departamento.
-¿Lo harás?
-Es una atención que tendré contigo.
-Gracias, Lleyton.
-No prometo...
-Está bien, adiós.
-Nos vemos.

Lleyton miró a Bérenice y como ésta conversaba con Claudia, le pareció momento de hacer algo arriesgado.

-Sandra.
-¿Qué pasa?
-Avísale a la señorita Muriedas que se presente en mi oficina a las ocho de la mañana.
-¿De veras? ¿Te acuerdas de ella?
-Me urge una asistente y parece que tiene iniciativa.
-¡Sabía que te convencería!
-Adviértele que está a prueba.
-¡Muchas gracias!
-Pídele que no acose a Kovac.
-Trato hecho.
-Es que lo veo con frecuencia.
-¿Te visita en la oficina?
-Para sacarme de ella.
-Le diré a Claudia, adiós.
-Adiós, Sandra

Sandra cruzó la calle y se introdujo en el local, sorprendiendo a Bérenice y Claudia en plena charla sobre un Kovac que se había alejado un poco.

-Esa sonrisa es un sueño ¿siempre anda por aquí? - preguntaba Claudia.
-Casi todos los días, es que está grabando unos comerciales y le queda de paso.
-Con razón se ve más delgado.
-Interrumpo, perdón - intervino Sandra - Nos tenemos que ir, Claudia.
-Ay, es cierto, me van a regañar.
-Ni te preocupes ¡Lleyton te dio el empleo!
-¿Qué?
-Hablé con él y estás dentro.
-¡Qué emoción! Bérenice apenas me había dicho que lo iba a convencer.
-¿Bérenice?
-Ella.
-¿La cantinera?
-Lleyton es cliente aquí.
-Eso explica las flores.
-¿Cuáles?
-Divago... Señorita - dirigiéndose a Bérenice - ¿De dónde conoce a Lleyton?
-De aquí - contestó la interpelada - Un día vino por salkau.
-Ya veo, lindas rosas.
-¿Verdad? ¡De seguro las compró mi Luiz adorado!
-Fue Lleyton.
-¿Qué dijo?
-Nada, Claudia y yo nos vamos.
-¡Vuelvan pronto! ¡Felicidades, Claudia!

Sandra y Claudia se despidieron y Kovac volvió enseguida con Bérenice. El ambiente en la cantina era alegre por un juego de hockey próximo a iniciar.

-De repente llegan mis fans - comentó Kovac.
-Tienes que salir con Claudia ¡te quiere mucho!
-La acabo de conocer.
-Se nota que le gustas.
-Es lo mismo.
-Necesitas amigas.
-Contigo estoy bien
-Claudia es divertida.
-Tú también.

Bérenice sonrió y comenzó a bailar y cantar detrás de la barra en lo que llegaban nuevas órdenes y Kovac se limitó a verla, seguro de que a ella le interesaba armar una fiesta.

A la mañana siguiente, Claudia Muriedas se presentó en su nuevo trabajo. En la Jefatura de Policía iniciaba el turno matutino y se podía distinguir a los oficiales platicando recargados en los escritorios o las gavetas. La oficina de Lleyton Eckhart se ubicaba en el cuarto piso y ella se dirigió hacia allá, sorprendiéndose de que su jefe estuviese ocupado con el papeleo.

-Pase, señorita Muriedas. Buenos días.
-Buenos días, señor Eckhart.
-Tome asiento ¿le sirvo café?
-No gracias.
-Llegó en punto.
-Pensé que me iba a perder.
-¿Llevaría estos expedientes al archivo y estos folders ante la jueza Rochette?
-Claro.
-Tengo un desayuno con el comisionado de policía así que también le encargo entregar este oficio al fiscal Welsh antes de que entre a la corte a las 9:30. Atienda mis mensajes y estaré aquí a las 13:00 horas; iré a la nueva estación de Láncry y me reuniré con el fiscal Tellier. No deje que nadie entre a mi oficina.
-Disculpe ¿qué le contesto a la gente que llame?
-Prensa: no concedo entrevistas; familia y amigos: no estoy. Dejé una planta en su escritorio, señorita Muriedas, cuídela... Su extensión telefónica es 9377, buen día.
-¿Algo más?
-Las notificaciones de la Corte no paran de llegar, si alguien de la fiscalía pierde un juicio, avíseme enseguida.
-De acuerdo.
-Otra cosa ¿podría comprar unas flores y entregarlas a esta dirección? - extendiendo una nota - Al mediodía la llamaré para saber si lo hizo personalmente ¿El teléfono de su currículum es el de su celular?
-Así es.
-Perfecto, las rosas son anónimas y son para la chica... Es la única del lugar. Si se topa con Kovac, mandelo a Láncry conmigo o invítele un café.
-¿Qué?
-La veo a la hora acordada, hasta luego. Me saluda a Sandra si la ve.

Ambos abandonaron la oficina y Claudia reconoció su escritorio con mucha curiosidad, aunque pensar en Kovac la ocupaba más ¿En serio se frecuentaba con su jefe? Entonces era un empleo de ensueño ¡Todas las mujeres codiciaban a ese hombre soltero!

Imaginando cómo sería reencontrarse con él, Claudia pasó la mañana perdiéndose en el edificio, cumpliendo sus órdenes apenas y recibiendo el regaño del fiscal Welsh por ello. Desanimada porque no le estaba yendo bien en su primer día, regresó a su sitio y reconoció enseguida a la figura que le daba la espalda ¡Kovac!

-¡Usted! - gritó, reprimiendo su emoción - El señor Eckhart no está.
-Vengo más tarde.
-Dijo que lo ve en Láncry.
-Gracias, vendré otro día.
-Me dio gusto saludarlo, Kovac.
-Igual a mí ¿está ocupada?
-¡No! Bueno sí, me falta comprar unas flores.
-¿Flores? Mmh, ¿Lleyton le comentó a qué hora viene?
-A la una, así que mejor me doy prisa.
-¿Para quién va a ser el ramo?
-Creo que para una chica pero no sé quien es, tengo una dirección.
-Lleyton ha estado haciendo cosas muy raras.
-Kovac, disculpe pero ya me voy.
-¿Dónde tienes que dejar el regalo?
-En el Panorámico ¿no sabe si hay una florería cerca?
-Creo que no pero hay en Dubrova, la acompaño y le invito un café.
-¡Encantada!
-Andando.

Kovac no estaba cómodo con lo que hacía. De imprevisto se había interesado en el extraño encargo de flores que Lleyton delegaba en su asistente, misma que tal vez charlaría sobre lo que ocurría. Respecto a la destinataria de las flores, tenía la convicción de que se trataba de Bérenice y lo molestaba. Desde el convivio en el parque, los deseaba apartados; posiblemente porque ella era novia de Luiz y éste era su amigo.

Claudia, ajena a ese sentimiento, aprovechaba para colgarse del brazo de Kovac y daba ya un paseo en el cual le contaba de sí misma. Él le prestaba atención a momentos y le caía bien, tanto que al arribar a la florería no dudo en regalarle unas margaritas, aunque la joven se percatara de su insistencia por escoger el ramo encargado.

-¿Sabes a dónde iremos, cierto? - preguntó Kovac.
-Al Panorámico.
-Me refería a una cantina.
-¿Cuál?
-En la que nos conocimos.
-¿Con la chica de la barra?
-¿La conoces?
-De ayer.
-Terminamos con esto.

Claudia en consecuencia, sospechó.

El resto del paseo, Kovac se dedicó a platicar de un comercial que haría y de otro que estaba por terminar; la campaña saldría hasta en Croacia si funcionaba en Tell no Tales. Claudia intentaba no ensoñarse ante su sonrisa y el encanto crecía cuando le relataba sus aventuras en un equipo de fútbol de niño: "Era malísimo" declaraba él con nostalgia.

-¿Lleyton te ha dicho para qué quiere las flores?
-Como obsequio.
-Él no es detallista.
-Por eso escogiste el ramo.
-Para no arruinar su sorpresa.
-¿Y esa otra rosa?
-Para Bérenice, es una amiga.

A Claudia le quedó claro: Kovac la acompañaba para opacar el regalo de Lleyton. Era una rivalidad sin declarar por una mujer con la vida resuelta.

-¿Cuándo conociste a Bérenice?
-Cuando regresé.

Claudia abrió más los ojos y entró en la cantina Weymouth, hallando a Bérenice bailando y limpiando las mesas, sin advertir a nadie.

-¡Bérenice! - llamó Claudia - Hola, vine rápido a darte algo de tu admirador secreto.
-¿Secreto? ¿Tiene cabeza de palmera? ¡Mi Luiz es muy romántico!
-No es él.
-¿Cómo es?
-Es secreto.
-Luiz se pondrá celoso.
-Si le explicas...
-¡Hola Kovac!

Bérenice agitó la mano y Kovac se aproximó con su presente.

-Para ti.
-¡Gracias! Me encantan las rosas blancas ¿Por qué trajiste una?
-¿Querías el ramo completo?
-¿Por qué no?

Claudia atinaba a situarse en la barra y contemplar a aquellos dos charlando de no se sabía qué y riendo de tonterías; no obstante, Kovac decidiera ayudar con el aseo.

-Volveré al trabajo - pronunció, segura de que no se darían cuenta porque la música se percibía a un volumen más alto que al llegar.

-¡Espera, Clau! - gritó Bérenice - ¿No tomas algo?
-¿Cómo qué?
-Kovac se quedará a limpiar las mesas de atrás ¿Vienes? Quiero hablar contigo.
-¿De qué?
-¡Por acá!
-¿Te sales sin avisar?
-¡Ven, ven, ven!

Bérenice agarró a la mujer de la mano y salieron deprisa a la calle, hasta un puesto callejero de venta de kebab, donde la primera adquiría una ración y la devoraba como si no existiera el mañana.

-¿No quieres, Claudia?
-No tengo hambre, gracias.
-¿Agua?
-¿Qué?
-Ay bueno, entendí.
-¿Para qué me trajiste?

Bérenice pasó el bocado, chupó sus dedos y dijo en voz baja:

-Lleyton me mandó las flores.
-Fue tu admirador.
-La verdad es que todos los días hace lo mismo, no sé como le alcanza para comprar tantos rosales.
-¿Rosales?
-Es que me llegan muchas rosas y las pongo para decorar la cantina; si las llevara a mi casa, Luiz se pondría celoso.
-¿No quieres problemas?
-Es que Lleyton me cae bien pero no tiene derecho a estas cosas, no quiero que Luiz o Kovac o los dos lo lastimen.
-¿Por qué?
-Luiz es mi novio, Kovac es el amigo del novio y los dos no son amigos de Lleyton.
-Kovac siempre ha estado con Lleyton.
-Agradécele las flores de mi parte pero que no envíe más.
-Está bien.
-Va a insistir pero convéncelo de no seguir con esto. Me voy a sentir mal si Lleyton llora.
-¿Qué pasa ....?
-Dile que lo siento pero estoy con Luiz y espero un hijo, Kovac es el padrino y mi padre está muy feliz, por favor.
-Claro.
-Gracias, eres una buena amiga.

Bérenice abrazó a Claudia y se enjugó las lágrimas al marcharse. Al llegar a la cantina, era prácticamente un mar.

-¿Qué tienes? - preguntó Kovac al verla.
-Me acordé de algo.
-Cuéntame.
-Aquí no.
-¿En el callejón?

Ambos cruzaron el local y salieron por la puerta de la cocina.

-¿Te sientes bien?
-Kovac, no me gusta que la gente termine peleada.
-¿Qué dices?
-¿Eres amigo de Luiz?
-Sí.
-¿Le hablo de que mandaron un ramo?
-Depende ¿te importa?
-¿Si se molesta?
-¿Es celoso?
-No tiene motivos todavía.
-Ni los tendrá, no te preocupes.
-Entonces ¿por qué me trajiste una flor?
-Fue una atención.
-No lo hagas otra vez.
-Comprendo.
-Tampoco me acompañes a la guardería por Scott.
-Como gustes.
-¡No me guiñes el ojo!
-¡Hey! Es un tic.
-Kovac.
-Lo intentaré pero ¿qué te puso así?
-Luiz es el hombre perfecto, tendremos niños lindos y unos regalos no lo van a arruinar. Kovac no te acerques tanto, no podría...

"Rechazarte"era lo que Bérenice pretendía externar pero se contuvo. Aquello era para Lleyton, no para Kovac, pero éste último captó el mensaje y se alejó unos minutos. A lo mejor ella tenía razón e inconscientemente anhelaba a Kovac y Lleyton a una gran distancia para no perturbar nada, para defenderse.

-Me retiro, disculpa por la flor - señaló Kovac.
-No lo tomes mal.
-Mejor evitamos el malentendido.
-No es por tu obsequio.
-Descuida.
-Kovac....

Bérenice estrechó a su amigo y besó su mejilla, tratando de controlarse. Desde la parrillada, sus sentimientos estaban a flor de piel porque la decisión de quedarse con Luiz y no con Lleyton le había dolido mucho y Kovac estaba en medio, como amigo sí, pero en medio.

-Perdón, no quise decir ni la mitad.
-Lo sé, Bérenice - Kovac rió.
-¿Luiz me manda las flores?
-¿Por qué piensas que es otra persona?
-Es que es capaz de darme una bola de pelusa.
-Luiz es un gran chico.

Kovac consoló a Bérenice y besó su frente, sin ofenderse por la plática. Hacía días que se consideraba un Mukhin más y no tenía curiosidad de dejar de serlo, ni siquiera por sus vínculos de treinta años atrás, como Lleyton, con quien ya no conectaba y el aprecio amistoso se hallaba roto.

martes, 12 de abril de 2016

Todos se juntan


Era martes y en París la rutina volvía paulatinamente a la normalidad, razón que obligaba a Hugo Maizuradze a cocinar pasta para Cumber y Svante a media noche.

-¿Donde estuvieron? - preguntó a Cumber.
-En la audición de Svante.
-¿Como le fue?

Hugo tomó la cacerola y procedió a servir mientras Cumber colocaba los cubiertos, Svante se hallaba en el sofá intentando encender infructuosamente un cigarrillo y y preparando su bloc de notas para conversar.

-"Pasé la audición" - escribió. Hugo sonrió.

-Lo contrataron en el cabaret bizarro - dijo Cumber.
-¿De qué se trata?
-Los freaks se entierran cuchillos en el trasero.
-¿Quién querría ver eso?
-Yo.
-No sé porque me sorprendo.
-Mejor felicita al travesti.
-¿Qué va a hacer ahí?
-Es el presentador.
-¿Cómo?

Svante levantó su cuaderno y se leyó perfectamente "con letreros". Después, el chico tomó su lugar en la mesa y abrió una botella de vino.

-Cuando supieron que no habla, lo contrataron - contó Cumber.

Los tres procedieron a comer en silencio pese al ruido proveniente de la estación del metro cercana y de la persona que tocaba a su puerta insistentemente.

-¿Vieron a Viktoriya? - siguió Hugo.
-"Nos encontramos a Maxim en Les Halles"
-Gracias, Svante.
-"¿Qué hiciste hoy?"
-Hice una prueba en el PSG, la próxima semana me dan los resultados.
-"Suerte".
-¿No dirás nada, Cumber?
-Que ya me fastidié ¿Quién demonios molesta a esta hora?
-Le debemos unas reparaciones al casero.
-Que venga luego.
-Cumber, no ...

Luke Cumberbatch se incorporó de mala gana y abrió la puerta enérgicamente, sobresaltándose y casi tropezando hacia atrás.

-Hola, Cumber, te seguí. Conoces a unos personajes interesantes de los que quiero que me hables - Inició el visitante.
-Cumber ¿vendes drogas? - intervino Hugo.
-Lo lamento, pensé que no tenías compañía.
-¿Quién es?
-Nadie, un idiota - murmuró Cumber y cerró la puerta tras de sí. En el pasillo estaba una segunda persona, una chica que guardaba distancia.

-¿Qué quieres, idiota?
-Eh, tranquilo - rió el visitante.
-¿Para qué me busca la Marina, idiota?
-Dile a Trankov que me espere en St. Michel a las 7:00 am, tengo lo que pidió.
-¿Qué cosa?
-El mapa, ya lo corregí.
-Dámelo.
-Lo haré yo mismo.
-¡Idiota!
-Magnussen casi lo pierde, yo me encargaré.
-¿Qué le pasó a Thorm?
-Cometió un descuido.
-¿Quién demonios eres?
-Un idiota de la Marina.
-No juegues, imbécil.
-No estás listo para pelear conmigo.
-¿Quién eres?
-Almirante General, Stendhal Trafalgar.
-¿Qué?
-Nadie está en problemas.
-¡Aléjate!
-Dile a Tennant Lutz que deben entrenar. Nos vemos, Cumber.
-¡Oye! ¡Qué rayos haces?
-Mi trabajo.

Trafalgar se marchaba, pero se topó con la chica, asutándose más que Cumber al enfrentarlo.

-¿También te descuidaste, marino idiota? - ironizó Cumber.
-Es una amiga, no le cuentes a nadie.

Cumber aceptó y se introdujo a la buhardilla para avisar a Magnussen; Trafalgar en cambio tomó a la joven por los hombros y la cubrió con su abrigo. En las escaleras iniciaron una conversación.

-¿Qué es eso del mapa? ¿Qué tiene que ver con Thorm? - dudó ella
-Haces demasiadas preguntas, Tamara.
-Ni siquiera sabía que eres el jefe de la Marina.
-Estoy arreglando un asunto.

Ante la ausencia de más frases, él supo que Tamara no había escuchado todo.

-Ese chico es mi primo - mintió - Los dos conocemos a Thorm y le pedí que le avisara que estoy en la ciudad.
-¿Y el mapa?
-Thorm colabora a menudo conmigo.
-No te creo.
-¿Por qué me seguiste?
-Me dejaste en el hotel.
-No tardaría.
-¿Cómo saberlo?
-Tienes fiebre.
-No me quería quedar sola.
-¿Te gusta estar conmigo?
-Odio que me malinterpretes.
-Vamos a dormir, encenderé la chimenea si te da frío.

Ambos apresuraron el paso.

-No me aprietes, mujer.
-Perdón, no me siento bien.
-Comprendo.
-No vayas a creer otra cosa.
-¿Sexo?
-Algo así.
-¿Quieres?
-¡No!
-Te vi desnuda.
-No te he matado y no quiero hacerlo hoy.
-Estabas caliente.
-¡Retira lo que dijiste!
-Desde ese día estás enferma ¿qué iba a hacer? ¿Dejarte morir?
-¡Avisar!
-Pero no pedí permiso y sigues aquí.

Ambos caminaron hasta hallar un taxi vacío que los trasladaría a un modesto hotel cercano a Trocadero. A Tamara sin embargo, le interesaban los vínculos de Trafalgar y memorizó la ruta como pudo, dispuesta a preguntar más tarde. Algo tenía el tal Cumber que le recordaba a alguien.

Poco después, la joven se quedó dormida y Stendhal la llevó en brazos hasta hallar un taxi vacío. Esto la privó de enterarse que Tennant Lutz los reconocía en un alto y comenzaba a seguirlos hasta el hotel, no sin sacar su celular y llamar a Trankov en el acto.

-Es urgente, Trankov.
-"¿Qué pasa?"
-¿Dormías?
-"Date prisa".
-Trafalgar está en París.
-"Síguelo".
-Estoy en eso.
-"¿Cómo diste con él?"
-En una luz roja. Por cierto, viene con tu amiga Tamara.
-"¿Qué? Averigua lo que sea".
-¿Qué hay de Thorm?
-"¿No te ha llamado?"
-Pensé que te contactaría.
-"Saldré a buscarlo".
-Ten cuidado.
-"No te metas con la marina".
-Creo que debemos avisarle a Cumber.
-"De Cumber hablamos luego".
-Creí que confiabas en él.

Trankov colgó y Lutz condujo su motocicleta hasta Trocadero, constatando momentos más tarde que el almirante entraba y salía del hotel, no sin pasar por alto deliberadamente que era espiado. Lutz se reprochó por semejante baja de guardia y huyó, intentando perder su rastro yendo a la periferia de la ciudad y destrozando su teléfono, alcanzando a enviar el mensaje a Trankov de que había fallado y se escondería en la sex shop donde laboraba en la espera de otras indicaciones.

Durante la madrugada, Trankov intentó reunirse con Thorm y caminó por París con la cautela de no alzar la mirada, dando por sentado que varios miembros de la marina rodeaban barrios enteros y aguardaban cualquier orden de Trafalgar para entrar en acción. Por lo mismo, Trankov tenía la esperanza de que la equivocación de Lutz fuese ridícula y nadie tuviera la necesidad de escapar prematuramente, sobretodo Thorm, que conocía de memoria las tácticas de la marina.

Entonces el guerrillero recordó que lograría salirse con la suya: Luke Cumberbatch era un recluta nuevo y no existía menor registro de él, así que en caso de una catástrofe, Thorm recurriría a refugiarse en su apartamento y despistar a la marina con indicios falsos de una misión inexistente, comprando tiempo para sus jóvenes compañeros.

Con el corazón en un puño, apretó el paso aunque no tenía rumbo y dio finalmente con Thorm en Le Marais, al quien al parecer, Lutz finalmente había llamado.

-Vete, Sergei.
-¿Cómo?
-Lutz puso en sobreaviso a Trafalgar, así que instruí a Adelina Tuktamysheva para ir por tu mujer y esperarte en la Gare du Nord. El tren más próximo sale en treinta minutos hacia Niza.
-Supongo que la estación está vigilada.
-Trafalgar está desplegando a sus hombres en Trocadéro, Avenue de la République y el Arc de la Défense. Hay elementos en Gare de Lyon y Montparnasse.
-¿Por qué no cubre lo demás?
-Por inexperiencia, recuerda que fue almirante en Inglaterra y para él estas cosas siempre fueron asunto de zonas turísticas.
-Y acaudaladas.
-Aprendió que primero debe cubrir a los poderosos.
-Te pido un favor.
-Escucho.
-Tengo una amiga, Carlota Liukin. Házle llegar una nota diaria para que crea que todo marcha bien, quiero evitar que vaya por mí o que se le meta en la cabeza cualquier barbaridad.
-Entiendo.
-Un tipo que se llama Miguel le atiende los mensajes. Te dejo a cargo Thorm, cuida a esa niña al costo que sea.
-¿Por qué? ¿Es parte de la misión?
-Es la misión. La encontrarás en Saint Denis, Lutz o Cumber te pueden guiar.
-¿A dónde irás?
-Venecia.
-¿Piensas retirarte?
-Entrenar.
-No es seguro.
-Cuando tenga el mapa listo, lo sabré.
-No vayas.
-No decidas por mí, Magnussen.
-Pero la marina...
-¿Algún problema?
-La capitanía podría estar activa.
-¿Hay algo que debas informarme?

Thorm Magnussen suspiró tenso.

-Te mandaré el mapa a Niza cuando lo tenga.
-Gracias. Protege a Carlota.
-Como ordenes.
-Algo más: De Trafalgar me ocupo yo.

Sergei Trankov no se despidió y siguió su ruta a la Gare du Nord a paso lento. Por extraño que fuera, sentía satisfacción de delegar sus deseos a Thorm Magnussen para definir si prefería regresar al pasado o ser un hombre fuera de tiempo en el presente. En cuanto a la Marina, en lo individual lo tenía sin cuidado. Con la arrogancia suficiente para confiarse, ya había sostenido palizas memorables con excepción de la última: Había enfrentado a Borsalino en secreto. Tal hecho se suscitó la misma noche del tiroteo en "I cipollini", cuando el almirante lo retó una vez que Trankov había salido a respirar luego de visitar a Joubert Bessette. Las huellas se constataban en el techo del hospital de Saint Denis.

Conforme el cielo se iba aclarando, Thorm Magnussen se acercaba más a Saint Michel. A una distancia prudente se hallaba Luke Cumberbatch y ambos preparaban sus armas, puesto que el caos se desataría si Trafalgar llevaba refuerzos. Pero este último se presentó a la hora pactada, en solitario.

Stendhal Trafalgar se había desprendido de Tamara gracias a la fiebre y se daba prisa para que no notara su ausencia, ya que ella realizaba demasiadas preguntas. Vestido con un traje oscuro y la gabardina propia de su rango con motivos morados, Trafalgar demostraba una edad precoz para sus responsabilidades y que tratar con Thorm no le importaba tanto.

-¿Trankov? - preguntó inocente.
-Se marchó.
-No es extraño, en fin. Toma.
-¿Un chip?
-Guardé los mapas corregidos y me aseguré de no dejar respaldos.
-¿Por qué haces esto?
-Te cubro la espalda.
-¿A qué juegas?
-Cometiste un error y esperabas arreglarlo por tu cuenta; si la marina te detiene, Trankov estará sobreaviso.
-¿Seguirás el guión?
-Jamás me opondría a Trankov.
-No me trago esas palabras.
-¿Soy un aliado? No lo pudiste calcular.

Thorm miró a Trafalgar y confuso, le arrebató el chip.

-Los Didier no perdieron los mapas.
-¿Entonces?
-Tamara corrió detrás de ti, Thorm.
-¿Ella?
-No tuvo una mala intención.
-¿Qué busca?
-Dime tú
-¿Ella te dio los mapas?
-No es una espía si eso te inquieta. De todas formas nos salvó porque Borsalino allanó a los Didier.
-¿Por qué?
-La Inteligencia francesa informó que te hallabas en Hesparren.
-Qué descuido.
-Pero no contaban con Tamara y de suerte me topé con ella.
-¿Que hacías en Hesparren?
-Vigilarte por mi cuenta.
-¿Qué pretendes, idiota?
-Nada, al menos no contigo ¿Cumber y tú acordaron no alarmar a Trankov? Buena decisión, hasta luego.
-¿Qué es esto? ¿ Te burlas?
-Soy un aliado.
-¿Por qué arriesgarías el pellejo?
-Trankov no es mi enemigo.
-¿Juegas doble o a quienes les ves la cara?
-¿Por qué traicionaría a mi padre?
-¿Qué dijiste?
-Trankov es mi padre. No voy a explicarte lo que sólo él entiende.
-¿Bromeas?
-No.
-¿Por qué te enrolaste en la marina?
-Para proteger a mi padre. Hasta luego.

Stendhal Trafalgar se alejó serenamente y Cumber se acercó a Thorm, que no alcanzaba a reírse del aparente disparate que acababa de revelársele.

-Entreguemos los planos.
-¿Qué te dijo?
-No hay que confiarnos.
-Es un marino.
-Pero no miente.
-¿Qué significa?
-No vale la pena averiguar.

Stendhal Trafalgar caminaba lento y estaba muy feliz. Iba a confiar en Thorm en idéntica proporción en que notara lealtad incondicional y le apretaría el cuello apenas surgiera la mínima duda o debilidad, no obstante, la causa de Trankov se antojara nebulosa e imposible, además de ajena. Sin embargo, Stendhal prefería verlo triunfante a humillado.

En un momento dado, él se devolvió y constató que Thorm y Cumber se habían ido ya. No esperaba menos de los colaboradores de su padre.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La reunión de los Maizuradze


-¿Tú eres el gitano, verdad? - preguntó Viktoriya a Hugo en la recepción del hospital. Tal coincidencia se debía a que ambos habían solicitado copias de sus altas médicas.

-Me llamo Hugo.
-¿Eres el que siempre me manda regalos?
-Es que te admiro mucho y has sido amable.
-Pues ya no.
-Perdona.
-¿Por?
-No sé exactamente por qué.

Viktoriya lo observó unos segundos y notó que alguien lo esperaba ya; un chico rubio muy alto con apariencia de mimo, una camisa estampada con arlequines y un gorro en su cabeza.

-Nos vemos luego - dijo Hugo y daba unos pasos cuando Vika creyó notar que el desconocido tenía un rostro idéntico al de su padre al verlo reflejado en un cristal.

-Espera, Hugo ¿Dónde vas? - preguntó con ligera sospecha.
-Al barrio chino ¿y tú?
-No tengo nada que hacer.
-¿Nos acompañas?
-No estoy segura.
-¿Por qué soy gitano?

Viktoriya miró a Hugo algo apenada y el se encogió de hombros, no sin indicarle que Cumber y Maxim salían también.

-Deberías venir con nosotros, el manouche no tiene mañas.
-¿Manouche?
-Ah, que eres rusa y no entiendes.
-¿De qué hablas Cumber?
-Gitano, manouche, calé, son lo mismo; ¿no conoces al travesti?
-No, ¿quién es?
-En el barrio chino hay ratas gigantes, ten cuidado.
-¿Qué te pasa? Déjame.
-Prepárate para golpear al viejo.

Cumber jalaba del brazo a Viktoriya y por los reclamos de ésta, Anton se apareció con su bata de paciente para defenderla un poco, aprovechando que le habían retirado el soporte de la espalda.

-Me lanzo a puñetazos si molestas a la señorita.
-Te quiebro lo que te queda de costillas.
-¡Éntrale, Cumber!
-Tarado.
-¿A dónde vas con Vikushka?
-Mejor ve a que te den gelatina, mocoso.
-Qué ofendido me siento.
-Nos largamos.
-¡No te lleves a Vika!
-No te metas.
-¡Que la suel...! Anda la cachetada ¿quién está con el manouche?
-¿Sorpresa?
-Ahora me voy con ustedes.
-No puedes salir.
-Entonces me siento junto a Vika en el camino, corre Cumber.

Anton y Cumber sostuvieron a Vika a pesar de negarse ésta a acompañarlos y tomaron el metro hacia el corazón del distrito trece, en donde había una pequeña plaza circular en medio de seis edificios altos. El aun ignoto mimo tomó asiento en un bloque de piedra junto a una banca y se dispuso a cambiar su aspecto por uno de clown con un adorno de picos en el ojo derecho y labios en color vino. Anton se colocó junto a él y su hermana presintiendo que debía estar cerca, se colocó en la banca  al igual que Hugo y Maxim, quedando Cumber de pie.

-¿Has visto a Vàlerie, chamaquillo? - Inició el mismo Cumber, encendiendo un cigarrillo y convidándolo con el clown en el acto.

-Me visitó en la mañana - contestó Anton.
-¿Cómo está?
-De la mismísima sufridora.
-¿No te ha dicho nada?
-Que no quiere ver al abuelito árabe y que con razón salió con cara de talibán en la foto de la escuela.
-¿Y del viejo?
-Nada más que lo odia poquito, de papanatas no lo baja.
-¿Qué dice tu madre?
-No ha matado a papá.
-El divorcio será divertido.
-Va a ser un pleitazo, mi papá es un galán.
-¡Papá es un idiota! - intervino Vika furiosa - ¿Cómo es tan desgraciado?
-Bueno, al androide, al manouche y a mí no nos mintió. A ti te enoja que te haya visto la cara - replicó Cumber.
-Ya se me hacía raro que papá ganara los millones en el ejército y apenas alcanzara para sopa de pan a fin de mes - rió Anton.
-Mantiene a seis ¿qué esperabas?
-Nomás que Judy se decida para ser el padrino de la boda.
-El viejo no aprende.
-¡Cállense todos! ¡Son unos idiotas! ¿Nadie piensa en Válerie? - gritó Viktoriya con el disgusto atravesado en el rostro y exhaló fuertemente -¡Ni siquiera me interesa saber quienes son ustedes, suficiente tenía con Anton!
-¡Suficiente tenía con ninguno pero mi padre me jodió la vida, así que cierra la boca porque soy el mayor! - sentenció Cumber y se originó una calma incómoda en la cual miraron al suelo con poses idénticas. Aquello se rompió cuando el clown comenzó a toser.

-Última vez que fumas - dijo Cumber arrebatando el tabaco. Vika suspiró y preguntó:

-¿Qué edades tienen?
-Diecinueve - mencionó Cumber.
-Quince aquí - señaló Hugo.
-Casi catorce - indicó Anton.
-¿Y Maxim?
-Catorce y no lo dejamos hablar porque sólo sabe ruso y japonés.
-¿Japonés?
-Vive en Japón.
-Su mamá es japonesa.
-Finlandesa pero es modelo.
-Ya veo ¿y ustedes?
-Hugo y yo en París, el insecto se acaba de mudar
-¿El insecto es Anton?
-Me gusta ese apodo, me agradas Cucumberto - añadió el propio Anton.
-¿Qué hay de ti? - retomó Cumber.
-Gimnasta y regresaré a Moscú en noviembre.
-Ah, qué bien.
-¿A qué se dedican?
-El insecto y el androide estudian, a Hugo lo rechazaron del Atlético de Madrid y yo soy cocinero.
-Qué... Bueno.
-Somos perdedores.
-Me quedó claro.
-Cálmate, rumana.
-¿Qué dijiste?
-Ay, eres rusa, perdón; te confundí con una gimnasta talentosa.
-¡Idiota! Quisieras ser como yo.
-Qué envidia siento.
-¿Cómo se atrevió mi padre a concebir semejante imbécil?
-Igual a como concibió a todos estos.
-Te odio.
-Qué lindo.... ¿Válerie? Andábamos en que Válerie anda llorando.
-¿Qué sabes de sus papás?
-Los enterraron.
-No seas payaso.
-El payaso es el travesti del gorro.
-Como sea.
-Ya supimos en el hospital lo que ocurrió.
-A ti te contaron todo.
-Que el viejo crea que puede confiar en mí, significa que ustedes se enteraron y no tienen preguntas.
-¿Para qué me trajiste?
-Una bonita convivencia.
-No me interesa.
-¿Qué clase de hermana eres?
-No soy tu hermana ni la de ellos; de Anton sí porque no tengo opción.
-Entonces no sabrás más.
-Por fin ¿supe todo o no?
-Primero resuélvanle al manouche una duda ¿por qué lo odiamos?
-Fácil: los gitanos son ladrones, impertinentes, inútiles y causan problemas en todas partes.
-Me robaban el almuerzo y me daban palizas en la escuela - añadió Anton - A Vàlerie le tiraron el libro de matemáticas a un charco.
-Aclarado - retomó Cumber - Vamos con lo que pasó.
-¿Por qué mi padre te confió todo a ti?
-Mira Vika, el viejo cree que le sirvo de algo, por eso me entero y ustedes no y se acabó.
-A mí jamás me miente.
-Pero te oculta cosas.
-¿Qué te contó de Vàlerie?
-Supe de la mamá; les digo para que no sean imprudentes.
-¿Es cierto que tenía dieciséis?
-Sí, estaba casada y llevaba tres años en Rusia cuando el estúpido de Vasily comenzó a molestarla. A Samira no le disgustaba y lo esperaba cada día de mercado para venderle té y flores. No lo dicen para que no pensemos mal.
-¿Cómo se enteró papá?
-Ella le contó porque le iba a ayudar en la denuncia.
-¿Le hizo caso a Vasily una vez?
-Lo rechazó cuando supo que tenía novia.
-¿De qué nos sirve esto?
-Por si Válerie pregunta cómo se conocieron sus padres.
-Sabe que fue horrible.
-¿Nos saltamos esa parte?
-Olvídalo, no debemos decir nada.
-La niña nos importa.
-Supongo que sí.
-Sabíamos que el viejo es un imbécil.
-Yo no.
-Es lo que hay.
-La única que sufre es Válerie.
-Te daba igual antes de que el árabe abriera la boca.
-Me preocuparía de todas formas.
-Claro que no, a ti te enoja que el viejo te haya escondido que es mujeriego y no tanto lo de Samira. Ver al manouche, al androide y a mí te tiene furiosa.
-Ustedes tres no existen.
-Qué egoísta.
-¿Qué sucedió entre Samira y papá?
-Si no existo...
-¿Qué pasó?
-Suéltame.
-Entonces cállate.
-Le diremos a Válerie que sus papás se llevaban bien.
-¡Pero escuchó lo de la violación!
-Le inventamos que el árabe exageró.
-¿Eres retrasado?

Mientras Viktoriya y Cumber se enfrascaban más en su discusión, Anton, Maxim y Hugo iban a buscar comida a un carrito ambulante cercano y la vendedora le mencionaba al último que le enviaba sus saludos a Cumber.

-¿La chica es su novia?
-Nuestra hermana.
-Con razón ¿y estos dos?
-Anton y Maxim.
-Se parecen mucho.
-Anton se queja de que los gitanos le quitan su comida; hoy le compro algo.
-¿Qué van a querer?
-Bento para seis con cerdo al vapor, onigiris y takoyaki.
-Te pondré té para Svante, dile que le hará bien.
-Claro.
-Lo vi ayer buscando público afuera de Sacré Coeur, creo que no le fue bien.
-Esta semana será complicada para él
-Que cuide esa garganta.
-Me encargaré ¿Cuánto es?
-14€.
-Gracias.
-No se separen de Svante.
-De siempre.

Anton frunció el ceño y dio la media vuelta al recibir una cajita con inscripciones en japonés, aunque Maxim le advertía que estaba mal escrito.

-¿Quién es Svante? - preguntó Anton después de unos pasos.

Hugo dejó de sonreír y suspiró con un poco de incomodidad.

-Viene con nosotros.
-¿Es un amigo?
-¿Qué piensas?
-Que me va a llevar la cachetada.
-Prefiero que Cumber te lo presente.
-Cucumberto me cae bien, lo meteré en mi casa.
-¿Y a mí?
-A lo mejor te invite sopa, a Max le dije que armaremos legos.

Los tres se atisbaron con simpatía y tomaron su sitio en la banca, repartiendo las cajitas entre los demás. Vika tenía mala cara.

-¿Qué pasa?
-Calla, manouche - contestó Cumber con brusquedad. Svante por su lado consumía otro cigarrillo y fijaba sus ojos en el suelo.

-Vika, te trajimos...
-No me hables, manoche.
-Es manouche.
-Como sea, gitano.
-Gitano no es un insulto.
-No sé malas palabras y ni modo que te diga idiota.
-¿Qué te hice?
-Nacer.
-Eso no es mi culpa.
-Era feliz sin saber de ustedes ni de mi padre y sus estupideces.
-Calmada, niña.
-¡Lo mismo vas a pensar cuando sepas lo que hizo!
-¿Ahora qué salió?
-El viejo le propuso matrimonio a Samira - declaró Cumber, con inmensas ganas de agarrar el cabello de Vika y ponerla en su lugar.

Todos parecían sentir un gran peso, menos Svante que expectoraba de nueva cuenta y cedía su cigarro.

-¡Hijo de...! - se exaltó Hugo - ¿Por qué se le ocurrió semejante cosa?
-Por quedarse con Válerie, pero mejor la registró y reportó a los árabes en migración.
-Es un mentiroso.
-Samira se dio cuenta porque el marido la fue a buscar ¿por qué crees que se quiso matar?
-Cumber, guárdate lo demás. Anton es muy pequeño.
-Maxim ni se enteró.

La decepción de los Maizuradze crecía a la par de su apetito y devoraban el almuerzo como si se les hubiese roto el corazón.

-¿Por qué nos acompaña su amigo? - cuestionó una temerosa Vika que se abstenía del bocado. Si la idea de tener a Hugo cerca le era irritante, contar con otro presunto gitano le provocaba ciertos calambres.

-Lo trajimos y ya - respondió Cumber.
-No es de la familia.
-Ahora si existimos.
-Sabes a qué me refiero.
-Svante es discreto.
-Por favor, no se puede confiar en nadie.
-Es casi una tumba.
-Igualito que tú.
-No te metas con él.
-Por dios, ni siquiera se molesta ¿todo le da igual?
-Svante es muy paciente.
-¡Es un estúpido gitano!
-¡Oye!
-A ti ni te gustan.
-¡Vuelve a ofenderlo y te azoto contra el pavimento!
-¿El señorito no se defiende solo?
-Te estás pasando.
-¿Lo puedo golpear en la cabeza?
-Suéltalo.
-¡Lo aviento y lo arrastro y no se opone!
-¿Estás bien Svante? - se levantó Hugo y ayudó al muchacho que reaccionó ingiriendo takoyaki como si nada ocurriera.

-¡Tú eres la estúpida, Vika! - vociferó Cumber, propinándole un golpe en el rostro - ¡Svante no puede hablar! Eres una idiota ¡Este payaso es tu hermano!

Definitivamente, Viktoriya no había deseado arribar a ese punto. Su miedo era que la certeza se materializara, que el chico con aspecto de arlequín-mimo-travesti-payaso tuviera que ver con ella y tuviera prohibido destruirlo, así él le devolviera la agresión con una indefesión innegablemente inocente y lacerante. Svante carecía de maldad. Por eso, hasta un espíritu insolente como el de Cumber le procuraba respeto y empatía.

-¡Svante nunca pelea y no es gitano!
-¿Qué?
-Estuvo un tiempo en la comuna de Hugo, nada más.
-Lo adopté - aceptó Hugo - La madre de Svante averiguó donde acampaba y lo fue a botar. Él no dice nada desde que lo conocí, de repente escribe notas.
-¿Qué le pasó?
-Lo metieron al circo de chico, creció y lo echaron.
-¿Por qué mi padre no lo arregló?
-No sabe.
-¿Cómo que no?
-La madre nunca se quiso quedar con Svante así que ni le contó a papá.
-¿Cuántos años tiene?
-Diecisiete.
-Como yo.
-¿No tienes diecinueve?
-Le mentí a Gwendal.
-¿De qué mes eres?
-Junio.
-No se esfuercen - intervino Cumber - Viktoriya y Svante nacieron el mismo día.
-Me voy a desmayar.
-Tranquila, Vika.
-Svante ¿qué te pasó? ¿por qué no abres la boca?
-Se quemó las cuerdas vocales en el circo, era tragafuegos - concluyó Hugo y Vika acabó llorando inconsolable.

"¿A esto llegó la irresponsabilidad de mi padre?" pensó la joven arrepentida.

-Svante trabaja en Montmartre, es un buen actor y cuando abandonamos la comuna, nos mudamos a una buhardilla en la Rue Lamarck.
-Mi padre debería enterarse.
-Cumber y yo acordamos que Svante lo busque si lo desea pero todavía no.

Svante miró a Vika y a sus hermanos, abrumándoles a estos el maquillaje y el cuidado aspecto delicado del jovencito, así como sus adecuados modales.

Svante era de cerca y de lejos el más inteligente de los Maizuradze y esa circunstancia lo mantenía aislado, consciente de que Hugo lo necesitaba más y que se encontraría con su padre si se lo topaba en la calle sin rastro de algún personaje o adorno en el rostro.

Él había determinado que así fuera. Un café, un par de cigarrillos y algo de whisky servirían para que Ilya Maizuradze lo confrontara. Svante era un reflejo de su padre pero no le pediría nada porque anhelaba expresarle que con poseer una añeja foto de él, siempre había sido feliz y sentía que estaba con él.

Significado de bentō

viernes, 19 de febrero de 2016

Un día amigable (Capítulo especial semi canon)


-¿Teniente Maizuradze? - abordó un hombre a la salida del hotel Odessa. Ilya Maizuradze lo miró con los ojos propios de alguien que trata de recordar el apellido de un hombre al que no se ha visto por primera vez, pero la gabardina delataba su rango. En la calle casi no se veía gente y la zona de Montparnasse estaba muy sola.

-Escucho, Almirante.

El desconocido apenas esbozó una sonrisa pero su expresión se transformó de sarcástica a inofensiva.

-He traído un mensaje.
-¿El Gobierno Mundial me ha vuelto a poner en la mira?
-Usted es monstruoso.
-Aterrador.
-Para evitar más interacción, hay que ir directo a la cabeza.
-¿Qué noticias ha traído?
-El Almirante Maizuradze ha muerto.
-¿Elijah?
-Me dijeron que no lo había conocido, la marina siempre me informa.
-Él y yo nunca nos llevamos bien
-Intentó cazar a Thorm Magnussen pero usted lo impidió.
-Saben que no fui yo, sino Sergei Trankov.
-Oh, Sergei Trankov.

El almirante levantó las manos como si fueran a arrestarlo y el teniente Maizuradze se rió de la broma. Parecía sentirse cómodo.

-¿Cuándo murió mi hermano?
-Hace unos meses, la Marina no realizó el funeral.
-¿Se tomaron la molestia de avisarme tan tarde?
-Me ofrecí a esta misión porque deseaba darme un paseo.
-Se nota.
-Ah, pero los rusos no fuman.
-Los italianos riegan el vodka en la alcantarilla.
-No recuerdo que usted llevara cigarros.
-Toscano classico.
-Traigo los míos.
-¿Caja cerrada?
-Intento dejarlos.
-Ah.

El teniente Maizuradze comenzó a fumar, convencido de que el almirante lo había incitado a propósito. De todas formas, aquello no pintaba para ser una operación del Gobierno Mundial, al menos no una de advertencia.

-El Gobierno fue notificado por Viktorette Maizuradze, no supimos donde lo enterró.
-¿Están seguros?
-El certificado de defunción estaba firmado por su médico personal.
-¿Qué tenía?
-Efisema pulmonar.
-¿Pasó toda la tarde aprendiendo lo que bien me pudieron haber mandado en una nota?
-Le dije que vine de paseo.
-No sé como podría tomarle en serio.
-Un almirante jamás habla con el ejército rojo.

Ambos miraron a lados opuestos y pronto se dieron cuenta de que los agentes de la gendarmería local y los turistas los reconocían, especialmente al almirante, a quien observaban con apanicada admiración.

-Usted se ha tomado una atribución menor.
-Tengo cosas que arreglar.
-Su Almirante de Flota no estará feliz.
-Pretextaré una visita al Hospital Saint Denis por mi tardanza de volver al cuartel en Florencia.
-¿La Marina cambió su sede?
-Ascenderán al General Bessette, quiero adelantarme.
-Esa es una pésima noticia.
-¿Para quién?
-Para él.
-Supongo que haré más papeleo.

El teniente Maizuradze deseó tener un vaso con whisky en ese instante y acabó con su cigarrillo de una vez para enseguida encender otro y permanecer pensativo un buen tramo de su camino. Apenas concebía que a sus rivales les gustara la idea de colocar al peor de sus elementos en un puesto peligroso, dado que no faltaban los idiotas que amenazaban a la Marina.

-¿Qué posición va a defender? - preguntó preocupado.
-El Báltico.
-Y la base del Mediterráneo es su refuerzo, vaya que lo tienen cubierto.
-Era la posición del Almirante Maizuradze.
-Que era un imbécil.
-Realmente se detestaban.
-Traicionó al ejército ruso.

Ilya Maizuradze intentaba recordar el nombre de su interlocutor y al darse cuenta de que no podría rápidamente, desistió y se propuso evitar al máximo nombrar a otras personas. No obstante, el almirante no fuera capaz de callarse, debido a que no conocía la ciudad y preguntaba a quien se le atravesara por direcciones y por sus subordinados.

-¿No cree que es mejor buscarlos por sí mismo?
-Tengo que partir con ellos.
-De seguro han ido a algún café, es San Valentín.
-En ese caso no envié una tarjeta a alguna mujer.
-Debería mandársela a su esposa.
-No podría visitarlo, teniente.
-Pero le sería más provechoso que ver mi cara.

El almirante se encogió de hombros y sacó una tablilla de chocolate, desprendiendo apenas un pequeño trozo y convidando al teniente Maizuradze, que declinaba amable mientras creía identificar a Tamara Didier al lado de Ricardo Liukin mientras tomaban un helado y ella sostenía un ramo de rosas de lo más feliz, quizás porque su actitud delataba que no era una cita.

-Ascender a Almirante no pasa todos los días - susurró Maizuradze y se limitó a no hacer notar que sus amigos estaban cerca. Desde la cuadra anterior, Sergei Trankov hacía acto de presencia pero no reparaba en nada, salvo en Lubov, a quien tenía consentida con varios regalos. Poco más adelante, Viktoriya le sonreía a Gwendal Mériguet y jugaba hockey con él. Los Liukin y sus amigos habían hecho planes, no valía la pena llamarlos.

-No tengo esposa - señaló el Almirante bruscamente.
-Es una lástima.
-No me agradan los compromisos todavía.
-No es tan joven para continuar así.
-Hace poco tuve un problema con la infantería para contener a los migrantes en Malta, no estuve en casa dos semanas.
-Entiendo ahora.
-Al igual que muchos marinos, tengo sobrinos.
-Creo que debió llamar a alguien hoy.
-¿Usted lo hizo?
-Mi mujer rechazó mi tarjeta.
-Es algo.
-Almirante Borsalino - el teniente Maizuradze se sorprendió por al fin nombrar a su interlocutor - Estamos conversando como si fuésemos amigos.
-¿No lo somos?
-Creo más en ser rivales.
-Siento respeto por usted, empatía, perdone si lo considero amigo. El almirante Maizuradze tenía mi aprecio y lo extendí a usted por ser su hermano, aunque el simple viaje me haya motivado a encontrarlo y traerle las malas noticias.
-En todo caso, he sido el que ha cometido la grosería.
-El agravio no se ha notado.
-Pero existe, Borsalino. Es penoso que no comparta su amistad.

El teniente Maizuradze le dio la mano a su interlocutor como despedida, percatándose de lo cerca que se encontraba de la parada de autobús que lo conduciría al Hospital Saint Denis de desearlo. Aunque no tenía a que ir ni nadie a quien procurar, se preguntaba como seguía Joubert Bessette y si sus padres lo cuidaban sin objeciones, despertándole el deseo de la visita aunque fuera ese día. Tímido, se aproximó a tomar camino, pero pronto, Carlota Liukin descendió de otro autobús en la esquina opuesta. Por su vestido azul y una canasta vacía, ella misma daba a entender que había pasado la mañana con Joubert y que el escenario no era alentador.

-Señorita Liukin.
-Señor Maizuradze.
-Aguarde - cruzando la acera - ¿Cómo está?
-Bien, tenga cuidado.
-Como puede ver, no soy prudente al pasar.
-Ya supe como Anton aprendió a cruzar la calle.
-Póngase un suéter.
-Muero de calor.
-No tarda en helar.
-Falta mucho.
-¿Qué pasó?
-Joubert despertará, le llevé tarjetas y chocolates, nunca se pierde los chocolates.
-¿Tan mal se quedó?
-Diario le cuento como estuvo mi día y le pongo música ¡Hoy movió la mano!
-Qué fantástica noticia ¿va a celebrar?
-No sé dónde ir, Javier y Adrien salieron por pastel y Andreas está con una chica.
-Hace rato vi a su padre con la señorita Didier.
-Es que Tamara tenía una cita y la dejaron plantada, mi papá se ofreció a ir por ella.
-¿Por qué no los acompaña? No se quede sola en San Valentín.
-Tuve una fiesta, estoy cansada.
-¿Quiere que la lleve a casa?
-Llamé a mi mensajero, no se preocupe.

La joven agitó su mano y se disponía a dar el paso cuando Guillaume Cizeron apareció en escena, aunque se notara que no pretendía quedarse.

-Carlota, toma tu abrigo, lo olvidaste en el café.
-Gracias, Guillaume.
-Tengo un par de entradas para el cine ¿vienes?
-Sí, le avisaré a mi papá.
-Bueno, despídete.
-Adiós, señor Maizuradze ¡me saluda a Anton!

El teniente Maizuradze no se atrevió a decir nada, así se preguntara de qué hablaba Guillaume y por qué Carlota se iba con él con facilidad. Por su lado, el Almirante Borsalino movía su cabeza de un lado a otro, seguro de que a su amigo no le molestaría quedarse con él.

-Ojalá me hubiera dicho que conoce a la señorita Liukin.
-Borsalino, créame que no mucho.
-Entre los marinos es muy admirada.
-¿Usted tiene interés?
-Únicamente para regalarle unas flores.
-No vaya más allá o le daré un golpe.
-La joven Carlota es una estrella.
-Más prudente es ignorar su estela.
-Yo tendría una hija como ella.
-¿Empezaron las nostalgias?
-Caminé durante años buscando a una mujer que terminó al lado de un tal Roland Mukhin.
-¿Cómo era ella?
-Tenía el garbo de la señorita Carlota y una voz menos dulce.
-¿Por lo menos la besaste, Borsalino?
-Justo un San Valentín.
-Brindemos por ella.
-Brindemos también por tu hermano.
-Por las mujeres.
-Por los amigos.

El almirante Borsalino y el teniente Maizuradze estuvieron de acuerdo en irse a un bar y dejar pasar el resto del día, contemplando parejas y escuchando baladas cursis en medio del humo de sus cigarrillos. Entre la marina y el ejército rojo existía la tregua, así la fragilidad de la misma se midiera en desertores y traidores de ambos bandos, espionaje, cartas y amistades. Borsalino en especial, quería evitar saber si Elijah Maizuradze había contado algún secreto, al mismo tiempo que recordaba a Micaela Mukhin y la comparaba con Carlota Liukin, naciendo la sospecha de que podía reencontrarse con ambas.




*El almirante Borsalino está inspirado en Kizaru Borsalino, personaje de Eichiro Oda.