martes, 1 de noviembre de 2016

El cuento de día de muertos: La bicicleta


Tell no Tales del espejo:

-¿Alguien sabe dónde está Andreas? - preguntó Micaela Mukhin a su familia una noche durante la cena. Después de un silencio breve, Roland Mukhin contestó:

-Sigue en la Fuerza Aérea, es general de grupo.
-Vaya, logró ser alguien.
-Aun combate a partidarios del Gobierno Mundial en el continente negro, llegaron cartas con su nombre.
-¿Puedo leerlas?
-Te las daré después de la cena pero son cuatro.
-No importa, colocaré su sitio en la mesa y cuando regrese no tendrá que buscarlo.

Micaela procedió a acomodar una silla al lado de su propio asiento y después continuó degustando macarrones con queso muy contenta, mirando a Bérenice con falsa calidez.

-Encontré la tumba de Kuragin - dijo la mujer de repente y Roland depositó sus cubiertos en el plato, con la resignación de la noticia por ser esperada.

-¿Dónde está?
-En la Tell no Tales real, en el cementerio de la playa.
-¿Quién lo enterró?
-Alguien me dijo que un niño estaba ahí y cuando quisieron darme un escarmiento me lo mostraron.
-Micaela....
-Lo mejor fue reconocerlo, se veía apacible y sonriente, no llevaba mucho tiempo muerto cuando lo vi. Sé que sigue allí porque le daba miedo a la gente que estaba conmigo. Le echaron tierra encima y unas flores, Kuragin siempre sacó lo mejor de la gente.

Aquél relato mórbido provocó que Luiz y Marat abandonaran rápido el apetito y Bérenice permaneciera callada mientras intentaba librarse del impulso por llorar que no la dejaba en paz desde que podía ver a su madre.

-Quiero visitar a Kuragin ¿quien me acompaña? - dijo Micaela alegre - Seguro habrá mucha gente y a nadie le extrañará si ponemos cosas y tomamos un refrigerio.

Roland Mukhin sonrió y aceptó el plan con idéntica sonrisa, desconcertando más a Bérenice que alcanzaba a murmurar:

-Mañana tengo que trabajar.
-Es una lástima, te contaremos luego - sentenció Micaela y prosiguió la cena a pesar del gesto asombrado de Bérenice por la indiferencia de sus padres.

-¿Podrías darme tu balin rostov? No cruzaremos Roland y yo sin él.
-Sí, mamá. Toma.
-Gracias, prometo abrirte el portal para que no llegues tarde a tu empleo ¿Vas a llevar al bebé a la guardería?
-Supongo que no.
-Está bien, así tendré más tiempo de conocerlo.

Bérenice reprimió sus ganas de ponerse grosera y terminó con su plato velozmente para tener derecho de retirarse pronto. Ya lo hacía cuando su padre invitó a Luiz y a Marat al paseo sin discreción alguna y aunque se negaron, la atmósfera era de exigencia. Los Mukhin necesitaban ayuda con las compras funerarias como flores y pintura para quitar lo gris de la tumba, también trasladar a Roland Mukhin entre las rocas iba a ser un problema.

-No se hable más, estamos de acuerdo - concluyó Micaela Mukhin y Bérenice pudo irse a su habitación, en donde golpeó el colchón una y otra vez para deshacerse de su coraje. No entendía porque su madre era tan fría y menos porque se había adaptado velozmente a la dinámica familiar, sin darles tiempo de hacerle preguntas o una bienvenida.

Día siguiente, Tell no Tales real:

Tell no Tales no celebraba a sus muertos por ninguna razón. A decir verdad, era una ciudad que prefería olvidarlos hasta que otro familiar ocupara un lugar junto a los parientes. Así debía ser y así se hacía. El cementerio de la playa, sobre una cuesta gris, escasamente recibía visitas de gente que mostraba lo bien que le estaba yendo en la vida; había copias de exámenes aprobados y títulos universitarios, collares, la medalla de Verner Tomos continuaba colgada de una cruz. Los profanadores preferían sustraer cuerpos del servicio forense o del hospital antes que pararse allí y los ladrones contaban sus botines lejos de ese lugar que era custodiado no por un velador, sino por un cuervo viejo que tosía cuando llegaban personas.

Aquella semana era excepcional. Tell no Tales enterraba a las víctimas de los derrumbes, en su mayoría amados abuelos y jóvenes oficinistas que dejaban hermanos pequeños como hijos únicos y tardíos de padres cuya energía iba en caída libre pasados los cuarenta y siete años. Alguna señora comentaba como un anciano había cubierto a su mujer durante la caída del asilo y los rescatistas los habían encontrado abrazados y fallecidos. En otro extremo se contaba la historia de un veinteañero contador al que un muro aplastó con tanta fuerza que los sesos salieron como la fruta de una lata. El cuervo volaba a la altura de los rostros de la gente y se detenía cada que se abría una fosa y se depositaba al nuevo huésped, como si calculara cuánto le tomaría recorrer el cementerio a partir de ese día para cumplir con sus labores y sobretodo, para atrapar larvas en el tiempo adecuado. Como también tenía suerte, los niños le echaban migajas y las almacenaba al lado de una lápida cuya última visita sucedió ese mismo enero. El cuervo recordaba bien ese entierro porque una niña llamada Carlota Liukin lo había ahuyentado y tiempo después no apareció un sólo insecto para comer, por lo mismo, era un lugar seguro para guardar provisiones y dormir.

Sin embargo, ese cuervo notaba una diferencia esa tarde. Una de las tumbas anónimas con vista al mar no tenía la sombra que debía a las tres de la tarde y celoso de su puesto, se posó sobre ella, alerta.

En el Panorámico sin embargo, se contaba una historia más evasiva o cuando menos divertida. La zona de bares era una fiesta de miserables borrachos que con el colapso habían perdido todo, de niños de familias pudientes que pasaban el día en las barras comiendo guisos con arroz y jugando con otros chicos de clase baja o rusos y gente de Blanchard cuyo barrio pobre contaba con la paradoja de tener cimientos firmes y ser inmune a la ola de destrucción que el descontrolado canal St. Michel ocasionaba sin piedad en el lujoso vecindario de Nanterre. En cuestión de horas, la autoridad le había pedido a la gente más despreciada que diera asilo a los damnificados hasta encontrar solución a la emergencia.

La cantina de Don Weymouth no era la excepción. Bérenice y Evan Weymouth lidiaban con peticiones de jugo, pelotas, crayolas tiradas y al mismo tiempo, separaban a los ebrios, limpiaban vómitos y rezaban porque la cerveza y el salkau no se agotaran para no ser ellos los encargados de desatar una batalla campal por la que los niños harían sus apuestas. De un bando estaban los acomodados ejecutivos y del otro los rudos pescadores, ambos con posibilidades serias de irse a los golpes, unos por volverse desgraciados y los otros por tener que ayudarlos. La policía sólo esperaba y en el mercado cercano se habían agotado los dulces que entrarían en juego.

-¡Jefe! Ya es mi hora de comida - avisó Bérenice y salió a la calle, misma en la que seguía el carnaval de la decadencia. Ni el puesto de kebab o los hot dogs de enfrente estaban exentos de interminables filas y con hambre, Bérenice caminó al mercado, recordando que a esa hora sus padres estarían con Kuragin. A Bérenice le ponía triste que aun esa mañana le negaran la invitación para ir y que por elaborar su picnic, no pensaran en ella ni para pasar a dejarle un almuerzo.

En su camino, Bérenice recordó a Kuragin, un pequeño que detestaba los panecillos de harina y no le gustaban sus clases en la escuela, escapándose cuando podía. La familia se preguntaba hasta la fecha qué había hecho el niño para que el Gobierno Mundial no hiciera más que llevárselo y al menos, su destino era caso resuelto, asumiendo que sus ejecutores fueran conocidos.

-Deseo verlo - susurró al llegar a la calle vecina y constatar que las cocineras le anunciaban a la multitud que las raciones de comida se agotaban y volvieran mañana. Entre la lluvia de reclamos y los caninos que hurgaban sobras junto a una gran pared se formó un remolino violento y asustada, Bérenice regresó corriendo a la cantina, cerrando la puerta tras de sí. Todo indicaba que la amenaza de una pelea colectiva estaba por concretarse y al oír que de salkau en buenas condiciones nada quedaba, se puso a sacar a los clientes más propensos a la furia, esperanzada de evitar la destrucción del local mientras el bullicio del exterior crecía. Tentada por confirmar sus sospechas, la joven volteó a la calle, viendo en cambio a Marat detenerse frente a la banqueta. Bérenice no se contuvo y salió a su encuentro, mismo que le provocó una sonrisa cuando él le extendió la mano y le hizo la seña de subir.

-¡Gracias Marat! - exclamó y se colocó detrás de él en una bicicleta amarilla.

-¿Me llevarás con Kuragin? - preguntó ella con timidez ante la obviedad y se sujetó fuerte de la cintura de Marat al bajar por la altísima cuesta que llevaba al corredor de la playa. El cementerio continuaba alejado y él pedaleó lo suficiente para detenerse un momento frente a una juguetería ambulante en la que quería elegir un regalo para el niño difunto: un globo, un papalote, un perro de plástico o una pelota, tal vez unos dardos. Mientras escogía, Bérenice se despojó de las sandalias y corrió a mojarse los pies, igual a cuando era chica y Kuragin la retaba a pasarse los huesos de pollo mientras permanecía de pie ante al mar tranquilo. El cielo era rosado y Marat se le acercó al adquirir un pequeño papalote azul.

-Si vas a llorar, es la hora.
-El Pacto se llevó a Kuragin, Marat.
-No sé qué decir.
-Nunca me aprendí su cara.
-¿Qué edad tenías cuando se fue?
-Siete creo.
-¿Era mayor que tú?
-Era más pequeño, mi mamá guardó su pañoleta roja.
-¿Tu hermanito era inteligente?
-No lo sé, conmigo jugaba mucho. Sólo me acuerdo de eso, en una playita como ésta, con nuestras bicicletas, él escribía en la arena y rodábamos en la orilla todos los días.
-Qué divertido.
-Me dolió ver que mi mamá lloró mucho cuando lo perdimos y ahora está tan contenta....
-Tranquila.
-Es que no entiendo por qué, si no puede abrazar a Kuragin ni hablarle.
-¿No será que tú sientes eso?

Bérenice pateó el agua con enojo.

-No lo puedes cambiar - dijo Marat con atrevimiento.
-Es que esperaba encontrarlo para decirle que lo quiero mucho.

Marat no entendía de muertos ni de tristeza puesto que jamás había perdido a nadie y sólo podía guardar silencio ante las tragedias porque evitarlas era ingenuo. Él prefería creer que estaría listo para afrontarlas al tiempo que Bérenice retomaba su camino sin preguntarle si le prestaba su bicicleta. Yendo en línea recta por intuición, la joven descubrió que el lugar era muy similar a donde Kuragin y ella acostumbraban pasar el tiempo, pero era un poco más bonito y cuidado, con palmeras en las cuales les habría gustado subirse para cortar un coco y compartirlo. Marat corría detrás y en la cuesta del cementerio volvió a tomar el control, ascendiendo con dificultad hasta que la bicicleta se atascó en la arena.

-¡Te reto a una carrera! - gritó Bérenice y los dos corrieron con dificultad hasta tocar terreno plano y seco, divisando una lápida pintada de verde y un árbol decorado con farolitos de papel. Estaba claro que se trataba de la morada de Kuragin y Micaela y Roland Mukhin interpretaban canciones alegres con una guitarra. Luiz cargaba en brazos al bebé Scott y miraba curioso un funeral a la distancia.

-Viniste, Bérenice - saludó Roland Mukhin - ¿Te gusta? Kuragin quedó frente al mar.
-Es precioso.
-¿Quieres un bocadillo? Tu madre hizo empanadas de fruta.
-Gracias.
-¿Estuviste llorando?
-¿Se nota mucho?
-No te preocupes, tu madre y yo nos sentíamos igual que tú.
-¿Y por qué están felices hoy?
-Porque encontramos a nuestro hijo y nadie puede hacerle daño.

Bérenice abrazó a su padre y se sentó sobre la tumba para devorar empanadas, posando los ojos en el horizonte.

-Nos acompaña un cuervo - notó Luiz al cabo de un rato.
-Le daré de comer, él ha cuidado a Kuragin estos años - añadió Micaela Mukhin pero el animal prefirió huir a su refugio.

Aquel cuervo era listo. La morada de Kuragin Mukhin había cambiado de color y de sombra, un aura siniestra se dejaba percibir y la sorpresiva visita no dejaba lugar a dudas: Los Mukhin no pertenecían al orden natural. Ese lugar que tanto se había esforzado por cuidar y que usaba para pasar algunas tardes ahora se transformaba en un altar de angustia y tristeza, en el que había sucedido algo tan macabro que más valía dejarlo en su sitio sin aproximarse. Los Mukhin y Marat le daban desconfianza y por sus rostros vacíos, se aterrorizó.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Fragmentos de una escena (Fin de temporada)


París, Francia:

Carlota Liukin había regresado a la escuela y su padre iba por ella cada mediodía ante el recelo de la policía francesa, que todavía la vigilaba tras recibir reportes diversos de la Marina sobre actividades sospechosas en la ciudad, relacionadas con las amenazas de secuestro que la joven Liukin recibía a diario, mismas que no eran más que bromas ya que un terrorista de oficio sabía del perfil bajo que ella tenía en realidad.

-Señor Liukin, me temo que debemos sostener una conversación respecto a la seguridad del colegio y sus alumnas - dijo una maestra una mañana - La directora no está muy contenta.
-¿Se podría de una vez?
-Adelante.

Ricardo Liukin se introdujo a un edificio circular que contaba con un enorme patio y una huerta al fondo, un edificio adyacente en el que un grupo de monjas parecía vivir y al lado izquierdo, otro que albergaba las aulas. Nada raro en Tell no Tales pero sí en París donde no contaban con horarios tan ligeros ni con uniforme de suéter amarillo. Las pocas alumnas eran el resultado de una promoción escasa y ligada a la Arquidiócesis de París, en resumen, era el Colegio Tellnoteliano de Francia.

-Es por aquí - indicó la maestra frente a la escalera del edificio circular y Ricardo la subió detrás de ella, encontrando que la oficina de la madre superiora y titular académica se hallaba en un segundo piso poco menos que austero. Por su mala vista, la monja contaba con una joven asistente de nombre Sylvie que pasaba el día acomodando papeles en un librero de tamaño regular.

-El señor Liukin está aquí - anunció la profesora y la monja lo hizo pasar, ordenándole a Sylvie que sirviera una taza de café con crema para recibirlo.

-No, gracias - dijo Ricardo, pero Sylvie no hizo caso.

-Puede retirarse, profesora Weismann - indicó la monja y la acompañante de Ricardo se retiró en silencio, dejando a este un poco nervioso.

- La profesora Weismann imparte química a las niñas de séptimo grado - comentó Sylvie al retomar sus labores. Desde la ventana de aquella oficina se apreciaba la calle.

-Señor Liukin - inició la madre superiora - Usted sabe que hemos recibido con agrado a la pequeña Carlota y las alumnas están muy complacidas, este año subió la matrícula gracias a su presencia.
-Deben estar contentas.
-Los padres están preocupados en contraparte, la seguridad de la señorita Carlota les hace temer un incidente como el de Stéphane Verlhac o el reciente de "La Maison rouge".
-Carlota está protegida y no se le deja sola en ningún momento.
-Los periódicos publican que recibe advertencias de parte de extremistas.
-Han sido falsas.
-No podemos arriesgar al alumnado y hoy me ha llegado una carta de la Gendarmería al respecto.
-Sé que van a implementar un sistema de resguardo durante el recreo y la salida.
-Es algo más serio.
-¿Qué quiere decir?
-Sergei Trankov está en la ciudad, opera cerca de la escuela y Le Monde recibió una carta en la que asegura que la niña Carlota es su próximo objetivo.
-Es imposible.
-Creí que lo sabía.
-¿Trankov?
-La siguió desde Tell no Tales y mencionó esta institución. Aun no se divulga la misiva pero comprenderá que no es posible sostener una circunstancia de este tipo con las alumnas de por medio.
-Prefiero que diga que acciones piensa tomar.
-La Gendarmería expresa que no puede garantizar la seguridad de Carlota ni la de su familia en el pais.
-Nadie me lo ha notificado.
-Entonces lamento haberlo enterado.
-Tenemos ¿dos meses? en París y no cuento con recursos para volver a Tell no Tales, además mi hija necesita mínimo tres años en Francia para que le concedan la nacionalidad y no haya problemas de pasaporte.
-Tengo entendido que el Gobierno le dará facilidades y excepciones por tratarse de la señorita Carlota.
-Qué pesadilla.
-Aun así hay buenas noticias, la Arquidiócesis también busca ayudar.
-No me diga.
-Hay un colegio en Italia...
-¡Por favor!
-Es una escuela tellnotelliana - intervino Sylvia - Está en Venecia, en una calle sin turistas, al lado del templo de Santa Maria di Gesuati que Dios proteja.

Ricardo observó a ambas mujeres con asombro y contuvo sus maldiciones saliendo hacia las aulas en busca de Carlota, a quien halló iniciando una lección de inglés frente a un pizarrón desgastado.

-Recoge tus cosas, nos vamos - le ordenó sin cortesía y ella obedeció sin disimular el sonrojo frente a sus compañeras y su profesora, misma que no se atrevía a preguntar la razón de tal interrupción.

-Lo siento y nos retiramos, buenos días - dijo Ricardo cuando Carlota se acercó a él y tomó su mano y mochila como si fuera más pequeña, guiándola a la salida. En el patio se hallaba Sylvie.

-Disculpe señor Liukin, enviaré los papeles de Carlota a su dirección esta tarde. Le entrego estos folletos, tal vez si los lee cambie de opinión -exponía Sylvia y Ricardo la dejaba con la mano estirada, ante lo cual, Carlota alcanzó a tomarlos por educación, dudosa de caminar al ritmo de su padre.

-¡A... adiós! - exclamó la chica antes de atravesar la puerta hacia la calle y ver a su padre volteando a todos lados, negándose a soltarla al determinar su rumbo.

-¿Dónde vamos? ¿Pasa algo?
-Sígueme.
-¿Es por Joubert? ¿Despertó?
-No.
-¿Adrien está bien? ¿Andreas se metió en problemas?
-No y no ¿qué quieres que pase?
-Nada malo.
-Demos un paseo.
-¿Estás enojado?
-Te llevaré a comer.
-No tengo hambre.
-Comeremos una buena hamburguesa ¿te gustan, no?
-Quiero una ensalada.
-Con aros de cebolla será.
-Pero...
-Tengo que hablar contigo así que coopera.
-Está bien.
-Nadie te está regañando, quita esa cara.
-De acuerdo.

Carlota fue de la mano de su padre hacia el Bar's diner, el restaurante cercano al boulevard Bércy y en donde, por la hora, había escasa clientela. Ambos tomaron una mesa en el primer piso y mientras ella intentaba no incomodarse con el ambiante country, él leía el menú escrito en la mesa, convencido de que haría bien si decidía por los dos.

-Buenos días ¿puedo tomar su orden? - Dijo una mesera vestida como vaquera - Aun tenemos hot cakes, desayunos texanos, yogurt con fruta y waffles con jamón.
-Queremos una hamburguesa de res con doble queso, aros de cebolla, un filete al vino y muffins de nuez con helado.
-Enseguida ¿alguna bebida?
-No, gracias.
-En un momento vuelvo, bienvenidos.

Ricardo asentó en agradecimiento y Carlota volvió a prestar atención, dándose cuenta de que el malestar de su padre crecía a la par de la vista de los folletos que ella no guardaba aun.

-¿Estás bien? - le preguntó Ricardo.
-Sí, creo.
-¿Por qué te inscribiste en inglés? Dominas ese idioma.
-Es obligatorio antes del último año.
-Ayer me dijeron que sacaste los ciento veinte puntos del exámen diagnóstico de principio de cursos.
-No sabía.
-Con esa nota cualquier escuela te aceptaría, sobretodo porque no se han cumplido tres semanas de clases ¿En cuál te gustaría entrar? Hay una cerca de la Saint Chapelle con buena fama y otra cerca en Cambon que gana concursos nacionales.
-En Île de la cité hay otro colegio tellnoteliano.
-¿Es de la iglesia?
-No.
-Probaremos ahí.
-¿Por qué me sacaste de clases?
-Es por tu seguridad.
-¿Siguen con eso?
-¡Así será hasta que los locos te dejen en paz!
-¿Qué les hice?
-Nada pero de alguien se tienen que aprovechar para meter paranoia ¿qué sé yo? A estas alturas lo mejor sería volver a Tell no Tales y ser una familia normal.
-No quiero regresar.
-No es tu decisión, jovencita.
-¿Por qué vinimos hasta acá?
-¿Todavía lo preguntas?
-Perdón.
-Y Judy me había recomendado tanto el colegio que no me detuve a pensar si te iban a admitir sin objeciones.
-¿Estaremos bien?
-No.
-Papá...
-Sigo olvidando cosas. Hoy no reconocí a Adrien y si él no me dice quien es, habria creído que sólo se hospedaba en el hotel. Pienso en su cara y me pregunto si de verdad es mi hijo o se parece a alguien que conocí.

Carlota enmudeció y palideció antes de que la mesera reapareciera y colocara la comida frente a ella con una enorme sonrisa.

-Gracias - dijo Ricardo y cuando aquella se retiró, tomó su filete para degustarlo sin aguardar a que Carlota decidiera dar una simple mordida a su platillo.

-No dejaré que desperdicies comida.
-No tengo ganas, papá.
-Es una lástima, come.
-Está bien.
-Recuerdo que en uno de tus cumpleaños te llevé a escondidas por alitas y el picante se te quedó en la nariz.
-Ese fue Andreas.
-¿No fue contigo? Estaba seguro.
-Me llevaste con Adrien por pollo frito y casi me ahogo por un hueso.
-Cierto ¿por qué confundiste el hueso con la carne?
-Adrien me retó a comerlo.
-¿Andreas se encarga de enfadarme a menudo?
-Esa sí soy yo.
-No, pero si recuerdo tus fechorías. A partir de hoy, no visitarás ni verás a Joubert Bessette.
-Papá, no puedo abandonarlo....
-Lo traicionaste con Trankov y luego con Guillaume.
-¿Qué?
-Soy tu padre, no el idiota con el que me confundes a diario ¿Tú crees que no sé a dónde vas ni con quienes te llevas? Humillaste a Tennant Lutz, despreciaste los regalos de Adelina, no le has llamado a Anton Maizuradze para saber como está y tampoco has contestado las llamadas de tu amiga Amy, menos mal que piensa que no quieres ver a nadie porque estás asustada. Ahora dime ¿cuándo te enseñé a traicionar, mentir, rechazar y lastimar?
-Ha sido sin querer.
-Tienes catorce años Carlota, vas muy bien. Ni Andreas es tan ruin.
-Papá, no alces la voz.
-Pero antes de que pierda la memoria entera, te voy a corregir. El patinaje se acabó.
-¡No!
-Claro que sí, te digo que volvemos a casa a ser los que éramos.
-Patinar es mi sueño.
-Uno que ya me costó la tranquilidad y en un descuido la familia también. No vas a patinar, eso no lo decides tú.
-Tengo un contrato.
-Cancelado por mí, también me costaste una multa.
-¿Y el entrenador?
-Le di las gracias y me pelée con Haguenauer así que estás acabada. Pregúntale si quiere saber de ti.
-¡No puedes hacer eso!
-Sorpresa, ¿quieres leer como te corrieron de la Federación?
-Yo me voy.
-¡Giulietta Eglantine Charlotte Jacqueline Bérenice Clemánce Léopoldine Liukin - Cassel et Alejandryi, siéntate!
-¡Papá...!
-¿Te preocupan los ridículos? Por tu causa yo he pasado varios y no te he perdonado el último.
-¿Te estás desquitando?
-Te corrijo... Siéntate ya y come que también estoy harto de lo remilgosa que te has vuelto.

Carlota comenzó a llorar y volvió a la mesa, mordiendo con temor su hamburguesa ante las miradas de los escasos curiosos y la mesera que se acercaba por un gesto de Ricardo.

-Una orden de papas para la señorita Carlota, por favor.

Ricardo aparentaba disfrutar el regaño cuando tomó los folletos de la institución en Italia de la que le habían comentado, considerando escuetamente invertir el dinero que le quedaba en una mudanza nueva hacia un lugar alejado de los episodios tristes y trágicos que acechaban a su familia desde la partida de Gabriela y en donde Carlota pudiera estabilizarse y entender que sus acciones traerían consecuencias desagradables si no se detenía de una vez.

-Prepara tu maleta y vístete de gris, salimos esta noche.
-¿Es en serio?
-Tu madre haría lo mismo.
-Ella no está.
-Nos duele mucho.
-¡Se iban a divorciar!
-¿Qué dices?
-La vi con Ryan Oppegard muchas veces mientras tú trabajabas y los oí discutir antes de que yo me fuera a competir.
-Carlota....
-¿Se iba a ir con ese tipo?
-Hablábamos de ti... Carlota, cada vez que estrenas ropa o te haces un peinado bonito, me doy cuenta de estás viendo a un chico nuevo. Si no conoces la fidelidad por lo menos entérate que tu madre estuvo a punto de romperte el corazón y tú repites lo que hizo. Te voy a corregir Carlota porque no vas a herir a nadie y olvidarás lo que acabas de decir. Tu madre era intachable y te ordeno que te lo creas.... Termina de comer.

Carlota se quedó en silencio y llorosa, continuó con su comida mientras su padre revisaba su celular y mandaba un mensaje a su hijo Andreas para que guardara sus pertenencias y se asegurara de que Adrien no olvidara las suyas para evitar una escena de gritos en la estación de tren.

-"Quiero todo listo cuando regrese" - escribió - "Nos vamos a Italia".

lunes, 10 de octubre de 2016

La magnitud de los problemas


-Vámonos - pronunció Roland Mukhin y Luiz levantó a Bérenice de la arena.

-Micaela, Bérenice ¿están bien? - continuó el señor Mukhin - Luiz, dame al niño, Marat ¿vienes? - y Lleyton Eckhart se limitaba a ver a los Mukhin, prudente de no intervenir.

-Yo estaría llamando refuerzos - le indicó Roland y de inmediato, Lleyton atendió.

-Habla Lleyton Eckhart, de la Fiscalía, solicito la presencia de la fuerza de bomberos en el hotel Golden Cape.... ¿Hubo más  derrumbes? ¿Dónde?.... ¡Marchelier y Nanterre! ¿Qué unidad de emergencias está disponible?.... ¿Láncry? ¡Envíenla, hay que apagar un fuego! Gracias.

Cuando Lleyton colgó, los Mukhin se habían ido. Al menos tenía la suerte de desconocer que el reflejo del mar era un portal a la Tell no Tales del espejo y antes de reprocharse la torpeza de no retenerlos, un rescatista lo aterrizó en la realidad.

-¿Señor Eckhart?
-¿Qué se le ofrece?
-Tenemos un problema.
-¿Otro?
-Las chicas que sacamos del hotel, muchas dicen que estaban secuestradas.
-¿Qué?
-Las encerraron en el anexo del restaurante y eran prostituidas.
-No es cierto.
-No les entendemos mucho pero son de Ucrania, la República Checa y no sé de dónde más. No tienen papeles y a varias hay que vestirlas y sacarlas del mar.
-Hágalo.... ¿Ellas saben algo del incendio?
-Que lo inició la encargada de limpieza.
-Reúnanlas a todas y llévenlas a la estación central, que les tomen la declaración. Llamé refuerzos para acabar el fuego, regrese a sus labores.
-De inmediato, señor.

El bombero se alejó y Lleyton exhaló fuertemente.

-¿Qué rayos está pasando en esta ciudad? - gritó y corrió al Racquet Club que en cualquier minuto sería evacuado como el hotel de al lado.

-¡Lleyton! ¿Dónde fuiste? - inquirió Sophie al verlo regresar.
-Necesito que todos guarden la calma, la situación es grave - respondió él en voz alta.
-¿Qué pasa?
-El hotel Golden Cape está en llamas, los bomberos hacen lo que pueden
-Eso ya lo sabemos.
-El fuego alcanzó las villas.
-Dios mío, hay algo que podamos hacer.
-Esperar.
-¿Qué le pasó a la chica que buscaba a su padre?
-¡Bére...! La señorita ya lo encontró, están bien.
-¿Qué harán con el torneo? ¿Lo cancelarán?
-No lo sé pero hay otra noticia y debo darla.... Hubo dos derrumbes en la ciudad, Marchelier y Nanterre, si alguien tiene familiares allí, contáctelos.
-¿Te dijeron en qué calles?
-Sólo eso, la ciudad está en emergencia.

Mientras la gente trataba de localizar a sus parientes o amigos, Maddie Mozer y Kovac se abrieron paso hasta llegar a Lleyton, que telefoneaba a la Estación Central de Policía infructuosamente.

-¡Lleyton! ¿Tan mal estamos? - dijo Maddie lo más bajo que pudo.
-El asilo de ancianos de Nanterre se vino abajo y también el multifamiliar de la calle Crozet.
-¿Sabes si hay muertos o heridos?
-Heridos seguro, muertos deseo que no.
-El departamento de obras civiles no tiene fondos para enfrentar nuevas demandas.
-Házme un favor, avísale a mi secretaria que la quiero ver en la oficina de inmediato y Kovac, lleva a Sophie a mi apartamento. Luego hablo con los tres.

Lleyton volvió a marcharse, sorprendido un poco por lo seguro que era el estacionamiento del Racquet Club y salió con dificultad hacia el camino que llevaba al corazón del barrio Poitiers, deteniéndose por el intenso tráfico que rodeaba al hospital privado y que era usado para contener parte de la emergencia. Por lo que se alcanzaba a apreciar, la noche de pesadilla estaba lejos de concluir y de acuerdo a la radio, en ese instante comenzaban a caerse unos edificios en la avenida Pushkin y colapsaba otro multifamiliar en el barrio Marchelier.

Departamento de la familia Mukhin, Tell no Tales del espejo.

-¿Todos están bien? - preguntó Roland Mukhin.
-Ya no hay vibraciones- comentó Marat.
-¿Seguro? Rompan todos los espejos, no son buenos.

En la Tell no Tales del espejo se pensaba que cuando algo perturbaba los portales, lo más conveniente era destrozarlos y sustituirlos por nuevos que estuvieran sellados. Por algo la fábrica de espejos y vidrio de aquella dimensión no había parado su producción, ni siquiera durante la revolución.

-Levantaré los trozos - dijo Micaela Mukhin al no reconocer el lugar en el que estaba. Marat y Luiz tiraban al suelo o pisaban todo lo que posibilitara los reflejos mientras Bérenice continuaba inmóvil en una pared, llorosa y cubriendo su boca, ignorando el llanto del pequeño Scott.

-Marat ¿cómo aprendiste a abrir los portales en los vasos? - cuestionó Roland molesto.
-Funcionan igual que las ventanas.
-Nada puede pasar por ahí.
-Casi nada - aceptó Marat.
-Pero comenzaste un incendio.
-Para sacar a su esposa del hotel.
-Gracias.
-De nada.
-No lo vuelvas a hacer, idiota.

Roland Mukhin se asomó por su balcón y logró ver a varios vecinos deshaciéndose de sus objetos de cristal, muchos descubriendo que en la dimensión real ocurría una terrible anomalía y lo mejor era evitar que la misma se propagara.

-Luiz, saca un espejo nuevo, lo guardé en el armario de escobas - ordenó Roland y el chico tomó una caja delgada y grande que contenía un portal circular.

-Miren todos - siguió el señor Mukhin y la familia lo rodeó consternada - Esa es Tell no Tales real en este momento.
-¿Lo que brota del suelo es agua?
-Así es, Marat.
-¿Podemos ver otra parte de la ciudad?
-El canal Saint Michel está rompiendo la ciudad por abajo.

Pero Bérenice retiró el espejo y sus lágrimas se secaron apenas, dándose cuenta de que el pequeño Scott parecía reclamar consuelo en medio del desconcierto y el susto que le provocaban los trozos cortantes que lo rodeaban.

-Me llevaré a Scott a su cuna, le pondré su pijama - dijo sin mirar a nadie y se encerró momentáneamente, con la duda de por qué su familia actuaba como si nada pasara. Acababan de encontrar a Micaela Mukhin, su madre ¿no debían celebrarlo al menos con un abrazo?

-Perdona nuestro ruido, bebé - dijo al notar que Scott volvía a su estado apacible al depositarlo en su colchón. Era un niño que dormía si lo dejaban solo pero sonreía antes de cerrar sus ojos grises, como si estar con Bérenice fuese divertido.

Sin embargo, ella no lograba pensar en eso cuando al ir a la estancia, se topó con que su madre cocinaba salchichas y puré de papas mientras cantaba alegremente. Alrededor de ella se encontraban Marat y Luiz colocando platos y cubiertos mientras Roland elegía alguna flor roja para decorar la mesa, creyendo quizás que su esposa entendería que la halagaba.

-Tu madre rescató una maceta del incendio, dijo que Marat la rompió cuando pasó junto a ella - escuchó Bérenice que le comentaban y con cierto valor, se acercó abruptamente a Micaela, sorprendida de que ésta le volteara a ver.

-Extrañaba cocinar para ti, siéntate Bérenice - indicó la mujer antes de apretar a la joven contra sí - Al menos volvimos a estar juntas.

Bérenice deseaba llorar mucho más pero su madre proseguía con su talante apacible y reanudó su canto en falsete como si aquél fuera un día feliz cualquiera y nunca hubiera abandonado la rutina.

-La destrucción se detuvo - advirtió Marat al dar un vistazo al espejo.
-Iremos mañana a ver que quedó - replicó Luiz - ¿verdad Bérenice?
-El señor Lleyton ha de estar preocupado, supongo que ... Vamos - dijo ella mientras su madre concluía su canción e iniciaba otra que ninguno entendía. Bérenice se negaba a soltarla y la otra asumía que era una bienvenida como cualquier otra, un poco exagerada tal vez porque al ausentarse había sido más probable que cualquiera pensara en su muerte y sufriera un choque que impidiera un contacto más personal. Pero Bérenice nunca había estado más feliz y sólo tocaba a su madre para estar segura de que no se desvaneciera como en las pesadillas. La causa del comportamiento cotidiano en los demás podría ser más por pena que por otra causa y Micaela aparentaba asumirlo así, justo para no contagiar sus traumas y dolores que de todas formas eran asuntos que reservaba para hablar a solas con Roland, mismo que se escudaba en órdenes sencillas y comentarios rápidos para no reaccionar igual que Bérenice o aun más afectuoso.

-Bérenice, ve a tu lugar - pidió Micaela antes de alzar su voz cantante e impresionar a Luiz y Marat con su talento al servirles la cena. Por el espejo aun tenían la visión de la Tell no Tales real y en un momento dado, el reflejo de la campiña y la gente que ahí vivía delataba que por todas partes se propagaba el miedo de perder la ciudad. Sólo por eso, Micaela cerró el portal y se dedicó a cantar, asegurándose de que el resto se alimentara. Bérenice trataba de llevar algo a su boca al aceptar que no entendía ninguna escena y que le decepcionaba la distancia que su propia madre establecía a pesar de llevar más de diez años forzada a estar en un sitio extraño. Ese canto en falsete no era propio de Micaela ni el idioma en el que interpretaba una melodía de ritmo igual desconocido, pero si ella aseguraba que era sobre el campo, lo tomaría por cierto. Después de todo, era más seguro quedarse con dudas y aquello quedó claro cuando el espejo nuevo también se quebró.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Bérenice va al tenis (Tercera parte y fin de la serie)


Imagen cortesía de Pure People.

Bérenice Mukhin se introdujo en el Racquet Club a toda prisa y tomó asiento en una grada cuyos lugares no parecían apartados por otros asistentes. A su lado izquierdo había una butaca vacía y una mujer rubia aguardaba por su acompañante mientras bostezaba largamente antes de revisar su agenda para asegurarse de no haber dejado algún asunto olvidado, volteando cada dos minutos exactos a todos lados para sonreír por motivos desconocidos. Bérenice le prestaba atención porque le daba gracia y comenzaba a imitarla con sus poses impacientes.

-¿Qué haces? - Preguntaba Roland Mukhin al descubrirla.
-La señora aquí al lado es muy extraña.
-Creo que es una mujer ocupada.
-Se parece a una actriz mala.
-Es que es una actriz mala, mira como finge que no tiene calor.
-Ja, ja, ja, le falta un cigarro.

Bérenice hizo una seña similar a fumar y su padre se carcajeó un poco, logrando que los asistentes cercanos los voltearan a ver.

-Mejor nos calmamos, Bérenice.
-¡Mira, Marat está entrando a la cancha!

Al igual que el público, los Mukhin ovacionaban y el grito "Davai Marat!" de Bérenice era tan fuerte que Marat Safín la localizó enseguida desde su distancia.

-¡Gracias Bérenice! - replicó éste y ella volteó hacia donde se hallaban Don y Evan Weymouth, quiénes no parecían tener idea de cómo portarse en ese lugar y se limitaban a aplaudir de pie.

-Les va a gustar mucho - aseguraba la joven Mukhin a sus invitados y delicadamente les compartía botellitas de agua.

-No hace calor - expresó Evan.
-Pero es el tenis ¡de tanto verlo da sed! - remató Bérenice y cuando Gustavo Kuerten inició su calentamiento, volvió a su sitio. Rápidamente el recinto recobraba aforo y se daban a conocer los nombres de los jueces y hasta los recogepelotas, resaltando Luiz con su cabello crespo.

-¡Aquí estamos Luiz! - exclamó Bérenice y el chico la saludó mandándole un beso y haciéndole notar que el bebé Scott dormía en el regazo de Roland Mukhin.

-¡Luiz va a conocer a Marat!
-¿Crees que sea buena idea, hija?
-Ay, papá, claro que sí, mis amigos son amigos de mi palmera porque yo lo digo.
-Bérenice, a lo mejor soy inoportuno pero ¿no crees que después ya no verás a Marat?
-Si regresa no tendrá dónde ir.

La chica tenía razón. El país de Marat había sido destruido en el espejo y por ende, tendría que hallar asilo con personas que no le apuñalarían con tal de apropiarse de las pertenencias conseguidas en la realidad. Por esa causa, sólo podían ser los Mukhin.

-Por el momento estamos en el juego - concluyó Roland y su hija prefirió unirse a las dinámicas de los espectadores como hacer la ola o aplaudir con rapidez. En un momento dado, la joven perdió de vista a la mujer rubia de al lado y sólo prestó atención cuando un hombre vestido con camisa gris y chaqueta oscura se sentó a su lado, orillándole a dejar de respirar unos segundos para que no volteara.

-Tardaste mucho, Lleyton - dijo la rubia.
-La barra está imposible pero conseguí la cerveza.
-Gracias, muero de sudor.
-Ojalá gane Guga.
-¿Kuerten?
-El año pasado fue un dios en Roland Garros y siempre vence a Safín.
-¿De verdad?
-Lo siento por Marat pero se irá muy pronto a casa.
-Suenas muy seguro.
-El partido se acaba en tres sets.

Bérenice no estaba de acuerdo con Lleyton Eckhart pero guardaba forzosamente silencio y cruzaba los dedos al tiempo que sonaba un timbre y se le pedía al público permanecer tranquilo para que el encuentro se desarrollara puntualmente. El sorteo para el primer saque se había efectuado.

-First service for Gustavo Kuerten - solicitaba el umpire y Marat Safín concretaba su primer intento velozmente.

-Marat viene fuerte ¿no lo crees Bérenice? - dijo Roland Mukhin y Lleyton Eckhart giró a su derecha, coincidiendo su mirada con la de la chica Mukhin. Ambos inmediatamente voltearon al frente con inhibición.

-30/0 - se decretaba y Luiz aparecía en escena, levantando la pelota del segundo remate de Marat.

-Buenas noches - dijo Lleyton cruzado de brazos.
-Hola.
-Qué casualidad.
-Mi papá necesita estar cerca de las escaleras.
-Me doy cuenta. Lindo tu bebé.
-Gracias.
-¿Viniste por Luiz o por Marat?
-Por los dos.
-Me sorprendí ayer.
-¿Por?
-Marat te saludó.
-Es un amigo.
-También fue tu novio.

Kuerten empató a 30 y Lleyton interrumpió la charla para aplaudir, admirado de que su acompañante no se enteraba de lo que pasaba con él.

-Tu amigo va a perder el punto.
-No importa, siempre remonta.
-Esa costumbre me disgusta. Cuando le ganó a Sampras juré que sería el mejor.
-Marat es el mejor.
-Mira su estadística, no lo es.
-Cuando le gane a Kurtacho, me dices.
-He visto la temporada, puedo predecir esto con ojos cerrados.
-Es Marat y no lo conoces, Lleyton.

Segundos más tarde, Gustavo Kuerten conseguía el primer punto y cambiaba prematuramente de raqueta en el pequeño momento fuera que le daban.

-¿Cómo conociste a Marat? - reanudó Lleyton.
-No te lo diré.
-¿Por qué?
-¿Cómo conociste a la chica rubia? ¿Vienes con ella, no?
-Es Sophie, es actriz, la conocí hace un año en París.
-¿Actriz? Ja, ja, ja.
-¿Qué te da risa?
-Es actriz.
-Y Marat es un gran tenista.
-Entonces piensas lo mismo que yo de Sophie.
-Lamento decepcionarte.

El juego continuaba y Lleyton prefirió guardar silencio, reaccionando únicamente a los buenos reveses de Gustavo Kuerten que lo mantenían arriba de un desconcertado Marat Safín que no lograba concretar el tanto y cuyo talante se tornaba iracundo fácilmente.

-¡Tranquilo Marat! - exclamó Bérenice antes de que éste marcara con un remate dudoso y solicitara revisión, otorgándole a su contricante un cuarto punto. Azotando su raqueta, Marat se aproximó al juez para reclamar pero ella lo detuvo.

-¡Deja de discutir y pónte a jugar! ¡Ya sabemos que el umpire es un completo idiota!

Marat alzó su mirada y regresó a su lugar con una enorme sonrisa, misma que se le contagiaba a los asistentes. En las gradas, Lleyton comprobaba que Bérenice prestaba atención a los slices de Marat y no demoró en advertirle que los realizaba muy abajo.

-¡Te va a atacar con un montón de lobs! ¡Juega en la mitad de tu cancha y olvídate de los drops!

Y Marat la obedecía, obteniendo el empate y posteriormente el quinto punto.

-¡Señor Safín está compitiendo, no entrenando! - señaló Lleyton Eckhart fuertemente y el umpire se viró molesto hacia él y Bérenice.

-¡Usted y la señorita, resérvense sus comentarios o los haré sacar!

Ambos asentaron y cuando el juez regresó a sus labores, se rieron de él.

-Hablas alto - bromeó Bérenice.
-Pero tú empezaste ¡Yo no estaba ayudando a nadie!
-Pero quieres que gane Kurtacho.
-¡Limpiamente! No con alguien que le resuelva el juego.
-Pero lo hice para que no patee a Marat.
-Sabes que él puede solo.
-¿Hice trampa?
-¿Tú que crees?

Bérenice simuló cerrar un zipper en su boca y se dedicó a contemplar como su amigo se las arreglaba con un deuce y un advantage antes de que usara revés tan potente que Kuerten acabó por echar la pelota fuera.

-First set for Safín - se declaraba y el público aprovechaba para ovacionar y levantarse un minuto en lo que ambos tenistas retomaban la actividad.

-Lleyton ¿todo está bien? - preguntó Sophie.
-Disculpa, es que me emocioné.
-A la chica de al lado no le para la boca.
-Es admiradora de Safín.
-¿Por qué le haces caso?

Lleyton decidió cambiar de asiento con Sophie para no discutir y aquello distrajo tanto a Bérenice que no se percató de algo extraño: Marat revisaba un reflejo en un vaso y decidió encender un cerillo, haciéndolo pasar a otro lugar y asegurándose de que comenzara a quemar algo. Sólo Roland Mukhin lo notó, aunque se abstuvo de los aspavientos.

El partido reinició con mucha velocidad de parte de Gustavo Kuerten un minuto más tarde, aunque los dos primeros puntos los ganaría un tenso Marat antes de batallar para llevarse el set 7-5 no sin haber aguantado un empate a cinco y haber forzado errores en su rival.

-Bérenice, algo anda mal. Vámonos - ordenó Roland Mukhin a su hija cuando arrancaba el tercet set.
-¿No esperaremos a Luiz?
-No quiero quedarme aquí.

Bérenice se incorporó desconcertada y pidiendo ayuda, llegó a la rampa junto a la escalera, en dónde Lleyton Eckhart se ofreció a auxiliarla después de saltar sobre la grada para alcanzarla.

-¿Pasa algo?
-Estamos bien - dijo ella.
-¿Qué necesitas?
-Mi papá quiere aire.
-Lo llevamos al jardín de la estancia si gusta.
-Levantaré a Scott.

Roland Mukhin estaba a nada de entregar al bebé cuando un vigilante del club se aproximó a decirles que por el momento no abandonaran la zona, puesto que había un problema en el hotel.

-Tuvimos un gran corto circuito, lo estamos arreglando. Por favor, permanezcan aquí - concluyó y Bérenice resolvió llevar a su padre a un pasillo que daba a la cancha. Lleyton fue detrás mientras omitía cuestionar en qué parte del recinto se suscitaba el incidente.

-40/15 for Kuerten - se decía a través del sonido local y Marat descubría a Bérenice en el pasillo, extrañado de su actitud apenada.

-40/30 - se declaraba como marcador y Marat aceleró el ritmo, llevándose dos puntos consecutivos antes de que su obsesión por los drops lo metiera en problemas. Apenas tuvo segundos libres, revisó el reflejo de su vaso y Roland Mukhin decidió acercársele por su cuenta, sin que su hija pudiera contenerlo.

-¿Qué hiciste Marat?
-Roland, no debe venir por aquí.
-Te vi prender un fósforo y pasarlo al otro lado ¿Qué buscas, idiota?
-Le explico luego pero retírese.
-Contéstame.
-Tome mi vaso y vea.

El señor Mukhin procedió y distinguió un fuego en el anexo del restaurante del Golden Cape, mismo que estaba siendo alimentado deliberadamente por la encargada de la limpieza.

-¿Desde cuándo abres portales en los vasos?
-Señor Mukhin ¿está bien?
-Iré allí.
-Espere, tuve que hacerlo.
-¿Por qué?
-Porque conozco a un socio de ese lugar.
-Acabando el juego distraes a Bérenice a cualquier costo y pobre de ti si le pasa algo a la mujer que te está ayudando.

Roland Mukhin se dio la media vuelta y se colocó frente a Bérenice dándole al somnoliento Scott en el acto.

-Toda la familia conoce a Marat Safín, qué locura - comentó Lleyton.
-Fui a darle consejos para que no corran a Bérenice ¿Quién se atrevería a tocar a un hombre en silla de ruedas?

Lleyton no fue capaz de responder pero tuvo un sentimiento extraño. Si se fijaba bien, el aspecto de los Mukhin era espeluznante con sus posturas robóticas y la calidez vacía de sus ojos, aspectos compartidos por Luiz y Marat aunque ocultos por una vestimenta común y corriente.

Intuyendo que había algo inquietante, tomó su distancia y lentamente trató de regresar con Sophie, no obstante, Bérenice siguiera pareciendo normal y celebrara los movimientos de Marat, que eran un poco más sólidos que en los anteriores sets.

-Cuando se concentra, Marat es invencible - comentó Roland y el rostro desencajado de Gustavo Kuerten reflejaba bien la paliza del tercer set en donde no tardó en indicarse el match point. El público se ponía de pie y silbaba eufórico antes del error de Marat que le dejaba en una situación de double match point, en el cual desperdició otro intento, lamentándose en el acto.

-Davai Marat! - externó Bérenice con un susurro y vino un juego largo en el que ninguno de los contrincantes cedía hasta que éste levantó un lob cuando Kuerten maniobraba cerca de la red, concluyendo 6-1 y el partido con los tres sets a favor de Marat Safín.

-¿Lo ves Lleyton? ¡Ganó Marat!
-Ni hablar, se lo merece.
-¡Voy a felicitarlo!
-Está muy bien.... ¿Y tu padre? ¿Dónde fue?
-Tal vez con Marat.
-No lo veo.

Bérenice miró a su alrededor creyendo que lo encontraría enseguida pero en su lugar, era Luiz el que salía a su encuentro.

-¿Me viste amor?
-Estás guapísimo con este pelote.
-No me equivoqué con las pelotas.
-Me alegra Luiz.
-¿Qué pasa?
-¿Mi papá entró a la cancha?
-No, se fue hace unos minutos.
-¿Qué? ¿Por qué no me dijiste?
-Se despidió de mí, me hizo la seña.

Al fondo se percibió un cristalazo y Bérenice corrió a la estancia, enterándose apenas de que su padre se dirigía a toda prisa al exterior y otro guardia impedía la salida de los presentes.

-¡Deténgase señorita, no puede pasar!
-¡Mi papá se acaba de ir!
-Alguien irá por él, no se preocupe.
-¿Qué pasa? - Intervino Lleyton Eckhart y poco después era Marat Safín quien sostenía a Bérenice, expectante por las noticias.

-Les suplicamos que permanezcan al interior - insistió el vigilante.
-Soy de la Fiscalía de Tell no Tales, le ordeno que nos informe el motivo de esta retención o tendré que llamar a una unidad de la policía - advirtió Lleyton.
-Hay un incendio en el hotel, lo estamos controlando, este es el sitio más seguro por el momento.
-¿En qué parte?
-En el restaurante, frente a la playa.
-¿Cuando empezó?
-Hace tres horas.
-¿Por qué no avisó?
-Porque la ruta de evacuación fue bloqueada y no queríamos provocar pánico.
-¿Bloqueada?
-El fuego se extendió por las habitaciones y los bomberos intentan que no llegue a las villas u al hotel vecino.
-¿Explotó la cocina?
-Primero se quemó el anexo que está detrás.
-¿Fue el corto circuito del que me habló?
-No estaba tan grave hasta que llegó a la tubería de gas.

Bérenice se llevó las manos al rostro y Marat pretendía retenerla alegando que todo estaría bien.

-Mi padre acaba de salir por esa puerta - dijo ella en voz alta.
-No tardan en traerlo.
-No puedo estar tranquila, iré por él.
-Él estará bien.
-¿Y si le pasa algo, Marat?
-¡Detente! ¡Él no quiere que vayas!
-¡No lo puedo dejar!
-Piensa Bérenice, tienes a tu bebé en los brazos, se podría intoxicar.
-¡Luiz! Toma a Scott, voy por papá.
-¡Espérate!
-¡Suéltame Marat!
-¡Tranquilízate!
-¡Si mi papá se lastima será tu culpa!
-¡Lo que quieras pero ... ! ¿Qué estás viendo?
-Tu vaso se quema.
-No hagas caso.
-Abriste el reflejo.
-No, yo creo que son las luces, mejor lo aparto.
-¿El del reflejo es mi papá?
-Es Luiz.
-¿Qué está haciendo mi papá? ¿Qué busca?
-Suficiente.
-Marat, dame tu vaso.
-No.
-Marat ....
-No lo haré, deja en paz a tu padre.
-¿Sabes a dónde fue, verdad?
-Bérenice, él vendrá.
-Marat, dime que está ocurriendo, ¿Por qué abriste el reflejo de tu vaso?
-No pasa nada.
-No mientas Marat ¿a quién busca mi papá?
-A nadie, quieta.
-¿Por qué está yendo al fuego?
-No lo sé.
-Por favor.
-No debo decir.
-Marat, mi papá se puede herir.
-Bérenice, no debo contártelo.
-Pero estoy aquí. Por favor ¿qué está haciendo mi papá? Marat.....

El silencio de Marat alteraba más a Bérenice e impaciente, la última le propinó una cachetada antes de resolver salir corriendo, esquivando de paso al guardia.

-¡No te acerques, Bérenice! - dijo Marat siguiéndola. Lleyton Eckhart también corrió y Luiz, con todo y bebé, se consagró en ir por la joven, que sólo paró cuando tuvo frente así un incendio monstruoso. El Golden Cape estaba cubierto de llamas en su totalidad y el viento las arrastraba hasta las villas en tanto los bomberos volcaban su esfuerzo en evitar que continuara propagándose y solicitaban auxilio al personal del hotel vecino para evacuar a la gente por precaución. Por la playa corrían muchas jovencitas, algunas desnudas pero todas llorando y gritando en varios idiomas. Marat reconoció a la joven checa de la mañana, misma que estaba siendo reanimada por paramédicos.

-¡Papá! - llamaba Bérenice y Marat menos podía retenerla hasta que lo distinguieron en la oscuridad. Al mismo tiempo, una mujer salía del hotel y lentamente caminó hasta colocarse frente a Roland Mukhin ante la estupefacción de los testigos por saberla ilesa.

-¡Marat suéltame! - pidió Bérenice y él la retuvo, abrazándola fuerte.

-¡Déjame!
-No debo.
-Marat, suéltame.
-Me lo pidió tu papá.
-¿Por qué? ¿Con quién está?
-No, Bérenice, no preguntes.
-¿Quién es ella?
-No te voy a decir.
-Marat ¡lo sabes, tú lo sabes, dímelo!
-Tu papá no quiere.
-¡Basta Marat!
-No vayas.
-No me dejas opción.

Bérenice corrió de nuevo pero Marat la sujetó por la cintura.

-¡Déjame ir!
-No, esto es asunto de tu padre.
-¡Marat, por favor!
-No, Bérenice, quédate aquí!
-Quiero ir.
-Te lo suplico.
-Marat....
-Es por tu padre, no depende de mí.
-Por favor, ¿con quién está?
-No te quiero mentir.
-Marat...
-La vi en la mañana, perdón.
-¿A quién?
-A la mujer que está tu padre, déjalos solos.
-¿Quién es?
-Bérenice, tu madre está viva.

Bérenice cambió su expresión asustada por una incrédula y las lágrimas le rodaron por el rostro.

-¡Bérenice no! - gritó Marat y la joven aceleró el paso mientras Luiz iba por ella. Lleyton permanecía paralizado ante la escena y sintió el pasmo en el corazón cuando ella descubrió que Marat le decía la verdad.

-¿Mamá? - preguntó la chica a la silueta que le daba la espalda y ésta giró como si desconociera la expresión.

-Mamá, mamá, mamá ¡mamá! - Bérenice se echó de rodillas y estrechó las piernas de la mujer mientras ésta dirigía la mirada conmovida y aliviada a Marat Safín.

Vocabulario del tenis

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Bérenice va al tenis (Segunda parte)


Tell no Tales del espejo, 17:45 horas

-Papá, Marat nos invita a su juego ¿quieres venir?
-¿Ese gafete?
-Es para entrar al Racquet Club.
-Me extrañaba que estuvieras tan campante.
-¿Puedo recogerte después del trabajo?
-¿Piensas ir?
-Entonces nos vemos mañana.
-¿Quién te dijo que no quiero celebrar?
-Te quiero ver arreglado y lindo para que te salude Marat.
-¿Te da gusto verlo?
-Es un muy buen amigo.
-Asumo que hasta Scott debe ir de etiqueta.
-Le preparé su overol y su gorrito.
-Te estás tomando muy en serio la invitación.
-Mamá me enseñó que hay ropa para el golf, los caballos y el tenis.
-Eso es cierto, cuando estabas en la primaria te acompañó varias veces al tenis. Está bien, me vestiré apropiadamente, te espero.
-¡Te divertirás mucho, papá adorado!
-Oye, ya me besaste mucho, ve al trabajo.
-Ay, adiosito.
-¿Me dejas a Scott?
-Como quiero que esté guapo, se queda con su abuelo.
-Lo bañé con jabón de manzanilla.
-¡Y le pones loción!
-¿Para qué?
-Para que se parezca a ti, adiosito.
-Te portas bien. Oye ¡no te vayas a escapar para ...!

El señor Mukhin se percató de que diría una frase demasiado lógica. El retorno de Marat le daba mala espina y conocía a Bérenice muy bien como para imaginarla invadida de la curiosidad suficiente para ir a buscarlo. A esa inquietud se le sumaba el presentimiento de que existía una energía perturbadora entre las dos dimensiones y no lograba descubrir si era un aviso de no realizar más cruces. Por las malas intenciones reinantes en el espejo era probable, pero no al grado del desequilibrio.

Al mismo tiempo, en la Tell no Tales real nadie estaba siquiera al tanto de esa mala energía. Algunos vidrios se rompían y otros vibraban pero parecía normal debido a los trabajos a profundidad en la calle Grobokin, que se realizaban para saber la causa de un derrumbe que colmaba de demandas al Departamento de Obras Civiles e Hidráulicas. La autoridad parecía rebasada ante las protestas y en el barrio ruso se recababan las firmas para solicitar la remoción de quien resultara responsable por omisión y negligencia. Este era el caso del que Lleyton Eckhart quería hacerse cargo personalmente al término de sus vacaciones, no por las implicaciones del gobierno, sino por los rumores de un creciente descontento en los barrios populares por la falta de mantenimiento.

Por otro lado, cerca de las puertas del Racquet Club, Don Weymouth se lamentaba porque esa mañana se había quebrado el cristal de una pared y un soporte detrás de la barra de su taberna, así que había dedicado la madrugada a recoger los trozos mientras sacaba cuentas de lo que tendría que pagar por las reparaciones. Bérenice retomaba el trabajo cuando comentó:

-El dinero no alcanza y esto va para largo. Evan ¿estás seguro de lo que viste?
-Hay una grieta en Grobokin que ya llegó a la avenida Katsalapov y cerraron el metro. Dicen que está brotando agua.
-¿Agua? Pero siempre ha estado seco, es zona alta.
-Creen que es una fuga.
-Si esa cosa se sigue abriendo llegará a hasta el Panorámico.
-Ojalá la reparen.

Mientras la preocupación entre la población era evitar más derrumbes, en el barrio Poitiers la gente rodeaba el hotel Golden Cape. Muchas celebridades acudían a los juegos y los mismos tenistas se les unían durante el día, yendo casi todos al restaurante brasileño del lugar. Por supuesto, Marat Safín no se había negado a seguir la fiesta y junto a un chico de nombre Marian Isbaza se dirigió a un anexo detrás de la cocina, mismo que funcionaba como un bar al que sólo se accedía con membresía. Consciente de que tenía un partido en escasas horas, Marat entró y casi enseguida fue recibido por una chica que hablaba únicamente en checo, volviendo imposible entenderle.

-Ella es una de las nuevas - dijo Marian socarrón - Cada mes las cambiamos ¿no la quieres? Es pelirroja.
-Tengo que llegar con energía al partido.
-Vamos ¿en serio no eliges una? Te invito.
-¿Este negocio es tuyo?
-Soy accionista.
-¿Soy el primero en venir u otro colega se me adelantó?
-Tardaste mucho.

Marat quería preguntar si tal giro era ilegal pero, al igual que el señor Mukhin, percibió la alteración del espejo al pasar frente a uno y decidió darse la vuelta en cuanto fuera posible, así la joven checa insistiera en hacerle compañía. Únicamente por educación, Marat tomó asiento junto a ella y aceptó un trago de ron de su mano, aunque prefería ignorar su voz y se concentraba en la creciente vibración de su vaso, mismo que se quebró en su mano, ocasionándole un sangrado. Rápidamente, la chica intentó auxiliarlo pese a que Marian Isbaza la detuvo enseguida y llamó a la encargada de limpieza, que se aproximó lentamente y de rodillas. Aquella mujer parecía tener prohibido mostrar su rostro y hacer ruido, motivo por el que Marat se dio cuenta de que ningún otro cliente volteaba para saber que ocurría y más aún, el olor del lugar era insoportable de tan limpio y esterilizado que era increíble resistir ahí dentro sin sentir que se adormecía el olfato.

-¿Estás bien? - le preguntó Marian.
-Me corté un poco los dedos, nada grave.
-¿Puedes jugar?
-Si, no importa.
-¿Dónde vas?
-Ajustaré unos detalles en mi saque, en dos horas juego.
-¿Contra quién te toca hoy?
-Gustavo Kuerten, nos vemos.

Marat se levantó incómodo y dio el paso, tropezando involuntariamente con la mujer del aseo. Apenado, dirigió la vista hacia abajo pero el rostro invisible de aquella le inhibió la disculpa, advirtiendo su esfuerzo por no girar la cabaza.

-Marat ¿todo bien? - prosiguió Marian Isbaza cuando la energía se alteró más, destrozando el jarrón de la mesa inmediata y empapando a la trabajadora que por naturaleza levantó la cara para saber que sucedía, coincidiendo su mirada con la de Marat Safín.

-¡Limpia eso! - ordenó Marian Isbaza y ella se hizo a un lado, permitiendo que Marat se fuera antes de retomar sus labores. Por el atrevimiento de mirar a un cliente, le esperaba una paliza.

Impresionado, Marat salió corriendo rumbo a la calle, debatiéndose entre realizar una visita inesperada a la Tell no Tales del espejo o guardarse el secreto de lo acontecido, aunque cualquiera de las dos alternativas le hacían dudar de su conveniencia. No se reponía del todo cuando reparó en Bérenice vendiendo bebidas en un puesto callejero y de notarla tan feliz, sonrió aunque no sabía por qué. El cuerpo se le destensaba y su respiración se relajaba a medida que se aproximaba donde ella, escuchando cuando un joven de nombre Evan le decía que colocara hielos en una tina de madera para enfriar un barril de salkau con nutella. A ese lugar se aproximaban los niños que acudían al tenis como parte de su paseo escolar y se les vendían vasos chicos de aquel líquido sin fermentar por 50c.

-¡Bérenice! - exclamó Marat componiendo el semblante.
-¡Hola chico! ¿Cómo estás?
-Eh, me mentalizo para mi juego.
-Qué bien, vas a ver cómo ganas.
-Gracias.
-Mi padre va a venir.
-¿En serio?
-No le gusta el tenis pero quiere saludarte.
-¿Se va a dormir en el juego?
-Claro que no, Marat.
-Es que verme nunca le gustó.
-Ya no eres mi novio, no puedes caerle mal.
-Lo digo porque vi a...
-¿A quién?
-Nadie, olvídalo.

Marat se abstuvo de contar lo que sabía y Berenice le restó importancia apenas terminó de vaciar el hielo.

-¿Entonces este es el trabajo que me decías?
-Sí y no, es que siempre estamos en una cantina.
-¿Dónde?
-Cantina, en el Panorámico.

Bérenice continuó atendiendo a los pequeños clientes y Marat pretendía decir algo pero optó por despedirse.

-¡Te veo más tarde!
-Gracias.
-Ten un bonito día, Marat.
-Igualmente, coincidiremos por ahí.
-Tal vez te encuentres a mi chico, dile que ya casi acabo acá.
-No me lo has presentado.
-¡Es el recogepelotas de tu juego!
-¿Cómo se llama?
-Luiz.
-Preguntaré por él.
-Adiós, Marat.

El chico respondió con un gesto de despedida y volviendo a su intranquilidad, algo que Bérenice tomó como nerviosismo natural

Dentro del Racquet Club.

Martina Navratilova salía triunfante en su debut ante una tenista local cuando imprevistamente reconoció a Lleyton Eckhart entre el público. El hombre era donante regular en la organización benéfica de Navratilova y le estrechó la mano poco antes de salir del campo, mismo que debía ser preparado para el Safín-Kuerten. Las admiradoras de Safín atestaban el lugar y poco después el público ya presente se volcó en salir a la cafetería. Marat pasó por ahí con la intención de evitar a Marian Isbaza pero se topó con Roland Mukhin y también dio la media vuelta, hallando refugio al exterior otra vez. Bérenice se rió de aquello al distinguirlo y esperó al término de su turno para aproximársele.

-¿Mi papá llegó, verdad?
-No lo saludé.
-Le dije que iba por él ¿cómo entró?
-¿La pregunta es en serio?
-Le he dicho que no se me adelante.

Marat se encogió de hombros.

-Voy a caminar.
-Te acompaño.
-¿No te regañan por irte?
-No porque invite a mi jefe al tenis y a pequeño jefe también.
-¿Qué dijiste?
-Invité a algunas personas a tu juego.
-Está bien, Bérenice.
-¿Qué tienes?
-¿Podemos hablar?

La joven asentó y abandonó su lugar para ir por el borde del acantilado, mientras Marat la contemplaba a segundos. El sol poco a poco iba ocultándose y un señalamiento indicaba que el camino terminaba al dar una vuelta al norte. Él se detuvo ahí.

-Cambiaste mucho, Bérenice.
-Igual tú.
-¿Aun ves a tus amigos?
-¿Cuáles?
-Emily Dufournet y Matt Rostov.
-Emily tuvo leucemia y no se repuso.
-Lo siento.
-No te preocupes, Marat, era obvio que no sabías.
-¿Y Matt?
-Matt vive en el hospital de esta ciudad.
-Qué bien ¿sabes si está casado, sigue soltero?
-¿Por qué quieres enterarte?
-¿Será porque se enamoró de ti cuando eras mi novia?

A Bérenice le causó risa oír eso.

-Matt sale con una doctora.
-Todo normal con él.
-¿Y tú tienes novia?

No hubo respuesta.

-Bérenice, hay algo que debes saber.
-¿De verdad?
-No sé como lo vayas a tomar ¿te llevas bien con tu padre?
-Todavía me regaña.
-Qué divertido.
-¿Por qué?
-¿Crees que aceptaría una invitación a cenar?
-Qué raro lo que dices.
-Bueno, invito a los dos.
-Pero tengo un bebé y a mi Luiz, no puedo dejarlos solitos.
-¿Lo que traía tu papá es un bebé? Creí que era una bolsa.
-¿Cómo que una bolsa?
-¿Desde cuándo tienes un bebé?
-Ahora soy mamá.
-Con razón te ves feliz.
-También me voy a casar.
-Qué buena noticia.
-Luiz y yo apartamos lugar en la alcaldía y le diremos a papá cuando tenga un vestido.
-Felicitaciones.
-Gracias.... ¿Qué querías decirme?
-¿Luiz no es temporal?
-¿Tem ... qué?
-¿Lo tomas en serio?
-Sí, siempre.
-¿Qué te hicieron o qué te hiciste?
-Mmh ¿No sé?
-Es que a todos los terminabas tan rápido y los cambiabas igual ¿Maduraste?
-¿Qué es eso?
-Ja, ja, incluso eres más graciosa.
-Marat, jamás te dije por que corté contigo.
-¿Matt?
-Me amabas y me asusté.
-Eso ya pasó.
-Es que te dejé de manera tan horrible que hasta me sentí peor y lloré mucho y nunca me disculpé por decirte que eras un fracasado imbécil o algo así.
-Me han dicho cosas más hirientes.
-Me gritaste algo que no pude escuchar.
-En esos días te busqué hasta que tu padre amablemente me golpeó la nariz.
-Perdón por eso.
-Me alegra que sigas bonita.

Bérenice no replicó a Marat el halago.

-Perdón por haberte lastimado.
-¿Somos amigos, no crees?

Bérenice abrazó a Marat.

-¿Por qué quieres encontrarte con mi padre?
-Vi algo...

El chico se contuvo, tenía temor de equivocarse.

-¿Qué viste?
-Puede esperar, mi juego no tarda en comenzar y debo concentrarme.
-Claro.
-Vamos.

Bérenice y Marat volvieron a la entrada del Racquet Club cuando ella pensó en la relación que había tenido con él y el entusiasmo que le inspiraba encontrarlo. Marat Safín significaba algo profundo para Bérenice Mukhin.