sábado, 20 de abril de 2019

Un día libre


13 de noviembre, 2002. Día previo al comienzo del Trofeo Bompard. París, Francia.

-Las instrucciones para que Carlota Liukin pueda visitar Versalles son claras. Si hay dificultades, tienen mi número. Estoy confiando en ustedes - decía Maurizio Maragaglio a un grupo de oficiales encubiertos que le habían enviado para coordinar la visita de la chica Liukin a un palacio. Durante la mañana, él había trabajado junto al Comisionado de Policía de París e incluso, tenido una charla con el Director de Inteligencia Francesa sobre Sergei Trankov y algunos reportes un tanto ambiguos sobre sus actividades de las últimas setenta y dos horas.

-¿Qué hacen aquí? Esperen a Carlota afuera, yo me encargo de las prácticas - dijo el propio Maragaglio amigablemente y aquello atrajo a Katarina Leoncavallo, que se rehidrataba durante la práctica.

-¿Por qué estás tan contento? - preguntó ingenua.
-No puedo vivir molesto.
-Maurizio dijo que no llegaste a dormir.
-Estuve en Les Halles.

Como Maragaglio sonrió, Katarina decidió no añadir más y se alejó para continuar corrigiendo detalles en sus rutinas mientras su hermano y la joven Liukin charlaban en otro extremo de la pista luego de que ella sintiera un dolor punzante en su pie izquierdo. Ambos procuraban que nadie escuchara.

-Los lentes que trae tu primo son nuevos - comentaba Carlota.
-Le notaba algo raro.
-Pero está tan feliz...
-¿Hay algo que quieras contarme?
-No.
-¿Él debe decirme?
-Algo así.
-Verlo contento se ha vuelto extraño.
-Se parece mucho a ti, Maurizio.
-Ahora sé como estaré de viejo. Gracias, Carlota.
-Perdón.
-¿Cómo vas con la inflamación?
-Ya no siento el pie.
-Perfecto.

Carlota se retiró una bolsa de hielo y enseguida se aplicó un ungüento mientras Maurizio le revisaba sus botines sin hallar novedades.

-Estaba haciendo el lutz cuando sentí como si me golpeara el pie con algo - prosiguió Carlota.
-Que el médico revise eso ¿te había pasado antes?
-No.
-Caíste horrible ¿no te duelen las costillas?
-Sólo el arco del pie.

Ambos iban a platicar sobre otra cosa cuando un gran ramo de rosas rojas y un regalo enorme llegaron a ella. El escuadrón anti bombas había revisado la caja y la prensa se preparaba para tomar las imágenes.

-¿Qué es? - curioseó Maurizio.
-¡Es un baúl Chanel!
-¿Qué? No juegues.
-No sólo son cosas para mí ¡hay obsequios para todo el team Leoncavallo!
-¿Todos?
-Bueno, el baúl es mío.

Maurizio Leoncavallo haría que su grupo se acercara y enseguida inició una repartición que provocaba la envidia de otras patinadoras. Shanetta James recibía un vestido negro, Morgan Loussier una chaqueta gris larga al igual que Maurizio Leoncavallo y Katarina Leoncavallo quedaba impresionada por un par de zapatos y un bolso negro. Para el resto del equipo, es decir, los que se habían quedado en Venecia, había obsequios similares y pronto, Carlota descubrió uno para Maragaglio.

-Cuando volvamos a Venecia podremos presumir - declaró Maurizio.
-Yo veré los míos con Amy en casa.
-Lo imaginé, Carlota.
-Le daré a Maragaglio el suyo.
-¿Quieres aprovechar que sonríe?
-Voy a preguntarle por qué no me va a acompañar a Versailles.
-Suerte. Ojalá no se enoje.
-¡Maurizio!
-Mi primo se enfada fácil.

Carlota Liukin iba a carcajear cuando el propio Maragaglio se aproximó para curiosear. Lucía tan descansado, satisfecho y relajado que los contagió de tal ánimo e incluso terminaron compartiendo sueros mientras Katarina practicaba con insistencia sus spins.

-Te dejaron esta caja, Maragaglio - entregó Carlota casi aplaudiendo.
-Grazie, supongo que la veré en casa.
-¡Ay, no! Ábrela.
-¿Por qué? Podría maltratar lo que trae.
-Maurizio se puso la chaqueta que le mandaron.
-No has abierto tu baúl, tramposa.
-Está muy grande pero ya vi lo que tiene.

Maragaglio se encogió de hombros y sucumbió a la tentación.

-Creo que es un traje.
-¿Deveras?
-Sí, Carlota. Dudo que me sea de mi talla.
-"Para que lo use en Bompard".
-¡Hey! Dame la tarjeta.
-Perdón.
-¿Cuándo te volviste la niña consentida de Chanel?

La joven Liukin se encogió de hombros y poco después, recibió un par de peticiones de autógrafos que le permitieron a Maragaglio conversar con su primo por su lado.

-¿Irás a Versailles?
-Le prometí a Katarina que conoceríamos Notre Dame y las riberas del río - contestó Maurizio.
-Justo pensaba hacer lo mismo.
-¿Vas a venir?
-Hace mucho que no doy un paseo con la familia.
-Maragaglio, no creo que Katarina quiera.
-¿Por qué no?
-Porque me invitó.
-Le dije esta mañana que no pensaba acompañar a Carlota a Versailles.
-¿Te ha mencionado otra cosa?
-No.
-Bueno, veremos qué decide. El entrenamiento está por terminar.

Maragaglio captó que su primo intentaba apartarlo pero Katarina no tardó en aproximarse de nuevo. Estaba muy cansada y se quejaba de que otras patinadoras habían querido echarla. Era la práctica oficial del Trofeo Bompard.

-No les hagas caso, Katy.
-Lo siento, primo. Creo que nadie entendió que me habían dado permiso.
-Sabes que te envidian desde hace mucho.
-Nunca me han querido.
-No digas eso.
-Al menos acabé de ajustar unos detalles ¿Cómo sigue Carlota?
-No sé, supongo que bien si puede estar de pie.
-Patina tan lindo...
-Tú lo haces mejor.
-Maragaglio, no quieras engañarme.

Katarina salió de la pista y pronto, bebió su suero de golpe. Estaba de buen humor y sonreía a las cámaras sin problema.

-¿Tienes algo planeado para esta tarde, Katy? - prosiguió Maragaglio.
-¡Oh sí! Iré con Mauri a caminar.
-Suena bien.
-Quería visitar Versailles pero Carlota va a estar con un montón de gente y no me dejarán ver nada.
-Eso es cierto. Podríamos dar una vuelta el sábado, tengo pase del Gobierno Mundial.
-No quería perderme la gala del torneo... Pero prefiero ir contigo a Versailles.
-¿De verdad?

Katarina abrazó a su primo en agradecimiento.

-Maragaglio, ¿vendrías con nosotros a andar por ahí?
-¿Contigo y con Maurizio?
-No me quiero perder.
-Katy ¡me encantaría!
-Espérame entonces.

Era prácticamente imposible borrar del rostro de Maragaglio una enorme sonrisa y a Carlota Liukin le llamaba la atención pero no hizo preguntas y al igual que Katarina, fue al vestidor. En cualquier momento sonaría un timbre que le indicaría a las demás que el tiempo de la práctica oficial se había agotado.

Mientras la prensa pretendía abordar a la joven Liukin en cuánto fuera posible, era Maurizio Leoncavallo quien concedía las entrevistas que le pedían. Él apenas concebía aquello y aunque trataba de centrarse, le era inevitable hablar de cómo trabajaba Carlota en Venecia y cómo solía portarse cuando no entendía alguna indicación. Así, Francia se enteró de que la chica Liukin había jugado a ponerse galletas sobre los ojos e imitaba las risas de Homero Simpson cada tarde.

-También me gusta ese personaje- comentó Maragaglio para sí mismo antes de reírse por querer ver la reacción de Carlota cuando le comentaran sobre eso. Para confirmar que habría un sonrojo, ella abandonaría las regaderas con un vestido de semejante estampado replicado como un collage junto a su chamarra y botines negros.

-Bonjour ¿qué pasa? - preguntó ella al llegar con Maurizio.
-¿Podrías sonreírnos como si estuvieras en Los Simpson, Carlota? - replicó un reportero.
-¿Hacer qué? Maurizio ¿qué les dijiste? - la prensa carcajeaba ante el rostro apenado de la joven Liukin y acabaron preguntándole sobre frivolidades, como su marca de maquillaje, revistas y los regalos de sus admiradores. Ella parecía feliz.

-¿Qué se sentirá ser así de popular? - curioseaba Katarina mientras sorprendía al personal con un short negro y un vestido azul marino de botones al frente, con delgados tirantes de coqueto escote en v. El estilo neoyorquino le sentaba muy bien.

-¡Qué linda te ves! - halagó Maragaglio.
-¿Te gusta mi boina?
-Katy, estás cambiando tan rápido...
-¿Crees que le guste a Mauri?
-¿A quién?
-A mi hermano.
-El casi siempre te dice que sí.
-¿Crees que piense que soy bonita?
-¿Por qué no? ¿Por qué querrías saberlo?
-Es que a él le encantó mi ropa ayer ¿y si este vestido no?
-Despreocúpate.
-¿Estás seguro?

Katarina no pudo ocultar que aguardaba por su hermano y se le aproximó a pesar de la prensa, estrechándolo por la cintura.

-Me haces cosquillas, Katy - aceptó Maurizio Leoncavallo y aquello despertó en Maragaglio cierta inquietud. Por alguna razón, siempre le había disgustado que los hermanos estuvieran juntos y al contemplarlos tan sonrientes, envidió ese abrazo que se daban frente a las cámaras cuando les preguntaban qué se sentía tener un equipo más grande y en especial a ella sobre tener una rutina inspirada en París que, irónicamente, no se patinaría en la ciudad en ninguna competencia de la temporada.

En el Palais Bércy aun quedaba la práctica oficial de varones y Carlota se percató de que el grupo de prensa sería un estorbo, así que decidió terminar con las declaraciones pronto. A unos metros se hallaba Guillaume Cizeron contemplándola en medio de risas y lo saludó agitando su mano. Maragaglio aprovecharía ese momento para acercarse y apartar a los reporteros porque no quería perder el tiempo y juzgó bien al observar a Romain Haguenauer aproximarse para darle un anuncio a Maurizio Leoncavallo. Atras de él, se hallaban Shanetta James y Morgan Loussier.

-¿Lista para Versailles? - preguntó Maragaglio a Carlota cuando logró llevarla a otro extremo y ella asentó muy feliz para proceder poco después a saludar a sus compañeros con un fuerte abrazo. Katarina se acercó también y entonces, algo se hizo evidente: Maurizio Leoncavallo tendría que dejar el paseo con su hermana para después. La federación francesa quería hacer del recorrido de Carlota una publicidad extra y el equipo entero, con su cuerpo de entrenadores, estaban convocados. Aun había entradas por vender y era sabido que Carlota estaría presente como público en algunas pruebas

"Katy, lo siento. Me piden ir a Versailles de último minuto" escucharon todos alrededor de Katarina Leoncavallo cuando su hermano dejó a Haguenauer para ir de prisa a ducharse. La joven no supo qué responder y lo apretó contra sí un momento.

-Perdóname - remató él y ella lo miró alejarse mientras se sonrojaba.

-Parece que Versailles era nuestro destino - suspiró resignado Maragaglio y Katarina sonrió con la esperanza de ver hermosos salones junto a su hermano y mirar flores en los jardines aunque los rodeara una multitud de cámaras. Shanetta y Carlota se dieron cuenta de esas expectativas y deseaban que se concretaran, sin saber por qué.

-Carlota, Shanetta, Morgan, al auto - ordenó Haguenauer.
-¿Y Maurizio? - preguntaron.
-Irá en un momento. Guillaume nos alcanzará cuando acabe su entrenamiento.

El grupo se fue en cuanto Carlota se despidió de Maragaglio con un abrazo y Katarina permaneció de brazos cruzados un largo rato, expectante. Como acabara recargada en el hombro de su primo mientras miraba el pasillo, varios fotógrafos le tomaron placas como si de una modelo se tratara.

-No te preocupes, Katy.
-Maurizio prometió que conoceríamos la ciudad juntos.
-Aun hay tiempo para eso.
-Va a estar muy ocupado.
-Tienen el domingo por la mañana.
-Te vas a llevar a Carlota a otro lado ¿verdad?
-De compras.
-Muchas gracias.

Katarina Leoncavallo se miraba los zapatos con pesimismo y pronto, su hermano apareció al lado de Haguenauer, con su chaqueta nueva y revisando su teléfono.

-Katy, perdona ¿te puedo compensar llevándote a donde quieras el domingo? Y te prometo que iremos a cenar a donde gustes el sábado - dijo Maurizio Leoncavallo al pasar junto a ella.
-¿Estarás con Carlota?
-Es un asunto de trabajo, te veo en casa.
-¿Si vamos juntos...?
-Katy, me disculpo... Maragaglio ¿irías de paseo con ella? Te lo agradeceré bastante.

Maragaglio no tuvo tiempo de contestar porque su primo se marchó con prisa. Aun había mucha gente viendo el inicio del entrenamiento varonil y existían dos opciones: permanecer o abandonar Bércy antes de que alguien se diera cuenta de que Katarina había sido plantada. Las patinadoras rivales gozaban burlarse de ella.

-Katy...
-Ni siquiera intentó invitarme a Versailles.
-Va por trabajo.
-Quería estar con Mauri.
-Prometió ir a donde desees en unos días.

Katarina volvió a bajar la cabeza y se dirigió a la salida, siendo ignorada por casi cualquiera mientras Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo complacían a los medios con la invitación a Versailles y arribaba Marat Safin a la escena. En aquel instante, la joven Leoncavallo sintió como si algo fuera a detonar en su estómago.

-¿Estás bien, Katy? No lo tomes personal - le decía Maragaglio pero ella sintió una furia enorme, mezclada con algo que no era capaz de describir. Veía a Carlota y anhelaba hacerla enojar, al mismo tiempo que ajustaba sus brazos en Marat y atraía a Maurizio para rodearlo también. Odiaba la idea de desear algo así y se preguntó por qué llegaba a su mente si era absurdo, si no podía hacerlo, si se había dado cuenta de que a Marat no le gustaba tenerla cerca.

-¡Vámonos! - pareció ordenar Katarina y Maragaglio la tomó del brazo, sin saber qué decirle mientras ambos apreciaban como el equipo francés de patinaje sobre hielo abordaba sus vehículos para ir a Versailles.

-¿Por qué Maurizio no me llevó con él? - se torturaba Katarina.
-Tiene trabajo, no fue su decisión.
-Conocer París era mi premio por ganar una medalla en Skate America.
-Estará contigo el fin de semana, te lo prometió.
-Maragaglio ¿crees que lo haga?

Katarina apretó a su primo y él no supo como reaccionar por un instante. No era la primera vez que estaba obligado a responder que Maurizio cumpliría su palabra y estaba más que acostumbrado a consolarla.

-Necesito cambiarme - dijo ella.
-¿Por qué?
-Quiero ir a casa.
-¿Y nuestro tour?
-Hoy no. Perdona, Maragaglio.

Él comprendió y la hizo abordar un auto azul marino para luego notar que lloraba y se despojaba de su ropa para enfundarse en otra blusa súeter con gran nudo en la espalda.

-Tranquila, Katy.
-¡Quiero estar sola!
-No nos iremos hasta que te calmes.
-¡Mauri siempre me hace lo mismo!
-No es con mala intención, lo sabes.
-¡Me duele mucho que se vaya!

Maragaglio conocía a Katarina tan bien que prefirió conducir hasta una pâtisserie en el Quai de Bèrcy a conseguirle algún panecillo o pastel cubierto con crema de fresas. Ella solía aferrarse a los bocadillos cada que su hermano la ponía triste y aun se recordaba en casa cómo había comido canapés hasta enfermar el día que Maurizio Leoncavallo se había marchado a Moscú.

-¿Quieres chocolate también? - preguntó él antes de descender, sin recibir palabra pero si una mirada que parecía perdida.

-No sé que hacer por ti, Katy - mencionó Maragaglio para finalmente salir y ser tan breve en su compra como fuera posible. Ella continuó en su asiento hasta ver a su primo volver con un vaso y una bolsa de papel.

-Te conseguí un pan relleno - anunció él y apenas tomó asiento, ella lo envolvió en sus brazos.

-Katy...
-Ojalá mi hermano fuera más como tú.
-No digas eso.
-Es que siempre estás conmigo.
-Maurizio tiene nuevas responsabilidades, perdónalo.
-Jamás te habrías ido a Moscú.
-Me mudé a Venecia antes que tú.
-Nunca dejaste de llamar ni de enviar paquetes.
-Te extrañaba mucho, Katy.
-Mi hermanito se olvida de mí.

Katarina apretó más a Maragaglio y luego de un rato, le besó la mejilla. Él reaccionó entregándole su panecillo.

-Te habría amado mucho - comentó ella como si sintiera lástima.
-Claro y me odiarías por jalarte el cabello.
-¡Eso no pasó!
-Cuando Maurizio lo hacía, tú lo abrazabas.
-Obvio, yo lo amo.
-El sábado es su cumpleaños.
-No sé qué regalarle.
-¿Le hornearás un pastel, Katy?
-¿El de chocolate que te gusta?
-Él come más que todos.
-Pero siempre te apartas una rebanada grande, Maragaglio.

Katarina fijó su mirada en el parabrisas y mordió su bizcocho, provocando que el relleno saliera por un lado y lo recogiera con uno de sus dedos para no manchar.

-¿No me equivoqué con el pan?
-Está rico ¿lo pruebas?
-Gracias, Katy, hoy paso.
-¿Sigues a dieta?
-¿Cómo sabes?
-Tú me dijiste.
-No me acordaba. De todas formas la rompí el lunes.
-Gracias por quedarte conmigo.
-¿Quieres que vayamos al Edificio Méliès?
-Mejor no.
-¿Segura?
-¿Podemos caminar por las riberas del río?
-¿Todavía estás triste?
-Estaré con Maurizio el domingo. Puedo esperarlo.

La joven arrugó la comisura de sus ojos y Maragaglio la imitó, creyendo que le estaba cambiando el ánimo otra vez y se resignaría hasta volver a estar contenta.

-Te pareces mucho a mi Maurizio - añadió ella.
-¿Tú crees?
-Bueno, él tiene el cabello más largo.
-No le han salido canas y estoy seguro de que no será calvo pronto.
-Se te está marcando una arruga en la frente.
-En lo que te fijas, Katarina.
-Dame tus lentes.
-¡Oye! Me los quitaste.
-Eres igual a mi hermano.
-Si no fuera por mi mala vista, nos confundirían en la calle.
-Maragaglio, eres todo un Leoncavallo.
-¿A qué te refieres?
-Eres alto, fuerte y guapo. Cuando mi hermano tenga cuarenta, se verá tan lindo como tú.

Maragaglio se colocó nuevamente sus anteojos, un poco nervioso por oír a aquella chica sin saber si lo halagaba o lo comparaba.

-¿Quieres chocolate?
-Gracias, Katy.
-¿Es un no?
-De todas formas, lo traje para ti.

Maragaglio respiró hondo y decidió manejar hasta el Pont des Arts, lugar que le parecía adecuado para iniciar una alegre caminata. El día lucía nublado y el tránsito regular. Había un estacionamiento en alguna calle aledaña y turistas interminables pero las orillas del Sena estaban vacías y Katarina observaba impresionada como su primo resolvía las dificultades para hallar lugar con la simple identificación del Gobierno Mundial, como si fuera una persona importante.

-¿Es cierto que te hospedaste en la Torre Eiffel? - inquirió ella cuando descendieron del vehículo.
-¿Cómo supiste?
-Mi hermano.
-Katy, si quieres te llevo.
-¿Puedes hacerlo, Maragaglio?
-Lo que pidas.
-¿No tendrás problemas?
-Tengo bastantes favores que cobrar.
-¿Cómo se ve París?
-¿Quieres ir esta noche?

Katarina asentó y enseguida sujetó a Maragaglio por la cintura. Él sentía una gran comodidad y colocó su mano derecha alrededor de los hombros de ella.

-Bueno ¿Qué haremos?
-Dar un paseo, Katy.
-¿Veremos patos?
-No lo sé.
-Carlota dice que colgó un candado con Marat en un puente.
-¿Quieres hacer lo mismo?
-¿Qué le pondría? ¿"Katarina y Maragaglio" porque vengo contigo?
-Maurizio, dime Maurizio.

Katarina se quedó callada y luego creyó que había recibido una orden.

-Lo he pensado y "Maragaglio" no me agrada más.
-¿Qué tiene de malo?
-Katarina, me importa que me llames por mi nombre.
-¿Pasa algo?
-Sé que va a costar trabajo pero "Maragaglio" es un apodo que a veces me duele un poco.
-¿Porque te lo puso el abuelo?
-No quiero que mis hijos aprendan esa historia.
-¿Le has dicho a tu esposa?
-Hoy he tomado esa decisión.
-¿Qué harás con el resto de la familia?
-Se acostumbrarán.
-Te confundirán con mi hermano.
-No.
-¿Tú crees?
-Estoy determinado.

Katarina miró a su primo a los ojos, comprendiendo que algo se le tenía que ocurrir para que su hermano supiera cuando lo llamaba a él y no tuviera una confusión en Venecia.

-Entonces te diré Maurizio.
-Gracias, Katy.
-Compraré un candado muy lindo y le pondré nuestros nombres.
-Yo pago, elige el que quieras.
-Es que también quiero colgar uno para mi hermanito.
-Vamos.

Ambos atravesaban el Pont des Arts cuando vieron el gran candado de corazón azul con dorado con la leyenda "Marat et Charlotte" resaltando entre una infinidad de listones y promesas que en muchos casos se habían roto u oxidado y pronto serían removidas.

-Katarina ¿a ti te gusta Marat? - preguntó Maurizio.
-¿Por qué lo dices?
-¿Qué hay de Miguel?
-Son dos preguntas.
-Necesito respuestas.
-Miguel es mi novio.
-¿Por qué lo escogiste, Katy?
-Él es lindo.
-No sabes quién es.
-Sigues con eso.
-Insistiré.
-Quisiste arrestarlo y te salió mal.
-Te cuido.

La chica se quedó en silencio un instante.

-Ahora puedes confiarme lo que te pasa con Marat.
-Nada.
-Lo miras como si fuera comida o algo así.
-¡Maragaglio!... Perdón, Maurizio.
-Confiesa.
-¿Qué voy a admitir? ¿Que Marat me gusta?
-Lo sabía.
-Es que no sé, es muy raro.
-No quiero que te le acerques, Katy.
-No le caigo bien, quédate tranquilo.
-Tuve miedo de que hicieras una tontería.
-¿Cómo cuál?
-Prefiero que no la imagines.

Maurizio Maragaglio se cruzó de brazos y ella pensó que se hallaba enfadado.

-No tengo idea de qué me pasa, sólo siento algo.
-¿Algo como qué?
-Marag... ¡Maurizio! ¿por qué te metes?
-¿Perdón?
-¡Me tienes harta! ¡Déjame en paz!
-¡No vas a hablarme así!
-¡Que te importe un demonio lo que hago con Marat o con Miguel o en Nueva York con unos tragos encima!
-¿De qué estás...?
-¡De cosas que no son tu asunto!

Katarina se había puesto muy nerviosa y prefería dar por hecho que su primo la había mandado a investigar como siempre. Era menos vergonzoso enojarlo a conversar sobre esas sensaciones excitantes que en gran medida la mantenían de mal talante o manifestando deseos de más.

-¿Bebiste en Nueva York? ¿Hay algo más que te puede meter en problemas?
-Maragaglio ¿nunca entiendes un "no te importa"?
-Soy Maurizio.
-¡Ese es el nombre de mi hermano!

Katarina se adelantó mientras un pequeño alivio le confortaba. El kiosko próximo estaba a reventar por tanta gente pero el tema del candado se había vuelto irrelevante y por ende, el interrogatorio también. A Maragaglio le fastidiaba que lo sacaran de la jugada y ahora le entraban tantas dudas que no podía distinguir cuántas eran estúpidas.

-¿Quieres dejar de correr, Katy?
-Cállate.
-¿Qué?
-Maragaglio ¡eres odioso!
-¡Y tú una.. una!
-No te esfuerces.
-¡Eres una araña!
-Repítelo.
-Una araña.
-¿No te cansas de ser tan imbécil?

Katarina continuó atravesando el Pont des Arts mientras respiraba por la boca y su primo la sujetaba por la mano, forcejeando.

-¡Suéltame de una vez!
-¡Estás castigada, jovencita!
-Ay, no te pases.
-¡Katarina!
-Piérdete ¿quieres?
-¿Qué te ocurre?
-¡Deja de actuar como un idiota!
-¡Tú deja de portarte como si fueras una tonta!
-¡Quizás lo soy!
-Mejor guarda silencio que estás diciendo cosas que no son.
-Oye, tengo veinte años, puedo hacer lo que quiera, adiós.
-¡Katy! ¿Qué crees que haces?
-Voy a caminar junto al río.
-Sin mí.
-Empezaste a molestarme, no puedo aguantarlo.
-¿Por qué?
-¿Esa pregunta es una broma?

Maurizio Maragaglio no podía contestar.

-Mi suéter, mi short, mis botas y yo nos vamos.
-No conoces París, señorita.
-Me las arreglaré sola.
-No habrá hospedaje en la Torre Eiffel.
-Regresaré al Edificio Méliès.
-Quiero ver eso.
-Mi hermano ya estará ahí a la hora de mi vuelta.
-¿Y si no? ¿Qué hay si te pierdes?
-Maragaglio, basta.

Katarina descendió del puente y de unas escaleras de piedra mientras sentía que su primo continuaba detrás, tomando apenas un metro o poco más de distancia. No se desharía de él y tampoco le daría tiempo de pensar en un pretexto o quizás en una manera de quitarle ese interés por enterarse de detalles que ella ahora consideraba propios. Era un momento en que recordaba lo ocurrido en Nueva York con Tommy Gunn y ese temor de que Maragaglio lo supiera. A nadie le complace escuchar que un pariente querido se ha exhibido en ropa interior dentro de un bar ilegal, atacando a un hombre y quedando en ridículo. El pensamiento sobre Marat Safin también la consumía y había pasado la noche frente a su puerta, reprimiendo el ansia de abrirla para desvestirse y tentarlo mientras lloraba porque la habitación de su hermano estaba junto y porque le estaban atrayendo otras personas que aparecían en sus fantasías más íntimas y espontáneas, sin alterar ni terminar en momento alguno con su placer, como antes.

-Katarina, detente un momento - pidió Maragaglio.
-¿Ahora qué?
-Discúlpame.
-Mejor dime qué quieres.
-¿Puedes parar un segundo?
-Bien.
-Katy, perdóname por entrometerme.
-Hecho, ciao.
-No sólo es eso.
-¿Entonces?
-Sé que estás molesta pero creí que podríamos pasarla bien ¿Me estoy portando como idiota, verdad?
-Sí.
-Es que he tenido unos días malos y nunca pude hablar contigo cuando fuiste a Nueva York.
-¿De qué conversarías conmigo?
-De los Lemonheads, de cómo te estaban tratando las chicas ¡O de cualquier cosa! Te vi en el programa libre y sé que estás furiosa con Mauri y yo...
-¿Y tú?
-Déjame apoyarte.
-No te entiendo.
-Estás dolida.
-Mis enojos con Mauri no duran mucho.
-Te oigo llorar cada noche, Katy.
-¿Qué?
-Desde que te enteraste de que patinarías Black Swan.
-¡Eres un mentiroso!
-También estás triste por la boda de tu hermano y no lo has perdonado por irse a Moscú o haber estado con esa chica de Senegal.
-¿Por qué dices eso?
-Sólo lo sé.
-¿Me mandaste a espiar?
-Katy, hago lo mejor para cuidarte.
-Eres un....
-¡Te explicaré! - Maragaglio sujetó las manos de ella.
-¡Púdrete, imbécil!
-¡No te atrevas a faltarme al respeto!
-¿Por qué me investigas?
-¡Es por ti!
-¡No te me acerques!
-¡Tú no te vas!
-Maragaglio, me estás lastimando.
-¿Crees que no sé lo de Tommy Gunn?

Katarina se soltó con fuerza y propinó una cachetada a su primo, seguida por otra y una más. Él la detuvo con una sensación de furia contenida que conseguía asustarla.

-Katarina Leoncavallo, no debes hacer eso ¡No puedes irte con un hombre que no te merece!

Ella se debatía entre pedir ayuda o comenzar a lagrimear avergonzada.

-¿Quién me merece, según tú?
-Katy, ibas a cometer un error.
-¿Por qué te metes?
-¡Me importas mucho!
-Me estás apretando las muñecas.
-¡No te vayas, por favor!
-Maragaglio, quiero mover mis manos.
-No me pidas que te suelte.
-Me vas a dejar marcas ¡ouch!
-¿Por qué Tommy Gunn? ¿Por qué Marat?
-No te voy a decir.
-¿Por qué eres novia de Miguel? ¿Por qué estás cambiando así?
-¿Por qué me lastimas?
-Katarina, estábamos bien.
-Comenzaste a meterte conmigo.
-Tú me gritas.
-Maragaglio, no eres mi hermano.
-¿Pretendes matarme?
-¿Qué rayos pasa contigo? Me asustas.

Ella dejó de pelear y sus manos se liberaron enseguida.

-Katarina, yo te amo - creyó Maragaglio haber confesado pero en realidad, lo había imaginado. Supo que su boca se mantenía cerrada porque la joven optaba por emprender la huída por la orilla del río y él iba detrás de nueva cuenta, llamándola con talante iracundo y finalmente alcanzándola frente a una cabina fotográfica que nadie parecía usar a menudo.

-¡Suéltame, idiota! - reaccionaba Katarina cuando su primo la introducía en tan gris espacio y corría la cortina para que nadie viera al pasar.

-¿Por qué? - preguntó ella.
-¡Porque no sé qué hacer!
-No eres Maurizio para darme consejos.
-¡Esto no es un consejo!
-Me estás regañando.
-No, no, no creas eso.
-Maragaglio, me voy ahora. Quítate del paso, por favor.
-No te lo permito.
-Maurizio te...
-Él no está.

Katarina se sentó sin saber si estaba resignada o su primo la intimidaba de verdad, pero le impresionaba verlo tan exaltado, como si le corriera lava por las venas.

-¿Crees que quiero asesinarte? - prosiguió ella al calmarse un poco.
-Me duele el pecho.
-Exageras.
-Cuando me enteré de lo de Tommy Gunn ¿sabes cuánta rabia sentí?
-¿Quién te contó?
-Te mandé seguir.
-¡Eres un...!
-Si hubieras perdido más el control, lo habrías lamentado.
-No era tu problema.
-¡Ese tipo es un proxeneta!
-Pero se me antojó estar con él
-Katarina ¿qué tienes?
-No puedo explicarlo.
-Después te vi con Marat y casi me explota la cabeza. Lo devoras con los ojos.
-Maragaglio, no entiendo nada.
-¿Por qué Marat?
-¡Me encanta!
-¿Por qué estás cambiando así?
-Porque no controlo mi cuerpo.
-Katy...
-Eres un idiota pero supongo que estás satisfecho.
-No.
-Quita esa cara de lástima que no te va.
-No es lástima.
-¡Olvídate de mí!
-¿A qué te refieres?
-¿Crees que no me doy cuenta de lo que sientes?
-Katarina...

La joven le hizo sentir a Maragaglio que tendría que confrontarla.

-¡No soy tu hija! ¡Deja de querer controlarme como si fueras mi padre!
-¿Qué?

Maurizio Maragaglio se desconcertó tanto que alzó la ceja izquierda, sin evitar que le ganara la risa un instante. Se encontraba tan nervioso, que aquello le daba segundos de claridad consigo mismo.

-Te has equivocado, Katy. No trato de protegerte porque me crea lo que jamás he deseado ser.

Katarina pasó saliva.

-Lo intento porque eres importante para mí.
-Es la segunda vez que lo oigo en esta discusión.
-Katy, créelo.
-¡No iba a hablar contigo de mis secretos!
-Me asusté, tú eres...
-¿Soy quién?
-Mi....mi única prima y te quiero.

Maurizio Maragaglio rodeó a Katarina Leoncavallo con sus largos brazos para que esa pelea terminara. Cuando unas palabras de disculpa estaban por ser dichas, fue la propia Katarina quien sujetó el rostro de su primo y él, con la certeza de que no habría otra oportunidad, le besó los labios largamente, con dulzura y cuidado.

-Maragaglio...
-Lo siento, Katy.
-No te preocupes.
-¿Te vas?
-¿Por eso te enoja lo que pasó en Nueva York y no quieres a Marat?
-Yo no diría... Acabo de cometer una estupidez.
-¿Besarme es estúpido?
-¡No! Elegí mal mis palabras, Katy.
-¿Qué estás haciendo?
-No lo sé.
-Estás tocando mi pierna.
-Te ofrezco una disculpa.
-Maragaglio ¿qué te ocurre?

Él probó la boca de Katarina por segunda ocasión y deslizó su mano derecha por aquella juvenil mejilla en la que apenas se trazaba un gesto que no podía descifrarse. Ella no sabía como lidiar con esas tímidas caricias y sintió el aliento de Maragaglio al susurrar su nombre.

-Katarina...
-Me gusta - aceptó ella.
-Me detengo en este punto.
-Maragaglio ¿tú me mereces?
-No lo dije por mí.
-Dame otro beso.
-No.
-Entonces ¿qué hacemos aquí?
-Estás triste y yo sólo soy un imbécil.
-¿Dónde vas?
-Te veo en el Edificio Méliès, Katarina.
-¿Es todo? ¿Dónde vas a estar?
-Voy solo.

Maragaglio no concebía la determinación que tomaba y con una gran impotencia, abandonó la cabina fotográfica y caminó a prisa el largo trecho hacia el estacionamiento para encerrarse y derrumbarse sobre el volante de su auto. Él creía perder todas sus posibilidades y se contemplaba así mismo desarmado. Era un cobarde, un patán, un tonto, era viejo; pero la amaba ¿Qué otra prueba se requería si renunciaba a seducirla, a conocer su cuerpo? Había probado el sabor de Katarina espontáneamente ¿Era suficiente declaración de los sentimientos que lo mantenían atrapado desde hacía cuatro años?

Ahí, aislado, deprimido, no se disponía a imaginar lo que Katarina tendría en mente ni si se había ido de la cabina o no. Quería alcanzarla y esta vez atreverse a irse con ella. Quizás ese impulso lo hizo correr de vuelta o sería la adrenalina que golpeaba su estómago pero el vendedor de candados, el encargado de la estación de botes a los pies de Pont des Arts, alguno que otro turista que descansaba en la orilla del río, mismos que lo recordaban enfadado, le anunciaban que Katarina continuaba dentro del cubo y él, desesperado o entusiasta, no identificaba cómo, corrió la cortina y la encontró de pie, ya por salir.

-¡Katarina Leoncavallo..!
-¿Compraste un candado?
-Lo colgaremos aquí.
-Maragaglio ¿estás loco? Eso va en el puente.
-Este no.

Katarina sonrió y él se inclinó para juntar sus labios pero en lugar de concretar aquel deseo, fue ella quien se enredó en el cuerpo de Maurizio Maragaglio, susurrándole al oído que anhelaba hacer algo con él.

-Katy, pídeme lo que gustes.
-¿Podemos olvidarnos de todo esto?
-Nunca pasó.
-Qué alivio.
-¿Qué idea tienes...?
-Maragaglio ¿juegas conmigo?
-¿A qué?
-Es que nunca me he tomado fotos en una cabina y descubrí que hay sombreros y pelucas.
-No me voy a poner una de pelo rojo.
-Es bonita.
-No sé si traje monedas.
-Mírame con bigote.
-¡Katy, dámelo! ¿Cómo se me ve?
-Mejor pónte un sombrero de la mafia.
-Oye, no me gusta que hables de eso.
-Con corbata eres muy elegante.
-No tengo saco.
-Parezco mosca con los lentes gigantes.
-Pónte en pose.
-¿Pagaste ya? Tengo una idea.
-¿Qué haces?
-Te pongo los lentes oscuros para que te veas muy lindo, Maragaglio.

Katarina sonrió y luego de morderse los labios, besó a su primo delicadamente, provocando que se olvidaran de la cámara. Maragaglio anhelaba encantarse y sonrió al mirarla, sintiendo que lo invadía algo de ilusión, un poco de felicidad. Tanto había soñado con aquel instante que mostrarse tranquilo era lo más inesperado y luego de despojarse de las gafas oscuras, observó cómo la misma Katarina tomaba la sorpresiva iniciativa de deslizar sus prendas por su piel brillante, revelando su carencia de cicatrices, lunares u otras marcas; su hermosa silueta de reloj de arena que pecaba de una perfección que nadie más conocía, sus expresiones de inexperiencia. Maurizio Maragaglio se incorporó sublimado ante tal belleza.

-Eres el primero - murmuró ella pero él no se atrevió a tocarla ni a pronunciar una sola palabra.

Desprendiéndose de su suéter para cubrirla, Maurizio Maragaglio tomó la opción de correr la cortina y alejarse nuevamente, impactado por ello. Apenas giró a verla, sólo suspiró como si al fin se rompiera algo dentro de sí mismo y caminó por las riberas del Sena, con el remordimiento de destrozar igualmente a una Katarina Leoncavallo que torpemente se colocó los zapatos, recogió el resto de su ropa y colapsó en el camino al Edificio Méliès mientras clamaba por obtener alguna respuesta. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Un hilo invisible


Departamento 101 en un edificio de la calle Renoir, Tell no Tales:

-Señora Anissina, ha venido Elliot Cohen - anunció Sandra Izbasa al ver en la puerta a un joven alto y de cabello oscuro con credencial de la Universidad de Humanidades.

-¡Elliot! Creí que me había olvidado. Pase por favor, jovencito.

El alegre Elliot se introdujo sin mirar mucho a Sandra y luego de besar la mano de Agathe Anissina, se sentó en un sillón junto a ella. La televisión estaba encendida y estaba por servirse el té.

-Me da gusto visitarla, Agathe - inició él.
-A mi edad es tan raro ver a un hombre tan apuesto en casa.
-Seguramente no.
-Elliot ¿ha traído lo que le pedí?
-Descatalogar este retrato me costó un mundo.
-Pudo enviarlo por correo.
-No crea que no lo pensé.
-¿Cómo va lo del barco? ¿Ya saben cómo desapareció?
-No han salido los resultados del análisis químico.
-Se han tardado mucho.
-Hay trabas presupuestales y el tsunami de hace dos meses nos hizo temer lo peor. Se perdieron objetos y tenemos buzos buscando.
-Lo imaginé. De todas formas, nada de lo que importaba seguía allí.
-Espero que esto sea lo que busca, señora.
-¿Por qué lo envolvió en este papel tan indigno?
-Preferí que pasara como pescado.
-Elliot, gracias.

La señora Anissina hizo una seña a su nieta y a su cuidadora de que la dejaran sola un momento y Sandra Izbasa pronto fue invitada a un paseo imprevisto por el cercano parque De Gaulle mientras sentía curiosidad por tan singular visita.

-Ver a un Izbasa en la ciudad enfurece a cualquiera. Lo entiendo, Elliot - comentó la señora Agathe al cerrarse la puerta.
-Me sorprendió.
-Sandra no tenía a donde ir. Steliana Izbasa me pidió recibir a su bisnieta.
-¿La señora Izbasa vive?
-Es tan centenaria y cuerda como yo.
-Nadie lo sabe.
-Nadie pregunta, Elliot.
-Debería charlar con ella.
-Nunca ha sido sincera.
-¿Por qué?
-Steliana aun no paga sus cuentas.

Elliot Cohen sonrió y pronto notó que la señora Anissina pretendía observar a Carlota Liukin en el Trofeo Bompard. La transmisión no había iniciado.

-Creí que no seguía a la niña Liukin.
-¡Oh, Elliot! ¿Cómo podría ignorar a esa linda bisnieta de mi amiga Lía? Cada vez se parece menos a ella pero tiene la cara de su padre.
-¿Le ha hablado de la cinta olímpica?
-No me he reunido con ningún Liukin en cuarenta años.
-¿Por qué no?
-Desde que Lía falleció, no tuve más amistad con su familia.
-Quizás yo debería decirle.
-No es tu misión, niño.
-Quiero que me diga una cosa: Encontré un registro de defunción de Lía Liukin en 1932.
-¿Esa mentira?
-Justo de eso iba a preguntarle.
-¿Por qué?
-Hallé un registro de ella en un barco de Trípoli a Nápoles de 1933.
-Ese viaje fue de los últimos que hizo. Le dije que en Europa no convenía vivir pero no escuchó.
-¿Por qué la dieron por muerta un año antes?
-¿Se enteró del escándalo, Elliot?
-¿Es algo que los Liukin saben?
-El hijo de Lía estaba enterado pero no sé si le contó a alguien más.
-Supe que Matthiah Weymouth fue detenido por el asesinato de la señora Liukin.
-Imagino que leyó esa vergüenza de expediente.
-¿Lo que escribieron es verdad?
-¿Qué parte?
-¿Lía Liukin engendró un hijo con su padre?

Agathe Anissina tomó un poco de té y se rió.

-Los jóvenes preguntan siempre por los detalles escandalosos - sentenció y enseguida miró hacia Elliot Cohen con algo de seriedad.

-La policía no sentenció a Weymouth, señora.
-¿Cómo podría ser? Hubo tanto dinero ofrecido para tapar todo esto...
-¿El ingeniero Weymouth era culpable?
-Intentó matar a Lía pero eso no era secreto. La gente lo apoyó y la familia Izbasa gastó un dineral en borrar lo que se pudiera.
-¿Por qué?
-En parte por las murmuraciones.
-¿Qué pasó, Agathe?
-Le dije que Steliana Izbasa no ha pagado sus cuentas.

Agathe sabía que Elliot no podía enterarse de nada que no fuera cierto o conocido desde antes.

-Alguna vez le conté que Lía tuvo un bebé con Matt y este murió de viruela. También le dije que ella hizo tantas cosas buenas después de eso y le conté de su matrimonio con un escocés.
-Joseph Kerr.
-Ese Kerr era un inversionista pero también un estafador. Se casó con Lía porque su padre era propietario de unas tierras en la campiña que daban frutas.
-Imagino que fue todo un negocio.
-Kerr se volvió popular en Tell no Tales porque le hizo ganar millones a unos ganaderos y ayudó a algunas familias a hacerse de los astilleros del barrio Corse ¿sabe a cuánta gente le robaron sus propiedades?
-¿Lía lo toleró?
-En ese momento, ella se obsesionó con la idea de tener hijos. Joseph se los exigía cada noche.
-¿Le habló de eso, Agathe?
-Los niños nunca llegaron y Kerr comenzó a frecuentar la mansión Izbasa. Steliana se embarazó enseguida y Lía concedió el divorcio pero le costó caro. Se dijo que se habían comprometido las tierras de los Liukin en una venta a los Izbasa y cómo se desconoció, se inició un proceso por fraude. Después Joseph apareció con documentos que lo presentaban como apoderado legal de su suegro y aunque se alegó que las firmas eran falsas, el juez embargó a los Liukin y perdieron todo.
-¿Cuándo fue esto, señora?
-En 1928. El señor Liukin se dedicaba a envasar jugo para su venta.
-¿Ya existía la planta de alimentos de la campiña?
-Los legítimos dueños de Industrias Izbasa, son los Liukin. Todo mundo lo sabe.
-¿Por qué no interviene, señora Anissina?
-¿Con qué pruebas? Aquello fue quemado.
-Debió quedar algo.
-¿Por qué cree que el juicio a mi primo, Matthiah Weymouth, es tan inconveniente?
-¿Qué ocurrió en ese proceso?
-El divorcio de Lía fue tan difícil que se metió con varios hombres con tal de demostrar que no era estéril. No funcionó y se recluyó en su casa. La gente decía cosas terribles y en diciembre del treinta y uno bajó a la ciudad del brazo de su padre y el vientre abultado. Recuerdo mi impresión cuando nos encontramos en una banqueta. La gente les arrojaba sopa podrida y los insultaba pero yo los saludé y ella era feliz... Eso se habló en el proceso de Matt, incluso se reveló que Lía compartió la habitación con su padre para concebir y el señor Liukin nunca lo negó. Él defendió tanto lo que hicieron, que creí que los habíamos orillado.
-¿Por qué sería asi?
-Porque permitimos que les robaran, que humillaran a Lía, que les mintieran. Esa mujer había decidido que tendría hijos pero el único que la entendió fue su padre.
-¿Matt quiso matarla por eso?
-Matt volvió de Francia en el treinta y dos. Lo primero que hizo fue buscar a Lía pero nadie sospechó que ese romance iba a renacer. Él hizo arreglos para comprar un departamento en la calle Piaf y acordó con un abogado su propio divorcio y una demanda contra los Izbasa.
-¿Usted le advirtió a Matt de los chismes en la ciudad?
-Claro que le previne, pero me pareció que no debía insistir. Lía tenía el embarazo avanzado.
-¿Cree que ella tuvo el valor de admitir lo de su bebé?
-Por supuesto y por eso Matt estuvo en prisión.
-¿Qué hizo?
-¿Matt? Contó en el juicio que Lía le preguntó si no le importaba ser el padre adoptivo del bebé y él contestó que no. Luego quiso saber si no le molestaría el hombre con el que concibió y Matt lo tomó muy mal.
-¿Qué supo usted, señora?
-Él declaró que sujetó a Lía por el cuello, la arrastró varios metros y la colgó de un árbol... Matt se arrepintió y la bajó enseguida pero del susto y la decepción, se presentó el parto y fue el señor Liukin quien ayudó a su hija junto a mi esposo, Alban Anissina. Ambos hicieron que la policía interviniera y detuvieran a mi primo. Lía no se enteró porque pasó inconsciente unos días y se marchó.
-¿Marcharse?
-De eso nunca conversamos. Ella se levantó de la cama, dejó al bebé en su cuna y tomó el tren y un barco a Sudáfrica.
-Imagino que con eso se decidió el proceso contra Matthiah Weymouth.
-Matt pagó para que declararan a Lía como muerta y después se olvidó de la demanda contra la familia Izbasa, pero en su proceso no paró de acusarlos de ladrones y de mostrar papeles. Los Izbasa sobornaron muy bien al fiscal para quemar las pruebas y dejar los testimonios que ensuciaran a los Liukin.
-¿Cómo lo sabe?
-Steliana se jactaba del robo de Kerr. Al fin y al cabo, siempre envidió a Lía y sus padres codiciaban las tierras del valle.

Elliot Cohen no sabía en qué creer.

-¿Lía sólo desapareció?
-No, jovencito. Un día mandó una carta desde Italia. Alban y yo nos trasladamos enseguida.
-¿Qué les decía?
-Habían pasado seis años ¿Sabe cuántas cosas hizo Lía?
-Supongo que era otra persona.
-Fue arquéologa itinerante, actriz de teatro, trabajó como gerente de una empresa metalúrgica en Milán y consiguió su propia casa.
-Eso es cambiar.
-Firmó documentos de matrimonio en el treinta y cinco e incluso su apellido era otro.
-¿Lía volvió a ver a su padre y a su hijo?
-Pronunciar cualquier cosa de los Liukin estaba prohibido.
-¿Quién contrajo nupcias con ella?
-Todavía no olvido lo mucho que me desagradó ese hombre.
-¿Por qué ríe, Agathe?
-¡Ay, Elliot! Si usted hubiera conocido a Lía...
-¿Fue raro?
-El hombre era un obrero que no sabía leer y más ciego que un topo. Ella se divertía tanto con ese bruto que me alegré.
-Ja ja ja.
-Él sabía que Lía era tan lista, tan inalcanzable. El pobre carecía de modales, su voz era irritante, todo el tiempo estaba cubierto de manchas, era tosco. Un salvaje es más civilizado.
-¿Qué le veía ella?
-¡Una mujer se cansa de la clase de hombres que conoce! En cambio, ese bestia se podía moldear y la llenó de niños con facilidad. Ella no ambicionó otra cosa.
-¿Me dirá cómo se llamaba?
-¿Él? Su apellido le quedaba grande. Un tal Leoncavallo que de distinguido tenía lo que yo de monja.
-¿No sería pariente del compositor de ópera?
-En absoluto, Elliot. Ese hombre se dormía cada que Lía tocaba el piano.
-Nunca entenderé como una mujer como ella prefirió a alguien tan elemental.
-Se lo he dicho, jovencito. Mientras sirviera para hacerla reír y tener descendencia ¿qué más daba? Tuvieron seis niños. La mayor se llamaba Carolina y era una niña tan curiosa como Lía.
-¿Alguien llegó a enterarse de esto?
-¿Aquí en Tell no Tales? Mi primo, Matt.
-¿Qué opinión tuvo al respecto?
-Verlo caído en desgracia fue bastante castigo. Acabó de cantinero de un expendio de esa bebida horrible que está tan de moda ahora.
-¿El salkau?
-En realidad, me gusta. Lo que pasa es que el whisky parece elegante, Elliot.
-¿Por qué no busca a los Liukin y les relata todo esto?
-Porque no pueden reclamar lo que les pertenece y luego de ver cómo crecieron Lorenzo y Ricardo Liukin o lo que ocurrió con Carolina Leoncavallo, lo mejor es no mover el mar.
-¿Qué les pasó?
-Eso no puede saberlo por mí, Elliot.
-¿Y con Lía? ¿Usted supo algo?
-Vino la guerra y su esposo se enroló con los partigianos contra Mussolini mientras ella repartía panfletos y se involucró en varias huelgas anti fascistas. Se volvió locutora de deportes en 1946 y su marido fue sindicalista de los trabajadores metalúrgicos hasta los años ochenta. Lía murió en el sesenta y tres, cuentan que de una neumonía.
-Agathe, ¿asistió al funeral?
-No, jovencito. Sólo me dijeron que Carolina le dio un nieto y estaba vestido con un traje azul marino ese día.
-¿Qué sucedió con el padre de Lía?
-Ese hombre falleció unos quince años más tarde. Contaban que se le había agriado el carácter y no recordaba nada. El hijo con Lía le salió tan irresponsable que se aferró a los nietos.
-¿Lorenzo y Ricardo?
-Supe que tienen un hermano, un tal Gwendal.
-¿Cómo se llamaba el hijo de Lía Liukin?
-Goran, como su padre. Desconozco casi todo de él.
-Supongo que encontraré la tumba de la señora Liukin en Milán.
-Seguro, Elliot. Le pediré que no olvide que en Italia, ella es una Leoncavallo. Nunca los quiso junto a su primera familia.

Elliot Cohen no podía distinguir entre la historia, la anécdota y el chisme pero admitía que le divertía mucho. Alguna vez había escuchado rumores sobre la propiedad de las tierras del valle y también de un escándalo familiar que hasta la fecha, influía en la vida de los habitantes hasta límites insospechados. Pero ver a Agathe Anissina desenvolver su encargo lo devolvió a lo tangible.

-Alban era tan apuesto. Lía y Matt le pidieron este retrato porque pasarían varios meses fuera luego de esa boda que no pudo ser.
-¿La de 1915?
-Le confesaré un secreto, Elliot: Lía creyó que eso fue lo mejor que le pudo haber pasado.
-¿Usted lo piensa también?
-Con Matt era tan feliz que no se esforzaba gran cosa. Sin él, tuvo lo que quiso. Le he dicho, Elliot, que Lía Liukin fue la primera en intentar muchas actividades que en Tell no Tales ninguna otra se atrevía. Pero borrar la memoria es algo que la gente busca y ocurrió, al menos en la historia oficial. En la campiña hay gente que aun cuenta estas vivencias ¿por qué cree que se les aparta todavía?
-Agathe, si usted conoce tanto, podría remediarlo.
-Elliot, suficiente tenemos con que estén cerca.

Agathe Anissina sirvió té para Elliot Cohen y vieron el inicio de la prueba femenil del Trofeo Bompard, con un primer grupo de patinadoras realizando calentamientos. Entre ellas, se distinguía la bella Carlota Liukin con su vestido de rayas rojas y en los bordes, Maurizio Leoncavallo le daba las instrucciones que podía mientras el público gritaba y agitaba sus mantas de apoyo con creciente euforia.

-¿Algún día sabrán Carlota y su entrenador que son familia? - preguntó Elliot al notar que ambos se trataban con enorme simpatía y compartían el mismo gesto al sonreír.

-Si me dieran a elegir, sería un no.
-Lía no está.
-Pero hay que cuidar a los vivos, Elliot. Hay circunstancias que hieren aun sin conocerlas.
-¿Cómo qué?
-No me corresponde remover la cicatriz. Los Leoncavallo y los Liukin tendrán que arreglarse.

Agathe Anissina suspiró con cierto desencanto y al tiempo que Carlota y Maurizio se daban un abrazo, pensó en aquello que podía separarlos.
Existen deudas que se transfieren sin buscarlas y entre los Liukin y los Leoncavallo, existía un vínculo tan fuerte, que el desconocido precio venía acompañado de un dolor extremo, incomprensible y que tocaba a cada uno de sus miembros en lo más profundo de sí mismos, en su identidad, en sus convicciones, en su sangre.

domingo, 10 de marzo de 2019

El álbum de fotos


Tell no Tales.

El 13 de noviembre de 2002, la nieve cubrió la campiña. Era miércoles y Kleofina Lozko se había quedado en casa, tomando té. Por ello se alegró mucho cuando al cesar la tormenta, Courtney Diallo tocó a su puerta.

-Pasa, me has dado una sorpresa ¿Qué traes ahí?
-Vine a verte porque mañana te vas a París. Compré hamburguesas en Mckee.
-Gracias, Courtney.

Kleofina cerró la puerta y enseguida llevó a su amiga a su cuarto.

-Hace frío en la ciudad, me estaba congelando.
-No pude trabajar hoy y mi padre y mi hermano fueron a la carretera a instalar cableado eléctrico.
-Matt se quedó en el hospital. Espero que no le toque un día pesado.
-Courtney ¿estás bien?
-Maurizio Leoncavallo me volvió a llamar.
-¿Qué quiere?
-Preguntó por mí, saludó a Matt...
-¿Por qué insiste?
-Me contó que su ex novia Jyri murió.
-¿Te preocupa?
-Sólo pude darle el pésame.
-¿Cuánto duró la llamada?
-Dos horas.

Kleofina quiso decir "diablos" pero en su lugar, abrió una caja negra y revisó su hamburguesa.

-Le pedí a Maurizio que nunca me hable.
-¿Cómo lo tomó?
-Me pidió que lo perdonara pero creyó que era importante decirme lo de Jyri.
-Ay, Courtney.
-El sábado es su cumpleaños.
-¿De quién?
-De Maurizio... ¿Qué puedo pensar sí trató de hablar conmigo por quince días?
-¡Que está completamente loco! Courtney, dime que cortaste el teléfono.
-Lo hice.
-¿Por qué estás espantada?
-Es que pienso en su hermana, en Katarina ¿y si lo espió?
-¿Su hermana? ¿Por qué lo haría?
-Me golpeó por estar con Maurizio y... Ella me pone nerviosa.
-No va a tomar un vuelo sólo para molestarte.
-No sabes de lo que es capaz.

Courtney dobló la manga de su suéter y le mostró a Kleofina la cicatriz de su antebrazo izquierdo.

-¿Ella te quemó?
-Nunca dije que primero me atacó con un leño ardiente.
-¿Perdón?
-Tengo otras marcas pero son más pequeñas, Kleofina.
-¿Maurizio lo sabe?
-No lo sé, pasó hace tanto que sólo quise que se alejara de mí. De todas formas, nunca le agradé a su familia.
-¿Te importaba mucho lo que pensaran?
-Son muy unidos.
-Rayos.
-Pero basta de cosas tristes.
-Madice nos habló pestes de Katarina también.
-No lo había recordado.
-Esa chica está enamorada de su hermano ¿o qué?
-Conmigo era muy celosa.

Courtney dio sorbo a una malteada de caramelo y luego comenzó a reírse. Odiaba la costumbre de contestarle a Maurizio después de dejarlo expectante por meses incluso y si cambiaba de número, él era de los primeros en averiguarlo a través de alguien que podía ser un ex vecino de Senegal o un primo despistado que aun lo consideraba un amigo.

-¿Estás segura de ir a buscar a Ilya Maizuradze a París? - preguntó para cambiar de tema.
-Sé donde fue - prosiguió Kleofina con el bocado en los dientes.
-¿No tendrás problemas?
-Quiero despedirme, no se va a enojar.
-Tal vez esté con su familia.
-Lo veré en su hotel.
-No sé qué aconsejarte.
-Tu cara parece de regaño.
-¿Él sigue casado?
-Se divorció ayer.
-¿Con firma y todo?
-Sí.
-¿Estás segura, Kleofina?
-Me avisó su hijo Cumber.
-Oh, párate ahí ¿quién llama a su hijo "Cumber"?
-Es un apodo.
-¿Eres feliz?
-¿Con Ilya? Bastante.
-¿Qué le ves?
-Lo amo, es todo.

El rostro de Kleofina reflejaba esa clase de felicidad ciega que se siente cuando se halla a esa persona tan deseada y no volverá a buscarse a nadie más.

-Ojalá que te vaya bien, Kleofina.
-Gracias... Y tú ya deja de pensar en ese Maurizio que te vas a enamorar otra vez.
-¡Ay, no! Jajaja, él ya se quedó en el pasado.
-¿Nunca sentiste que se quedaron a medias?
-Entre más tiempo pasa, más creo que estuvo bien mandarlo al demonio sin ver su cara.
-Tal vez quiere saber si hay oportunidad de que regresen.
-Matt es mi corazón ahora.
-Entonces díselo a Maurizio y ya está.
-Se lo he repetido en sus últimas dos llamadas.
-¿Y si él quisiera saber por qué terminaron?
-Ese tiempo ya pasó.

Courtney llevó una papa a su boca y pronto notó que en la habitación de Kleofina abundaban los objetos rosas: el marco de un espejo, su diario, sus pares de aretes, una enorme chamarra detrás de la puerta, las cortinas... Había un cartel de "¡Felices quince, Kleofina!" en la pared, otro lleno de serpentinas para celebrar sus dieciocho junto a ese y en el armario tenía pegadas abundantes fotografías con sus padres, su hermano, fallecidas mascotas, rodeada de flores o en la playa.

-Tengo la obligación de tomarte una foto, Courtney - decía Kleofina mientras sacaba de su cómoda una cámara instantánea - Es una tradición que tenemos aquí.
-¿Por qué?
-Así nunca se van.
-¿Todos en el campo lo hacen?
-Es muy útil con la policía. No lo digo por ti.
-¿Es cierto que vienen a hostigarlos?
-No es tan malo - Kleofina procedió a sacar dos instantáneas - También conservamos fotos con los oficiales y guardo un gran álbum de respaldo. No me gusta perder ninguna imagen.
-¿Me las muestras?
-Claro. Arriba del refrigerador están nuestros retratos pero en la carpeta rosa del librero tengo los otros.
-¿Éste?
-Sí ¿Es un poco pesado, verdad?
-¿Cuánta gente ha venido aquí?
-Más de la que quisiera, Courtney. A veces recogía los rollos fotográficos y revelaba las fotos que me faltaban.
-Hay fotos desde antes de que nacieras ¿Qué son las marcas rojas?
-La gente que ya murió.
-¿Cómo te enteras?
-Las esquelas del diario.
-Jajaja, parece divertido.
-Este es el oficial Grant y este es el "cuchillero de Corse". Los dos se perseguían a menudo.
-Me han dicho que el cuchillero era un asesino a sueldo.
-Mentira. Era un fanfarrón.
-No es cierto.
-Es mi tío. Murió a los grande cuando le cayó un barco encima en el astillero de Auvergne.
-¿Qué cosa?
-No te miento, salió en el periódico.
-¿Qué hacía ahí metido, Kleofina?
-Obrero.
-Vaya, qué anécdota.
-Hay muchos policías aquí. Puedes revisar.

Kleofina permitió que Courtney escudriñara cada página del álbum mientras saboreaba una hamburguesa cubierta de abundante salsa agridulce y doble queso.

-Tengo un álbum en casa y no he podido llenarlo... Kleofina ¿te sabes el nombre de todos?
-De casi todos. Hay gente que por más que venga no consigue que me acuerde.
-¿Sergei Trankov estuvo aquí?
-Pasó escondido cuatro días.
-Cualquiera confundiría a Matt con él.
-Trankov tiene un tatuaje en el pecho y una cicatriz en la frente ¿Quién no se da cuenta?
-¿Cómo sabes del dibujo?
-Se lo vi. Es un camaleón en una hoja.
-Todos dicen que es un garabato sin forma.
-Nunca han apreciado sus detalles.
-Kleofina ¿qué tan cerca estuvo Trankov de ti?
-No nos aburrimos.

Courtney no supo qué pensar y siguió contemplando todo. Reconocía a algunas personas por haberles visto trabajar arreglando banquetas o yendo a urgencias por una curación, a otros por toparlos a diario y no faltaban los que había encontrado una vez y no sabía que no había olvidado.

-¿Qué álbum tienes? - curioseó Kleofina.
-¿El de fotos?
-¿Es familiar, de amigos, fiestas...?
-De todo. Tengo imágenes de cuando era niña y también de cuando mi padre vivía con nosotros.
-¿Se fue?
-Trabaja en Dubai como plomero. Le envía dinero a mamá cada mes.
-Courtney ¿por qué no me habías dicho?
-No lo sé... Cuando estudiaba medicina, él mandaba muchas cartas y guardo sus fotos.
-Entonces tu álbum es de todo.
-De fiestas, de amigos, del mar y del concurso de belleza.
-¿También te retratas con Matt?
-Sólo he tomado dos fotos.... ¿Él es Ilya Maizuradze?
-Un encanto ¿no?
-Nunca te entenderé.
-Él siempre me gustó. Desde niña supe que lo quería y hacía mil cosas para verlo diario. Me esperé a ser mayor de edad para que no tuviera problemas.
-¿Tus padres no se molestan por esto?
-Ilya es mejor que los hombres que han venido aquí.
-¿Muchos?
-Soy campirana.
-¿Y qué pasa?
-Siempre habrá alguien. A mí me asedian desde los diez años.
-¿Qué?
-¿No lo sabes, Courtney? Los hombres de la ciudad buscan a las mujeres de la campiña para divertirse. No hay chica que llegue virgen a los dieciséis.
-Que no te creo.

Kleofina dejó su comida de lado y tomó su álbum para mostrarle algo a Courtney. La cantidad de recuerdos y caras era impresionante.

-¿Qué te parece? Es policía del Gobierno Mundial. Tuve mi primera vez con él. Mi familia se descuidó, ups.

Si Courtney Diallo pensó que nada podía sorprenderla más que Kleofina señalando una cara, se equivocó rotundamente. De ver quien era, se quedó boquiabierta.

-¿Qué parte te cuento? ¿De cómo irrumpió en mi casa y me interrogó o cómo mi toalla desapareció?
-Kleo ¿cuántos años tenías?
-Quince. A él le dije que tenía dieciocho y se lo creyó.
-¿Por qué hiciste eso?
-Preferí que fuera un policía a que viniera uno de mis primos o algún idiota de la ciudad. Además, se me hizo lindo y estaba buscando a Trankov.
-¿Qué demonios?
-Mamá fue a cortar flores, mi hermano y mi padre estaban vendiendo en Carré y yo salí de la escuela, vine a casa y decidí tomar una ducha. Iba a mi habitación cuando él abrió la puerta y hablar de Trankov era muy entretenido pero lo demás estuvo mucho mejor. Fue tan espontáneo que cuando me di cuenta, él se quedó a dormir y regresó un par de veces.
-¿Vino solo?
-Sí.
-No es verdad...
-¿Estás enojada?
-Contigo no.
-Courtney...
-¿Te dijo que era de Intelligenza Italiana?
-Aguarda ¿lo conoces?
-Sabía que era un imbécil.
-¿De qué hablas?

Courtney sacó su cartera y pronto la colocó frente a Kleofina.

-¿Llevas una foto de Maurizio a todos lados?
-¿Ya entendiste?
-¿Que Matt puede descubrirte?
-Kleo....
-Maurizio se parece.
-El de tu álbum es Maragaglio, primo de Maurizio. Es una vergüenza.
-¿Qué cosa?
-Maragaglio es casado y me di cuenta de que engañaba a su esposa pero no lo desenmascaré. Maurizio decía que él era increíble.
-¿Dormiste con...?
-¡No! Digo, lo intentó pero lo mandé al diablo. Tenía una becaria que no se le despegaba jamás y le hizo una escena porque la araña de Katarina comenzó a pasar los días con él.
-¿Con Maragaglio?
-Quería llevarla a todos lados y era como no sé, su hija.
-¿Sólo eso?
-¡No! Fue diferente. Maragaglio cambió. Cuando yo lo conocí, era manipulador y cínico pero apareció Katarina y él se volvió amable, sobreprotector, comenzó a pedir las cosas por favor e incluso aprendió a cocinar. Por suerte, nunca supe quien era la becaria.
-¿Por qué te acuerdas de todo eso?
-Kleo, no vuelvas a meterte con un agente de inteligencia. Te aseguro que Maragaglio no vino por Trankov y se llevó algo de tu casa, además de tu... inocencia.
-No noté nada y no creo que importe.
-¿Qué quería de Trankov?
-Saber si lo conocía.
-En serio.
-Luego preguntó por Ricardo Liukin pero no lo ubicaba. Fui novia de su hijo Andreas tiempo después.
-¿Liukin?
-Le dijeron a Maragaglio en la ciudad que Ricardo venía mucho por aquí porque su hija se escapaba y tal vez se topaba con Trankov de vez en cuando.
-Qué locura.
-Le hablé de una niña que iba a los cerezos pero se quedaba sola un buen rato y sus padres venían por ella. Me enteré que era Carlota cuando Andreas la tuvo que ir a buscar.
-¿Enviaste a Maragaglio detrás una chiquilla, Kleo?
-Te vas a enojar si te digo que Carlota conoce a tu Maurizio...
-¿Perdóname?
-Quizás sigo siendo amiga de Andreas.
-¿Cómo es posible?
-¿Qué tan malo es?
-Quiere decir que Maragaglio no los soltó ¿Cómo demonios llegaron con Maurizio?
-Carlota necesitaba un entrenador y fue el que había disponible. A Margaglio lo conocieron antes porque ella se había ido de casa y él la regresó.
-Kleofina ¡no te vuelvas a involucrar con un policía!
-Courtney ¿qué hice mal?
-¡Tú no! Es que Maragaglio debió influir para que eso pasara.
-¿Que pasara qué?
-¡Todo! Tengo que averiguar qué quiere ¿Tienes el teléfono de Andreas?
-Te lo anoto.
-Kleo, espero que no le hayas dado a Maragaglio lo que quería.
-Después de mi virginidad, no sé que más le podría interesar.
-Si descubre tu relación con Andreas Liukin, lo más seguro es que te interrogue de nuevo... ¿Uno de los hijos de Ilya es amigo de Carlota, verdad?
-Anton. Nos lo dijo Madice el otro día.
-Adviértele a tu novio.
-¿Dónde vas?
-Kleofina, si un día te topas a Maragaglio, huye.

Courtney salió de prisa de aquella casa y no se detuvo a pensar un momento. Ni siquiera imaginaba por qué esas conjeturas le importaban o por qué le preocupaba una familia que no conocía. Sólo tenía en la cabeza que Maurizio Maragaglio estaba detrás de algo y debía detenerlo o ponerlo en evidencia. Lo había tratado lo suficiente para saber que sus límites podían ser frágiles pero ¿por dónde podía comenzar? Si Kleofina le hacía caso, ¿sería suficiente?

Caminando rumbo a la ciudad, en la pradera, pronto se topó a Madice Hubbell. La chica también había tenido la idea de ver a Kleofina y al igual que Courtney, antes había pasado a Mckee.

-¿Estás bien?
-Sí, Madice.
-¿Por qué no me avisaste?
-Se me ocurrió de último minuto.
-Courtney, te ves pálida.
-¿Eras vecina de los Liukin?
-Sí ¿a qué viene eso?
-¿Alguna vez la policía te preguntó por ellos?
-Hubo un escándalo por una cámara pero nadie me pidió mi opinión.
-¿Antes de eso?
-¿Por qué el interés?
-¿Nadie iba con tu familia a preguntar cosas?
-¿Por los Liukin?.. De hecho, sí.
-¿Quién?
-Andreas fue detenido por disturbios en el parque De Gaulle y un oficial nos informó que lo iban a soltar... Realmente no presté atención. Una vez llegué a casa y venía saliendo un tal Maragaglio. Mi madre le habló de Gabriela Alejandryi.
-¿Ella quién es?
-La mamá de Carlota... ¿Todo está bien?
-¿Sobre qué deseaba saber, Madice?
-¿Maragaglio? Me enteré de que quería saludar pero los Liukin no estaban y creía que la dirección no era la correcta.
-¿Cuándo fue eso?
-Hace cinco años. Maragaglio no se me olvidó porque volví a verlo dos o tres veces y su becaria ahora es la chica Miss Corse Lorphelin.
-¿Por qué no dijiste nada?
-No quise incomodar a nadie. La única ocasión que los vi juntos, ella le hizo un berrinche por su prima. No me quedé para averiguar.
-Maragaglio no tolera algo así.
-¿Sabes quién es, Courtney?
-Madice, la próxima vez que lo veas, corre.
-¡Oye! ¿Qué sucede?
-También le llevé a Kleofina comida de McKee. Le gustan esas cosas, te lo va a agradecer.
-No entiendo nada.
-Luego les explico.

Courtney aceleró el paso y Madice la perdió de vista pronto. Se sentía tan confundida que al llegar a casa de Kleofina, ni siquiera saludó.

-¿Qué tiene Courtney con un tal Maragaglio? - se intrigó mientras entraba.
-Es primo de su ex novio.
-¡No es cierto!
-¿Quiso saber si lo conocías, Madice?
-Maragaglio resultó ser amigo de la señora Liukin.
-¿Estás bromeando?
-¿Tú sabes algo, Kleo?
-Sí. Los Liukin no conocían a Maragaglio hasta hace poco.
-De acuerdo ¿qué?
-Yo tampoco tengo idea pero estoy por advertirle a Ilya sobre él.
-Courtney me dijo que corriera si volvía a verlo.
-A mí también me lo pidió, Madice.
-Es muy extraño.
-El tipo es un agente de inteligencia.
-¿De verdad?
-Dame un momento.

Kleofina suspiró y enseguida realizó una llamada a París mientras Madice miraba por la ventana con un cúmulo de dudas. No quería despejarlas pero tuvo la certeza de que Maragaglio era tan relevante, que no cabía subestimar cada mentira dicha cinco años atrás.

lunes, 18 de febrero de 2019

La búsqueda de la luz


Palais Omnisports de Bércy, 8:00 am

-¡Mademoiselle Liukin! Benvenue al Trofeo Bompard - decía uno de los técnicos al verla llegar y quedar azorada por la transformación radical del recinto. La arcilla, la red, el puesto del umpire, todo lo que había formado una linda cancha de tenis se había esfumado y en su lugar, se hallaba instalada una bellísima pista de hielo y un enorme kiss 'n' cry con una torre Eiffel pintada y muebles de terciopelo azul oscuro.

-¿Cómo lo lograron?
-Le prometimos que estaría listo ¿Quiere ser la primera en probar el hielo?
-¡Estaré encantada!
-Adelante, mademoiselle.

Carlota realizó sus calentamientos junto a Maurizio Leoncavallo y el staff notaba que él parecía disgustado mientras ella daba respuestas breves.

-¿Creías que no me enfadaría?
-Disculpa, Maurizio.
-Traicionaste la confianza de mi primo y también la mía.
-Perdona.
-¡No se trata de repetir disculpas!
-¡No sé qué decir!

Maurizio se detuvo en ese momento.

-Tienes catorce años, Carlota.
-Perdón.
-¿Tienes idea de lo que pasó con Marat?
-Se lo pedí.
-No tienes edad para eso.
-Yo escondí el champagne y lo invité a pasar.
-Se aprovecharon de nosotros.
-No estás entendiendo.
-¿Qué tengo que entender? ¡Marat no es un niño pero tú sí!
-¡Ya no soy una niña!
-¿Quién te metió esa idea en la cabezota?
-No tengo trece años.
-¿Qué quieres decir?
-Sé lo que hice.
-Carlota, eso no es cierto.
-¿Por qué te importa?
-Porque se suponía que Maragaglio y yo estábamos a tu cuidado.
-Discúlpame.
-¡Le fallamos a tu padre! ¿Crees que eso se arregla con un "lo siento"? ¿Y si tu padre o mi primo deciden denunciar a Marat, crees que me voy a oponer?
-¡Sólo fue champagne!
-Sabemos que no.

Maurizio se recargó en un borde de la pista mientras pensaba.

-¿Están regañando a Carlota? - preguntó Shanetta James a su distancia.
-¿Alguna novedad? Tamara Didier le gritaba - respondió Morgan Loussier y ambos se encogieron de hombros para luego ponerse a trabajar en unos estiramientos. Maurizio Maragaglio estaba detrás de ellos y estaba por suspirar para seguir calmando su propio enojo cuando echó un vistazo a la puerta.

-¡Katy! - exclamó y extendió los brazos pero Katarina Leoncavallo únicamente lo tomó de las manos.

-Bienvenida a París - saludó Maragaglio.
-¡Te extrañé mucho!
-También yo.
-Qué bueno que pudiste venir... Iré a saludar a mi hermano.

Maragaglio se quedó con la palabra en la boca.

-Maurizio mio! - gritó Katarina y su hermano sonrió, además de acercarse a ella y recibir de inmediato un prolongado abrazo. Ella presumía su cabello lacio hasta los hombros.

-Katy ¡que linda te ves!
-Tú eres el guapo.
-En serio ¿qué hiciste en Nueva York? Cambiaste mucho.
-¿Te gusta?
-Claro que sí, estás preciosa.

Katarina volvió a apretar a su hermano contra sí y luego le dijo algo al oído que lo hizo carcajear. Los demás pasaban saliva y Carlota Liukin en particular prefería alejarse sólo para ver que Marat estaba en las gradas y le dirigía un gesto amistoso mientras un fotógrafo tomaba cuántas imágenes podía para una revista de patinaje.

-Sigo furioso - confesó Maragaglio cuando la chica pasó junto a él.
-Lo sé.
-Carlota, acabo de cancelar el evento en el Centre Pompidou.
-¡Pero es una promoción para el Trofeo Bompard!
-¿Quieres que te premie por lo de anoche? Estás castigada y además tienes tarea de historia y un examen esperándote en Venecia.
-¿Ese es mi celular?
-Confiscado hasta que volvamos a casa ¡Ahora a entrenar!

Carlota se asustó un poco y cuando giró, se dio cuenta de que Katarina Leoncavallo iba a tomar la práctica y anudaba su cabello para luego quitarse el suéter y revelar que su vestido gris mostraba un hombro, parte de su cintura y un atrevido leotardo negro que más bien parecía un traje de baño con cintas en el abdomen. Incluso quedaba expuesto parte de un sostén también en negro.

-Carlota, vamos a marcar figuras - dijo Maurizio Leoncavallo con mejor humor y la chica se colocaba sus botines para obedecerlo cuando Katarina observó a Marat Safin, quedándose paralizada y sintiendo lo mismo que con Tommy Gunn en Nueva York.

-"¿Qué me está pasando?" - se desconcertaba la joven Leoncavallo mientras volteaba a ver a su hermano, confundiéndose en el acto.

-Katarina ¿estás bien? - se intrigaba Shanetta James.
-¿Quién es el chico de ahí?
-¿El que viene con Carlota?
-¿Es el tal Marat?
-Te respondiste sola.
-Es gua... guap... - tartamudeó Katarina.
-Dilo sin pena ¡Marat es guapísimo!

Todos escucharon a Shanetta y Katarina se sonrojó tanto, que Maragaglio enseguida se le colocó enfrente.

-¿Necesitas algo, Katy?
-Todo está perfecto, primo.
-Debes seguir cansada por volar desde Nueva York.
-Dormí bien.
-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-Ese vestido que traes.
-Lo compré en Nueva York.
-Es muy revelador.
-Ese es el chiste.
-No volverás a traer algo así.
-¿Me estás regañando?
-No es el lugar. Obedece a tu hermano y pónte un suéter.

Katarina asentó y al pasar frente a Marat, cubrió su cara, arruinando cualquier oportunidad de disimular frente a Carlota Liukin que, cruzada de brazos, le dirigía una mirada territorial mientras se convertía en la primera en tocar el hielo de Bércy para deslizarse en él.

-¿Cómo sientes la pista, Carlota? - preguntaba Maurizio.
-El hielo está muy blando.
-Da unas vueltas, quiero escuchar.
-¿Perdón?
-Necesito saber en dónde puedes caer.
-¿Estás oyendo mis discos?
-Tamara tiene ideas raras pero no son malas.

Carlota respiró por la boca una vez y comenzó a deslizar en sus patines para entrar en calor. Alrededor, el personal comentaba sobre ella y Maragaglio se quedó mirándola al recordar por qué estaba en Bércy: Carlota Liukin iba vestida con un ajustado top rosa pálido de mangas largas y una falda gris que mostraba parte de sus muslos. Era un atuendo que parecía más de exhibición o competencia que de práctica y claro que preocupaba a un hombre cómo él porque nunca la había visto lucir tan hermosa y más con ese nuevo peinado de coleta con dos mechones a manera de fleco que le daban un aspecto de actriz.

-Ricardo Liukin va a asesinarme - pensó antes de comenzar a inventar una historia que en Venecia fuera creíble. Los demás continuaban con sus actividades y pronto, Maurizio Leoncavallo ingresó a pista, haciendo fácil adivinar que no podía distinguir sonidos aun.

-Nuestro hielo en Venecia está mejor - comentó Maurizio.
-También en INSEP- se quejó Carlota.
-Vamos, no es tan malo. Katarina ha entrenado en la pista de Valdemoro y esa es peor.

Carlota no replicó y bajó la mirada.

-¿Todo bien?
-Es que Marat no se ha ido.
-Maragaglio cree que la prensa hará muchas preguntas si se marcha.
-Maurizio, de verdad lo lamento.
-Mira, Katarina ha vuelto con el grupo y eso evita que siga reclamándote.
-Te pusiste feliz.
-Estoy enfadado.

Maurizio sonreía de una forma encantadora para las cámaras y enseguida llamó a sus alumnos, anunciándoles que harían giros sobre un pie. Shanetta y Morgan no tardaron en colocarse junto a Carlota y Katarina pronto vio como la relegaban hacia atrás, sin oportunidad de acercarse a su hermano. Así comenzó una escena en la que el grupo tomaba impulso para luego dar cuantas vueltas fueran posibles mientras mantenían los brazos levantados.

-Maurizio tiene una técnica horrible - comentó Carlota y sus compañeros estaban de acuerdo al verlo girar sin fluidez pero igualmente lo seguían y pronto, entendieron de que se trataba aquello.

-¡Katarina! Cuéntanos sobre Nueva York - exclamó Maurizio.
-Es una ciudad grandísima y el metro huele muy mal.
-Eso no es lo que queremos saber.
-Me divertí mucho ¡Fui a un concierto de rock en un bar que se llama Coney Island!
-¿En serio?
-¡Conocí a los Lemonheads!
-¿Quiénes son esos?
-Un grupo de punks que me recomendó Maragaglio.
-¿Qué?
-Perdón.
-Nunca te había oído hablar así.
-Lo siento, Mauri.
-¿Tienes foto?
-Foto y autógrafos en un plato de pizza ¡es que comí con ellos! y fui al barrio italiano.
-No puede ser, jajajaja.
-La comida estaba muy grasosa y sabía horrible ¡pero eran los Lemonheads! También probé los hot dogs y esos me gustaron mucho.
-¿Qué más hiciste, Katy?
-¡Fui de compras a la tienda de Vivienne Westwood y tengo cosas nuevas! Luego Karin me llevó por ropa de entrenamiento y ahora estoy llena de vestidos como el que me puse hoy.

Maurizio dejó de girar abruptamente y miró fijamente a Katarina.

-¿Karin está bien?
-Sí.
-¿Por qué no te acompañó en el kiss 'n' cry?

Katarina mintió en ese instante.

-Porque se quedó en los vestidores vigilando mis cosas. Había mucha gente.
-¿Por qué no la dejaste hablar conmigo?
-Estábamos en la calle, Mauri ¿Sabías que me llevó a un salón de belleza? Nos cortaron el cabello y nos hicieron faciales.

Maurizio se cruzó de brazos y si antes se había enfadado, ahora lo estaba mucho más.

-Carlota y tú van a repasar sus combos flip - toe ahora.
-De acuerdo.
-Quiero que me digas cómo te sentiste en Skate America, Katy.
-No muy bien, fallé mucho...
-Ganaste una medalla de bronce, es bueno.
-El programa libre no funciona, Mauri.
-Insistiré y dará resultados. A trabajar.

Katarina no protestó y luego de mirar a Carlota Liukin, supo que no estaba arreglando detalles, sino compitiendo. Era la oportunidad de recuperar su estatus preferente en el grupo y enseguida eligió su lugar en el hielo, su turno y el premio en chocolate que recibiría la ganadora.

-Katarina, estoy hablando en serio - reiteró Maurizio y ella de inmediato le diría a Carlota Liukin que no había manera de que le venciera. Shanetta y Morgan querían ver aquello pero su entrenador los pondría a practicar lances sostenidos mientras trazaba un plan para supervisarlos a todos.

-"Algo le ocurre al señor Maragaglio" - pensó Carlota cuando dio un vistazo a las gradas y lo descubrió cubriéndose los ojos al mismo tiempo que sostenía sus lentes con visible frustración y volvía a ponérselos como si la cabeza fuera a estallarle. Supuso que era consecuencia de trasnochar o de tener que soportar a Marat para evitar un alboroto mayor en los medios, pero en Venecia lo había visto hacer lo mismo un par de veces.

-¿El señor Maragaglio estará bien? - le preguntó a Maurizio.
-Yo le pregunto, tú a lo tuyo.

Carlota tomó su sitio y en lugar de prestar atención a los primeros combos de Katarina, notó cómo Maragaglio se quejaba enfadado sobre sus anteojos y demostraba tener dificiltad para observar más allá de los pasillos iluminados de la arena. No era cuestión de que todo le fuera borroso sino de que sus ojos comenzaban a dolerle y cerrársele un poco luego de unos minutos, además de humedecérsele a causa de una pequeña irritación.

-Intenta mejorar eso, niñita - retaba Katarina y Carlota recordó el reto de saltos, impulsándose sin dejar de pensar en lo que estaba ocurriendo.

-No cubres la misma distancia que yo - notaba la joven Leoncavallo y la chica Liukin realizaba su combo flip - toe con los brazos sobre su cabeza, sin evitar levantar la pierna izquierda como si fuera una bailarina de ballet luego de aterrizar.

-Basta - exclamó Maurizio Leoncavallo luego del cuarto intento de Carlota y después de bajar unos escalones, se cruzó de brazos.

-Katarina, estás prerrotando; Carlota, lo haces correctamente, ganaste.

La joven Liukin se sorprendió mucho y enseguida pidió instrucciones para continuar entrenando. Poco después, el técnico de sonido recibió la petición de que reprodujera la melodía de "Anna Karenina" y ella siguió repasando los saltos de su programa al mismo tiempo que Maurizio tomaba notas y Katarina se veía forzada a salir del hielo.

-Nunca tuvimos dificultades contigo, Katy - murmuró Maurizio.
-Me disculpo por todo.
-Usaremos el arnés más que nunca.
-De acuerdo.
-Le pediré al señor Pelizzola que nos ayude la próxima semana.
-¿Roberto? ¿No está ocupado en Milán?
-No se negó a estar en Venecia para ayudarme con Cecilia y Jussiville mientras estamos aquí.
-Está bien.
-Katy, no te angusties y confía en mí. Lo solucionaré.

Maurizio continuó examinando a Carlota y de reojo a Shanetta y Morgan, al tiempo que su hermana cambiaba su calzado sin poder dar crédito a su falla.

-Marat ¿lo hago tan mal? - consultó Katarina y el chico no sabía qué responder.
-Carlota salta más bonito... Bueno, eso creo pero tú patinas espectacular.
-¡Mi nueva rutina es una pesadilla!- se sinceró la joven Leoncavallo y volteó celosa hacia su compañera Carlota, que recibía la orden de realizar su programa libre completo y ponía al staff, a sus otros colegas y a Maragaglio cautivos. Durante los próximos diez minutos hubo un silencio profundo, una atención total y pieles erizadas con cada movimiento de la chica Liukin que demostraba una vez más que su talento era capaz de hipnotizar a cualquiera. La gente que observaba desde la gradas aplaudía de pie, Marat y Maragaglio se habían acercado a los bordes y como sorpresa adicional, los amigos de Carlota en París se aparecían para darle abrazos.

-Merci a tous! - exclamó Carlota.
-Atiende a tus visitas - le dijo Maurizio y después le ordenó a Shanetta y Morgan aproximarse para hacer una prueba porque la pista era "aguanieve".

-¡Amy! - gritó Carlota y luego de estrecharla fuertemente, se quedó mirando a Anton y David.

-Sabíamos que habías mejorado pero no creíamos que tanto - siguió Anton.
-Maurizio me hace practicar con arneses.
-Eso duele mucho.
-Me dan cosquillas.
-Bueno, pasemos a lo que importa: ¿Vas a presentarnos a Maratucho?
-Pero lo hice cuando estábamos en el torneo de tenis.
-Queremos que se nos junte.
-Él tiene veinte años.
-¿Eso qué? Vinimos a que nos diga cosas, como Jouberto cuando era tu novio.
-¡Ven, Marat! - llamó Carlota y el joven se aproximaba cuando al pasar junto a Katarina, recibió una mirada que lo asustó bastante. Aunque los niños no pudieran describirla, ver cómo esa jovencita se mordía los labios y parecía devorar a Marat hizo que Carlota saliera de la pista, jalara a su amigo y observara a su compañera como si quisiera defenderlo.

-Katarina ¿todo en orden? - intervino Maragaglio bruscamente y de nuevo se le colocó de frente, impidiéndole la vista.

-"¿Qué rayos le pasa"? - pensó Carlota en voz alta y su amiga Amy no dudó en decirle que "ahuyentarían a la araña" aunque fuera a palos.

-Nunca te comportas así - reprochó Maragaglio a su prima.
-No sé que me está... - susurró Katarina.
-Ve a cambiarte de ropa y quiero que sea por tu vestido blanco con suéter.
-No traigo eso.
-Katarina, no quiero volver a verte como estás y si te acercas a Marat, te voy a castigar.
-¡Tengo veinte años!
-¡Llevas semanas portándote mal!

Maragaglio fue tan severo que Katarina levantó sus pertenencias y fue al vestidor a encerrarse a llorar pero no por ser regañada ni por perder el duelo con Carlota Liukin. Introduciéndose en la regadera, Katarina pensó en Tommy Gunn y en Marat Safin, en lo atractivos que le resultaban, en las ganas que le habían dado ambos de despojarse de la ropa y simultáneamente, le pasaba en la mente su hermano Maurizio, a quien moría por tener consigo cada noche y amarlo sin que nadie se interpusiera. Nada la había preparado para los otros hombres que podían enloquecerla, mucho menos para saber que no sabía comportarse y luego recordó a Maragaglio impositivo, como si ella hubiera cometido una grosería. Él se veía tan fuerte y tan dominante, que había querido desafiarlo y tampoco imaginaba por qué, a pesar de no atreverse.

Por otro lado, era el mismo Maragaglio quien por una vez prefirió ver a Marat junto a Carlota. Le enfurecía haber llegado a tal extremo y ahora reconocía que se hallaba irritado con ambas chicas, una por burlarse de su trabajo y la otra por fijarse en el causante de lo primero. En aquel instante, él habría dado media vida por destrozar a Marat Safin a puños, por echar a la prensa, por deshacerse de Maurizio, de los visitantes, de Shanetta, de Morgan y encerrar a Carlota y a Katarina hasta que se olvidaran de todo y fueran unas niñas bien portadas como debía ser. De imaginarlo le dolía el estómago y pronto perdió el aliento.

-¡Katarina, qué bonita! - opinaba Maurizio Leoncavallo al ver a su hermana volver a la zona técnica. Ella no entrenaría más, pero su atuendo con una blusa blanca que más bien parecía un suéter y con el que enseñaba un hombro y parte de su abdomen, su pantalón negro brillante y ajustado más sus sandalias stiletto cuyas cintas asemejaban relojes, le destacaba su breve cintura, esa que rara vez se le distinguía y le otorgaba su poco aprovechada sensualidad.

-¿No podías ponerte otra cosa? - se asustaba Maragaglio.
-Es lo que está de moda en Nueva York.
-Prefiero lo que usas en Venecia.
-¿Me veo mal?
-Katarina, estás muy destapada.
-¿De qué estás hablando?
-No quiero que te griten cosas inapropiadas.
-¿Por qué me dices eso?
-Luces bien y odiaría que alguien fuera grosero.
-¿Te gusta mi ropa?
-La verdad, sí.
-¡Entonces te modelaré lo demás cuando regresemos a casa!

Maragaglio se dejó vencer con un abrazo y supo que estaba siendo cretino. Claro que le inquietaban los presentes y las intenciones de los desconocidos pero tampoco era correcto actuar inseguro y celoso; Katarina no era más que su prima y él no era un adolescente idiota que podía darse ese lujo. Para alivio suyo, la joven lo hizo colocarse a su lado, en esa actitud que tienen todas las mujeres que consiguen lo que quieren. La señorita Leoncavallo estimaba a Maragaglio, aunque a veces lo considerara anticuado.

-Si no fuera una araña, sería mi Katarinita bonita - admitió Anton y por algún motivo, aquello disparó algunas risas. Por fortuna, el comentario aquél no saldría de su grupo de amigos.

-Todos dicen que Katy es linda - contó Carlota.
-A mí no me lo parece - confesó Marat.
-¿De verdad?
-Tiene algo raro.
-No la has visto de empalagosa con su hermano.

Amy, David y Anton contemplaron a Carlota y fue éste último quien optó por cambiar de tema mientras ella elegía distraerlos con su rutina una vez más.

Durante esa sesión, hubo algo evidente: Maurizio Leoncavallo era un entrenador divertido y amable que cuidaba de sus alumnos y revisaba cada detalle, desde un surco en el hielo hasta una chaqueta mal puesta; jugaba con ellos en las dinámicas de fuerza y tenía cilindros con agua, botiquín y chocolates listos por cualquier circunstancia que pudiera presentarse. Nadie podía negar que tenía talento para el trabajo aquél y luego de un rato, terminó acostado en el hielo, fundido de cansancio.

-Carlota, has patinado genial.
-Lo sé - contestó ella junto a él.
-Bompard va a ser muy difícil.
-Estará bien.
-Tu competencia es Irina Astrovskaya ¿la conoces?
-¿También la enfrentaré en Helsinki?
-¿Tú que crees?
-Rayos.
-Jajajaja.
-¿Cuándo vamos a montar el nuevo programa corto, Maurizio?
-¿El que ya te aprendiste?
-Me gustaría mostrarlo.
-Espera a la próxima semana.
-Está bien.
-No estoy enojado.
-¿Deveras?
-En realidad, ni Maragaglio ni yo tenemos cara para juzgarte.
-¿Por qué?
-Ve a cambiarte ¿no tienes que estudiar luego?

Carlota sonrió y se levantó a prisa, recibiendo más aplausos y su maleta de parte de su amiga Amy, quien la cuidaba para evitar malentendidos y robos.

Por su lado, Maragaglio tuvo que abandonar su buen ánimo y retomar su vigilancia con talante estricto, no obstante, los párpados le pesaran un poco y constatara que leer un par de indicaciones se le estaba complicando. La joven Liukin se percató de ello pero no abrió la boca y prefirió ir a cambiar su atuendo mientras le contaba a su amiga que le había conseguido una acreditación de kiss 'n' cry, aunque tuviera que lidiar con su guardaespaldas y sus interrogatorios, relatándole en el acto lo sucedido en Venecia con unos diamantes.

-Trankov vendió unos ayer en Cambon.
-Me enteré, Amy.
-¿Qué vas a hacer?
-No tengo idea. Sergei dijo que me vería hoy pero dudo que pase, me tienen muy cuidada.
-¿Ese Maragaglio es buen policía?
-Te digo que casi me cacha en Venecia.
-¿Cómo vamos a deshacernos de él?
-Todo fracasó en la cita con Marat.
-Antes era más fácil.
-De todos los policías, teníamos que toparnos al único que hace su trabajo.

Carlota no tardó mucho en salir del vestidor y deslumbrar al personal con su chaqueta de cuero y un vestido magenta con grandes lentejuelas brillantes.

-Se ve preciosa, señorita Carlota - admitió Maragaglio y poco después, fue Maurizio Leoncavallo quien se impresionó de nuevo. Este último no se acostumbraba a que ella pudiera lucir tan bien con cualquier cosa que se pusiera y más imaginaba la presión que sentía Ricardo Liukin por protegerla y el seguro estrés de saberla en París. Del episodio con Marat era mejor no hablar.

-¿Qué haremos ahora? La práctica terminó - preguntó para no halagar.
-Llevaré a la señorita Carlota a la Rue Cambon a cumplir una pequeña cita y luego volveremos al edificio Mélies. Eso te da tiempo de pasear con Katarina por ahí, Mauri.
-Gracias, Maragaglio, pero ¿no teníamos algo en el Centre Pompidou?
-Eso se canceló.
-Entiendo. Puedo llevar ahí a Katy.
-Sería perfecto.
-¿Qué hay de Marat?
-Vendrá con nosotros.
-¿No es mucho premio para Carlota?
-Mauri, es mi trabajo - terminó Maragaglio y casi de inmediato le ordenó a la chica Liukin despedirse de sus amigos y seguirlo hacia el exterior. Era sabido que la prensa aguardaba en las salidas de Bércy y por lo mismo, un vehículo de la Federación Francesa estaba listo para marchar tan pronto como fuera posible.

-¡Te vemos en casa, Carlota! - decía Amy luego de un abrazo y Carlota tomó a Marat del brazo sólo para que Maragaglio volviera a reprenderla y se pusiera entre ellos.

-Me cansé de que me crean un tonto. Iremos a la Rue Cambon y me van a acompañar a cumplir con un asunto pendiente.
-¿Qué es?
-Van a ayudarme, Carlota. Necesito un intérprete y hasta donde sé, hablas español y el señor Safin es ruso. Deprisa.

El viaje a la Rue Cambon era más o menos complicado. Del Quai de Bércy al Pont d'Austelitz se llegaba a transitar por cuarenta minutos pero pasar por Avenue de l'Opera y Quai de San Bernard, Montebello, Tournelle y Quai de Saint Michel podían valerlo. El conductor de un coche azul marino se encargaba de que Carlota evadiera a los reporteros y Marat Safin hacía lo que podía para no quedarse atrás cuando Maragaglio no pudo hacer más y se resignó a tomar asiento en el frente mientras Carlota revisaba sus pertenencias y notaba que su bolso estaba lleno de dinero. La nota de Sergei Trankov le avisaba que el resto se hallaba en su maleta y había tomado una pequeña comisión por la venta de un diamante a cambio. Del encuentro de esa noche era mejor abstenerse y la vería luego, quizás en sabado luego de la gala de exhibición del Trofeo Bompard.

-¿Todo en orden?
-Claro que sí ¿Crees que pueda hacer unas compras?
-No pasaremos a Chanel, Carlota.
-No era por eso.
-Habrá tiempo el sábado.
-Gracias, Maragaglio.
-No te despegues del señor Safin.
-De acuerdo.
-No quiero perderlos de vista otra vez.
-¿A dónde iremos?

Carlota obtuvo en la sonrisa de Maragaglio una respuesta y pronto notó cierto optimismo en él que le hizo pensar que debía tener cuidado. Cerró el bolso y se dedicó a ver la ciudad por la ventanilla al tiempo que Marat le pedía no derrotarlo si iban a comer más tarde. Ella no podía asegurarle su tranquilidad y de todas formas, devoraría lo que le dieran.

En el trayecto, Maragaglio se permitió distraerse y tuvo en mente a su prima Katarina. Se había vuelto tan hermosa, tan femenina, tan sonriente. Le costaba no verla como la niña que apenas una semana atrás se la pasaba con sus abrigos o suéteres sobre lindos vestidos rosas y su media coleta decorada con una inocente cinta. Entonces se preguntó cómo podía soñar con ella, imaginarla y dirigirle la palabra sin perder la cabeza ni responder al cada vez más fuerte impulso de besarla. Evocó el olor de su piel, mismo que se le impregnaba en la ropa cuando la apretaba contra sí y la vez que ella había dormido junto a él luego de hacer una fogata en verano con toda la familia. Desde esa noche se moría por sentir sus brazos y verla despertar cada mañana; de hacerle el amor de verdad y no tener que correr con Susanna o con Alondra para evitar una estupidez. Pero no tenía el valor. Aunque lo despreciara o le huyera, Katarina sabría al menos que un hombre le amaba y que eso explicaba varias actitudes, gestos protectores, ausencias... Y luego volteó hacia Carlota Liukin, odiando admitir que se había topado con una mejor patinadora, una chica más bonita, alguien que se atrevía a existir y volvería a jugarse el pellejo aunque la descubrieran en una cama junto a Marat Safin otra vez. Maragaglio era envidioso pero le avergonzaba serlo con una niña que desde ya, tenía el derecho de contar una gran historia.

La Rue Cambon se caracteriza por elegantes boutiques y exclusivos negocios de todo tipo y a un par de aparadores de la famosa tienda Chanel se ubicaba una pequeña clínica de oftalmología y optometría perteneciente a Hervé Harel - Pitkeev, un cirujano ocular que era conocido por su eficiencia. El doctor Harel hablaba español y ruso y su clientela se componía de altos funcionarios del Gobierno Mundial y magnates que pagaban sus estratosféricos honorarios. Sin embargo, Harel había conocido a Maurizio Maragaglio en su anterior visita a París y se había interesado por su caso, al punto de agendarle un encuentro abierto para poder discutir de unos estudios que se había realizado. Carlota se sorprendió de que el médico los recibiera en la puerta y se alegrara de que Maragaglio decidiera volver tan pronto.

-Veo que traes compañía ¿son tus hijos? - tradujo Marat a Harel con desconcierto.
-¿No conoces a la señorita Liukin? - preguntó el sonriente Maragaglio.
-Siento no tener el gusto.
-Me alegra verle, doctor Harel.

Carlota y Marat se introdujeron a la clínica con la seguridad de que Maragaglio les pediría silencio al respecto. A donde posaran la vista, encontraban muchas plantas y un pequeño estanque con un par de ranas y un enorme sapo que provocaron los gritos de la joven Liukin.

-¡Aléjenme esas porquerías!
-Sólo son animalitos.
-¿Cómo puedes tocarlos, Marat?
-¿Por qué los odias? ¿Qué te han hecho?
-Me dan pesadillas y ¡ay por Dios!
-Sólo te saltó una indefensa rana encima, Carlota.
-¡Quítala, quítala!
-Mira, no te ha hecho nada.

Marat se reía y Carlota lloraba del susto.

-Esto es serio, compórtense - reprendió Maragaglio y los hizo seguir al doctor Harel, que apenas entró a su oficina abrió un expediente. Carlota nunca supo cómo, pero el propio Maragaglio sacó un sobre amarillo de su abrigo.

-¿Cambiaste de graduación hace dos meses? - dijo Harel.
-Hace tres pero solicité otro examen hace una semana y pedí que me dieran el resultado en sobre cerrado para que pudieras leerlo - replicó Maragaglio.
-De todas formas te haré una prueba enseguida - Harel revisó el contenido - No me agrada lo que estoy leyendo.
-¿Necesitaré lentes nuevos?
-Quiero confirmar un resultado. Por aquí.

Marat Safin no traducía a Harel de buena gana y le daba mala espina que la conversación fuera tan natural. Sobreentendiendo que el médico continuaría exponiendo en ruso, no quiso ser más descortés y entró con Maragaglio a una habitación con proyector de letras digitales y un foróptero. Esa palabra fue un descubrimiento para él al mismo tiempo que Carlota permanecía afuera, curioseando en los esquemas del ojo humano y un catalejo que Harel tenía en su oficina.

-Maragaglio, sabes el procedimiento  - oyó Carlota y entendió que él miraría a un cartel con letras. La voz de Marat igualmente se percibía y no tardó en delatar que Maragaglio experimentaba problemas luego de un par de líneas.

-Ahora apagaré las luces y me dirás qué proyecciones ves - pronunciaba Marat y ocurría lo mismo.

-Te mostraré una serie nueva e iré cambiando los filtros hasta que me indiques que la distingues perfectamente - instruyó Harel y Maragaglio no se detuvo durante unos minutos hasta que logró leer con ambos ojos sin dudar. Para ese instante, Marat compartía la preocupación del oftalmólogo ya que, a diferencia del paciente, no le había costado trabajo reconocer forma alguna ni de cerca ni de lejos, tampoco batallaba en la oscuridad ni entrecerraba los párpados.

Cuando Carlota Liukin no supo más que del silencio, comprendió que algo andaba mal. La sala de optometría, cuya puerta abrió para saber, estaba solitaria pero el espacio contiguo no y aunque el sentido común le indicaba no girar la perilla, de igual forma se introdujo. Las pruebas de Maragaglio se habían prolongado y Harel apenas decía algo.

-¿Qué haces aquí? - preguntó Marat.
-Se están tardando ¿Qué pasó?
-Harel le tomó la presión ocular a Maragaglio.
-¿Eso se puede?
-También le hizo una prueba cromática, le revisó los ojos y están repitiendo las pruebas en el foróptero.
-¿En el qué?
-El aparato donde sacan la lectura para la graduación de los anteojos.
-Ah... ¿Y qué tal?

Marat comprendió que debía guardar silencio y Harel, haciendo el esfuerzo de hablar con un mal italiano, comunicó las noticias:

-Maragaglio, es la tercera vez en el año que cambias de graduación. No es normal.
-¿Cuántas dioptrías son ahora?
-Pasaste de diez a dieciséis.
-No dejo de usar los lentes.
-Debes entender que... Que tienes miopía magna y sospecho que puede volverse degenerativa.
-¿Perdona?
-Empeoraste demasiado en tres meses, tu riesgo de ceguera se ha vuelto severo y temo que desarrolles glaucoma.
-Es un juego...
-Tu presión ocular no es alentadora. Otro escenario es que tus retinas se desprendan y eso no tiene remedio.
-¿Sería ciego?
-No eres candidato a cirugía correctiva, lo siento.
-Sólo es miopía.
-Necesitas conservar la graduación actual al menos dos años y que tu presión no aumente.
-¿Y el implante intraocular?
-Es lo mismo. Si no eres estable, no puedo actuar.
-Has operado a gente que está peor que yo.
-Maragaglio, no voy a mentir. El oftalmólogo que te trata en Venecia tiene razón, en tu condición es preferible esperar.
-¿Esperar? ¿Qué clase de respuesta es esa?
-Quiero que vuelvas en tres meses. Haré lo que pueda pero el aumento de tus lecturas en un año no son para pensar en buenas expectativas y tus antecedentes familiares tampoco me dan un mejor escenario.
-¿Hay algo que pueda hacer?
-No dejes de usar tus anteojos y ven a consulta.
-¿Es todo?
-Tendré tus lentes nuevos mañana y te daré gotas para aliviar un poco tu presión ¿Los envío al Edificio Meliés?
-¿Lo único que harás será darme eso?

Maragaglio se levantó violentamente.

-Tranquilo - susurró Carlota.
-¡Maldita sea! - declaró Maragaglio y salió de la habitación como si fuera presa de una gran furia. Marat fue quien recibió de manos del doctor Harel los resultados de las pruebas y luego de darle las gracias, fue con Carlota de la mano.

-¿Dónde diablos se metió Maragaglio?
-No salió de esta calle, eso te lo juro.
-Carlota ¿crees que aparezca en un bar?
-¿Por qué?
-Notaste que le gusta el vino. Me contaste.
-Nos separaremos. Tú buscarás en esta acera y yo en la otra. Te veo en media hora.
-¿Segura?
-No se iría lejos, me tiene que cuidar.

Carlota aguardó a la luz roja del semáforo y cruzó como alma que lleva el diablo. Marat la perdió pronto y la búsqueda llevaba a ambos a saber que había demasiados bares y que en los hoteles no habían visto a Maragaglio. Aunque se tentaban de avisar a Maurizio Leoncavallo, fue la joven Liukin quien halló a su escolta bebiendo de golpe media botella vino tinto en un local pequeñito que olía a cerveza y a desinfectante y que pronto se llenaría de snobs y casi famosos. Aunque tuviera prohibida la entrada, Carlota Liukin atravesó la puerta giratoria.

-Lárgate - le recibió Maragaglio.
-Tenemos que ir a casa.
-Vete al infierno.
-Me quedaré aquí.
-Te echarán y me dará risa.
-Creí que trabajabas.
-Renuncio.
-¡Maragaglio!
-¡Maldita sea, Carlota! Piérdete con Marat ¡Déjame solo!
-Preguntarán por ti.
-¿Ahora te importa? Porque ayer escupiste en mi cara.
-Perdón.
-¿Qué se siente ser tan atrevida?
-¿De qué hablas?
-Soy un miserable y no debo juzgarte.
-No digas eso.
-Un día, mi abuelo pagó por la mujer más hermosa. Era mi treceavo cumpleaños y ese fue mi regalo. También mis primos pasaron por eso y Maurizio tuvo su primera noche de la misma forma. En cambio, tú te has dado el lujo de que Marat te guste y sea bajo tus condiciones. No le contaré a tu padre pero cuídate.

Maragaglio terminó su botella enseguida.

-Maldita sea.
-No maldigas.
-Carlota, abandona esa actitud comprensiva en la que ni tú crees.
-No bebas.
-Mi vida terminó.
-No es así.
-Me nombraron Director Regional de Intelligenza del corredor Lombardia - Piemonte esta mañana ¿Sabes cuánto trabajé por eso? Y estoy tan cerca de atrapar a Sergei Trankov ¿qué hará Intelligenza si quedo ciego o descubren esta consulta? Tendré que abandonar mi puesto, me darían de baja en la Polizia y ¿qué haré yo?
-Estarás bien y tomarás tu ascenso.
-Oíste a Harel ¡Lo que me pasa no es normal!
-Tal vez te controles.
-¡La miopía sólo avanza!... Tenía esperanza con la cirugía.
-Estarás bien - repitió ella.
-¿Qué ocurrirá si no vuelvo a ver a mis hijos?
-Maragaglio...
-No podré mirar los ojos de Katarina, ni su risa. Ella no querrá a un hombre ciego y tampoco lo merece.
-Tu familia te quiere.

"Yo sólo quiero a Katy" pensó Maragaglio y abandonó el bar sin reparar en Carlota. Ella intentó seguirlo pero esta vez, él había desaparecido.

Maragaglio caminó desconsolado por París, evitando alzar la mirada, soportando que sus inútiles lentes apretaran su nariz y la lluvia vespertina cayera sobre él. Su celular no paró de sonar durante el resto de la tarde y dejó que la batería se le agotara hasta que, cansado, con frío y a oscuras llegó a Les Halles pero no a la parte bonita, sino a las callejuelas con olor a grasa y fachadas con focos rojos. Poco a poco, fue entendiendo la situación y evadiendo prostitutas hasta que el olor a cerezas baratas de una le hizo alzar la cara.

La joven en cuestión era bajita, con el cabello lacio y negro. Aquello no atrajo a Maragaglio pero su vestido rosa, su suéter blanco y su sorprendente aire a Katarina Leoncavallo lo llevaron a besarla de inmediato, como si fuera una bestia hambrienta.

-¡Suéltame, idiota! - reaccionó ella, propinándole una cachetada.
-¿Cómo te llamas?
-Un extranjero, maldición.
-Adiós.

Maragaglio no pudo evitar darse de topes, razón que le provocó un fuerte descuido. Adelina Tuktamysheva lo había seguido desde Cambon y en lugar de informar a Sergei Trankov, decidió jugar hasta revelarse un punto débil. Como a ella le encantaban más las coincidencias que las misiones, se aproximó a la irritada trabajadora.

-¿Y tú qué, niñita?
-Tengo un trato.
-¿Es el día de los estúpidos?
-Tal vez esto te interese - Adelina sacó una pequeña bolsa con cocaína y el semblante de la otra cambió.

-¿Qué quieres que haga?
-Que te acuestes con un policía.
-¿Estás loca?
-Ve por ese imbécil que te besó.
-¿Cuándo me darás....?
-¿El polvito? Cuando hayas terminado, aunque puedo darte una línea ahora y 50€ de anticipo.
-¿Por qué lo quieres fastidiar?
-Sin preguntas.
-Me puede arrestar.
-Te pareces a su prima, eso servirá.
-¿Su qué?
-Sé dulce y tierna. Dile que te llamas Katrina porque se parece a Katarina. No se te vaya a olvidar que quiero detalles de todo lo que pase. Te veo aquí mañana.

La falsa Katrina inhaló una dosis y luego de recibir el dinero, corrió tras Maragaglio, cubriéndolo con su sombrilla.

-Te resfriarás - comenzó ella.
-Era un idiota allá atrás.
-No quise ofenderte.
-No traigo dinero, razón tienes en echarme.
-Me diste un beso.
-No importa.
-No todo son billetes ¿qué tienes?
-Será mejor que me vaya.
-Me llamo Katrina, cariño

El hombre contempló a la mentirosa chica, seguro de que estaba pasando frío.

-¿Quieres venir conmigo?
-Ay ¿por qué lloras, cariño?
-¿Qué?
-Dame esos lentes.
-No puedo ver sin ellos.
-Tienes un lindo rostro.
-Devuélvemelos, por favor.
-¿Tuviste un mal día?
-¡Katrina, basta!

Maragaglio arrebató sus lentes con tanta fuerza, que lastimó a la prostituta.

-¡Piérdete, idiota! - reclamó ella.
-¡Lo siento!
-¡Querías arrancarme la mano!
-¡Katrina, perdóname!
-Voy a irme.
-¡No!
-¡Estás asustándome!

Como ella lagrimeara de dolor, él la abrazó enseguida.

-Estás empapado.
-¿Fui muy rudo?
-¿Qué te pasa?
-¿En serio te llamas Katrina?
-¿Necesitas que lo escriba en mi cara?

Maragaglio había perdido cualquier noción de cordura y volvió a besar a la joven.

-Cariño...
-Eres bella.
-Gracias, creo.
-Ese vestido me gusta mucho.
-¿Qué buscas?
-Katrina, no puedo pagarte por esta noche.
-¿Qué te ha pasado?
-¿Puedo llamarte "Katarina"?
-Lo que tú digas.
-¿Puedo decirte que te amo?
-Soy prostituta, corazón. No lo hagas.
-No se lo he confesado a ella.
-¿Eso te tiene triste?
-Es muy joven y no me entendería.
-¿Por qué?
-Soy viejo y también un estorbo.
-¿Es lo que te tiene así?

Maragaglio apretó a esa chica.

-Te pareces tanto...
-Puedo ser lo que me pidas ¿Necesitas desahogarte?
-Debo regresar al trabajo.
-Cariño, no estás bien.
-Deseo tocarte y no puedo.
-No llores más.
-¿Soy tan patético?
-Voy a ser tu Katarina esta noche, corazón.
-Te pagaré, lo prometo.
-Necesitas que te consienta en la tina y te dé toda clase de besos.
-¿Te interesa estar con un ciego como yo?
-Seré tu Katarina y no me debes nada.
-Aguarda...
-Dime tu nombre.

Maragaglio seguía indeciso y apenas mirándola, pronunció:

-Maurizio.
-Me gusta.
-Yo te daré el dinero que me pidas.
-No todo se paga con billetes en este negocio, Maurizio.
-Katrina...
-Katarina para ti.

La joven tomó de la mano a Maragaglio y lo condujo a un hotel pequeño, de mal gusto, barato y oscuro en otro callejón de Les Halles. Él aun dudaba pero le bastó con retirarse los lentes para enredarse en aquella fantasía que no sabía si le haría bien o mal. No tardó en sentir el agua y los besos por su cuerpo y contempló en un espejo a esa Katarina de mentira que se despojaba de su inocente vestido y le sonreía por verle reaccionar con timidez y cierta dosis de incredulidad. El mundo, su ceguera, el trabajo y los demás se quedaban afuera.