martes, 8 de febrero de 2022

Las pestes también se van (For the peace of all mankind)


Miércoles, 20 de noviembre de 2002. Hospital San Marco della Pietà. Venecia, Italia.

Cuando el reloj marcó que faltaban veinte minutos para las dos de la tarde, se supo que Marco Antonioni era el nuevo paciente del quinto piso y ocuparía un lugar entre Tennant Lutz y Julia Töivonen en la habitación número ocho. Aquello provocó que Maeva Nicholas y Susanna Maragaglio prestaran más atención a su alrededor y Alessandro Gatell volteaba a mirarlas con la expectativa de detener una posible pelea. Sin embargo, era Tennant Lutz quien abiertamente declaraba su rechazo al nuevo vecino y esperaba echarlo cuando antes, no sin reclamarle a nombre de Miguel Louvier, sin obtener siquiera que el chico volteara a verlo.

La lluvia estaba dejando Venecia y un ligero chubasco se hacía sentir al descubrir que otra sorpresa había llegado sin preguntar. Katarina Leoncavallo estaría junto a Marco en todo momento y su mascarilla de oxígeno no era tan grande como habían afirmado los rumores del hospital. Ella fue colocada al lado izquierdo de Juulia Töivonen y ante el asombro de Gatell, se comportaba de forma más adecuada que los demás.

-Katarina, poco a poco iremos disminuyendo el oxígeno para probar que respiras mejor. El cambio de antiviral te hizo muy bien y comenzaremos con la dieta que te recomendó la nutrióloga. Procura descansar y no tomes más agua de la permitida ¿De acuerdo?... Eh, Marco, mañana te realizan el estudio de corazón así que cenarás temprano y por favor, trata de estar tranquilo. Vigilas que Katarina se termine la comida y que no la vomite, por favor. Descansen - indicaba Bruno Pelletier.
-¡Doctor! ¿Llamó mi hermano? - preguntó la joven Leoncavallo.
-Le he dicho lo que me has pedido, aunque no ganas nada haciéndole creer que sigues en Terapia Intensiva.
-Lo siento.
-He tenido que avisarle de Marco.
-¡Entonces dígale la verdad mañana! 
-Muy bien pero ¡Quietos, niños! ¿Podrían dejar de abrazarse y dedicarse a dormir?

Ante el desconcierto de Juulia, Tennant y Gatell, Katarina se aferraba a los largos brazos de su nuevo novio y le aconsejaba cerrar los ojos para que ambos se repusieran más rápido para que al llegar el horario de comida no resintieran su falta de descanso. A ambos los cubriría una manta de color marfil.

-¡Lo olvidaba, Katarina! Te voy a retirar las pastillas para dormir, ya vi que no las necesitas - señaló Pelletier al revisar otro papel, pero apenas alzó la vista, la descubrió besando a Marco y acomodándose para no tener frío de nuevo.

-La mascarilla también se irá por lo que estoy viendo - murmuró divertido y un tanto sorprendido porque la joven recuperara energías. Al salir al pasillo, Gatell mismo se encargaría de sacarlo del ensueño al decirle que Katarina volvería a sentir dolor una vez que su adrenalina hubiera pasado.

-¿Revisaste sus papeles? 
-Por eso me ocupo de que siga la dieta, doctor Gatell.
-¿La vas a llenar de calcio?
-También de proteínas porque ha estado perdiendo masa muscular... Gatell ¿Le hablaste de este asunto? 
-¿Ella está consciente de que es serio? Cuando le mandé a hacer los estudios, le compartí mis sospechas.
-¿Qué le dijiste?
-Que su peso es bajo.
-¿Te habló de los escalofríos?
-Le dieron por la fiebre.
-¿No te mencionó que lleva un mes sintiéndolos? Tampoco le notificaste su osteopenia.
-No me dio tiempo.
-Como sea, yo la atiendo.
-¿Omití algo?
-Preguntarle qué come y asegurarte de que tomara vitaminas. 
-Le pedí análisis de sangre.
-Pero llegaron antes de que enfermaras y no los leíste. Iré a llenar documentos y hacer revisiones, me retiro.

Pelletier se alejó feliz de hacer una reprimenda a Gatell y luego de pasar a otra habitación con algunos pacientes rezagados, pensó mucho en Katarina Leoncavallo y Marco Antonioni. A él lo conocía desde hacía tiempo, era su paciente y llevaba meses sugiriéndole abandonar su empleo de gondolier. También recordaba sus largas charlas sobre Katarina, las confidencias de escasas frases compartidas, la rutina de acompañarla a casa ante las incesantes miradas de Maurizio Leoncavallo o de Maragaglio. La vez que ambos se encontraron en la biblioteca y ella se había reprimido tanto, que en lugar de leer, había llorado por la impotencia de saberse vigilada. Para Pelletier, ayudar a alguien que consideraba su amigo era un gran gesto y por eso había aprovechado la oportunidad para lograr que la pareja al fin se encontrase, así el método fuera un tanto ortodoxo y hasta vulgar. Al menos, podía estar con ambos mientras sanaban y desear lo mejor, a salvo de que los dominantes Leoncavallo se atrevieran a intervenir en lo inevitable.

Luego de hacer llamadas extra a familiares de enfermos que iban mejorando, las enfermeras y otros médicos tomaron descanso. El horario de comida estaba por comenzar y el tal Tommy Gunn se levantó de la cama para caminar un poco. Aunque llevaba un tanque de oxígeno consigo, había oído sobre la presencia de Katarina y quiso verla, curioso por la bata de enferma a la que el sudor volvía transparente. Era tal la belleza, que los primeros sobrevivientes de Terapia Intensiva contaban cómo eran sus muslos, cómo su cintura se marcaba y cómo la sombra seductora de su pecho los obligaba a maldecir la prenda que lo cubría. A una mujer así, no podía dejársele ir.

Tommy fue asomándose en cada habitación de la quinta planta y luego de encontrarse a Maeva Nicholas para no dirigirle la palabra, se dirigió a la siguiente puerta, encontrando al desconocido Tennant Lutz reclamando y llamando "descarada" a Katarina sin pudor. Una cortina rosa mate separaba la cama de junto y Tommy entonces sorprendió a Marco Antonioni besando a la chica mientras ésta intentaba correr otra tela rosa para impedir la vista de la boquiabierta y desconcertada Juulia Töivonen. Tal y como los rumores habían prometido, la bata de Katarina Leoncavallo dejaba ver la exacta forma de su cuerpo y de no ser porque Marco la abrazaba, no habría hecho falta verla desnuda. El hombre se impresionó tanto, que prácticamente salió corriendo para buscar un sitio donde pudiera estar solo.

-Oye ¿Qué hay de Maurizio? ¿Él sabe de esto? - alcanzó a preguntar Juulia.
-Que se vaya al diablo - murmuró la joven Leoncavallo.
-Muchas gracias.
-¿Podrías ayudar con la cortina?
-Supongo que sí.

La joven Töivonen cumplió la petición y de paso, le sugirió a Tennant Lutz cerrar la boca. Aquél no quería ceder y prometía que Miguel iba a tomarse tan en serio el asunto, que no quedaría ni rastro de Marco. Los enamorados se reían de él sin malicia y continuaban con sus abrazos y caricias mientras respiraban a momentos con sus mascarillas para no sofocarse.

En el hospital podía sentirse una vibra un poco más relajada que en los días anteriores y un necesario silencio se instaló en cada rincón junto a efímeros rayos de sol. La proximidad del invierno se anunciaba en las ventanas empañadas, pero cualquier quejoso podía ser feliz con un poco de mimos de parte del personal. Las bandejas con comida y agua empezaron a ser repartidas y el asco de Maeva Nicholas motivaba a Susanna Maragaglio a levantarse y tratar de alimentarla adoptando una posición maternal que en esa instancia no sabía si era hipócrita. Las dos mujeres apenas se miraban, no disimulaban la incomodidad, pero lograban consumir un plato de pasta.

-Me dijeron que Ricardo está en un hotel - contó Maeva luego de esforzarse con un bocado. Susanna sonrió como si aquello le diera pena y replicó preguntando.

-¿Por qué lo metieron en uno?
-Para que no ande contagiando. No sé mucho, sólo que se queda con Miguel.
-Han de estar angustiados por Tennant.
-¿Quién no? Se puso peor que yo.
-Él no devuelve cada cosa que pasa a su estómago.
-Prometo no hacerlo hoy.
-Maeva, es normal.
-Esto duele. 
-Algo, pero es más difícil no respirar.
-Es cierto. Escuché que Katarina llegó tan mal, que la iban a intubar.
-Era nuestro temor en casa, pero resistió.
-Tienen que agradecerle a Ricardo.
-¡Ay, Maeva! 
-Oye, Susanna ¿Es cierto que Maragaglio vendrá a verte?
-No creo que lo dejen pasar... Pero me habías oído antes, tramposa.
-Al menos tu hombre está sano.
-Me interesa que cuide a los niños.
-¿Se quedaron solos?
-Los llevaron con mi hermana.
-Eso está bien.
-¡Con que Anna no se peleé con Maragaglio!

Aquella conversación se escuchó perfectamente en la habitación contigua, cuando Katarina y Marco interrumpían sus demostraciones de afecto por prestar atención a sus charolas con comida. Incluso, el impertinente Tennant establecía tregua para acabar con su hambre y divertirse un poco, comentando que sentía un olor familiar cerca y quizás era señal de que se recuperaría pronto. Juulia guardaba silencio y se limitaba a alimentarse con una gran sonrisa.

-¿Qué te dieron? - preguntó Marco.
-Tengo pescado, pasta, una ensalada verde, un pudín de chocolate y creo que muesli... ¿Cómo me voy a comer todo esto? ¿Por qué tu bandeja está más vacía? - se asustaba Katarina.
-Dijeron que te darían dulce.
-El pescado está salado.
-Claro que no.
-¡No como sal!
-Por eso te sabe así.
-¡Es horrible!

Entonces otra voz se escuchó.

-La sal es para estimular tu apetito - dijo el doctor Pelletier.
-¿Qué? Sólo me dará sed - se quejó ella.
-Necesito que te acabes todo. 
-Esto es incomible; Marco no tiene tantas especias.
-Haré que subas de peso, Katarina.
-¿Con cuánto salí?
-Cuarenta kilos.
-Ah, con razón me siento mal.
-Milagro que no te hayas fracturado o desmayado.
-¿En serio puedo... Usted sabe, acabarme toda la comida?
-Si no lo haces, te quito a Marco de junto.

Katarina se rió y enseguida ingirió cada cosa que le habían servido con previsible voracidad. Pelletier la miró con agrado y se retiró al pasillo para revisar unas evaluaciones antes de tomar su propio almuerzo en otra parte. Alessandro Gatell no le cuestionaba; no tenía argumentos para ello y cierta vergüenza se apoderó de él al notar que su colega atendía a la joven Leoncavallo de manera más acertada. Claro, podía acusarlo de ser poco ético al consentir que Marco Antonioni estuviera con ella pero, dado el hacinamiento, había una causa un tanto justificable. Sin embargo, era capaz de decir que Katarina tenía razón: Los alimentos eran terribles; los pacientes los consumían por no existir alternativas. Si había que hacer un reporte, debía ser sobre la cocina y su menú desastroso de pescado.

-¡Te daría chocolate si no te lo hubieran prohibido, Marco! - exclamaba ella y todos se daban cuenta de que la joven probaba el postre con desbordado entusiasmo. 

-Es asqueroso - se quejó Tennant Lutz al lograr olfatear su raciones y también al percatarse de que la pareja de junto desbordaba de hormonas.

-Tu boca sabe a chocolate, Katarina - expresaba Marco y la besaba sin querer despegársele. Sin embargo, fue el mismo Tennant el que, alegre de recuperar su sentido más preciado, notó que el aroma familiar que le agradaba se mezclaba con el de la chica Leoncavallo con bastante fuerza. Marco Antonioni olía a madera y sal como cualquier gondolier; Katarina soltaba una dulce fragancia de miel, pero un espíritu de sándalo y alcohol desconcertó al chico y luego de correr un poco la cortina para percibir mejor, descubrió lo que no hubiera anhelado. 

-¡Katarina, eres una maldita bruja! - gritó Tennant, pero sus vecinos no le hicieron caso y él mostró su cara de decepción involuntariamente a Susanna Maragaglio al volver ésta a su lugar junto al doctor Gatell.

-¿Estás bien? - le inquirió ella e inquieta, se acercó para saber qué ocurría. Tennant no habló y se limitó a terminar sus raciones con enojo creciente, incrédulo igualmente. 

-Si van a pelear, háganlo fuera de este hospital - pidió Gatell y el ánimo volvió a calmarse, al punto de que no había ruido ni voces después de unos minutos. Así transcurrió una hora un tanto aburrida, con apenas lluvia al exterior; con el sol un poco más resplandeciente. Cuando el personal volvió a sus labores, Katarina y Marco dormían aparentemente, cada uno en su propia cama, ella aferrándose a su manta para no sentir tanto frío, a pesar de seguir sudando sin parar. Su olor era intenso para Tennant, quien no sabía si se hallaba asqueado o con hartazgo de saber sobre las aventuras de los demás, de tener certeza de quién había tenido sexo con tal o cuál persona. Ahora entendía que Katarina Leoncavallo había provocado un lío peor al previsto y lo más grave era saber que Ricardo Liukin era corresponsable en la misma proporción. Temía provocar un escándalo o que su voz se oyera por todo el pasillo, así que movió la cortina de nueva cuenta cuando los encargados de la cocina se retiraron luego de asear un poco el lugar para no dejar restos de comida.

-Katarina ¿Estuviste con mi padre? - curioseó con tono bajo.
-Él me trajo - respondió ella con un murmuro.
-¿Dónde estaban?
-¿Qué quieres saber?
-Te acostaste con él.
-¿Qué?
-¡Hueles! 
-¿De verdad? Me bañaré cuando me sienta menos rara.
-¿No lo niegas?
-Le prometí hablar con Miguel y no verlo.
-¿Qué rayos? ¡Eres una...!

Tennant no completó su frase.

-Ella te oyó, dejala en paz - intervino Marco y enseguida besó a su novia, además de tapar la vista del vecino sin miramientos. El joven Lutz se quedó sin palabras, tratando de entender lo ocurrido cuando reparó en que una nueva explosión de hormonas invadía su agotado olfato. Callado y con mayor enojo, decidió batallar una vez más, pero al descubrir la tela rosa, se topó con la visión de Katarina Leoncavallo desvestida, bella.

-Increíble - expresó Tennant y regresó a su lugar para no seguir mirando. Una involuntaria satisfacción le daba la oportunidad de estar más tranquilo, entendiendo de golpe lo que la chica provocaba en cualquier hombre cuerdo o estúpido que se cruzara delante. Gracias a una sombra, se dio cuenta de que Marco correspondía al deseo femenino después de preguntar por el consentimiento y no quiso enterarse de lo demás. De pronto, el asunto con Miguel se hallaba resuelto y los Liukin se habían librado de Katarina rápidamente. Un complot familiar no era necesario, pero el costo de la lejanía era terrible y delatar o esconder lo pondría contra la pared. Más que nunca, Tennant deseó no ser un bocón y recordó entonces que le debía su lealtad a Ricardo Liukin, el único ser humano que le había aceptado en un momento vulnerable y era incapaz de juzgarlo por las decisiones tontas que acostumbraba tomar.

-¿Qué hiciste, papá? - se dijo a sí mismo y observó al doctor Pelletier entrando al cuarto dispuesto a seguir con sus anotaciones. La cara de cautivo le apareció casi enseguida y Tennant adivinó bien.

Pelletier miraba la espalda de Katarina Leoncavallo y a Marco Antonioni amándola con besos lentos y sus manos temblorosas. Ella incluso se ataba el cabello para dejar libre su cuello y despejar su rostro antes de dejarse llevar por el ritmo de su novio, al que no paraba de susurrarle que le amaba mucho.

Cuando los ojos del médico se posaron en la cintura de ella, este pensó que era momento de apartar a la pareja para prevenirse un regaño. No lo haría. Optó por respetar su privacidad y se prometió no sorprenderlos haciendo el amor otra vez. Y tomando en cuenta la espera mutua, era natural que ambos jóvenes no necesitaran más tiempo para decidir algo tan importante.

viernes, 7 de enero de 2022

Caminar juntos (Cuento por la Navidad Ortodoxa)


Tell no Tales, miércoles 20 de noviembre de 2002.

Lleyton Eckhart había pasado días enteros revisando documentos y consultando especialistas por lo ocurrido en el canal Saint Michel, razón que lo motivó a tomar un paseo cuando pudo concretar un expediente preliminar para la demanda. Hacía mucho calor al llegar a la playa cercana al cementerio, pero al levantar la vista se dio cuenta de que la familia Mukhin estaba haciendo picnic sobre una de las tumbas. Bèrenice y Luiz parecían comer empanadas y ella gritaba entusiasta "¡Son de carne! ¡Son de carne!".

-Bèrenice ¿Tú quieres que toda la ciudad venga a pelear con nosotros? ¡La gente todavía no tiene comida suficiente! - regañaba Micaela Mukhin y la chica demostraba su gesto de pena mientras masticaba como una niña. Roland Mukhin, menos ocupado en aquel reproche, notó la presencia de Lleyton Eckhart y lo hizo saber.

-Bèrenice, vino tu amigo.
-¿Quién, Marat?
-El tal Lleyton.
-¿Dónde está?
-Asómate.
-¿Qué hace ahí? 
-¿Por qué no lo invitas?
-¿Qué? No creo que venga.
-Llámalo.
-Mejor voy por él.
-¡Oye, termina el bocado prime...! ¡Estás embarazada, ten cuidado!

La mujer bajó la cuesta y casi corriendo, se acercó a Lleyton, sosteniéndolo del brazo para detenerse. Luiz sólo asomaba su cabeza sin curiosidad desde la distancia.

-¡Hola, señor Lleyton! 
-¡Bèrenice, cálmate!
-¡Perdón! Es que lo invito a comer.
-¿Qué?
-¿Quiere empanadas? Son de carne.
-¿De qué? 
-Tiene hambre.
-¿Cómo sabes?
-A veces Claudia habla de usted.
-¿La señorita Muriedas?
-Dice que siempre que consigue algo, lo regala. Venga, un poco de comida no le caerá mal.

Ella sonrió inocentemente y él la siguió al sostener su mano, sin evitar mirarla.

-¿Qué tal su novia, señor?
-Tú siempre tan parlanchina.
-¿Rompieron?
-No.
-¿Entonces? Supe que no la ve.
-Ella está ayudando en las caballerizas de la campiña, es normal que sólo podamos estar juntos en la noche y siempre la dejo en su casa.
-¿Le gustan los caballos?
-Dan mucho trabajo y no tengo tiempo.
-Qué lástima.
-¿Qué has hecho?
-¿Yo? Ayer cerramos la cantina, no tenemos suficiente salkau, ni vino, ni pistaches... No hay qué servir.
-Los ebrios deben estar enojados.
-Don jefe y pequeño jefe fueron a un molino para ver si pueden conseguir sémola. Se nos acabó hasta la sopa de pan.
-Son días difíciles para todos.
-En casa no la pasamos tan mal y puedo invitarlo, Lleyton.

Ella lo guió hacia el grupo luego de jalarlo de la mano. La tumba donde se apoyaba una gran canasta estaba cubierta de decoraciones de papel morado y un curioso retrato en blanco y negro era abrazado por Micaela Mukhin. A Lleyton Eckhart le costaba no sentirse incómodo por ello al aproximarse y ver a Luiz con su actitud tan ligera le alimentaba ciertos celos que pretendía ocultar.

-Dénle al señor Eckhart una empanada y algo de beber, que no piense que somos descorteses - saludaba Roland Mikhin y su hija obedecía inmediatamente con una gran sonrisa. El invitado no sabía qué hacer, salvo preguntas.

-¿Cómo consiguieron la carne? Creí que nadie tenía en la ciudad - preguntó Lleyton.
-La pedimos a un carnicero en Vichy - contestó Roland.
-¿Fueron al pueblo?
-Luiz lo hizo. Afortunadamente le vendieron cuánto quiso y nos trajo botes de pistaches y mermelada de arándanos.
-¿Pistaches?
-¿No le gusta el pan de pistache, señor Eckhart?
-Me sorprende que hayan podido comprar algo.
-No todo el país sufre desabasto ¿Cuándo van a arreglar el de aquí? 
-Pronto, el Ministro de Economía se encarga de eso.
-Los pistaches de los árboles se están agotando.
-Bueno, al menos se liberó la fruta que Industrias Izbasa cosecharía este otoño. 

Roland miraba a Lleyton como si este mintiera, pero eligió conservar la paz del picnic al notar que Bérenice y Luiz se reían de un chiste malo y su esposa miraba al mar sin abandonar la ingesta de empanadas. 

-Señor Eckhart, tenga confianza y coma - prosiguió.
-Me cuesta trabajo.
-¿Todo bien con la consciencia?
-Uno cree en sus amigos.
-Siempre van a fallar.
-Lo aprendo tarde.

Bèrenice volteó a ver a ambos hombres y Lleyton finalmente se animó a dar un bocado sin evitar sentir que su estómago descansaba de la dieta de café diluido de la última semana. Tampoco había dormido bien y sus grandes ojeras delataban igualmente sus ojos irritados y sus brazos cansados.

-¿A usted le gustan las cerezas? - preguntó Micaela Mukhin de repente y Lleyton supo que le estaban integrando a una conversación familiar.

-Hace mucho que no las como.
-¿Y las grosellas?
-He olvidado su sabor.
-Se nota que usted es un hombre poco alegre.
-¿Por qué?
-Le gustarían los sabores dulces.
-Eh, debo confesar que me gustan los plátanos con pétalos de rosas.
-¿Los que venden en Láncry?
-¿Los ha probado, señora Mukhin?
-Tuve que hacerlo.
-Intenté hacer unos y creo que no funcionó.
-Muéstrenos sus manos.
-Aquí están.
-Se nota que nunca cocina.
-No suelo estar en casa.
-Se parece a nosotros, sólo que aprendimos a hacer la cena porque nos gusta comer juntos.

Lleyton se rió casual y terminó su primera empanada antes de recibir un vaso con agua mineral e intuir que no debía preguntar por la persona de la foto cuya cara parecía la de un pequeño duende. También reparó en que Bèrenice hallaba los segundos para mirarlo dulcemente mientras disfrutaba de una empanada de grosella de un tamaño particularmente pequeño. Así entendió que podía hablar con ella sin llamar la atención central y sin que intervinieran Luiz o los Mukhin para establecer una contención; sin importar que Roland Mukhin reconocía la atracción mutua entre su hija y aquel improvisado invitado sin meterse en el asunto.

-Tenías razón con elegir el peluche de pirata para mi sobrino, combina bien con su cuna y los regalos que le dieron de recién nacido. Gracias, Bèrenice.
-¡De nada, señor Lleyton!
-Incluso mandé poner detalles en la pared de su habitación y le instalé un timón.
-¿Se ve bonito?
-Podrá jugar bien cuando crezca un poco.
-Usted va a ser un súper tío.
-Más me vale.
-¡Nos veremos en el parque cuando nazca mi bebé!
-Los niños podrían ser amigos.
-¡Tendrían su banda pirata y nos veríamos mucho!

Ambos se rieron sin darse cuenta de que habían hecho su primer plan juntos e incluso brindaban al respecto. Parecía que tendrían numerosas citas en un futuro un tanto próximo y eso era razón para continuar con la dinámica de verse de vez en vez por el momento. No importaba que Luiz mencionara que también podrían jugar a la pelota con los niños u organizar una parrillada como la del otro día.

-¡Bèrenice! ¿Cómo sigue tu nariz? No he preguntado - continuó Lleyton.
-¿Por qué lo dice?
-Te di un balonazo.
-¡Ay, fue hace mucho! Jajajaja.
-Sangraste ese día.
-Pero no fue nada.
-Aun sigo apenado.
-Estoy bien.
-Te debo un helado.
-¡Uno de manzana!
-Prometo regalarte un bote cuando vuelva el abasto.
-Es un trato.
-Promesa, más bien.

A Lleyton Eckhart le sorprendía mencionar algo así y prefirió tomar más agua para callarse de una vez. Ella lo imitó.

-Parece que lloverá, el viento se está haciendo más frío - notó Micaela Mukhin y los demás voltearon a verla.

-Tendrás que ponerte un abrigo para trabajar mañana.
-Roland ¿Te quedarás en casa, verdad?
-Con esta silla, qué remedio.
-No me acompañarías a caminar por ahí en mi hora libre.
-No faltaría a algo tan importante.
-He pensado que tal vez dar un paseo nos hace falta.
-No hemos estado solos en un tiempo.
-¡Me pondré un vestido rosa!
-Y yo corbata.

Los Mukhin parecían felices y Luiz agregó que prepararía una sopa de calabaza para esperarlos en casa. Bèrenice entonces le alborotó más el cabello y él empezó a reírse.

-Que se diviertan mucho - remató Lleyton y los demás se sonrieron con él, como si olvidaran que seguían en el cementerio. Al poco rato, estaban todos ingiriendo las empanadas que quedaban en absoluto silencio, pero con miradas que delataban una enorme alegría por estar ahí. 

-¿Podríamos hablar? - susurró Lleyton a Bèrenice en voz baja en cuanto la canasta se vació. Ella aguardó a terminar su bocado para aceptar y enseguida, él propuso verse en el supermercado de productos de bebés de la otra vez, frente al pino de su área de descanso.

-¿Qué querrás decirme? - curioseó la joven.
-Lo averiguaremos.
-Lleyton...
-¿Berenice?
-Nada, mejor en nuestra cita.
-¿Segura?
-Caminaremos mientras compro chucherías y llevaré a Scott para escogerle un overol y una gorra. Espérame al mediodía.
-Ahí estaré.

El picnic siguió cuando Roland se abrió otra botella de agua mineral y Micaela Mukhin colocó el retrato blanco y negro sobre la tumba donde tomaba asiento. La plática familiar se reanudaba y resultaba tan divertida, que a nadie le interesaba cuánto se prolongara. Los Mukhin parecían tener una conversación interminable e incluso Luiz, que había permanecido expectante, era capaz de provocar risas con sólo abrir la boca, sin mucho esfuerzo en contar cualquier anécdota reciente al lado de Bèrenice.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Las pestes también se van (Susanna y Maeva)


Miércoles, 20 de noviembre de 2002. Venecia, Italia.

San Marco Della Pietà era un hospital más o menos grande para la ciudad de Venecia y junto al de Cannaregio, uno de los que más pacientes atendían durante la súbita emergencia que habia clausurado la ciudad. La influenza causaba estragos tanto en Lido como en Santa Croce, se extendía por todo San Marco y Castello, saturaba Dorsoduro y obligaba a instalar carpas de atención para evaluar a pacientes de cuadros moderados. De acuerdo a las noticias, la cuarentena obligatoria había ocasionado protestas y destrozos en algunos puntos pero al final, la policía se había impuesto y la vigilancia parecía ser eficiente. La poca gente que pudo salir a la calle a partir del día miércoles, se encontró con una ciudad cuyo espíritu se detenía para mostrar la escalofriante inmovilidad en la incertidumbre. 

Esa sensación invadía también a los contagiados en donde fuera que estuviesen y en el quinto piso del hospital San Marco, se mezclaba con cierta claustrofobia inducida. El hacinamiento había obligado al personal a proporcionar incómodos sofá-camas a los pacientes y Susanna Maragaglio se hallaba en uno de ellos, creyendo que estorbaba en el pasillo. Desde su lugar contemplaba a Maeva Nicholas con un aspecto cansado y una tos que le impedía levantarse de la cama la mayor parte del tiempo y en la habitación de junto, Tennant Lutz sufría de enorme dolor. A esa hora, no podía siquiera separarse a los hombres de las mujeres y un par de enfermeras debía atenderlos a todos. 

-Llamó el señor Maragaglio para avisar que llegará a la ciudad en cualquier momento- anunció una de ellas y Susanna sonrió porque sabía que su marido se haría cargo de todo inmediatamente. 

-Aposté que vendría - murmuró tierna y fue entonces que alguien la asistió cubriéndola con una manta.

-Usted tiene suerte - comentó la persona que tenía junto.
-¿Por qué?
-Nadie creyó que Maragaglio dejaría el trabajo.
-La familia es primero para él.
-Es que dicen que es muy comprometido.
-Lo está demostrando.

La persona desconocida no añadió algo a la conversación y Susanna se aferró a su manta mientras observaba a otro paciente tomar lugar a su derecha. A ella no le sorprendió que Alessandro Gatell estuviera enfermo pero sí que se tomara el tiempo de pedir informes sobre las personas que había alcanzado a atender antes del golpe de la influenza.

-¿Todavía pregunta por Katarina? ¿No debería descansar?
-Señora Maragaglio, no dejo de ser médico.
-¿Le dijeron algo?
-Que su oxigenación se está estabilizando y que podrían retirarla de Terapia Intensiva.
-Esa es una gran noticia, me angustiaba mucho.
-Van a subirla a algún piso junto con Marco Antonioni.
-¿El gondolero? ¿También él se ha puesto mal?
-Se ha hecho novio de Katarina, no creo que los metan al mismo lugar.
-¿Novios?
-Creí que debería enterarse.
-Maragaglio se enojará.
-No creo que esté al tanto.
-Me siento contenta por ellos; esperaron mucho.
-Susanna ¿A usted no le molesta?
-Al contrario ¡Katarina quiere a ese chico!

Alessandro Gatell sonrió con Susanna y ella se frotó los brazos al acomodarse de nuevo. Aunque el sol se asomaba tímidamente, aún hacía mucho frío, provocando que cualquiera tiritara y deseara que volviera a ser verano. El olor del hospital era desagradable y así, se entendió que las enfermedades provocaban rechazo desde el olfato. 

-Hablé con Maragaglio un par de veces - añadió Gatell.
-¿Qué le dijo?
-Solamente que cuidáramos de la señorita Leoncavallo.
-Es que la quiere como su hija.
-¿Le digo algo y no se ofende, Susanna?
-¿Por qué?
-Ah... La última vez que me comuniqué con él, del otro lado de la línea se oía a una mujer llamándole "cariño".
-Jajajaja, no fue a Maragaglio.
-¿Segura?
-También la escuché, esa chica anda rondando a Maurizio.
-¿Al hermano de Katarina?
-Hago preguntas.

Alessandro Gatell se quedó sin palabras y comprobó que Susanna Maragaglio honraba su fama de ingenua. Podían hacerle saber cualquier cantidad de habladurías y hechos sobre su esposo, pero ella seguiría defendiéndolo o negando y en el mejor de los casos, mirando divertida al chismoso que se atreviera a mencionarle cualquier cosa.

Era temprano y el horario de desayuno se cumplía con retraso cuando Gatell decidió retomar la palabra. Ella enseguida volteó a verlo.

-Suspendieron la procesión de la Festa della Salute.
-Es una lástima.
-Maragaglio había entregado un protocolo a los hospitales por si atendíamos ladrones. Creo que no fue necesario.
-Él trabaja mucho.
-Susanna ¿Tienen tiempo para ustedes?
-Claro ¿Por qué la pregunta?
-¿En serio?
-Siempre encuentra la forma.
-¿Llega tarde a casa?
-Me casé con un policía y lo mismo pasaría si se dedicara a ser médico, como usted.

Gatell no añadió más, haciendo que Susanna pensara que le había cerrado la boca sin mucho esfuerzo. La mujer prefería concentrarse en Maeva Nicholas, que fuera de las cámaras exhibía sus grandes ojeras, además de alzar la voz enronquecida

-Susanna, no te rías de mí - reclamaba aquella luego de recibir un plato de sopa de pollo.
-Lo siento, es que tienes el cabello enredado.
-Voy a matarte por eso.
-Estaré como tú muy pronto; tal vez mañana.
-¿Te lastima estar con estos tubos?
-Sólo es una cánula nasal.
-Me sangró la nariz ayer, creí que me darían una mascarilla. 
-No es más cómoda.

Susanna continuaba riendo y Gatell no sabía si contagiarse de esa inusual alegría que cambiaba la atmósfera gris de ese piso oscuro.

-Maeva luce muy graciosa, perdón - comentó ella.
-¿Son amigas? - preguntó Gatell.
-Nos caemos bien, nos conocimos en una cena en mi casa.
-¿Usted la invitó?
-Fue mi sobrino, Maurizio.
-¿El hermano de Katarina?
-Claro que sí.
-Ella lo quiere mucho.
-Están peleados ahora.
-Algo escuché, señora Susanna.
-Katarina la ha pasado mal en los entrenamientos y su hermano le montó una rutina que no le gusta.
-Debe ser incómodo.
-Aunque no creo que a Maurizio se le pase el disgusto porque Marco Antonioni ahora es su cuñado.
-Juraba que ella nunca le haría caso a ese chico.
-Es imposible no ser feliz por Katarina.

Maeva Nicholas se intrigaba por lo que alcanzaba a escuchar y se preguntaba qué pasaría con Miguel Louvier y si se hallaba enterado de los hechos para entonces.

-Oye, Susanna ¿Ese tal Marco es el gondolero que sigue a Katarina? Lo he visto muchas veces - intervino la mujer.
-Ese mismo y se dice gondolier.
-Es que me habían contado que Katarina lo rechazaba.
-A mi prima siempre le ha encantado; lo que ocurre es que el hermano y los papás no la dejaban en paz.
-Susanna ¿Tú estás de acuerdo con esa relación?
-¡Ellos serán felices!
-¿Qué hay de Miguel?
-Ay, Maeva ¿Crees que esté enojado? No sé qué decirte.
-¡Ni siquiera te interesa!
-Sé que lo que hizo Katarina no está bien.
-¿Y?
-Marco Antonioni es muy importante para ella y entiendo por qué las cosas tuvieron que suceder así. Ella se disculpará, créeme.
-Claro, disculparse. Traicionar a Miguel es cualquier cosa.

Susanna no replicó, pero se sintió mal por su felicidad mientras Alessandro Gatell miraba a las dos mujeres con incomodidad y sonrisa forzada. 

-Deberían calmarse - sugirió el hombre creyendo que sería atacado.
-Es mejor que Katarina tenga ese lío a seguir soportando a su hermano ¿No cree? - comentó la señora Maragaglio en voz baja. Gatell se notó sorprendido y no añadió más, quizás pensando que sabía el sentido de esas palabras. Comprendía que los Leoncavallo no supieran actuar, pero la actitud de Katarina indicaba que la represión no estaba tan dirigida a impedir que se expresara un amor tan indebido mientras no existiera intimidad. Entonces entendió que el asunto de Marco Antonioni era una cuestión de celos enfermizos y de poder; que dados los hechos, los Leoncavallo se empeñaban en mantener a Katarina infeliz para poder controlarla. Lo desconcertante era que no parecía existir motivo para ello y la doble moral de esa familia con la joven era para dejar a cualquiera boquiabierto. 

-Katarina se irá a Toronto el próximo año y si Marco la acompaña, será muy bueno para ella ¿Sabe cómo me di cuenta de que están enamorados? - prosiguió Susanna.
-¿Porque él la sigue con su góndola?
-¡A ella le gusta que la defiendan! Cada que alguien le hace una grosería, Marco se aparece y arregla el problema. 
-¿Qué?
-Creí que lo sabría, doctor Gatell.
-No estoy al tanto.
-Los chismes vuelan.

Susanna Maragaglio recibió en aquel momento su desayuno y luego de fortarse los brazos para conservar en calor, intentó comer sopa de pollo mientras sostenía su mascarilla con la mano izquierda. Para Gatell, verla resultó de interés porque no esperaba una actitud tan ligera ni optimista. En contraste, Maeva Nicholas apenas podía moverse y todo parecía ocasionarle asco, así que intentaba no prestar olfato a lo que fuera. Al mismo tiempo, se daban informes que se limitaban a hablar de los familiares que aguardaban en la cuarentena y el nombre de Ricardo Liukin salía a colación al explicar que se hallaba al pendiente de tres pacientes y lo furioso que se hallaba desde que habían cometido la imprudencia de contarle sobre el nuevo novio de la joven Leoncavallo. Lo comparaban con Maragaglio y su explosiva reacción; incluso había quien aseguraba que a ambos hombres parecía preocuparles más la compañía y el estado de salud de Katarina que sus pacientes enfermos. 

-No sabía que Ricardo había traído a Katy a este hospital - dijo Maeva.
-Es que ella lo llamó - le respondió Alessandro Gatell.
-¿A él? 
-Es que nadie le hizo caso al teléfono; incluso intenté avisar en su casa cuando ingresó pero no respondieron.
-¡Pero Susanna siempre está ahí!

La señora Maragaglio negó con la cabeza y explicó que había estado con sus niños en una pijamada, que tal vez por eso Ricardo había tenido que ayudar a la joven Leoncavallo.

-¿Por qué no le ayudó su nuevo novio, entonces? - remató Maeva sin atar cabos, pese a recordar que Ricardo se había ausentado desde el viernes. Era tal su enojo, que la mujer miraba a Susanna reprochante.

-Perdona, Maeva - se disculpaba aquella.
-¡Es que no te entiendo!
-¿Qué te pasa?
-¡No lo sé! ¡Estoy molesta contigo y debería ser con Katarina! 
-Te enfermaste, por eso te pones así.
-¡Me irrita que seas feliz y que Miguel te dé igual! Susanna, se supone que te agradaba ese chico y que estuviera con tu prima, luego descubro que prefieres al gondolero y Ricardo está con Miguel pero trajo a esa chica y ¡no te comprendo! ¡Todo se hizo mal!
-Estoy viendo un berrinche de una mujer de cuarenta años.
-¡Treinta y cinco!
-¿Cuál es el punto, Maeva?
-Que no esperaba que fueras así. Con razón Maragaglio puede serte infiel y tú andar campante.
-¿Disculpa? 
-Lo siento, es que estimo a los hijos de Ricardo y lo que hace Katarina no me gusta.
-A nadie le agrada, es sólo que Marco la hace feliz y al fin tienen su oportunidad ¡Y no vuelvas a hablar sobre Maragaglio de esa forma! Me debes una gran disculpa.

Susanna se cruzó de brazos y abandonó su sopa un momento, así Gatell entendió que le hablaría con voz más baja.

-¿Usted quiso avisar sobre Katarina y nadie estuvo? 
-Eso no importa, señora Maragaglio.
-¿A qué hora fue?
-Como a las cuatro de la mañana, yo atendí a la paciente antes.
-¿El sábado, verdad?
-¿Por qué? 
-Es que no estuve, lo lamento tanto.
-El señor Liukin acompañaba a Katarina; ella le había hablado porque nadie respondía.
-Menos mal.
-Él se encontró a Miguel y a sus hijos aquí. 
-¿Encontró?
-Es que no le habían dicho que estaban enfermos.
-Ya entendí... Ricardo debe estar enojado y es natural.
-Katarina sabrá mejor que hace.
-Doctor ¿Ella no le contó que hacía con Ricardo antes de internarse?
-No encuentro sentido a su pregunta, señora.
-¿Puedo confiárselo como médico?
-No puedo decir nada sobre mis pacientes.
-Haga de cuenta que usted me atiende.
-¿Qué quiere?
-El viernes recibí un mensaje del Hotel Grand Lido antes de irme a la pijamada de mis hijos y supe que Maragaglio ha estado espiando a Katarina ¿También lo hace aquí?
-Mi colega, el doctor Pelletier, me comentó que le exige detalles usando su rango en Intelligenza.
-Entonces lo sabe...
-¿Qué cosa?
-Sólo que Ricardo ayudó a nuestra prima.
-Qué bien.

Tanto Susanna como Gatell disimularon que conocían lo sucedido entre Katarina y Ricardo y miraron a Maeva luchando contra el asco una vez más. El sabor de la sopa de pollo era terrible y no ayudaba a calmar a esa mujer.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Las pestes también se van (El cuento de Navidad)


Martes, 19 de noviembre de 2002. 

Despedirse de Judy Becaud en el aeropuerto fue algo complicado para Maurizio Maragaglio. La mujer le miraba severa y triste, aún negándole la palabra, intentando evitarlo. Curioso resultaba que con Katrina fuera mucho más afable y sonriente que en días previos; que incluso le preguntara si al volver a París la vería de nuevo. Sobraba decir que con Carlota Liukin y Maurizio Leoncavallo la vibra había sido más afectuosa y sonriente. Incluso al recibir el llamado para abordar, los abrazos se habían concentrado en todos, menos en Maragaglio. Al interior del avión se podía reflexionar sobre todo eso mientras se veía a los pasajeros tiritar y cubrirse con espesas chamarras.

-¿Qué hay con el boleto? ¿Conseguiste uno para Milán? - preguntaba la misma Katrina al tomar ingenuamente su asiento y sujetar su cinturón de seguridad inmediatamente.
-Tendré que pasar la noche en Helsinki.
-¿De verdad? 
-Mi superior me libera mañana de esta misión.
-¿Cómo está tu esposa?
-El médico dice que bien, que el oxígeno parece funcionar. Ojalá pudiera ir hoy mismo.
-¿Por qué debes tomar este avión?
-No lo sé, Katrina. A veces recibo órdenes que no entiendo.

Ella miró al piso como si sintiera pena y él sonrió por la forma en que la chica demostraba que era la primera ocasión que salía de su ciudad. 

-No me gusta que Maurizio se siente solo - dijo Maragaglio antes de atraer a Katrina y besarla largamente. Él disfrutaba mucho sentir como su piel fría iba calentándose y el aliento de Katrina tan cálido y dulce.

-Cariño ¿Estás tan excitado?
-Katrina, prométeme algo.
-¿Qué cosa?
-Me recordarás que Carlota y Marat están juntos y yo debo poner más atención.
-Ay, corazón ¡Estarán bien! Míralos, sólo platican.
-Con ellos nunca estoy seguro.
-Sólo están enamorados.
-Nada más, algo sencillo.
-Maragaglio, déjalos en paz.
-Lo dices porque no se burlan de ti.
-Quédate quieto y verás que se portan bien.

Maragaglio optó por hacer caso a las palabras de Katrina y luego de rodearla con su brazo derecho, le explicó lo que ocurriría cuando el avión iniciara el trayecto. Era tan evidente que ella padecía frío, que abrazar a ese hombre era lo único que le quedaba para no sentir que su cuerpo se entumecía. A pesar del sol, a París llegaría pronto una gran tormenta de nieve.

En la fila de junto pero un par de lugares atrás, Maurizio Leoncavallo se encontraba con la novedad de que viajaría solo y agradecía haber conseguido un par de guantes nuevos para soportar el ambiente mientras intentaba no pensar en su hermana. Esa mañana había llamado para preguntar cómo evolucionaba, si por fin abandonaba Terapia Intensiva y si podía respirar sin auxilio. Ninguna de las tres respuestas había sido positiva y saber que el temido encuentro entre Katarina y Marco Antonioni llevaba a éstos aceleradamente a un romance, lo mantenía triste y con enorme rabia ¿Acaso ella había intentado olvidarse de su lazo amoroso, de sus sentimientos mutuos? ¿Marco en verdad la había enamorado desde hacía tantas tardes? ¿Era un error aconsejarle partir de París en lugar de tocar su mejilla para retenerla? De todas formas, la influenza habría aparecido y en lugar de ir a Helsinki, el grupo iba a estar grave en un hospital por el contagio. Maurizio se sentía furioso consigo mismo y en mente tenía un gran regalo como disculpa, aunque no era claro por qué debía ser. Por otro lado, experimentaba fuertes celos por Katrina, obligándose a contenerse de imaginarla desnuda y aceptando ser sólo para él. No conocía los términos del arreglo con Maragaglio, pero viéndola con su gran abrigo y un moño enorme, quiso ser él quien la llenara de de detalles y deshacerse de una vez de la tormentosa angustia de desear su cuerpo y fingir que era el de su hermana.

-Carlota ¿Estás segura de querer hacer el programa de Chopin en Helsinki? Creo que deberíamos entrenarlo más - dijo para evitar obsesionarse. 

-Saldrá bien, no te fijes - replicó la chica Liukin sin abandonar su lugar ni mirarlo, demostrando que estaba más atenta a un regalo que Marat no quería desenvolver, pero aparentaba ser atractivo y cómodo. El patrocinador que Carlota había conseguido en el Trofeo Bompard enviaba tal caja que cabía en cualquier bolsillo y que sin duda, le sería más útil al joven Safin cuando quisiera estar solo.

-¡Ábrelo, ábrelo! ¡De seguro es lindo! - insistía Carlota mientras se oían los saludos del capitán del vuelo y su copiloto. El trayecto duraría tres horas y de acuerdo a las indicaciones, ningún pasajero tenía permitido estar fuera de su asiento durante el despegue. Marat trataba de escuchar algo mientras le ganaba la risa y observaba a Maragaglio estrechando a Katrina para calmarla. Los primeros sonidos de la nave podían provocar una expectativa poco grata en viajeros primerizos.

Las sobrecargos sin embargo, no paraban de mirar a Maragaglio para intentar coquetear con él. Era lo mismo cada vez y contrario a lo esperado, a él le hartaba lidiar con ello, anduviera solo o irritado como en aquel momento. Carlota y Marat parecían adivinarlo en medio de su algarabía, ajustándose los cinturones de seguridad y tomados de la mano previo a continuar con la expectativa de una sorpresa que no se descubriría. Con tanto tiempo de vuelo por delante, sabiamente podían esperar por un sándwich de queso mediocre y un jugo azucarado con aquel incómodo cuadro ante sus ojos. Nada que no hubieran pasado antes con la propia Katrina, a quien trataban con naturalidad a pesar de que su presencia lastimaba a una Susanna Maragaglio ignorante al respecto. 

Cierto temor de fiesta flotaba en el aire y conforme se aproximaba la hora de dejar tierra, los gritos de niños y el ruido de sus juguetes saturaba los oídos de cualquiera. A Carlota le encantaba cooperar agitando sus pies, mismos que se adornaban de cascabeles pegados a su calzado y también movía su pulsera de madera en la mano derecha, provocando que Marat se divirtiera más. Las pláticas ajenas añadían bullicio y Maurizio Leoncavallo suplicaba inútilmente porque le dejaran en paz al tiempo que abrazaba una manta y recordaba a su novia Juulia Töivonen, a su ex Karin Lorenz, a Jyri Cassavettes, a cualquiera que lo hubiera amado con tal de compararlas, de añorar volverse loco porque nadie igualaba a su hermana Katarina y su irresistible olor a miel y tímidos pero encendidos besos. Odiaba estar encerrado en ese avión, pero hallaba tiempo de pensar y ahora que tenía a Carlota Liukin y a Maragaglio delante suyo, rogó porque ese vuelo terminase de una vez. El avión tomaba pista y era detestable enterarse que apenas se permitiera, Maragaglio llamaría a Venecia, a su cuñada Anna, porque su esposa era demasiado importante para él.

martes, 9 de noviembre de 2021

Las pestes también se van (Katrina y su amante o I want it that way)


París, Francia. Martes, 19 de septiembre de 2002.

-Le envié al profesor Scarpa mi reporte sobre los etruscos y terminé su examen ¡Me puso a intercambiar e-mails con límite de tiempo! - se quejaba Carlota Liukin luego de enviar una última respuesta para cumplir con sus pendientes escolares y no haber podido hablar con su padre debido a ello. 

-No hagas drama, el señor Liukin sigue al teléfono.
-¿Por qué no me avisaste?
-Carlota, empezaste a hacer berrinche.
-¡Ay, Maragaglio! Era fácil pasarme la llamada.

Maragaglio entregó el auricular con un gesto de irritación y luego entró en su habitación con la intención de no escuchar a nadie. Sin embargo, la joven Katrina parecía muy apurada y se había puesto un vestido lavanda, además de unos aretes, discreto maquillaje y labial rosa.

-¿Dónde vas?
-¿Lo olvidaste, cariño? ¡Tengo una cita con mi novio!
-¿Antes de ir a Helsinki?
-Me diste permiso.
-¿No estabas en huelga?
-¡Tengo mi maleta preparada!
-Eh... Katrina, tengo que decirte algo.
-¡No tengo tiempo, corazón!
-Yo no me quedaré en Finlandia, es todo.
-¿No iremos?
-Mi esposa acaba de llamar y es urgente.
-¿Qué pasó?
-Se enfermó y tengo que volver.
-Estás ¿preocupado? 
-Sí, le pedí que buscara ayuda y yo volveré a Venecia.
-Ay, cariño...
-Llegaremos a Helsinki, me reportaré con mis superiores y volaré a Milán para tomar el tren... Katrina, te prometí el viaje a Finlandia. Te quedarás allá.
-¿Qué?... Corazón, yo entiendo.
-Quiero te diviertas, estarás bien.
-No debo aceptar.
-No pienso defraudarte, ve.
-Maragaglio, no.
-Dejé mis tarjetas en tu bolso. 
-¡Sácalas!
-¿No aceptarás mi regalo?
-Es demasiado, tú no estarás.
-Sigues contratada.
-No puedes obligarme.
-Es cierto, pero no creo que quieras volver tan pronto a Les Halles.

Katrina se quedó callada un minuto, detestando a Maragaglio por comportarse como un cretino otra vez. Él permanecía con lo brazos cruzados, recargado en la pared, delatando cierta angustia.

-¿No irías a ver a tu novio con un vestido amarillo?
-Lo manchaste, cariño.
-No lo recuerdo ¿Con qué?
-Con semen, corazón. Marine te pone como animal.
-Perdóname por el descuido.
-No vuelvas a agarrar mis cosas.
-Katrina, suerte con tu chico.
-¿Hablas en serio?
-¿Tienes unos minutos?
-¿Para qué?
-Quítate la ropa.

La joven no accedió y luego de tomar su bolso rojo, abandonó esas cuatro paredes para toparse con un insólito día soleado desde la ventana del pasillo. Carlota Liukin y su amiga Amy parecían listas igualmente para salir.

-¿Dónde vas? - preguntó Amy al verla.
-Tengo una cita en un parque aquí cerca.
-Te llevamos, nosotras vamos a comprar unos guantes y dulces.
-¿De verdad?
-Primero vamos por un spaghetti a la pâtisserie Lemand ¿Quieres acompañarnos?
-¡Puedo comprar un panecillo para mi novio! ¡Vamos!

Katrina tomó de las manos a ambas chicas y las hizo correr hacia la calle mientras Maragaglio determinaba seguirlas de forma no discreta. Aunque esperaba poca conversación entre ellas, el hombre se sorprendió al poco tiempo que las tres estuvieran interesadas en el examen de Carlota y en lo mucho que había tenido que leer para que el profesor Scarpa no le diera una baja nota. Ellas parecían tener deseos de dormir.

-El vuelo sale al mediodía - bostezó la joven Liukin.
-¿Qué hora es? - consultó Amy.
-Casi las nueve - concluyó Katrina antes de cruzar por una calle pequeña y pensar que había salido precipitada. Al menos, la mirada inquisitiva de Judy Becaud no la perseguía y contrario al cálculo, Carlota y Amy abandonaban su actitud difícil con ella.

-Oye, Katrina ¿No te enojaste por lo del vestido de ayer, verdad? 
-Fue un accidente, Carlota.
-Al final Marine no compró ni lo que le gustó.
-Algo me contaron.
-¿Maragaglio no te dijo?
-Mencionó que el señor Damon prefirió no llevarse el regalo y ella le hizo caso.
-Qué lástima, la chica se veía bonita.
-Arruiné la cita, el tío Enzo me odia.
-Claro que no, Katrina.
-No viste su cara cuando Marine se fue.

Carlota y Amy se miraron entre sí antes de cambiar de tema abruptamente. Como Katrina no entendía de patines, sólo decía que se había divertido en el Trofeo Bompard y que nunca había puesto un pie en el hielo más que para correr cuando se congelaban las calles de París.

-Pero te veías tan bonita, Carlota, que me dan ganas de conseguir unos patines - rió la joven nerviosa antes de mirar el reflejo de Maragaglio en un cristal y darse cuenta de estaba menos molesta. 

La pâtisserie Lemand se situaba junto a un pequeño jardín cercano a Les Marais y daba servicio desde las seis de la mañana. Era un sitio frecuentado por turistas pero a veces, los vecinos le visitaban por sus novedosos platos de spaghetti vegetarianos, mismos que acaparaban las órdenes desde el horario de desayuno. Para Carlota Liukin era todavía una novedad aunque Amy le aseguraba que no se trataba de algo tan especial y el encanto estaba en los quesos de tofu.

-Me quedaría a desayunar si mi novio no me estuviera esperando - admitió Katrina al asombrarse con las vitrinas. Macarrones, pralinés, bizcochos, galletas y sándwiches parecían adornar el lugar y el mostrador de productos de panadería era un mueble tan viejo como encantador y bien conservado. No tardó la chica en pedir un par de vasos con chocolate y un gran pan con chispas de caramelo que olía a mantequilla y ron.

-¡Tengo que dejarlas! Mi hombre llegará pronto - gritó Katrina y abandonó el lugar con prisa. Carlota y Amy no sabían si aquello les daba emoción pero la felicidad de esa joven las ponía de buen humor poco antes de tomar una mesa y ordenar jugo de tomate para acompañar sus pastas.

Mientras Katrina buscaba alguna banca junto a un árbol que le pareciera bonito en ese jardín aledaño, Maragaglio le observaba apenas a unos metros, oculto tras un semáforo en la acera. El viento movía las hojas secas del suelo y la joven no se daba cuenta de su espía al retocar su labial y mirar por un espejo si su cabello lucía arreglado. Estaba tan nerviosa que sus labios se secaban y una molesta sensación de escalofrío aumentaba su expectativa. Como ella aún no podía lucir sus zapatos nuevos sin sentir que le lastimaban los pies, se arrepintió de haber tenido prisa y decidió aguardar a que fuera su novio quien decidiera donde tomar asiento al llegar. Sin querer saber del reloj, Katrina poco a poco fue sintiendo que los minutos eran eternos.

Maragaglio trataba de no tener en mente a su esposa al tratar de adivinar quién sería el dichoso enamorado de su amante. Veía pasar mensajeros, barrenderos, tempraneros turistas perdidos, jóvenes buscando empleo y finalmente, un policía que parecía conocer a Katrina y le saludaba sin abandonar su ronda de vigilancia. Aquel hombre se había acostado con ella alguna vez, eso era fácil de adivinar. O tal vez a Maragaglio le gustaba crear películas en su mente con casi cada mujer atractiva que se cruzaba en su camino, aunque se sorprendió al descubrir al muchacho correcto apenas el oficial se marchó. Con un uniforme color acero, cabeza rapada y piel oscura, el novio de Katrina se hacía apodar "Zezz" pero su nombre era Oumarou y tal como ella había contado, se dedicaba al transporte de mercancías de distintos tipos. El chico acababa de regresar de Marsella y en las manos traía diferentes regalos para la joven como un collar de pequeñas piedras rojas, unos aretes de perlas de fantasía, una cajita de dulces y unas conchas de mar de color durazno. A Katrina le fascinaban esa clase de cosas y decía en voz muy alta que se haría unos broches para verse como una sirena. Aunque se mostraba feliz por verla, Oumarou casi no hablaba y miraba su reloj con insistencia.

-¡Te compré un pan y te conseguí un bling bling en una tienda muy bonita! ¡Era lo que querías, corazón! - declaraba ella y Maragaglio se cruzó de brazos a su distancia.

-Yo vine rápido porque me pidieron llevar una carga de mariscos a Colmar - dijo el joven cuando Katrina se disponía a mostrarle su celular como le había prometido unos días antes.

-¿No te vas a quedar? 
-No preciosa, hay que trabajar.
-¿Cuándo regresas?
-No lo sé, tal vez tome otra carga y me vaya a Bélgica. Es buen dinero.
-Zezz, casi no te veo.
-Estoy ahorrando, mi bonita.
-Te esperé.
-Pedí permiso para estar aquí pero no me da más tiempo.
-Corazón...
-¿Te está yendo bien con el cliente, verdad?
-Compré este vestido sola.
-Si él paga, aprovecha. Hay que juntar dinero, lo sabes.
-Pensé que tendríamos la mañana para estar juntos.
-Perdona. Vamos a trabajar.
-Zezz...
-Dime.
-Te amo mucho.

Katrina abrazó a su novio brevemente y él hizo un ademán de despedida sin pronunciar palabra. Maragaglio se limitó a ver a la joven tomar asiento en una piedra.

-Ni siquiera probó el pan - dijo ella, llevándolo a su boca con resignación, pensando en lo que el chico le había dicho. Tenían algún dinero en común, pero era escaso para vivir juntos y aún más insignificante para pagarle al mafioso que la mantenía en la calle soportando hombres sucios y crueles. Oumarou y ella debían esforzarse mucho, aunque les costara el tiempo.

-Maragaglio, creí que estabas con las niñas - dijo ella cuando aquel se le colocó de sorpresa al lado y empezó a acariciar su cabello delicadamente ante la mirada de cualquiera.

-Quería conocer a tu amor.
-¿Te burlas?
-No, es sólo que él tenía prisa por irse desde antes de llegar.
-Cállate.
-Como gustes... Katrina ¿Vas a decirme qué pasa?
-Estaba tan emocionada.
-Lo siento.
-Nunca puedo estar con él ¿Siempre será así? 
-Quizás ese chico es tímido.
-A veces pasan semanas sin verlo.
-¿Te llama?
-Me ha dicho que me extraña cuando me deja recados.
-¿Por qué no le mencionas que deseas estar más tiempo a su lado? 
-Él dice que debemos ahorrar mucho.
-¿Qué están planeando?
-Deshacernos de mi padrote y comprar un departamento pequeño donde se pueda.
-Ese novio debe quererte bastante.
-Maragaglio ¿Puedo preguntarte algo?
-Adelante.
-¿Por qué me elegiste? Es que a ti nada te hace falta, corazón.
-Nunca estoy con una mujer que no me interese.
-Mentiroso.
-Si no te encontrara intrigante, me habría ido luego de nuestra noche en el hotel de Les Halles.
-¿Te recuerdo a Katarina? 
-¿No conversábamos de ti?
-Es que cada vez que hablas de tu esposa, yo me pregunto si alguna vez podré estar con mi novio todos los días y recibirlo en casa sin la curiosidad de averiguar dónde estuvo.
-Susanna sí se interesa en eso.
-Me has dicho que jamás te lo menciona.
-Todas piensan en dónde estará su hombre. Incluso ella que no es celosa lo hace.
-¿Por qué la engañas?
-Porque las mujeres me encantan.
-¿Nada más?
-No es simple. Siempre me han atraído personas con algo distinto a lo que ofrecen otras que ya conozco. Algunas son dulces, otras se vuelven muy eróticas, están las que quieren experimentar y las que me retan porque soy un sinvergüenza.
-¿Yo qué soy?
-Katrina, tú me dejas ser libre.
-No entiendo.
-Eso es algo nuevo, por eso me gustas mucho.
-¿No estás buscando a Katarina en mí?
-Al principio sí... No me mires con esa cara, es que contigo no tengo que cuidar mis palabras ni medir lo que hago, aunque me regañes o estés en una protesta.
-Eso es injusto.
-Me encanta que me digas que no, que te resistas a veces.
-Menos comprendo.
-La libertad que me das no es gratis, Katrina. Eres una mujer con quien puedo estar y hablar y tan diferente a lo que esperaba que si fuera por mí, no saldría de la cama en semanas.
-Tú sólo buscas acostarte.
-Los que más me agrada es que te pegues a mi espalda cuando estoy leyendo algo.
-¿Por qué?
-Porque lo disfruto más. Aunque digas que estoy pagando, ninguna mujer antes descifró lo que estaba en mi cabeza.
-¿Sexo, vejez, vino y más sexo?
-No.
-Maragaglio, deberías ser feliz.
-Así es.
-¿Por qué no lo eres?
-Lo mismo me cuestiono a diario.

Katrina suspiró con decepción y dio una mordida enorme a su bizcocho, ocasionando que Maragaglio se riera por la forma en que las mejillas de esta se abultaban.

-Pareces una ardilla, jajajaja.
-¡No te burles, Maragaglio!
-¡No hables con la boca llena!... Te ves bonita.
-¿Lo dices sinceramente?
-¿Por qué sospechas?
-Te conozco bien, cariño.

Maragaglio tomó de la cintura a la joven y besó su sien.

-Nunca tratas a nadie así, corazón.
-Voy a extrañarte.
-No.
-Iré a Venecia... No te veré Katrina y no diré adiós. Ve a Helsinki por mí, por favor.
-¿Es tu regalo?
-No lo vi así.
-Eso es nuevo, ningún cliente me da cosas.
-No vuelvas a Les Halles o a Les Marais.
-Dile eso a mi padrote, cariño. Buena suerte.
-¿Te refieres al idiota de Marian Izbasa?
-Yo hablaba de otra persona.
-La próxima vez que la policía de París te moleste, no dudes en llamar a Sergei Trankov.
-¿Qué dices?
-Me encargué de la mafia, Katrina. 
-Maragaglio ¿A quién mataste?
-¿Necesitas saberlo?
-¿Qué hiciste?
-No me interesa que te ofendas, pero tuve que dar dinero por ti.
-¿Qué?
-A partir de hoy, me enteraré de cualquier cosa que te pase. Vendré cada que pueda, te visitaré y veremos qué se nos ocurre después.
-¿Qué harás conmigo?
-Llenarte de besos.

La chica no sabía qué sentir ni cómo reaccionar, sólo tenía la certeza de que era la amante de Maragaglio como lo había sido Marine, como cualquier otra. Mismo estatus, mismos regalos, escaso tiempo para tenerlo consigo y le asustaba la idea de acabar enloquecida por él.

-Eres libre, Katrina.
-Si lo fuera, no me pedirías nada.
-¿Qué hay de malo en desear que sólo seas para mí?
-Que estoy enamorada de otro hombre.
-Puedo vivir así.
-Amo a Zezz.
-Soy casado.
-Tú no amas a tu esposa.
-Amo a mi familia, Katrina.
-No te entiendo.
-¿Por qué me miras como enamorada entonces? No me molesta pero es raro.
-Eres el peor de los clientes que he conocido.
-¿Estás enojada?
-¡No quiero ser una más! 
-Me estoy quedando contigo pero no puedo ofrecerte un cuento de hadas o ser tu novio.
-Eres malo.
-Eres la mujer con la que engaño a Susanna. 
-Eso lo sé.
-No dejaré a mi familia.
-¿Para qué me propones esto?
-Para ser tu amante. No conozco otra forma de hacerte feliz.

La joven se asombró de cuán canalla, ventajoso y cobarde podía ser Maragaglio una vez que depositaba su confianza en una mujer. Más le sorprendía que supiera mantenerla atenta y no rechazara las nuevas reglas aunque fuera lo correcto. Sus fuerzas eran insuficientes para odiarlo pero aún bastaban para no rendirse ante él y sabía que ese rasgo era el que más lo atraía. Por otro lado, el consejo de Zezz de aprovechar el dinero de Maragaglio al máximo le rondaba la cabeza. Si ser su mujer escondida iba a asegurarle recibir costosos detalles, una tarjeta de crédito que no tenía que pagar, una cantidad  mensual puntual y un lugar donde vivir, cerrar el trato sin perder más tiempo era aceptable. Tenía permitido seguir al lado de su hombre y este también gozaría de los beneficios en algún momento ¿Pero ella era capaz de vivir de esa manera, con migajas del amor de un Maragaglio insatisfecho? Porque en la cama era fácil divertirse con él, pero fuera de ella ¿algo podía florecer? ¿Dormiría con la consciencia tranquila estando con su novio, a la espera de juntar ese monto que les haría cumplir sus sueños? ¿Zezz aceptaría esa situación?

-Maragaglio, no me lastimes y tampoco me contagies algo.
-De acuerdo.
-¿En Finlandia nos separamos, verdad?
-Procuraré verte lo más pronto posible.
-No me hagas esperar tanto.
-Tengo la intención de estar para ti.

El hombre besó a la joven largamente y Katrina acabó mirándolo, nuevamente, de forma similar al de una mujer sintiendo amor. Era involuntario pero también cómodo, aunque ambas partes tenían claro que sus sentimientos no eran de enamoramiento, por muy íntimos que fueran entre sí.

-Hay que ir por las niñas - recordó él.
-Han de estar comiendo spaghetti de calabaza.
-¿Qué cosa? Spaghetti con calabazas, dirás.
-Eso dice el menú de la cafetería.
-Yo pensaba que únicamente en América cocinaban pseudoitaliano.
-Jajaja, no deja de ser comida.

Katrina y Maragaglio se levantaron y colgados del brazo, caminaron hacia la pâtisserie Lemand, en donde Carlota Liukin y su amiga Amy degustaban un pay de nueces con chocolate caliente. Sus platos de pasta falsa seguían sobre la mesa y parecía que les había gustado, puesto que no había rastro alguno de salsa o tofu. 

-¿Podemos sentarnos con ustedes? - preguntó Katrina.
-Ay, claro ¿Cómo te fue con tu novio? - siguió Amy.
-Consiguió que le encargaran llevar unas cosas a Bélgica y fue muy lindo en verme antes de irse.
-Fue una cita corta.
-¡Sí! Pero lo vi y le di un besote a mi corazón ¡Me trajo obsequios!
-El collar rojo es bonito.
-Le pedí caracolas y si las trajo.
-¿Qué harás con tantas?
-Unos broches ¡Mi novio es lindo!
-Qué tierno, seguro es perfecto.

Carlota y Amy comenzaron a idealizar al desconocido muchacho mientras Maragaglio guardaba silencio sobre el cortante episodio y Katrina pedía un capuchino con pistaches para desviar la atención hablando del menú de Lemand. Aunque los cuatro se divertían, el celular de Maragaglio sonó y él tuvo que apartarse para responder. Las chicas guardaron silencio y pronto repararon en que las noticias eran malas.

-Ay, no ¡La señora Susanna está con tanque de oxígeno! ¿Cómo se contagió? - se lamentó Carlota.
-Ha de ser una gripe mutante - dijo Amy.
-A Katarina le pusieron una mascarilla y sigue sin poder respirar.

Pero Maragaglio no se contuvo cuando le mencionaron a Marco Antonioni y la falta de espacio para reubicarlo, así como su creciente interacción con Katarina Leoncavallo, misma que se consideraba en el hospital "algo de jóvenes" que le hacía bien a ambos.

-Carlota, tú conoces a Maragaglio mejor que yo - comentó Katrina.
-¿En serio?
-¿Es así de celoso?
-Con Katarina nada más. Es que siempre la cuida.
-Da miedo.

El silencio retornó y las tres se quedaron contemplando a Maragaglio, mismo que entre su esposa y su prima, reflejaba una preocupación nunca vista. Katrina se aferraba a pensar que él no buscaría la manera de hacerla su amante sin derecho a estar con Zezz o disfrazarla de las dos mujeres importantes de su vida.