sábado, 29 de enero de 2011

El origen de la historia

Octubre 1914




Era el mediodía y en domingo los tellnotellianos asistían a misa. Por primera vez en años Matt Weymouth se presentaría con su familia 
Al igual que todos, pensaba que la guerra duraría poco y ya tenía hechos los planes para trasladarse a París lo antes posible.
Los dorados se sentaban siempre a la izquierda del cura y los azules a la derecha. Mientras los montañeses llevaban velas y flores, los habitantes de la ciudad bordaban manteles y chalecos a mano para que se utilizaran en los oficios. El único momento "democrático" era la entrega de los presentes donde el hijo o la hija  mayor de cada familia se formaba en su respectiva fila antes de la comunión con el obsequio correspondiente. También lo era la bendición.
Las personas ancianas se sentaban al frente. Las jóvenes casaderas en medio con sus padres. Lo normal, era que los niños se quedaran en una especie de "escuela dominical" donde se les enseñaba a rezar, respetar los sacramentos y las sagradas escrituras. Los oficios religiosos eran para los adolescentes y los adultos. Al término de los mismos, recibían a sus hijos pequeños. Todo era protocolario pero la gente lo creía conveniente. Cualquier intento por quebrantar ese orden era inexistente. 
Agathe Weymouth era la más feliz aquél mediodía. Sus tíos le habían asegurado que a la brevedad, se comprometería para casarse con su primo Matt. Éstos arreglos en las familias importantes eran comunes.


Los Liukin por su parte entraron al templo discretamente, sin atender los encuentros que solían darse antes de las homilías. Simplemente, no tenían amigos. 
El cura se retrasó. La unción de un enfermo y una confirmación ocasionaron que la gente se desconcertara un poco pero también era lo habitual. Media hora después todos ocupaban sus asientos a toda prisa.


Lía como siempre, vestía de rojo. Era el color preferido su madre y desde chica la habían acostumbrado a usar esos tonos. Callada y seria, era una chica que jamás había dado problemas ni se le conocía novio. En la escuela inclusive había tenido las mejores notas de su clase. De todas las niñas era la mejor vestida y la más hábil. Su único defecto era la inclinación tan marcada por la ciencia. Así le decían sus maestras. Alguna vez, una de ellas la castigó golpeándole las manos con un pequeño látigo sólo porque había pedido un libro sobre la teoría de Darwin en la biblioteca. De aquello le quedó una pequeña cicatriz y una frase de su padre: "No todos entienden las buenas intenciones". Cada domingo, ella llevaba una canasta de frutas o quesos y vino. Respetando las reglas, siempre se quedaba hasta atrás porque eran regalos especiales. 


Matt por su parte estaba distraído. No era una persona a la que importara mucho la religión, ni siquiera creía en Dios pero le gustaba escuchar un extracto de buena literatura y observar a la gente atenta. 
Mientras Agathe se emocionaba por su esperado compromiso formal, él divagaba sobre otras cosas; como la forma de reunirse con el alcalde por ejemplo. La expansión de la ciudad y los planos del ferrocarril eran proyectos que la administración de Tell no Tales tenía pendientes y Matt deseaba trabajar en ellos. No era un hombre de poca ambición y tampoco se caracterizaba por ceder las oportunidades. No  laboralmente. Pensaba también en lo incómodo que le era que su prima estuviera presente. Simplemente, ella no le gustaba. En muchas ocasiones había dejado claro que no era compatible con Agathe. 


Durante el Evangelio, el viento se dejó sentir suavemente y movió un poco el cabello de Lía. Por alguna razón, un sutil aroma a violetas llegó a Matt. Él comenzó a buscar de dónde provenía. Tan incesante se volvió que su madre tuvo que tomar su mano y reprenderlo. A eso, pretextó que quería llevar el presente familiar y no recordaba cuándo debía levantarse. En eso, Matt volteó de nuevo, intrigado. Por un momento creyó que una ilusión lo había engañado pero por un accidental vistazo descubrió a Lía mirando fijamente al padre Shultheiss. Sin poder ocultar una ligera sonrisa, dirigió sus ojos hacia ella varias veces. Decidió que se acercaría. Entonces tomó las túnicas hechas en París y se precipitó a levantarse. Su prima y su tía lo veían complacidas. Tuvo suerte. La monja que se encargaba de las filas lo mandó al último lugar junto a Lía. 
Ella ni siquiera lo miró. Estaba absorta en lo que debía hacer. Matt entonces comenzó diciendo:


-He regresado de París


Nada. No era que no lo escuchara. No le interesaba. Le parecía inapropiado a Lía que se hablara en misa. Cuando el decidió contarle de los artistas y museos simplemente fue ignorado. 


-Al menos podrías fingir que no amas ver al padre Shultheiss


Ella rió. Trataba de ocultarlo pero le divertían los intentos del desconocido. Matt creyó que se burlaba de él y era mejor dejarla ir pero sin querer señaló:


-Deseaba al menos ver tu rostro de cerca. Te ves linda.


Ante eso, ella no pudo resistirse. Al fin volteó hacia él. Se sentía halagada. Al menos el chico tenía una cara agradable.


-Gracias
-Mi nombre es Matt. Matt Weymouth.
- Lía Liukin
-Apuesto a que no es tu único nombre
-¿Cómo lo sabe?
-Las chicas en la ciudad tienen siempre dos nombres o tres
-Es Nathalie pero no me gusta
-¿Por qué?
-Suena raro
-Lía Nathalie Liukin.. Creo que tienes razón
-Así que viene de París
-No soy un señor. Quiero ser tu amigo, no marques distancia
-No es posible
-¿Porqué?
-Que un hombre como usted le hable a una jovencita es indecente
-Aún no tengo veinticinco
-Pero sí más de veinte. Eso lo vuelve un hombre
-Dudo que tengas poca edad
-Dieciséis años


De nuevo las reglas se hacían presentes. El no debía dirigirle la palabra por ser ella demasiado joven. Cuándo el cura recibió sus presentes y comulgaron, Lía se dirigió a su lugar sin despedirse. Matt decidió que no se podía quedar así. 
La contempló durante el resto del oficio y a veces ella se dirigía dónde él con la vista. Al término de la homilía, los Liukin salieron juntos y Matt apresuró a los suyos para alcanzarla. Tomando una rosa del jardín de la Catedral y un sobre (estaban colocados en una pequeña mesa junto al rosal) escribió una nota. Era la costumbre para hacerle saber a una dama el interés de un caballero. Agathe pensó que el detalle sería suyo pero su primo se adelantó aún más. 
Tímidamente tocó el hombro del padre de Lía. El señor giró hacia él y su mujer y su hija también. Sin decir palabra, Matt tomó la mano derecha de la joven y colocó su mensaje. La rosa fue entregada también, acompañada de una reverencia. Eso dictaban los cánones. Goran Liukin agradeció de forma simple el detalle y se fue con su familia caminando tranquilamente y en silencio. Los asistentes habían visto la escena asombrados y escandalizados. Matt había hecho algo muy atrevido. Los dorados ni siquiera eran personas para los demás. La madre del chico lo tomó del brazo muy molesta y Agathe se quedó de una pieza. En casa después de los reproches, Matt reiteró que no se casaría con la hija de su tía.


En la campiña, Lía no dejaba de leer lo escrito por el joven Weymouth:


"Me has impresionado. Me declaro desde ahora admirador tuyo y seré prudente ante tu presencia, inocencia y decencia. Declaro también respeto a tu casa y discreción ante tu padre. Manifiesto mi atención hacia ti y acepto mi intención de volver a verte. Si te incomoda he de comprender y entiendo que será por tu edad. No pretendo asustarte. Soy un hombre, es cierto y tú una bella jovencita que me ha dejado maravillado"


Esa misma tarde se encontró con él cerca de un almendro. Matt había concertado la cita en la nota. 

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