domingo, 1 de septiembre de 2013

Una noche agitada (Tercera parte)



Tell no Tales

Edwin Bonheur entró al apartamento de Ricardo Liukin a través del reflejo de la ventana y se percató de que aquél hombre lo miraba desde su sitio en el suelo.

-¿Se encuentra solo?
-Técnicamente estuve viviendo con mi hermano en el departamento de al lado.
-Pensé que este lugar estaría vacío.
-No mientras yo esté en la ciudad, Edwin.

Éste último se acercó y se sentó al lado de Ricardo, creyendo que le preguntaría por su forma de llegar. El aspecto de ambos era de franco cansancio pero el de Edwin delataba el desvelo y la mente ocupada en cosas que parecían triviales y no lo eran.

-¿Ya vió? La maestra de mi hija salió en la portada de "Realeza". Gwendal está muy molesto y yo no he deseado hojear la revista siquiera.
-A lo mejor se trata de un pedazo de veneno.
-Lo mismo creí de Zooey Izbasa y resultó ser cierto.

Edwin tomó el ejemplar pero no lo leyó por imaginar la reacción de Carlota si llegara a enterarse de lo expuesto. 

-¿Qué lo trajo por aquí?
-Avisarle que Adrien está a salvo.
-Ya me había enterado.
-Ah, vaya.
-Al fin le contaré a mis nietos sobre el día en que recibí una llamada desde Poitiers. 
-Es digno de presumirse desde el punto de vista social, si lo quiere ver así.
-Es más honrosa la anécdota de Bérenice Mukhin preguntando por mí en el teléfono.
-¿Disculpe?
-Ella asegura que va a sacarme de Tell no Tales y me obligó a avisarle a Tamara que la veré mañana. 
-¿Ella mencionó algo más?
-No fue muy específica.
-Bérenice...
-¿Qué iba a decir?
-Nada... Dejémoslo así.

Ricardo agitó su cabeza, pensando que Edwin omitía su punto de vista sobre la pandillera que enloquecía a la ciudad.

-Me pregunto que pensaría un hombre como usted de esa chica tan rara.
-No podría tener un punto de vista neutral.
-Por favor, no la conoce más allá de las noticias.
-Bérenice es poco prejuiciosa o eso se deja percibir en su imagen pública.
-Hoy sacaron el video del concierto de anoche, la señorita se enfiestó en serio.
-Lo creo a ciegas.
-Todos los chicos estaban felices de verle las bragas, si yo fuera veinte años más joven...
-¿Cambiamos de tema? Me disgusta hablar de ella.

Ricardo se sorprendió por tal brusquedad, al grado de excusarse. Edwin no parecía prestar atención y reclamaba con enojo desacostumbrado.

-No sé por qué las ocurrencias de esa mujer le causan interés a los demás.
-Sólo fueron un par de comentarios.
-Si ella se levantara el vestido ¿qué? Busca llamar la atención a como dé lugar y luego ve a las jovencitas imitándola, hasta el mismo peinado traen y las peores son las que se pelean por decidir si el labial es rojo quemado o tono grosella con café o si los vestidos de tela barata son más cortos o más escotados.
-Es una moda pasajera, no hay de qué exaltarse.
-Usted no conoce a Bérenice, ella es tan vanidosa que con tal de seguir de boga es capaz de salir en prendas color carne o tatuarse cualquier cosa en las piernas. 
-¿Cómo está tan seguro? Ella suele pelear con la policía y protestar.
-¡Por favor! Matt Rostov hace el trabajo mientras Bérenice se dedica a ... 

Edwin iba a añadir "serle infiel" pero recapacitó y miró a la terraza con desdén arrojando "Realeza" a su lado izquierdo. 

-¿Usted la ha tratado?
-Señor Liukin, yo estoy obligado a ser sincero con usted.

Ricardo tragó saliva mientras Edwin sacaba un sobre postal arrugado de su bolsillo, contemplándolo dubitativo.

-Quise enviarle esto por correo.
-¿Por qué no lo hizo?
-Las cosas cambiaron de repente.
-¿Cómo?
-Tuve un imprevisto y después me di cuenta de que ese mensaje era más bien para Carlota. 
-¿Por qué le escribiría? 
-No he podido disculparme con ella y al paso que voy, nunca pasará.
-Debo recordarle que usted ya le pidió perdón.
-En la conferencia del otro día fui muy impulsivo, Carlota merece algo mejor.
-No va a acercarse a mi hija por ahora.
-Tampoco deseará que hable con usted.
-¿Qué clase de información hay en esa carta?
-No debe preocuparle el papel, sino la razón por la que no lo mandé.
-Oiga, sé que mi hija se enamoró de usted.
-Me abruma.
-Supe lo que pasó la noche que Carlota se marchó.
-Me extrañaría si no.
-Mi sobrino Javier vio casi todo. 
-Qué bueno.
-Es duro enfrentar que mi niña ya no lo es tanto y siente una clase de amor distinto a la familia, a mí mismo. A otros padres les da un ataque al corazón al conocer al primer vago que su hija les presenta pero ¿por qué conmigo tenía que ser tan diferente? ¿por qué así, por qué usted?
-Me gustaría darle una respuesta pero no la tengo.
-Carlota no necesita una carta dolorosa, sino la verdad, Edwin. Usted siente por ella la clase de aprecio que me espanta porque ya lo viví. Usted posiblemente se casará y tendrá una vida aparte, pero sabemos que Carlota llegará a ser adulta más temprano que tarde. El problema no es presente sino el futuro.
-No tengo tanto tiempo por delante.
-El suficiente para esperarla, sí.
-Entonces le romperé el corazón porque jamás perderé la cabeza. Mi oportunidad de sentir de esa forma ya pasó, hallé al amor de mi vida hace tiempo.
-¿Carmen Irons?
-Daría todo porque fuera ella y es justo por eso, Ricardo, que yo anhelo ser tan sincero ... La impresión que doy de que soy capaz de enamorarme de Carlota en cualquier momento es porque conocí a una mujer muy parecida. Su hija me la recuerda y me hiere mucho.

Ricardo pensaba "¿qué me está diciendo?" y enfurecía repentinamente hasta límites desconocidos. Deseaba callar a ese idiota pero necesitaba un pretexto atrozmente fuerte.

-Carlota no es copia de nadie.
-Hay un ser en el universo a quien tu hija emula sin saber.

Edwin se desconcertó por comenzar a hablar de tú. La pauta estaba dada.

-¿Quién es? 
-Vas a matarme.
-¿Cómo quién actúa mi niña?
-Aún puedes cambiar las cosas, yo hablo del pasado.
-¿A quién te recuerda Carlota? 
-No quedará nada de nuestra amistad, Ricardo. Sólo pediré que me perdones.
-¡Dilo de una vez!
-Estoy a punto de no atreverme.
-¡No tienes palabra! 
-Está bien, espero que me eches después.

Edwin observó el reflejo de las puertas cristalinas de la terraza y bajó la cabeza cuando balbuceaba:

-Lo siento mucho pero sería un traidor si no admito que tu hija Carlota es prácticamente idéntica a Bérenice Mukhin.
-¡Mientes!
-Ojalá fuera una falsedad.
-¡Carlota no se parece a nadie!
-Juro que tu hija sólo me agrada pero cuando la veo no puedo evitar pensar en Bérenice Mukhin.
-No, no es posible.
-Ricardo: Lo grave no es que Carlota sea igual, sino que Bérenice es la mujer que amo.

Guardando silencio, Ricardo Liukin creyó ser atacado por una jaqueca similar a la que provocaría un aneurisma a punto de reventar. Simultáneamente, la  mente no cesaba de darle vueltas con posibilidades tales como que Edwin había conquistado a Carlota a propósito o que se había aferrado a encontrar en ella afinidades inexistentes con tal de mantener viva una obsesión amorosa. De suerte no había un revólver cerca pero Ricardo pronto resolvió irse a los golpes y se arrojó a Edwin sin piedad, dispuesto a asesinarlo si fuera necesario. El otro hombre no se defendía y mucho menos reclamaba porque la lacerante memoria de Bérenice Mukhin en sus brazos lo mantenía vivo, no obstante Ricardo adivinara aquella evocación e incrementara su inclemencia.

-No mandé la carta porque me topé con los Rostova  antes de llegar a la oficina postal - reveló Edwin con la voz apagada -Pero también perdí el control. Estaba pensando en ese instante cuando Carlota me besó y la rechacé. Yo no tengo interés en tu hija pero me siento culpable porque al estar con Bérenice entendí que hice el amor con la persona más cercana a Carlota que encontraré jamás. 

Ricardo reaccionó con el doble de empellones, no cesando hasta que Edwin finalmente se desmayó. 

Bérenice Mukhin contemplaba desde su lado del espejo, inmóvil y horrorizada por la escena, con el remordimiento de no poder ayudar al herido y sobretodo con un dolor sordo en el corazón porque Ricardo nunca comprendería que era de ella de quien el hombre tendido se había enamorado locamente y no pretendía sustituirla por una Carlota que corría con la desgracia de ser su versión en un mundo más intrincado y cruel, donde una mala broma del tiempo la obligaba a reprimir sus sentimientos pero que paradójicamente le traía algo bueno: la libraba de tener que competir con el recuerdo del amor más puro que Edwin atesoraba y cuya inmensidad era el alimento de su alma.

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