Fotografía cortesía de ELLIE Magazine, edición francesa.
Los periódicos exclamaban ¡Edwin super flying! y la noticia de que Tell no Tales había vencido a Argentina en el partido del día anterior era la constante, especialmente en los elegantes restaurantes de la comunidad pampera de Poitiers. Justo en uno de ellos, Lleyton Eckhart y Maddie Mozer hacían caso omiso de los entusiasmos y revisaban papeles.
-Esto fue lo que pude obtener: constancia de ingreso, circular de tratamiento y sus datos.
-Gracias, Maddie.
-Bérenice fue recibida en urgencias y la doctora Courtney Mansour la operó enseguida porque presentaba una ¿hemorragia? ... Vaya, pensé que sólo estaba enferma.
-Yo también.
-Sus análisis mostraron desnutrición severa, por eso no la dan de alta.
-Pero se veía con tanta energía...
-¡Oh, checa! Aquí dice que vive en Blanchard.
-¿Tiene la dirección completa?
-No, pero al menos la puedes encontrar allá, no es un barrio grande.
-Está rodeado de mafiosos; iré con escolta.
-Suerte, cadáver.
-¿Hay algo más?
-Sí, la registraron como "Bérenice Marinho".
-¿Es una broma?
-Para nada.
-Tendré que preguntar.
-Te van a contestar lo que quieras, claro.
-No te burles.
-¿No te parece excesivo?
-¿Qué?
-Esto. Lleyton, no sólo quieres saber dónde vive, si está disponible o si se aprendería tu nombre. Ahora hasta convences al director del hospital de darle un cuarto especial y encima has vaciado tarjetas de crédito en regalos y en ... No sé.
-Oye, no he gastado dinero que no sea mío.
-Ese no es el punto. Lleyton, no eres un adolescente.
-Por supuesto que no.
-Pero actúas como si tuvieras quince y estuvieras intentando impresionar a una niña rica.
-Maddie, quiero ser atento.
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y seis.
-¿Por qué le dices a los demás que tienes treinta y dos desde que te topaste a Bérenice?
Lleyton Eckhart negó con la cabeza.
-Creí que las mujeres éramos las únicas ridículas - remató Maddie.
-Déjalo así, yo pago la cuenta.
La evasiva del hombre confirmaba las sospechas de Maddie de que algo no andaba bien.
-¿Vas a visitarla?
-¿Hoy? Iré en la tarde, tengo cita en la corte a mediodía.
-¿Quieres que la vea por ti para que termines tus cosas?
-Haz lo que quieras.
Él se levantó sin añadir más y se dirigió a la salida, dejando una tarjeta encargada e indicando que Maddie estaba cubierta.
La mujer no obstante, se hallaba preocupada. Él parecía obsesionado con Bérenice Mukhin o cuando menos, muy interesado; pero no se atrevía ni a hablar con ella y nunca ponía notas aceptando que era el autor de carísimos presentes que quien sabe si le agradarían a una chica que a todas luces parecía vulgar pese a su hermosura.
-Última vez que te soluciono algo, Lleyton - se ordenó Maddie antes de indicar que saldaran la cuenta y firmara el recibo. En la calle, el servicio de limpia aun recogía los restos de la celebración y los kioscos no se daban abasto para atender a quiénes demandaban periódicos; no obstante, la mujer optó por no hacer fila alguna y tomó un taxi hasta el hospital.
Maddie Mozer pensaba que estaba incurriendo en una gran estupidez. Si a Lleyton Eckhart le gustaba una mujer más joven era perfecto, pero se preguntó por qué había decidido ayudarlo si se suponía que era su ex marido y no debía involucrarse en lo que él hiciera ¿Acaso se habían vuelto amigos?
-Mejor es no saber - se dijo como conclusión y descendió del vehículo una cuadra antes, dispuesta a convencerse de que hacía bien. En la banqueta, había una columna de gente con resaca en espera de consulta y ella no quería figurarse que sucedería si el equipo de fútbol ganaba más partidos.
-¿La doctora Courtney Mansour? - inquirió a la enfermera encargada de repartir las fichas de atención.
-En urgencias, la entrada es por la calle de la derecha ¿tiene cita?
-Vengo de parte de la fiscalía.
-Entonces pase, en un momento la ve.
Maddie entró al nosocomio en medio de las quejas y una rechifla. Dentro, la situación tampoco era amigable.
-¿Courtney Mansour? - preguntó en recepción sin saludar y anteponiendo su credencial de empleada judicial.
-En urgencias.
-¿La paciente Bérenice Marinho?
-Permítame ... Ala tres, en espera del alta médica.
-¿Qué dice?
-La doctora Mansour firmará una salida voluntaria cuando se desocupe.
-Pasaré con la señorita Marinho, ¿podría dar aviso a la doctora Mansour de que firme pasadas las cinco de la tarde? Es un asunto policial.
-Bien, no hay problema.
-Gracias.
Maddie corrió con prisa al elevador y se precipitó a oprimir un botón al tercer piso. Sentía apuro y muchos deseos de avisar a Lleyton que dejara sus actividades y se presentara en el lugar de una vez.
-¡Espera! - gritó al ver a Luiz saliendo de otro ascensor y dirigiéndose a la habitación de Bérenice. El chico volteaba a todos lados para constatar si lo llamaba, suponiendo que la mujer lo conocía de algún lado.
-¿Me podrías decir quién eres?
-¿Quién es usted?
-Disculpa mi pésima educación, soy Maddie Mozer.
-Luiz Marinho.
-¡Qué bien! ¿Ibas a entrar allí?
-Mi chica me está esperando.
-¿Qué llevas en esa mano?
-Sólo traigo ropa.
-Muéstrame.
-¿Por qué?
-¿Es para Bérenice?
-Claro, no toque.
-Enséñame, soy su amiga, te puedo decir si esto le sirve.
-Es un vestido, obviamente lo va a ocupar.
-A ver - Maddie arrebató la bolsa, comprobando que la vestimenta era diminuta - ¿No crees que Bérenice debería ponerse algo más apropiado? ¿Por qué no le trajiste algo más largo? No veo un suéter, ay por Dios ¿éstos son los zapatos?
-¿Sí?
-Ven conmigo, le traeremos un buen atuendo.
-¿Qué dice? Yo ni la conozco.
-Muchacho, te voy a dar una lección de elegancia.
Maddie jaló a Luiz nuevamente al ascensor y le envió un mensaje a Lleyton, ordenándole acudir cuánto antes; éste último contestó que se hallaba en medio de una diligencia y que acabaría a las cuatro.
-Tú y yo iremos de compras - señaló ella centrando de nuevo su atención a Luiz - no me digas que te gusta lo que se pone la chica.
-A mí no me parece mal.
-Bueno, de todas formas te llevaré a conseguirle algo que la hará ver más bonita... Y de paso algo para ti, esa playera podría pasar por un trapo.
Luiz no lograba soltarse de la mano de la mujer y como el asunto de la ropa despertaba su interés, la acompañó a un centro comercial cercano, con tiendas caras y gente a todas luces perteneciente a una clase elevada.
Mientras el chico entraba a una especie de nuevo mundo, Bérenice Mukhin aun disfrutando la comodidad en su habitación de hospital, miraba la repetición del partido Tell no Tales vs. Argentina por tercera vez, tratando de encontrar la respuesta a la inusual determinación de Edwin Bonheur, que ahora disfrutaba de su estrellato y borraba las críticas en su contra de meses atrás. La joven aún sostenía su vientre y se imaginaba qué habría sucedido de poder continuar encinta.
-Ya no hay bebé, no hay nada que me una a ti - susurró ella a la pantalla, recordando que por impulsiva no se había cuidado - Me ahorré que le enseñaras a tu hijo a meter goles - añadió con los ojos más abiertos, como si se contara un chiste del que no podía reírse por ser muy bueno. A menudo, ella dejaba fluir cierta ironía.
-Luiz me quiere. Sé que él te habría simpatizado y nuestro niño habría tenido un mejor papá que tú - terminó con melancolía. La joven miraba con creciente interés la actuación de Edwin y se preguntaba si pasarían el juego más tarde, aprovechando a los fans obsesivos.
-Alguna vez te quise tanto... Me importa que siempre me ames.
Ella se atrevía a comentar tales cosas cuando se sabía sola, sin espías en el espejo. Aquello también la motivó a posar su mirada en los obsequios sin abrir y aproximarse a revisarlos con detenimiento. Sólo por broma se colocó un collar de brillantes y se puso a jugar con un perfume de olor suave. Descubrió unos aretes oscuros que le desagradaron y también halló una caja con "zapatos bonitos" de color verde seco, mismos que se colocó para aparentar ser más alta. Las brochas y los implementos de maquillaje le gustaban más por parecer de cristal y por traer la marca de "Lavinia Watson", que en la dimensión del espejo también era renombrada. Bérenice parecía una niña probándolo todo, pintando sus ojos con una sombra oscura y un rubor durazno que le iba muy bien, hasta que abrió la caja más grande. Un vestido, también en verde seco despertó su curiosidad y abandonó su bata de enferma con tal de portarlo y presumirlo al irse. Cepilló su cabello y tomó una pulsera de cristal negro antes de sentarse a los pies de la cama y cruzar las piernas, a la espera de Luiz y de recibir sus halagos... Pero él no fue quién abrió la puerta apresuradamente, sino un Lleyton Eckhart que había dejado la corte sólo por verla, respondiendo a un impulso de locura en lugar del sentido común. Él no quería toparse a Maddie por la tarde.
-¡Bérenice!
-Señor, qué sorpresa.
-Eh ... Bien yo .... ¿estás sola?
Bérenice sonrió ligeramente.
-Se nota que se equivocó de habitación.
-No ... Quería ... Dejé un juicio botado, vine a hacerte un cuestionario.
Lleyton Eckhart no tenía idea de lo que hacía. Desde el mensaje de Maddie, él sólo había salido corriendo al encuentro de una Bérenice a la que soñaba con visitar cuando durmiera y no así, tan repuesta.
-¿Usted es policía, verdad?
-¿Perteneces a la pandilla Rostova?
-No.
-¿Cuál es su relación con los integrantes de este grupo?
-Algunos eran mis amigos.
-¿Ya no lo son?
-No.
-¿Conoces a Matt Rostov?
-Era mi novio.
-¿Terminaron?
-Así es.
-¿Eres soltera?
-Sí.
-¿Por qué te pusiste el apellido Marinho?
-No es mi nombre ... Entonces eso decía mi brazalete rosa.
-¿No sabes?
-Fue una confusión de seguro.
Bérenice miraba a Eckhart con agrado pero no se daba cuenta de los ojos iluminados que él le mostraba ni su sonrisa espontánea.
-¿De qué te enfermaste?
-De hambre - replicó ella con pesimismo.
-Perdóname.
-Esperaba un bebé.
Lleyton contempló a la chica que luchaba por no tener ojos humedecidos.
-Te ofrezco una disculpa.
-Olvídelo, señor. Ya pasó.
-¿Era de Matt Rostov?
Bérenice se levantó y vio el rostro apanicado de un Eckhart al que le traicionaban los nervios.
-Mi hijo era de alguien más.
Lleyton pensó inmediatamente en Michel Teló, pero Bérenice se concentró nuevamente en el partido.
-Cuando se celebró el festival brasileño...
-Tampoco es de un cantante al que no volveré a ver.
-Bérenice, no quiero saber. Lo siento.
Eckhart lo había echado a perder. Bérenice aumentó el volumen del televisor y tomó asiento en una poltrona.