Judy Becaud realizaba la limpieza de su local después de que los comensales lo dejaran lleno de basura y viera a Jean contando el dinero de la caja. Al parecer, el mundial de fútbol les dejaba su primera ganancia y cubrirían parte del alquiler.
-"La cerveza atrae más gente que los juegos" - pensó ella, recordando que la gente arrasaba con las bebidas y hasta pagaba por mala comida solo por enfiestarse.
-Jean, voy a sacar la basura ¿podrías ayudarme?
-Yo quito todo, descansa.
Ella sonrió y aseó sus manos antes de asomarse a la calle para ver a la multitud apesadumbrada. La siempre poderosa Alemania acababa con la felicidad de los aficionados, mismos que debían resignarse con una derrota esperada.
-Esta locura se acabó, gracias a Dios - suspiró antes de observar a su izquierda y reconocer al teniente Maizuradze caminando por la acera, solo.
-¿Judy? - dijo él al aproximársele.
-Señor, buenas tardes.
-Pensé que todavía vivía en Tell no Tales.
-Retorné a París... por negocios.
Ella se ruborizó y trató de cubrir la entrada a su café, pero el teniente Maizuradze ya había echado al vistazo al interior y quiso entrar.
-Estamos en remodela... instalación... Eh ¿vamos a inaugurar? - se disculpó la joven por anticipado.
-No sienta apuro, este sitio es muy decente comparado con los restaurantes que me ha tocado ver en Hammersmith. Tomaré una mesa.
-No le recomendaría... ¡Cumberbatch! Necesito café en la mesa diez.
El teniente Maizuradze tomó lugar.
-¿Gusta algo más? ¿Una sopa, un bocadillo? ¡Un emparedado! Iré a preparárselo.
-Judy, no es necesario.
-No diga más, le traeré uno del mejor queso.
-Tranquila.
Maizuradze sujetó la mano de la mujer para no dejarla ir y ella bajó la mirada.
-Disculpe, quiero ser muy atenta.
-¿Ha estado inquieta, verdad?
-¿Se nota?
-No vale la pena ocultarlo.
Judy relajó los hombros y continuó sentada, adoptando una actitud sumisa.
-¿Cómo está?
-No lo he dejado saludar a mi esposo, qué mal educada estoy siendo.
-Él y yo hemos intercambiado la seña, no se preocupe.
El teniente Maizuradze sonrió al buscar los ojos de Judy para calmarla de una vez.
-Me alegra verla.
La mujer devolvió la sonrisa en cuanto Luke Cumberbatch sirvió el café.
-Cuénteme ¿Cómo está? La veo muy distinta.
-¿Usted cree?
-Trabaja mucho, Judy.
-El mes es complicado, estoy agotada y hay gastos.
-¿Por qué dejó Tell no Tales realmente?
-Jean y yo no pudimos sostener la cafetería.
-Parecían muy sólidos.
-Las cosas se han venido complicando.
-¿Arrastran deudas?
-Ay.
Judy miró hacia la calle y después se dio cuenta de que delante de sí estaba colocada una taza con café y dos sándwiches de queso.
-Va por mi cuenta - dijo Maizuradze, ella quería agradecer.
-Judy ¿me permite saber en qué puedo ayudarle?
-Señor, mi marido y yo lo estamos resolviendo, tenemos lo del alquiler.
-Pero tienen más por hacer como pintar, ampliar la cocina, colocar luces, qué se yo. A usted le agrada estar rodeada de cosas bonitas y aquí hay muy pocas.
-Cuando saldemos la renta, Jean y yo pensaremos en lo demás. ¿Gusta otra taza?
La joven no recibió respuesta y resolvió degustar uno de los emparedados para dar por terminada esa parte de la charla. Él la imitó y siguió riendo hacia ella hasta que sostuvo su mano.
-Judy, deseo apoyarla, deme la oportunidad.
-Debo declinar.
-No insista con la negativa, si necesita algo, puedo facilitarle dinero.
-No quiero deberle.
-Su orgullo me sobresalta.
-No guardo tal sentimiento, sólo que es su confianza lo que me gustaría conservar.
El teniente Maizuradze tomó más café antes de detenerse a contemplar un mechón del cabello achocolatado de Judy Becaud y percatarse de una pequeña orzuela disimulada por un suéter gris, pero no quiso ver que los siempre brillantes ojos de la joven lucían pesimistas y sus mejillas habían perdido color. Ella reaccionó levantando el rostro y mirándolo a los ojos, como si suplicara que no la examinara.
-¿Sabe? Hay una proposición que he querido hacerle.
-¿En serio? ¿Cuál?
-No pude decirle en Tell no Tales pero especialmente hoy me agradaría que aceptara.
-¿Qué será?
-Judy ¿quiere dar un paseo?
Ella se sorprendió pero accedió al plan y educadamente se retiró de la mesa para avisar a su marido y peinarse mejor. El teniente Maizuradze por su lado pagó la cuenta y aguardó en la entrada, interesándose fugazmente por un grupo de niños que con su balón se apoderaba de la calle.
-Estoy lista.
-¿Por qué recogió su cabello? Perdone la indiscreción.
-El viento no me ayuda mucho.
-No debería renunciar a su cabello suelto.
Al pisar ambos la banqueta, optaron por encaminarse a la derecha y aprovechar el cruce libre.
-¿A dónde vamos?
-Me acusará de cliché pero acompáñeme a Champs - Elysées.
-¿A la Torre Eiffel?
-Acabo de arrepentirme, prefiero llevarla a dos calles del Louvre.
-Perfecto.
-¿Le parece bien ir a pie?
-Adoro gastar mis zapatos.
Judy se colgó del brazo del teniente Maizuradze y súbitamente contenta, se dedicó a ver a todos lados mientras él, olvidando que la chica era parisina, le relataba la historia de las calles, incluyendo la anécdota de un encuentro fugaz entre Degas y Rodin que podía ser o no verdadera. A ella casi le brotaba comentar que la caminata la complacía y que quería pasar por Versalles aunque tardaran el día entero; los parisinos no les estorbarían el paso por hallarse deprimidos.
-A estas alturas Judy, sólo confío en usted.
Ella contestó con un "gracias" y se detuvo a un lado del Sena, observando hacia Notre Dame.
-¿Me permite contarle lo que me ha ocurrido?
-Claro, soy una tumba.
-Me reconforta, Judy .
-Adelante.
-He venido a esta ciudad para pasar un breve descanso con mi hija.
-¿Válerie?
-Viktoriya.
-No sabía de ella.
-Viktoriya me ha confesado que no quiere volver a Moscú y la ayudaré por supuesto.
-¿Quiere que le haga un favor?
-No de esta clase, Judy
-No entiendo.
-Iba a traer a mi familia para establecernos aquí.
-A ustedes les vendría bien.
-Conversé con mi esposa y no se convenció.
-¿Por qué?
-Descubrió que de principio yo no estaría a su lado y Viktoriya se quedaría junto a los niños. Cecilia y mi hija no se llevan bien pero Anton y Válerie nunca han convivido con su hermana y al preguntarles si estaban dispuestos a recibirla, contestaron que no.
-Qué mal, pensaba que eran muy abiertos a la gente... Qué pena, perdón.
-Pensé lo mismo, Judy, no se sienta incómoda.
-¿Quiso resolverlo?
-Me encantaría contar con el tiempo pero parto mañana y nadie en casa me contesta las llamadas. Dejo mensajes y no hay respuesta.
El teniente Maizuradze sacó un papel y lo mostró a la joven.
-Válerie me escribió esta canción antes de enojarse conmigo. No tiene mucho que Anton y ella me retiraron la palabra, no sabía que Viktoriya les afecta.
-Lo lamento, señor.
-¿Cree que antes de la guerra pueda dejarlos en paz?
-Si empieza por ahí, tal vez lo escuchen.
-Con mis hijos lo sé, a mi mujer ya no le conmueven las armas.
Judy no pronunció más al respecto y suprimió la pregunta obligada sobre dónde sería la guerra, conformándose con tocar el hombro del teniente Maizuradze en solidaridad.
-Vamos, le compartiré mis secretos.
-De acuerdo, señor.
-Uno de ellos le encantará.
-Muero por saberlo.
Él la sostuvo de la mano, aun con inocencia y le hizo recorrer un sinfín de aceras antes de alzar la vista y encontrarse con la pirámide de Louvre casi enfrente o ese era el efecto de la luz. El teniente Maizuradze sacó una llave y la posó ante el candado de un edificio viejo, pero bien conservado al interior.
-Le presento la "Torre Méliès", señora Becaud.
-Por mis santos, es asombroso.
-Estilo "belle époque".
-La planta baja parece un salón.
-¿El polvo le molesta?
-No intente quitarlo.
-Judy, mire esta belleza, si lo vendiera sería millonario.
-¿Es suyo?
-No quiero que nadie más que usted sepa que poseo esta propiedad.
-No habla en serio.
-Alguna vez gané algo en el ejército y adquirí esto para disfrutarlo en mi retiro. No lo comenté porque iba a ser un regalo para mi familia y prefiero guardarlo en lugar de perderlo en el divorcio.
-¿Divorcio?
-Suena tonto después de haberle contado mis desavenencias con Cecilia pero ella tomó esa decisión. Los chicos no saben.
Judy titubeaba entre abrazar al teniente Maizuradze o marcharse pero él sacó una escoba y un par de limpiadores para subir y aparentemente asear el apartamento del primer piso. Desde su posición, Judy notaba que existía una puerta que conducía a la parte trasera del lugar y se admiraba la calle posterior.
-Es hora de enterarla de mi penúltimo secreto.
-Estaba a punto de preguntar cómo es posible que haya más.
-He reservado este vino para una ocasión especial.
-Mi presencia no es un gran suceso.
-Al contrario, venga.
Curiosa, la joven ascendió, quedando muda ante la estancia y un gran dormitorio.
-Tome asiento, lamento que sea en el suelo pero los muebles no son óptimos.
-Es sólo polvo, lo quitaremos en la siguiente visita.
-Judy, iré al grano: No necesita decirme que pasó, con ver su negocio me doy cuenta de que no es feliz.
Ella sostuvo la copa que él había llenado a la mitad.
-No hablemos de mí.
-Usted cuenta conmigo y quiero que salga de ese hoyo, es más, que abandone Montmartre.
-No arruine nuestro paseo.
-¿No anhela algo mejor?
-Oh, basta.
-Ese lugar no la merece, sabe que es cierto.
-Empecé de nuevo.
-Pues de mala manera, por lo menos acceda a un préstamo.
-Le he dicho que no lo deseo.
-No la comprometeré.
-No dudo de usted pero batallo para sortear a mi casero y ofrecer un menú; no podría devolverle un centavo y ni siquiera sería posible verle sin tener problemas.
-La comprendo pero no pretendo cobrarle.
-No tengo corazón para tomarle la palabra.
Judy posó su copa en el piso y se despojó del suéter cuando el calor se tornó intenso, dejando ver su vestido azul pastel.
-Este edificio es muy bello, gracias por traerme.
-De nada, puede entrar cuando guste, le encargo la llave.
-No ¿cómo cree?
-Judy, este edificio también le pertenece, es libre de poner su café y ocupar este apartamento.
-Señor, me halaga que me tome en cuenta pero...
-Sin objeciones, son inútiles.
-Es hora de que regrese a casa.
-Escuche: He repartido Méliès entre mis hijos y usted. El primer nivel, el último y la planta baja le pertenecerán Judy, no pregunte el motivo. Hallarla hoy me hizo pensar que es momento de entregarle su parte.
-La rechazo no porque no me parezca amable, sino porque acceder sería lo más incorrecto del mundo.
-Su integridad la convierte en una persona excepcionalmente hermosa, Judy.
Ella sonrió como si acabara de realizar su buena acción del día y abrazó al teniente Maizuradze.
-Buena suerte y cuídese mucho. Le escribiré ¿le gustaría?
-Mañana me dirijo a Moscú, prometo contactarla primero para darle los datos correctos.
-¿Sabe mi dirección?
-La tengo grabada como fotografía.
Ambos se estrecharon por segunda ocasión y él le ayudó a levantar su suéter.
-Iré a despedirlo.
-Mi vuelo es a las ocho... Gracias Judy, gracias por hacerme feliz.
Él le acarició la mejilla y la joven intuyó lo que sucedía en el hogar de los Maizuradze: Cecilia no solicitaba el divorcio por Viktoriya, sino por otra mujer.
-Debemos marcharnos.
-Cuánta razón.
-Lo felicito por esta inversión.
-Ojalá usted decida disfrutarlo.
-¿Por qué pensó en mí?
-Le jours tristes era el sitio perfecto.
-¿En serio?
-Anton solía estar metido con sus amigos ahí, era algo que me causaba tranquilidad.
-¿Sólo por eso?
-También por visitarla, Judy.
-Se lo agradezco.
-¿Lo extraña?
-Demasiado.
-No dé por perdido su sueño.
-Necesito un socio.
-Le ofrezco serlo.
-Abusaría de usted y me remuerde la consciencia que me incluya en su edificio.
-Mujer, lo hago por verle contenta.
Ella permaneció seria en el marco de la puerta que daba al corredor y el teniente Maizuradze se despojó de su gabardina militar.
-Nos vamos - dijo él, cerrando el apartamento una vez que Judy dio un par de pasos y descendieron con calma.
-Es una lástima, no es de noche.
-¿Para qué?
-Me arrodillaría frente a usted.
-¿Qué dice?
El teniente Maizuradze sujetó a Judy del brazo y salieron con rumbo incierto, invitándose mutuamente helado e incitándose a caminar descalzos en el pasto de un parque. En mangas de camisa, él la veía saltando.
-No supe como llegamos.
-¿La Torre Eiffel le parece romántica, Judy?
-Es bonita pero no tiene magia, todos se prometen amor eterno y cosas que nunca van a cumplir justo ahí.
-¿Y un árbol?
-Es más sincero.
Él la apretó por tercera vez.
-La amo, Judy.
La chica tuvo urgencia de desprenderse pero el teniente Maizuradze se apoderó de la situación y la besó antes de que ella respondiera "no". Judy estaba exaltada.
-"Perdónalo, va a la guerra, cuando la gente piensa que volverá para su funeral hace cosas que no siente o son estúpidas... No lo rechaces, lo
lastimarías".
Y tales justificaciones la paralizaban, ocasionando que él equivocara su arrojo con ser correspondido.
-La amo Judy, la amo.
Y ella pensaba en el niño Anton y su pobre madre engañada pero no en terminar con ese episodio.
-"Qué idiota soy, me lo estuvo insinuando toda la tarde; en cuánto me deje le diré que es un imbécil y me marcho... Ay Dios ¡que Jean no sospeche, no sé mentir muy bien!"
Pero su cuerpo iba en sentido contrario y abandonó la rigidez, rodeando la cintura del teniente Maizuradze.
-Judy...
-Esto pasa... De vez en cuando.
-Su marido debe amarla más que yo.
-Señor...
-La amo.
Judy cerró los ojos y se limitó a sentir cada beso que Ilya Maizuradze le obsequiaba con dulzura, intrigada por saber porque él elegía demostrarle esa pasión si tenía que todo que perder.
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