Sandra Izbasa regresó a Tell no Tales en medio de la discreción de una noche templada y junto a sus padres, se trasladaba a un restaurante francés en el barrio Nanterre, en donde la esperaban algunos amigos familiares para una recepción de bienvenida.
-¿Por qué no puedo ir a dormir? No conozco a nadie - se quejó. La joven leía un ejemplar de la revista "Hola" a la par de los bostezos.
-Pinta tus ojos - le ordenaron. Ella lo hizo de mala gana.
-Me encontré a Zooey en Hammersmith.
-Sandra, no hables de eso - reprendió su madre.
-Les manda saludos.
-Te quiero amable con la gente, nada de mencionar a tu hermana.
-Preguntarán.
-Di que trabaja en el extranjero.
-¿En qué?
-En una oficina de UNESCO o Cruz Roja, nadie va a averiguar.
-Tienes amigos periodistas, mamá.
-De sociales, no profesionales.Sandra permaneció callada, con la impresión de que no iba vestida de forma apropiada y dándose cuenta de que su aparente celebridad no le interesaba a nadie.
-Si te piden un discurso, lo das.
-No tengo nada qué decir.
-Exhibe tus medallas.
-Entonces no hablaré mucho.
-Hasta tu hermana era mejor para esto, por Dios.
La joven pensó en aquello. Zooey siempre animaba, quedaba bien, tenía algo qué decir así se tratara de una ridiculez y con el aspecto perfecto conquistaba a todos: era una diva de las fiestas.
-No te apures, Sandra, di lo que consideres necesario y nada más - oyó decir a su padre, mismo que prefería que ella permaneciera como su hija reservada y estudiosa, en vista de que todo le había salido mal con sus hijos mayores. La familia Izbasa invertía fuertes sumas en mantener su imagen de gente honrada pese a los shows mediáticos de Marian y Zooey, mismos que en su mayoría eran de bochorno absoluto.
-¿Te sientes preparada para esta recepción?
-Si, papá ... Supongo.
-Espero que al menos te dejen hablar con tu prometido.
Sandra tragó saliva y releyó la revista, optando por creer que había escuchado mal. En Hammersmith sus compañeras le habían mencionado algo parecido y ella lo había negado, no porque no fuera posible, sino porque la experiencia de Zooey con un marido impuesto le había hecho entender que ella tampoco iba a hacer el esfuerzo de soportar, en su caso, a un hombre viejo.
-Lleyton Eckhart es un caballero centrado, te encantará - mencionó su madre.
-¿Lleyton? Pero ...
-¿Qué ibas a decir?
-Nada.
-Él tiene un brillante futuro, está interesado en que tengas una carrera y esperará el tiempo prudente. Me lo agradecerás.
La chica volteó hacia su padre, mismo que le dirigió una mirada afirmativa, para resignarla.
-Los Eckhart gozan de nuestra confianza; Lleyton es perfecto para ti - remató el hombre y vió a su esposa con complicidad. Sandra no osaba siquiera contestar "no", debido a su tendencia a creer que sus padres no serían capaces de hacerle eso porque ella era diferente, la buena.
-¿Preparada? - inquirió su madre, Sandra asentó.
Cada ocasión que los Izbasa descendían de un vehículo, lo hacían con tal arrogancia que el público curioso olvidaba por segundos que eran los supuestos representantes del pueblo y los aclamaban como celebridades para acribillarlos por la mañana con críticas y sospechas múltiples de uso de dinero público en eventos privados. Consciente de tal circunstancia, Sandra agitaba la mano una vez y agachaba la cabeza ante la pena.
-Te acostumbrarás a la multitud - aseveró su madre - Levanta la cara y haz como si te gustara lo que pasa aquí.
Insegura y por ende titubeante, Sandra giró y sonrió, siendo desconcertada por flashes, que le provocaron la necesidad de cubrirse la cara y entrar corriendo al restaurante al sentirse imposibilitada de soportarlos un minuto más.
-No vuelvas a hacer semejante berrinche, la prensa te está comiendo viva desde ya - sentenció la madre - Lo arreglaremos pero es tu obligación aprender a ser una Izbasa; tu bisabuela de seguro está avergonzada.
Sandra observó a todos lados, con certeza de que le aguardaban más imágenes al ver las caras de los presentes, que aplaudían al contemplarla entrar.
-Bienvenida, campeona del mundo - saludó un presentador poco educado, no obstante la celebración que recibía semejante falta. Ella casi podía experimentar comezón en toda su piel; se preguntó si a eso se referían los que decían de vez en cuando que "tenían urticaria" por cualquier cosa.
-¿Qué hago? ¿Doy la mano a cada invitado?
-Sólo a los que tengas muy cerca.
-Qué incómodo.
-Disimula.
-Trataré, mamá.
Sandra delataba cierta intención de no continuar caminando y poco después se percató que la gente se fijaba tremendamente en su atuendo. Su blusa blanca ponía en evidencia su inexperiencia y su media coleta le daba el tiro de gracia al revelar su extrema inocencia.
-Gracias a todos por venir - decía a los que estrechaban su mano o asentaba a los que la felicitaban mientras la voz se le distorsionaba y sus ademanes se tornaban torpes.
-Me impresionó tu performance, tienes un temple admirable - señaló la invitada más pretenciosa. Sandra apenas logró soltarse de su mano.
-Yo... No esperaba... Qué sorpresa, es maravilloso que me dediquen su tiempo... Hay comida y bebida de sobra, sean felices - dijo la chica al pasar al centro del lugar - ¡La orquesta! De seguro la música será agradable ¿por qué no empiezan a tocar? ... ¡Disfruten todo!
Sandra supo que se había equivocado con sólo ver la expresión severa de su madre y la conmiseración de gran parte de la gente que la rodeaba. No transcurrían ni los primeros diez minutos y era el desastre.
-Lo siento, he estado agotada - declaró la chica - Las entrevistas y los fanáticos son importantes para mí.
-No te preocupes, lo entendemos - respondió la invitada pretenciosa. Sandra evitaba en lo posible cubrirse el rostro pero dio la media vuelta hacia un balcón y cerró una puerta tras de sí. Su madre se quedó excusándola e instando a los demás a disfrutar del festejo. La prensa de sociales no sería benévola.
Sin embargo, desde su nuevo lugar, Sandra distaba mucho de sentirse mejor. Por apresurarse, no se había dado cuenta de que no estaba aislada y que la persona a su lado huía de igual manera, pero la reconocía y vacilaba entre ignorarla o ser cortés.
-Tampoco me agrada esta fiesta.
-Regresaré con mis padres.
-Házlo antes de que nos vean o se den cuenta de que me escondí.
-Yo no sé a donde ir.
-Somos dos.
-¿Estás tomando whisky?
-Un trago, nada más.
-Yo desearía no haberte encontrado.
-No voy a casarme contigo, ténlo prometido.
-Menos mal que hay un poco de razón aquí.
-No quiero truncarte la vida, por Dios, esto es estúpido.
-Mis padres me han comprometido contigo y no tengo idea de quien eres.
-Los míos quieren verme como ministro de justicia y no te ofendas pero eres el trampolín.
Sandra miró a la calle con molestia.
-Lleyton, ¿qué vamos a hacer?
-Soy un adulto, hoy dije que no me involucro contigo.
-Gracias.
-Pero nuestros padres insisten; los tuyos aspiran a volverte una futura sucesora en presidencia y los míos están dispuestos a ayudar.
-Se olvidarán de esta locura, yo soy...
-Su mejor hija, eso piensan de ti y por eso buscan tu obediencia.... Al diablo con esto, tu hermana me habría parecido mejor.
-¿Zooey te gusta?
-No pero al menos ella tiene edad para manejarlo.
-¿Yo no?
-Te diré que sucederá si celebramos nuestra boda: te sentirás miserable, odiarás que te toque, me maldecirás y te convertirás en alcohólica.
-El que toma es otro.
-Yo me refugiaría en el trabajo para hacerte poco caso. Estamos predeterminados al fracaso.
-Mi carrera como gimnasta se acabará, mi piel se volverá seca, no podré enamorarme de ningún muchacho, no usaré ropa ajustada, adiós a mis veintes. ¿Qué digo a mis veintes? A mis dieciocho
-¿Te das cuenta de que ésta conversación es un disparate?
Sandra se dio cuenta de que Lleyton estaba en lo cierto y se conformó con mirar el piso de la calle desde su lugar.
-No te asomes, podrías caer.
-En "Hola" dan nuestro matrimonio como un hecho.
-La prensa rosa ha sido muy absurda, me es irritante aparecer como un candidato a ser atrapado por mujeres codiciosas.
-Yo debo leer esa revista, hablan de Zooey a menudo y a veces es la única forma de saber de ella; pero ahora soy yo la que tiene la atención y me asusta.
-Tu padre habla de reelegirse en dos años, supe que te forzarán a formar parte de su imagen pública y que tendrás a varios asesores para ello.
-¿Y qué hay de ti? ¿Por qué debes estar conmigo?
-Te lo he dicho, para ser ministro más rápido.
-No hablo de eso.
-¿Entonces?
-¿Qué intereses tienen? ¿Nietos?
-En cuánto te gradúes en la universidad. Supe que eres muy inteligente, vas adelantada tres cursos.
Sandra miró a Lleyton y consideró oportuno creerle que no tenía interés en ella y que haría lo posible por evitar un compromiso.
-Házte un favor, enamórate de alguien.
-¿Tú lo has hecho?
-Conocí a una joven.
-¿Ella te quiere?
-Aun no pero es encantadora.
-Me alegra, Lleyton.
-Habrá chicos en la gimnasia que deseen salir contigo.
-No quiero mencionar más palabras sobre gimnasia, se ha vuelto poco agradable.
-¿Puedo saber el motivo?
-No me agrada que digan que soy excelente.
-Por algo ganas.
-Olvídalo y ocúpate de evitar que acabemos juntos, yo me las arreglaré para un novio.
-Te suplico que pienses bien lo que haces.
-Me esmero en no equivocarme.
-Tú y yo deberíamos fallar desde ahora.
-Dame un trago.
-Tampoco te apresures.
-Quédate con la chica que te gusta.
-Despreocúpate y ve a conocer a quien quieras.
-¿Si no funciona?
-Siempre hay alguien, despreocúpate. Entra a otro restaurante, ve el fútbol, siempre hay muchachos, funciona.
-Gracias.
-Es verano, diviértete.
Lleyton sonrió y acabó su bebida de un sorbo, pensando en el consejo que acababa de dar. Sandra permaneció observándolo, interrogándose sobre que hubiera pasado con Trankov en Hammersmith de atreverse a hacer algo.
Había sido una tonta.
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