lunes, 1 de diciembre de 2014

El escape (Primer cuento de la serie navideña "Los relatos del adviento")


Forza Caro!

Tamara Didier y Judy Becaud acordaron almorzar juntas cuando el turno de la primera como cuidadora de Carlota Liukin concluyera. Ambas parecían tener mucho de que contarse y aun así, su conversación se limitaba a sus episodios recientes, como el bochorno del restaurante con Miguel Ángel y el disgusto por una visita a la madre de Judy para pedir un préstamo, sin ignorar su creciente parloteo sobre Viktoriya, a quien miraban celosas.

-A veces agradezco que el teniente Maizuradze se haya marchado; se ahorró la úlcera provocada por Gwendal.
-A mí no me contó que tenía una hija más.
-Nadie sabía antes de esta mudanza tan catastrófica.
-Pero ella parece buena persona.
-No sé que le vio él.
-Yo tampoco; cuando le hablé en el aeropuerto parecía tan afectada.
-Si los Maizuradze lloran es en serio, lo sabré yo.
-Cuando Gwendal llegó, sentí que hasta se ponía un poco contenta.
-Entonces me retracto; Vika derramaba lágrimas de payaso.
-¡Tamara!
-¡Por favor! Es obvio que las usó para que el otro baboso anduviera detrás de ella. ¡No sé cómo no se me ... no se te ocurrió!

Vika había escuchado claramente, pero como sabía la historia entre Tamara y Gwendal, hasta entendía semejante comentario y elegía retirarse con él para evitar que las palabras subieran de tono.

-No puedo creer que Gwendal tenga novia.
-Honestamente yo casi le jalo el cabello a esos dos.
-¿Si lo haces, puedo hacerte segunda?
-Te estás volviendo mala, Judy.
-No, pero me caería bien desquitarme con ese papanatas.
-Papanatas, qué palabra.
-Será divertido si lo hacemos, que bueno que estamos juntas.

Tamara y Judy rieron un poco, evitando al máximo seguir a la pareja con la mirada. A su lado, Carlota Liukin tomaba asiento.

-¿Ese buen humor es por qué?
-¡Joubert!
-¡Se reconciliaron, qué lindo!
-Gracias, Judy.
-Te brillan los ojitos, te ves tan hermosa... Con esa carita ¿quien se quedaría enojado siempre?
-Voy a vomitar - intervino Tamara.
-Estoy siendo amable y digo la verdad.
-Párale a tu pastel.
-Ay, está bien.
-Liukin ¿harías el inmenso favor de volver a tu cama? Se supone que no te puedes mover.

Carlota contuvo su felicidad y se levantó delicadamente para ir a su dormitorio.

-Tamara ¿y mi papá?
-Viene en camino.
-Gracias y Haguenauer te estaba buscando.
-¿Por qué no me dijiste enseguida?
-Casi se me olvidaba.
-Pero a mí no se me puede olvidar nada tuyo.
-Fue sin querer. Voy a descansar.
-Te acompaño - dijo Judy y se incorporó haciendo la seña de que volvería. Tamara asentó y fue por más café, sabiendo que Haguenauer andaría cerca de la máquina expendedora y al igual que ella, rellenaría su vaso, alistándose para platicar sobre cualquier noticia.

-¿Quién te llama? - preguntó al verlo.
-Pasquale Zazoui, sólo para saber cuando retomo mi programa en Lyon.
-Carlota te va a extrañar.
-Posiblemente tú también.
-Contigo mantengo contacto a diario.
-Es curioso: nunca hemos dejado de hablarnos.
-Eso nos vuelve amigos reales.
-¿Le anuncio a Carlota que es hora de decirnos adiós?
-Los tres debemos resolver esto.
-Los cuatro.
-¿Quién es el cuarto?
-Ricardo Liukin.
-Cierto, no sabe que te vas.
-He llamado a coreógrafos, entrenadores y gente que podría ayudar.
-Gracias.
-¿Estás preparando tu comparecencia, Tamara?
-He escrito un borrador, nada extenso.
-Viene una época fuerte ¿no crees?
-¿Hay noticias?
-Malas.
-¿Multas?
-¿Al grano?
-Por favor.
-No quiero ser quien te avise.
-Romain Haguenauer, lo que sea, ya lo esperaba.
-Necesitas un abogado, juntar tus documentos y si tienes ahorros es hora de sacarlos.
-¿Estoy demandada?
-La federación no te defenderá; la fiscalía italiana te fincó cargos.
-¿Luca Fabbri fue acusado?
-Para tu consuelo, sí.
-¿Por posesión?
-Ambos tendrán que responder por el EPO y adicionalmente fuiste acusada por suministro de drogas; te salvaste a medias del asunto de las anfetaminas.
-Comprendo.
-¿Irás a enfrentar el proceso antes de la orden de Interpol?
-¿Van a pedirla?
-Si no te presentas en un mes, la prensa amará tus fotos esposada.
-Con esto y lo de Carlota me declaro con el año arruinado.
-Esa es otra cuestión que no te va a gustar.
-¿Por qué?
-La federación se toma muy en serio lo que Fabbri dijo y te van a notificar que estás vetada de toda actividad relacionada con el patinaje artístico por tiempo indefinido.
-¿Vetada?
-Se acabó, Tamara; al menos por ahora concéntrate en defenderte.
-Oh, lo estoy tomando tranquilamente.
-Hay un extra, tu alumna.
-¿Carlota? ¿Qué procede?
-Te removieron de su equipo técnico; si conoces a alguien que desee trabajar con ella o que no la odie, estará bien.
-¿Estoy desempleada?
-Los Liukin se volverán locos sin ti.
-No me necesitan.
-Dependen de tus reglas, lo sabes.
-¿Ricardo se enteró de esto?
-¿Por qué crees que viene? Recibió el oficio.
-¿Qué voy a hacer?
-No conozco abogados.
-No tengo un solo centavo.
-¿Sirven 100€? Es mi saldo disponible.
-Tendré que trabajar en... No sé hacer nada.
-Tienes talento, hay cosas que te pueden ayudar, en el periódico ofrecen de todo.
-Seré niñera.
-¿Segura?
-Haguenauer, préstame tu celular.
-¿A quién le vas a hablar?
-A nadie, voy por un diario.
-¿Estás bien?
-No me volveré loca.

Tamara actuaba cierto optimismo y aquello le permitió alejarse de su amigo para perderse entre el personal del hospital y los pacientes, yendo hacia el exterior sin levantar la vista del piso. En la banqueta había una cabina telefónica y ella se introdujo con el fin de contar las monedas que traía en el bolsillo, constatando su escasa suerte.

-Prefiero ir a la cárcel - se reprochó y abandonó la cabina para cometer el robo de una cartera, pero terminó devolviéndola y disculpándose; no sin huir de la escena.

-Adelina podría serme útil - caviló y fue a buscarla cerca, pero con tan mala suerte que la otra se negó a escucharla, alegando que no le interesaban sus problemas.

-Dame dinero, te lo pagaré.
-Si vas a entrar al bote, no me conviene.
-Nunca he querido un solo favor tuyo, pero el tren a Biarritz no tarda en salir.
-¿Serás una prófuga?
-Es una forma de verlo.
-20€
-Debí tomar el dinero de Haguenauer cuando pude.
-No digas que soy tacaña, ¿para que te alcanzan otros treinta?
-El pasaje de tren sencillo y tal vez un autobús después.
-¿Qué vas a hacer?
-Sé que compraste un celular ¿me lo prestas?
-Llama, pero si te pasas de dos minutos te lo quito.
-Hecho.

Adelina entregó con recelo su aparato y Tamara se apresuró en marcar aunque el resultado tardara y como resultado se estresara.

-¿Mamá?... Rayos, que no se corte ... ¿mamá? ¿por qué tardaste en contestar? ... ¡No me cuelgues! ¡Mamá! ... Ya te entiendo, déjame hablar... Me gusta escucharte pero ... ¡No me interesa si papá se cayó! ... Mamá, me urge ... Sé que siempre grito, pero... Mamá, voy a Biarritz... En tren llego a las seis y media ... Voy sola ¿cuántas veces te he dicho que no tengo novio?... No tendré uno ahora y no conseguiré compañía de aquí a mañana... Ni amigas ... ¡Dile a papá que no soy lesbiana y que no se meta!... No traigo equipaje ... No me gustan las frazadas ... No me estás oyendo, mamá es urgente.... Sí, sí estoy llorando... ¿Sólo podrías ir por mí?

Adelina no reclamó la tardanza después de que acabara esa charla.

-Gracias.
-¿Voy contigo?
-Quedamos en que no me has visto.
-Hoy por ti, mañana por mí.
-Nos vemos.

Tamara abrazó a la chica inesperadamente y esta última se vio a sí misma deseando suerte y desprendiéndose de más dinero para que la otra no pasara hambre en el tren. Poco después, la dejó de ver.

Caminando rumbo al hangar, Tamara Didier aprovechó para detenerse ante los puestos de fruta, preguntado a varios vendedores de donde provenía su mercancía mientras se animaba a comprar el boleto a Biarritz y atendía el sonido de los anuncios de salidas y llegadas.

-¿Saben a qué hora sale el tren?
-En quince minutos.
-Es mucho tiempo.
-Pero hay una corrida a Bayonne.
-Eso sería perfecto, ahí podría conseguir un pasaje a Biarritz o ...
-¿A qué pueblo va?
-Hasparren.
-Le queda más cerca Biarritz.
-Es que si pudiera marcharme rápido...
-Mejor vaya más directo, suerte.
-Gracias, buenas tardes.

La mujer dio media vuelta y se dirigió a la taquilla, en donde se colocaban los nuevos horarios para las corridas de las siguientes tres horas. El lugar estaba lleno y la venta fluía lenta, pero ella le pidió de favor a alguien que le obtuviera el billete sencillo. En medio de ese lugar, ella creía sentir un peso cada vez más aplastante.

-Tome, su tren está en el hangar ocho.
-Se lo agradezco, ¿hago algo por usted?
-Déjelo así.
-Tenga buen viaje.
-Igualmente.

Insegura y con un poco de frío, Tamara buscó el punto de salida y un vagón que le gustara. Sin derecho a una litera por pagar lo más barato y obsesivamente preocupada por permanecer sola en el camino, se aferró pronto a un asiento junto a la ventana, pensando en calmar sus nervios con un insignificante té; por otro lado, sus periódicos estaban abiertos en la sección deportiva y perfectamente doblados, como si fuera a consultarlos de vez en vez por incredulidad. Sabía que nadie iría por ella y no tendría encuentros casuales con gente que la reconociera, así que prestó atención al momento en que el convoy cerró sus puertas y recorrió los primeros metros mientras decenas de manos se despedían al exterior.

-Cuando estemos cerca de Arcongues ¿me avisaría? - solicitó ella al inspector.
-Con gusto señorita.
-Gracias, ¿tendrá algún diario de allá o de algún pueblo cercano?
Por supuesto, se lo traigo si gusta.
-En realidad, busco un mapa del Pays Basque*
-Guardaremos uno por allí, antes los diarios de allá publicaban varios a cada rato.
-Lo sé bien.
-Zer poza! Ez dago beste inor gogoratu**.
-Mesedez, frantses elebakarra.***
-Es una pena, su voz suena más interesante cuando no ahoga las erres.

Tamara observó al oficial con un poco de enfado pero este prosiguió.

-¿Dónde va?
-Quiero pasear, no tengo un destino.
-¿Sin equipaje?
-Viajo ligero.
-¿Por qué comenzar en Biarritz?
-Es una escala.
-¿Qué lugar busca?
-Hesparren.
-¿El pueblo o el valle? Están más cercanos a Donibane Lohizune****
-¡Saint Jean de Luz!
-Es el mismo pueblo.
-Saint Jean de Luz es más reconocible.
-No entre los lugareños.
-Si hubiera un tren desde París, lo abordaría.
-¿Por qué Hesparren?
-Ahí viven mis padres.
-Ahora todo tiene sentido.

Tamara asentó y el otro se levantó para volver a sus labores. Una vez fuera de París, no conversaron más.

En la travesía, poco a poco se iban mostrando una serie de paisajes cada vez más campestres y el viento cálido se hacía más presente cuando la mujer decidió levantarse y contemplar a los pasajeros que tomaban fotos o que lidiaban con sus niños mal portados. Algunos eran vascos y otros sólo querían conocer la región por curiosidad o por disfrutar de un barato fin de mes en hoteles poco conocidos e innumerables posadas. Ninguno iba a Hesparren y nadie mencionaba que pasaría por ahí; los menos hablaban de cruzar a España por Hendaye o pasar la noche en la propia Saint Jean de Luz antes de tomar ruta por Uzrugne. Tamara conocía muy bien la zona y figuraba lo que cada viajero habría de toparse; no obstante admitiera en su interior que no hallaba Hesparren y que se perdía cada vez que trataba de volver. Era tal vez por el desdén que le provocaba el campo.

Después de las cinco de la tarde, la joven mujer retornó a su asiento y a su lectura y no hizo el menor caso al personal que servía mesas o limpiaba el corredor; mostró su boleto de nuevo al encargado y se abstuvo de pedir un lápiz aunque tuviera ganas de escribir algunas líneas. En su lugar, prefirió armar barcazas pesqueras como las de Saint de Luz y jugar con ellas el resto de la tarde, consciente de que lucía extrañamente tonta. Afuera, el ambiente era frío pero ella, acostumbrada, no tiritó y menos se inmutó ante la calefacción del tren, misma que podía ser insoportable y le daba una sensación desagradable en los pies.

-Esta estación es Arcongues.
-Gracias.
-En veinte minutos llegamos a Biarritz, buen viaje.
-Como sea, gracias.

Sin hacer el menor gesto, Tamara clavó la mirada en la ventana y pronto notó que sudaba un poco. Estaba cerca del mar, así que era de esperarse y entendió que era hora de decirle "hola" al viento que la fastidiaba y a un sol brillante que le bronceaba en contra de su voluntad. Apenas y reconoció la entrada a Biarritz y había una muchedumbre en las calles, preparándose para una noche similar a la española, con bares y antros que escupirían gente a las seis de la mañana.

-Debí pedir el billete a Bayonne - susurró incorporándose para ser la primera en salir. Al detenerse el tren y abrir las puertas, ella saltó aliviada.

-¡Tamara! ¡Tamara es por acá! - gritaba alguien, pero su voz apenas se detectaba hasta que un hombre alto, con barba descuidada y un poco larga se aproximó.

-La loca es tu madre, camina.

Ella nada contestó y de mal talante siguió a su padre hasta la salida del hangar.

-¡Mi pequeña! Que bueno que nos visitas...
-Si nos visitara no tendríamos que venir por ella.
-¡Bernard!
-Es la verdad.
-No le hagas caso, Tamara. Tenía deseos de verte, de saber de ti, hace tanto que no llamabas.
-Mucha alharaca y lo que quieran pero conduje tres horas y ahora quiero volver a casa.
-La granja está a una hora - añadió Tamara.
-Tu padre se perdió, dimos varias vueltas.
-Se perdió, claro.

Los tres tomaron dirección al exterior y aun con la luz del día, se distinguía un jeep blanco muy viejo al que el padre de Tamara veía con satisfacción mundana.

-¿Dónde está la camioneta que les regalé?
-En el depósito de chatarra.
-¡Papá!
-Tamara, tu padre bromea, en realidad la cambio por esto.
-No es en serio.
-Me cabe más mercancía - remató el hombre.
-Mamá ¿por qué lo dejaste?
-Es que Bernard tiene razón.
-La camioneta era tuya.
-Pero no era tan práctica, con el jeep él va y viene sin problemas, lleva los pedidos y hasta salimos de vez en cuando.
-Al mercado en Espelette o a ver estúpidas cabras.
-Tu padre compró unas para hacer nuestro propio queso y no depender de la granja de Annick.
-¿La vendedora dejó de ser su amante?
-¡Tamara, por Dios que dices!
-¡Él se la pasaba metido con esa tipa!
-Le enseñó a fabricar queso casero.
-Eso me asqueó.
-Sólo sube al auto, se hace tarde.
-¡Ya oíste a tu madre! Tengo prisa, alguien debe prepararme la cena.
-¡Cocínala tú mismo!
-¡Anne, controla a tu hija!
-¡También soy tuya!
-Tamara, basta. Bernard, conduce por favor

Tamara se cruzó de brazos y cubrió su rostro con el suéter que su madre le daba. Ambas viajaban en la parte trasera.

-Voy a tomar el camino a Saint Jean de Luz y la desviación al pueblo - anunció el padre.
-¿No sería más fácil ir derecho?
-No es un tour, Anne.
-Pero sería bonito que Tamara viera lo nuevo.
-No hay una gasolinería en treinta kilómetros, mañana tendré que conducir a Hesparren a conseguir que me llenen los recipientes y el tanque.
-Creí que habías ido esta mañana.
-Fui a vender calabazas, no tuve tiempo.
-Pero llegaste con unos galones llenos.
-Debo surtir más si quieres ir a la playa el domingo.
-Te pedí que me trajeras pescado a la casa para no ir de madrugada.
-Paso mañana, a ver si te despiertas para que lo elijas.
-¿Dejarían de discutir? Me va a estallar el cerebro - dijo Tamara.
-Nadie está discutiendo, hija. Tu padre se olvidó de algo.
-Es lo mismo desde 1970.
-¡Luego dices que yo soy el que empieza, Anne!
-Tamara, por favor.
-¿Le vas a decir algo?
-Cálmate.
-¡Mamá, él es que está molestándonos!
-Esta vez quiero la fiesta en paz, contrólate hija.
-¡Ah...! ¡Ay!

Tamara apretó los dientes y giró la cabeza a donde no pudiera ver a su padre, no obstante su madre tratara en vano enseñarle los rebaños y los letreros verde pastel de la carretera, como si las novedades estuvieran encerradas ahí.

-¿Sabes que el castillo ahora es una granja de hortalizas? Cuando queremos una buena col, nos basta llevar una canastita de chiles+.
-Qué emocionante...
-Hija, te gustará acompañar a tu padre, las personas son muy amables.
-Si la familia que viviera allí no fuera tan convenenciera, te creería.
-Ahora nos atienden los hijos de Patxi Herranz.
-Júrame que no dijiste eso.
-Fran y Arantxa te aprecian mucho.
-Son de la clase de gente a la que ni de chiste le hablo.
-Fran todavía pregunta por ti, lo dejaste enamorado.
-Lo abandoné en una fiesta de verano a media frontera.
-No le importó.
-Con que no me lo encuentre, mejor.

El resto del trayecto fue silencioso, adecuado para aclimatarse y ver como los trigales se teñían de los colores naranja del crepúsculo mientras el horizonte se oscurecía en tonos morados. Ocasionalmente se leía "Hesparren" al lado de una flecha que indicaba a la izquierda, pero la desviación indicada era una que se hallaba junto al viñedo del vecino más proximo a la granja de los Didier. Tamara a lo lejos veía la casa de sus padres, toda de madera y de fachada azul, con un pequeño estacionamiento para bicicletas al frente y la diminuta bodega a la izquierda si veía de frente, además de un árbol enorme atrás.

-Bienvenida a casa, hija - expresó su madre cuando el jeep se detuvo.
-Bajen rápido porque guardaré esta chatarra - remató el padre.
-La educación es ejemplar.
-Tamara, ahora no.
-Mamá ¿por qué hay que aguantarle las groserías?
-No las hace con intención.
-¡No lo defiendas!
-Cocinaré la cena y no voy a enojarme antes, tú me vas a ayudar a poner la mesa y todos contentos ¿de acuerdo?

Tamara descendió con enojo creciente y con mala cara aseó sus manos en el fregadero. Tal vez, la impresión por regresar hubiera sido menos desagradable de no constatar que el comedor estaba demasiado grande y la sala se reducía a un sofá cercano a la puerta. ¿Qué había sucedido?

-Tu padre construyó una chimenea y en la cocina hay un horno de piedra ¿no te parece bonito?
-¿Cuándo hizo eso?
-Estrenamos en Navidad; yo te invité pero estabas muy lejos. En un momento tendré listo todo, el vino está arriba de la alacena.
-¿Qué harás?
-¿Comida? Morcilla con huevos, el favorito de mi hija y su padre.
-Ese es un desayuno.
-Es una ocasión especial, como cuando sacabas una estrellita en la escuela. Comías del plato de tu padre.
-¿Por qué no me morí de chiquita? - exclamó la joven al ver como Bernard Didier parecía recordar esos instantes al entrar con leños para encender fuego y acomodaba latas de cerveza en el refrigerador.

-No toques mi reserva 1993 - dijo él, aunque Tamara se diera cuenta de que era la única botella de tinto.
-Celebremos que nuestra hija vino a vernos.
-Porque tiene problemas.
-Bernard...
-Lee cualquier periódico para que sepas que necesita dinero.
-¡Calla!
-Es la verdad. Si le urge pagar al abogado, que trabaje.
-¡No arruines el momento, Bernard!
-Lo siento, pero me fastidia que venga para que la salvemos.
-Ella sabe que si se queda, tiene que ocuparse de algo en la casa.
-Si a esas vamos, hay un huerto de manzanas en el patio que requiere un cuidador. Tamara, empiezas a las seis de la mañana y ganarás 5€ la hora.
-Pensaba ir a la pista a pedir que me dejen encargarme del grupo de niños; como no son competidores, yo podría ... - añadió Tamara.
-Tienes toda la tarde para recoger manzanas y llevarlas a prensar ¿La cena estará lista en cinco minutos?

Anne Didier respondió que sí y frotó un poco la espalda de Tamara para reconfortarla.

-Tu padre ha puesto las reglas, yo te ayudaré de todos modos.
-Gracias.
-¿Me contarías qué pasó?
-Hoy no.
-Es que en los diarios te acusan de cosas terribles.
-Créelas.
-Mira, de Luca Fabbri no sé mucho, lo trajiste una vez a la casa, era un buen muchacho, muy risueño. Me ayudó a sacar el estofado del horno ¿te acuerdas?
-Sí, él era considerado.
-¿Es cierto que le diste unas sustancias para que compitiera?
-También las tomé.
-¿Qué estabas pensando?
-En ganar, mamá. Luca bajó su nivel y le ayudé, mal, pero lo hice.
-Tamara ¿cómo vas a salir de esto?
-No lo sé.
-Llamaré a ... Algún amigo abogado he de conocer, estaremos juntas ¿sí?
-Mamá, perdón por no hablarte antes.
-Tamara, está bien. Coloca los cubiertos, llevaré las copas.

La joven procedió a arreglar la mesa y colocó servilletas cuando su madre, alegre, anunció que el guiso estaba en su punto. La familia Didier no era muy protocolaria, no obstante, la situación ameritaba un poco de esmero y el ansiado silencio era un detalle que se agradecía. Bernard Didier tomaba el vino cada vez que veía a su hija y se abstenía de mirar a su esposa, que, compasiva, le sonreía a los dos, como si esperara que se sentaran a charlar al día siguiente.

-Perdón, no me siento bien.
-Tamara ¿llamo a un médico?
-Te va a decir que no me enfermé, mamá. Perdón.
-Oh, te acompaño ... Bernard, recoge todo, usa el lavatrastes.... Tamara, te llevo una toalla.

Anne Didier alcanzó a su hija en el baño, en donde la escena de rechazo era de rutina.

-Te acostumbrarás a la comida, ya verás. Te daré muchas vitaminas, te pondré fuerte, recoger manzanas te hará mucho bien, necesitas aire, ideas distintas en la cabeza. La morcilla fue demasiado pero mañana un plato de avena caliente te sentará.
-¡Tengo anorexia, mamá!
-No te doy permiso de impedirme meterte el bocado al estómago y me importa un comino si me dicen que tu recuperación es voluntaria o que debes comenzar poco a poco. Soy tu madre y te ordeno que comas todo lo que prepare porque en la corte no tendrás tiempo de reponerte. Cepíllate los dientes, usa el enjuague bucal del botiquín y descansa un poco. Te sacaré una pijama para que duermas lo más que puedas; preparé tu cama antes de ir a Biarritz.

Tamara bajó la cabeza y lavó su boca, un poco avergonzada ante su madre, que enseguida volvía a su buen humor y ponía una gran almohada en el colchón de su hija.

-¡Anne, voy a ver quien toca! - gritó Bernard, ocasionando que su esposa saliera con él para enterarse de lo que pasaba. Como en la regadera había una ventana, Tamara asomó la cabeza.

-"¿Arnaud Mélenchon? ¿Ese chef idiota?" - pensó - "¿Qué hace aquí?" - y eligió ir con sus padres, mismos que no pronunciaban palabra todavía.

-¡Mélenchon!
-Tamara, vuelve dentro - pidió su madre.
-¿A qué vino?
-¡Qué sorpresa! La hija no olvidó de dónde viene.
-Vete al diablo, ¿qué te trae por aquí?
-Vine por los famosos pimientos de Bernard Didier, los que son mejores que los de Espelette.
-¿También por calabazas?
-No estaría mal hacer un asado con las mejores verduras de la granja Didier.
-¿Otra cosita que se te ofrezca?
-Oye, Bernard ¿Pronto cosecharás manzanas? Veo que tu mejor empleada está lista.
-¡Hijo de pu...!
-Tamara, te creía educada, tu madre es decente.
-Los Didier no te venden, retírate.
-Tus padres negocian.
-No dicen pío.
-Deja a los adultos arreglarse, niña.
-Primero robas nuestras semillas y después nos arrebatas terrenos ¿por qué habría de tratarte bien? ¡Lárgate Mélenchon!
-¿Si no te hago caso, qué?
-Te echaré a escopetazos, ¿quieres averiguar?
-Bernard, controla a tu hija.
-Tengo que darle la razón- respondió el señor Didier - No hago tratos con idiotas.
-Es ilegal negarme la venta.
-Te quedaste con la mitad de los huertos de mi familia, deberías tener tus propios pimientos.
-Demandaré.
-Tú demandas y te llevo a la corte por apropiarte también el nombre del valle para tu estúpido hotel - reviró Tamara.
-Nadie te apoyaría.
-Tan segura estoy de que hay gente furiosa, que no seríamos los únicos en patearte el trasero y expulsarte del valle. Adiós Mélenchon ... Por cierto, tu comida sabe a tierra ¿lavas tus hortalizas u obligas a tus clientes a comer "súper natural? A Sanidad le va a encantar como llevas tu "concepto verde".
-Eso es mentira.
-Pero no tus platillos quemados, esos que dices que son innovadores "porque sale el sabor real cuando quitas lo negro"... Ja ja, lárgate.
-Eres una pésima defensora.
-Y tú un pseudo chef, imbécil.
-Me daré una vuelta mañana, será un placer ver como te cortas con los manzanos y te caen arañas, Tamara.

Ella no agregó más y Artaud Mélenchon subió a su vehículo.

-Hija, ven descansa.
-Mamá...
-Fue mucho por hoy, temprano vas a preguntar por el empleo y el huerto te espera. Te arroparé.

Tamara accedió y se introdujo a la casa, notando que la chimenea funcionaba y en las habitaciones se gozaba de la temperatura perfecta.

-Ya te acostaste.
-No me cubrí.
-Aquí está la sábana, luego la cobija, el cobertor y la frazada.
-Detesto las frazadas, mamá.
-Pero te confortan.

Anne Didier besó la frente de su hija y comenzó a arrullarla, cantándole como si fuera su bebé todavía y abrazándola para que el sueño llegase pronto.

-Mi niña, ¿qué voy a hacer contigo? - se lamentó y su marido se acercó.
-¿Se durmió?
-No se despertará.
-¿Qué te ocurre?
-Bernard ¿cómo la apoyaremos?
-¿En serio?
-Lo leímos, Bernard.
-Tamara debe defenderse sola.
-Presiento que no podrá, no sin nosotros.
-Tu hija está grande.
-¿Notaste que es anoréxica todavía? Le sostuve el cabello mientras me esforzaba en no llorar y la amenacé con obligarla a acabarse la avena de mañana; no recuerdo bien que le dije.
-Ese es su problema.
-¿Si se muere, seguirás creyendo lo mismo?
-No le des remedio, ella está consciente de lo que hace.
-Bernard, estamos hablando de nuestra hija.
-Resolverle la vida le hará más daño.
-Por eso la obligamos a cooperar aquí y me gusta que haya pensado en algo por su cuenta para juntar lo que pueda, pero la posibilidad de que vaya a la cárcel es real, no estoy dispuesta a que termine allí y menos así de mal como está. Que haya hecho trampa, que consuma drogas, que haya tomado desiciones estúpidas y mintiera no me tiene feliz y estoy de acuerdo en que afronte sus consecuencias; pero en el camino perdió a un bebé, tiene el metabolismo hecho pedazos y nadie la escucha ni la aprecia ¿Cómo la voy a abandonar? ¡Se está muriendo, Bernard!
-Anne...
-Es nuestra hija.

Bernard Didier se recostó al lado de Tamara y con su mujer, repitió la canción de cuna hasta el cansancio. Ninguna palabra adicional se podía pronunciar.
Aurtxoa Seaskan, canción de cuna vasca. Historia y traducción, clic aquí.


*País vasco.
**¡Qué alegría! Nadie más lo recordaba.
***Por favor, sólo francés.
****Donibahe Lohizune es el nombre en euskera del pueblo francés Saint Jean de Luz.
+Los chiles son conocidos como pimientos picantes o ajíes en Sudamérica y España.

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