-¡Hola! Ven aquí, Carlota ¡démonos un abrazo!
-¿Cómo te sientes?
-Mejor, me dijeron que tal vez me den de alta mañana.
-Qué bien.
-¿Cómo sigue Joubert?
-No he pasado a verlo, Sergei dice que está bastante mal.
-Se recuperará.
-Judy, sólo quiero que sepas que Jean está allá afuera.
-¿De verdad?
-Hablará contigo, ya verás.
-Gracias.
-Iré a cambiarme de ropa y ver como están los demás, vuelvo en un ratito.
-Carlota, gracias.
-¡Te quiero mucho, Judy!
-Igualmente, salúdame a todos y diles que estoy bien.
-Nos vemos.
-Adiós.
Carlota agitó su mano y se retiró con la cabeza baja, volteando a ver a Trankov apenas.
-¿Dónde vas Carlota? - inquirió el general Bessette, que llegaba.
-Me... me tengo que poner un vestido limpio, iré a mi hotel.
-Haré que te lleven.
-No, gracias.
-Es lo menos que puedo ofrecerte, daré instrucciones para que te compren un atuendo de tu gusto.
-No, general.
-Carlota ...
-Señora Bessette, volveré... Todo va a estar bien.
La joven comenzó a llorar de nuevo y Trankov se levantó a estrecharla y susurrarle que se fuera sin preocuparse.
-Le pedí a Miguel Ángel que viniera por mí.
-¿No quieres que te cuide?
-Volveré.
-Mira a todos lados, todo el tiempo.
-No quites los ojos de Joubert.
-Ve tranquila, Carlota.
La joven se colocó un suéter y caminó hacia la recepción, en donde los fotógrafos y los reporteros la abordaban sin que ella les diera una declaración. Al menos había llorado lo suficiente como para que los demás lo notaran y dijeran que estaba invadida de miedo, lo cual no era mentira.
-¡Señorita Carlota! - intervino Miguel al verla, dándole la mano para pisar la banqueta.
-¡Mensajero, quiero ir a casa! - dijo la chica, apretándolo y sacando algunas lagrimillas que le hacían falta - ¿Cómo nos vamos?
-En el trabajo me dieron una bicicleta.
-No te tardes mucho.
Carlota abordó y Miguel la condujo por un París solitario, en donde los escasos transeúntes colocaban velas en las esquinas.
-Fue una noche de locura, no paré de trabajar.
-Miguel...
-Hubo tantas balas y gente que rescatar...
-¡Miguel!
-Perdón, es que no pude llegar.
-¿Dónde?
-Con usted. De verdad, lo lamento tanto.
Carlota no entendía y no insistió porque temía enojarse y descubrir que a Miguel no le pararía la boca con sus palabras acerca de "estar a su servicio". Por supuesto, el otro lo adivinaba con sólo verla por el espejo retrovisor y prefería darle un paseo para calmarla.
-Tomaré un baño y comeré algo ¿no sabes si mi familia está en el hotel?
-Nadie ha ido para allá, han estado buscándola desde el barrio chino hasta Montmartre.
-Nadie en Saint Denis.
-Su tío Gwendal está con Viktoriya, preguntaré si puede pasar a visitarlos.
-¿Qué les pasó?
-Ella se desmayó y tiene la presión baja.
-Gracias, Miguel.
-¿Quiere llevarle un regalo?
-Y uno para Judy... Búscame unos perfumes.
-Hecho.
-Con todo esto, olvidé que día es hoy, no importa.
-Sábado.
-El lunes vuelvo a clases.
-No creo ¿ha podido oír las noticias?
-No.
-El ciclo escolar no iniciará el nueve sino el dieciséis de septiembre.
-¿Nueve?
-Dieciséis.
-No, no, hoy es siete.
-Así es.
-Siete.
-¿Qué pasa?
-Es nuestro aniversario, Joubert y yo cumplimos un año ¡Es nuestro aniversario, nuestro aniversario!
La chica alzó los brazos y prácticamente gritó de alegría.
-¡Miguel, Miguel! Necesito conseguir pastelitos y mucho té ¿podrás...?
-Le consigo lo que quiera pero media ciudad está cerrada.
-Lo haré yo misma ¿llegó mi ropa de la tintorería?
-La recogí ayer como lo pidió.
-¡Ay mensajero, te quiero!
-Gracias, señorita.
-Me conformo con unas galletas, espero que alguien haya decidido trabajar.
-Yo las consigo.
-¿Qué haría sin ti, Miguel? Me esperas.
-¿Busco a su familia?
-Los llamaré, ve por las galletas.
-Enseguida.
Miguel Ángel se detuvo frente al hotel Odessa y Carlota descendió aprisa, perdiendo los tenis en la escalera e ignorando al recepcionista, que le avisaba como podía que su familia estaba preguntando por ella.
-Iré al hospital de Saint Denis.
-¿No va a esperar a nadie?
-¡No! ¡Si alguien me busca, no estoy!
La muchacha ascendió hasta su habitación y constatando la ausencia de compañía, puso a hervir agua y se metió a la ducha, tratando de ignorar la sangre seca que se desprendía de su pelo y de sus manos, así como de sus mejillas. Carlota pensó en por qué se había permitido quedarse con la misma ropa y sin bañarse y por que nadie se lo iba a hacer notar; dándose como respuesta que no lo habían advertido ni Trankov, ni las enfermeras, tampoco la madre de Joubert ni los médicos porque no se apartaban de la sala de espera, salvo el general Bessette que iba y venía a momentos, atendiendo periodistas o sus pendientes y citas impostergables.
Carlota no dudó en arreglarse con ropa formal y recoger su cabello, maquillándose mientras recordaba como Joubert se le declaró. En aquél momento se había creído tan enamorada que...
-Aun te amo, Joubert - pronunció mientras se maquillaba y colocaba algo de té chai en el agua. En su bolso metía servilletas de tela y una tarjeta que alguna vez quiso dar como regalo y olvidó por mudarse. Cuando la bebida estuvo lista, la metió en una canasta y abandonó el lugar, encontrándose con Miguel más tarde.
-¿Qué trajiste?
-Galletas de canela y un pan de pasas.
-No combinan con el chai.
-Los conseguí en una tienda china.
-Está bien.
-¿Nos vamos?
-¿Me veo bonita?
-Muy hermosa.
-Es por Joubert ¡es nuestro aniversario!
Carlota subió a la bicicleta y Miguel procuraba tener cuidado para no arrugarle el vestido. La atmósfera triste de París era acompañada por un clima fresco y cielo despejado, señales de que el frío aparecería en cuestión de horas y se estacionaría hasta marzo.
-Haré lo posible por Joubert.
-¿Qué? No te escuché.
-Tal vez haya que interceder porque se mejore, confíe en mí, senorita.
-Eres muy amable, Miguel. Reza también por su mamá, por favor.
-Lo que quiera.
Miguel pedaleó tan veloz como fue capaz, ignorando la lejanía de Saint Denis, pretendiendo dejar a Carlota a tiempo para que celebrara cuantas horas le dejaran. Ayudaba mucho el nulo tránsito y se podían ver innumerables papeles tirados en el suelo.
-Diviértase.
-Miguel, recójeme mañana a las diez.
-Por supuesto.
-Nos vemos.
-Cuente conmigo.
La joven abrazó a Miguel porque no pudo evitarlo. Algo en él le inspiraba confianza y pensaba que había hecho demasiado por ella como para darle una recompensa, aunque darle cualquier baratija o un poco de dinero extra no serían suficientes. Carlota se bajaría de la bicicleta con una sonrisa enorme de gratitud y entró al hospital con una gran energía, llamando la atención con su elegante atuendo blanco y sus aretes, que a pesar de ser de fantasía, brillaban como si poseyeran ese fulgor que caracteriza a las verdaderas perlas. La recepcionista no se atrevía a negarle el paso y la gente que la rodeaba, la admiraba como si estuviera a punto de realizar una hazaña formidable.
-Carlota, debiste ir a dormir - le dijo Alena Bessette.
-No soy capaz de perderme este día, Joubert y yo estamos de fiesta.
-No entiendo.
-Es nuestro aniversario ¿cómo dejarlo pasar?
La madre de Joubert tocó el rostro de Carlota y abrió la puerta del cuarto de Joubert, en donde Andrew Bessette parecía haber entrado por consternación.
-¡Carlota! Pasa, finalmente estamos dentro, los doctores creen que Joubert se encuentra en buenas condiciones... No sonó muy bien - inició el general Bessette.
-Traje galletitas ¿gusta una?
-No, pero supongo que te mueres de ganas de platicar con mi hijo.
-Le hará bien una fiesta.
-¿Traigo globos?
-Con una felicitación basta.
-¿Qué celebras?
-¡Es una fiesta de té por mi primer año con Joubert!
Carlota acercó una mesita a la cama del chico y enseguida colocó el pan y el té mientras buscaba en donde poner las galletas y descubría que Miguel había obtenido serpentinas y confeti.
-¡Se ve muy bonito, Joubert! - exclamó cuando adornó el lugar - ¡Cuando abras los ojos te voy a echar confeti en la cara, sé que eso te gusta!
Acto seguido, Carlota abrió una ventana y posó su mirada en París, cuyo cielo se tornaba rosado y se llenaba de cristales de hielo.
-Ojalá pudieras ver esto, es tan hermoso - murmuró y volteó a la sala de espera, viendo a Ricardo Liukin arribar. Ella no pudo contenerse y fue a su encuentro, en medio del llanto.
-¡Te extrañé, papá!
-¡Cielo, no llores, aquí estoy, ya no me iré!
-¡Me asusté mucho, Joubert no despierta!
-Se recuperará, lo verás.
-Queremos tener un día muy feliz.
-¿Por qué?
-Joubert y yo te invitamos, es nuestro aniversario.
Carlota sujetó la mano de su padre y lo condujo donde los Besette, dándole en el acto un vasito de té y una rebanada de pan, insistiendo en el tema de la celebración, clavando la mirada en la ventana para soñar con un paseo de la mano de Joubert.
Desde el blog van los deseos de un gran y feliz año nuevo 2016. Gracias por este 2015.
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