Tessa Virtue y Scott Moir / Foto cortesía de tumblr.com
Llegó septiembre justo en el minuto que Judy Becaud luchaba por no terminar su embarazo y la enfermera, por no perderle a ella, le sostenía la mano. En la sala de espera, la única persona que se había presentado hasta ese momento era una Carlota Liukin que impactada por verse cubierta de sangre, estaba bajo los efectos de un sedante que la mantenía sentada y con los ojos fijos en Joubert Bessette, que era atendido en el cuarto de al lado después de salir del quirófano. Andrew Bessette no había autorizado la transfusión que el chico requería.
-¿Creen que pueda hablar con la policía?
-La pobre niña apenas puede con su alma porque llegó casi muerta del susto, no ha llamado ni a su casa.
-¿Qué hay de la mujer que venía con ella?
-Tampoco ha venido nadie y eso que espera un bebé; de menos, esa si alcanzó a avisarle al marido.
Las enfermeras comentaban cualquier cosa y una hizo notar que Judy se había maquillado para no delatar un moretón al lado de la boca que nada tenía que ver con los otros que le había provocado el tirador de La maison rouge.
-Otra a la que le pegan, no sé por qué nos sorprende.
-Ay queridas, es que aquí viene a parar cada sufrida.
-Y de ellas vivimos, así que mejor a trabajar, ya veremos que gañán es el que le tocó a esta tonta.
Carlota poco pudo hacer por reaccionar, excepto voltear a ver a Judy, que ya lucía el mencionado golpe y le daba una apariencia de tristeza permanente.
-Va a terminar por no sentir nada - remató otra enfermera cuando Judy gritó desesperada y llorosa, preguntando si su esposo iba en camino.
Horas antes, calle Bruyère, Montmartre.
-Jean, buenos días.
Judy Becaud acababa de despertar y saludaba a su marido normalmente, así este le ignorara y fuera a desayunar solo, sin voltearla a ver. Él llevaba algunos días enojado y cualquier pretexto era bueno para comenzar a gritar o desatar una discusión, así que ella intentó levantarse para al menos servirle el café, pero se sintió tan cansada que no pudo hacerlo. Su presión estaba un poco baja.
-¿Qué, te vas a quedar ahí? - le preguntó Jean pasado el mediodía.
-Perdón, no estoy bien.
-Ah, mira, levántate ¿quieres? ¿No vas a trabajar? ¿Lo hago todo solo...?
-Ya voy, dame un minuto.
-Ojalá estuvieras enferma.
-¿Qué dices?
-¿Por qué no te dio gripe o gastritis? Estás insoportable.
-¡Jean!
-Ah, no me hables porque vas a empezar a llorar con eso de que estás embarazada y a mí ni me interesa.
-No iba a decir nada.
-¿Cuándo te deshaces del problema?
-¿Qué?
- Ningún niño cabe en la casa.
-No me digas eso.
-Oye, acordamos que cero hijos y no vas a criar ese que esperas.
-No estoy de ánimos para pelear contigo.
-No peleamos, nos recordamos las reglas.
-Necesito estar tranquila.
-Iré buscando orfanatos.
-No.
-Judy, en serio, con dar en adopción te irá mejor.
-Es nuestro bebé.
-Tuyo, porque yo paso.
-Pero estamos juntos.
-Querida, o tú o el niño porque no hay espacio para dos, suponiendo que no vayas con tu madre a rogarle que te acepte con todo y regalo.
-No hagas esto.
-Me casé contigo con la condición de no salirme con estas cosas, si no te parece, ahí está la puerta y mandaré tu maleta a donde quieras.
Judy tocó su vientre y las lágrimas le brotaron en automático, incrédula por las palabras de Jean, mismas que se reiteraban y se antojaban más agresivas. Él ahora se metía con el asunto del dinero y le reprochaba ser una egoísta que sabiendo lo perjudicial de un embarazo en sus circunstancias, se negaba a renunciar y generaba más y más gastos.
-¡Basta, basta! - estalló ella, levantándose - ¡Déjame en paz, si estoy embarazada es por tu culpa!
-¡No tomaste las malditas pastillas!
-¡No se me pegó la gana y tú nunca te cuidaste!
-¿Qué pensaste? ¿"Ya embauqué a este idiota"? ¡Desházte de tu caprichito o ve pensando en que te largas!
-¡No me voy a mudar!
-¡Te me vas a abortar ahorita!
-¡A mi no me truenas los dedos!
-¡Me urge!
-¡Vete al demonio, Jean! ¡Tendré al bebé!
-¡Fuera de mi casa!
-¡Esto ni siquiera es tuyo!
-¡Pero pago la renta con mi dinero!
-¡Ese dinero es mío, yo me mato cocinando para que sigas siendo un inútil!
-¡Tan inútil pero a la hora de pedir regalos y mantenerte era tu "marido adorado"! ¿Ya se te olvidó que te di de tragar cuando te recogí de la calle y que te pagué tus cositas porque llegaste sin nada?
-¡Vivía con mi madre y la dejé por ti!
-No tenías ni trabajo y yo te di uno, hasta te quité lo corriente; yo te hice y te puse las reglas que aceptaste así que lárgate.
-¡Eres un desgraciado!
-Cállate.
-A nadie le importan tus libros, ni siquiera puedes recuperarlos y eres un imbécil ¡No eres quien para cerrarme la boca, no eres nadie! ¡No eres nadie!
Jean respondió jalándole el cabello, cacheteándola y arrojándola violentamente al suelo en varias ocasiones, con toda la intención de hacerle daño al bebé. Luego se marchó.
Cuando Judy se incorporó, anochecía en París. Ella no quería mirarse al espejo, pero se atrevió a alzar la cara, dándose cuenta de que del lado izquierdo tenía una inflamación que se pondría roja y en el resto del cuerpo sentía mucho dolor, como si además, le hubiesen dado una paliza. Convencida de que debía irse, se maquilló para disimular todo, prefiriendo dar una apariencia de afición al color excesivo a la sola insinuación de un golpe y se vistió y peinó aprisa, abandonando su casa antes de que alguien la buscara.
En lugar de pedir ayuda a su madre o denunciar a su marido, Judy caminó largamente hasta el distrito XI, colocándose un enorme suéter cuando vio en sus brazos las primeras huellas de próximos moretones y buscó refugio para no llorar más y lidiar después con ello. Así llegó Judy a "La maison rouge", pidió una mesa exterior y se dedicó a devorar spaghetti, esto hasta ser reconocida por Carlota Liukin y acercarse para seguir dismulando.
Hospital Saint Denis, 2:00 am.
Judy se negaba a rendirse cuando Jean Becaud apareció en la sala de espera, ansioso por recibir la noticia del aborto. Lejos de cumplirse la expectativa, la mujer se calmó al verlo y minutos más tarde sus signos volvieron a la normalidad.
-La tendremos en observación pero el embrión está bien - concluyó el médico que la atendía - Cuidado con el estrés.
Judy asentó y mejor preguntó por el paciente de al lado, Joubert.
-Le indujeron un coma.
-Hace meses, Carlota tuvo uno también.
-Se invirtieron los papeles.
-¡Por lo menos esos dos se quieren, es tan injusto que pasen por esto otra vez!
-Descanse.
-Si mi esposo me quisiera, yo no habría ido a "La maison rouge" ni esperaría a su hijo.
-Descanse, no piense en eso.
-El chico que me iba a matar se compadeció de mí ¿por qué Jean no puede hacerlo?
-No se altere, le pondré un calmante.
-¡No! ¡Vea a mi esposo que ni siquiera se acerca! Él quiere saber que su hijo pudo morir, a mí ya no me quiere.
-Por favor, guarde la cordura.
-¡Jean, no quiero estar sola, haré lo que pidas pero ven, te perdono todo! ¡Jean ven conmigo, no me sueltes nunca!
Carlota Liukin, aun con el efecto de su sedante, giró sus ojos hacia Jean Becaud, que indiferente, se alejó para no oír los ruegos de Judy, que entraba en crisis de nuevo y amenazaba con colapsar de la angustia mientras sus moretones comenzaban a notarse por todo su cuerpo. Nadie volvería a advertir siquiera que un terrorista había sido mucho más sensible con ella y quiénes la veían, tomaban el conveniente atajo de pensar que gritaba por la impresión de un tiroteo sin precedentes.
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