París, Francia.
Tamara Didier se hallaba tomando café plácidamente mientras leía el periódico y llovía por la calle. En otro momento, una mesa exterior le habría molestado mucho, pero ahora disfrutaba ver las gotitas que habían caído cerca y a la gente que se refugiaba en los toldos mientras pensaba que deshacerse de Stendhal Trafalgar había sido lo mejor. A ese hombre no lo soportaba ni Dios.
-¿Más café? - preguntó el mesero.
-Por favor y un poco más de sopa de tomate, me gustó mucho.
-¿Con emparedado de emmental o camembert?
-Camembert.
-Desde luego.
Tamara echó un terrón de azúcar a su taza y se quedó pensando en Ricardo Liukin, o más bien, en ese mensaje donde le anunciaba su partida a Venecia y le pedía no revelárselo a nadie. Sobre aquello no estaba tan segura y releyó el artículo de sociales sobre Carlota y Marat Safin en la caridad, con la certeza de que tarde o temprano, eso causaría enojo en la familia Bessette y desconcierto extremo en Joubert, si un día planeaba despertar.
-Su sopa.
-Gracias.
-La señorita Carlota da de qué hablar estos días.
-Yo también leo tan entuasiasmada...
-Dicen que será una princesa.
-Suerte con eso.
El mesero se retiró contento y Tamara se apresuró a terminarse la sopa, recordando que tenía que pagar su estancia en el hostal del frente y revisar los papeles que le había dado su abogado para el juicio en Italia.
Dieron las nueve de la noche cuando, ya en su habitación, miró por la ventana la solitaria acera y los clubes de los que sólo escapaba el sonido al abrir las puertas. Parecía un día más en el que miraría televisión y se quedaría dormida hasta la mañana pero pronto, la conversación de dos tipos junto a un auto acaparó su atención. Era algo cordial, el simple encuentro de dos conocidos pero ella quiso distinguirlos, identificando al tal Cumber del otro día.
-Nos vemos luego, Thorm - dijo éste al partir después de encender un cigarrillo y el otro aguardó un poco, como si aun no decidiera su rumbo.
-¿Thorm? - se preguntó Tamara a sí misma y contempló al hombre sin lograr distinguir su cara, pero con la intriga por tal nombre. Cuándo éste quiso ir a su izquierda, ella reaccionó gritando y como él fuera corriendo, Tamara salió detrás, no sin tropezar en la banqueta.
-¡Thorm, Thorm, espérame! - exclamó fuerte y él aceleró su paso, obligándola a correr más.
-¿Por qué no te detienes? ¡Te he buscado estos días! Thorm, soy yo, Tamara ¡perdona lo del mapa!
Eso último hizo que ambos se detuvieran y él se le acercó con cara de pocos amigos.
-¿Viste el mapa?
-¿Qué? No.
-Casi lo pierdo.
-Creí que lo olvidabas.
-¡Stendhal Trafalgar tuvo que dármelo!
-¿Por qué lo dejaste con mis padres?
-Ese no es el punto.
-¿Por qué?
-¿Siempre tocas cosas que no son tuyas?
Ella suspiró.
-A veces lo hago.... Pero está bien, lo recuperaste, creo.
-Tu padre lo iba a corregir.
-¿Para qué es ese mapa?
-Pensé que Stendhal te lo diría.
-Sólo que te lo pidió.
-Bueno, asunto arreglado, adiós.
-Oye, no.
Tamara había sujetado la mano de Thorm.
-¿Qué pasa?
-Thorm, perdón por aburrirte en la granja.
-Fue divertido, todavía tengo sidra.
-¿Te llevaste una caja?
-Dos.
-Sabía que te gustaría.
-Llevarías una mejor vida en el campo que aquí.
-Yo tengo otras cosas que hacer.
-Supongo que fue un gusto después de todo.
-¿Te vas a ir así?
-¿Qué dices?
-Es que yo quería...
-¿Mmm?
-Nada, puedes irte.
-De acuerdo, adiós.
-Adiós.
Tamara lo vio dar la vuelta, intentando no paralizarse. Thorm era tan diferente al chico que llegó a Hesparren que dudaba añadir algo más y hasta le parecía tosco, pero recordó entonces que había estado buscándolo y quedarse sólo con el saludo iba a ser una pérdida de tiempo. Además, si ella lo deseaba, él debía comportarse amablemente.
-¡Thorm Magnussen! - gritó severa ésta vez y se le aproximó.
-Tamara, debo irme.
-Hoy no - respondió ella y con un arrojo casi feroz, le besó largamente.
-Esto fue genial; era lo que tenía que hacer, Thorm vamos por ahí.
-Yo no...
-Aquí tú no eres el que manda.
-Me tengo que ir.
-No voy a desperdiciar esto.
-Tamara, entiendo pero...
-Cállate y sígueme.
Thorm sostuvo de la mano a Tamara y caminó por París, prácticamente dándole un beso en cada esquina y riéndose por nada, mientras conversaban de cualquier cosa.
-¿Estás en pijama?
-Thorm ¿quien usa gabardina con playera?
-Llueve.
-Ya no.
-¿Qué te propones?
Ella le habló al oído y él pareció responder al reto robando un vehículo al que abandonarían más tarde en el periférico parisino.
Aun sonrientes entraron al bosque de Boulogne y fueron a lo más profundo, en la isleta de un lago cuyos árboles eran muy frondosos.
-Tenemos fuego - anunció él.
-Hay que devolver el bote.
-Ya habrá tiempo.
-Debimos hacer esto en Hesparren.
-Pero no me dijiste.
-Perdón por perseguirte.
-No es nada.
Tamara abrazó a Thorm y ambos quedaron tendidos bajo un árbol, sin decirse nada hasta que él apagó su fogata. Ella le besó la espalda y cuando Thorm quiso corresponder, Tamara se quitó la playera y comenzó a tocarlo para dominarlo.
En la mañana dejó de llover y ambos se contemplaron con la luz del sol, únicamente para confirmar que se hallaban lejos de terminar su velada. Tamara había extrañado mucho a Thorm, aunque ambos tuvieran vidas tan dispersas para tener algo más personal.
Tamara Didier se hallaba tomando café plácidamente mientras leía el periódico y llovía por la calle. En otro momento, una mesa exterior le habría molestado mucho, pero ahora disfrutaba ver las gotitas que habían caído cerca y a la gente que se refugiaba en los toldos mientras pensaba que deshacerse de Stendhal Trafalgar había sido lo mejor. A ese hombre no lo soportaba ni Dios.
-¿Más café? - preguntó el mesero.
-Por favor y un poco más de sopa de tomate, me gustó mucho.
-¿Con emparedado de emmental o camembert?
-Camembert.
-Desde luego.
Tamara echó un terrón de azúcar a su taza y se quedó pensando en Ricardo Liukin, o más bien, en ese mensaje donde le anunciaba su partida a Venecia y le pedía no revelárselo a nadie. Sobre aquello no estaba tan segura y releyó el artículo de sociales sobre Carlota y Marat Safin en la caridad, con la certeza de que tarde o temprano, eso causaría enojo en la familia Bessette y desconcierto extremo en Joubert, si un día planeaba despertar.
-Su sopa.
-Gracias.
-La señorita Carlota da de qué hablar estos días.
-Yo también leo tan entuasiasmada...
-Dicen que será una princesa.
-Suerte con eso.
El mesero se retiró contento y Tamara se apresuró a terminarse la sopa, recordando que tenía que pagar su estancia en el hostal del frente y revisar los papeles que le había dado su abogado para el juicio en Italia.
Dieron las nueve de la noche cuando, ya en su habitación, miró por la ventana la solitaria acera y los clubes de los que sólo escapaba el sonido al abrir las puertas. Parecía un día más en el que miraría televisión y se quedaría dormida hasta la mañana pero pronto, la conversación de dos tipos junto a un auto acaparó su atención. Era algo cordial, el simple encuentro de dos conocidos pero ella quiso distinguirlos, identificando al tal Cumber del otro día.
-Nos vemos luego, Thorm - dijo éste al partir después de encender un cigarrillo y el otro aguardó un poco, como si aun no decidiera su rumbo.
-¿Thorm? - se preguntó Tamara a sí misma y contempló al hombre sin lograr distinguir su cara, pero con la intriga por tal nombre. Cuándo éste quiso ir a su izquierda, ella reaccionó gritando y como él fuera corriendo, Tamara salió detrás, no sin tropezar en la banqueta.
-¡Thorm, Thorm, espérame! - exclamó fuerte y él aceleró su paso, obligándola a correr más.
-¿Por qué no te detienes? ¡Te he buscado estos días! Thorm, soy yo, Tamara ¡perdona lo del mapa!
Eso último hizo que ambos se detuvieran y él se le acercó con cara de pocos amigos.
-¿Viste el mapa?
-¿Qué? No.
-Casi lo pierdo.
-Creí que lo olvidabas.
-¡Stendhal Trafalgar tuvo que dármelo!
-¿Por qué lo dejaste con mis padres?
-Ese no es el punto.
-¿Por qué?
-¿Siempre tocas cosas que no son tuyas?
Ella suspiró.
-A veces lo hago.... Pero está bien, lo recuperaste, creo.
-Tu padre lo iba a corregir.
-¿Para qué es ese mapa?
-Pensé que Stendhal te lo diría.
-Sólo que te lo pidió.
-Bueno, asunto arreglado, adiós.
-Oye, no.
Tamara había sujetado la mano de Thorm.
-¿Qué pasa?
-Thorm, perdón por aburrirte en la granja.
-Fue divertido, todavía tengo sidra.
-¿Te llevaste una caja?
-Dos.
-Sabía que te gustaría.
-Llevarías una mejor vida en el campo que aquí.
-Yo tengo otras cosas que hacer.
-Supongo que fue un gusto después de todo.
-¿Te vas a ir así?
-¿Qué dices?
-Es que yo quería...
-¿Mmm?
-Nada, puedes irte.
-De acuerdo, adiós.
-Adiós.
Tamara lo vio dar la vuelta, intentando no paralizarse. Thorm era tan diferente al chico que llegó a Hesparren que dudaba añadir algo más y hasta le parecía tosco, pero recordó entonces que había estado buscándolo y quedarse sólo con el saludo iba a ser una pérdida de tiempo. Además, si ella lo deseaba, él debía comportarse amablemente.
-¡Thorm Magnussen! - gritó severa ésta vez y se le aproximó.
-Tamara, debo irme.
-Hoy no - respondió ella y con un arrojo casi feroz, le besó largamente.
-Esto fue genial; era lo que tenía que hacer, Thorm vamos por ahí.
-Yo no...
-Aquí tú no eres el que manda.
-Me tengo que ir.
-No voy a desperdiciar esto.
-Tamara, entiendo pero...
-Cállate y sígueme.
Thorm sostuvo de la mano a Tamara y caminó por París, prácticamente dándole un beso en cada esquina y riéndose por nada, mientras conversaban de cualquier cosa.
-¿Estás en pijama?
-Thorm ¿quien usa gabardina con playera?
-Llueve.
-Ya no.
-¿Qué te propones?
Ella le habló al oído y él pareció responder al reto robando un vehículo al que abandonarían más tarde en el periférico parisino.
Aun sonrientes entraron al bosque de Boulogne y fueron a lo más profundo, en la isleta de un lago cuyos árboles eran muy frondosos.
-Tenemos fuego - anunció él.
-Hay que devolver el bote.
-Ya habrá tiempo.
-Debimos hacer esto en Hesparren.
-Pero no me dijiste.
-Perdón por perseguirte.
-No es nada.
Tamara abrazó a Thorm y ambos quedaron tendidos bajo un árbol, sin decirse nada hasta que él apagó su fogata. Ella le besó la espalda y cuando Thorm quiso corresponder, Tamara se quitó la playera y comenzó a tocarlo para dominarlo.
En la mañana dejó de llover y ambos se contemplaron con la luz del sol, únicamente para confirmar que se hallaban lejos de terminar su velada. Tamara había extrañado mucho a Thorm, aunque ambos tuvieran vidas tan dispersas para tener algo más personal.
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