-Son las tres y estoy harto - se quejó Tennant Lutz mientras Maurizio Maragaglio revisaba sus papeles frente a los Liukin y Alondra Alonso terminaba con una bolsa de palomitas caramelizadas mientras se preparaba para la reacción de él cuando leyera un informe preliminar de laboratorio sobre el polvo de estrellas. Los demás se repartían varios chocolates, caramelos envinados y una caja de cannoli que custodió Carlota Liukin con el propósito de acabarse el contenido.
-¿Por qué es tan temprano? - preguntó ella con desgano.
-Levina me va a matar - siguió Andreas.
-Los buzos me citaron a medianoche - recordó Miguel.
-¿Para esto dejé la oficina? - se preocupó Yuko.
-Nos van a echar del trabajo - pensó Tennant
-Cállense - protestó Adrien.
-Abran esa puerta - pidió Maeva Nicholas y Ricardo Liukin pronunció:
-Les hacemos el favor de no matarnos aunque huele a naranja vieja.
Los Liukin empezaron a reírse enseguida y Maurizio Maragaglio los miró igual que a los indigentes que pierden la razón y se refugian debajo de los puentes del barrio Dorsoduro. Alondra Alonso era la causante de aquella sensación y Tennant no pudo evitar contemplarla con antipatía. Ante los ojos de aquel muchacho, Maragaglio había escogido a la peor amante posible y es que un mal perfume convierte a una mujer hermosa en alguien que ahuyenta el deseo.
-Esos Liukin son todos iguales. Siempre rematan con pensamientos fúnebres - comentó Maurizio Leoncavallo y su hermana Katarina le dio la razón junto a un beso en la mejilla. Ambos se hallaban igual de desesperados.
-¿A qué hora empieza "Miss Nouvelle Réunion"? - siguió Tennant.
-A las ocho - contestaron todos.
-Quiero que gane Kleofina.
-Andreas también - dijo Carlota.
-Yo apoyo a la miss Madice - añadió Adrien.
-Yo estaba enamorado de Madice - siguió el propio Andreas.
-Pero hay una chica negra que es hermosa - continuó Ricardo - Apuesto tres cajas de cannoli a que ella gana.
-¿Quién es? - curioseó Carlota y su padre contestó "Courtney Rostov - Diallo". Ante ello, Maurizio Leoncavallo volteó enseguida hacia los Liukin, poniendo en evidencia su sobresalto y no fue capaz de comentar algo. Katarina y su primo Maragaglio se miraron mutuamente con igual impresión.
-¿Van a ver el concurso? - preguntó Ricardo a sus hijos y los cinco contestaron que sí, en vista de que continuarían ahí encerrados sin hacer nada. Maeva Nicholas los miraba con una enorme sonrisa y comentó que al menos había alcanzado a guardar un periódico en su bolso pero no le entendía.
-Es lo malo de sólo saber francés - expresó Tamara como si quisiera deshacerse de Maeva y esta replicó que también sabía alemán y japonés. Ante esas palabras, Carlota Liukin le pidió decir frases cualquiera y Yuko confirmó que aquella mujer dominaba las lenguas que presumía.
-Es admirable - dijo Ricardo Liukin - Algún día Maeva podría ayudar a Carlota con su alemán.
-Puedo empezar hoy - agregó esa mujer.
-No trajo su libro.
-Le ayudaré cuando quiera.
-Sería muy bueno.
-Sacará diez, lo prometo.
Carlota Liukin se preguntó entonces si Ricardo coqueteaba abiertamente con Maeva Nicholas y al mismo tiempo, imaginaba a sus hermanos viendo las películas de aquella desconocida. Era una escena odiosa y su reacción de sacar la lengua provocó la risa espontánea de todos, que la creían aburrida y acalorada.
-Saldrán mañana, sólo terminaré el papeleo para que no tengan problemas - indicó Maurizio Maragaglio y pronto dejó su lugar para estar con al grupo.
-La policía francesa le envía sus saludos, señorita Carlota.
-¿De verdad? ¿Los devolvió por mí?
-¡Claro! Se preocuparon cuando les informamos de Trankov pero me aseguraré de que usted no corra más peligros.
-Ese hombre se ha ido.
-Pero necesitará que alguien la cuide cuando parta a París.
-¿Otra vez?
-Me informaron que tiene agendada su asistencia a la Copa Davis.
-Me invitaron.
-No se preocupe por su amigo, Marat Safin. También lo escoltaremos.
Carlota se puso más seria y su padre tomó la palabra.
-¿Eso es necesario?
-¿Qué? - replicó Maragaglio.
-Ponerle seguridad al joven Safin.
-Recibí información de que la mano derecha de Sergei Trankov lo siguió en Marruecos.
-¿Cómo pasó?
-El almirante Trafalgar se presentó a un juego y reportó la presencia de Thorm Magnussen.
Los Liukin no conocían a Thorm y por ello se encogían de hombros. A Maragaglio le parecía curioso que no les preocupara y por ello, no prestó atención a quien debía. A Tamara Didier en cambio, se le aclaraba el panorama de una vez y todo, desde el mapa, Cumber, Stendhal y la salida de Trankov de París, tuvo sentido. Cabía concebir la idea de que la Marina estaba de cacería y no tardaría en dar con Thorm, por tanto, lo pertinente era dar aviso en Hesparren por si quedaban pruebas de su estancia en el lugar.
-Apenas me entero de que Trankov tiene un colaborador. Siempre creí que sus partidarios se limitaban a recibir órdenes - continuó Ricardo.
-En toda organización criminal es necesario un hombre de confianza - comentó Alondra Alonso.
-El Sergei Trankov que ustedes conocen y el que nosotros vimos en Tell no Tales, no se parecen en nada.
-Algún día dejaría de comportarse como niño.
-O quizás sigue tratando como bebés a todos los que se empeñan en buscarlo.
Maurizio Leoncavallo se dio cuenta que el duelo entre su primo y el señor Liukin continuaba y en lugar de buscar una razón, optó por descubrir quien ganaría. De entrada, Alondra Alonso se había convertido en la primera pieza del tablero. Maeva Nicholas también entraba al juego y no porque fuera involuntariamente involucrada.
-Un traficante como Trankov caerá cuando sus clientes dejen de protegerlo o se agote el suministro - dijo ella.
-Por algo requisamos su diamante, señorita Nicholas - le contestó Alondra.
-Pero luego tendrán que devolverlo o pagarlo y no a mí, sino al almirante Borsalino.
-Los decomisos no dan reembolso.
-Pero se prestan a subastas.
-¿Usted intentará recuperar el diamante?
-He dicho que yo no.
-Pero acabará en sus manos otra vez si el almirante decide ser generoso.
-Lo que importa no es el obsequio.
-¿De verdad? ¿Por qué lo aceptó en primer lugar?
-Porque un hombre que regala en público tiene intenciones públicas. Si me lo hubiese dado en privado, habría tenido que preguntar su intención y no hay nada más vergonzoso que desenmascarar a los amigos.
-Las intenciones públicas tampoco son de fiar.
-Pero no se pueden negar ¿O usted admitiría regalos que no puede lucir?
Alondra Alonso no respondió y Maeva Nicholas miró a Ricardo Liukin con otra sonrisa digna de una aliada espontánea. En respuesta, él se levantó y luego de un minuto, volvió con un vaso de café para ella y continuaron una charla en la que nadie podía meterse.
-Esa mujer es odiosa - comentó Alondra al agente Maragaglio y este último observó a Ricardo con innegable envidia.
-Le gusto a ese hombre - notó Maeva.
-¿Es tan obvio? - siguió Ricardo.
-La mujer está celosa.
-¿La señorita Alonso? Ni se nota.
-No me extrañaría si ella quiere unírsenos.
-No la dejaría.
-¿Por qué?
-Nos interrumpiría, Maeva.
-En eso tienes razón.
-Además, dudo que pueda hablar con ella.
-¿No es muy agradable, cierto?
-No quiero más problemas con Maragaglio.
-Y yo no quiero que él crea que puede venir aquí a tratar de hacernos amigos.
-¿Tampoco te agrada?
-Curiosamente es lo contrario.
-¿Entonces?
-Estropearía nuestra charla y podría interesarme en la de él.
-¿Harías eso?
-Dudo que no respondas, Ricardo.
Al señor Liukin le pareció que estaba siendo transparente y todos podían notar que la señorita Nicholas lo tenía intrigado pero estaba equivocado. De hecho, era Maeva quien no podía ocultar que ese hombre comenzaba a gustarle y Carlota Liukin no decía nada de sólo ver a aquella con los pómulos rojos; es más, la chica se limitaba a cruzarse de brazos y evitar fijarse en sus hermanos, que estaban llegando al punto de no poder apartarle la mirada a la desconocida.
-Debería salir de aquí, yo nada tengo que ver - suplicó Yuko Inoue y se apoyó de Tennant para poder quitarse los zapatos. A ella tampoco le agradaba Maeva, no le importaba demostrarlo y acabó depositando su coraje en unas hojas blancas que alguien había regado por ahí, armando unas ranas que luego tomó Adrien para jugar con Tamara, misma que aprovechó para continuar fastidiando a Katarina Leoncavallo con mal resultado porque aquella escogió una figura para hacerle cosquillas a su hermano y ocasionar que Carlota abandonara su silla con esa incómoda sensación de que adornaba otra escena privada. No era la única en percibirlo pero sí la que podía librarse. Maeva le sonrió y la invitó a acercarse.
-¿Qué quieres, Maeva?
-Creí que te gustaría tener unas hojas.
-Gracias.
-¿Por qué esa carita, Carlota? ¿Estás molesta?
-Muero por irme.
-Todos estamos ansiosos.
-Tú te diviertes mucho.
-Algo hay que hacer.
-Como estar con mi papá.
-Mmmm... ¿Por qué no te quedas con nosotros?
-No, gracias.
-¿Te gusta estar sola?
-No.
-Quédate.
-Doble no.
-Tenemos mazapanes.
Carlota enchuecó la boca y se sentó en el suelo para no mirar a Ricardo. Acto seguido, la chica recibió un mazapán y una cajita con colores pasteles de mano de Maeva, sorprendiéndose.
-¿De dónde los sacaste?
-Son míos, Carlota.
-¿No me estás mintiendo?
-A veces dibujo.
-Ajá ¿qué cosas haces?
-De todo. Tengo carpetas con cosas como coches o cámaras que he visto.
-Qué emocionante.
-No te burles, es que no tengo mente de artista.
-Esfuérzate.
-Ahora intento terminar con una playa que vi una vez.
-Sí, mucha suerte.
Maeva se dio cuenta de que Carlota no tocaba la paleta de pasteles y se hallaba cruzada de brazos otra vez sin querer abrir siquiera un mazapán. Estaba claro que ahí existía un enfado y para congraciarse, la mujer decidió mostrarle la lámina en la que trabajaba cada que tenía oportunidad.
-Filmé en una playa en Filipinas que se llama Bacuit y una vez Raoul Bova y yo vimos un atardecer asombroso.
-¿Raoul Bova?
-Así es, Carlota. Ese día hizo tanto calor que el director paró todo y los actores nos metimos al agua. Cuando nos dimos cuenta el mar era turquesa, las olas verdes y el cielo era...
-Rosa, morado, rojo y azul marino - intervino Maurizio Maragaglio y Maeva lo observó creyendo que presumía.
-Conozco Bacuit, señorita Maeva. Esos atardeceres se dan en verano - dijo él.
-Vi un par de ellos.
-Tengo fotos.
-¿De verdad?
-Puedo regalarle una.
-¿Por qué estuvo en ese lugar?
-Tomé unas vacaciones y pienso regresar.
-Quisiera hacer lo mismo.
Ricardo rió para sí mientras Carlota volteaba a verlo sin entender algo y Andreas y Adrien hacían el esfuerzo de no contestar.
-Es curioso. Nunca he ido a Filipinas y dudo mucho aventurarme por ahí pero conozco un lugar donde también se ven muchos colores - añadió Ricardo.
-¿Es de verdad? - preguntó Maeva.
-Tell no Tales.
-¿Has estado en Tell no Tales?
-Soy de ese país.
Maeva no supo qué decir.
-Los colores aparecen todos los días a las siete de la noche. Algunas veces, las olas son de color durazno y el cielo es amarillo; en otras ocasiones distingues malva, vino y dorado con un cielo verde turquesa y en invierno, la nieve cubre la arena y el agua parece de plata - relató Ricardo y volvió a su distracción de leer los ingredientes en la caja de chocolates. Maeva Nicholas no pudo resistirse y fijó su mirada en el piso luego de comprobar que él contestaba cualquier intento de Maragaglio sin vacilación alguna, sin vanidad y con una vibra nostálgica que no permitía dudar sobre él. Era claro que entre Ricardo y Maragaglio, el primero salía victorioso.
Hubo un silencio que duró poco y Maeva no tardó en observar que Carlota Liukin se decidía a plasmar la playa tellnotelliana y sus recuerdos superaban cualquier cosa que fuera posible retratar de Bacuit. La chica ni siquiera lo intuía.
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